Bradamante vence y sujeta á Atlante de Garena.(Canto IV.)
Bradamante vence y sujeta á Atlante de Garena.(Canto IV.)
Bradamante vence y sujeta á Atlante de Garena.(Canto IV.)
ratoncillo que cae entre sus uñas, y una vez cansado de este entretenimiento, le estruja entre sus dientes. Lo mismo que el gato con el raton, habia hecho hasta entonces el nigromante con sus contendientes; pero no fué así en aquella ocasion, pues Bradamante se valió del poder oculto de su anillo.
Atenta y fija la doncella á cuanto pudiera impedir que el mago se le acercára, mientras combatia; y cuando vió que este descubria su escudo, cerró los ojos y se dejó caer en el suelo, no porque la hubiera deslumbrado, como á tantos otros, el fulgor del luciente metal, sino para conseguir que el mago bajara del caballo y se dirigiera al sitio en que yacia tendida. Su designio se realizó tal como deseaba; pues apenas la vió en el suelo el volador ginete, hizo que su caballo extendiera las alas y que se posara en tierra despues de describir un gran círculo en el espacio.
El nigromante colgó del arzon el escudo que ya habia tapado, y se dirigió á pié hácia la doncella, que le esperaba como el lobo espera oculto en un matorral al tierno cabritillo. En cuanto le vió á su lado, se levantó apresuradamente, y le estrechó con fuerza entre sus brazos. El miserable habia dejado en el suelo el libro que le servia para sus encantos: así es que la jóven le sujetó con la misma cadena que el mago llevaba siempre consigo para semejante uso, y que en aquella ocasion no habia olvidado, esperando aprisionar con ella por detrás á aquel nuevo adversario como habia aprisionado á tantos otros.
Bradamante le derribó al suelo, sin que el mago opusiera resistencia alguna: y se comprende muy bien, pues no cabia resistencia entre un débil viejo y una jóven tan esforzada. Dispuesta á cortarle la cabeza, levantó con viveza su mano victoriosa; pero al fijarse en el rostro del vencido,detuvo el golpe, como desdeñándose de tomar una venganza impropia de su valor. Entonces pudo ver que aquel á quien habia puesto en tan apurado trance era un anciano venerable, de faz rugosa y blancos cabellos, cuya edad frisaba en los setenta años.
—Quítame, por Dios, la vida ¡oh jóven! decia el viejo lleno de ira y de despecho; pero ella mostraba tanta repugnancia á quitarsela, como tenia él deseos de perderla, Bradamante anhelaba saber quién era el hechicero, con qué objeto habia edificado el castillo en un sitio tan salvaje, y por qué habia declarado la guerra á todos sus semejantes.
El viejo encantador le respondió vertiendo lágrimas:
—¡Desventurado de mí! No me guió una intencion dañina al construir la hermosa fortaleza en la cumbre de esa peña, ni es la avaricia lo que me incita al robo, sino mi solicitud por salvar la vida á un caballero gentil, que, segun me ha avisado el cielo, debe morir á traicion dentro de poco tiempo, despues de haber abrazado la religion cristiana. No alumbra el Sol entre uno y otro polo á un jóven tan hermoso y arrogante; llámase Rugiero, y desde pequeño ha sido educado por mí. Mi nombre es Atlante. Su adversa suerte, al par que el deseo de alcanzar honores y laureles, le han conducido á Francia siguiendo al rey Agramante, mientras yo, que le he amado siempre más que á un hijo, procuro sacarle de este país y librarle de toda clase de peligros. He edificado ese magnífico castillo con el único objeto de guardar con más seguridad á Rugiero, de quien conseguí apoderarme, así como esperaba hoy hacerme dueño de tí; y el objeto de aprisionar á tantas damas, caballeros y demás noble gente como verás, no ha sido otro que el de procurar una grata compañía á Rugiero, á fin de hacerle más llevadera su cautividad. He procurado satisfacer todos sus deseos, excepto el de salir de ese castillo; pues cuantos placeres ofrece el mundo del uno al otro confin, todos se encuentran reunidos en él: músicas, vestidos, cantos, juegos, manjares, en fin, todo cuanto puede desear el corazon ó apetecer el paladar. Tranquilo cogia ya el fruto que habia sembrado, cuando has venido tú á desbaratar por completo mis planes. Ahora bien: si tu corazon es tan bello como tu rostro, espero que no te opondrás á mi humanitaria empresa. Conserva ese escudo, que te cedo; apodérate de ese corcel, que tan velozmente atraviesa los aires; pero no penetres en el castillo. Si tal es tu empeño, pon en libertad á los caballeros que elijas, y permite que conserve los demás; y si deseas libertarlos á todos, sea como quieras: no me opondré, con tal de que me dejes á mi querido Rugiero. Si no obstante mis súplicas, tu designio es el de arrebatármelo tambien, ¡ah! te ruego, que antes de volverlo á conducir á Francia, arranques su podrida corteza á esta alma afligida!
La doncella se apresuró á responder:
—Estoy resuelta á ponerle en libertad, por más que digas. En cuanto al escudo y el caballo que ofreces darme en recompensa de mi condescendencia para contigo, debo advertirte que ya han dejado de pertenecerte y que son mios; pero aun cuando te pertenecieran, no creo que el cambio pudiera convenirme. Para detener á Rugiero supones que quieres preservarlo del mal influjo de su estrella; cuando, ó esta suposicion es una impostura, ó si es cierta, eres impotente para evitar lo que el Cielo ha prescrito, pues si no has podido prever el daño que te amenazaba, estando tan próximo, menos preverás el de otro, que no lo está tanto. En vano has de rogarme que te dé la muerte: si en tan poco estimas la vida, aunque todo el mundo se niegue ácomplacerte, tú mismo podrás quitártela mientras tu corazon sea fuerte y valeroso. Ahora, vamos á abrir las puertas de su prision á todos tus cautivos.
Así dijo la jóven, y arrastró al mago hácia el peñasco.
Atlante iba atado con su propia cadena y la doncella junto á él; pues le inspiraba tal desconfianza, que no se separaba de su lado á pesar de verle humillado y abatido. Pocos pasos habian dado, cuando encontraron al pié del monte una hendidura: penetraron en ella, y subiendo por una estrecha escalera de caracol, llegaron á la puerta del castillo.
Atlante levantó una piedra que estaba al pié del umbral de aquella, llena de caracteres desconocidos y de signos misteriosos. Debajo de la piedra aparecieron unos vasos ú ollas llenos de un fuego oculto que despedian un humo denso: el encantador los hizo pedazos, y en un momento quedó aquel sitio desierto, inhospitalario y salvaje, desvaneciéndose como por encanto las murallas y la torre, cual si jamás hubiera existido el castillo.
Simultáneamente con la fortaleza, desapareció el Mago del poder de la dama, como se escapan muchas veces los tordos de la red en que han caido presos, dejando en libertad á todos los cautivos. Las damas y caballeros se vieron sin notarlo fuera de sus soberbias estancias y en medio del campo, y hubo muchos de ellos que no agradecieron una libertad que les privaba de los placeres que allí habian encontrado.
Allí estaban Gradasso, Sacripante, Prasildo el noble caballero que vino de Levante con Reinaldo, y á su lado Iroldo su más fiel amigo. Al fin encontró allí Bradamante á su deseado Rugiero, que la acogió primero con ternura, y luego con inmensa gratitud, apenas tuvo noticia de que le era deudor de su libertad.
Desde el dia en que Bradamante se quitó en su presencia el yelmo para restañar la sangre que manaba de su herida, la amó Rugiero más que á sus ojos, más que á su corazon y más aun que á su propia vida. Seria largo referir cómo y por quién fué herida, así como las infructuosas pesquisas que para volverse á encontrar hicieron noche y dia por la áspera é intrincada selva: baste decir que hasta entonces no habian podido volverse á ver.
Tal alegría inundó el corazon del guerrero al reconocer á la doncella y al saber que á ella solamente era deudor de su libertad, que se tuvo por el más feliz y afortunado de los mortales. Bajaron ambos el monte y fueron á parar al valle, testigo de la victoria de Bradamante, donde encontraron todavia al Hipogrifo con el escudo colgado del arzon de la silla, pero cubierto. La jóven fué á coger las riendas, y el corcel permaneció quieto hasta que la vió junto á él, en cuyo momento extendió las alas, hendió los aires, y fué á posarse á corta distancia en la pendiente de la montaña. Persiguióle Bradamante, y el caballo volvió á remontar el vuelo, sin alejarse demasiado, cual suele hacer la corneja perseguida por los perros, que dá revueltas á través de los campos para hacerles perder su pista.
Rugiero, Gradasso, Sacripante y los demás caballeros que habian bajado al valle juntos, se fueron colocando en diferentes sitios, esperando poder apoderarse del caballo, el cual, despues que los tuvo cansados, haciéndoles subir inútilmente en su persecucion hasta la más empinada cumbre de los montes, ó bajar á profundos barrancos entre aquellas peñas, se quedó al fin quieto junto á Rugiero.
