VENECIA.
La noche avanzaba sobre nosotros en el momento en que atravesábamos la campiña de Padua dirigiéndonos á Venecia. El cielo estaba nublado, y á intervalos, entre los nubarrones, lucian algunos pedazos serenos, de extraordinaria limpidez, en los cuales nadaban las primeras estrellas de la tarde. Pero en el borde del horizonte, hácia la extremidad Norte, del lado de las montañas, las nubes relampagueaban, miéntras en el otro borde, hácia la extremidad Sur, del lado del mar, franjas de púrpura formadas por los vapores del lago y los últimos destellos del dia daban tinte cobrizo á los objetos, fantásticas apariencias á la naturaleza, como si la region que íbamos á visitar quisiese satisfacer todos nuestros deseos y premiar todos nuestros amores por ella, revelándose entre los misterios del más sublime de los crepúsculos. Sin embargo, mi impaciencia era infinita. Observaba que la vegetacion se extinguia, que comenzaban canales desecados, llenosde lodo, sobre cuyos bordes crecian tristemente algunas plantas marinas; pero por más que sacaba de mi wagon la cabeza para mirar al punto final de nuestra carrera, no veia ni la soñada laguna ni la querida ciudad, como si huyeran á mi anhelo y se esquiváran á mi deseo. Tengo tal idea de la fragilidad de esa hermosa Venecia, combatida de contínuo por los vientos y las aguas, que temia pudiera desaparecer ántes de serme permitido verla, y se encerrára en la concha marina en que nació, como un milagro vivo de la historia humana.
Siempre recordaré el dia en que por vez primera vi la Alhambra. Corrí á buscarla, sin guía, sin ningun compañero, deseando un coloquio á solas, como todos los coloquios de amor, con la maga del Oriente perdida en nuestras montañas. Yo atravesé una puerta que no recuerdo, porque apénas la advertí. Yo vi á la izquierda una magnífica fuente del Renacimiento, que no respondia en nada ni á mi deseo ni á mi idea. Yo me perdí en las soberbias alamedas mecidas por el viento matinal, iluminadas por el espléndido sol de Granada, que, deslizando á duras penas sus rayos entre el follaje, formaba en el suelo como un arabesco de luz y de sombras. Yo vi aquella magnífica puerta judiciaria, inclinada sobre una cuesta, y en cuya arquitectura el árabe, sin perdersu gracia, ha tomado toda la solemnidad del gótico. Yo entré creyendo encontrar en pos de aquella puerta el palacio. No estaba; sólo vi una plaza de armas y un altar de la Edad Media ante el cual ardia una lámpara. En torno mio se desplegaba larga fila de torreones; en medio de la gran plaza un palacio del siglo décimosexto, bellísimo, pero en pugna con todo cuanto yo soñaba; y á lo léjos, sobre una colina sembrada de laureles, dibujaba sus miradores, semejantes á blancos minaretes, el oriental Generalife. Yo buscaba la Alhambra, el palacio, la mágica gruta de estalactitas empapada en los fuertes colores asiáticos, donde se extinguieron, como odaliscas, en el placer, á fines del siglo décimoquinto, los que vinieron como leones á la conquista á principios del siglo octavo. Pero ninguna de las numerosas puertas á que llamé era la puerta de la Alhambra. Temia que un genio, una hechicera, de las que la magia de la Edad Media ha dejado en los bosques, bien diferentes por cierto de las hermosísimas diosas con que los pobló la clásica antigüedad, hubiera robado en aquella misma noche la Alhambra, contínuamente amenazada de muerte, para burlarse de mi anhelo. Nacemos y vivimos tan desgraciados, que nos parece mentira el cumplimiento de un deseo, mentira la realizacion de una esperanza, como si tristísima experiencianos hubiera enseñado que solamente es en el mundo verdad el dolor.
