CANTO III.

Bradamante encuentra á Pinabel de Maguncia.(Canto II.)

Bradamante encuentra á Pinabel de Maguncia.(Canto II.)

Bradamante encuentra á Pinabel de Maguncia.(Canto II.)

le confió la historia de sus cuitas, expresándose en estos términos:

—Iba yo al frente de unos cuantos ginetes y peones, conduciéndoles al campo donde Cárlos esperaba á Marsilio para disputarle el paso de las montañas, llevando además en mi compañía una hermosa jóven á quien amaba con ardorosa pasion, cuando cerca de Rodona encontré á un caballero armado, ginete en un caballo alado. No bien aquel ladron, que ignoro si es un ser mortal ó un horrible aborto del Infierno, hubo contemplado mi hermosa é inolvidable dama, se precipitó hácia nosotros como el halcon que se lanza sobre su presa, y en un momento se apoderó de ella, cogiéndome tan desprevenido, que me apercibí de su accion cuando ya mi dama volaba por el espacio lanzando penetrantes gritos. No de otra suerte arrebata el rapaz milano al mísero polluelo del lado de su madre, que en vano se lamenta despues de su imprevision, y le llama y le grita en vano. En cuanto á mí, me fué imposible seguir por los aires al raptor: hallábame encerrado entre montañas, al pié de una roca elevada, y con mi caballo tan fatigado, que apenas podia caminar por aquel terreno escabroso y lleno de fatigosas peñas. Habria preferido entonces que me hubieran arrancado el corazon: así es que, pensando solamente en mi desgracia, abandoné sin jefe y sin guia á mis soldados, y emprendí al través de aquellos riscos el camino que Amor me designaba, y hácia donde me parecia que aquel bandido habia de llevar consigo mi paz, mi consuelo y mi vida.

»Durante seis dias enteros anduve por simas y pendientes horrendas, donde no habia vestigio alguno de camino ni sendero y donde jamás se habia impreso la huella de planta humana, hasta que llegué á un valle inculto y salvaje, rodeado de ásperas montañas y cavernas espantosas, y en medio del cual se alzaba una escarpada roca sirviendo de base á un castillo de excelente construccion y maravillosamente bello. Brillaba desde léjos cual fúlgida llama; sus murallas, segun pude comprender al acercarme, no estaban hechas ni de mármol ni de ladrillo; el conjunto en general me pareció admirable. Despues he sabido que los demonios, obligados por ciertos conjuros y palabras mágicas, habian amurallado aquel sitio de acero forjado en el fuego del Infierno y templado en las aguas de la laguna Estigia: así es que cada torre centellea con el brillo del acero no empañado por el moho ni por mancha alguna.

»En aquel castillo habita un feroz bandido, que recorre el país dia y noche, apoderándose de cuanto le viene en mientes, sin que ningun obstáculo sea capaz de detenerle, y sin que hagan mella en él las maldiciones ni los lamentos de sus víctimas. Allí ha ido á parar la señora de mi corazon, á quien pierdo la esperanza de recobrar. ¡Desventurado de mí! ¿Qué otra cosa puedo yo hacer más que contemplar desde léjos el peñasco donde se encierra mi bien, semejante á la raposa, que al oir los gritos de su hijuelo colocado en el alto nido del águila, da vueltas en torno de él, sin saber qué partido tomar? Tan elevado es aquel peñasco, tan fuerte el castillo, que únicamente las aves pueden llegar hasta él.

»Mientras permnanecia como petrificado en aquel sitio, ví llegar dos caballeros guiados por un enano, que á mi deseo dieron esperanzas; pero bien pronto conocí que uno y otras eran en vano. El uno de ellos era Gradaso, rey de Sericania; el otro Rugiero, jóven fuerte, y muy apreciado en la corte de África.

—«Vienen, me dijo el enano, para dar pruebas de su valor contra el señor de aquel castillo, que cabalgando en elcuadrúpedo alado, hace frecuentes excursiones de una manera tan extraña, inusitada y nueva.

—«¡Ah señores! les dije, apiadaos de mi desventura, y si, como espero, salís vencedores, os ruego que me devolvais mi dama.

»Y referíles cómo me fué arrebatada, atestiguando con mi llanto el dolor que me afligia. Me prometieron firmemente su apoyo, y empezaron á bajar por la áspera roca. Yo me preparé á contemplar desde léjos la pelea, rogando á Dios que concediera la victoria á aquellos guerreros. Al pié del castillo habia una planicie reducidísima. Así que ambos llegaron al pié de la elevada roca, se pusieron á tratar de quien habia de ser el primero en combatir, pues cada uno de por sí lo deseaba. Bien fuese por suerte, ó porque á Rugiero no le importase mucho, Gradaso se encargó de desafiar á su adversario, y llevando su bocina á la boca, sacó de ella sonidos tan fuertes que hicieron retemblar al peñasco y la fortaleza. Ábrense de pronto las puertas, y aparece un caballero cubierto con su armadura y montado en el caballo alado. Momentos despues empezó á elevarse, y como las grullas viajeras, que primeramente corren veloces por el suelo y poco á poco van separándose de él, hasta que esparcidas todas por el aire extienden velozmente sus vuelos, del mismo modo el nigromante empezó á agitar las alas remontándose á una altura donde no llegan las águilas. Cuando lo tuvo á bien, revolvió su caballo que replegó las alas y se dirigió verticalmente hácia la tierra, cual suele descender el halcon amaestrado para apoderarse del ánade ó de la paloma. El ginete hiende los aires, enristrada la lanza, con horrible fracaso, y antes de que Gradaso se aperciba de su descenso, se precipita sobre él y le hiere, rompiendo el asta de su lanza; la fuerza del golpe hace doblar las piernas de su hermoso alfana, el mejor y mas gallardo corcel de cuantos han llevado silla. Gradaso quiere herir á su enemigo; sus golpes sin embargo solo hieren el aire, pues el nigromante, sin cesar de agitar sus alas, se habia remontado de nuevo, y repitiendo la diversion anterior, baja otra vez con igual celeridad y cae impetuosamente sobre Rugiero, que mirando atentamente á su compañero, no tuvo tiempo de defenderse. Rugiero esquiva como puede el golpe violento, que hace que su caballo retroceda, y cuando quiso herir á su vez á su enemigo, ya le vió confundido en las nubes.

