Agramante rompe el pacto; pero derrotado su ejército, se ve obligado á retirarse al África.—El valiente Astolfo persigue al enemigo hasta Biserta, cuya ciudad asedia. Orlando llega allí casualmente, y el Duque, instruido de lo que debia hacer, le devuelve el juicio.—Dudon encuentra á Agramante en alta mar, y le pone en grave aprieto.
La situacion en que se encontraba Rugiero era en verdad de las más penosas y duras que puedan existir, por lo cual no es extraño que padeciera física y moralmente, al considerar que no podia librarse de una de las dos muertes que ante sí tenia. Si se mostraba menos vigoroso que Reinaldo, se exponia á perecer: si daba muerte al paladin, cansarian la suya los desdenes de su amada, en cuyo ódio, más temible que la misma muerte, incurriria sin remedio.
Reinaldo, á quien no preocupaba idea alguna, hacia todos los esfuerzos imaginables por alcanzar la victoria, y esgrimia altivo y terrible su hacha de armas, descargando tremendos golpes en la cabeza y brazos de su adversario. Rugiero se servia de su arma para parar los golpes, echándose á un lado ó á otro, y cuando á su vez procuraba herir á Reinaldo, era en el sitio en que menos daño pudiera hacerle. A la mayor parte de los señores sarracenos empezó á parecerles muy desigual el combate: pues observaban la poca animacion de Rugiero á quien tenia casi acorralado su enemigo. El monarca africano contemplaba la lucha, cubierto de palidez su rostro, lanzando fuertes suspiros y acusando en su mente á Sobrino, de quien procedia aquel fatal error, puesto que lo habia aconsejado.
Entonces fué cuando Melisa, versada en todas las supercherías del arte de los encantadores ó de los magos, trocó su aspecto femenino en la figura del gran Rey de Argel. Por su rostro, por sus movimientos, era el vivo retrato de Rodomonte, y llevaba la piel escamosa del dragon, la espada y el escudo que acostumbraba usar el sarraceno. Montada en un espíritu infernal que habia tomado la forma de caballo, se dirigió hacia el desanimado hijo del rey Trojano, y le dijo con acento terrible y fruncido entrecejo:
—Señor, habeis cometido una gran falta oponiendo á un franco tan fuerte y tan famoso un adversario jóven é inexperto, en una ocasion en que se trata de la suerte del reino y del honor de África. Apresuraos á interrumpir ese combate, cuyo resultado ha de ser desastroso para nosotros. Confiadlo á Rodomonte, sin que os importe violar el pacto y el juramento hecho de antemano. En momentos tan críticos como los presentes, cada cual debe demostrar hasta dónde alcanza su esfuerzo, y mientras esté yo aquí, tened por seguro que cada uno de vuestros soldados valdrá por ciento.
Estas palabras pesaron tanto en el ánimo de Agramante, que, sin reflexionar en lo que hacia, lanzóse contra el enemigo. La confianza que le inspiraba el Rey de Argel fué causa de que se cuidara muy poco de su juramento: el auxilio que en aquella ocasion hubieran podido prestarle mil caballeros lo habria tenido en menos que el del solo Rodomonte. En un momento se vieron por todas partes las lanzas enristradas y los caballos lanzados á todo escape contra los cristianos. Melisa desapareció tan luego como, merced á sus ficciones, vió empeñada la batalla.
En el momento en que los dos campeones vieron interrumpido tan bruscamente su combate, contra todo acuerdo y contra toda promesa, dejaron de herirse; y deponiendo su mútua enemistad, se dieron palabra de no volver á dirigir sus armas uno contra otro, hasta haber averiguado con certeza cuál de los dos reyes habia sido el primero en violar el pacto, si el anciano Cárlos ó el jóven Agramante: al propio tiempo renovaron su juramento de declararse enemigos del perjuro.
Mientras tanto, los dos ejércitos habian llegado á las manos: pronto se vió quién avanzaba y quién retrocedia; quiénes eran los cobardes y quiénes los más valientes: todos corrian con la misma ligereza, solo que los primeros huian al paso que los segundos perseguian.
Marfisa habia permanecido hasta entonces inactiva en compañía de su cuñada; pero tan contrariada é impaciente como el lebrel que ve correr en torno suyo á la fugitiva fiera, y no pudiendo perseguirla al mismo tiempo que losdemás perros por tenerle sujeto el cazador, se agita irritado, se atormenta, se aflije, se desespera, lanza penetrantes é infructuosos ladridos, y forcejea por desasirse de la mano que le detiene. Durante todo el dia habian estado contemplando con cierta sanguinaria envidia á los sarracenos formados en la estensa llanura; pero contenidas por el respeto á lo pactado, se habian limitado á lamentar su inaccion, exhalando frecuentes suspiros. Mas no bien observaron la violacion del pacto y de la tregua, cuando se precipitaron gozosas en medio de las filas africanas. Marfisa atravesó con su lanza el pecho del primero que encontró, haciéndola salir más de dos brazas por la espalda: desnudó en seguida su acero, y en menos tiempo del que se necesita para referirlo, rompió cuatro yelmos como si fueran de vidrio. Bradamante no le fué en zaga: si su lanza de oro producia distinto efecto, en cambio tiraba del caballo á cuantos alcanzaba: no mató á nadie, pero derribó doble número de guerreros que Marfisa. Las dos heroinas llevaron á cabo estas proezas sin separarse hasta entonces, por lo cual fueron testigos de sus mútuas hazañas; pero arrastradas luego por el ardor del combate, se fué cada una por su lado haciendo sentir el peso de su ira á los aterrados sarracenos. ¿Quién podria contar el número de guerreros que derribó aquel dia la lanza de oro? ¿Quién podria calcular el número de cabezas que segó la terrible espada de Marfisa?
Así como al soplo de tranquilos vientos, cuando las cumbres de los Apeninos se cubren de verdura, se precipitan á un mismo tiempo dos torrentes que al caer siguen distinto curso, y van arrancando las peñas y los copudos árboles de sus elevadas márgenes, arrastrando hácia el valle los frutos y las mieses, como si compitiesen ambos en el deseo de dejar huellas más desastrosas de su paso, así tambien las dosmagnánimas guerreras, recorriendo el campo en direccion distinta, iban causando horrorosos estragos en las filas africanas, la una con su lanza, y la otra con su espada.
Agramante apenas podia contener á sus soldados, que empezaban á abandonar sus banderas. En vano preguntaba por Rodomonte, en vano le buscaba con la vista por todos lados: nadie sabia donde estaba. Por instigacion del Rey de Argel (segun creia) habia roto el pacto solemnemente estipulado, poniendo á Dios por testigo; y sin embargo, este rey habia desaparecido de repente. Tampoco veia á Sobrino, que se habia retirado á Arlés, rehuyendo toda responsabilidad, y deseando permanecer extraño al perjurio, cuyo inmediato y terrible castigo esperaba presenciar aquel mismo dia. Marsilio se habia alejado tambien, dominado por iguales sentimientos: así es que Agramante no pudo resistir á las tropas de Cárlos, á los italianos, alemanes é ingleses, todas gentes aguerridas y denodadas, entre las cuales iban confundidos los paladines, cual piedras preciosas engarzadas en oro, y cerca de ellos algunos caballeros sin rival en el mundo, como el intrépido Guido el Salvaje y los dos hijos de Olivero, y aquellas dos guerreras, cuyas proezas creo inútil recordar, y que seguian exterminando un número infinito de moros.
Mas, suspendiendo por algun tiempo el relato de esta batalla, me propongo ahora atravesar los mares sin auxilio de bajel; pues no es justo que olvide á Astolfo por ocuparme exclusivamente de las cosas de Francia.
