X

Por lo general, no hay tertulia o reunión para divertirse donde no se baile o se juegue a los naipes. Sin tresillo para los viejos y sin polkas y valses para los jóvenes, todos por lo común se aburren. Es de admirar, por lo tanto, una tertulia, como la de nuestra Condesa, donde sólo con charlar se divertía la gente. La mujer que logra tener una tertulia así puede jactarse de haber puesto una pica en Flandes. Cuantos sepan de estos negocios mundanos tendrán que reconocer en la mujer que presida tal tertulia no comunes dotes de entendimiento.

Otras singulares virtudes resplandecían también en Rosita. Era tan buena para amiga como mala para enemiga. A su marido le quería, le cuidaba y le mimaba como la consorte más fiel y más amante. No había impedido esto que hubiese estimado después y querido de otra manera y con otros tonos y matices de cariño.

Las mujeres, por lo común, no entienden que haya más que un solo cariño, que dan por completo a alguien o que reparten de este modo o del otro. Rosita no era así. Rosita entendía y sentía varios cariños, que no se destruían entre sí y que se armonizaban lindamente. Al Conde de San Teódulo le quería de un modo, a su poeta le quería de otro, y sobre estos afectos, propios y exclusivos de la mujer, surgían otros que parecían arrancar del fondo esencial del espíritu, donde ya no hay diferencia de mujer y hombre: del principio neutro, antes de que adquiera determinación sexual. Quiero decir con esto que Rosita amaba a muchos de sus tertulianos con una amistad parecida a la que un hombre puede sentir por otro hombre, con más cierta dulzura inefable que ella, por ser mujer, y mujer bonita aún, atinaba a poner en esta amistad, completamente ajena a todo sentir amoroso.

El primero de estos amigos de Rosita era el Conde de Alhedín. Entre Rosita y el Conde no había secretos. Todo se lo confiaban. El Conde buscaba en su amiga consolación para sus disgustos y consejos para sus dificultades. Rosita admiraba el talento del Condesito: le reía todos los chistes, hallaba que nadie era más discreto que él; ni su poeta ni su marido valían un pitoche al lado del Conde, y por él hubiera hecho Rosita cualquier sacrificio. Nunca, sin embargo, ni el Conde había pensado en enamorar a Rosita ni ésta en enamorar al Conde.

Fundadas tan poéticas relaciones en la estimación mutua, para Rosita era el Conde de Alhedín como un oráculo, sobre todo cuando se trataba de una ciencia que nos atreveremos a llamarEstética social; esto es, de calificar a las personas, y a las acciones y a las cosas, de elegantes, de distinguidas y de bellas. Una sentencia del Conde de Alhedín sobre feo o bonito, sobre buen tono o mal tono, sobre distinción o falta de distinción, era inapelable para Rosita.

De este modo se comprenderá su entusiasmo súbito por sus antiguas amigas del lugar. El Conde se las había descrito como dos portentos, y Rosita había dado por cierto que lo eran.

Deseosa entonces de lucirlas en su tertulia, alegre de ver que el entusiasmo de juez tan competente como el Conde recaía en sus casi paisanas, y anhelando que el Conde las conociera y tratara, buscó y halló, como hemos visto, a Beatriz y a Inés.

El Conde mismo, en cuanto las vió, había ido a avisar que venían, por donde fué harto fácil a Rosita reconocerlas.

Por lo demás, ni en esto hubo plan pecaminoso, ni propósito maquiavélico, ni concierto alguno entre el Conde de Alhedín y su confidente. Nada se había tramado ni contra la virtud de Beatriz, ni contra la inocencia de Inés, ni contra el honrado reposo de don Braulio.

Rosita buscó con alegría y orgullo a sus semi-paisanas, fiada en los encomios del Conde. Cuando las halló, o sea porque estuviese bien predispuesta, o sea porque ellas lo merecían todo, le parecieron mejor aún, cada una por su estilo, que lo que había dicho el Conde. Y como Rosita no era envidiosa, cuando no había celos ni emulación de por medio, deseó todo bien a sus amigas, y fué sincera en cuanto con Beatriz había hablado. Le pasó por la cabeza que en su casa podría hallar Inesita un buen novio; consideró posible que en su casa saliese don Braulio de su obscuridad, y como le juzgaba pájaro de cuenta, vino a fingírsele en breve tiempo o Director general o Ministro, haciendo mil negocios útiles a la patria, y sobre todo a su marido; y no le pareció tampoco inverosímil que en su casa Beatriz y el Conde de Alhedín llegasen a enamorarse perdidamente el uno del otro; pero en esto no atinaba a ver Rosita, dado que ocurriese, y que ocurriese con la debida circunspección, nada de trágico, ni siquiera de desagradable para don Braulio, quien, según ella misma había declarado, le era simpático de veras, y de quien ya formaba elevadísimo concepto.

Con tales ideas respecto a sus nuevas, o mejor dicho, renovadas amigas, la Condesa de San Teódulo se deshizo en amabilidades.

Beatriz estuvo en la tertulia encantada y encantadora. Satisfecha de verse atendida y mimada por todos, desechó la cortedad ytomó la tierra, como si hiciera ya años que asistiese en aquellos salones. Todos, hasta los más difíciles, admiraron su ingenio a par de su belleza, y celebraron la natural sencillez de su trato, su no aprendida, sino ingénita elegancia, y su espontánea gracia andaluza. Aunque con la embriaguez del éxito propendía Beatriz a hablar demasiado, sabía contenerse y templarse para no pasar por desenvuelta y parlanchina. Merced a su reflexiva prudencia estuvo, pues, inmejorable.

Inesita, por su estilo, estuvo asimismo muy bien. Su serenidad olímpica, su calma divina, no la abandonó ni un instante. En medio del lujo y los esplendores de aquella casa, antes desconocidos para ella, no sintió, como su hermana, que le subía a la cabeza algo semejante a los vapores delchampagne; y sin la indiferencia selvática del rústico, y sin el afectado desdén del vano y orgulloso, no se maravilló de nada, dejando ver que lo comprendía y lo estimaba todo, aunque no lo hallaba extraño a su condición. En suma: Inesita estuvo en la tertulia como pudiera haber estado una princesa real, para quien todas aquellas magnificencias eran elemento propio, o más bien, quedaban por debajo del elemento que ella respiraba y en que su alma vivía.

Esta serenidad de Inés hubiera podido pasar por orgullo si no estuviese suavizada por una mansedumbre angelical; tal vez se hubiera confundido con la necia apatía, si en la luz de sus pupilas, claras y profundas a la vez, no destellase la inteligencia. Quien fijaba su mirada en la de ella creía penetrar a través de mágicos cristales en el seno de un encantado palacio lleno de misterios, o imaginaba hundirse hacia el fondo de transparente lago, poblado de hermosas y vagas creaciones, cuyos divinos contornos no atinaba a comprender con fijeza, porque el más leve suspiro del aura rizaba las puras ondas, y éstas, sin perder ni en claridad ni en pureza, desvanecían y esfumaban toda imagen.

En cuanto a don Braulio, menester es confesar que estuvo bastante encogido y fuera de su centro en la tal tertulia.

Ya sabemos que era muyescamón, como dicen en su tierra. Así es que, si bien disimulaba con habilidad, andaba con la barba sobre el hombro y le parecían los dedos huéspedes. Era listo, pero presumía de ladino, y llegaba a ser sobrado malicioso. Formó, pues, de la tertulia un concepto muy diferente del que doña Beatriz había formado.

Aunque don Braulio había vivido casi siempre en lugares y pequeñas ciudades de provincia, y aunque en Sevilla, durante los primeros años de su matrimonio, había estado retiradísimo, sin tratar nunca con lo que llaman el gran mundo, él le concebía y le comprendía más bello de lo que ahora se le presentaba. Dudó, por consiguiente, que aquél fuese el gran mundo puro, sino un remedo falso de él, como el similor es remedo del oro. Y ya en este camino, fué más allá de lo razonable e hizo juicios aventurados, entendiéndolo todo grotescamente y trabucando las cosas.

Los Condes de San Teódulo le parecieron un si es no es Condes de pega, y aunque en la tertulia había sujetos de verdadero valer y clase, el concepto un poco turbio que tenía don Braulio de los amos de la casa hubo de proyectar cierta sombra obscura sobre los que a la casa asistían. De casi nadie pensó bien. ¡Extraña condición de los seres humanos! Uno sólo se ganó desde luego su confianza; uno sólo le pareció elegante, distinguido, noble por completo, discretísimo, ilustre, ameno, dulce y leal: el Conde de Alhedín.

Viéndole cuchichear a menudo con Rosita y estar en la casa con más desenfado que los otros, don Braulio, pasándose de listo en esta ocasión, hizo un arreglo allá en su mente, y decidió que el Conde de Alhedín representaba en aquella casa el papel que en realidad representaba el poeta Arturo.

