The Project Gutenberg eBook ofOrlando Furioso, Tomo IIThis ebook is for the use of anyone anywhere in the United States and most other parts of the world at no cost and with almost no restrictions whatsoever. You may copy it, give it away or re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included with this ebook or online atwww.gutenberg.org. If you are not located in the United States, you will have to check the laws of the country where you are located before using this eBook.Title: Orlando Furioso, Tomo IIAuthor: Lodovico AriostoTranslator: Manuel Aranda y SanjuanRelease date: May 28, 2015 [eBook #49063]Most recently updated: October 24, 2024Language: SpanishCredits: Produced by Carlos Colón, Rachael Schultz and the OnlineDistributed Proofreading Team at http://www.pgdp.net*** START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK ORLANDO FURIOSO, TOMO II ***
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Title: Orlando Furioso, Tomo IIAuthor: Lodovico AriostoTranslator: Manuel Aranda y SanjuanRelease date: May 28, 2015 [eBook #49063]Most recently updated: October 24, 2024Language: SpanishCredits: Produced by Carlos Colón, Rachael Schultz and the OnlineDistributed Proofreading Team at http://www.pgdp.net
Title: Orlando Furioso, Tomo II
Author: Lodovico AriostoTranslator: Manuel Aranda y Sanjuan
Author: Lodovico Ariosto
Translator: Manuel Aranda y Sanjuan
Release date: May 28, 2015 [eBook #49063]Most recently updated: October 24, 2024
Language: Spanish
Credits: Produced by Carlos Colón, Rachael Schultz and the OnlineDistributed Proofreading Team at http://www.pgdp.net
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Nota del Transcriptor:Se ha respetado la ortografía y la acentuación del original.Errores obvios de imprenta han sido corregidos.Páginas en blanco han sido eliminadas.
LOS GRANDES POEMAS.
JOYAS DE LA LITERATURA UNIVERSAL.
PUBLICADOS BAJO LA DIRECCION LITERARIA DED. FRANCISCO JOSÉ ORELLANA.
TOMO III DE LA COLECCION.
POEMA ESCRITO EN ITALIANOPOR
LUDOVIGO ARIOSTO
Y TRADUCIDO AL CASTELLANO Y ANOTADOPOR
D. MANUEL ARANDA Y SANJUAN.
TOMO II.
BARCELONA.EMPRESA EDITORIAL LA ILUSTRACION.CALLE DE MENDIZÁBAL, NÚMERO 4.1872.
ES PROPIEDAD.
BARCELONA.ESTABLECIMIENTO TIPOGRAFICO DE JAIME JEPÚS.CALLE DE PETRITXOL, NÚM 9, BAJOS.1872.
ORLANDO FURIOSO.
Rugiero libra á Riciardeto del suplicio de las llamas, á que le habia condenado el rey Marsilio.—Riciardeto refiere minuciosamente á Rugiero la causa de haber sido condenado á muerte.—Los dos jóvenes pasan luego al castillo de Aldigiero, que los recibe poseido de una gran tristeza, y á la mañana siguiente salen armados á impedir que Malagigo y el buen Viviano caigan en poder de Bertolagio.
¡Cuán violenta es la lucha que sostienen en un corazon juvenil los deseos de gloria y los impulsos del amor! Tan pronto vencedor como vencido uno ú otro sentimiento, todavía se ignora cuál de ellos ejerce un dominio más absoluto. Mucho influyó sin duda alguna en el ánimo de los dos adversarios el sentimiento del deber y del honor, para que suspendieran su amorosa contienda á fin de volar en auxilio de los suyos; pero pudo mucho más el amor, porque de no habérselo exigido así la señora de sus pensamientos, aquella terrible lucha no habria terminado hasta que uno de los dos contendientes alcanzara el laurel de la victoria; y mientras tanto, Agramante y el resto de su ejército estarian esperando inútilmente su auxilio. Bien podemos decir por esto, que no siempre es funesto el amor; pues si con frecuencia perjudica, otras veces es útil.
Habiendo convenido los dos caballeros paganos en diferir sus querellas, se dirigieron juntamente con Doralicia hácia Paris para salvar al ejército africano: con ellos iba tambien el diminuto enano que habia ido siguiendo las huellas del Tártaro, hasta conseguir que el celoso Rodomonte le alcanzara. Llegaron á un prado, donde estaban descansando á orillas de un arroyo dos caballeros desarmados, y otros dos cubiertos con los yelmos, acompañando á una dama de bello rostro. En otra parte os diré quiénes eran estos personajes; pues antes es preciso que vuelva á hablaros del buen Rugiero, á quien dejé en el momento en que arrojaba su escudo en un pozo.
Apenas hubo andado una milla, cuando encontró uno de los correos que el hijo del rey Trojano mandaba á todos los caballeros solicitando su socorro. El mensajero le anunció tambien que Cárlos tenia puestos á los sarracenos en tan apurado trance, que si no recibian sin la menor tardanza auxilios, en breve perderian el honor ó la vida. Asaltado Rugiero por una multitud de pensamientos, no sabia á cual dar la preferencia, si bien es verdad que ni el sitio ni la ocasion eran los más á propósito para que se formara maduramente su opinion. Por último, dejó marchar al mensajero, y revolvió su caballo en la direccion que le indicaba la afligida dama, la cual iba estimulándole incesantemente para que acudiera en defensa del doncel, sin permitirle el menor reposo.
Siguiendo, pues, su marcha, llegaron á la caida de la tarde á una ciudad situada en medio de la Francia, la cual estaba en poder del rey Marsilio, quien la habia conquistado en aquella guerra. No se detuvieron en el puente ni en las puertas; pues aun cuando en torno del rastrillo y de los fosos se veia un gran número de soldados y de aprestos belicosos, nadie les estorbó el paso. Como los soldados conocian á la dama que iba en compañía de Rugiero, le dejaron pasar libremente, sin preguntarle siquiera de donde venia. Llegó á la plaza, encontrándola llena de una multitud cruel, apiñada en derredor de una siniestra pira, sobre la cual divisó pálido y macilento al jóven condenado á perecer entre sus llamas.
En cuanto Rugiero fijó sus miradas en aquel rostro abatido y lloroso, creyó ver á la misma Bradamante; tal era la semejanza del jóven con ella. Cuanto más detenidamente contemplaba su faz y su talante, tanto más se convencia de que era ella, diciendo para sí: «Ó esa es Bradamante, ó no soy yo el mismo Rugiero que antes. Arrastrada por su audacia, habrá querido tal vez defender al cautivo, y teniendo mal éxito su empresa, habrá quedado aprisionada, como estoy viendo. ¿Por qué esa precipitacion que no le ha permitido esperarme para compartir conmigo los peligros de esta aventura? ¡Ah! ¡gracias á Dios, he llegado á tiempo de salvarla!»
Y sin vacilar un solo instante, desenvainó la espada (porque su lanza habia quedado hecha pedazos junto al castillo de Pinabel), y lanzando su caballo sobre aquella multitud inerme, empezó á describir círculos con su acero, cortando frentes, rostros y gargantas. El populacho emprendió la fuga, despidiendo gritos atronadores, quedando muchos tendidos en el suelo, los más atropellados y los otros con la cabeza rota. Cual bandada de pájaros que, revoloteando seguros por las orillas de un estanque, en busca de su alimento, al ser acometidos de improviso por el rapaz halcon que se apodera de uno de ellos, se dispersan todos, abandonando al prisionero sin cuidarse siquiera de librarlo de las garras de su enemigo, así hizo aquella multitud en cuanto elvaliente Rugiero dió tras ella. A cuatro ó seis de los que fueron más lentos en huir les cortó la cabeza á cercen con la mayor limpieza; hendió á otros tantos hasta el pecho, y á muchos más hasta los ojos ó los dientes. Verdad es que ninguno de ellos llevaba casco, sino cofias de brillante hierro; pero aun cuando hubiesen sido yelmos del temple más fino, los habria partido del mismo modo, ó poco menos.
No se encuentra en ningun caballero moderno la fuerza de que estaba dotado Rugiero; fuerza que superaba á la del oso, á la del leon, y á la de cualquiera de los animales conocidos: tal vez podria compararse á la de un terremoto, ó á la del Gran Diablo[1], no el del Infierno, sino el de mi Señor; que con su fuego hace retroceder al cielo, á la tierra y al mar. Cada uno de sus golpes derribaba por lo menos un hombre; con frecuencia dos, y algunas veces hasta cuatro ó cinco: así es que pronto dejó ciento tendidos á sus piés. Su centelleante espada cortaba el más duro acero cual si fuese blanda cuajada. Falerina forjó aquella espada terrible en el jardin de Orgagna, para dar con ella la muerte á Orlando, pero harto le pesó haberla fabricado, pues vió su jardin destrozado con su propia obra; y si entonces causó tanta ruina y tal estrago, ¿qué no deberia hacer á la sazon, manejada por un héroe cual Rugiero? Si alguna vez se sintió este guerrero poseido de furor; si hizo alarde de su fuerza; si dió las más ostensibles pruebas de su valor indomable, nunca como entonces lo sintió, lo hizo ó las dió, creyendo batirse por su amada. Las turbas se defendian de él, ni más ni menos que una liebre perseguida por galgos: muchos fueron los que quedaron en el sitio; infinitos los que huyeron.
