Angélica no se cansaba de contemplar al jóven Medoro.(Canto XIX.)
Angélica no se cansaba de contemplar al jóven Medoro.(Canto XIX.)
Angélica no se cansaba de contemplar al jóven Medoro.(Canto XIX.)
jóven; por mañana y tarde iban buscando un retiro agradable junto á las orillas de los rios, ó por las verdes praderas, ó bien, para librarse de los ardores del sol del medio dia, se refugiaban en una cueva, tan grata y cómoda quizás como la que sorprendió los secretos de Eneas y Dido, cuando iban huyendo del agua[130]. En los momentos en que les permitian alguna tregua sus expansiones amorosas, se entretenian en grabar sus nombres con una aguja ó un cuchillo en el tronco de algun árbol, cuyo ramaje prestara amena sombra á un manantial ó á un arroyuelo; en las rocas cuya dureza no era tanta que lo impidiese; en las paredes de la cabaña y en mil distintos sitios; de suerte que por todas partes se encontraban los nombres de Angélica y Medoro escritos y entrelazados de diferentes maneras.
Cuando Angélica se apercibió de que su residencia en la cabaña del pastor iba prolongándose demasiado, se dispuso á regresar á la India para ceñir á Medoro la brillante corona del Cathay. La jóven llevaba en el brazo hacía mucho tiempo un brazalete de oro, enriquecido de piedras preciosas, como recuerdo y testimonio del afecto que le profesaba el conde Orlando. Aquel brazalete se lo habia dado Morgana á Zeliante, á quien tenia cautivo en un lago; y este, cuando volvió á los brazos de su padre Monodante, merced al arrojo y al valor de Orlando, se lo regaló á su libertador, el cual, enamorado ya de Angélica, lo aceptó con la intencion de ofrecérselo á su amada. La jóven estimaba aquelbrazalete como pudiera estimar el más preciado objeto, pero no por amor al paladin, sino por el incomparable valor y esmerado trabajo de la joya. Consiguió conservarlo en la isla del llanto, aunque no sabré deciros por qué medio, cuando los ebudos crueles é inhospitalarios la expusieron enteramente desnuda á la voracidad de un mónstruo marino. No teniendo, pues, otra cosa que ofrecer al buen pastor y á su mujer en pago de la hospitalidad y de los servicios que les habian ofrecido con tanta solicitud desde el dia en que se refugiaron en la cabaña, sacóse el brazalete del brazo, y se lo entregó, rogándoles que lo admitiesen en obsequio suyo, y acto contínuo se dirigieron hácia los montes que separan la Francia y la España.
Pensaban esperar algunos dias en Valencia ó Barcelona á que saliese algun buque con rumbo al Oriente. Al llegar á la cumbre de aquellas elevadas montañas, descubrieron más allá de Gerona el dilatado mar, cuya playa fueron costeando hácia la izquierda siguiendo el frecuentado camino de Barcelona. Pero antes de llegar á esta ciudad, vieron tendido en la playa á un hombre, con el rostro, el pecho y la espalda tan súcios y tan llenos de lodo é inmundicia que parecia un cerdo; el cual, apenas divisó á los dos jóvenes, se precipitó sobre ellos como se precipita un perro sobre personas desconocidas, causándoles un susto y una afrenta inesperada.
Mas vuelvo á ocuparme de Marfisa, de Astolfo, de Aquilante, de Grifon y de los demás navegantes que, en presencia de la muerte, rendidos y extenuados de cansancio, no podian contrarestar los embates del mar embravecido. La tormenta, cada vez más soberbia y arrogante, continuaba amenazándoles con sus furores; y á pesar de que su saña duraba ya tres dias, no daba señal ni indicio de aplacarse. Las monstruosas olas y los vientos desencadenados habiandestrozado el castillo de popa y las gavias; lo que el vendabal dejaba en pié, era cortado y arrojado al mar por los mismos marineros. Mientras unos, inclinados sobre la carta marina, marcaban el rumbo que seguian á la escasa luz de una pequeña linterna, otros permanecian en la bodega, examinándolo todo atentamente, alumbrados por una antorcha, y otros en la popa ó en la proa cuidaban del reloj de arena, consultándolo cada media hora para saber el tiempo trascurrido y la rapidez de la marcha del buque. Por último, cada cual, provisto de su correspondiente carta marina, pasó sobre cubierta á fin de dar su parecer en el consejo á que los habia convocado el capitan. Uno de ellos sostenia que se encontraban próximos á las sirtes de Limiso[131], segun lo que de sus cálculos deducia; otro, que estaban cerca de los agudos peñascos de la costa de Trípoli, donde el mar estrella frecuentemente á los buques; y alguno aseguraba que se hallaban perdidos en las aguas de Satalia, terror de los marineros. Cada cual apoyaba su opinion con diferentes razones, pero todos sentian la misma inquietud é igual temor.
Al tercer dia, el viento les atacó con más furia, y el mar se mostró más airado: el primero desgajó y se llevó el trinquete; una monstruosa oleada del segundo arrebató el timon y el timonel. Hubiera sido preciso un corazon más fuerte que el mármol y más duro que el acero para resistir al temor; y hasta la misma Marfisa, tan valiente en todas ocasiones, no pudo menos de confesar que aquel dia tuvo miedo. Por de contado que no faltaron promesas de ir en peregrinacion al monte Sinaí, á Santiago de Galicia, á Chipre, á Roma, al Santo Sepulcro, á la Vírgen de Ettino y otros sitios célebres, si salian con bien de tan apurado trance. El bajel continuaba entre tanto siendo juguete de las olas, las cuales lo elevaban á veces hasta las nubes: el piloto habia hecho picar el artimon para oponer menos blanco á los embates del viento, y juntamente con los cajones, los fardos de ricas mercaderías y cuantos objetos de algun peso existian á bordo, lo arrojó á merced de las olas. En seguida se pusieron unos á manejar la bomba, á fin de extraer de la nave el agua que iba haciendo, y devolvian al mar lo que del mar habia salido, al paso que otros se ocupaban en la bodega en reparar las averías causadas por las olas en el casco del buque.
Cuatro dias permanecieron entregados á tantos trabajos y á tan mortal angustia, sin que supieran adonde volver los ojos para hallar un refugio; pero en el momento en que parecia que el mar iba á triunfar de sus esfuerzos por poco que hubiese continuado en su insistente furor, abrieron sus corazones á la esperanza al ver el deseado fuego de San Telmo, que apareció sobre la obra muerta de proa, por no quedar ya entenas ni masteleros. Todos los navegantes cayeron de rodillas ante los resplandores de aquellas bellas luces y pidieron al cielo con ojos húmedos y tembloroso acento que se calmase el mar y tornara la bonanza. La tempestad, tan pertinaz hasta entonces, no siguió adelante; el mistral ya no les molestó en la travesía; pero el Sud-Oeste, cual tirano del mar, lanzaba por su negra boca tan impetuosos resoplidos que las olas se sucedian con rapidez increible unas á otras, semejantes á un devastador torrente, é impelian al buque con la velocidad del halcon que hiende los aires, con gran espanto del piloto que temia verse arrastrado hasta el fin del mundo, destrozado ó sumergido en el abismo. El experto marino arbitró, sin embargo, un pronto remedio, y dispuso que se amarraran á la popa cables gruesos y sólidos de los cuales se colgaron las anclas, procurando de este modo disminuir en sus dos terceras partes la marcha de la nave. Esta maniobra, unida al auxilio del que hizo descender á la proa el fuego de San Telmo, produjo el efecto deseado y salvó al buque, próximo á zozobrar, haciendo que se deslizara por alta mar con mayor seguridad.
