CANTO XXIV.

«Verde enramada, límpida corriente,Gruta opaca de plácida frescura,Do gocé con Angélica inocente,Hija de Galafron, la alta venturaQue ansiaron otros mil inútilmente,Abrasados por ella en llama impura:Yo, Medoro infeliz, solo pagarosPuedo el bien que os debí, con encomiaros,Y con regar á todo fiel amante,Doncella y campeon de esfuerzo y brio.Hijo de esta region ó caminante,Que á yerba, sombra, plantas, antro y rioDiga:—«Benigno os sea el Sol brillanteY la Luna; y el coro, siempre pio,De ninfas haga que jamás turbadosSeais por los pastores y ganados.»

«Verde enramada, límpida corriente,Gruta opaca de plácida frescura,Do gocé con Angélica inocente,Hija de Galafron, la alta venturaQue ansiaron otros mil inútilmente,Abrasados por ella en llama impura:Yo, Medoro infeliz, solo pagarosPuedo el bien que os debí, con encomiaros,Y con regar á todo fiel amante,Doncella y campeon de esfuerzo y brio.Hijo de esta region ó caminante,Que á yerba, sombra, plantas, antro y rioDiga:—«Benigno os sea el Sol brillanteY la Luna; y el coro, siempre pio,De ninfas haga que jamás turbadosSeais por los pastores y ganados.»

«Verde enramada, límpida corriente,Gruta opaca de plácida frescura,Do gocé con Angélica inocente,Hija de Galafron, la alta ventura

«Verde enramada, límpida corriente,

Gruta opaca de plácida frescura,

Do gocé con Angélica inocente,

Hija de Galafron, la alta ventura

Que ansiaron otros mil inútilmente,Abrasados por ella en llama impura:Yo, Medoro infeliz, solo pagarosPuedo el bien que os debí, con encomiaros,

Que ansiaron otros mil inútilmente,

Abrasados por ella en llama impura:

Yo, Medoro infeliz, solo pagaros

Puedo el bien que os debí, con encomiaros,

Y con regar á todo fiel amante,Doncella y campeon de esfuerzo y brio.Hijo de esta region ó caminante,Que á yerba, sombra, plantas, antro y rio

Y con regar á todo fiel amante,

Doncella y campeon de esfuerzo y brio.

Hijo de esta region ó caminante,

Que á yerba, sombra, plantas, antro y rio

Diga:—«Benigno os sea el Sol brillanteY la Luna; y el coro, siempre pio,De ninfas haga que jamás turbadosSeais por los pastores y ganados.»

Diga:—«Benigno os sea el Sol brillante

Y la Luna; y el coro, siempre pio,

De ninfas haga que jamás turbados

Seais por los pastores y ganados.»

Estas frases estaban escritas en árabe, idioma que el Conde poseia tan á la perfeccion como el latin: de las muchas lenguas que conocia, aquella le era más familiar, habiéndole servido en muchas ocasiones para salvar su vida y su fama en el campamento sarraceno; pero á la sazon no debió envanecerse de los beneficios que hasta entonces le habia proporcionado, pues el daño que le causó fué infinitamente mayor que todos aquellos juntos. Tres, cuatro, seis veces leyó el infeliz aquel escrito, y otras tantas se esforzó, aunque en vano, en leer lo contrario de lo que veia estampado. Cuanto más lo leia, más claro y distinto hallaba su significado, sintiendo á cada nueva lectura que la helada mano del infortunio le oprimia el corazon en su aflijido pecho. Al fin se quedó inmóvil, con los ojos y la mente fijos en la peña, é indiferente al mismo tiempo á lo que en ella veia.

Abandonóse entonces de tal modo á su dolor, que estuvo á punto de perder la razon. ¡Oh! no, no existe pesar alguno á este comparable! ¡Creed al que por desgracia lo ha experimentado! Inclinó Orlando la cabeza sobre el pecho; bajó la frente, tan erguida y arrogante siempre, y su afliccion le dominó hasta tal extremo, que no pudo exhalar una queja, ni sus ojos encontraron lágrimas para llorar. Su impetuoso quebranto permaneció reconcentrado en su pecho, por lo mismo que queria escaparse de él bruscamente, así como el agua contenida en un recipiente de ancho diámetro y cuello angosto, permanece en él aunque le vuelquen, porque al acudir el líquido á la boca, lo hace con tal precipitacion yse aglomera de tal suerte en la estrecha salida, que apenas si se escapan trabajosamente algunas gotas.

Al cabo de algun tiempo, logró reponerse un poco, y se puso á reflexionar cómo podria ser que aquellos versos no dijesen la verdad; y en su consecuencia procuró, creyó y esperó persuadirse de que alguno habia querido valerse de un medio tan ruin para infamar el nombre de su dama, ú oprimir su corazon con la insoportable carga de los celos para hacerle morir; suponiendo además que una mano desconocida habia imitado á la perfeccion la letra de Angélica. Tan infundada como frágil esperanza consiguió despertar su amortiguado espíritu y reanimarle algun tanto; y volviendo á montar en Brida-de-oro, se alejó de aquel sitio en el momento en que el Sol cedia el puesto á su nocturna hermana.

No habia andado mucho, cuando distinguió las blancas espirales de humo que salian de los techos de algunas cabañas; oyó el ladrido de los perros, el balido de los rebaños, y por fin, llegó á la puerta de una cabaña, en la que pidió hospitalidad. Dominado por la tristeza, echó pié á tierra, y confió su Brida-de-oro á un discreto mancebo, mientras que otros le desarmaban, le quitaban las doradas espuelas ó le limpiaban la coraza. Aquella era precisamente la casa en que Medoro estuvo curándose de su herida, y en la que halló una suerte inesperada.

Orlando quiso entregarse desde luego al descanso y rehusó la cena que le ofrecian: su dolor le alimentaba más que cualquier manjar que le presentasen. Sin embargo, cuanto más procuraba encontrar el sosiego apetecido, tanto mayores eran su inquietud y pesadumbre, pues sus ojos tropezaban con el odiado escrito grabado en las paredes, en las puertas y en las ventanas de aquella morada. Mil veces estuvo á punto de preguntar el orígen de aquellas inscripciones, y otras tantas selló sus labios, temeroso de aclarar, de disipar sus sospechas, prefiriendo que continuaran envueltas en la nube de la duda, con tal de que la espantosa realidad no aumentara su desesperacion.

De poco le sirvió, sin embargo, engañarse á sí mismo; porque se le revelaron todo sin preguntar á nadie. Viéndole el pastor tan abismado en su afliccion, y deseoso de hacer lo posible por distraerle, empezó sin más ni más á narrar la historia de los dos amantes; historia que referia á todos cuantos querian escucharle y cuya narracion oyeron muchos viajeros con interés y complacencia. Manifestóle, pues, que él, cediendo á los ruegos de Angélica, habia trasportado á su cabaña á Medoro, herido gravemente, y que la jóven le cuidó la herida, logrando curarla en pocos dias; pero que habiéndole Amor causado una herida mucho mayor en el corazon, fué tan abrasador el incendio producido por una sola chispa, que se inflamó toda ella, sin encontrar medio alguno de apagar aquel fuego: añadió que sin reparar la doncella en que era hija del monarca más poderoso del Oriente, se desposó, obligada por el amor, con un guerrero pobre y oscuro. El pastor completó su narracion presentando al Conde la alhaja que le regalara Angélica al partir, como testimonio de su gratitud por la cordial acogida que habian encontrado en su vivienda.