Así, en aquel momento, yo dudaba de la proximidad de Venecia, ó temia que Venecia hubiera desaparecido para mí. Al fin nos paramos en Mestres, á las puertas de la gran laguna veneciana. El aire nos trasmitia el eco de sus campanas, que tocaban elAngellus, y que nos recordaban la emocion sublime de Byron, cuando una tarde creyó ver al conjuro de esos mismos ecos, por los bordes del horizonte, deslizándose sobre las aguas, como las estrellas del cielo, á la Madre del Verbo, calzada por la luna, y con la misteriosa blanca paloma sobre su frente en aquella hora sublime de la oracion y del amor. ¿Era verdad que iba á ver á Venecia? Cuántas veces, en las largas horas de las noches de invierno, para pasar la uniforme velada de los pueblos, mi madre, que amaba mucho las letras, me habia contado misteriosas historias venecianas á la usanza de principios de siglo: la decapitacion de Marino Faliero, el destierro del jóven Foscari, el heroísmo inmortal de Dandolo, la salvaje pasion de Otelo, el esplendor de sus banquetes inmortalizados por Pablo Veronés, los desposorios del Dux con las aguas de los mares en la góndola recamada de brocados y movida por remos de oro, la tristeza infinita del último de susmagistrados, cuando se desmayó al firmar el protocolo que entregaba su patria al austriaco, por un criminal error de Napoleon; todas estas sencillas narraciones, medio históricas, medio legendarias, en que siempre se dibujaban algunos espías ó algunos calabozos para inspirar el terror trágico; algunas sesiones del Consejo de los Diez para sostener el interes dramático; y alguna enseñanza moral para fortificar estas dos ideas á cuyo culto no renunciaré nunca: la libertad y la patria.
Despues, levantándome por una de esas transiciones tan naturales á otros recuerdos, veia en mi mente la Venecia histórica; aquellos nobles hijos de la antigua civilizacion, sacerdotes de sus últimos lares, cortejo fúnebre de sus últimos dias, que vencieron á la fatalidad, salvándose, en las inhabitables lagunas, de las irrupciones de Atila y sus feroces hunnos, para conservar en una ciudad misteriosa, única, anclada como hermosa nave á las puertas de Grecia, sus libertades clásicas, que los llevaron á luchar con las olas cuando la sociedad se perdia en los claustros; á extender el trabajo y el comercio como una redencion cuando en los terrores del siglo décimo los brazos más fuertes caian desmayados aguardando el fin del mundo como una necesidad y el juicio universal como un castigo; y por último, á reuniry atesorar en sus muelles, en sus canales; en sus palacios cincelados por todos los prodigios de la escultura; en sus monumentos públicos, singulares por la majestad y por la belleza, decorados por una fiesta contínua de colores y de matices; en sus trofeos de mármoles y bronces, los restos de tres civilizaciones perdidas en una serie de infinitos naufragios; siendo así Venecia asiática y griega, romana y bizantina, nunca germánica, la síntesis de tres edades mayores de la historia, la piedra preciosa del anillo nupcial con que se desposaron el Oriente, el mundo de los misterios, y Europa, la tierra de la nueva vida, de la nueva civilizacion.
Y como no es posible renunciar ni á la nacion ni á la raza á que pertenecemos, yo, español, sentia en aquel momento agolparse á mi memoria los recuerdos históricos de los servicios prestados á la civilizacion por Venecia y España, unidas en memorable cruzada marítima. Un dia la media luna llegó hasta Constantinopla. Los bizantinos, los griegos, cayeron unos en pos de otros bajo la cimitarra de los turcos, cuyo filo brillaba siniestramente sobre Venecia. Las islas iban á ser cautivas; sus hijos, remeros en las galeras del turco; el Mediterráneo, el mar de la civilizacion, un lago de los serrallos orientales. Pero las naves de Barcelona, de Valencia, de Cádiz,de las ciudades españolas, se unieron con las naves de Génova y de Venecia, y marcharon á detener el turco, y consiguieron aquella insigne victoria de Lepanto, en que las olas se ensangrentaron hasta enrojecerse, é hirvieron bajo el fuego de los cañones; pero en que el fatalismo retrocedió en su carrera devastadora ante la fuerza y la civilizacion de Occidente.