Allá en su interior don Braulio perdonó benignamente al Conde este extravío, y considerando sus excelentes prendas, y sin recelo de nada por este lado, casi intimó con él.

En cambio, al poeta, que era muy entrometido, que desde luego trató con la mayor confianza a las dos hermanas, que se acercaba muchísimo para hablar con ellas, así por mala educación como por ser algo corto de vista, y que echó a Beatriz en verso y en prosa una infinidad de piropos, don Braulio le tomó tirria y le miró como a un Don Juan Tenorio menesteroso y de tercera o cuarta clase.

De todos modos, a don Braulio no le encantó la tertulia; pero don Braulio tenía una pauta para su conducta, de la que había decidido no apartarse.

Tal como está la sociedad, y fuese cual fuese el ideal que él tenía del gran mundo, lo cierto era que la casa de los Condes de San Teódulo era una casa respetable, donde cualquiera otro, en su posición, se hubiera quedado contentísimo de ser admitido. Don Braulio podía pensar lo que se le antojase de Rosita y de su marido; podía denigrar, allá en el fondo de su severa conciencia, la tertulia con sus tertulianos; pero ante el mundo, dentro de las condiciones de esta vida que vivimos, no podía oponerse, sin pasar por hurón, por celoso y por tirano, a que su mujer siguiese yendo a dicha tertulia.

Don Braulio no quería, además, contener a su mujer con sermones, ni con severidad, ni con mandatos. Quería sólo de ella amor por amor. Su plan estaba trazado. No podía ni debía oponerse a que Beatriz tratase a Rosita ni a que estrechase lazos de amistad con ella. Conveníale, por último, dar aviso a su mujer acerca del valor moral de Rosita, a fin de que no se engañase; pero disimular luego su disgusto si su mujer seguía tratándola. Y esto hizo don Braulio.

Habrá quien crea que don Braulio hizo mal y que era débil de carácter. Aquí no le damos como dechado de fortaleza. Le pintamos tal como es.

Diremos, no obstante, en su abono, que son muy raros los Catones. Todos se informan de la conducta de los criados que van a recibir en casa, y nadie de las de aquellas personas con quien tratan e intiman su mujer y sus hijas, siempre que dichas personas salven las apariencias y no estén mal vistas en el mundo.

En suma: ya con la tolerancia, ya con el beneplácito de don Braulio, doña Beatriz e Inesita, desde aquella noche en adelante, siguieron yendo con frecuencia a la tertulia de la Condesa de San Teódulo y siendo su más preciado ornato y atractivo.

Rosita, además, las llevaba a veces en su compañía, ya al teatro, ya a los Jardines, ya al paseo, ya a comer en su casa.

Don Braulio, según sus quehaceres o su humor, iba o no iba con su mujer y su cuñada a estas diversiones y fiestas, a las que Rosita tenía buen cuidado de convidarle siempre.

Pasaron meses desde la noche en que por vez primera habían aparecido en la tertulia de la Condesa don Braulio, su mujer y su cuñada.

Todas las prudentes reflexiones de don Braulio a su mujer habían sido inútiles. Beatriz gustaba de brillar en sociedad, y ante esta consideración daba poca importancia a los consejos de su marido. Parecíanle tal vez exageradas cavilaciones de un hombre ya anciano. No desconocía ella que en el fondo don Braulio tenía alguna razón al sostener que la tertulia de los de San Teódulo no era el verdadero gran mundo, no era el legítimo buen tono; pero ¿podía su marido llevarla a ese gran mundo? Sin duda que no. ¿Había, pues, de desistir ella de ir a parte alguna; había de seguir encerrada entre cuatro paredes en la flor de su juventud, y condenar a Inesita al mismo suplicio porque no hallaba una sociedad perfecta, por todos estilos, donde poder presentarse?

En varias discusiones que tuvo Beatriz con su marido acerca de este negocio, siempre le hizo callar y salió victoriosa.

Sus argumentos eran, en verdad, difíciles de rebatir. Para todo tenía respuesta.

—La Condesa de San Teódulo tiene mala reputación—decía don Braulio.

—Será una calumnia—contestaba Beatriz.

—¿Y si lo que se dice contra ella es fundado?

—Entonces... ¿qué se le ha de hacer? A bien que no es enfermedad contagiosa.

—Quiero conceder que no se dé el contagio cuando no hay predisposición para ello; pero al menos tú me concederás que la mala fama trasciende; que la maledicencia no sólo se ceba en quien lo merece, sino en las personas que rodean a quien lo merece, aun cuando no sean cómplices suyos.

—Eso quizá será verdad; pero, a fuerza de querer probar mucho, no prueba nada. Si toda mujer virtuosa, con sólo tratarse con otra que no lo es se expone a que confundan e igualen su conducta con la de su amiga, lo mejor es no tratarse con nadie, vivir como en el sepulcro. ¿Qué quieres? ¿Voy a pedir un certificado de virtud a las mujeres con quien hable? Dices tú que la de San Teódulo no es del gran mundo verdadero. ¿Habrá más virtud en las mujeres del verdadero gran mundo? ¿No se habla de ellas como se habla de mi amiga? Pues, si descendemos, si pretendes que me trate con la mujer del escribiente, del portero o del empleadillo, ¿de dónde infieres tú que he de hallar en ellas toda la severidad de Lucrecia? ¿Está acaso vinculada la virtud en la gente humilde? ¿Es la honestidad privilegio exclusivo de las hembras menesterosas? Desengáñate, Braulio; lo que tú quieres es que vivamos aquí tan aisladamente como en Sevilla, hechos unos hurones, sin tratarnos con un alma. Yo por mí me resignaría... por darte gusto, aunque bien conoces que es muy duro... Soy joven aún... Tú, ocupado en tu Secretaría y en tus estudios, apenas me acompañas. ¿He de vivir en eterno soliloquio? Y luego, la pobre Inesita..., que no tiene, como yo, un marido a quien complacer a y quien amar, ¿por qué ha de ser víctima de ese antojo tuyo?

Tales razonamientos ejercían un poder invencible en el alma de don Braulio. Nada hallaba que contestar a ellos, y se callaba.

Beatriz, al verle callado y casi rendido, le dirigía una mirada amorosa, le sonreía dulcemente, le hacía un cariño, y don Braulio acababa de someterse. No sólo no era capaz entonces de prohibirle que fuese a la tertulia de la de San Teódulo, sino que no hubiera acertado a oponerse a cualquiera locura que ocurriese a su mujer.

Allá, en lo interior de su alma, don Braulio le daba razón en todo, no ya meramente por el afecto que le profesaba, sino por la hechura de su entendimiento y por la condición y carácter de sus ideas.

«¿Qué derecho tengo yo—decía entre sí—para que esta hermosa mujer, tan discreta, tan graciosa, tan a propósito para ser el encanto y la admiración de quien la trate, se sepulte en vida en castigo de haberme amado y de haberme tomado por marido? ¿Qué derecho tengo yo para imponer además la misma pena a su linda hermana, más joven aún y no menos a propósito para lucir en el mundo? Hasta es ridículo mi antojo de que sea virtuosa la sociedad que frecuenten. ¿Dónde voy a hallar eso? La sociedad no es virtuosa ni viciosa. Lo son las personas que la componen. Y el vicio es más común que la virtud.»

Otras veces pensaba don Braulio:

«Si yo prohibiese a mi mujer que fuese a acompañar a la Rosita, todos los que lo supiesen o presumiesen se burlarían de mí..., y con razón. Daría yo muestras de una desconfianza que no me honraría ni honraría a la compañera de mi vida. Haría creer que la sospechaba de liviana o de fácil. Ejercería contra mi mujer un acto tiránico, que tendría, además, algo de infamatorio. Ella tendría entonces razón para dejar de amarme..., para odiarme..., quizá para despreciarme.»

La sola suposición de que su mujer viniese a no amarle, a odiarle o a despreciarle..., agitaba los nervios del infeliz. Se sentía convulso, como si el cielo fuese a caérsele encima, y sólo se serenaba, sólo pasaba aquella tempestad de su alma, cuando acudían las lágrimas a sus ojos y desahogaba con ellas el sentimiento del corazón.

Beatriz e Inesita quedaron, pues, en libertad completa de ir con Rosita a todas partes, y no dejaron de aprovecharla. Don Braulio se hacía cómplice de esto, acompañándolas no pocas veces. Entonces solía sentir las más opuestas emociones. Unas eran agradables, otras muy desagradables; pero todas hábilmente disimuladas por él.

