CANTO XXXVIII.

Al llegar al valle vieron tres damas con los vestidos cortados.(Canto XXXVII.)

Al llegar al valle vieron tres damas con los vestidos cortados.(Canto XXXVII.)

Esta narracion, y la vista de aquella grave injuria, excitó la indignacion de Rugiero y de las dos guerreras, cuyos corazones eran tan compasivos como fuertes y valientes; y olvidando sus propios asuntos, y sin aguardar siquiera á que la afligida Ulania les rogara que tomasen á su cargo su venganza, emprendieron inmediatamente el camino del inhospitalario castillo. Pero antes se quitaron de comun acuerdo las sobrevestas con las cuales pudieron cubrir la desnudez de aquellas desdichadas: Bradamante no quiso tolerar que Ulania siguiera caminando á pié, y la hizo montar á la grupa de su caballo, y Rugiero y Marfisa hicieron lo mismo con las otras dos jóvenes.

La embajadora indicó á Bradamante la via que más directamente conducia al castillo, y en cambio la hija de Amon procuró consolarla, asegurándole que castigaria al que la habia ofendido. Salieron del valle, y empezaron á subir una montaña por un sendero largo y tortuoso: el Sol se habia ocultado ya tras los mares, y nuestros caminantesno se habian concedido aun el menor reposo, cuando en la empinada cumbre de un monte de difícil acceso vieron una pequeña aldea, en donde hallaron el mejor albergue y cena que era compatible con las condiciones de aquel lugar. Examinaron atentamente cuanto les rodeaba, y observaron que por todas partes habia mujeres, ya viejas, ya jóvenes, pero no vieron el rostro de un solo hombre. No fué tan grande el asombro de Jason y de los argonautas que con él iban, al ver que en toda la extension de la isla de Lemnos no existian siquiera dos varones, por haber dado muerte las mujeres de la misma á sus esposos, padres, hijos y hermanos[135], como el que experimentaron en aquella aldea Rugiero y sus compañeras.

Bradamante y Marfisa hicieron que se proporcionasen á Ulania y á las doncellas de su servidumbre tres vestidos, si no tan lujosos como los que llevaban, á lo menos completos. Rugiero llamó á una de las mujeres que habitaban allí, y le manifestó sus deseos de saber dónde estaban los hombres de aquella tierra, puesto que no veia ninguno. La interrogada satisfizo su curiosidad de esta manera:

—Lo que tal vez es para vos un motivo de asombro, es una pena aguda é intolerable para nosotras, que vivimos en la soledad más triste; y como si sus rigores no fueran ya bastantes, nuestros padres, esposos é hijos, á quienes tanto amamos, se hallan muy lejos de nosotras, condenados á una triste separacion por un dueño tan tirano como cruel. Este bárbaro señor nos ha relegado á los confines de sus tierras, donde hemos nacido, y que apenas distan dos leguas deaquí, despues de habernos hecho sufrir mil dolorosas injurias, amenazando con la muerte y los suplicios más terribles á nuestros parientes y á nosotras mismas, si ellos se atreven á venir á nuestro lado, ó si llega á su noticia que nosotras nos permitimos recibirles. Hasta tal extremo nos ódia, que no tolera nuestra proximidad á él, ni que se nos reuna alguno de los nuestros, como si le emponzoñara el olor del sexo femenino. Dos veces se han despojado los árboles de su verde cabellera, y otras dos se han engalanado con ella, desde que ese infame señor se entrega impunemente á su furor sombrío: sus vasallos le temen como á la misma muerte; porque á su mal corazon ha añadido la naturaleza un vigor sobrenatural. Su cuerpo, de estatura gigantesca, está dotado de más fuerza que cien hombres juntos: y su crueldad no se limita á nosotras, que somos sus vasallas, sino que se ensaña doblemente con las extranjeras. Si apreciais vuestro honor y el de esas tres damas que os acompañan, os será mucho más útil, bueno y seguro no pasar adelante y seguir otro camino; pues este conduce al castillo del hombre de que os hablo, en donde os será forzoso someteros á la infame ley que ha establecido, con daño y vergüenza de las damas y caballeros que pasan por su territorio. Marganor el felon (así se llama el señor, el tirano de aquel castillo) supera en crueldad al mismo Neron y á cuantos se hayan hecho famosos por sus iniquidades: su deseo de saciarse con sangre humana, y en especial con la de las mujeres, es mayor que el del lobo ansioso de beber la sangre del cordero; y cuantas damas llegan, por su mala estrella, á su castillo, son arrojadas de él, despues de haber tenido que soportar la afrenta más vergonzosa.

Rugiero y sus compañeras manifestaron deseos de conocer la causa de aquel ódio implacable, y suplicaron á suhuéspeda que les hiciera la merced de continuar, ó más bien de relatarles la historia por completo.

—«El señor del Castillo, dijo la aldeana, fué siempre de instintos crueles, inhumanos y feroces; pero durante algun tiempo supo ocultarlos tan bien, que nadie los pudo adivinar. Mientras vivieron sus dos hijos, cuya índole era muy distinta de la de su padre, pues acogian benignamente á los extranjeros, y en su corazon no tenia entrada la crueldad ni demás villanas inclinaciones, florecian en aquella mansion la hidalguía, las suaves costumbres y las acciones honrosas. Su padre, á pesar de su avaricia, jamás quiso privarles de cuanto les era grato. Los caballeros y las damas que pasaban por este camino, recibian tan halagüeña hospitalidad, que se alejaban prendados de la amabilidad y galantería de los dos hermanos. Ambos habian recibido al mismo tiempo las sagradas órdenes de caballería, y ambos eran gallardos, ardorosos y de régio continente: llamábase el uno Cilandro, y Tanacro el otro. Por sus hechos merecian toda clase de elogios y distinciones, como los hubieran seguido mereciendo sin duda, á no haberse dejado dominar por ese deseo que llamamos amor, por culpa del cual se apartaron del camino recto y se intrincaron en el laberinto del error, mancillando de un golpe la honrosa conducta de su vida entera.

»Llegó cierto dia al castillo de Marganor un caballero de la corte del Emperador de Oriente con una dama de recatado porte, y tan bella como pudiera anhelar el más exigente deseo. Cilandro se apasionó de ella hasta tal punto, que temió morir, si no alcanzaba su posesion: le parecia que, al alejarse aquella dama, se iria con ella su existencia. Conociendo que por medio de los ruegos no conseguiria nada, se decidió á hacerla suya por la fuerza. Armóse, y se emboscóá corta distancia del castillo, por donde debian pasar al partir: su acostumbrada audacia y el fuego que ardia en su corazon no le dieron tiempo para reflexionar en lo que iba á hacer; así fué que en cuanto divisó al caballero, salió á atacarle frente á frente. Creia poder vencerle al primer encuentro y alcanzar de un solo golpe la victoria y la conquista de la dama; pero el caballero, que era más diestro en el manejo de las armas, le hizo pedazos la coraza, cual si fuera de vidrio. No tardó Marganor en saber la triste nueva, y ordenó que trasladaran á su hijo en un féretro al castillo: al contemplarle muerto, prorumpió en acerbo llanto, é hizo que enterraran el cadáver en el sepulcro de sus antepasados.

»Esta desgracia no influyó para nada en la hospitalidad que se concedia á los caballeros y damas transeuntes; porque Tanacro no era menos galante ni menos gentil que su hermano. En el mismo año llegó de lejanas tierras un magnate con su esposa; él maravillosamente apuesto; ella tan donosa y bella cuanto es presumible, y digna de todo encomio, lo mismo por su belleza, que por su honestidad y su esforzado ánimo. Aquel caballero descendia de una estirpe ilustre y generosa; era tan valiente como el guerrero de mayor fama, y bien necesitaba reunir tan envidiables dotes quien poseia el amor de una dama de tan excelentes y valiosas prendas. Olindro de Longueville era el nombre del guerrero: Drusila el de su esposa. Tanacro sintió por ella una pasion tan violenta como la que concibiera su hermano por la dama, causa de su desastrosa muerte. Lo mismo que él, buscó todos los pretextos imaginables para violar la sagrada y santa hospitalidad, antes que resignarse á sufrir la muerte que indudablemente le ocasionarian sus irresistibles deseos; pero recordando el triste ejemplo de su hermano, víctima de su poco meditada resolucion, se propuso robará la dama de modo que Olindro no pudiera vengar su deshonra. Pronto se extinguió en él aquel virtuoso y digno proceder que guiaba todos sus pasos, y pronto tambien se vió envuelto en las cenagosas aguas del vicio, en cuyo fondo habia permanecido constantemente su padre. Durante la noche reunió sigilosamente veinte hombres armados, y se emboscó con ellos en cierta gruta que habia en el camino del castillo y algo apartada de él. Apenas se presentó Olindro al dia siguiente, le cerraron el paso, le cortaron la retirada por todas partes, y á pesar de su heróica y tenaz resistencia, perdió la vida y la mujer á un tiempo mismo.