Ya os he hablado de las mercedes que recibió del Santo Apóstol, y creo haberos dicho tambien que el rey Branzardo y el de los algaceres aprestaban sus ejércitos para oponérsele. Estas tropas, reunidas con la mayor precipitacion, se componian casi de niños, ancianos y hasta mujeres; porque Agramante, obstinado en su vengativa empresa, habia dejado por dos veces al África exhausta de hombres: así es que habian quedado en ella muy pocos en estado de tomar las armas, y por lo tanto, formaban un ejército cobarde é indisciplinado. No tardaron en demostrarlo así, pues en cuanto descubrieron á los nubios á lo lejos, huyeron desordenadamente. Astolfo lanzó tras ellos á sus soldados mucho más aguerridos, y los fué persiguiendo como si fueran un rebaño de carneros, dejando el campo sembrado de cadáveres: algunos pocos consiguieron encerrarse en Biserta con el rey Branzardo; pero el rey Bucifar quedó prisionero, causando al primero más dolor su pérdida que si hubiera visto destruido todo su ejército. Siendo Biserta una ciudad grande, era preciso fortificarla considerablemente, y sin Bucifar no podia llevar á cabo los trabajos necesarios. Deseoso Branzardo de rescatarle, buscaba en su imaginacion un medio cualquiera para conseguirlo, cuando se acordó de que, muchos meses hacia, tenia en su poder al paladin Dudon, á quien el Rey de Sarza habia cautivado en la costa de Mónaco, en el primer viaje que hizo á Francia: desde entonces Dudon, descendiente de Ogiero el danés, habia permanecido encerrado en una prision.
Branzardo quiso cangearlo por el Rey de los algaceres, y con este objeto envió un mensajero al jefe de los nubios, sabiendo que Astolfo era un paladin, y que por lo tanto aceptaria gustoso la proposicion de salvar á otro paladin. El gallardo Duque accedió en efecto á lo propuesto por el sarraceno, y rescató á Dudon, el cual le dió infinitas gracias por su libertad, y se puso á su disposicion para ayudarle en aquella guerra, tanto por tierra como por mar. Contando Astolfo con un ejército tan numeroso, que no hubieran podido resistirle siete países tan extensos como el África, yrecordando que el santo Anciano le habia recomendado muy eficazmente que expulsara á los sarracenos de las costas de Provenza y Aguasmuertas de que se habian apoderado, eligió nuevamente de entre sus soldados aquellos que más aptos le parecieron para los trabajos del mar, y habiéndose llenado las manos tanto como pudo de hojas de laureles, cedros, olivos y palmas, se dirigió á la playa y las arrojó á las olas. ¡Oh almas felices y queridas del cielo! ¡Oh efecto sublime de un poder que el Señor concede raras veces á los mortales! ¡Milagro prodigioso! Apenas tocaron el agua, aquellas hojas empezaron á crecer de un modo increible; encorváronse y se hicieron gruesas, largas y pesadas; las venas que las atravesaban se convirtieron en duras grapas de hierro y sólidos maderos, y conservando la forma aguda de sus extremidades, quedaron en un momento transformadas en naves de diferentes clases, y tantas cuantas habian sido las hojas arrancadas de los árboles.
Fué en efecto un espectáculo asombroso el que ofrecieron aquellas hojas convertidas milagrosamente en fustas, galeras y otros bajeles. No menos milagroso fué verlas provistas de velas, remos, obenques y de todo el aparejo indispensable en un buque. Astolfo encontró bien pronto quien supiera gobernar su flota á través de los mares y de los vientos embravecidos; pues las cercanas costas de la Córcega y la Cerdeña le suministraron excelentes pilotos, timoneles, marineros y patrones. La expedicion, compuesta de veintiseis mil hombres de todas clases, tuvo por jefe á Dudon, caballero de gran experiencia, é igualmente valeroso en mar y tierra.
Aun estaba la flota anclada en la costa de África, esperando un viento favorable, cuando se presentó en ella un navio cargado con los prisioneros que Rodomonte habiahecho en el peligroso puente, donde, segun he dicho varias veces, era tan reducido el espacio para combatir. Entre dichos prisioneros estaban el cuñado del Conde, el fiel Brandimarte, Sansoneto y otros muchos caballeros de Alemania, de Francia y de Gascuña, cuyos nombres creo ocioso recordar. El piloto, que no sospechaba la presencia del enemigo, echó el ancla en aquella playa, dejando muchas millas atrás el puerto de Argel donde se habia propuesto fondear, á no habérselo impedido un fuerte vendabal que impelió la popa más de lo que debia. Creia llegar con toda seguridad entre los suyos, como Progne á su bullicioso nido; pero así que vió el águila imperial, las lises de oro y los leopardos, perdió el color, como suele perderlo el que pone inadvertidamente su pié sobre la serpiente venenosa dormida entre la yerba, y se retira pálido y aterrado huyendo del reptil henchido de rabia y de veneno. No pudiendo ya el piloto huir, ni sabiendo cómo ocultar á sus cautivos, tuvo que resignarse á saltar en tierra, y fué conducido con Brandimarte, Olivero, Sansoneto y otros muchos á la presencia de Astolfo y del hijo de Ogiero, que manifestaron su alegría al ver á sus amigos: en recompensa de su trabajo, fué condenado el patron á remar en las galeras de Astolfo.
El hijo del rey Oton recibió, como os digo, á los caballeros cristianos con señaladas muestras de placer, é hizo que les prepararan un banquete en su pabellon, y que les proveyeran de armas y de cuanto necesitasen. Dudon difirió su salida del puerto accediendo á los deseos de los recien llegados, cuya conversacion le era sumamente grata, y cuyas noticias le sirvieron mucho más que si se hubiera hecho á la mar uno ó dos dias antes. Por ellos vino en perfecto conocimiento del estado en que á la sazon se hallaban los asuntos de Francia y de Carlomagno, y supo tambien dónde podria fondear con más seguridad y obtener mejores resultados. Mientras estaba escuchándolos atento, se oyó un rumor que iba creciendo por momentos, y unas voces de alarma tan terribles, que obligaron á los caballeros á hacer mil distintas suposiciones. El duque Astolfo y sus compañeros se apresuraron á montar á caballo y á empuñar sus armas, y se dirigieron al sitio en que más fuertemente resonaba la gritería, inquiriendo por uno y otro lado el motivo del tumulto, cuando vieron á un hombre tan feroz, que á pesar de ir solo y desnudo, causaba grandes estragos en el campamento. Iba esgrimiendo un palo tan duro, tan pesado y tan macizo, que derribaba sin sentido á cuantos alcanzaba. Ya habia hecho más de cien víctimas, sin que se atrevieran á contenerle, como no fuera arrojándole saetas desde lejos, pues no habia nadie tan animoso que osara aproximarse á él.
Dudon, Astolfo, Brandimarte y Olivero, que habian acudido presurosos al oir aquel estrépito, estaban considerando con asombro la inmensa fuerza y el valor inusitado de aquel hombre feroz, cuando vieron venir á una doncella, vestida de negro, que corrió hácia Brandimarte y le saludó, echándole al mismo tiempo los brazos al cuello. Era la donosa Flor-de-lis, la doncella que tan viva pasion sentia por Brandimarte, y que estuvo á punto de volverse loca de dolor cuando dejó á su amante cautivo en el estrecho puente. Habiendo sabido por el mismo Rodomonte que Brandimarte habia sido enviado á Argel en compañía de los demás cautivos, resolvió atravesar los mares para reunirse á él, y se embarcó en Marsella en una nave de Levante, que pertenecia á un caballero anciano de la familia del rey Monodante, el cual habia recorrido muchos países, así por mar como por tierra, para encontrar á Brandimarte, teniendopor último noticia de que lo hallaria en Francia. Conoció la jóven al momento á Bardino, que así se llamaba aquel caballero, el cual habia criado á Brandimarte en la Roca Silvana, despues de haberle sustraido niño aun al Rey su padre. Cuando Bardino supo la causa del viaje de Flor-de-lis y el modo cómo su protegido habia pasado al África, puso su bajel á disposicion de la doncella, y quiso acompañarla en su travesía. Al llegar á la costa africana, supieron que Astolfo tenia puesto sitio á Biserta, y les anunciaron que quizás Brandimarte estaria con él.