Rugiero salva á Riciardeto, condenado á perecer en las llamas.(Canto XXV.)
Rugiero salva á Riciardeto, condenado á perecer en las llamas.(Canto XXV.)
La dama habia desatado entre tanto las ligaduras que al jóven sujetaban, y le armó como pudo, presentándole un escudo y una espada: al verse libre el ofendido mancebo, procuró vengarse á su sabor de aquella gente, y dió tan evidentes muestras de su vigoroso brazo, que en breve fué tenido por valiente y esforzado. Ya habia sepultado el Sol sus doradas ruedas en los mares de Occidente, cuando el victorioso Rugiero salió con su protegido de la ciudad. Luego que el doncel se halló en completa seguridad fuera de las puertas, dió á su libertador una y mil veces las gracias, con palabras nobles y delicadas y gentil donaire, por haberle socorrido, á pesar de no conocerle, arriesgando para ello su vida, y terminó rogándole que le dijese su nombre, á fin de saber á quién debia tanto agradecimiento.
—Esas son, decia entre sí Rugiero, las bellas facciones, la graciosa apostura y el rostro encantador de Bradamante; pero su dulce voz no es la que oigo, ni el modo de manifestarme su gratitud es el que ella usaria con su leal amante. Pero si es en efecto Bradamante, ¿cómo ha podido olvidar tan pronto mi nombre?
Para asegurarse de la verdad, Rugiero dirigió con cierta astucia al mancebo esta pregunta:
—Estaba pensando en que os he visto en otra parte, y por más que esfuerzo mi imaginacion, no sé ni puedo recordar en qué sitio: ¿quereis decírmelo vos, si os acordais, y quereis decirme tambien vuestro nombre, á fin de saber á quien ha salvado hoy de las llamas mi oportuno socorro?
—Bien podrá ser que me hayais visto en otra parte, respondió el jóven; pero á mi vez ignoro dónde y cuándo, porque tambien yo voy recorriendo el mundo en busca de aventuras. Es posible asimismo que hayais visto á una hermana mia, que viste armadura y ciñe espada: somos mellizos, y nuestra semejanza es tal, que ni los individuos de nuestra familia pueden distinguirnos á uno de otro. No sois el primero, ni el segundo, ni el cuarto de los que han incurrido en este error, tanto más disculpable, cuanto que caen con frecuencia en él nuestro padre, nuestros hermanos y hasta nuestra madre. En lo único que me diferenciaba de mi hermana era en los cabellos, que yo llevo cortos y descuidados como hacen los demás hombres, al paso que ella los tenia largos y trenzados en derredor de la cabeza; pero desde que recibió en la cabeza una herida, cuyo motivo seria harto prolijo referir, y un siervo de Dios le cortó la cabellera á la altura de la oreja para curarla, no ha quedado una sola señal que nos distinga, excepcion hecha del sexo y el nombre. Yo me llamo Riciardeto, ella Bradamante, y ambos somos hermanos de Reinaldo. Y si no fuera por temor de molestaros, os referiria una aventura que os dejaria asombrado, originada por mi semejanza con mi hermana, y que si al principio me causó algun placer, trocóse pronto en acerbo disgusto.
Rugiero, para cuyo oido no habia versos tan armoniosos ni historias tan halagüeñas como cuanto tuviera relacion con su amada, dirigió las más vivas instancias á Riciardeto para que le refiriera aquella aventura: el jóven, accediendo á ellas, prosiguió hablando de esta suerte:
—Sucedió en aquel tiempo, que pasando mi hermana por uno de los bosques próximos, fué herida por la saeta de un sarraceno, en ocasion en que no llevaba puesto el yelmo, viéndose obligada á cortarse sus largos cabellos para sanar de la peligrosa herida que recibiera en la cabeza. Restablecida y rapada, como digo, volvió á internarse en el bosque, y vagando por él, llegó á un manantial al que prestaban los árboles grata sombra. Como estaba rendida y disgustada, se apeó del caballo, quitóse el casco, y quedó en breve dormida sobre la fresca yerba. No creo que pueda contarse una fábula más bella ni extraordinaria que esta aventura. Mientras descansaba Bradamante, acertó á pasar por allí Flor-de-Espina de España, que andaba cazando por el bosque, y cuando tropezó con mi hermana que estaba completamente armada, pero con la cabeza descubierta, y ceñia una espada en vez de empuñar una rueca, creyó hallarse en presencia de un caballero. Tanto tiempo estuvo contemplando su hermoso rostro y su varonil aspecto, que quedó prendada de mi hermana; é invitándola á cazar, se alejó de sus compañeras, y se ocultó con ella en lo más espeso del bosque.
»Así que hubo llegado á un sitio solitario en donde no temia que la sorprendieran, con sus palabras y acciones fué poco á poco descubriendo la aguda herida de su corazon traspasado; sus ojos ardientes, sus abrasados suspiros no tardaron en descubrir el deseo que consumia su alma; su rostro perdia el color y se encendia alternativamente, hasta que por último, fuera de sí, se atrevió á darle un beso. Mi hermana habia conocido desde luego la equivocacion que aquella dama padecia; pero, imposibilitada de satisfacer sus deseos, se encontraba en el mayor compromiso.—«Mejor será, decia entre sí, apresurarme á deshacer su error, revelándole mi verdadero sexo, que consentir en que me tenga por un caballero descortés.»—Y decia la verdad; porque era una villanía, propia tan solo de un hombre hecho de estuco, dejarse requebrar por tan linda doncella, llena de dulzura y de amorosa pasion, y entretenerla con palabras vanas permaneciendo con las alas bajas como un buho. Procuró, pues, con la mayor prudencia descubrirle la verdad, manifestándole que era tambien una doncella, quebuscaba la gloria por medio de las armas, cual otra Hipólita ó Camila; añadiendo que habia nacido á orillas del mar de África, en la ciudad de Arcilla, y que desde su edad más temprana se habia ejercitado en el manejo de la espada y de la lanza.
»Esta confesion no apagó una sola chispa del fuego que abrasaba á la enamorada doncella: tanto era lo que Amor habia profundizado su dardo, que este remedio fué demasiado tardío para su penetrante herida. A pesar de tal revelacion, no le pareció menos bello el rostro, menos bella la mirada, ni menos bellos los atractivos todos de mi hermana; así como tampoco logró recobrar su corazon, que, separado de su pecho, se solazaba en los amados ojos de Bradamante. Imaginó que, mientras la viera cubierta con su armadura, tal vez podria conseguir que no la consumieran sus mismos deseos; mas cuando consideraba que era una mujer, suspiraba, gemia, y demostraba el dolor más vivo. Cuantos hubiesen escuchado aquel dia sus querellas y sus llantos, habrian llorado seguramente con ella.—«¡Qué tormentos, decia, ha habido tan crueles que no lo sean más los mios! Fácil me habria sido alcanzar el término deseado de cualquier otro amor, inocente ó culpable; habria sabido separar la rosa de las espinas; solo á mi anhelo no hallaré fin. ¡Oh Amor! si has querido atormentarme, porque te pesaba mi feliz y tranquilo estado, debieras contentarte con hacerme sentir los martirios que impones á los demás amantes. Entre los hombres y los animales, jamás he visto que la hembra ame á la hembra: nunca ha seducido la belleza de una mujer á otra, así como la cierva no se ha enamorado de otra cierva, ni la oveja de otra oveja. De cuantos seres existen en la tierra, en el aire y en el mar, yo soy la única que padece tan insoportable martirio: sinduda has pretendido que mi lastimoso error sea el ejemplo más terrible de tu inmenso poder. La esposa del rey Nino[2], al amar á su propio hijo, sintió deseos tan nefandos como impuros: la pasion que concibió Mirra por su padre y la Cretense por el toro[3]fué odiosa sin duda; pero la mia es más insensata que todas ellas. La hembra se enamoró del varon, esperó el fin de sus deseos y lo consiguió: Pasifae se metió en una vaca de madera para lograrlo, así como otros lo realizaron por varios medios y de diferentes modos; pero aunque me socorriese Dédalo[4]con todo su ingenio, no podria desatar el nudo que formó con demasiada habilidad el poderoso Hacedor de cuanto existe en la naturaleza.»