Este era un lazo que le tendia el viejo Atlante, que insistiendo en su constante y piadoso deseo de librar á Rugiero del peligro que le amenazaba, solo pensaba en losmedios de realizarlo, y solo se lamentaba de no poder conseguirlo. Por eso le enviaba el Hipogrifo, esperando que, saliéndole bien su astucia, alejaria á Rugiero de Europa. El guerrero lo cogió é intentó hacerle seguir tras él, mas el caballo permaneció inmóvil resistiéndose á obedecerle. Entonces Rugiero se apeó de Frontino, que así se llamaba su caballo, y montando en el Hipogrifo, le clavó en los costados el acicate: el corcel salió corriendo durante algunos momentos; despues, afirmando sus patas en el suelo, dió un rápido salto y se remontó por los aires con más rapidez que el halcon, á quien el cazador quita la caperuza enseñándole su presa.
Al ver á tanta altura y tan en peligro á su Rugiero, la hermosa dama se quedó tan atónita, que durante algun tiempo no le fué posible recobrarse de su asombro. Recordando el rapto de Ganimedes, que fué arrebatado del palacio de sus padres y transportado al cielo[26], temió que llegara á suceder otro tanto á su amante, no menos gentil y bello que Ganimedes. Con los ojos fijos en el cielo, le fué siguiendo mientras alcanzó su vista; y cuando sus miradas fueron ya impotentes para divisarle, dejó que su corazon enamorado fuera en pos de él, prorumpiendo despues en amargas quejas y suspiros. Así que Rugiero hubo desaparecido de su vista, volvióse hácia el excelente Frontino, y le cogió de las riendas, decidida á conservarlo en su poder y no permitir que corcel tan bueno cayera en manos del primer advenedizo, hasta que le fuera dable restituirlo á su dueño.
El Hipogrifo en tanto continuaba remontándose, y Rugiero, imposibilitado de refrenarlo, veia á sus piés las cimas de las montañas más elevadas, cuya altura fué poco á poco haciéndose menos perceptible, hasta el extremo de no serle posible distinguir donde se elevaba el terreno, ni donde se aplanaba formando extensas llanuras. Cuando llegó á tanta altura, que desde la tierra parecia un imperceptible punto, dirigió su vuelo hácia la region donde el Sol cae á plomo cuando entra en el signo de Cáncer[27], y continuó hendiendo los aires como el lijero bajel impulsado en el mar por un viento favorable.
Dejémosle proseguir su viaje, rápido por demás, y volvamos al paladin Reinaldo.
Este guerrero, cuya nave continuaba siendo impelida por un viento tempestuoso, que soplaba siempre con igual fuerza, recorrió durante dos dias mortales una gran extension de mar, viéndose arrastrado por las olas, tan pronto hácia el Oeste como hácia el Norte. Al fin fué á parar á las costas de Escocia en el punto en que está situada la selva Caledonia, entre cuyos poblados cerros se oia con frecuencia resonar antiguamente el estruendo de las armas. Allí acudian los caballeros andantes más famosos de toda la Bretaña; así los de apartadas como los de las más próximas regiones; los guerreros, en fin, de Francia, Noruega y Alemania. El que no tuviera un valor á toda prueba, debia desistir de penetrar allí, pues donde iba en busca de lauros, solia encontrar la muerte: aquella selva fué mudo testigo de las portentosas hazañas de Tristan, Lancelote, Galaso, Artús y Galvan[28], y otros muchos caballeros famosos de la antigua y la moderna Tabla redonda[29], de cuyas proezas queda aun másde una memoria esculpida en monumentos y trofeos pomposos.
Reinaldo apercibió inmediatamente sus armas y su caballo, y se hizo desembarcar en aquellas costas umbrosas, dando órden al piloto de que se alejara de nuevo y fuese á esperarle al puerto de Berwick. Internóse el guerrero por aquella selva inmensa, sin escudero ni compañía alguna, siguiendo diferentes caminos, en la esperanza de que se le presentara alguna aventura extraordinaria. El primer dia de jornada pernoctó en una abadía, en donde se dispensaba hospitalaria y amable acogida á cuantas damas y caballeros llamaban á su puerta. El abad y los monjes recibieron con su proverbial agrado á Reinaldo, que les preguntó, así que hubo restaurado sus fuerzas con una comida apetitosa, qué debian hacer los caballeros para encontrar por aquella comarca frecuentes aventuras, en que, llevando á cabo alguna accion heróica, pudieran demostrar si eran dignos de fama ó de censura. Se le contestó que, vagando por aquellos bosques, podria encontrar muchas y extrañas aventuras pero que las más honrosas acciones permanecian tan ignoradas y oscuras, como oscuros eran aquellos sitios; pues la mayor parte de las veces ni siquiera se tenia noticia de ellas.
—Busca, le decian, otro sitio donde conozcas que tus obras no han de quedar ignoradas, á fin de que, al peligro y la fatiga, siga el renombre merecido. Pero ya que deseas dar una prueba de tu valor, ahora justamente puedes aprovechar la ocasion que te ofrece la empresa más digna que ni en la edad antigua ni en la moderna haya emprendido caballero alguno. La hija de nuestro rey tiene en este momento necesidad de ayuda y defensa contra un baron llamado Lurcanio, que pretende arrebatarle á un tiempo mismo la vida y la honra. Ese Lurcanio la ha acusado ante su padre, dejándose quizá llevar del odio más bien que de la razon, de haberla sorprendido una noche ayudando á subir á un amante al balcon de su palacio. Las leyes del reino la condenan á las llamas, si en el término de un mes, que está para acabar, no encuentra un campeon que pruebe la impostura del inícuo acusador. La rigorosa ley de Escocia, impía y severa, manda dar la muerte á toda mujer, sea cual fuere su clase, que se una á un hombre sin haberse desposado con él, como la acusen de este delito; é imposible de todo punto es impedir tal castigo, á no ser que acuda en su defensa un guerrero, y sostenga que es inocente, y por lo tanto, no merecedora de la muerte. El Rey, aflijido por la suerte de la hermosa Ginebra, que así se llama su hija, ha hecho publicar por ciudades y castillos, que si alguno se encarga de su defensa y consigue desvanecer tan indigna calumnia, recibirá en recompensa, con tal de que sea de noble estirpe, la mano de la princesa, que llevará además en dote un estado correspondiente á su elevada alcurnia; pero si en el término de un mes no acude nadie en su auxilio, ó si el que acuda no vence, será muerta irremisiblemente. Tamaña empresa te conviene mucho más que ir vagando á la ventura por esos bosques; pues además de proporcionarte honor y fama perdurables, conseguirás no tan solo la mano de la más hermosa de cuantas doncellas existen desde el Indo hasta las columnas de Hércules, sino tambien riquezas, un dominio que te asegurará para siempre una vida halagüeña, y la gracia del Rey, que te deberá su honor, del que hoy casi se vé desposeido. Siendo caballero, estás por otra parte obligado á vengar de semejante ultraje á una damaque, segun opinion unánime, es un modelo acabado de pudor y castidad.
Reinaldo permaneció algunos momentos pensativo, y despues contestó:
—¿Es decir, que una doncella debe morir, porque recibió apasionada entre sus amorosos brazos á su amante? ¡Maldicion sobre el que tal ley ha sancionado! ¡Maldicion mil veces sobre los que la toleran! Con mayor razon debe morir una mujer cruel y desdeñosa, que la que dá la vida á su fiel amante.... Poco me importa que Ginebra haya ó no hecho feliz al suyo: por mi parte, no puedo menos de aplaudirlo, en caso de ser cierto, con tal de que haya evitado el escándalo. Decidido estoy á defenderla: así pues, proporcionadme un guia que me conduzca rápidamente al encuentro del acusador; porque si Dios me ayuda, como espero, pronto renacerá la calma en el corazon de Ginebra. No quiero suponer que la doncella sea inocente; porque si tal dijese, podria equivocarme, cuando no tengo antecedente alguno: lo que sí sostengo, es que ninguna ley debe castigar semejante falta; que fué injusto ó por lo menos loco el primero que impuso tal pena á los que incurrieran en ella, y que tales leyes deben revocarse inmediatamente y ser sustituidas por otras más razonables. Si un mismo ardor, si igual deseo hace que se busquen y se unan los dos sexos para disfrutar del tierno desenlace que proporciona el amor, y que el ignorante vulgo considera como un crímen, ¿por qué se ha de censurar ó castigar á la mujer por haber hecho con uno ó con varios lo mismo que el hombre pone por obra siempre que bien le parece, quedando, no solo impune sino aplaudido y alabado? Con tan desigual ley se han cometido verdadera y expresamente grandes injusticias contra la mujer, y Dios mediante, no tardaré en demostrar el granmal que se ha causado soportándola por espacio de tanto tiempo.
