CANTO XIII.

En medio de la cueva, vió Orlando una doncella de agradable rostro, acompañada de una vieja.(Canto XII.)

En medio de la cueva, vió Orlando una doncella de agradable rostro, acompañada de una vieja.(Canto XII.)

En medio de la cueva, vió Orlando una doncella de agradable rostro, acompañada de una vieja.(Canto XII.)

Orlando estuvo un momento pensando lo que debia ser aquello: decidido despues á averiguarlo, apeóse de Brida-de-oro, le ató á un árbol, se acercó con gran cautela á la entrada de la cueva, y separando la maleza penetró en ella sin anunciarse. Una serie de numerosos escalones conducia al fondo de la gruta, donde no parecia sino que las personas estuvieran enterradas en vida. Era la tal caverna de una extension considerable: estaba cortada á pico y abovedada, y á pesar de su profundidad no carecia enteramente de la luz del dia; pues aunque pasaba muy poca por la entrada, la recibia con bastante intensidad por un gran agujero abierto á la derecha de la roca. En medio de la cueva, y al lado de un hogar, se veia á una doncella de agradable rostro que apenas habria cumplido los quince años. Bastóle al Conde una sola mirada para apreciar su belleza, que convertia aquel sitio salvaje en un paraiso, á pesar de que sus ojos estaban preñados de lágrimas, señales manifiestas de algun profundo dolor. Acompañábala una vieja con la que sostenia una gran disputa, cosa bastante frecuente entre mujeres; pero apenas llegó el Conde al fondo de la gruta, cesaron sus cuestiones.

Orlando las saludó con la cortesía que todo caballero está obligado á usar con las damas, y ellas se pusieron inmediatamente en pié, devolviéndole no menos afectuosamente su saludo, si bien es verdad que se alarmaron algun tanto al oir de improviso aquella voz desconocida, y al ver entrar en aquel recinto un hombre completamente armado y de terrible aspecto. Orlando les preguntó en seguida quién era el ser tan descortés, injusto, bárbaro y atroz, capaz de tener sepultado en aquella gruta un rostro tan bello y encantador. La jóven contestó á aquella pregunta con voz fatigosa é interrumpida por férvidos sollozos, que hacian salir entrecortados, entre perlas y corales, sus suaves acentos:abundantes lágrimas surcaban las azucenas y rosas de su rostro, é iban á perderse en su seno. Mas dignaos, Señor, escuchar el resto de esta historia en el canto siguiente, que ya es tiempo de terminar este.

Orlando escucha la narracion de las desventuras de la doncella á quien Zerbino amaba.—Da muerte á la turba vil y perversa que la tenia sepultada en aquella cueva.—Bradamante, apesadumbrada por la suerte de Rugiero, penetra en el palacio donde Atlante tenia reunidos tantos caballeros.—Agramante pone en movimiento su ejército.

¡Cuán venturosos fueron los caballeros de los tiempos antiguos, que encontraban en los valles, en las grutas y en los bosques, guaridas tan solo de serpientes, osos y leones, lo que hoy apenas se vé en los palacios más suntuosos: damas que, en la primavera de su vida, fuesen dignas del título de hermosas!

He dicho más arriba que Orlando encontró en la gruta á una doncella, y que le preguntó quién la habia conducido allí. Prosiguiendo, pues, mi narracion, os referiré cómo ella dió al Conde cuenta de sus desventuras, en los términos más breves que pudo emplear, y con acento dulce y suavísimo, interrumpido frecuentemente por los sollozos.

—Aunque estoy completamente segura, le dijo, de que mis palabras me han de costar caras, porque esa vieja no tardará en participar esta entrevista al que me tiene aquí encerrada, estoy, sin embargo, dispuesta á decírtelo todo, así me cueste la vida. ¿Y qué mayor dicha puedo esperar de él, sino que cualquier dia me haga morir?

»Me llamo Isabel, y fuí hija del infortunado rey de Galicia: he hecho bien en decir fuí, pues ya no soy hija suya, sino del dolor, de la angustia y de la tristeza, por culpa del Amor, de cuya perfidia me lamento en particular: el cruel nos halaga dulcemente al principio, y mientras tanto trama en secreto engaños y traiciones. En otro tiempo vivia yo feliz y contenta con mi suerte, jóven, amable, rica, honrada y bella: hoy me encuentro pobre y despreciada; hoy soy infeliz; hoy, en fin, no puede haber suerte más desgraciada que la mia. Mas deseo que sepas el orígen del mal que me atormenta; pues aunque no me prestes generosa ayuda, creo que no ha de pesarte escucharlo.

»Hace cosa de un año que mi padre mandó publicar que daria un torneo en Bayona, y el anuncio de estas justas atrajo á una multitud de caballeros de diferentes paises. De todos cuantos concurrieron, solo me pareció digno de elogio Zerbino, hijo del rey de Escocia, ya fuese porque Amor me lo hiciera ver así, ó porque el verdadero mérito se manifiesta por sí solo. Al presenciar los admirables hechos de armas que llevó á cabo en la liza, quedé presa en las redes de su amor, si bien no pude advertirlo hasta que ya no era dueña de mí misma: no obstante mi debilidad, me tranquilizaba y aun me halagaba la idea de no haber entregado mi corazon á un hombre indigno, sino al más acreedor de él y al más gallardo que existe en el mundo. Zerbino superaba efectivamente en gentileza y valor á todos los demás caballeros, y me dió pruebas, en las cuales creo firmemente, de que su pasion no era menos ardiente que la mia. Encontramos quien protegiera nuestros amores, y de estemodo, aun cuando no nos veiamos, nuestras almas estaban continuamente unidas.

»Terminadas las fiestas, mi Zerbino regresó á Escocia. Si sabes lo que es amor, podrás comprender cuán afligida quedé: su recuerdo estaba grabado en mi mente dia y noche, y me constaba que en torno á su corazon se posaba una llama no menos molesta que la mia; por cuya causa, y por no poder moderar sus deseos, pensó en los medios de llevarme á su lado. Zerbino es cristiano, yo mahometana, y esa desigualdad de creencias le impidió pedir á mi padre mi mano, por cuya razon determinó robarme. En los confines de mi hermosa patria, que se extiende entre verdes campos por la orilla del mar, poseia yo un bello jardin, situado en las costas, y desde el que se descubrian los collados que lo rodeaban y todo el mar: aquel sitio le pareció el más favorablemente dispuesto para efectuar lo que impedia nuestra distinta religion, y me participó de antemano el plan que habia ideado para asegurar nuestra felicidad. Cerca de Santa Marta tenia oculta una galera tripulada por gente armada, al mando de Odorico de Vizcaya, hombre experto en los combates terrestres y navales.

