Mandricardo aferró con ambas manos el tronco de lanza que le quedaba.(Canto XIV.)
Mandricardo aferró con ambas manos el tronco de lanza que le quedaba.(Canto XIV.)
Mandricardo aferró con ambas manos el tronco de lanza que le quedaba.(Canto XIV.)
Cuando este vió el paso tan mal defendido, sin tener ya quien lo custodiara, adelantóse por el camino que le marcaba la yerba recien hollada, y atraido por los gemidos que oia, con el objeto de cerciorarse por sí mismo de si la belleza de la princesa de Granada era digna de su fama; y saltando por entre los cadáveres, pasó al sitio en que el rio presentaba una de sus sinuosidades. En medio del verde prado estaba Doralicia (que tal era el nombre de la doncella), sentada al pié de un añoso fresno y llorando amargamente: sus lágrimas se deslizaban hasta su turgente seno, como se suceden las aguas de un riachuelo al brotar de un manantial: su rostro expresaba á la vez el dolor que le causaba la muerte de sus compañeros, y el temor que le asaltaba por su propia suerte. Apenas vió acercarse á aquel guerrero empapado en sangre y con aspecto feroz y sombrío, sintió redoblar su espanto, y empezó á lanzar agudos gritos, que hendian los aires, aterrada por sí misma y por los que la rodeaban, pues además de los guerreros, cuidaban de la Princesa algunos ancianos de avanzada edad, y muchas damas y doncellas, las más hermosas del reino de Granada.
Al contemplar el Tártaro aquel hechicero rostro que no tenia igual en toda España, y que hasta inundado en llanto podia tender las inextricables redes de Amor, (¿qué no seria cuando resplandeciera con dulce sonrisa?) no sabia si estaba en la Tierra ó en el paraiso; lo único que consiguió con su victoria, fué quedar cautivo, sin saber cómo, de su misma prisionera. No consintió, sin embargo, en renunciar al premio de su triunfo, á pesar de que las lágrimas de Doralicia demostraban cuanto era posible el dolor y el luto de su corazon. Mandricardo se propuso convertir aquel llanto en placer inefable, y se preparó á llevarla consigo; hízola montar en un palafren blanco, y prosiguió con ella su camino, habiendo antes despedido benignamente á los ancianos, á las damas y doncellas, y á cuantas personas habian venido desde Granada con la Princesa, diciéndoles:
—Perded cuidado, conmigo solo irá bien acompañada: yo seré su guia, su protector, y sabré atender á todas sus necesidades. Adiós, amigos.
No pudiendo oponerle la menor resistencia, se alejaron aquellos desgraciados, llorando y suspirando, y diciendo entre sí:—«¡Cuán profundo será el dolor de su padre cuando llegue á su noticia este suceso! ¡Cuánta ira, cuánta pena sentirá su esposo, y cuán horrible será su venganza! ¡Ah! ¿Por qué no habria de llegar en ocasion tan critica, para hacer que ese guerrero devolviera la ilustre hija del rey Estordilano, antes de que la lleve léjos de nosotros?
Satisfecho el Tártaro con la magnífica conquista que le habian proporcionado su fortuna y su denuedo, parecia tener menos prisa que antes en buscar al caballero de la negra vestidura. Entonces corria; ahora iba tranquila y lentamente preocupado tan solo con el deseo de hallar un sitio á propósito donde apagar su amorosa llama. Esforzábase en consolar á Doralicia, cuyo rostro estaba bañado en llanto; ideaba mil cosas para distraerla, y le decia:
—Há largo tiempo que la fama de vuestra belleza me inspiró una viva pasion hácia vos: solo por contemplar ese divino rostro, y no por el deseo de ver la Francia ó la España, he abandonado mi patria, mi trono y todo el fausto que me rodeaba, y que otros desean tan vivamente. Si el amor debe ser correspondido, es evidente que merezco el vuestro, pues vivo adorándoos: si preferis el brillo de la cuna, ¿qué estirpe encontrareis más elevada que la mia? Hijo soy del poderoso Agrican. Si os halagan las riquezas, ¿quién posee más vastos dominios que yo, cuando solo á Dios cedoen poderío? Si sois sensible al valor, creo haber dado hoy pruebas de que merezco ser amado por mi denuedo.
Estas palabras y otras muchas que el amor inspiraba á Mandricardo, iban derramando un bálsamo consolador en el corazon de la doncella, afligida aun por el espanto. Poco á poco cesó el miedo y con él el dolor que le habia lacerado el alma, y empezó á escuchar con más paciencia y mayor agrado las frases de su nuevo amante. Mostróse despues en sus benignas respuestas mucho más afable y cortés, y por último permitió que Mandricardo contemplara su rostro, cuyas miradas imploraban compasion: entonces el pagano, traspasado de nuevo por los dardos del Amor, adquirió no ya la esperanza, sino la certidumbre de que la jóven llegaria á acceder á sus deseos.
Contento y alegre con aquella compañia, que tanto le satisfacia y deleitaba, vió llegar la hora en que el ocaso del Sol y la frescura de la noche invitan á todos los seres animados al reposo, y empezó á cabalgar con mayor velocidad, hasta que oyó los sonidos de los caramillos y zampoñas, y divisó algunas columnas de humo que se elevaban por encima de varias granjas y cabañas. Aquellas moradas, más cómodas que suntuosas, estaban habitadas por pastores, uno de los cuales ofreció la suya al caballero y á la doncella con tan corteses modales y tan solícita bondad, que quedaron en extremo satisfechos de él. No solo se encuentran hombres afables y galantes en las ciudades y castillos, sino tambien en las cabañas y en los más humildes tugurios.
Lo que sucedió entre Doralicia y el hijo de Agrican luego que la noche hubo tendido su manto, no podré referirlo con toda exactitud; así es que lo dejaré al buen juicio del lector. Pero puede suponerse que reinó entre ellos la mayor intimidad, por cuanto al dia siguiente ambos aparentaban estarmuy contentos, y Doralicia dió las gracias al pastor por su cordial hospitalidad. Desde allí fueron vagando de comarca en comarca, hasta que se encontraron á la orilla de un placentero rio, cuyas aguas se deslizaban hácia el mar tan silenciosamente, que no se sabia si estaban estancadas ó si circulaban en libertad; eran además tan limpias y cristalinas, que se veia distintamente su fondo. Allí encontraron dos caballeros y una doncella.
Pero mi elevada fantasia, que no me permite seguir siempre el mismo camino, me aleja de allí, y me arrastra hácia el campamento de los moros, cuyos gritos eran capaces de ensordecer á la Francia entera. El ejército musulman estaba preparado en derredor de la tienda desde donde el hijo del rey Trojano desafiaba al santo Imperio, mientras que el audaz Rodomonte se jactaba de incendiar á París y de arrasar la sagrada Roma. Habia llegado á noticia de Agramante que los ingleses acababan de cruzar el mar, por lo cual llamó á su presencia á Marsilio, al anciano rey del Algarbe y á otros varios capitanes. Resolvieron por unanimidad que se preparara al momento el ejército entero para dar á París un asalto decisivo; pues la menor dilacion daria lugar á la llegada de tan considerables refuerzos, que les impedirian totalmente la toma la ciudad.
Los sarracenos habian reunido de antemano al pié de las murallas innumerables escalas, vigas, tablones y grandes cestos de mimbres, para emplearlos en diferentes usos: estaban tambien provistos de puentes y lanchas, y por último, Agramante habia ya designado las tropas que debian dar el asalto en primera y segunda fila, á cuyo frente se proponia acometer en persona la ciudad.
