CANTO XXXIII.

Vió venir una dama con un escudo pendiente del arzon.(Canto XXXII.)

Vió venir una dama con un escudo pendiente del arzon.(Canto XXXII.)

Sin escudero y sin compañía alguna, bajó del monte y se dirigió por el camino más corto para llegar á París y al sitio en que poco antes se hallaba establecido el campamento sarraceno; pues aun no habia circulado por Montalban la noticia de que el paladin Reinaldo, ayudado de Carlomagno y de Malagigo, habia obligado á los moros á levantar el asedio de París. Ya habia dejado á sus espaldas á Quercy, la ciudad de Cahors y las montañas donde nace el Dordoña, y descubria las comarcas de Clermont y Montferrand, cuando vió venir por el mismo camino una dama de benigno aspecto, que lleva un escudo pendiente del arzon de la silla: á su lado iban tres caballeros, y la acompañaba además un séquito numeroso de doncellas y escuderos.

La hija de Amon preguntó el nombre de aquella dama á un escudero que pasó por su lado, y este le contestó:

—Es una embajadora, enviada al Rey del pueblo franco desde un país situado más allá del polo Artico, la cual ha venido tras una larga navegacion desde una isla que unos llaman Perdida y otros Islandia, cuya reina, admirable por su belleza sin igual en el mundo, belleza que solo á ella, y á nadie más, ha concedido el Cielo, envia á Cárlos el escudo que veis; pero con la condicion expresa de que ha de entregarlo al mejor caballero que, segun su opinion, exista en el mundo. Como ella se tiene, y con razon, por la más hermosa de las mujeres, quisiera encontrar un caballero que á suvez fuese el más audaz y valiente de los hombres; porque ha formado el incontrastable designio, al que nada podrá hacerle faltar, de no entregar su corazon y su mano, sino al que descuelle sobre todos por sus señaladas proezas. Espera encontrar en Francia, y entre los famosos paladines de Carlomagno, el caballero que haya dado mayores pruebas de ser más fuerte y denodado que otro cualquiera. Los tres señores que veis al lado de esa embajadora son tres reyes: el uno de Suecia, el segundo de Gocia, y de Noruega el tercero; en valor pocos, ó ninguno, les igualan. Esos tres, cuyos estados son los menos lejanos de la Isla Perdida, así llamada porque sus costas son muy poco conocidas de los navegantes, eran y son todavía amantes de la Reina: por obtener su mano, cuya posesion se disputan mútuamente, y por hacerse agradables á sus ojos, han llevado á cabo tales proezas, que durará su memoria mientras la bóveda celeste gire sobre sus ejes: pero ella no quiere á ninguno de los tres, como desdeñará á todo aquel que no esté reconocido por el primer guerrero del mundo.—«Poco me importan, suele decirles, los triunfos que consigais en estos países. Si uno de vosotros sobrepuja á los otros dos, como el Sol sobrepuja á las estrellas, reconoceré su mérito, y no podré menos de ensalzarle por él; pero no creo que eso baste para que tenga la pretension de ser el mejor caballero que haya ceñido espada. Pienso enviar un rico escudo de oro á Carlomagno, á quien estimo y venero como el monarca más sábio que existe en el mundo, con el encargo de que lo entregue al caballero que consiga la palma del valor y de la bizarría. Que sea el vencedor vasallo suyo ó de otros, poco me importa: me someteré gustosa al parecer de aquel rey. Si despues de haber llegado ese escudo á poder de Carlomagno y de darlo al caballero de más ardor yfortaleza que, segun su opinion, exista en su corte ó en otra cualquiera, es uno de vosotros el que con el auxilio de su valor trae el escudo, cifraré en él todo mi amor, todo mi anhelo, y ese será mi esposo y mi dueño.»—Esta promesa ha hecho venir hasta aquí á estos tres reyes, cuyos estados se encuentran muy remotos de la Francia, con el firme propósito de conquistar el escudo ó perecer en la demanda.

Bradamante escuchó con la mayor atencion la respuesta del escudero, el cual se despidió de ella, y lanzando su caballo á galope, se reunió en breve á sus compañeros. La guerrera no siguió tras él, sino que continuó su camino tranquilamente, vaticinando en su interior diferentes cosas que sobrevendrian, á no dudarlo, y especialmente la de que aquel escudo seria un manantial inagotable de rencillas y discordias entre los paladines y demás caballeros de la Francia, si Carlomagno se decidia á declarar cuál de ellos fuese el mejor y entregárselo á él. Esta idea oprimia su corazon, pero mucho más y de peor manera se lo destrozaba el recuerdo del abandono en que la habia dejado Rugiero por entregar su amor á Marfisa. Tan fija y tenazmente estaba grabado en su imaginacion este pensamiento, que caminaba á la ventura, sin saber donde iria á parar, ni si encontraria un cómodo asilo donde albergarse durante la noche. Así como la nave separada de la orilla por los vientos ó por cualquier otro accidente, boga privada de piloto ó timonel por donde quiere llevarla la corriente, así la guerrera, preocupada constantemente con la idea de Rugiero, se dejaba llevar por Rabican, del que no se cuidaba en lo más mínimo.

Alzando por fin los ojos, vió que el Sol habia vuelto la espalda á las ciudades de Bocco[46], y se habia sepultado,como un pez, en el seno de su anciana nodriza, más allá de Marruecos. No podia pensar en cobijarse bajo la enramada, porque soplaba un viento frio, y el Cielo encapotado anunciaba de un momento á otro lluvia ó nieve. Apresurando el paso de su corcel, no tardó mucho en ver á un pastor que estaba recogiendo sus ganados: preguntóle con mucho interés si habia por allí cerca algun albergue bueno ó malo donde pudiera recogerse, pues como quiera que fuese, de seguro estaria en él bastante mejor que expuesta á la lluvia. El pastor respondió:

—No conozco otro sitio que poder indicaros, como no sea un castillo llamado la Roca de Tristan, que está á cuatro ó seis millas de aquí: pero no es muy fácil encontrar asilo en él, porque todo caballero tiene que conquistar su hospitalidad con las armas en la mano, y defenderla despues de los que acuden nuevamente á pedirla. Si cuando se presenta algun guerrero, está desocupada la estancia, el Castellano le recibe sin ninguna dificultad; pero le exige la promesa formal de que ha de salir á pelear contra todos los que vayan llegando posteriormente. Si no se presenta nadie, el caballero pasa tranquilamente la noche; pero si llega algun viajero, está obligado á requerir sus armas y á luchar con él, debiendo el vencido ceder su puesto al vencedor, y resignarse á pasar la noche á la intemperie. Si dos, tres, cuatro ó más guerreros juntos hallan vacío el castillo, se albergan en él con toda paz y sosiego: el que llega despues, tiene peor suerte, porque ha de combatir con todos los primeros. Por el contrario, si es uno solo el que ha recibido hospitalidad, bien necesita de todo su vigor y destreza; porque está obligado á pelear con dos, tres, cuatro, ó con cuantos se presenten despues que él. Una costumbre análoga rige con respecto á las damas ó doncellas que llegan solas ó acompañadas al castillo: la hospitalidad corresponde de derecho á la más hermosa, y la que lo sea menos, tiene que cederle el puesto y quedarse fuera de la fortaleza.