Las emociones desagradables de don Braulio nacían de la desconfianza de sí mismo, que le atormentaba. Se reconocía fatigado, melancólico, viejo, poco ameno, mal vestido, nada elegante, y a cada paso veía hombres cuyas prendas de entendimiento, cuyo valer moral, cuya alma, en suma, le parecían muy inferiores a lo que en su ser propio notaba y estimaba; pero que eran, al mismo tiempo, tan superiores a él en todo lo que más fácilmente se nota y se estima, como, por ejemplo, distinción y soltura en los modales, juventud, hermosura física, salud y brío, amenidad y alegría en el trato, ligereza y gracia en la conversación, que miraba como prodigio inexplicable que su mujer no gustase, más que de él, de cualquiera de dichos hombres.

Corroboraba en su mente tan triste persuasión el pensamiento de ciertas habilidades que él veía en otros hombres, y de las cuales se juzgaba incapaz. El vals era su desesperación. Se admiraba de un hombre que valsase bien; le parecía precioso, encantador valsando, y decía para sí: «¿Qué pensará mi mujer de mí, que no valso?» Más aún se admiraba de los jóvenes que cazan, que tiran a la pistola y al florete, que patinan, que montan bien a caballo, y que son ágiles y fuertes para todo esto. Hasta los que lidian becerros o van airosos en velocípedo le causaban envidia. Allá en su conciencia, con todo secreto, se declaraba a sí propio nuestro don Braulio que, de ser mujer, estaría él muy a punto de enamorarse de un guapo mozo que tuviese dichas habilidades. Así es que se daba el infeliz al diablo, y de fijo hubiera hecho pacto con él, entregándole su alma, si de la noche a la mañana le hubiese transformado de torpe en ágil y de enclenque en robusto, concediéndole la virtud de patinar, valsar, cabalgar, esgrimir, torear, cazar yvelocipedear.

Apenas quería creer don Braulio en el espiritualismo de las mujeres cuando suelen preferir a las susodichas habilidades otras virtudes varoniles; pero aun siendo así, ¿qué pruebas había dado él de estas otras virtudes? ¿Qué batalla campal había ganado? ¿Qué poema había escrito? ¿Qué discurso había pronunciado en las Cortes? ¿Qué sumas había ganado en la Bolsa, en el juego o en los negocios? ¿Qué cuadro había pintado? ¿Qué estatua había esculpido? ¿Qué flamante sistema de filosofía había creado en su mente? ¿Qué nueva máquina o artificio había dado a la industria humana?

Don Braulio se abismaba en tales meditaciones, y salía de ellas tan mezquino y ruin a sus propios ojos, que se infundía lástima. Se sentía amilanado y postrado.

Miraba a su mujer, que en realidad era hermosa, elegante, discreta. Se le aparecía digna de un trono, digna de ir en magníficos carruajes; de pisar alcatifas de Persia, de vestir blondas y sedas riquísimas; de recibir adoraciones de sabios y de valerosos y de ricos; de premiar el mérito, la destreza, la poesía, la ciencia y la audacia con una dulce mirada de amor. Y como don Braulio no había hecho nada para obtener el premio, casi se persuadía de que le estaba usurpando, de que era un detentador miserable.

Doña Beatriz, en tanto, tenía encantados a todos los hombres de la tertulia de su amiga. Su alegría era comunicativa; su charla, deleitosa. Decía mil chistes, sutilezas y discreciones, que se aplaudían y gustaban más aún por el acento sevillano con que los decía, por la expresión de su rostro, por la viveza de sus ojos y por los frescos y colorados labios, y blancos, iguales y apretados dientes, por entre los cuales brotaba suave, argentina y simpática su fácil y espontánea palabra. Sabía ella además infundir amor y respeto. Los mismos que codiciaban su hermosura la cercaban reverentes. Hasta el poeta Arturo dejó de acercarse demasiado y se contentó con doblar los lentes para verla mejor.

De contemplar esto nacían las emociones agradables de don Braulio. Aquella mujer tan admirada y codiciada era suya. La que, tal vez, o de seguro y sin tal vez, inspiraba amor a muchos hombres de valía; la que con una mirada, con un ligero favor, los hubiera podido llenar de orgullo y de dicha, le amaba a él sólo, y para él sólo guardaba toda la ternura de su corazón, y todo aquel tesoro de belleza, tan deseado y encomiado.

Don Braulio, no obstante, era una de aquellas criaturas en quienes toda emoción grata dura poco, a quien acude súbito la idea triste que envenena dicha emoción.

«Mas ¿por qué—se decía—soy yo el que ella ama, el único dichoso, el dueño del tesoro, el que tiene la llave de su corazón? Por una casualidad, primero: por haberla hallado en un lugar donde nadie había que compitiese conmigo. Y después, por un contrato consagrado por la religión: por un deber moral, legal y religioso, que le impulsa a amarme de un modo exclusivo. Si éste, aquél o el otro fuese su marido, en vez de serlo yo, ¿no le querría como a mí me quiere? ¿Quién sabe? Quizá le querría más.»

Entonces recordaba don Braulio y analizaba en su mente toda caricia, toda palabra de amor, toda señal de simpatía, y pugnaba por descubrir en ello lo que sólo procedía de amor, apartando lo que del deber, unido a la bondad y hasta a la compasión, acaso procedía. Casi siempre sacaba de este análisis que todo se evaporaba en bondad, en cumplimiento de una obligación, en deseo de no afligir, en agradecimiento, y que nada quedaba para el amor en el fondo de la retorta, donde su impía crítica había puesto a alambicar las muestras todas de cariño que doña Beatriz le había dado desde que se casaron.

Fingíase, por último, a doña Beatriz casada con un hombre joven, hermoso y brillante, con un hombre a quien ella pudiese amar y amase con toda la energía del alma juvenil; y entonces imaginaba don Braulio coloquios, éxtasis, arrobos, ternuras inefables, deleites infinitos, glorias divinas de amor, ocultas aún en el fondo del alma de doña Beatriz; todo un cielo de bienaventuranza allí sumido, y que él no había jamás hecho surgir y aparecer con sus débiles conjuros. Considerábase como dueño de un arca misteriosa, fabricada por los genios; arca de cuya exterior y somera beldad gozaba él sólo a todo su sabor y talante, mientras que ocultaba en su seno la joya más rica, la felicidad más cabal en este mundo, un trasunto del Olimpo, del Edén y de cuantos Paraísos y Campos Elíseos soñaron los poetas y los videntes antiguos; la visión beatífica, la unión esencial del alma con el objeto condigno de su anhelo insaciable; pero arca que no mostraba todo esto a quien no tocase el resorte que había de hacerlo aparecer, y que él no tenía ni fuerza, ni maña, ni merecimiento para tocar. Don Braulio se desesperaba, perdiéndose en tan crueles meditaciones, de las que no quería confiar nada a su mujer, ni tal vez hubiera acertado a confiarle algo aunque hubiera querido.

Mientras que andaba don Braulio agitado, allá en el fondo de su alma, de tan varios afectos, de los cuales salía siempre por consecuencia, la precisión en que se creía de dar a su mujer y a su cuñada libertad completa para ir a casa de la Condesa y acompañarla a teatros y paseos, Beatriz, aprovechándose de dicha libertad, vino a ser casi tertuliana diaria de la San Teódulo, ora la siguiese sólo Inesita, ora la siguiese también su marido.

Cuando iba éste, la natural simpatía le impulsaba siempre a hablar con el Conde de Alhedín más que con otro alguno. El Conde hablaba con formalidad, con sumo acierto y con sano juicio, de las cuestiones más graves, y hasta cuando estaba de broma todos sus chistes parecían a don Braulio no groseros y vulgares, sino delicados e ingeniosos, por donde era el primero que los reía.

El Conde, hecho así muy amigo de don Braulio, hubo de acompañar algunas noches a las dos hermanas hasta la casa de ellas; y como doña Beatriz se la ofreció, él pudo visitarlas y las visitó del modo más correcto.

Nada de esto hacía recelar a don Braulio. El no tenía celos de persona alguna determinada, y en todo caso, por la especie de admiración que profesaba al Conde, tenía más confianza en él que en otro cualquiera. Imaginaba que el Conde le comprendía, le respetaba y no abusaría de su amistad aunque pudiese. De esta suerte, por lo mismo que reconocía en el Conde más capacidad de seducir que en todos los otros, temía menos la seducción por parte del Conde.

No eran de igual parecer los de la tertulia de Rosita. Sin odio, sin deseo de dañar, por pura ligereza y alegre malicia, suponían cuanto hay que suponer, fundándose en los siguientes datos.

El Conde, que debía haber ido a Biarritz, había desistido de su expedición y se había pasado en Madrid todo el verano.

Con mucha frecuencia hablaba con Beatriz en largos apartes.

Se sabía que la visitaba en su casa.

El Conde estaba sin amores conocidos, la crónica escandalosa no designaba, ni en la sociedad elegante, ni entre la gente de la clase media, ni entre las bailarinas y actrices, ninguna que le tuviese cautivo en sus redes.