»Muerto Olindro, Tanacro se llevó cautiva á la hermosa dama, cuya desesperacion era tal, que se negaba resueltamente á vivir y pedia por favor que le arrancasen la existencia.

»Decidida á no sobrevivir á su esposo, se arrojó al fondo de un precipicio; mas no pudo conseguir su intento, aun cuando quedó herida en la cabeza y lastimosamente magullada. Tanacro la hizo conducir al castillo en unas parihuelas: mandó que se la asistiera cuidadosamente, pues no queria perder tan codiciada presa, y en tanto que se acercaba su restablecimiento, lo iba preparando todo para celebrar la boda, resuelto como estaba á ofrecer el título de esposa á una tan bella y honesta dama.

»En esto se cifraban los pensamientos, los deseos, los cuidados y las conversaciones todas de Tanacro. Conociendo que la habia ofendido, confesaba su culpa y hacia cuanto le era posible por enmendarla; pero todo en vano: cuanto mayor era su cariño y más se esforzaba en demostrárselo, mayor era y más intenso el ódio que Drusila le tenia, y más firme su resolucion de vengarse de él matándole; pero este ódio no la cegaba hasta el punto de desconocer que, siqueria ver logrado su propósito, le era fuerza disimular, apelar á la astucia, hacer ver á Tanacro lo contrario de lo que sentia, y fingir haber olvidado su primer amor, aceptando el que el asesino de su esposo le ofrecia. Su rostro afectaba una completa calma, pero en su corazon hervia el deseo de venganza, único que la animaba. Muchos planes formó: adoptó unos, desechó otros y aplazó algunos. Por último, juzgó que realizaria mejor su intento, sacrificando ella misma su existencia; porque ¿qué suerte más venturosa podria apetecer que la de perder su vida por vengar á su adorado esposo? Mostróse, pues, sumamente gozosa, fingiéndose impaciente por efectuar el matrimonio proyectado: lejos de manifestar repugnancia, procuraba allanar cuantos obstáculos podian demorarle, y hasta se adornaba y engalanaba con cierta coquetería, ni más ni menos que si hubiera entregado á su Olindro al más completo olvido. Sin embargo, una condicion impuso: la de que las bodas se celebrasen al uso de su país. Nada menos cierto que la costumbre que, segun indicó, existia en su patria; pero no ocurriéndosele otro medio de matar á Tanacro, imaginó un pretexto engañoso para conseguir el buen éxito de su plan. Esta costumbre era la siguiente: La que vuelve á contraer matrimonio, antes de unirse á su nuevo esposo, debe aplacar los manes del difunto á quien ofende, haciendo celebrar misas y honras, en remision de sus pasadas culpas, en el templo en que descansan los restos de su primer esposo; y una vez terminado el sacrificio, recibe el anillo nupcial de mano de su nuevo cónyuge; pero en el intermedio, el sacerdote que celebra la ceremonia ha de pronunciar algunas oraciones apropiadas al caso sobre el vino preparado á tal efecto; y despues de bendecirlo y escanciarlo en una copa, lo ha de presentar á la esposa, que debe ser la primera en beber, pasándolo despues al esposo.

»Tanacro, á quien importaba muy poco que se hicieran las bodas como ella deseaba, dijo:—«Con tal de acelerar el término venturoso de nuestra union, consiento gustoso en cuanto quieras.»—El insensato no podia sospechar que Drusila procuraba vengar por este medio la muerte de Olindro, y que entregada á sus ideas de venganza, no hallaba cabida en su mente otro pensamiento.

»Acompañaba á Drusila una anciana, que habia sido aprisionada al mismo tiempo que ella: llamóla y le dijo recatadamente á fin de que nadie pudiera enterarse:—«Prepárame un tósigo rápido y violento, de esos que sabes componer, y tráemelo en un pomo; pues he hallado el medio de quitar la vida al infame hijo de Marganor, y el de que ambas huyamos de este castillo, medio que te explicaré cuando estemos más despacio.»—La anciana salió, preparó el veneno, lo puso en un pomo y volvió al palacio. Drusila vertió en un frasco de dulce vino de Candía aquel jugo emponzoñado, y lo guardó para el dia de las bodas, que estaba ya próximo.

»Vestida lujosamente y engalanada con ricas joyas, se dirigió al templo el dia designado: siguiendo sus órdenes, se habia colocado sobre dos columnas el ataud de Olindro. Inmediatamente se cantó un solemne oficio con asistencia de una concurrencia numerosa. Marganor, más alegre que de costumbre, formaba parte de ella, colocado al lado de su hijo y rodeado de sus amigos. En cuanto terminaron las fúnebres exequias, el sacerdote bendijo el vino con el tósigo que contenia, y lo echó en una copa de oro, tal como Drusila habia dicho. Esta bebió cuanto era compatible con su decoro y podia surtir el efecto deseado, y ofreció en seguida la copa con rostro sereno á su nuevo esposo, el cual apuró su contenido. Apenas Tanacro devolvió la copa alsacerdote, abrió los brazos para estrechar entre ellos á Drusila; pero esta, abandonando entonces su fingida dulzura y su apacible aspecto, le rechazó violentamente, prohibiéndole que pusiera en ella sus manos. Inflamados los ojos y el rostro por su furor, oculto por tanto tiempo, esclamó con voz terrible y desentonada:

—»¡Traidor, apártate de mí! ¿Cómo has podido imaginar que te concediera momentos de júbilo y placer en cambio de las lágrimas, de las penas y martirios que me has ocasionado? Mi propósito ha sido otro: el de que murieras á mis manos; porque has de saber que ese licor que acabas de beber era un veneno. Lo que me pesa es que hayas tenido un verdugo demasiado honroso para lo que tú mereces, y que tu muerte sea tan rápida y fácil; pues tu delito es tan grande, que no sé dónde pudiera hallar manos y penas bastante afrentosas para castigarlo. Duéleme tambien no haber podido proporcionarte una muerte comparable á mi sacrificio; pues si me hubiera sido dable matarte á medida de mi deseo, mi venganza seria completa. ¡Perdóneme mi dulce esposo, si no lo he hecho así, y ojalá acepte mi buena voluntad; bien ve que, si no he podido hacerte morir como hubiera deseado, he empleado á lo menos cuantos medios han estado á mi alcance! Pero me consuela la esperanza de ver sufrir á tu alma en el otro mundo el castigo que en este no he logrado imponerte segun mis deseos; y entonces, ¡con cuánto gozo presenciaré tu tormento!»

»Despues añadió con alegre rostro y elevando al Cielo sus ojos empañados por la proximidad de la muerte:

—»¡Acepta benigno, Olindro mio, esta víctima que te ofrece tu esposa en venganza de tu muerte, é impetra del Eterno la gracia de que me permita estar hoy contigo en el Paraiso! Si te dice que no pasa á vuestro reino ningunalma que no haya contraido algun mérito especial, dile que me he hecho acreedora á tal merced, ofreciéndole en su santo templo los ópimos despojos de este mónstruo perverso y detestable, y que no hay obra más meritoria que la de purgar la Tierra de seres tan abominables é impíos.»

«Al decir estas palabras apagóse su voz y su vida al mismo tiempo: aun despues de muerta, parecia brillar en su rostro la alegría de haberse vengado del cruel que la privara de su esposo. No sé si Tanacro exhaló su postrimer aliento antes ó despues que ella; aunque sospecho que fué antes, por cuanto los efectos debieron ser más rápidos en él en atencion á que habia bebido mayor cantidad. Marganor, que vió caer á su hijo moribundo, y le contempló despues sin vida entre sus brazos, estuvo próximo á expirar del inmenso dolor que laceró su corazon. ¡Tenia dos hijos, y á la sazon le rodeaba la más espantosa soledad! Dos mujeres les condujeron á tan triste fin: la muerte del primero habia sido causada por apoderarse de la una: la otra se la habia dado al segundo por su propia mano. El amor, la compasion, el enojo, el dolor, la ira, el desesperado deseo de muerte y de venganza producian una violenta tempestad en el corazon del desgraciado y solitario padre, que se estremecia como las furiosas olas agitadas por el viento. Fuera de sí, se arrojó sobre Drusila sin tener en cuenta que era un cadáver yerto; y arrebatado por la cólera, empezó á ultrajar aquel cuerpo inanimado. Cual la serpiente que en vano muerde el hierro que la tiene clavada en la arena, ó como el mastin que corre tras el guijarro que le arroja el viandante, y mordiéndole inútilmente con rabia, se resiste á alejarse sin venganza, así Marganor, más irritado que todas las serpientes y los mastines juntos, procuraba saciar su furor en el exánime cuerpo de Drusila; pero viendo que los destrozos que en él ocasionaba no podian mitigar su vengativa saña, acometió á las mujeres que habia en el templo, sin respetar á unas más que á otras, y desnudando cruel é impío el acero, hizo con nosotras lo mismo que el labrador hace en la yerba con su hoz. Nada pudo detenerle, y en un momento mató á treinta é hirió á más de ciento. Marganor era y es tan temido de sus vasallos, que ninguno se atrevia á afrontar su cólera: así es que mujeres, grandes y pequeños, todos huyeron de la iglesia, considerándose dichoso el que lograba escapar.