La víspera del combate, hizo el Emperador celebrar misas y diferentes ceremonias religiosas dentro de París porlos sacerdotes, y los frailes de todas las órdenes, á cuyas ceremonias asistieron los sitiados, que confesaron y comulgaron, como si al dia siguiente debieran perecer todos. Carlomagno, rodeado de sus magnates y paladines, de los príncipes y de los prelados, asistió á las prácticas religiosas en la iglesia mayor, con una devocion de que dió excelente ejemplo á sus súbditos. Con las manos juntas y los ojos elevados, al cielo decia:
—¡Señor, aunque yo sea inícuo é impío, no permita tu bondad que padezca tu pueblo en desagravio de mis faltas! Si es tu voluntad aplicarle justas penas, como se merecen nuestros errores, aleja por lo menos el castigo de nuestras cabezas á fin de que no lo recibamos por mano de tus enemigos; pues si á nosotros, que somos tus amigos, nos fuera imposible derrotarlos, insultarian tu poder esos paganos, diciendo que no existe, puesto que ha dejado morir á tus defensores, De no castigar á un solo culpable, se alzarán contra tí otros ciento por todo el mundo, hasta el extremo de que la falsa ley de Babel conseguirá sofocar y humillar tu religion. Proteje á este pueblo, que es el mismo que ha lanzado de tu santo sepulcro á sus viles profanadores, y que tantas veces ha defendido á la santa Iglesia y sus pontífices. Bien sé que nuestros méritos no corresponden ni con mucho á lo que te es debido, y que no debemos esperar perdon de tí, si consideramos nuestra desarreglada vida; pero si nos concedes el maravilloso don de tu gracia, quedarán purificados nuestros corazones y entraremos en razon; y como todos recordamos tu piedad, no desesperamos de tu auxilio.
Así decia el devoto Emperador, con corazon humilde y contrito. Dispuso además otras rogativas religiosas, y pronunció votos que la inminencia del peligro y su mismo esplendor hacian necesarios. Tan fervientes súplicas no fueron estériles, porque su ángel tutelar recogió sus ruegos, y desplegando las alas, los llevó á los piés del Salvador del mundo. En aquel momento, diferentes mensajeros celestiales eran portadores de otras infinitas súplicas para el Eterno, las cuales habian escuchado aquellas almas bienaventuradas con la piedad retratada en sus angelicales semblantes, y todos juntos contemplaron á su sempiterno Amante, y le patentizaron su deseo unánime de que acogiera benigno las justas plegarias del pueblo cristiano, que acudia á Él en demanda de socorro. La Bondad inefable, á quien jamás acudió en vano un corazon verdaderamente cristiano, levantó sus piadosos ojos é hizo una seña al arcángel San Miguel para que se aproximara.—«Vé, le dijo, al encuentro del ejército cristiano que ha desembarcado en las costas de Picardia, y condúcele al pié de los muros de París, sin que lo adviertan sus contrarios: busca primeramente al Silencio, y díle de mi parte que te ayude en esta empresa: él sabrá demasiado lo que tiene que hacer para realizar mis designios. Desempeñada esta comision, vuela presuroso hácia donde tiene la Discordia su asiento: díle que coja su yesca y su eslabon; que prenda fuego en el campo de los moros y que siembre tanta cizaña y tantas rencillas entre sus guerreros más valerosos que vuelvan pronto sus armas unos contra otros, y se hieran, se arranquen la vida ó se carguen de cadenas, ó bien abandonen despechados el campamento hasta conseguir que el Rey africano se vea privado de su apoyo.»
El arcángel bendito emprendió inmediatamente su vuelo, sin replicar una sola palabra. Por do quiera que Miguel extendia sus alas, se disipaban las nubes, y aparecia el cielo en toda su lucidez: ceñíale en torno un círculo luminoso, brillante como el oro, y de un resplandor semejante al que producen de noche los relámpagos. El mensajero celestialiba pensando, durante su viaje, en el sitio donde deberia posarse para encontrar sin pérdida de tiempo al enemigo de la palabra, á quien debia transmitir primero la órden del Señor. Fué recorriendo los lugares más frecuentados por él, hasta que por último presumió que lo hallaria en alguna iglesia ó monasterio de monjes en reclusion perpétua, donde estaba prohibida toda conversacion y donde la palabraSilenciose veia escrita en el coro, en los dormitorios, en el refectorio, y por fin, en todas las celdas. Creyendo encontrarlo allí, agitó con mayor viveza sus doradas alas; y al ver aquellos lugares consagrados aun á la Paz, la Quietud y la Caridad supuso haber acertado. Pronto conoció su error, así que llegó al claustro, pues no encontró al Silencio; preguntó por él, y le dijeron que allí solo existia de nombre. Tampoco halló Piedad, ni Quietud, ni Humildad, ni Caridad, ni Paz: es indudable que habian residido en el claustro, pero fué en otro tiempo, y de él las habian arrojado la Gula, la Avaricia, la Ira, la Soberbia, la Envidia, la Crueldad, y la Pereza. Admirado el Angel de tanta novedad, examinó atentamente aquella turba vil, y descubrió entre ella á la Discordia, á quien, segun la órden del Eterno, debia buscar despues que al Silencio. Habia pensado dirigirse al Averno, por creer que estuviera entre los condenados, y la fué á encontrar ¡quién lo creyera! en aquel nuevo infierno, entre misas y ceremonias religiosas.
Miguel no podia creer que fuera la Discordia aquella á quien solo esperaba hallar despues de un largo viaje; pero cesaron sus dudas cuando la conoció por sus vestidos cenicientos de rayas desiguales é infinitas, cuyos girones ocultaban ó mostraban su desnudez, á medida que andaba ó eran agitados por el viento. Sus enmarañados cabellos eran rojos, plateados, negros y grises: unos estaban trenzados,otros atados y recogidos por una cinta; caíanle por la espalda muchos y por el pecho algunos. Tenia las manos y el pecho llenos de citaciones, de libelos, de exámenes, de espedientes jurídicos, de glosas, de consultas, de relatos y de otros documentos de curia que en las ciudades ponen en peligro la hacienda del pobre. Por todos lados estaba rodeada de escribanos, procuradores y abogados.
Llamóla Miguel, y le ordenó que fuera á colocarse entre los sarracenos más valientes, y buscara un pretexto para obligarles á combatir entre sí con memorable estrago. Pidióle despues nuevas del Silencio, persuadido de que ella las sabria fácilmente, puesto que iba por todas partes atizando sus incendios La Discordia respondió:
—No tengo presente haberle visto en ningun sitio: he oido hablar de él muchas veces, y aun recomendarle por su astucia; pero el Fraude, uno de mis compañeros que alguna vez ha ido con él, podrá, segun creo, indicarte su morada.
Y señaló á uno con el dedo, diciendo:—«Aquel es.»
Su rostro era afable, honesto su traje; sus miradas humildes, sus movimientos mesurados, y su modo de hablar tan benigno y tan modesto, que parecia al del arcángel Gabriel cuando dijo:Ave Maria. Todo lo demás era en él hediondo y deforme; pero ocultaba tan depravadas imperfecciones bajo un hábito largo y ancho, que tambien escondia un puñal pendiente siempre de su cuello. El ángel le preguntó por el camino que debia seguir para encontrar al Silencio.