Poco despues se encontraron en el golfo de Layas, en la costa de Siria, á la vista de una gran ciudad, y tan cerca de la playa, que se distinguian perfectamente los dos castillos situados á la entrada del puerto. Mas en cuanto el piloto conoció el sitio en que se encontraba, quedó aterrado, porque allí no se atrevia á echar las anclas, ni le era posible huir ni permanecer al pairo. Y en efecto, ¿cómo conseguirlo con un bajel que habia perdido los mástiles, las gavias, las vergas, y cuyo casco estaba medio destrozado por los redoblados y furiosos golpes de mar que habia sufrido? Desembarcar en aquella costa era lo mismo que suicidarse ó condenarse á un perpétuo cautiverio; porque todos cuantos habian saltado en ella por equivocacion ó conducidos por su adversa fortuna, habian perdido la vida ó la libertad. Tampoco era conveniente malgastar el tiempo en vacilaciones; porque se exponian á que los habitantes de aquel país saliesen con sus buques armados en corso á atacar una nave, no ya incapaz de resistirse, sino hasta de navegar.
Mientras el piloto luchaba en tan penosa indecision, aproximóse á él el duque Astolfo, y le preguntó la causa de ella, así como la de no haber entrado ya en el puerto. Contestóle el marino que toda aquella costa estaba habitaba por mugeres homicidas, cuya costumbre, observada durante largos años, era la de esclavizar ó dar la muerte á todo el que saltaba en tierra. Añadió que únicamente se libraba de tan triste suerte el que fuese capaz de vencer cuerpo á cuerpo á diez guerreros, y de satisfacer por la noche el apetito carnal de otras tantas doncellas: si el que salia bien de la primera prueba, no podia cumplir con la segunda, perecia irrevocablemente, y sus compañeros se veian obligados á cultivar los campos ó á custodiar ganados. El que consiguiera salir triunfante de una y otra prueba, lograba la libertad de sus compañeros; mas no así la suya, pues habia de tomar por esposas á diez mujeres, elegidas segun sus deseos.
Astolfo no pudo contener la risa al oir una costumbre tan rara. Acercáronse despues Sansoneto, Marfisa, Aquilante y su hermano, y el piloto les refirió del mismo modo la causa que le tenia apartado del puerto. «Prefiero mil veces, les dijo, sepultarme entre las olas, á gemir bajo el yugo de la esclavitud.»
Los marineros y demás navegantes fueron del parecer del piloto; pero Marfisa y sus compañeros opinaron de distinto modo, por creer que estarian más seguros en la tierra que en el mar; afirmando que les importaba menos verse rodeados de cien mil espadas, que exponerse á ser de nuevo juguete de las embravecidas olas; pues contra estas de nada les servian sus armas, al paso que, mientras pudieran manejarlas, su valor arrostraria impávido los peligros de aquel país ó de cualquier otro del mundo. Deseaban, pues, los guerreros saltar en tierra, y especialmente el Duque inglés, por estar persuadido de que apenas dejase oir los sonidos de su trompa, dispersaria á sus agresores. Una parte de los navegantes aprobaba este proyecto; le censuraba la otra, ocasionándose las disputas consiguientes á estadiferencia de opiniones, cuando por último, los primeros, que eran los más numerosos, obligaron al piloto á tomar tierra mal de su grado.
En cuanto vieron desde la ciudad á nuestros navegantes adelantarse en demanda del puerto, prepararon una galera provista de mucha chusma y de marineros expertos, la cual se dirigió al encuentro de la triste nave en que se agitaban tan opuestos pareceres; y amarrando á su elevada popa la proa de aquella, la sacaron fuera del impío mar. Entraron en el puerto á remolque, y á fuerza de remos más bien que á favor de las velas, porque el viento se las habia arrebatado durante la tempestad pasada. Entre tanto, los caballeros se vistieron su armadura, ciñeron su fiel espada y procuraron reanimar con sus palabras consoladoras el abatido espíritu del piloto y demás compañeros de viaje.
El puerto, que era semicircular, tenia más de cuatro millas de circunferencia; su entrada unos seiscientos pasos de anchura, y en cada uno de los extremos de la media luna que formaba se elevaban dos fortalezas. Estaba al abrigo de todos los vientos, excepto al Mediodia, y la ciudad se levantaba en anfiteatro por la pendiente de una colina.
No bien fondeó en dicho puerto aquella embarcacion, de cuyo arribo se tenia ya noticia por toda la comarca, cuando se presentaron en él seis mil mujeres en hábitos guerreros y empuñando sus arcos, al mismo tiempo que para impedir toda evasion, se cerraba la entrada del puerto con naves y cadenas, colocadas de una á una otra fortaleza, las cuales estaban constantemente preparadas para uso semejante. Una de aquellas mujeres, que por su edad podria compararse á la Sibila de Cumas[132]ó á la madre de Héctor[133], llamó al piloto, y le preguntó si querian dejarse quitar la vida, ó si preferian inclinar su cabeza bajo el yugo de la servidumbre, siguiendo la costumbre establecida. Forzoso les era, pues, elejir entre la esclavitud ó la muerte.
—Sin embargo, añadió, si hay entre vosotros algun hombre tan animoso y fuerte, que se atreva á combatir contra diez de los nuestros y consiga vencerlos, y esté dispuesto además á servir de esposo por la noche á diez doncellas, le reconoceremos por nuestro príncipe, y vosotros podreis marcharos enteramente libres ó permanecer aquí, segun vuestra voluntad; pero advirtiendoos, que el que quiera quedarse y ser libre, ha de desposarse con diez mujeres. Mas si el campeon que elijais para luchar con nuestros diez guerreros llega á ser vencido ó sale mal de la segunda prueba, vosotros quedareis esclavizados y él perecerá.
Donde la vieja esperaba hallar temor, encontró, por el contrario, animosos brios; pues cada uno de los caballeros se creia con fuerzas para salir airoso de una y otra prueba. Marfisa deseaba como los demás tomar parte en la empresa, pues si bien estaba persuadida de que no podria cumplir con la segunda condicion, esperaba suplir con su espada lo que la naturaleza no le permitia. Puestos, pues,de acuerdo nuestros caballeros, encargaron al patron que contestara, que entre ellos no faltaban guerreros capaces de arrostrar en la plaza y en el lecho los peligros de las condiciones impuestas.
Aproximóse el buque á tierra, le amarraron con sólidos cables, y echaron el puente, por el que desembarcaron los caballeros provistos de sus armas y llevando sus corceles del diestro. En seguida atravesaron la ciudad en medio de una multitud de doncellas de aspecto altanero, que se entretenian en cabalgar por las calles con los vestidos recogidos, y en manejar las armas por las plazas como guerreros. Por respeto á la antigua costumbre de que he hablado, tenian prohibido los hombres de aquel país calzar espuelas, ceñir espada, ni usar arma alguna, excepto los diez designados para sostener el combate. Todos los demás estaban dedicados á manejar la lanzadera, la rueca, el huso, la aguja y el peine, cubiertos con trajes mujeriles, que les llegaban hasta los piés y les daban un aspecto muelle y afeminado. Algunos arrastraban una cadena, como señal de su profesion de labriegos ó pastores. Los varones escaseaban tanto en tan singular comarca, que seguramente no podrian reunirse en todas sus ciudades y villas cien hombres por cada mil mujeres.
Los caballeros convinieron en que la suerte decidiera cuál de ellos habia de luchar con los diez campeones en la plaza y con las diez doncellas en diferente palenque por la salvacion comun, habiendo resuelto de antemano que no entrara en suerte Marfisa, persuadidos de que tropezaria con una dificultad insuperable en la prueba de la noche, para la que la hacia inhábil su sexo; pero la jóven guerrera no quiso consentir en ello, y precisamente fué la designada por la suerte. Marfisa les dijo entonces:
—Os ofrezco perecer en la demanda antes que por mí os veais sumidos en la esclavitud: por esta espada os juro (y mostró el acero que llevaba ceñido al costado), que sabré deshacer todos los obstáculos, del mismo modo que Alejandro deshizo el nudo gordiano. Estoy resuelta á lograr que en lo sucesivo, y hasta el fin de los siglos, ningun extranjero tenga que lamentarse de haber llegado á este país.
Así dijo, y no pudiendo sus compañeros oponerse á la decision de la suerte, entregaron su libertad y su salvacion en manos de la guerrera, que armada de piés á cabeza, se presentó en el terreno del combate.