Esta conclusion fué para el Paladin la segur que le cortó de un golpe la cabeza, con cuyo golpe puso término el cruel Amor á las innumerables heridas que en su corazon habia causado. Esforzóse Orlando, no obstante, en ocultar su dolor; pero pudo este más que el y rompiendo los diques de la voluntad, precipitóse al fin por los ojos y la boca del desdichado, convertido en lágrimas y sollozos. Apenas se vió solo Orlando, y sin necesidad ya de ocultarse de nadie, dió rienda suelta á su afliccion y derramó un torrente de lágrimas, que inundaron sus mejillas y su pecho: suspiraba y gemia incesantemente, y se agitaba frenético en el lecho, que le parecia más duro que una peña y más punzante que si estuviese hecho de ortigas.

En medio de su delirante desesperacion le asaltó la idea de que la cama en que yacia era la misma donde más de una vez habia dormido su ingrata dama en brazos de su amante, y se apartó de aquellas aborrecidas plumas, tan precipitadamente como el aldeano se levanta de la yerba en que se habia tendido, al ver cerca de sí una culebra. El lecho, la cabaña, el pastor se le hicieron de repente tan odiosos, que sin esperar la salida de la luna ó la aparicion del primer albor matutino, cogió sus armas, montó en su caballo, y empezó á caminar á la ventura por entre las más oscuras enramadas del bosque. Al verse de nuevo solo, abrió otra vez las puertas á su dolor, prorumpiendo en gritos y alaridos.

Desde entonces no cesaron un punto sus llantos ni sus gemidos, que resonaban dia y noche por do quiera; huia de las ciudades y de todos los sitios habitados, y permanecia de contínuo en las selvas, en cuyo duro suelo dormia á la intemperie. Admirábase de sí mismo, al ver que no se agotaba el manantial de sus lágrimas, y al observar sus interminables suspiros, y decia frecuentemente en medio de su llanto:

—Estas, que de mis ojos brotan en tan copioso raudal, no son lágrimas, no: mis lágrimas no bastaron á mi dolor inmenso, y se secaron antes de que este pudiera exhalarse del todo.

»Mis fuerzas vitales son las que ahora se escapan por el camino que á los ojos conduce, impelidas por el fuego que me abrasa: mis fuerzas vitales son las que voy derramando, y con ellas concluirán á un tiempo mismo mis males y mi existencia.—Estos, que atestiguan mi tormento, no son suspiros. Los suspiros no son como ellos, pues alguna vez tienen tregua, y yo no siento que mi pecho exhale su pena con creciente desahogo. Amor, que abrasa mi corazon, es el que produce este viento, mientras agita las alas en torno del incendio que le devora. ¡Oh! ¿cómo es posible que un corazon permanezca en medio de las llamas sin consumirse?—Y yo, yo no soy el que parezco! El que fué Orlando ha muerto y yace en el sepulcro, víctima, de su ingratísima amada; ¡tan cruda fué la guerra que le hizo con su deslealtad! Yo no soy más que el alma separada del cuerpo de Orlando, que vaga errante sufriendo mil tormentos por este infierno, á fin de que, avanzando sola con su sombra, sirva de ejemplo á cuantos en el amor cifran su esperanza.»

Toda la noche anduvo el Conde errante por el bosque, y al despuntar el dia, su fatal destino le encaminó de nuevo hácia la fuente en que Medoro grabó sus versos. Al ver su baldon inscrito en la piedra, irritóse de tal modo, que todo su ser se convirtió en odio, rabia, ira y furor. Empuñó la espada sin tardanza, é hizo pedazos la inscripcion y la roca, cuyos menudos trozos volaron hasta el cielo. ¡Desgraciada aquella gruta y los sitios todos en que se leian los nombres de Angélica y Medoro! Los dejó de tal modo, que no volvieron á ofrecer su sombra y su frescura al pastor ni al ganado; y aquella fuente, tan clara y pura hasta entonces, tampoco estuvo al abrigo de su cólera; pues arrojó en sus cristalinas ondas ramas, troncos, raices, piedras y tierra hasta que las enturbió desde el fondo á la superficie, de tal suerte,que jamás recobraron su primitiva trasparencia. Por último, cansado, bañado en sudor, y cuando su fatigado aliento no correspondió á su despecho, á su odio inextinguible y ardiente ira, cayó jadeante sobre la yerba, y empezó á exhalar hondos suspiros. Afligido, inmóvil, con los ojos abiertos y fijos en el cielo, sin despegar los labios, sin tomar el menor alimento ni conciliar el sueño, permaneció en aquel sitio mientras que el sol apareció y desapareció tres veces, y solo cesó su grandísima pena cuando le hubo privado enteramente de la razon.

Levantóse al llegar el cuarto dia, y en su incesante furor, se arrancó la armadura y la cota de malla; arrojó léjos de sí el yelmo y el escudo, la coraza y sus restantes armas, las cuales fué esparciendo por el bosque. Despues se hizo girones los vestidos, dejando enteramente desnudos el hirsuto vientre, el pecho y la espalda. Así empezó aquella furiosa locura, tan terrible, que nadie tendrá noticia de otra que pueda comparársele.

El furor, la rabia que en su pecho hervian le dejaron privado hasta del menor destello de juicio: olvidóse de conservar su espada con la cual estoy seguro de que hubiera hecho cosas admirables; pero su vigor inmenso no necesitaba de ella, ni de hachas, ni lanzas, como lo demostró llevando á cabo en el acto mismo una de sus admirables proezas: de un solo esfuerzo arrancó un pino gigantesco, y luego otro y otro, como si fuesen hinojos ó yeros. Del mismo modo siguió destrozando encinas y olmos corpulentos, hayas, fresnos y abetos. Los árboles mas seculares caian á sus sacudidas como caen los juncos, las zarzas y las ortigas arrancadas por mano del cazador, cuando quiere despejar el terreno para tender sus redes. Atemorizados los pastores con tal estrépito, dejaban sus ganados esparcidos por la floresta, yse dirigian precipitadamente hácia aquel sitio para averiguar la causa del fracaso.

Mas he llegado ya á un punto, que si lo traspasara, tal vez os molestaria mi narracion; por lo cual prefiero diferirla para otro canto, antes de que llegue á fastidiaros por difusa.

Zerbino traspasa á Odorico, juntamente con Gabrina, su vergonzosa obligacion de acompañar á esta vieja y le deja en libertad.—Muere Zerbino á manos de Mandricardo por defender la espada de Orlando.—Quejas de Isabel.—Mandricardo combate con Rodomonte.—Suspenden su lucha para socorrer á Agramante y su ejército, que estaban á punto de caer en poder de los cristianos.

Cuantos pongan su incauto pié sobre la liga de Amor, deben procurar retirarlo á tiempo, antes de dejar enviscadas en ella las alas; porque el amor, segun opinion de los sábios de todas las edades, no es en suma más que una locura, y aun cuando no todos lleven su insensato furor hasta el extremo que lo llevó Orlando, siempre dan algunas señales del que les domina. Y sobre todo, ¿hay indicio de locura más vehemente, que el de perderse á sí mismo por querer á los demás? Si los efectos son varios, la insensatez de que proceden es siempre la misma; es como un gran bosque, en que forzosamente deben extraviarse cuantos en él penetran, ya suban ó bajen; ya se dirijan á un lado, ya á otro. En resúmen, y para decirlo de una vez: el que llega á una edad madura, despues de haber dedicado toda su vida al amor,mereceria, además de otros castigos, que se le cargara de grillos y cadenas.

