»Y al decir esto nos designaba aquella ballena, que, segun he dicho, parecia una isla. Yo, que siempre fuí voluntarioso y temerario, ¡harto me pesa! salté sobre la ballena, á pesar de que Reinaldo y Dudon me hacian señas en contrario. La hada Alcina saltó tras de mi con risueño semblante y sin cuidarse de mis dos compañeros, mientras que la ballena, desempeñando diligente su cometido, se alejó surcando velozmente las aguas. Pronto me arrepentí de mi impremeditacion; pero cuando conocí el engaño, ya estaba muy apartado de la orilla. Reinaldo se arrojó al mar y se esforzó en nadar cuanto pudo para auxiliarme; pero habiéndose levantado un viento furioso que cubrió de sombras el cielo y el piélago, quedó casi sumergido. Ignoro completamente lo que despues le aconteció.
»Alcina procuró solícita tranquilizarme: todo aquel dia y la noche siguiente continuamos navegando sobre aquel mónstruo, hasta que llegamos á esta hermosa isla, cuya mayor parte posee Alcina por habérsela usurpado á una hermana suya á quien su padre dejó por heredera de todos sus dominios por ser la única legítima; pues Alcina, y Morgana son fruto de un amor incestuoso, segun me ha revelado quien lo sabe positivamente. Estas dos hermanas son pérfidas é inícuas, y están poseidas de los vicios más feos é infames, mientras que la otra, viviendo castamente, ha cifrado toda su dicha en la virtud. Contra ella se han conjurado las dos, y han armado más de un ejército para arrojarla de la isla, habiéndole arrebatado en diferentes veces más de cien castillos. Ya no le quedaria un palmo de tierra á Logistila, que así se llama la mejor de las tres, si no estuvieran sus posesiones separadas de las de Alcina por un golfo y una montaña salvaje, del mismo modo que Inglaterra y Escocia están divididas por un monte y un rio; á pesar de esto, Alcina y Morgana no quedarán satisfechas hasta que hayan despojado á su hermana de lo poco que aun le queda. Los crímenes y vicios que á las dos mancillan no pueden sufrir el eterno reproche que la castidad y virtud de Logistila les dirije.
»Pero volviendo á mi interrumpido discurso, para que sepas cómo fuí convertido en planta te diré que Alcina, abrasada enteramente por mi amor, me colmaba de delicias y atenciones; yo, por mi parte, al contemplarla tan bella y obsequiosa, no pude menos de corresponder á su pasion. Extasiado ante los placeres que la posesion de la hermosa Alcina me proporcionaba, pareciame que en ella estaba reunido todo el bien que tan repartido se halla entre los mortales, tocando á unos mucho, á otros menos y á ninguno demasiado. A su lado me olvidaba por completo de Francia y de todo, dedicado exclusivamente á contemplar su rostro; todos mis pensamientos, todos mis proyectos iban á parar á ella y no pasaban más adelante. En cuanto á Alcina, su pasion era tal vez mayor que la mia: todo lo habia abandonado por consagrarse á mí, y por mí habia despreciado á los varios amantes á quienes correspondia antes de conocerme. Confidente yo de sus más íntimos pensamientos, no se apartaba de mi lado ni de dia ni de noche: yo era el que á todos dictaba órdenes con aquiescencia y por encargo de mi amada; solo á mí daba crédito, de mí seaconsejaba, y por último con nadie hablaba más que conmigo.
»¡Ah! ¿Por qué voy renovando mis heridas, cuando no espero remedio alguno para cicatrizarlas? Por qué he de evocar el recuerdo de un perdido bien, cuando me encuentro en tan extrema desdicha! Cuando más feliz me contemplaba y estaba más persuadido de que el amor de Alcina iria aumentando, me arrebató el corazon que me habia dado y echóse en brazos de otro amante. Tarde conocí por mi desgracia su veleidoso genial, acostumbrado á amar y á olvidar á un tiempo mismo. Apenas habian trascurrido dos meses, cuando terminaba mi reinado: aquella voluble hada me apartó desdeñosamente de su lado apenas hube perdido su gracia. Despues he sabido que del mismo modo habia tratado á otros mil amantes, y á fin de evitar que vayan publicando por el mundo los secretos de su vida lasciva, puebla este fértil terreno con aquellos desgraciados, convirtiéndolos en abetos, olivos, palmas, cedros ó en el arbusto en que está encerrada mi alma: á muchos de ellos los transforma en fuentes, y en fieras á algunos, como mejor cuadra á tan caprichosa y altiva hada.
»Ahora bien ¡oh tú! que á través de caminos inusitados has puesto el pié en esta isla fatal, para que por tu causa se vea algun amante convertido en piedra, en agua ó cosa parecida: reinarás seguramente en el corazon de Alcina, y serás el más feliz de todos los mortales; pero desde ahora te advierto, que no tardarás en llegar al amargo trance de quedar transformado en fiera, en fuente, en árbol ó en peñasco. Voluntariamente te aviso el peligro que corres, aunque no creo que esté en el deber de prestarte auxilio alguno; sin embargo, será muy conveniente que no te precipites, y que conozcas á fondo las costumbres de la hada; pues así comono hay dos rostros iguales, tampoco son iguales el ingenio y la astucia, y quizás consigas tú reparar el daño que otros mil y mil no han sabido apartar de sus cabezas.»
Rugiero habia oido decir más de una vez que Astolfo era primo de su amada, por cuya razon dolióse doblemente de verle trasformado en una planta infecunda: por amor hácia la hermosa guerrera (y así hubiese deseado que lo supiera) le habria prestado una generosa ayuda; pero en aquella ocasion no podia ofrecerle más que estériles consuelos, que le prodigó del mejor modo que supo, preguntándole despues si existia algun camino que le condujera al reino de Logistila, ya fuese por llanuras ó por cerros, con tal de que no tuviera precision de pasar por los dominios de Alcina. El árbol le contestó que en efecto existia uno, pero erizado de rocas y de barrancos, y que para encontrarlo deberia dirigirse un poco á la derecha, y subir despues hasta la pelada cima de aquella montaña agreste; pero le advirtió que no debia prometerse seguir muy adelante por aquel camino, pues forzosamente habria de tropezar con una multitud de mónstruos, que le cerrarian el paso á todo trance, y que á guisa de muralla estaban colocados allí por Alcina á fin de impedir que alguien traspusiera la montaña.
Rugiero dió las gracias á aquel mirto, y separándose de él, perfectamente instruido de lo que habia de hacer, se dirigió á donde estaba el hipogrifo, le desató, cogióle de las riendas é hizo que le siguiera á pié; pues no se atrevió á montar en él como antes, por temor de que le llevara por donde no fuera de su agrado. Mientras caminaba iba pensando en los medios de que se valdria para llegar al país de Logistila, dispuesto como estaba á intentarlo todo antes que dejarse dominar por los encantos de Alcina. Una vez se decidió casi á cabalgar en el hipogrifo y hacer su viaje porlos aires; pero desistió de su intento á fin de no incurrir en una nueva imprudencia, en vista de lo rebelde que aquel corcel era al bocado y al freno.—«Yo me abriré camino á todo trance, dijo, si no me engañan mis fuerzas.»—Mas apenas habia andado dos millas, costeando la orilla del mar, cuando descubrió la hermosa ciudad de Alcina.