En la parte más elevada de la poblacion existia una plaza circular, rodeada de asientos de piedra, y exclusivamente destinada á esta clase de combates, á los torneos, á las luchas y demás regocijos públicos, y cerrada por cuatro puertas de bronce. Una multitud considerable de mujeres armadas se colocó en aquellas graderías, despues de lo cual hicieron entrar á Marfisa. La jóven se presentó montada en un arrogante caballo tordo rodado, de cabeza pequeña y fogosa mirada, de paso seguro y soberbio, y de magnífica estampa. El rey Norandino lo habia elegido en Damasco como el más hermoso y gallardo de entre otros mil que tenia para su uso, y se lo habia regalado á Marfisa.
Entró esta en el palenque por la puerta del Sur, en el momento en que el Sol llegaba á la mitad de su carrera: pocos momentos despues resonaron por todos los ámbitos de la plaza los ecos agudos de los clarines, y vió que por la puerta del Norte penetraban en ella sus diez contrarios. El guerrero que venia al frente valia al parecer más que los otros nueve reunidos. Presentóse en el palenque cabalgando sobre un gran corcel, más negro que el cuervo de plumaje más oscuro, excepto la frente y la pata trasera izquierda, enlas que se veian algunas manchas blancas. El color de la armadura del caballo, tan negra como el caballero, parecia indicar que así como el blanco estaba en mucha menos proporcion que el oscuro, del mismo modo su sonrisa habia desaparecido bajo el tétrico llanto.
En cuanto se oyó la señal del combate, nueve de los guerreros bajaron simultáneamente sus lanzas; mas el caballero del negro color no quiso prevalerse de semejante ventaja sobre un solo adversario, y se hizo á un lado como si no tuviese intencion de pelear. Deseoso indudablemente de observar las leyes de la cortesía más que de obedecer las del país, permaneció inmóvil presenciando el resultado de tan desigual contienda.
El caballo de Marfisa, cuyo paso era suave y mesurado, arrancó entonces como un rayo contra los nueve combatientes; y la jóven enristró en medio de la carrera su lanza, la cual era tan pesada, que apenas habrian podido sostenerla cuatro hombres. Al salir de la embarcacion la habia elegido como la más sólida de entre otras muchas entenas. El aspecto de la guerrera fué en aquel momento tan terrible, que al contemplarla palidecieron mil semblantes y latieron violentamente mil corazones. Al primero que alcanzó le agujereó el pecho como si lo hubiera tenido desnudo, despues de atravesarle la coraza, la cota de malla y un grueso escudo chapeado de hierro, viéndose salir la lanza por la espalda más de un codo: tan grande fué la violencia del golpe. Sin detenerse á más, le dejó rodar por el suelo, y se lanzó á toda brida sobre los otros. Al segundo y al tercero les dió tan soberbio bote de lanza, que ambos exhalaron el último aliento, por haberles partido la columna vertebral, arrancando á uno de ellos de la silla: tan terrible fué aquel choque y tan amontonados venian sobre ella sus contrarios.Solamente las balas de cañon pueden abrir los escuadrones como Marfisa abrió el grupo que formaban los nueve combatientes. Varias lanzas se rompieron en la coraza de la jóven; pero permaneció ante sus golpes tan inmóvil como las paredes de un trinquete ante las pelotas lanzadas por los jugadores.
Su coraza, enrojecida por encanto en el fuego del Infierno y templada en el agua del Averno, era tan dura, que nada podian contra ella los más fuertes embates. Al llegar al estremo opuesto del palenque, detuvo Marfisa un momento su caballo, volvió riendas y lo lanzó nueva y rápidamente contra sus restantes adversarios, que aterrados, se apartaron de ella en desórden. No obstante, los persiguió, los acuchilló á su sabor y enrojeció con su sangre hasta la empuñadura de la espada: derribóle á uno la cabeza, un brazo á otro, y á un tercero le dió tan tremenda cuchillada, que fué rodando por el suelo el pecho con la cabeza y los brazos, mientras las piernas y el vientre quedaron á caballo. Quiero decir, que lo dividió por medio del cuerpo, hácia donde se reunen las costillas y las caderas, dejándole con la mitad no más de su figura, semejante á esos exvotos de plata ó de cera que las gentes de paises lejanos ó próximos suelen colgar ante las imágenes divinas, para manifestarles su agradecimiento y cumplir la promesa que hicieran si les salian bien sus piadosas demandas. Alcanzó despues en medio de la plaza á uno de los guerreros enemigos que iba huyendo, y le separó de tal modo la cabeza del tronco, que no hubo médico que pudiera volvérsela á unir. En fin, los nueve campeones, uno tras otro, rodaron á los piés de Marfisa, muertos los unos y tan mal heridos los otros, que perdieron todo su vigor, quedando segura la doncella de que no podian levantarse más del suelo para continuar la lucha.
Habia permanecido inmóvil hasta entonces en un extremo de la plaza el caballero que mandaba á los nueve combatientes vencidos, por considerar como una accion indigna é inícua acometer á uno solo con tanta ventaja. Pero en cuanto vió que aquel campeon habia dado tan rápida cuenta de sus compañeros, se adelantó para probar que la generosidad y no el temor le habia tenido alejado de la lucha. Hizo con la mano una seña de que deseaba pronunciar algunas palabras antes de trabar el combate, y no pudiendo presumir que bajo aquellas actitudes varoniles se ocultase una doncella, dijo á Marfisa:
—Caballero, debes estar cansado despues de haber vencido á tantos adversarios; y seria en mi descortesia, si pretendiera fatigarte más de lo que lo estás. Te concedo, pues, que descanses hasta el nuevo dia, y entonces volverás al palenque; pues no seria honroso para mí aceptar la lucha contigo, cuando tan trabajado y rendido debes estar, segun presumo.
—No es nuevo para mí el manejo de las armas, ni acostumbro á ceder tan pronto al cansancio, contestó Marfisa; y en prueba de ello, pronto conocerás, á pesar tuyo, la verdad de estas palabras. Agradezco, como se merece, tu cortés ofrecimiento, pero todavia no tengo necesidad de descansar; y además, es aun tan temprano, que seria vergonzoso entregarse al ocio durante las horas de dia que nos quedan.
El caballero respondió:
—¡Ojalá pudiera satisfacer tan completamente los deseos que oprimen mi corazon, como quedarán los tuyos satisfechos! pero guarda, no sea que el dia de hoy te parezca más corto de lo que crees.
Así diciendo, hizo que les trajeran dos gruesas lanzas, ó más bien, dos pesadas entenas; se las presentó á Marfisa para que escogiese una, y tomó despues la que ella habia dejado. Preparáronse ambos, esperando solo la señal del ataque para acometerse. La tierra, el mar y el aire resonaron con el estrépito de sus armas, apenas se oyó el primer toque de los clarines. Los espectadores, con la mirada fija, inmóviles los labios y la respiracion contenida, estaban tan atentos contemplando cuál de los dos campeones su llevaria la palma de la victoria, que no se oia el menor rumor en la plaza.
Marfisa enristró la lanza, procurando arrancar de la silla al primer bote á su contrario, de modo que no pudiera levantarse más; el caballero negro, por su parte, tendia lo mismo que la jóven á derribarla sin vida. Las lanzas volaron hechas astillas, cual si no fueran de gruesa y dura encina y sí de sauce seco y delgado; el choque fué tan violento para los corceles, que doblaron á un mismo tiempo los corvejones, como si el filo de una hoz les hubiera cortado todos los nervios, y ambos cayeron simultáneamente, pero los ginetes salieron rápidamente de entre los arzones. En el trascurso de su vida aventurera, Marfisa habia derribado á mil caballeros al primer encuentro, sin haberse visto nunca lanzada de la silla; pero esta vez lo fué, como habeis oido, y al considerar su caida, se quedó, no atemorizada, sino á punto de volverse loca de furor. En cuanto al caballero negro, no se sorprendió menos de su propia caida, pues no solia saltar de la silla tan fácilmente.