Me podrán decir, con razon quizás:—«Hermano, estás dando consejos á los demás, sin tener en cuenta tu propia flaqueza.» A esto responderé que lo comprendo demasiado, pues mi mente se halla ahora en un lúcido intervalo, y que por lo mismo he resuelto recobrar mi perdida calma y abstenerme de toda clase de devaneos, como espero conseguirlo en breve; pero desgraciadamente no me será fácil lograrlo tan pronto como quisiera, porque el mal ha penetrado hasta en la médula de los huesos.

En el canto precedente os decia, Señor, que el delirante y furioso Orlando habia esparcido por el campo sus armas, desgarrado sus vestidos, arrojado léjos de sí su espada, y arrancando uno y otro árbol, hacia resonar con sus gritos las cavernas y los bosques. Atraidos algunos pastores, al escuchar tan inusitado rumor, por su mala estrella ó por algun grave pecado, se aproximaron á él, pero en cuanto vieron más de cerca las increibles pruebas del prodigioso vigor de aquel insensato, volvieron las espaldas para huir, aunque sin saber adonde, como suele suceder cuando nos sobrecoje el pánico. El loco se lanzó sobre uno de ellos, logró cojerle, y le arrancó la cabeza con la misma facilidad con que cualquiera arrancaria una manzana del árbol ó una hermosa flor de su tallo. Asió en seguida el pesado tronco por una pierna, y se sirvió de él como de una maza para golpear á los demás pastores. Derribó á dos de ellos sin sentido, y quizá no volverian á despertar de su sueño hasta el dia del juicio: los restantes huyeron en todas direcciones, merced á su lijereza y prevision; hubiérales costado trabajo evitar el alcance del loco, si este no se hubiese vuelto para acometer á sus rebaños. Los labradores,escarmentando en cabeza ajena, abandonaron por los campos sus arados, hoces y azadones; refugiáronse unos en los tejados de las casas, y otros en los templos, por no considerarse seguros en las cimas de los olmos ó de los sauces, contemplando desde allí la horrenda furia de Orlando, que con los puños, los dientes, las uñas y los piés, magullaba, abria y hacia pedazos á los bueyes y caballos: el que conseguia librarse de su saña, debia preciarse con razon de ágil.

Podeis calcular si las aldeas cercanas resonarian en breve con el estrépito producido por los gritos, por las trompas y las rústicas bocinas, y más que todo por el clamor de las campanas tocando á rebato. A aquellos ecos, millares de aldeanos bajaron de las montañas armados con espontones[150], arcos, venablos y hondas, y otros tantos subieron de los valles para acometer á Orlando. Cual suele adelantarse por la salobre orilla la ola empujada por el Austro, que al principio parece que juguetea, y en pos de ella avanza la segunda aumentando en volúmen, y á esta sigue la tercera con más fuerza, siendo cada vez mayor la cantidad de agua que deja impresas sus huellas en la arena, del mismo modo iba engrosando aquella multitud irritada, que desde lo alto de los peñascos y desde el fondo de los valles se precipitaba contra Orlando.

El Paladin tendió á sus piés á dos grupos de diez personas cada uno que le atacaron desordenadamente: los demás juzgaron conveniente, al ver tan terrible ejemplo, mantenerse para mayor seguridad á cierta distancia. En vano era que le lanzaran venablos y toda clase de proyectiles; ninguno de estos podia hacer brotar su sangre, por ser aquelhéroe invulnerable, gracia que el Rey del cielo le concedió para que protegiera mejor su santa Fé. Aquel dia estuvo Orlando á punto de morir si la muerte hubiera tenido algun dominio sobre él: aquel dia pudo muy bien conocer á lo que se exponia abandonando su espada, y queriendo mostrarse tan audaz como siempre, á pesar de no ir defendido por su armadura.

La multitud empezó á retirarse, al ver la inutilidad de sus esfuerzos; y Orlando, al hallarse solo, siguió el camino de una aldea inmediata. No encontró en ella un solo ser viviente, porque todos sus habitantes, viejos y jóvenes, la habian evacuado por temor, abandonando al huir las modestas provisiones, propias de su sencilla vida pastoril. Sintiendo, en medio de su furor insano, los crueles efectos del hambre, arrojóse el Conde sobre los primeros víveres que le vinieron á la mano, devorándolos crudos ó cocidos en un momento, sin observar diferencia alguna entre el pan y las bellotas.

Siguió vagando despues por la comarca, y cazando á los hombres lo mismo que á las fieras; en sus correrias por los bosques se apoderaba de las ágiles cabras ó de los ligeros gamos; con frecuencia atacaba á los osos y á los javalíes, á quienes derribaba con su brazo desnudo y desarmado; y más de una vez, calmó su apetito insaciable con la carne y todos los despojos de estas fieras. De esta suerte recorrió la Francia en todas direcciones, hasta que un dia llegó á un puente, bajo el cual se deslizaba un rio ancho, profundo y caudaloso y de escarpadas orillas. Cerca de él se levantaba una torre, desde la cual se dominaba todo aquel país hasta los más lejanos horizontes. En otra parte oireis lo que allí hizo: ahora es preciso que os hable de Zerbino.

Despues de la partida de Orlando, se detuvo algun tiempo el príncipe de Escocia, y siguió más tarde el mismo sendero por donde se habia alejado el Paladin, llevando su caballo al paso. No creo que anduviese más de dos millas, cuando vió que dos guerreros completamente armados se adelantaban, custodiando á un caballero atado sobre un pequeño caballejo. Tanto Zerbino, como Isabel, conocieron al prisionero en cuanto estuvo cerca de ellos. Era Odorico de Vizcaya; aquel caballero desleal, á quien Zerbino eligió entre todos los suyos para confiarle á su amada, que fué lo mismo que confiar al lobo la custodia del cordero, esperando que en aquella ocasion le daria una nueva prueba de la lealtad con que siempre le habia servido. Precisamente entonces iba Isabel refiriendo á Zerbino los pormenores de aquel suceso, dándole cuenta de su salvacion en un esquife, antes de que se sumergiera la nave; de la violencia que con ella habia usado Odorico, y de su cautiverio en la gruta de los bandidos. Aun no habia llegado al término de su relato, cuando vieron que traian cautivo á aquel malandrin. Los dos guerreros que llevaban preso á Odorico, conocieron á su vez á Isabel y supusieron que el caballero que la acompañaba debia de ser su amante y su señor al mismo tiempo; de lo cual se cercioraron tan pronto como vieron pintado en el escudo el antiguo blason de su ilustre raza, y conocieron, al contemplar más fijamente el rostro de Zerbino, que habian sospechado la verdad.