Al ver la jóven á su amante, corrió á abrazarle con tanta mayor alegría, cuanto que sus pasados sinsabores contribuian á aumentarla. No fué menor el júbilo que sintió el gentil caballero al contemplar allí á su adorada y constante compañera, á quien amaba más que á todo en el mundo: le prodigó las más dulces caricias, la estrechó infinitas veces contra su corazon; sus apasionados besos se sucedian sin poder saciar su amoroso fuego, y hubieran continuado así largo tiempo, si Brandimarte, alzando los ojos, no hubiera reparado en Bardino, que habia venido acompañando á la jóven. Extendió las manos con intencion de abrazarle y de preguntarle al propio tiempo el motivo de su venida; pero se lo impidió la multitud de soldados que huian desordenadamente ante aquel palo que el desnudo loco volteaba en torno suyo, abriéndose ancho paso.
Flor-de-lis miró atentamente á aquel insensato, y exclamó dirigiéndose á Brandimarte:—«¡Es el Conde!»—Astolfo conoció tambien á Orlando por el retrato que de él le hiciera el Santo Evangelista en el Paraiso terrestre: de otra suerte, nadie hubiera podido sospechar siquiera que fuese el cortés Paladin aquel ser súcio, insensato, maltrecho y que por su aspecto se asemejaba más bien á una fiera que á un hombre.
Movido Astolfo á compasion, se volvió á Dudon y Olivero que estaban cerca de él, y con lágrimas en los ojos les dijo:—«Ahí teneis á Orlando.»—Los dos caballeros le consideraron con atencion algunos momentos, quedando mudos de asombro y de estupor al verle en tan aflictivo estado. La mayor parte de los circunstantes derramaban lágrimas que arrancaba á sus ojos la piedad y el sentimiento, pero exclamando Astolfo:—«No es ocasion de llorar, sino de pensar en curarle,»—saltó del caballo, y lo propio hicieron Brandimarte, Sansoneto, Olivero y Dudon, rodeando simultáneamente al sobrino de Carlomagno con intencion de sujetarle. Al verse Orlando encerrado en aquel círculo, empezó á esgrimir su palo insensata y desesperadamente, é hizo sentir la fuerza de su brazo á Dudon, el cual, cubriéndose la cabeza con el escudo, pretendió acometerle, y á no haber sido porque la espada de Olivero se interpuso amortiguando la fuerza del golpe, el terrible palo del loco hubiera hecho pedazos el escudo, el yelmo, el cráneo y la cabeza del hijo de Ogiero. A pesar de esto, destrozó el escudo, y cayó con tal furia sobre el almete, que el caballero quedó tendido en el suelo. Sansoneto descargó tambien un tajo sobre el palo, con tal vigor, que le cortó en redondo más de dos brazas. Brandimarte cogió entonces á Orlando por detrás, oprimiéndole vigorosamente con sus brazos, mientras que Astolfo le sujetaba por las piernas; pero dando el loco una furiosa sacudida, lanzó de espaldas al Duque inglés á más de diez pasos de distancia, y aunque no pudo soltarse de los brazos de Brandimarte que le tenia fuertemente asido por mitad del cuerpo, descargó en seguida tan tremendo puñetazo sobre Olivero, que lo tendió á sus piés pálido é inanimado y vertiendo sangre por nariz y ojos. A no ser por el excelente temple del casco que llevaba Olivero, aquelpuñetazo le hubiera quitado la vida, á pesar de lo cual cayó el caballero cual si su alma hubiese volado al Paraiso.
Astolfo y Dudon se habian levantado, aunque este con la cara hinchada, y uniendo sus esfuerzos á los de Sansoneto, cuyo golpe habia sido tan certero, acometieron nuevamente á Orlando. Dudon le sujetó tambien por detrás, procurando echarle una zancadilla para derribarle; Astolfo y los demás le cojieron los brazos, y ni aun así podian refrenar sus violentos ímpetus. El que haya visto á un toro perseguido, cuyas orejas sujetan con los dientes los perros de presa, y que corre mugiendo y arrastrando consigo á los tenaces canes de quienes no puede desprenderse, podrá formarse una idea del espectáculo que presentaba Orlando arrastrando consigo á todos aquellos guerreros.
Algun tanto repuesto Olivero del puñetazo que tan mal parado le dejara, levantóse del suelo, y viendo que el sistema seguido por Astolfo no produciria el resultado que se deseaba, arbitró un medio más á propósito para derribar á Orlando, lo puso inmediatamente por obra y surtió el efecto apetecido. Ordenó que le trajeran algunas cuerdas fuertes, en cuyos extremos hizo lazos corredizos, y logró echarlos á las piernas, á los brazos y al cuerpo del Conde: en seguida encargó á cada uno de los guerreros que sostuvieran fuertemente las cuerdas por el extremo opuesto al lazo, y valiéndose de este medio, consiguieron tirar al suelo á Orlando como si fuera un buey ó un caballo.
En cuanto le vieron caer en tierra, se arrojaron todos sobre él, y le ataron más sólidamente de piés y manos: en vano forcejeaba Orlando desesperado y furioso; sus esfuerzos eran ya impotentes. Astolfo dispuso acto contínuo que le trasladaran de aquel sitio, manifestando que queria curarle de su locura; y como Dudon era el de mayor estatura de todos aquellos guerreros, cargó con él y le llevó hasta la misma orilla del mar. Astolfo ordenó que le lavaran el cuerpo siete veces, y que le metieran otras tantas en el agua, hasta hacer desaparecer de su rostro y de sus miembros la endurecida mugre que los cubria: despues le tapó la boca, que despedia fuertes resoplidos, con ciertas yerbas cogidas á este efecto, de modo que solo pudiera respirar por las narices: destapando en seguida la redoma en que estaba encerrado el juicio de Orlando, se la aplicó tan cerca de la nariz, que al hacer Orlando una fuerte aspiracion la vació completamente. ¡Oh prodigio admirable! El Conde recobró en el acto la razon, y sintió renacer su inteligencia con mayor claridad y lucidez que nunca. Sucedióle á Orlando, en cuanto Astolfo hizo desaparecer su locura, lo que al hombre que despierta de un sueño profundo y penoso: no duerme ya, está en la plenitud de sus sentidos, y sin embargo, todavía cree contemplar asombrado las formas horribles de desmesurados mónstruos, que ni existen ni pueden existir, y se le figura estar haciendo aun las cosas extrañas é inusitadas que su imaginacion le representaba durante su sueño.
El Paladin permaneció algunos momentos absorto y estupefacto; miró sin pronunciar una palabra á Brandimarte, al hermano de la hermosa Alda y al que le restituyó el juicio, y estuvo largo rato pensando cómo y cuándo habia ido á parar á aquellas playas. Despues paseó sus miradas en todas direcciones, sin poder conocer el sitio en que se encontraba, ni adivinar el motivo de hallarse desnudo y atado de piés á cabeza con tantas cuerdas. Por fin, dijo, como Sileno á los que le tenian sujeto en una caverna: «Desatadme,» con rostro tan sereno, con mirada tan seguray tan distinta de lo que hasta entonces habia sido, que sus amigos le complacieron, apresurándose á vestirle un traje que mandaron traer, y esforzándose en consolarle del dolor que le causaba su pasada locura.
Al volver Orlando á su primitivo estado, más prudente y varonil que nunca, se sintió tambien emancipado de su funesto amor, hasta el extremo de que la misma mujer cuyas gracias y perfecciones admiraba antes, y á quien tan frenéticamente habia amado, le parecia ya un ser envilecido é indigno de su estimacion, y cifró desde entonces todos sus deseos y conatos en recobrar cuanto aquel amor le habia arrebatado.
Mientras tanto Bardino participó á Brandimarte la muerte de Monodante, su padre, y le anunció que venia á ofrecerle la corona, en primer lugar, de parte de su hermano Giliante, y despues, de la de los habitantes del archipiélago que se extiende en las más apartadas regiones del Oriente, país el más rico, más populoso y más placentero del mundo. Para determinarle á aceptar, adujo, entre otras varias razones, la de que tal era su deber; le pintó las dulzuras del suelo pátrio, y le aseguró que en cuanto las hubiera disfrutado, aborreceria para siempre su vida errante. Brandimarte le contestó que estaba decidido á permanecer al lado de Orlando, sirviendo á Cárlos mientras durara la guerra, y que si lograba ver el término de esta, pensaria más detenidamente en sus propios asuntos.