»El ginete del caballo alado golpea á su antojo y alternativamente á Gradaso y á Rugiero en la frente, en el pecho ó en la espalda, mientras que los dos paladines daban sus botes siempre en vago; porque era tal la rapidez de aquel, que apenas lo veian. Describiendo anchurosos círculos en el espacio, cuando amenazaba á uno, heria al otro, llegando á turbarles la vista y ofuscarles en tales términos, que ya no podian comprender por donde les acometia.

»Aquella lucha entre los dos guerreros, que peleaban desde la tierra, contra otro que desde el cielo acometia, duró hasta la hora en que tendiendo la noche su opaco velo priva de su color á los objetos. Tal como os lo refiero, así ha sucedido, sin que me haya permitido añadir ni un solo detalle: lo ví, lo presencié; y no tengo inconveniente en relatarlo á cualquiera, por más que suceso tan maravilloso parezca increible.

»El aéreo ginete sostenia en el brazo un escudo cubierto con una hermosa tela de seda. No sé cómo pudo tenerlo tapado tanto tiempo, pues por lo que se vió, tenia la propiedad de dejar al que lo mira deslumbrado completamente, y de hacerle caer como un cuerpo inanimado en poder delnigromante. Brilla el escudo como rojo granate, despidiendo incomparables resplandores: á su vista ambos caballeros cayeron deslumbrados y desfallecidos. Yo mismo, á pesar de la distancia en que me encontraba, perdí el sentido, y cuando despues de trascurrido un largo espacio pude recobrarlo, no ví ya á los guerreros ni al enano, sino desierto el campo, y el monte y la planicie envueltos en la mas profunda oscuridad.

»Calculé, por consiguiente, que el encantador se habia apoderado á un mismo tiempo de los dos guerreros, y que valido de la eficacia de su escudo, les habia arrebatado á ellos la libertad y á mí la esperanza. Así es que me despedí de aquel sitio que encerraba mi felicidad. Juzgad por lo que os he referido si de las penas que el amor pueda causar hay alguna comparable á la mia.»

Al concluir su narracion, volvió el caballero á abismarse en su profundo dolor. Era el conde Pinabel, hijo de Anselmo de Altaripa, de la casa de Maguncia; que siendo como todos los suyos desleal y descortés, no solo se igualó á ellos en sus vicios nefandos y abominables, sino que los sobrepujó á todos.

La hermosa dama, que estuvo escuchando silenciosa la narracion del caballero, y en cuyo semblante se pintaban los distintos sentimientos que esta le excitaba, apenas oyó nombrar á Rugiero demostró la mayor alegría; mas quedó turbada en cuanto supo que su amante estaba en peligro, é hizo que Pinabel le repitiera diferentes veces aquella parte de su relato. Cuando ya no le quedó duda alguna, le dijo:

—Caballero, espera; pienso que nuestro encuentro podrá ser para tí tan grato, como venturoso este dia. Trasladémonos pronto á aquel castillo que nos oculta tan rico tesoro: no temas, pues casi puedo asegurarte que no nos fatigaremos en vano, si me presta su auxilio la fortuna.

El caballero respondió:

—¿Quieres que atraviese de nuevo las montañas y te sirva de guia? A mí poco me importa perder el tiempo, cuando he perdido todo cuanto amaba; pero tú no vacilas en caminar por riscos y peñascos para encerrarte voluntariamente en una oscura prision: sea en buen hora. No podrás quejarte de mí, puesto que de antemano te advierto la suerte que te espera, á pesar de lo cual te empeñas en seguir adelante.

Así dice; y volviendo las riendas á su caballo, emprende la marcha guiando á aquella animosa dama, que por amor de Rugiero se expone á que el Mago la aprisione ó le dé muerte. Pocos pasos habian dado, cuando les alcanza el mensajero que dijo á Sacripante el nombre de la que lo habia derribado.—«¡Deteneos, deteneos!» les grita con todas sus fuerzas: y cuando á ellos se reune, participa á Bradamante que Montpellier y Narbona con toda la costa de Aguas-muertas habian alzado el estandarte de Castilla; y que Marsella, no viendo dentro de sus muros á la que debia guardarla, está alarmada, y le envia un mensajero recomendándole mucho que le pida ayuda y consejos. El Emperador habia confiado la defensa de aquella ciudad y la de una considerable extension de territorio situado entre el Ródano y el Var á la hija del duque Amon, en la que tenia cifrada su esperanza; pues acostumbraba á mirar asombrado su heróico valor cuando la veia cubierta con su arnés.

Aquel mensajero, repito, acudia desde Marsella en demanda de socorro. La jóven se quedó al pronto indecisa, dudando si debia acudir á tal llamamiento: por una parte, el deber y el honor la impelen á retroceder; por otra, el fuego del amor la incita á seguir adelante; por último, decídese á realizar su empresa y á sacar á Rugiero del castillo encantado, dispuesta á quedar prisionera á su lado si su valor no es bastante á libertarlo. Excusóse, sin embargo, de tal modo, que el mensajero se retiró contento y satisfecho.

En seguida continuó su viaje acompañada de Pinabel, que no parecia muy tranquilo; pues al descubrir que su compañera pertenecia á aquella familia á quien pública y secretamente aborrece la suya, prevé todo género de disgustos si llega á ser reconocido. Tan preocupado estaba con su inveterado odio, con sus dudas y su temor, que inadvertidamente apartóse del camino, y se encontró en una selva oscura, en medio de la cual se alzaba un monte, cuya pelada cima terminaba en una piedra dura.

Viendo el de Maguncia que la hija del duque de Dordoña no se apartaba un momento de su lado, quiso aprovecharse de la espesura del bosque para huir, y á este efecto le dijo:

—Antes que extienda la noche su denso velo, conviene buscar un albergue, y si no estoy equivocado, me parece que tras ese monte se levanta en un valle un magnífico castillo. Espérame aquí, mientras reconozco el terreno desde esa roca.