En sujeto de tanto valer, tan gallardo y afortunado siempre con las mujeres, era inexplicable esta soledad amorosa, si no se suponía alguna pasión oculta.

La pasión, por consiguiente, se supuso. Y una vez supuesta, se supuso también que no podía menos de ser correspondida.

La falta de pruebas que había, el enojo del Conde cuando empezaron a embromarle con doña Beatriz, sus negaciones rotundas y el respeto y consideración ceremoniosa con que trataba en público a aquella mujer, todo ello sirvió sólo para que se pasmasen los amigos del maravilloso disimulo, de la hidalga prudencia y del noble sigilo de aquel dichoso mortal.

Rosita, a quien el Conde se lo confiaba todo, quiso no pocas veces averiguar, en secreto y para ella sola, la verdad del caso.

El Conde negó a Rosita que hubiese caso alguno que redundase en daño de don Braulio, y mostró enojo de que ella creyese que le había, y le suplicó, y hasta le exigió, que disipase tan absurdos rumores.

Por desgracia, no valió esto sino para que Rosita dejase de hablar al Conde de sus relaciones con doña Beatriz, y hasta para que afirmase con frecuencia en alta voz que no había tales relaciones; pero, en voz baja y al oído, Rosita solía hacer estupendos elogios de la caballerosidad de su amigo, que ni siquiera a ella le confiaba su triunfo. Este callar era heroico, este disimular demostraba a gritos la vehemencia y sublimidad de un generoso afecto.

—Llega a tal extremo el Conde—decía Rosita—, que será capaz de tener un desafío con quien divulgue por ahí que Beatriz le ama.

—E pur si muove—añadía el poeta Arturo, si por acaso se hallaba allí.

El rumor, la suposición, la calumnia, si era calumnia; la hablilla, en fin, si así queremos llamarla, se movió en efecto con rapidez portentosa.

Apenas quedó en la coronada villa hombre ni mujer, iniciados en la historia anecdótica de los salones, en aquella historia que Asmodeo y sus imitadores no pueden ni deben revelar por impreso, si bien tiene mil cronistas orales y clandestinos, que no diese ya por cierto, firme y apretado, el lazo que unía el corazón de Beatriz y el de Ricardo, que así llamaban al Conde de Alhedín sus íntimos o los que por tales querían pasar para darse tono.

Don Braulio era quizá el único que ignoraba todo aquello, y la gente se pasmaba de su ignorancia.

Los sujetos más benévolos decían:

—No es extraño. El buen señor está en Babia siempre. ¡Es tan distraído! Vaya: más vale así.

Otros exclamaban:

—Bien se conoce que el hombre es un verdadero filósofo.

Otros:

—¿Quién sabe? Estos varones severos no incurren casi nunca en la torpeza de averiguar lo que no les conviene. La distracción, el andar siempre por los espacios imaginarios suele traer muchos provechos.

Otros, por último:

—Ya verán ustedes cómo el pobrecito don Braulio adelanta en su carrera y llega a ser personaje. Su mujer hará que suba.

El respeto y hasta el temor que inspiraba el Conde de Alhedín, poco sufrido con nadie, pronto para el enojo, y diestro y feliz en lances y pendencias, no consentían que los hombres se insinuasen con doña Beatriz, hablándole de sus amores con el Conde.

Beatriz no trataba con mujeres de la sociedad, que no hubieran respetado al Conde y que se hubieran insinuado con ella.

Y Rosita quería tanto al Conde, que por nada del mundo le hubiera causado el pesar de darse por entendida con Beatriz de que sospechaba o sabía lo que, a su ver, pasaba.

Doña Beatriz, por consiguiente, podía imaginar, o imaginaba sin duda, que nadie sospechaba de ella.

Los rendimientos y las deferencias de que era objeto los podía atribuir a su mérito propio, y el que los galanes no se le acercasen en son de guerra y de conquista, a que su buena reputación los tenía a raya.

Durante, pues, todo el verano y hasta el principio del mes de octubre, momento en que ocurrieron casos importantes, que pronto hemos de referir, pudo muy bien doña Beatriz, nada experimentada ni escarmentada aún de la maledicencia de los madrileños, vivir tranquila y persuadida de que nadie la acusaba de ser la enamorada del Conde, y de que don Braulio no estaba en ridículo de resultas de haber sido tan bueno y tan complaciente con ella.

Al llegar a este punto siento yo cierto prurito de declamar y de moralizar, a fin de que mi historia merezca contarse entre las ejemplares. No atino, sin embargo; no me decido siquiera a señalar el blanco contra el cual he de dirigirme.

¿Declamaré contra la sociedad murmuradora? No me atrevo, sin considerarme como injusto. ¿Quién sabe aún lo que en realidad pasaba? Pero las apariencias estaban en contra de doña Beatriz.

¿Declamaré contra ésta? ¿Y si era inocente? ¿Y si las apariencias eran engañosas? ¿Y si ella, ignorante aún de la vida, no notaba que, sin querer, quizá sin merecerlo, daba pábulo a la maledicencia?

Sería, por último, harto cruel que yo me estrellase contra el bueno de don Braulio, que era tan honrado, tan noble, tan excelente, y cuya única falta, si falta había, se originaba del amor entrañable y de la indulgencia bien meditada con que miraba a su mujer.

Lo mejor, por lo tanto, es que nos abstengamos de declamar y de moralizar, aguardando a ver qué sale en claro de todo esto.

Por lo pronto, lo que podemos asegurar es que la reputación de doña Beatriz estaba perdida; gravísimo mal, aunque no del todo irremediable, dado que fuese una calumnia lo que se recelaba o afirmaba: dado que la suposición no tuviese fundamento alguno.

Verdad es que para poner remedio a aquel mal era ya menester que los pacientes lo supiesen primero, condición terrible para el enamorado don Braulio, quien, atormentado por sus vagas y melancólicas imaginaciones, no advertía nada de lo que en realidad estaba pasando en torno suyo, y cuyo corazón, que tanto se angustiaba sólo con presentir la pérdida del cariño de Beatriz, parecía que no había de tener resistencia bastante para sufrir el rudo golpe de la certidumbre y la realización de su presentimiento.

Confieso, con la ingenuidad que me es característica, que he tenido tentaciones de pintar al Conde de Alhedín como a un seductor perverso, endemoniado y profundo en sus ardides y planes de guerra. «De esta suerte—me decía yo cuando iban ocurriendo estas cosas y yo mismo no estaba aún en el secreto—, si doña Beatriz ha sido en efecto seducida, su caída tendrá cierta disculpa, y, si no lo ha sido, su triunfo será más glorioso y memorable.»

No hay nada, sin embargo, que me repugne más que la mentira. Ni siquiera gusto de apelar a ella para escribir un cuento. Y como el Conde de Alhedín existe en realidad y yo le conozco y trato, se me hace cargo de conciencia presentarle diverso de lo que es, aunque sea envolviéndole en el velo del seudónimo.

El Conde de Alhedín, dicho sea en honor de la verdad, no pasa de ser un buen muchacho, si hemos de juzgarle con el relajado criterio que en el mundo se usa.

El Conde de Alhedín dista tanto de ser un Don Juan Tenorio como dista el cielo de la tierra. Jamás ha empleado engaño ni violencia contra soltera ni casada.

Doy además por seguro que, si hacía examen de conciencia, por muy severo y escrupuloso que fuese antes de la época de nuestra historia, no llegaría jamás a persuadirse de que él hubiese seducido a mujer alguna.

Hallando fácil y abundante cosecha de laureles entre las seductoras y ya seducidas, no tuvo el Conde la mala idea de extraviar a ninguna cándida e inocente doncella, o de turbar la santa paz de algún matrimonio modelo por lo bien avenido, ejemplar y amoroso.

Si en algunos casos reconocía el Conde que la seducción había sido mutua, en los más, con notable consolación de su ánimo y con no corto menoscabo de su vanidad, el Conde no veía en su propia persona sino a la que padece, esto es, a la verdaderamente seducida.

Ni una sola de sus conquistas había tenido hasta entonces asomos de carácter trágico. No se acusaba al Conde de haber arrancado de frente alguna el luminoso nimbo de la santidad y de la pureza. No había mujer que hubiese descendido por él de un pedestal sagrado donde hubiera estado antes, sin que jamás la tocase el lodo de la tierra, sin que se empañase en lo más mínimo la nítida blancura de la fimbria de su veste. O bien había sido el Conde uno de tantos, y no primero en una serie más o menos larga y variada, o bien, si por dicha había sido el primero, el mismo diablo había allanado antes los caminos tan suave y aviesamente, que harto se podía dar ya por perdido lo que había que perder, y al Condesito sólo le remordía la conciencia, como al joven filósofo de la fábula, por haber cedido con fragilidad al capcioso argumento que estos versos expresan:

Tómelo por su vida, y considereQue otro lo comerá si no lo quiere.