No bien tocaron la tierra con sus cuerpos, cuando se les vió nuevamente en pié, dispuestos á renovar la lucha. Empezaron á descargarse con el mayor furor tajos y reveses que paraban con el escudo, con sus mismos aceros, ó esquivaban dando saltos. Los golpes que se dirigian, orase dieran en vago, ora sobre seguro, resonaban en el aire y su eco atronaba el espacio. Sus yelmos, sus corazas, sus escudos dieron á conocer que eran más fuertes que un yunque: si el brazo de la doncella era pesado, no podia calificarse de leve el del caballero; tan igual era su destreza, que cada cual recibia el mismo número de golpes que descargaba sobre su adversario. Quien deseara hallar dos corazones igualmente audaces, fieros y valientes, no debia buscarlos en otra parte, ni pedir tampoco más destreza ni mayor bizarría, pues ambos tenian cuanta es posible reunir en una persona.
Las mujeres, que presenciaban hacia largo tiempo aquel contínuo martilleo de los aceros, sin observar en los dos campeones el menor indicio de debilidad ni de cansancio, los proclamaban ya como los dos mejores guerreros de cuantos hubiera en todo el ámbito que circundan los mares, y suponian que si en sus cuerpos no hubiese más que vigor y fortaleza, tan continuado trabajo deberia ya haberlos hecho perecer. Marfisa decia entre sí:—«Ha sido una dicha para mí que este caballero permaneciera inmóvil durante el combate que he sostenido con sus compañeros, pues de otra suerte, habria corrido peligro mi vida; porque ¿cómo me hubiera podido defender entonces, si ahora apenas puedo hacer frente sus ataques?»—Así decia Marfisa, pero mientras tanto no estaba su espada ociosa.—«Suerte he tenido, decia el guerrero negro, en no haber dejado descansar á mi adversario; pues á pesar de lo fatigado que debe haberle dejado su combate anterior, apenas puedo defenderme de sus golpes. Si hubiéramos esperado hasta el nuevo dia para que recobrara su vigor, ¿qué seria de mí? Puedo considerarme como el más feliz de los hombres con que haya rehusado mi oferta.»
Prolongóse la pelea hasta la noche, sin que se conociese la menor ventaja por una ú otra parte: imposibilitados por la falta de luz de poder parar los golpes que mútuamente se dirigian, suspendió la lucha el cortés caballero, diciendo á la guerrera:
—Puesto que las tinieblas importunas han venido á sorprendernos y los dos conservamos todas nuestras ventajas, me parece mejor que prolongues tu vida, por lo menos hasta que despunte la nueva aurora. No me es dable concederte que añadas á tus dias más que el corto espacio de una noche. Sin embargo, te ruego que no hagas recaer sobre mi la culpa de que tu existencia sea tan limitada: échasela más bien á la inhumana ley del sexo femenino, que domina en estas comarcas. Bien sabe Aquel que lo vé todo cuánto me duele tu suerte y la de tus compañeros. En prueba de ello, acepta la hospitalidad que á todos os ofrezco en mi morada; en la inteligencia de que en ninguna otra podreis estar con tanta seguridad, porque la turba mujeril, á cuyos maridos has dado muerte en este mismo sitio, conspira ya contra tí. Cada uno de los que has inmolado estaba casado con diez mujeres: puedes por lo mismo considerar que noventa viudas desean vengar el daño que de tí han recibido. Así es que, si te niegas á aceptar mi ofrecimiento, esta noche te espera una muerte terrible.
Marfisa contestó:
—Acepto de buen grado tu hospitalidad, por abrigar el convencimiento de que tu lealtad y nobleza de corazon serán tan perfectas como tu bizarría y denuedo: mas no deplores el tener que darme la muerte; antes al contrario, tiembla por tí mismo. No creo haberte dado motivo para suponer que soy un adversario indigno de tí; y tanto es así, que dejo enteramente á tu arbitrio la continuacion ó la suspension de la lucha, lo mismo que el proseguirla de dia ó de noche, y cómo, cuándo y dónde quieras.
Por último, resolvieron suspender la pelea hasta el momento en que saliera del Ganges el nuevo albor matutino, quedando indeciso cuál de los dos guerreros era mejor. El generoso caballero se dirigió á Aquilante, á Grifon y á sus demás compañeros para rogarles que se dignasen admitir la hospitalidad que les ofrecia durante la noche. Aceptáronla sin desconfianza alguna, y desde el palenque pasaron todos alumbrados por el resplandor de blancas antorchas, al palacio del guerrero, en el que encontraron una multitud de estancias ricamente alhajadas. Estupefactos quedaron los dos combatientes al mirarse mútuamente en cuanto se quitaron los yelmos: Marfisa se sorprendió al encontrarse con un jóven que no parecia tener más de diez y ocho años, juzgando imposible tanto valor en edad tan temprana; el otro no quedó menos sorprendido al conocer por la rubia cabellera de la jóven el sexo de su adversario. Preguntáronse mútuamente sus nombres, cuyas preguntas satisfacieron ambos; pero en el canto siguiente os diré, si venis á escucharme, el del caballero.
Guido y los demás guerreros se evaden de aquella triste region, despues que Astolfo ha puesto en fuga á todos sus habitantes valiéndose de su trompa.—Astolfo incendia despues todo el país, y se aleja enteramente solo, dando la vuelta al mundo.—Marfisa derriba en Francia á Zerbino, obligándole á encargarse de Gabrina.—El príncipe escocés sabe por Gabrina lo acaecido á Isabel.
Las mujeres de la antigüedad han hecho cosas admirables, así en las armas como en las letras, y sus obras bellas y gloriosas han esparcido una radiante luz por el mundo. Harpalice[134]y Camila[135]son famosas por su valor y su pericia militar; Safo[136]y Corina[137]se ilustraron por su talento y su genio, y sus nombres no desaparecerán en la noche de los tiempos. Las mujeres han llegado á la perfeccion en cualquier arte á que se han dedicado con asiduidad, como puede atestiguarlo todo el que tenga las más ligeras nociones de Historia. Si el mundo ha permanecido algun tiempo sin ver brillar la fama de alguna mujer no ha de durar siempre el mal influjo; ó más bien, preciso seráacusar de esta falta á la envidia ó á la ignorancia de los escritores.
Estoy firmemente persuadido de que las mujeres de nuestro siglo se distinguen igualmente con méritos brillantísimos, y no tan solo dignos de que el papel y la pluma perpetúen su memoria, sino tambien de que su fama resuene en los futuros siglos para que la maledicencia de muchas lenguas viperinas quede eternamente sepultada entre su infamia, y aparezcan los triunfos de aquellas tan esplendentes que nada tengan que envidiar á los de Marfisa.
Volviendo, pues, á esta guerrera, diré que ofreció al cortés caballero darle noticias de su vida, luego que él por su parte le manifestara su condicion. Deseaba, sin embargo, con tanta impaciencia conocer el nombre del jóven guerrero, que pronunció primeramente el suyo para darle ejemplo, diciéndole:—«Yo soy Marfisa.» Y bastó aquel nombre, famoso y conocido en todo el mundo para saber lo demás.
El caballero negro tuvo necesidad de mayor proemio para dar cuenta de su vida, y expresóse en estos términos:
—Creo que cada uno de vosotros tendrá presente el nombre de mi estirpe; pues no solo Francia, España y las naciones vecinas, sino tambien la India, la Etiopía y el helado Ponto conocen el esclarecido nombre de Claramonte, de cuyo linaje salió el caballero que mató á Almonte, y el que inmoló á Clariel y al rey Mambrino, destruyendo su reino. De esta sangre, pues, nací yo en la region donde el Ister[138]se arroja por ocho ó diez bocas en el Ponto Euxino[139], á la cual habia llegado poco antes el duque Amon y enamorándose de mi madre. Por ahora hace un año que la dejédesconsolada para ir á Francia á reunirme con mi familia; pero no me fué posible terminar el viaje, por haberme arrojado á esta costa una furiosa tempestad, y hace diez meses que estoy detenido en ella, contando los dias y las horas que pasan. Me llamo Guido el Salvaje, y hasta ahora he llevado á cabo pocas hazañas, por lo cual es desconocido mi nombre: aquí dí muerte á Argilon de Melibea con los diez guerreros que le acompañaban: salí despues vencedor de la segunda prueba, y hoy soy esposo de diez mujeres elegidas á mi gusto, por lo cual podreis considerar que mi eleccion recayó en las más bellas y más donosas de esta comarca. Mi dominio alcanza á todas las demás por habérseme confiado el gobierno y el cetro de este estado, como lo confiarán á cualquier otro á quien sonría la fortuna, permitiéndole que venza á diez campeones.