«Los amigos de Marganor lograron al fin con sus súplicas y sus esfuerzos contener su furor insensato, y le hicieron entrar en su castillo, situado en la cima de un peñasco, mientras en el valle quedaba el pueblo poseido de la mayor consternacion. Duraba aun su rabia contra nosotras, pero como sus amigos y sus vasallos le rogaban que no nos inmolase, determinó espulsarnos á todas, y aquel mismo dia hizo publicar un bando previniéndonos que abandonásemos el país y pasáramos á habitar los confines de sus dominios. ¡Desgraciada de la que en adelante intentara aproximarse al castillo! De este modo fueron separadas las mujeres de sus maridos; las madres de sus hijos; y si algunos son tan atrevidos que se arriesguen á venir á vernos, deben procurar que no lo sepa quien pueda avisar á Marganor; pues ha castigado con gravísimas multas á muchos de los que han infringido sus órdenes, y á otros muchos les ha hecho perecer cruelmente.

«Además de ésta, ha establecido en su castillo otra ley, la más inícua de que pueda haber noticia. Toda mujer á quien se encuentre en el valle (y esto acontece algunas veces), debe ser azotada con mimbres y arrojada ignominiosamente del país; pero antes han de cortársele losvestidos, obligándola á ir enseñando lo que la naturaleza y la honestidad ordenan que se oculte. Las que llegan acompañadas por caballeros perecen irremisiblemente, porque el tirano las conduce como víctimas propiciatorias al panteon donde yacen sus hijos, y las degüella por su propia mano sobre sus tumbas. Los caballeros son despojados vergonzosamente de sus armas y corceles, y sepultados en un lóbrego calabozo. Tanto de dia como de noche tiene mil soldados á sus órdenes: así es que siempre está en disposicion de cumplir tan impía costumbre. Pero aun hay más: si por ventura deja á algun caballero en libertad, le obliga á jurar préviamente sobre la hostia consagrada que tendrá un ódio implacable al sexo femenino mientras dure su vida. Si no os importa perder á esas damas, y perderos vosotros con ellas, id enhorabuena á ver los muros en que se guarece el felon, y entonces sabreis cuál es mayor, si su fuerza ó su crueldad.»

Este relato excitó en un principio la compasion de las guerreras; pero luego sintieron tal indignacion, que si así como era de noche hubiera sido de dia, habrian corrido al castillo, sin detenerlas consideracion alguna. Pernoctaron, pues, en aquella aldea, y en cuanto la Aurora apareció indicando á las estrellas que debian ceder su puesto al Sol, tomaron las armas y montaron á caballo. En el momento en que iban á emprender la marcha, oyeron resonar á sus espaldas un prolongado rumor de pisadas de caballos, que les obligó á dirigir sus miradas hácia el fondo del valle, y vieron á la distancia de un tiro de piedra un grupo como de veinte hombres armados, unos á caballo y otros á pié, que se adelantaban por un estrecho sendero conduciendo sobre un corcel á una mujer, cuyo rostro indicaba su mucha edad, á la que llevaban del mismo modo que si fueraun delincuente condenado á las llamas, al cepo ó á la horca. A pesar de la distancia, todos conocieron á aquella mujer por su aspecto y por su traje, y segun dijeron las de la aldea, era la camarera de Drusila; la misma que, segun he dicho, fué aprisionada con la desgraciada dama por el infame Tanacro, y á quien esta confió el encargo de que le compusiera el veneno, tan cruel en sus efectos. Sospechando lo que iba á suceder, no quiso entrar en el templo con las demás mujeres, sino que, aprovechando la ocasion en que se celebraba el matrimonio, salió de la ciudad, y fué á refugiarse donde creyó estar con toda seguridad. Algunos espías dijeron despues á Marganor que se habia retirado á Austria, y desde entonces el vengativo señor empleó todos los medios imaginables para apoderarse de ella, con objeto de quemarla viva ó empalarla.

Sus regalos y promesas sedujeron á un baron austriaco, en quien pudo más la avaricia que el honor; el cual entregó á Marganor aquella anciana, á pesar de haberle asegurado que nadie la molestaria en su país. La envió hasta Constanza, atada sobre una acémila, como si fuera un fardo de mercancías, y encerrada en una caja, con objeto de impedir que hablara con sus conductores: obedeciendo estos las órdenes de un hombre tan despiadado como Marganor, se la llevaban para que desahogara en ella su desenfrenada rabia.

Así como el gran rio que nace en Vésulo[136], cuanto más avanza y más se dirije hácia el mar, recibiendo en su curso las aguas del Lambra, del Tesino, del Adda y de otros muchos afluentes, tanto más crece en caudal é impetuosidad, así tambien Rugiero y las dos guerreras sentian aumentar su ódio y enojo contra Marganor á medida que iban teniendo noticia de sus contínuas crueldades. Bradamante y Marfisa ardian en tanta cólera y tal ira contra el felon por sus incesantes delitos que determinaron castigarle, á pesar del crecido número de sus satélites; pero les pareció que una muerte rápida seria una pena harto dulce é indigna de tantos crímenes, y por lo tanto resolvieron hacerle sufrir un suplicio prolongado y doloroso. Sin embargo, se propusieron salvar á la anciana antes de que aquellos esbirros la condujeran á la muerte. Con la brida y el acicate excitaron de tal modo el ardor de sus corceles, que en breve alcanzaron á los soldados de Marganor. Jamás tuvieron que resistir los acometidos un choque tan impetuoso y violento, y huyeron atemorizados, abandonando sus armas, sus escudos y hasta la prisionera: así como el lobo que se dirije hácia su cueva llevando la presa codiciada entre sus dientes, al ver que el cazador y sus perros le cierran el paso cuando más seguro se creia, abandona su carga, y huye presuroso por donde conoce que los matorrales son más espesos, así los acometidos fueron tan prestos en huir como sus acometedores en atacarles. No solo abandonaron su prisionera y sus armas, sino tambien una porcion de caballos, y corrieron á ocultarse en los torrentes y en las grutas, creyendo que huirian mejor cuanto más desembarazados estuviesen.

Rugiero y las dos jóvenes se alegraron sobremanera de aquella dispersion, que les proporcionaba tres caballos para las tres damas, á quienes el dia anterior habian tenido que llevar á la grupa de los suyos. Libres ya de aquel cuidado, siguieron su camino hácia la infame é inhospitalaria ciudad, haciendo que la anciana les acompañara para que fuese testigo de su modo de vengar á Drusila: la vieja, temerosa de que el éxito no correspondiera á sus esperanzas, seresistió cuanto pudo, prorumpiendo en gritos, lamentos y chillidos; pero Rugiero la colocó por fuerza á la grupa de Frontino, que partió en seguida á galope.

Llegaron por fin á un valle, donde vieron un pueblo bastante grande y accesible por todos lados, pues no estaba rodeado de muros ni de fosos. En medio de él se levantaba una empinada roca, y sobre esta una elevada fortaleza. Sabiendo que era el castillo de Marganor, se encaminaron hácia él con gran decision. Apenas llegaron al pueblo, algunos soldados que estaban de guardia en la entrada, cerraron una barrera que los tres guerreros acababan de atravesar, mientras que otros acudian á interceptarles todas las salidas: á los pocos momentos se presentó Marganor, acompañado de algunos de los suyos á pié y á caballo, todos completamente armados; y con frases breves, pero arrogantes, intimó á los recien llegados que observaran la impía costumbre establecida en sus dominios.

