The Project Gutenberg eBook ofOrlando Furioso, Tomo IThis ebook is for the use of anyone anywhere in the United States and most other parts of the world at no cost and with almost no restrictions whatsoever. You may copy it, give it away or re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included with this ebook or online atwww.gutenberg.org. If you are not located in the United States, you will have to check the laws of the country where you are located before using this eBook.Title: Orlando Furioso, Tomo IAuthor: Lodovico AriostoTranslator: Manuel Aranda y SanjuanRelease date: July 6, 2014 [eBook #46201]Most recently updated: October 24, 2024Language: SpanishCredits: Produced by Carlos Colón, Sharon Joiner, Paz Barrios andthe Online Distributed Proofreading Team athttp://www.pgdp.net*** START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK ORLANDO FURIOSO, TOMO I ***
This ebook is for the use of anyone anywhere in the United States and most other parts of the world at no cost and with almost no restrictions whatsoever. You may copy it, give it away or re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included with this ebook or online atwww.gutenberg.org. If you are not located in the United States, you will have to check the laws of the country where you are located before using this eBook.
Title: Orlando Furioso, Tomo IAuthor: Lodovico AriostoTranslator: Manuel Aranda y SanjuanRelease date: July 6, 2014 [eBook #46201]Most recently updated: October 24, 2024Language: SpanishCredits: Produced by Carlos Colón, Sharon Joiner, Paz Barrios andthe Online Distributed Proofreading Team athttp://www.pgdp.net
Title: Orlando Furioso, Tomo I
Author: Lodovico AriostoTranslator: Manuel Aranda y Sanjuan
Author: Lodovico Ariosto
Translator: Manuel Aranda y Sanjuan
Release date: July 6, 2014 [eBook #46201]Most recently updated: October 24, 2024
Language: Spanish
Credits: Produced by Carlos Colón, Sharon Joiner, Paz Barrios andthe Online Distributed Proofreading Team athttp://www.pgdp.net
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Nota del Transcriptor:Errores obvios de imprenta han sido corregidos.Páginas en blanco han sido eliminadas.
LOS GRANDES POEMAS.
JOYAS DE LA LITERATURA UNIVERSAL
PUBLICADOS BAJO LA DIRECCION LITERARIA DE
D. FRANCISCO JOSÉ ORELLANA.
TOMO II DE LA COLECCION.
POEMA ESCRITO EN ITALIANO
POR
LUDOVICO ARIOSTO
Y TRADUCIDO AL CASTELLANO Y ANOTADO
POR
D. MANUEL ARANDA Y SANJUAN.
TOMO I.
BARCELONA.EMPRESA EDITORIAL LA ILUSTRACION.CALLE DE MENDIZÁBAL, NÚMERO 1.1872.
ES PROPIEDAD.
BARCELONA.ESTABLECIMIENTO TIPOGRÁFICO DE JAIME JEPÚS.CALLE DE PETRITXOL, NÚM. 9, BAJOS.1872.
LUDOVICO ARIOSTO.
LUDOVICO ARIOSTO.
LUDOVICO ARIOSTO.
Ludovico, ó Luis, Juan Ariosto nació el 8 de Setiembre de 1474 en Reggio, ciudad del ducado de Ferrara. Sus padres fueron Nicolás Ariosto, noble ferrarés, gobernador de la ciudadela de Reggio, y Daria Maleguzzi. Luis fué el mayor de sus cuatro hermanos y cinco hermanas.
Apenas entrado en la adolescencia, dió público testimonio de su singular talento, pronunciando en la apertura del curso universitario un discurso en latin, compuesto por él, y notable por sus conceptos y por su florido estilo. Desde entonces reveló su inclinacion y habilidad en la poesía, escribiendo un drama titulado laFábula de Tisbe, que representó despues, acompañado de sus hermanos. Por obedecer á su padre empleó cinco años en el estudio de las leyes; pero con tanta tibieza y desapego, que no correspondiendo el resultado á las esperanzas concebidas, se decidió su padre á dejarle seguir la carrera á que le llamaba su vocacion. Estudió nueva y cuidadosamente la lengua latina bajo la direccion de Gregorio de Spoleti, y se entregó con tal ardor al exámen de los más excelentes escritores de aquella lengua, especialmente de los poetas, que descubrió y aprendió las bellezas menos observadas, y consiguió descifrar los pasajes más oscuros, lo cual le dió gran renombre en la corte de Roma, bajo el pontificado de Leon X.
Habiendo adquirido Ariosto en la escuela de Gregorio el caudal de conocimientos necesario, intentó ajustar la comedia italiana á las reglas de la griega y de la latina, componiendo en prosa laCassariay losSuppositi(los supuestos ó fingidos), que arregló más tarde en versos esdrújulos. La muerte de su padre, ocurrida en Febrero de 1500, le privó, en gran parte, de la comodidad y del tiempo necesario para continuar los trabajos emprendidos en la poesía italiana y en la latina, por haberse visto obligado á dedicarse á una tarea tan penosa como nueva para él, cual era la del arreglo de sus asuntos domésticos, aunque no de modo que renunciara totalmente á su ocupacion predilecta, segun lo prueban las diferentes poesías que de aquel tiempo nos dejó impresas. No tardó en conocer y apreciar su talento el cardenal Hipólito de Este, hijo de Hércules I, el cual quiso que Ariosto formara parte de su alta servidumbre. Observando aquel experto Príncipe que no consistia en la poesía solamente el mérito de nuestro poeta, tuvo á gran dicha confiarle las comisiones más delicadas, así suyas como de su hermano Alfonso, sucesor de su padre Hércules en el ducado de Ferrara. Estas comisiones fueron varias; pero las dos más importantes consistieron, la primera, en impetrar del pontífice Julio II, en Diciembre de 1509, los socorros necesarios en gente y dinero para rechazar una agresion de los venecianos, y la segunda, en aplacar la cólera del mismo Pontífice, sumamente irritado contra el duque Alfonso por su alianza con los franceses.
En el tiempo en que Ariosto perteneció á la servidumbre del Cardenal de Este, se le ocurrió, con objeto de atraerse el favor de su señor, componer un poema que redundase en alabanza de dicho Cardenal y de su familia, y empezó á escribirlo en tercetos; mas satisfaciéndole poco este metro, adoptó las octavas reales, como más á propósito para su idea, emprendiendo en seguida el trabajo de completar la obra bosquejada por el conde Boyardo en suOrlando enamorado. Despues de diez ú once años de trabajo, muchas veces interrumpido, creyó que su poema estaba en disposicion de ser impreso y publicado, á fin de conocer la opinion formada sobre él, no solo por sus amigos, sino tambien por la generalidad, y tenerla presente para corregirlo más adelante. En efecto, en 1516 dió á luz suFurioso, y una vez conocido el parecer delas personas ilustradas, y despues de muchas correcciones, adiciones y cambios, y de añadir seis cantos á los cuarenta de la primera edicion, volvió á publicarlo en Ferrara en 1532. No quedó tampoco satisfecho de las correcciones hechas en esta segunda edicion; porque desanimado por el desvío con que despues de quince años de leales y penosos servicios le pagó su señor, y atormentado por los incesantes litigios que tuvo que sostener y que iban mermando su patrimonio, ó no hizo nada en su poema por espacio de mucho tiempo, ó á lo menos poco y con poco gusto; de modo que hácia el fin de su vida se lamentaba de que suFuriosocareciese de la debida correccion, parte por causa de sus cuidados domésticos, y parte por culpa de sus señores, que continuamente le distraian con viajes, embajadas y gobiernos.