»No pudiendo llevar á cabo por sí mismo el rapto meditado, porque su anciano padre le habia confiado el mando de las tropas que debian socorrer al apurado rey de Francia, envió en su lugar á Odorico á quien eligió como el más fiel y decidido amigo entre todos los amigos decididos y fieles con que contaba; y así debia ser, suponiendo que los beneficios tengan siempre el poder de estrechar la amistad. Habíamos convenido de antemano en que este vendria á robarme en un buque armado convenientemente, así que trascurriera el tiempo prefijado. En cuanto llegó el anhelado dia, me trasladé á aquel jardin, y Odorico, seguidode una tropa de marineros armados, desembarcó en un rio próximo á la ciudad y se dirigió silenciosamente adonde yo me encontraba. Me trasladaron en seguida á la galera preparada, antes de que se difundiera por la ciudad la menor sospecha de mi evasion. Algunos de mis criados, á quienes sorprendieron desnudos y desarmados, pudieron huir; otros fueron degollados, y otros hechos prisioneros y llevados conmigo. De este modo abandoné mi patria, tan llena de alegría como no podrás figurarte, esperando disfrutar en breve del amor de mi Zerbino.

»Apenas nos encontramos á la altura de Mongia, cuando nos asaltó por la izquierda una horrorosa tempestad que oscureció el cielo, hasta entonces sereno; alborotóse el mar, y sus encrespadas olas subian hasta las nubes. El duro Noroeste, que nos desviaba de nuestro rumbo, iba creciendo de hora en hora y cada vez con más fuerza, en términos de hacer totalmente inútiles todas las maniobras. De nada nos servia amainar las velas, picar los palos, ni aligerar el buque: á pesar de nuestros esfuerzos, el huracan nos arrastraba hácia unos escollos próximos á la Rochela, y á no ser por el auxilio del Todopoderoso, seguramente nos hubiéramos estrellado contra la costa; porque el desapiadado viento nos empujaba con más velocidad que la que lleva una flecha al ser despedida del arco.

»Ante la inminencia del peligro, el vizcaino recurrió á un medio que con frecuencia suele salir fallido: hizo arrojar un bote al agua, al que saltó con presteza llevándome consigo: despues de él, saltó otro, y otro, y lo hubiera hecho tambien toda la tripulacion á no ser por la resistencia de los primeros, que espada en mano rechazaron á los demás y cortaron el cable. En breve nos alejamos del buque, y llegamos felizmente á tierra todos cuantos nos habíamos refugiado en el bote: no tuvieron igual suerte los que en la galera habian quedado; todos se hundieron en el mar con ella, sin que pudiera salvarse el menor objeto. Con las manos extendidas hácia el cielo, dí fervorosas gracias á la bondad infinita del Eterno por haberme arrancado al furor del mar, permitiéndome volver á ver á mi Zerbino.

»Mis joyas, mis vestidos, todo cuanto poseia desapareció en el mar con el bajel: pero mientras me quedara la esperanza de reunirme á mi amante, me importaba muy poco todo lo demás. La playa donde logramos arribar no ofrecia señal alguna de sendero, ni en cuanto alcanzaba la vista se veia un solo albergue por miserable que fuese: solo se descubria una montaña, cuya umbrosa cima azotaban continuamente los vientos, mientras que las olas se estrellaban en su base. Allí fué donde el amor tirano y cruel, que jamás ha cumplido lealmente una promesa, y que está siempre acechando una ocasion para estorbar y oponerse á nuestros propósitos más razonables, convirtió del modo más lamentable mi consuelo en dolor, mi bien en mal: aquel amigo, en quien Zerbino depositara toda su confianza, olvidando su promesa, ardió por mí en deseos impuros.

»Ya fuese porque no se hubiera atrevido á revelarme su pasion durante el viaje, ó porque la favorable ocasion que le proporcionaba la soledad de aquel sitio despertase en él un amor criminal, es lo cierto que Odorico se preparó á satisfacer en él sin demora su deshonesto apetito; pero antes procuró desembarazarse de uno de los dos que se habian salvado con nosotros en el bote. Era este un escocés llamado Almonio, que se mostraba muy adicto á Zerbino, el cual le recomendó á Odorico como hombre decidido y valiente. Para alejarle de nuestro lado, le dijo este que era una imprudencia digna de censura obligarme á ir á pié hasta laRochela, y le rogó en consecuencia que se adelantara á reconocer el país, á fin de proporcionarme una cabalgadura. Almonio, que nada recelaba, echó á andar inmediatamente hácia la ciudad que nos ocultaba el bosque, y apenas distaba seis millas. En cuanto al segundo compañero, determinó Odorico confiarle sus perversos designios, ya por no saber cómo quitárselo de encima, ó ya tambien porque tuviera en él una gran confianza. Aquel hombre llamábase Corebo de Bilbao, y habia pasado su infancia con el traidor, viviendo ambos bajo un mismo techo. Odorico no vió inconveniente alguno en comunicarle su infame pensamiento, esperando que sacrificaria el honor en aras del placer de su amigo; pero Corebo, que era honrado y noble, no pudo escucharle sin indignacion; le apostrofó de traidor, y le echó en cara su felonía de palabra y de obra. Excitados ambos por la cólera que ardia en sus corazones, sacaron á relucir las espadas, y poseida yo del mayor espanto al ver los preparativos del combate, emprendí la fuga al través de la oscura selva.

»Odorico, más diestro en el manejo de las armas que su adversario, logró tal ventaja sobre él á los pocos golpes, que le dejó por muerto, y en seguida se lanzó en mi seguimiento. Amor, sin duda, le prestó sus alas para alcanzarme, y le enseñó tambien las frases más halagüeñas y suplicantes para inducirme á amarle y complacerle; pero todo fué en vano, porque estaba firmemente decidida á morir antes que satisfacer sus deseos. Tras de las súplicas vinieron las amenazas, y al ver que de nada le servian unas ni otras, recurrió descaradamente á la violencia: en vano fué que á mi vez le suplicara que tuviese en cuenta la confianza que en él depositó Zerbino, y la que yo misma le habia prestado al entregarme en sus manos, pues no conseguíablandarle ni disuadirle. Viendo entonces que eran estériles mis reconvenciones y mis ruegos, y sin esperanzas de auxilio alguno contra un hombre lascivo y brutal que se abalanzaba sobre mí como hambriento oso, me defendí como pude con las manos, con los piés y hasta con los dientes y las uñas, y le arranqué las barbas y arañé la piel, lanzando gritos desesperados que llegaban hasta las estrellas.

