LA CAPILLA SIXTINA.

LA CAPILLA SIXTINA.

Roma es la ciudad de las tristezas eternas. Sus cipreses murmuran una elegía. Sus fuentes lloran la muerte de algun dios. La luna, al reflejarse en sus mármoles, evoca legiones de blancas sombras. Por doquier muestra amontonadas las ruinas con sus coronas de ortigas. Un ejército de Titanes ha sido precipitado en el polvo de esta ciudad, asentada sobre urnas funerarias. Las piedras gigantescas, los muros ciclópeos, las columnas colosales son los huesos de esa raza vencida por los rayos del cielo, aniquilada por las maldiciones de Dios. Jamas un volcan extinguido por el frio de los siglos fué tan majestuoso en la estéril soledad de su cráter, como esta Roma muerta. Jamas los huesos de los fósiles, incrustados en las montañas por el diluvio, enseñaron tanto como esos ladrillos diseminados en las cenizas, como estas piedras con sus inscripciones borrosas.

Todo es desolacion. Vagais entre sepulcros vacíos. La muerte no ha perdonado ni las cenizas de los muertos. La naturaleza, en su voracidad insaciable, ha metamorfoseado los huesos caidos sobre sus profundos senos. Y los átomos de César, de Sila, de Cincinato, de Camilo, quizá ruedan en el polvo barrido por el aire, quizá matizan ténuamente las frágiles alas de una mariposa, ó se dilatan por las fibras de la hierba que siega con su afilado diente la salvaje cabra.

Y sin embargo, cuando estaban agrupados sobre un esqueleto, cuando la sangre hirviente los regaba, cuando las entrañas, como otros tantos hornillos, mantenian el calor de la vida, esos átomos soportaban el peso del cielo, regulaban á su placer el mundo, y dirigian la humanidad con una frágil espada, hoy enmohecida, al cumplimiento de sus destinos.

Pero ¿qué resta de todo esto? Unas cuantas capas de polvo amontonadas sobre otras capas de polvo, donde se han perdido y se han borrado los césares y los tribunos, los vencedores y los vencidos, los romanos y los bárbaros, los señores y los esclavos; sin que pesen más en la balanza del universo y en la gravitacion del globo unas que otras cenizas.

Despues de haber andado largo tiempo entre tantas ruinas, echais de ménos los habitantes, pero habitantes á la altura del coloso. Nada importa el ave nocturna que se esconde en el hueco de un sepulcro; nada el murciélago que sale de una catacumba; nada el buho ó el cuclillo que cantan en la soledad de la noche sobre las piedras del Coliseo. Quereis, repito, ver habitantes á la altura del coloso. Inútil buscarlos en una raza degenerada y sierva. Los dignos habitantes de Roma son los hombres de mármol tallados por el cincel en piedras inmortales. Son las figuras dibujadas en los muros por el genio. Y entre estas figuras, las que tienen todavía el fuego sagrado en la frente; las que guardan la fuerza del heroísmo en los músculos y en los nervios crispados por las chispas del pensamiento; las que respiran la tempestad en la ancha fragua de sus colosales pulmones; las que pueden sostener el cielo con su frente, y dejar bajo sus piés una huella indeleble en la tierra, son las figuras de Miguel Ángel.

Parece que despues de haber estado caido en el polvo mil años el genio del Capitolio, arrullado por los Misereres de la Edad Media, ha sacudido su pesado sueño un dia, se ha levantado arrojando las montañas de ruinas amontonadas sobre sus espaldas, y ha ido á buscar ese Titan del arte, ese Miguel Ángel siniestro, solitario, tétrico, sublime, para comunicarle el soplo de su espíritu, y pedirle en cambio que dejára grabadas sobre los muros de la Roma católica las sombras colosales de la Roma antigua. Así debian ser de fuertes, de fornidos, de hercúleos, los héroes romanos; ese pecho fortísimo necesitaban para infundir con su aliento un espíritu á la humanidad; esos brazos nervudos para manejar el caballo de guerra y llevarlo vencedor desde las orillas del Tígris á las orillas del Bétis; sobre esos anchos hombros descansaba la tierra como sobre otras tantas cariátides; esa actitud forzada y casi imposible debian tener cuando asaltaban Jerusalen y Alejandría; sus manos parecen vibrar aquella lanza, con la cual abrieron las venas de los pueblos y los ingertaron fuertemente en su derecho; y las espaldas gigantescas se encorvan un poco, cual si trajeran todavía al pomerium la enorme carga de los dioses vencidos en toda la tierra.