Echaron pié á tierra, y se dirigieron presurosos hácia el Príncipe con los brazos abiertos, abrazándole donde se abraza á los personajes de estirpe real, con la cabeza descubierta é hincados de hinojos. Contemplando Zerbino á uno y otro, conoció que eran Corebo el Vizcaino y Almonio, á quienes habia hecho pasar á bordo del buque que mandaba Odorico. Almonio le dijo:

—Ya que á Dios place (gracias le sean dadas) que Isabel esté contigo, comprendo, Señor mio, que nada nuevo podré decirte con respecto al motivo de venir encadenado ese infame: supongo que mi señora, que ha sido la más ofendida por él, te habrá narrado todo lo acontecido: debes por lo mismo saber cómo se burló de mí ese traidor alejándome con un pretesto cualquiera, y cómo fué herido Corebo por defender á su señora. Pero como Isabel no vió ni oyó lo que sucedió despues de mi regreso, y por lo tanto, no habrá podido referírtelo, voy á manifestártelo en pocas palabras.

»Volvia yo presuroso desde la ciudad á la playa con los primeros caballos que logré encontrar, y trataba de descubrir el lugar en que habian quedado mis compañeros, cuando al llegar á la orilla del mar y al sitio en que los habia dejado, no ví más que sus huellas recientemente impresas en la arena. Las seguí y me llevaron á un espeso bosque; apenas habia penetrado en él cuando llegaron á mis oidos gemidos lastimeros, y hallé á Corebo tendido en el suelo. Preguntéle qué habia sido de la dama y de Odorico, y quién le habia puesto en aquel estado; y en cuanto supe lo ocurrido, me puse en seguimiento del traidor, buscándolo por todas las revueltas del bosque, sin que á pesar de mis pesquisas, me fuera posible encontrarlo en todo el dia. Volví al lado del herido, que habia empapado el terreno con su sangre hasta tal punto, que de permanecer allí un poco más, no hubiese tenido necesidad de médicos ni lecho para curarse, sino de una huesa y de sacerdotes y frailes para enterrarlo. Hice que le trasladaran desde el bosque á la ciudad, y le instalé en una hostería, cuyo dueño, amigo mio, logró curarlo al poco tiempo, merced á sus cuidados y á los de un experto cirujano. Provistos despues de armas y caballos,Corebo y yo continuamos buscando á Odorico, á quien encontramos por fin en la corte de Alfonso de Vizcaya, donde le obligué á aceptar el reto que le dirigí. La justicia del Rey, que me concedió franco espacio para la lucha; la razon que me asistia, y además de la razon, la Fortuna que proporciona la victoria á quien mejor le parece, me auxiliaron tanto, que el traidor pudo menos que yo, por lo cual quedó prisionero mio, y el Rey, luego que tuvo conocimiento de su crímen, me autorizó para hacer de él cuanto me pareciese. No he querido darle la libertad ni la muerte, sino llevarle atado por todas partes, como ves, prefiriendo que tú lo juzgaras, y decidieras si debe perecer ó sufrir otro castigo. Habiendo oido decir que estabas en el campo de Carlomagno, hemos venido hasta aquí con el deseo de encontrarte. ¡Doy á Dios fervientes gracias por haberte hallado en un sitio en que no lo esperaba! Doyle tambien gracias al ver que te ha restituido, no sé cómo, á tu Isabel, de quien no creia que volvieses á tener noticias, á consecuencia del crímen de ese infame.»

Zerbino prestó atento oido á la narracion de Almonio sin interrumpirle, y al mismo tiempo sin apartar la vista de Odorico: era menor su odio que su sentimiento por ver tan mal recompensada su amistad. Luego que Almonio hubo acabado su relato, Zerbino permaneció mucho tiempo pensativo y silencioso, considerando que le habia hecho traicion de un modo tan manifiesto el hombre que menos motivos tenia para obrar así: lanzando por último un hondo suspiro, que puso fin á su prolongada admiracion, preguntó al prisionero si era cierto cuanto Almonio habia referido. El infame se dejó caer de rodillas en tierra, y exclamó:

—Señor, cuantos en el mundo viven, pecan ó yerran: el bueno solo se diferencia del malvado en que este sale vencido en todas las guerras que le mueven sus menores pasiones, mientras que el otro recurre á sus armas y se defiende; mas si el enemigo es fuerte, tambien queda rendido. Si me hubieses confiado la defensa de una de tus fortalezas, y al primer asalto del enemigo le hubiese dejado plantar en ella su bandera sin resistirme, seria justo que se me imprimiera en la frente el estigma de la cobardía, ó de la traicion, que es peor; pero si me hubiese visto obligado á ceder ante la fuerza, estoy seguro de que no recaeria sobre mí vilipendio alguno, sino gloria y merecimientos. Cuanto más poderoso es el enemigo, tanto más aceptable es la excusa de una derrota.—Es cierto que debí guardar mi fé del mismo modo que una fortaleza rodeada de murallas; pero aun cuando puse todo mi conato en conservarla con el cuidado y la inteligencia de que me dotó la Providencia divina, sucumbí al fin, vencido por un asalto irresistible.

Así habló Odorico, y como seria prolijo reproducir las palabras que añadió, me limitaré á deciros que continuó empleando los argumentos más persuasivos para demostrar que cedió á una tentacion irresistible, y que si cometió aquella falta, lo hizo vencido por un poder superior á él. Si los ruegos han logrado alguna vez enternecer un corazon irritado; si las palabras más humildes y suplicantes han obtenido el resultado apetecido, entonces debieron conseguirlo; pues Odorico halló en su mente las más á propósito para ablandar el corazon más duro. Zerbino permanecia indeciso, no sabiendo si deberia perdonar ó vengar aquella injuria: la gravedad del delito le aconsejaba que arrancara la existencia al culpable; pero el recuerdo de la estrecha amistad que por tanto tiempo se habian profesado, apagó con el agua de la compasion la cólera que en su pecho ardia, y le indujo á perdonarle.

Mientras Zerbino estaba ocupado en reflexionar si daria la libertad, ó se llevaria cautivo al amigo desleal, ó bien si se privaria de su presencia por medio de la muerte, ó le condenaria á pasar la vida entre tormentos, llegó relinchando el corcel que asustó Mandricardo con sus gritos despues de haberle quitado la brida, llevando sobre su lomo á la vieja por quien Zerbino habia estado á punto de perecer. Atraido el palafren por los relinchos de los otros, se mezcló entre ellos, arrastrando consigo á la vieja, que en vano lloraba y pedia socorro. Al verla Zerbino, elevó al cielo su mano en accion de gracias, por mostrarse con él tan benigno que en un mismo dia entregaba á su merced aquellos dos seres para quienes solo odio debia abrigar su corazon. Zerbino hizo detener á la vieja hasta tanto que decidiera de su suerte: primeramente pensó cortarle la nariz y las orejas para escarmiento ejemplar de los malvados: luego le pareció mejor exponer su cuerpo á la voracidad de los buitres. Despues de haber vacilado entre diferentes géneros de suplicios, se decidió por último y volviéndose á sus compañeros, les dijo:

—Quiero proporcionarme la satisfaccion de perdonar la vida á ese traidor; pues si bien no debiera quedar impune todo cuanto ha hecho, no es tampoco merecedor de la muerte. Consiento, pues, en que viva y quede libre; porque estoy persuadido de que cometió un crímen arrastrado por su pasion, y debe admitirse fácilmente cualquier disculpa cuando la falta recae en el amor. El amor ha trastornado con frecuencia cabezas mucho más firmes que la suya, y ha dado lugar á excesos mucho mayores que los cometidos por ese infame que así nos ha ultrajado. Por lo tanto, Odorico debe quedar en libertad, y si hay aquí alguno digno de castigo, debe ser yo, que en mi ceguedad, no dudé en confiarle un encargo difícil, sin tener en cuenta que el fuego enciende á la paja fácilmente.

