EL CEMENTERIO DE PISA.
Jamas creí que hubiera en el mundo una ciudad tan muerta como Toledo. Pero no habia visto á Pisa. La diferencia entre estas dos magníficas poblaciones, sin embargo, es grande. En Toledo, junto á edificios maravillosamente conservados, como la Catedral, hay edificios casi destruidos, como San Juan de los Reyes y el Palacio de Cárlos V. Las ruinas, en su desolacion, justifican la soledad. Pero en Pisa todos los monumentos se hallan de pié, todos cuidadosamente conservados, algunos enlucidos y resucitados por restauraciones modernas, los más pintados de vivísimos colores. Y sin embargo, la soledad es indescriptible. Diríais que aquellos palacios aguardan sus habitantes y se hallan preparados á recibirlos; pero que los habitantes no vienen. Yo me paré el dia mismo de mi llegada, por el mes de Mayo, en el puente central del Lungarno, á las dos de la tarde; y puedo asegurar que estaba solo, completamente solo, casi tentado á creer la inmensaciudad destinada únicamente á mi persona. Magnífico sitio para un egoista. Era triste, tristísimo, ver aquellas dos largas hileras de edificios preciosos, de casas elegantísimas; aquellos varios puentes, aquellas magníficas aceras, aquella limpieza exquisita, el rio en el fondo, el cielo sonriente; por uno de los extremos copudos árboles mecidos al soplo de las frescas brisas marinas; y nadie, absolutamente nadie, más que yo, en aquella hora y en aquel delicioso sitio, para contemplar tanta hermosura. Tentado estuve á gritar, seguro de que solamente me responderia el eco. Un extranjero apostó á que, dando la vuelta á caballo por los muros de Pisa, no encontraria un alma, y ganó la apuesta. Los rusos y los ingleses, á quienes la frialdad del Norte ha roto los pulmones, se refugian, para vivir algunos dias, en Pisa, donde se hallan abrigados, por las montañas, de los vientos del Norte, y por la soledad, de las grandes emociones. Así, de vez en cuando, encontrais jóvenes muy bellas, con ese color arrebatado y ese brillo en los ojos propios de la tísis, acompañadas de algunas personas de su familia, tristes, sombrías, que parecen seguir un duelo y llorar ya el golpe irremediable de la muerte. Todas estas particularidades conspiran de contínuo á la tristeza general de la ciudad llamada con razonPisa morta.
Y sin embargo, hubo un tiempo en que sus libertades asombraron á Italia, su comercio al mundo; un tiempo en que el mar llevaba hasta sus puertas los tributos de Córcega y Cerdeña; en que sus naves trasportaban los cruzados al Asia y traian del Asia el oro, la púrpura, el marfil; un tiempo en que sus guerreros auxiliaban á los emperadores de Alemania contra los papas de Roma, y á los condes de Barcelona contra los moros de Mallorca; en que los piratas temian su poder, los sarracenos temblaban hasta en las costas de África al brillo de sus lanzas, y en que las columnas y los mármoles aportados por Pisa de lejanas expediciones formaban como el trofeo de la primer victoria de las artes. Entónces los últimos maestros mosaitas de Constantinopla llenaban con piedras brillantísimas de mosaicos los arcos de sus monumentos; entónces los primeros pintores que adivinaron las artes del dibujo, animaban sus muros y sus claustros con místicas figuras; entónces los judíos la colmaban de riquezas, guarecidos á la sombra de sus tolerantes leyes; entónces Nicolas y Juan de Pisa, inspirados genios de la Edad Media, desbastaban el mármol y producian esas blancas figuras que parecen los primeros ensueños de una nueva edad de inspiraciones; y despertábanse los penitentes místicos al resplandor de la nueva idea ántes que apareciese, como esas aves que anuncian desde el fondo de las tinieblas la venida del dia. Su libertad engendró su comercio, el comercio su riqueza, la riqueza el arte y la ciencia. Las máquinas de Buschetto levantaban en el siglo undécimo pesos enormes, cuya gravedad sólo podria vencer la mecánica moderna. Las ligeras naves, con sus graciosas velas latinas, traian en el siglo décimo las telas de seda crujientes, que podrian llamarse, por su color, por su brillo y por su orígen, radiosas apariciones de la antigua India, en medio de las tinieblas de la Edad Media. Las serpientes de bronce del Egipto se enroscaban á sus columnas de granito, y los hipogrifos de Grecia tendian sus alas junto á las rotondas bizantinas. Miles de trabajadores llenaban sus muelles, cuando los principios de libertad llenaban sus códigos. La República murió. Y Pisa es un cadáver. Por eso sin duda su primer monumento es un cementerio. En el zénit de su esplendor, Pisa presintió su porvenir y se fabricó el edificio que más debia convenir á su triste futura historia; se fabricó el Campo Santo. Con el alma entristecida por las sombras de la muerte, en medio de aquella ciudad solitaria, donde sólo se oia la vibracion de las brisas marinas, dirigíme á visitar este magnífico monumento, que me tenía reservadas tantas emociones y tantas enseñanzas. El sitiodonde se halla el Campo Santo es el sitio más desierto de esta ciudad. En vano los montes de Pisa levantan sus cúspides azules en el éter de un espléndido cielo; en vano la vegetacion de la primavera, cargada de flores, de mariposas, de nidos, cubre con su lujo hasta las desnudas piedras de los altos torreones de las murallas; en vano ese magnífico baptisterio, al Campo Santo muy próximo, y que parece la alta rotonda de un templo subterráneo, dibuja sus calados botareles; en vano la blanca torre inclinada, semejante á una columna gigantesca, lanza allí cerca los agudos sonidos de sus campanas; y la Catedral, ornada de infinitas joyas, entona las salmodias de sus cantos; todo en vano quiere despertar la idea de la vida: las ortigas, que brotan por doquier en aquel inmenso desierto, os recuerdan y os inspiran la triste idea de la muerte.