—En otro tiempo, contestó el Fraude, solia habitar únicamente entre las virtudes, con Benito y con los discípulos de Elías en los monasterios que acababan de ser fundados. Mucha parte de su vida la pasó en las escuelas, en tiempo dePitágoras y de Architas[73]; pero al desaparecer aquellos filósofos y aquellos santos, que solian llevarle por el camino recto, abandonó sus antiguas y excelentes costumbres, para reunirse con los malvados. Empezó á ir de noche con los amantes; despues con los ladrones, y hoy es el protector de todo delito. Habita mucho tiempo con la Traicion, y hasta le he visto con el Homicidio: acostumbra á refugiarse en algun subterráneo cavernoso en compañia de los monederos falsos; y en fin, muda con tanta frecuencia de compañeros y de albergues, que serias muy afortunado si le encontraras. Abrigo, sin embargo, la esperanza de que le hallarás, si procuras ir á media noche á la mansion del Sueño; indudablemente darás con él, pues en ella duerme.
Aunque el Fraude tiene la costumbre de engañar siempre, era no obstante su lenguaje tan parecido al de la verdad, que el Angel le dió crédito, y sin más tardanza se marchó volando del monasterio; si bien procuró moderar el movimiento de sus alas á fin de llegar con oportunidad al término de su viaje, para encontrar al Silencio en la morada del Sueño, cuya situacion conocia.
Existe en Arabia un valle ameno y pequeño, léjos de toda ciudad y pueblo, formado por dos montañas y cubierto de abetos seculares y hayas frondosas. En vano intenta el Sol hacer penetrar en él la luz del dia; pues sus rayos no han podido atravesar jamás aquella espesa enramada, bajo la cual hay una cueva espaciosa abierta en la roca, cuya entrada está oculta por la hiedra trepadora, que la rodea enteramente con sus tortuosas vueltas. En aquel albergue es donde reposa el grave Sueño: á su lado se vé el Ocio corpulento yobeso, y la Pereza tendida en el suelo, por no poder andar ni casi estar en pié. El desmemoriado Olvido permanece á la puerta; no conoce, ni deja entrar á nadie; ni escucha, ni transmite mensaje alguno, y por fin, no recuerda ningun nombre. En torno de aquella mansion vaga el Silencio: su calzado es de fieltro, y oscuro el manto; y á cuantos encuentra hace señas con la mano desde léjos para que no se aproximen. El Angel se le acercó muy despacio, y le dijo al oido:
—Dios ha dispuesto que conduzcas á París á Reinaldo con los soldados que lleva á sus órdenes para auxiliar á su rey; pero quiere que su marcha sea tan silenciosa, que los sarracenos no puedan oir el menor ruido; y esto ha de ser de tal modo, que antes que la Fama encuentre un resquicio por donde ir á avisarles, se vean atacados por aquellos.
El Silencio inclinó la cabeza por toda contestacion, dando á entender que así lo haria, y emprendió obediente la marcha en seguimiento del Arcángel. Del primer vuelo llegaron á Picardia: Miguel excitó el ardor de aquel ejército animoso, y le hizo andar el largo camino con tal velocidad, que un solo dia le bastó para llegar á París, sin que ninguno conociera que aquella rápida marcha era efecto de un milagro. El Silencio vagaba constantemente en torno de aquel ejército, al que ocultó tras una niebla profunda, que dando paso á la luz del dia, era impenetrable á los sonidos de los clarines y de las trompetas. Pasó despues al campo de los infieles, y llevó consigo un no sé qué, que los hizo sordos y ciegos.
Mientras se aproximaba Reinaldo con una precipitacion que solo era debida á su celestial conductor, y con un silencio tan grande, que desde el campo sarraceno no se percibia una sola palabra, el rey Agramante habia llevado su infanteria á los arrabales de París y á la orilla de los fosos que defendian las murallas, para intentar aquel dia un esfuerzo supremo. El que pudiera contar los soldados que dirigió el rey Agramante contra Carlomagno en aquella ocasion, seria capaz de contar tambien todas las plantas que crecen en las frondosas espaldas del poblado Apenino, así como las olas que bañan el pié del africano Atlas cuando el mar está enfurecido, y todos los ojos con que el cielo examina á media noche las furtivas acciones de los amantes. Oianse sin cesar los frecuentes y terroríficos sonidos de las campanas, tocando á rebato: todos los templos se llenaron de una multitud que oraba y levantaba las manos al cielo. Si los tesoros fueran tan gratos á los ojos de Dios como lo son á los de los insensatos mortales, aquel dia hubiera obtenido cada santo una imágen de oro en la Tierra. Los ancianos se lamentaban de haber vivido demasiado para presenciar entonces semejantes calamidades, y envidiaban á las imágenes de piedra que permanecian en su pedestal tantos y tantos años. Pero los jóvenes valientes y vigorosos, que no paraban mientes en la inminencia del peligro, corrian presurosos hácia las murallas, despreciando las advertencias de las personas de edad madura.
En los muros estaban ya los barones, los paladines, los reyes, los duques, los marqueses, los condes, los caballeros, los soldados de Francia y los extranjeros, prontos á morir por su Dios y por su honor, y pidiendo incesantemente al Emperador, en su deseo de caer sobre los sarracenos, que mandase bajar los puentes levadizos. Carlomagno se felicitaba al ver su animoso entusiasmo; pero no consintió en dejarlos salir, y fué distribuyéndolos en los sitios más á propósito para cortar el paso á los bárbaros, aumentando ó disminuyendo su número, segun que el estado de las fortificacionesasí lo reclamaba; encomendando á los unos el cuidado de dirigir los fuegos, y encargando á los otros el manejo de las máquinas de guerra y su colocacion en donde hubiera necesidad: en una palabra, no se daba un momento de reposo, atendiendo á todo y organizando la defensa de la ciudad.
París está situado en una gran llanura, en el centro, ó mejor dicho, en el corazon de Francia; atraviesa sus muros un rio que pasa por el interior y vuelve á salir en direccion opuesta; pero antes forma una isla que proteje la parte principal de la ciudad: las otras dos (porque aquella poblacion está dividida en tres partes) se hallan defendidas en el interior por el rio, y en el exterior por los fosos. Este recinto, cuya circunferencia es de muchas millas, puede ser atacado por diferentes puntos á la vez; pero como Agramante no queria fraccionar su ejército, se decidió á dar el asalto por uno solo, y se retiró á la otra parte del rio, hácia Poniente, porque á su retaguardia todos los castillos y ciudades le estaban sometidos hasta la frontera de España.
En todo el terreno circundado por las murallas habia hecho Cárlos gran acopio de municiones, y construido diques, contrafosos y casamatas: habia colocado enormes cadenas en la entrada y en la salida del rio, y empleó su mayor cuidado en fortificar convenientemente los puntos que en su concepto eran más débiles y estaban más amenazados. El hijo de Pepino previó con la perspicacia de Argos el lado por donde Agramante debia intentar el asalto: así es que supo estorbar cuantos proyectos habia formado el sarraceno.
Marsilio aprestó en la llanura su ejército, en el que se veia á Ferragús, Isolier, Serpentino, Grandonio, Falsironte, Balugante, y cuantos jefes habian venido de España. A laizquierda, y colocados en la orilla del Sena, estaban Sobrino, Pulian, Dardinel de Almonte y el rey de Oran, cuya gigantesca estatura media seis brazas desde el pié á la frente, Pero ¿por qué he de ser más lento en manejar la pluma, que aquellos guerreros en esgrimir sus armas? Ya el rey de Sarza, lleno de cólera y despecho, gritaba y se enfurecia, porque tardaba tanto la señal del combate.