Despues, mirando á Odorico, añadió:

—Para castigar tu delito, quiero que por espacio de un año seas el acompañante de esa vieja; bien entendido que no te has de separar de ella un solo momento: donde quiera que vayas ó te encuentres, tanto de noche como de dia, deberás permanecer constantemente á su lado, y defenderla hasta morir contra todo el que intentase ultrajarla. Quiero además que estés pronto á combatir con quien ella te indique, si así lo desea, y quiero, por último, que durante el transcurso de eso año, recorras todas las provincias de la Francia.

Así dijo Zerbino; pues convencido de que la falta de Odorico merecia la sepultura, quiso abrir á sus piés otra más profunda de la que no pudiera evadirse sino por una casualidad milagrosa. Gabrina habia vendido y ultrajado á tantas damas y tantos guerreros, que yendo en su compañía era imposible evitar contínuas querellas con los caballeros andantes. De este modo serian castigados los dos: ella por sus antiguos crímenes, al paso que él, saliendo injustamente en su defensa, no dejaria de encontrar una pronta muerte. Zerbino obligó á Odorico á que le jurara solemnemente observar tales condiciones, pactando de antemano que, si dejaba de cumplirlas y por casualidad llegaba á encontrarle, le haria perecer de un modo cruel, sin escuchar más ruegos ni dar oidos á la piedad. En seguida, ordenó á Corebo y Almonio que desataran al traidor: Corebo, auxiliado por su compañero, hizo lo que le mandaba su señor, aunque con estudiada lentitud; pues tanto uno como otro sentian que se les escapara la venganza que deseaban.

No tardó Odorico en alejarse con la vieja maldita; y auncuando en las obras de Turpin no se lee lo que despues hicieron ambos, he consultado otro autor que de ellos se ocupó. Este autor, cuyo nombre callaré, refiere que apenas hubieron andado una jornada, cuando, deseoso Odorico de desembarazarse de aquel estorbo, á pesar de su pacto y de la fé jurada, echó un lazo corredizo al cuello de Gabrina, y la colgó de un olmo, donde la dejó abandonada. Un año despues, Almonio hizo á Odorico la misma jugada; pero el autor susodicho no dice en qué sitio.

Recordando Zerbino que debia seguir las huellas de Orlando, y no queriendo perderlas, trató de enviar noticias suyas á sus tropas, que indudablemente estarian intranquilas por su ausencia; y á este efecto, mandó á Almonio, confiándole además otros encargos que no son del caso referir. Tras Almonio, envió á Corebo, y quedó solo con Isabel. Era tan grande el afecto que Zerbino, así como su amada, sentian por el virtuoso Paladin, y tantos sus deseos de saber si habia vuelto á encontrar al Sarraceno que le hiciera caer del caballo juntamente con la silla, que determinaron no regresar al campo cristiano hasta que transcurrieran los tres dias fijados por Orlando para esperar al caballero que no llevaba espada.

El príncipe de Escocia fué siguiendo los mismos caminos que recorrió el Conde, hasta que él y su amada se hallaron entre los árboles apartados del camino, en que la ingrata Angélica trazó sus amorosas inscripciones. Así estos, como el manantial y las peñas tenian impresos los recientes vestigios del furor del Paladin. Zerbino vió á lo léjos cierta cosa reluciente; aproximóse á ella y encontró la coraza del Conde: un poco más allá tropezó con el casco, pero no era aquel yelmo famoso que cubrió la cabeza del africano Almonte: oyó despues relinchar un corcel, oculto entre la espesuradel bosque; levantó la cabeza y vió á Brida-de-oro paciendo tranquilamente la yerba, con el freno pendiente del arzon de la silla: buscó por la floresta á Durindana, y la encontró fuera de la vaina; halló tambien la sobrevesta del Conde, pero hecha menudos girones, que el desgraciado Paladin habia ido esparciendo por el suelo.

Con semblante triste contemplaron Isabel y Zerbino aquellos destrozos, sin poder atinar con la causa de semejante desórden: bien es verdad que podrian hacer toda clase de suposiciones, excepto la de que Orlando estuviese privado de razon: si hubieran hallado alguna mancha de sangre, habrian temido por su vida. Mientras estaban formando mil comentarios, vieron venir por la orilla del riachuelo un pastorcillo pálido y descompuesto, el cual habia sido testigo desde el pico de una roca del espantoso furor de Orlando, y presenció cómo arrojaba sus armas, desgarraba sus vestidos, daba muerte á los pastores y hacia otras mil locuras. Interrogado por Zerbino, le relató fielmente lo ocurrido, de lo que el Príncipe quedó tan asombrado, que apenas se atrevia á darle crédito, á pesar de tener delante las pruebas más fehacientes.

Sin embargo, por si fuese cierto, echó pié á tierra, y lleno de compasion, de lágrimas y de tristeza, se puso á recojer uno por uno aquellos restos esparcidos por el bosque, ayudado de Isabel, que se apeó asimismo de su palafren con igual objeto. Dedicados á tan piadosa ocupacion estaban, cuando se llegó á ellos una doncella de semblante triste, exhalando hondos suspiros. Si alguno tiene interés en saber su nombre, la causa de su afliccion y el dolor que la angustiaba, le diré que era Flor-de-lís, que iba buscando á su amante. Bradamante la habia abandonado en la ciudad de Cárlos, sin decirle una palabra; en dicha ciudad le estuvoella esperando seis ú ocho meses, y viendo que no volvia, se decidió á buscarlo por todas partes, desde el uno al otro mar y hasta el pié de los Pirineos y de los Alpes, registrando los sitios más apartados de la Francia, excepto el palacio de Atlante el encantador. Si Flor-de-lís hubiese penetrado en aquel palacio, habria visto vagar por él á su Brandimarte con Gradasso, Rugiero, Bradamante, Ferragús, y más tarde con Orlando. Pero despues que Astolfo arrojó de allí al Nigromante con los sonidos horribles y maravillosos de su trompa, Brandimarte habia regresado á Paris, y Flor-de-lís lo ignoraba.

Al llegar casualmente, segun os iba diciendo, aquella hermosa doncella junto á los dos amantes, conoció las armas del Conde, y á Brida-de-oro, que habia quedado sin su dueño y con el freno en la silla. Vió las señales de aquel funesto lance, y en breve tuvo conocimiento de su causa, pues el pastor le refirió en los mismos términos que anteriormente el principio de la locura de Orlando.

Entre tanto Zerbino habia reunido todas las armas, y colgándolas de un pino, formó con ellas un bello trofeo: deseoso despues de impedir que se las apropiara algun caballero del país ó transeunte escribió en el verde tronco estas lacónicas palabras:

Armadura del paladin Orlando.

Como si quisiera decir: «Nadie las toque, si no se siente con brios para medirse con Orlando.»

Acababa apenas de poner fin á tan laudable obra, y ya se disponia á montar á caballo, cuando llegó el altanero Mandricardo; y al ver el pino engalanado con las gloriosas reliquias, preguntó al Príncipe el orígen de aquel trofeo, y Zerbino le refirió la verdad tal como la habia oido. Gozosoel rey pagano, no perdió tiempo; acercóse presuroso al pino, y se apoderó de la espada exclamando:

—Nadie puede censurarme por esta accion: tiempo ha que me pertenecia este acero, y por lo mismo, me asiste un perfecto derecho para tomar posesion de él donde quiera que lo encuentre. Orlando se ha fingido loco y lo ha abandonado, sin duda por no sentirse con valor suficiente para defenderlo; mas aun cuando oculte su cobardía bajo tan ridículo pretexto, esa no es una razon para que yo deje de hacer uso de un derecho legítimo.