Todos los circunstantes convinieron unánimes con Reinaldo en que los antiguos fueron tan injustos como imprudentes al consentir que rigiese ley tan inícua, y en que obraba mal el Rey que, pudiendo, no la reformaba.
Apenas la sonrosada luz del dia siguiente apareció por el horizonte, Reinaldo cogió sus armas, cabalgó en Bayardo, y precedido de un escudero que le proporcionaron en la abadía, y que le fué acompañando en el trascurso de muchas millas, se encaminó á través del horrible bosque en direccion del país donde debia combatir en favor de la calumniada doncella. A fin de abreviar el viaje, dejaron el camino, dirigiéndose por senderos tortuosos, cuando de pronto oyeron gemidos cercanos que resonaban en todas las sinuosidades de la selva.
Reinaldo y su escudero lanzaron sus caballos hácia un valle, de donde al parecer salian aquellos lamentos, y vieron, en llegando á él, á una jóven, que desde tan larga distancia les pareció hermosa, sujeta por dos malhechores. La doncella lloraba y suplicaba tanto cuanto puede hacerlo una persona: ellos con los aceros empuñados se preparaban á regar la pradera con su sangre, sin que les conmovieran las reiteradas instancias de la jóven, que con ellas procuraba diferir su funesta suerte. Apenas reparó Reinaldo en aquel espectáculo, cuando se dirigió velozmente hácia ellos prorumpiendo en gritos y amenazas. Los malandrines volvieron las espaldas, al ver tan inesperado socorro y se ocultaron por las fragosidades del terreno. El guerrero no se cuidó de perseguirlos, sino que se acercó á la doncella; le preguntó cuál era la causa de tan gran castigo, y haciéndola montar, para no perder tiempo, á la grupa del rocin de su escudero, prosiguió su interrumpida marcha. Mientras cabalgaban, la fué contemplando mejor, y vió que era muy bella y de modales distinguidos, á pesar de que aun se veia retratado en sus facciones el espanto que le causara el temor de su próxima muerte. Reinaldo repitió la pregunta que le dirigiera, y ella empezó con voz humilde á referir lo que dejaré ahora para el canto siguiente.
Dalinda refiere á Reinaldo su historia y la de la princesa Ginebra.—Lurcanio persuadido de que su hermano Ariodante se habia dado la muerte por creer que la princesa despreciaba su amor, mientras que se entregaba al Duque de Albania, la acusa ante el Rey su padre de impúdica y deshonesta.—Acude Reinaldo y dá la muerte al duque de Albania, obligándole antes á confesar sus imposturas.
Todos cuantos animales existen sobre la Tierra viven tranquilos y en paz, ó si entre ellos se origina alguna contienda, jamás el macho ataca á la hembra. La osa vaga segura por la selva con el oso; la leona descansa confiada junto al leon; la loba no abriga temor alguno hácia el lobo, como la vaca tampoco lo tiene al toro. ¿Qué abominable peste, qué Megera[30]ha venido, pues, á turbar el corazon del hombre? ¿Por qué hemos de ver con frecuencia al marido prodigar los más injuriosos dicterios á su mujer, dejar impresas en su rostro las huellas de una mano atrevida, y hasta empapar en llanto, y no solo en llanto, sino ensangre derramada por una ira estúpida, el lecho nupcial?—Todo esto es en mí concepto criminal y punible; y por lo mismo jamás tendré por un ser humano, sino por un espíritu infernal revestido de forma humana, al que, rebelándose contra la naturaleza, ó contra Dios, hiere el rostro de una débil mujer ó le arranca un solo cabello, y mucho más al que le quita la vida, ya se valga del veneno, de la cuerda ó del acero.
Tales debian ser los dos ladrones puestos en fuga por Reinaldo, que habian conducido á aquella doncella hasta un valle tan sombrío y desierto con objeto de hacerla desaparecer de entre los mortales. La dejé en el momento en que se preparaba á referir á su salvador la historia de su desgracia; continuaré, pues, mi interrumpida narracion.
La jóven empezó á hablar de esta manera:
—Prepárate á oir el doloroso relato de una crueldad mayor que las que se cometieron en Tebas, Argos ó Micenas, ó en cualquier otro lugar célebre por los horrores que haya presenciado. Yo creo que si el Sol en su rotacion diaria acerca menos sus rayos vivificantes hácia este que hácia los otros paises, es porque le repugna llegar hasta nosotros, evitando en cuanto puede el ver gentes tan crueles. En toda época se han presenciado ejemplos de la crueldad que tiene el hombre para con sus enemigos; pero dar la muerte al que solo procura su bien y piensa continuamente en él, es además de injusto, impío. Mas dejando reflexiones aparte, te manifestaré desde luego la causa de que aquellos bandidos intentasen castigarme con el último suplicio, á pesar de mi edad juvenil, á fin de que conozcas la verdad entera.
»Niña era todavia, cuando entré al servicio de la hija del Rey, ocupando en la corte un puesto honroso y distinguido. Iba creciendo al par de mi señora, cuando el cruel Amor,envidioso de mi dicha, consiguió atraerme y sujetarme á sus leyes, haciendo que el Duque de Albania me pareciera el más gallardo de los caballeros y el más apuesto de los donceles. Juróme él amor sin límites, y yo le amé con toda mi alma, sin reflexionar en que por más que se escuchen las palabras y se contemple el rostro, no es posible juzgar lo que el corazon encierra. Creyendo y amando, me dejé seducir por él, sin reparar en que le recibia frecuentemente en la cámara predilecta de la bella Ginebra, donde ella guardaba sus más preciados objetos y donde dormia las más de las veces. Yo hacia que mi amante subiera á dicha estancia, colgando del balcon yo misma la escala por donde subia siempre que deseaba permanecer algun tiempo junto á él, lo cual sucedia tantas veces cuantas Ginebra me proporcionó la ocasion cambiando de cámara, molestada por el calor ó por el frio. Aquellas frecuentes ascensiones de mi amante pasaron siempre desapercibidas para los demás, porque hácia aquella parte del palacio habia algunas casas arruinadas, por donde no pasaba nadie ni de dia ni de noche.
»Por espacio de muchos dias y aun muchos meses continuaron en secreto nuestros desahogos amorosos; crédula yo y tan confiada en su cariño, que en mi corazon ardia cada vez con más fuerza el fuego del amor, el cual me cegaba hasta el extremo de no permitirme comprender que él fingia mucho y amaba poco, á pesar de que más de un indicio debiera descubrirme su proceder engañoso. Llegó, sin embargo, un dia en que tuvo el atrevimiento de revelarme que estaba enamorado de la bella Ginebra. Ignoro si empezó entonces este amor, ó antes de estar cansado del mio. Fácilmente comprendereis su arrogancia, y el imperio tan grande que ejercia sobre mi corazon, cuando os diga que nosolo no le causó rubor alguno hacerme revelacion semejante, sino que me rogó le ayudara en su nueva amorosa empresa. Decíame, no obstante, que su naciente pasion no era tan verdadera ni igual á la que por mí sentia, sino que, fingiendo estar enamorado, esperaba contraer un legítimo himeneo. Parecíale cosa fácil obtener del Rey la mano de su hija cualquiera que fuese la voluntad de esta; pues en cuanto á posicion y estirpe no habia en todo el reino otro caballero más digno, despues del monarca.
»Procuró persuadirme que, si por mi auxilio llegaba á ser yerno del Rey, estando como estaba dispuesto á encumbrarse hasta donde con respecto á su rey le es dado encumbrarse á un súbdito, confesaria que me lo debia todo, y que jamás olvidaria tamaño beneficio; añadiendo por último, que su amor hácia mí seria siempre antes que su mujer y todo cuanto pudiera alcanzar.
»Yo, dedicada constantemente á satisfacer sus menores deseos, no supe ó no quise contradecirle nunca, teniéndome por verdaderamente feliz el dia en que podia complacerle: así es que, siguiendo sus insinuaciones, aproveché cuantas ocasiones se me presentaron de hablar de él y de encomiarle, no perdonando trabajo ni astucia alguna para conseguir que Ginebra correspondiese á la pasion de mi amante. Bien sabe Dios que hice cuanto me dictó mi corazon ó mi cabeza mientras me fué posible; pero nunca alcancé de Ginebra una respuesta satisfactoria para las aspiraciones del Duque; pues mi jóven señora tenia á su vez todos sus pensamientos y todos sus deseos cifrados en el amor que le inspiraba un caballero apuesto, gentil y cortés, que jóven aun, habia venido á Escocia desde Italia en compañia de un hermano suyo, con objeto de residir en esta corte. Aquel gallardo jóven adquirió pronto tal perfeccion en el manejode las armas, que no habia otro que se le igualara en toda la Bretaña; el Rey le distinguia con su afecto, y tanto era así, que le hizo generosa y liberal donacion de castillos, villas y jurisdicciones, concediéndole además otras dignidades que le encumbraron al par de los principales nobles del reino.