Así como las importunas moscas se lanzan en los calurosos dias del estío sobre las vasijas de leche de los pastores ó sobre los suculentos restos de un banquete, produciendo con sus alas un ronco y monótono zumbido, ó como una bandada de estorninos se precipita sobre los dorados racimos de las uvas ya maduras, del mismo modo se lanzaron los moros al terrible asalto, llenando de gritos atronadores el espacio. Los cristianos, armados de lanzas, espadas, hachas, piedras y materias combustibles, defendian su ciudad desde las murallas con heróica resolucion, despreciando el orgullo de los sarracenos. Donde caia un guerrero, ocupaba otro inmediatamente su lugar: nadie habia tan cobarde que retrocediera.
Por fin, abrumados por los golpes y por las heridas, se vieron los sitiadores obligados á volver á los fosos: los sitiados, no solo empleaban contra ellos el acero, sino tambien enormes peñas, almenas enteras, trozos de murallas arrancados con sumo trabajo, los techos de las torres y pedazos de cornisas. Abrasaban además con inmensas cantidades de agua hirviendo á los sarracenos, los cuales no podian resistir semejante lluvia que, entrando por las viseras de los cascos, los cegaba completamente. Si aquel diluvio les causaba casi más daño que el hierro, ¿cuánto no les causaria una nube de cal viva, cuánto no deberian aterrarles las vasijas inflamadas, llenas de aceite, azufre, pez y trementina? Tampoco permanecieron ociosos los aros de fuego, circuidos de una cabellera de llamas; pues arrojados desde diversos sitios, ceñian á los sarracenos con dolorosas guirnaldas.
Entre tanto, el rey de Sarza habia lanzado al asalto una nueva division, acompañado de Buraldo, rey de los garamatas, y de Ormida, rey de Marmonda. A su lado marchaban tambien Clarindo y Soridan, así como los reyes de Ceuta, de Marruecos y de Cosca, todos ellos impacientes por dar á conocer su valor. Rodomonte de Sarza ostentaba en su bandera, completamente roja, un leon terrible con la boca abierta, permitiendo que una jóven le colocara en ella un freno. El leon era la emblema de Rodomonte, y la jóven que lo enfrenaba era la imágen de Doralicia, hija de Estordilan, rey de Granada. Ya he referido cómo y en qué sitio se habia apoderado de ella Mandricardo: Rodomonte amaba á aquella jóven más que á su vida y más que á su corona, y por hacerse agradable á sus ojos se esforzaba en dar pruebas de valor y cortesía: pero aun no habia llegado á su noticia que su amada se hallaba en poder de otro; pues si lo hubiera sabido, habria hecho en el momento mismo lo que hizo aquel dia combatiendo contra los cristianos.
Apoyáronse á un tiempo mil escalas contra las murallas, sobre cada uno de sus peldaños subieron al instante dos guerreros: los segundos empujaban á los primeros, y eran á su vez empujados por los terceros: á unos les sostenia su propio valor, á los otros el temor, y todos se veian obligados á demostrar igual denuedo; pues si llegaba alguno á detenerse un momento, caia herido ó muerto á manos de Rodomonte, del cruel rey de Argel. Así es que todos se esforzaban en escalar las murallas, sufriendo una verdadera lluvia de fuego y de piedras: todos procuraban, sin embargo, encontrar un sitio por donde el escalamiento fuera más fácil y menospeligroso: Rodomonte era el único que se desdeñaba de seguir el camino más seguro, y mientras que los demás dirigian sus ruegos al cielo en tan apurado trance, él prorumpió en terribles imprecaciones y blasfemias. Estaba armado de una fuerte é impenetrable coraza, hecha de la piel escamosa de un dragon, con la cual habia ya defendido su pecho uno de sus ascendientes, aquel impío que edificó la torre de Babel, creyendo arrojar á Dios de su celestial morada y arrebatarle el gobierno de los astros. Su yelmo, su escudo y su espada, fabricados exprofeso, eran del mismo temple y resistencia.
No menos indomable, soberbio y furibundo que Nemrod, Rodomonte habria sido capaz de subir al mismo cielo aun en medio de las tinieblas de la noche, si en el mundo existiera un camino que condujese á él. Sin detenerse á examinar si el muro estaba entero ó abierta la brecha, ni si era profundo el foso, lo atravesó corriendo, metiéndose hasta el cuello en el agua y el lodo. Lleno de fango, empapado en el agua, y arrostrando el fuego, las piedras, y los proyectiles disparados por los arcos y ballestas, corria como entre los pantanosos cañaverales de nuestra Mallea, suele correr el javalí, que se abre ancho paso con el pecho, las pezuñas y los colmillos; y resguardándose con el escudo, no solo despreciaba las murallas, sino tambien al cielo. Apenas puso el pié fuera del agua, lanzóse á una gran plataforma apoyada en la muralla en que estaban situados los guerreros franceses. Entonces se vió al terrible sarraceno haciendo volar pedazos de cráneo de mayor diámetro que los cerquillos de los frailes, derribando brazos y cabezas, y vertiendo arroyos de sangre que desde las murallas iban á parar á los fosos. Arrojó el escudo léjos de sí, empuñó con ambas manos su terrible acero, y se precipitó sobre el duque Arnolfo quehabia venido desde aquellos paises donde el Rhin desemboca en el mar. El desgraciado se defendió menos de lo que resiste el azufre á la accion del fuego, y cayó en tierra con la cabeza hendida hasta el cuello. De un solo revés arrancó la vida á Anselmo, á Oldrado, á Espinelocio y á Prando: los dos primeros de Flandes, y los otros dos de Normandia. La espada de Rodomonte aprovechaba sus golpes de un modo terrible á causa de lo reducido de aquel sitio en donde estaban apiñados multitud de guerreros. En seguida hendió desde la frente al pecho y al vientre á Orghetto de Maguncia.
Arrojó despues á los fosos desde lo alto de una almena á Andropono y á Moschino; el primero consagrado al sacerdocio, y tan adorador del vino el segundo que de un solo trago vaciaba el vaso de mayor capacidad: huia cuanto es posible del agua como si fuera el veneno más activo ó la sangre de una víbora: entonces pereció allí, teniendo el sentimiento de morir en el agua. Dividió el sarraceno de arriba á abajo al provenzal Luis, y atravesó de parte á parte á Arnaldo de Tolosa. A Oberto, Claudio, Hugo y Dionisio, les hizo exhalar el último aliento envuelto en su sangre, y con ellos á Gualtiero, Satalon, Odo y Ambaldo, los cuatro de París, y asimismo á otros muchos, cuyos nombres y patria no sé cómo apuntar brevemente.
Los moros, siguiendo presurosos á Rodomonte, fijaron sus escalas, y alcanzaron la muralla en más de un punto, mientras que los parisienses dejaban de hacerles frente, al ver que su primera defensa de nada les servia ya; porque sabian que al enemigo le quedaba aun mucho que hacer, aunque estuviera en posesion de los muros; pues entre estos y la segunda línea de defensa habia un foso de una profundidad espantosa. Mientras que los primeros defensores continuaban disparando de abajo á arriba con valerosa tenacidad, habian llegado tropas de refresco, que colocadas en el elevado parapeto interior, ofendian sobremanera con sus lanzas y sus saetas á la gran masa de sitiadores, cuyo número hubiera disminuido considerablemente, á no haberlos sostenido el hijo del rey Ulieno. Este iba animando á los unos, motejando á los otros por su inercia, y haciéndoles avanzar á pesar suyo; á cuantos veia dispuestos á emprender la fuga, partia de una sola cuchillada la cabeza ó el pecho; cogia á muchos de los fugitivos por los cabellos, por el cuello ó por los brazos, y arrojándoles al foso iba formando en él tan gran monton, que era estrecho para contenerlos á todos.