Los caballeros preguntaron á Guido la causa de que hubiese tan pocos varones en aquel territorio, y si estaban sujetos á sus mujeres así como estas lo están á sus maridos en todos los paises del mundo. Guido les respondió:
—Desde que permanezco en este país he tenido ocasion de oir muchas veces el motivo de semejante particularidad, y puesto que deseais saberlo, os lo referiré tal y como ha llegado á mi noticia.
«Cuando los Griegos regresaron de Troya, despues de veinte años de ausencia, por haber durado diez el asedio de aquella ciudad y permanecido otros diez á merced de las olas, detenidos en el mar por vientos contrarios, se encontraron con que sus mujeres, no pudiendo soportar los tormentos de la ausencia y para preservarse en sus lechos del frio de las noches, habian elegido amantes jóvenes que mitigaran su pena. Los Griegos hallaron en sus moradas una multitud de hijos agenos; mas, convencidos de que era imposible observar tan prolongada abstinencia, perdonaron de comun acuerdo á sus mujeres, si bien decidieron arrojar de sus moradas á los hijos adulterinos, negándose á que continuaran viviendo á sus expensas. En su consecuencia, cumplióse con ellos lo acordado, si bien las madres procuraron ocultar y seguir manteniendo á un gran número de sus hijos. Los que habian llegado á la edad de la pubertad se ausentaron, por grupos, pasando á diferentes paises: otros abrazaron la carrera de las armas; muchos cultivaron las ciencias y las artes; bastantes la tierra; algunos buscaron su fortuna en la corte, y varios, por último, se dedicaron á guardar ganados.
»Entre los que se ausentaron, iba un jovencillo de unos diez y ocho años, hijo de la cruel Clitemnestra[140], fresco y lozano cual un lirio ó como la rosa recien arrancada de su tallo. Unido á otros cien jóvenes de su misma edad, los más esforzados de toda la Grecia, armó un bajel y dedicóse á piratear por los mares y las costas. En aquel tiempo, los cretenses habian arrojado del reino al cruel Idomeneo[141], y para afianzar su nuevo gobierno, reunian armas y levantaban tropas para defenderse. Aprovechando aquella oportunidad, admitieron á su servicio á Falanto (que así se llamaba el jóven), y le confiaron á él y á sus demás compañeros la custodia de la ciudad de Dictima. Era esta la más rica ymás agradable de las cien placenteras ciudades de la Creta, tanto por la hermosura, y voluptuosidad de sus mujeres, cuanto por sus incesantes juegos y fiestas; y siguiendo sus habitantes su proverbial costumbre de agasajar en extremo á los forasteros, acogieron tan cordialmente á aquellos jóvenes, que no faltó más sino que los hicieran dueños de sus mismos hogares.
»Los compañeros que Falanto habia elegido eran todos jóvenes, como he dicho, y gallardos; así es que desde el primer momento se apoderaron de los corazones de las bellas cretenses; y como además de su gallardía, eran sumamente afables, enamorados y vigorosos, se hicieron en pocos dias tan bien vistos á los ojos de las mujeres de aquel país, que no tardaron estas en preferirlos á todas las cosas del mundo. Una vez terminada la guerra que habia motivado el llamamiento de Falanto y sus compañeros á Creta, y suspendido el sueldo que por tal concepto recibían, pensaron en abandonar un país que ya no les proporcionaba los medios necesarios para vivir; pero las jóvenes cretenses, al saberlo, dieron mayores muestras de sentimiento, y derramaron más lágrimas que si hubieran visto perecer á sus padres. Todas ellas suplicaron encarecidamente á sus jóvenes amantes que no se apartasen de su lado; mas perdiendo la esperanza de lograrlo, resolvieron seguirlos, y abandonaron por ellos á sus padres, hermanos é hijos, no sin llevarse las joyas, el dinero y los objetos de más valor que existian en su hogar doméstico; pues tan sigilosamente llevaron á cabo su fuga, que no hubo uno solo que la descubriese. Fué tan propicio el viento y tan á propósito la hora que Falanto eligió para la partida, que ya se encontraban á muchas millas del puerto cuando los cretenses echaron de ver su daño. La suerte proporcionó despues á la comitiva de Falantoesta costa, desierta entonces, en la que se establecieron, disfrutando tranquilamente del fruto de su robo.
»Durante diez dias fué para ellos esta playa una mansion llena de delicias; pero como suele suceder que muchas veces la abundancia produce el hastío en el corazon de los jóvenes, convinieron unánimemente Falanto y sus compañeros en abandonar á sus mujeres y librarse de este modo de ellas; porque no hay carga tan pesada como la mujer cuando llega á sernos importuna. Tan ganosos de botin y de rapiñas como parcos en sus gastos, vieron que para mantener tantas concubinas necesitaban algo más que lanzas y ballestas; por lo cual, abandonando aquí á aquellas desdichadas, se marcharon cargados con sus tesoros hácia las costas de la Pulla, donde be oido decir que edificaron la ciudad de Tarento[142].
»Las cretenses, viéndose vendidas por sus amantes, en quienes tenian depositada toda su confianza, permanecieron por algunos dias tan poseidas de estupor que parecian inmóviles estátuas colocadas en la orilla del mar. Convencidas despues de que sus lágrimas y sus lamentos de nada podian servirles, empezaron á pensar y á buscar un medio para sustraerse á tamaña desgracia: cada una de ellas proponia su parecer, y mientras unas opinaban que debian regresar á Creta y someterse al arbitrio de sus severos padres y ofendidos esposos, antes que perecer de hambre y de miseria en estas playas desiertas y en estos bosques salvajes, otras sostenian que era preferible morir sepultadas en el mar, á adoptar tan cruel partido, y que consideraban menos malo vagar errantes cual meretrices, mendigas ó esclavas, que ir por sí mismas á buscar el castigo, de que las habian hecho merecedoras sus culpables acciones. Tales ó parecidos eran los dictámenes á cual más duro y penoso de aquellas infelices, cuando se levantó Orontea, cuyo orígen se remontaba al rey Minos, y era la más jóven, bella y prudente de todas sus compañeras, y tambien la que menos faltas habia cometido. Perdidamente enamorada de Falanto, le habia sacrificado su virginidad, y abandonado por él el hogar paterno. Dejando ver en su rostro y en sus palabras la ira de que estaba inflamado su corazon magnánimo, rebatió los encontrados pareceres de sus amigas, y esplanó el suyo, que hizo prevalecer.
»No creyó conveniente abandonar un país ostensiblemente fértil, de cielo puro y clima sano; una comarca por la que circulaban límpidos arroyuelos, donde existian selvas umbrosas y extensas llanuras; una costa en la que habia puertos y bahías, que por su desgracia se verian precisados á frecuentar los navegantes extranjeros, dedicados á transportar los diferentes productos de África y de Egipto. Su parecer fué, pues, el de establecerse aquí y tomar cruel venganza del sexo viril que tan pérfidamente las habia ofendido; y propuso que todo bajel, obligado por los vientos á refugiarse en alguno de los puertos de estas playas, fuese saqueado, incendiado y degollados los tripulantes por todas ellas, sin que se perdonase la vida á uno solo.
»Tal fué la opinion de Orontea, y tal la que prevaleció: hízose la ley en estos términos, y se puso inmediatamente en práctica.