El Campo Santo es un edificio grande, severo, de altos muros, de estrechas puertas; un ataud de mármol para todo un pueblo. Los faraones de Egipto, los césares de Roma, los sátrapas de Oriente, han levantado pirámides, fortalezas, montañas, para enterrarse, para ocultar los gusanos que roian su púrpura y sus huesos; pero ninguno de esos monumentos soberbios, donde los déspotas perpetúan en la muerte el soberbio aislamiento de su vida, puede compararse en gracia y en hermosura con este cementerio de ciudadanos que se abrazan y se confunden allá en la eternidad, y cuyos huesos frios y mondados por la afilada guadaña, irradian el mismo calor, el mismo entusiasmo, que en vida irradiaban sus libres corazones. El exterior es sencillísimo. Parece un ataud inmenso tallado en una sola piedra. Las perspectivas de la muerte dan extraordinaria solemnidad á todos los objetos de la vida. Siempre que el hombre ha querido expresar la muerte, ha expresado la inmortalidad. En vano ha pintado su último trance como el dolor de los dolores; en vano su último asilo como la sombra de las sombras; allá, en el fondo del sepulcro vacío, en el seno del abismo insondable, se extiende siempre la luz misteriosa de una nueva vida. Sabemos todos que el hombre, este resúmen de la Creacion, este mineral sujeto á las leyes de la gravedad y á los límites de la extension; este vegetal que necesita del aire y del agua y de la luz; este animal que nace y se nutre á la manera de los demas mamíferos; este microcosmo, cuya cabeza esférica reproduce la esfera de los cielos, y cuyos ojos centellantes reflejan la luz de las estrellas; este ángel que se levanta más allá de los tiempos y de los espacios á contemplar en su pureza las ideas arquetípicas, de las cuales son sombras las cosas; el gran músico de los mundos, elgran sacerdote y el gran poeta entre todos los seres; el que saca de los hechos particulares las leyes universales, y de la tosca materia la esencia impalpable del espíritu; el que anota en su mente el cántico universal de las esferas; el que logra dar con su pensamiento como la conciencia de sí misma á la naturaleza, no podria enterrarse todo entero bajo unas cuantas paletadas de arcilla, sin soterrar consigo al mismo tiempo toda la creacion.
Y sin embargo, no hay monumento que exprese la nada como este paralelógramo, irregular á la manera del eterno contrasentido de la muerte. Todos llevamos un oscuro abismo bajo nuestras plantas, que absorbe, como el desierto las gotas de la lluvia, los instantes de nuestra vida. Todos habitamos un cementerio. Esa desnudez del exterior del Campo Santo, esa monotonía, esa uniformidad, son la desnudez, la monotonía, la uniformidad de la muerte. Cuando la puerta se abre, creeis que se abre la puerta de la eternidad. El frio de aquellas bóvedas como que os petrifica; el silencio de aquel lugar como que os priva del habla. Yo estaba enteramente solo como un muerto abandonado á su ataud. Yo, errante, sin patria, sin hogar, me preguntaba si aquel viaje no era el símbolo de mi último viaje; si aquella entrada de un momento en el Cementeriono era la pintura anticipada del dia en que los hombres tendrán á bien recogerme y lanzarme á un hoyo para que no envenene con mis pútridos miasmas el aire que ellos respiren. El sepulturero, de pié á la puerta, me invitaba á entrar. Las ideas más tristes batallaban en mi cerebro, y se dejaban caer como gotas corrosivas sobre mi corazon. El ruido de un azadon que cavaba las huecas sepulturas, y el ruido de las llaves que el sepulturero agitaba, se mezclaron siniestramente en mi oido. Pero entré, entré pensando que la muerte es tan natural como la vida, que el ataud es la cuna de la eternidad. Y la gran puerta se cerró á mis espaldas.