Ariosto suponia con fundamento que su poema le haria acreedor del aprecio del Cardenal, y supuso tambien con razon que este aprecio no se entibiaria por alguna cosa de poca importancia; pero cualquiera que fuese el concepto que al principio hubiese formado aquel príncipe de dicha obra, lo cierto es que no habian transcurrido diez y ocho meses cuando el poeta se vió privado del fruto de sus honrosas tareas. La única causa que para ello medió consistió en que, cuando pasó el Cardenal á Hungria para permanecer en aquel país, como permaneció dos años y algunos meses, Ariosto se excusó de acompañarle, fundándose en la necesidad de atender á su quebrantada salud y al cuidado de su familia. Desde aquel momento el Cardenal, si bien no le despidió de su servidumbre, le privó por lo menos de su gracia, y dió manifiestas pruebas de su animadversion hácia el poeta. Encontró, sin embargo, cierta compensacion á esta pérdida en el nombramiento dé gentil-hombre de su cámara, que le confirió el duque Alfonso.
Desempeñó tranquilamente este nuevo servicio cerca de tres años, en que disfrutó del sosiego necesario para sus estudios, aun cuando siempre que salia el Duque fuera de la capital, se veia obligado á acompañarle; pero no fueron tranquilos por lo que á sus asuntos domésticos hacia, los cuales le traian sumamente angustiado á causa de lo reducido de su patrimonio y de su numerosa familia. Poco despues se añadió á esta estrechez la pérdida de cierta pension que bastaba á sus necesidades, que cobraba en Ferrara, y que fué suprimida por el Duque.
Reducido á los mayores apuros, suplicó al Duque que le auxiliase en su necesidad ó que le diera licencia para dejar su servicio, á fin de buscar en otra parte los medios de vivir de que carecia. Alfonso creyó satisfacer sus deseos, nombrándole en Febrero de 1522 gobernador de la Garfagnana, en ocasion en que el gobierno de aquel país era peligroso á consecuencia de las distintas facciones y partidas de bandoleros que merodeaban por él. En dicho cargo continuaba en el año de 1523, cuando Clemente VII fué elegido papa, segun sabemos por la sátira sétima que escribió á Buenaventura Pistofilo, secretario del Duque de Ferrara, en respuesta á la proposicion de nombrarle ministro residente cerca del Papa, que dicho secretario le habia dirigido; manifestando que, aparte de la obediencia que al Príncipe debia, preferia continuar tranquilo en su patria. Siguió, pues, encargado del gobierno de la Garfagnana hasta terminar el plazo fijado, que era de tres años, y despues se trasladó á Ferrara, donde por complacer al Duque, á quien agradaban en extremo las representaciones teatrales, se dedicó á revisar y corregir las cuatro comedias que habia escrito hacia ya muchos años, y á empezar laEscolástica, que fué la quinta, y cuya obra dejó sin concluir.
El duque Alfonso no escaseó gasto alguno para hacer que se representaran dichas comedias, é hizo que se levantase un teatro en un salon de su palacio segun los planos del mismo poeta, el cual se esmeró tanto en su construccion, que por aquel tiempo no se conoció otro tan bello ni magnífico. En él se representaron varias veces con extraordinario aplauso y en presencia de muchos príncipes las cuatro comedias citadas, tomando parte en su ejecucion los personajes más notables de la corte, segun era costumbre en aquellos tiempos; y hasta el príncipe D. Francisco, uno de los hijos del Duque, no se desdeñó de recitar el prólogo de laLena, la primera vez que esta obra se puso en escena en el año 1528.
Ariosto intentó componer un nuevo poema, ó más bien ampliar suFurioso, añadiendo los cinco cantos que despues de su muerte fueron impresos á continuacion del poema primitivo. Otras muchas cosas escribió, además de las publicadas, para ejercitarse en la poesía ó como meros ensayos; y sábese especialmente que, para adiestrarse en la invencion de suFurioso, se dedicó á la traduccionde varios libros novelescos, así españoles como franceses. Por complacer al Duque y quizá tambien por su propia conveniencia, se ocupó asimismo en arreglar á la escena italiana muchas comedias de Plauto y de Terencio, cuyos ensayos seria de desear que no se hubiesen perdido, por más que el Poeta los tuviese en poco, aunque solo fuese porque, merced á ellos, tendríamos una nueva y respetable interpretacion de muchos pasajes oscuros y difíciles de los clásicos latinos.
Los primeros ingenios de su tiempo apreciaron cual se merecian las valiosas dotes de nuestro Poeta, el cual vivió con ellos en cordial amistad, presentándonos un honroso recuerdo de esta en su poema. Pero más particular y hasta cariñosamente fué amado, querido y admirado de los principales señores de Europa, entre los cuales podemos citar, además de su señor natural, el Duque de Ferrara, que le distinguió más que cuantos en este ducado tenian á gala proteger las artes y la literatura, á Juan de Médicis, que fué despues Papa con el nombre de Leon X; á los cardenales Gonzaga, Farnesio, Salviatti, Bibiena y Campeggi; al marqués del Vasto y todos los señores de la corte de Urbino; á otros muchos príncipes y reyes que le ofrecieron un lugar honroso en sus cortes, y para terminar de una vez, al emperador Cárlos V, el cual, encontrándose en Mantua en noviembre de 1532, quiso honrarle públicamente colocándole por su propia mano una corona de laurel en la cabeza.
Poco más de un mes haria que habia cumplido los 58 años, cuando apenas terminada la impresion de su poema corregido y ampliado, empezó á sentir los primeros síntomas de una enfermedad que le condujo en ocho meses al sepulcro. Los principales médicos de Ferrara que le asistieron la juzgaron desde luego incurable. La calificaron de una obstruccion en el cuello de la vejiga, y queriéndola combatir con bebidas aperitivas, le estropearon el estómago: acudiendo entonces á atajar esta nueva indisposicion, tanto le estragaron, que al fin resultó ético. Supúsose que su mal habia tenido principio en la noche que precedió al último dia del año 1532, no porque entonces empezara á sentirse de él atacado, sino porque en aquella noche se agravó de manera, que desesperó ya de recobrar la salud. Ocurrió la citada noche que, prendióse fuego en una tienda situada en la galería del patio ducal frente á laCatedral, y corriéndose las llamas á las tiendas contiguas, ardieron todas en tres dias y con ellas los salones del palacio que sobre ellas habia, juntamente con el teatro que el Duque habia hecho construir pocos años antes en aquellos salones para la representacion de las comedias de Ariosto. Desde entonces la enfermedad hizo rápidos progresos, y despues de haberle extenuado completamente, le ocasionó la muerte el dia 6 de Junio de 1533. Cuatro hombres trasladaron su cadáver desde la casa mortuoria, situada en la calle del Mirasol, hasta la iglesia vieja de S. Benito, alumbrado tan solo por dos hachas, pero acompañado espontáneamente por los monjes y enterrado en dicha iglesia tan sencillamente como habia querido y prescrito.
Su hermano Gabriel deseó hacerle un sepulcro proporcionado á su cariño y al mérito del Poeta, pero no le ayudaron los medios. Su hijo Virginio se propuso trasladar sus restos á una capilla que habia levantado en el huerto de la casa paterna; mas los monjes se opusieron tenazmente á ello. Cuarenta años permanecieron los huesos de Ariosto en tan humilde sepultura, aunque visitados y honrados por muchos poetas, que le dedicaron composiciones latinas é italianas. Agustín Mosti, noble ferrarés, discípulo de Ariosto, determinó erigirle á sus expensas un sepulcro más decoroso, y lo construyó en efecto en la iglesia nueva de dichos monjes, todo de mármoles finísimos, y adornado de figuras y elegantes tallados, descollando en su parte superior la estátua del Poeta, de mayor tamaño que el natural. En 1612, uno de de sus descendientes, llamado como él Ludovico, le erigió otro sepulcro en la misma iglesia, mucho mejor por la calidad de los mármoles y por su belleza arquitectónica, y se trasladaron de nuevo á él sus cenizas, donde reposan hasta hoy dia.