Mientras aquel tropel de bárbaros escalaba las murallas, ó se precipitaba en el terrible foso, y procuraba desde allí apoderarse del segundo parapeto, el rey de Sarza, como si todos sus miembros estuvieran provistos de alas, dió un salto á pesar del peso de su cuerpo y del de su armadura, y se lanzó al otro lado del foso, cuya anchura no seria menor de treinta piés. Rodomonte la atravesó con la velocidad de un galgo y al caer no produjo más ruido que si tuviera sus piés cubiertos de fieltro. Empezó entonces á despedazar á cuantos se le oponian, como si las armas de sus contrarios fueran de blando estaño ó de piel, y no de hierro: ¡tanta era su fuerza, y tal el temple de su espada!
Mientras tanto los cristianos, para engañar al enemigo, habian llenado el foso de ramas secas y faginas cubiertas completamente de pez. Nadie podia verlas, por más que estuviera el foso lleno de ellas hasta los bordes. Habian acumulado tambien en él muchos barriles, unos con salitre, otros con aceite, con azufre, ó con materias parecidas. Preparados los sitiados para castigar la loca audacia de los sarracenos que se disponian á escalar el segundo parapeto, asíque oyeron la señal convenida, hicieron que estallase un horrible incendio en diferentes puntos á la vez; y reuniéndose todas aquellas llamas hasta formar una sola, extendiéronse de una á otra orilla, y se elevaron tanto, que habrian podido secar el húmedo seno de la Luna. Una niebla negra y densa que oscureció la luz del Sol y ocultó á todas las miradas el sereno azul del cielo, extendióse sobre las cabezas de sitiados y sitiadores, mientras que por el espacio circulaba un estruendo incesante, muy parecido al fragor de un espantoso trueno: el terrible rugido de las llamas homicidas concordaba de un modo extraño con el áspero concento, con la horrísona armonía de los lamentos, gritos y aullidos exhalados por los infelices que perecian en el foso, víctimas de la temeridad y de la insensata audacia de su jefe.... No puedo, Señor, no puedo prolongar más este canto; que estoy ya ronco, y necesito descansar algunos momentos.
Combate del ejército moro contra el cristiano al pié de los muros de París.—Despídese Astolfo de Logistila; aprisiona al feroz Caligorante, y corta despues la cabeza á Orrilo, con quien habian combatido en vano Grifon y Aquilante.—Encuentra luego á Sansoneta—Grifon recibe malas noticias referentes á su amada.
Siempre ha sido laudable la victoria, ya dependa de la suerte ó de la pericia: pero es preciso confesar que un triunfo alcanzado á costa de mucha sangre redunda en descrédito del jefe vencedor, mientras que adquiere eterna gloria yse hace digno de los mayores honores el que consigue derrotar al enemigo sin daño de los suyos. Vuestra victoria, Señor, fué merecedora de perpétua fama, pues conseguisteis amansar de tal modo al Leon[74], tan temido en los mares, y dueño de las dos orillas del Pó, desde Francolino hasta su desembocadura, que aunque oiga sus rugidos, no me infundirán pavor mientras os vea. Entonces supisteis demostrar cómo debe vencerse, pues no solo dísteis muerte al enemigo, sino que tambien nos salvásteis.
Esto es lo que no supo hacer el pagano, cuya audacia se convirtió en su daño; pues precipitó á los suyos en el foso, donde perecieron todos abrasados por aquel incendio voraz y repentino que á ninguno respetó. La inmensa zanja habria sido pequeña para contenerlos á todos, si el fuego no hubiese ido reduciendo los cuerpos hasta convertirlos en leves pavesas á fin de que cupieran en aquel sitio. Once mil veintiocho sarracenos se encontraron carbonizados en el incandescente hornillo, al cual habian descendido mal de su grado, obligados por las órdenes de su imprudente jefe. En medio de tan brillante llama se apagó su existencia; pero Rodomonte, causa principal de su daño, pudo librarse de tamaño martirio. Atravesó de un admirable salto el ancho foso, cayendo en medio de los enemigos; si hubiese descendido á el con sus soldados, aquel seria el fin de todas sus hazañas. Volvió despues los ojos á aquella sima infernal y cuando vió que el fuego lo dominaba todo, y llegaron á sus oidos los gritos y lamentos de los sarracenos, prorumpió en espantosas blasfemias contra el cielo.
El rey Agramante atacaba entre tanto furiosamente una de las puertas de la ciudad, creyendo que, mientras los sitiados estaban ocupados en rechazar la agresion de Rodomonte en el sitio donde habia perecido ya tanta gente, aquella puerta estaria desprovista de defensores ó no tendria los suficientes para hacer frente á los suyos. Con él iban Bambirago, rey de Arcilla; el vicioso Baliverzo; Corineo de Mulga; Prusion, rico monarca de las islas Afortunadas[75]; Malabuferso, rey de Fez, en cuyo país reina un estío perpétuo, y otros varios guerreros, expertos en las batallas y muy bien armados, y aun algunos cobardes que no se consideraban seguros ni aun estando resguardados por mil escudos.
El monarca sarraceno halló todo lo contrario de lo que esperaba; porque aquella puerta estaba defendida por el mismo jefe del Imperio en persona, por Carlomagno y por muchos de sus paladines, á cuyo lado combatian el rey Salomon, el danés Ogiero, los dos Guidos y los dos Angelinos, el duque de Baviera, Ganelon, Berlingiero, Avolio, Avino y Oton, así como una inmensa multitud de soldados de inferior categoria compuesta de franceses, alemanes y lombardos, que ardian en deseos de distinguirse en presencia de su señor con alguna accion heróica. Más adelante os referiré sus proezas; porque ahora me veo precisado á ocuparme de un duque poderoso, que me llama y me hace señas desde léjos, rogándome que no lo deje en el tintero.
Tiempo es ya de volver adonde dejé al venturoso Astolfo de Inglaterra, que afligido por el prolongado destierro en que se habia visto sepultado, ardia en deseos de regresar á su país; deseos avivados por las esperanzas que le habia hecho concebir la vencedora de Alcina, la cual se ocupaba en mandarle á su tierra por el camino más cómodo y seguro. Logistila aparejó con este objeto la mejor galera de cuantas surcaran los mares, y siempre recelosa de que Alcina entorpeciera aquel viaje, quiso que Andrónica y Sofrosina le acompañaran con una fuerte armada hasta dejarle en salvo en el mar de Arabia ó en el golfo Pérsico. Aconsejóle que fuera dando la vuelta por las costas de la Escitia, de la India y del reino de los nabateos[76], y regresara por tan largo trayecto al mar de Persia y de Eritrea[77], evitando no solo los mares boreales, agitados sin cesar por las tempestades, sino tambien las regiones que están privadas de la luz del sol por espacio de algunos meses del año.