Veíase á lo léjos una espaciosa muralla que, formando un vasto círculo, encerraba una inmensa extension de territorio, y cuya altura casi llegaba al cielo. Toda ella parecia construida de oro, aunque no falta quien diga que era de alquimia: no sé si esta opinion será más acertada que la mia; pero su resplandor era tal, que yo sostendria siempre que era de oro. Cuando Rugiero llegó cerca de aquellos muros tan soberbios, que no tienen igual en el mundo, dejó el camino ancho, que á través de la llanura, se dirigia en línea recta hácia las puertas de la ciudad, y siguió el sendero de la derecha, que con más seguridad conducia al monte; pero no tardó en tropezar con la horrible avanzada de que ya tenia noticia, y que le interceptó furiosamente el paso.
Jamás se han visto formas más extrañas, ni rostros tan hediondos y asquerosos como los de aquel tropel de mónstruos. Unos tenian forma humana desde el cuello hasta los piés, pero su cabeza era de mono ó de gato: otros mostraban sus piés de cabra; otros eran centauros ágiles y fuertes: la fisonomia de los jóvenes era sobrado impúdica; la de los viejos estúpida y embrutecida: muchos de ellos iban completamente desnudos, y algunos cubiertos de pieles raras: estos galopaban en caballos sin freno ni silla; aquellos caminaban lentamente sobre un asno ó un buey; muchos cabalgaban á la grupa de un centauro, y no faltaba quien iba caballero en un avestruz, un águila ó una grulla. Veíansepor fin allí en confuso tropel los unos resonando sus bocinas; los otros, vaciando copas en frecuentes libaciones: las hembras estaban mezcladas con los machos, así como con los que de ambos sexos participaban: quién llevaba un garfio y una escala de cuerda, quién una barra de hierro, y quién, por último, estaba provisto de una lima sorda.
El jefe de aquella turba, de voluminoso vientre y abultado rostro, iba sentado en una tortuga que caminaba con lentitud suma. A un lado y á otro iban algunos de sus extraños guerreros, dirigiendo la marcha del animal; porque el estado de embriaguez en que se encontraba el Jefe no le permitia hacerlo por sí mismo, al paso que otros cuidaban de enjugarle la frente y la barba, y de agitar lienzos para hacerle aire.
Uno de aquellos mónstruos, que tenia cuerpo humano y cuello, orejas y cabeza de perro, empezó á ladrar á Rugiero, á fin de que retrocediera á la ciudad en que no habia querido entrar.—«No haré tal cosa, gritó el paladin, mientras mi brazo tenga fuerza para manejar este acero;»—y mostróle la espada que habia desenvainado, dirigiendo la punta contra el pecho del mónstruo. Este quiso entonces traspasarle con su lanza; pero Rugiero se precipitó rápidamente sobre él, y le atravesó el vientre de tal estocada, que el acero salió más de un palmo por la espalda. Embrazó en seguida el escudo, y á pesar de ser considerable el número de sus enemigos, empezó á repartir tajos y mandobles á diestro y siniestro, atravesando á unos, derribando á otros, y acometiendo á todos, volviéndose y revolviéndose incesantemente. Contra sus cuchilladas era ineficaz la resistencia de los almetes, escudos ó corazas, pues de cada una de ellas hendia á un enemigo hasta el cuello ó hasta la cintura; pero vióse por fin tan estrechado por todas partes, que le serian necesarios más brazos y manos que los que tuvo Briareo[34]para mantener á raya á aquel inícuo tropel de séres monstruosos, y abrirse paso á través de ellos. Si hubiese tenido la ocurrencia de descubrir el escudo del nigromante, aquel escudo que quitaba la vista, y que Atlante habia dejado pendiente del arzon de su caballo, hubiera vencido sin duda á todos sus horrendos adversarios, derribándolos á sus piés sin resistencia; pero quizá tuvo á menos echar mano de tan innoble artificio por esperarlo todo de su valor.
Sea lo que quiera, lo cierto es que se proponia morir antes que entregarse á gente tan vil; pero de pronto se vieron salir de las puertas de aquel muro, que supongo era de oro, dos hermosas jóvenes, en cuyo ademan y aspecto se conocia que no habian nacido en humilde cuna ni se habian criado bajo rústicos techos, sino entre las delicias de los palacios. Una y otra iban montadas en unicornios más blancos que el armiño; una y otra eran bellas, y sus trages tan vistosos, y de tan peregrina elegancia, que el hombre que las contemplara necesitaria tener los ojos de un dios para emitir su juicio sobre ellas: eran, en fin, la gracia y la belleza personificadas.
Dirigiéronse ambas hácia el sitio en que Rugiero se encontraba á punto de sucumbir al gran número de sus enemigos, y al verlas, toda la turba se retiró sumisa; ellas pusieron su mano sobre el caballero, que encendido de rubor les dió las gracias por tan humanitario acto, dándose por muy satisfecho, accediendo á sus deseos, de emprender el regreso hácia la ciudad de las doradas puertas.
Delante de cada una de estas puertas, habia un pórtico algun tanto saliente, y tan enriquecido de las piedras máspreciosas de Levante, que apenas se divisaba sitio alguno que no las contuviera. Este pórtico estaba sostenido por cuatro gruesas columnas de diamante puro, y ya fueran falsos ó verdaderos estos diamantes, el caso era que su brillo y hermosura recreaba la vista. Por debajo del pórtico y en derredor de las columnas corrian jugueteando lascivas doncellas, cuya belleza seria quizá mayor, si guardaran más los respetos que la mujer se debe á sí misma. Todas ellas estaban vestidas de verdes faldas y coronadas de frescas hojas. Adelantáronse á recibir á Rugiero, y con obsequiosos ofrecimientos y agradable semblante, le hicieron entrar en aquel paraiso, al que creo poder dar este nombre por figurárseme que allí debió nacer el amor.
Allí las danzas alternan con los juegos; las horas transcurren veloces en contínua fiesta sin que logre abrirse paso en la imaginacion ningun pensamiento sombrío, ni penetren jamás el hastío ni la indigencia; pues la abundancia derrama allí sus más predilectos tesoros. Allí, donde parece que sonrie siempre el placentero Abril con frente alegre y serena, viven multitud de jóvenes bulliciosas: unas cantan junto á las fuentes con dulce y melodioso acento; otras á la sombra de un árbol ó de una loma, juegan, danzan ó se entregan á entretenimientos no menos inocentes, mientras que otras, separadas de sus compañeras, revelan á un amante sus amorosas quejas. Por las copas de los pinos, de los laureles, de las elevadas hayas y de los abetos empinados revolotean pequeños amorcillos, unos cantando alegres sus triunfos, otros dirigiendo la puntería para flechar los corazones, ó tendiendo las redes, y algunos templando sus dardos en la corriente de un arroyo, ó bien aguzándolos en piedras movedizas.
Allí presentaron á Rugiero un magnífico caballo alazan,fuerte y arrogante, cuyos ricos arneses estaban recamados de piedras preciosas y franjas de oro, confiando el alígero corcel, que antes obedecia únicamente al viejo nigromante, al cuidado de un jóven que seguia los pasos del paladin.
Las dos solícitas jóvenes que habian sacado á Rugiero de entre las manos de la monstruosa turba, le dijeron estas palabras:
—Señor: la fama de vuestras hazañas, que ha llegado hasta nosotros, nos presta la suficiente audacia para que impetremos vuestro auxilio en nuestro obsequio. En nuestro camino encontraremos pronto un rio que divide en dos partes esta llanura. Una mujer cruel, llamada Erifila, defiende el puente que las une entre sí, y acomete, burla y repele á todo el que pretende pasar á la otra orilla. Su estatura es gigantesca; largos son sus dientes y venenosa su mordedura; tiene afiladas las uñas, y araña y desgarra como un oso. Además de interceptarnos el camino, que á no ser por ella estaria libre, hace frecuentes excursiones por este jardin, difundiendo entre todos el espanto. Es preciso tambien que sepais que muchos de los asesinos que os acometieron durante vuestro viaje son hijos suyos, y los demás están á sus órdenes, teniendo la misma inhumanidad, alevosía y rapacidad que ella.