Así diciendo, encamina su caballo hacia la cumbre del solitario monte, mirando de paso si descubre algun sendero por donde encapar. Pero en medio de aquel peñasco encontró una caverna que tenia más de treinta brazas de profundidad. La peña estaba cortada á pico en sentido vertical, y en el fondo se veia una anchurosa puerta, que daba á otra cueva más extensa, de la que salia un resplandor semejante al de una antorcha que ardiera en la horadada montaña. Mientras el traidor la estaba contemplando silencioso, Bradamante que le seguia desde léjos, presumiendo que intentaba alejarse de ella, se unió á él junto á la caverna. Al ver el infame Pinabel malogrado su primitivo proyecto,buscó en su imaginacion un nuevo medio para alejarla de sí ó para hacerla morir. Encontrólo, é incitándola á que se aproximara á la peligrosa abertura, le dijo que habia visto en el fondo una doncella de semblante placentero, en cuyo aspecto y vestiduras se echaba de ver su elevada alcurnia; pero que en su turbacion y tristeza demostraba claramente lo desagradable que le era aquel encierro: añadió que, cuando se preparaba á bajar á la sima para protejer á la desconocida doncella, vió salir del interior un hombre, que la habia obligado á retirarse enfurecido.

Bradamante, incauta al par que animosa, dió crédito á las palabras de Pinabel; y deseando acudir en auxilio de la jóven, empezó á buscar el medio de bajar á la cueva. Volviendo á todos lados la vista, divisó en la frondosa copa de un olmo una rama larga, que se apresuró á cortar con su espada, inclinándola despues hácia la caverna. Encargó á Pinabel que sostuviera la rama por el extremo recien cortado, y cogiéndose despues del otro extremo quedó suspendida de él en el interior de la cueva. Sonrióse falazmente Pinabel, y le preguntó cómo pensaba saltar; en seguida abrió las manos, dejó ir la rama y exclamó:

—¡Ojalá cayesen contigo todos los de tu raza para exterminarla así de una vez!

Sin embargo, la suerte de la infeliz jóven no fué la que Pinabel se prometia; porque tocando en el fondo antes que la doncella la rama sólida y fuerte, por más que se partió, la sostuvo tanto, que merced á ella se libró de la muerte. Bradamante quedó únicamente aturdida, como seguiré diciendo en el canto siguiente.

Vuelta en sí la hermosa Bradamante, encuentra á Melisa en aquella gruta, y oye el relato de las señaladas y heróicas acciones de todos sus descendientes.—En seguida, se informa del modo cómo se apoderará del anillo del vil Brunel, con objeto de hacer inútiles todas las malas artes del nigromante que tenia aprisionado á Rugiero, y de librar á su amante y demás cautivos.

¿Quién me prestará el estro poético, la inspiracion que requiere el noble asunto que me propongo cantar? ¿Quién dará á mis versos alas para remontarse hasta la altura de mis ideas? Preciso es hoy que encienda mi pecho el fuego de la poesía con más vehemencia de lo acostumbrado; porque esta parte de mi narracion va consagrada á mi Señor, de cuyos nobles ascendientes voy á ocuparme.

Entre tantos príncipes ilustres como descendieron desde el Cielo á gobernar la Tierra, no has visto, ¡oh Febo, que iluminas el mundo! raza tan gloriosa en la paz ó en la guerra, ni que por tanto tiempo haya sabido conservar el inmaculado brillo de su nobleza, como sin duda lo conservará, si no me engaña la profética inspiracion que en mí siento, mientras el mundo gire sobre sus polos.

Para celebrar completa y dignamente la gloria de sus virtudes se requiere, no la mia, sino aquella lira que dió gracias al Soberano del éter despues de la derrota de los gigantes. Si me fuera dable poseer mejores cinceles para reproducir en tan digna piedra sus gloriosas imágenes, no dejaria de emplear en semejante trabajo todo mi ingenio ymis desvelos. Mi inexperto buril procurará no obstante bosquejar esta obra, hasta que quizás consiga, á fuerza de estudio, perfeccionar del todo mi trabajo.

Pero volvamos á aquel infame cuyo pecho no podrán resguardar en adelante ni escudos ni corazas: hablo de Pinabel de Maguncia, que creyó haber dado muerte á Bradamante. El traidor pensó que la doncella se habia destrozado al caer por el alto precipicio; y apartándose entonces con faz pálida y torva de aquella triste abertura, volvió á montar á caballo, y cometiendo delito sobre delito, llevóse el corcel de la jóven. Dejemos á aquel traidor que, procurando con falacias la muerte de otros, corria sin saberlo en busca de la suya, y volvamos á la doncella que, por efecto de aquella felonía, estuvo á punto de recibir á un mismo tiempo muerte y sepultura.

Cuando se hubo levantado, aturdida todavia por el golpe que recibió contra la dura piedra, se dirigió hácia la puerta que daba paso á una segunda y más anchurosa cueva. Aquella estancia, cuadrada y extensa, parecia una venerable y silenciosa iglesia; la bóveda estaba sostenida por columnas de alabastro de bella arquitectura; en el centro se levantaba un bien dispuesto altar, ante el que ardia una lámpara, que con sus claros resplandores iluminaba todos los ámbitos de ambas cavidades.

Impulsada la doncella por una devota humildad, al verse en aquel lugar sagrado, arrodillóse y dirigió á Dios una fervorosa oracion. En tanto se oyó rechinar sobre sus goznes una pequeña puerta, que dió paso á una mujer cubierta de holgadas vestiduras, descalza y con los cabellos sueltos, la cual llamó á Bradamante por su nombre diciéndole:

—¡Oh generosa Bradamante! sabe que no es la casualidad, sino la voluntad divina la que te ha conducido hasta aquí:sabe tambien que hace muchos dias, el espíritu profético de Merlin me habia anunciado que debias venir á visitar sus santos restos por caminos inusitados, y te estaba esperando para revelarte lo que los cielos han determinado con respecto á tí. Esta es la gruta antigua y memorable que edificó Merlin, el sábio mago de quien quizás hayas oido hablar alguna vez, y á quien engañó aquí mismo la Dama del Lago. Aquí debajo existe su sepulcro, donde yace corrompida su carne, y donde se acostó vivo y halló el sueño de la muerte, por satisfacer los caprichos de aquella mujer[3]. Muerto está su cuerpo, pero su espíritu continuará animado hasta que se deje oir el sonido de la angélica trompeta, que le cierre las puertas del cielo ó á él le remonte, segun lo que resulte del juicio de sus acciones. Su voz tambien permanece viva, y si te acercas á la marmórea tumba, podrás oirla con claridad, pues nunca dejó sin respuesta las preguntas que se le dirigen sobre cosas pasadas ó futuras. Muchos dias hace ya que vine á este cementerio desde un apartado país, para que Merlin me resolviera un árduo misterio referente á mi profesion, y como tuve grandes deseos de conocerte, he permanecido aquí más de un mes; pues Merlin, que siempre me ha predicho la verdad, fijó en este dia el de tu llegada.