Cuando me paro a meditar acerca de la virtud en grado heroico se me ocurre un pensamiento que me apesadumbra bastante.

Verdad que hay aún, y seguirá habiendo de seguro, guerras civiles e internacionales, revoluciones violentas, pestes, enfermedades y otra multitud de plagas con que Dios quiere y puede probar y ejercitar nuestra paciencia. Verdad que todos estamos condenados a morir, y no es chico mal la muerte, sobre todo cuando se la contempla desde la cumbre de la vida, en el pleno goce de la mocedad y del brío sano de nuestra primavera; pero en circunstancias normales, en la vida burguesa, ordenada y política que hoy se vive, es difícil, cuando no imposible, que aparezca o se dé en cualquier sujeto un caso de heroísmo, de sufrimiento extraordinario, de entereza sublime o de otra virtud magna y pasmosa, sin que aparezca o se dé, como motivo u ocasión, en otro sujeto o en varios, un caso de vicio o de maldad o de fiereza no menos fuera de todo término razonable. Para que haya un Régulo es menester que haya cartagineses; para que haya un sabio que beba tranquilo la cicuta es menester que haya jueces inicuos que por odio a sus discreciones y sabidurías le condenen a beberla, y para que haya mártires que se dejen desollar o que se dejen asar a fuego lento en unas parrillas es menester que haya tiranos tan empedernidos y atroces, que los manden desollar o asar porque no se prestan a adorar los ídolos o por otra tontería por el estilo.

Ahora bien; no sé si por fortuna o por desgracia, pero es lo cierto que malvados y pícaros en grado tan superlativo y extremoso van siendo más raros cada día, y, por consiguiente, la áspera senda de la virtud se va allanando y macadamizando, sin que aquellos que tienen virtud en dicho grado logren casi nunca ocasión propicia para lucirla, viéndose obligados a conservarla en estado latente allá en el fondo de sus corazones.

No quiero, pues, alterar la verdad de mi historia e ir contra esta ley del progreso humano, convirtiendo en un monstruo al Conde de Alhedín. Atengámonos a la verdad.

El Condesito, según he declarado ya, era un excelente chico, ligero, amigo de divertirse, muy tentado de la risa, pero mejor que el pan.

Su madre, la Condesa viuda, le idolatraba y le había mimado siempre; pero los mimos, lejos de pervertir las buenas naturalezas, las hacen mejores y más dulces; convierten la hiel en almíbar.

Para el Condesito era fácil ser bueno. Nada envidiaba. Todo le sonreía. Ya hemos dicho que poseía quince mil duros de renta, que era de buena familia y que gozaba de perfecta salud. No había ejercicio corporal en que no brillase: gran jinete, certero tirador de pistola, ágil y diestro en la esgrima y valsador airoso y gallardo. Sus chistes eran reídos, sus discreteos celebrados. Todos le creían capaz de los negocios más serios si llegaba algún día a emplear en ellos su tiempo y sus facultades.

Vivía el Conde con su madre, pero en un enorme caserón, donde gozaba de completa independencia. Así es que recibía amigos y visitas de varias clases sin que su madre, ni por acaso, tuviese que tropezar con ellas ni darse por entendida de nada.

La Condesa, sin embargo, no ignoraba la vida frívola y harto disipada de su hijo. La Condesa ansiaba que la abandonase, que se casase ya, y que, hecho todo un padre de familia, se mezclase en la política de su país y fuese un hombre de Estado.

La Condesa era una gran señora en toda la extensión de la palabra y muy al gusto antiguo. Estaba más cerca de los cincuenta que de los cuarenta años, si bien conservando no pocos restos de su en otro tiempo admirada hermosura. Se vestía con severa elegancia y notable sencillez. Era religiosa sin afectación ni fanatismo. Y no estaba muy en contra de esto que llaman el espíritu del siglo, aunque lamentaba que la aristocracia española careciese de espíritu de clase, y fuese, por lo tanto, incapaz de ser contada como un elemento político, por más que, considerados aisladamente, no valgan menos bastantes individuos de los que a ella pertenecen que muchos de aquellos que se encaraman a las más altas posiciones y mandan y gobiernan, partiendo desde los más humildes puntos de la esfera social.

Ni por esto andaba desavenida la Condesa con la época en que vivimos, porque percibía claramente que la invasión y encumbramiento de plebeyos astutos venía de muy atrás y no era cosa del día. La aristocracia, creía ella, que dormitaba siglos hacía en dorada servidumbre, y que, contenta o resignada con vanas distinciones áulicas, dejaba el influjo y el mando a los Cisneros, los Pérez y los Vázquez, habiendo sido España una democracia frailuna, y ganando ahora con ser algo parecido a una mesocracia seglar.

La Condesa, al menos, sin que nosotros salgamos responsables de sus juicios, se explicaba así, de un modo sintético, la historia de su patria. Resultaba de aquí que, de puro aristocrática y por odio a la democracia antigua, casi era la Condesa liberal y progresista. Prefería al dominio de un valido prepotente, a quien el Monarca sacaba de la nada, el mando de esto que llaman clases conservadoras, en las cuales entraba por algo la suya, aunque mezclada con el instable remedo de la aristocracia de buena ley y con el furioso aluvión de injustificadas e improvisadas notabilidades.

En suma, y sea de ello lo que se quiera, la Condesa deseaba que su hijo no consumiese la mocedad toda en galanteos y diversiones, sino que se hiciese hombre formal y de pro, y añadiese a la nobleza heredada nuevo lustre y blasones con la adquirida por su talento y demás prendas personales.

Ya sabemos que el Conde había pasado el verano sin salir de Madrid. La Condesa no había salido tampoco.

Estamos en el mes de octubre.

Casi todas las damas elegantes que habían ido a Biarritz, a Spa y a otros puntos, y que habían hecho una visita a París, estaban ya de vuelta de la expedición veraniega. Venían, como era natural, cargadas de galas y primores de Worth, de la Ferrière, de Alexandre y de otros artistas; galas que se disponían a lucir durante el invierno.

Entre estas damas expedicionarias y ya reinstaladas cerca de sus lares se contaba la linda Adela, prima del Condesito. Era la bondad personificada, sin frisar en tonta, y era además heredera única, con esperanzas de ser más rica que su primo cuando heredase. La Condesa viuda quería casar con ella a su hijo.

Ya varias veces había procurado inducirle a que la pretendiera. Siempre había sido en balde.

Ahora, a los tres o cuatro días de haber llegado Adela, la Condesa llamó una mañana a su hijo a su cuarto, entre once y media y una, antes del almuerzo, y tuvo con él la siguiente importantísima conferencia.

Después de los cariñosos saludos de costumbre y de un breve preámbulo sobre asuntos insignificantes, sentados madre e hijo en cómodos sillones y enfrente ella de él, la Condesa entró en materia de este modo:

—Bien conoces tú, Ricardo mío, que yo me he pasado contigo de indulgente. Así he perdido toda fuerza moral, y apenas si me siento con autoridad y valor para darte un consejo.

—La bondad de usted para conmigo no puede ni debe disminuir el respeto y la veneración con que yo miro a usted, madre mía—respondió Ricardo—. No ya para aconsejarme, para mandarme tiene usted autoridad, y debe tener valor. Yo obedeceré a usted si está en mi mano obedecerla.

—No pretendo que me obedezcas, sino que me escuches y que te dejes persuadir por mis razones. Es una lástima que pierdas tu tiempo como cualquier mozalbete casquivano, sin dedicarte a nada serio. Hasta cierta edad es perdonable ese modo de vivir; pero ya eres mayor y debieras servir a tu patria y mostrar que vales... ¿Por qué no te haces elegir diputado? ¿Por qué no te interrogas sobre tus propias opiniones, te forjas tu credo político, te trazas tu línea de conducta, y entras en la vida pública? ¿Vas a llegar a viejo,

En cínica e infame soltería,

como dijo, quizá harto duramente, el austero y satírico poeta, sin hacer más que cortejar a mujeres livianas? ¿Por qué no te casas con una mujer honrada, de tu clase, y te formas una familia?