Esta fué la idea que en mí despertó la Capilla Sixtina, cuando la visité de vuelta de la Vía Apia, de la Vía de los Sepulcros. Al pronto, en aquel templo del arte, ahumado por los cirios y por el incienso, no descubrís más que las figuras colosales, y no os dais cuenta ni de la idea ni de los personajes que representan. Yo de mí sé decir que fuertemente conmovido por la larga carrera entre dos ó tres leguas de sepulcros, imaginaba ver en los Alcídes de la bóveda y en los variosgrupos del Juicio Final, las almas escondidas en las ruinas; esas almas que flotan sobre las piedras, sobre los arcos ruinosos; esas almas errantes por la tierra del Foro, revistiendo formas humanas, colosales, violentas, como si el huracan del último dia del mundo las sacudiera, pero formas en debida proporcion y armonía con su histórica grandeza. Las figuras de Miguel Ángel son los héroes antiguos que han crecido en su sepulcro.

La Capilla Sixtina toma su nombre de Sixto IV. El pontificado de éste fué agitadísimo. Maquiavelo aprendió parte de su política en la conducta de Sixto. Fué el primero que mostró cuán grande era el poder político de los Papas, y armando guerras contra los magnates de Italia, mereció ser atendido de todos y alabado por el autor delPríncipe. En su tiempo, y á sus instigaciones, murió asesinado Julian de Médicis en Santa María dei Fiori de Florencia, á la hora misma de alzar á Dios en la misa Mayor. Los Médicis, en cambio, colgaron de una ventana al Obispo nombrado por el Pontífice para Pisa. Las riquezas de Sixto IV montaban mucho, porque provenian de la venta de beneficios. Pedro Riario era cardenal á los veintiseis años, Patriarca de Constantinopla, Arzobispo de Florencia, y murió exhausto de oro, de sangre, á manos del placer,como Baltasar ó Sardanápalo. Las facciones combatian á la puerta del Vaticano y manchaban de sangre hasta las gradas de los altares de San Pedro. Pero la córte romana se enriquecia, y con estas riquezas levantaba capillas. Era este el tiempo en que por dinero se concedian permisos de robar á los bandidos, y en que un camarero decia á Inocencio VIII, que habia comprado la silla pontificia con simonías, y que habia vendido salvoconductos á los ladrones: «Procede bien V. S., porque Dios no quiere la muerte del pecador, sino que pague y viva.»