Mucho nos quedaria que decir aun si quisiéramos ocuparnos minuciosamente de cuanto tiene relacion con el poeta ferrarés. Nos limitaremos á manifestar, que en sus poemas y especialmente en sus sátiras nos dejó una exposicion clara é ingénua de las dotes de su ánimo, conformes á la más rigurosa moral, y nos aventuramos á decir que, si viviese en nuestros dias, hubiera ofrecido un ejemplo digno de imitar, y habria descollado sin duda alguna entre los hombres de fama mejor sentada. Los escritores contemporáneos deAriosto ponderan la afabilidad de su trato, la delicadeza y lealtad de sus acciones, su diligencia en complacer á cuantos hacian uso del favor que gozaba con el Duque, su modestia y su respeto hácia todos, su justicia, su mansedumbre y su agrado. Ensalzaban asimismo su moderacion en el deseo de gracias y honores, y aseguraban, que dándose por satisfecho con una modesta riqueza, aborrecia los bienes adquiridos por medio de las bajezas ó las humillaciones. Amigo de la sobriedad, despreciaba los esquisitos manjares de los banquetes solemnes. Le suponian experto y sagaz, profundo conocedor de los cortesanos y del carácter de los hombres que habia tratado; de imaginacion rápida, y agudo y hasta chistoso en sus palabras; inclinado al estudio y á la contemplacion; enemigo de la ociosidad, de las vanas ceremonias, y sobre todo de las adulaciones palaciegas; amante en extremo de su patria, fiel á sus príncipes, y constante en su amistad.
En muchos pasajes de sus poesías se manifiesta inclinado á los galanteos amorosos; pero aun cuando hubiese sido tal como él mismo confiesa, créese que se separó algun tanto de la verdad por capricho, y por dar belleza y amenidad á sus poéticas fantasias como lo exigía el carácter y la libertad de su siglo. Parece á muchos censurable que ciertos trozos de sus poesías no puedan leerse por todos sin perjuicio de la honestidad; pero debe tenerse presente que en su tiempo no sucedia lo mismo, como hoy no lo es entre ciertos isleños la desnudez que no tolerarian los europeos. Ariosto fué siempre cauto y reservado en cuanto se relacionaba con sus amores: tuvo dos hijos naturales, Virginio y Juan Bautista: el primero, nacido de una amiga, llamada Ursulina, fué canónigo de la Catedral de Ferrara; y el segundo, de madre ignorada, capitan de la milicia del Duque. De su mujer legítima, Alejandra Benucci, florentina, no se sabe que tuviese descendencia.
Por último, aun cuando á nuestro Poeta no se le ocurrió hacer gala de un valor que se avenia mal con su carácter pacífico, debemos hacer constar con el Pigna, uno de los escritores contemporáneos, que tomó parte en un combate naval contra las fuerzas del papa Julio, ó más bien contra las de la República veneciana, en el cual dió evidentes pruebas de bravura, resistiendo valerosamente con otros caballeros, y logrando apoderarse de un bajel enemigo, cargado de pertrechos y de toda clase de víveres de boca y guerra. Por lo demás, basta la energía que demostró para limpiar el territorio de la Garfagnana de los bandoleros y facciosos que lo infestaban, para dejar sentado que el valor no era una de las cualidades que menos resaltaban en el inmortal autor deOrlando furioso.
ORLANDO FURIOSO.
Huye Angélica sola, mientras Reinaldo procura alcanzar á su fiel caballo que se le ha escapado.—Encendido este guerrero en ira y en amor, ataca al orgulloso Ferragús.—Este pronuncia un nuevo juramento, más terminante que el primero con respecto á apoderarse de un casco.—El Rey de Circasia encuentra con alegría á su amada, y Reinaldo estorba la realizacion de sus planes.
Canto la galantería, las damas, los caballeros, las armas, los amores y las arriesgadas empresas del tiempo en que los moros atravesaron el mar de África é hicieron grandes estragos en Francia, imitando el impetuoso y juvenil ardor de su rey Agramante, el cual se jactaba de vengar la muerte de Trojan en la persona de Carlos, emperador de romanos.
Con respecto á Orlando, referiré cosas que jamás se han dicho en prosa ni en verso; manifestaré cómo se convirtió en un loco furioso aquel hombre tenido siempre como modelo de cordura: ojalá que aquella por quien me falta poco para verme en tal estado, segun lo que va amortiguando mi escaso ingenio, me conceda el suficiente para llevar á cabo lo que prometo.
Y vos, ¡oh Hipólito!, generoso descendiente de Hércules,ornato y esplendor de nuestro siglo, dignaos acoger complaciente este trabajo, única muestra de agradecimiento que le es dable ofreceros á vuestro humilde súbdito. Con mis palabras ó mis escritos puedo solamente pagaros lo que os debo: corto es su valor, pero os aseguro que con ellos os doy todo cuanto me es posible daros.
Entre los esclarecidos héroes que me propongo celebrar en mis versos, oireis recordar á aquel Rugiero, que fué el antiguo tronco de vuestra ilustre familia. Escuchareis el relato de su preclaro valor y memorables hazañas, si os dignais prestarme atencion, y si mis versos logran ocupar un lugar entre vuestros elevados pensamientos.
Enamorado Orlando, largo tiempo hacía, de la bella Angélica, habia alcanzado por causa de esta infinitos é inmortales laureles en la India, en la Media y en la Tartaria. Con ella habia regresado al Occidente, y llegado al pié de los elevados Pirineos, donde las huestes reunidas en Francia y Alemania, esperaban al rey Cárlos para emprender la campaña contra los reyes Marsilio y Agramante, á quienes se proponian hacer arrepentir de su loca arrogancia por haber traido del África, el primero, cuantos hombres eran aptos para llevar las armas, y haber aprestado el segundo todos sus soldados que á la sazon dominaban en España, para destruir el hermoso reino de Francia.
Orlando se presentó oportunamente en aquel lugar; pero pronto se arrepintió de su llegada, pues al poco tiempo le fué robada su dama: ¡tan sujeta está al error la inteligencia humana! Aquella mujer por quien habia tenido que sostener tantos combates desde las costas orientales á las occidentales, fuéle arrebatada cuando se hallaba en su patria, entre sus amigos, y sin poder requerir la espada para impedirlo. El prudente emperador, queriendo prevenir mayores males, fué quien la hizo desaparecer; pues habiéndose originado poco antes una viva disension entre el conde Orlando y su primo Reinaldo, llevados ambos de un apasionado y ardiente amor hácia la extraordinaria belleza de Angélica, disgustóse Cárlos en alto grado por tal querella, cuyo efecto inmediato era el de que se debilitase la ayuda que pudieran prestarle ambos paladines; y se apoderó de la doncella, entregándola al duque de Baviera, y prometiéndola como recompensa á aquel de los dos que matara por su mano mayor número de infieles y más se distinguiera en la batalla que se preparaba.
El éxito, sin embargo, fué contrario á sus deseos; pues habiendo sido derrotados y puestos en fuga los cristianos, cayó el Duque prisionero juntamente con muchos de los suyos, y quedó abandonada su tienda de campaña. Angélica, previendo que la Fortuna se mostraria aquel dia adversa á los soldados de Cristo, habia montado á caballo, poco antes de trabarse la batalla, y huyó cuando vió el giro que esta tomaba.