Marfisa, que habia concertado de antemano con Rugiero y Bradamante el modo cómo habian de obrar, en vez de contestar á Marganor, lanzó su caballo contra él; y desdeñando servirse de la espada ó de la lanza, pues solo confiaba en su vigor y en su esforzado ánimo, le descargó en el yelmo tan terrible puñetazo, que le hizo caer sin sentido sobre la silla del caballo. Bradamante se precipitó al mismo tiempo que Marfisa sobre sus adversarios; y Rugiero, imitando á las dos guerreras, empuñó su lanza, y sin quitársela del ristre, atravesó con ella seis hombres; uno herido en el vientre, dos en el pecho, otro en el cuello, otro en la cabeza, y al sexto que huia le entró el agudo hierro por la espalda, y le salió por el pecho, quedando rota el asta. La hija de Amon iba derribando á cuantos tocaba con su lanza de oro, cuyos efectos eran tan terribles como los de un rayoabrasador desprendido del Cielo, que arrolla, destroza y anonada cuanto encuentra á su paso.

Mientras tanto Marfisa habia amarrado fuertemente á Marganor con los brazos á la espalda, abandonándolo á la merced de la anciana camarera de Drusila, que se mostró sumamente alborozada con tal presa. Los vencedores trataron despues de incendiar el pueblo, á no ser que sus habitantes prometieran enmendar su falta, aboliendo la impía ley de Marganor y aceptando la que ellos se propusieron á su vez establecer. Poco trabajo les costó obtener su asentimiento; porque aquella gente, además de temer que Marfisa hiciera mucho más de lo que decia (y lo que la guerrera pretendia, era nada menos que incendiar el pueblo y exterminar á todos sus habitantes), odiaba profundamente á Marganor y su cruel y fementida costumbre; pero le obedecia resignada, imitando la conducta de muchos, que prestan mayor obediencia y sumision al que más ódian: por otra parte, vivian en una desconfianza perpétua unos de otros, y como nadie se atrevia á manifestar en alta voz sus deseos, toleraban que Marganor desterrara á este, diera muerte á aquel, se apoderara de los bienes de uno, y deshonrara á otro. Mas si su corazon permanecia callado en la Tierra, las quejas secretas que de su fondo salian se elevaban hasta el Cielo, implorando la venganza del Eterno y de los santos; la cual, si bien es lenta en llegar, compensa despues su tardanza con la intensidad del castigo. Ebrio entonces el pueblo de furor y ódio, procuró vengarse del tirano llenándole de improperios y de golpes, y realizando el proverbio que dice, que del árbol caido todos hacen leña.

Sirva Marganor de saludable ejemplo á los que reinan; porque quien mal anda, mal acaba. Chicos y grandes, todos se complacian en presenciar el castigo de sus nefandospecados. Muchos de los que lloraban la pérdida de sus esposas, sus hermanas, sus hijas ó sus madres, corrian á darle muerte, sin cuidarse de ocultar la intencion que los guiaba. Rugiero y las dos magnánimas guerreras le arrancaron con sumo trabajo de las manos del pueblo irritado, porque su intencion era la de hacerle perecer de hambre, de angustia y de dolor. Entregáronlo desnudo á aquella vieja que sentia hácia él todo el ódio de que es susceptible el corazon de una mujer, y tan fuertemente atado, que no podria romper sus ligaduras á pesar de todos sus esfuerzos: la anciana, dando inmediato principio á su venganza, empezó á pincharle el cuerpo con un penetrante aguijon que le proporcionó un campesino, espectador de aquellos sucesos. Por su parte, la embajadora de Islandia y sus dos doncellas, que no podian olvidar la vergonzosa afrenta recibida, no quisieron permanecer inmóviles, y se precipitaron sobre él con un encarnizamiento semejante al de la vieja; pero aquel género de venganza no satisfacia por completo sus deseos, y aun cuando le herian á pedradas, le arañaban, le mordian y le clavaban agujas, no veian satisfecha su rencorosa saña. Así como el torrente que, hinchado por las lluvias ó por el deshielo, emprende una marcha destructora, y precipitándose desde las montañas, va arrastrando en su impetuoso curso los árboles, los peñascos, las cosechas y las casas, pero inclinando al fin su orgullosa frente, se debilita tanto, que una mujer, un niño, lo pueden atravesar por todas partes, y muchas veces á pié enjuto; así tambien Marganor, cuyo solo nombre habia hecho temblar hasta entonces á cuantos lo oian, una vez abatida su soberbia arrogancia, quedó reducido al extremo de que hasta los muchachos se burlaban de él, y se atrevian á arrancarle las barbas y los cabellos.

Rugiero y sus jóvenes compañeras subieron en seguida al castillo, situado en la cima del peñasco. Penetraron en él sin que opusieran la menor resistencia los que le custodiaban, y permitieron que el pueblo se apoderara de una parte de los ricos arneses que en él habia, entregando la otra á Ulania y á sus ultrajadas doncellas. Recobraron el escudo de oro, y pusieron en libertad á los tres reyes aprisionados por el tirano, los cuales, al dirigirse al castillo, iban á pié y desarmados, como creo haberos dicho; pues desde el dia en que Bradamante los venció, habian caminado constantemente á pié y sin armas, en compañía de la dama que desde tan apartadas regiones se dirigiera á Francia. No sé si fué una felicidad ó una desgracia para Ulania el que los tres reyes carecieran de armas; hubiera sido lo primero, porque llevándolas habrian podido defenderla; pero si hubiesen quedado vencidos en la demanda, su derrota habria causado la muerte de la embajadora; pues Marganor, llevándola al panteon en que yacian los dos hermanos, como solia llevar á cuantas damas iban protegidas por caballeros armados, la hubiera ofrecido en sacrificio á los manes de sus hijos. Preferible fué por lo tanto verse obligadas á enseñar lo que el pudor manda tener oculto, antes que arrostrar la muerte; además de que su oprobio quedaba disminuido en gran parte por la circunstancia de haber tenido que ceder á la fuerza.

Antes de alejarse las guerreras, exigieron á los habitantes el juramento de que los maridos confiarian á las mujeres el gobierno del país y de todo en general, diciéndoles que seria castigado con las penas más severas el que se atreviese á infringir esta disposicion. En una palabra, los hombres deberian ceder á las mujeres todas las prerogativas de que en otras partes disfrutaba el sexo viril. Despues les hicieron prometer que no darian hospitalidad, ni permitirian que traspasasen el umbral de una sola casa cuantos transitaran por aquel país, fuesen nobles ó plebeyos, si no juraban por Dios y por los Santos, ó por aquello que más pudiera obligarles, que serian siempre leales defensores de las mujeres y enemigos de sus enemigos, y que si tarde ó temprano estaban dispuestos á casarse, obedecerian sumisos los menores caprichos de sus mujeres, á las cuales deberian permanecer enteramente sujetos. Marfisa les anunció que volveria por allí antes de que terminara el año y de que los árboles perdieran sus hojas, y les amenazó con saquear y quemar el pueblo como no encontrase puesta en vigor aquella costumbre.

No quisieron ausentarse de allí sin sacar antes el cadáver de Drusila del sitio inmundo en que yacia, depositándolo juntamente con el de su esposo en un sepulcro que hicieron construir lo más ricamente que fué posible. La vieja no cesaba de acribillar el cuerpo de Marganor con su inseparable aguijon, y se lamentaba de que su edad no le permitiera continuar sin descanso en semejante tarea.

Las animosas guerreras vieron una columna erigida en la plaza del pueblo, al lado del templo, en cuya columna habia hecho inscribir el impío Marganor su ley insensata y cruel: en ella colocaron, á guisa de trofeo, el escudo, la coraza y el yelmo del tirano, y debajo de este trofeo hicieron grabar la ley cuya observancia previnieron á su vez, no habiendo consentido Marfisa en alejarse hasta ver terminada esta inscripcion, totalmente contraria á la anterior que ordenaba la muerte y la deshonra de toda mujer.

Rugiero, Bradamante y Marfisa se separaron allí de la embajadora de Islandia, la cual no quiso seguirles, con objeto de arreglarse otros nuevos vestidos; pues no creia decoroso presentarse en la corte de Carlomagno si no iba tan suntuosamente engalanada como de costumbre. Quedóse, pues, Ulania, conservando á Marganor en su poder; pero temerosa de que pudiera escaparse, y á fin de evitar en lo sucesivo que llegara á ultrajar á otras damas, le hizo arrojar desde lo alto de una torre. Este fué el mejor salto que dió en toda su vida.

Pero dejemos ya de hablar de Ulania y de sus compañeras, y volvamos á los viajeros que se dirigian á Arlés. Caminaron todo aquel dia y el siguiente hasta la hora de tercia[137], y cuando llegaron á un sitio en que el camino se dividia en dos, conduciendo el uno al campamento francés y yendo á terminar el otro al pié de las murallas de Arlés, volvieron los amantes á abrazarse y á repetir su dura y triste despedida. Por último, las doncellas se alejaron en direccion del campamento, Rugiero en la de Arlés, y yo pongo aquí fin á mi canto.

