CANTO XII

Orlando fué tirando del cable y atrayendo al mónstruo.(Canto XI.)

Orlando fué tirando del cable y atrayendo al mónstruo.(Canto XI.)

Orlando fué tirando del cable y atrayendo al mónstruo.(Canto XI.)

del paladin fuera de su antigua y vital mansion, se debatia con violencia y revolcábase continuamente sin poder romper la cuerda que la sujetaba, lo mismo que el toro, al sentirse sujeto por el lazo, salta acá y acullá, da mil vueltas, se tiende y se vuelve á levantar, sin conseguir desembarazarse de las ligaduras que le oprimen. De su boca salian torrentes de sangre en tanta abundancia, que bien podia aplicarse el nombre de Rojo á aquel mar, cuyas olas continuaba sacudiendo en términos de descubrir más de una vez su arenoso fondo, ó de elevar montañas de agua hasta los mismos cielos, ocultando la luz del claro Sol; y todo esto producia un estrépito tal, que retemblaban los montes, las selvas y hasta las playas más lejanas.

El viejo Proteo salió de su gruta al oir semejante estruendo, y apareció en la superficie del mar; y al ver á Orlando entrar y salir de la orca y arrastrarla hácia la orilla, huyó por el anchuroso Océano, abandonando sus diseminados rebaños. El mismo Neptuno, sorprendido por tal rumor y tan extraña confusion, hizo uncir á su carro á sus delfines, y no paró hasta llegar á las costas de Etiopía, mientras que Ino, acongojada, llevando á Melicertes en sus brazos[48], las Nereidas con los cabellos en desórden, los Glaucos, los Tritones y demás divinidades marinas corrian atolondrados de uno á otro lado, no sabiendo donde refugiarse.

Orlando sacó por fin á la playa al horrendo pescado del cual no tuvo que ocuparse más; porque debilitado por sus esfuerzos y sus heridas, habia muerto antes de llegar.

Muchos habitantes de la isla habian acudido presurosos á presenciar tan singular combate; mas ofuscados por unapreocupacion fanática, consideraron tan santa accion como un sacrilegio, por creer que con ella se habia cometido una nueva falta contra Proteo. Temerosos, por lo tanto, de haber excitado otra vez su cólera, y de que volvieran á acometerles las fieras marinas, renovando la antigua guerra con todos los inmensos perjuicios que les habia ocasionado, determinaron suplicar humildemente á la ofendida deidad marina que les perdonara, antes que sobreviniesen más funestas consecuencias; pero arrojando primeramente al mar al impío Orlando á fin de aplacar el furor de Proteo con este sacrificio. De los ánimos de todos los isleños se apoderó el deseo de realizar tan funesto proyecto con la misma rapidez que se comunica el fuego de una en otra antorcha iluminando en breve toda una comarca.

Armados presurosamente de hondas, arcos, lanzas y espadas, bajaron á la playa, y acometieron á Orlando, rodeándole de mil modos y atacándole por todos lados. Quedó sorprendido el Paladin al ver tan bestial insulto y tan negra ingratitud; pues cuando esperaba alcanzar eterna gloria ó el debido agradecimiento por haber dado muerte al mónstruo, su recompensa consistia en injurias y atentados contra su vida; pero así como el oso, á quien los rusos ó los lituanios enseñan por las calles como un entretenido espectáculo, no hace caso alguno de los importunos ladridos de los gozquecillos, á los que ni siquiera se digna mirar, de igual suerte vió el paladin sin temor á toda aquella turba vil que podia derribar con solo un soplo; y bien lo dió á conocer manteniéndoles á una respetable distancia, apenas se volvió contra ellos empuñando su Durindana.

Los insensatos isleños habian creido que Orlando no podria hacerles frente no llevando puesta la coraza, ni embrazado el escudo, ni ninguna otra arma defensiva; peroignoraban que su piel, desde los piés á la cabeza, era más dura que el diamante. Lo que sus adversarios no pudieron hacer con el Paladin, hizo este con aquellos: de solo diez cuchilladas (y no serian muchas más) tendió á sus piés treinta enemigos, cuya leccion bastó para ponerlos en cobarde fuga.

Apenas libre de ellos, dirigióse á desatar á la jóven, cuando resonaron en la playa nuevos gritos y nuevo tumulto. Mientras los bárbaros estaban entretenidos, contemplando en esta parte de la costa la lucha de Orlando con la orca, habian desembarcado sin dificultad en diferentes puntos de ella los irlandeses, que, depuesta toda piedad, hicieron por todas partes horribles estragos en aquel pueblo, y ya fuese por justicia ó por crueldad, no respetaron edad ni sexo. Ninguna ó poca resistencia opusieron los isleños, bien por haberse visto cogidos de improviso, ó bien porque en aquella isla, de corta extension, habia pocos habitantes, y aun estos pocos, sin ningun valor. Los invasores saquearon la ciudad, incendiaron las casas, pasaron á cuchillo á las personas, derribaron las murallas, y no dejaron en toda la isla un solo ser viviente.

Haciendo caso omiso de aquel estruendo, gritería y matanza, acudió Orlando á la doncella destinada á satisfacer la voracidad de la orca marina. Al fijar en ella sus miradas creyó conocerla; aproximóse más y se afirmó en su creencia: le pareció que era Olimpia, y efectivamente era la misma, que habia visto su constancia tal mal recompensada. ¡Desdichada Olimpia! Como si no fuera bastante para su lacerado corazon el desengaño que le diera Amor, la Fortuna cruel la entregó el mismo dia en manos de unos corsarios, que la llevaron á la isla de Ebuda. La infeliz jóven habia conocido á Orlando en cuanto se encaminó hácia el escollodonde estaba atada; pero como se hallaba completamente desnuda, tenia la cabeza baja, sin atreverse á hablar ni á levantar hácia él la vista.

Preguntóle Orlando por qué fatalidad la encontraba en aquella isla de tal suerte, cuando él la habia dejado en compañía de su esposo, tan contenta y satisfecha como era posible.