Cuando Logistila lo tuvo todo dispuesto, dió permiso á Astolfo para que emprendiera el viaje, no sin haberle instruido y enseñado muchas cosas que fuera prolijo enumerar; y á fin de impedir que por arte mágica cayera en algun sitio de donde no le fuese posible salir, le regaló como recuerdo suyo un libro bello y útil, encareciéndole que lo Ilevara siempre consigo. Aquel librito contenia instrucciones y advertencias para preservarse de toda clase de sortilegios, y por medio de señales particulares y de un índice podia encontrarse en él cuanto se buscara relativamente á encantamientos. Hízole además otro presente, superior á todos los que han podido ofrecerse los mortales: una trompa, cuyo horrible sonido hacía huir á cuantos lo escuchaban. Los sonidos formidables de aquella trompa ó cuerno de caza, lo repito, ponian en fuga á todo el que los oia, sin que de ello pudiera eximirse ni aun el hombre de corazon más animoso. El estrépito que produce el huracan, el trueno ó un terremoto no era comparable al horrísono estruendo de aquel.
El excelente caballero inglés despidióse de la hada despues de haberle expresado diferentes veces su gratitud, y dejando el puerto y la tranquila playa, hizo rumbo hácia las ricas y populosas ciudades de la India embalsamada, impulsado por un viento propicio y bonancible. A la derecha y á la izquierda fué descubriendo infinidad de islas, hasta que llegó á la vista de la tierra de Tomás[78], en donde el piloto hizo variar el rumbo más al Norte. La hermosa escuadra siguió atravesando el piélago, pasó casi rozando con las costas del Quersoneso de Oro[79]y despues de contemplar aquellas ricas comarcas en que, el Ganges blanquea las aguas del mar con su espumosa corriente, á Trapobana[80]y Coringo[81], llegó al mar que está oprimido entre dos playas[82]. Habiendo recorrido luego un largo trecho, los navegantes alcanzaron la altura de Cochin[83], y salieron fuera de los límites de la India.
Mientras navegaba el Duque con tan segura y fiel escolta, quiso saber, y al efecto dirigió algunas preguntas á Andrónica, si algun bajel procedente de los paises que deben su nombre al ocaso del Sol[84], solia aparecer en los mares de Oriente, bien navegara á remo ó bien á vela, y si podia irse directamente por mar desde la India hasta Francia ó Inglaterra.
—Sin duda sabrás, respondió Andrónica, que el mar rodea á la Tierra por todas partes, y que las olas van unas enpos de otras, tanto bajo las zonas glaciales, como bajo las tórridas; pero como las regiones de la Etiopía se extienden mucho hácia el Sur, ocupando un inmenso espacio de mar, han creido algunos que aquellas eran el límite del imperio de Neptuno. Esta es la razon de que ni una sola nave de Levante dirija su rumbo hácia nuestro Océano índico, y de que tampoco exista en Europa marino alguno que intente arribar á nuestras comarcas. Por adelantarse tanto en el mar la tierra meridional de África, se ven todos precisados á retroceder en su derrotero, creyendo, al verla tan prolongada, que llega á unirse con el hemisferio opuesto. Pero, á través de los años, veo nuevos Argonautas y nuevos Tifis, que saliendo de la extremidad del Occidente, se abrirán paso por caminos desconocidos hasta ahora[85].
»Veo á unos dar la vuelta al rededor del África, y costear las playas habitadas por individuos de raza negra hasta haber traspuesto el signo desde el que vuelve el Sol á nuestros paises, cuando sale del Capricornio, y encontrando por último el fin del inmenso promontorio que parece dividir en dos este mar único, recorrer todas las costas y las vecinas islas de la India, de la Arabia y de la Persia[86].
»Veo á otros dejar á derecha é izquierda las dos costas formadas por obra de Hércules, é imitando, el curso circular del Sol, encontrar nuevas tierras y nuevo mundo[87]. Veo la santa Cruz y la enseña imperial plantada en sus verdes orillas; veo á los unos custodiando los combatidos bajeles: á los otros, escogidos para la conquista de aquellos paises; veo á diez derrotando á mil, y los reinos de la India Occidental sujetos á la corona de Aragon, y veo en resúmen á los capitanes de Carlos V vencedores en todas partes.
»Es la voluntad de Dios que este camino haya permanecido oculto para los antiguos; que continúe todavia ignorado durante mucho tiempo, y que siga desconocido hasta que haya pasado la sexta y la séptima edad de la Tierra. El Eterno revelará su existencia á los hombres, cuando llegue la época en que tendrá á bien colocar el cetro del mundo en manos del emperador más justo y sábio que haya existido ó exista desde Augusto.
»Veo nacer en la orilla izquierda del Rhin, de sangre austriaca y aragonesa, un príncipe[88], cuyo valor no podrá compararse con ningun otro del que se haya hablado ó escrito. Veo á Astrea colocada por él en su perdido asiento, ó mejor dicho, vuelta á la vida; y veo á las virtudes, desterradas tambien por los humanos, cuando arrojaron del mundo á aquella diosa, volver merced á él de su ostracismo. La Bondad divina le concederá por estos merecimientos, no solo la corona del grande imperio que poseyeron Augusto, Trajano, Marco Antonio y Severo, sino tan vastos dominios, que el Sol no se pondrá en ellos. El poder celestial tiene además dispuesto, que mientras reine este emperador haya un solo pastor y un solo rebaño. Para que tengan más fácil cumplimiento los decretos eternamente escritos en el Cielo, la divina Providencia le rodeará de capitanes invictos en mar y tierra.
»Veo á Hernan Cortés, que someterá á su dominio nuevasciudades y reinos tan remotos que son completamente desconocidos para los habitantes de la India. Veo á Próspero Colonna[89], así como á un marqués de Pescara[90], y tras ellos á un jóven marqués del Vasto[91], que escarmentarán en Italia á las lises de oro: veo á este último dispuesto á superar en heroismo á los otros dos para arrebatarles la palma del triunfo, semejante á un brioso corcel que, saliendo el último de la barrera, alcanza y adelanta á los que le preceden. Veo en Alfonso (que tal es su nombre) tanto valor y tanta lealtad, que á la escasa edad de veintiseis años, alcanzará del Emperador el mando de su ejército, al que llevará de triunfo en triunfo hasta someter el universo entero al poder de su señor.
»Del mismo modo que con tales guerreros irá Cárlos V aumentando por tierra la herencia de sus padres, así tambien saldrá victorioso en cuantos combates tengan lugar en los mares que limitan por un lado las costas de Europa y las de África por otro, luego que consiga atraer á su servicio á Andrés Doria, aquel Doria que limpiará el mar de corsarios. Aunque el gran Pompeyo venció y exterminó en otro tiempo á los piratas, su gloria es incomparable á la que Doria adquirirá; porque aquellos no podian considerarse iguales al reino más poderoso que ha existido, mientras el invicto marino purgará los mares con sus solas fuerzas y su pericia, de tal modo, que bastará pronunciar su nombrepara que se estremezcan de pavor todas las costas desde Calpe al Nilo. Fiado en la lealtad de este capitan, y acompañado por él, entrará Cárlos en Italia, cuyas puertas le serán abiertas, y ceñirá la corona del Imperio. Veo á Doria rehusar la merecida recompensa de tantas hazañas, cediéndola á su patria, cuya libertad alcanzará merced á sus ruegos, obrando así de un modo muy diferente á otros, que en igual posicion hubieran deseado esclavizarla en provecho propio[92]. Esta piedad, este patriotismo es más digno de gloria que la que obtuvo César por sus victorias en Francia, España, Inglaterra, África ó Tesalia. La fama que por sus empresas adquirieron el grande Octavio y su competidor Antonio, no podrá compararse tampoco con la del bravo marino; pues aquellos la mancillaron por haber maniatado con las cadenas de la esclavitud á su propio país. ¡Baldon eterno á los que convierten á su patria de libre en esclava! ¡Donde quiera que resuene el nombre de Andrés Doria, deberán inclinar humillados y avergonzados la cabeza! Veo á Cárlos colmándole de beneficios, y no satisfecho con que disfrute al par de sus conciudadanos la recompensa de sus acciones, le donará la rica tierra de la Apulia, donde antes se habrán engrandecido los Normandos. No limitará Cárlos su generosidad á este capitan, sino que la hará extensiva con mano liberal á cuantos hayan prodigado su sangre en su servicio, y veo más complacida su alma dandouna ciudad ó una comarca entera á un súbdito leal, ó á cualesquiera otros que se hagan dignos de sus mercedes, que conquistando nuevos reinos y nuevos imperios.»