Bradamante preguntó dónde estaba situado aquel castillo, y el buen pastor, en vez de contestarle, se limitó á designárselo con el dedo á una distancia de cinco ó seis millas. A pesar de la rapidez de Rabican, no pudo Bradamante hacerle caminar de prisa por aquel terreno pantanoso y difícil á causa de lo lluvioso del tiempo, y llegó despues que la noche hubo tendido su espeso manto. Halló cerrada la puerta del castillo, y dijo al que lo custodiaba, que deseaba alojarse en él. Le contestaron que estaban ya ocupadas las habitaciones por algunas damas y guerreros que habian llegado antes que ella, y estaban esperando en torno de un buen fuego que terminaran los preparativos de la cena para sentarse á la mesa.

—Como no se la hayan comido ya, exclamó la doncella, no creo que el cocinero la haya guisado para ellos. Ve, pues, y diles que aquí les espero; que conozco la costumbre que rije en este castillo, y me propongo observarla.

Corrió el centinela á llevar á los caballeros esta embajada, tanto menos agradable para ellos, cuanto que estaban descansando cómodamente, y se veian obligados á salir fuera del castillo con un tiempo borrascoso, y cayendo la lluvia á torrentes. Se levantaron, sin embargo; cogieron sus armas con mucha calma, y se dirigieron con bastante lentitud á donde les estaba esperando la guerrera. Aquellos tres caballeros valian tanto, que muy pocos podian igualárseles en el mundo: eran los mismos á quienes habia encontrado Bradamante durante el dia al lado de la embajadora; y habian venido á Francia desde Islandia para conquistar el escudo de oro. Como habian caminado con másrapidez, llegaron al castillo antes que la guerrera. Muy pocos les aventajaban en el manejo de las armas; pero Bradamante era una de estos pocos, y además, por ningun concepto se resignaba á permanecer fuera del castillo aquella noche, mojándose y sin tomar alimento.

Los habitantes de la fortaleza se asomaron á las ventanas y galerías para ver la lucha á la incierta y débil claridad que la Luna esparcia, á pesar de las nubes y de la copiosa lluvia. Deseosa Bradamante de medir sus armas con los tres caballeros, así que oyó abrir las puertas y bajar el puente levadizo, y vió salir por él á sus tres adversarios, sintió una alegría semejante á la de un amante apasionado, que procura entrar furtivamente en la estancia de su amada, cuando despues de mucho esperar, oye por fin la silenciosa llave dando vuelta á la cerradura. En cuanto vió á los tres guerreros salir á un tiempo ó con poca diferencia fuera del puente levadizo, retrocedió para tomar terreno, y lanzó en seguida su excelente corcel á rienda suelta, enristrando la lanza que le confiara su primo, aquella lanza que derribaba indefectiblemente del caballo á todo campeon, aun cuando fuera el mismo Marte. El rey de Suecia, que fué el primero en acometer, fué tambien el primero en quedar tendido en el campo: ¡con tanta violencia dió contra la visera de su yelmo aquella lanza que nunca se habia enristrado en vano! Embistió despues el rey de Gocia, y encontróse sin saber cómo lejos de su corcel con los piés en el aire: el tercero, por fin, midió asimismo el suelo con sus espaldas, quedando medio enterrado en el agua y el barro.

En cuanto Bradamante hubo derribado á sus tres contendientes con otros tantos botes de su lanza, se dirigió al castillo, donde debia recibir la hospitalidad que habia conquistado: mas antes de entrar en él, le hicieron jurar que saldria á combatir con todo caballero que se presentara. El señor del castillo, que acababa de apreciar su valor, le prodigó toda clase de atenciones: por su parte, hizo lo mismo la dama que habia llegado á la fortaleza con los tres vencidos, la mensajera enviada al rey de Francia desde la isla Perdida. Saludó cortesmente á la jóven, y con el agrado y afabilidad, naturales en ella, salió á su encuentro, la cogió de la mano, é hizo que se sentara á su lado cerca del fuego.

Bradamante empezó á desarmarse, y ya se habia quitado el escudo y el yelmo, cuando salió unida á este una cofia de oro en que acostumbraba recoger sus cabellos, los cuales cayeron en ondulantes rizos sobre sus hombros, y descubrieron que aquel guerrero era una doncella tan hermosa como valiente. A la manera que al levantarse el telon suele aparecer la escena, iluminada con mil luces, y adornada con arcos y soberbios monumentos llenos de oro, de estátuas y de magníficas pinturas, ó como cuando el Sol, al rasgar una nube, ostenta su disco refulgente y esplendoroso, así tambien, al quitarse Bradamante el yelmo, pareció mostrar el Paraiso abierto á los ojos atónitos de los circunstantes. Habian crecido los hermosos cabellos que le cortara el monje, y eran ya tan largos, que podia sujetarlos trenzados en la parte posterior de la cabeza, si bien todavía no tenian su primitiva longitud. El señor del castillo habia visto otras veces á Bradamante: así es que la conoció en seguida, y redobló su solicitud y sus cuidados para con ella.

Sentados al rededor del fuego, entretuvieron sus oidos con agradables al par que honestas pláticas, mientras preparaban otro alimento, que proporcionara un placer semejante á sus cuerpos. La doncella preguntó á su huésped si la costumbre que veia establecida en el castillo para albergar á los transeuntes era de fecha reciente, ó si contaba ya algunos años de antigüedad; así como cuándo y quién la estableció. El Castellano satisfizo su curiosidad en los siguientes términos:

—En el reinado de Faramundo, su hijo Clodion amaba á una jóven, donosa y bella, que por sus atractivos no tenia rival en aquella época remota. Tan enamorado estaba de ella, que continuamente se le veia á su lado con una asiduidad igual á la que, segun es fama, empleaba para guardar á Io su pastor[47]; pues en el corazon del príncipe dominaban por igual el amor y los celos. La tenia en este mismo castillo que le habia regalado su padre, y rara vez salia de él: vivian aquí con Clodion diez de los mejores caballeros que por entonces habia en Francia. Cierto dia llegó á esta fortaleza el valiente Tristan, acompañando á una dama, á quien pocas horas antes acababa de arrancar de las manos de un gigante feroz. Presentóse Tristan cuando el Sol habia ya vuelto las espaldas á las playas de Sevilla; y como no habia otro albergue en un rádio de diez millas, pidió aquí hospitalidad. Clodion, que, segun he dicho, estaba tan furiosamente enamorado como celoso, habia resuelto negar la entrada en su castillo á todo caballero indistintamente, mientras permaneciera en él su amada. Viendo Tristan que á pesar de sus repetidos ruegos no encontraba la hospitalidad que pedia, esclamó:

—»Yo sabré obligarte á hacer, á pesar tuyo, lo que no han conseguido mis instancias.