Pero si la Capilla debe su nombre á Sixto IV, debe la maravillosa decoracion de la bóveda á Julio II. Este tiempo es el tiempo clásico de los horrores de Italia. Si, como dice Alfieri, la planta-hombre nace más robusta en la Península italiana que en el resto del mundo, y se conoce su robustez en sus crímenes, jamas ningun país los presenció tan grandes. Pisa espiraba en sus lagunas, despues de una resistencia que tenía algo de la furiosa locura del suicidio. Un Dux de Génova, alzado desde el movible seno de las clases plebeyas á la suprema dignidad, era asesinado, descuartizado; sus miembros, repartidos entre los enemigos, puestos como trofeos en los muros. Tres mil ciudadanos caian degollados sobre el suelo de Prato, al par que eran violadas las innumerables monjas de sus conventos. La nobleza veneciana moria tostada en una cueva de Verona, cuyos bosques ardian horriblemente. Ni siquiera fueron perdonados los niños de pecho. Era tan espantoso aquel tiempo, que hasta las mujeres se volvian crueles. Una campesina toscana descabezaba al soldado español que la habia robado á su hogar, y huia para presentarle á su marido, en desagravio de su honra, la lívida cabeza. Los suizos talaban el Milanesado, los alemanes Venecia, los franceses Ravéna, los españoles el resto de Italia. Allí Gaston de Foix se complacia en mostrar su camisa, roja de sangre italiana. Allí Bayardo ejercia las crueldades caballerescas de los tiempos feudales. Allí saltaban las minas inventadas por Pedro Navarro. Allí el Gran Capitan ganaba sus victorias á costa de cruentísimas luchas. Italia era un campo de matanzas. Hileras de insepultos cadáveres la cubrian desde los desfiladeros de los Abruzos hasta los desfiladeros de los Alpes. Pero en medio de todas estas catástrofes, el genio que truena, la voz que impera, es el genio y la voz de Julio II, austero en su vida, italiano en el fondo de su corazon, forjado para las batallas en el bronce del heroísmo; hábil hasta añadir ó sustraer á sus cálculos, como cifras aritméticas, los reyes y los emperadores y los pueblos; pagado de su autoridad religiosa, porque le sirve para afirmar su autoridad política, implacable en sus castigos como un sacerdote del antiguo Testamento, veloz como un condottiero para emprender correrías y asaltar ciudades hasta en los rigores del invierno; en la una mano los rayos espirituales para vibrarlos fuertemente y expulsar los herejes de la Iglesia; en la otra mano la mecha para encender los cañones y expulsar los bárbaros de Italia.

Indudablemente hay una relacion de temperamento entre el papa Julio II y el artista Miguel Ángel. Aquél quiere extraer del fondo de las invasiones una raza de héroes que sirvan para sostener la patria, y éste del seno de las canteras otra raza de titanes que sirvan para excitar á la gloria. Así le propone á Julio II su sepulcro: una montaña de bronces y mármoles; ancha la base y elevada la cúspide; una gradería entre ellas de cornisas caprichosamente cinceladas; diversos genios en esas actitudes viriles, violentas, pero armónicas, cuyo secreto sólo él posee, teniendo sobre su cerebro mantenidas las cornisas y bajo sus piés encadenadas las naciones: las Virtudes y las Artes, por hermosísimas mujeres representadas, llorando y retorciéndose de dolor; sobre las cuatro esquinas de la primera cornisa, la Vida activa y la Vida contemplativa, San Pablo, cuya palabra es una espada, y ese Moisés que todavía nosaterra con su mirar, relampagueante como el Sinaí; arriba, sobre trofeos, tributos de la naturaleza y recuerdos de la historia, Cibéles, la tierra, sosteniendo una mortaja con la actitud de una Madre Dolorosa que abraza al Crucificado exánime en su amante seno, y mirando á Urano, el cielo, que todo lo remata sonriente, y que engarza el genio del Papa, como una estrella más, en el coro de sus bienaventuradas almas. Era aquella tumba un poema cíclico.

Miguel Ángel corria á las montañas á buscar el mejor mármol. Llenaba de grandes piedras Roma. Luégo cogia su martillo, su cincel, y comenzaba á romper, á desbastar el mármol, buscando anhelante, sudoroso, con esfuerzos supremos, entre una nube de piedras que saltaban á sus golpes, la imágen tal como la descubria en su propia conciencia. Pero cuando estaba en el hercúleo trabajo empeñado, la envidia le mordió en el talon. Bramante, uno de los genios de aquella edad sobrenatural, quiso perderlo. Arquitecto principalmente el uno, escultor principalmente el otro, léjos de excluirse, debian completarse.