—¡Ay de mí! le contestó: no sé si deba daros de nuevo las gracias por haberme librado entonces de la muerte, ó si manifestarme pesarosa, porque hoy, merced á vos, no hayan tenido un término mis desgracias. Debo indudablemente estaros agradecida por haberme evitado un género de muerte tan cruel, como lo hubiera sido tener por tumba las entrañas de aquella fiera; pero no puedo agradeceros el encontrarme ahora con vida, pues solo con mi existencia concluirán mis miserias. ¡Oh! arrancádmela por vuestra mano, y en mi último suspiro irá envuelta mi gratitud hácia tanta bondad.

Despues continuó refiriéndole entre copioso llanto cómo su esposo la habia burlado, dejándola dormida en una isla, donde unos corsarios se apoderaron de ella. Mientras estaba hablando, procuraba Olimpia dar á su cuerpo la actitud con que se suele pintar ó esculpir á Diana sorprendida por Acteon en el baño, volviéndose de lado y ocultando su pecho y mil bellezas, á pesar de dejar expuestas á las miradas de todos la espalda y los costados.

Orlando esperaba con ansiedad que entrara su bajel en el puerto, á fin de cubrir á Olimpia con algunas ropas. Mientras permanecia en una afanosa espectacion, llegó Oberto, rey de Hibernia, que acababa de saber que el mónstruo marino estaba tendido en la playa; que un caballero habia tenido el valor y audacia de clavarle en la boca unáncora pesada, y que con ella lo habia arrastrado hasta la orilla del mismo modo que se suele varar las naves. Oberto, para cerciorarse de si era cierto cuanto se le habia referido, acudió á aquel sitio, en tanto que su gente completaba por todas partes la destruccion de Ebuda.

Aun cuando Orlando estaba empapado en agua, sucio, y cubierto de la sangre que llevó consigo al salir de la boca de la orca, en la que habia entrado enteramente, el rey de Hibernia le conoció en seguida, tanto más cuanto que, apenas tuvo noticia de tal heroicidad, se le fijó en la mente la idea de que Orlando, y nadie más, era capaz de haberla llevado á cabo. Le conocia, porque habia sido educado en Francia, de donde salió el año anterior para ceñirse la corona que heredara por muerte de su padre, y allí habia visto y hablado al Conde infinitas veces. Alzándose al momento la visera de su casco, corrió á abrazar y festejar al paladin, que le estrechó entre sus brazos con no menores muestras de alegría. Despues de haberse dado repetidas veces las mayores muestras de afecto y cordial amistad, refirió Orlando á Oberto la traicion de que habia sido víctima Olimpia, así como el nombre del traidor, más obligado que otro alguno á guardarle fidelidad. Dióle minuciosa cuenta de las muchas pruebas con que ella habia demostrado su amor á Bireno, así como las pérdidas en familia y bienes que por él habia sufrido hasta llegar á ofrecer su vida por la de tan pérfido amante, añadiendo por último que él habia sido testigo de muchas de aquellas acciones de las que podia salir garante.

Mientras Orlando hablaba, los ojos hermosos y serenos de la jóven estaban llenos de lágrimas. El bello rostro de la princesa se asemejaba entonces al cielo tal como le vemos en algunos dias de primavera, cuando cae una lluvia pasajera, al mismo tiempo que el Sol atraviesa con sus rayos el nebuloso velo; y así como los ruiseñores entonan en aquella estacion sus dulces trinos, saltando de rama en rama, del mismo modo Amor humedecia en las lágrimas de la jóven las plumas de sus alas, regocijándose con el claro fulgor de sus hermosos ojos, en cuyo fuego forjaba sus dardos, templándolos despues en el cristalino raudal que se deslizaba entre las rosas blancas y encarnadas de sus mejillas: despues de templadas sus flechas, las disparó contra el galan Oberto, á quien no pudieron defender su escudo, ni su coraza, ni su cota de mallas; pues mientras estaba arrobado contemplando los ojos y los cabellos de la desdichada Olimpia, se sintió el corazon herido, sin saber cómo.

Los atractivos de Olimpia eran de los más raros, pues no solo formaban un conjunto encantador los ojos, la frente, los cabellos, las mejillas, la boca, la nariz, los hombros y la garganta, sino que los demás miembros, velados hasta entonces por el traje á las miradas profanas, eran tan admirables, que podian muy bien anteponerse á cuantos hubiera en el mundo. Sus redondos pechos, que vencian en blancura al ampo de la nieve y eran más tersos que el marfil, parecian de leche recien exprimida de los juncos: ambos estaban separados por un surco pequeño semejante á los floridos valles que se forman entre dos colinas, cuando en la estacion amena empieza el Sol á derretir las nieves que habia acumulado el invierno. Sus costados, sus torneadas caderas, sus alabastrinos muslos y el resto de su cuerpo más terso y brillante que un espejo, parecian hechos á torno por el mismo Fidias[49]ó por otra mano más diestra, si es posible. ¿Habré de describir las perfecciones que encerrabanlas demás partes que ella procuraba ocultar en vano? Básteme decir, que desde los piés á la cabeza era toda ella el tipo de la belleza más acabada. Si el pastor Frigio la hubiese visto en los valles de Ida, seguramente Venus no hubiera alcanzado el premio de la belleza, á pesar de ser ella superior á las otras dos Diosas, y probablemente Paris no habria violado la hospitalidad en Esparta, sino que hubiera dicho á Elena:—«Quédate con Menelao; pues yo no quiero más beldad que esta.»—Y si Olimpia hubiese estado en Crotona, cuando Zeuxis tuvo que esculpir la estátua que debia colocarse en el templo de Juno, reuniendo las doncellas más hermosas de la Grecia para copiar aquello que cada una de ellas tuviera más perfecto, á fin de que saliera su obra perfecta tambien, con Olimpia sola hubiera tenido bastante por estar reunidas en ella todas las bellezas.

Estoy seguro de que Bireno no vió jamás aquel cuerpo desnudo; pues de otra suerte, no habria tenido la crueldad de abandonar á la jóven en la isla desierta. Por eso no me maravilla que Oberto, abrasado por el fuego del amor, fuese impotente para ocultarle, procurando consolarla con gran solicitud y haciéndole concebir la esperanza de que de tanto infortunio naceria para ella la dicha. Prometióle acompañarla á Holanda, y no parar hasta restablecerla en el trono, y haber tomado una cruel y memorable venganza del perjuro y traidor Bireno, aunque para ello tuviera que emplear todas las fuerzas de Irlanda, asegurándole por último que pondria inmediatamente por obra este propósito.