La asombrada hija de Amon escuchó inmóvil y atenta aquellas palabras; y tan maravillada la dejaron, que no sabia si estaba soñando ó despierta. Confusa y ruborizada bajó los ojos, y replicó modestamente:

—¿Quién soy yo, qué mérito es el mio, para que los profetas prevean mi venida?

Y alegre con tan extraordinaria aventura, se dirigió hácia la Maga, que la condujo al pié del sepulcro donde estaban encerrados el alma y los huesos de Merlin. Aquel monumento era formado de una piedra dura, reluciente, tersa y tan brillante, que á pesar de no penetrar el Sol en la estancia, la iluminaban perfectamente los resplandores que de él salian. Ya sea que algunos mármoles tengan cual pequeñas antorchas la propiedad de disipar las sombras, ó bien, y esto me parece mas verosímil, efecto de diferentes encantos, conjuros y signos de astrología, ello es que el resplandor de aquellas piedras permitia distinguir en torno de aquel sitio venerable las más bellas pinturas y esculturas.

Apenas Bradamante separó el pié del umbral de la puerta para penetrar en el secreto recinto, cuando el espíritu vivo de aquellos restos mortales le dirigió en voz clara estas palabras:

—Favorezca la fortuna tus deseos, ¡oh casta y nobilísimadoncella, de cuyas entrañas saldrá el gérmen fecundo que honrará á Italia y al mundo entero! La antigua sangre de los reyes de Troya, reunida en tí por sus dos fuentes mejores, producirá el ornamento, la flor, la alegría de todos los pueblos que ilumina el Sol entre el Indo, el Tajo, el Nilo y el Danubio, y desde un polo al otro polo. Tus descendientes, colmados de los mayores honores y dignidades, serán marqueses, duques y emperadores. De tu raza saldrán los capitanes y valientes guerreros que restituirán á la Italia el antiguo honor de sus invictas armas, despues de lo cual empuñarán el cetro reyes justos, que, imitando á Numa y al sabio Augusto, harán renacer la Edad de oro bajo su gobierno benigno y paternal. Por tu parte, debes cumplir los decretos del Cielo, que te ha designado por esposa de Rugiero, siguiendo animosamente tu camino: nada habrá que pueda oponerse á este designio; en prueba de lo cual, pronto caerá bajo tus golpes el malvado que tiene encadenado á tu amante.

Calló Merlin, y acto continuo se preparó Melisa á hacer comparecer ante la vista de Bradamante su numerosa posteridad. Obedeciendo las órdenes de la maga empezaron á reunirse en un punto y bajo diferentes trajes, un número considerable de espíritus elegidos, no sé si procedentes del Infierno ó de otro lugar. En seguida Melisa hizo que la doncella se colocara en un punto al rededor del cual habia trazado un círculo de mayor diámetro que su altura; la proveyó además de un excelente talisman á fin de que la respetaran los espíritus, y encargóle que callara y permaneciera inmóvil. Hecho esto, cogió un libro y conjuró á los demonios.

De repente empiezan á salir de la primera cueva numerosos espíritus, que se fueron amontonando al rededor del sagrado círculo: en vano era que intentasen penetrar en él; pues un poder misterioso se lo impedia, cual si estuviera resguardado por fosos y murallas. Las sombras iban entrando sucesivamente en aquella estancia donde estaba la tumba que encerraba los huesos del gran profeta, despues de haber dado las tres vueltas á que estaban obligadas.

—Si pretendiera referirte los nombres y hechos de cada uno de los encantados espíritus que ves en tu presencia antes de que hayan nacido, dijo la encantadora á Bradamante, no sé cuando pondria fin á mi relato, porque no basta una noche para tanto; así es que me limitaré á indicarte algunos, segun el tiempo y la oportunidad.

»El primero que ves, y que se te parece en su semblante bello y placentero, será el tronco de tu familia en Italia, el digno hijo tuyo y de Rugiero. Espero ver la tierra enrojecida por la sangre de Pontier, derramada por su mano, y vengada la traicion y la perfidia de aquellos que habrán dado muerte á su padre. Por su valor se verá despojado Desiderio del reino de Lombardia, valiéndole tan notable hazaña el señorío de los estados de Este y Calaon.

»El que ves detrás de él es tu sobrino Uberto, honor de los combates y de La Hesperia, que más de una vez salvará á la santa Iglesia de los ataques de los infieles.

»Contempla ahí á Alberto, invicto capitan, que ostentará merecidos lauros: con él está su hijo Hugo, conquistador de Milan, que desplegará con honor el estandarte de las culebras[4]. Más allá vése á Azzo, que sucederá á su hermanoen el reino de los insubres, y á Alberto Azzo, cuyos prudentes consejos serán causa de que se arroje de Italia á Berengario y á su hijo, haciéndose además digno de que el emperador Oton le conceda la mano de su hija Alda.

»Allí tienes á otro Hugo: ¡oh admirable descendencia, que sigue las huellas de sus virtuosos progenitores! Ese será el que castigue con justa razon el orgullo de los romanos, y libre de sus furores á Oton III y al Pontífice, apoderándose de la ciudad y de su castillo[5]. De ahí á Folco, que haciendo donacion á su hermano de todo cuanto tiene en Italia, pasa á gobernar otro gran ducado en Alemania[6]. Heredero por línea materna de la casa de Sajonia, próxima á desaparecer, contribuirá á mantenerla en su esplendor, y á que siga sosteniéndose en sus descendientes.

»Ese que se adelanta entre sus dos hijos Bertoldo y Alberto Azzo, es el segundo Azzo, más amigo de la galantería que de la guerra. Su primogénito vencerá al emperador Enrique II, enrojeciendo en sangre alemana los campos de Parma: al otro le harán digno sus virtudes de contraer con la gloriosa, casta y prudente Matilde[7]un enlace tan ventajoso, que además de llevar en dote casi la mitad del reino de Italia, alcanzará la honra, digna de tenerse en cuenta en aquella época, de enlazarse con la sobrina de Enrique I.

»He ahí á Reinaldo, hijo querido de aquel Bertoldo, el cual conseguirá la alta gloria de salvar á la Iglesia de las manos del impío Federico Barbaroja. Por allí se aproxima otro Azzo, que será el que posea á Verona con su hermoso territorio, y á quien el emperador Oton IV y el papa Honorio II conferirán el título de marqués de Ancona.