Rugiero respondió:
—No una, sino cien veces estoy dispuesto á combatir en vuestro servicio. Disponed de mi persona á vuestro arbitrio en todo aquello que creais puede seros útil; porque si visto acero y malla no es para conquistar tierras ni tesoros, sino para hacer cuantos beneficios pueda, sobre todo tratándose de damas tan bellas cual lo sois vosotras.
Las damas le agradecieron sus corteses ofrecimientos en términos dignos de tan galante caballero, y entre parecidas pláticas llegaron al sitio donde se descubria el rio y el puente. En él vieron á la temible mujer que lo guardaba, cubierta con una armadura de oro, sembrada de esmeraldas y zafiros. Pero en el canto siguiente referiré el peligro que corrió Rugiero al combatir con ella.
Vencida la giganta Erifila por Rugiero en favor de las damas que así se lo habian rogado, se dirige el paladin hácia el inextricable laberinto en que Alcina habia aprisionado á otros muchos.—Melisa le hace ver el error en que ha caido, y le trae el oportuno remedio; y Rugiero, avergonzado de su falta, se decide á huir rápidamente de aquel país.
El que se ausenta léjos de su patria suele ver cosas que hasta entonces le habrian parecido increibles; y al referirlas, cuando á ella regresa, nadie le quiere dar crédito teniéndole por embustero; que el vulgo necio, como no vea y toque clara y palpablemente las cosas, desconfia de todo. Por esta razon sé que los hombres inexpertos darán poca fé á lo que me propongo narrar en este canto. Pero ya sea mucha ó poca la que yo adquiera, nada me importa: no es al vulgo ignorante y grosero al que me dirijo, sino á vos, Señor, de cuya clara inteligencia espero que no tendrá por mentirosa mi relacion; á vos, á quien van dedicados mis fatigosos desvelos, en la esperanza de que sabreis recompensarlos.
Quedamos en el momento en que se divisó el rio y el puente custodiado por la arrogante Erifila. Las armas deesta eran del metal más fino, y sus colores participaban de los matices de distintas piedras preciosas, como el encarnado rubí, el amarillo crisólito, la verde esmeralda y el naranjado jacinto. Servíale de cabalgadura, no un caballo, sino un lobo membrudo y fuerte, cuyos arneses eran de una riqueza nunca vista y sobre el que atravesaba el rio. No creo que en la Apulia[35]haya existido un animal de tal magnitud, pues era más alto y grueso que un toro, ni comprendo cómo podia ella dirigirlo á su voluntad, porque en su espumante boca no se veia freno alguno. La sobrevesta de aquella hembra, maldita como la peste, era de color de tierra, y por su corte y hechura, se asemejaba á la que usan los obispos y prelados en sus actos oficiales. En la cimera, lo mismo que en el escudo, ostentaba la imágen de un sapo hinchado y venenoso.
Las dos damas hicieron que el caballero fijase en ella su atencion, mientras que Erifila, dispuesta á combatir, empezó á mofarse de él y á cerrarle el paso, como hacer solia con tantos otros. Al ver que Rugiero avanzaba, le previno imperiosamente que retrocediera; pero él, sin hacer caso de sus amenazas, empuñó la lanza y la retó á singular combate. Entonces la giganta, rápida y atrevida, afirmándose en la silla, enristró la lanza y espoleó al lobo, cuyos presurosos pasos hicieron temblar la tierra. Al primer choque quedó tendida sobre la yerba, pues el valiente Rugiero le metió la lanza por debajo del yelmo, arrancándola de la silla con tal furia, que la arrojó á seis brazas de distancia. Sin detenerse á más, sacó la espada que hasta entonces no habia desenvainado, y se dispuso á cortar aquella orgullosa cabeza, como sin riesgo alguno podia hacerlo, por yacerErifila como muerta entre la yerba y las flores, cuando las dos damas le gritaron:
—Conténtate con haberla vencido: no te vengues más cruelmente de ella. Envaina el acero, ¡oh cortés paladin! y pasando el puente, prosigamos nuestro camino.
Emprendieron, en efecto, su marcha al través de un bosque por un sendero áspero y escabroso, que á pesar de su angostura y de las dificultades que presentaba, les condujo directamente á la cumbre de la colina. Cuando llegaron á ella se encontraron en una pradera dilatada, donde contemplaron el palacio más admirable que pudiera verse en el mundo.
Apareció la bella Alcina fuera del pórtico, y se adelantó un buen trecho á recibir á Rugiero, á quien acogió brillante y agradablemente en medio de su fastuosa corte. Tantos y tales fueron los obsequios, reverencias y ofrecimientos prodigados por todos indistintamente al valiente guerrero, que más no podrian dirigirse al mismo Dios, si se hubiera dignado descender desde su trono celestial.
El encantador palacio era menos digno de admiracion por las riquezas increibles que encerraba, que por la gracia, agrado y gentileza, de sus moradoras: estas, en cuanto á juventud y belleza, se diferenciaban muy poco entre sí; pero Alcina las sobrepujaba á todas, así como el Sol sobrepuja en esplendor á los demás astros. Las formas de su cuerpo eran tan perfectas, cual no pudiera imaginarlas el más inspirado pintor; más que el oro brillaban las trenzas de sus cabellos blondos, largos y sedosos: sus delicadas mejillas ostentaban los suaves matices de la rosa y del ligustro, y su ebúrnea frente completaba graciosamente el conjunto inimitable de su rostro. Bajo dos arcos negros y sutiles veíanse dos ojos, negros tambien, ó mejor dicho, dos
¡Envaina el acero!, le gritaron las dos damas.(Canto VII.)
¡Envaina el acero!, le gritaron las dos damas.(Canto VII.)
¡Envaina el acero!, le gritaron las dos damas.(Canto VII.)
claros soles, de dulcísima mirada y parcos movimientos: no parecia sino que el amor jugueteaba revolando en su derredor, y que desde ellos despedia todas las flechas de su carcaj, arrebatando visiblemente los corazones. La envidia no hubiera podido hallar defecto alguno en su bien delineada nariz, que en líneas regulares dividia el rostro; bajo ella aparecia, como entre dos pequeños valles, la boca matizada con los rojos colores del cinabrio más puro, y en la que se descubrian dos hileras de escogidas perlas, que un bello y dulce labio ocultaba y permitia ver alternativamente: de ella salian halagüeñas palabras, capaces de ablandar el corazon más duro y resistente: en ella se formaba por último aquella encantadora sonrisa, que hacia entrever á su arbitrio las delicias del Paraiso. Su hermoso cuello era blanco como la nieve, y cual la leche su pecho: el primero torneado; el segundo lleno y elevado. Sus pechos, que parecian de marfil, oscilaban blandamente, como las olas que movidas por una apacible aura, van á morir en la cercana orilla. Las demás partes de su cuerpo eran impenetrables aun para las miradas de Argos; pero podia suponerse que lo oculto no desmereceria en nada de lo visible. Sus dos brazos eran de una dimension proporcionada, y en su blanquísima mano, algun tanto larga y de afilados dedos, no se dibujaba el más pequeño hueso ni siquiera se traslucian las venas. Por último, dos piés pequeños y redondeados servian de sosten á cuerpo tan perfecto, que cual los de los espíritus celestiales, no podia ni debia ocultarse bajo velo alguno. Sus palabras, su sonrisa, su acento, sus ademanes, eran otros tantos lazos tendidos á los corazones de los que la contemplaban; por lo cual no es de extrañar que Rugiero quedara prendido en ellos al encontrarse frente á tan sin igual belleza.