Entró en un bosque, y en uno de sus estrechos senderos divisó á un caballero que, á pié, cubierto con su coraza, puesto el casco, con la espada al cinto y embrazado el escudo, corria por la floresta más ligero que el aldeano que medio desnudo disputa el premio de la carrera. La tímida pastorcilla que tropieza con una serpiente cruel no huye más veloz de lo que Angélica revolvió su corcel al ver al guerrero que hácia ella se dirigia.
Este era el paladin gallardo, hijo de Amon, señor de Montauban, á quien por un extraño suceso se le habia escapado su caballo Bayardo. En cuanto fijó sus miradas en la jóven y pudo distinguir, aunque desde léjos, su bello y angelical semblante, quedó preso en las redes del amor. Ladoncella volvió las riendas á su palafren y lo lanzó á toda brida por la espesura de la selva, sin seguir un camino determinado. Pálida, temblorosa, y sin ser dueña de sí misma, dejó al instinto del caballo la eleccion del sendero, y despues de dar infinitas vueltas por la selva, en todas direcciones, llegó al fin á la orilla de un rio.
Cubierto de sudor y lleno de polvo encontrábase en el mismo sitio Ferragús, atormentado por la sed y el cansancio despues de la batalla: á pesar suyo, se veia detenido allí; pues en la precipitacion por refrescar su ardorosa garganta, habia dejado caer el yelmo en el agua, y hacia desesperados esfuerzos por recobrarlo.
La atemorizada doncella llegaba á escape y gritando con todas sus fuerzas: el sarraceno, al oir sus voces, saltó á la orilla, contempló un momento á la jóven, y á pesar de su palidez y turbacion, y de hacer mucho tiempo que no la habia visto, conoció bien pronto que era la hermosa Angélica la que se aproximaba.
Enamorado sin duda de ella, como los dos primos, y lleno de galantería, le prestó todo el auxilio que le fué posible, y sin cuidarse de que el yelmo no resguardaba su cabeza, tiró de la espada, y corrió amenazador hacia Reinaldo, á quien no intimidaba su feroz aspecto: ambos se habian encontrado ya muchas veces frente á frente, y ambos conocian tambien el temple de sus armas. Trabóse entre ellos un combate cruel, á pié y desnudos los aceros, descargándose recíprocamente tan terribles golpes, que no ya las corazas ni las delgadas mallas, sino ni aun los más fuertes yunques los resistirian. Pero, en tanto que los dos combatientes procuraban herirse, el caballo de Angélica necesitó valerse de todo su instinto; pues la jóven, aguijándole cuanto le era posible, lo lanzó á todo escape por el bosque y por el campo.
Cansados los dos guerreros de procurar aunque en vano derribarse el uno al otro, y de emplear todo su valor y destreza, que era igual en ambos, para alcanzar la victoria, el Señor de Montauban, en cuyo corazon ardia de tal modo el fuego del amor, que lo ocupaba por completo, se dirigió al sarraceno, diciéndole:
—Crees ofenderme á mí solo, y sin embargo ahora te estás tambien perjudicando: si combatimos porque los rayos refulgentes de ese nuevo Sol te han abrasado el pecho, ¿qué consigues con detenerme aquí? Aun cuando logres someterme ó darme la muerte, no por eso será tuya aquella doncella; pues mientras nosotros perdemos aquí el tiempo, ella huye precipitadamente. ¡Cuánto mejor seria, si es que la amas, que la alcancemos en su camino, y procuremos detenerla antes de que se aleje más! Cuando la tengamos en nuestro poder, entonces el acero decidirá á quién ha de pertenecer: de lo contrario, y despues de un prolongado combate, solo resultará perjuicio para entrambos.
Aceptó el infiel esta proposicion, y quedó aplazado el desafío. Establecióse por el momento entre ellos una tregua inusitada, llegando á olvidar sus iras y rencores hasta tal extremo, que el pagano, al apartarse de aquella fresca corriente, no consintió que fuera á pié el buen hijo de Amon; y habiendo conseguido despues de varias súplicas que montara á la grupa de su caballo, se dirigieron en seguimiento de Angélica.
¡Oh extraordinaria bondad de los caballeros antiguos! Ambos eran rivales, de diferentes creencias; aun se resentia todo su cuerpo del rigor de los golpes que acababan de darse, y sin embargo, atravesaron juntos y sin mútua desconfianza los tortuosos senderos de aquella selva oscura. El corcel, hostigado por las aceradas puntas de cuatro acicates, llegó velozmente á un sitio donde se bifurcaba el camino. Vacilantes, por ignorar el que habria seguido la doncella, pues en las dos sendas se veian huellas recientes y parecidas, se entregaron al acaso; Reinaldo siguió por una, y el sarraceno por la otra. Despues de haber dado Ferragús muchas vueltas por el bosque, fué á parar al mismo sitio de donde habia partido, y encontróse junto al rio en que habia perdido su casco. Desesperando de alcanzar á la doncella, dedicóse á buscarlo, y con este objeto se metió en el agua; pero estaba aquel tan enterrado en la arena, que necesitaba emplear muchos esfuerzos antes de recobrarlo.
Valiéndose de una larga rama, despojada de hojas, que habia arrancado de un álamo, empezó á sondear el rio y á reconocer su lecho minuciosamente. Profundamente irritado estaba ya al considerar la inutilidad de sus esfuerzos y su prolongada permanencia en aquel sitio, cuando vió que sacaba el cuerpo fuera del rio, y hasta el pecho solamente, un caballero, de feroz aspecto, y armado completamente, aunque con la cabeza descubierta, el cual sostenia en su diestra mano el mismo casco que por tanto tiempo habia buscado Ferragús infructuosamente.
Con ademan airado, le dirigió la palabra en estos términos:
—¡Infame, hombre sin fé! ¿por qué te pesa tanto dejar aquí este yelmo, que há tiempo debiste haberme devuelto? Acuérdate, infiel, de cuando diste muerte al hermano de Angélica: ese soy yo. Recuerda que me prometiste arrojar al rio mis armas y mi casco. No te turbes, pues, porque la suerte haya cumplido mis deseos, ya que tú no has querido cumplirlos; tu turbacion ha de causarla más bien tu falta de fé y lealtad. Ya que tanto deseas poseer un casco bien templado, procura adquirir otro, pero con honor: el paladinOrlando tiene uno; otro, y quizá mejor, posee Reinaldo: el uno fué de Almonte; el otro de Mambrino. Conquista cualquiera de ellos con tu valor: en cuanto á este, ya que has prometido dejármelo, harás bien en renunciar á él.
Al aparecer repentinamente fuera del agua aquella sombra, cambióse el color del semblante del sarraceno y se le erizaron los cabellos, expirando además las palabras en sus labios. Pero cuando oyó la voz de Argalía (que así se llamaba) á quien habia dado allí mismo la muerte, reconvenirle de semejante modo por su deslealtad, se sintió abrasado por la ira al par que por el rubor. Permaneció silencioso, sin ánimo ni tiempo para procurar excusarse, por lo mismo que reconocia que era verdad cuanto le habia dicho; pero tanto pudo en él la vergüenza, que juró por la vida de Lanfusa[1]no cubrir su cabeza con más casco que con el que arrancó Orlando en Aspromonte al feroz Almonte, y observó mejor este juramento que el anterior. Tan pesaroso se alejó de aquel sitio, que durante muchos dias no pudo apartar aquella escena de su memoria, ni dedicarse á otra cosa más que á buscar, aunque en vano, al paladin por todos los sitios donde suponia encontrarlo.
No habia andado mucho Reinaldo al separarse del sarraceno, cuando vió á su caballo saltar delante de él.—Detente, detente, Bayardo mio, exclama el caballero, que me perjudica mucho encontrarme sin tí!—Pero el corcel, sordo á tales voces, no solo no obedecia á su amo, sino que huia con mayor velocidad; y Reinaldo, inflamado de corage, echó á correr en pos de él.