»No acabaría nunca si hubiera de designarte á todos aquellos de tus descendientes que, defendiendo el pendon sagrado, han de llevar á cabo portentosas hazañas en favor de la Iglesia romana. Mira ahí á Obizzo, á Folco; á otros Azzos y otros Hugos; á los dos Enriques, padre é hijo, y los dos Güelfos, uno de los cuales subyuga la Umbría, y viste el manto ducal de Espoleto. Ahí tienes al que restañará la sangre y curará las heridas de la afligida Italia, tornando en risa el llanto; de ese hablo, añadió designando á Azzo V, por quien será derrotado y muerto aquel Eccelin, tan funesto tirano, que, tenido por hijo del Demonio, aniquilará á sus súbditos y asolará el hermoso territorio de la Ausonia, y á cuyo lado parecerian varones piadosos y humanos Mario Sila, Neron, Cayo y Antonio[8]. El mismo Azzo derrotará al emperador Federico II, y regirá despues con cetro más feliz la hermosa tierra regada por el rio[9]desde donde Febo llamó con dolorido plectro al hijo que no supo guiar su ardiente carro, cuando se convirtió el llanto de las Heliades en fabuloso ámbar[10], y Cienus, cubriéndose de blanco plumage, fué transformado en cisne; aquella tierra le será dada por la Santa Sede como recompensa de sus señalados y notables servicios.

»Y, ¿dónde dejo al hermano Aldobrandino[11]? Ese héroe, por socorrer al Pontífice, no vacilará en atacar á Otton IV y á los gibelinos, que cercarán el Capitolio despues de haberse apoderado de todo el territorio vecino, sujetando á los habitantes de la Umbría y del Piceno; mas viendo que no le será posible continuar auxiliando á la Iglesia por falta de dinero, lo pedirá á Florencia, dejando en prenda, á falta de otra seguridad, su propio hermano. Desplegará en seguida sus banderas victoriosas, y destrozará el ejército aleman reponiendo en su silla al Pontífice, y castigando merecidamente á los condes de Celano. Tan activo guerrero se verá sorprendido por la muerte en la flor de su edad, estando dedicado al servicio de la Santa Sede.

»Su hermano Azzo heredará no solo los dominios de Ancona, Pisa y de todas las ciudades comprendidas entre el mar, el Apenino, el Isar y el Tronto, sino tambien la lealtad, virtud y grandeza de ánimo de su hermano, cualidades más preciadas que el mayor tesoro; pues estos los da ó los quita la fortuna, al paso que no tiene ningun poder sobre aquellos. Hé ahí á Reinaldo, cuyo valor resplandecerá con no menor brillo; pero la suerte le arrebatará la vida, envidiosa de la exaltacion de su ilustre prosapia. El duelo causado por su muerte resonará hasta aquí desde Nápoles, donde el valeroso mancebo se hallará en rehenes de su padre.

»Ahí viene Obizzo que, niño aun, sucederá á su abuelo en el gobierno de sus estados, acrecentándolos con la alegre comarca de Regio y la feroz Módena. Será tal su valor, que los pueblos le aclamarán unánimes por soberano. Mira á Azzo VI, uno de sus hijos, sostenedor de la bandera de la sagrada cruz, que por su matrimonio con la hija de Cárlos II de Sicilia, será duque de Andria[12]. Contempla ese gallardo y amistoso grupo, donde se reunen príncipes tan excelentes como Obizzo, Aldobrandino, Nicolás el Cojo y el amoroso yclemente Alberto. Por no entretenerte demasiado, dejaré de referirte cómo harán que se agreguen á su bello patrimonio Faenza[13]y Adria, ciudad que ha dado su nombre al mar agitado que la baña; el país conocido con un agradable nombre griego á causa de las muchas rosas que produce[14], y la ciudad que, elevada en medio de lagunas cenagosas, está siempre temiendo los desastrosos efectos de las dos bocas del Pó, donde habitan gentes deseosas de ver siempre enfurecido el mar y agitados los vientos[15]. Tampoco me ocuparé de Argenta, ni de Lugo, ni de otros mil castillos y ciudades populosas.

»Ahí tienes á Nicolás, elegido por el pueblo para el supremo gobierno de su país cuando aun no ha salido de la pubertad. Contra él agitará Tadeo la tea de la guerra civil, pero sabrá hacer completamente inútiles sus esfuerzos rebeldes[16]. Sus entretenimientos juveniles consistirán en el manejo de las armas y en los trabajos de la guerra; y acostumbrado así desde la infancia á los peligros que unas y otros ofrecen, llegará á ser la flor de los guerreros de su tiempo. Destruirá los planes de sus rebeldes súbditos, convirtiéndolos en daño de los mismos; y merced á su perspicacia, tan conocidas le serán toda clase de estratagemasque ninguna podrá perjudicarle. Tarde le conocerá por su desgracia Oton III, feroz tirano de Reggio y de Parma; pues Nicolás le despojará á un mismo tiempo de ambos estados y de su culpable vida[17]. Sus dominios irán siempre extendiéndose, sin que para ello se aparte del camino recto. A nadie causará jamás perjuicio alguno, como no se vea antes provocado; por lo cual el Supremo hacedor, satisfecho de sus virtudes, no pondrá límites á su elevacion, que irá en aumento mientras el mundo gire sobre sus ejes.

»Fija tu vista en Leonelo, y despues en el ínclito Borso, primer duque de Ferrara[18]y prez de su tiempo, que siendo amigo de la paz, alcanzará no obstante los triunfos más envidiables de cuantos se hayan visto en otros paises; pues conseguirá domeñar al sanguinario Marte, y encadenar al Furor. La única aspiracion de este príncipe consistirá en hacer la felicidad de su pueblo.