Si, como yo creo y como yo espero, al pasar de la vida á la muerte pasamos de este á otro mundo mejor, dificulto mucho que pueda ofrecerme tanta novedad el brusco cambio como el interior del Cementerio de Pisa. Yo contemplaba extasiado las altas bóvedas cubiertas de maderas preciosas; los largos muros realzados por todas las combinaciones posibles del color; las ventanas ojivales de una desmesurada altura, con sus ligeras columnillas y los elegantes rosetones del remate; los cipreses, los rosales, la hiedra, la madreselva, que á traves de las ojivas mecian blandamente en el patio central sus ramajes poblados de vida y de poéticos rumores; los toscos sepulcros de los tiempos monásticos guarecidos por la cruz, junto á los bellos sepulcros de los tiempos clásicos poblados de ninfas y de faunos; el vaso báquico de mármol de Páros, donde brillan los sacerdotes de la embriaguez de la vida, al lado de la Madre Dolorosa con su Hijo entre los brazos, embriagándose con las lágrimas de la agonía y con la contemplacion de la muerte; los trofeos de las cruzadas unidos á los ex-votos de los romanos; los frisos de los templos de la gran Grecia mezclados con los arquitrabes de los altares del siglo décimo; los bustos de los tribunos de Roma, como Bruto bajo las blancas alas de los ángeles de mármol nacidos del cincel cristiano; las estatuas yacentes que se extienden sobre las losas como rindiéndose al eterno sueño, y las estatuas erguidas que sobre su pedestal de huesos humanos se lanzan, coronadas por una idea, como á entrar vencedoras en la inmortalidad; las vírgenes, los santos, los patriarcas, los doctores, los serafines, los querubines, los coros de bienaventurados, los demonios, los gnomos, los vestiglos, nadando en la atmósfera multicolor de los gigantescos frescos que cubren todas las paredes; cáos indescifrable en aquellas cuatro galerías góticas; cáos sobre el cual se deslizaba en aquel momento el sonido de la campana, que parecia la trompeta del ángel y el ruido del azadon, que parecia larespuesta de los muertos, abriendo al llamamiento sus tumbas; cáos donde todos los siglos, todas las civilizaciones, todas las artes se hallan en desórden sobre los fragmentos de un mundo en ruinas; imágen del Valle de Josafat á la hora suprema del Juicio Universal.
Y sin embargo, nada más regular que aquel cáos en cuanto volveis de vuestra primera sensacion. Cuatro muros, cuatro galerías, cuatro series de ventanas ojivales; un patio en el centro; al frente de la puerta principal una capilla, y al medio de la pequeña galería de la derecha una iglesia; en la tierra del gran patio, la vegetacion que brota hojas y flores con prodigiosa fecundidad; á los extremos cuatro grandes, copudos y verdinegros cipreses, que parecen alzarse allí para elevar al cielo las oraciones de sus hermanas, las plantas agradecidas, á la Providencia por el nutritivo alimento que les procuran los muertos. Hay pocos edificios góticos en Italia, muy pocos. Esta arquitectura de la Edad Media no ha podido desarraigar el eterno paganismo encerrado en la tierra de las artes. Parece que cuando los arquitectos se proponian levantar la católica ojiva, que concluye en punta, como el Universo en la unidad de Dios, las diosas gemian desde el fondo de los arroyos ó desde la corteza de los árboles para obligarles á continuar las antiguas columnascoronadas de guirnalda, como sus sienes inmortales. Parece que esta arquitectura gótica es la arquitectura del pensamiento y no la arquitectura de la imaginacion; es el espíritu interior más que el genio plástico. Por consiguiente, no puede ser la arquitectura de Italia. El Cementerio de Pisa es gótico. Pero ¡cómo se han hermanado todas las artes en su seno! Importábales poco á los italianos que un sepulcro representase las fábulas paganas combatidas por el cristianismo. Con tal que fuese hermoso, lo ponian en su Cementerio y lo llenaban de huesos cristianos. La madre de la condesa Matilde, de esta mujer católica por excelencia, de esta amiga de los Papas, de esta heroína ortodoxa, descansa en su sarcófago, donde se halla esculpida Fedra. Diana besa la frente de Endimion dormido en uno de los mármoles del Cementerio. Los bustos paganos se elevan junto á las imágenes de los santos. Las lámparas que la religion atiza iluminan el rostro de Bruto. Junto al sarcófago donde el caballero de la Edad Media pliega sus manos y dobla sus rodillas, se elevan Augusto, Agripa, el fundador de aquel Panteon donde se refugiaron por última vez los antiguos dioses. Una bacante duerme el sueño de la embriaguez con la copa vacía al lado, bajo el fresco que representa las maceraciones del cenobita, junto al sepulcro en que pende la corona derosas blancas consagradas á la inocencia y en que abre sus alas, como para ocultar un nido, el Ángel de la Guarda. El Buen Pastor, encerrado en las catacumbas de los mártires y esculpido sobre un sepulcro que los primeros cristianos han regado con sus lágrimas, conduce sus ovejas al redil de la Iglesia; y á pocos pasos hay bajo-relieve cuyos tritones fueron del cortejo de Neptuno en las profundidades del Océano, cuando la naturaleza no habia sido despojada de sus dioses. Meleagro caza no léjos del altar donde Enrique VII ora. Sobre un chapitel María, llena de misticismo, y casi á