Las grandiosas estatuas de Miguel Ángel parecen hechas para lucir bajo los atrevidos arcos de Bramante. Allí, entre aquellas largas líneas, bajo aquellas curvas prodigiosas, teniendo por decoracion uno de esos patios ó uno de esos templos cuyas perspectivas nunca se acaban, podian las estatuas de Miguel Ángel desplegar sus trágicas actitudes, sus titánicos miembros, que parecen sacudidos por los rayos de las ideas, y violentados por el esfuerzo supremo para subir desde la tierra al cielo. Se aborrecian Bramante y Miguel Ángel; pero se completaban. Así es la naturaleza humana. Aquellos dos hombres no sabian que eran los trabajadores de una misma obra. Por eso la historia no empieza á tener conciencia de sí misma, sino cuando la muerte ha pasado sobre sus héroes. Tales ejércitos, que se han combatido hasta aniquilarse sobre un campo de batalla; tales hombres, que se han odiado hasta herirse con la calumnia; tales genios, que se han perseguido mútuamente hasta querer borrarse de la tierra, como si no hubiera aire para todos, no saben, cegados por sus pasiones ú oscurecidos por el polvo de los hechos diarios, que mañana han de confundirse en una misma gloria, han de representar á los ojos de la posteridad una misma idea, han de tener en las hondas huellas dejadas por las obras de arte sobre el mundo los mismos adoradores y los mismos enemigos: que toda grande personalidad es un trabajador empleado en levantar esa serie inmensa de arcos triunfales llamados siglos, y todo espíritu individual es una faceta del prisma llamado espíritu humano, quedescompone en mil matices la luz divina en la cual va bogando el Universo.

La sociedad es como la naturaleza. El mal está en lo particular, en lo contingente, en los límites de las cosas; pero el mal desaparece en el conjunto, en lo universal, en lo eterno. Así os sucede que en ciertos siglos todos los individuos parecen perversos, todos los pueblos ciegos, todas las acciones malas; aquí un monstruo, allá una matanza, acullá una supersticion; y luégo, cuando la idea del siglo se desprende de aquel todo, resulta como benéfica nube henchida de consolador rocío que refresca los aires y empapa en vida nueva la tierra. En el Universo acontece lo mismo. El veneno, el rayo, la peste, las catástrofes, son accidentes que jamas llegan á perturbar la serenidad del conjunto, la vida que se desprende como una mansa cascada de los pechos de la naturaleza, la eterna luz del Cósmos. La víbora pica al hombre; pero no puede picar á la humanidad. La muerte siega al individuo; pero no siega á la especie. Me he sublevado siempre contra la idea maldita de la eternidad del mal. Por eso he combatido la otra idea, no ménos maldita, de la muerte completa y del completo aniquilamiento de la conciencia. Resolvemos todas las antinomias, todas las contradicciones por medio de la muerte. Mirad cómo Bramante y Miguel Ángel, que se han combatido en la vida, se han reconciliado en la inmortalidad.

Pero prosigamos la historia de la Capilla Sixtina. Bramante inspira á Julio II la idea de encargar á Miguel Ángel los frescos de la bóveda. Pero el grande escultor ni siquiera conoce los procedimientos de la pintura al fresco, y así lo dice al Papa. Éste no admitia contradiccion, no toleraba que se le diera á la desobediencia ni siquiera la razon de las razones, la imposibilidad.