»No sé si fué por casualidad, ó porque mis lamentos se debian oir á una legua de distancia, ó porque los habitantes de aquel país acostumbren á recorrer las costas cuando tienen noticia de algun naufragio; pero el caso fué que apareció una multitud de hombres por aquel monte, desde el que descendieron al mar, dirigiéndose despues hácia nosotros. Aquella turba llegó á tiempo para libertarme del desleal Odorico; su auxilio fué, sin embargo, para mí lo mismo que salir de Scila para precipitarme en Caribdis, ó como dice el vulgo, huir del fuego para caer en las brasas: verdad es que no fuí tan desgraciada, ni sus intentos tan salvajes, que llegaran aquellos hombres á ultrajar mi persona; pero este respeto no fué hijo de su humanidad ni de otra cualidad generosa, sino de su propósito de conservarme, como me conservan, casta y pura, para venderme con mayor ventaja. Ocho meses han trascurrido desde que me tienen aquí sepultada en vida: he perdido ya toda esperanza de ver á mi Zerbino; pues segun tengo entendido por algunas frases que he podido sorprender, me han prometido ó dado en venta á un mercader que debe llevarme á Oriente para presentarme al Soldan.»

Tal fué la narracion de la gentil doncella: los sollozos y los suspiros interrumpian frecuentemente su voz angelical capaz de enternecer á los tigres y á las serpientes. Mientras continuaba renovando su dolor, ó aliviaba quizásus penas con el consuelo de hacer á otro partícipe de ellas, entraron en la cueva veinte hombres armados de venablos y de hoces. Su jefe, hombre de aspecto desalmado, tenia un solo ojo, cuya mirada era sombría y dura; el otro lo habia perdido de un solo golpe que le partió además la nariz y la mandíbula. Al reparar en aquel caballero, tranquilamente sentado junto á la jóven, exclamó volviéndose hácia sus camaradas:

—Ahí teneis un nuevo pájaro, á quien sin haber tendido ningun lazo, encuentro preso en mis redes.

Despues dijo al Conde:

—Jamás he visto hombre más oportuno ni tan á propósito como tú: ignoro si has adivinado, ó si lo sabes por habértelo dicho alguien, que yo ardia en deseos de poseer unas armas tan magníficas y un trage tan airoso como el tuyo, y precisamente has llegado á tiempo de satisfacer mi necesidad.

Orlando se puso en pié, y contestó á aquel jayan, sonriendo amargamente:

—Dispuesto estoy á venderte mis armas; pero mediante un trato que no suele tener cuenta á ningun mercader.

Y cogiendo rápidamente un tizon encendido, de los que ardian en el fuego que junto á él estaba, le hirió con él por casualidad en el sitio en que la nariz se une á las cejas. El tizon le abrasó los párpados de ambos ojos; pero causó mayor daño en el izquierdo, pues se lo reventó privándole así del único sitio por donde podia ver la luz: además, aquel golpe tan fiero, no solo le dejó sin vista, sino que le hizo ir á reunirse con los espíritus á quienes Quiron y sus compañeros obligan á estar sumergidos en la pez hirviendo[55].

En medio de la cueva habia una mesa enorme, de dos palmos de espesor, sobre un pié macizo y tosco, y en derredor de la cual solia colocarse el bandido con todos sus compañeros. Con la misma agilidad con que suele jugar á la barra el airoso español, arrojó Orlando aquella pesada mesa sobre la agrupada canalla. Unos quedaron con el pecho ó con el vientre aplastado; otros con la cabeza, los brazos ó las piernas rotas; estos exhalaron el último aliento; aquellos salieron estropeados para toda su vida, y algunos, por fin, menos heridos, procuraron buscar su salvacion en la fuga. No de otra suerte, un enorme peñasco lanzado sobre un monton de serpientes que están enroscadas al dulce calor de un sol de primavera, aplasta lomos, magulla cabezas y destroza escamas, resultando una multitud de sierpes más pequeñas segun que el golpe ha dividido el cuerpo de algunas ó muchas de ellas; y mientras las unas mueren ó pierden la cola, otras no pueden mover la parte anterior de su cuerpo y agitan y retuercen convulsivamente la posterior, y otras, cuya suerte es más propicia, se deslizan entre la yerba, y van serpenteando en busca de un refugio. El estrago que causó la mesa fué terrible; pero no es de extrañar, si se atiende á que fué arrojada por el valeroso Orlando.

Los que se libraron del golpe ó no salieron muy maltratados de él (y Turpin afirma que fueron siete), confiaron á los piés su salvacion; pero el paladin les cerró la salida, y apoderándose de ellos sin dificultad, fuéles atando sólidamente las manos con una cuerda á propósito para el caso, que encontró en aquella morada selvática. Obligóles despues á salir de la cueva, y les llevó al pié de un serbal corpulento, cuyas ramas aguzó con su espada: en seguida lesenganchó en ellas para que sirvieran de pasto á los cuervos. No tuvo necesidad de sujetar su cabeza con cadenas; las agudas ramas del árbol, en las que Orlando los fué empalando uno á uno por la barba, bastaron para purgar al mundo de aquella vil canalla.

La vieja, amiga y compañera de tales malandrines, apenas los vió muertos, huyó llorando y mesándose los cabellos por selvas y bosques inextricables. Despues de andar por caminos ásperos y escabrosos con tardo paso, paralizado muchas veces por el temor, llegó á la orilla de un rio, donde encontró á un guerrero, del que me ocuparé más adelante.

Volveré á Isabel, que suplicaba á Orlando no la dejase sola, ofreciéndose á seguirle por todas partes.

Orlando se esforzó en consolarla con la mayor amabilidad; y apenas emprendió la blanca Aurora su acostumbrado camino, adornada con sus velos de púrpura y sus guirnaldas de rosas, se alejó de aquel sitio con Isabel. Anduvieron por espacio de muchos dias sin hallar cosa digna de particular mencion, hasta que toparon con un caballero á quien llevaban cautivo. Más tarde os diré quién era; ahora me aparta de ellos una doncella de quien os será grato que os hable: me refiero á la hija de Amon, á quien dejé entregada á sus amorosas penas.