Al dia siguiente, se hizo á la vela la escuadra mandada por el hijo del Danés con rumbo á las costas de Provenza. Orlando, sabedor por Astolfo del estado en que se hallaba la guerra, se unió á él, y ambos se dedicaron á estrechar el cerco de Biserta, concediendo, sin embargo, al Duque inglés los honores del mando, á pesar de que este no haciamás que lo aconsejado por el Conde. Si por ahora no me ocupo de su plan de ataque, ni de cómo, cuándo y por qué lado se dió el asalto á la gran Biserta, ni de la batalla que precedió al asalto, ni de los que compartieron con Orlando la gloria de aquel dia, no os dé cuidado alguno, porque pronto volveremos á encontrarlos. Dignaos, entre tanto, escuchar el relato de la derrota que los francos hicieron sufrir á los moros.
El rey Agramante se vió casi abandonado en lo más fuerte del peligro; pues los reyes Marsilio y Sobrino se retiraron con muchos paganos á la ciudad de Arlés, y despues se embarcaron en sus respectivas escuadras, temerosos de no poder salvarse en tierra: un gran número de gefes y caballeros del ejército moro imitó en breve su ejemplo. Agramante continuó resistiendo, á pesar de esta defeccion; pero cuando ya no pudo más, volvió las espaldas y corrió á encerrarse en la ciudad que estaba próxima. Bradamante se lanzó en su seguimiento, estimulando á su veloz Rabican, pues anhelaba darle muerte por haberla privado tantas veces de su querido Rugiero. Marfisa, á quien animaba el mismo deseo, por vengar, aunque algo tarde, la muerte de su padre, excitaba á su corcel con el acicate, comunicándole en cuanto le era posible la misma prisa que ella tenia. Pero ninguna de las dos pudo llegar á tiempo de impedir que el Rey penetrase en la ciudad murada, y se salvase luego á bordo de sus naves.
Cual dos sabuesos esbeltos y valientes, que soltados al mismo tiempo de la trailla, regresan tristes y pesarosos por haber seguido inútilmente á los ciervos ó á las cabras monteses, pareciendo como avergonzados de su lentitud, así retrocedieron las dos doncellas, suspirando al ver al Pagano en salvo. Sin embargo, no permanecieron ociosas, yprecipitándose en lo más espeso de la fugitiva multitud, hicieron caer á los botes de su lanza, para no volver á levantarse, á un crecido número de contrarios. En mala ocasion habian sido derrotados los moros, pues ni aun huyendo podian salvarse; porque Agramante, para mayor seguridad suya, mandó cerrar las puertas de la ciudad que daban al campo y cortar todos los puentes que habia sobre el Ródano. ¡Ah infelices pueblos! ¡Siempre que los tiranos creen reportar alguna utilidad, os tratan como rebaños de carneros ó de cabras! Muchos de los fugitivos se arrojaron al rio; otros al mar; otros enrojecieron la tierra con su sangre. Pereció la mayor parte de ellos; solo unos cuantos quedaron prisioneros, porque los demás no podian ofrecer un buen rescate.
Aun quedan vestigios en Arlés de las espantosas pérdidas que ambos ejércitos sufrieron en aquella batalla, si bien fué mayor la que en los Sarracenos causaron Bradamante y Marfisa: no lejos de la ciudad y donde el Ródano se estanca, se ve todo el campo cubierto de sepulcros.
El rey Agramante habia hecho entre tanto cortar las amarras y dirigir á alta mar los navios mayores de su flota, dejando los más lijeros cerca de la costa para recoger á los que á su bordo querian salvarse. Estuvo dos dias á la vista del puerto para socorrer á los fugitivos, y porque los vientos le eran contrarios: al llegar el tercero se dió á la vela, con la esperanza de regresar en breve al África.
Temeroso el rey Marsilio de que entonces le tocara á su España pagar el desquite de aquella guerra, y de que se desencadenara sobre sus estados tan negra y deshecha tempestad, hizo rumbo á Valencia, y se dedicó solícito á poner sus fortalezas en estado de defensa, aprestándose para la lucha que fué causa de su ruina y de la de sus aliados.
Agramante bogaba en tanto hácia las costas de África en buques mal armados y peor tripulados; tan exhaustos de hombres, como llenos de quejas y reconvenciones. Como habian perecido en Francia las tres cuartas partes del ejército, unos acusaban al monarca de orgullo, otros de crueldad, otros de insensatez, y cual suele suceder en semejantes casos, todos le maldecian interiormente; pero contenidos por el temor, permanecian quietos á la fuerza. Dos ó tres hubo, sin embargo, que siendo amigos y teniendo más confianza entre sí, se atrevieron á despegar los lábios y á desahogar su cólera y su despecho; mientras el mísero Agramante, no viendo en torno suyo más que fingidos semblantes, y oyendo sin cesar palabras aduladoras, falsas y engañosas, estaba todavía persuadido de que todos le amaban y le compadecian. El Monarca africano habia resuelto no desembarcar en las playas de Biserta, porque sabia positivamente que estaban en poder de los nubios; y por lo tanto dispuso que su flota fondeara en un punto bastante lejano de la ciudad sitiada, y á propósito para saltar en tierra con toda seguridad: una vez logrado esto, pensaba dirigirse en derechura á socorrer á su afligido pueblo. Mas no correspondiendo su destino adverso á aquella intencion justa y prudente, quiso que la escuadra formada tan milagrosamente en las costas africanas con hojas de árboles, que iba surcando las olas con rumbo á Francia, encontrara á la suya durante la noche, con un tiempo nebuloso, oscuro y triste, para que fuese mayor el desórden producido por tan inesperado encuentro.
Agramante ignoraba de todo punto que Astolfo enviara contra él una flota tan numerosa, y aun cuando se lo hubiesen dicho, tampoco hubiera creido que una sola rama pudiese producir cien naves; por lo cual seguia su derroterosin desconfianza alguna, y sin cuidarse de poner centinelas ni vigías en las gabias para que le dieran parte de lo que descubrieran. Las naves cuyo mando confió Astolfo á Dudon, tripuladas por gente resuelta y animosa, habian divisado la flota mora al ponerse el Sol; dirigieron las proas en su demanda, abordaron de improviso á los desprevenidos enemigos, y en cuanto se convencieron por su lenguaje de que eran moros y por lo tanto adversarios suyos, echaron los ganchos de abordaje y los garfios encadenados. Fué tan rudo el choque y tan impetuoso, que muchos buques sarracenos fueron echados á pique por los grandes navios de Dudon, á los que impelía además un viento favorable. En seguida trabóse una lucha desesperada, lloviendo sobre los bajeles de Agramante, el hierro, el fuego y piedras enormes, con tanta furia, que parecia aquello una tempestad más terrible que cuantas el mar habia presenciado.
Los soldados de Dudon, á quienes el cielo infundia entonces más pujanza y denuedo que de ordinario, porque habia sonado la hora de castigar los infinitos crímenes de los sarracenos, sabian dirigir desde cerca ó desde lejos tan certeros golpes, que Agramante no encontraba sitio donde guarecerse: caia sobre él una verdadera lluvia de saetas, y por todas partes se veia amenazado de espadas, garfios, picas y hachas. Las máquinas de guerra y los tormentos[143]vomitaban sin cesar piedras enormes y pesadas, que destrozaban los bajeles de popa á proa, y abrian en ellos ancho paso á las olas; pero el mayor daño lo causaban las materias inflamables, produciendo en los buques el incendio tan fácil de prender como difícil de apagar.
La infortunada chusma sarracena, por evitar un peligrose lanzaba en otro más inmediato, pues los unos, huyendo del acero enemigo, se arrojaban al mar, donde perecian ahogados; los otros, moviendo á un tiempo piés y brazos, intentaban salvarse en las lanchas; pero los que las tripulaban, temerosos de zozobrar por verlas excesivamente cargadas, rechazaban á los fugitivos. Cuantos se agarraron á los botes para subir á ellos, dejaron la mano clavada en su borde, yendo su cuerpo á enrojecer las agitadas olas. Muchos de los que habian contado con la probabilidad de salvar á nado su vida ó de perderla al menos de un modo menos doloroso, al ver su esperanza burlada, empezaban á desfallecer; y para librarse de perecer en el agua, volvian á los buques que abandonaran por temor al incendio: al llegar junto á ellos, se abrazaban á un madero ardiendo, y por escapar á dos géneros de muertes, hallaban en ambos á un mismo tiempo el término de su existencia. Algunos, aterrados por las saetas ó las hachas que veian en torno suyo, se precipitaban en el mar, pero en vano; porque no tardaba en alcanzarles una piedra ó un venablo que impedia su fuga.