Rugiero regresa á Arlés.—Marfisa y Bradamante se presentan á Carlomagno: la primera abraza la fé cristiana.—Astolfo se aleja de las regiones celestiales y devuelve la vista al Rey de Nubia. Despues entra con los suyos en el reino de Agramante.—Este monarca hace un pacto con el emperador Cárlos, mediante el cual confian á dos guerreros la decision de sus contiendas.

En vuestros ojos leo, ¡oh amables damas! que os dignais escuchar benévolas mis versos, el disgusto que os causa la nueva y repentina separacion de Rugiero y Bradamante; observo que sentís casi la misma pena que sintió esta última al ver alejarse al guerrero, y tal vez llegais á sospechar que en el corazon de este no debia arder con mucha intensidad la llama del amor. Tambien yo participaria de vuestra opinion, si la razon que tuvo para abandonar á su amada contra su expresa voluntad hubiera sido otra, aun cuando esperara alcanzar un tesoro mucho más valioso que los que Craso y Creso[138]poseyeron, pues un gozo tan puro, un contento tan inefable no puede comprarse con oro ni con plata; pero se trataba de salvar su honor, y en este caso, no tan solo es digno de disculpa, sino de elogios: portándose de otro modo, se habria hecho acreedor al mayor baldon é ignominia, y si Bradamante se hubiese empeñado en detenerle por más tiempo, habria dado pruebas evidentes de amarle poco ó de tener poco discernimiento; pues si bien es verdad que la mujer enamorada debe tener la vidadel hombre á quien ama en tanta ó en más estima que la suya propia (me refiero á aquellas en cuyo corazon han penetrado profundamente las flechas del amor), tambien lo es que á la felicidad de verle, debe anteponer siempre el honor de su amante; el honor, más preciado que la misma vida, por más que prefiramos esta á todos cuantos placeres existen. Volviendo al lado de su soberano, hizo Rugiero lo que debia; porque no podia abandonar su servicio sin incurrir en una ignominiosa bajeza. Si Almonte habia hecho morir á su padre, Agramante era completamente ajeno á este crímen, aparte de que habia enmendado las faltas de sus ascendientes con las atenciones que de contínuo prodigó á Rugiero. El jóven guerrero cumplió, pues, con su deber yendo á reunirse con el monarca sarraceno, así como Bradamante cumplió con el suyo, no procurando detenerle á su lado, como hubiera podido, con sus insistentes ruegos. Tiempo vendrá en que á Rugiero le sea posible satisfacer los deseos de su amada y los suyos propios, si ahora no los ha atendido: pero el que empaña su honor, aunque no sea más que un momento, no puede borrar la mancha en él producida, aun cuando viva cien y cien años.

Rugiero volvió á Arlés, donde Agramante habia reunido las tropas que le quedaban. Mientras tanto Marfisa y Bradamante, que unidas casi por los vínculos del parentesco, habian contraido una estrecha amistad, llegaron al sitio en que Cárlos, apelando á todos los medios de que disponia, reunia un numeroso ejército, con la esperanza de terminar en una sola batalla ó en un asalto general aquella guerra, tan prolongada como enojosa. Bradamante fué conocida en cuanto se presentó en el campamento, y acogida con las mayores muestras de alegría y solicitud. Todos la saludaron y honraron á porfía, mostrándose ella á su vez afabley bondadosa con todo el mundo. Reinaldo corrió á su encuentro apenas tuvo noticia de su llegada; Riciardo, Riciardeto, sus demás parientes, todos, en fin, se apresuraron á felicitarla por su regreso.

No bien circuló la noticia de que su compañera era Marfisa, aquella guerrera tan famosa por sus hechos de armas y que tan preciados laureles habia conquistado desde el Catay hasta las fronteras de España, todos los guerreros, desde el más poderoso hasta el más humilde, salieron de sus tiendas: la multitud, deseosa de ver aquellas dos hermosas guerreras, acudia por todas partes á su paso, y se agolpaba, se empujaba y se oprimia en tropel en su afan por contemplarlas. Presentáronse á Carlomagno con gran reverencia. Segun dice Turpin, aquel fué el primer dia que se vió á Marfisa arrodillada; pues el hijo de Pepino le pareció el único mortal digno de semejante homenaje, entre cuantos reyes ó emperadores, así cristianos como sarracenos, eran celebrados por sus virtudes ó sus riquezas. Cárlos las acogió benignamente; salió á recibirlas fuera de su tienda, y quiso que se sentaran á su lado con preferencia á todos los reyes, príncipes y señores de su corte. Ordenóse á la multitud que se retirara, y en presencia de lo más selecto del séquito del Emperador, de los paladines y de los principales magnates, empezó Marfisa á hablar de esta suerte con halagüeña voz:

—Excelso, invicto y glorioso Augusto, que desde los mares de la India al Tirintio estrecho[139], y desde la nevada Escitia hasta la abrasada Etiopía haces respetar tu cándida cruz; ¡oh tú, el más sábio y justo de todos los reyes! sabe que vengo desde el más apartado confin de la Tierra, atraida por el rumor de tu fama ilustre, para la que no hay límite alguno. Hablándote con entera ingenuidad, te diré que únicamente la envidia me obligó á emprender tan largo viaje, y que solo he venido para luchar con tus guerreros, proponiéndome que no existiera en el mundo un rey tan poderoso cuya religion fuera opuesta á la mia. Por esta razon he enrojecido los campos con sangre cristiana, y estaba dispuesta á darte otras y más terribles pruebas de mi cruel enemistad, si no hubiera ocurrido una circunstancia que ha trocado en amistad mi ódio. Cuando pensaba causar mayores daños á tus huestes, supe (más adelante te diré cómo) que fué mi padre el bravo Rugiero de Ris, engañado y vendido traidoramente por su pérfido hermano. Mi madre me llevó en su seno á través de los mares, y dióme á luz en medio de la mayor miseria. Fuí criada por un mágico, hasta que una horda de árabes me arrebató de su lado, cuando apenas contaba siete años: mis raptores me vendieron en Persia como esclava á un rey, á quien dí muerte cuando llegué á la pubertad, por haber pretendido arrancarme mi virginidad. Exterminé con él á todos sus secuaces; arrojé del reino á su perversa estirpe, y me apoderé del trono. Fué tal mi buena estrella, que me hice dueña de siete reinos, á pesar de que mi edad no pasaba uno ó dos meses de los diez y ocho años. Envidiosa, como he dicho, de tu fama, formé el decidido empeño de debilitar el brillo de tu ínclito renombre: tal vez hubiera realizado mi propósito, ó quizás tambien me habria engañado. Pero habiendo sabido, despues de estar en Francia, que me unen á tí los lazos del parentesco, forzoso me ha sido domar mis insanos designios, y hacer que mi furor plegara sus alas. Así como mi padre fué tu pariente y servidor, tambien lo soy yo, por lo cual doy al olvido aquella envidia y aquel ódioprotervo que un tiempo sentí contra tí, ó más bien lo reservo para hacerlo recaer sobre Agramante y sobre todos los parientes de su padre y su tio, que con tanta perfidia asesinaron á mis padres.

Marfisa continuó diciendo que queria abrazar la fé cristiana, y regresar despues de haber inmolado al rey Agramante, y con el beneplácito de Cárlos, á sus dominios de Oriente, con objeto de bautizar á sus súbditos y empuñar sus armas contra todas las naciones que adoraran á Mahoma y Trivigante, prometiendo que todas sus conquistas serian para el imperio y en beneficio de la religion de Cristo.

El Emperador, cuya elocuencia igualaba á su valor y sabiduría, prodigó mil elogios á Marfisa, así como á su padre y á todo su linaje: contestó con la mayor benignidad á cuanto habia dicho la guerrera, y concluyó declarando que la acogia gustoso, no solo como á pariente, sino como á su propia hija.

Al decir estas palabras, se levantó, abrazóla de nuevo y la besó en la frente en señal de adopcion. Todos los caballeros de las casas de Mongrana y Claramonte se adelantaron entonces á felicitar á Marfisa. Fuera prolijo referir las consideraciones que le prodigó Reinaldo, el cual habia tenido muchas veces ocasion de admirar sus proezas, cuando fué con los suyos á asediar á Albracca. No lo seria menos manifestar la alegría que al verla tuvieron Guido, Aquilante, Grifon y Sansoneto, que pelearon con ella en la ciudad de las mujeres homicidas, así como Malagigo, Viviano y Riciardeto, para quienes habia sido tan fiel é intrépida compañera, cuando los dos primeros escaparon de las manos de los pérfidos maguntinos y de los impíos moros españoles que iban á venderlos.