Esperando inútilmente el regreso de su Rugiero, estaba la hermosa jóven en Marsella, dando qué hacer casi diariamente á las huestes musulmanas, que hacian frecuentes incursiones por el Languedoc y la Provenza, talando montes y llanos; pero ella les tenia á raya, portándose cual diestro guerrero y experimentado caudillo. Cuando vió que habia transcurrido mucho más tiempo del fijado para la vuelta de su Rugiero, temió por él y agitaron su corazonmil crueles presentimientos. Un dia en que, segun su costumbre, estaba lamentándose en secreto, se le presentó aquella que llevó en el anillo el remedio para curar el corazon herido por Alcina. Al verla aparecer sin su amante despues de haber pasado tanto tiempo, quedó pálida, llena de angustia, y tan temblorosa que apenas podia sostenerse. La buena Maga se adelantó hácia ella sonriendo, y cuando adivinó la causa de su turbacion, procuró tranquilizarla revistiendo su semblante de esa risueña apariencia que suele tener el mensajero de buenas noticias.

—Hermosa jóven, le dijo, no tengas el más mínimo temor por tu Rugiero, que está vivo y sano, y adorándote como siempre: sin embargo, se vé privado de su libertad, porque tu enemigo le tiene otra vez en su poder. Fuerza será, pues, que montes á caballo y me sigas inmediatamente si deseas salvarle; yo te abriré un camino para que restituyas la libertad á tu Rugiero.

Y continuó refiriéndole el nuevo ardid mágico que Atlante habia urdido contra él, y le dijo que con el auxilio de su imágen, á la que al parecer llevaba cautiva un perverso gigante, le habia atraido al palacio encantado, donde desapareció la vision. Añadió Melisa que con semejante engaño, detenia Atlante á cuantas damas y caballeros llegaban allí, mostrándoles el objeto de su pasion ó sus deseos: que cada cual, al mirar al encantador, creia ver en él á su dama, á su escudero, á su camarada ó á su amigo, y en fin, objetos distintos, segun que lo eran tambien sus deseos; resultando de aquí que se cansaban todos en inútiles pesquisas y en correr tras aquellas imágenes, que se desvanecían al aproximarse, excitando de tal modo su anhelo y su esperanza, que no podian apartarse de tan singular morada.

—Cuando te halles cerca de aquella mansion encantada,prosiguió Melisa, saldrá el nigromante á tu encuentro bajo la forma de tu Rugiero: valiéndose de sus malas artes, te hará ver á tu amante vencido por un guerrero de fuerza superior á la suya, á fin de que, volando tú en su auxilio, vayas á reunirte con los demás caballeros, cuya suerte sufrirás. Ahora bien, para que no caigas en los lazos donde han caido tantos otros, ten mucho cuidado de no dar crédito alguno al que veas con el aspecto y semblante de Rugiero pidiendo socorro: por el contrario, así que le veas delante de tí, arráncale su indigna vida, sin que te detenga el temor de matar á Rugiero, pues tan solo matarás al que es causa de todos tus pesares. Bien conozco que te parecerá duro dar la muerte á cualquiera que parezca tu amante; pero no dés crédito á tu vista extraviada por los maleficios que te ocultarán la verdad. Antes de que yo te conduzca al bosque, forma una resolucion inmutable; de lo contrario, si consientes en que viva el mágico, perderás á Rugiero para siempre.

Decidida la animosa jóven á arrancar la existencia á Atlante, cogió sus armas y se dispuso á seguir á Melisa, de cuya abnegacion y fidelidad estaba persuadida. La encantadora le sirvió de guia por los bosques y por los terrenos cultivados, que atravesaban rápidamente y á grandes jornadas, procurando hacerle menos fastidioso el camino con el atractivo de sus sabrosas pláticas. Entre todos los asuntos de su conversacion, era el principal el recuerdo de que su union con Rugiero debia producir excelentes príncipes y gloriosos semidioses. Como Melisa conocia perfectamente todos los secretos del Destino, le era fácil predecir cuanto debia suceder en el transcurso de los siglos.

—¡Oh querida y prudente guia! dijo á la Maga la ínclita doncella: ya que me has dado á conocer con muchos añosde anticipacion toda mi excelente progenie varonil, háblame de alguna dama de mi raza, si es que ha de existir alguna que pueda figurar entre las bellas y virtuosas.

La complaciente Melisa respondió:

—De tí veo salir madres de emperadores y grandes reyes, señoras honestísimas, sólidas columnas de casas ilustres y de esclarecidos dominios, cuyo lustre sustentarán ó aumentarán. Las damas de tu linaje no serán menos dignas de renombre y fama por su piedad, su valor, su prudencia, y su honestidad incomparable que los caballeros por sus hechos de armas. Si tuviese que ocuparme en particular de cada una de tus descendientes digna de honrosa memoria, me faltaria el tiempo, pues no deberia pasar en silencio á ninguna de ellas; pero, á fin de satisfacer tu deseo, elegiré algunas entre otras mil. ¿Por qué no me hiciste presente esto mismo en la cueva, y habrias podido contemplar tambien sus imágenes?

»De tu preclara estirpe saldrá la protectora y amiga de las letras y de las bellas artes, á quien no sé si llamar apuesta y bella, ó más bien prudente y honesta. Esta será la liberal y magnánima Isabel[56], cuyo renombre prestará eterna fama á la ciudad situada á orillas del Mincio, que lleva el nombre de la madre de Ocno[57]: En ella sostendrá una honrosa y espléndida competencia con su dignísimo esposo, para ver quién de los dos apreciará y amará más la virtud y quién será más cortés y benigno. Si el uno aduceen su favor que á orillas del Taro[58]y en sus estados consigue librar á Italia del yugo francés, la otra alegará que á Penélope la hizo su castidad tan célebre como su esposo Ulises. Muchas y muy grandes cosas sé con respecto á esta dama, por habérmelas anunciado Merlin durante el tiempo que pasó en la cueva léjos del mundo; pero me detengo aquí porque si llego á desplegar las velas por tan anchuroso mar, mi travesía será mayor que la de Tifis[59]. Concluyo, pues, manifestándote, que en Isabel estarán reunidos todos los dones que proporciona el cielo á la virtud.

»Con ella estará su hermana Beatriz[60], á quien cuadra admirablemente este nombre, porque no solo disfrutará mientras viva la felicidad que se encuentra en la Tierra, sino que su benéfica influencia se extenderá sobre su esposo, el más rico y dichoso de todos los príncipes; pero en cuanto ella abandone esta terrenal morada, caerá aquel en la desgracia más profunda. Mientras viva Beatriz, el Moro y Sforza, y las culebras de los Visconti, serán invencibles desde las nieves polares hasta las orillas del mar Rojo, y desde el Indo hasta los montes que baña el mar de Francia; pero en cuanto muera aquella princesa, su esposo y el reino de los insubres caerán en la esclavitud con grave perjuicio para toda la Italia: con ella, desaparecerá tambien la suprema sabiduría.