»Si Ariodante, que tal era el nombre de aquel caballero, gozaba de la amistad del Rey por su maravilloso valor, no era menos querido de su hija; pero cuando esta conoció que el corazon del jóven ardia en vivo fuego por su amor, ni el Vesubio, ni el Etna, ni la misma Troya despidieron tantas llamas como el de la hermosa Ginebra.
»Esta pasion tan sincera como leal hizo que mi Señora se manifestara siempre insensible á mis instancias con respecto al Duque, y que jamás me diese una respuesta que pudiera infundirle la más mínima esperanza; así es que cuanto más reiteradas eran mis súplicas en favor de mi amante, y con más entusiasmo abogaba por él, más le censuraba y aun le despreciaba ella, y mayor enemistad sentia hácia él. Con frecuencia aconsejé á mi amante que abandonase tan vana empresa, por no ser posible reducir el ánimo de Ginebra, reconcentrado por completo en otro amor; á cuyo fin le demostré claramente, que su pasion hácia Ariodante era tan viva, que ni toda el agua del Océano conseguiria apagar el menor átomo de aquella inmensa llama. Habiendo oido muchas veces Polineso (que así se llama el Duque) esto mismo de mis labios, y visto y comprendido por sí mismo lo mal correspondida que era su ardorosa pasion, no desistió sin embargo de ella, antes bien montó en cólera y despecho, por no poder soportar en su soberbia que se le despreciara por otro; y valiéndose de torpes maquinaciones, se dedicó á producir entre Ginebra y su amante tantaenemistad, tal discordia y tan celosas sospechas, que originaron la ruptura de sus amorosas relaciones, hasta el punto de que no volvieran á reanudarlas: á este fin procuró hacer recaer sobre Ginebra una ignominia inmensa de que no pudiera verse libre ni viva ni muerta.
Tomada esta determinacion, me dijo:—«Dalinda mia, (tal es mi nombre) te confieso que, así como el árbol cortado varias veces suele renacer de sus propias raices, del mismo modo mi desgraciada pertinacia, aunque tronchada por sucesos desagradables, no cesa de germinar, queriendo conseguir el logro de sus deseos. Tambien te confesaré que no me incita el atractivo del placer, sino la satisfaccion del vencimiento. Ahora bien, con este objeto he imaginado un plan en el que espero que tambien me ayudes, no pudiendo llevarlo á cabo por mi solo. Deseo que una de las veces en que me recibas, segun costumbre, por el balcon, en ocasion en que Ginebra descansa en su lecho, cojas todos los vestidos de que ella se haya desnudado y te los pongas, procurando adornarte y arreglar tus cabellos como ella, imitar sus ademanes, y parecerte á ella en todo y por todo; hecho esto, me echarás desde el balcon la escala; mi acalorada imaginacion verá representada en tí á la princesa con cuyo traje estarás vestida, y engañándome á mí mismo de esta suerte espero que en breve se irán amortiguando mis vehementes deseos.»
»Así dijo; y yo que no era dueña de mi razon ni de mi albedrío cuando él me pedia alguna cosa, no comprendí que lo que me acababa de proponer era un ardid de los más groseros; y cumplí exactamente sus órdenes, vistiéndome con las ropas de Ginebra, y echando desde el balcon la escala por donde él habia subido tantas veces. Cuando eché de ver el lazo que se me habia tendido, ya estaba hecho el daño.
»Por aquel tiempo, el Duque habia tenido una entrevista con Ariodante, de quien habia sido íntimo amigo antes de que el amor los convirtiera en rivales, y en ella se entabló la siguiente conversacion:
—«Maravíllome, empezó á decir mi amante, de que habiéndote guardado más consideraciones y querido más que á todos los de nuestra clase, tan mal hayas pagado esta amistad y deferencia. Estoy seguro de que no ignoras el amor que Ginebra y yo nos profesamos ha ya mucho tiempo, y de que estoy decidido á pedirla por esposa á mi soberano. ¿Por qué, pues, te atraviesas en nuestro camino? ¿Por qué te has de obstinar en obsequiarla, á pesar de conocer la inutilidad de tus esfuerzos? Si estuvieras en mi lugar y yo en el tuyo, por Dios te aseguro que respetaria tu felicidad.
—«Mayor asombro me causa tu conducta, replicó Ariodante, pues ni siquiera habias visto tú á Ginebra, cuando ya mi corazon le pertenecia. Además, me consta que no ignoras cuán grande es nuestro mútuo amor, tan ardiente como el que más; que sus deseos más vehementes se cifran en ser mi esposa, y tambien me consta que estás perfectamente enterado de que no te ama. ¿Por qué, pues, no has de guardar á mi amor ese respecto que nuestra amistad exige, y que antes solicitabas tuviera al tuyo, como indudablemente lo observaria yo si ella te distinguiera con su cariño más que á mi? Abrigo, como tú, la esperanza de poseer la mano de Ginebra; pues aunque tus riquezas sean superiores á las mias, no soy menos apreciado del Rey que tú, y en cambio soy más amado por su hija.
—«¡Oh! exclamó el Duque: ¡en qué error tan grande te ha hecho incurrir tu insensato amor! Crees ser el preferido; yo creo lo mismo: por lo tanto es preciso apelar á las pruebas. Dame cuenta, con toda sinceridad, de los favores que has conseguido; yo te revelaré ingénuamente todos mis secretos con respecto á este amor, y aquel de los dos que haya sido el menos favorecido, cederá el puesto al vencedor, y procurará consolarse con otros amores. Pronto estoy á jurarte que no diré jamás una palabra de lo que me reveles, si así lo deseas: en cambio espero que á tu vez me ofrezcas no revelar nada de cuanto yo te diga.»
»Convinieron ambos en esta proposicion, y pronunciaron su respectivo juramento con la mano puesta sobre los Evangelios; hecho lo cual, Ariodante tomó la palabra para referir al Duque la historia de sus amores. Participóle con entera franqueza y sin apelar á viles mentiras, que Ginebra le habia jurado de palabra y por escrito, que jamás consentiria en dar su mano á otro que á él; que en el caso de que el Rey su padre se opusiera á sus deseos, ella le aseguraba y le prometia oponerse á su vez á todo otro enlace, y que pasaria el resto de sus dias en la soledad. Añadió Ariodante que le animaba la esperanza de conseguir sus deseos en gracia del valor que habia demostrado en todas ocasiones, así como la de alcanzar mayores lauros y honores en beneficio de su Rey y de su patria, para hacerse tal lugar en el ánimo de su señor que llegara á tenerle por digno de desposarle con su hija, en cuanto conociera que tal enlace era del agrado de la princesa.
»Despues añadió:
—«Tal es mi actual situacion: no temo que rival alguno llegue á conseguir lo que yo; no procuro alcanzar más, ni deseo testimonio más irrecusable del amor de Ginebra; así como tampoco aspiro á mayor premio hasta que Dios me lo otorgue por medio de un legítimo himeneo; pues, por otra parte, estoy convencido de que seria completamenteinútil solicitar nuevos favores á pesar de la extremada bondad de mi adorada.
»Así que el verídico y leal Ariodante concluyó de manifestar el galardon que esperaba de sus amorosos desvelos, Polineso, que ya se habia propuesto enemistarlo con Ginebra, empezó á hablar de esta suerte:
—«Veo que estás mucho menos adelantado que yo, y espero hacerte convenir en ello, y más aun, obligarte á confesar que soy el verdaderamente dichoso, cuando te descubra las circunstancias que á mi amor acompañan. Finge Ginebra que te ama; pero no te profesa cariño ni estimacion alguna, limitándose á alimentarte de vanas esperanzas y palabras: además de esto, siempre que habla conmigo atribuye tu amor á necedad y se mofa de él. En cuanto á mí, recibo con frecuencia pruebas de su ternura, más tangibles y terminantes que ridículas promesas; pruebas que te revelaré fiando en tu juramento, si bien haria mejor en callar. Has de saber que no transcurre mes sin que pase tres, cuatro, seis, y á veces hasta diez noches en sus brazos, gustando de las voluptuosidades del amor. Por esto podrás comprender si los favores que hasta ahora has recibido pueden igualarse á los que yo alcanzo continuamente. Cédeme, pues, el campo, y procura consolarte en otra parte, ya que soy el más afortunado de los dos.
—«No debo ni quiero dar crédito á tus palabras, repuso Ariodante; estoy seguro de que mientes, y de que has inventado todo ese tejido de falsedades con el objeto de obligarme á renunciar á mi empresa. Mas como todo lo que has dicho es altamente injurioso para Ginebra, es preciso que lo sostengas en todas partes; pues espero probarte ahora mismo que no solamente eres un impostor, sino tambien un vil traidor.