De esta suerte iba Andrónica revelando á Astolfo las victorias que, transcurrido un gran número de años, proporcionarían á Cárlos V sus capitanes, en tanto que su compañera cuidaba de contener ó alentar los vientos orientales, haciendo que les fueran propicios, y aumentándolos ó disminuyéndolos á su voluntad. Habian dado vista mientras tanto al anchuroso mar de Persia, y de allí á pocos dias llegaron á aquel golfo que debe su nombre á los antiguos magos: una vez en él, pusieron las proas en direccion de la costa, y entraron en un puerto, donde Astolfo, á cubierto de Alcina y de su odio, se apresuró á desembarcar, emprendiendo en seguida su camino por tierra.
Atravesó campiñas y bosques, montes y llanuras, en los que se vió más de una vez atacado por ladrones, que le asaltaron lo mismo en campo raso que en la espesura de las selvas; interceptaron tambien su camino los leones, las venenosas serpientes y otras muchas fieras; pero en cuanto aproximaba á sus labios la bocina, unos y otros huian despavoridos en todas direcciones. Pasó por la Arabia llamada Feliz, rica en mirra y oloroso incienso; país que ha elegido el fénix por asilo, con preferencia á cuantos existen en toda la extension de la Tierra, y llegó á orillas de aquel mar, cuyas aguas vengaron á los israelitas, sepultando en su seno por voluntad del Cielo á Faraon con todo su ejército. Siguió durante algun tiempo la corriente del rio Trajano, cabalgando en aquel corcel que no tenia igual en el mundo, y cuya ligereza era tan extremada, que ni dejaba impresas sus huellas en la arena, ni llegaba á doblar la yerba ó desflorar la nieve; corcel que seria capaz de correr por el marsin mojarse los cascos; que, en su impetuosa carrera, superaba en velocidad al viento, al rayo y á las flechas. Aquel caballo, que en otro tiempo habia pertenecido á Argalía, fué engendrado por el viento y por las llamas, y no tenia necesidad de heno ni de cebada; pues le bastaba para alimentarse el aire puro, y su nombre era el de Rabican.
Continuando su camino, llegó el Duque á la confluencia de aquel rio con el Nilo, y antes de encontrarse en la desembocadura de este último, divisó una embarcacion que avanzaba rápidamente hácia él. En la popa iba un ermitaño, cuya blanca barba le caia hasta la mitad del pecho: este anciano invitó al paladin á entrar en el bajel, gritándole desde léjos:
—Hijo mio: si no te es odiosa la vida, si no quieres perecer hoy mismo, apresúrate á pasar á esta otra orilla, porque el camino que sigues te conduce directamente á la muerte. Apenas llegues á andar seis millas más, encontrarás la sangrienta morada de un gigante horrible, cuya estatura excede en ocho piés á la de cualquier mortal. Todo caballero ó viandante que con él tropiece, debe perder la esperanza de salir vivo de entre sus manos; porque el malvado extrangula á unos, desuella á otros, descuartiza á muchos y hasta se traga á más de uno vivo. Para proporcionarse tan repugnante placer, hace uso de una red maravillosamente tejida, que tiende cerca de su caverna, ocultándola con tal destreza entre la trillada arena, que es imposible que la vea nadie sin tener prévia noticia de ella: ¡tan sutil es, y tan perfectamente la coloca el gigante! Asustados los viajeros por los gritos de este, caen impremeditadamente en la red, y entonces, lanzando estrepitosas carcajadas, los arrastra, envueltos en ella, hasta su guarida, sin atender á su calidad, pues para él es lo mismo la dama que elcaballero, un personaje de importancia que un hombre insignificante. Despues devora sus carnes, chupa la sangre y los sesos, y esparce los huesos por el campo, conservando las pieles para colocarlas como vistosos trofeos en derredor de su tétrica mansion. Decídete, pues, hijo mio, á seguir esta otra via, que te conducirá hasta el mar con toda seguridad.
—Mucho agradezco tu consejo, padre, repuso el impávido caballero; pero ante el peligro no vaciló nunca mi honor, al que tengo en más que á mi propia existencia. En vano es que me excites á variar de camino, cuando por el contrario pienso dirigirme en busca de esa terrible cueva. No hay duda de que huyendo podré salvarme; pero quedaré deshonrado, y prefiero la muerte antes que conservar la vida á tal costa. Yendo al encuentro del gigante, lo peor que podrá sucederme es sucumbir donde tantos otros han sucumbido; pero si Dios presta ayuda á mi brazo y consigo salir ileso, dando muerte al mónstruo, este camino ofrecerá en adelante completa seguridad, de suerte que el beneficio será mayor que el daño. No hay, pues, que titubear entre la muerte de un solo hombre y la futura salvacion de muchos.
—Vé en paz, hijo mio, y que Dios envie en tu ayuda desde las etéreas regiones al arcángel San Miguel.
Así dijo el sencillo anacoreta, bendiciendo á Astolfo, el cual siguió adelante por la orilla del Nilo, confiando más en el sonido de su trompa que en su espada.
Entre el profundo rio y las lagunas por él formadas habia en la arenosa orilla un angosto sendero, que terminaba en la solitaria mansion, ajena á todo trato humanitario. En torno de esta se veian los cráneos y los esqueletos de los desgraciados á quienes su mala suertehasta allí llevara; y cada abertura, cada grieta de la cueva ostentaba pendientes tan sangrientos despojos.
Cual en las poblaciones ó en los castillos de los Alpes suele el cazador fijar las estiradas pieles, las horrendas garras y las cabezas enormes de los osos á quienes ha dado muerte, como prueba de los peligros que ha corrido; así fijaba el gigante los miembros de los que le habian opuesto mayor resistencia: los restos de los demás estaban esparcidos por do quiera, y todas las zanjas llenas de sangre humana.
Caligorante, que tal era el nombre del desapiadado mónstruo que adornaba con restos humanos su vivienda, como suelen otros adornar las suyas con brocados, vigilaba contínuamente en su puerta. Al divisar desde léjos al Duque, apenas pudo contener su gozo, pues dos meses hacia ya é iba á entrar en el tercero, que no aparecia por allí caballero alguno. Dirigióse presuroso hácia la laguna, que era oscura y cubierta de espesos cañaverales, con la intencion de ocultarse en ella, dejar pasar al paladin y atacarle por la espalda, esperando además que cayera en las redes que habia ocultado bajo la arena, como ya habian caido tantos otros. En cuanto Astolfo vió al gigante, detuvo á su corcel, temeroso de caer en el lazo de que le habia hablado el buen anciano: apeló en seguida á su trompa, cuyo sonido produjo el efecto acostumbrado, de modo que sobrecogido el gigante de pavor y asombro, huyó en direccion á su morada. Continuó Astolfo tocando con más fuerza, atento siempre á ver si descubria la red: Caligorante corrió con mayor velocidad, sin reparar siquiera por donde huia; pues habiendo perdido el ánimo, perdió tambien el instinto, y su terror fué tal, que dirigió sus pasos involuntariamente hácia donde estaba oculta la red, en la que cayó al finquedando completamente envuelto y tendido en el suelo.