»Tales eran las quejas y lamentos de la hermosa doncella, que se consumia interiormente, sin poder recobrar la perdida calma. Tan pronto se golpeaba el rostro, como se mesaba los cabellos ó procuraba vengarse de sí contra sí misma. Mi hermana no pudo menos de condolerse de aquella afliccion y derramar algunas compasivas lágrimas, procurando calmar tan loca como vana pasion; pero se esforzaba inútilmente en consolarla. Flor-de-Espina, que deseaba auxilio y no consuelo, continuaba lamentándose más y más, y exhalando incesantes sollozos. Empezaban ya los últimos rayos del Sol á teñir de púrpura el Occidente, y se aproximaba la hora de que buscara más seguro asilo todo el que no quisiera pasar la noche en la selva, por lo cual la doncella ofreció á Bradamante hospitalidad en esta ciudad, poco distante del bosque. Mi hermana no pudo resistir á susruegos y llegó en su compañía al sitio en que la muchedumbre perversa y cruel me habria arrojado á las llamas, si no os hubiéseis presentado.
»Flor-de-Espina dispuso que acogiesen á mi hermana con el mayor agasajo, é hizo además que trocara su férrea armadura por un rico traje propio de su sexo, para que todos conocieran que era una mujer la que la habia acompañado; pues comprendiendo que ninguna utilidad le reportaria el aspecto varonil de mi hermana, deseaba por lo menos evitar las malignas suposiciones que no dejarian de hacerse al verla tan afectuosa con un caballero. Lo hizo tambien con el objeto de ver si podia desechar totalmente de su imaginacion el error en que la habia hecho incurrir el traje guerrero de Bradamante, contemplándola más detenidamente vestida con el que le era adecuado y le revelaba toda la verdad. Aquella noche participaron ambas del mismo lecho, pero su reposo fué muy diferente; pues mientras la una dormia, la otra gemia y lloraba, lamentándose de que su deseo fuera cada vez más ardiente. Si el sueño cerraba por algunos momentos sus párpados, la atormentaban imaginarios ensueños, figurándose ver que el cielo le concedia que Bradamante trocara su sexo por otro mejor. Cuando un enfermo, devorado por la sed, logra conciliar el sueño, mientras le abrasa la fiebre, en medio de su agitado reposo se le aparecen las cristalinas aguas de todos los manantiales que recuerda: Flor-de-Espina, lo mismo que el sediento enfermo, veia entre sueños las imágenes más deliciosas y más propicias á sus deseos; pero al despertarse, tropezaba siempre con la triste realidad. ¡Cuántas súplicas, cuántas promesas hizo durante toda la noche á Mahoma y á todos los Dioses para que por medio de un milagro sorprendente y ostensible cambiaran á Bradamante en mejor sexo! Todosfueron inútiles y quizás el cielo no hizo otra cosa sino reirse de ella.
»Pasó la noche, y Febo sacó del seno de las ondas su blonda cabellera, iluminando el mundo. En cuanto apareció el dia y dejaron ambas el lecho, sintió Flor-de-Espina aumentarse su dolor; pues Bradamante, que anhelaba salir de tan embarazosa situacion, manifestó que debia ausentarse. La bella princesa quiso que se llevara en memoria suya un magnífico corcel, enjaezado con franjas de oro, y además una sobrevesta ricamente tejida por sus propias manos. Despues de haberla acompañado hasta una larga distancia, regresó á su palacio, derramando copiosas lágrimas.
»Mi hermana caminó con tal rapidez, que aquel mismo dia llegó á Montalban. Nuestra madre y todos nosotros la recibimos poseidos del mayor júbilo; porque careciendo de noticias suyas estábamos con el mayor cuidado por ella y llegamos á temer que hubiese muerto. Al quitarse el casco, reparamos en que habian desaparecido las hermosas trenzas que hasta entonces rodeaban su cabeza; examinamos tambien maravillados la peregrina sobrevesta que llevaba, y entonces ella nos refirió desde el principio al fin todo cuanto acabo de narraros, diciéndonos cómo fué herida en el bosque; cómo se vió precisada á permitir que le cortaran los cabellos para curar su herida; cómo la sorprendió, mientras estaba durmiendo á la orilla de un arroyo, una linda cazadora, á quien dejó prendada su falsa apariencia, y cómo se retiró con ella á un sitio apartado. Nos habló tambien de la afliccion de Flor-de-Espina, que nos conmovió sobremanera, y por último, nos participó su permanencia en el castillo, y todo cuanto hizo hasta regresar á nuestro lado.
»Yo conocia á Flor-de-Espina por haberla visto en Zaragoza y luego en Francia: sus lindos ojos y sus tersas mejillas me habian agradado en extremo; pero no dejé que tomaran cuerpo mis deseos, convencido de que es un sueño ó una locura el amor sin esperanza. Al presentárseme entonces aquella ocasion tan propicia, sentí de improviso que se reavivaba en mi pecho la antigua llama. Amor se valió de esta esperanza para tejer las redes en que de otra suerte no me hubiera prendido: caí entonces en ellas, y él me inspiró medios más á propósito para conseguir de aquella doncella lo que yo deseaba. Mi estratagema no podria menos de tener buen éxito; pues así como mi semejanza con mi hermana habia engañado á muchos, tal vez engañaria del mismo modo á la apasionada jóven. Estuve por algunos momentos indeciso; pero al fin me pareció que siempre es bueno procurarse lo que nos agrada. No participé á nadie mi proyecto, ni quise que nadie me diese su parecer con respecto á él. Durante la noche, fuí al sitio donde mi hermana tenia recogidas sus armas; me las puse, y salí del castillo cabalgando en el corcel de Bradamante, sin detenerme siquiera á esperar que amaneciese. Guiado por el amor, fuí á buscar á la bella Flor-de-Espina, y llegué á su palacio antes de que el Sol se ocultara de nuevo. Por dichoso se tuvo el que consiguió antes que nadie anunciar á la Reina mi llegada, esperando, en recompensa de tan buena noticia, obtener gracias y favores: como todos participaban del error en que tambien vos habeis incurrido, me habian tomado por Bradamante, con tanto mayor motivo, cuanto que yo llevaba el traje y el caballo con que habia salido mi hermana el dia anterior.
»A los pocos momentos salió Flor-de-Espina á recibirme, colmándome de las más tiernas caricias, con rostro tan radiante de júbilo, que no podia demostrarse más. Rodeó micuello con sus hermosos brazos, y estrechándome suavemente, me besó en la boca. Podeis pensar si el agudo dardo que entonces me disparó el amor dejaria traspasado mi corazon. Cogióme de la mano, y me condujo presurosa á su cámara, donde me quitó el yelmo, las espuelas y las armas, sin querer confiar á nadie este cuidado. Ordenó despues que trajeran uno de sus trajes más ricos y lujosos; lo desdobló por sí misma y se puso á vestirme como si yo fuese en efecto una mujer, encerrando, por último, mis cabellos en una redecilla de oro. Yo procuraba que en mis miradas y en mi expresion se retratase la mayor modestia, lo que conseguí tan bien, que ninguno de mis ademanes revelaba mi sexo; y como por la voz se me podia tal vez conocer, procuré fingirla de modo, que nadie concibió la menor sospecha.
»Entramos despues en un salon, donde se hallaban reunidos muchos caballeros y damas, de los cuales fuimos recibidos con los honores que se conceden á las reinas y grandes señoras. Más de una vez tuve ocasion de reirme de aquellos señores, que no sabiendo que bajo aquel traje femenil se ocultaba un hombre gallardo y animoso, me enamoraban con sus miradas lánguidas ó lascivas. Cerca ya de media noche, y despues de levantar la mesa, que habia estado cubierta de los manjares más exquisitos que ofrecia la estacion, no esperó Flor-de-Espina á que yo solicitase de ella lo que habia sido causa de mi estratagema, sino que me invitó galantemente á que durmiese aquella noche con ella. Despues que nos hubieron dejado solos los pages, los escuderos, las doncellas y las dueñas que nos servian, y cuando ya estuvimos desnudos en un lecho iluminado por tantas luces que parecia de dia, dirigí á Flor-de-Espina estas palabras:
—»No os maravilleis, señora, de haberme visto regresar tan pronto á vuestro lado, cuando tal vez estaríais pensando en que no volveria á hallarme en vuestra presencia sabe Dios hasta cuando. Os diré en primer lugar la causa de mi marcha, y despues la de mi regreso. Si mi permanencia aquí hubiese bastado para calmar vuestros ardorosos deseos, habria consentido de buen grado en no separarme de vuestro lado un solo momento, conceptuándome feliz con vivir y morir en vuestro servicio; pero en vista que mi presencia solo servia para aumentar vuestra afliccion, elegí, á falta de otro medio mejor, el de ausentarme. El hado sin duda me apartó del camino recto, é hizo que me internara en un bosque inextricable, en el que oí cercanos lamentos, cual si fueran despedidos por una mujer en demanda de auxilio. Corrí hácia donde resonaban, y á la orilla de un lago cristalino ví á un fauno, que acababa de coger en sus redes á una doncella desnuda, á la que habia sacado del agua con objeto de devorarla viva. Me precipité sobre él, y con la espada en la mano, porque no me era dado socorrerla de otro modo, arranqué la vida al infame pescador. La doncella se arrojó al momento al agua y me dijo:—«Tu auxilio no quedará sin recompensa, porque sabré premiarte espléndidamente: pídeme lo que quieras: soy una Ninfa que vive en el seno de estas linfas transparentes, y tengo suficiente poder para hacer las cosas más asombrosas, y hasta para que obedezcan á mi voz los elementos y la naturaleza. Pídeme todo aquello á que se extienda mi valimiento, y despues deja á mi cuidado la satisfaccion de tus deseos. A mis cánticos baja la Luna desde el Cielo, se hiela el fuego y se solidifica el aire, y más de una vez han bastado mis más sencillas palabras para hacer temblar la Tierra y detener al Sol en su curso.»—Yo no pedí, á pesar de tantos ofrecimientos, ni los más preciados tesoros, ni dominar pueblos y naciones, ni brillar doblemente por mi virtud y mi valor, ni vencer con honor en todos los combates: únicamente solicité de ella que me allanara un camino cualquiera para satisfacer vuestros deseos, sin indicarle este ó el otro medio, sino dejándolo enteramente á su arbitrio. Apenas le hube expuesto mi demanda, cuando se sepultó otra vez en el lago, y por única respuesta me roció con algunas gotas de agua encantada. Apenas me alcanzaron varias de ellas al rostro, me encontré, sin saber cómo, enteramente transformada, y aun cuando lo veo y lo siento, no puedo dar crédito á una metamórfosis, que de mujer me ha convertido en hombre. Vos tampoco lo creeríais si no os fuera fácil convenceros ahora mismo de ello. Como todo mi anhelo se cifra en complaceros, lo mismo ahora que cuando pertenecia á otro sexo, mandad, y me encontrareis dispuesto siempre á serviros y obedeceros.»