»En cuanto el estado de la atmósfera presagiaba una tempestad, corrian á la playa las mujeres armadas y guiadas por la implacable Orontea, que propuso aquella ley, y á quien ellas eligieron por su reina; apresaban las embarcaciones arrojadas por la tempestad sobre estas costas, las entregaban á las llamas, y no dejaban con vida un solo hombre que pudiese llevar á cualquiera parte la noticia de sus estragos. Transcurrieron de este modo algunos años, viviendo siempre solas, y sin mitigar su odio hácia el otro sexo. Pero al fin conocieron que labrarian su propio daño, si no mudaban de conducta; porque careciendo de posteridad, en breve se verian imposibilitadas de cumplir con su ley, la cual terminaria juntamente con su infecundo reino, cuando su propósito era el de que rigiese eternamente. Dulcificando, pues, algun tanto su rigor, eligieron por espacio de cuatro años los diez mejores y más gallardos caballeros de cuantos arribaron á estas playas, prefiriendo los más á propósito para sostener el amoroso combate que buscaban aquellas cien mujeres. Eran, en efecto ciento, por lo cual á cada decena correspondia un marido.
»Sin embargo, antes que consiguieran encontrar hombres bastante fuertes para resistir tal prueba, tuvieron que degollar á muchos. Al fin hallaron los diez que necesitaban á quienes hicieron partícipes de su lecho y del gobierno del país, obligándoles á jurar de antemano que siempre que llegaran á estas playas otros hombres, habrian de apoderarse de ellos y pasarlos á cuchillo sin conmiseracion alguna. Pronto tuvieron hijos, y empezaron á temer que llegara un dia en que el número de los varones fuera tan considerable, que no pudieran sujetarles y cayera al fin en manos de los hombres la direccion de sus asuntos, de que tan orgullosas se mostraban: decidieron, pues, antes de que sus hijos saliesen de la infancia, tomar una determinacion que las pusiera á cubierto de sus futuras rebeldías. Con el propósito de que el sexo masculino no llegara á subyugarlas, instituyeron una horrible ley, que previene que toda madre solo pueda conservar un hijo varon, debiendo ahogar á los demás, cambiarlos fuera del reino por hembras ó venderlos. Por esta causa los envian á diferentes paises, y á los que se los llevan, les encargan que traigan mujeres si consiguen hallarlas á cambio de los hijos, y si no, que por lo menos no regresen con las manos vacías. Ninguno se libraria de la muerte si pudieran pasar sin su auxilio, y mantener por sí solas su descendencia. Esta es la única piedad, la sola clemencia que por tan inícua ley conceden á los suyos con preferencia á los extraños, á quienes siguen condenando con igual crueldad que antes, si bien dicha ley fué reformada, disponiendo que no fuesen las mujeres reunidas en confuso tropel quienes degollasen á los navegantes, como antes lo efectuaban. Cuando cogian á diez, veinte ó más hombres de una vez, los encarcelaban y cada dia se sacrificaba uno de ellos elegido por la suerte en el horrendo templo que Orontea habia erigido y consagrado á la Venganza. Uno de los diez varones, designado tambien por la suerte, se encargaba de sepultar el cuchillo homicida en las entrañas de la víctima.
»Muchos años despues vino á parar á estas playas homicidas un jovencillo, de la estirpe del heróico Alcides, dotado de gran valor y llamado Elbano. Como no abrigaba desconfianza alguna al desembarcar, se apoderaron las mujeres de él con la mayor facilidad, y le pusieron en un calabozo estrecho vigilado por una fuerte guardia, destinándole con otros varios al cruento sacrificio. Aquel jovencillo era de rostro bello y placentero; tenia un aspecto tan seductory una voz tan dulce y persuasiva, que un áspid se hubiera detenido á escucharle. No tardaron en hablar de él, como de la cosa más rara del mundo, á Alejandra, hija de Orontea: esta vivia todavia, aunque cargada de años: todas sus antiguas compañeras habian muerto; pero las habian sustituido otras, educadas más varonilmente que sus madres, y habíase aumentado de tal manera su número, que ya no contaban siquiera con una lima por cada diez fraguas[143], pues los diez caballeros continuaban dando á los extranjeros un recibimiento muy cruel. Alejandra, deseosa de ver al jovencillo que tanto le ponderaron, pidió permiso á su madre para satisfacer este deseo, y vió y oyó á Elbano; pero cuando quiso separarse de él, sintió que su corazon se quedaba con el cautivo, y tan ligado á él que, sin saber cómo, se encontró presa en su mismo calabozo. Elbano le dijo:
—»Hermosa doncella: si en este país no fuese completamente desconocida la compasion que reina en todos cuantos el benigno Sol alumbra con sus rayos, me atreveria á suplicaros, en nombre de vuestra singular belleza que se apodera fácilmente de las almas, que me hiciéseis merced de la vida para consagrarla en adelante á vuestro esclusivo servicio. Pero como aquí no existe la menor nocion de humanidad, contra toda razon y conveniencia, me abstendré de pedir un favor semejante; pues harto sé que mis ruegos serian inútiles: lo que sí deseo es encontrar la muerte con las armas en la mano, cual cumple á un caballero, y no como un criminal condenado por la justicia ó como la víctima irracional en un sacrificio.»
»La gentil Alejandra, cuyos ojos estaban húmedos porlas lágrimas que le causaba su compasion hacia el jóven, le respondió:
—«Aun cuando este país es el más perverso y cruel de cuantos han existido, no concedo que sus mujeres sean otras tantas Medeas, como quieres suponer; y aun admitiendo que lo fuesen, yo soy una excepcion de esa regla. Si hasta aquí han sido mis costumbres tan bárbaras y crueles como las de todas mis compañeras, es porque nunca habia encontrado un mortal que inclinase mi corazon á la piedad. Hoy, sin embargo, tendria la ferocidad de una tigre y el corazon más duro que el diamante, si no hubiesen ablandado su dureza tu hermosura, tu gentileza y tu valor. ¡Ojalá no fuese tan irrevocable la ley instituida en esta nación contra los extranjeros! Pronto me verias rescatar tu vida, aun á costa de mi propia existencia. Pero no tengo la inmensa suerte de poder ayudarte en lo más mínimo, y creo muy difícil obtener el favor que me pides, á pesar de ser insignificante. Sin embargo, haré cuanto esté de mi parte para conseguirlo, y para proporcionarte antes de morir esa satisfaccion; aunque mucho me temo que, prolongando tu existencia, prolongues tambien tus tormentos.»
»Elbano replicó:
—«Aun cuando me fuese preciso combatir contra diez caballeros armados, es tal el vigor que en mí siento, que tengo esperanza de salvar mi vida, despues de haberlos exterminado á todos.»
»Alejandra exhaló un profundo suspiro por toda contestacion, y se separó del jóven, llevándose al partir clavadas en el corazon mil saetas, de cuyas heridas no podia curarse. Acudió á su madre, y le suplicó que no dejara morir á aquel caballero si llegaba á mostrarse tan valeroso y fuerte que hiciera perecer á diez adversarios. La reina Oronteareunió al instante su consejo, y pronunció estas palabras:
—«Nos es de conveniencia suma confiar la custodia de nuestros puertos y costas al mejor de los caballeros que caigan en nuestras manos; mas para saber á quien deberemos admitir y á quien desechar, es necesario que le sometamos á una prueba, á fin de no consentir, con perjuicio nuestro, que reine el vil, y perezca el valiente. Os propongo, pues, y deseo que vuestro parecer sea el mio, que en lo sucesivo todo caballero á quien la suerte arroje sobre nuestras playas, antes de ser inmolado en el templo, y si le acomoda el pacto, pueda combatir con diez guerreros: dado caso de que logre vencerlos á todos, le confiaremos entonces el cuidado del puerto y le concederemos que salve á sus compañeros. Me expreso de este modo, porque tenemos ahora un prisionero, que, segun parece, pretende vencer á diez campeones, y en caso de valer él solo por todos los otros juntos, es dignísimo, por Dios, de que se le atienda; de lo contrario, si le ciega un desmesurado orgullo, recibirá el castigo merecido.»