»Y desafió á Clodion y á los diez caballeros que con él estaban, diciéndoles con arrogante voz, que con su lanza y su espada les daria una leccion de cortesía y nobleza; mas habia de ser con la condicion de que si los derribaba á todos ellos, y él permanecia firme en la silla, deberia quedar dueño del castillo por aquella noche, mientras que los vencidos estarian obligados á pasarla fuera de él. El hijo del rey de Francia corrió un inminente peligro de muerte por no sufrir tal baldon; pues fué derribado violentamente de su caballo: igual suerte cupo á sus diez compañeros; y el vencedor Tristan, dejándolos á la puerta, entró en el castillo, donde halló á aquella jóven tan amada de Clodion: la naturaleza, tan avara en repartir los dones de la hermosura, parecia, sin embargo, haberse complacido en adornar á la linda dama con toda clase de atractivos. Tristan empezó en seguida á hablar con ella, mientras que el insoportable torcedor de los celos martirizaba fuera del castillo á su amante, el cual no tardó en dirigir al caballero las súplicas más ardientes, rogándole que le restituyera su amada.

»Aun cuando Tristan no estaba muy prendado de la jóven, pues la pocion encantada que en otra ocasion habia bebido no le permitia amar á ninguna mujer más que á Isota, deseoso, sin embargo, de vengarse de la ruda y descortés acogida de Clodion, le contestó que creeria incurrir en una imperdonable falta, si consintiera en que una dama tan bella saliese del castillo.—«Si Clodion se lamenta de dormir solo á la intemperie, añadió al mensajero, y desea compañía, le enviaré una jóven que tengo conmigo, fresca, sonrosada y bella, aunque no tanto como su amada. Accederé á que la doncella que le ofrezco pase á su lado la noche y obedezca todos sus mandatos; en cuanto á la másbella, me parece justo y conveniente que quede á disposicion del más vigoroso.»

»Despechado Clodion con tal respuesta, é inflamado de cólera, anduvo toda la noche dando vueltas en torno del castillo, como si estuviera encargado de velar por el reposo de los que dentro de él dormian á sus anchas; lamentándose de que le hubieran privado de su dama mucho más que del frio y del viento. A la mañana siguiente, se la devolvió Tristan, condolido de su tristeza, librándole al mismo tiempo del doloroso peso que le oprimia el corazon; pues le aseguró clara y firmemente que se la entregaba tal cual la habia encontrado, y que aun cuando la dureza del príncipe para con él le hacia acreedor del mayor ultraje, se daba por satisfecho con haberle tenido toda la noche á la intemperie. Clodion intentó disculpar su conducta, diciendo que el amor le habia hecho incurrir en tan grave falta; pero Tristan no quiso aceptar tal disculpa, replicándole que el amor debe excitar en el corazon del hombre sentimientos generosos, y nunca actos tan villanos.

»Clodion no permaneció mucho tiempo en este castillo despues de la partida de Tristan, sino que cambió de morada, regalando esta á un caballero á quien tenia en grande estima, con la expresa condicion de que, tanto él como sus sucesores habrian de observar, siempre que se les pidiese hospitalidad, la costumbre siguiente: el caballero más valiente y la dama más hermosa deberian ser los preferidos para albergarse aquí, y el que resultara vencido estaria obligado á abandonar el puesto, y á dormir en el prado ó donde más le agradara. Tal es la ley cuya observancia se ha conservado hasta nuestros dias.»

Mientras el Señor del castillo entretenia á sus oyentes refiriéndoles esta historia, el mayordomo habia estado disponiendo la mesa en el gran salon, pieza notable por su asombrosa suntuosidad, al cual pasaron los convidados á la luz de las antorchas. Al entrar en dicho salon Bradamante y su jóven y donosa compañera, lo recorrieron con la vista y observaron que sus soberbias paredes estaban cubiertas de pinturas magníficas. Maravilladas al ver aquella estancia tan lujosamente adornada, casi se olvidaban de disfrutar de los manjares por contemplarla, á pesar de que necesitaban restaurar sus fuerzas, casi aniquiladas por las fatigas de aquel dia, y á pesar tambien de que el mayordomo y el cocinero se impacientaban al ver que las viandas se enfriaban en los platos, atreviéndose á decir estas palabras: «Mejor será que ante todo deis alimento á vuestros estómagos, pues tiempo os quedará para dárselo á los ojos.»

Estaban ya sentados á la mesa, é iban á empezar la cena cuando el Señor del castillo reparó en que faltaba á la ley si permitia que se alojaran dos damas en la fortaleza; preciso era que la más hermosa continuara en ella y saliera la otra á pesar de la lluvia y de la violencia del huracan; pues como no habian llegado las dos al mismo tiempo, la costumbre exigia que se hiciera así. Llamó á dos ancianos y algunas dueñas de la casa, que servian de árbitros en tales casos, y designándoles ambas doncellas, les ordenó que dieran su parecer sobre cuál de las dos era la más hermosa. Quedó resuelto por unanimidad que la más bella era la hija de Amon, la cual sobrepujaba en gracias á la otra dama del mismo modo que en valor habia sobrepujado á los tres reyes. El Castellano dijo entonces á la embajadora de Islandia, que presenciaba la deliberacion no sin algun recelo:

—No debe pareceros descortesía que observemos la ley cual corresponde. Forzoso os será, pues, buscar otra morada donde albergaros, puesto que todos hemos convenido en que esa jóven os aventaja en belleza y donosura, por más que esté despojada de todo adorno.

Cual se ve de improviso á una negra nube subir desde un húmedo valle hasta el cielo, cubriendo con su tenebroso crespon la faz del Sol poco antes radiante y esplendorosa, del mismo modo se demudó el semblante de la dama, al oir la dura sentencia que la obligaba á arrostrar la lluvia y el frio fuera del castillo, en términos de que ya no parecia la misma jóven plácida y serena que pocos momentos antes.

Cubrióse su rostro de una palidez mortal, muestra evidente del desagrado que le causaba tan inhumana sentencia; pero observándolo Bradamante y conmovida por una tierna compasion, quiso oponerse á que saliera aquella dama diciendo:

—No puede parecerme justo ni bien meditado todo fallo que se prenuncie sin oir de antemano cuantas razones quiera alegar en su defensa la parte condenada. Yo, aceptando la defensa de esta causa, y haciendo abstraccion completa de si mi belleza es superior ó inferior á la de esta dama, diré que no he venido aquí como mujer, ni quiero tampoco que se me considere como á tal. ¿Y quién se atreverá á asegurar, como no consienta en desnudarme de mis vestidos, que soy, ó no soy, lo que esa jóven es? Lo que no se sabe, no debe afirmarse, y mucho menos cuando tal afirmacion puede perjudicar á otro. Muchos conozco que tienen los cabellos largos como yo, y sin embargo, no son mujeres. Si he conquistado la hospitalidad que me concedeis, como caballero ó como mujer, harto claramente lo habeis visto. ¿Por qué pues habeis de calificarme de mujer, si todas mis acciones son de hombre? Vuestra ley tan solo establece que las damas han de ser vencidas por lasdamas, y no por los guerreros. Supongamos, sin embargo, admitiendo vuestro parecer, que yo fuese mujer (lo cual no concedo en manera alguna), pero que mi belleza no llegara á igualar á la de esa dama: no creo que por esta causa os resolvierais á dejarme sin la recompensa de que mi valor me hiciese acreedora, por más que mi rostro no la mereciese; porque seria una punible injusticia negarme por falta de atractivos lo que mi valor me hubiera hecho conquistar por medio de las armas. Y aunque la costumbre dispusiera que el que pierde en punto á belleza debe abandonar el puesto, yo querria permanecer en él á todo trance. Por lo tanto, no siendo iguales las circunstancias que concurren entre esa dama y yo, debo inferir que, sentada la cuestion bajo el punto de vista de la belleza, puede perder mucho y no ganar nada conmigo, y donde las pérdidas y las ganancias no son iguales en todo, no puede tampoco establecerse una competencia honrosa: por consiguiente, ya sea favor ó justicia, no prohibireis á esa dama que pase la noche en este castillo. Si hay alguno que se atreva á decir que mi opinion no es justa y razonable, pronta estoy á sostener como guste, que su parecer es falso, y verdadero el mio.

La hija de Amon, compadecida de que tan sin razon se viese aquella dama obligada á salir al campo, donde caia una copiosa lluvia y no habia un solo abrigo donde guarecerse, supo persuadir al señor del castillo con sus razonables y sensatas palabras, y especialmente con su última proposicion, á que se estuviera quieto, y conviniera con ella en cuanto habia expuesto. Así como durante el ardiente calor del estío, cuando más sedientas están las agostadas plantas, se reanima la flor, próxima á marchitarse por falta de aquel jugo que la sostenia, en cuanto siente la anhelada lluvia, así tambien la embajadora, al verse tan brillantemente defendida, ostentó en su rostro la apacible belleza que la adornaba anteriormente.

Preparáronse entonces á disfrutar de los placeres de aquella cena que aun no habian tocado, y no fué ya turbado su contento por la llegada de ningun caballero andante. Todos hicieron honor al banquete, excepto Bradamante, que continuaba triste y afligida como siempre; pues aquel temor, aquella terrible sospecha que la oprimia sin cesar, le quitaba el gusto para todo. Una vez terminada la cena (que se habria prolongado más, si no lo hubiera impedido el deseo de satisfacer la curiosidad), se levantó Bradamante, imitándole la mensajera. Por órden del Castellano, encendió un paje una multitud de bugías, que esparcieron la más viva claridad en todo el salon. En el canto siguiente diré lo que ocurrió.

Bradamante ve representadas las guerras futuras en las pinturas del castillo cuyas puertas le abrió su valor.—La fuga de Bayardo interrumpe el combate de Reinaldo y el rey de Sericania.—Astolfo, que daba la vuelta al mundo á través de los aires, llega á Nubia de donde espulsa á las feroces arpías, que devoraban los manjares de la mesa del rey, y las persigue hasta la boca del infierno.

Timágoras, Parrasio, Protógenes, Polignoto, Timante, Apolodoro, el ilustre y universalmente conocido Apeles, Zeuxis[48], y todos los pintores más famosos de la antigüedad, cuyo renombre (á pesar de Cloto[49]que destruyó sus cuerpos y despues sus obras) vive y vivirá en el mundo, mientras se lea ó escriba, merced á los poetas; cuantos existieron ó aun existen en nuestro tiempo, como Leonardo de Vinci, Andrés Mantegna, Juan Bellini, los dos Dossi, y el que pinta y esculpe con igual talento, Miguel, más bien que mortal, Ángel divino; Sebastiano del Piombo, Rafael, Ticiano, honra de Venecia y Urbino los primeros y de Cadore el último, y todos aquellos cuyos trabajos compiten con las obras maestras de la antigüedad; cuantos artistas, en fin, gozan hoy de alguna fama ó la han tenido hace mil y mil años, representaron con sus pinceles en lienzos ó edificios únicamente los sucesos que ya acaecieron; pero jamás habreis oido decir que ningun pintor antiguo ni moderno haya pintado los acontecimientos futuros, y sin embargo, se han encontrado cuadros representando historias, que se pintaron antes de que sucedieran.

No puede envanecerse de hacer otro tanto ningun artista, vivo ó muerto; porque este arte pertenece tan solo á los encantadores, á cuyos conjuros se estremecen los espíritus infernales. Valiéndose Merlin de un libro que se proporcionó en el lago Averno[50]ó en las grutas Nursinas[51], obligó á los demonios á construir en una sola noche el salon de que he hablado en el canto anterior. El arte mágica con que nuestros antepasados hicieron tales prodigios, se ha perdido completamente.

Pero volviendo donde me estarán esperando los que ansiaban contemplar las pinturas de aquella sala, diré que á una señal dada por el Señor del castillo, trajo un escudero varias antorchas encendidas, cuya luz disipó las tinieblas que en torno reinaban, produciendo tal claridad que parecia de dia. El Castellano dijo entonces:

—Habeis de saber, que de todos los combates que aquí están representados, son todavía muy pocos los que han acontecido, porque se pintaron antes de que sucedieran; pero su autor supo tambien adivinarlos. A la vista teneis las victorias ó derrotas que nuestros soldados conseguirán ó tendrán que sufrir en Italia. El profeta Merlin se esmeró en reproducir en esta sala todas las batallas prósperas ó adversas que los franceses habian de dar al otro lado de los Alpes, desde la época en que él vivió hasta mil años despues. El rey de Bretaña envió á Merlin á disposicion del rey franco sucesor de Marcomiro[52]: os diré en pocas palabras la causa de la venida de Merlin, y por qué ejecutó este trabajo.

»El rey Faramundo, que fué el primero que invadió la Galia atravesando el Rin á la cabeza del ejército franco, despues de conquistar este país, formó el designio de sojuzgar tambien la soberbia Italia, en vista de que el Imperio romano iba decayendo de dia en dia; y con este objeto quiso aliarse con el británico Arturo, contemporáneo suyo. Arturo, que no emprendia cosa alguna sin consultar préviamente el parecer de Merlin, del sábio encantador hijo del demonio, que profundizaba los arcanos del porvenir, supo por él los peligros á que expondria á sus soldados si penetraba en la region que dividen los Apeninos y está limitada por el mar y los Alpes, cuya profecía se apresuró á poner en conocimiento de Faramundo. Merlin anunció al Rey franco que todos cuantos empuñaran el cetro de Francia despues de él, verian sus ejércitos destruidos por el hierro, el hambre ó la peste, y que sus pretensiones sobre Italia solo les reportarian alegrias transitorias y prolongados lutos, pocas ventajas é interminables daños, porque las lises no podrian arraigarse jamás en aquel país. Faramundo dió tal crédito á los vaticinios del encantador, que dirigió hácia otra parte sus armas; y Merlin, previendo los acontecimientos futuros como si en realidad hubieran tenido efecto, accedió á los ruegos del Rey, segun se cree, é hizo por medio de encantamientos esas pinturas que representan todos los hechos de armas que deberian llevar á cabo los franceses, como si ya se hubiesen realizado. El monarca francés quiso dar á entender á sus sucesores que así como podria alcanzar triunfos y honores todo el que abrazara la defensa de Italia contra cualquiera de sus enemigos, del mismo modo deberia estar seguro de hallar abierta la tumba en sus montañas si se dirigia á ella con intencion de saquearla ó tiranizarla, haciéndole soportar el yugo de la esclavitud.»