»Ahora se adelanta Hércules que, con el pié medio quemado y débil paso, reconviene al que va inmediato á él por haber impedido la fuga de Budrio, aun cuando esteen premio le declarará luego la guerra y pasará hasta el Barco para arrojarle de Ferrara. Príncipe es ese de quien no sé explicarme si alcanzará mayor gloria en la paz ó en la guerra. Los habitantes de la Pulla, la Calabria y la Lucania, en cuyas provincias alcanzará un glorioso triunfo sobre el rey de Aragon, conservarán memoria de sus hechos; las repetidas victorias le harán famoso entre los más invictos capitanes, y con su valor recobrará un señorío cuya posesion le habrá sido disputada por más de treinta años. Cuanto agradecimiento puedan tener á príncipe alguno sus vasallos, se lo deberán á ese, no ya por haber convertido en campos fertilísimos lagunas cenagosas, ni por atender á la defensa de las ciudades amparándolas con muros y fosos, hermoseándolas además con templos y palacios, anchurosas plazas, teatros y otros mil monumentos, ni tampoco por haber sabido defender á su país de las garras del leon alado de Venecia, ni por sacarlo ileso de los tributos y desastres que ocasionará en toda la Italia la guerra con Francia: por ninguno de estos y otros beneficios deberán á Hércules tanto afecto y agradecimiento sus súbditos, como por la gloria que les proporcionarán sus ínclitos descendientes, el justo Alfonso y el benigno Hipólito. De ambos hermanos podrá decirse lo que la tradicion refiere de los hijos del tindáreo cisne[19], que se privaban alternativamente del calor del Sol para sustraerse mútuamente á los rigores de la maligna atmósfera que les rodeaba; pues cada uno de aquellos estará pronto á acudir en auxilio del otro aun á costa de su propia vida.

El afecto que se profesarán los dos hermanos hará que su pueblo esté más seguro y tranquilo que si por obra de Vulcano se rodeasen las murallas de las ciudades con un doble cinturon de hierro. Alfonso verá reunidas en sí la bondad y la ciencia de tal modo, que en los futuros siglos creerán los mortales que Astrea[20]ha vuelto desde el cielo á la Tierra, así como á ella vuelven sucesivamente el verano y el invierno. De mucho le servirán la prudencia y el valor, semejante al de su padre; pues desprovisto de ejército, llegará á habérselas por una parte con las escuadras de Venecia y por otra con la que no sé si llamar madrastra ó madre, aunque de concederle este último título, será para él tan cruel como con sus hijos lo fueron Medea ó Progne[21]. Cuantas veces salga con su pueblo fiel, sea de dia ó de noche, fuera de los límites de su país, otras tantas causará á sus enemigos derrotas memorables, tanto por mar, como por tierra, de lo cual darán fé por su desgracia los habitantes de la Romanía, que por haber hecho causa comun con los enemigos de Alfonso, regarán con su sangre las tierras que están entre el Pó, el Santerno y el Zanniolo. En los mismos confines sentirán la fuerza de su brazo los españoles, soldados mercenarios del Pastor Supremo, á quienes arrebatará la Bastia, dando muerte á su gobernador despues de apoderarse de él; en seguida hará perecer á toda la guarnicion desde el más ínfimo soldado hasta el capitan, de suerte que no habrá quien pueda llevar á Roma la noticia de tal desastre[22].

»Ese mismo Alfonso, con su valor y prudencia, alcanzará la gloria de dar el triunfo al ejército francés en los campos de Romanía contra los de Julio II y de España, cuyo combate será tan terrible, que los caballos se hundirán hasta la silla en la sangre de los muertos, y no habrá gente bastante para enterrar á tanto Aleman, Español, Griego, Italiano y Francés como allí sucumbirá.

»Aquel que, revestido de hábitos pontificales, va cubierto con el sagrado capelo cardenalicio, es el liberal, magnánimo y sublime Hipólito, gran cardenal del Colegio romano, cuyos hechos darán sobrado asunto para ser celebrados tanto en prosa como en verso, en todos los idiomas conocidos; y en cuya edad florida querrá el cielo que haya un Maron[23], como lo tuvo la edad de Augusto. Así como el Sol, con su fulgente resplandor ilumina al mundo mucho más que la Luna y las estrellas, ese será el esplendoroso astro que más brille entre todos los de su estirpe. Véole salir á campaña triste y con muy pocos guerreros, y regresar en triunfo, despues de haber apresado en las costas de sus dominios quince grandes galeras, además de otras mil embarcaciones menores[24].

»Repara en los dos Sigismundos, y en Alfonso con sus cinco hijos, cuya fama, atravesando montes y mares, llenará el mundo. Uno de ellos es Hércules II, yerno del rey de Francia; el otro, (pues á todos debes conocerlos), es Hipólito, que tan célebre como su tio, no desdecirá de su brillante prosapia. El tercero es Francisco, y los dos restantes se llaman Alfonsos.

»Si, como te he dicho antes y repito ahora, hubiera de designarte uno á uno á todos tus descendientes por cuyo valor y mérito tanta elevacion alcanzará tu estirpe, tendería la noche su denso velo y apareceria la aurora muchas veces antes de que yo hubiera dado fin á mi tarea: por lo cual, si convienes en ello, será ya tiempo de que permita á las sombras retirarse y de que yo guarde silencio.»

Diciendo esto, y mediante el beneplácito de la doncella, cerró su libro la docta encantadora, y en el acto desaparecieron precipitadamente aquellos espíritus por el sepulcro de Merlin. Entonces Bradamante, comprendiendo que ya podia hablar sin cortar á su interlocutora el hilo de su narracion, le preguntó:

—¿Y quiénes son aquellos dos de aspecto triste que hemos visto entre Hipólito y Alfonso? Se adelantaban suspirando, y tenian los ojos bajos y como privados de movimiento, mientras que sus hermanos se mantenian apartados de ellos cual si desdeñáran su compañia[25].

Al oir esta pregunta, alteróse el semblante de la Maga, y rompiendo en llanto, exclamó:

—¡Ah infortunados! ¡A qué abismo os arrastrarán los incesantes consejos de hombres perversos! ¡Oh estirpe generosa, digna del eminente Hércules! no mancharán el brillo de tu excelencia las faltas de aquellos dos. Por las venas de ambos circulará, sin embargo, tu sangre: ceda, pues, la justicia á la piedad.

Despues añadió en voz mas baja:

—No es necesario ni conveniente que sepas más. Conténtate con saborear las dulzuras que en sí encierra el brillante cuadro que he presentado ante tu vista; y no desees amargarlas á lo último. En cuanto aparezca en el cielo el primer albor matutino, emprenderemos juntas el camino que más directamente conduce al castillo donde gime Rugiero bajo el poder de otro. Yo te guiaré hasta dejarte fuera de esa áspera selva, y cuando lleguemos á la orilla del mar, te enseñaré el camino de modo que te sea imposible extraviarte.