»Así le dije, y Flor-de-Espina no tardó en convencerse de la verdad de mis palabras. Sucede con frecuencia al que ha perdido la esperanza de alcanzar una cosa ardientemente deseada, que mientras más se lamenta por verse privado de ella, más se aflige, se atormenta y encoleriza, y si bien llega á conseguirla, es tanto el pesar que siente por haber estado largo tiempo sembrando en la arena, y tan malos los resultados de la desesperacion, que no puede dar crédito á sus ojos y permanece en la mayor confusion. Esto mismo le aconteció á la jóven que, á pesar de haberse persuadido de la realidad, temia aun ser presa de un sueño halagador. Convencida, por último, exclamó fuera de sí: «¡Oh cielos, si esto es tan solo un sueño, haced que no despierte nunca!»—No fué necesario el agudo sonido de los clarines ni el ruido atronador de los tambores para empezar el amorosoasalto; bastaron como señal para darlo los besos que, cual amantes palomas, empezamos á cambiarnos, y sin necesidad de saetas ni de hondas, me apoderé de la fortaleza en que planté mi estandarte victorioso, humillando á mi dulce enemiga.
»Si el lecho de Flor-de-Espina habia sido la noche anterior testigo de sus quejas y suspiros, en aquella lo fué de nuestras risas, fiestas y suaves placeres. Los flexibles acantos no entrelazan más estrechamente con sus nudos las columnas y los capitales, como pasamos toda la noche Flor-de-Espina y yo en brazos uno de otro.
»Oculto entre ambos el secreto de nuestro amor, disfrutamos de sus placeres por espacio de algun tiempo; mas no faltó quien lo descubriera, y hasta llegó á oidos del Rey, por mi desgracia. Vos, señor, que me habeis arrancado de las manos de los que encendieron la hoguera en la plaza, comprendereis fácilmente el resto; pero solo Dios conoce el desconsuelo en que he quedado.»
Rugiero y Riciardeto llegan al castillo de Agrismonte.(Canto XXV.)
Rugiero y Riciardeto llegan al castillo de Agrismonte.(Canto XXV.)
En tales términos refirió Riciardeto sus aventuras á Rugiero, haciendo con este relato menos pesada su nocturna marcha, mientras subian por un monte rodeado de peñascos y precipicios. Un escarpado sendero, angosto y lleno de rocas, les abria camino con fatigosa llave. En la cima de aquel monte se asentaba el castillo de Agrismonte del que era gobernador Aldigiero de Claramonte: este era hijo bastardo de Buovo y hermano de Malagigo y de Viviano, aunque algunos, con temerario aserto, han asegurado que era hijo legítimo de Gerardo. Pero fuese lo que quiera, lo cierto es que era valeroso, prudente, liberal, cortés y humano, y guardaba dia y noche cuidadosamente el castillo fraternal. Aldigiero, que amaba en extremo á su primo Riciardeto, dispensó á Rugiero la cortés acogida quele era debida, y Rugiero le correspondió del mismo modo por respetos á su jóven compañero. Sin embargo, no salió á su encuentro tan alegremente como solia, sino que los acogió con triste semblante, por haber recibido aquel dia una noticia que anubló la ordinaria serenidad de su corazon y de su rostro. En vez de saludar á Riciardeto, le dijo:
—Primo mio, tenemos malas noticias: he sabido hoy por conducto de un mensajero de toda confianza, que el infame Bertolagio de Bayona ha convenido con la cruel Lanfusa en que le haria presentes de gran valor, con tal que ella le entregara á nuestros dos hermanos Malagigo y Viviano. Desde el dia en que Ferragús los hizo prisioneros, los ha tenido Lanfusa encerrados en un sitio malsano y privado de la luz del dia, hasta el momento en que ha ajustado con Bertolagio el pacto bárbaro y desleal de que te hablo. Mañana los debe entregar al de Maguncia en uno de sus castillos, situado en los confines de Bayona. Él mismo debe ir en persona á pagar el precio de la sangre más ilustre que existe en Francia. Acabo de avisar á nuestro Reinaldo lo que ocurre, por medio de un mensajero diligente; pero no creo que pueda llegar á tiempo, porque el camino es largo y penoso. No cuento con bastante gente para salir de estas murallas, y si bien mi deseo es grande, los medios no me acompañan. Si aquel traidor logra tenerlos en su poder, los inmolará sin remedio: así es que no sé qué hacer ni qué decir.
Mucho afligió á Riciardeto tan triste nueva; y Rugiero, al ver pesaroso á su amigo, se contristó tambien; mas observando que uno y otro guardaban silencio, y que no se les ocurria ningun medio para evitar aquel conflicto, les dijo con su decision habitual:
—Calmad vuestra inquietud; que yo solo me encargo deesta empresa: este acero que veis valdrá por mil, tratándose de libertar á vuestros hermanos. No necesito más gente ni más ayuda; pues me considero bastante para cumplir yo solo lo que ofrezco: únicamente os pido un guia que me conduzca al sitio donde debe tener efecto el cange, y en cambio os prometo que desde aquí habeis de oir los gritos de cuantos presencien tan impía accion.
Así exclamó, y por cierto que no dijo una cosa nueva para Riciardeto, que ya habia tenido ocasion de ser testigo de sus proezas; pero Aldigiero le oia como se suele escuchar á un hombre que habla mucho y sabe poco. Riciardeto le llamó aparte y le refirió cómo, merced á él, acababa de librarse de las llamas, asegurándole que cuando llegara la ocasion sabria hacer mucho más de lo que prometia. Entonces Aldigiero le escuchó con mayor atencion, formó de él el concepto que por su valor merecia, y le ofreció una cena abundante y espléndida en la cual le dispensó los mismos honores que si fuese su señor. Habiendo convenido, por último, en que era posible rescatar á los dos hermanos sin necesidad de más ayuda, se retiraron á descansar, y pronto cerró el sueño los párpados de todos los moradores del castillo, excepto los de Rugiero, que permaneció despierto, molestado por una punzante idea Pesaba cual una losa sobre su corazon la noticia del peligro en que se hallaba Agramante, segun le habia participado aquel mismo dia el mensajero de dicho rey. Veia claramente que la menor demora en socorrerle redundaba en su deshonor, y consideraba con espanto la infamia, el escarnio que sobre él recaerian, yendo con los enemigos de su señor. ¡Y cuán grande no seria su falta, y el desprecio con que todos le mirarian, si escogiera tal momento para bautizarse! En cualquiera otra circunstancia hubiérase creido que su conversion era inspirada poruna verdadera fé; pero entonces, cuando más necesitaba Agramante de su auxilio para romper el cerco en que le tenian estrechado, todos hubieran creido que la cobardía y la pusilanimidad, y no la conviccion de abrazar una creencia más pura, eran los móviles verdaderos de su determinacion.