Pero sobre todo, iba á ver la ciudad, por la cual hemos tenido tantos dolores, tantas tristezas en su largo cautiverio de este siglo. ¡Cuántas veces se nos ha aparecido en sueños, rodeada de sus islas, como Niobe de sus hijas heridas, maldiciendo á los hombres que no la socorrian, y desesperando de la justicia de Dios que toleraba su opresion! ¡Cuántas veces hemos creido oir en los misteriosos ecos con que la resonancia de las playas repite el rumor de las olas del Mediterráneo, un largo lamento de Venecia! ¡Cuántas hemos creido que era posible verla en su dolor un dia arrojarse, como Ofelia, á sus lagunas, y desaparecer entre las aguas con su doble corona de mármol y de algas en la frente, y su melancólico último cántico en los labios! Venecia era para nosotros una Ciudad-Cristo suspendida á su infame suplicio por los cuatro grandes clavos del Cuadrilátero. Venecia habia perdido aquellas coronas de perlas, aquellas túnicas de terciopelo, aquellasnaves de oro, aquellos leones de bronce con ojos de diamante, aquellos cocodrilos de esmeraldas y rubíes, aquellas infinitas preseas con que la ornaron los genios privilegiados de sus pintores, y sólo mostraba sus fragmentos ruinosos de mármol ennegrecido por la lluvia de sus lágrimas, como un mendigo enseña sus huesos cubiertos de rugosa piel á traves de los harapos. La historia de este martirio, el lamento de su pasada servidumbre, las infinitas elegías lloradas por tantos poetas, por tantos oradores ilustres sobre el calabozo de Venecia; todos estos recuerdos se entrechocaban en mi mente, aumentando la emocion producida en mi alma á la vista de aquellos misteriosos parajes ilustrados por el heroísmo y por el genio.
Miéntras rodaban todas estas ideas por mi cabeza, penetraba el tren en la laguna de San Márcos. El cielo, como he dicho, de un lado claro, brillantísimo; de otro, oscuro, si bien relampagueante; á intervalos cubierto de nubes ú ornado de estrellas, tenía un aspecto de tal manera singular, que no me cansaba de contemplarlo, pidiéndole su luz para embeberme en aquel espectáculo, objeto de tantos deseos, asunto de tantos ensueños. La inmensa laguna que áun conservaba algo en su tranquila superficie de la claridad del dia, brillaba en toda la extension del vastísimo horizonte como un inmenso espejo atravesado por fajas, ya de ópalos allí donde se reflejaban las estrellas, ó ya de amatistas allí donde se reflejaban las nubes, encendiéndose de vez en cuando por siniestro modo al latigazo del relámpago. La humareda de la locomotora, el aliento de los lagos, las nubes sobre nuestras cabezas, las aguas bajo nuestros piés y en toda la inmensa extension descubierta por la vista, nos hacian creer que nos hallábamos fuera de la tierra, ó cruzando en el lomo de algun monstruo regiones ignotas de la atmósfera. Entre los dudosos resplandores, entre las inciertas sombras, como dibujados fantásticamente en oscuro espejismo, descubríanse los edificios de Venecia, aquí y allá iluminados por pálidas luces. Si no hubiera sabido que era Venecia, creyéralos, al verlos surgir como por encanto de las aguas, sostenerse entre la superficie líquida y el flúido del aire sin tocar visiblemente por ningun lado á la tierra, una ciudad flotante, una nómada caravana marítima, presidida por algun dios de las olas, y por aquel momento refugiada en el tranquilo seno de la celeste laguna adriática. ¡Qué armonía de colores á pesar de la noche! Ya tiemblan las estrellas en la ligera ondulacion; ya las plantas marinas dan algunos toque sombríos; ya un faro finge en su reflejo serpientes de topacios; ya el remo de unabarca despide gotas de luz, produce como llamaradas de fósforo, deja estelas blanquísimas semejantes á la Vía Láctea; ya de un lado las sombras de los edificios, espesando la oscuridad, extienden festones de azabache, miéntras de otro lado alguna nube, perdida por el ocaso y que áun absorbe, como una esponja aérea, los últimos matices del sol ausente, los destila sobre raros puntos como una llovizna de púrpura, todo realzado por las gasas misteriosas y por los espléndidos reflejos que los vapores del aire y los cambiantes del lago dan por doquier á este mundo casi ideal de no soñados encantos.