En tanto, hacia buscar por todas partes trajes y ropas de mujer, si bien no habia necesidad de alejarse de la isla para encontrarlos, porque todos los dias se recogian en ella las vestiduras de las doncellas entregadas al mónstruo marino. Fácilmente encontró Oberto trajes de mil distintas hechuras, é hizo vestir con uno de ellos á Olimpia, aunque sintiendo no poder proporcionarle uno tan bueno como hubiera deseado: verdad es que ni las ricas telas de oro y seda que tejen los industriosos florentinos, ni el vestido más minuciosamente recamado á fuerza de tiempo, paciencia y estudio, aunque saliera de las manos de Minerva ó del Dios de Lemnos, le hubieran parecido decorosos ni dignos de cubrir los miembros de la princesa, cuyos atractivos recordaba incesantemente.

Orlando se manifestó muy contento de aquel naciente amor por muchos motivos; pues además de estar persuadido de que el rey de Irlanda no dejaria por mucho tiempo impune la traicion de Bireno, se veia libre por esta causa de aquel grave y enojoso compromiso, cuando él habia acudido á la isla de Ebuda para socorrer á su amada si es que se encontraba en ella, y no para favorecer á Olimpia. Le constaba ya que Angélica no estaba allí, pero no podia cerciorarse tan fácilmente de si habia estado; porque habian perecido todos los habitantes de la isla sin quedar uno solo con vida.

Al dia siguiente zarparon de aquel puerto, habiéndose embarcado todos juntos en direccion á Irlanda, en donde quiso tocar el Paladin para regresar á Francia. No consintió en detenerse un dia entero en Irlanda á pesar de los ruegos insistentes de sus amigos. Amor, que le impelia tras su amada, le prohibia permanecer allí más tiempo. Antes de partir, recomendó al Rey que cuidara de Olimpia, y que cumpliera las promesas que habia hecho á la princesa, aunque bien es verdad que no habia necesidad de ello, pues cumplió su palabra con más exactitud de lo que se acostumbra.

Y en efecto, en breves dias reunió Oberto su ejército; y aliado con los reyes de Inglaterra y de Escocia, restituyó á Olimpia la Holanda, se apoderó de la Frisia, sublevó la Zelanda contra Bireno, y no terminó la guerra hasta que le dió la muerte: ¡castigo harto débil para la magnitud de su delito! Oberto se casó con Olimpia, á quien convirtió de simple condesa en una reina poderosa.

Pero volvamos al Paladin que navegaba á toda vela por el ancho mar, caminando sin cesar noche y dia. Pronto llegó al mismo puerto de Francia de donde habia zarpado, y montando otra vez en su Brida-de-oro, dejó en breve tras de sí los vientos y las saladas ondas. Creo firmemente que en el resto de aquel invierno ejecutaria Orlando cosas dignas de tenerse en cuenta; pero estuvieron rodeadas de tal misterio que no es culpa mia si no las refiero ahora. Orlando estaba siempre más pronto á llevar á cabo cualquier accion laudable y meritoria, que á publicarlas despues, y ninguno de sus hechos llego á conocerse sino cuando habian tenido testigos presenciales. Pasó el resto del invierno tan callado, que no se supo nada de él á ciencia cierta; pero cuando el Sol iluminó la Tierra desde el discreto animal que llevó á Friso, y el céfiro con su soplo dulce y templado trajo de nuevo la risueña primavera, reaparecieron las admirables hazañas de Orlando al mismo tiempo que las flores y las yerbas. De llano en monte, y de campiña en costa, iba vagando agobiado por la fatiga y por el dolor, cuando al penetrar en un bosque hirió sus oidos un estridente grito, un prolongado lamento: aguijó su corcel, empuñó la espada y se encaminó velozmente hácia el sitio de donde salian aquellos lamentos: pero diferiré para otro momento la continuacion de mi historia, si quereis seguir escuchándome.

Persigue Orlando irritado á un caballero que arrebata á la fuerza á su dama y llega á un palacio construido por Atlante de Carena con el objeto de atraer á él á Rugiero.—Llega este despues; pero habiendo Orlando descubierto de nuevo á Angélica, marcha en pos de ella, combate con Ferragús, lleva á cabo una accion heróica contra los paganos, y encuentra despues á Isabel.

Al separarse Ceres da la madre Idea[50], regresó apresuradamente á los valles solitarios que se encuentran en la falda del monte Etna, bajo cuyo peso gime el gigante Encelado[51]herido por el rayo; y no encontrando á su hija donde la habia dejado[52], se mesó desesperada los cabellos, se hirió los ojos, y se golpeó el rostro y el pecho; arrancó despues dos pinos, y los encendió en el fuego de Vulcano[53], dándoles la propiedad de que no pudieran apagarse nunca. En seguida, cogiendo una de aquellas antorchas en cada mano, subió á su carro tirado por dos serpientes; recorrió en busca de su hija las selvas, las campiñas, los montes, las llanuras, los valles, los rios, las lagunas, los torrentes, la tierra y el mar, y despues de hacer inútiles pesquisas sobre la Tierra, bajó á las profundidades del Tártaro.

Si Orlando hubiera tenido el mismo poder que la diosa de Eleusis[54], como era su deseo, con tal de encontrar á Angélica no habria dejado de recorrer las selvas, los campos, las lagunas, los rios, los valles, los montes, las llanuras, la tierra y el mar, el cielo, y hasta la region del eterno olvido; pero como no disponia del carro y de los dragones de Ceres, la iba buscando del mejor modo que le era posible.

Despues de haber visitado toda la Francia, se preparaba á recorrer la Italia, la Alemania, las dos Castillas, y á atravesar el mar de España, para pasar á la Libia. Mientras iba madurando este proyecto, hirió sus oidos el eco de una voz doliente; apretó el paso, y vió á alguna distancia un caballero galopando sobre un corcel de gran alzada, y llevando en brazos á una tristísima doncella echada sobre el arzon delantero de la silla. La jóven lloraba y procuraba desasirse dando muestras de un dolor intenso, y llamando en su socorro al valeroso príncipe de Anglante, el cual, al reparar en la doncella, creyó conocer á Angélica á quien dia y noche iba buscando por el interior y los confines de la Francia. No puedo asegurar que fuese ella, pero sí que se parecia á aquella Angélica gentil, á quien amaba Orlando tan tiernamente. Al ver este que de tal modo le arrebataban su idolatrada amante, tan afligida y triste, lleno de cólera y de furor, retó con estentórea voz á su raptor, y prorumpió en amenazas contra él, lanzando á rienda suelta en su seguimiento á Brida-de-oro. Pero aquel infame ni se dignó contestarle, ni detenerse: atento únicamente á su admirable presa, corria por entre aquella espesura con tanta celeridad, que hubiera dejado atrás al viento. Huia el uno velozmente; volaba el otro en pos de él, y la profunda selva resonaba con sus gritos.