»Otras muchas princesas de igual nombre nacerán bastantes años antes: una de ellas ceñirá sus sagrados cabellos con la espléndida corona de la Panonia[61]: otra, cuando haya dejado la pesada carga de la vida, será colocada en Ausonia entre el número de los santos, y se le ofrecerán inciensos é imágenes votivas. Callaré las demás; pues como he dicho, mi relato seria demasiado largo, si bien es verdad que cada una de ellas mereceria inspirar la heróica trompa de la Fama. Nada diré de las Blancas, ni de las Lucrecias y Constanzas, y otras y otras que serán madres de los príncipes más ilustres de Italia, y renovarán el esplendor de las principales familias reinantes. Ninguna raza será más fecunda que la tuya en mujeres célebres, no solo por las virtudes de las hijas, sino por la extraordinaria honestidad de las esposas[62].

»Y á fin de que con respecto á este punto sepas algo de lo que me dijo Merlin, sin duda con el objeto de que te repitiera sus palabras, continuaré hablándote con buena voluntad de tu descendencia.

»Me ocuparé primeramente de Ricarda[63], digno modelo de entereza y honestidad: jóven aun, quedará viuda, y expuesta á los rigores de la fortuna, como con frecuencia acontece á los buenos. Verá á sus hijos, niños todavia, desposeidos de los estados de su padre, y vagando por tierras extrañas en manos de sus adversarios; pero al fin tendrán sus desgracias una digna recompensa.

»No olvidaré á la ilustre reina, de la preclara alcurnia de Aragon[64], de cuya prudencia y recato no nos ofrecen modelo más acabado los historiadores griegos y latinos: tampoco habrá otra más favorecida por la bondad divina, que la elegirá para ser madre de tan hermosos descendientes como Alfonso, Hipólito é Isabel. Leonor se llamará esta princesa, que se ha de ingertar en tu árbol afortunado. ¿Y qué te diré de la segunda nuera, próxima sucesora de aquella, de Lucrecia Borgia[65]? Su belleza, su virtud, su fama honesta y su fortuna crecerán como la flor naciente en un terreno feraz. Lo que el estaño es respecto á la plata, el cobre al oro, la silvestre adormidera á la rosa, el pálido sauce al laurel siempre verde, y el vidrio pintado á la piedra preciosa, tales serán comparadas con Lucrecia, á quien venero antes de nacer, cuantas mujeres hayan adquirido hasta ahora nombradía por su singular belleza, su gran prudencia ó por otra circunstancia no menos laudable. Sin embargo, sobre todos los elogios que se le prodigarán durante su vida y aun despues de muerta, descollará el de haber dotado á Hércules y sus demás hijos de régias costumbres, y haberles trasmitido los nobles sentimientos que los harán tan ilustres en el sacerdocio como en las armas, porque el perfume de la virtud no se desvanece de repente, aun cuando se traslade á un nuevo vaso, sea malo ó bueno.

»Tampoco pasaré en silencio á Renata de Francia[66], nuera de Lucrecia é hija de Luis XII y de la gloria eterna de la Bretaña. En ella, veo reunidas todas las perfecciones que se hayan admirado en mujer alguna desde que el fuego calienta, moja el agua, y gira el cielo en derredor de sus ejes.

«Mucho tiempo necesitaria para hablarte de Alda de Sajonia, de la Condesa de Celano, de Blanca Maria de Cataluña, de la hija del rey de Sicilia, de la hermosa Lippa de Bolonia y de otras muchas; pues si fuera haciéndome cargo de las alabanzas que cada una de por sí merece seria como entrar en un mar sin límites.»

Despues de haber dicho Melisa los nombres de la mayor parte de las mujeres de la posteridad de Bradamante, con gran contento de esta, le repitió una y muchas veces los medios de que se habia valido el nigromante para atraer á Rugiero al palacio. Detúvose Melisa cuando estuvo cerca de aquel edificio, por no creer oportuno seguir adelante y evitar que la viera aquel astuto viejo, y dejó sola á la doncella, no sin recomendarle una vez más el cumplimiento de cuantos consejos le habia dado. Apenas habia andado Bradamante como unas dos millas por un sendero desierto, cuando vió á un caballero exactamente igual á su Rugiero, á quien estrechaban tan fuertemente dos gigantes de cruel aspecto, que estaban á punto de quitarle la vida. Al ver la doncella en tal peligro al que, segun todos los indicios debia ser Rugiere, sintió convertida su confianza en sospecha, y olvidó de pronto todos sus buenos propósitos. Supuso que Melisa tendria alguna prevencion ú odio contra Rugiero á causa de cualquier injuria ó de infundados enojos, y queprocuraba por medio de un ardid grosero hacerle perecer por mano de su amada.

La doncella decia entre sí:—¿Por ventura, no será ese mi Rugiero, á quien siempre veo con el corazon y ahora con mis propios ojos? Si ahora no le veo ó no le conozco bien, ¿qué podré ver ó conocer en adelante? ¿Por qué he dar más crédito á lo que otros creen que á lo que me ofrece mi vista? A falta de mis ojos, mi corazon me diría si Rugiero está léjos ó cerca de mí.»

Mientras raciocinaba de esta suerte, oyó una voz idéntica á la de su amante que pedia socorro, y vió á aquel caballero huir velozmente sobre un caballo al que desgarraba los hijares, y tras él á sus dos feroces enemigos, que se lanzaron á toda brida en su persecucion. No pudiendo contenerse la doncella, siguió sus huellas; llegó al palacio encantado, y apenas atravesó el umbral de la puerta, se hizo partícipe del funesto error de todos. Buscó á Rugiero por todas partes, arriba, abajo, dentro, fuera, y hasta en los sitios más recónditos, sin cesar dia y noche. ¡Vana tarea! Tan poderoso era el encanto, que aun cuando Bradamante y Rugiero se veian y hablaban á todas horas, no se conocian el uno al otro.