Esta idea fatal traspasaba el corazon de Rugiero, aunque tampoco dejaba de atormentarle la de tener que ausentarse sin despedirse de su amada. Asaltado sin cesar por tan encontrados pensamientos, tan pronto se decidia su vacilante corazon por unos como por otros. Por mucho tiempo tuvo formado el designio de ir á buscar á Bradamante al castillo de Flor-de-Espina, adonde debian haberse dirigido los dos para salvar á Riciardeto. Acordóse despues de que le habia prometido esperarla en Valleumbroso, y consideraba cuál seria el asombro de la doncella al encontrarse en el monasterio sin su amante. ¡Si al menos pudiera enviarle un mensajero ó una carta, á fin de que ella no tuviese que lamentarse de la poca obediencia de su Rugiero y de que él se hubiese alejado sin decirle una palabra!
Despues de haber forjado mil distintos pensamientos, se decidió á escribir á Bradamante cuanto le ocurria, y aun cuando no sabia cómo enviarle la carta de modo que llegara á sus manos con toda seguridad, no quiso dejar de hacerlo, esperando que por el camino podria fácilmente encontrar algun mensajero fiel. Sin más tardanza, saltó del lecho y pidió papel, tinta, plumas y luz. Los cautos y discretos escuderos del castillo facilitaron á Rugiero cuanto les habia pedido, y él se puso á escribir, empezando su carta por los cumplimientos de costumbre: en seguida hizo la relacion del mensaje que habia recibido de Agramante reclamando su auxilio y asegurándole al propio tiempo que si no se apresuraba á prestárselo quedaria muerto ó en poder delos enemigos. Continuó luego haciendo ver á su amada el baldon eterno que caeria sobre él si se negaba á prestar á su rey el auxilio que le pedia en su peligro inminente, y añadió que, debiendo ser su esposo tarde ó temprano, le era forzoso preservar su honor de toda mancha, que le haria indigno de ella, modelo de virtud y lealtad. Procuró despues persuadirla de que, si habia dedicado su vida entera á adquirir un ilustre renombre por medio de sus acciones virtuosas, y si, una vez conseguido tan levantado objeto, lo tenia en mucho y anhelaba conservarlo á toda costa, ahora lo procuraba más y más á fin de hacerla partícipe de él, puesto que cuando les uniera el dulce yugo de himeneo no formarian sino una sola alma unida en dos distintos cuerpos. Reprodujo en su carta la promesa que hiciera verbalmente á Bradamante, ofreciéndole de nuevo que en cuanto finalizara el plazo durante el cual estaba obligado á servir lealmente á su rey, y dado caso de que no muriese, se convertiria á la fé cristiana tan ostensiblemente como en secreto y por su voluntad habia creido siempre en ella, y que inmediatamente pediria su mano á Reinaldo, á su padre y á sus demás parientes.
«Te suplico, añadió, que me concedas permiso para salvar al ejército de mi Señor, á fin de sellar los lábios del vulgo ignorante, que no dejaria de decir, para vergüenza y baldon mio:—«Mientras la fortuna se mostró favorable á Agramante, Rugiero no le abandonó un solo momento; pero ahora que ha pasado á favorecer á Cárlos, él se ha puesto al lado del vencedor!»—Solo te pido quince ó veinte dias de término; el tiempo necesario para presentarme en el campamento sarraceno, y poder romper el grave asedio que le oprime. Una vez libres los africanos, buscaré un pretexto justo y conveniente para volver á tu lado. A estose reduce cuanto solicito de tí para salvar mi honor; despues te consagraré el resto de mi vida.»
Con estas ó semejantes frases fué Rugiero expresando en su carta cuantos pensamientos se agolpaban á su imaginacion, los cuales fueron tantos que no me es posible reproducirlos. Baste decir que no dió fin á su epístola sino cuando hubo escrito todo el pliego. Despues de concluida, la cerró y guardó en su pecho despues de sellarla, esperando encontrar al dia siguiente quien la entregara en secreto á su dama. Cuando tuvo cerrada la carta, cerró más tranquilo los ojos en el lecho, hasta que acudió el sueño, rociando su cuerpo con las ramas empapadas en el licor del Leteo: durmió hasta la hora en que se ven vagar esas nubecillas blancas y sonrosadas, que van esparciendo por todos los risueños límites del Oriente las más brillantes y matizadas flores.
No tardó en salir el dia de su áurea morada, y en cuanto los pájaros, ocultos en la enramada, empezaron á saludar á la nueva aurora, saltó del lecho Aldigiero, deseoso de servir de guia á Rugiero y á su primo, para conducirlos cuanto antes al sitio en que debian arrancar á sus dos hermanos del poder del infame Bertolagio. Al oirlo sus huéspedes, se levantaron tambien con la mayor presteza. Luego que estuvieron vestidos y bien armados, se puso Rugiero en marcha con los dos primos, despues de haberles rogado en vano repetidas veces que le confiaran á él solo el cuidado de aquella empresa; pero ellos, ardiendo en deseos de salvar á sus hermanos, y no pareciéndoles decoroso abandonar á Rugiero, se negaron á ello más firmes que las rocas, y no quisieron consentir en que partiese solo.
Llegaron en el mismo dia al sitio en que debian ser vendidos los dos hermanos: era una vasta llanura, abrasadapor los ardientes rayos del Sol: no se descubrian en ella mirtos, laureles, cipreses, fresnos ni hayas: tan solo se veian plantas raquíticas ó alguno que otro humilde arbusto, jamás molestado por el azadon ó por el arado. Los tres audaces guerreros hicieron alto en un sendero que atravesaba la llanura y vieron venir hácia ellos un caballero, que llevaba una armadura con adornos de oro, y por enseña, en campo verde, el ave hermosa y peregrina que vive más de un siglo. Pero basta ya, Señor; que he llegado al final de este canto, y necesito descansar algunos momentos.
Malagigo explica á sus compañeros la significacion de las esculturas que ven en una fuente.—Llegan Mandricardo y Rodomonte y emprenden luchas parciales con unos y otros.—La Discordia vaga en torno de ellos, y les infunde nuevos deseos de pelear.—El valiente Rey de Sarza vuela en seguimiento de Doralicia, y Mandricardo tras él.
Hubo en la antigüedad mujeres dignas, que prefirieron la virtud á las riquezas: en nuestros dias, por el contrario, se encuentran muy pocas que no sobrepongan á todo el interés. ¡Cuán dignas son de alcanzar la felicidad en esta vida y una fama gloriosa é imperecedera despues de su muerte aquellas que, inspiradas por la pureza de su alma, rechazan los ejemplos de avaricia de las otras! Digna de eterno renombre fué Bradamante por no haber puesto su amor en las riquezas y poderío, sino en la virtud, en el esforzado ánimo y en la sin par gallardía de su Rugiero, mereciendo quetan valeroso jóven cifrara en ella todo su cariño é hiciera en su obsequio cosas que pasmarán á las futuras generaciones.
He dicho antes que Rugiero, acompañado de los dos vástagos de la casa de Claramonte, Aldigiero y Riciardeto, se habia puesto en marcha para rescatar á los dos hermanos prisioneros. Dije tambien que habian visto dirigirse hácia ellos á un caballero de arrogante aspecto, el cual llevaba por enseña la imágen del ave, única siempre en el mundo, que renace de sus propias cenizas. En cuanto el recien llegado conoció, por los ademanes de los tres caballeros, que estaban allí preparados para combatir, deseó probarse con ellos, á fin de conocer si su valor correspondia á su marcial apostura.
—¿Hay alguno de vosotros, dijo, que quiera probar si vale más que yo, peleando á lanza ó espada, hasta que uno de los dos, firme en la silla, arroje de la suya á su adversario?
—Aceptando tu reto, contestó Aldigiero, cruzaria de buena gana la espada contigo ó romperia una lanza, si no fuera porque estamos preparados para llevar á cabo otra empresa, de la cual podrás ser testigo si te detienes un momento; y esta empresa reclama en tan alto grado nuestra atencion, que apenas nos da tiempo, no ya para luchar contigo, sino ni siquiera para dirigirte la palabra. Estamos esperando seiscientos hombres ó quizá más, con los cuales hemos de medir nuestras fuerzas, á fin de arrancar de sus manos á dos hermanos nuestros, á quienes traerán cargados de cadenas por este mismo sitio. El cariño fraternal y la compasion nos darán el valor que necesitamos.
Y prosiguió exponiendo los motivos que les hicieron venir apercibidos para el combate.
—Es tan justa la razon que alegas, respondió el guerrero, que no puedo menos de aceptarla; estando además persuadido de que sois tres caballeros cual hay pocos. Yo deseaba cambiar dos ó tres golpes con vosotros, para saber hasta donde alcanzaba vuestro esfuerzo; pero desisto de ello por parecerme suficiente que lo demostreis á costa de otros. Quisiera hacer más aun: desearia unir á los vuestros mi casco y mi broquel, seguro de probaros, si en vuestro favor lucho, que no soy indigno de tal compañía.