Llegaron, sin cesar en su vertiginosa carrera, á un extenso prado en medio del cual se elevaba un palacio grande y suntuoso, construido con diferentes clases de mármoles, adornados de prolijas esculturas. El raptor atravesó corriendo la puerta de oro de aquel palacio sin abandonar un momento á la doncella; poco despues llegó Brida-de-oro con su dueño enojado y furibundo. Cuando entró en el palacio, miró Orlando en torno suyo, y no vió ya al caballero ni á la jóven. Saltó más bien que se apeó de su corcel, é internándose en el palacio, pasó como un rayo por todas sus habitaciones, corriendo de una en otra, sin dejar de reconocer todas las cámaras, hasta las más reducidas y apartadas. Despues de haber recorrido en vano todos los sitios más recónditos de la planta baja, subió al primer piso, y en él perdió el mismo tiempo y trabajo que habia perdido en el inferior.

Vió diferentes lechos en que brillaban el oro y la seda: el pavimento y las paredes desaparecian bajo espesos tapices y alfombras; pero sin fijarse en aquellas magnificencias, continuaba el Paladin corriendo de arriba á abajo y de abajo á arriba repetidas veces, sin conseguir alegrar sus ojos con la vista de Angélica, ni encontrar al ladron que le habia arrebatado tan adorada imágen. Mientras dirigia inútilmente sus pasos por todas partes, lleno de inquietud, y entregado á mil pensamientos, vió á Ferragús, á Brandimarte, al rey Gradasso, al rey Sacripante y otros muchos caballeros, que como él recorrian todos los departamentos del palacio, y como él se afanaban inútilmente, maldiciendo sin cesar al malvado é invisible señor de aquella mansion. Todos ellos iban en su busca: todos le acriminaban por haberles robadoalgo: los unos se quejaban de la falta del caballo, que aquel les habia arrebatado; los otros se enfurecian por la pérdida de su amada; por las diferentes cosas, varios; y mientras tanto no sabian alejarse de aquella especie de jaula, donde muchos de ellos, víctimas de tales engaños, contaban semanas y meses enteros de permanencia.

Despues de haber recorrido cuatro ó seis veces todo aquel misterioso palacio, se dijo Orlando á sí mismo:—«Si permanezco aquí, gastaré el tiempo y el trabajo inútilmente, pues el ladron puede muy bien haber escapado con Angélica por alguna otra salida y encontrarse ya muy léjos de este sitio.»—Ocupada con este pensamiento su imaginacion, salió á la pradera que circuia todo el palacio. Mientras daba la vuelta en torno de aquella morada campestre y tenia fijas las miradas en el suelo para descubrir si á uno ú otro lado aparecian las señales de un nuevo camino, oyó que le llamaban desde una ventana; levantó los ojos, y le pareció oir aquella voz divina y distinguir aquel admirable rostro que habia ocasionado un cambio tan radical en su vida y sus costumbres. Se le figuró oir á Angélica, que entre súplicas y llanto le decia:—«¡Favor, socorro! Te recomiendo mi honor más que mi alma, más que mi vida. ¿Seria posible que ese bandido me lo arrebatara en presencia de mi amado Orlando? ¡Oh! ¡Antes que dejarme entregada á tan inhumana suerte, arráncame la vida con tus propias manos!»

Estas palabras obligaron á Orlando á renovar una y otra vez sus pesquisas por todas las estancias del palacio, mitigando una dulce esperanza la fatiga y el cansancio que empezaba ya á sentir. Cada vez que se detenia, creia escuchar una voz semejante á la de Angélica que imploraba su auxilio. Acudia presuroso hácia el sitio de donde le parecia que habia salido, y entonces resonaba en otra parte, obligándole á ir de un lado para otro, y siempre en vano.

Pero creo oportuno volver á Rugiero, á quien dejé en el momento en que acababa de atravesar un sendero oscuro siguiendo al gigante y á su dama, hasta que al salir del bosque se encontró en una pradera dilatada. Continuando su persecucion, llegó, si no estoy equivocado, al mismo sitio donde Orlando habia llegado poco antes: el gigante traspuso la puerta del palacio, y tras él Rugiero, tenaz en perseguirle. Apenas puso el pié en el umbral, miró el patio y las galerías, y no vió ya al gigante ni á la dama: paseó inútilmente sus miradas en todas direcciones, subió y bajó en vano por todas aquellas cámaras, sin encontrar lo que deseaba, ni poder imaginar cómo habian desaparecido tan rápidamente la doncella y su raptor. Despues de haber recorrido cuatro ó cinco veces las galerías, las cámaras y los salones de aquel edificio, tanto los inferiores como los superiores, volvió de nuevo á sus pesquisas, y no las abandonó sino cuando hubo registrado hasta debajo de las escaleras. Abrigando la esperanza de que los fugitivos estarian en las selvas vecinas, alejóse del palacio; pero atraido por una voz que le llamaba, como la otra llamó á Orlando, volvió de nuevo á reconocer el edificio.

La misma voz, la misma persona que Orlando habia tomado por Angélica, ofrecióse á la vista y á la imaginacion de Rugiero como la dama de Dordoña, la soberana de su albedrío. Si aquella voz, si aquella persona se dirigia á Gradasso ó alguno de los que iban errantes por el palacio, todos creian ver y oir en ella al objeto de sus más fervientes deseos. Atlante de Carena habia imaginado este nuevo é insólito encantamiento para ocupar la imaginacion de Rugiero en aquel trabajo, en aquella dulce pena, y sustraerle por este medio á su funesto destino, que le condenaba ámorir en la flor de su juventud. El encantador esperaba conseguir así lo que no habia logrado valiéndose primeramente del castillo de acero, y de Alcina despues. Atlante atrajo á aquella morada, no solo á Rugiero, sino tambien á cuantos guerreros tenian en Francia fama de esforzados, á fin de que su protegido no pereciera á sus manos; y mientras les obligaba á permanecer en el palacio, reunia en este tal abundancia de provisiones y manjares esquisitos que las damas y los caballeros encontraban cuanto podian apetecer.