Por fin el tren se detiene. Las formalidades de entregar los billetes y recoger los equipajes molestan de una manera indecible en la natural impaciencia. Quisierais ser pez ó ave para llegar al agua y al aire de Venecia sin esas cargas de baules y sombrereras á que os obliga la nativa debilidad humana. Pisais aquellos muelles besados eternamente por las aguas. Larga fila de negras góndolas, ligeras, esbeltas, os aguardan. Escogeis maquinalmente la primera, sin curaros ni de la forma ni del precio de aquel viaje, como si todas las condiciones de la vida económica hubieran de perturbarse allí donde cambian casi todas las condiciones de la vida vulgar de las ciudades antiguas y modernas. Dais la direccionde vuestro proyectado albergue, y sentís por un movimiento casi imperceptible que os deslizais sobre las aguas. Apodérase del alma un gran sentimiento de tristeza. La góndola, mal iluminada por un pequeño farolito puesto en el fondo, y conducida por dos hombres, cada cual de pié á cada uno de sus extremos, parece ya un ataud, ya un cetáceo, ya un cisne negro, ya una luciérnaga fantástica, ya el cadáver de una de las antiguas sirenas del Adriático en sombra convertido, que os arrastra á las cavernas profundas de los profundos senos del Océano. Como venís deslumbrado por la claridad de la resplandeciente laguna, creeis entrar en una region de tinieblas. Las aguas tienen una oscuridad indefinible por lo espesas. Parecen realmente bituminosas. Los fuertes muros de los altos monumentos acrecientan la noche. Los faroles, colocados á largas distancias, sólo sirven como de ligero contraste para conocer mejor la negra y general oscuridad. Venecia tiene calles de tierra y calles de agua. Las calles de agua no están iluminadas. Solamente la blanquecina fosforescencia de la estela, ó el débil resplandor de una ventana, ó el mustio farolito de una muda góndola que pasa á vuestro lado, ó el reverbero de una esquina apartada, alumbran aquel tortuoso laberinto de piedras y de rejas y de puentes y de palos destinados á atarlas góndolas; especie de grandes árboles acuáticos, pero sin ramas, sin hojas, tristes y secos. La ciudad parece inhabitada. De vez en cuando pasan sobre los arcos de los puentes algunos viandantes como sombras de las sombras. El silencio es sepulcral. Sólo oís el grito del gondolero que avisa á sus camaradas para que las góndolas no choquen. Este grito, por todas partes repetido, es ágrio y agudo como el grito de las aves marítimas. El verde limo que sale á la superficie de los canales flota á intervalos y lo tomais por un cadáver. La puerta de un palacio gira sobre sus goznes, algunas personas bajan silenciosas por sus escaleras de mármol y se instalan en sus góndolas. ¡Oh! Las tomariais por habitantes de un panteon que van á dormir sobre un ataud. De pronto salís al gran canal, respirais brisa más fresca y más libre, veis á la luz de las estrellas fustes de estriadas columnas, plintos y bases que salen del agua, rosetones góticos, ajimeces árabes, ventanas bizantinas, arcos del Renacimiento; pero la góndola corre de nuevo á perderse en el laberinto de los estrechos callejones, y aquella decoracion mágica desaparece en la realidad, como las horas rápidas del placer en las tristezas eternas de la vida.
El camino desde la estacion á nuestro albergue era larguísimo. Los gondoleros continuaban depié á cada lado de la góndola impulsándola con sus sendos largos remos y repitiendo sus agudos gritos. Á cada paso una esquina, sobre cada esquina un puente, al pié del puente y á las puertas de la casa las escaleras de mármol, sobre el último blanco escalon el agua verdinegra, y bajo los arcos del puente y junto á las graderías blancas, las góndolas negras cubiertas con sus largos paños pardos semejantes á los paños de un catafalco. El objeto más necesario á la vida veneciana es la góndola, y la góndola es tambien el objeto más triste. Imaginaos una elipse de madera negra con varios relieves; á uno de los extremos grande alabarda dentada, cuyo acero brilla siniestramente, y al otro extremo una especie de pequeña cola retorcida; en el centro, como antigua tartana de Valencia, el sitio de reposo, forrado por dentro de terciopelo negro, por fuera de paño negro con borlas de seda, lleno de mullidos cojines de tafilete, cerrado por cuatro ventanas, con cuyos cristales, con cuyas cortinas, con cuyas persianas podeis comunicaros ó incomunicaros á voluntad; todo oscuro, todo triste, todo misterioso, todo romántico, invitando la vida á las aventuras, la imaginacion á las leyendas, pues unas y otras se desprenden como consecuencia natural de todo cuanto os rodea, y sobre todo, de vuestra inseparable compañera, la silenciosagóndola. Así Roma es la ciudad sublime, Nápoles la ciudad placentera, Florencia la ciudad académica, Liorna la ciudad mercancil, Pisa la ciudad muerta, Bolonia la ciudad música, Milan la ciudad civil y Venecia la ciudad romántica. El Moro y el Mercader de Shakspeare, el Angello de Víctor Hugo, los dramas de Byron, han sido inspirados por estas sombras, y tienen aquí, en estas góndolas, sus misteriosas cunas.