Dispúsose para el dia siguiente, cuidando el mismo Cárlos de todos los preparativos, un paraje lujosamente adornado, donde Marfisa recibiera el bautismo. El Emperador llamó á los obispos y á los doctores de la religion cristiana, encargándoles que instruyesen á la doncella en los misterios de nuestra Santa Fé. El arzobispo Turpin, revestido de pontifical, derramó sobre su cabeza las purificadoras aguas del bautismo, siendo Carlomagno su padrino en la sagrada ceremonia.

Pero ya es tiempo de llenar el cerebro vacío del insensato Orlando con el contenido de la botella, de que el duque Astolfo iba provisto al descender en el carro de Elias desde el cielo más bajo[140]. Al descender Astolfo de la luciente esfera, se posó en la montaña más alta de la Tierra, llevando el precioso frasco que debia sanar el juicio del valiente entre los valientes. San Juan indicó en aquella montaña al Duque de Inglaterra una yerba de propiedad maravillosa, con la cual quiso que frotara los ojos del rey de Nubia y le devolviera la vista, á fin de que dicho rey, en agradecimiento de este inmenso favor y de los ya recibidos, le proporcionara tropas suficientes para asaltar á Biserta. El santo anciano le enseñó despues punto por punto el medio de armar y disciplinar á aquellas tropas inexpertas, para que pudiera atravesar sin peligro los desiertos de arena que tan funestos eran á los hombres.

Montando de nuevo en el caballo alado que fué primero de Atlante y de Rugiero despues, dejó el Paladin aquellas regiones bienaventuradas, despidiéndose de San Juan, y siguiendo las orillas del Nilo, llegó en breve al país de los Nubios, y descendió en la capital, pasando en seguida á visitar á Senapo. Extraordinario fué el júbilo que causó al Rey su regreso, pues no habia podido olvidar el gran beneficio de que le era deudor por haberle librado de las molestas arpías; pero cuando Astolfo hizo desaparecer de sus ojos aquel espeso humor que le privaba de la luz, y le devolvió la vista, le adoró y reverenció como si fuera un dios, y no solo le proporcionó la gente que le pedia para llevar la guerra al reino de Biserta, sino que puso á sus órdenes cien mil hombres más, ofreciéndose tambien él á marchar con la expedicion. El ejército era tan numeroso, que apenas cabia en una llanura extensa; estaba formado exclusivamente de infantería, porque en aquel país hay mucha escasez de caballos, aunque los camellos y elefantes se encuentran en gran abundancia. Durante la noche que precedió al dia en que debia emprender la marcha el ejército de Nubia, montó el Paladin en su hipogrifo, se dirigió con raudo vuelo hácia el Mediodia hasta llegar al monte donde tiene su orígen el viento austral que sopla contra las Osas, y encontró la caverna, por cuya estrecha boca se escapa furioso aquel viento, siempre que se despierta. Siguiendo las órdenes de su maestro, habia llevado un odre vacío, que colocó tácita y cautelosamente en el respiradero del antro donde dormia fatigado el fiero Noto; el cual cayó tan bien en aquel lazo, para él desconocido, que cuando al dia siguiente quiso salir de la caverna, quedó cautivo y encadenado en el odre.

Contento el Paladin con tal presa, volvió á la Nubia, y en el mismo dia emprendió la marcha al frente de aquel ejército negro, seguido de un gran convoy de provisiones. El glorioso Duque llegó al pié del Atlas con toda felicidad y sin haber perdido un solo hombre; pues aunque tuvo necesidad de atravesar los desiertos de arena, no pudo molestarle el viento, puesto que lo llevaba aprisionado. Cuando hubo traspuesto la montaña, y llegado á un sitio desde el que se descubria una extensa llanura y las costas, eligió las tropas más escogidas y mejor disciplinadas de su ejército, y formando con ellas dos cuerpos, las colocó á uno y otro lado de la falda del monte. Dejándolas allí, subió á la cumbre, absorto al parecer en elevados pensamientos; y cayendo de rodillas, dirigió á su santo maestro una ferviente oracion, seguro de que sus ruegos serian atendidos; despues de lo cual se puso á arrojar á la llanura una gran cantidad de piedras.

¡Oh! ¡cuánto le es dado hacer al que deposita toda su confianza en Jesucristo! Aquellas piedras, al rodar por la montaña, iban creciendo de un modo sorprendente y extraordinario; formaban vientres, patas, cuellos y hocicos, y á medida que se alejaban de la cumbre, se las oia relinchar clara y distintamente: en cuanto llegaban á la llanura, sacudian las grupas, y quedaban convertidas en caballos bayos, castaños ó tordos. Los soldados que estaban apostados á la entrada del valle, se apoderaban inmediatamente de ellos; de suerte que en pocas horas estuvieron todos perfectamente montados, pues cada caballo habia aparecido con su silla y su freno correspondiente. Así fué como Astolfo en un dia convirtió á ochenta mil ciento dos infantes en otros tantos ginetes, con los cuales recorrió toda el África, talándolo é incendiándolo todo á su paso y haciendo innumerables prisioneros.

Agramante habia confiado la custodia del país, hasta su regreso, al rey Brancardo y á los de Fez y de los Algazeres, los cuales acudieron á oponerse á las correrías del Paladin; pero antes despacharon al Rey de África un mensajero embarcado en una nave lijera, con encargo de quehiciera fuerza de remo y velas, á fin de informar á Agramante de los ultrajes y daños que sufria su reino por parte del Rey de Nubia. El enviado navegó dia y noche sin descanso, hasta llegar á las costas de Provenza, donde encontró á su Rey cercado en Arlés por Carlomagno, que estaba acampado á una milla de distancia. Al tener noticia el monarca africano del peligro á que dejaba expuesto su reino por conquistar el de Pepino, reunió en un consejo general á los reyes y príncipes del pueblo sarraceno, y despues de fijar atentamente sus excrutadoras miradas en Marsilio y en Sobrino, los dos reyes más ancianos y prudentes de cuantos habian acudido á su llamamiento, se expresó en estos términos:

—Por más que esté convencido del mal efecto que produce el oir lamentarse á un general en jefe de su falta de prevision, no tendré reparo en confesar la mia, mucho más cuando mi sinceridad puede servir de legítima excusa á un error, orígen de males que no estaban al alcance de la inteligencia humana. Confieso, pues, ingénuamente que cometí un error al dejar el África indefensa sin prever que el ejército nubio podia invadirla. Pero ¿quién, sino Dios, único que conoce el porvenir, hubiera podido pensar que viniese á talar nuestros Estados el ejército de un país tan apartado del nuestro, y del que nos separan inmensos desiertos de movediza arena? Sin embargo, nada más cierto: aquella nacion enemiga ha puesto sitio á Biserta, despues de dejar el África despoblada en su mayor parte. Ahora bien: deseo saber vuestra opinion sobre tan importante asunto. ¿Debo alejarme de aquí sin recoger el fruto de nuestros trabajos, ó proseguir esta empresa hasta llevarnos á Cárlos prisionero? ¿Creeis que sea posible salvar mi trono de África y destruir el imperial á un tiempo mismo? Si alguno de vosotros lo cree así, le ruego que hable, á fin de adoptar el mejor partido, y ponerlo en ejecucion sobre la marcha.

Así dijo Agramante, y fijó su vista en el Rey de España, que estaba sentado junto á él, como si quisiera darle á entender que esperaba su respuesta á cuanto habia dicho. Marsilio dobló la rodilla, inclinó la cabeza en señal de reverencia, volvió á ocupar su elevado asiento, y pronunció estas palabras:

—Señor: la fama acostumbra exajerar todas las noticias que propaga, ya sean buenas ó malas Persuadido de esta verdad, jamás me abandono á la desesperacion ni redoblo mi audacia ó me entusiasmo más de lo que es debido, por malos ó buenos que sean los casos en que la fama me haya puesto: por el contrario, siempre temo ó espero que su importancia sea menor, y nunca creo que sucedan del modo cómo llegan á nuestros oidos á través de tantas bocas. Cuanta menos verosimilitud haya en lo que se nos anuncia, tanto mayor debe ser nuestra incredulidad. Ahora bien: ¿es siquiera presumible que un rey de tan apartada nacion haya sentado su planta en la belicosa África, seguido de un innumerable ejército y teniendo que atravesar las arenas por las que Cambises hizo marchar á su ejército con funesto presagio?[141]Más bien estoy dispuesto á creer que sean árabes bajados de las montañas, que se hayan puesto á talar y saquear el país, cometiendo algunas muertes aisladas y haciendo algunos cautivos, por haber encontrado poca ó ninguna resistencia, y que Branzardo, lugartenientey virey de aquellos países, haya abultado los sucesos á fin de hacer más disculpable su falta de celo y actividad. Pero quiero conceder más: doy por supuesto que sean en efecto los nubios, milagrosamente llovidos del cielo, ó trasladados ocultamente entre las nubes, como lo hace creer el no haberles visto nunca por el camino. ¿Puedes recelar que una gente como esa saquee el África, aun cuando no envies tropas en su socorro? ¡Menguado por demás seria el valor de tus súbditos, si temieran á un pueblo tan pusilánime! Bastará que envies algunas naves, y que se vean los colores de tus banderas, para que esos insensatos, ya sean nubios ó árabes, á quienes la circunstancia de encontrarte aquí con nosotros, separado por el mar de tu reino, ha infundido el atrevimiento de declararte la guerra, huyan de nuevo á sus guaridas tan pronto como aquellas zarpen de estas costas. Aprovecha, pues, la ocasion que te ofrece para vengarte la ausencia del sobrino de Carlomagno. No estando Orlando aquí, ni un solo cristiano podrá resistir tu acometida. Mas si por negligencia ó imprevision dejas perder la honrosa victoria que te espera, puedes tener por cierto que la fortuna te volverá las espaldas, con gran vergüenza y eterno baldon para nosotros.