Me parece observar que alguno de mis lectores desea saber el nombre del recien llegado, que ofrecia á Rugiero y á sus dos compañeros participar de los peligros de tan arriesgada aventura. Aquella (ya no debo decir aquel) era Marfisa, la guerrera que obligó al mísero Zerbino á acompañar á la malvada vieja Gabrina. Los dos Claramonte y el buen Rugiero la aceptaron gustosos en su compañía, creyendo que era un caballero y no una doncella, y mucho menos una doncella cual Marfisa.
No tardó Aldigiero en descubrir y señalar á sus compañeros una bandera que ondeaba al viento, en torno de la cual caminaba una muchedumbre numerosa: cuando esta se fué aproximando y pudieron distinguir los trajes árabes de los que se acercaban, vinieron en conocimiento de que eran sarracenos: poco despues vieron en medio de ellos á los prisioneros, á quienes conducian atados sobre dos malos caballos, para entregarlos al de Maguncia á cambio de oro.
—¡Ya están ahí! exclamó Marfisa. ¿Qué esperamos para dar principio á la funcion?
Rugiero respondió:
—No han llegado aun todos los convidados, y faltan los mejores. Prepárase un magnífico baile, y debemos hacertodo cuanto esté de nuestra parte para que sea más solemne. Ya no pueden tardar mucho.
Acababa de pronunciar estas palabras, cuando aparecieron los traidores de Maguncia: ya faltaba poco para empezar la danza.
Llegaban por una parte los de Maguncia, conduciendo varios mulos cargados de oro, de telas y otros preciosos objetos; por la otra parte, se adelantaban, entre lanzas, espadas y ballestas, los dos hermanos, tristes y macilentos, viéndose próximos á la muerte, mientras que Bertolagio, su irreconciliable enemigo, cambiaba algunas palabras con el jefe sarraceno. Al ver á aquel traidor, no pudieron contener su furia el hijo de Buovo ni el de Amon, y colocando uno y otro la lanza en el ristre, le acometieron á la vez. La lanza de uno de ellos atravesó el arzon delantero y el vientre del de Maguncia; la del otro le pasó el rostro de parte á parte. ¡Ojalá sufriesen igual castigo todos los malvados!
La acometida de los dos primos fué la señal para que Marfisa y Rugiero atacasen á su vez: la lanza de la primera no se rompió sino despues de haber muerto, uno tras otro, á tres adversarios. Rugiero dirigió su asta contra el jefe de los sarracenos, que cayó instantáneamente sin vida; el mismo golpe hizo que otros dos le acompañaran en su viaje á las regiones infernales. Esta brusca acometida produjo entre los atacados un error que les condujo á su perdicion; pues mientras los de Maguncia se creyeron vendidos por los sarracenos, estos, al verse de tal modo heridos, empezaron á llamarles asesinos, trabándose en seguida entre ambas partes una lucha terrible á lanza, espada y ballesta.
Rugiero se precipitaba, ora entre un bando, ora entre otro, derribando tan pronto diez como veinte guerreros: la doncella inmolaba otros tantos lo mismo de una que deotra parte. Las tajantes espadas hacian saltar sin vida de la silla á todos cuantos alcanzaban; las corazas y los yelmos les ofrecian menos resistencia que la leña seca de un bosque á la accion devoradora de las llamas. Si recordais haber visto ú oido referir alguna vez que, cuando las abejas abandonan su colmena y se van combatiendo por los aires, suele suceder que la hambrienta golondrina las acomete, y las devora, las mata ó las dispersa, podeis imaginar que Marfisa y Rugiero hicieron otro tanto con aquella gente.
Riciardeto y su primo no imitaban á sus dos compañeros en cuanto á sus alternativos ataques á uno ú otro bando: sin cuidarse de los sarracenos, descargaban únicamente su ira sobre los de Maguncia. El hermano del paladin Reinaldo unia á su esforzado ánimo un brazo vigoroso, y en aquella ocasion redoblaba sus fuerzas el ódio que abrigaba en su corazon contra los de Maguncia.
Por igual causa parecia un leon el bastardo de Buovo; el cual, sin conceder el menor reposo á su espada, hendia todos los yelmos ó los aplastaba como si fueran huevos. ¿Y quién no se mostraria atrevido, ó no seria tenido por un nuevo Héctor, yendo acompañado por Rugiero y Marfisa, que eran la flor y nata de todos los guerreros?
Marfisa, al mismo tiempo que combatia, observaba las acciones de sus compañeros, y al ver que no la cedian en bravura, ensalzaba atónita sus proezas; pero excitaba particularmente su asombro el increible valor de Rugiero, tan extraordinario, en su concepto, que no creia tuviera igual en el mundo, suponiendo tal vez que era el mismo Marte que habia bajado á aquella llanura desde el quinto Cielo[5].Admiraba aquellas horribles estocadas; pero era mayor su asombro al ver que nunca las descargaba en vano: no parecia sino que los fendientes de Balisarda tropezaran con armas fabricadas de carton y no de duro metal. Lo mismo partia los yelmos que las más recias corazas; hendia los hombres de arriba á abajo hasta el caballo, ó los partia por medio en dos pedazos, arrojándolos sobre la yerba de la pradera á uno y otro lado. Algunas veces la misma cuchillada daba muerte al caballo y al caballero; separaba con la mayor limpieza las cabezas de los hombros, y con frecuencia tambien segaba los cuerpos por la cintura. Ocasion hubo en que de un solo tajo mató cinco enemigos, y si no fuese por temor de que no se diera crédito á una verdad, que revestiria cierta apariencia de mentira, diria más; pero considero mejor limitarme á lo ya dicho. El buen Turpin, persuadido de que dice la verdad, deja que cada cual crea lo que juzgue conveniente; y refiere cosas tan admirables de Rugiero, que si las oyéseis, diríais que son ficciones.
Marfisa, por su parte, parecia una antorcha inflamada, y de hielo todos sus contrarios: así como ella admiraba las hazañas de Rugiero, este contemplaba con estupor las de la doncella; y si Marfisa habia creido ver en él á Marte, el jóven habria supuesto que se hallaba en presencia de Belona[6], si hubiese podido adivinar que bajo aquella armadura se ocultaba una mujer. Tal vez esta misma admiracion que uno á otro se causaban, hacia nacer en ambos una emulacion fatal para aquella desgraciada gente, de cuya sangre, carne, huesos y nervios, se servian para probar quién de los dos tenia más pujanza.
Bastó el ánimo y valor de los cuatro para dispersar á los soldados de uno y otro bando, los cuales, arrojando las armas, se declararon en vergonzosa fuga. ¡Felices aquellos que poseian un caballo veloz, pues á la sazon no era cosa de ir al paso ni al trote! ¡Desgraciados los que de él carecian, porque á su costa comprendieron lo triste que es practicar á pié la profesion de las armas!
Los vencedores quedaron dueños del campo de batalla y del botin por no haber quedado un solo infante enemigo. Por un lado huyeron los de Maguncia; por otro los moros, abandonando éstos los prisioneros, y aquéllos las acémilas. Apresuráronse los caballeros á cortar, con rostro placentero y más alegre corazon, las ligaduras que sujetaban á Malagigo y á Viviano, mientras los escuderos, no menos diligentes que ellos, se ocuparon en desatar los fardos y descargar las mulas. Además de una abundante vajilla de plata, de algunos trajes de mujer del mayor lujo y de esquisito trabajo, de magníficos tapices de oro y seda, tejidos en Flandes y dignos de adornar una estancia real, y de otras muchas cosas ricas y admirables, hallaron manjares suculentos, pan, y frascos de vino.
Al quitarse los yelmos los cuatro campeones, conocieron por los cabellos rubios y rizados de Marfisa y por su faz bella y delicada, que era una doncella la que les habia dado tan generosa ayuda. La colmaron de toda clase de atenciones, y le rogaron que no ocultase su nombre, digno de imperecedera gloria: ella, que siempre fué cortés con los amigos, se apresuró á satisfacer su deseo. No se podian cansar de contemplarla, recordando las proezas que habia llevado á cabo; pero ella solo hacia caso de Rugiero; tan solo á él dirigia la palabra, teniendo al parecer en poco á los otros dos caballeros. Entre tanto, vinieron los escuderos á anunciarles que podian participar de los manjares abandonados por los fugitivos, con los cuales habian preparado una comida al lado de una fuente, defendida por un montecillo de los rayos del Sol. Esta fuente era una de las cuatro que Merlin habia construido en Francia, rodeándola de mármoles tersos, finos y brillantes, y más blancos que la leche. El encantador habia esculpido en ellos diferentes imágenes de un trabajo admirable: parecia que respiraban, y si no hubiesen carecido de voz, diríase que estaban vivas.