sus piés las figuras etruscas empapadas en la realidad de la vida. El escultor Della Robia tiene allí una madonna en tierra cocida que se asemeja á las vírgenes bizantinas; y sobre una columna en piedra de Egipto brilla á su lado una cabeza de Aquíles. Andrea de Pisa ha esculpido los Evangelistas y los Profetas con toda la rigidez católica, en medio de las bacanales, por otros bajo-relieves representadas, con toda la voluptuosidad griega. Aquí un emperador de Alemania sentado en su silla sagrada; allá un hipogrifo árabe; acullá una Vénus simbolizando el amor en los dominios de la muerte. ¡Oh! Estos hombres sabian por intuicion artística, sobrenatural, que todas las generaciones, todas las edades se reconcilian en el seno de la muerte. Estoshombres sabian que los combatientes caidos á la luz del sol, odiándose y maldiciéndose bajo banderas enemigas en los campos de batalla, se unen allá en las regiones de las sombras. Estos hombres sabian que pueden los míseros humanos expulsarse de la vida, pero no pueden expulsarse de la muerte. Aunque aniquileis á un enemigo, aunque le quemeis dando al viento las cenizas, ¡oh! sus átomos están ahí en el laboratorio de la vida universal, en el inmenso seno de la naturaleza; y tal vez mañana los absorberán vuestros hijos y los llevarán sobre su corazon. Mas los odios de los hombres son tales que no quieren ni la paz de la muerte. Y sin embargo, contemplando el Cementerio de Pisa, yo pensaba, ante aquellos muertos de todas las generaciones y aquellos monumentos de todas las edades, que así como tenemos en nuestro cuerpo breves partículas de todos los seres, y en nuestra conciencia ideas de todas las generaciones, tenemos en nuestra vida parte de todos los siglos; y que nada hay tan estúpido y antihumano como separarnos de los demas hombres por sus creencias, cuando hijos de todos los tiempos, individuos de toda la humanidad, por esos altares que nos parecen más llenos de supersticiones, por el dólmen celta, por el ara de los dioses lares, por las pirámides egipcias, por las esfinges babilónicas, ha pasado el espíritu dela humanidad ántes de llegar á su presente plenitud, como pasan los grandes rios por lechos de hielo, y de piedra, y de fango, ántes de espaciarse en la inmensidad del Océano.
Éste es el verdadero Cementerio de un pueblo, éste es el verdadero panteon de la Edad Media. En aquellos dias interesaba más la muerte que la vida. El Campo Santo era la ciudad eterna; el infierno y el purgatorio la epopeya; el jubileo la grande asociacion de las razas, y la cruzada la grande guerra. La Edad Media gravita entera al rededor de un sepulcro. Los más fuertes ó los más ricos entre los pisanos han tallado su barca, han tejido su vela, y se han marchado por los mares de Oriente á Constantinopla y á Siria, para desde allí partirse á Jerusalen; y despues de mil combates, despues de peligrosísimas correrías, cargados con el peso de la enorme armadura y la cruz al pecho, descubrir entre los espejismos del desierto, bajo el cielo reverberante, sobre colinas caldeadas, envuelto en las ráfagas de un viento que parece como voraz incendio, el sepulcro de Cristo; y morir á su lado, y envolverse eternamente en la tierra santificada por las lágrimas del Huerto y por la sangre del Calvario. Los ciudadanos que se quedaban en las riberas de Italia querian tambien participar de este bien, dormir en el seno de la tierra prometida, mezclar sus cenizas con las cenizas de los profetas. Y la igualdad republicana no podia consentir privilegios en la muerte. El gran comercio de la ciudad cumplió el deseo de los ciudadanos. Las escuadras vinieron hasta el puerto cargadas de tierra de Jerusalen. En esta tierra se envuelven todavía los huesos de los pisanos. Esta tierra era voracísima. En veinticuatro horas consumia los restos confiados á su seno como si fuera una tierra de fuego. La mayor parte de las sales que obraban este prodigio se han evaporado en alas de los siglos; pero áun consume, segun el erudito Valery, en cuarenta y ocho horas un cadáver. Yo la contemplaba extasiado. Un manto de aterciopelada verdura, sobre el cual parecia haber caido una lluvia de rosas, la ornaba; la zarzamora extendia sus espinosas ramas por todas partes; y nubes de mariposas blancas y puras fingian á mis ojos las almas de los niños, bañándose en aquellos aromas y bebiendo el dulce jugo de aquellas plantas que extendian los festones y las guirnaldas de la vida sobre la morada de los muertos. ¡Tierra, tierra santísima de Jerusalen, que mis piés huellan, tú has brotado la idea de Dios y la has tenido guardada largo tiempo en tu seno, para que la edad moderna reposára á su sombra; tú has recogido los huesos de aquellos profetas que encendieron la fe en la conciencia humana; de tu barro se halla amasada la cuna inmortal de nuestra civilizacion; y aquel Mártir divino que se sacrificó en tus montañas por salvar al mundo de la servidumbre y del yugo infame del destino, te ha hecho tan fecunda y tan sagrada como las semillas del martirio! Tierra de Jerusalen; filósofo ó cristiano, judío ó católico, hombre de lo pasado ú hombre de lo por venir, cualquiera que te huelle, ha de sentirse profundamente conmovido, porque tú entras, tierra inmortal, por grandes cantidades, en la levadura de nuestra vida.