»El Duque replicó:
—«No seria justo que llegáramos á las manos, cuando te ofrezco hacerte ver por tus propios ojos, y siempre que gustes, la verdad de mis palabras.
»Al oir esto quedó atónito Ariodante, y empezó á sentir en todo su cuerpo tan frio temblor que, á haber dado entero crédito á lo manifestado por Polineso, allí mismo acabara su existencia. Con el corazon traspasado, pálida faz, voz temblorosa y amargo acento, respondió:
—«En cuanto me proporciones la ocasion de presenciar esa dicha, que, segun acabas de decir, alcanzas tan frecuentemente, huiré del lado de la que es tan liberal en sus favores para contigo y tan avara de ellos para mí: pero mientras no sea yo mismo testigo de mi desgracia, no esperes que dé crédito á tus palabras.
—«Cuidaré de avisarte cuando se presente la ocasion, respondió Polineso: y separóse de su rival.
»Dos noches habian pasado, cuando avisé al Duque que podia acudir á visitarme. Este, dispuesto ya á completar la trama tan artificiosamente urdida, aconsejó á su rival que á la siguiente noche se escondiera entre las solitarias ruinas que habia hácia aquella parte del palacio, y señalóle un sitio á propósito en frente del balcon por donde solia subir. Ariodante sospechó desde luego que Polineso habia procurado atraerle hácia un lugar tan desierto con el objeto de tenderle una emboscada y darle la muerte, bajo el pretexto de que queria probarle cuanto habia dicho con respecto á Ginebra, lo cual le parecia imposible. Resolvió, sin embargo, acudir á la cita; pero de modo que no le encontrase desprevenido cualquier asechanza que se le preparara. Ariodante tenia un hermano, tan valeroso como prudente, y el más famoso entre los caballeros de la corte por su destrezaen el manejo de las armas: llamábase Lurcanio, y yendo acompañado por él, estaba más seguro que si le prestasen su auxilio otros diez defensores cualesquiera. Rogóle que fuera en su compañía y que acudiese convenientemente armado; y al cerrar la noche encamináronse ambos al sitio designado, sin que Ariodante revelara á su hermano el secreto que se le habia confiado. Hizo que se colocara como á un tiro de piedra apartado de él, y le dijo:
—«Si me oyes llamarte, ven en mi auxilio; pero si no es así, te ruego que, si me profesas algun cariño, no te muevas de aquí antes de que yo te llame.»
—«Te lo prometo, contestó Lurcanio.
»Tranquilo Ariodante por este lado, fué á ocultarse entre las ruinas que estaban frente á mi balcon, á tiempo que por la parte opuesta se adelantaba el infame que se complacia de antemano con la deshonra de Ginebra: hízome la señal acostumbrada, y yo, ignorante por completo de aquella perfidia, apenas la oí salí al balcon, que estaba de tal modo construido, que se me podia ver por todas partes, vestida con un trage blanco, adornado con franjas de oro en su centro y en derredor, y engalanada la cabeza con una redecilla de oro y pequeñas borlas de púrpura; moda que ninguna dama de la corte usaba más que Ginebra.
»Lurcanio, en tanto, temiendo que acaeciera alguna desgracia á su hermano, ó impulsado por ese deseo que todos tenemos de saber lo que á otros sucede, le habia ido siguiendo silenciosamente, resguardándose con la sombra, hasta que llegó á colocarse á menos de diez pasos de distancia. Ignorante yo de cuanto estaba pasando, y vestida como he dicho, salí al balcon como habia salido tantas y tantas veces. La luz de la Luna daba de lleno sobre mis vestidos,y como mi aspecto y rostro eran bastante semejantes á los de Ginebra, fácilmente podrian confundirme con ella, tanto más cuanto que entre el palacio y aquellas casas arruinadas media una regular distancia.
»El Duque se aproximó á los dos hermanos, á quienes ocultaba la sombra, y les hizo creer diestramente en aquella superchería. ¡Juzgad cuál seria el dolor y la desesperacion de Ariodante! En seguida se acercó Polineso á la escala, que ya le habia yo arrojado, y subió apresuradamente al balcon: apenas llegó á él, le eché los brazos al cuello, creyendo no ser de nadie vista, y le prodigué las más tiernas caricias, como solia siempre que venia en tales horas á visitarme. Él por su parte me acarició con más solicitud y ternura que nunca, con el único objeto de disipar hasta la menor duda que pudiera quedar en el corazon de Ariodante, el cual contemplaba desde léjos el terrible espectáculo que en mal hora habia deseado presenciar. ¡Su dolor fué tal, que intentó darse allí mismo la muerte, y desenvainando su espada, apoyó en el suelo la empuñadura para clavarse la punta en el corazon! Lurcanio, que habia visto con el mayor asombro al Duque subir al balcon, pero sin conocerle, reparando en la accion de su hermano, se precipitó hácia él y evitó que se traspasara el pecho con su propia mano, llevado de la desesperacion. Si hubiera tardado un solo instante, ó se hubiese encontrado un poco más léjos, no habria estado á tiempo de evitar aquella desgracia.
—«¡Ah, hermano desgraciado é insensato! exclamó: ¿has perdido por ventura la razon, para que por una mujer intentes arrancarte la vida? ¡Así desaparecieran todas como ante el viento la niebla! Procura más bien su muerte, pues la tiene merecida: tú debes morir de un modo más honroso y más digno de tí. Pudiste muy bien amarla cuando te eradesconocida su perfidia; pero ahora que la has descubierto, debes aborrecerla con toda tu alma. Conserva, pues, ese acero, que has vuelto contra tu pecho, y que debe servirte para denunciar al Rey la deshonrosa falta de su hija.
»Cuando Ariodante vió junto á sí su hermano, abandonó su criminal empresa; pero no el intento que habia formado de librarse de la vida. No ya herido, sino traspasado el corazon de angustia y de dolor, se alejó de aquel sitio con su hermano, fingiendo que habia desaparecido ya el furor que le puso fuera de sí.
»A la mañana siguiente se ausentó sin ser visto de nadie y sin decir una palabra á su hermano, guiado por la desesperacion, ignorándose durante muchos dias qué habia sido de él. A excepcion del Duque y de su hermano, todo el mundo ignoraba la causa de su desaparicion, sobre la cual se hicieron mil diversos comentarios, tanto en palacio, como en toda la Escocia. Al cabo de ocho ó más dias se presentó á Ginebra un viajero, portador de una noticia desastrosa: tal era la de que Ariodante habia perecido en medio de las olas, y no á consecuencia de alguna tempestad, sino por haberse dado voluntariamente la muerte, arrojándose de cabeza al mar desde una peña que se elevaba bastante fuera del agua. El portador de tan triste nueva añadió:
—«Antes de llegar á tal extremo, me dijo Ariodante, á quien casualmente habia encontrado en el camino:—«Ven conmigo, á fin de que puedas referir á Ginebra la suerte que me espera; y díle que la causa de lo que vas á presenciar consiste en que he visto demasiado. ¡Dichoso yo, si antes hubiera quedado sin vista!»—Nos encontrábamos entonces cerca del promontorio de Cabo-bajo, que penetra algun tanto en el mar en direccion á Irlanda; y así diciendo, ví que desde lo alto de un peñasco se precipitó de cabeza enel mar desapareciendo entre las olas. Allí le dejé, y he venido presuroso á traerte esta noticia.»
»El dolor de Ginebra fué tan grande que cubrió su rostro una palidez mortal, perdió el conocimiento y quedó algun tiempo como muerta. Cuando, vuelta en sí, se encontró sola en su lecho virginal ¡oh Dios! cuál manifestó su desesperacion en sus acciones! Golpeábase el seno, desgarraba sus ropas, y se mesaba furiosamente los dorados cabellos, repitiendo incesantemente las últimas palabras de Ariodante: que la causa de su triste y desgraciada muerte procedia de haber visto demasiado!
»En breve circuló por todas partes el rumor de que el valiente caballero se habia dado la muerte llevado de su desesperacion. El Rey, lo mismo que las damas y caballeros de su corte, derramaron abundantes lágrimas por su memoria, pero sobre todos ellos, Lurcanio, que quedó sumido en tal luto y desolacion, que estuvo próximo á imitar á su hermano, dándose á sí mismo la muerte. A fuerza de repetirse una y otra vez que Ginebra era quien habia privado á su hermano de la vida, y que el motivo de su muerte no fué otro sino el haber sido testigo de la infame deslealtad de la princesa, se apoderó de su corazon tan insensato afan de venganza, y tanto fué lo que el dolor y la ira le dominaron, que con tal de satisfacerla no titubeó en arrostrar la ira del Rey y del país entero, y mucho menos en perder la gracia del monarca.