La atrevida jóven permaneció toda la noche en aquella cueva, y estuvo hablando largo rato con Merlin, que le dirigió vivas instancias á fin de que cuanto antes acudiese en auxilio de Rugiero. Apenas empezó á rayar el dia, salió de aquella mansion subterránea por un camino oculto y oscuro, acompañada de Melisa, yendo á parar á un barranco escondido entre montes inaccesibles á toda planta humana. Saltaron zanjas, atravesaron torrentes, y á fin de hacer más agradable tan molesto camino, procuraron mitigar las fatigas que la marcha les causaba, suavizándolas con sabrosas y halagüeñas pláticas, que consistian principalmente en los medios de que deberia valerse Bradamante,y en los que la aleccionaba la Maga, para libertar con maña y astucia á su Rugiero.

—Aunque fueses Palas ó Marte, le decia, y llevases á tus órdenes más gente de la que reunen el rey Cárlos y el rey Agramante, no podrias resistir al nigromante; pues además de estar ceñida la roca inexpugnable de murallas de acero, y de ser tan alta; además de que su caballo se abre camino al través del aire, donde salta y galopa, posee el escudo mortal que, apenas descubierto, hiere los ojos del que lo mira con su resplandor irresistible, quita la vista, y se apodera en tal grado de los sentidos que es forzoso caer en tierra desfallecido. De su brillo no podrás precaverte al combatir teniendo cerrados los ojos; pues entonces, ¿cómo podrias saber en lo más fuerte de la pelea si te acercabas á tu adversario ó te alejabas de él? Un medio, y muy rápido, existe, sin embargo, para huir del fulgor que deslumbra, y para hacer vanos todos los demás encantos, y ese medio que voy á indicarte, es el único que existe en el mundo. El rey Agramante de África ha dado un anillo, robado á una reina de la India, á uno de sus barones llamado Brunel, que se encuentra á pocas millas de aquí: la virtud de ese anillo es tal, que quien lo lleva en el dedo no ha de temer maleficios ni encantos. Sin embargo, Brunel es tan experto en toda clase de hurtos y engaños, cuanto lo es en encantamientos el raptor de Rugiero. El rey Agramante, confiado en la práctica y astucia de Brunel, y en el auxilio del anillo, más de una vez probado en cosas semejantes, le ha dado el encargo de sacar á Rugiero de aquella fortaleza; y Brunel, vanagloriándose de conseguir su intento, ha prometido á su señor devolverle aquel guerrero, que merece toda la preferencia del monarca. Pero á fin de que sea á tí, y solo á tí, á quien deba tu amante su libertad, voy á manifestarte la conducta que has de seguir. Irás durante tres dias caminando por la orilla del mar, que descubriremos dentro de pocos instantes: al tercer dia te encontrarás en una posada con el portador del anillo; le conocerás fácilmente por su corta estatura que no llega á seis palmos, y por su encrespada cabeza; su cabello es negro y atezada su piel; la faz pálida, la barba desmesuradamente larga, saltones los ojos, la mirada torva, aplastada la nariz y ásperas las cejas. Terminaré la pintura que de él te hago diciéndote, que sus vestidos son estrechos y cortos y semejantes á los de un mensajero. Procurarás entablar conversacion con él hablándole de aquellos encantos extraños; y hazle creer que deseas, como en afecto lo desearás, medir tus armas con las del mago, pero guárdate de darle entender que tienes noticia del anillo que destruye toda clase de encantos. Él, entonces, se brindará á servirte de guia y compañero hasta la roca. Síguele, y en el momento en que llegueis á descubrir el castillo, dále la muerte, sin que la piedad detenga tu brazo hasta que pongas por obra mi consejo. Sobre todo, cuida de que no adivine tu pensamiento y tenga tiempo de hacer uso del anillo; porque desapareceria de tu vista en el momento en que se lo metiera en la boca.

Hablando de esta suerte, llegaron al mar, donde desemboca el Garona cerca de Burdeos. Allí se separaron ambas, no sin derramar algunas lágrimas, y la hija de Amon, que no tenia sosiego hasta conseguir romper las ligaduras que sujetaban á su amante, caminó tanto, que llegó una noche á un albergue donde ya se encontraba Brunel.

Le reconoció apenas le hubo visto, pues llevaba bien impresa en la memoria la pintura que de él le hiciera la Maga; preguntóle de dónde venia y á donde iba, cuyas preguntas satisfizo él con otras tantas imposturas. La doncella, prevenida de antemano, no le fué en zaga en engañarle, y le ocultó del mismo modo su patria, linage, religion, nombre y sexo. Temerosa siempre de ser robada, ni separaba sus miradas de las manos de Brunel, ni dejaba que se le acercase demasiado, por lo mismo que conocia sus mañas. Observándose estaban mútuamente, cuando hirió sus oidos un fuerte rumor, cuya causa os diré, Señor, luego que haya descansado un momento.

Bradamante vence en singular batalla al viejo Atlante, valiéndose del anillo misterioso, y pone en libertad á su Rugiero.—Cabalga este en el Hipogrifo, que remontándose hasta el cielo, le transporta á regiones remotas.—Llega Reinaldo á Bretaña, cumpliendo las órdenes de su rey, y se le ofrece en seguida ocasion de salvar á la princesa Ginebra.

Aunque el disimulo es siempre reprensible por dar indicios de mala condicion en quien lo usa, sucede, sin embargo, que en más de una ocasion ha producido evidentes beneficios, y hasta evitado daños, querellas y muertes; pues no siempre hablamos con amigos verdaderos en esta vida mortal, llena de envidia y más intranquila que serena. Si para encontrar uno de aquellos en quien puedan depositarse los secretos y las penas del corazon se han de hacer antes muchas pruebas y pasar no menos trabajos, ¿qué conducta deberia observar la hermosa amiga de Rugiero con aquel Brunel tan poco sincero, y de cuya astucia y disimulo le habia advertido de antemano la Maga? Disimular á su vez, tal como era necesario con aquel que podria pasar por padre dela mentira; y segun dije antes, no separar los ojos de sus manos diestras y rapaces.

Cuando se oyó el rumor que he indicado, exclamó la doncella, dirigiéndose con presteza al sitio de donde procedia:

—¡Oh Madre gloriosa! ¡oh Rey del Cielo! ¿qué podrá ser eso?