—No la toques, gritó Zerbino, ó reflexiona que no te apoderarás de esa espada sin batirte conmigo. Si has adquirido del mismo modo las armas de Héctor, bien puede decirse que las has robado, y no que han sido el premio de tu denuedo.

Sin añadir una sola palabra, corrieron á atacarse el uno al otro, con igual esfuerzo y valentía; y apenas habia empezado la lucha, cuando resonó el aire con el estruendo de cien golpes. Rápido como el rayo, esquivaba Zerbino todos los golpes de Durindana, y hacia saltar acá y allá á su corcel como un gamo, buscando el terreno más firme. Harto necesaria le era su agilidad; pues si dejaba que le alcanzase un solo tajo de aquel acero, habria ido bien pronto á reunirse con los enamorados espíritus que pueblan la selva de los frondosos mirtos[151]. Así como el perro ágil ataca al cerdo, que vaga por el campo separado de la piara, y va dando vueltas en torno suyo, saltando y brincando, mientras espera una ocasion para acometerle, del mismo modo Zerbino seguia con la vista todos los movimientos del acero enemigo, y heria y huia á un tiempo mismo, procurando atacar y defenderse de suerte que no peligraran su vida ni su honra.

Por su parte el Sarraceno, siempre que dejaba caer su espada, de lleno ó en vago, lo hacia con tal fuerza, que cada uno de sus golpes silbaba como el viento Norte cuando sopla impetuoso durante el mes de Marzo entre dos montañas, y azota los árboles de una frondosa selva, ora obligándoles á inclinar sus pobladas copas, ora haciendo describir mil círculos por el aire á sus ramas destrozadas.

Por más que Zerbino logró esquivar y huir multitud de golpes, no pudo al fin evitar que le alcanzara un gran fendiente, que pasando entre la espada y el escudo, le dió en el pecho. A pesar de que el peto, la malla y la coraza eran muy dobles y de excelente temple, cedieron del mismo modo al filo de la espada, que bajó rajando cuanto encontró á su alcance, así la armadura como el arzon y hasta el arnés. Si Durindana hubiese alcanzado al príncipe escocés más de lleno, seguramente lo habria hendido de arriba á abajo como una caña; pero penetró tan poco en la carne, que solo desgarró la piel: sin embargo, la herida, á pesar de no ser profunda, era tan larga que mediria más de un palmo: la humeante sangre de Zerbino tiñó su luciente armadura con una lista roja, que le llegaba á los piés. Del mismo modo he visto dividir un tejido de plata con una cinta purpúrea por la mano, más blanca que el alabastro, que á menudo me atraviesa el corazon.

De poco le valió á Zerbino su destreza, su fuerza y su audacia; pues el rey de Tartaria le aventajaba en vigor y en el excelente temple de sus armas. Aun cuando el golpe del Pagano fué más terrible en la apariencia que en sus efectos, no obstante, Isabel sintió que el corazon se le oprimia dentro del helado pecho. Zerbino, lleno de ardimiento y de valor, y encendido de ira y de despecho, empuñó su acero con ambas manos y lo descargó con toda su fuerza

Combate entre Zerbino y Mandricardo.(Canto XXIV.)

Combate entre Zerbino y Mandricardo.(Canto XXIV.)

Combate entre Zerbino y Mandricardo.(Canto XXIV.)

sobre el yelmo del Tártaro. Casi quedó tendido el soberbio Sarraceno sobre el cuello de su caballo ante la violencia de aquel golpe, que le habria dividido la cabeza en dos pedazos, á no estar encantado el yelmo. Mandricardo no difirió su venganza, y sin pronunciar una sola palabra, dirigió á su adversario un furioso tajo sobre el almete, esperando hendirle hasta el pecho: Zerbino, con la vista y el pensamiento fijos en los movimientos del Pagano, volvió rápidamente el caballo hácia la izquierda; pero no tan á tiempo que consiguiera evitar aquel mandoble. El acero del Sarraceno le partió el escudo, rompió y desató el brazal, hirióle el brazo, destrozó el arnés y se corrió hasta el muslo.

En vano procuraba el príncipe de Escocia herir á su vez á Mandricardo: sus esfuerzos no tenian el menor resultado, y apenas si dejaba impresas las huellas de sus golpes en la armadura de su contrario. El rey de Tartaria, por su parte, habia ya conseguido tales ventajas, que Zerbino estaba herido en siete ú ocho partes, desprovisto de escudo y medio roto el yelmo. El Príncipe escocés perdia mucha sangre; íbanle faltando las fuerzas, y sin embargo, parecia no sentirlo, porque su esforzado corazon, inaccesible á la debilidad, valia tanto que sostenia su vacilante cuerpo.

Entre tanto Isabel, pálida de terror, corrió á Doralicia, y le rogó y suplicó por Dios vivo que hiciera lo posible por poner fin á tan tremenda lucha. Doralicia, tan galante como hermosa, é incierta todavia sobre el éxito del combate, hizo de buen grado lo que Isabel le pedia, é indujo á su amante á que terminara la contienda ó la suspendiera por lo menos. Zerbino, dando oidos asimismo á su adorada, calmó su vengativa saña, y renunció á prolongar el combate, siguiendo á Isabel por donde quiso guiarle, sin terminar la comenzada empresa.

Flor-de-lís derramaba por su parte silenciosas lágrimas, al ver tan mal defendida la excelente espada del desgraciado Conde; y en su iracunda afliccion, se mesaba los cabellos. Desearia que se hubiese encargado Brandimarte de aquella empresa; por lo cual formó el propósito de referirle lo ocurrido, en cuanto llegara á encontrarle, persuadida de que entonces no se envaneceria Mandricardo por mucho tiempo de su preciada conquista. Prosiguió Flor-de-lís buscando á su Brandimarte dia y noche, alejándose cada vez más de su amante, que, como hemos dicho, se hallaba ya de regreso en Paris. Despues de dar mil vueltas por montes y llanuras, llegó á la orilla de un rio, donde vió y conoció al mísero Paladin; pero antes diré lo que le sucedió á Zerbino.

Al desgraciado caballero le parecia una falta tan grande el dejar abandonada á Durindana en poder de Mandricardo, que el dolor de haberla cometido le hacia olvidar el de sus heridas; y sin embargo, la sangre que habia salido y continuaba saliendo de ellas, apenas le permitia seguir á caballo. Apagado al poco tiempo su ardor al par de su cólera, aumentaron sus padecimientos tan impetuosamente, que se sintió próximo á fallecer. Su debilidad le impedia seguir adelante, por lo cual se detuvo junto á una fuente: al verle Isabel en aquel estado, no sabia qué hacer, ni qué decirle para prestarle un eficaz auxilio: afligida en extremo, contemplaba cómo su amante iba perdiendo la vida rápidamente, sin poder evitarlo; pues aquel sitio estaba demasiado apartado de toda poblacion, donde ir en busca de un médico que le socorriera, bien por compasion, ó por la esperanza de una recompensa.