Pero volvamos á la fugitiva Angélica que, vagando por selvas espantosas y sombrías, atravesando sitios deshabitados, yermos y salvajes, de tal temor estaba poseida, que el más leve movimiento de las hojas ó de las ramas, cualquier sombra que veia en el monte ó en el valle, le parecia que era Reinaldo que iba en su seguimiento. Cual tierno gamo ó jóven cervatilla, que al ver á su madre, entre la enramada del bosquecillo que le sirve de guarida, con los hijares desgarrados por los dientes del feroz leopardo, huye de selva en selva ante la terrible fiera, temblando de pavor y creyendo que todo, hasta el arbusto con que tropieza, es el fiero animal que abre la boca para devorarla, así Angélica volaba despavorida durante la noche y la mitad del siguiente dia, sin saber adonde dirigir sus pasos: al fin encontróse en un embalsamado bosquecillo, blandamente oreado por el fresco céfiro. Dos claros arroyuelos, murmurando en torno suyo, mantenian tierna y siempre nueva la verdura de aquel agradable sitio, y halagaba suavemente al oido el rumor del agua al correr lentamente entre las guijas. Creyéndose allí en completa seguridad y muy léjos de Reinaldo, determinó reponerse algun tanto del cansancio producido por su precipitada carrera y por un calor abrasador. Apeóse entre las flores; y quitando la brida al palafren, le dejó en libertad de pacer la fresca yerba en que abundaban las claras márgenes de aquellos arroyuelos.
No léjos de aquel sitio divisó una espesura de floridos espinos y de encarnadas rosas, que se reflejaban en el espejo de las movibles ondas y estaban preservados de los rigores del Sol por la sombra de altas y pobladas encinas: bajo aquella verde bóveda, que ofrecia un oculto al par que fresco retiro con sus ramas espesas y entrelazadas, donde el Sol no entra, y donde tampoco podia penetrar la mirada humana, habia un lecho de verde musgo que convidaba al reposo. La hermosa jóven se dirigió á él, y se entregó confiadaá un sueño reparador; pero apenas lo habia conciliado, cuando le pareció oir las pisadas de un caballo: levantóse silenciosa y vió á un caballero armado, que estaba junto al rio. Ignorando si era amigo ó enemigo, su corazon palpitaba entre el temor y la esperanza, y se decidió á esperar el fin de aquella aventura, conteniendo en lo posible su respiracion para no ser descubierta.
El caballero se sentó á la orilla del rio, y apoyando su cabeza en una mano, cayó en tan profunda meditacion, que parecia convertido en mármol. Más de una hora permaneció inmóvil y entregado á sus pensamientos; despues con tono aflijido y lastimero prorumpió en tan suaves quejas, que hubiera conmovido á las piedras ó ablandado á las fieras. Surcaba sus mejillas el llanto entrecortado por los suspiros, y su pecho parecia abrasado como un volcan.
—¡Oh pensamiento, que hielas y abrasas alternativamente mi corazon, decia, y eres causa del dolor que continuamente le oprime! ¿qué debo hacer puesto que he llegado tarde y otro se ha anticipado á coger el fruto? Apenas he conseguido una palabra ó una mirada, mientras que otro ha alcanzado los más preciados tesoros. Si para mí no hay ya frutos ni flores, ¿por qué he de atormentar inútilmente mi corazon?... La doncella es como la rosa, que mientras descansa sola y segura en un bello jardin sobre su espinoso tallo, no se le acerca ni el pastor ni el ganado: el aura suave, el alba sonrosada, el agua, la tierra, todo la favorece. Los amantes y las jóvenes enamoradas gustan de adornar con ella su pecho ó su cabeza; pero en cuanto se la arranca del materno tallo y de su verde tronco, pierde todo el favor, gracia y belleza que le concedieran el cielo y los hombres. Del mismo modo la doncella, privada por un amante de esaflor que debe tener en más que la hermosura de sus ojos y que su propia vida, pierde el favor de los demás amantes. Sea pues despreciable á los ojos de los otros, por más que la ame entrañablemente aquel á quien se entregó. ¡Ah fortuna cruel y despiadada! Triunfan los demás, mientras yo muero de despecho. ¿Y podrá suceder que deje de amarla? ¡Ah, prefiero morir antes que olvidarla!
Aquel guerrero que aumentaba con sus lágrimas el caudal del rio, era el enamorado Sacripante, rey de Circasia. La causa de su amarga pena consistia en el amor que profesaba á Angélica, de quien fué bien pronto reconocido. Llevado de sus amorosos deseos habia pasado desde Oriente á Occidente; en la India supo con gran dolor que la jóven habia seguido á Orlando hácia Europa; en Francia tuvo noticia de que el Emperador se habia apoderado de ella y la habia prometido en premio á aquel que más servicios prestara á la causa de las doradas lises. Sacripante se presentó en el campo de batalla, tuvo ocasion de contemplar la derrota de los cristianos, y despues procuró descubrir las huellas de Angélica, cosa que aun no habia podido conseguir. Tal es la triste causa que en su amoroso desvarío ocasiona su tristeza, obligándole á lamentarse y á prorumpir en quejas, que serian capaces de detener al Sol en su carrera.
En tanto que el guerrero se entregaba á su quebranto y derramaba torrentes de lágrimas, quiso su buena suerte que llegáran sus lamentos á oidos de Angélica, y aquel instante inesperado fué para él más favorable que mil años de afanosa espectativa. La hermosa estuvo atenta á las palabras, al llanto y á los movimientos del que le consagraba ferviente amor; no era ciertamente aquella la primera vez que escuchaba tales quejas, pero jamás pudieron conmover su duro y helado corazon, como sucede al que desdeña á sussemejantes por no encontrar á ninguno digno de él. Pero viéndose entonces sola y en medio de los bosques, juzgó que Sacripante podia servirle de guia fiel; pues muy obstinado es el mortal que, próximo á ahogarse, no demanda socorro. Dejando escapar aquella oportunidad, le seria difícil encontrar mejor compañía, por lo mismo que en las diferentes y constantes pruebas de amor que aquel rey le habia dado, tuvo ocasion de conocer que era el más leal de sus adoradores. No desistió, sin embargo, de oponerse siempre á sus deseos, ni se proponia inundar de júbilo su corazon y reparar el daño que en él habia causado, concediéndole lo que todo amante anhela; pero sí entretenerle con lijeras esperanzas mientras pudiera serle útil, para volver despues á su frialdad y dureza habituales.
Saliendo, pues, fuera de aquella oculta espesura, se presentó de improviso tan bella y radiante como Diana ó Citerea pudieran presentarse al salir de una selva ó de una oscura cueva; y al mostrarse á Sacripante le dijo:
—La paz sea contigo. Dios proteja contigo nuestra fama, y no consienta que, contra toda razon, formes tan equivocada opinion de mí.
Jamás madre alguna fijó con tanto gozo al par que estupor la vista en el hijo, que habia llorado y tenido por muerto cuando supo que sus compañeros de armas volvian sin él, como contempló el sarraceno la figura, los seductores movimientos y el angélico semblante de aquella que se presentaba de improviso ante sus ojos. Lleno de afecto dulce y amoroso se precipitó hácia su divina señora, la cual le recibió en sus brazos, como tal vez no lo hubiera hecho en el Cathay. En el corazon del guerrero renació la esperanza de volver á ver en breve su palacio, mientras que ella contaba con el apoyo del Rey para regresar al hogar paterno.