Estaba en aquella fuente representada una fiera de aspecto horrible, feroz y repugnante, que parecia salir de la selva: sus orejas eran de asno; la cabeza y los colmillos, de lobo, y estaba demacrada por el hambre: tenia garras de leon; el resto de su cuerpo era de zorra, y andaba al parecer recorriendo Francia, España, Inglaterra, Italia, y en una palabra, el orbe entero[7]. Por todas partes habia ido hiriendo y matando gente, desde las clases más humildes hasta las más elevadas, y cebando especialmente su saña en los reyes, señores, príncipes y magnates. En la corte romana fué donde hizo más estragos: pues inmoló su furia papas y cardenales, mancilló la hermosa silla de Pedro, y profanó escandalosamente la fé. Al menor contacto de aquella bestia horrenda caian derribadas las murallas y fortalezas: no habia ciudad que pudiera resistirle, ni castillo que no le abriera sus puertas. Parecia que aspirara á los honores divinos, y que el vulgo necio le prestara adoracion; diríase por último que se manifestaba orgullosa de tener en su poder las llaves del Cielo y del profundo abismo.
En pos de ella se veia un caballero con los cabellos ceñidos por el laurel imperial, acompañado de tres jóvenes, cuyas reales vestiduras estaban sembradas de lises de oro: un leon adornado con las mismas insignias marchaba con ellos contra el mónstruo. Unos llevaban sus nombres escritos sobre la cabeza y otros bajo los piés. El caballero que sepultaba su espada hasta el pomo en las entrañas de la maligna fiera llevaba escrito:Francisco I de Francia:á su lado estaba Maximiliano de Austria: el emperador Cárlos V traspasaba con su lanza el cuello del mónstruo, y Enrique VIII de Inglaterra le habia atravesado el pecho con un dardo. El Leon que aferraba con sus dientes las orejas de la fiera, llevaba escrita en el lomo la palabraDécimo[8], y tenia tan abatido al mónstruo con sus violentas sacudidas, que los caballeros pudieron aproximarse á él y herirle á su sabor. Parecia hallarse ya el mundo libre de todo temor, y varios hombres ilustres, aunque no muchos, acudian al sitio en que se quitaba la vida á la fiera, para arrepentirse de sus pasados extravíos.
Marfisa y sus compañeros manifestaron vivos deseos de saber quiénes eran los vencedores del terrible mónstruo que habia esparcido el terror por todo el universo; pues aun cuando sus nombres estaban grabados en la piedra, no les eran manifiestos; por cuya razon se rogaban mútuamente que, si alguno de ellos sabia aquella historia, la refiriese á los otros. Volvióse entonces Viviano hácia Malagigo, que sin pronunciar una palabra, escuchaba á sus compañeros, y le dijo:
—A tí te toca narrar esa historia; pues, por lo que veo, no debes ignorarla. ¿Quiénes son esos guerreros, cuyas lanzas, flechas y espadas han dado muerte á tan horrible fiera?
Malagigo respondió:
—Ningun autor ha podido conocer todavía esa historia. Habeis de saber, que los caballeros, cuyos nombres están grabados en el mármol, no han visto aun la luz del dia;pero dentro de setecientos años serán honra y prez de su siglo. Merlin, el sábio encantador de la Gran Bretaña, hizo construir esta fuente en tiempo del rey Arturo, é hizo tambien esculpir en ella por los más excelentes artífices los acontecimientos venideros.
«Esa bestia cruel salió de las profundidades del Infierno en los tiempos en que se pusieron límites en los campos, se empezaron á usar pesos y medidas, y se hicieron los pactos por escrito[9]. Sin embargo, al principio no recorrió todo el mundo, sino que dejó de visitar bastantes países: mas hoy son ya muchos los pueblos en que ejerce su perniciosa influencia, aun cuando solo ofende al populacho más abyecto y soez. Desde su orígen hasta nuestros dias no ha cesado un punto de crecer, y seguirá creciendo, hasta que con el tiempo llegue á ser el mónstruo mayor y más horrible de cuantos haya visto el universo. La serpiente Piton[10], tan celebrada por los poetas á causa de su tamaño y ferocidad, no tenia la mitad de las dimensiones de aquel, ni era tan abominable y repugnante. Además de sus crueles estragos, contaminará é infestará todos los países; y en esas esculturas no estais viendo más que un pálido reflejo de sus nefandos y terribles efectos. Cuando el mundo esté ya ronco á fuerza de pedir socorro, aparecerán para auxilio de la humanidad esos príncipes, cuyos nombres hemos leido, los cuales brillarán más que el rubí por sus esplendorosas acciones.
«El que más ha de ensañarse con la fiera será Francisco, rey de los franceses; y forzoso es que así suceda puesto que ninguno le aventajará en valor, siendo muy contados los que en él le igualen; por sus virtudes y su régia magnificencia oscurecerá el recuerdo de los personajes que hayan alcanzado mayor renombre, lo mismo que todo esplendor desaparece ante la radiante luz del Sol. En el primer año de su venturoso reinado, y antes de que la corona esté bien ceñida á sus sienes, atravesará los Alpes, desbaratando los proyectos del que se proponga cerrarle el paso[11], é impulsado por una justa y generosa indignacion, vengará los ultrajes, hasta entonces impunes, que habrá inferido al ejército francés un pueblo arrastrado por su furor lejos de sus rebaños y sus hogares. Descenderá desde allí á las ricas llanuras de la Lombardia, rodeado de lo más selecto de sus guerreros, y destrozará de tal modo al helvético[12], que en vano intentará despues hacer resonar los instrumentos bélicos para llamar al combate á sus soldados. Para vergüenza y baldon de la Santa Sede, de España y de Florencia, se apoderará luego del castillo, tenido hasta entonces por inexpugnable[13]. Para conquistar esta fortaleza, le servirá, con preferencia á otras armas, la honrosa espada de que se habrá valido antes para dar muerte al mónstruo corruptor de todas las naciones: ante ella huirán ó quedarán abatidaslas banderas de la Europa entera; y ni los fosos más profundos, ni los reductos más fuertes, ni las murallas más sólidas podrán defender á las ciudades de sus terribles efectos. Ese príncipe estará dotado de cuantas virtudes deban adornar al emperador más dichoso: al ánimo del gran César, reunirá la prudencia demostrada por el vencedor de Trasimeno y Trebia, y la fortuna de Alejandro, sin la cual los planes mejor formados se disipan como el humo. Por último, será tan liberal y tan magnánimo, que no encuentro con quien compararle dignamente.»
Así decia Malagigo, y su relato inspiró á sus oyentes el deseo de saber el destino de algun otro de aquellos héroes, que, exterminando á la fiera infernal, legaran un digno ejemplo á sus descendientes. Uno de los nombres que allí sobresalían era el de Bernardo[14], ensalzado por Merlin en su inscripcion, la cual manifestaba que, merced á él, seria Bibiena tan conocida como su vecina Florencia ó como Siena. Pero nadie lograria aventajar á Sigismundo Gonzaga[15], á Juan Salviati[16], ni á Luis de Aragon[17], cada uno de los cuales se mostró irreconciliable enemigo del mónstruo. Allí se veia á Francisco Gonzaga[18], y siguiendo sus huellas á su hijo Federico: no muy lejos del primero iban sucuñado y su yerno; aquel, duque de Ferrara, y este de Urbino. Guido Ubaldo[19], hijo de uno de estos príncipes, se mostraba deseoso de que su fama de justo y de valiente no desmereciera en nada de la de su padre ó de cualquier otro héroe. Sinibaldo y Ottobon del Flisco, animados de igual ardor, hostigaban á la fiera, mientras que Luis de Gazzolo atravesaba su cuello con una saeta, despedida por un arco que le regalara Febo, al mismo tiempo que Marte le ciñera su propia espada. Dos Hércules, dos Hipólitos de Este, otro Hércules de Gonzaga y otro Hipólito de Médicis, no se separaban de las huellas del mónstruo, hasta conseguir rendirlo. Juliano no se dejaba sobrepujar por su hijo, ni Fernando por su hermano; así como Andrés Doria se mostraba dispuesto al combate, y Francisco Sforza no permitia que nadie avanzara más que él. Los dos caballeros, en cuyo blason se veia pintado el monte que oprime con su peso desde la cabeza á la cola de serpiente del impío Tifeo, eran de la generosa, ilustre y esclarecida sangre de Ávalos[20]. No habia nadie que se adelantara tanto como ellos para exterminar al mónstruo: el uno tenia escrito á sus piés el nombre del invicto Francisco de Pescara, y el otro el de Alfonso del Vasto. Pero ¿dónde dejo á Gonzalo Fernandez[21], honor y prez de España, tan encomiado por Malagigo, que pocos de los citados llegaban á igualársele? Entre los que habian dado muerte al feroz animal, se veia á Guillermo de Montferrato; pero todos sus enemigos formaban un número insignificante en comparacion de los mortales á quienes habia herido ó devorado.