Isabel se limitaba, pues, á gemir y llorar en vano, y á increpar duramente al cielo y la fortuna exclamando:

—¡Ay desventurada! ¿Por qué no quedé sepultada entre las olas, cuando desplegué mis velas por el Océano?

Zerbino, á quien afligian más las lágrimas de Isabel que la pasion tenaz y dura que le habia puesto á las puertas de la muerte, fijó en ella sus lánguidas miradas, y le dijo:

—¡Ah corazon mio! así te dignes amarme aun despues de mi muerte, como es cierto que lo único que amarga mis últimos momentos, no es la idea de perder la vida, sino la de dejarte aquí abandonada y sin guia. ¡Ah! si en el momento de exhalar mi último suspiro, supiera que quedaba segura tu existencia, moriria feliz, contento y sumamente dichoso, puesto que muero en tus brazos. Pero ya que mi destino inícuo y fiero quiere que te abandone sin saber en qué manos caerás, juro por esa boca, por esos ojos y por esos cabellos, entre los que quedé prendido, que bajo desesperado á los Infiernos, y que todos sus tormentos más crueles no lo serán tanto como el que me causará el recuerdo de haberte dejado sin proteccion.

A estas palabras respondió la tristísima Isabel inclinando su rostro bañado en llanto, y uniendo sus labios á los de Zerbino, descoloridos y lánguidos como la rosa que se marchita en su tallo por no haber sido cogida oportunamente:

—No te figures, vida mia, que harás sin mí tu final partida: ¡oh! no lo temas, corazon mio, pues estoy dispuesta á seguirte al Cielo ó al Infierno. Es preciso que nuestras almas se separen al mismo tiempo de nuestros cuerpos, y que vuelen juntas á la eternidad. En cuanto cierres los ojos, sucumbiré bajo el peso de mi dolor, ó si este no es bastante intenso para matarme, te prometo atravesarme hoy mismo el corazon con esa espada. Abrigo una gran esperanza de que nuestros cuerpos serán más felices despues de la muerte que en vida; pues quizá algun transeunte, movido á compasion, nos sepultará reunidos en una misma tumba.

Mientras así decia, iba recogiendo en su boca los últimos suspiros que la muerte arrancaba á Zerbino, ansiosa de aspirar hasta su más imperceptible soplo. Zerbino, esforzando su débil voz, le dijo:

—Te ruego y te suplico, ídolo mio, por aquel amor de que me diste pruebas al abandonar por mí el techo paterno, y te lo ordeno tambien, si así puedo hacerlo, que respetes tu existencia hasta que Dios tenga á bien disponer de ella, y conserves eternamente el recuerdo de que te he amado cuanto es posible amar en este mundo. No dejará el Señor de acudir en tu auxilio para librarte de todo ultraje, como acudió cuando para sacarte de la cueva envió en tu ayuda al Senador romano, y como te socorrió en el mar, y te libró de las violencias del criminal Odorico. Si solo la muerte puede algun dia salvar tu honra, entonces elige de dos males el menos funesto.

No creo que pudiera pronunciar estas últimas palabras de un modo bastante distinto para que Isabel las oyera; pues se extinguió su vida, como se extingue una bujía ó la luz de una lámpara privada de aceite. ¿Quién podria reproducir el inmenso dolor de la jóven, al ver á su amante pálido, rígido y frio como el hielo, tendido en sus brazos? Dejóse caer sobre el ensangrentado cadáver, y lo inundó con sus copiosas lágrimas, prorumpiendo en tales lamentos, que sus ecos se perdian á gran distancia por el bosque y la campiña: golpeábase el pecho y las mejillas; se mesaba lastimosamente sus rubios y ensortijados cabellos, y pronunciaba sin cesar el nombre de Zerbino. Su inmenso dolor, llevado hasta los últimos límites, degeneró en tal furor é ira tanta, que, olvidando las últimas órdenes de su amante, habria dirigido contra su propio pecho el acero homicida, si no corriera hácia ella, estorbando su criminal intento, un eremita que acostumbraba pasear con frecuencia desde su cercano retiro hasta la fresca y cristalina fuente. Este venerable anciano reunia á una gran bondad una prudencia natural, y era además caritativo en extremo, modelo de virtud y de elocuencia.

Aproximándose á la afligida jóven, empezó á dirigirle las frases más persuasivas y eficaces, exhortándola á la paciencia, y le presentó, como espejo en donde debia mirarse, el ánimo, y la resignacion de las mujeres del Antiguo y Nuevo Testamento. Le hizo comprender despues, que tan solo en Dios se hallaba la verdadera felicidad, y que todas las esperanzas mundanales eran rápidas, frágiles y transitorias. Tan elocuentemente habló al corazon de Isabel, que consiguió por último distraerla de su resolucion cruel al par que obstinada, haciéndole además formar el proyecto de consagrar el resto de sus dias al servicio de Dios; pero sin olvidar por ello el profundo amor que por su amante sintiera, ni abandonar tampoco sus restos mortales, de los que habia decidido no separarse nunca, llevándoselos consigo á todas partes y permaneciendo dia y noche junto á ellos.

Auxiliada por el eremita, que era robusto y fuerte, á pesar de su edad, colocaron el cuerpo de Zerbino sobre su caballo, y vagaron muchos dias por aquellas selvas. El prudente anciano no habia querido ofrecer á la bella jóven un asilo en su retiro solitario, fabricado en una selvática gruta, por temor de encontrarse enteramente solo con ella.—«Es harto peligroso, decia entre sí, tener á un tiempo en la mano la paja y la antorcha.»—No fiándose tampoco en su edad y su prudencia hasta el punto de intentar una prueba tan arriesgada, pensó que lo mejor seria acompañarla á Provenza, donde junto á un castillo próximo á Marsella, existia un monasterio riquísimo, agradablementesituado, y famoso por la religiosidad de sus moradoras. Para transportar hasta allí al difunto caballero, habia colocado su cadáver en una caja, bastante larga, capaz y embreada, que le proporcionaron en un castillo.

Anduvieron durante muchos dias por diferentes paises, eligiendo siempre los senderos menos frecuentados, á fin de evitar el encuentro de los muchos soldados que, por estar en guerra la Francia, circulaban por do quiera. Desgraciadamente, llegaron á un sitio en que los cerró el paso un caballero, dirigiéndoles los mayores ultrajes y los insultos más groseros, de lo cual me ocuparé cuando sea oportuno; pues ahora debo volver al Rey de Tartaria.

Una vez terminada la pelea del modo que he referido, púsose el jóven á descansar de sus fatigas á la sombra de los árboles y á la orilla del arroyuelo, despues de haber quitado la silla y el freno á su corcel, dejándole que paciera libremente las tiernas yerbecillas del prado. Apenas se habia recostado sobre el césped, cuando vió á lo léjos un caballero que desde lo alto de una colina se dirigia á la llanura. En cuanto Doralicia levantó la vista para mirarle, le conoció, y exclamó, designándolo á Mandricardo:

—Ese es, si no me engaña la distancia, el soberbio Rodomonte. Estoy segura de que desciende de esa colina para reñir contigo: esta es, pues, la ocasion más oportuna de mostrar tu valor. Como le estaba prometida en matrimonio, ha considerado mi rapto como un sangriento ultraje y viene decidido á vengarse.