Hoy Venecia reune á la poesía de sus artes la poesía de sus recuerdos, y á la poesía de sus recuerdos la poesía de sus tristezas. Los palacios se caen, las estatuas bajan á pedazos de sus pedestales, las rientes figuras de sus cuadros se van como las mariposas al soplo del invierno. La herida que le causó el cambio del movimiento humano hácia otras regiones, por la aparicion de América en el mundo y el descubrimiento del Cabo de Buena Esperanza, esa herida que mató su comercio no ha podido ser curada por su reciente libertad, porque la libertad no puede destruir las fatalidades geográficas. Venecia se muere. Sólo que en vez de morir como una prostituta en los calabozos austriacos, muere como una matrona en el seno de su hogar y rodeada de sus hijos. Venecia cayó al pié de la cuna de América, como Ifigenia al pié de la cuna de Grecia. Los caminos de la humanidad están sembrados de víctimas, y el progreso no se exceptúa de esta ley necesaria. La vida se alimenta de la muerte. Pero no es por eso ménos triste ver morir una ciudad cuyos Dux tuvieron la corona imperial de Bizancio tantas veces en las manos, y la rechazaron por el gorro frigio de la vieja república; ver morir una ciudad cuya bandera ahuyentó á los turcos y despertó las fuerzas del comercio y del trabajo; ver morir una ciudad cuyas libertades son las más antiguas en la era cristiana, y que ella sola ha sido la Inglaterra de la Edad Media; ver morir á una ciudad que en sus copas de cristal, en sus banquetes báquicos, en sus voluptuosas serenatas, en sus sensuales cánticos, en sus guirnaldas de coral y algas trajo disuelto á nuestra vida el aroma inmortal del Renacimiento. ¡Cómo sentia en aquel viaje por las calles de Venecia no ser poeta, orador ni escritor de algun mérito para lamentar con elocuencia la muerte de esta ciudad única en el mundo! Ideas de luto y desolacion solamente me habian inspirado los ataudes flotantes, los palacios sombríos, las magníficas ventanas medio destrozadas, los monumentos medio ruinosos, el tortuosísimo laberinto de calles estrechas y de canales oscuros, las sombras que se dibujaban en los altos puentes, las separadas piedras de mármol lamidas por las olas, el ruido del agua, que parecia una lágrima cayendo sobreotra lágrima, y los gritos de los gondoleros que parecian un lamento repetido por otro lamento.
Pero en esto llegamos al gran canal, frente á la iglesia de la Salud, donde íbamos á alojarnos, muy cerca de la piazzetta de San Márcos. Su anchura es allí la anchura de un brazo de mar. Sus aguas son claras como si lleváran disuelta la luz del dia. La fosforescencia que dejan los remos y la quilla dibujan por doquier largas cintas blanquecinas como rayos de luna. Al desembocar nosotros de los pequeños canales en aquella grande extension, várias góndolas se dirigian al Rioalto iluminadas por faroles venecianos, sólo comparables á guirnaldas de luminosas flores. Esta mágica iluminacion resaltaba en la oscuridad de la noche y se repetia en la trasparencia de las aguas. De las góndolas salia un coro armoniosísimo, solemne, acompañado por excelente música; acordes misteriosamente engrandecidos y dulcificados por la sonoridad del aire y de las lagunas. Despues de haber pasado aquella travesía, despues de haber hecho por la red infinita de canales aquel viaje, en que Venecia semejaba una de esas místicas ciudades pintadas por los artistas de la Edad Media en las paredes de los cementerios para representar el infierno, al verme en el gran canal, en aquella larga serie de monumentos, sobre el agua trasparente, bajo el cielo clarísimo,descubriendo las iglesias de blanco mármol iluminadas como grandes montañas de nieve por los rayos de los astros, contemplando las góndolas que se deslizaban rápidamente, festin flotante consagrado al arte, oyendo aquella música, aquella armonía deliciosa en alas de los vientos de la misteriosa laguna, creíme en la antigua Venecia, en la que traia la riqueza y los colores de Oriente, en la que escuchaba las serenatas de Leonardo de Vinci, en la que prestaba los matices del íris á la paleta de Ticiano, en la que se reia con la carcajada de Aretino, en la que llevaba, como un esclavo, el Imperio de Constantino á sus piés, y como una compañera á su lado, Grecia, la tierra de los poetas. Pero la serenata pasó, las luces se perdieron pronto en los recodos del canal, sumergióse la laguna en su profundo silencio, y las torres de las iglesias vecinas dieron el toque de Ánimas con elegíaco lamento.