De nada le sirvieron ya las prevenciones que le hiciera el mirto con respecto á la perfidia y maldad de Alcina, porque se resistia á creer que bajo sonrisa tan suave pudieran ocultarse el engaño y la traicion. Prefirió por lo mismo creer que el comportamiento de Astolfo, ingrato y desleal, le habia hecho merecedor de un castigo mucho mayor que el de verse convertido en mirto; así como tuvo por una calumnia todo cuanto de Alcina le habia dicho, y que únicamente la venganza, el hastío y la envidia habian hecho que Astolfo pronunciara tales blasfemias y dijera tantas imposturas.
Súbitamente habíase borrado del corazon de Rugiero la imágen de la hermosa dama á quien tanto amaba; porque Alcina, valiéndose de sus encantos, habia cerrado sus antiguas heridas amorosas, y solo por ella estaba ocupado entonces, y ella sola estaba en él grabada: débese por lo tanto excusar á Rugiero, que se mostrara en aquella ocasion tan voluble é inconstante.
Sentados á una mesa opípara y suntuosa, escuchaban con delicia la dulce melodía que esparcian por los aires las cítaras, las arpas y las liras. No faltaban tampoco agradables voces que cantaran los goces y transportes del amor, ó recitaran sonoros y fantásticos versos, inspirándose en las galanas ficciones de la poesía. Los suntuosos y celebrados banquetes de los sibaríticos sucesores de Nino, ó los ofrecidos por la famosa Cleopatra al romano vencedor, no podian compararse con el que la amorosa hada dió en obsequio del valiente paladin, y aun es dudoso que lleguen á igualarse á él los que celebra en el Olimpo el sumo Júpiter dispuestos por su copero Ganimedes.
Cuando se levantaron las mesas, entregáronse todos los comensales, formando círculo, á un juego entretenido, queconsistia en preguntarse recíprocamente al oido el secreto que mejor les pareciese. Este pasatiempo ofrecia gran comodidad á los amantes, pues así podian revelarse su escondido amor sin dificultad ninguna. Alcina y Rugiero no desperdiciaron tan excelente ocasion, y se prometieron reunirse de nuevo aquella misma noche.
Aquel juego cesó más temprano de lo que se acostumbraba en otras ocasiones, y entonces entraron varios pajes con antorchas cuya viva luz disipó las sombras del crepúsculo vespertino. Rodeado de hermosas doncellas pasó Rugiero á descansar en una cámara fresca y elegante, que se le habia destinado como la mejor de aquel palacio. Ofreciéronse allí de nuevo á los convidados dulces exquisitos y aromáticos vinos, despues de lo cual se fueron retirando á sus aposentos respectivos, no sin repetir antes sus reverencias y ofrecer una vez más sus respetos á Rugiero. Metióse este entre sábanas perfumadas, que parecian salidas de las manos de Aracnea[36], poniéndose á escuchar con toda atencion por ver si percibia el rumor de la llegada de Alcina. Al menor ruido que sentia, levantaba la cabeza, creyendo que fuese ella; se le figuraba oirla, y las más de las veces no oia nada, lanzando un suspiro cuando reconocia su error: otras veces saltaba del lecho, abria la puerta, miraba hácia fuera y nada veia, y se retiraba maldiciendo mil veces las horas que retrasaban el momento anhelado. Con frecuencia decia entre si:—«Ahora viene.»—Y empezaba á contar los pasos que suponia haber desde la estancia de Alcina hasta la suya, donde continuaba esperando en vano. Estos y otros pensamientos le estuvieron ocupando todo el tiempo quetardó en reunírsele la hermosa dama, y hasta hubo momentos en que creyó que algun obstáculo imprevisto le privara de coger el fruto que ya tocaba con sus manos.
Alcina se entretuvo largo rato en perfumarse con los olores más gratos; y cuando conoció que era ya tiempo, por reinar en el palacio la quietud y el silencio, salió sola de su cámara, y se dirigió silenciosa por un pasadizo secreto á la estancia en donde Rugiero se encontraba con el corazon anhelante entre el temor y la esperanza.
Apenas vió el sucesor de Adolfo aparecer aquella riente estrella, sintió circular por sus venas un fuego tan abrasador, que apenas podia contenerlas la piel: sus miradas engolfáronse con avidez en aquel mar de delicias y perfecciones, y sin darle tiempo á más, saltó del lecho y la estrechó entre sus brazos. Alcina venia envuelta en un ligero cendal que se habia echado sobre uno camisa blanquísima y sumamente sutil. Al abrazarla Rugiero, cayó el manto que la envolvia, y quedó el velo sutil y transparente, que no encubria sus perfecciones más de lo que un diáfano cristal oculta los primores de las rosas ó azucenas.
No se adhiere tan estrechamente la hiedra á la planta en tomo á la cual se ha abrazado, como se enlazaron mútuamente ambos amantes, cogiendo en sus labios la flor del espíritu, flor tan suave cual no la producen las odoríferas arenas índicas ó sabeas. Los amorosos trasportes á que entonces se entregaron solo ellos pueden referirlos y comprenderlos, pues más de una vez se encontraron sus labios, y más de una vez aspiraron su aliento mútuamente.
Estas escenas permanecian secretas en el palacio, y si no secretas, por lo menos discretamente calladas; que el silencio raras veces ha sido objeto do censura, y casi siempre de alabanza. Cumpliendo los deseos de Alcina, los astutos moradores de aquella mansion acogian con semblante agradable á Rugiero, y le prodigaban toda clase de atenciones, inclinándose contínuamente ante él. En su placentera estancia no se echaba de menos ninguno de los deleites que pudiera ambicionar el más refinado deseo: diariamente cambiaban dos ó tres veces de trajes de distintas y caprichosas hechuras; menudeaban los banquetes, y las horas transcurrian en medio de las fiestas, de los juegos, de las justas, de las luchas y representaciones escénicas, ó bien disfrutando de los placeres del baño y de la danza: otras veces á la sombra de los bosquecillos y sentados á las orillas de los arroyuelos leian antiguas historias de amores; muchos ratos perseguian á la tímida liebre á través de los floridos valles y de suaves collados, ó guiados por excelentes sabuesos, hacian salir con estrépido á los atolondrados faisanes de entre las zarzas y rastrojos: y ya tendian á los tordos lazos y varillas de liga entre los enebros olorosos, ó ya turbaban la grata tranquilidad de los peces con anzuelos cebados ó con redes.
Mientras Rugiero se entregaba sin reserva á aquella vida tan placentera, el rey Cárlos luchaba contra Agramante, cuya historia no debo olvidar por hablaros de la de Alcina, así como tampoco debo descuidar á Bradamante que por espacio de muchos dias derramó lágrimas de desesperacion y angustia, pensando en su deseado amante, á quien habia visto desaparecer por camino desusado hasta entonces, sin saber donde iria á parar.