Cual un intrépido azor, que, al ver aparecer la paloma, la perdiz, la chocha, el ánade ú otra ave semejante, levanta la cabeza, y se pone erguido y arrogante, así tambien Mandricardo se apresuró á enjaezar su corcel, esperando alegre y deseoso de pelear á Rodomonte, como si ya contasepor suya la victoria, con el pié afirmado en los estribos y las bridas en la mano. Cuando estuvieron tan próximos que podian oir distintamente sus altaneras palabras, empezó el Rey de Argel á amenazar al Tártaro con la cabeza y con la mano, gritándole que no tardaria en castigar la audacia con que, por un temerario capricho, habia osado provocar á un guerrero que no dejaba impune la menor injuria. Mandricardo respondió á tales amenazas:

—Es en vano que intentes infundirme miedo con amenazas, las cuales solo sirven para asustar á las mujeres, á los niños ó á los que no saben manejar el acero, Pero yo, para quien el mejor descanso es la pelea, las desprecio y estoy pronto á probártelo á pié, á caballo, con ó sin armas, y lo mismo en campo abierto, que en palenque cerrado.

Pronto pasaron de las amenazas, de los ultrajes y demostraciones de su ira, á las estocadas y al terrible estridor de los golpes, semejantes al viento que empieza por soplar con hálito apenas perceptible, y aumenta gradualmente su fuerza, sacudiendo primero las copas de los fresnos y las encinas, y levantando despues al cielo espesas nubes de polvo, hasta que concluye por arrancar de raiz, los árboles y derribar las casas, causando naufragios en el mar, y haciendo estallar en la tierra una violenta tempestad que destruye los rebaños esparcidos por la floresta. Los animosos corazones y extraordinarias fuerzas de los dos paganos, que no tenian iguales en el mundo, hicieron que el combate fuera tan espantoso cual debia esperarse de su natural feroz. Cada vez que chocaban los aceros, la tierra se estremecia á su tremendo y formidable estrépito; sus armas despedian millares de chispas que llegaban hasta las nubes, cual si fueran infinitas lámparas de ellas pendientes.

Sin tomar aliento ni descansar un solo instante, íbaseprolongando la lucha terrible de ambos reyes; uno y otro buscaban el sitio más á propósito para atravesar la armadura ó abrir la malla de su adversario, y ni el uno ni el otro cedia ó podia adelantar un paso, permaneciendo firmes en un reducido círculo, como si estuviesen rodeados de fosos y murallas, ó les costara demasiado cada pulgada de terreno. Uno de los infinitos golpes que el Tártaro descargó á dos manos sobre el Rey de Argel le alcanzó en la frente y le hizo ver mil relámpagos girando en su derredor. Privado por un momento de sus fuerzas el Africano, cayó de espaldas sobre la grupa de su caballo, perdió los estribos y estuvo á punto de medir el suelo en presencia de la mujer á quien tanto amaba. Pero así como un excelente arco de fino acero se endereza tanto más impetuosamente cuantos más esfuerzos se han hecho para encorvarlo, causando mayor daño del que ha recibido, de igual modo se enderezó el Africano y descargó sobre su enemigo un golpe mucho más violento, que alcanzó al hijo del Rey Agrican en el mismo sitio en que este hiriera á Rodomonte. Merced á su casco troyano, que le resguardó de aquella cuchillada, salió Mandricardo ileso; pero tan aturdido, que estuvo mucho tiempo sin saber si era de dia ó de noche. El airado Rodomonte, sin perder un instante, dejó caer otra vez su furiosa espada sobre la cabeza de su adversario.

Asustado el corcel del Tártaro por el silbido que despedia el acero al hendir el aire, sirvió por su mal de auxilio á su señor; pues encabritándose para huir de un salto, recibió en medio de la cabeza el tajo dirigido al ginete, y como no tenia, cual su amo, el casco de Héctor, cayó muerto en tierra. Al caer el caballo, Mandricardo, vuelto ya en sí, se puso en pié instantáneamente, y empezó á esgrimir con rapidez su Durindana. La rabia que hervia en su pecho á consecuenciade la muerte de su corcel no tardó en conocerse por sus incesantes y furiosos golpes: el africano dirigió su caballo sobre él con la intencion de derribarle; pero firme Mandricardo como el escollo combatido por las olas, resistió la acometida y derribó al caballo de Rodomonte. Apenas sintió este que su corcel caia, soltó los estribos, se apoyó en el arzon y saltó rápidamente á tierra. Igualándose de nuevo el combate, se hizo más terrible y desesperado; el odio, la ira, y la soberbia cegaban cada vez más á los dos guerreros, y la lucha iba á continuar al parecer indefinidamente, cuando llegó á toda prisa un mensajero que le puso término.

Este mensajero era uno de los muchos que habian enviado los moros por toda la Francia para llamar á sus banderas á los capitanes y caballeros, á fin de que los auxiliaran contra el Emperador de las lises de oro, el cual los tenia tan estrechamente sitiados en su campamento, que de no recibir un socorro inmediato, era segura su ruina. El mensajero conoció á los dos reyes, no solo por sus divisas y por los colores de sus sobrevestas, sino tambien por el modo de esgrimir las espadas y por los terribles golpes que sus manos eran las únicas capaces de descargar. Su cualidad de enviado del Rey no le inspiró la suficiente confianza para ponerse entre ellos, ni tampoco le pareció bastante segura la inviolabilidad de su cargo de embajador: así es que se dirigió á Doralicia, y le manifestó que Agramante, Marsilio y Estordilano, con un reducido número de guerreros, estaban asediados en su inseguro campamento por el ejército cristiano, suplicándole que se lo participara á entrambos caballeros, que procurara ponerles de acuerdo, y que les hiciera partir sobre la marcha en auxilio del pueblo sarraceno.

Doralicia se arrojó valerosamente entre ellos, diciéndoles:

—En nombre de ese amor que me profesais, os ordenoque reserveis vuestras espadas para hacer mejor uso de ellas, y acudais sin pérdida de tiempo en socorro de nuestro ejército sarraceno, asediado en este momento en sus tiendas donde espera un rápido auxilio ó su total ruina.

Entonces tomó la palabra el mensajero, refiriéndoles minuciosamente lo sucedido y el gran peligro en que se hallaban los moros, y entregó despues al hijo de Ulieno[152]una carta del hijo del rey Trojan. A consecuencia de estas noticias convinieron los dos guerreros en estipular una tregua hasta el dia en que los moros lograran romper el cerco que los estrechaba; pero bajo la condicion de que una vez levantado dicho cerco, habian de separarse de nuevo para volver á empezar la suspendida lucha, hasta que la suerte de las armas decidiera á quien habria de pertenecer la doncella. Tomaron por testigo de su juramento á la misma Doralicia, en cuyas manos lo prestaron.

Mal avenida la impaciente Discordia, así como el Orgullo, allí presentes, con aquella suspension de hostilidades, no querian consentir ni tolerar que quedara establecido tal acuerdo; pero pudo más que ellos el Amor, tambien presente, á cuyo valor ninguno se iguala, y á fuerza de flechazos, apartó á la Discordia y al Orgullo. Estipulóse, pues, la tregua entre ambos caballeros, tal como plugo á la que imperaba en sus corazones. Faltábales un caballo, pues el del Tártaro yacia tendido sin vida, cuando apareció oportunamente Brida-de-oro, que iba pastando á orillas del arroyo. Pero veo que he llegado al fin de este canto, por lo cual, con vuestro permiso, haré aquí punto.

FIN DEL TOMO I.


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