Angélica le refirió minuciosamente cuanto le habia acontecido, y cómo desde el dia en que le envió á pedir auxilio en Oriente á Nabateo, rey de los Sericanos, la habia preservado Orlando de la muerte, de la deshonra y de toda clase de peligros; añadiendo que, gracias á él, habia podido conservar su virginidad, y mantenerse tan pura como cuando salió del vientre materno.
Quizás era verdad lo que decia, pero con dificultad lo hubiera creido cualquier hombre dueño de su razon. La de Sacripante, sumida en los más graves errores, dió fácil crédito á las palabras de Angélica; pues el amor hace invisible lo que el hombre vé, al paso que le hace ver lo invisible. La narracion de Angélica fué creída; pues el que es desgraciado cree con facilidad lo que desea.
El rey de Circasia se decia en tanto á sí mismo:
—Si el caballero de Anglante dejó pasar desapercibida neciamente la ocasion oportuna, en su perjuicio redundó: en cuanto á mí, no estoy dispuesto á imitarle; pues si en este momento dejara de aprovecharme del bien que se me concede, me arrepentiria eternamente. Arrancaré inmediatamente esa fresca y pura rosa, que andando el tiempo pudiera marchitarse. Harto sé que por más que una jóven se muestre ya desdeñosa, ya triste ó airada, le es siempre grata una violencia semejante; así es que ni su negativa ni su fingido desdén serán bastantes á impedir que yo realice mis deseos.
Dijo, y cuando se preparaba á llevar á cabo su determinacion, oyó en el bosque vecino un gran rumor que le obligó á pesar suyo á abandonar su temeraria empresa: calóse el yelmo, pues por costumbre antigua iba siempre completamente armado; corrió hácia su caballo, lo enfrenó, se colocó en la silla y empuñó la lanza.
En aquel momento vió llegar un caballero de gallardo al par que altanero continente; blancas cual la nieve eran sus vestiduras y blanco tambien el penacho que se agitaba en su casco. No pudiendo Sacripante soportar la inoportuna aparicion de aquel guerrero, que de tal modo habia estorbado la realizacion de sus deseos, le dirigió una mirada impertinente y provocativa; y apenas estuvo cerca de él, le retó á singular batalla, esperando hacerle morder el polvo. El desconocido, cuyo valor y denuedo no debian desmerecer en nada de los de su contrario, despreció las orgullosas amenazas de este, clavó los acicates en los hijares de su caballo y enristró á su vez la lanza: Sacripante revolvióse entonces furioso, y ambos paladines empezaron á descargarse golpes, procurando herirse en la cabeza. Dos leones ó dos toros irritados que se lanzan fuera de sí uno contra otro, no es posible que se ataquen con tanta violencia como aquellos dos guerreros. A los primeros golpes quedaron atravesados los escudos; el choque fué tan terrible, que hizo retemblar desde la base hasta la cima de los pelados cerros y de los verdes valles: únicamente el fino temple de sus petos pudo resistirlo, resguardando los pechos de ambos campeones. Los caballos por su parte no corrian, sino que saltaban á guisa de carneros; pero el del pagano, á pesar de ser un corcel excelente, cayó en breve muerto, arrastrando en su caida á su señor, á quien cogió debajo: el otro cayó tambien, pero se levantó al sentir en sus hijares la aguda punta del acicate.
El campeon desconocido, viendo tendido á Sacripante bajo su caballo, se dió por satisfecho y no se cuidó de renovar el combate, sino que aflojando la brida á su corcel, se alejó á todo escape; y antes de que el pagano pudiera levantarse, se hallaba casi á una milla de distancia.
Así como el labriego, á quien el fragor de un rayo ha dejado aturdido y tendido en el suelo junto á sus bueyes muertos, se levanta y contempla despojado de todas sus ramas el pino que solia ver desde léjos, del mismo modo se levantó Sacripante teniendo á Angélica por testigo de su triste aventura: gemia y suspiraba, no porque se le hubiera roto ó dislocado algun brazo ó pierna, sino por la vergüenza que sentia y que nunca hasta entonces habia enrojecido tanto su semblante y más aun al considerar que la jóven fué quien hubo de sacarle de debajo del caballo.
Mudo hubiera quedado, segun creo, si ella no le hubiese devuelto la voz y la palabra.
—Señor, exclamó Angélica, no os apesadumbre esa caida, cuya culpa no ha sido vuestra, sino de vuestro caballo, que necesitaba reposo y alimento más bien que un nuevo combate. Además, aquel guerrero no reportará gloria alguna de este encuentro, pues con su rápida desaparicion claramente demuestra, á lo que entiendo, que se ha dado por vencido.
En tanto que de esta manera procuraba consolar al Sarraceno, vieron llegar un mensajero cansado y triste, que traia pendiente de sus hombros una trompa y una bolsa, é iba montado en un mal rocin. Luego que llegó junto á Sacripante, le preguntó si habia visto pasar por aquella selva á un caballero vestido de blanco y con un penacho blanco tambien. Sacripante le respondió:
—Ese guerrero me ha puesto en el estado que puedes ver: ahora mismo acaba de alejarse de aquí; mas como deseo saber quien me ha derribado del caballo, espero que me digas su nombre.
El mensajero contestó:
—Voy á satisfacer tu deseo. Sabe que te lanzó fuera de la silla el esforzado valor de una doncella gallarda, pero
La jóven hubo de sacarle de debajo del caballo.(Canto I.)
La jóven hubo de sacarle de debajo del caballo.(Canto I.)
La jóven hubo de sacarle de debajo del caballo.(Canto I.)
más que gallarda, hermosa: no pretendo ocultarte su nombre, antes bien te diré que la que en un momento te ha quitado todo el honor que hasta ahora has podido adquirir en tus combates, se llama Bradamante.
Dichas estas palabras, se alejó el mensajero á rienda suelta, dejando tan abatido al Sarraceno, que no supo qué decir ni qué hacer, abrasado como se hallaba por el fuego de la vergüenza. Cuanto más pensaba en su derrota, y en que esta la habia causado una mujer, más vivo era su dolor. Sin pronunciar una palabra montó en el otro corcel, colocó á Angélica en la grupa y se alejó, difiriendo el logro de sus planes para ocasion y sitio más tranquilos.
Aun no habian andado dos millas, cuando oyeron resonar en la selva que les rodeaba un rumor tal, que no parecia sino que temblaba la floresta, apareciendo poco despues un gran caballo adornado con ricos paramentos de oro. El hermoso bruto saltaba riscos y matorrales, arrastrando en su veloz carrera cuanto se oponia á su paso.
—Si el intrincado ramaje de este bosque y su poca claridad no engañan mi vista, dijo la doncella, creo que es Bayardo ese corcel que con tanto estrépito se abre camino al través de la arboleda: y en efecto, es Bayardo; lo reconozco. ¡Ah, cuán oportunamente llega para utilizarnos de él y aliviar á nuestra cabalgadura del doble peso que ahora soporta!
Desmontó el circasiano, y acercóse á Bayardo creyendo poder sujetarle; pero el caballo, dando una vuelta rápida, despidió un par de coces, que de haber alcanzado al caballero, lo hubiera pasado mal, pues las tiró con tal fuerza, que habria hecho pedazos una montaña de bronce. En seguida, saltando como un perro que vuelve á ver á su amo despues de algunos dias de ausencia, se acercó manso y humilde ála doncella, recordando sin duda los cuidados que le habia prodigado en Albraca, cuando Angélica amaba á Reinaldo. La jóven cojió las riendas con la mano izquierda, y con la derecha acarició el cuello y el pecho del soberbio animal, que dotado de un instinto maravilloso, se sometia á ella como un corderillo. Sacripante aprovechó entonces este momento; saltó sobre Bayardo, y oprimiéndole con fuerza los lomos, consiguió sujetarle: la doncella, por su parte, dejó la grupa y se colocó en la silla de su aliviado caballo.