Me fijaré en Bradamante con preferencia á los otros, y diré que durante muchos dias fué buscando en vano por bosques umbrosos, por abiertas campiñas, por villas, ciudades, montes y llanuras, sin conseguir la menor noticia de su adorado amigo, que tan apartado de ella estaba.Con frecuencia se aventuraba tambien en el campo sarraceno, sin encontrar la menor huella de su Rugiero: no cesaba de interrogar á unos y otros, explorando cuidadosamente los alojamientos, barracas y tiendas de campaña, aunque siempre sin resultado. En estas pesquisas no corria peligro alguno; pues pasaba entre los infantes y ginetes sin ser vista, merced á aquel anillo que la hacia invisible cuando se lo metia en la boca.
No quiere ni puede creer que haya muerto; porque la pérdida de un héroe como Rugiero habria resonado desde las orillas del Hidaspes[37]hasta las regiones en que el Sol se oculta. No sabe decir ni imaginar siquiera qué camino haya podido seguir por el Cielo ó por la Tierra, y sin embargo, la desventurada no cesa de buscarle, llevando por compañía sus lágrimas y suspiros, y la pena más aguda.
Resolvió al fin volver á la cueva donde descansaban los huesos del profeta Merlin, y prorumpir en tales exclamaciones al rededor de la tumba, que movieran á compasion al frio mármol, presumiendo que si vivia Rugiero, ó si nuestro fatal destino hubiera tronchado su adorada existencia, allí podria saberlo, y tomaria en consecuencia la determinacion que más conveniente le pareciera.
Emprendió con tal intento el camino que guiaba á las selvas próximas á Poitiers, donde existia, oculta en un sitio agreste y sombrío, la tumba oral de Merlin; pero aquella Maga que tanto se interesaba por la suerte de Bradamante; aquella que en la gruta le diera á conocer las condiciones de su posteridad; aquella encantadora sábia y benigna que velaba con solicitud por la jóven, sabiendo que de su seno habrian de salir tantos guerreros invictos, tantos semidioses, procuraba conocer diariamente sus menores acciones y palabras: así es que habia tenido noticia de la libertad y de la pérdida de Rugiero, y tambien de su forzoso viaje á la India. Habíale visto sobre aquel desenfrenado corcel, que no podia dirigir, recorrer un trayecto inmenso por vias peligrosas é inusitadas: y no ignoraba que despues el guerrero, olvidando á su señor, á su dama y hasta su honra, pasaba la vida entregado á los juegos, las danzas, los banquetes, y por fin, á la molicie del ocio más afeminado. En tan prolongada inercia podria haber llegado á consumir tan gentil caballero la flor de sus años, para perder despues no solo el cuerpo y el alma á un tiempo, sino aquella honrosa fama, única cosa que de nosotros queda cuando desaparece de la tierra nuestro débil cuerpo.
Pero la bondadosa Melisa, que estaba consagrada al cuidado de Rugiero más que él mismo, se propuso atraerle nuevamente al camino áspero y fatigoso de la verdadera virtud, aunque fuera á pesar suyo, como un excelente médico que emplea para curar el hierro y el fuego y hasta el veneno, y si bien al principio causa agudos dolores con tan crueles medios, devuelve con ellos la salud al enfermo, que no puede menos de mostrársele agradecido. No le cegaba, sin embargo, tanto su cariño hácia Rugiero que, como Atlante, pensara tan solo en conservarle la vida, ni, como este, queria prolongarla aun á costa de su honor y su renombre, despreciando todos los elogios y la admiracion del mundo con tal de que ni en un solo año se anticipara su muerte. Atlante era el que le habia enviado á la isla de Alcina, con objeto de que en su corte olvidara la gloria de las armas: y como mágico experto y consumado, habia unido el corazon de aquella reina al de Rugiero con un lazo tan amoroso y fuerte, que jamás hubiera podido romperse,aunque el guerrero llegara á una edad más avanzada que la de Néstor.
Volviendo, pues, á la encantadora que tan bien conocia el porvenir, diré que, siguiendo el mismo camino por donde acudia errante la hija de Amon, se encontró con ella. Al ver Bradamante á su querida Maga trocóse su primitiva pena en esperanza: Melisa no tardó en anunciarle todo cuanto á su Rugiero habia acontecido. La jóven quedó casi inanimada al saber que su amante estaba tan apartado de ella, y mucho más al comprender que su amor peligraba si no se ponia un pronto y eficaz medio; pero la solícita Maga la tranquilizó, derramando con sus palabras un bálsamo consolador en la herida que con sus noticias habia abierto, y prometiéndole y jurándole que lograria hacer que volviera á ver á su Rugiero dentro de pocos dias.
—Puesto que tienes en tu poder, le dijo, el anillo que destruye todas las artes mágicas, no dudo un momento que si yo lo llevo al palacio donde Alcina tiene cautivo á tu bien, conseguiré deshacer sus encantamientos, y devolverte tu amante. Emprenderé la marcha en cuanto aparezca el crepúsculo vespertino, y llegaré á la India al despuntar la aurora.
Y continuó dándole cuenta del plan que habia trazado para arrancar al paladin de aquella corte muelle y afeminada y hacerle volver á Francia.
Bradamante se quitó el anillo del dedo, y no solamente este, sino hasta el corazon y la vida le habria dado con tal de que salvara á su amante. Recomendóle mucho la conservacion de aquella alhaja, y encargóle mucho más aun el cuidado de su Rugiero, á quien, por su conducto, enviaba mil ternezas. Tomó en seguida el camino de la Provenza, mientras que la encantadora se encaminó por opuesta via.
Para llevar á cabo su proyecto, al empezar la noche hizo Melisa aparecer un palafren enteramente negro, pero con una pata roja, que probablemente seria uno de los duendes ó espíritus infernales revestido de aquella forma. La mágica montó en él, llevando desceñida la túnica, descalza, y con los cabellos sueltos y horriblemente desordenados, habiéndose quitado de antemano el anillo del dedo á fin de que su virtud eficaz no destruyese aquel encanto. Emprendió despues tan veloz carrera que al amanecer del siguiente dia se encontró en los dominios de Alcina.
Una vez en la isla, transformóse admirablemente: su estatura creció más de un palmo; todos sus miembros engruesaron en proporcion, quedando bajo el aspecto del Nigromante que criara con tanto cariño á Rugiero. En sus mejillas apareció de improviso una luenga barba, y profundas arrugas surcaron su frente y todo su rostro: en sus movimientos, en sus palabras y en sus facciones imitó tan bien al encantador Atlante, que no parecia sino que fuese él mismo.
Ocultóse despues, esforzándose en alejar de Rugiero á la enamorada Alcina, hasta que al fin lo consiguió, aunque no sin trabajo; pues la hada no podia permanecer un momento apartada de él. Encontróle completamente solo, segun era su deseo, á la orilla de un riachuelo que corria desde una colina hasta un pequeño lago límpido y ameno. En sus vestiduras, hechas de tela de oro y seda, tejidas con prolijo esmero por la mano de Alcina, y llenas de adornos y de perfumes, se echaba de ver el ocio y la lascivia. Pendia de su cuello hasta el pecho un espléndido collar de piedras preciosas, y en los brazos, un tiempo varoniles, llevaba ricos brazaletes; atravesaban sus orejas dos hilos delgados de oro en forma de sortijas que sostenian otras tantas perlas de extraordinaria magnitud, cual nunca se hayan visto en la Arabia ó en la India. Húmedos estaban sus ensortijados cabellos con los perfumes más preciados y de olor más suave, y por último sus gestos, sus movimientos respiraban la molicie y la afeminacion que es proverbial entre los galanteadores de oficio de las damas de Valencia. Tal variacion habia sufrido por la fuerza de los encantos de Alcina, que del antiguo Rugiero solo quedaba el nombre; lo demás se habia corrompido ó estragado.