Pero salgamos del patio y vamos á ver la galería de nuevo, contemplando, no las tumbas, las pinturas. Los italianos son esencialmente artistas, y no comprenden que un arte pueda vivir solitario y aislado. Emplean para sus monumentos la escultura, la pintura; los llenan de versos y de inscripciones para que tengan pensamiento, y luégo de música para que tengan voz. El Cementerio de Pisa ha sido fabricado en el siglo décimotercio, no lo olvidemos. Para comprenderlo bien, precisa comprender el siglo de su nacimiento, porque la arquitectura no pierde nunca, y ménos en los monumentos religiosos, su carácter simbólico.
El siglo décimotercio comienza siendo el siglo del catolicismo y concluye siendo el siglo de la herejía. El espíritu humano se exalta con la feen los comienzos y abraza la razon en las postrimerías de este siglo. Lo abre Inocencio III, que mira la conciencia humana extendida á sus plantas, Europa postrada de hinojos en sus altares; y lo cierra Bonifacio VIII, que siente sobre su mejilla el bofeton de los laicos, y muere de rabia en su impotencia. Lo abre Fernando III en Castilla, que merece ser contado en el número de los santos; y lo cierra Alfonso X, que merece ser contado en el número de los filósofos. Pedro II de Aragon nace bajo la advocacion de la Iglesia, crece en su seno, vive para dar la batalla de las Navas contra los infieles, y muere en la batalla de Muret por los herejes. Y estos cambios bruscos son una ley general del siglo. Jaime I de Aragon en la primera mitad del siglo recaba tierras y tierras para la Iglesia, y Pedro II arranca feudos al Papa. Los santos que dirigian las cruzadas y sus ejércitos obran luégo milagros ante los muros de Gerona contra los soldados del Papa. Las guerras por el sepulcro de Cristo se suspenden. La ciencia árabe domina á las ciencias teológicas. La duda se desliza en la razon, la ironía en la literatura, el sentimiento de la naturaleza en el arte. La conciencia humana ha pasado del período de la fe al período de la razon.
¿Comprendeis ahora por qué el Cementerio de Pisa ha sido tan tolerante? En cuanto se miransus galerías y sus pinturas, se ven como dos hemisferios del tiempo. Los arcos han sido animados por una idea; los muros por otra. Allí está el gótico, y aquí el anuncio lejano del Renacimiento. No podrá nunca escribirse la historia de las artes sin saludar como uno de los sitios de su nacimiento este Cementerio. No se podrá entrar en el Cementerio sin evocar las edades en que se construyó. Y no se podrán evocar estas edades sin traer á la memoria el nombre de Nicolas de Pisa. Nacido en el seno de los tiempos místicos, muere en el seno de los nuevos tiempos. Entre su cuna y su sepultura hay dos mundos. El espíritu humano ha cambiado de fase miéntras ha vivido ese hombre, que contó setenta y un años. Pero él ha sentido ese cambio, él ha anunciado el ocaso del misticismo. Sus padres, sus maestros, le han hecho arrodillarse, plegar las manos ante las estatuas bizantinas, encorvadas bajo los terrores del Juicio Universal; y él, más tarde, ha ido á postrarse ante las figuras griegas, radiantes de hermosura, erguidas como aquella civilizacion esencialmente humana, amamantadas á los fecundos pechos de la Libertad. Nicolas nació el año siete del siglo décimotercio, y murió el año setenta y ocho. Si yo quisiera expresar en un solo símbolo esta edad, escogeria una de sus figuras, y veríase en ella que el pensamiento místico áuncorre por sus frentes, pero que las formas griegas se extienden por su cuerpo como una nueva planta brotando en tierra empapada por rocío reciente. Juan de Pisa, el arquitecto del Cementerio, escultor tambien, mira con los ojos de Nicolas de Pisa. Comparad las obras de estos dos genios con los gigantescos mosaicos y con las extrañas pinturas que á dos pasos se encuentran, en el seno de la Catedral, obras traidas de Bizancio, ó hechas por bizantinos artistas. Las vírgenes, los santos, los ángeles de Bizancio tienen una expresion de terror sublime, pero tambien la frialdad, la rigidez de la muerte; las vírgenes, los santos, las estatuas de Nicolas y de Juan de Pisa ya aspiran á la serenidad y á la perfeccion griegas. Es el mundo de la naturaleza, que se abre al soplo del nuevo espíritu. Es la belleza humana, que deja el sudario de la belleza monástica en el fondo oscuro de los claustros. Esas piedras son trofeos de las batallas del espíritu, ó mejor dicho, trofeos de sus victorias.