Al dia siguiente faltábame el tiempo para ver Venecia. Confieso que una de las artes á mis ojos más maravillosa y expresiva, es la arquitectura. Sus piedras, reguladas por las ideas, como las notas de un cántico ó como los miembros de un discurso, me inspiran siempre, cuando aciertan con sus armonías á expresar la belleza, un placer purísimo, intelectual. Las grandes líneas, los dilatados espacios, los ambiciosos arcos, las aéreasrotondas, las columnas con sus adornos, las galerías con sus léjos, los patios y los claustros, sumergen á la mente en profundas meditaciones y expresan siempre el genio del siglo con su carácter simbólico. Yo gusto mucho de la arquitectura griega, de su sobriedad, de su austera sencillez, de su gracia infinita, de la facilidad con que expresa grandes ideas con pocos medios y llega á la hermosura sin violentar sus formas, poniendo un ligero friso, cuadrado, sobre cuatro frentes de intercolumnios, cuyas armonías son tales, que puede decirse cantan como un coro. Yo admiro tambien á los romanos, que sobrepusieron los tres géneros de la arquitectura en sus monumentos, como sobrepusieron las tres edades de la historia en su civilizacion y en sus códigos. Yo no olvidaré nunca la rotonda del panteon donde espiró el paganismo; ni los arcos triunfales, puertas magníficas de la nueva edad del mundo. Sobre todo, lo que el arte antiguo me inspira siempre es un culto infinito á la sencillez de las formas y á la naturalidad de la expresion. Pero este entusiasmo por el arte antiguo no excluye la admiracion por todos los géneros bellos de arquitectura. No hay cosa peor que el exclusivismo en las artes. Los arquitectos del pasado siglo, en su ódio por el gótico, llegaron, áun los de más gusto, á construir unos edificios grandes, pero mudos; másque severos, rígidos, con toda la rigidez de la muerte. Hay arquitecturas que se distinguen por su sabiduría, por su perfecta sujecion á las leyes de la estática. Tales son la griega y la romana. Han pasado sobre ellas los siglos, y ese otro elemento más devastador todavía que los siglos, las cóleras de los hombres; pero se han estrellado contra su imperturbable firmeza. Hay, sin embargo, arquitecturas que se distinguen por su expresion. Tales son la oriental y la gótica. Venecia se parece á Granada, en que Venecia tiene una arquitectura propia, exclusiva, nacida de sus particulares circunstancias históricas y del ministerio único representado por ella entre el Oriente y el Occidente. Así como los granadinos, conservando siempre aquel carácter árabe que llegó á su perfeccion en la aljama de Córdoba, se acercaban al gótico, los venecianos, conservando el carácter bizantino y gótico, general en la Edad Media, le arrojaban encima como un velo de oro las ricas preseas del Oriente. Así ha creado Venecia esa serie de monumentos que son el prodigio de los prodigios, por su variedad y por su riqueza. Si vais á examinarlos con el Vitrubio en la mano, con las reglas de Vignola en la mente, llevando la escuadra y el compas, sometiéndolos á un exámen matemático, demandándoles obediencia ciega á las leyes de la estática, pronto á indignaros si veis que una galería está sostenida por un armazon de hierro, que una columna gruesa está sobrepuesta á una columna ligera como riéndose de los principios generales de la gravedad física, que una mole de mármol pesa, siendo como una montaña, sobre el encaje de una galería aérea y ligerísima; si ante todo y sobre todo poneis las matemáticas, no os pareis delante de esos edificios de la Edad Media, que ante todo y sobre todo ponen la riqueza de la expresion, riqueza grande, inverosímil, como son inverosímiles todas las hipérboles, pero en realidad muy bella. ¡Cómo influye en las artes el medio en que se desarrollan! Venecia es una maga que obliga á los artistas á seguirla y les imprime su beso de fuego en la frente. Los arquitectos del siglo décimoquinto construyen edificios severos en Roma, al mismo tiempo que el gótico florido abre sus calados rosetones en toda Europa como las primeras flores del Abril del Renacimiento. Y los arquitectos de Venecia, á fines del siglo décimosexto y principios del siglo décimoséptimo, cuando el arte clásico todo lo ha avasallado, sin dejar de seguir su influjo, coronan los frisos de sus monumentos, las cúspides de sus torres, las azoteas de sus palacios con joyas y cinceladuras, esmaltadas siempre por el oriental carácter veneciano.