Pero volvamos á Angélica que, teniendo en su poder el admirable anillo, merced al cual se hacia invisible ó destruia todos los encantos, y despues de haber encontrado en la cueva víveres, vestidos, caballos y cuanto necesitaba, se disponia á regresar á la India y á su hermoso reino. Sin duda alguna hubiera deseado tener por compañeros á Orlando ó Sacripante, no porque amara al uno más que al otro, pues siempre se habia mostrado con ellos desdeñosa, sino porque, obligada á atravesar por tantas ciudades y castillos para pasar á Levante, le era indispensable un compañero y un guia, y ninguno le habria inspirado tanta confianza como ellos. Fué buscando tanto al uno como al otro durante largo tiempo, sin encontrar huella ni indicio alguno que le revelara su presencia, unas veces por las ciudades, otras por las aldeas, algunas por los bosques, y muchas por diferentes sitios. La Fortuna la encaminó por último hácia el punto donde estaban Orlando, Ferragús y Sacripante con Rugiero, Gradasso y otros muchos, á quienes Atlante habia hecho caer en sus redes.

Entró Angélica en el palacio, sin que el mago la pudiera ver porque llevaba el anillo en la boca; y registrándolo todo, encontró á Orlando y á Sacripante, que continuabanbuscándola inútilmente por aquel recinto. Vió tambien cómo Atlante, suplantando su imágen, engañaba y entretenia á los dos guerreros. En seguida, empezó á pensar á cual de ellos deberia confiarse, y se mostraba indecisa; pues no sabia cuál seria preferible, si el Conde Orlando ó el Rey de los orgullosos circasianos. Orlando podria salvarla con más valor de cualquier peligro, es cierto; pero de elegirle por guia y compañero, quedaria bajo su dependencia, por no saber de qué medio valerse despues para apartarle de su lado y hacerle regresar á Francia, cuando ya no le necesitase. En cambio, le seria posible deshacerse del circasiano, cuando así le conviniera, aunque él la hubiese llevado hasta el cielo. Esta sola razon la determinó á escogerle por compañero, y á fingir con él celo y lealtad.

Quitóse el anillo de la boca, descorriendo así el velo que cubria su presencia á los ojos de Sacripante. Creyó, sin embargo, dejarse ver de él solamente; pero la sorprendieron tambien Orlando y Ferragús, que no habian cesado de buscar por dentro y fuera del palacio á su amada, al ídolo de su corazon, á Angélica. Corrieron presurosos y simultáneamente hácia la doncella; pues entonces ya no se lo estorbaba ningun encantamiento, por haberse colocado Angélica el anillo en el dedo, con lo que hizo inútiles todos los designios de Atlante. Dos de aquellos guerreros tenian puesta la coraza y calado el yelmo: desde que entraron en aquel edificio no se habian quitado la armadura ni de dia ni de noche; y acostumbrados á su peso, la llevaban con la misma facilidad y el mismo desembarazo que cualquier otra vestidura. Ferragús, que era el tercero, estaba tambien armado, solo que no llevaba ni queria llevar almete, hasta que consiguiera apoderarse de aquel que Orlando quitó al hermano del rey Trojano, segun juramento que hizo cuando buscóinútilmente en el rio el casco de Argalía; y si bien es verdad que en aquel palacio estuvo algun tiempo en contacto con Orlando, no pudo retarle, porque mientras en él permanecieron no les era dable conocerse. Tan encantada estaba aquella mansion, que los caballeros que en ella penetraban no podian conocerse unos á otros, ni dejar, tanto de dia como de noche, la espada, la coraza ó el escudo; mientras sus caballos, con la silla puesta y el freno colgado del arzon, descansaban cerca de la puerta del palacio, en una cuadra constantemente provista de cebada y paja.

Atlante no supo ni pudo impedir que los tres guerreros saltaran sobre sus corceles para correr tras las sonrosadas mejillas, los blondos cabellos y los hermosos ojos negros de la doncella, que huia castigando á su yegua, porque no era de su agrado la compañía de los tres amantes, á quienes quizá habria aceptado por defensores separadamente. En cuanto los alejó del palacio lo suficiente para no temer que el encantador malvado pusiese por obra contra ellos alguno de sus infames sortilegios, encerró tras de sus labios rojos el anillo que le habia evitado más de un disgusto, y desapareció de repente de su vista, dejándolos entregados á la mayor perplejidad. Aunque el primer propósito de Angélica habia sido el de elejir á Orlando ó Sacripante para que la acompañaran al reino de Galafron, en las apartadas regiones de Oriente, mudó repentinamente de propósito y determinó pasarse sin ninguno de los dos, pensando que su anillo bastaba para sustituirlos, sin necesidad de quedar obligada á cualquiera de ellos.

Los burlados caballeros dirigieron presurosos sus miradas hácia todos los lados del bosque, como el perro cuando pierde la pista de la zorra ó la liebre á quien daba caza, y que se lanza de improviso en cualquier madriguera, en un barranco ó en un espeso matorral. Entre tanto Angélica se reia de ellos, y examinaba sin ser vista todas sus acciones. Un solo camino atravesaba el bosque: los caballeros supusieron que la doncella habia desaparecido de su vista por él, único cuya direccion podia haber seguido: corrió Orlando, siguióle Ferragús, y Sacripante se lanzó tras ellos con no menor velocidad: Angélica refrenó á su corcel y los siguió tranquilamente. Cuando llegaron á un sitio en que todos los senderos se perdian en la espesura, empezaron los caballeros á examinar el terreno á fin de ver si descubrian alguna huella de la fugitiva; pero Ferragús, el más arrogante de cuantos mortales pudieran ceñir corona, se volvió con insolente ademan hácia los otros dos, gritándoles:

—¿A qué venis? Retroceded ó dirigíos por otro camino, si no quereis hallar aquí la muerte; porque no estoy dispuesto á sufrir compañia, cuando se trata de amar ó de buscar á mi dama.