Miéntras Nicolas y Juan modelaban las piedras para tallar estatuas, para construir cementerios, un pastorcillo, guardador de escaso ganado, dibujaba en el barro, en el polvo ó en la arena, extrañas figuras. Este pastor toscano debia ser el padre de la pintura, debia ser el Giotto. Su gloria llena todo el siglo décimocuarto. Este hombreextraordinario es, respecto á la pintura, lo que Nicolas de Pisa respecto á la escultura. En su genio estaban ya los primeros delineamientos del genio de Rafael. Son los brazos de sus santos áun rígidos, los cuerpos angulosos y puntiagudos, los piés deformes, como si no pudieran todavía fijarse en la tierra; pero las cabezas están llenas de benevolencia, las caras llenas de gracia, de esa gracia á que jamas llegaron los artistas bizantinos en su desesperacion; de esa gracia hija de la serenidad del espíritu y hermana gemela de la esperanza. Vese allí que si los cuerpos dibujados por el Giotto pertenecen aún á la tierra de su tiempo, las cabezas tocan ya en el cielo de los tiempos nuevos. Aquellos rostros están acariciados por la brisa matinal, inundados por la luz de la aurora. El artista se ha sumergido en el seno de la naturaleza, encontrando en ella la inspiracion inmortal. Su pincel es una nueva eflorescencia del espíritu humano. Mirad en ese muro de la izquierda su Job. Se está borrando como el recuerdo de aquellos dias; se está deshaciendo como la fe que lo animó: descúbrese á traves de una niebla, lejano, muy lejano, herido por la humedad y el viento marítimo, que lo arrancan á pedazos de la pared, afeada, manchada por las restauraciones posteriores; podeis verlo á la manera que se ven figuras fantásticas, en las nubes recamadas por el sol del ocaso; todavía podeis verlo como un penitente que se queja de Dios, sin atreverse á maldecirlo, rodeado de sus amigos infieles, entre el diablo, terrorífico, dantesco, y el ángel de la derecha, dulce y bello, nadando ya en luminosos horizontes. No sé por qué, mas aquel fresco desgastado me pareció el símbolo que, sin pensarlo y sin quererlo, habia trazado el Giotto ó cualquier otro contemporáneo suyo del estado crítico y extraordinario en que se encontraba su siglo, entre el demonio del feudalismo, que pugnaba por vivir, y el ángel del Renacimiento, que salia entónces de su larva.
No sé por qué este Cementerio me parece por todas partes el Cementerio de la Edad Media. Un discípulo de Fra Angellico, de aquel místico en cuya retina se pintaban los ángeles y los querubines, de cuyas manos jamas una Vírgen ni un Cristo salió sino entre oraciones y lágrimas; un discípulo de ese fraile sublime, que pintaba de rodillas, ha dejado una graciosa figura en los inmensos frescos arrojados por su mano sobre casi toda la galería occidental del Cementerio; una figura que sólo podria nacer en tiempos más sensuales, y que representa la curiosidad infinita por los secretos de la naturaleza. Noé está desnudo y embriagado en el suelo. Una muchacha se cubre el rostro con las manos; pero á traves de los dedosentreabiertos se goza en contemplar la desnudez. Fra Angellico hubiera maldecido á su discípulo Gozzolli. Pero ésa es la nueva edad, la edad del renacimiento de la naturaleza, maldecida hasta entónces; la edad del despertar de los sentidos, hasta entónces embotados; la edad en que el fauno va á hollar de nuevo con su pié hendido los campos, y á coronarse de nuevo con guirnaldas de hiedra los cuernos; la edad en que las ninfas van á entregarse desnudas sobre un lecho de rosas á toda la orgiástica alegría de vivir; la edad en que los arroyos van á entonar un himno de nuevas églogas; y entre el delirio priapesco de todos los goces y el despertamiento de todas las antiguas divinidades, va á salir un nuevo Prometeo, pero sin cadenas, que con su mano rasgue los mares y descubra un nuevo mundo, con su pié impulse la tierra y la obligue á rodar por los espacios infinitos, y coja las estrellas con su telescopio, como el cazador las aves con su trampa, y las fuerce á dejarse pesar en su mano, y á murmurar en su oido los secretos del cielo.
Sí, aquel Cementerio es el testamento de la Edad Media. Creo ver en sus muros la despedida última y el adios últimos de estos tiempos que precedieron á los nuestros, como el cáos á la luz. La Edad Media, al morir, en todas las literaturas reproduce la Danza de los muertos. Ese tétrico poema no podia faltar en el Cementerio de Pisa y en el cielo inmortal de sus pinturas del siglo décimocuarto y el siglo décimoquinto. Orcagna, el grande Orcagna, lo ha pintado ahí. Miradlo, y acordaos de los otros monumentos que acabais de ver, y encontraréis toda la genealogía del arte. La tumba donde reposa la primera Beatriz casi es la cuna del pensamiento nuevo. En ella ha estudiado Nicolas de Pisa. En las obras de Nicolas de Pisa ha estudiado su hijo Juan de Pisa, arquitecto y escultor del Cementerio. En las obras de Juan ha estudiado Andres de Pisa, en las obras de Andres ha estudiado Orcagna. En pos de Orcagna vendrá Guiberthi, que esculpirá las puertas del baptisterio de Florencia, las puertas triunfales del Renacimiento, llamadas por Miguel Ángel las puertas del Paraíso. Y en esas puertas se detendrán los grandes artistas á estudiar el dibujo. Y el arte será despues de esta larga y gloriosísima creacion, y tendrá esta sublime genealogía: los mosaitas de Venecia, los mosaitas de Pisa, Cimabue, Nicolas de Pisa, el Giotto, Juan de Pisa, Orcagna, Guiberthi, Massacio, Leonardo de Vinci, Miguel Ángel, Rafael. Inmortal espíritu del hombre, nunca fuiste tan grande como despues de haber