Así dijo, y en seguida condujo á los circunstantes hácia el cuadro donde empezaban las historias, mostrándoles á Sigeberto, que estimulado por los cuantiosos donativos que le ofreciera el emperador Mauricio, bajaba desde el monte de Jove á la extensa llanura regada por el Lambro y el Tesino. Veíase en él á Autharis, no solo rechazando la invasion de los franceses, sino desordenando y aniquilando su ejército[53].

En otro cuadro se veia á Clodoveo atravesando los Alpes á la cabeza de un ejército de cien mil hombres; pero el Duque de Benevento, que no contaba para hacerle frente más que con un número muy reducido de tropas, fingia abandonar el campamento, á fin de que cayera el enemigo en el lazo que se le tendia. La soldadesca francesa se lanzaba sobre el vino lombardo para escarmiento y baldon suyo, quedando prendida en él, como las moscas en la miel[54].

En el cuadro siguiente se veia á Childeberto enviando áItalia una inmensa multitud de capitanes y guerreros franceses; pero sin poder envanecerse, más que Clodoveo, de haber saqueado ó vencido al lombardo; porque cayó sobre su ejército la espada del Cielo produciendo en él tal estrago, que todos los caminos estaban sembrados de cadáveres franceses, muertos de calor ó de disentería, en términos que de cada diez no volvió uno sano[55].

El Castellano les mostró despues á Pepino y en seguida á Cárlos, que bajaban uno tras otro á Italia, consiguiendo ambos ver coronada su empresa de un éxito feliz, por lo mismo que no la habian llevado á cabo con objeto de asolar el país, sino con el de defender el primero al oprimido Pastor Esteban, y el segundo á Adriano y á Leon despues. El uno conseguia domeñar al belicoso Astolfo, y el otro vencer y hacer prisionero á su sucesor, reponiendo al Papa en su honorífico puesto[56].

Mostróles á continuacion al jóven Pepino, que con su ejército parecia cubrir todo el territorio que se extiende desde el Pó hasta las costas orientales. A fuerza de gastos y de mucho trabajo, establecia un puente en Malamocco, cuyo extremo llegaba á Rialto, para combatir sobre él. Despues estaba representado en actitud de huir, dejando á los suyos sepultados bajo las aguas, por haberle destruido el puente las olas y el viento[57].

Seguia á continuacion Luis de Borgoña, que descendia á la llanura en que debia quedar vencido y prisionero, obligándole su vencedor á jurar que nunca volveria las armas contra él. Por haber cumplido mal su juramento, caia de nuevo en el lazo que se le habia tendido, y dejando en él los ojos, le trasladaban los suyos como un topo al otro lado de los Alpes[58].

Representaba la pintura siguiente las portentosas hazañas de Hugo de Arlés, arrojando de Italia á Berengario, yderrotándole dos ó tres veces seguidas, á pesar del auxilio de los hunos y de los bávaros. Obligado despues á ceder al número, capitulaba con el enemigo; pero no sobrevivia mucho tiempo á esta afrenta, y su sucesor, no menos infortunado que él, se veia precisado á ceder á Berengario todos sus estados[59].

Más allá contemplaron á otro Cárlos, que para consuelo del buen Pastor, encendia en Italia el fuego de la guerra, y en dos terribles batallas daba muerte á dos reyes: á Manfredo, primero, y á Conradino despues. Su gente, que tenia el reino oprimido con toda clase de vejámenes, se diseminaba por las ciudades, y al poco tiempo toda ella era degollada al toque de vísperas[60].

El Castellano les enseñó despues (dejando en claro una larga série de años, y aun de lustros), un capitan francés que descendia de los Alpes para hacer la guerra á los ilustres Viscontis, el cual sitiaba á Alejandría con un numerosoejército, compuesto de infantes y ginetes: el Duque de Milan reforzaba la guarnicion de la plaza sitiada, y al mismo tiempo preparaba no lejos de allí una emboscada, á la que con astucia y maña sabia atraer á los imprudentes franceses. El Conde de Armañac perecia en ella con la mayor parte de sus gentes, cuyos cadáveres yacian esparcidos por toda la llanura, y los restos del ejército caian prisioneros en Alejandría: aumentado el caudal del Tánaro con la sangre derramada en la batalla, se precipitaba en el Pó enrojeciendo sus aguas[61].

Mostróles á continuacion un señor de la Marca y tres condes de Anjou, diciendo:

—Ved cuán molestos son estos guerreros á los habitantes de la Daunia y de los Abruzzos, á los Marsos y á los Salentinos[62]; pero de nada les valdrán los auxilios que reciban de Roma ó de Francia para conseguir afirmar su planta en aquellos países; y si no, ved cómo Alfonso y Fernando les arrojan del reino cuantas veces intentan penetrar en él[63].

»Ahí teneis á Cárlos VIII, que desciende de los Alpes, llevando consigo la flor de los guerreros franceses: atraviesa el Liris[64]y se apodera de todo el reino sin desenvainar la espada ó enristrar la lanza, excepto del escollo que se extiende por los brazos, el pecho y el vientre de Tifeo[65], en donde no pudo vencer la resistencia del valeroso Iñigo del Vasto, descendiente de la estirpe de Ávalo[66].»

El señor del castillo, que iba describiendo aquellas historias á Bradamante, añadió al mostrarle la isla de Ischia:

—Antes de seguir más adelante, quiero referiros lo que solia contarme mi abuelo cuando yo era niño: es un suceso que él habia oido relatar á sus padres ó abuelos, y estos á los suyos, remontándose de esta suerte la tradicion hasta aquel de mis ascendientes que oyera la historia de los propios lábios del que hizo sin necesidad de pincel las variadas imágenes que aquí veis. Cuando Merlin mostró al Rey el castillo edificado sobre la empinada roca que os estoy designando, le dijo lo que vais á escuchar:—«Esa isla llegará á ser defendida un dia por un caballero, cuya audacia despreciará las llamas que hasta el mismo Faro le han de rodear por todas partes; y por aquella época ó poco despues (le designó el dia y el año) deberá nacer de su sangre unguerrero, que dejará muy atrás á todos los más valientes que existan ó hayan existido. No fué tan grande la belleza de Nireo[67], ni el valor de Aquiles, ni la audacia de Ulises, ni la velocidad de Lada[68]; no fué tan prudente Néstor, que tanto supo y vivió tanto[69], ni César tan liberal y magnánimo como la antigua fama nos lo representa, que, comparados con el varon ilustre que debe nacer en Ischia, no queden oscurecidas todas las virtudes que los han hecho famosos. Y si se envaneció la antigua Creta cuando vió nacer en ella al nieto del Cielo[70]; si Hércules y Baco hicieron á Tebas gloriosa[71]; si Delos se alabó de haber llevado á los dos gemelos[72], no dejará esa isla de estremecerse de gozo y de adquirir un renombre que por todo el orbe resuene, cuando nazca en ella aquel gran Marqués[73]á quien el Cielo prodigará todos sus dones.»—Así le dijo Merlin, y repitió muchas veces que estaba reservado para ver la luz primera en el instante en que más oprimido seviera el romano Imperio, á fin de que, merced á él, recobrara su libertad.—Pero como os he de enseñar más adelante algunas de sus hazañas, no quiero hablaros de ellas prematuramente.