A esta lluvia de preguntas contestó con mucho reposo el Condesito:

—Todas las excitaciones de usted, querida madre, son tan buenas, que yo las seguiría sin vacilar si de mí dependiera seguirlas. Por desgracia, no depende esto de mí. Para ser diputado, importa proponerse algo con serlo, y yo nada me propongo. Usted misma lo declara: importa tener un credo político y trazarse una línea de conducta. Pero en balde me interrogo: yo no sé lo que quiero ni lo que creo. Casi todos los partidos me parecen bien y me parecen mal. No sé a cuál afiliarme. ¿He de inventar yo un partido nuevo, cuando ya hay tantos? Además, que no es tan fácil inventar ese partido. Para su credo, apenas se me ocurre otro artículo de fe que aquella sentencia constitucional del año de 1812: que todos los españoles sean justos y benéficos. Lo demás me es indiferente. Yo amo la libertad como un medio, y el progreso como un fin; pero los amo de una manera vaga y encumbrada y comprensiva, que se presta en la práctica a mil interpretaciones. Así es que por un lado me amoldaría a casi todos los partidos medios, aceptando sus principios, y por otro lado sería rebelde o indisciplinado en todos los partidos, porque sus prohombres no me satisfacen. En resolución: yo noto que me falta vocación para la política. Soy más a propósito para la contemplación que para la acción. Créame usted, yo lo haría detestablemente; me desluciría si me metiese a repúblico. ¿Por qué hemos de ser todos actores en tan pesado drama, que dura siempre sin que se llegue jamás al desenlace? ¿No basta que esté uno condenado a ser espectador? Mire usted, madre, yo me canso de asistir a ese drama, que no termina nunca, que siempre es lo mismo, donde hay enredos sobre enredos, cambios de decoraciones, y entrada y salida de personas, que casi todas lo hacen mal, y en cuyo argumento no hay principio ni fin, ni término ni pensamiento. Imagine usted, pues, si me canso de ser mero espectador, y mero espectador poco atento y distraído, cuánto me cansaría si reclamase también un papel y tratase de representarle. Desengáñese usted: la política es un oficio fastidioso, que sólo deben ejercer los que no tienen dinero ni posición, y necesitan adquirirlos ejerciéndole; pero yo, que tengo mi caudal, puedo y debo ser más útil a mi patria y a mí mismo cuidando ese caudal, mejorándole y aumentando así la riqueza pública, que no añadiendo un individuo más al número ya desmedido de los que se disputan las carteras, las plenipotencias y las direcciones generales. Soy tan escéptico, que no atino a creer en las creencias de los otros. Se me figura que los más consecuentes suelen ser los menos sinceros; que son consecuentes a fuerza de ser testarudos. Adoptan una opinión, como pudieran haber adoptado otra, sin fe ni caridad; y ya la siguen siempre, para que se diga que hacen bien su papel, y porque al fin es más fácil representar un papel que diga siempre lo mismo, sean las que sean las circunstancias, que no otro papel donde se digan muchas y diversas cosas, según importe quizá en cada momento no sólo al bien particular o singular, sino al bien público. Con esta reflexión me siento inclinado a perdonar las apostasías; pero, como mi espíritu es una perpetua contradicción, reflexiono en seguida otra cosa y condeno duramente a los apóstatas y volubles. Los sospecho de interesados y de tunantes. Recelo que no cambian de buena fe, sino porque quieren estar encima y hacer su agosto. En fin, ¿para qué hablar más? Soy incapaz para la política. Más fácil me sería echarme a filósofo, a naturalista o a poeta. ¿No es mejor, sin embargo, que cuide de mi hacienda en santa paz, y procure ser un buen ciudadano, un miembro útil y activo del cuerpo social, y un caballero agradable y entretenido? Ahora, que apenas hay majadero o galopín que no se meta a sabio o a gobernador del pueblo o a personaje importante; ahora, que todos los hombres se pasan la vida echando discursos en las sociedades científicas, en los clubs, en las asambleas y en otros focos de luz, ¿no es conveniente que haya algunos que se vayan a los salones para que las pobres mujeres no se queden solas, sin nadie que les hable y las entretenga un poco? Ya ve usted si tengo razón en seguir apartado de la política. En cuanto al otro consejo capital de usted, nada tengo que objetar. En efecto, debo casarme; pero yo no quiero casarme por casarme. Para contraer esa temerosa unión, que sólo la muerte rompe, quiero hallar mujer en quien confíe y a quien ame, y cuyo espíritu se abra al mío y me muestre que puede estar en duradera, firme, santa e íntima comunión con él. Deje usted que halle esa mujer y al punto me verá casado.

—Perdona que te diga, Ricardo—replicó la Condesa—, que todo cuanto estás diciendo es un cúmulo de sofisterías y de extravagancias. Si doy por cierto, y no lo doy por cierto, que la política es sólo un medio de medrar en la mayoría de cuantos a ella se dedican, culparé más aún a los egoístas que no quieren intervenir en la política porque ya están medrados. Todavía se debe presumir que el que busca materialmente su medro personal busca también el aplauso, la gloria, y se siente movido por el deseo de hacer el bien de todos, que al cabo no es incompatible con el bien singular suyo; pero del perezoso, del frío de corazón, del descreído, que por no molestarse y porque no necesita medro, porque ya le tiene, no interviene en nada, y no sabe más que censurarlo todo, y señala mil males y no pone remedio a uno solo, de éste, digo, no hay alma, por generosa y benévola que sea, que se preste a suponer nada bueno. Este último es peor y más ruin que el más interesado buscavidas de los políticos activos. Buscándosela, trabaja al fin, y sirve de algo, y tal vez hace el bien general, o procura hacerlo, a costa de fatigas y peligros, cuando procura asimismo, como es lícito y natural, su propio encumbramiento y provecho. ¿Qué héroe antiguo, qué guerrero, qué gran político de los que ensalza la historia ha sido tan absurdamente desinteresado como sería menester serlo para estar libre de tus invectivas? Esto en cuanto a la política. En cuanto a tu casamiento, no debo negarte que tienes razón en desear para mujer propia una que tenga las prendas de que me hablas; pero ¿por qué no la buscas? ¿Ha de pasar ella casualmente delante de tus ojos? ¿Ha de abrir su espíritu al tuyo y ha de mostrarte que merece entrar en íntima comunión con él, sin que te tomes siquiera el trabajo de llamar a la puerta? ¿Vas a buscar acaso ese tesoro que necesitas entre las aventureras, entre las damas galantes, entre las mal casadas a quien enamoras?

—Madre, yo no enamoro ni pretendo ahora a ninguna aventurera, a ninguna dama galante, a ninguna mal casada. Si tiene usted noticias tales, está usted mal informada.

—Pues entonces, ¿por qué no te dedicas a tu prima Adela? Se diría que el cielo la destina para ti. ¡Es tan buena, es tan discreta en medio de su inocencia! Y hablando en confianza..., la creo muy propensa a prendarse de ti. Estoy segura de que te adoraría.

—El amor de madre acaso ciegue a usted; pero, aunque ella propendiese a amarme, ¿cómo he de mandar yo a mi corazón que la ame? No la amo, y sin amor no me casaré con mujer alguna.

—Tú amas, lo sé, a la que no puede ser tu mujer, porque lo es de otro—dijo al fin la Condesa, no pudiendo sufrir más las rebeldías de su hijo.

—Ya he dicho a usted que no amo ahora a ninguna mujer casada.

—Me han dicho que estás en relaciones con la mujer de un empleadillo en Hacienda, con una aventurera que va a casa de la Condesa de San Teódulo.

—Madre, los que tal han dicho mienten. Ni yo estoy en relaciones con esa mujer, ni esa mujer es una aventurera. Caro le costaría a cualquier hombre que se atreviese a calificarla de tal en mi presencia.

—Tú mismo te delatas. Esa vehemencia con que la defiendes me prueba más aún que la amas. Tal vez esa mujer te ha hechizado. La cosa es peor de lo que yo presumía. No es un capricho, es una verdadera pasión.

—Si la estimación y la amistad son pasiones, estoy apasionado de ella, lo confieso. Por lo mismo, madre mía, suplico a usted que desmienta mis relaciones amorosas con esa mujer, y que no contribuya a difamarla y hacer acaso la infelicidad de su marido, que es un hombre excelente. Si el infeliz llegase a saber lo que, tan a pesar mío y tan sin fundamento, dice de nosotros la maledicencia, se moriría de dolor. ¡No lo permita nunca el cielo!

La Condesa no se atrevió a continuar la conversación, al ver lo exaltado que su hijo se ponía, y la vehemencia con que hablaba en pro de doña Beatriz.

Allá, en el fondo de su alma, la Condesa se afligió mucho, imaginando que su hijo no tenía unas relaciones vulgares, un pasatiempo inmoral, pero sin consecuencias, sino una pasión vivísima. Pensó, además, que la ocasión era menos favorable que nunca para inducir a su hijo a que se dedicase a la política y a su prima Adela, y, muy contrariada, dió otro giro a la conversación, esperando mejores días.

La conversación que tuvo con su madre puso al Conde de Alhedín de muy mal humor contra los deslenguados, chismosos e insolentes que iban propalando por todas partes sus amores con doña Beatriz; pero no por eso procuró en lo sucesivo ser más cauto y mirado a fin de no dar ocasión y fundamentos a aquellas habladurías.