Con estas y otras razones se esforzaba el rey Marsilio en persuadir al Consejo que no salieran de Francia los sarracenos hasta arrojar á Carlomagno de sus estados. Pero el rey Sobrino, que conocia claramente la intencion del de España, y sabia que hablaba en pró de su interés personal y no en el de sus aliados, respondió así:

—¡Ojalá hubiera sido un falso adivino, cuando te aconsejaba, Señor, que no rompieras la paz! ¡Ojalá hubieras creido á tu fiel Sobrino, ya que mis presentimientos no me engañaban, en vez de escuchar al soberbio Rodomonte, áMarbalusto, á Alzirdo y á Martasino, á los cuales quisiera tener ahora frente á frente, pero en especial al primero, para recordarle su presuntuosa promesa de romper la Francia cual si de frágil vidrio fuera, y de seguir al Cielo ó al Infierno tus banderas, ó más bien, la de abrirles el camino de la victoria. Y ahora, ¿qué es lo que hace? En el momento en que más necesaria es su ayuda, se entrega á un ócio indigno y despreciable, mientras yo, que fuí entonces tachado de cobarde por predecirte la verdad, no te he abandonado un momento, como no te abandonaré hasta perder esta vida, que, aunque agobiada por el peso de los años, arriesgaré uno y otro dia en tu favor, combatiendo contra todo el que de francés lleve el nombre. Ninguno, sea quien fuere, se atreverá á decir que he cometido una sola accion villana: antes bien, muchos que se han jactado más que yo, no han hecho más ni siquiera tanto como tu leal Sobrino. Hablo de este modo para demostrar que lo que dije entonces, y lo que voy á decirte, no debe atribuirse á perfidia ni á cobardía, sino que es fruto de una verdadera amistad y de una sincera adhesion.

»Yo te aconsejo que vuelvas á los estados de tu padre sin demora alguna, pues el que pierde lo propio por conquistar lo ajeno no da pruebas de tener el juicio sano. Si esto puede llamarse conquista, harto lo sabes. Treinta y dos reyes feudatarios tuyos salimos contigo de las costas africanas: si intentas ahora contarlos, los verás reducidos á una tercera parte: los demás han perecido. Plegue al Dios Todopoderoso que no caigan más; porque si intentas proseguir la guerra, mucho temo que no quede la cuarta ni siquiera la quinta parte, y que tu pueblo sea exterminado completamente. Es indudable que la ausencia de Orlando redunda en beneficio nuestro; porque, si él estuvieracon los suyos, tal vez no quedáramos los pocos que aun vivimos; pero esta circunstancia no aleja de nosotros el peligro, por más que prolongue nuestra triste suerte. Acaso ¿no está contra nosotros Reinaldo, cuyas hazañas le colocan á tanta altura como á su primo? ¿No tenemos que combatir contra todos sus parientes y contra los paladines, terror eterno de nuestros soldados? ¿No cuentan con el apoyo de ese segundo Marte (y advierte que alabo á mis enemigos bien á pesar mio), con el valeroso esfuerzo de Brandimarte, tan intrépido como Orlando, y cuya pujanza he tenido ocasion de esperimentar en parte, y en parte la he conocido á costa de otros? Muchos dias hace que ha desaparecido Orlando, y sin embargo, hemos perdido más de lo que hemos ganado.

»Y si hasta aquí llevamos la peor parte, temo que en adelante nuestros reveses sean mayores. Mandricardo ha perecido; Gradasso nos ha privado de su auxilio; Marfisa nos ha abandonado en la ocasion más crítica, y lo mismo ha hecho el Rey de Argel, del cual puedo decir que si fuese tan leal como valiente, poco nos importaria la pérdida de Gradasso ó de Mandricardo. Mientras nos hemos quedado sin auxiliares tan poderosos, y los nuestros han perecido á millares, y nuestras provincias, haciendo el último esfuerzo, nos han enviado todos sus guerreros y no esperamos ya naves con refuerzos, han venido á colocarse bajo las banderas de Cárlos cuatro campeones, tenidos, y con razon, por tan valientes como Orlando ó Reinaldo; pues desde aquí hasta Batrun[142], con dificultad se encontrarán otros cuatro que se les igualen. Ignoro si sabeis quiénes sean Guido el Salvage, Sansoneto y los hijos de Olivero; en cuanto á mí, me inspiran más admiracion y más recelo quetodos los príncipes y caballeros que de Alemania ó de otro cualquier país extranjero han venido á militar á las órdenes del Emperador en contra nuestra. Por lo mismo, no creo que estemos en el caso de tener en poco los refuerzos que llegan sucesivamente al campamento cristiano.

»Cuantas veces salgas al campo, otras tantas llevarás la peor parte ó serás derrotado. Si África y España tuvieron con frecuencia que ceder cuando eran diez y seis contra ocho, ¿qué sucederá despues que la Italia y la Alemania se han unido con la Francia y el ejército anglo-escocés, y cuando tengamos que pelear seis contra doce? ¿Qué otra cosa podemos esperar sino baldon y daño? Si pretendes continuar obstinado esta empresa, perderás al mismo tiempo tus soldados aquí, y allá tu corona; pero si te decides á regresar, salvarás nuestros intereses y tambien tu trono. Comprendo que seria una cosa indigna de tí abandonar á Marsilio, y que si tal hicieras todos te calificarian de ingrato; pero queda un remedio: ajusta la paz con Cárlos, cosa que debe agradarle, si á tí te agrada. Si te avergüenzas de pedir la paz, tú que has sido el primero en recibir la ofensa, y no desistes de combatir, á pesar del resultado que estás viendo, procura á lo menos quedar vencedor; lo cual podrá suceder, si me das crédito, si confias á uno de tus caballeros el cuidado de dirimir tus querellas, y si el elegido es Rugiero. Bien sabes, como yo, que nuestro Rugiero con las armas en la mano vale tanto como Reinaldo ú Orlando ó cualquier otro caballero cristiano; pero si te empeñas en dar una batalla general, por más que el valor de ese jóven sea sobrehumano, él no será nunca más que uno solo, al paso que tus enemigos serán muchos. Mi opinion es la de que envies á decir al Rey cristiano, si así te parece, que para terminar de una vez la guerra, y con objeto de quecese el derramamiento de sangre de uno y otro ejército, le propones un combate entre el más valeroso de sus caballeros y uno de los tuyos, y que reasuman ambos en sí toda la guerra, hasta que el uno venza y el otro sucumba; pero con la condicion de que el rey del vencido haya de ser tributario del rey del vencedor. No creo que Cárlos rechace esta condicion, aun cuando conozca la ventaja. Fio tanto en el vigoroso denuedo de Rugiero que espero que salga vencedor; y como por otra parte nos asiste la razon, estoy seguro de que vencerá, aunque tuviese que pelear con el mismo Marte.»

Con estas y otras razones no menos eficaces, logró Sobrino que se adoptara su parecer, nombrándose acto contínuo los intérpretes, que pasaron en el mismo dia á llevar á Cárlos la embajada. El Emperador, que contaba con tantos guerreros intrépidos, dió por suya la victoria, y nombró para llevar á cabo aquella empresa al paladin Reinaldo, en quien, despues de Orlando, tenia mayor confianza. Uno y otro ejército acogieron con júbilo este acuerdo, pues ambos estaban ya cansados y pesarosos de una guerra que fatigaba á la vez su cuerpo y su espíritu. Cada cual se habia propuesto pasar en el reposo el resto de sus dias, y cada cual maldecia interiormente la ira y el furor que tantas riñas y contiendas habian suscitado.