Entretenidos despues de tomar algun alimento con sabrosas pláticas ú honestos pasatiempos, los cuatro compañeros dejaron transcurrir las horas del calor, tendidos sobre finísimos tapices á la sombra de los arbolillos de que estaba engalanada la orilla del arroyo. Malagigo y Viviano tenian apercibidas sus armas á fin de que sus amigos se entregaran con toda seguridad al reposo, cuando divisaron á una jóven que se dirigia presurosa hácia ellos, enteramente sola. Esta era Hipalca, á quien Rodomonte arrebató el excelente caballo Frontino. Habia seguido durante una gran parte del dia anterior al Africano, suplicándole unas veces y denostándole otras; mas viendo que no sacaba partido de sus súplicas ni de sus denuestos, volvió atrás esperando hallar á Rugiero en Agrismonte. Por el camino supo, ignoro cómo, que le encontraria allí con Riciardeto; y siéndole conocido el país, por haber estado en él otras veces, se encaminó en derechura á la fuente, y vió junto á ella á Rugiero del modo que acabo de describir: mas como buena y cauta mensajera, que sabe desempeñar una comision mucho mejor de lo que le han encargado, así que vió al hermano de Bradamante, fingió no conocer á Rugiero.
Aproximóse á Riciardeto, como si efectivamente fuese en su busca, y en cuanto la conoció el jóven, salió á su encuentro, preguntándole el objeto de su viaje. Hipalca, cuyas mejillas estaban todavía encendidas por lo mucho que habia llorado, le contestó suspirando, pero en voz bastante alta para que Rugiero, que estaba cerca de ella, pudiese oirla:
—Conducia de la brida, por órden de tu hermana, un magnífico y maravilloso caballo, llamado Frontino, á quienella tenia en mucha estima: ya habia andado más de treinta millas en direccion á Marsella, donde dentro de pocos dias debe encontrarse Bradamante, y donde me encargó que esperara su llegada, y proseguia mi camino confiada, algo temerariamente quizás, en que no habria un hombre de tan arrogante corazon que se atreviese á arrebatármelo, como yo le dijese que pertenecia á la hermana de Reinaldo; cuando un sarraceno feroz se apoderó de él ayer, dejando burladas mis esperanzas, y por más que le dije quién era el dueño de Frontino, no se mostró dispuesto á devolvérmelo. Todo el dia de ayer y parte del de hoy le he seguido rogándole y suplicándole; pero en vista de que tan inútiles eran mis ruegos como mis amenazas, le he dejado, llenándole de injurias y maldiciones, á poca distancia de aquí, donde reventando al caballo y aun reventándose él mismo, procura resistir con las armas en la mano á un guerrero, que no dudo me vengará bien pronto, segun lo acorralado que tiene al infame sarraceno.
Rugiero, que á duras penas habia podido contener su impaciencia para escuchar el fin de este relato, se puso en pié en cuanto calló Hipalca; y dirigiéndose á Riciardeto, le pidió como un favor y como recompensa del servicio que le habia prestado, que le permitiera ir solo con Hipalca hasta encontrar al sarraceno, audaz raptor de aquel caballo. Aun cuando el jóven no creia decoroso confiar á otro una empresa, que á él, y á nadie más, correspondia, accedió sin embargo á los deseos de Rugiero, el cual se despidió sin perder tiempo de los restantes compañeros, y se alejó con Hipalca, dejándolos, no ya maravillados, sino estupefactos al considerar su admirable valor.
Luego que Hipalca le hubo alejado algun tanto de la fuente, le manifestó que la dama que tan impreso tenia su valoren el corazon la habia enviado en su busca, y dejando toda reserva á un lado, le siguió participando cuanto Bradamante le encargara, añadiendo que, si antes habia dicho otra cosa, era por hallarse presente Riciardeto. Manifestóle además, que el que le arrebató el caballo, habia contestado á sus observaciones con suma arrogancia, exclamando:—«Puesto que este caballo es de Rugiero, me apodero ahora de él con mayor júbilo; y por si acaso pensara recobrarlo, hazle saber que no pretendo ocultarme, y que soy aquel Rodomonte, cuyo valor ostenta su brillo por el mundo entero.»
Mientras Hipalca hablaba de esta suerte, en el rostro de Rugiero se iba pintando la cólera que hervia en su corazon, ya porque estimaba mucho á su caballo Frontino, ya por la mano que se lo enviaba, y ya tambien por parecerle que su robo era un ultraje sangriento, inferido á su valor: además consideró que seria para él mengua y baldon no arrancarlo inmediatamente del poder de Rodomonte, tomando una pronta y digna venganza.
Entre tanto la doncella continuaba guiando á Rugiero, sin permitirse el menor reposo, deseosa de ponerle con el pagano frente á frente: así llegaron hasta un sitio en que el camino se dividia en dos; el uno descendia al fondo de un valle y el otro subia á la cumbre de una colina: ambos iban á parar al sitio en que la doncella habia dejado á Rodomonte: el segundo era escabroso, pero más corto; el primero, aunque más largo, era mejor. Hipalca, en su afan por recobrar á Frontino y ver vengada su afrenta, se decidió á seguir el camino del monte, por donde era el trecho más corto; pero en aquel momento el Rey de Argel iba cabalgando por el otro en compañía del Tártaro y de los demás que he referido, y como se adelantaban por la llanura, resultaba que Rugiero se alejaba de ellos cada vez más.
Ya sabeis que habian diferido su pelea para acudir en socorro de Agramante, y que les acompañaba Doralicia causa de todas sus discordias. Escuchad ahora la continuacion de esta historia. Seguian directamente el camino que conducia á la fuente donde descansaban tranquilos y descuidados Aldigiero, Marfisa, Riciardeto, Malagigo y Viviano. Accediendo á las instancias de sus compañeros, se habia puesto la guerrera uno de aquellos trajes y adornos mujeriles que el traidor maguntino creyó destinar á Lanfusa, y por más que casi nunca abandonara la coraza y las demás piezas de su armadura, se las quitó aquel dia, presentándose vestida con el traje de su sexo ante sus admirados compañeros.
Apenas vió el Tártaro á Marfisa, se propuso apoderarse de ella, creyendo que seria fácil lograrlo, con el objeto de ofrecerla á Rodomonte en recompensa ó á cambio de Doralicia; como si Amor pudiese consentir en que un amante vendiera ó permutara á su dama, ó fuera fácil consolarnos de la pérdida de una con la adquisicion de otra. Deseoso, pues, de proporcionar al rey de Argel una doncella, á fin de no tener que desprenderse él de Doralicia, determinó entregarle á Marfisa, cuya belleza y donosura le parecieron dignas del amor de cualquier caballero, suponiendo sin duda que para su rival lo mismo seria una mujer que otra; y en su consecuencia, retó á singular batalla á todos los guerreros que acompañaban á Marfisa.
Malagigo y Viviano, que no habian abandonado sus armas á fin de velar por sus compañeros, se levantaron del sitio donde estaban sentados, dispuestos ambos al combate, porque creian tener que habérselas con los dos paganos; pero el Africano, que no pensaba en tal cosa, permaneció tranquilo; por lo cual, Mandricardo fué el único que tomó parte en la lucha. El primero que se lanzó animosamentesobre su adversario enristrando un grueso lanzon fué Viviano; el Rey pagano, por su parte, le acometió con la pujanza y denuedo que le eran habituales. Ambos dirigieron sus golpes al sitio donde creian herir con más ventaja: Viviano alcanzó inútilmente en el yelmo á su enemigo; pues, lejos de derribarle, ni siquiera logró moverle. El Rey pagano, cuya lanza era más dura, atravesó el escudo de Viviano como si fuese de vidrio, y le hizo saltar de la silla, arrojándole entre las yerbas y las flores de la pradera. Acudió entonces Malagigo dispuesto á vengar sin tardanza á su hermano; pero tuvo tal prisa de reunirse con él, que en vez de vengarle, fué á hacerle compañía. Más rápido Aldigiero que su primo para cubrirse con sus armas, saltó sobre el corcel, y desafiando al Sarraceno, le embistió valerosamente á rienda suelta: el golpe que descargó fué á dar un dedo más abajo de la visera del sarraceno; voló la lanza al cielo hecha cuatro pedazos, pero Mandricardo permaneció firme en la silla. El pagano le hirió en el lado izquierdo; y como el golpe fué dirigido con terrible fuerza, de poco le valieron á Aldigiero su escudo y su coraza, porque se abrieron cual si fuesen de delgada corteza. El hierro cruel penetró en el hombro; se tambaleó el herido caballero sobre el caballo, y por último fué á dar con su cuerpo en tierra, quedando las armas enrojecidas con su sangre, y mortalmente pálido su rostro. Riciardeto acudió en seguida con heróica audacia: al enristrar su lanza, se echaba de ver, como lo habia demostrado en diferentes ocasiones, que era un digno paladin de Francia: probablemente habria hecho conocer al Tártaro que le igualaba en valor, si no le hubiera impedido arremeterle la caida de su caballo, que cogiéndole debajo, y no por culpa suya, le privó de todo movimiento.