Vió al huésped y toda su familia asomados á las ventanas y á la puerta, con los ojos fijos en el espacio, como si contemplaran un eclipse ó un cometa. Tendió ella vista en la misma direccion, y vió una cosa maravillosa y apenas creible: divisó un gran caballo alado, que cruzaba los aires, montado por un caballero armado. Las alas del corcel eran grandes y de diferentes colores, y tersa y luminosa la armadura del caballero: dirigia su vuelo hácia Poniente y descendiendo un tanto, desapareció tras las montañas. Segun dijo el posadero, y decia la verdad, aquel era un nigromante que solia á pasar por allí con frecuencia, haciendo excursiones más ó menos lejanas. Unas veces elevaba su raudo vuelo hasta llegar á las estrellas; otras pasaba rozando la tierra, y se apoderaba de todas las mujeres hermosas que divisaba por aquellas comarcas. Por esta causa, las miseras doncellas que tenian ó creian tener alguna belleza, al ver que las arrebataba á todas, no se atrevian á salir durante el dia.

El huésped seguia refiriendo cómo aquel ginete poseia en los Pirineos un castillo encantado, construido de acero, y tan bello y reluciente, que en el mundo no habia otro tan admirable. Muchos eran los caballeros que habian llegado hasta él, pero ninguno habia podido alabarse de volver.—«Así es que yo temo, añadia el huésped, que estén encadenados ó muertos.»

La jóven escuchó atenta aquella narracion, congratulándose de ella, porque abrigaba la esperanza de hacer con el anillo tan admirable prueba, que consiguiera destruir el poder del Mago y su castillo. Dirigiéndose al huésped, le dijo:

—Búscame un guia que conozca mejor que yo el camino que conduce á ese castillo; porque, siguiendo los impulsos de mi corazon, no puedo contener mis deseos de pelear con ese nigromante.

—No te faltará guia, le respondió entonces Brunel; yo iré contigo. Llevo conmigo la descripcion del camino, así como tambien otras cosas que te harán agradable mi compañía.

Brunel se referia al anillo; pero no quiso enseñarlo ni aventurarse á decir más por no exponerse á las consecuencias.

—Tu compañía me será grata, le respondió Bradamante, queriendo decir que de ese modo podria apoderarse del talisman. Siguiendo la regla de conducta que se habia trazado, decia lo que le era útil, y callaba lo que podia hacerla sospechosa al Sarraceno.

El posadero tenia un caballo que agradó á Bradamante, pues era á propósito para viajar y para la guerra: se lo compró, y al amanecer del siguiente dia emprendieron la marcha, yendo Brunel unas veces delante y otras detrás de ella. De monte en monte y de selva en selva, llegaron al punto más alto de los Pirineos, desde donde pueden contemplarse cuando está despejada la atmósfera las diferentes comarcas de Francia y de España, así como en lo alto de los Apeninos, se descubre el mar de Toscana y el Adriático desde los desfiladeros que conducen á Camaldoli. Desde allí, descendieron por una áspera garganta á un profundo valle en medio del cual se elevaba un gran peñasco, cuya cúspide se veia toda cercada por un brillante muro de acero. El peñasco era tan enhiesto, que todo cuanto le rodeaba parecia diminuto, y perderian tiempo y trabajo los que pretendieran llegar á su cumbre á menos que tuviesen alas. Brunel dijo entonces:

—Hé ahí el sitio donde el Mágico guarda cautivos á las damas y á los caballeros.

La enorme roca estaba cortada á pico perpendicularmente por todos sus cuatro costados: por ninguno de ellos se veia escala ó sendero que facilitaran el acceso: en resúmen, aquel sitio era propio únicamente para morada de las águilas ó de otro animal alado.

Bradamante conoció que habia llegado el momento de apoderarse del anillo y dar muerte á Brunel; pero teniendo por una vileza ensangrentarse con un hombre desarmado y de baja esfera, cuando podia fácilmente hacerse dueña del talisman, sin necesidad de darle muerte, cogió á Brunel, que no sospechaba nada, y atándole fuertemente á un abeto corpulento y elevado, le sacó el anillo del dedo. En seguida bajó á pasos lentos de la montaña, sin que á pesar de las lágrimas, gemidos y lamentos de Brunel, le quitara sus ligaduras; y cuando estuvo en el llano al pié de la torre, retó al nigromante á singular batalla, haciendo resonar su trompa, y llamándole á la pelea con gritos amenazadores.

Apenas oyó el Encantador aquellos sonidos, salió de la fortaleza, y montando en su corcel alado, se precipitó hácia su provocador. La jóven se tranquilizó desde luego; pues observó que su adversario poco daño podia hacerle, por no llevar lanza, espada ni maza; solo tenia en la mano izquierda el escudo cubierto con una tela de seda roja, y en la derecha un libro abierto, cuya lectura le servia para sus encantamientos; de tal modo que tan pronto parecia vérsele volar enristrando la lanza y dando muerte á su adversario,ó bien herirle con la maza ó con la espada, como alejarse rápidamente, sin que ningun golpe le alcanzara.

El caballo no era un fantasma, sino un ser viviente, engendrado por una yegua y un grifo; tenia como su padre la pluma y las alas, la cabeza y las patas delanteras armadas de garras. Los miembros restantes eran iguales á los de su madre: llamábase Hipogrifo. Se ven algunos de su especie, pero en escaso número, en los montes Rifeos, procedentes de la otra parte de los helados mares del Norte. El nigromante, valido de su arte mágico, lo habia sacado á la fuerza de aquellas apartadas regiones, y tanto trabajó y empleó tanto cuidado, que al cabo de un mes consiguió hacerlo dócil al freno, montarlo y dirigirlo á su voluntad por la tierra, por los aires y por todas partes. En esto no habia como en lo demás nada sobrenatural, sino realidad. En cuanto á las restantes acciones del Mago, que era capaz de convertir lo encarnado en amarillo, todas llevaban el sello de sus diabólicas artes, mas estas eran impotentes con Bradamante, á quien protegia su anillo.

Durante largo rato estuvo la jóven dando tajos al viento y volviendo y revolviendo su caballo, esforzándose en vencer al Mago, segun le aconsejara Melisa. Cansada de combatir á caballo, apeóse de él, para cumplir hasta el fin las órdenes de la encantadora, al mismo tiempo que el Mago echaba mano de su último recurso, contra el cual no conocia ni creia que hubiese precaucion alguna, descubriendo el escudo, confiado en que su encantado resplandor bastaria para derribar á su contrincante. Desde luego podia emplear este medio como el mas eficaz de todos, sin tener entretenidos á sus adversarios, pero se complacia en manejar la lanza y esgrimir la espada durante algun tiempo, del mismo modo que el astuto gato se complace en jugar con el


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