»Presentóse, pues, al Rey en el momento en que se hallaba rodeado de toda su corte, y con ademan sombrío, le dijo:
—«Sabe, señor, que la única causa de que mi hermano perdiera la razon, hasta el extremo de darse la muerte ha sido tu hija. Tan agudo fué el dolor que traspasó su almaal presenciar su deshonestidad, que desde entonces le fué odiosa la vida. Ambos se amaban, y hoy me atrevo á hacerte esta revelacion, porque los deseos de mi desgraciado hermano eran respetuosos al par que honestos, como lo prueba el que esperaba merecer la mano de la princesa por medio de su valor y de sus leales servicios. Pero mientras el desdichado se contentaba con aspirar desde léjos el perfume de las hojas, vió que otro subia por el árbol reservado y cogia el anhelado fruto.»
»Y continuó refiriendo cómo habia visto á Ginebra salir al balcon, afirmando que la habia visto echar desde él una escala por donde subió un amante, cuyo nombre ignoraba, el cual, para no ser conocido, habia recurrido á un disfraz y se habia ocultado los cabellos. Por último, añadió, que estaba dispuesto á probar con las armas en la mano la verdad de cuanto habia dicho.
»Fácilmente comprenderás el estupor del angustiado padre cuando oyó semejante acusacion, ya por el asombro que le causaba una revelacion que jamás se le hubiera ocurrido, ya tambien porque se veria obligado á condenar á muerte á su hija, en el caso de que no se presentara un caballero que, tomando la defensa de la jóven, probara la falsedad de lo aseverado por Lurcanio. Nuestras leyes condenan á muerte á toda mujer, sea casada ó doncella, convencida de haber cedido á una pasion criminal, y se aplican con todo rigor, llegándose hasta el extremo de entregar la esposa muerta al marido engañado, si en el término de un mes no encuentra la acusada un caballero de ánimo tan varonil que sostenga, contra lo asegurado por el falso acusador, que es inocente é inmerecedora del suplicio.
»El Rey, que no puede dar crédito á la acusacion de su hija, ha hecho proclamar con el objeto de libertarla, que entregará su mano y además un gran dote, al que se presente en defensa de su honra mancillada. Hasta ahora nadie se ha presentado; todos vacilan, y se limitan á observar al terrible Lurcanio, cuyo valor infunde al parecer miedo en el ánimo de todo guerrero. Por una coincidencia funesta, Zerbino, hermano de la princesa, se halla ausente de su patria; hace muchos meses que viaja por lejanos paises, señalándose en numerosos hechos de armas. Ah! si aquel gallardo jóven estuviera más cerca, ó en un punto donde pudiera llegar á su noticia la suerte de su hermana, no se veria esta, como hoy se vé, abandonada.
»Procurando el Rey en tanto averiguar, por otros medios distintos de las armas, lo que esta acusacion tenga de calumniosa ó verdadera, para saber si es ó no justo que muera su hija, ha hecho prender á ciertas camareras, que por su posicion al lado de su señora deberian estar forzosamente en el secreto; por cuya razon preví que, si llegaban á apoderarse de mí, correriamos un grave riesgo tanto el Duque como yo. Esta consideracion me obligó á alejarme precipitadamente de la corte aquella misma noche y buscar un asilo en casa del Duque, á quien hice presente el peligro que corrian nuestras cabezas, si me reducian á prision. Aplaudió mi determinacion, por la que me prodigó las mayores alabanzas, y me dijo que nada temiera; despues me aconsejó que confiara en él, y que me refugiara en una fortaleza que posee cerca de aquí, á la que hizo que me acompañaran dos servidores suyos.
»Ya has oido, señor, las repetidas pruebas de amor que dí á Polineso; por ellas comprenderás si tenia ó no derecho á esperar de él el acendrado cariño de que me era deudor: oye, sin embargo, el galardon que recibí por mis amorosos desvelos: oye la gran merced que á mis grandes merecimientos ha hecho; y juzga si por el solo delito de haber amado demasiado, puede esperar una mujer el más completo olvido! Aquel amante pérfido, cruel é ingrato ha llegado al fin á sospechar de mi fidelidad, y temeroso de que tarde ó temprano se me escapara la revelacion de sus fraudulentas acciones, ha fingido enviarme á uno de sus castillos, bajo el pretexto de que en él podria esperar con seguridad á que se mitigaran la ira y el furor del Rey, cuando en realidad donde me encaminaba era á la muerte; pues habia encargado secretamente á mis dos guias, que en cuanto nos internáramos en la espesura de esta selva, me inmolaran sin compasion; é indudablemente se hubieran realizado sus deseos, á no haber acudido tú al oir mis gritos. ¡Este es el premio que Amor da al que le sirve bien!»
Tal fué la triste historia que refirió Dalinda al paladin mientras proseguían su viaje. Regocijó en gran manera á Reinaldo aquel encuentro, que le proporcionó la ocasion de profundizar un secreto que así le patentizaba la inocencia de Ginebra; y si se habia propuesto salir en su defensa cuando no le constaba si la acusacion tenia algun fundamento cierto, con mucha mayor energía la abrazaba ahora siéndole tan evidente la calumnia.
Apretó, pues, el paso hácia la ciudad de San Andrés, donde se hallaba el Rey con toda su familia, y donde debia tener efecto el combate que decidiera de la suerte de la princesa. Pocas millas le faltaban para llegar, cuando encontró á un escudero á quien supuso portador de noticias más recientes. Habiéndole dirigido algunas preguntas, el escudero le manifestó que habia llegado un caballero dispuesto á defender á Ginebra, en cuya armadura se veian emblemas desusados, y á quien nadie habia podido conocer, porque procuraba esquivarse á todas las miradas; que desde que enaquella ciudad se encontraba, nadie habia conseguido verle el rostro, por llevar siempre calada la visera de su yelmo, y que hasta su mismo escudero juraba que ignoraba completamente quién pudiera ser.
Continuando su camino, llegaron en breve al pié de los muros de la ciudad. Dalinda manifestaba un gran temor de seguir adelante; pero Reinaldo la tranquilizó; y como viese cerradas las puertas, preguntó la causa de ello al centinela, el cual le dijo, que era por haber ido todo el pueblo á presenciar el combate que debia tener efecto, entre Lurcanio y un caballero desconocido, en una pradera llana y espaciosa situada al otro lado de la ciudad; añadiendo, que ya habia comenzado la lucha.
El señor de Montalban hizo que le abrieran la puerta, que volvió á cerrarse en cuanto él y Dalinda la traspusieron, y atravesó la desierta ciudad, despues de haber dejado á la doncella en una posada, encargándole que permaneciera tranquila en ella hasta su regreso que no se haria esperar. En seguida se dirigió precipitadamente á la palestra donde ya se habian dado y se estaban dando tremendos golpes los campeones. A Lucarnio le animaba su furiosa cólera contra Ginebra, mientras que su adversario sostenia con no menos ardor la empresa que habia abrazado.
Encontrábanse con ellos en la estacada seis caballeros, á pié y armados de corazas, á cuyo frente, y montado en un magnífico caballo de pura raza, estaba el Duque de Albania, que en su calidad de gran Condestable, tenia á su cargo la custodia del campo y del terreno de la liza. Polineso se gozaba en la apurada situacion de Ginebra, á la que dirigia orgullosas miradas.
Reinaldo atravesó la apiñada multitud, abriéndole camino su brioso Bayardo; pues al sentir su fuego, se retiraba lagente presurosa. Descollaba entre todas la figura del paladin, flor y nata de la gallardía; detúvose al llegar frente al sitio en que se hallaba el Rey, y todos se aproximaron á él para saber lo que pretendia. Reinaldo dirigió entonces la palabra al monarca, expresándose en estos términos:
—Ruégote, gran señor, que hagas suspender ese combate; pues debes tener por seguro que sea cualquiera de los dos campeones el que sucumba, tolerarás que muera injustamente. El uno cree que le asiste la razon, y se equivoca lastimosamente, pues sostiene lo que es falso, ignorando que miente, porque el mismo error que ha causado la muerte de su hermano es el que le hace empuñar las armas; al paso que el otro no sabe si defiende lo justo ó lo injusto, y solo su generosidad y compasion le hacen arrostrar la muerte, á fin de no consentir en la de una dama de tan sin par belleza. Yo traigo conmigo la salvacion de la inocencia; conmigo va el castigo del impostor; pero, por Dios te suplico que hagas cesar esa lucha, y despues concédeme algunos momentos de atencion.
Causó tal impresion en el ánimo del Rey la autoridad de un caballero tan digno como por su talante y apostura parecia Reinaldo, que hizo inmediatamente la señal de que se suspendiera el combate. El paladin entonces descubrió en presencia del Monarca, de los magnates, de los caballeros y de toda la muchedumbre allí reunida la infame trama que habia urdido Polineso contra la inocente Ginebra, añadiendo al terminar su narracion que estaba dispuesto á probar con las armas en la mano la verdad de cuanto habia dicho.