En esta situacion le encontró Melisa, que se presentó ante él bajo la forma de Atlante, con aquel rostro grave y venerable tan respetado siempre por Rugiero; y fijando en él la mirada colérica y amenazadora que con frecuencia le habia hecho temblar en su niñez, le increpó en estos términos:
—¿Es este el fruto que por espacio de tanto tiempo he debido esperar en recompensa de mis sudores? ¿Te dí acaso por primeros alimentos la grasa de los osos y leones, y andando por cavernas y profundos barrancos te acostumbré desde niño á extrangular serpientes, á desarmar de sus tajantes garras los tigres y panteras, y arrancar los colmillos al javalí vivo, para despues de tantos afanes verte hoy convertido en el Adónis ó el Atis de Alcina? ¿Es esto lo que la contínua observacion de los astros y de las fibras palpitantes de los animales, los horóscopos, los agüeros, los sueños y demás sortilegios á cuyo estudio me he dedicado incesantemente me habian prometido esperar de tí desde tu más tierna infancia, para cuando llegaras á la edad viril, en que tus acciones heróicas debian ser tan preclaras y famosas cual nunca se hubieran visto en el mundo? ¡Digno principio de tu carrera es este, que permita esperar verte pronto convertido en un Alejandro, un César ó un Escipion!
»¿Quién podria ¡ay de mí! presumir, que voluntariamente te convirtieras en el esclavo de Alcina? Nadie podrá, sin embargo, poner en duda tu oprobio, al contemplar en tus brazos y en tu cuello la cadena con que ella dirige á su albedrío todos tus movimientos y acciones. Si no es bastante á moverte tu propia estimacion; si no tienes en nada las alabanzas y loores que puedes conseguir, así como tampoco sabes apreciar en su justo valor el brillante destino que te reserva el cielo, ¿por qué has de privar á tus sucesores del bien que te he predicho tantas veces? ¿Por qué has de consentir que permanezca infecundo el seno destinado por el Cielo para concebir la raza gloriosa y sobrehumana, que ha de dar al mundo más esplendor que el mismo Sol? No impidas, no, que las más nobles almas que se han formado en la mente del Eterno adquieran de tiempo en tiempo forma corpórea en el tronco cuya raiz has de ser tú. No seas, no, un obstáculo á los mil triunfos y victorias gloriosas con que tus hijos, tus nietos y todos tus descendientes han de devolver á Italia su pristino honor, despues de muchos reveses y crueles pruebas.
»Deberian inclinar tu abatido ánimo á salir de ese estado tantas y tantas almas bellas, ilustres, preclaras, invictas y santas como florecerán en el árbol fecundo de tu estirpe, y sobre todo, deberia reanimarte la esperanza de verte reproducido en Hipólito y su hermano, séres los dos tan perfectos en todos los grados que á la virtud conducen, cual pocos han existido en el mundo hasta el presente. De ellos acostumbraba á hablarte con más frecuencia que de los otros, ya porque su fama y su valor serán mayores que los de los restantes, ya tambien porque observaba que era más fija tu atencion cuando de ellos me ocupaba, que al referirte la historia de tus demás sucesores, regocijándote con la ideade que tan ilustres héroes habian de pertenecer á tu linaje.
»¿Qué tiene, pues, la que actualmente reina en tu corazon, que no lo tengan mil y mil meretrices? ¿No ha sido tambien la concubina de otros muchos, á quienes ha proporcionado al cabo una felicidad como suya? Pero, á fin de que conozcas quién es Alcina, despojada de sus embustes y artificios, coloca este anillo en tu dedo, vuelve á su lado, y entonces podrás formar una exacta opinion de su belleza.»
Mientras Melisa le dirigia tan amargas reconvenciones, permanecia Rugiero confuso, mudo, con la vista fija en el suelo y sin saber qué decir: púsole la Maga el anillo en el dedo, y á su contacto se estremeció el guerrero, que vuelto en sí, se vió abrumado de tal vergüenza que hubiera deseado encontrarse á mil brazas debajo de tierra para sustraerse á las miradas de todos.
En un momento recobró la Maga su primitivo ser, por considerar ya innecesario ocultarse bajo la figura de Atlante, una vez conseguido el resultado que se propusiera. En seguida se dió á conocer á Rugiero, y habiéndole dicho su nombre, le participó que era enviada por aquella apasionada jóven, que llena de amor pensaba continuamente en él, y que no pudiendo vivir sin su Rugiero, habíala rogado que fuese á romper las cadenas á que lo tenia sujeto la violencia del arte mágica; añadiendo que habia tomado la forma de Atlante de Carena para obtener de él mayor crédito y reverencia; pero que una vez conseguida su curacion, no habia tenido inconveniente en darse á conocer y en descubrirle la verdad entera.
—Aquella dama gentil que te ama tanto, prosiguió; aquella cuyas virtudes la hacen tan digna de tu amor, y á quien debes saber que eres deudor de la libertad que ahora disfrutas, si acaso lo has olvidado, te envia esteanillo que destruye todos los encantos de la magia, y de igual modo hubiérate mandado su corazon, si este poseyera como aquel una virtud capaz de influir en tu salvacion.
Melisa continuó hablándole del amor que Bradamante le habia profesado y seguia profesándole; ensalzando al mismo tiempo su valor en cuanto era compatible con la verdad y con la inclinacion que hácia la jóven sentia: trató por último de todos estos asuntos con la perspicacia y talento propios de tan experta mensajera, en términos de hacer que Rugiero sintiera hácia Alcina el mismo horror que causa la vista de los objetos más horrorosos. Este odio naciente parecerá extraño en el hombre que tan apasionado estaba momentos antes; pero dejará de serlo si se tiene en cuenta que aquel amor era hijo de la influencia de la magia, cuya influencia quedó destruida en presencia del anillo. Este talisman hizo más aun: transformó por completo las fingidas perfecciones de Alcina, patentizando que cuanto ostentaba la hada desde el pié á los cabellos, nada era suyo; así es que desapareció lo bello y quedó la fealdad en su ingrata desnudez.
Así como el niño que esconde una fruta madura, y olvidando despues el sitio donde la ha ocultado, si pasados algunos dias la encuentra por casualidad, se admira al verla podrida y deshecha y muy diferente de cómo él la escondió, y entonces en vez de apetecerla tanto como antes, la odia, la desprecia y la arroja léjos de sí, del mismo modo Rugiero, cuando por obra de Melisa volvió á hallarse en presencia de Alcina, provisto de aquel anillo contra el que nada valen los sortilegios cuando se lleva en el dedo, encontró en vez de la hermosa mujer de quien hacía poco tiempo se separara, un ser tan deforme que en toda la Tierra existia otro más decrépito ni mas horrible.
La faz de Alcina aparecia pálida, rugosa y macilenta; sus cabellos escasos y encanecidos: su estatura no llegaba á seis palmos, ni en su boca existia diente alguno, pues habia vivido más que Hécuba, más que la Sibila cumea y más que cualquiera otra mujer. Merced á un arte, desconocido en nuestro tiempo, lograba parecer jóven y bella: así es que por medio de su magia habia ya seducido á otros muchos lo mismo que á Rugiero, cuando el anillo vino á arrancar la máscara que por espacio de muchos años habia ocultado la verdad. No era, pues, maravilloso que de la mente de Rugiero desapareciera todo pensamiento que le hablara del amor de Alcina, al contemplarla bajo el aspecto que ya no podian disfrazar sus sortilegios.