El Condesito había adquirido tal costumbre de ir todas las noches a la tertulia de los de San Teódulo, que a cualquiera cosa faltaría antes de dejar de ir. La misma costumbre había adquirido doña Beatriz. De esta suerte se veían de diario y en presencia de muchos hombres maliciosos, amigos de burlas y muy propensos a explicarlo todo por el lado más feo.

Sostenía el Condesito que doña Beatriz era la discreción personificada, que su conversación tenía un atractivo irresistible, y que su honra y su castidad estaban por encima de toda sospecha. Así era que él no se tomaba trabajo alguno para disimular, y hablaba con doña Beatriz aparte, y horas enteras, en casa de Rosita.

El Conde, y la misma doña Beatriz, en quien al cabo era esto más disculpable por su falta de mundo, se habían empeñado sin duda en que las gentes los tuviesen por superiores a toda crítica; en que juzgasen sus coloquios santos, puros y sublimes, como los que tuvo allá en la antigüedad Numa con la ninfa Egeria, o como aquellos que en la cumbre del Purgatorio, y después entre los esplendores del Paraíso, tuvo Dante con la tocaya de nuestra heroína.

Las gentes, sin embargo, no estaban de este parecer. Apenas si, por lo común, son capaces de alcanzar tales sublimidades y de prestar crédito a lo que llaman sutilezas o tiquismiquis amorosos. Creen siempre en algo menos etéreo, sobresubstancial y trascendente. La amistad de los espíritus, el platonismo, la adoración desinteresada a una mujer, aunque se mire como grosero el símil, les parece a manera de salsa picante; pero entienden que no es plato de gusto aquel donde no hay más que la salsa. El misticismo es un condimento sin el cual el amor sería desabrido para los paladares delicados; mas nunca pasa, para las gentes vulgares, de ser un condimento; es como la sal, la mostaza, la pimienta y otras exóticas especierías.

Lastimoso, abominable es que las gentes piensen así; pero ello es que así piensan. Lo que es en la tertulia de Rosita, todos eran bastante cultos y hasta refinados para no desdeñar la parte mística del amor, y ninguno era bastante metafísico para conceder a esta parte mística un caráctersubstantivo, como dicen ahora los filósofos. Del misticismo, por mucho que le pusiese en prensa allá en la mente, no sacaba ningún tertuliano el amor, sino un adjetivo, un epíteto, un atributo del amor. Amor con misticismo era para el más espiritualista de los tertulianos como miel sobre hojuelas; pero con una diferencia, a saber: que si en las hojuelas con miel quitamos las hojuelas, la miel subsiste, mientras que en el amor con misticismo, si se quita el amor... la del humo.

Con este modo de mirar las cosas no es extraño que todos tuviesen por pretensión exorbitante y por capricho absurdo el afán del Condesito en querer pasar por un amigo devoto o por un adorador petrarquista de doña Beatriz.

Alguna disculpa había, fuerza es confesarlo, para tan bellaca incredulidad. Los antecedentes del Conde y su carácter y posición militaban en contra de lo que deseaba; no se avenían con el papel que anhelaba representar.

El Conde de Alhedín tenía fama de conquistador punto menos que irresistible. Y por otra parte, nadie dejaba de notar que los adoradores perpetuos, los amantes de eterno suspiro han sido siempre de abajo arriba, y no al revés. Jamás el rey se enamoró platónicamente de la pastora, ni el rico de la pobre, ni el duque de la costurera. Lo general es que en este linaje de amores vea siempre el amante a su amada como en andas, como sobre un altar, o allá en el cielo, muerta ya, como Dante la veía. De esta suerte han suspirado los trovadores de humilde cuna y de bolsa vacía por la gran señora feudal que los recibió benigna en su castillo; los cortesanos, por alguna linda reina de las que ha habido virtuosas y ariscas, aunque aficionadas a que suspiren por ellas, y muchos Gerineldos de mayor o menor jerarquía, por la hermosa dama a quien sirvieron. Todos estos casos de amor platónico son verosímiles. Lo es también el de algún colegial o novicio que viene de provincias a la capital, y cae bajo el poder de cualquieralionneexperimentada, curtida, deseosa de adoración, y que se aparece como divinidad a los ojos del inexperto y tímido mancebo.

Lo que no era verosímil, lo que no cabía en la cabeza de nadie era que el dichoso, que el hastiado, que el rico y noble Conde de Alhedín, delicia de la corte, suspirase no por emperatriz, reina o gran duquesa siquiera, sino por una muchacha obscura, pedestre, venida de un lugar y casada con un casi escribiente feo y viejo.

El Conde, sin embargo, se empeñaba en que esto se había de creer, o más bien algo más extraordinario aún. Ni el suspiro en balde quería él que se creyese. El Conde no suspiraba, porque no se suspira por lo inasequible; no anhelaba, porque no se anhela lo que no se puede alcanzar, y no deseaba, porque el deseo presupone esperanza, por remota y leve que sea. El suspiro, además, el anhelo y el deseo, aunque nunca se logren, implican algo de ofensivo para la mujer deseada: son la infracción de un mandamiento cuando esa mujer es de otro. Y con doña Beatriz—tal era el respeto y consideración que quería se le tuviese—el Conde se enojaba de que alguien pudiera imaginar que él se atrevía a desearla.

El Conde quería, pues, aparecer como amigo finísimo, como admirador constante y como el que se deleita en hablar, en ver, en comunicar pensamientos, sin el menor interés ni propósito que no sea limpio como el cristal y el oro. Para esto no había necesidad de disimular que hablaba largos ratos al oído con doña Beatriz. No era el secreto a fin de ocultar lo pecaminoso, sino a fin de no contaminar lo santo. No era el misterio en que se envuelve el delincuente con respecto a las personas honradas, sino el misterio del iniciado con relación al profano vulgo.

Por desgracia, el profano vulgo no se conformaba con creer en la santidad del misterio, y se le explicaba de un modo harto poco edificante.

Casi todas las noches doña Beatriz y el Condesito tenían un dúo larguísimo, inaudito para todos, salvo para ellos.

Delante de don Braulio tenía lugar el dúo misterioso lo mismo que cuando don Braulio estaba ausente. Ni ellos se recataban, ni don Braulio se inquietaba. Se diría que los tres vivían convencidos por igual de la inmaculada inocencia de todo aquello, si bien se diría asimismo que la convicción se había consumido por completo en ellos tres, no quedando nada para el resto del mundo.

Todos los tertulianos murmuraban por lo bajo de la impostura y de la desvergüenza, que por tal la tomaban, del Conde, de doña Beatriz y hasta del excelente don Braulio, en quien, merced a la fama que iba adquiriendo de pasarse de listo, no había persona que supusiese candidez e ignorancia, sino notorio y ruin disimulo.

Quien más extremaba y propagaba esta mala opinión era Arturo, el poeta. En sus versos era casi siempre religioso y moral; ya ascético, ya místico, sin mezcla de molinosismos; pero en prosa, como si ya en los versos hubiese gastado toda la poesía de su alma, era de lo más prosaico yrealistaque puede imaginarse. De esta disonancia entre su palabra rítmica y su palabra desatada del ritmo resultaba una extraña contradicción. El metro y los consonantes parecían el imperativo categórico de su conciencia. Recitaba sus poesías, y los oyentes se inclinaban a considerarle como a un santo padre, doctor iluminado y bendito siervo de Dios. Hablaba sin número y sin rima, y daba miedo oírle; era un desenfrenado galopín, sin creencias y sin respeto a cosa alguna.

La noche que siguió a la mañana en que tuvo lugar la conferencia entre el Conde y su madre, el Conde, por lo mismo que estaba de mal humor, se mezcló poquísimo en la conversación general de la tertulia de Rosita. Habló cuatro palabras con ella; habló un momento con Inesita, que también estaba allí; saludó a los tertulianos, y se fué a hacer su aparte con doña Beatriz, el cual fué más prolongado y en apariencia más íntimo que nunca.

Aquella noche vino don Braulio y vió el aparte con la serenidad de costumbre.

La tertulia duraba de ordinario hasta cerca de las dos; pero don Braulio y sus damas solían irse antes de la una. Así lo hicieron aquella noche.

El Conde de Alhedín, aunque no tenía gana de más tertulia, no se atrevió a irse cuando se fué doña Beatriz, ni inmediatamente después. Se quedó, entrando en el corro general de los que estaban allí hasta última hora.

No hablaba el Conde, sin embargo, porque estaba ensimismado e imaginativo.

El poeta, por lo regular era quien hacía el mayor gasto de palabras cuando no hablaba el Conde. Aquella noche el poeta estaba en vena. Charlaba mucho, decía mil jocosidades, se las reían, y él era de los que se embriagaban con hablar y con ser aplaudidos, más que bebiendo vinos y licores. Arturo, quizá sin haber llevado una copa a sus labios, estaba borracho.