Salgamos, pues, á contemplar á Venecia. Nuestra góndola se desliza por el gran canal. Las aguas tienen un verde-esmeralda, el cielo un azul-turquesa, los bancos de arena un brillo de oro, las casas de las cercanas islas un esmalte de coral-rosa, y las iglesias de mármol una trasparencia tan extraordinaria que parecen iglesias de cristal: bruñe el sol todos los objetos con sus rayos, esos pinceles de la naturaleza, y la brisa cargada con los aromas de la primavera, con las salinas exhalaciones del mar, perfumada y picante, os convida con sus voluptuosos besos á la infinita alegría de vivir. No tenemos tiempo de mirar ese gran canal que los pintores venecianos, reproduciéndolo de todas maneras, desde los albores de la escuela con Carpacio hasta su extincion con Canalletto, han impreso indeleblemente en las retinas de los amadores del arte. Sólo es dado ver con una rápida ojeada que desde los edificios pesados bizantinos, hasta los edificios elegantes del siglo décimosexto, y desde los elegantes del siglo décimosexto hasta los abigarrados de la decadencia, unidos á monumentos góticos de todo género, ornados con guirnaldas sirias y árabes, la historia del arte se apiña en dos largos muros de mármol á uno y otro lado del canal, realzada por los reflejos del agua y por las tintas del cielo. En cada ciudad buscais primero un monumento, un punto. En Sevilla la catedral, en Granada la Alhambra, en Córdoba la mezquita, en Roma el Coliseo, en Nápoles el Vesubio, en Pisa el Cementerio, en Florencia la plaza de la Señoría, y en Venecia la plaza de San Márcos. Llegamos al pié de su magnífica escalera. Nos detenemos extasiados. No es posible pintar á Venecia. La palabra humana carece de bastantes matices para tan rico cuadro. Yo no lo intento siquiera. Se necesita ver, y sentir, y admirar, y empapar en aquellos colores los ojos, y absorber por todos los poros aquella vida, y luégo callarse.
Nunca he deplorado tanto el compromiso contraido con mis lectores, á cuya inagotable bondad voy á faltar, encontrándome con este soberbio paisaje ante mis ojos y esta humilde pluma en las manos. En primer término, el lago, espléndidamente iluminado por el cielo y el sol, que lo borda con sus rayos; al Norte la desembocadura del gran canal con sus varios y ricos edificios; al extremo derecho de la desembocadura la mármorea iglesia de la Salud, cuyas blancas rotondas se dibujan maravillosamente en la nitidez del aire; ante esta iglesia, levantada en torre graciosa, una grande esfera de bronce dorado y en su polo un ángel de bronce oscuro; á la desembocadura izquierda, una terraza de jaspe sobre la cual ostenta sus flores primaverales, ameno, aunque estrecho, jardin, poblado de mariposas; en el centrola piazzetta, el palacio de Sansovino, cincelado como un escudo de Cellini y rematado por un coro de estatuas; el palacio de los Dux, al otro lado, descansando su mole de mármol rojo y blanco sobre una doble galería de arcos góticos entrelazados por un juego de caprichosos rosetones, y recamados en el chapitel de sus columnas con esculturas bizantinas, que se armonizan y se enlazan de una manera admirable con la diadema de agudos triángulos y los airosos campanarios de la cima; ante estos dos monumentos, las dos columnas de granito oriental, dos monolitos colosales, y encima el cocodrilo de San Teodoro y el leon de San Márcos, que parecen exhalar el huracan de sus abiertas fauces; en el fondo, al lado izquierdo, el Campanile, alto y airoso como nuestra Giralda, calzado por una tribuna maravillosamente esculpida, y coronado por un ángel que alza sobre su aguda aguja las alas de oro á lo infinito; al mismo fondo, en el lado derecho, la Basílica, oriental, gótica, griega, bizantina, árabe, mezcla de todas las arquitecturas, resúmen de todas las épocas, con sus arcos azules sembrados de estrellas, sus columnas de todos los jaspes, sus estatuas y sus bizarros campanarios, los cuatro caballos de Corinto sobre la puerta, los mosaicos de cristales venecianos en los huecos, de cuyo áureo cielo se destacan maravillosas figuras detodos colores, las rotondas