Pero será tal vez más útil y conveniente suspender mi canto, puesto que todavía lo escuchais con deleite, antes de que os llegue á causar fastidio ó hastío si lo prolongo demasiado.
El rey Agramante se ve obligado á huir, y contempla desde lejos el incendio de Biserta. Habiendo conseguido saltar en tierra, encuentra al Rey de Sericania, que le da nuevas pruebas de lealtad.—Gradasso desafía á Orlando y á otros dos caballeros cristianos, jactándose de que dará muerte al primero.—Rugiero combate con Dudon por librar á siete reyes de la esclavitud.
Pecaria de difusa mi narracion, si quisiera referir todos los episódios de aquel combate naval: relatarlos ante vos, ¡oh hijo magnánimo del invicto Hércules! seria, como vulgarmente se dice, llevar jarros á Samos, murciélagos á Atenas y cocodrilos á Egipto; porque no solo habeis presenciado escenas semejantes á las que describo de oidas, sino que las habeis hecho presenciar á otros con admiracion. Vuestro leal pueblo fué testigo de un grandioso espectáculo, la noche y el dia que estuvo contemplando en el Pó, como si fuera en un teatro, la escuadra enemiga acosada por el hierro y el fuego. Entonces vísteis, y dísteis á conocer á muchos todo el horror de los gritos y lamentos que pueden oirse en un combate naval, el de las aguas enrojecidas por torrentes de sangre, y el de los mil géneros de muertes que se encuentran en semejantes luchas. Yo no pude verlo[144]; hacia seis dias que, viajando de distintos modos y por diferentes caminos, habia ido con toda la celeridad que me fué posible á echarme á los piés del gran Pastor para impetrar socorros; pero no necesitásteis, Señor, ginetes ni peones para romper mientras tanto los dientes y las garras del Leon de oro[145], ni para humillarlo hasta el extremo de no haberse atrevido á molestarnos más desde aquel dia. Supe entonces vuestro triunfo por Alfonso Trotto, que se halló en la batalla; por Aníbal y Pedro Moro, Afranio, Alberto, los tres Ariostos, el Bagno y el Zerbinatto, los cuales me dieron tan minuciosos detalles, que no pude poner en duda aquella brillante victoria, de la que me ofrecieron una prueba fehaciente las numerosas banderas depositadas en el templo, y las quince galeras que, con una multitud de bajeles de otros portes, fueron apresadas y conducidas á nuestros puertos.
Cuantos vieron aquellos incendios, aquellos naufragios, el apresamiento de la escuadra enemiga, y las escenas de muerte y desolacion tan variadas que acontecieron en venganza de los estragos causados en nuestras ciudades, podrán formarse una idea de los destrozos y la matanza que sufrieron los míseros africanos con su rey Agramante, durante la noche oscura en que fueron atacados por Dudon.
Cuando se empeñó el combate, era ya de noche, y todo estaba rodeado de profundas tinieblas; pero en cuanto el azufre, la pez y el alquitran, lanzados en gran cantidad, comunicaron el fuego desde la proa á la popa, y las voraces llamas empezaron á abrasar y consumir las galeras y naves mal defendidas, se veian con tal claridad todos los objetos, que no parecia sino que la noche hubiese dado paso á la luz del dia. Mientras duró la oscuridad, no le inspiró gran cuidado á Agramante el enemigo, ni le creia tan fuerte que, como lograra prolongar su resistencia, no pudiera rechazarlo; pero en cuanto se disiparon las tinieblas, y vió contra lo que esperaba, que las naves contrarias eran dos veces más numerosas que las suyas, opinó de muy distinta manera. Seguido de algunos de sus guerreros, saltó á una lancha, á la que habian trasbordado á Brida-de-oro y sus objetos más preciados, y se fué deslizando con el mayor silencio por entre las naves de su flota, hasta llegar á un sitio más seguro y lejos de los suyos á quienes Dudon seguia acosando con encarnizamiento y reduciéndolos al más lamentable extremo. Mientras se escapaba el Monarca africano, causa principal de tantos desastres, el fuego, el mar y el hierro abrasaba, absorbia y exterminaba á sus infelices soldados. Sobrino acompañaba en su fuga á Agramante, que se lamentaba con aquel prudente rey de no haberle dado crédito, cuando previó con inspiracion profética y divina los males que á la sazon le abrumaban con su doloroso peso.
Pero volvamos al paladin Orlando: comprendiendo este héroe la necesidad de apoderarse de Biserta, para que no volviera á molestar con nuevas guerras á la Francia, aconsejó á Astolfo que la arrasase, antes de que que pudiera recibir auxilios; y en su consecuencia, se ordenó al ejército que lo tuviera todo dispuesto para el amanecer del tercer dia. El Duque inglés habia preparado muchos buques con este objeto, pues no quiso que toda la escuadra siguiese á Dudon, y confió su mando á Sansoneto, tan buen guerrero en el mar como en la tierra, el cual fué á anclar frente á Biserta, á una milla de la entrada del puerto. Cumpliendo cual verdaderos cristianos, que no se determinan á acometer empresa alguna sin implorar la gracia de Dios, Astolfo y Orlando dispusieron que el ejército dedicase á la oracion y al ayuno los dias que faltaban para el ataque, y que alllegar el tercero, estuviesen todos preparados para marchar á la primera señal sobre Biserta, que una vez conquistada, deberia ser entregada al pillaje y al incendio. Despues de haber cumplido con las prácticas piadosas ordenadas por sus jefes, los parientes, amigos y conocidos pasaron reunidos á disfrutar de los modestos banquetes que debian restaurar sus fuerzas, y á su conclusion se abrazaron repetidas veces derramando lágrimas y dirigiéndose las tiernas palabras de despedida que suelen usarse entre personas amadas en el momento de una separacion.
Dentro de Biserta, los sacerdotes y el afligido pueblo sarraceno hacian tambien oracion, golpeándose el pecho y llamando entre interrumpidas lágrimas á su Mahoma, que no podia escucharlos. ¡Cuántos ayunos, cuántas promesas, cuántos donativos se ofrecieron privadamente al falso profeta, y cuántos templos, altares y estátuas se le prometieron como recuerdo de aquel apurado trance! Despues de recibir la bendicion del Cadí, el pueblo tomó sus armas y volvió á guarnecer las murallas.
Descansaba aun la bella Aurora en su lecho al lado de su esposo Titon, y la oscuridad reinaba todavía por todas partes, cuando Astolfo por un lado, y Sansoneto por otro, se apercibieron para el combate, y en cuanto oyeron la señal dada por el Conde acometieron con irresistible ímpetu á Biserta. Bañaba el mar dos lados de la ciudad: los otros dos se asentaban sobre tierra firme, y estaban defendidos por elevados muros de construccion antigua y singular. Estas eran sus únicas fortificaciones; pues desde que el rey Branzardo se vió obligado á encerrarse en ella, no pudo disponer de tiempo y brazos suficientes para aumentar los medios de defensa.
Astolfo encargó al Rey de Nubia que causara en las almenas el mayor daño posible con faláricas[146], hondas y ballestas, á fin de quitar á los sitiados las ganas de asomarse á ellas, y de que pudieran circular sin dificultad ninguna los ginetes y peones que llevaban al pié de las murallas piedras, tablas, vigas y máquinas de guerra. Pasábanse de mano en mano los materiales necesarios para cegar los fosos, cuya agua se habia cuidado de cortar el dia antes, por lo cual en muchos sitios quedaba descubierto su cenagoso fondo: los soldados de Astolfo trabajaron con tal ardor, que en breve los dejaron obstruidos y llenos, y completamente nivelado el suelo hasta el mismo muro. Astolfo, Orlando y Olivero dieron entonces la señal del asalto.