encontrado nuevamente la forma humana, la hermosura plástica, á costa de extraordinarios esfuerzos, tras ocho siglos de maceracion, de ayuno, de penitencia. El fresco de Orcagna es el fresco de la muerte. El dibujo es todavía incorrecto, los cuerpos de las figuras todavía desproporcionados; la perspectiva todavía está ausente; pero los rostros tienen expresion sublime, y un alma que irradia pensamientos se asoma por los ojos é ilumina las frentes. Á la izquierda una cabalgata de caballeros y señoras en trajes de gala se detiene ante tres reyes; recien muerto é hinchado el uno, descompuesto y comido por gusanos el otro, esqueleto ya descarnado el tercero. No puede manifestarse bien el escalofrío que da ver aquellos tres despojos de la muerte en medio de la turba de caballeros vestidos ricamente con terciopelo y armiño, de las damas con su lujoso tocado, de los perros y los halcones de caza, de todos los signos de la vida entregada al combate y al placer. En el centro los viejos, los enfermos, los moribundos, llaman á gritos la muerte con versos que el pintor ha trazado para aumentar la expresion:¡O morte! medicina d’ogni pena. Pero la muerte no los escucha; se aparta de los que la desean para herir á los que la olvidan; para entrar con su tajante guadaña en ameno bosque, á cuya sombra reposan dos amantes, contemplándose extasiados y oyendo la guzla del trovador que canta las delicias de la pasion, rodeados de flores y de amorcillos. Allá, en una alta montaña, los penitentes ruegan por todos; pero abajo, en enorme confusion, reyes, nobles, pajes, obispos, espiran; y sus almas son, ya recogidas por los ángeles, ya por los demonios de horrible rostro y alas de murciélago. Se nota que concluyen las edades monásticas. Las almas escogidas principalmente por los demonios son las almas de los frailes. Y junto á este fresco se hallan, como contemplándolo, el Juicio Final y el Infierno.
Áun despues de haber visto la Capilla Sixtina conmueve la cólera de Jesus, la tierna piedad de María intercesora, el dolor de los réprobos, el éxtasis de los bienaventurados; Salomon, que al salir de su tumba y sacudir el polvo secular de sus párpados, no sabe si le tocan en suerte las alturas celestes ó los abismos infernales; el genio vengador que arrastra por los cabellos hácia las tinieblas eternas un fraile, el cual se habia escondido entre los bienaventurados, y el genio misericordioso que lleva hácia la bienaventuranza un jóven mundano, ya perdido entre los malditos; la mujer que se retuerce los brazos de desesperacion á la boca de la insondable eternidad, y el viejo que se arroja hácia Jesus para recordar sus propias obras y pedir la divina gracia; el Ángel de la Guarda en el centro del cuadro, triste, herido por un dolor infinito, mirando con susgrandes y profundos ojos, llenos de una tempestad de ideas, caer como una catarata de hiel en los infiernos, en los mares de plomo derretido, las almas que habia querido vanamente proteger en el mundo contra el vicio con sus alas, y que vanamente habia querido salvar de la justa cólera divina con sus oraciones en la hora suprema del juicio; terrible epopeya de horrores y desolacion, que parece, en verdad, sobre aquellas tumbas, en aquel asilo de la muerte, representado por aquellas figuras demacradas, rígidas, frias, el dia último del Universo.
Y sin embargo, en las figuras de todos estos cuadros descúbrese que los tiempos místicos han pasado y que los tiempos del Renacimiento no han venido todavía. En ninguno de ellos, en ninguno de los infinitos personajes pintados en esas paredes, hay ni el idealismo de Fra Angellico ni el naturalismo de Buonarroti. La historia humana es una lucha entre el pensamiento y la realidad. En esos cuadros vemos que la idea se evapora, mas la naturaleza no viene todavía. El espíritu místico se apaga, pero no le sustituye aquella adoracion del organismo humano que hizo tan grandes pintores y tan grandes escultores á los artistas del Renacimiento. Miguel Ángel se alzaba sobre un cadáver con el apetito de la hiena, y lo recogia y lo estudiaba hasta grabaren la mente cada uno de sus huesos. El estudio del desnudo era su estudio preferente, como si quisiese volver al hombre á la inocencia del Eden. Pero la anatomía se hallaba prohibida en la Edad Media. Esos pobres artistas de los siglos décimocuarto y décimoquinto no han podido estudiar nuestro cuerpo. Sus figuras están encerradas dentro de sus vestidos como dentro de un saco ó como dentro de un sudario. El hombre tiene todavía demasiado presente su culpa y se asusta de su propio cuerpo, de esa eterna sombra del pecado. Mas á pesar de hallarse en tal desfallecimiento, descúbrese bien que aguarda una nueva idea. Las figuras del Cementerio de Pisa son figuras de crepúsculo, seres que se levantan inciertos en los límites de dos épocas. Despues de todo, si miramos la historia humana, verémos así á todos los hombres; todos condenados á enterrar la mitad de las ideas aprendidas y la mitad de las caras aspiraciones de la existencia; todos arrastrados por la corriente interminable de los hechos, sin saber adónde; todos forzados al trabajo de la renovacion, sin saber por qué; todos dejando las vestiduras del alma, la inocencia de la niñez, la pasion de la juventud, la fe de la cuna, en las encrucijadas del camino; todos cayendo rendidos de cansancio y de fatiga sobre un monton de secas ilusiones, para que sus herederos los aparten con elpié, los arrojen á un hoyo y continúen repitiendo los mismos hercúleos trabajos sin fin, y representando la misma tragedia sin desenlace.