en la cima, breves copias de las rotondas de Santa Sofía como una aparicion del Asia; y en las vastas proporciones de aquel paisaje, el muelle de los esclavones lleno de navíos, realzados por los pintorescos trajes de los turcos y de los griegos, por la gran multitud veneciana que en aquella vastísima calle desemboca; más léjos todavía las islas de San Jorge Mayor con su iglesia de color de rosa y blanco; la Giudecca con sus edificios empapados en todos los matices del íris; San Lázaro con su convento armenio, cuya torre oriental parece la vela rizada de un gran navío; el Lido poblado de bosques, que tocan las aguas con sus ramas y llenan los ruiseñores con sus cantares; los jardines como islas flotantes, como canastillos gigantescos de flores confiados al agua; todo atravesado por las gasas celestes de los canales, todo variadísimo, por el color ya dorado, ya argentado de los bancos de arena, todo animado por el contraste de las blancas velas latinas que entran y salen con las negras góndolas venecianas que por do quier se deslizan, todo arrullado por las ondas del Adriático; al lejano Occidente los Alpes, que bajan como un ejército de gigantes pirámides celestes, y en el lejano Oriente, como una música eterna, el viento que viene desde las playas de Grecia. No hay nada igual en el mundo.
¡Cuántas hermosas ciudades hemos recorrido en Italia! Cada una tiene su maravilla, y cada maravilla su carácter. Cuando vais de Roma á Nápoles, no os parece hallaros en otra tierra, sino en otro planeta. El cementerio de Pisa y el cementerio de Bolonia son magníficos; pero hay entre ellos tanta distancia como entre el panteon de Agripa y la catedral de Milan. De Florencia á Pisa vais en dos horas, de Pisa á Liorna en media; y cada una tiene abismos de diferencia en sus calles, en sus monumentos. La magnífica torre inclinada de Pisa parece hecha á millares de leguas del lugar donde se alza la divina rotonda de Santa María dei Fiori de Florencia. Cada una de estas ciudades ostenta su escuela especial de pintura y su especialísimo carácter de arquitectura. Cada una de ellas engendra un genio que le devuelve, en cambio del regalo de la vida, el regalo de la inmortalidad. Pisa tiene á Nicolas, que ha adornado con dos siglos de anticipacion el Renacimiento, haciendo florecer bajo su cincel los mármoles; Bolonia tiene á Juan, que detiene un momento la decadencia de la escultura; Fiezzolli tiene á Fra Angellico, que pinta los ángeles con la misma facilidad con que Platon describe las ideas puras, y de rodillas ante las Vírgenes salidas de su pincel, entre los límites dedos siglos, como el décimocuarto y el décimoquinto, que son los límites de dos mundos, simboliza el fin de las edades místicas; Venecia es la madre del Ticiano, Verona de Pablo Cagriari, Florencia de Miguel Ángel, y Roma puede llamarse, por las loggias, las estancias, la transfiguracion, las Sibilas, la Galatea de la Farnesina, la Madona de Foligno y el Isaías, la capital de Rafael.—¿De dónde proviene esta grandeza?—De la descentralizacion de sus gobiernos, de la libertad de sus repúblicas, de la independencia municipal. Sólo hay en la historia una época superior á su época, un pueblo más ilustre que sus pueblos, Grecia. Pero el secreto de su grandeza está en la misma causa que el secreto de la grandeza de Italia. Miguel Ángel es uno de esos titanes que llevan en sus piés las heridas de las moles calcinadas, puestas unas sobre otras para escalar al cielo, y en sus frentes las heridas de las tempestades que han atravesado, buscando solitarios por las regiones superiores de la atmósfera lo infinito. Pues bien; Miguel Ángel, cuando vió morir la libertad en su patria, cinceló una figura hermosísima pero triste, le puso la perfeccion griega en las formas, el dolor cristiano en la frente, le cerró los ojos, le extendió sobre un sepulcro y le llamó la noche. La ausencia de la libertadfué la muerte de Venecia, la muerte de Milan, la muerte de Pisa, la noche de Italia. Por todas partes se encuentra en la geología de la sociedad á la libertad, como en la geología del planeta á Dios.