Llamóse á Polineso, que se acercó turbado y pálido, si bien lo negó todo con cínica audacia. Reinaldo entonces apeló al acero, y como ambos estaban armados y el campoabierto, vinieron á las manos sin tardanza. ¡Oh! ¡cuán vivamente desea el Rey, y con él su pueblo entero, que brille en todo su esplendor la inocencia de Ginebra! Todos abrigan la firme esperanza de que Dios patentizará lo injustamente que se la habia tratado de impúdica y deshonesta. Nadie duda ya de que Polineso, tenido siempre por cruel, soberbio y avaro, y además inícuo y fraudulento, ha sido el autor de tan vil calumnia.
El duque de Albania, macilento, con el corazon tembloroso y rostro pálido, enristra la lanza al oir la tercera señal de las trompetas: en cuanto la oye Reinaldo se precipita sobre él procurando atravesarle de un lanzazo á fin de terminar el combate con un solo golpe. El resultado correspondió al deseo, pues le escondió en el pecho la mitad del asta. Clavado en la lanza le arrancó de la silla y le arrojó contra el suelo á más de seis brazas de distancia de su caballo. Reinaldo se apeó con suma celeridad, llegóse á su vencido adversario, y antes de que pudiera incorporarse, le desató el yelmo; pero aquel que no se encontraba ya en estado de combatir, le pidió humildemente perdon con rostro acongojado. Entonces confesó Polineso, siendo testigos el Rey y toda la corte, la infame calumnia que le habia conducido á tan desastrosa muerte. No pudo concluir, pues en medio de su confesion, le faltó el aliento y la vida.
Al contemplar el Rey á su hija libre de la muerte y recobrada su honra, experimentó mayor alegría, gozo más vivo y más consolador que si le acabaran de restituir la corona despues de haberla perdido. Colmó de honores á Reinaldo, á quien lo debia todo, y cuando al quitarse el yelmo el guerrero le conoció, pues habia tenido ocasion de verle otras veces, alzó las manos al cielo, dando á Dios infinitas gracias por haberle concedido tal defensor.
En tanto que el monarca daba espansion á su alegría, el caballero desconocido que habia acudido primeramente en defensa de Ginebra se mantenia modesta y respetuosamente retirado hasta ver el desenlace de aquella escena. El Rey le llamó rogándole que le dijera su nombre, ó por lo menos que se descubriera, á fin de que pudiera recompensarle tal cual merecia su meritoria accion. Despues de muchas instancias, accedió el desconocido á quitarse el yelmo, y descubrió lo que se verá en el canto siguiente si es que os agrada escuchar esta historia.
Ariodante se enlaza con su amada Ginebra, obteniendo en dote el ducado de Albania.—Rugiero, atravesando los aires en su caballo alado, llega al reino de Alcina.—Un mirlo humano le refiere las infamias de Alcina, por lo cual Rugiero se propone huir de ella, más se vé rechazado en su camino por una turba de mónstruos, y salvado de ellos por dos damas que le obligan á emprender nuevos combates.
¡Desgraciado del hombre perverso que confia en que siempre han de permanecer ocultas sus malas acciones! El aire, la tierra misma que encubra su delito lo harán patente, á falta de alguna persona que la denuncie, y Dios mismo permite muchas veces que el pecador, arrastrado por su intranquila conciencia, y aun cuando haya conseguido su perdon, se descubra á sí mismo por imprudencia ó por casualidad. El miserable Polineso creyó encubrir completamente su crímen haciendo desaparecer de la faz de la tierraá Dalinda, su única cómplice y la sola persona que podia revelarlo; y uniendo un crímen á otro crímen, precipitó el funesto desenlace que podia muy bien haber diferido y evitado quizá; pero impotente para contener su impaciencia, él mismo aceleró su muerte, perdiendo á un tiempo mismo amigos, vida, hacienda, y sobre todo el honor, principal castigo de su perfidia.
Dije antes que se habian dirigido insistentes ruegos al caballero desconocido para que revelara su nombre. Accedió al fin á descubrirse, y quitándose el yelmo, dejó ver el tan conocido rostro de Ariodante, á quien poco antes habia llorado por muerto la Escocia entera; de Ariodante, por quien aun llevaban luto Ginebra, su hermano, el Rey, la corte y el pueblo todo, y que se mostraba admirable de valor y gallardía.
Su presencia venia á desmentir la narracion del viajero: este, sin embargo, habia dicho la verdad, pues le vió en efecto precipitarse en el mar desde la roca; pero como suele suceder á más de un desesperado, que anhela y llama á la muerte cuando está léjos, y al verla llegar le causa pavor, segun lo terrible y amargo que le parece aquel trance, otro tanto le sucedió á Ariodante que, despues de sumergido en el agua se arrepintió de morir, y echando mano de toda su fuerza, destreza y singular osadía, se puso á nadar hasta que ganó la orilla: una vez en ella, abandonó como loco é insensato el deseo de arrancarse la vida que hasta entonces le habia atormentado, y empapado aun en el agua del mar, se puso á caminar hasta que encontró un asilo en el albergue de un eremita, donde se propuso permanecer hasta que tuviera noticia de si Ginebra se habia alegrado de su muerte, ó si, por el contrario, la habia entristecido y angustiado.
Llegó primeramente á sus oidos que el dolor que experimentó la princesa, estuvo á punto de hacerla bajar al sepulcro: noticia que se esparció rápidamente por toda la isla. ¡Resultado bien diferente del que esperaba despues de lo que con gran pesadumbre habia presenciado! Supo luego que Lurcanio habia denunciado á Ginebra como criminal ante su padre, y su ira contra su hermano no fué menos vehemente que el amor que volvió á sentir hácia la princesa, por parecerle aquella determinacion tan cruel como impía, por más que hubiera sido adoptada en favor suyo. Poco despues tuvo noticia de que no se presentaba caballero alguno que quisiera abrazar la defensa de la doncella; porque todos tenian reparo en ponerse frente á frente de la pujanza y valor de Lurcanio, pues el que le conocia, apreciaba en tanto su discrecion, prudencia y perspicacia, que no podia presumir que arrostrara la muerte, si fuera falso lo que sostenia; razon por la cual la mayor parte de los caballeros temian exponerse á defender una causa injusta. Ariodante, despues de mil reflexiones, se decidió á aceptar el reto de su hermano.
—¡Infeliz de mí! se decia á sí mismo: no, no podré consentir que ella perezca por mi causa: mi muerte seria demasiado cruel y desastrosa, si la viera expirar antes que yo. Ella es aun mi esposa y la diosa que idolatro; ella es aun la luz de mis ojos. Es preciso, pues, que justa ó injustamente vuele en su auxilio, y pierda por ella la vida. Sé que defiendo el delito; enhorabuena: sé tambien que pereceré, pero esto tampoco me desconsuela; lo que sí me atormenta es que mi muerte no podrá salvar la vida de tan hermosa doncella. Solamente un consuelo encontraré al morir: el de que, si es cierto que la ama su Polineso, habrá podido ver claramente que no se ha movido para socorrerla; mientras que á mí, á quien tan cruelmente ha ofendido, me verámorir á su lado. De este modo me vengaré tambien de mi hermano, causa de tanto escándalo; porque habrá de arrepentirse dolorosamente del desenlace de este asunto, en el momento en que contemple con terror que ha dado muerte á su hermano cuando creia vengarle.
Apoyado en tales reflexiones, se procuró nuevas armas y nuevo caballo, así como una sobrevesta y un escudo negros, listados de verde y amarillo. La casualidad le proporcionó un escudero desconocido en aquel país, y de esta suerte disfrazado se presentó á combatir contra su propio hermano. He referido ya todos los incidentes de tan triste aventura, y cómo fué por fin conocido Ariodante. La alegría que sintió el Rey al verle en su presencia no fué menor que la que tuviera poco antes viendo á su hija justificada. Reflexionó entonces el monarca que nunca se podria encontrar amante más tierno y leal que aquel, cuando á pesar de tanto ultraje, no habia vacilado en defender á la princesa aun contra su mismo hermano; é impulsado por esta consideracion, por su propia inclinacion que hácia Ariodante le arrastraba, y finalmente por los ruegos de toda la corte, así como por la singular insistencia de Reinaldo, le entregó la mano de su hija y con ella el ducado de Albania, que providencial y oportunamente habia vuelto á poder del Rey por la muerte de Polineso. Reinaldo alcanzó el perdon de Dalinda, la cual, ya fuese por estar desengañada del mundo, ó por haber hecho algun voto, dirigió á Dios sus pensamientos, y ausentándose de Escocia sin demora, fué á tomar el velo en un monasterio de la Dacia[31].
Pero tiempo es ya de volver á Rugiero, á quien dejamos recorriendo los cielos montado en su rápido corcel.