»Orontea dió aquí fin á su discurso, y entonces una de las más ancianas tomó la palabra para contestarle, diciendo:
—«La razon principal que nos indujo á admitir á los hombres en nuestro consorcio, no consistió en que tuviésemos necesidad de su ayuda para defender este reino, puesto que nuestra inteligencia y nuestro valor eran más que suficientes para ello. ¡Ojalá nos bastáramos así nosotras mismas para impedir que se extinguiese nuestra descendencia! Pero ya que esto no nos era posible sin su auxilio, consentimos en recibir algunos hombres, si bien en corto número, con el fin de que nunca pudiera haber más de uno para diez mujeres, y les fuera imposible subyugarnos: por lo tanto, nuestro objeto fué no más que el de tener hijos; nunca el debuscar quien nos defendiera: para lo primero necesitamos sus brios; en cuanto á lo segundo, más vale que sean inútiles ó perezosos. Por consiguiente, la idea de admitir entre nosotras á un hombre tan fuerte cual suponen, es enteramente contraria á nuestro principal propósito; porque si uno solo es capaz de dar muerte á diez hombres, ¿á cuántas mujeres no dominará? Si los diez hombres que hoy existen aquí fueran tan esforzados, desde el primer dia se habrian apoderado del reino. El designio de facilitar armas á los que pueden más que nosotras, no es por cierto el mejor camino para dominarlos. Debes considerar, además, que si la Fortuna acude en auxilio de tu recomendado hasta el extremo de que consiga dar muerte á los diez, te ensordecerán los lamentos de cien mujeres que quedarán viudas por tan fútil pretexto. En resúmen, si ese jóven desea hacer gala de su valor, debe proponer otros medios más aceptables; pero de ningun modo convertirse en homicida de diez hombres: y en último caso, podria perdonársele, si fuera á propósito para hacer con cien mujeres lo que hoy hacen otros con diez.»
»Tal fué el parecer de la cruel Artemia (que así se llamaba la anciana); y si Elbano se libró de verse hecho pedazos ante el altar de la inexorable diosa, no fué por cierto porque Artemia no se esforzara en conseguirlo: mas la madre Orontea, que deseaba complacer á su hija, adujo tantas y tales razones en pró de su opinion, y empleó tanta elocuencia, que la asamblea aprobó por último su plan. La belleza de Elbano, superior á la de cuantos caballeros existian entonces, ejerció tal influjo en el corazon de las jóvenes, más numerosas que las ancianas en aquel consejo, que prevaleció su parecer sobre el de estas; las cuales pedian, como Artemia, la inmediata ejecucion de la ley antigua; y poco faltó para que dicha ley dejara de aplicarse aquella única vez por favorecer á Elbano. Resolvieron, por último, perdonarle; pero despues que triunfara de diez campeones, y pudiese sostener diferente combate, no ya con cien mujeres, sino con otras diez.
»Sacáronle de la cárcel al dia siguiente; le dieron armas y caballo á su eleccion, y luchó solo contra diez guerreros, que cayeron uno tras otro bajo sus golpes. Al hacerse de noche, fué sometido á prueba con diez doncellas, teniendo tan buen éxito en su segunda empresa que las dejó á todas enteramente satisfechas. Estas brillantes victorias le hicieron merecedor de la gracia de Orontea, la cual le admitió por yerno, y le entregó á Alejandra, y las otras nueve jóvenes con quienes habia llevado á cabo su prueba nocturna. Orontea le eligió despues por sucesor suyo, juntamente con Alejandra, á quien esta tierra debe su nombre, bajo la condicion de que haria observar por él y por sus herederos la ley que rige desde entonces, y la cual previene que todo extranjero á quien su desventurada estrella haga poner el pié en estas costas, escoja, entre ofrecerse á la muerte ó combatir solo contra diez guerreros, y si de dia logra salir vencedor de estos, debe probar su esfuerzo durante la noche con igual número de doncellas: en el caso de que la Fortuna sea con él tan complaciente que le permita triunfar de esta nueva prueba, ha de ser nombrado príncipe y guia del ejército femenino, pudiendo renovar á su capricho los diez mantenedores de tal costumbre, continuando de este modo hasta que llegue otro que sea más fuerte y logre arrancarle la vida.
»Unos dos mil años hace que existe tan impía costumbre, y trascurren pocos dias sin que algun infeliz peregrino sea sacrificado en el templo. Si hay algunos que, como Elbano,y como ahora mismo sucede, admitan la lucha con los diez guerreros, pierden generalmente la vida en el primer combate, y de cada mil, apenas sale uno con felicidad del segundo. Algunos, sin embargo, han salido vencedores de uno y otro; pero en tan corto número que pueden contarse con los dedos. Argilon fué uno de ellos, pero no disfrutó largo tiempo de su victoria; porque habiéndome arrojado una tempestad á este país, le sepulté en el sueño eterno. ¡Ah! ¡por qué no perecí aquel mismo dia con él, en lugar de verme obligado á vivir esclavo y sumido en tanta afrenta! Los placeres del amor, las risas, los juegos, tan gratos á mi edad, los trajes, las joyas, las preeminencias sobre sus conciudadanos, no son nada para el hombre privado de su libertad: y sobre todo, la idea de no poder ausentarme jamás de estos sitios es para mí la esclavitud más penosa é intolerable. Al ver cómo se va ajando la flor de mi juventud en medio de la ociosidad y la molicie y dedicado á tan vil tarea, mi corazon vive en perpétua angustia, y esta incesante pena extingue en mi alma todos los goces. La fama de mi estirpe extiende sus alas por el mundo entero, remontándose hasta el cielo; y mientras tanto, yo, que podria participar de ella, si lograra reunirme con mis hermanos, me hallo en situacion tan miserable. No parece sino que el destino haya querido burlarse de mí, reservándome para una profesion tan vergonzosa, y reduciéndome á la condicion de un caballo ciego, cojo ó con otro defecto, á quien arrojan de la parada por ser ya inútil para la guerra ó para más provechoso destino. ¡Ah! pues que solo muriendo conseguiré verme libre de tan abyecta servidumbre, venga la muerte cuanto antes á poner término á mi desesperacion.»
Al llegar aquí, Guido dió fin á sus palabras, maldiciendo el dia en que su triunfo sobre diez guerreros y diez doncellas le proporcionó el cetro de aquel reino. Astolfo estuvo escuchándole atentamente, aunque algo apartado de Guido para examinarle con toda detencion; y despues que hubo adquirido la certeza de que aquel jóven era hijo del duque Amon, su pariente, le dijo:
—Yo soy tu primo Astolfo, príncipe de Inglaterra.
Estrechóle en seguida contra su corazon, y le besó con gran cariño y deferencia, no sin derramar alguna lágrima.
—Mi querido pariente, añadió, no necesitaba en verdad tu madre colgar de tu cuello señal alguna para dar á conocer que tu raza es la nuestra; pues el valor que demuestras con tu acero es la mejor prueba de tu orígen.
Guido, que en cualquier otra ocasion habria tenido el más vivo placer al encontrar un pariente tan cercano, le acogió entonces con rostro macilento, porque su vista le causaba un verdadero pesar. Y no era extraño: si él vivia, sabia que Astolfo quedaria esclavo, desde el dia siguiente sin ir más léjos; si Astolfo recobraba su libertad, era prueba de que él perderia la vida, por lo cual el bien del uno redundaba en daño del otro. Pesábale tambien que de su victoria resultase un cautiverio eterno para los demás caballeros, así como el considerar que con su muerte no lograria evitar el mismo cautiverio; porque si con ella conseguia sacarles del primer aprieto, tropezarian en el segundo, ya que Marfisa, estaba imposibilitada de salir victoriosa en su combate con las doncellas; resultando de aquí que ella pereceria indudablemente, y ellos ceñirian la cadena del esclavo.
Marfisa y sus compañeros sentian á su vez la mayor compasion y el más tierno afecto hácia Guido, tan jóven, tan cortés y tan generoso, y casi se desdeñaban de salvarse á costa de su muerte, en especial la primera, que estaba decidida á morir con él, en el caso de que no les fuera posible adoptar otra resolucion. Así, pues, dirigiéndose á Guido, le dijo:
—Ven con nosotros, y salgamos de aquí á viva fuerza.
—¡Ah! repuso Guido: tanto si me vences como si quedas vencida, debes perder toda esperanza de escaparte.