Al oir estas palabras, Orlando exclamó dirigiéndose al Circasiano:

—¿Qué más podria decir ese villano, si en nosotros viera á las prostitutas más viles y tímidas que hayan empuñado jamás la rueca y el huso?

Vuelto luego hácia Ferragús, añadió:

—Hombre soez; si la consideracion de que no llevas yelmo no me detuviera, pronto te haria conocer si has dicho bien ó mal en cuanto has dicho.

El Español contestó:

—¿Por qué te preocupa lo que á mí me tiene sin cuidado? Yo solo soy bastante para hacer con vosotros dos cuanto he dicho, sin casco y tal como me encuentro.

—Házme el obsequio, dijo Orlando dirigiéndose al Rey de Circasia, de prestar á ese tu yelmo hasta que le cure de esainsensata manía: jamás he visto otra semejante á la suya.

El Rey respondió:

—¿No seria yo más loco si accediera á tu deseo? Préstale el tuyo, si en ello no hallas inconveniente, y verás cómo soy tan capaz como tú de castigar á un insensato.

—¡Vosotros sois los imbéciles! exclamó Ferragús: si yo quisiera llevar un casco, ya hubiérais perdido los que llevais, pues habria sabido arrancároslos á la fuerza. Mas, ya que es forzoso decíroslo, sabed que un voto me obliga á ir sin él, y sin él iré hasta que logre apoderarme del que cubre la cabeza del paladin Orlando.

—¿Es decir, contestó el Conde sonriéndose, que tienes la pretension de poder hacer sin casco con Orlando lo que él hizo en Aspromonte con el hijo de Agolante? Pues yo creo que, si te llegaras á encontrar con Orlando frente á frente, temblarias de piés á cabeza; y no solo no desearias su yelmo, sino que le rendirias en el acto todas cuantas armas llevas.

El altanero Español respondió:

—Más de una vez he luchado ya con Orlando, poniéndole en tan grave aprieto, que me habria sido fácil apoderarme de todas sus armas, cuanto más del almete. Y si no lo hice fué porque aun no habia formado la intencion que hoy abrigo en mi pecho: en fin, no lo hice, porque no quise; mas hoy espero que podré conseguirlo sin trabajo alguno.

Orlando no pudo sufrir con paciencia aquellas fanfarronadas, y gritó:

—Cochino embustero, ¿cuándo y en dónde has podido más que yo con las armas en la mano? Ese paladin, á cuya costa te alabas, y á quien creias léjos de tí, está en tu presencia; soy yo. Ahora, pues, mira si puedes arrebatarme este yelmo, ó si soy capaz de arrancarte todas tus armas. No quiero tampoco llevarte la más mínima ventaja.

Y así diciendo, desatóse el yelmo, lo colgó en las ramas de una haya, y desenvainó inmediatamente á Durindana. Ferragús no se manifestó atemorizado por ello; desnudó su acero, y se puso en disposicion de amparar con él y con el escudo su cabeza descubierta.

Empezaron en seguida la pelea, buscándose mútuamente y revolviendo sus caballos: los aceros de ambos se dirigian con preferencia á penetrar por entre las junturas de las corazas y por la parte más débil de su armadura. En todo el mundo no existian otros dos guerreros más dignos de medir sus armas: iguales en vigor y en audacia, ni el uno ni el otro conseguian herirse.

Ya creo haberos dicho, Señor, que Ferragús tenia todo su cuerpo encantado, y que era invulnerable, excepto en aquella parte por donde recibe el niño su primer alimento cuando aun está encerrado en el claustro materno; por esta causa llevó el Sarraceno resguardado contínuamente aquel sitio vulnerable con siete planchas de un excelente temple, hasta el mismo dia en que cubrió su faz la tétrica losa del sepulcro. El príncipe de Anglante era tambien invulnerable, y solo podia ser herido en las plantas de los piés; por eso las preservó de todos los golpes con estudio y arte. Si la fama no miente, sus cuerpos eran más duros que el diamante; y si en sus diferentes empresas iban ambos cubiertos con su armadura, más bien era por adorno que por necesidad.

Aquel combate espantoso, que horrorizaba á la vista, iba haciéndose cada vez más reñido y cruel. Ferragús no daba golpe en vago, ya hiciera de punta ó de filo: los de Orlando rompian, rajaban, ó hacian volar en pedazos las diferentespiezas de la armadura de su enemigo, mientras que Angélica, siempre invisible, era el único testigo de tan terrible espectáculo. El rey de Circasia, presumiendo que la jóven no debia de estar muy distante, aprovechó la oportunidad que aquel combate le proporcionaba, y se encaminó por el sendero que supuso habria seguido la doncella cuando desapareció de su vista; de suerte que la hija de Galafron fué la única persona que presenció la lucha de los dos campeones. Despues de haberla estado contemplando durante algun tiempo, á pesar del horror y espanto que causaba, y cuando le pareció tan peligrosa para uno como para otro adversario, quiso variar la escena; y á este fin, ideó apoderarse del yelmo, para observar no más lo que harian los dos guerreros cuando advirtieran su desaparicion; pues estaba decidida á no conservarle por mucho tiempo en su poder: su intencion era la de dárselo al Conde; pero queria divertirse un rato á su costa.

Descolgó, pues, el yelmo, lo colocó en su regazo y continuó mirando un breve rato á los dos guerreros: en seguida se alejó sin decirles una palabra; y habia recorrido ya una gran distancia sin que ninguno de los dos notase la desaparicion del objeto disputado, tanta era la ira que á uno y otro cegaba, cuando Ferragús, que fué el primero en advertirlo, se apartó de Orlando y dijo:

—¡Cómo nos ha tratado de incautos y necios ese caballero que estaba con nosotros! ¿A qué premio aspirará ahora el vencedor, si nos ha robado el yelmo?

Retrocedió Orlando; dirigió sus miradas á la rama, y al verla sin el yelmo, su furor no conoció límites. Convino con Ferragús en que se lo habria llevado el caballero que antes estaba con ellos; y volviendo la brida é hincando el acicate en su corcel, salió en su persecucion; tras él siguió Ferragús, y cuando llegaron á un sitio donde se veian las huellas recientes del Circasiano y de la doncella, dirigióse el Conde por la izquierda hácia un valle, por donde se habia encaminado Sacripante, mientras que el Sarraceno continuó por un sendero próximo á un monte, en el que se habia internado Angélica.