El paladin, al ver caido al gigante, y considerándose por lo tanto seguro, corrió hácia él presuroso; y apeándose del caballo y desnudando el acero, se dispuso á vengar la deplorable muerte de mil y mil desventurados; pero detúvose considerando que la muerte de un hombre indefenso y atado podia tenerse por villania más bien que por valor, y al ver al gigante con los brazos, los piés, y el cuello sujetos, desistió de su intento.
Aquellas redes, obra de Vulcano, eran de sutil acero; mas estaban hechas con tal arte, que en vano se intentaria desprender su más pequeña malla: eran las mismas que en otro tiempo sujetaron á Venus y á Marte[93]. El celoso Vulcano las habia fabricado con el objeto de sorprender á ambos amantes mientras estaban entregados á los placeres del amor; despues Mercurio las robó á su constructor para coger con ellas á la bella Cloris, á Cloris que va por el aire en pos de la Aurora cuando aparece el Sol, esparciendo las rosas, violetas y azucenas que lleva en su recogida vestidura. Mercurio acechó con tanto cuidado á esta Ninfa, que al fin consiguió un dia prenderla con su red en el aire, cerca del sitio donde desemboca en el mar el gran rio de Etiopía[94].
Esta red fué conservada durante muchos siglos en Canope[95], en el templo de Anubis[96]. Tres mil años despues, Caligorante quemó la ciudad, saqueó el templo y se apoderóde ella. Posteriormente la colocó á pocos pasos de su morada, tan bien oculta bajo la arena, que todos cuantos eran perseguidos por el gigante iban irremisiblemente á caer en ella, y apenas la tocaban, cuando se veian sujetos por el cuello, por los piés y por los brazos.
Astolfo cogió una de las cadenas de que estaba formada la red y ató las manos de aquel infame á la espalda, rodeándole además los brazos y el pecho de modo que no pudiera desprenderse de ella; en seguida le sacó de entre los otros lazos y le permitió levantarse, lo cual hizo el gigante más dócil y sumiso que un niño. El Duque determinó llevarle consigo, é ir enseñándole por los pueblos, ciudades y castillos. No quiso dejar allí la red, por considerarla una obra de arte incomparablemente bella, y obligó á cargar con ella á Caligorante, á quien llevaba atado tras de sí cual victorioso trofeo. Hizo que cargara asimismo con su escudo y con su yelmo, y continuó la marcha, causando una viva alegría á los habitantes de los pueblos por donde transitaba, que veian al fin libre aquel camino.
Astolfo anduvo á tan buen paso, que en breve descubrió los sepulcros de Memfis, aquellas pirámides que hacen famosa á esta ciudad; pasó tambien por la populosa ciudad del Cairo, cuyos habitantes acudieron presurosos á ver al desmesurado gigante.—«¿Cómo es posible, decian, que un caballero tan pequeño haya logrado maniatar á un hombre tan gigantesco!»—Astolfo apenas podia andar un paso, porque se lo impedia la muchedumbre agolpada en su derredor, que le admiraba y reverenciaba por el mucho valor que en él suponia.
El Cairo no era entonces tan grande como ahora, segun se dice; pues actualmente no bastan sus diez y ocho mil calles á contener su numerosa poblacion, y á pesar de tenerlas casas tres pisos, un número considerable de sus habitantes duerme á la intemperie. El Soldan habita un castillo de una magnificencia y una riqueza sorprendente; quince mil de sus guardias, todos cristianos renegados, viven bajo un mismo techo con sus mujeres, sus familias y sus caballos.
Astolfo deseando ver la desembocadura del Nilo, así como sus diferentes deltas, pasó á Damieta, á pesar de haber oido decir que el que á tanto se atrevia se exponia á quedar muerto ó aprisionado; porque á la orilla del rio y cerca de dicha desembocadura, vivia en una torre un ladron, terror de los campesinos y de los viandantes, el cual extendia sus correrias hasta el Cairo, robando á cuantos encontraba. Nadie podia resistirle, y segun contaba la fama, en vano se procuraba arrancarle la vida; pues su cuerpo habia recibido más de cien mil heridas que no pudieron ocasionarle la muerte.
Con el objeto de ver si conseguia que la Parca cortara el hilo de su vida se dirigió Astolfo en busca de Orrilo, que este era el nombre del ladron, y llegó á Damieta: desde allí pasó á la desembocadura del Nilo, y vió en su orilla la elevada torre donde se albergaba aquel sér encantado, hijo de un duende y de una hada. Encontró á Orrilo en el momento en que estaba combatiendo con dos guerreros, á quienes acosaba de tal modo, á pesar de ser él solo contra los dos, que apenas podian parar sus golpes, no obstante que su fama de valientes y esforzados resonaba por el mundo. Dichos guerreros eran los dos hijos de Olivero, Grifon el Blanco y Aquilante el Negro. El Nigromante habia sabido á la verdad trabar el combate con notoria ventaja, porque llevaba consigo una fiera que solo habita en aquellas comarcas; fiera que vive en la tierra y en el agua, y que se alimenta de los cuerpos de los incautos viandantes ó infelices marinos á quienes su mala estrella encamina por aquellas playas.
La fiera yacia sobre la arena de la costa, muerta por los dos hermanos; mas tan poco le importaba á Orrilo su pérdida como los golpes que ambos le dirigian furiosamente. Varias veces le arrancaron diferentes miembros á cuchilladas sin conseguir matarle, pues no bien caian sus brazos ó sus piernas por el suelo, cuando los recogia y los pegaba otra vez en su sitio cual si fuesen de cera. Grifon lo hendió de un tajo la cabeza hasta los dientes; otro tajo de Aquilante le dividió basta el pecho; mas Orrilo se reia siempre de sus golpes, mientras los caballeros so enfurecian al ver que sus esfuerzos eran inútiles. El que haya visto caer desde cierta altura el cuerpo que los alquimistas llaman mercurio, y hayan observado cómo se fracciona y vuelve á unirse, comprenderá, si recuerda este caso, cuanto digo con respecto á Orrilo. Si le cortaban la cabeza, se bajaba, la buscaba á tientas hasta que la encontraba, la cogia por los cabellos ó por la nariz, y la soldaba al cuello, ignoro por qué medios. Una de las veces que lograron separarle la cabeza del cuerpo, Grifon la cogió precipitadamente, extendió su brazo y la arrojó al rio; pero de poco le sirvió, porque Orrilo se sumergió en él, nadando como un pez, y al poco rato salió á la orilla con la cabeza colocada en su lugar.
Dos hermosas damas, engalanadas modestamente, la una vestida de blanco y la otra de negro, estaban contemplando el horrible combate de que habian sido causa. Eran las dos hadas benignas que habian criado á los hijos de Olivero, cuando, tiernos niños aun, los rescataron de las crueles garras de dos aves enormes, que los habian robado á su madre Gismunda, y se los llevaban léjos de su patria. Pero