¿Creeis que la muerte es un desenlace? Yo no lo he creido nunca. Entónces el Universo ha sido creado para la destruccion. Dios es un niño que ha levantado los mundos, como un castillo de cartas, por el placer de derribarlos. El vegetal se come la tierra, el buey y la oveja al vegetal, nosotros al buey y á la oveja; seres invisibles, que llamamos la muerte ó la nada, se nos comen á nosotros; en la escala de la vida unas criaturas no sirven más que para roer á las otras criaturas; y el Universo es un inmenso pólipo con un estómago inmenso, ó si quereis una imágen más clásica, un catafalco sobre el cual arde el sol con una antorcha funeraria, y está levantada, como una estatua eterna, la fatalidad. Nacen unos pacientes porque tienen mucha linfa, otros héroes porque tienen mucha sangre, otros pensadores porque tienen mucha bílis, otros poetas porque tienen muy agitados los nervios; pero todos mueren de sus propias cualidades, y todos viven lo que duran sus entrañas, su corazon, su cerebro, su espina dorsal, para recostarse definitivamente todos en la nada. Lo que creemos virtudes ó vicios son tendencias del organismo; lo que creemos fe, algunas gotas de sangre ménosen las venas ó algunas cóleras más en el hígado, ó algunos átomos de fósforo en los huesos; y lo que creemos inmortalidad, una ilusion; sólo hay de real, de seguro, la muerte; y la historia humana es una procesion de sombras que pasan como los murciélagos entre el dia y la noche, para caer todas, unas tras otras, en ese abismo oscuro, vacío, insondable, que se llama la nada, atmósfera única del Universo.
¡Oh! No, no. Yo no puedo creer esto. Las maldades humanas jamas lograrán oscurecer en mi alma las verdades divinas. Yo, como distingo el bien del mal, distingo la muerte de la inmortalidad. Yo creo en Dios y en una vision de Dios sobre otro mundo mejor. Yo me dejo aquí mi cuerpo, como una armadura que me fatiga, para continuar mi infinita ascension á las altas cimas bañadas por la luz eterna. Es verdad que hay muerte, pero tambien es verdad que hay alma; contra la realidad, que me quiere envolver en su capa de plomo, tengo el fuego del pensamiento; y contra el fatalismo, que quiere apresarme en sus cadenas, tengo la potencia de la libertad. La historia es una resurreccion. Los bárbaros habian enterrado las antiguas estatuas griegas, y hélas ahí vivas en un Cementerio, engendrando generaciones inmortales de artistas con besos de sus frios labios de mármol. Italia estaba muertacomo Julietta; cada generacion arrojaba una paletada de tierra sobre su cadáver y ponia una flor sobre su corona mortuoria, é Italia ha resucitado. Hoy los tiranos cantan elDies iræsobre los campos donde están separados los miembros de Polonia. Pero ya veréis la humanidad venir, recoger los huesos que mondan con sus acerados picos los buitres del Neva, y renacer Polonia como una estatua de la fe, con la cruz en los brazos, sobre sus antiguos altares. Yo he sentido siempre la inmortalidad en los cementerios. Yo la siento más todavía en este Cementerio de Pisa, henchido de tanta vida, poblado de tantos seres inmortales que destilan inspiracion, y por consecuencia inmortalidad, como los troncos de las seculares encinas, cuando los pueblan las abejas, destilan miel.
Insensiblemente la noche caia sobre nosotros. El sepulturero acabó su trabajo y cesó en sus golpes. El guardian vino á rogarme que saliera. Pero yo me dí traza para conseguir que me dejára allí una hora más en el seno de la noche y de las sombras. Yo esperaba sumergirme en la tristeza de la nada, anticiparme en aquel lugar de silencio el descanso eterno por una contemplacion de la tierra mortuoria, donde duermen olvidadas tantas generaciones. Allí me quedé apoyado en una tumba, reposando la frente agobiada sobre el mármol de una ojiva, los ojos fijos en elcuadro de la muerte y en los vestiglos del Juicio Universal, iluminados por los últimos resplandores del crepúsculo, aguardando las tristezas mayores que debia traerme la oscuridad de la noche. Pero no; fresca brisa vino como á despertarme de mis sombríos ensueños; las flores de Mayo levantaron sus corolas, ántes agobiadas por el calor del dia; un aroma penetrante, embriagador, lleno de vida se esparció por los aires; las luciérnagas voladoras comenzaron á discurrir entre las sombras del claustro y las líneas de las tumbas como estrellas errantes, miéntras la luna llena salia por el horizonte nadando majestuosa en el éter, cubriendo con sus gasas la frente de las estatuas funerarias; y un riseñor, oculto en el espeso ramaje de los altos cipreses, entonaba su cancion de amor, como una serenata á los muertos y una plegaria á los cielos.