Pero dejemos á la varonil doncella, y no os pese que quede sometida á aquel encantamiento; pues cuando sea tiempo de que se libre de él, haré de modo que salgan los dos amantes. Así como la variacion de manjares excita el apetito, del mismo modo creo que mi historia se hará menos pesada para los que la oigan, cuanta más variedad se encuentre en ella. Veéme obligado además á servirme de muchos hilos para terminar la gran tela que estoy tejiendo: dignaos, pues, escuchar cómo los moros, saliendo de sus tiendas, tomaron las armas y se formaron en presencia delrey Agramante, que amenazando airado á las lises de oro, quiso que su ejército se reuniera para pasarle nuevamente revista, á fin de conocer cuál era el verdadero número de sus soldados. Además de los ginetes y peones que en gran cantidad echaba de menos, faltaban varios excelentes capitanes de España, de África y de Etiopía, viéndose sus tropas obligadas á vagar errantes sin un jefe que las guiase. Otro de los motivos que tuvo Agramante para pasar esta revista, fué el de proveer de jefes á aquellos escuadrones, y comunicarles las órdenes necesarias. A fin de cubrir los huecos que en sus filas habian ocasionado las batallas y las escaramuzas, hizo llamar á cuantos guerreros se habian alistado en España y en África, los cuales, respondiendo á su llamamiento, acudieron pronto á ponerse á las órdenes de sus jefes respectivos. Con vuestro premiso, Señor, dejaré para otro canto los detalles de esta revista.

En la revista pasada al ejército mahometano, Agramante echa de menos los dos escuadrones que habian sido destruidos por Orlando.—Mandricardo, lleno de envidia y de asombro, va en busca del guerrero.—Amores de Mandricardo y Doralicia.—Reinaldo, guiado por un ángel, llega á París, cuando ya los moros lo estaban asaltando.

En los sangrientos combates y frecuentes asaltos acaecidos durante la guerra de Francia contra España y África, habian perecido ya innumerables guerreros, cuyos cadáveres quedaron abandonados á la voracidad de los lobos, de los cuervos y de las águilas rapantes; y si bien los franceses llevaban hasta entonces la peor parte, por haber perdidocasi todo el país, los sarracenos tenian en cambio motivos poderosos de afliccion por los muchos príncipes y esclarecidos campeones de su ejército, que habian sucumbido bajo el hierro enemigo, costándoles sus victorias tanta sangre, que el dolor anubló su regocijo.

¡Oh invicto Alfonso! Si las cosas modernas pueden compararse á las antiguas, séame permitido decir que el gran triunfo, cuya gloria es fuerza atribuir á vuestro heroismo, y del que Rávena deberá de lamentarse eternamente, se asemeja en gran manera á los conseguidos por los moros[67]. Me refiero á la memorable batalla en que, al ver á los picardos, los morinos[68]y á los ejércitos Normando y Aquitano abandonando el campo, os lanzásteis en medio del grueso de las tropas españolas, vencedoras ya, seguido de aquellos jóvenes gallardos, que merecieron aquel dia por su varonil esfuerzo que el Rey les honrara con la espada y la espuelas doradas, armándoles caballeros. Ayudado por tan animosos jóvenes que, como vos, despreciaron el peligro, destruísteis las ricas bellotas de oro y el estandarte amarillo y rojo, por lo cual á nadie más que á vos se debe el lauro inmortal de haber impedido que se marchitasen ó deshojaran las lises de Francia. Otra corona no menos inmortal ciñe vuestra frente por haber conservado á Roma su Fabricio, aquel gran Colonna,[69]á quien proporcionásteis un auxilio, que os honra más que si el solo esfuerzo de vuestro brazo hubiera destruido los aguerridos soldados, cuyos huesos alfombran hoy el campo de Rávena, y todos cuantos guerreros de Aragon, de Castilla y de Navarra abandonaron sus banderas al ver la inutilidad de sus lanzas y sus espadas. Y sin embargo, aquel triunfo fué más glorioso que digno de regocijo; porque contrabalanceó vuestra alegría el pesar ocasionado por la muerte del Capitan francés, del jefe del ejército, y por la de tantos príncipes ilustres como habian atravesado las heladas cimas de los Alpes para volar en defensa de sus reinos y de sus aliados. Nuestra salvacion y nuestra vida se debe á aquella victoria, por haber impedido que el irritado Júpiter fulminara sobre nuestras cabezas los rayos de su cólera; mas en cambio, no nos es posible gozar de ella ni demostrar nuestro regocijo, al escuchar los ayes y lamentos de tantas viudas como han quedado en Francia, cubiertas de luto é inundadas en llanto. Es preciso, pues, que Luis[70]se apresure á enviar nuevos capitanes á sus tropas, á fin de restituir su honor á las doradas flores de lís, y castigar las manos rapaces y sacrilegas que han violado monjas, madres, esposas, é hijas; que han profanado los monasterios de frailes blancos, negros y grises, y han arrojado por el suelo al Señor sacramentado para apoderarse de los vasos sagrados. ¡Oh desventurada Rávena! ¡Cuánto mejor hubieras hecho en no oponer resistencia alguna al vencedor! ¿Por qué no te miraste en el espejo de Brescia, en vez de serlo tú para Arimino y Faenza[71]? Rey Luis, envia sin tardanza al buen Trivulcio,para que enseñe á los suyos más continencia, y los recuerde cuántos han perecido en Italia por tan bárbaros excesos.

Así como es necesario que el rey de Francia provea ahora de jefes á su ejército, del mismo modo Marsilio y Agramante, deseando reorganizar cuanto antes los suyos, determinaron pasarles revista, no bien la conclusion del invierno permitió á los soldados salir de sus tiendas, á fin de conocer sus necesidades, y dar guias y jefes á los escuadrones que carecieran de ellos. Primeramente Marsilio, y Agramante despues, hicieron desfilar por delante de ellos á sus soldados, compañía por compañía.

A la cabeza de todos iban los catalanes bajo el estandarte de Dorifebo: seguian despues los navarros, cuyo rey Folvirante habia muerto á manos de Reinaldo; el rey español les dió por capitan á Isolier. A las órdenes de Balugante iban los de Leon; los de los Algarbes, á las de Grandonio. Falsiron, hermano de Marsilio, conducia los castellanos. En pos del estandarte de Madaraso seguian los que salieron de Málaga y Sevilla, y cuantos habian dejado las amenas praderas que riega el Betis desde el mar de Cádiz hasta la fértil Córdoba. Estordilano, Tesira y Baricondo presentaron sus gentes uno tras otro; el primero las de Granada, el segundo las de Lisboa, y las de Mallorca el tercero. Tesira sucedió en la corona de Portugal á su pariente Larbin, que habia muerto. En pos de estos seguian los gallegos, al mando de Serpentino, que sustituyó á Maricoldo, su antiguo jefe.