Así dijo el Castellano, y volvió á ocuparse del cuadro en que estaban representadas las ínclitas proezas de Cárlos.

—Ved ahí, les decia, cómo se arrepiente Luis de haber hecho que Cárlos acuda á Italia; pues su intencion al llamarle solo será la de que le preste auxilio contra su inveterado rival, y no la de que le despoje de sus estados. Por esta razon se aliará á los venecianos, y al regreso de Cárlos, intentará apoderarse de él. Mirad cómo baja la lanza el animoso Rey, se abre un camino sangriento y se aleja, á pesar de los esfuerzos de sus enemigos. Mas las tropas que habrá dejado para conservar el nuevo reino, sufrirán una suerte bien distinta; pues Fernando, ayudado por el Señor mantuano, reunirá tantas fuerzas en su contra, que en pocos meses no dejará un francés vivo, lo mismo en el mar que en la tierra. Sin embargo, la pérdida de un solo hombre muerto á traicion, hará desaparecer todo el júbilo de la victoria[74].

Así diciendo, les mostró al marqués Alfonso de Pescara, y prosiguió:

—Despues que los lauros alcanzados en mil empresas hayan hecho brillar á ese guerrero más que el resplandeciente rubí, caerá en una asechanza que le tenderá un malvado etíope por medio de un tratado doble, y ahí podeis ver cómo cae el mejor caballero de aquella edad con la garganta traspasada por una saeta[75].

En seguida les enseñó al rey Luis XII atravesando los montes al frente de un ejército italiano, el cual, venciendo al Moro, plantaba la flor de lis en el terreno fecundo propiedad de los Viscontis. Desde allí enviaba sus soldados por el mismo camino que ya habia seguido Cárlos, á fin de que echaran un puente sobre el Garellano; pero no tardaban en ser derrotados, y en quedar muertos ó ahogados en el rio[76].

—Contemplad, decia el Señor del castillo, esa nueva y terrible matanza del ejército francés, obligado á emprenderla fuga; el español Gonzalo Fernandez es el que por dos veces le ha hecho caer en la trampa. Ved, sin embargo, cómo la Fortuna, que tan adversa se mostrara entonces al rey Luis, le sonríe despues más benigna en las ricas llanuras que el Pó divide entre los Apeninos y los Alpes, hasta donde se oyen los bramidos del Adriático[77].

Al decir estas palabras, se reconvino á sí mismo por haber olvidado lo que debia referir de antemano; y volviendo atrás, les designó un traidor que vendia al enemigo el castillo que su señor le confiara; el pérfido suizo, que más adelante cargaba de cadenas al mismo que pagaba sus servicios: traiciones ambas que concedian el triunfo al rey de Francia sin necesidad de combatir[78].

A continuacion les hizo reparar en César Borgia, que con el auxilio de aquel Rey, aumentaba su poderío en Italia, y desterraba de Roma á su albedrío cuantos grandes y señores le eran molestos[79]. Despues les indicó el mismo Rey, quehacia desaparecer de Bolonia la sierra, la reemplazaba con el roble, ponia luego en fuga á los genoveses que se le habian rebelado, y subyugaba su ciudad[80].

—Mirad ahí, continuó diciendo, cuán cubierta de cadáveres está la campiña de Giaradadda: todas las ciudades abren sus puertas al Rey, y ni aun la misma Venecia puede resistirle. Mirad cómo este no consiente al Papa que, pasados los límites de la Romanía, arrebate la ciudad de Módena al Duque de Ferrara; pues por el contrario, obligando al Pontífice á detener su invasion y á respetar los estados de aquel duque, le despoja de la ciudad de Bolonia, y se la entrega á la familia de los Bentivoglio. Contemplad más allá al ejército francés saqueando á Brescia despues de apoderarse de nuevo de ella, y ved cómo socorre á Felsina, y dispersa casi á un tiempo mismo al ejército papal.—El uno y el otro se encuentran luego frente á frente en las llanuras que riega el Chiese. Por un lado el ejército francés, y por el otro el del Papa, reforzado con un numeroso cuerpo de españoles, traban una sangrienta batalla. Caen sin cesar combatientes de ambas partes, enrojeciendo el suelo; todos los fosos y zanjas están llenos de sangre humana. Marte no sabe á quien conferir la palma de la victoria; pero merced á la intrepidez de un Alfonso, ceden los españoles, y los franceses quedan dueños del campo: á consecuencia de esta batalla, es saqueada la ciudad de Rávena, y el Papa, mordiéndose los lábios de desesperacion, hace que una multitud de alemanes descienda á modo de tempestad, desde las montañas vecinas, los cuales, arrollando en todos los encuentros á los franceses, les arrojan al otro lado de los Alpes, y colocan despues un vástago del Moro en el jardin de donde arrancan las lises de oro[81]. Ved cómo vuelve el francés, y cómo le derrota el suizo desleal, llamado por el jóven en su auxilio, á pesar del riesgo á que se exponia por haber sido el mismo que vendiera y aprisionara á su padre[82]. Pero mirad cómo ese mismo ejército, que habia caido debajo de la rueda de la Fortuna, se prepara á vengar la derrota de Novara, guiado por un nuevo rey, y pasa á Italia bajo mejores auspicios[83]. Ahí teneis á Francisco I destrozando á los suizos de tal modo, que casi los extermina completamente, y haciéndoles además perder para siempre el título de domadores de príncipes y defensores de la Iglesia cristiana, con que aquellos villanos mal nacidos se engalanaban. Mirad cómo, á pesar de la Liga, se apodera de Milan, y pensiona al jóven Sforza. Ved á Borbon que defiende la ciudad por el rey de Francia contra el furor aleman. Ved despues cómo, mientras está ocupado el monarca francés en empresas de mayor importancia, y sin sospechar el orgullo y la crueldad de que hacen gala los suyos, le arrebatan á Milan.

»Fijad la vista en ese otro Francisco, que tanto se parece al abuelo, no solo en el nombre, sino tambien en el valor, el cual, despues de expulsar á los franceses, recobra con el favor de la Iglesia el suelo pátrio[84]. Ved cómo vuelve Francia, pero conteniendo sus ímpetus, y sin recorrer con rápido vuelo la Italia, cual solia; pues el bravo Duque de Mantua sale á oponérsele en el Tesino y le corta el paso. Federico, en cuyo rostro no apunta todavía el bozo de la pubertad, se hace digno de eterna gloria, por haber sabido defender á Pavía del furor de Francia y desbaratar los proyectos del Leon del mar, haciendo uso de su diligencia y sagacidad más bien que de las armas[85].