Reinaldo, que se veia tan enaltecido por la preferencia con que el monarca cristiano le habia honrado sobre todos los demás campeones, se aprestó gozoso al combate: tenia en poco á Rugiero, y estaba persuadido de que no podria resistirle, ni siquiera hacerle frente, por más que hubiera dado muerte á Mandricardo en el palenque. En cuanto á Rugiero, si bien le envanecia el honor de haber sido elegido por su rey para tan importante empresa como el mejor de todos los guerreros mahometanos, se mostraba triste y apenado, no por efecto del temor; pues ni retrocederia ante Reinaldo, ni ante él y Orlando reunidos, sino por la idea de que su adversario era hermano de su adorada y fiel prometida, la cual le dirigia en sus cartas contínuas quejas, mostrándose cada vez más contrariada y resentida. Pensaba, y con razon, que si á las anteriores ofensas añadia la de salir á combatir y tal vez á matar á su hermano, el amor que por él sentia hasta entonces se convertiria en un ódio tan violento, que con dificultad podria aplacarle. Mientras Rugiero se lamentaba á sus solas por verse obligado á sostener muy á pesar suyo aquella lucha, su amada derramaba copiosas lágrimas por haber llegado á las pocas horas tan funesta nueva á sus oidos. Golpeábase el pecho, mesaba sus dorados cabellos, heria sus inocentes y llorosas mejillas, y acusando al destino de cruel, llamaba á Rugiero ingrato y despiadado. Cualquiera que fuese el resultado del combate, no podria menos de ser terriblemente doloroso para ella. Se le partia el corazon solamente al pensar que Rugiero pudiera sucumbir en la contienda; pero si el Dios de los cristianos, haciéndoles sentir el peso de su enojo, permitia que la Francia fuese vencida y humillada, resultaria para Bradamante un daño más transcendental y lamentable; porque no solo perderia á su hermano, sino que le seria ya de todo punto imposible, á no ser que arrostrara la vergüenza, el baldon y la enemistad de todos los suyos, reunirse á su prometido esposo tan públicamente como deseaba, y tal como se habia propuesto muchas veces, pensando en ello dia y noche: aunque por otra parte, los lazos de amor y los juramentos que unian á los dos amantes eran tan terminantes y formales, que no habia medio de retractarse ó arrepentirse.

En medio de su desesperacion, acudió á socorrerla aquella que jamás la abandonaba en la adversidad: me refiero á la mágica Melisa, que no pudo menos de estremecerse al oir los lamentos y sollozos de Bradamante. Se esforzó en consolarla, y le ofreció que en la ocasion oportuna pondria remedio á sus cuitas, é impediria aquella lucha futura, causa de su llanto y de sus desvelos.

Entre tanto Reinaldo y Rugiero aprestaban sus armas para el combate: concedióse la eleccion de estas al campeon del Romano imperio, y Reinaldo, que desde la pérdida de Bayardo no habia vuelto á montar á caballo, quiso que la pelea fuese á pié, y que sus armas consistiesen en coraza, cota de malla, hacha y puñal. Ya fuera efecto de la casualidad, ó consejo de su cauto y perspicaz Malagigo, el cual sabia que para los tajos de Balisarda no servian de nada las armaduras, convinieron los dos guerreros, como he dicho, en que no harian uso de la espada. En cuanto al sitio del combate, lo señalaron en una gran llanura próxima á los antiguos muros de Arlés.

Apenas salió la vigilante Aurora del palacio de Titon para dar principio al dia prefijado y anunciar la hora designada para el combate, cuando se adelantaron los heraldos de uno y otro campo, y levantaron pabellones en los extremos del palenque, cerca de los cuales establecieron dos altares. Al poco rato se vió salir, escuadron por escuadron, al ejército pagano, y en medio de él al Rey de África cubierto con una magnífica armadura, y rodeado de toda la pompa y suntuosidad orientales. A su lado cabalgaba Rugiero sobre un caballo bayo, de negras crines, frente blanca y patas traseras de igual color: el arrogante Marsilio no se desdeñaba de servir de escudero al jóven campeon, llevando el casco que Rugiero ganara poco antes con tanto trabajoal Rey de Tartaria, aquel casco, inmortalizado ya por otros versos, y que mil años antes habia usado el troyano Héctor. Otros príncipes y señores de la corte se habian repartido las restantes armas, incrustadas de piedras preciosas y admirablemente cinceladas de oro.

Carlomagno salió casi al mismo tiempo de sus atrincheramientos con sus tropas cuidadosamente formadas en órden de batalla. Rodeábanle sus famosos Pares; y junto á él marchaba Reinaldo, cubierto con todas sus armas, menos el yelmo que fué de Mambrino, confiado á la sazon á Ogiero el dinamarqués, uno de los paladines. Llevaban las dos hachas de armas, una el duque Namo, y otra, Salamon, rey de Bretaña.

Cárlos reunió á todos los suyos á un lado del palenque: los moros africanos y españoles se formaron al otro lado. Entre uno y otro ejército quedaba un gran espacio vacío: cualquiera que se atreviese á entrar en él, seria castigado con la muerte, segun mútuo acuerdo de los dos monarcas. Despues de conceder la segunda eleccion de armas al campeon del ejército pagano, se adelantaron dos sacerdotes de una y otra religion con un libro en la mano: en el del uno estaba escrita la perfecta vida de Jesucristo; en el del otro el Coran: el emperador acompañaba al sacerdote del Evangelio, y Agramante acompañaba al otro.

Acercóse Cárlos al altar levantado por los suyos, y elevando las manos al cielo, exclamó:

—¡Oh Dios eterno, que quisiste morir por redimir nuestras almas! ¡Oh Vírgen sacratísima, cuya virtud fué tan grata al Supremo Hacedor, que Dios tomó en tus entrañas la forma humana, y le llevaste nueve meses en tu santo seno, conservando siempre tu inmaculada pureza! Sed testigos de que prometo, si sucumbe mi campeon en la pelea,que yo y todos mis sucesores pagaremos al rey Agramante, ó á quien le suceda en el gobierno de sus estados, veinte cargas anuales de oro puro, y prometo tambien empezar la tregua, que se convertirá en paz perpétua: si falto á mi promesa, inflámese en el acto vuestra formidable cólera, y caiga sobre mi cabeza y la de mis hijos, de modo que se comprenda desde luego que la hemos merecido por no haber cumplido nuestra palabra: solo os suplico que mi pueblo se libre de vuestro justo castigo.

Mientras Cárlos hablaba así, tenia la mano puesta sobre el Evangelio y los ojos fijos en el cielo.

Aproximóse entonces Agramante al altar que los paganos habian adornado espléndidamente, y juró que regresaria al África con todo su ejército, y pagaria á Cárlos un tributo igual, si Rugiero quedaba vencido aquel dia, añadiendo que desde luego existiria entre ellos una tregua con las condiciones enunciadas antes por el Emperador. Imitando á este, puso por testigo á Mahoma, con la mano colocada sobre el libro que le presentaba su sacerdote, de que prometia observar fielmente cuanto habia ofrecido. Los dos monarcas se separaron en seguida con presteza, volviendo cada cual á ponerse al frente de sus tropas. Adelantáronse acto contínuo entrambos campeones, para prestar su respectivo juramento. Rugiero prometió que, si su rey le ordenaba por sí mismo ó por cualquier otro conducto la suspension del combate, abandonaria su servicio y pasaria á militar á las órdenes del Emperador. Reinaldo juró á su vez que, si Carlomagno era causa de que se interrumpiera el combate, mientras no quedara vencido ninguno de los dos campeones, se uniria al ejército de Agramante.

Una vez terminadas las ceremonias preliminares, pasó cada cual al lado de los suyos, y á los pocos momentos dieronlos clarines la señal del combate. Los animosos guerreros salieron á encontrarse con paso lento y estudiado. Inmediatamente empezó el ataque, y se oyó resonar el ruido de las armas, que esgrimian con sin igual presteza. Con el hacha ó con el puñal se descargaban furiosos golpes en la cabeza y en las piernas con tal destreza y agilidad, que solo viéndolo podia creerse. Rugiero, que combatia contra el hermano de la que poseia su destrozado corazon, procuraba herirle con tal miramiento, que le creyeron menos valiente que su adversario: más atento á la defensa que al ataque, él mismo no sabia lo que deseaba; pues al paso que le hubiera disgustado profundamente dar muerte á Reinaldo, no queria tampoco perder su vida.

Pero he llegado á un punto en que es preciso suspender este relato. En el canto siguiente oireis su conclusion, si quereis venir á escucharla.


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