El audaz Malatista conducia á los de Toledo y Calatrava, mandados en otro tiempo por Sinagon, y á todos cuantos se bañan en el Guadiana ó beben sus aguas. Formando unescuadron, á cuyo frente iba Bianzardin, desfilaron los de Astorga, Salamanca, Plasencia, Avila, Palencia y Zamora. Los zaragozanos y demás caballeros de la corte de Marsilio iban á las órdenes de Ferragús: todos ellos eran valientes y estaban perfectamente armados. Veíase entre ellos á Malgarino, Balinverno, Malzariso y Morgante, á quienes una misma suerte habia obligado á refugiarse en país extranjero: desposeidos de sus estados respectivos. Marsilio los habia acogido en su corte. Con ellos se hallaban tambien Follicon de Almeria, hijo bastardo de Marsilio, Doriconte, Bavarte, Largalifa, Analardo, Arquidante conde de Sagunto, Lamirante, el gallardo Languiran, Malagur, de astuta y rápida imaginacion, y otros y otros, cuyos hechos de armas os haré ver cuando llegue el caso.

Cuando el ejército de España acabó de desfilar en buen órden por delante del rey Agramante, se adelantó con sus batallones el rey de Oran, hombre de gigantesca estatura. Los que siguieron despues lamentaban la muerte de Martasin, inmolado por Bradamante, y su amor propio no podia sufrir que una mujer se envaneciera de haber vencido al rey de los garamantas[72]. Siguió el tercer escuadron de Marmonda, que habia dejado muerto en Gascuña á su capitan Argosto. Tanto este, como los que le precedian y seguian inmediatamente, necesitaban nuevos jefes, y aun cuando Agramante carecia de ellos, no tardó en habilitarlos, nombrando para este cargo á Buraldo, Ormida y Arganio, y siguió de esta suerte eligiendo tantos jefes cuantos eran indispensables. Confió á Arganio el mando de los guerreros de Libicana, que lloraban la muerte del negro Dudrinaso. Los de la Tingitania obedecian á Brunel, que marchaba cabizbajo y mohino, porque habia caido en desgracia de Agramante desde que Bradamante le arrebató el anillo en la selva próxima al peñasco donde estaba el castillo de Atlante: y á no ser por Isolier, hermano de Ferragús, que lo encontró atado á un árbol, y refirió al Rey la verdad de lo sucedido, hubiera muerto ahorcado. Agramante, accediendo á las reiteradas súplicas de muchos de sus guerreros, le perdonó la vida cuando ya tenia el lazo echado al cuello, y se lo hizo quitar, previniéndole, no obstante, que á la primera falta le haria empalar: por consiguiente, Brunel tenia fundado motivo para ir con la cabeza inclinada y el rostro macilento.

Seguia en pos Farurante, y tras él los infantes y ginetes de Mauritania. Venia luego con las gentes de Constantina, Libanio, el nuevo rey, á quien Agramante habia dado la corona y el dorado cetro que fué de Pinadoro. Al frente de las tropas de Hesperia iba Soridano, y al de las de Ceuta Dorilon; con los nasamones, Puliano, y el rey Agricalte con los de Amonia. Malabuferso guiaba los de Fez; Finadurro el escuadron de los soldados de Marruecos y Canarias, y Balastro el de los que fueron del rey Tardoco. Marchaban despues dos batallones, uno de Mulga y otro de Arzilla; este tenia su jefe, pero el otro carecia de él. Agramante se lo designó inmediatamente, nombrando al efecto á Corineo, su fiel amigo. Del mismo modo hizo á Caico rey de la gente de Almanzilla, que obedecia antes á Tanfirion, y á Rimedonte de la de Getulia.

Aparecieron en seguida Balinfronte con los soldados de Cozca; los de Bolga, que en reemplazo de su rey Mirabaldo, tenian á Clarindo, y despues Baliverzo, el mayor merodeador de los campos de batalla. No creo que en todo el campamento se desplegara una bandera en torno de la cual seagrupasen tan esforzados guerreros como los que despues siguieron, ni que tuvieran por jefe un Sarraceno más prudente que su rey Sobrino. Los de Bellamarina, á quienes solia dirigir Gualcioto, iban entonces á las órdenes de Rodomonte, rey de Argel y de Sarza, que habia aumentado su ejército con nuevos ginetes y peones. Mientras el Sol estuvo nebuloso bajo el gran Centauro, el Capricornio, habia pasado al África por encargo de Agramante, y hacia tres dias que estaba de vuelta. En todas las regiones del África no se conocia un moro más valeroso ni más audaz que Rodomonte, á quien temian más, y con justo motivo, los parisienses sitiados, que á Marsilio, á Agramante y á todos cuantos guerreros pasaron á Francia en pos de ellos: la religion de Jesucristo no tenia tampoco enemigo más irreconciliable que él.

Siguió Prusion, rey de la Alvaraquia; y despues el rey de Zumara, Dardinelo. No sé si algun buho ó corneja, ú otra ave de mal agüero les llegaria á predecir desde los tejados ó los árboles la suerte funesta que les esperaba; pues el destino habia fijado la misma hora del siguiente dia para que ambos príncipes murieran en la batalla que se dió. Ya no faltaban por desfilar más que las tropas de los reyes de Tremecen y de Norizia; pero ni se veian sus banderas, ni se tenia noticia de ellas. Agramante no sabia que pensar de semejante demora, cuando trajeron á su presencia un escudero del rey de Tremecen, que le anunció la derrota de Alzirdo y Manilardo con la mayor parte de los suyos.

—Señor, añadió el escudero, el guerrero valeroso que ha hecho sucumbir á los nuestros, seria capaz tambien de destrozar tu ejército entero, como no huyera con la prontitud que yo; gracias á mi lijereza he podido salvarme, aunque con trabajo. Con la misma facilidad que un lobo se precipita entre un rebaño de cabras ó carneros, derriba él infantes y ginetes.

Pocos dias antes habia llegado al campamento del rey de África un caballero, á quien desde Occidente á Oriente no habia quien igualara en valor y esfuerzo. El rey Agramante le dispensaba grandes honores por ser hijo y sucesor del rey Agrican de Tartaria: era su nombre el del feroz Mandricardo.

Sus maravillosas hazañas le habian conquistado un renombre que llenaba el mundo entero; pero su principal celebridad, su mayor gloria procedia de haberse apoderado en el castillo de la hada de Soria de la brillante coraza que mil años antes habia llevado el troyano Héctor. Para adquirirlas arrostró los azares de una aventura extraordinaria y prodigiosa, cuyo solo relato causa pavor.