Siguiendo el paladin los consejos de Melisa, no dió á conocer en su semblante el disgusto que le causaba ya cuanto le rodeaba, hasta que vistió por completo su armadura, tanto tiempo abandonada. A fin de que Alcina no sospechara nada, pretestó que queria probar sus fuerzas, y ver si habia engruesado despues de tantos dias como no iba cubierto con su arnés. Ciñóse al costado á Balisarda, que este era el nombre de su espada: cogió además el admirable escudo que no solo deslumbraba la vista de cuantos le miraban, sino tambien les abatia como si el alma se desprendiera de su cuerpo; y se lo colgó del cuello, cubierto con el mismo velo que lo envolvia. Bajó á la cuadra, é hizo que le ensillaran un corcel más negro que la pez, designado de antemano por Melisa quien conocia la extraordinaria lijereza de sus piernas: llamábase Rabican y era el mismo que condujo á aquel sitio la ballena en compañía del caballero que convertido en mirto, era juguete de los vientos en la orilla del mar. Podia igualmente haberse llevado el hipogrifo que estaba atado junto á Rabican; pero la maga le dijo que recordara la indocilidad de aquel animal, de que tenia ya pruebas, añadiendo que al dia siguiente lo sacaria fuera de aquel país, cuando se encontraran en un sitio á propósito donde pudiera enseñarle el modo de enfrenarlo y dirigirlo á su placer; y que seria conveniente dejarlo en la cuadra, á fin de que la presencia del corcel alado en ella no hiciera sospechar su evasion.
Hizo Rugiero cuanto le aconsejó Melisa, que aunque invisible para todos, no se apartaba de su lado. Con tales ficciones, salió del palacio lascivo y muelle de la decrépita prostituta y se encaminó hácia una de las puertas de la ciudad por donde se salia al camino que guiaba á los estados de Logistila. Atacó de improviso á los que la custodiaban y emprendiendo con ellos á cuchilladas, dejó á unos muertos y á otros mal heridos, escapándose despues con toda lijereza por el puente; y antes que Alcina tuviera noticia de su fuga, ya habia puesto una considerable distancia entre él y la ciudad. En el canto siguiente referiré el camino que siguió, y cómo llegó despues al país de Logistila.
Huye Rugiero de la ciudad de Alcina.—Melisa devuelve su forma primitiva á Astolfo y á sus demás compañeros de cautiverio.—Reinaldo consigue levantar ejércitos que acudan en auxilio del Santo Imperio y le saquen de su terrible apuro.—Angélica, encontrada durmiendo junto al ermitaño, es ofrecida como pasto á un mónstruo marino.—Orlando, que vé en sueños su desgracia, abandona angustiado á París.
¡Oh! ¡Cuán léjos estamos de sospechar el número de encantadores y encantadoras que existen entre nosotros, y que cambiando de rostro con sus artificios, se hacen amar de hombres y de mujeres! Y no es que alcancen este resultado evocando á los espíritus ó consultando á los astros; tan solo por medio del disimulo, del fraude y del engaño es como someten á su voluntad los corazones con indisoluble lazo. El que poseyera el anillo de Angélica, ó mejor dicho, el que estuviera dotado de discernimiento suficiente, podria distinguir perfectamente el rostro de aquellos, despojado de la máscara que les proporcionan el arte y el fingimiento. Ser habria entonces que, pareciendo hermoso y bueno, quedaria convertido en un mónstruo de fealdad y perfidia, una vez perdido el afeite y compostura de su cara. Por esto creo que fué una gran suerte para Rugiero la de poseer el anillo que lo presentó las cosas bajo su aspecto verdadero.
Segun dije antes, Rugiero, afectando el disimulo conveniente, montó en Rabican y se dirigió hácia la puerta de la ciudad completamente armado; encontró desprevenidos á los guardias, y desenvainando el acero, arremetió contra ellos,dejando muertos á unos y mal heridos á otros: cruzó enseguida el puente, hizo pedazos el rastrillo y se internó por el bosque; más á los pocos pasos tropezó con un criado de la hada. Llevaba este en el puño un ave de rapiña, á la que se divertia en hacer desplegar el vuelo todos los dias, ora hácia el campo, ora en direccion á una laguna próxima de donde regresaba siempre con alguna presa entre sus garras; iba además acompañado de un perro, y cabalgaba en un rocin de mala estampa.
Comprendiendo que Rugiero emprendia la fuga, al ver que caminaba con tanta celeridad, le salió al encuentro, y con impertinente ademan le preguntó la causa de su precipitacion. Rugiero no se dignó contestar á tal pregunta; y entonces aquel, viendo confirmadas sus sospechas, se propuso estorbar la marcha del paladin, y hacerle prisionero; para lo cual extendió el brazo izquierdo exclamando:—¿Qué dirás si te prendo inmediatamente? ¿Qué, si no llegas á poder defenderte de este pájaro?»—Y lanzó por el aire á su halcon, el cual empezó á agitar las alas con tal rapidez, que alcanzó á Rabican en su veloz carrera. El cazador saltó en seguida de su caballejo, quitóle el freno, y el animal, al verse libre, partió semejante á la flecha despedida del arco; pero mucho peor que ella, atendiendo á sus coces terribles y crueles mordeduras: el criado echó á correr tras él tan rápidamente que parecia empujado por el viento. El perro, á su vez, no quiso quedarse rezagado, sino que siguió á Rabican con la misma celeridad con que solia perseguir á las liebres en el prado.
A Rugiero le pareció vergonzoso no hacer frente á sus despreciables enemigos, y se volvió hácia el audaz cazador; pero al ver que sus únicas armas consistian en una vara que le servia para castigar á su perro, se desdeñó de desenvainar la espada. Acercósele, sin embargo, el criado de Alcina, y empezó á golpearle con la vara; mordióle el perro en el pié izquierdo; el caballo por su parte le tiró tres pares de coces, que le alcanzaron á un costado, mientras que el halcon, revoloteando en su derredor, le clavó varias veces las afiladas uñas en la carne: ante tal acometida, espantóse Rabican, y no obedeció ya al freno ni al acicate.
Rugiero, impacientado al fin con aquella lucha tan molesta como ridícula, desnudó el acero, y empezó á amenazar con el filo y con la punta al hombre y á los tres animales: pero aquella importuna turba le atosigaba cada vez más, cerrándole todos los lados del camino, y demorando de esta suerte la fuga del paladin, que consideraba irritado el perjuicio y el deshonor que recaerian sobre él si conseguian sus adversarios detenerle un poco más; pues no ignoraba que por corta que fuera su detencion, no tardaria en salir á perseguirle Alcina con todo su pueblo.
En esto empezaron á resonar los valles con el extruendo de las trompas, los atabales y las campanas. El paladin comprendió entonces que de nada le serviria esgrimir la espada contra un criado sin armas y un perro, y que seria más breve y expedito descubrir el escudo, obra de Atlante. Levantó el cendal rojo con que habia estado cubierto durante muchos dias, y la luz deslumbradora que despidió el escudo inmediatamente, hiriendo los ojos de sus adversarios, produjo el mismo efecto que tantas otras veces produjera. Perdió el cazador los sentidos; cayó el perro y el rocin, y cayeron las plumas del halcon, que no pudo sostenerse ya en el aire. Contento Rugiero con tan feliz resultado, los dejó entregados á su soporífico sueño.