Los nubios, poseidos de una febril impaciencia, arrastrados por la esperanza del saqueo, y sin hacer caso del peligro á que se exponian, arremetieron los primeros contra la ciudad, cubiertos con testudos[147], y llevando sus arietes y demás instrumentos bélicos á propósito para destruir las torres ó derribar las puertas; pero no hallaron desprevenidos á los sarracenos, que haciendo llover sobre ellos, á manera de tempestad, hierro, fuego, piedras y enormes trozos de almenas, desencajaban las tablas y las vigas de las máquinas de guerra construidas en su daño. Mientras reinó la oscuridad y durante las primeras acometidas, sufrieron dolorosas pérdidas los soldados cristianos; pero en cuanto salió el Sol de su espléndido palacio, la Fortuna volvió la espalda á los sarracenos.
El conde Orlando hizo que se renovara el asalto con más furia, tanto por mar como por tierra: Sansoneto, que habiapermanecido hasta entonces en alta mar con sus buques, entró en el puerto, se acercó á la ciudad, y desde bordo molestaba al enemigo con hondas, arcos y varios tormentos, y al propio tiempo hacia desembarcar lanzas, escalas, pertrechos de guerra y marineros, que auxiliaran á los de tierra. Olivero, Orlando, Brandimarte y Astolfo combatian valerosamente en la parte de la ciudad que se extendia tierra adentro. Cada uno de ellos iba al frente de uno de los cuatro cuerpos en que habian dividido sus huestes, y llevaban á cabo las más brillantes proezas, ya en los muros, ya en las puertas ó en varias partes á la vez. De este modo se podia apreciar el valor de cada cual mucho mejor que si hubiesen estado reunidos: de este modo podian conocer los numerosos testigos de sus hazañas cuál de ellos era más digno de premio ó de alabanza.
Empujáronse hácia las murallas torres de madera construidas sobre ruedas, é hicieron que se adelantaran los elefantes, llevando otras torres sobre sus anchos lomos, las cuales llegaban á tanta altura, que excedian en elevacion á las almenas. Acudió Brandimarte, apoyó una escala contra el muro, y subiendo por ella, excitó á sus soldados á imitar su ejemplo. Los más intrépidos se lanzaron tras él, bastándoles para creerse seguros el tenerle en su compañía: nadie se tomó el cuidado de reparar si la escala era ó no bastante sólida para soportar tanto peso: en cuanto á Brandimarte, no se ocupaba más que del enemigo; llegó combatiendo hasta lo alto de la escala, y al fin logró asirse de una almena. Ayudándose con piés y manos, saltó á ella, y empezó á esgrimir en torno suyo su terrible acero, y á hendir cráneos y atravesar pechos, magullando y derribando á cuantos se le oponian, y haciendo prodigios de valor: pero en aquel momento, no pudiendo resistir la escala el enorme peso que gravitaba sobre ella, se rompió, y excepto Brandimarte, fueron á caer en el foso unos sobre otros todos cuantos subian.
A pesar de este contratiempo, ni perdió el intrépido paladin su audacia, ni pensó en retroceder, por más que se encontraba solo y siendo blanco de los sitiados. Sus compañeros le gritaban que volviese atrás, pero no quiso hacerles caso; y dando un salto desde el muro, que tendria más de treinta brazas de altura, cayó en el interior de la ciudad, sin hacerse daño alguno y como si hubiese hallado el duro terreno lleno de pluma ó paja. Acometiendo en seguida á cuantos vió en su derredor, les hizo morder el polvo, atravesándolos ó rajándolos con su acero, como se atraviesa ó corta un delgado paño. En su incansable ardor, lo mismo embestia á unos que á otros, y tanto unos como otros procuraban ponerse fuera de su alcance. Sus compañeros, que le habian visto saltar al interior de la ciudad, temieron no poder llegar bastante pronto para socorrerle. El rumor del riesgo que corria circuló en breve de boca en boca por todo el campo; la Fama, con rápido vuelo, fué difundiendo la noticia y acrecentando el peligro, y llegó sin plegar un momento sus voladoras alas á los diferentes sitios en que Orlando, el hijo de Oton y Olivero se hallaban combatiendo. Estos guerreros, y en especial el Conde, que amaban á Brandimarte y le tenian en singular estima, sabiendo que el menor retraso podria hacerles perder tan excelente compañero, se abalanzaron á las escalas; subieron á las murallas por distintos puntos á la vez, y rivalizando en audacia, se mostraron tan resueltos y animosos á la par, que su solo aspecto hizo temblar á los enemigos.
Así como en medio de una deshecha tempestad, acometen las olas á un temerario bajel, procurando entrar por laproa ó por los costados con rabia y con furor, mientras el piloto suspira, gime y pierde el valor y las fuerzas en el momento en que deberia echar mano de todos sus recursos, hasta que una ola más poderosa que las demás logra penetrar en el buque, y da libre paso á las otras, que se precipitan por donde entró aquella, así tambien, en cuanto escalaron los muros los tres paladines, abrieron tan ancho camino, que sus soldados pudieron seguirles con toda seguridad, subiendo por las mil escalas que habian fijado al pié de las murallas. Entre tanto, los macizos arietes abrian numerosas brechas con tan buen éxito, que por más de un sitio podian acudir los sitiadores en socorro del animoso Brandimarte.
Con un furor igual al que anima al altivo rey de los rios, cuando rompe sus márgenes y diques y se abre ancho paso á través de los campos ocneos, arrastrando entre sus turbias ondas los feraces surcos, las fecundas mieses, las cabañas, los rebaños, los perros y hasta los pastores, y haciendo que los peces naden sobre las copas de los olmos en donde poco antes solian revolotear los pajarillos, con un furor semejante se precipitó la impetuosa hueste cristiana por las distintas brechas de las murallas, entrando con la tea incendiaria y con el hierro á destruir la mal defendida ciudad. El asesinato, el saqueo, el incendio y todos los excesos imaginables consumaron en un momento la ruina de la rica y triunfal Biserta, de aquella ciudad reina de toda el África. El suelo estaba sembrado de cadáveres por todas partes: la sangre derramada por infinitas heridas formaba un lago más súcio y cenagoso que el que ciñe en torno la ciudad de Dite: el fuego, comunicándose de unos edificios á otros, devoraba palacios, pórticos y mezquitas: los lamentos, los alaridos y el rumor de los golpes con que cada cualse heria el pecho en su desesperacion, resonaban lúgubremente en las estancias vacías y saqueadas.
Veíase salir á los vencedores por las funestas puertas cargados de rico botin; unos con vasos preciosos, otros con riquísimas telas y otros con objetos de oro y plata dedicados desde tiempo inmemorial al servicio de las mezquitas: muchos soldados se llevaban cautivos á los niños, otros á sus madres desconsoladas; se cometieron, por fin, estupros, violaciones y otros actos de barbarie, que ni Orlando ni el Duque inglés pudieron evitar, á pesar de haber llegado á su noticia una gran parte de ellos.
El bravo Olivero dió la muerte á Bucifar, rey de los algaceres: Branzardo, reducido al último extremo y perdida ya toda esperanza, se quitó la vida por su propia mano: el duque del Leopardo hizo prisionero á Fulvo, que murió á consecuencia de las tres heridas que recibiera. Tal fué la suerte de los tres guerreros á quienes el Rey de África confió al partir la custodia de sus estados.
Entretanto Agramante habia abandonado su escuadra y huido con Sobrino: al ver desde lejos el incendio que se extendia por la costa, lloró y suspiró por su Biserta; pero cuando supo al saltar en tierra los desastres que habian acontecido en su reino, quiso suicidarse, y hubiera llevado á cabo su intento si Sobrino no lo impidiera, diciéndole:
—No podrian alcanzar tus enemigos una victoria más grata que la de saber que te habias dado la muerte, porque de este modo alimentarian la esperanza de gozar tranquilamente de sus conquistas. Tu vida impedirá semejante alegría, pues mientras existas tendrán siempre motivos de temor: harto conocen que no pueden enseñorearse por mucho tiempo del África, como no sea por muerte tuya. Al morir, privarias á tus súbditos de la esperanza, único bienque nos queda. Si vives, confio en que nos salvarás, alejando los males que pesan sobre nosotros, y restituyéndonos la tranquilidad y la alegría. Muriendo tú, estoy persuadido de que seremos esclavos del vencedor, y el África su desolada tributaria. Vive, pues, Señor, si no para tí, á lo menos para no agravar la desesperada situacion de los tuyos. Tienes la seguridad de que el Soldan de Egipto, con cuyos estados confina tu reino, te auxiliará con gente y dinero; pues nunca sufrirá que el hijo de Pepino adquiera tal predominio en África: además, tu pariente Norandino vendrá con todas sus fuerzas para devolverte lo perdido, y en cuanto llames á los turcos, armenios, persas, árabes y medos, acudirán veloces en tu socorro.