Encontrándose presente cuando el escudero dió cuenta de la heróica accion de Orlando, alzó su frente orgullosa y se preparó inmediatamente á ir en busca de aquel guerrero. Ocultó, no obstante, su intento, bien fuese por desdeñar toda compañía, ó por temor de que otro se le anticipara en tal empresa, si llegaba á traslucirse su pensamiento. Preguntó al escudero el color de la sobrevesta de tan bravo campeon, y aquel le respondió:

—Es enteramente negra, lo propio que su escudo, y su yelmo no tiene cimera.

—Así era en efecto, pues Orlando no llevaba empresa alguna, porque quiso que en su exterior apareciera el luto que reinaba en su corazon.

Marsilio habia regalado á Mandricardo un corcel bayo con manchas castañas y crin y cabos negros: era hijo de una yegua de Frigia y un caballo español. Sobre él saltó Mandricardo armado de piés á cabeza, y se alejó á galopepor el campo, jurando en su interior no volver al campamento hasta haber encontrado al campeon de la negra armadura. En el camino vió muchos de los soldados que habian huido de la espada terrible de Orlando, llorando unos por el hijo, y otros por el hermano que habia perecido á su vista: en sus semblantes se veia aun retratado el cobarde terror que los dominara: el espanto les obligaba todavia á marchar pálidos, mudos y como fuera de sí. No anduvo mucho el sarraceno sin que se ofreciera á sus miradas un espectáculo inhumano y cruel, pero testimonio de las maravillosas hazañas que habian referido al rey africano. Mandricardo se paró á contemplar aquellos cadáveres, llegando hasta moverlos y medir sus heridas con la mano: en aquel momento sintió una inconcebible envidia hácia el caballero, cuyo esforzado brazo habia causado tantas víctimas. Como lobo ó mastin que habiendo encontrado demasiado tarde un buey muerto abandonado por los campesinos, y no pudiendo satisfacer su voracidad con los cuernos, los huesos ó las pezuñas, única cosa que han dejado los perros ó las aves de rapiña, se queda contemplando con sentimiento el testuz donde no puede hincar el diente, lo mismo hizo el infiel en aquella llanura, prorumpiendo despues en blasfemias, hijas de su envidia, por haber llegado tarde á tan espléndido banquete.

Durante aquel dia y la mitad del siguiente continuó incierto su camino en seguimiento del caballero negro, por quien preguntaba á todo transeunte. Llegó por fin á una pradera, á la que daban sombra árboles corpulentos, rodeada por un rio caudaloso, que apenas dejaba espacio por donde pudiera llegarse hasta ella. Un sitio semejante se encuentra en Ocricoli, rodeado por las sinuosas ondas del Tiber. Aquel estrecho paso estaba defendido por muchos caballeros armados. El pagano les preguntó quién y con qué objeto les habia reunido allí en tan gran número: el que parecia jefe, obligado sin duda por el gallardo talante de Mandricardo, y sorprendido por los ricos arneses de su corcel, recamados de oro y pedrería, lo que daba á entender que el ginete seria un personaje notable, le contestó:

—Nuestro Rey nos ha hecho venir desde Granada para acompañar á su hija, á quien ha desposado con el rey de Sarza, aunque la fama no ha propalado todavia esta noticia. A la hora en que la cigarra suspende su canto, que ahora nos molesta, conduciremos á la Princesa al campamento español: entretanto está descansando.

Mandricardo, acostumbrado á menospreciar cuanto existia en el mundo, quiso probar, por distraerse, si aquella gente defendia bien ó mal á la princesa confiada á su custodia; por lo cual exclamó:

—Esa dama, si la fama no miente, debe de ser bella; y como me agradaria saber si es cierto, condúceme en seguida á su presencia, ó haz que venga aquí: porque necesito estar pronto en otra parte.

—Preciso es que seas un loco rematado, le contestó el granadino. Pero no pudo continuar, porque el tártaro se lanzó sobre él lanza en ristre y le pasó de parte á parte; la coraza no pudo contener la violencia del golpe, y el desgraciado cayó en tierra herido mortalmente. El hijo de Agrican volvió á enristrar la lanza, y preparóse á atacar á los restantes. No llevaba espada ni maza; porque cuando se apoderó de las armas de Héctor, vió que faltaba la primera; por lo cual juró, y no en vano, que su mano no empuñaría espada alguna hasta conseguir arrancar á Orlando su Durindana, que era la de Héctor, y que Almonte habia tenido antes en gran estima.

Grande fué la audacia del Tártaro, que no temió luchar solo contra aquellos guerreros, gritándoles:—«¿Quién pretenderá estorbarme el paso?»—Y lanza en ristre se precipitó sobre ellos. A su vez enristraron la suya algunos: otros desnudaron las espadas, y todos le acometieron simultáneamente. Mandricardo mató una porcion de ellos, antes de que se rompiera su lanza: cuando la vió partida, aferró con ambas manos el trozo mayor que le quedaba, é hizo con él tal carnicería, que jamás se ha podido ver lucha tan sangrienta. Lo mismo que Sanson destrozó á los filisteos con una quijada que encontró al acaso, el sarraceno hacia pedazos los escudos, hendia los yelmos, y de un solo golpe aplastaba al caballo y al caballero. Aquellos desgraciados corrian á porfia hácia la muerte: cuando uno caia, otro le reemplazaba inmediatamente; pues no les causaba horror perder la existencia, aunque sí el ignominioso modo cómo Mandricardo se las arrancaba, y no podian soportar que su vida estuviera á merced de un pedazo de asta rota, á cuyos furibundos golpes iban unos tras otros cayendo, cual si fuesen ranas ó culebras. Cuando una triste experiencia les hizo conocer que la muerte era mala de todos modos, y al ver que las dos terceras partes de sus compañeros yacian en el suelo sin vida, se decidieron los restantes á emprender la fuga. El sarraceno cruel, que los consideraba ya como cosa propia, no pudo sufrir que escapara vivo uno solo de entre aquella turba amedrentada; y así como en una laguna seca desaparece pronto la estridente caña, ó los rastrojos en un campo, cuando el cauto labrador, auxiliado por el viento, les prende fuego, y se extiende la llama por todas partes, corriendo chispeante de surco en surco, así tambien aquellos soldados iban cediendo cada vez más ante la inflamada cólera de Mandricardo.


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