»Reparad en esos dos marqueses, ambos terror de nuestras gentes y honor de Italia; ambos de una misma estirpe, y nacidos en un mismo nido. El primero es hijo de aquel marqués Alfonso, con cuya sangre vísteis enrojecido el suelo, por haber caido en las asechanzas que un negro le tendiera.Ved cuántas veces son arrojados de Italia los franceses, merced á sus consejos. El otro cuyo aspecto es tan benigno y apacible, es señor del Vasto, y se llama Alfonso. Este es el valiente caballero de quien os hablaba cuando os enseñé la isla de Ischia, y con respecto al cual dijo tantas cosas Merlin á Faramundo, profetizando que aplazaria su nacimiento para cuando más necesidad tuviesen de su ayuda la afligida Italia, la Iglesia y el Imperio contra los ultrajes de los bárbaros. Mirad cómo, puesto á las órdenes de su primo el de Pescara, y bajo los auspicios de Próspero Colonna, hace que los suizos y especialmente los franceses conserven un terrible recuerdo de Bicocca[86]. Ved cómo Francia se apresta de nuevo á vengar las afrentas recibidas, bajando su rey con un ejército á Lombardia y enviando otro á talar el reino de Nápoles; pero la Fortuna, que juega con los mortales como el viento con el árido polvo, al cual hace describir rápidos remolinos, lo remonta hasta el Cielo, y de improviso lo precipita en la Tierra de donde lo ha elevado, alimenta las ilusiones del Rey que cree tener reunido en torno de Pavía un ejército de cien mil hombres, cuando á pesar de ver los que desertan continuamente, no sabe si sus gentes aumentan ó disminuyen: así es que por culpa de algunos ministros avaros, y por la bondad del Rey que de ellos se fia, son muy pocos los que acuden á reunirse bajo sus banderas, al resonar por la noche el toque de llamada para rechazar el ataque del sagaz español, que sostenido por losdos ilustres descendientes de Ávalos, seria capaz de abrirse paso hasta el Cielo ó el Infierno. Ved lo más selecto de la nobleza de Francia llenando con sus cadáveres el campo; ved á su Rey animoso, que á pesar de rodearle un bosque de lanzas y espadas, y de estar muerto su caballo, no quiere rendirse ni suponerse vencido, aun cuando todo el ejército enemigo se precipita sobre el, y hácia él solo dirige sus ataques, en tanto que el Rey no tiene quien le socorra. El valeroso monarca empapado en sangre enemiga se defiende á pié; pero preciso es que el valor ceda al fin á la fuerza. Ved al Rey prisionero, y védlo luego en España, y mirad cómo se concede el laurel de la victoria y de la prision del monarca al Marqués de Pescara y á su inseparable compañero el del Vasto. Queda un ejército deshecho en Pavía: el otro que se dirigia á invadir á Nápoles, se queda á su vez como una luz cuando le falta la cera ó el aceite. Contemplad al Rey, que deja á sus hijos en la prision ibera, y vuelve á sus estados: ved cómo, mientras combate de nuevo en Italia, le ataca otro en su propio país. Mirad cuántos homicidios y rapiñas afligen á Roma por todos sus ámbitos, siendo mancilladas con estupros é incendios lo mismo las cosas divinas que las profanas. El ejército de la Liga contempla de cerca el estrago, y escucha distintamente el llanto y los gemidos; pero en vez de oponerse á él, retrocede, consintiendo que el sucesor de Pedro caiga prisionero[87]. El Rey envia á Lautrec con nuevas tropas, no ya para apoderarse de Lombardia, sino para arrancar de manos impías y criminales, lacabeza y demás miembros de la Iglesia; pero Lautrec retrasa tanto su marcha, que al llegar á Roma encuentra ya al Padre Santo en libertad, por lo cual sigue adelante, poniendo sitio á la ciudad donde está sepultada la Sirena[88], y recorre todo el reino[89]. Ved cómo desplega sus velas la armada imperial para dar socorro á la ciudad asediada, y ved á Doria cuál le sale al encuentro, y la destroza, incendía ó echa á pique. Pero mirad cómo la Fortuna, hasta aquí tan propicia á los franceses, les retira sus favores, y les hace perecer, no por medio del hierro, sino de la peste, en términos que de cada mil hombres apenas vuelve uno á su amada Francia[90].»

Todas estas historias y otras muchas que seria prolijo enumerar, pintadas con los más vivos y variados colores, estaban representadas en aquel salon, cuya capacidad era tanta, que bastaba para contenerlas. Bradamante y su compañera quisieron verlas dos ó tres veces, porque no se cansaban de admirarlas, y de leer las inscripciones que en letras doradas se veian al pié de cada una de ellas; y despues de pasar algunos momentos comentando lo que acababan de ver, fueron á ocupar las habitaciones que el señor del castillo, acostumbrado á tratar á sus huéspedes con toda clase de consideraciones, les designó para que se entregaran al reposo. Cuando todos dormian ya tranquilamente, Bradamante se decidió á acostarse; pero no hizo más que dar vueltas en su lecho á uno y otro lado, sin poder conciliar el sueño. Al acercarse la aurora, consiguió dormir algunos momentos, y le pareció ver en sueños la imágen de Rugiero que le decia:—«¿Por qué te consumes dando crédito á una falsedad? Antes retrocederán los rios en su curso, que deje yo transcurrir un solo instante sin dedicarte todos mis pensamientos. Si no te amara, tampoco podria amar á mi propio corazon ni á las pupilas de mis ojos.»—Y parecia añadir:—«He venido á recibir el bautismo y á cumplir lo que te he ofrecido: si he tardado tanto, ha sido por haberme detenido una herida muy distinta de las que produce el Amor.»—Al llegar aquí desapareció el sueño, y con él, la imágen de Rugiero: la guerrera se entregó de nuevo á su afliccion, profiriendo mentalmente estas quejas entre llantos y suspiros:

—¡Ay mísera de mí! Solo fué un sueño lo que era grato á mi corazon, y en cambio lo que me atormenta es una realidad harto positiva. El bien fué un sueño demasiado rápido en desvanecerse; pero no es sueño, no, este terrible martirio. ¡Ah! ¿Por qué mis sentidos despiertos no ven y oyen lo que creyó ver y oir mi pensamiento? ¡A qué condicion habeis quedado reducidos, ojos mios, que cerrados veis el bien, y abiertos, el mal! El dulce sueño me prometia paz; pero el amargo despertamiento renueva mis torturas: el dulce sueño ha sido, por mi mal, harto falaz; pero el amargo despertamiento no se equivoca. Si la verdad me mata, y me consuelan las ilusiones, permita el Cieloque no vuelva yo á oir ni á ver la verdad en la Tierra: si durmiendo soy feliz, y velando desgraciada, ¡ojalá me sea dado dormir sin despertar jamás! ¡Cuán felices son los animales que permanecen seis meses enteros sin abrir los ojos, entregados á un sueño profundo! Poco me importa que un sueño semejante se parezca á la muerte, que permaneciendo en vela se viva más tiempo; pues mi aciaga suerte, contraria á la de todos los humanos, encuentra la muerte velando y la vida durmiendo; y si la muerte á tal sueño se asemeja, ¡oh Muerte, ven cuanto antes á cerrar mis párpados!