Aunque el ánimo de este guerrero era entero y varonil,y el terror jamás habia hecho palidecer su rostro, no puedo asegurar que en aquellos momentos no temblara su corazon como la hoja en el árbol. Habia dejado ya muy atrás la Europa, y se encontraba á gran distancia del monumento levantado por el invencible Hércules como aviso á los navegantes[32]. El Hipogrifo, ave inmensa y sobrenatural, lo conducia con tan vertiginosa rapidez que aventajaria seguramente en celeridad al ave de Júpiter, portadora de sus fulmíneos dardos: no hiende los aires ser tan ligero que pudiera igualársele en velocidad, y aun creo que el trueno ó la saeta invertirian más tiempo que él en llegar desde el cielo á la tierra. Despues de haber recorrido un inmenso espacio, siempre en línea recta y sin moderar el vuelo, empezó el Hipogrifo á describir anchos círculos en los aires, como si ya estuviera satisfecho de atravesar sus solitarias regiones, y fué descendiendo poco á poco hácia una isla muy parecida á aquella donde pasó en vano, á través de un camino oculto por debajo del mar, la ninfa Aretusa, á fin de librarse de un amante á quien tanto despreciaba y del que tanto se habia preservado[33].
En su viaje aéreo, no habia recreado la vista de Rugiero un país tan bello ni de tan halagüeño aspecto; ni aunque recorriera el mundo entero, llegaria á encontrar otro tan pintoresco y maravilloso como aquel, donde por fin se posó el enorme pájaro con su ginete, no sin describir antesun último y prolongado círculo en el aire. Por do quiera empezó á descubrir fértiles llanuras, collados de pendiente suave, aguas cristalinas, márgenes umbrosas y frescas praderas. Numerosos y encantadores bosquecillos de agradables laureles, de palmeras, de mirtos amenísimos, de cedros y de naranjos, cargados de frutas y flores de múltiples formas, todas bellas, ofrecian con sus espesas ramas un grato refugio contra los calores del estío, mientras que el ruiseñor saltando de rama en rama con vuelo seguro, halagaba el oido con sus dulces cantos. Entre las purpúreas rosas y las blancas azucenas, á las que el céfiro con su templado aliento conservaba en toda su frescura y lozanía, se veian triscar, tranquilos y seguros, conejos, liebres y ciervos de frente elevada y orgullosa, que sin temer una traidora muerte ó el escondido lazo, pastaban ó rumiaban la yerba, mientras que los corzos, las gacelas y los vivaces cabritillos saltaban y retozaban por la campiña en crecido número.
Apenas se encontró el Hipogrifo tan cerca de la tierra, que el salto desde él no ofreciera peligro, se deslizó Rugiero precipitadamente de la silla y puso el pié sobre el esmaltado césped. No abandonó, sin embargo, las riendas, y para impedir que su corcel tornara á remontar el vuelo, lo ató al tronco de un mirto que crecía en aquella costa entre un laurel y un pino. En seguida se dirigió hácia donde brotaba un manantial de trasparentes aguas, rodeado de cedros y de fecundas palmas; dejó el escudo, quitóse el yelmo y las manoplas; y volviendo el rostro, ora hácia la playa, ora hácia los montes, se puso á aspirar con delicia el ambiente embalsamado de aquellas frescas y puras auras, que agitaban con dulce murmullo las elevadas cimas de los abetos y de las hayas. Refrescó luego sus ardientes labios en el agua límpida é incitante del arroyo, y metiendo despues en él lasmanos, la estuvo agitando durante largo rato á fin de mitigar el calor que sentia en sus venas cansado por el contínuo peso de la armadura. Debia sentirse en efecto abrasado de calor y abrumado de cansancio, si se atiende á que habia atravesado, siempre corriendo y completamente armado, más de tres mil millas de distancia.
De pronto el caballo, que habia dejado atado á la sombra de una espesa enramada, se encabritó procurando huir espantado de un objeto que proyectaba su sombra por el bosque, é hizo plegarse de tal modo al mirto á que estaba ligado, que las hojas de la copa rodearon todo el tronco, alfombrando el suelo al desprenderse; no obstante, le fué imposible romper sus ligaduras. Así como cuando se pone en el fuego un tronco falto de sávia y que tiene seco el corazon, se nota que el aire encerrado en su interior va dilatándose por medio del calor, haciendo que el leño empiece á dar chasquidos y á resonar con estrépito, hasta que aquel se abre un camino para escapar, del mismo modo se puso á murmurar, á rechinar y retorcerse el ofendido mirto, hasta que por último abrió la boca, y con triste y débil voz pronunció distinta y claramente estas palabras:
—Si eres tan piadoso y cortés como lo indica tu gallarda presencia, aparta este animal de mi tronco; harto grande es ya el dolor que me atormenta, para que otras penas y otros dolores vengan á aumentarlo.
Apenas oyó Rugiero los primeros acentos de aquella voz, volvió el rostro hácia el sitio de donde procedia y levantóse precipitadamente, y cuando se cercioró de que salian del árbol, quedó tan estupefacto cual nunca lo habia estado. Corrió á desatar el caballo, y cubiertas de rubor las megillas, contestó:
—Quien quiera que seas, espíritu humano ó divinidad deesta floresta, perdona mi indiscrecion. No sabiendo que bajo ruda corteza se ocultase un alma humana, me he dejado llevar del atractivo de esa hermosa enramada, cometiendo una falta con tu florido mirto. No dejes, sin embargo, de manifestarme quién eres, tú, que conservas voz y alma racional bajo un cuerpo áspero y erguido; así te preserve el cielo de las injurias del granizo! En cambio te prometo por el nombre de aquella á quien he dado la mejor parte de mi ser, que si ahora ó en cualquiera ocasion puedo prestarte algun servicio, lo haré sin vacilar, ya sea de palabras ó por obra, y de modo que tengas motivo para congratularte de mí.
Luego que Rugiero hubo concluido de proferir estas palabras, empezó á temblar el mirto desde sus raices hasta la copa; despues cubrióse la corteza de un sudor semejante al que se desprende de una rama verde cuando empieza á sentir el calor del fuego, del que por algunos momentos le habia preservado su natural humedad, y contestó:
—Tu cortesía me induce á revelarte á un tiempo mismo quién fuí yo, y quién me ha convertido en este mirto que ves colocado á orillas del mar. Astolfo fué mi nombre, y yo fuí un guerrero francés muy temido en la guerra: primos mios eran Reinaldo y Orlando, cuyo renombre no conoce límites, y esperaba suceder á mi padre Oton en el trono de Inglaterra. Fuí tan galan y enamorado, que causé la desesperacion de más de una dama; pero al fin solo yo salí perjudicado. Volvia de aquellas apartadas islas que baña en Oriente el mar Indico, donde habíamos permanecido largo tiempo encerrados en oscuros calabozos Reinaldo y yo con otros caballeros, hasta que el poderoso esfuerzo de Orlando nos devolvió la libertad, é íbamos siguiendo en direccion á Occidente las arenosas costas azotadas con frecuencia porel viento Norte, cuando una mañana, impulsados quizá por nuestro cruel destino, saltamos en tierra en una hermosa playa, donde se elevaba el castillo de la poderosa Alcina, á quien encontramos fuera de su fortaleza, y sentada sin compañia alguna en una roca, desde la cual hacia salir á la orilla todo cuanto pescado se le antojaba, sin necesidad de redes ni anzuelos. Hácia la playa se dirigian veloces los delfines; los pesados atunes acudian á ella con la boca abierta, lo mismo que los becerros marinos, que aun no habian logrado sacudir su perezoso sueño; y los sargos, las rayas, los barbos, y los salmones que nadaban con toda la velocidad de que eran capaces, formando prolongadas hileras: las focas, los cachalotes y las ballenas sacaban fuera del mar sus gigantescos lomos. Vimos á una de aquellas ballenas, indudablemente la mayor que hasta entonces habitara los mares, elevar su enorme espalda más de once pasos fuera de las saladas ondas. Su extraordinaria magnitud hizo que todos cayéramos en un error; pues como estaba parada y no notamos en ella movimiento alguno, la tomamos por un islote, tanta era la distancia que separaba sus dos extremidades.
»Alcina continuaba atrayendo á los peces, valiéndose de palabras misteriosas y encantadas. Alcina era hermana de la hada Morgana; pero no sé si vió la luz al mismo tiempo, ó antes ó despues que esta. La solitaria pescadora fijó su vista en mí, y sin duda hube de agradarle, pues bien lo demostró en su semblante; formó al momento el proyecto de separarme de mis compañeros con astucia y maña, y consiguió su intento. Dirigióse hácia nosotros con placentera sonrisa, y dando muestras del mayor agrado al par que reverencia, nos dijo:
—Caballeros, si os dignais aceptar hoy mi hospitalidady mi pesca, os daré á conocer mil clases de pescados, unos escamosos, otros de lisa piel y otros cubiertos de pelo tosco, todos de formas variadas y más numerosas que las estrellas del cielo; y si os place ver una sirena, cuyo dulce canto aplaca el furor del mar tempestuoso, pasemos desde aquí hasta aquella orilla, donde suele dejarse ver á estas horas.