Con estas y parecidas frases procuraba el prudente anciano avivar en el corazon de su señor la esperanza de reconquistar en breve el África, por más que él mismo careciera de ella. Demasiado sabia cuánto gime y suspira en vano y cuán apurada y extrema es la situacion del que se deja arrebatar su reino y acude al auxilio de los Bárbaros para rescatarlo. Una prueba de esta verdad nos la ofrecieron Annibal y Yugurta en los tiempos antiguos[148]; y en los modernos, Luis el Moro, cautivo de otro Luis. Escarmentado con tales ejemplos vuestro hermano Alfonso (á vos me dirijo, Señor mio), ha considerado siempre como un loco al que fia en los otros más que en sí mismo; y por esta razon, cuando la cólera implacable de un pontífice irritado le declaró la guerra, supo resistir á las promesas y á las amenazas, y no quiso ceder á otros sus estados, aunque en sus escasos medios de defensa no le fuera posible extenderse demasiado, y á pesar de ver arrojados de Italia á sus defensores y dueños del reino á sus enemigos[149].
El rey Agramante habia mandado hacer rumbo hácia Levante, é iba navegando por alta mar, cuando se vió sorprendido por una violenta tempestad producida por un impetuoso viento de tierra. El piloto que gobernaba el buque exclamó:
—Veo que se prepara una tormenta tan borrascosa, que la nave no podrá resistirla. Si quereis seguir mi consejo, señores, será conveniente arribar á una isla próxima que está á la izquierda, y en la que podremos esperar á que pase el furor de la tempestad.
Consintió Agramante en ello, y se salvó de aquel peligro refugiándose en la isla, que para abrigo de los navegantes está situada entre el África y las fraguas del Vulcano[150]. No se veia habitacion alguna en toda la isla, cuyo suelo estaba cubierto de humildes mirtos y de enebros: retiro plácido y favorito de los ciervos, de los gamos, liebres y cabritos, era conocida tan solo de los pescadores, que solian tender y secar sus húmedas redes en las peladas zarzas, concediendo mientras tanto algun reposo á los pescados en el fondo del mar.
Allí encontraron otro bajel que por fortuna suya habia podido guarecerse de la tempestad: á su bordo se hallaba, procedente de Arlés, el gran guerrero que ceñia la corona de Sericania. Cuando los dos monarcas se vieron en la playa, corrieron á abrazarse con alegría y deferencia, pues ambos eran muy amigos, y poco antes habian peleado juntos ante los muros de París. Gradasso escuchó el relato de las desventuras de Agramante con verdadero disgusto, y procuró consolarle, ofreciéndose en persona á auxiliarle; pero le disuadió de ir al desleal país de Egipto en demanda de socorro.
—Pompeyo enseña á los reyes fugitivos, le dijo, si es ó no peligroso pasar á aquel país[151]; y como me has dicho que Astolfo ha venido á arrebatarte el África con la ayuda de los etíopes, súbditos del rey Senapo, que ha reducido á cenizas la capital, y que á su lado pelea Orlando, cuya cabeza estaba hasta hace poco tan exhausta de razon, se me ha ocurrido un magnífico remedio para hacerte salir de situacion tan angustiosa. Acometeré en favor tuyo la empresa de retar al Conde á combate singular; y aunque su cuerpo fuese de cobre ó de hierro, estoy seguro de que no podrá resistirme.
»Muerto el Conde, las huestes cristianas huirán ante nosotros como los corderillos ante un lobo hambriento: despues me será muy fácil obligar á los nubios á que evacuen el África; haré que los otros nubios, separados de tus enemigos por el Nilo y por la diferencia de religion, y los árabes y macrobios, ricos de oro y de gente los primeros y de caballos los segundos, los persas, los caldeos, pueblos todos á los que con otros muchos alcanza mi cetro, lleven de talmodo la guerra á la Nubia, que sus habitantes no permanecerán por mucho tiempo en sus estados.»
Parecióle muy oportuno á Agramante el segundo proyecto del rey Gradasso, y dió mil gracias á la Fortuna por haberle llevado á la isla desierta; pero no quiso consentir bajo ningun concepto que Gradasso peleara con Orlando por su causa, aunque la reconquista de Biserta fuese el premio de su victoria, pareciéndole que su aquiescencia menoscabaria su honor.
—Si se ha de desafiar á Orlando, respondió, soy yo quien debe pelear con él: pronto me verás dispuesto á retarle; despues, haga Dios lo que mejor le parezca de mí.
—Hagamos otra cosa mejor que se me ha ocurrido ahora, repuso Gradasso; luchemos los dos á la vez con Orlando y con otro cualquiera de los suyos.
—Con tal de que yo tome parte en el combate, replicó Agramante, poco me importa ser el primero ó el segundo: por lo demás, confieso que no podria encontrar en el mundo un compañero de armas mejor que tú.
—Y yo, ¿dónde me quedo? preguntó entonces Sobrino. Si os parezco demasiado viejo, tengo en cambio más experiencia, y en el peligro, es conveniente en alto grado unir la pericia á la fuerza.
Era Sobrino un anciano que, á pesar de su avanzada edad, conservaba todo su vigor y robustez, y era capaz de llevar á cabo todavía famosos hechos de armas: él mismo aseguraba que sentia circular la sangre por sus venas con igual ardor que en sus verdes y juveniles años.
Admitieron su demanda como justa, y acto contínuo se procuraron un mensajero que pasase á la costa africana á desafiar de su parte al conde Orlando, el cual deberia pasar con otros dos caballeros armados á Lampedusa, pequeñaisla bañada en todo su derredor por el Mediterráneo. El mensajero navegó sin cesar haciendo fuerza de vela y remo, y llegó en breve á Biserta, donde encontró á Orlando ocupado en repartir entre sus soldados el botin y los cautivos.
El enviado desempeñó públicamente la comision que le confiaran Gradasso, Agramante y Sobrino, oyéndola con tanto júbilo el príncipe de Anglante, que le colmó de espléndidos y honoríficos regalos. Habia sabido por sus compañeros que Gradasso llevaba ceñida su excelente Durindana, y en su afan de recobrarla, tenia resuelto ir hasta la India, creyendo que el Rey de Sericania no podria estar en otra parte despues de haberse ausentado de Francia. Al recibir la noticia de que se hallaba tan cerca de él, se apresuró á aceptar el reto, esperando recobrar su espada, la hermosa trompa de Almonte y el excelente Brida-de-Oro, que, segun supo tambien, habia ido á parar á poder del hijo de Trojano.
Eligió por compañeros de aquel combate al leal Brandimarte y á su cuñado, cuyo valor habia tenido ocasion de conocer, y le constaba asimismo que ambos le amaban en extremo. Dedicóse á buscar por todas partes buenos caballos, buenas corazas, buenas mallas, y espadas y lanzas para sí y para sus compañeros; pues segun debeis saber, no contaban en África con sus armas habituales. Os he dicho muchas veces que el señor de Anglante fué arrojando por el suelo todas las suyas cuando se sintió acometido por su furor insensato, y que Rodomonte se habia apoderado de las de los otros dos caballeros, que estaban depositadas en la torre contigua al sepulcro de Isabel. En África no podian proporcionarse muchas, tanto por haberse llevado Agramante todo lo que era á propósito para combatir en Francia, como tambien porque en aquel país siempre habia pocas. Sin embargo, Orlando ordenó que se reunieran todas las que pudieran hallarse, bruñidas ó mohosas, y mientras tanto paseaba por la playa hablando con sus compañeros de la lucha futura.