Alcina en tanto habia tenido noticia de que Rugiero acababa de forzar las puertas de la ciudad dando muerte áun buen número de los que la custodiaban. Vencida por el dolor, estuvo á punto de perder el conocimiento; desgarró sus vestiduras y se golpeó el rostro, acusándose de imprevision y necedad. Sin perder un instante hizo tocar al arma y reunió en torno suyo todas sus gentes. Dividiólas en dos partes, á una de las cuales hizo seguir el mismo camino que Rugiero, haciendo que la otra se embarcara para perseguirle por el mar. Oscurecióse este en un momento bajo la sombra de tantas velas, con las cuales fué la desesperada Alcina, en quien pudo tanto el deseo de recobrar á su Rugiero, que dejó la ciudad sin defensores. En el palacio tampoco quedó guardia alguna, cuya circunstancia proporcionó á Melisa, que estaba acechando la ocasion más favorable para poner en libertad á los desgraciados que gemian en aquel país maldito, el tiempo necesario para examinarlo todo, quemar imágenes y destruir signos cabalísticos y toda clase de talismanes y maleficios. Desde allí se puso á recorrer presurosa las campiñas, haciendo que recobrara su primitiva forma aquella numerosa multitud de amantes desdeñados, que estaban convertidos en fuentes, en fieras, en árboles ó en piedras. Todos ellos, una vez libres, emprendieron el camino seguido por Rugiero, pusiéronse en salvo en los estados de Logistila, y pasaron desde allí á la Escitia, la Persia, la Grecia y la India, bajo la condicion impuesta por la Maga de ser más prudentes en lo sucesivo.
Melisa habia devuelto á Astolfo, antes que á los demás, la forma humana, en atencion á su parentesco con Bradamante y á los insistentes ruegos de Rugiero que le sirvieron de mucho: no contento con esto, el paladin entregó el anillo á Melisa, á fin de que su auxilio en favor de aquel caballero fuera más eficaz. Merced, pues, á los ruegos de Rugiero volvió Astolfo á su anterior aspecto; á pesar de lo cual creyó Melisa que su obra no estaba completa, sino le devolvia sus armas, y sobre todo aquella lanza de oro, que derribaba á todos los caballeros á su menor contacto; lanza que fué primero de Argalía, de Astolfo despues, y que tanta gloria proporcionó en Francia á uno y á otro. Melisa logró encontrarla depositada en el palacio de Alcina, y con ella las demás armas que fueron sustraidas al duque en aquella pérfida mansion. Montó despues en el corcel del moro nigromante, hizo que Astolfo subiera á la grupa, y le condujo al país de Logistila, á donde llegaron una hora antes que Rugiero.
Este guerrero caminaba en tanto al través de duras peñas y punzantes zarzas hácia el palacio de la virtuosa hada, saltando barrancos é internándose por senderos ásperos, desiertos, inhospitalarios y yermos. Despues de una marcha de las más penosas, llegó hácia la hora calurosa del mediodia á una playa situada entre el mar y una montaña, descubierta por el Sur, arenosa, desnuda, estéril y desierta. El Sol dejaba caer perpendicularmente sus encendidos rayos sobre los collados vecinos, y el vivo calor que estos reflejaban inflamaba de tal modo el aire y las arenas, que habria bastado á derretir el vidrio. Los pájaros permanecian inmóviles en la sombra; y únicamente la cigarra, oculta entre las ramas de algun árbol, ensordecia los valles, los montes, el mar y el cielo con su enojoso canto.
El calor, la sed y la fatiga de la marcha por aquel arenoso camino, á lo largo de una playa tan salvaje, tenian casi agobiado á Rugiero.
Mas como no conviene que se diga que ocupo á mis lectores con un solo asunto, dejaré por ahora á Rugiero sofocado por aquel calor, é iré á buscar á Reinaldo en Escocia.
Este guerrero continuaba siendo muy bienquisto del Rey, de su hija, y de todo el país. Cuando se presentó una ocasion oportuna, dió á conocer con más detenimiento la causa que le habia obligado á ir á aquel reino; la cual no era otra que pedir en nombre de su señor el auxilio de la Escocia y de la Inglaterra, apoyando sus ruegos con justísimas razones que militaban en favor de Cárlos. Contestóle el monarca sin vacilar, que en cuanto alcanzaban sus fuerzas estaba siempre dispuesto á ser útil á Cárlos y al Imperio, como era su voluntad; que antes de muchos dias pondria sobre las armas el mayor número de soldados que le fuera posible, y que si su avanzada edad no se lo impidiera, tendria una gran satisfaccion en marchar al frente de sus guerreros en socorro del rey de Francia, añadiendo, por último, que esta consideracion no le detendria, si no contase, como contaba, con un hijo fuerte, valeroso y experto, y digno sobre todo del mando del ejército, si bien por entonces se hallaba ausente del reino; pero que esperaba su regreso ínterin reunia las fuerzas, y que una vez reunidas estas, marcharia su hijo á la cabeza.
En seguida hizo salir en todas direcciones emisarios provistos de recursos para alistar infantes y ginetes; aparejó además numerosas naves, proveyéndolas de municiones de boca y guerra y del dinero necesario, y cuando Reinaldo se despidió de él cortesmente para pasar á Inglaterra, fué acompañándole hasta Berwik, donde le dejó, no sin que aquella separacion le costara algunas lágrimas. Un viento favorable hinchaba ya las velas; despidióse Rugiero amistosamente de todos al embarcarse, y maniobrando hábilmente los marineros, llegaron tras una travesía corta y feliz al punto en que las saladas ondas del mar al encontrarse con el Támesis convierten en amargas sus aguasdulces: aprovecháronse los navegantes del flujo para remontar el rio, y caminando con toda seguridad á la vela y al remo, llegaron en breve á la vista de Lóndres.
Reinaldo era portador de varias cartas de Carlomagno y del rey Oton, que tambien se hallaba sitiado en Paris, para el príncipe de Gales, encargándole que reuniera inmediatamente cuantos infantes y ginetes pudiera proporcionar aquel país, y los hiciera transportar á Calais sin pérdida de tiempo para acudir en auxilio de la Francia y de su rey. El príncipe de Gales, que habia quedado gobernando el reino en ausencia de Oton, recibió tan brillantemente á Reinaldo de Amon, y le dispensó tales honores que quizá no hubiera hecho otro tanto con el verdadero monarca. Accediendo despues á su demanda, dió órden para que en un dia prefijado estuviesen listos para embarcarse cuantos guerreros existieran en Bretaña y en sus islas adyacentes.
Mas permitidme, Señor, que haga ahora lo que un buen músico al tocar una pieza de ejecucion, que pulsando alternativamente varias cuerdas, cambia á su placer de sonidos, pasando del tono grave al agudo. En tanto que estaba hablando de Reinaldo, me he acordado de la gentil Angélica, á quien dejé en compañía de un ermitaño mientras iba huyendo. Continuaré, pues, su historia.
Dije que suplicaba con afan al ermitaño que le indicara el camino del mar; pues era tanto el miedo que le inspiraba Reinaldo, que creia morir si no atravesaba las olas, por no juzgarse segura en ningun punto de Europa; pero el viejo, á quien causaba un gran placer la compañía de la jóven, procuraba entretenerla con especiosos pretextos. La belleza extraordinaria de Angélica inflamó su corazon, cuyo fuego reavivó sus ya heladas sensaciones; mas al ver la poca atencion que le prestaba la doncella, y que no