La jóven habia llegado en tanto á una fuente, situada en un paraje umbroso y agradable, que invitaba á todo transeunte á gozar de su frescura, y de la que nadie se separaba sin humedecer en ella sus labios. Angélica se detuvo á la orilla de las cristalinas ondas, pensando que allí nadie la sorprenderia, y sin creer que pudiera sucederle contratiempo alguno, merced al sagrado anillo que la protegia. Apenas llegó, colocó el casco en un arbusto junto á las verdes orillas del arroyuelo, y despues buscó el sitio más á propósito donde pastara su yegua.

El caballero español llegó á aquella fuente, siguiendo las huellas de Angélica; la cual, no bien le hubo divisado, cuando desapareció de su vista, y se alejó con su yegua, sin cuidarse en su precipitada huida de recoger el yelmo, que habia caido sobre la yerba. Apenas el infiel descubrió á su amada, corrió hácia ella lleno de alegría; pero la jóven desapareció, como he dicho, de su vista, con la misma prontitud con que se desvanece un ensueño fantástico. Ferragús se puso á buscarla por todas partes, maldiciendo á Mahoma, á Trevigante y á todos los profetas y maestros de su religion. Volvió desesperanzado hácia la fuente, donde yacia entre la yerba el yelmo del Conde. Conociólo, apenas fijó en él la vista, á causa de una inscripcion que tenia grabada en la orla, y en la que decia dónde lo habia ganado Orlando, el modo cómo se apoderó de él, la época de la victoria y el nombre de su anterior dueño. No dudó un momento el pagano en cubrirse con él la cabeza y el cuello; pues á pesar del sentimiento que le causaba la brusca desaparicion de la jóven, semejante en lo rápido á la de las fantasmas nocturnas, apresuróse á aprovechar aquella ocasion, que ponia tan codiciada prenda en sus manos.

Despues de haber enlazado cuidadosamente todas las hebillas del yelmo, ocurriósele, para que su satisfaccion fuera completa, alcanzar á Angélica, que aparecia y desaparecia de su vista con la velocidad del relámpago. Recorrió en su busca toda la floresta; y cuando hubo perdido la esperanza de encontrar sus huellas, marchó á unirse con los sarracenos acampados bajo los muros de Paris, consolándose de no haber podido realizar por completo sus deseos con estar en posesion del almete de Orlando, y haber cumplido su juramento. El Conde buscó por espacio de mucho tiempo á Ferragús, luego que tuvo noticia de lo sucedido; mas no pudo recobrar aquel yelmo hasta el dia en que, hallando al Sarraceno entre dos puentes, se lo quitó arrancándole al mismo tiempo la existencia.

Angélica, sola y siempre invisible, continuaba su marcha, con turbado rostro, porque sentia haber olvidado en su precipitacion el yelmo de Orlando cerca de la fuente.

—Por meterme á hacer lo que no debia, iba diciendo entre sí, he dejado al Conde sin su yelmo: no era esta en verdad la primera recompensa que debia yo ofrecerle por los muchos servicios á que le estoy obligada. Pero si me apoderé de él, bien sabe Dios que fué con buena intencion, aunque el resultado sea tan contrario como desgraciado: mi único pensamiento consistia en suspender aquella lucha, y no en que aquel arrogante español realizara por mi mediacion sus deseos.

En estos y semejantes términos iba lamentándose de haber privado á Orlando de su yelmo. Contrariada y pesarosa tomó el camino que le pareció mejor para dirijirse á Oriente, ocultándose ó dejándose ver que las gentes, segun que le parecia ó no oportuno. Despues de haber recorrido muchos paises, llegó á un bosque, donde encontró á un jóven inícuamente herido en el pecho y tendido entre los cadáveres de dos compañeros suyos. Pero no puedo continuar hablándoos más tiempo de Angélica; porque antes he de referir otras muchas cosas, así como tampoco pienso ocuparme de Ferragús ni de Sacripante por algun tiempo. El príncipe de Anglante es el que llama toda mi atencion, y será preciso que os cuente con preferencia á lo demás, los muchos trabajos, penas y fatigas que soportó para conseguir sus deseos, que no pudo ver realizados nunca.

Al llegar á la primera ciudad que halló á su paso, cubrióse con un casco nuevo, sin cuidarse de si estaba bien ó mal templado, pues lo que él procuraba era no ser conocido: por lo demás, tanto le importaba aquel casco como otro cualquiera, tranquilo con su cualidad de invulnerable. Oculto, pues, á todas las miradas, continuó sus pesquisas tanto de dia como de noche, y arrostrando impávido las lluvias ó los ardores del Sol. Pasando un dia cerca de Paris, hácia la hora en que Febo sacaba del mar sus caballos de rociadas crines y la Aurora alfombraba el cielo con flores rojas y amarillas; á esa hora en que las estrellas cesan en sus danzas y se ponen el velo para marcharse, dió Orlando una prueba brillante de su valor. Encontróse frente á frente de dos escuadrones de sarracenos: á la cabeza de uno de ellos iba Manilardo, el moro de blancos cabellos, rey de Noricia, guerrero audaz y gallardo en otro tiempo, y á la sazon mejor para los consejos que para las batallas: el otro iba agrupado en torno del estandarte del rey de Tremecenque pasaba entre los africanos por un perfecto caballero, y cuyo nombre era el de Alzirdo.

Aquellos soldados, como todos los demás del ejército pagano, habian establecido sus cuarteles de invierno, unos al pié de las murallas de las ciudades, otros más léjos, pero todos en rededor de las poblaciones y los castillos; porque habiendo intentado más de una vez el rey Agramante asaltar á Paris, aunque en vano, se decidió por último á asediarlo estrechamente, ya que de otro modo no podia apoderarse de él, y á este fin renunió un número considerable de tropas: además de las que habian seguido sus banderas y de las que pasaron desde España á las órdenes del rey Marsilio, tenia asalariada una multitud de aventureros franceses, con cuyas fuerzas reunidas habia sometido todo el país comprendido entre Paris y el rio de Arlés con parte de la Gascuña, excepto algunas fortalezas.