Mas al volver al acaso la vista atrás, divisó un guerrero á pié y cuyas armas resonaban fuertemente: encendida en ira y despecho reconoció en él al hijo del duque Amon; que la amaba y deseaba más que á su vida, al paso que ella le odiaba y huia de él más que la paloma del halcon: en otro tiempo, sin embargo, amó apasionadamente á Reinaldo, mientras que él la aborrecia más que á la muerte; ahora hánse trocado los papeles. Tal cambio lo han causado dos fuentes cuyas aguas producen diferentes efectos; ambas corren en las Ardenas, inmediata la una á la otra; una llena el corazon de amorosos deseos; la otra los extingue, y torna en hielo el primitivo ardor. Reinaldo bebió de una, y el amor le abrasaba: Angélica de la otra; y le odiaba y huia de él.
Aquel licor saturado de misterioso veneno, que trueca en odio el cariño, hizo que los ojos de la doncella perdieran su brillo y serenidad, y que con acongojado semblante y temblorosa voz suplicase á Sacripante que huyera, sin dar lugar á que se acercase más aquel guerrero.
—¿Tan miserable soy á vuestros ojos, exclamó el Sarraceno, y tan inútil me creeis, que no pueda ampararos como debo? ¿Habeis dado ya al olvido las batallas de Albraca, y aquella noche en que, solo y apenas armado, contuve por salvaros á Agrican y todo su ejército?
Calló indecisa la jóven. Reinaldo en tanto íbase acercando, y prorumpió en amenazas contra el Sarraceno luego que conoció su caballo, y sobre todo cuando pudo distinguir el semblante angelical de la mujer que habia inflamado su corazon.
Lo que sucedió entre los dos soberbios rivales servirá de materia para el canto siguiente.
Un ermitaño, valiéndose de fingidos mensajeros, hace que los dos rivales suspendan el combate.—Reinaldo acude donde le llama el Amor, pero el emperador Carlos le envia á Inglaterra.—Buscando la atrevida Bradamante á su amado Rugiero, encuentra en su lugar al traidor Pinabel de Maguncia, por quien casi perece sepultada.
¡Oh injustisimo amor! ¿Por qué te muestras tan avaro en hacer que simpaticen nuestros deseos? ¿Por qué te complace ¡oh pérfido! la desunion de dos corazones? ¿Por qué en vez de permitirnos ir por el vado fácil y tranquilo, nos arrastras á los abismos más profundos? ¿Por qué, en fin, me separas de la que me ama, mientras me obligas á amar á la que me aborrece?
Haces que Reinaldo adore la belleza de Angélica, cuando á la jóven le parece el guerrero odioso y desagradable; al paso que cuando ella le amaba y él era agradable á sus ojos, llevó hasta el último límite su despego hácia la doncella. Reinaldo se aflige ahora y se desespera en vano; pues Angélica le odia de tal modo, que preferiria la muerte á su amor.
Reinaldo dirigióse al Sarraceno con gran arrogancia, diciéndole:
—Ladron, baja de mi caballo, pues no puedo sufrir que me arrebaten lo que es mio, ni al que á tanto se atreve, deja de costarle caro. Tambien intento apoderarme de esa dama, pues vergüenza seria dejarla en tu poder: tan hermosa doncella y caballo tan perfecto no son dignos de un ladron como tú.
—Mientes, replica el Sarraceno con igual arrogancia: el dictado de ladron se te podria aplicar con más verdad que á mí, á juzgar por lo que de tí dice la fama. Pronto se verá quien de ambos es más digno de la dama y del corcel; si bien, en cuanto á ella, convengo contigo que no hay en el mundo nada que pueda comparársele.
Y cual dos furiosos canes que, impulsados por el odio ó por la envidia, se acercan uno á otro rechinando los dientes, con ojos centelleantes y más encendidos que las brasas y erizado el pelo, hasta que llegan á morderse con rabia, así el de Circasia y el de Claramonte se acometen furiosos, pasando de las injurias á las estocadas. Hallándose á pié el uno y á caballo el otro, cualquiera creeria que la ventaja estaba de parte del Sarraceno; pero no sucedió así, pues el corcel que montaba se negaba por instinto natural á ir en contra de su amo Reinaldo: así es que por más que Sacripante se valia del freno ó del acicate, no conseguia dirigirlo á su voluntad. Ora retrocedia si queria hacerlo avanzar, y ora avanzaba si deseaba detenerlo; ya bajando la cabeza despedia coces, ya por fin se encabritaba receloso. Conociendo el Sarraceno que aquella no era la ocasion más á propósito para domar su fiereza, se apeó de él con rapidez.
En cuanto el pagano se vió libre de la obstinada furia de Bayardo, trabóse entre ambos caballeros un combate digno de su denuedo, y empezaron á chocar en todas direcciones los aceros con tal fuerza y rapidez, que no podian comparárseles los martillos con que se forjaban en la ennegrecida caverna de Vulcano los rayos de Júpiter. Con sus diferentes acometidas, golpes y ataques falsos demostraban claramente su maestría en el manejo de las armas; ora se les veia erguidos, ora inclinados; ora cubriéndose, ora mostrándose á pecho descubierto; adelantarse unas veces y retirarse otras; dar vueltas en torno del lugar del combate y ocupar rápidamente uno de los combatientes el terreno perdido por el otro.
Reinaldo descargó una terrible cuchillada sobre Sacripante; pero este la paró con su escudo, que era de hueso, forrado de una excelente plancha de acero. A pesar de su espesor, quedó partido; el ruido del golpe resonó por todos los ámbitos de la selva; volaron hechos pedazos cual si cristales fueran el hueso y el acero, y el Sarraceno quedó con el brazo impedido por la violencia del golpe.
Cuando vió la temerosa doncella el estrago causado por aquel golpe, palideció de terror, como el reo que se aproxima al patibulo; y reflexionando que no debia perder tiempo, si no queria caer en manos de aquel Reinaldo á quien tanto aborrecia y que tanto la adoraba, volvió las riendas á su caballo y lo lanzó por un estrecho y áspero sendero, no sin volver la cabeza repetidas veces pareciéndole que Reinaldo la perseguia.
No se habia alejado gran trecho, cuando en un valle tropezó con un ermitaño de venerable y piadoso aspecto, cuya barba blanca le llegaba á la cintura. Extenuado por los años y los ayunos, venia caballero en un pausado jumento: alcontemplarle podia creerse que su conciencia era la más escrupulosa y estrecha que tuviera ser humano. Sin embargo, cuando el ermitaño se fijó en el rostro delicado de la doncella que se le acercaba, no pudo menos de conmoverse caritativamente á pesar de su debilidad y extenuacion. La jóven le preguntó por el camino que más directamente la condujese á un puerto de mar, pues deseaba ausentarse de Francia para no volver á oir siquiera el nombre de Reinaldo. El hermanito, que era nigromante, procuró reanimar á la abatida dama, ofreciéndole apartarla de todo peligro; despues, metiendo la mano en sus alforjas, sacó de ellas un libro, y apenas hubo acabado de leer la primera página, cuando un espíritu, disfrazado en forma de criado, apareció poniéndose á sus órdenes.