Viendo, pues, al Conde silencioso, empezó a estimularle para que hablara, lanzando algunas mal encubiertas pullas sobre las pasiones meramente espirituales; sobre lo felices y tranquilos que deben de vivir los maridos cuyas mujeres tales pasiones inspiran, y sobre los coloquios semi-divinos que deben de tener los que así aman.

—Dios—decía el poeta—les desanuda la lengua y les infunde por fuerza un idioma más rico y perfecto que todos los conocidos entre los míseros mortales. Los primores que tienen ellos que decirse no hallan adecuada expresión en esta jerga en que nosotros nos entendemos. ¿Cómo es posible que con el habla misma con que pedimos nosotros de comer, de beber y otros menesteres mecánicos, se pida lo que tales amantes pedirán y obtendrán? Hasta la idea de lo que piden y obtienen apenas se percibe por los profanos sino de un modo confuso, allá en lo más recóndito y tenebroso del alma, allá en los abismos insondables del sentir con el sentido del espíritu, abstrayéndose de los otros sentidos.

Siempre que Arturo hacía algunas frases pomposas e irónicamente elevadas por el estilo las terminaba exclamando:

—¿Qué tal? ¿Me explico? ¿Entiendo o no entiendo la metafísica de amor?

El Conde reprimía su disgusto: no se daba por aludido cuando podía, y si decía alguna palabra era con gravedad, sin seguir la broma.

—Hay multitud de amores—continuaba el poeta—, hijos todos de las ninfas: Amores terrenales que son los que nosotros por lo común conocemos; pero hay además un solo y único Amor, hijo de Venus Urania, el cual, según refiere el fabulista Esopo, y después han repetido muchos otros poetas y fabulistas, vive casi siempre en el cielo. Los dioses inmortales no pueden vivir sin él. La presencia de este Amor constituye la bienaventuranza de los dioses. Sin embargo, este amor es tan bueno y tan piadoso, que, lastimado de la miseria y bajeza de los hombres, pide de vez en cuando licencia a Júpiter para descender a la tierra y traernos consolación y cierto reflejo de la luz de la gloria. Con dificultad concede Júpiter esta licencia: a él y a los demás inmortales les es en extremo penosa la ausencia de Amor; pero cuando concede la licencia, que es de siglo en siglo a lo más, y por breve plazo, Amor desciende entre nosotros, y dejando siempre que sus hermanitos menores le remeden, hiriendo a las almas vulgares, emplea sus flechas de oro en atravesar pocas almas encumbradas y divinas. De estas almas, así heridas, brota entonces un raudal de ideas puras, de sentimientos sobrehumanos y de conceptos cercanos de la perfección, que vienen a ser como faros luminosos colocados de trecho en trecho en la historia, en el obscuro y áspero camino que sigue la humanidad errante. ¡Gran noticia, señores, gran noticia!La Correspondenciano la ha publicado aún, pero ténganla ustedes por cierta. Este Amor celeste ha venido recientemente entre nosotros. Por más que se oculte por modestia, hemos llegado a verle. Está lleno de gracia y de verdad. Su gloria nos deslumbra, mas no nos ciega.

Tampoco a esta parodia de la más bella fábula de Esopo ponía el Conde el menor comentario.

El poeta prosiguió más excitado:

—El Amor del cielo va hiriendo, como he dicho, algunas almasdi primo cartello; pero al cabo, mientras que vive por acá, en la tierra, no anda siempre errante y sin hogar. Elige el alma más noble, más pura y más bella, y allí hace su morada. Esta alma suele ser la de una mujer, con frecuencia, casada. Imagínense ustedes, ¡qué honra, qué distinción para el marido! En el caso presente, en la venida de Amor, en nuestra descreída y viciosa edad de hierro, la mansión de Amor, su cuartel general, como si dijéramos, es el alma de una mujer casada. ¿Estará hueco y ufano su marido?

Ya aquí el Conde no pudo contener y disimular su enojo. Reprimió, no obstante, la lengua, porque en plena tertulia le parecía ridículo y de mal gusto desatarse en injurias contra el procaz Arturo. Sus ojos sólo denotaban su furor. Miraba al poeta como si quisiera devorarle con el fuego de su mirada.

Rosita, por ligereza de carácter, por irreflexión, se había dejado llevar de la charla del poeta y le había reído los chistes. Arturo había estado muy cómico, dando un énfasis chusco a sus expresiones y acompañándolas con el debido manoteo. Pero Rosita volvió en sí, advirtió cuán airado estaba el Conde y, aunque tarde, impuso silencio al poeta.

Cuando los hombres salieron juntos de la tertulia y se dieron en la calle, ya el Conde no acertó a refrenar su enojo. Olvidó todo respeto, echó a rodar toda la prudencia, no previó consecuencia alguna, y, llegándose a Arturo, le dijo, si en voz baja, no tanto que alguno de los otros tertulianos no le pudiese oír:

—Sábelo para tu gobierno. Ni con fábulas de Esopo, ni con citas de Platón, ni de manera alguna, por indirecta que sea, consentiré en adelante que, estando yo presente, y aun cuando no esté yo presente, pongas en solfa mi amistad con doña Beatriz. Si llego a saber que hablas otra vez de ella, que aludes a ella, que te burlas de su marido, lo sentiré mucho, pero te romperé la crisma.

Pronunció el Conde estas frases con tanta seriedad y energía, que Arturo no pudo escurrirse tomándolas a risa. Era necesario contestar por lo serio. Y para contestar por lo serio, siendo hombre que se respetaba, no le quedó más recurso que contestar como contestó:

—También yo lo sentiré muchísimo—dijo—; pero como me conozco, y sé que he de seguir poniendo en solfa tu amistad con doña Beatriz y he de seguir burlándome de la credulidad o socarronería de don Braulio cada vez que se me antoje, es excusada esa tregua o espera que me concedes. Rompámonos la crisma en el acto, ya que así lo deseas.

Pocas más palabras mediaron entre ambos. De los mismos tertulianos allí presentes eligieron uno y otro los padrinos, quienes arreglaron un duelo a sable para el día siguiente por la mañana.

Los padrinos, como personas de juicio, hicieron esfuerzos extraordinarios para cortar el lance amistosamente, convirtiendo en súplica cortés la amenaza del Conde, y en promesa generosa y no arrancada por conminación la del poeta, de no hablar mal del Amor del cielo; pero Conde y poeta estaban tan acalorados, que ni el primero se allanaba a hacer el papel de suplicante, ni el segundo, aunque se lo suplicasen de rodillas, decía que se sentía capaz de callarse y de no ser maldiciente y burlón, siempre y cuando estuviese de humor para ello, que era a menudo. No hubo, por consiguiente, más remedio que reñir.

Ya sobre el terreno, percibió el Conde toda la serie de imprudencias que había cometido para llegar a aquel término, en el cual no podía retroceder, y del cual todo éxito era malo. Malo y deslucido si por acaso Arturo, que en la vida había tomado un sable en la mano, le hería o le descalabraba; malo y cruel si él, que iba todos los días a la sala de armas, acuchillaba a su sabor al pobre poeta, y malo y remalo, ora saliese vencedor, ora vencido, porque de todos modos el lance iba a ser contraproducente. El lance era para que no se murmurase de doña Beatriz, y con el lance iba el Conde a lograr que resonase el nombre de ella en las diez mil trompetas de la Fama.

Mas, sobre todo esto hubiera importado pensar a tiempo y no entonces. Entonces no quedaba otro arbitrio que darse de sablazos.

Los sablazos se dieron, y, como era de prever, los recibió Arturo. Por dicha, ninguna herida fué de cuidado. Un mes de cama bastó al poeta para curarse.

También se cumplió, como no podía menos, la otra previsión. No quedó en Madrid perro ni gato que no hablase del frenético amor del Conde por la mujer de un empleadillo en Hacienda; de su loca pretensión de hacerla respetar como criatura angélica, semi-divina, y fuera del orden y condición que naturalmente se usan; y de su afecto singular hacia el esposo sufrido, de cuyo sufrimiento tenía el Conde el imposible empeño de que nadie se percatase ni se riese.

Como el Conde no había de desafiar y matar a todo Madrid, particularmente a las mujeres, la historia de sus amores con doña Beatriz, imaginada o real, pero bordada y comentada por todos estilos, circuló por tertulias, cafés, casinos y teatros.

La reputación de doña Beatriz quedó así más lastimada que el cuerpo de Arturo, de resulta del lance que tuvo con él el caballeroso Conde de Alhedín, inhábil, por la persuasión y por la violencia, para convencer a nadie de su platonismo.


Back to IndexNext