Sucedió que habiéndose alejado del campamento más de tres millas, al tender la vista por el mar, vió un buque que se dirigia á toda vela hácia la costa de África. Aquel bajel se adelantaba solo, sin piloto ni marineros, y á merced del viento ó de la suerte: así es que, al llegar cerca de la costa, encalló en la arena.
Pero antes de seguir ocupándome de este asunto, el cariño que siento por Rugiero me obliga á continuar su historia, ordenándome que prosiga narrando lo que á él y al señor de Claramonte se refiere. Dejé á entrambos guerreros en el momento en que suspendian su combate, al ver rotos los convenios y los pactos y trabada la batalla entre los dos ejércitos. En seguida procuraron inquirir por medio de sus respectivos compañeros de armas quién habia sido el primero en violar sus juramentos y dado lugar á tanto daño, si el emperador Cárlos ó el rey Agramante.
En tanto, uno de los escuderos de Rugiero, jóven fiel, astuto y perspicaz, que no habia perdido de vista á su señor á pesar de lo confuso y encarnizado de la batalla, se llegó á él, presentándole su espada y su caballo, para que pudiese socorrer á los africanos. El héroe montó en su palafren, cogió la espada, y no queriendo tomar parte en la pelea, alejóse del campo de batalla, despues de ratificarse en el convenio que habia hecho con Reinaldo; esto es, de que si Agramante era realmente el perjuro, le abandonaria con su infame secta.
Durante todo aquel dia no quiso Rugiero hacer uso desus armas: cuidóse tan solo de detener á unos y á otros, preguntándoles quién fué el primero en acometer, si su monarca ó el de los cristianos. Oyó confesar á todos que fué Agramante quien violó sus juramentos; pero como el jóven guerrero amaba á su señor, creia cometer una grave falta dejando su servicio por esta causa. He dicho antes que el ejército sarraceno fué dispersado, deshecho y precipitado desde lo alto de la voluble rueda de la Fortuna, como plugo á Aquel que hace girar el mundo. Recogido en sí mismo Rugiero, se puso á reflexionar en si deberia quedarse ó seguir á su señor: por una parte, el amor de Bradamante refrenaba sus deseos de regresar al África, y le incitaba á quedarse, amenazándole con una pena dolorosa, si no observaba estrechamente el juramento y el pacto que habia hecho con el paladin Reinaldo: por otra parte le estimulaba con no menos fuerza la consideracion de que, si abandonaba á Agramante en situacion tan crítica, podrian tacharle de vil y de cobarde, y de que si para muchos seria buena la causa de su permanencia, otros muchos la admitirian con dificultad, y no pocos dirian que no debe observarse un juramento ilícito é injusto.
Todo aquel dia, la noche siguiente y el otro dia estuvo á solas, y sin que su fatigada mente le sacara de aquella perplejidad. Por último, resolvió reunirse á Agramante, y pasar al África con este objeto. Mucho podia en él el amor conyugal; pero era mayor el imperio del deber y el honor.
Volvió á Arlés, esperando encontrar todavía la armada que le trasportara al África; pero no halló bajel alguno en el mar ni en el rio, ni vió ningun sarraceno, como no fuesen los muertos en la batalla. Agramante se llevó al partir todas sus naves mejores, é incendió en el puerto las demás. Viendo Rugiero burlada esta esperanza, dirigióse á Marsella, siguiendo el camino de la costa, y llevando el propósito de apoderarse de un buque que de grado ó por fuerza le condujera á las playas africanas. Ya habia llegado allí el hijo del danés con la armada de los bárbaros cautiva: el inmenso número de embarcaciones ancladas en el puerto y cargadas de vencedores y vencidos cubria de tal modo las aguas, que no se hubiera podido echar en ellas un grano de mijo. Dudon habia conducido á Marsella todas las naves de los paganos que pudieron escapar del fuego y del naufragio aquella terrible noche, excepto unas pocas que consiguieron huir: entre los cautivos figuraban siete reyes de diferentes países de África, que al ver destrozada la flota, se rindieron con sus siete navios, y estaban agobiados por un profundo sentimiento, mudos y llorosos.
Dudon habia saltado en tierra con el objeto de ir aquel mismo dia á presentarse al Emperador: desembarcó con toda pompa, seguido de los cautivos y del botin conquistado, de modo que su entrada en Marsella fué una marcha triunfal: despues colocó los prisioneros á lo largo de la playa, en torno de los cuales circulaban alegres los nubios vencedores, haciendo resonar el aire con el nombre glorioso de Dudon.
Rugiero, que se hallaba todavía á alguna distancia, supuso que aquella era la armada de Agramante, y para saber la verdad, clavó el acicate á su caballo; pero al llegar más cerca, conoció entre los cautivos al Rey de los nasamones, á Bambirago, Agricalte, Farurante, Rimedonte, Manilardo y Balastro, que tenian la cabeza inclinada derramando tristes lágrimas. Rugiero sentia hácia ellos un afecto sincero, y por lo mismo no pudo tolerar que estuvieran reducidos á tan miserable suerte: comprendiendo que en aquella ocasion era preciso recurrir á la fuerza, pues losruegos serian completamente inútiles, bajó la lanza, acometió á los guardias que los custodiaban, y empezó á hacer sus proezas acostumbradas: empuñó en seguida la espada, y en un instante tendió á más de cien contrarios á sus piés. Dudon oyó los gritos, vió el estrago que en los suyos hacia Rugiero, aunque sin conocer al que lo causaba; contempló á los nubios que huian sin aliento y sobrecogidos de temor y de angustia, y requiriendo su escudo, su yelmo y su corcel, montó á caballo, empuñó la lanza y voló animoso al combate, cual convenia á un paladin de Francia. Ordenó á los suyos que se retirasen, y clavando los acicates al caballo, llegó donde estaba Rugiero, que entre tanto habia hecho otras cien víctimas y reanimado la esperanza de los cautivos: al ver á Dudon que se dirigia hácia él, solo y á caballo, mientras que los demás estaban á pié, juzgó que era el jefe de aquellas tropas, y le embistió á su vez.
Al observar Dudon, en medio de su veloz carrera, que Rugiero le acometia sin lanza, arrojó la suya, desdeñando la ventaja que le proporcionaba sobre su adversario. Rugiero, comprendiendo toda la delicadeza de aquella accion, dijo entre sí:—«Mi enemigo no puede menos de ser uno de esos guerreros esforzados á quienes se llama Paladines de Francia. Antes de pasar adelante, quiero saber su nombre, si tiene á bien decírmelo.»—Preguntóselo así, y supo que era Dudon, hijo de Ogiero el danés. Igual pregunta dirigió este á Rugiero, el cual satisfizo su curiosidad con no menor cortesía. Una vez conocidos sus nombres, se desafiaron y empezó el combate.
Dudon empuñaba la ferrada maza, que en mil empresas le habia dado eterno renombre: al esgrimirla, demostraba claramente que era digno hijo del valeroso danés. Rugiero desenvainó aquella espada que no tenia rival en el mundopara abrir cascos y corazas, y en breve hizo conocer que su valor en nada desmerecia al del paladin Dudon; pero, como tenia constantemente fija en su imaginacion la idea de ofender á su dama lo menos que le fuese posible, y le constaba que hiriendo á su contrincante, la ofenderia (pues conocedor de las casas más ilustres de Francia, sabia que la madre de Dudon era Armelina, hermana de Beatriz y tia de Bradamante), procuraba por esta razon no herirle de punta, y se limitaba á dirigirle escasísimas cuchilladas, y á defenderse de los golpes de la maza, ya parándolos, ya esquivándolos.
Turpin es de opinion de que la victoria habria quedado por Rugiero, pues á los pocos golpes le hubiera sido fácil dar muerte á Dudon; pero todas las veces que este quedó al descubierto, se contentó con herirle de plano. Rugiero podia usar tanto de plano como de filo su espada, que era bastante gruesa; y en esta ocasion la vibraba con tanta fuerza y agilidad, que deslumbrado y aturdido Dudon por el contínuo martilleo, apenas podia sostenerse en la silla.
Pero á fin de ser más agradable al que me escucha, aplazaré mi canto para otra ocasion.