Apenas empezaron los ondulantes arroyos á convertir el hielo en templadas y cristalinas corrientes, y á revestirse los árboles de nuevas hojas, reunió el rey Agramante á todos cuantos seguian su misma suerte, para organizar su ejército de modo que pudiera realizar desde luego sus propósitos. Los reyes de Tremecen y de Noricia marchaban con este objeto á fin de llegar á tiempo al punto de reunion, donde se admitian toda clase de tropas, fuesen buenas ó malas. Orlando topó, segun he dicho, con las fuerzas de aquellos reyes, mientras iba en busca de su amada, segun su costumbre.

Cuando Alzirdo divisó á aquel conde, cuyo valor no tenia igual en el mundo, con tal aspecto y tan altiva frente que parecia superior al mismo Dios de la guerra, quedó sorprendido de su talante, mirada audaz y fiero continente, y vió en él un guerrero capaz de las acciones más heróicas, porcuya razon entró en deseos de medir con él sus armas. Jóven y arrogante, Alzirdo era tenido por hombre de mucha fuerza y de gran corazon. Preparóse á la lucha y lanzó su caballo contra Orlando: mejor hubiera hecho en continuar á la cabeza de sus soldados; porque en el terrible choque, el príncipe de Anglante le atravesó el corazon, derribándole del caballo, el cual, no teniendo quien le sujetase, huyó á todo escape poseido de un gran terror. Al ver salir á torrentes la sangre del vencido sarraceno, despidieron sus soldados un grito horrísono y terrible, que llenó todo el espacio, y se precipitaron en el mayor desórden contra el Conde, descargándole muchos de ellos tajos y estocadas, mientras los más lanzaban un diluvio de dardos contra la flor y nata de los paladines. Aquel tropel de bárbaros rodeaba al Conde, gritando: «¡A él! ¡A él!» y produciendo un estruendo semejante al que ocasiona una muchedumbre de javalíes, cuando van corriendo despavoridos por los montes ó los campos, al ver que un lobo salido de su guarida ó un oso descendido de las montañas se ha apoderado de cualquier javato, que se lamenta con estridentes gruñidos de haber caido entre las garras de la fiera.

Mil lanzas, mil espadas y saetas caian sobre el escudo ó la coraza: unos descargaban sus mazas sobre la espalda del guerrero; otros le amenazaban por un costado; otros por delante. Pero Orlando, en cuyo corazon no hallaba cabida el temor, despreciaba á aquella turba vil y todas sus armas, como el lobo, encerrado de noche en un redil, desprecia á los corderos por numerosos que sean. Su mano empuñaba desnudo el centelleante acero que habia hecho morder el polvo á tantos sarracenos: ¿quién seria, pues, capaz de contar el número de sus víctimas? La sangre ya enrojecia el camino, que apenas podia contener los cadáveres en élamontonados: donde caia la fatal Durindana eran tan inútiles las rodelas y los almetes como los petos rellenos de algodon ó los innumerables pliegues de los turbantes; por el aire no volaban solamente los ayes y los lamentos, sino los brazos, las cabezas y demás miembros de los sarracenos. La muerte iba por aquel campo estampando sus huellas, bajo mil horribles formas, en los semblantes de los heridos, y diciendo entre sí alegremente:—«En manos de Orlando, vale Durindana por cien guadañas mias.»

Sucedíanse sin interrupcion los golpes del Paladin, hasta que empezaron á huir aquellos mismos adversarios que, al verle solo, le habian acometido tan presurosos, creyendo sin duda que iban á tragárselo. No habia quien, por librarse del peligro, esperase al amigo, y procurara huir juntamente con él: unos escapaban á pié por un lado; otros aguijaban á sus caballos por otro, y nadie reparaba, con tal de salvarse, en si era buena ó mala la direccion que seguia. En torno de ellos vagaba el honor, llevando en la mano el espejo que refleja hasta la más imperceptible arruga del alma; pero nadie se detuvo á contemplarse en él, excepto un anciano á quien la edad habia secado la sangre, mas no el valor. El rey de Noricia, que era este anciano, consideró la muerte preferible á una fuga ignominiosa, y enristrando la lanza contra el Paladin francés, la hizo pedazos en el centro del escudo del terrible Conde, á quien ni siquiera conmovió en la silla. Este, que continuaba blandiendo su espada, tiró al pasar una cuchillada á Manilardo, á quien ayudó la suerte; pues al venirle encima el crudo acero, se ladeó en manos de Orlando, y no pudo herirle de filo, si bien le derribó del caballo. Quedó el Rey moro aturdido del golpe; su contrario no se volvió siquiera para mirarle, y continuó en su tarea de tajar, romper, hender y derribarcuanto se oponia á su paso: todos creian tenerle encima; sobrecogidos de espanto, no quedaba uno solo de toda aquella tropa que no cayera, ó huyera ó se echara boca abajo, como huye al través de las extensas regiones del aire una bandada de estorninos perseguidos por el audaz esparavan, hasta que por último la vencedora espada del guerrero dejó el campo libro de todo enemigo vivo.

Aunque Orlando conocia perfectamente todo el país, vacilaba con respecto al camino que debia tomar.

No sabia si haria bien en dirijirse á la derecha ó á la izquierda, y su pensamiento estaba en desacuerdo con la ruta que habia de seguir, temeroso de decidirse por un camino distinto del que le era necesario emprender para encontrar á Angélica. Mientras tanto iba marchando á la ventura por campos ó selvas como un insensato, hasta que al fin llegó al anochecer al pié de un monte: á lo léjos vió brillar una luz, que salia por entre la hendidura de una roca, hácia la que se aproximó para ver si Angélica se habia guarecido allí. A la manera que se busca una temerosa liebre por los bosquecillos de enebros ó por los rastrojos en campo raso, atravesando zanjas y tortuosos senderos, registrando todas las matas y todos los zarzales por si acaso se hubiera ocultado entre ellos, del mismo modo iba el Conde buscando con gran pena por todos los sitios adonde le encaminaba su esperanza. Acelerando el paso hácia aquel resplandor, llegó á un claro del bosque, en medio del cual habia un angosto respiradero, que servia de entrada á una extensa gruta: algunas zarzas y espinos que se veian á la entrada formaban una especie de muro espeso, merced al cual los moradores de la gruta podian sustraerse á las miradas del que á ella se dirigiese con intenciones hostiles. Imposible fuera encontrarla de dia; pero de noche, aquella luz revelaba su situacion.


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