Empezaba el Sol á teñir de púrpura los límites del horizonte, las nubes se disipaban, y el naciente dia prometia ser menos borrascoso que el anterior, cuando la guerrera, despierta ya, tomó sus armas para continuar sin perder tiempo su camino, dando las gracias al Señor del castillo por su hospitalidad y por las consideraciones que le habia guardado. Al salir del castillo, vió que la embajadora se le habia anticipado, y que llegaba con sus doncellas y sus escuderos al sitio en que la estaban esperando los tres reyes á quienes la guerrera derribara la noche anterior con su lanza de oro: habian pasado estos una noche cruel, sufriendo el agua, el viento y el frio, á cuyos males debia añadirse el de que tanto ellos como sus caballos habian tenido que resignarse á un completo ayuno, rechinando los dientes y pisando el lodo; pero lo que sobre todo les mortificaba, era la idea de que la mensajera pusiera en conocimiento de su señora, aparte de las demás circunstancias, la de que habian sido derribados por la primera lanza que en Francia se volvió contra ellos.

Resueltos á perecer ó á tomar una pronta venganza del ultraje recibido, á fin de que Ulania rectificara el juicio quede su valor habia formado, retaron á nueva lid á la hija de Amon, en cuanto esta acabó de pasar el puente levadizo, sin presumir que desafiaban á una doncella, pues los ademanes de Bradamante no eran los de tal. La jóven, que iba de prisa y no queria perder tiempo, rehusó al pronto el combate; pero fueron tantas las provocaciones de los tres reyes, que no pudo negarse ya sin mengua para ella; y enristrando la lanza, de tres botes derribó á los tres en tierra, con lo cual terminó el combate: despues, sin dignarse siquiera mirarlos, les volvió las espaldas, y se alejó rápidamente.

Aquellos guerreros, que habian venido de tan apartadas regiones solo por conquistar el escudo de oro, se levantaron sin pronunciar una palabra, como si la voz se les hubiese extinguido al mismo tiempo que el denuedo, y quedaron confusos, maravillados y sin atreverse á levantar la vista hasta Ulania, recordando sin duda las muchas veces que en su presencia se habian jactado por el camino de que no habria caballero ni paladin capaz de hacer frente al menos valeroso de los tres. Deseando la dama humillarles más y castigar su desmedida arrogancia, les hizo saber que era una doncella, y no un paladin, quien les habia arrojado de la silla.

—Si una mujer os ha hecho medir el suelo, les decia, ¿qué no debereis pensar con respecto á la bravura de Orlando y de Reinaldo, que con mayor motivo han alcanzado tan glorioso renombre? Si cualquiera de ellos conquista el escudo, ¿sereis capaces por ventura de disputárselo con más valor del que habeis demostrado contra una doncella? Yo por mí no lo creo, y supongo que vosotros tampoco lo creeis. Podeis daros ya por satisfechos; pues no teneis necesidad de ofrecer una prueba más clara de vuestro valor: y si hay alguno de vosotros tan temerario que desee hacer en Francia otra nueva experiencia de su esfuerzo, solo conseguirá añadir el daño á la vergüenza que por dos veces habeis encontrado en este país, á no ser que juzgue más útil y glorioso recibir la muerte por mano de tales guerreros.

Luego que estuvieron plenamente convencidos de que era una doncella la que habia mancillado su fama, tan brillante hasta entonces, cuya circunstancia confirmaron no solo Ulania, sino las personas de su séquito, se sintieron poseidos de tal dolor y tanta ira, que estuvieron á punto de volver contra sí mismos sus aceros; y arrastrados por su despecho furioso, se quitaron cuantas armas llevaban encima, sin conservar siquiera la espada, y las arrojaron al foso del castillo, jurando que, para reparar la afrenta que una mujer les habia causado, haciéndoles medir vergonzosamente el suelo, estarian un año entero sin usar armas de ninguna clase y sin caminar más que á pié por toda clase de caminos, y añadiendo que hasta que hubiera transcurrido el año, no vestirian otras armas ni montarian más caballos que los que consiguieran ganar combatiendo. Para castigar, pues, su falta, emprendieron de nuevo su viaje; ellos á pié y desarmados, y Ulania y su servidumbre á caballo.

Bradamante llegó por la noche á un castillo que habia en el camino de París, y supo allí que Agramante habia sido derrotado por Carlomagno y por su hermano Reinaldo. En aquel castillo encontró una cordial hospitalidad y buena mesa; pero la guerrera, insensible á los solícitos cuidados que le prodigaban, comia poco, dormia menos y no hallaba reposo en parte alguna. Sin embargo, no debo ocuparme tanto de Bradamante, que vaya por ella á descuidar á aquellos dos caballeros que habian atado sus caballos cerca de la solitaria fuente.

El combate que voy á describir no tenia por objeto la conquista de una ciudad, ni de una corona; sino el de ver cuál de los dos deberia quedar en posesion de Durindana y de Bayardo. Sin que tuviesen necesidad de clarin ó trompeta para dar la señal del combate; sin heraldo que les recordase la defensa ó el ataque y excitase su valor, desnudaron al mismo tiempo sus espadas, y se precipitaron uno contra otro. Pronto resonó el aire con los golpes terribles y reiterados, y pronto tambien empezó la ira á dominarles. Imposible seria hallar otras dos espadas, por más firmes, sólidas y duras que fuesen, que no se hubiesen roto ó mellado bajo la increible violencia de aquellos desmesurados golpes; pero las de ambos guerreros eran tan sólidas y tal la seguridad que una larga experiencia les prestaba, que bien podian chocar entre sí mil y más veces sin peligro de romperse.

Reinaldo, cambiando de sitio con destreza, maña y arte, esquivaba los tremendos tajos de Durindana, por constarle cuán bien hendia el acero mejor templado. El rey Gradasso descargaba innumerables golpes con ella, pero casi todos al aire; y si lograba acertar alguno, era siempre en sitio donde podia hacer muy poco daño. Reinaldo calculaba mejor sus ataques, y adormecia con frecuencia el brazo del pagano: su acero penetraba á veces por los costados ó por las junturas del yelmo y la coraza de Gradasso; pero tropezaba con la cota diamantina, y no conseguia romper ó desunir una sola malla; porque, merced al arte de los encantadores que la fabricaron, era sumamente dura y fuerte. Sin concederse el menor reposo, habian estado mucho tiempo tan atentos á herir ó parar los golpes, que las miradas de cada uno de ellos no se separaban un solo instante de los ojos de su adversario, cuando una nueva riña llamó su atencion y dió tregua á su furor.


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