Obligado por los conjuros del anciano, alejóse el espíritu, y se dirigió al sitio donde se hallaban los dos campeones frente á frente; lanzóse en medio de ellos audazmente y les dijo:
—¿Quereis decirme, por favor, qué ventaja reportará aquel de vosotros que salga vivo de este combate, con haber muerto á su enemigo? ¿Qué mérito, qué recompensa tendrán vuestros esfuerzos, una vez terminada la lucha, cuando el conde Orlando, sin riesgo ni peligro alguno, y sin sacar rota una sola malla de su cota, conduce hácia Paris á la doncella, causa de vuestra terrible pelea? A cosa de una milla de aquí he encontrado á Orlando, que se dirigia á Paris con Angélica, riéndose ambos de vosotros y motejándoos porque os mateis sin resultado alguno. Mejor haríais en seguir sus huellas antes que se alejen más; pues si Orlando logra llegar á Paris con ella, jamás volvereis á verla.
Al oir estas palabras, confusos y turbados quedaron ambos caballeros, y echándose á sí mismos en cara su lijerezay poco seso por haber dado lugar á que un rival más afortunado se burlara de ellos: el buen Reinaldo, acercándose á su caballo, juró lleno de despecho y de furor, y entre abrasados suspiros, atravesar el corazon de Orlando si llegaba á alcanzarle. Saltó sobre Bayardo, y lo hizo partir á galope, sin cuidarse de su adversario, á quien abandonó desmontado en medio del bosque, sin despedirse de él ni invitarle siquiera á que montara en la grupa. El animoso caballo, hostigado por su señor, arrolló cuanto se opuso á su paso, no siendo bastantes á detenerle en su carrera, ni las zanjas, ni los rios, ni las zarzas, ni los peñascos.
No quiero, Señor, que os parezca extraña la facilidad con que Reinaldo se ha apoderado ahora de su corcel, despues de haberlo perseguido en vano muchos dias sin poder coger una sola rienda. Si aquel caballo, que estaba dotado de una gran inteligencia, habia corrido tanto trecho huyendo de su amo, no fué por mero capricho ó por resabio, sino por guiarle hácia donde se encontraba su dama. Cuando Angélica se escapó de la tienda de campaña, aquel excelente corcel, que á la sazon se hallaba suelto, por haberse apeado de él Reinaldo para combatir con un guerrero no menos valeroso que él, siguió desde léjos sus huellas, deseoso de contribuir á que la encontrara su dueño. Así fué que tras ella se metió por aquel gran bosque sin permitir que Reinaldo lo montase, no fuera que le hiciese tomar otro camino. Por dos veces y merced á él encontró Reinaldo á la doncella, aunque sin éxito; la primera se interpuso Ferragús; la segunda el rey de Circasia. Dando ahora crédito Bayardo á aquel demonio que comunicó á su señor la falsa noticia del viaje emprendido por Angélica, permaneció tranquilo y sumiso á su voluntad.
Reinaldo, ardiendo en ira y amor, le lanzó á toda bridahácia Paris, y tal volaba su deseo, que no ya su caballo, sino hasta el viento le pareceria poco rápido. Prestando entera fé á las palabras del mensajero del astuto nigromante, no daba treguas de dia ni de noche á su desalentada carrera, en la esperanza de encontrar al señor de Anglante; y tal era su precipitacion, que pronto divisó la ciudad donde el rey Cárlos habia reunido los restos de su roto y dispersado ejército. Esperando estaba el monarca que el rey de África le presentase una nueva batalla, ó pusiera cerco á la ciudad; y ante semejante alternativa procura solícito reunir bajo sus banderas lo más escogido de sus generales, y ordena que se hagan abundantes provisiones de víveres, que se abran anchos fosos, que se reparen los muros con objeto de prolongar la resistencia, y atiende por fin á todo cuidadosamente, sin darse punto de reposo y sin diferir nada. Piensa enviar á Inglaterra un mensajero, con objeto de solicitar refuerzos que le permitan formar un nuevo campamento, pues desea salir otra vez á campaña y volver á probar la suerte de la guerra. Poniendo por obra su determinacion, elige á Reinaldo para que pase inmediatamente á Bretaña, á aquella region que despues se llamó Inglaterra[2]. Este viaje desagrada al paladin, no porque sintiera odio hácia aquel país, sino porque siendo la voluntad del Emperador que parta inmediatamente, apenas le concede un dia de reposo: sin embargo, á pesar de que en su vida hizo cosa alguna con menos voluntad que aquel viaje, por cuanto le impedia continuar suspesquisas en busca de su amada, obedeció las órdenes de Cárlos, y emprendió la marcha con tal celeridad, que á las pocas horas llegó á Calais, en cuyo puerto se embarcó el mismo dia de su llegada.
Contra el parecer y la voluntad dé todos los marinos, y escuchando solamente la imperiosa voz de su corazon que le excitaba á dar pronto la vuelta, se hizo á la mar en ocasion en que esta estaba furiosamente alborotada y amenazando una fuerte borrasca. El viento, indignado por el desprecio que de él hacia el arrogante guerrero, suscitó en torno del bajel la tempestad que se esperaba, levantando con tal rabia montañas de espumosas olas, que llegaban hasta las gabias. Los expertos marinos arrian precipitadamente las velas mayores, y se preparan á virar poniendo la proa al puerto de donde en mal hora habian zarpado; mas el viento, como si pareciera decir: «es preciso que yo castigue la libertad que os habeis tomado,» sopla y ruge con más fuerza, amenazándoles con naufragar en el caso de que intentaran seguir un derrotero distinto del que él les marcaba con sus embates. Aumentando sin cesar en intensidad, ataca á la débil embarcacion tan pronto por la popa como por la proa; mientras que los marineros maniobrando acá y allá van corriendo la tempestad. Pero como para la obra que he emprendido, necesito urdir varios hilos y diferentes telas, dejo á Reinaldo y á su combatida nave, y vuelvo á ocuparme de su Bradamante.
Hablo de aquella ínclita doncella que derribó del caballo á Sacripante. Hija del duque Amon y de Beatriz, y hermana de Reinaldo, su valor y audacia, comparables á los de su hermano, no eran menos apreciables que los de este para Cárlos y para toda la Francia. La amaba ardientemente un caballero que pasó desde el África con el ejército de Agramante, el cual era hijo de Rugiero y de la desgraciada hija de Agolante. La jóven, cuyos sentimientos é instintos no eran los de una fiera, no se mostró con él desdeñosa; pero la caprichosa fortuna les impidió tener más de una entrevista. Por esta razon iba Bradamante buscando á su amante, llamado tambien Rugiero como su padre, y á pesar de emprender esta excursion completamente sola, tan tranquila caminaba como si llevara en pos de sí una fuerte escolta.
Despues que hubo obligado al rey de Circasia á herir con su cuerpo el rostro de la antigua madre, la tierra, atravesó un bosque y un monte, hasta llegar á una hermosa fuente, que serpenteaba por en medio de una pradera rodeada de árboles seculares que le prestaban grata sombra: el dulce murmullo de las cristalinas aguas convidaba á los viandantes á apagar en ellas su sed, y lo apacible del lugar, resguardado además del calor del mediodia por una colina que se elevaba hácia la izquierda, á disfrutar algunos momentos de reposo.
Al llegar Bradamante á aquel sitio, echó de ver que á la sombra de un bosquecillo y en la márgen verde, blanca, sonrosada y amarilla del líquido cristal estaba sentado un caballero, pensativo, mudo y solitario. No léjos de él, pendian su escudo y su almete de una haya, á cuyo tronco estaba atado su caballo. En los ojos del desconocido podian verse las huellas del llanto, y su inclinado semblante parecia melancólico y dolorido.
Ese deseo, innato en el corazon humano, que nos impulsa á averiguar las vicisitudes de los demás, hizo que la doncella preguntara á aquel caballero las causas de su dolor. Conmovido él por la cortesía con que se le dirigiera semejante pregunta, bastándole una sola mirada para apreciar el talante altivo de la dama en quien supuso un gallardo guerrero,