Marfisa añadió:
—Jamás ha dudado mi corazon de poner fin á cosa alguna que haya empezado, ni de hallar camino más seguro que el que yo misma me he abierto con mi espada. Habiendo conocido hoy tu gran valor, me siento capaz, teniéndote á mi lado, de acometer la empresa más arriesgada. Cuando la turba mujeril se halle mañana colocada en las gradas del palenque, deberemos acometerla por todas partes y degollarla, ora emprenda la fuga, ora se defienda, dejando sus cuerpos expuestos á la voracidad de los lobos y buitres de este país, y entregando la ciudad á las llamas.
Guido replicó:
—Dispuesto estoy á seguirte, y á morir á tu lado, si es preciso; pero no esperemos salir con vida de tamaña empresa, aunque á lo menos moriremos vengados. El palenque está generalmente ocupado por diez mil mujeres, y otras tantas se quedan custodiando el puerto, las murallas y las fortalezas, por lo cual no veo el medio de escapar de entre sus manos.
—Aunque su número fuese mayor, repuso Marfisa, que el de los soldados que acompañaron á Jerjes[144], y que el de los espíritus rebeldes arrojados en otro tiempo del cielo para su eterno baldon, pronta estoy á exterminarlas como tú vengas conmigo, ó por lo menos no te unas á ellas.
—Solo un medio existe, añadió Guido, del que podamos echar mano para salvarnos; y este medio, que se me ha ocurrido ahora, es el siguiente: Como solo las mujeres tienen el derecho de aproximarse á las naves ó salir del puerto, pienso recurrir á la fidelidad de una de mis esposas, cuyo amor he puesto muchas veces á prueba y en ocasiones más apuradas que la presente. Desea tanto como yo salir de este país horroroso, con tal de venir conmigo, esperando de este modo librarse de sus nueve rivales, y que ella sola poseerá mi cariño. A favor de la noche le será fácil armar una fusta ó una saetía que vuestros marineros encontrarán lista para navegar. Reunidos luego en un grupo compacto todos cuantos caballeros, mercaderes y marineros se albergan en este palacio, y guiados por mí, nos dirigiremos al puerto, arrollando, si hay necesidad, cuantos obstáculos se opongan á nuestra marcha; y de esta suerte confio en sacaros de la cruel ciudad, merced al esfuerzo de todos.
—Obra como te parezca, respondió Marfisa: en cuanto á mí, estoy segura de salir de aquí. Me es más fácil degollar por mi mano á cuantas mujeres se guarecen tras estas murallas, que huir ó dar el menor indicio de temor; quiero, por lo tanto, salir en pleno dia, y valerme para ello del solo esfuerzo de mi brazo: cualquier otro medio me parece vergonzoso. Sé muy bien que, si conocieran mi sexo, obtendria de las mujeres de esta tierra honor y prez, me acogerian con júbilo y tal vez seria de las primeras en el gobierno del reino; pero habiendo llegado hasta aquí en vuestra compañía, debo arrostrar los mismos peligros que vosotros, y no soy tan infame que os dejara sumidos en la esclavitud, marchándome yo libremente.
Con estas y otras palabras demostró Marfisa, que si consentia en refrenar su audacia no atacando con memorablevalor á la turba femenina, era porque la contenia la consideracion del peligro á que exponia á sus compañeros, á quienes fácilmente podria perjudicar su mismo atrevimiento, y por esta razon dejó á Guido que adoptara el partido que más conveniente creyese. Aquella misma noche participó este su proyecto á Aleria, que así se llamaba la más fiel de sus mujeres, y no tuvo necesidad de rogarle mucho, porque la encontró dispuesta á ayudarle. Aleria eligió una nave, la hizo armar, embarcó en ella sus objetos más preciosos bajo el pretexto de que, al despuntar el dia, debia recorrer las costas con algunas compañeras. Antes de esto, habia hecho conducir al palacio espadas, lanzas, corazas y escudos, para armar con ellos á los mercaderes y marineros que estaban desarmados. Mientras unos se entregaban al descanso, otros permanecian en vela, participando alternativamente del reposo y la vigilancia y mirando á cada momento, sin abandonar un instante las armas, si aparecian por Oriente los primeros albores del dia.
El Sol no habia levantado todavia el velo denso y oscuro extendido por la noche sobre la dura superficie de la Tierra, y la prole de Licaon[145]apenas habia vuelto su arado por los surcos del cielo, cuando las mujeres, ansiando presenciar el fin de la lucha, se apresuraron á llenar las gradas delpalenque, semejantes á las abejas que se agitan al rededor de la colmena, preparándose á poblar una nueva habitacion así que vuelve el buen tiempo. El estrépito de los tambores, de las trompas y los clarines llenó pronto con sus ecos la tierra y el cielo, llamando á Guido para que se presentara á terminar el combate interrumpido. Aquilante, Grifon, Astolfo, Marfisa, Guido, Sansoneto y todos sus compañeros estaban ya cubiertos con sus armaduras, unos á pié y otros á caballo.
Para trasladarse desde el palacio al mar, era indispensable atravesar la plaza por no haber otro camino, ni largo ni corto. Así lo anunció Guido á sus compañeros, exhortándoles á que se prepararan á combatir como buenos; despues de lo cual emprendió la marcha silenciosamente y se presentó en la plaza, rodeado de más de cien hombres. Recomendándoles entonces que apretaran el paso, se dirigia á la otra puerta para salir de su recinto, cuando las innumerables mujeres que ocupaban la plaza, armadas completamente y dispuestas siempre á combatir, conocieron su intento, al verle á la cabeza de tantos varones, y á un tiempo mismo empuñaron todas sus arcos y se precipitaron hácia la segunda puerta para cerrarle el paso. Guido y los demás caballeros, y sobre todos Marfisa, no tardaron en empezar el ataque, haciendo prodigios de valor para forzar la salida; pero era tal la lluvia de dardos que desde todas partes cayó sobre ellos, hiriendo y matando á algunos, que comenzaron á desconfiar del triunfo. El caballo de Sansoneto, así como el de Marfisa, cayeron atravesados por las flechas; y á no ser por el buen temple de sus corazas, los fugitivos hubieran corrido un gran peligro.
Astolfo dijo entonces para sí:—«La ocasion es magnífica para utilizar mi trompa; y puesto que, segun observo, losaceros no nos sirven de nada, voy á ver si consigo abrirnos paso con ella».—Y acercándose la trompa á los labios, como solia hacerlo en los trances más apurados, empezó á despedir aquellos sonidos horribles, á cuyos aterradores ecos parecia que se estremeciera la tierra y el mundo entero. El pánico que se apoderó de las innumerables mujeres allí reunidas fué tan grande, que, buscando la huida, se precipitaban de arriba á abajo de las graderías, se derribaban unas á otras, y poseidas del mayor espanto y confusion, abandonaron enteramente la defensa de la puerta. Así como los habitantes de una casa, sorprendidos de improviso por el incendio que ha ido creciendo poco á poco en tanto que estaban entregados al sueño, al verse rodeados de llamas por todas partes, se arrojan por las ventanas ó tejados, con grave peligro de su vida, buscando afanosos su salvacion, del mismo modo huian todas de aquellos sonidos espantosos, arriesgando la vida para conseguirlo. Corrian aterradas en todas direcciones, procurando tan solo alejarse; aglomerábanse á millares delante de cada puerta, y oprimiéndose unas á otras, se interceptaban ellas mismas la salida: caian hacinadas á montones, pereciendo muchas aplastadas por el peso de las otras: algunas se precipitaban desde los palcos y ventanas, quedando unas muertas, otras con la cabeza ó los brazos rotos y la mayor parte de ellas lisiadas. Llegaban hasta el cielo los gritos y los lamentos, mezclados con el estrépito que producian las carreras y tan extraordinaria confusion. Cada vez que la trompa despedia uno de sus sonidos, aumentaba la veloz huida de la aterrorizada muchedumbre. Si ois decir que aquella turba vil, perdida su anterior audacia, diera muestras de la cobardía que se habia apoderado de su corazon, no lo extrañeis, porque la liebre es tímida por naturaleza. Pero ¿qué direis del