El golpe iba asestado al corazon de Miguel Ángel, porque pintaba entónces á cuatro pasos de la Capilla Sixtina, en su inmortal serenidad y con toda suerte de prodigiosas venturas, Rafael, las estancias. El primer escultor de su siglo corria el peligro de quedar siendo el segundo pintor. Esta idea atormentaba su orgullo, pero no le descorazonaba. Viendo la imposibilidad de resistirse sin perderse, llama de Florencia á los pintores más hábiles en trazar frescos, aprende de ellos la parte de oficio que hay en todo arte, los despide. Y se encierra solo en la Capilla, contemplando aquella inmensa bóveda, alta, oscura, desnuda, vacía, semejante al espacio desierto ántes de la Creacion. Pero él va á poblarlo. Cuando mirais con atencion aquellas figuras, un extraño espejismo os hace creer que han sido pintadas en un relámpago. Se ve que han salido de los rayos de unatempestad y de las cóleras de un gigante. Sus labios están dibujados para exhalar una lamentacion de Jeremías, un terceto del Dante, una de las maldiciones del Prometeo de Esquilo. El alma de Rafael ha producido sus figuras, como diz que parió la Vírgen, sin dolor. Cada una de ellas parece nacida como Citerea, de las espumas del mar, en la concha de nácar, con la sonrisa en los labios, los rayos de la aurora en la frente y el cielo en los ojos. Una ola de aquella alma serena las ha depositado en las áridas riberas de la realidad. Las figuras de Miguel Ángel luchan, padecen, se retuercen, van montadas en las ráfagas de un huracan, tienen por luz un incendio, expresan la virilidad y la potencia del dolor, son los hijos gigantes de los estremecimientos desesperados de su genio en delirio, ansioso de marcar la realidad con el sello de lo infinito. Por eso parece que todas llevan en las carnes el hierro candente de la idea de aquel hombre, y gritan desesperadas desde la realidad por otro mundo infinito, como el náufrago por la tierra.

Es necesario comprender todos los dolores que atenaceaban el corazon de Miguel Ángel cuando componia su obra. Rafael está siempre sostenido por su amada que le idolatra; por sus discípulos que le obedecen; rodeado de un coro de ángeles: el gran escultor está solo, separado del mundo,reducido á un coloquio perpétuo con sus ideas, sin amor y sin amistad, aislado como las grandes eminencias del globo, con la tempestad sobre su frente. Despues de haber aprendido los primeros procedimientos, ensaya el comienzo de su gigantesco poema. Sus colores se descomponen, las pinturas se caen á pedazos. Inmediatamente corre á ver á Julio II para pedirle que le libre de su compromiso. El Papa insiste: San Gallo, pintor, le da un medio sencillo de evitar la dificultad. Luégo el tablado que le ha construido Bramante se halla suspenso del techo por medio de cuerdas. Á cada estremecimiento de su pincel, que parece un manojo de rayos, el tablado se balancea. Miguel Ángel construye otro completamente fijo y completamente seguro. Por fin traza el cielo que contendrá sus figuras. Pero inmediatamente que tiene el espacio, le asalta la desesperacion, nacida del temor de no llenarlo. Cierra la Capilla con llave, y se lanza á todo correr solo, como un loco, por la campiña romana. Los arcos destrozados, los acueductos parecidos á gigantes esqueletos, las ruinas sobre cuya mole se asienta el pastor y por cuyos costados sube la cabra; los Apeninos tachonados de nieve en su cima y de cadáveres de pueblos en sus faldas; los cipreses, los sauces, los pinos, que dan á todo el paisaje aspectos del más vasto cementerio que han visto los hombres;las lagunas cubiertas de juncos y atravesadas por los salvajes búfalos y por tristes barcos donde van acostados seres semejantes á muertos reaparecidos en la tierra; los sepulcros dorados por el sol como fragmentos de planetas destruidos sobre aquella desolacion; las nubes fantásticas que parecen evaporaciones de las cenizas, volcanes flotantes entre los espejismos del desierto más poblado de ideas que hay en el globo; todo aquel espectáculo debia fortalecer el alma del titan y obligarle á producir lo que es superior á las fuerzas humanas: una obra sublime.

Pero necesitaba hallarse abandonado á su soledad y á su inspiracion. El tiempo es el grande auxiliar de las obras de arte. Contra su inspiracion, contra su soledad, contra su tiempo, se habia conjurado la impaciencia del Papa. Era viejo y deseaba ver la obra ántes de su muerte. Tres maravillas debia hacer ó inventar Miguel Ángel para Julio II: su sepulcro, su estatua, la bóveda de la Sixtina. El sepulcro se interrumpió por difícil y costoso. La estatua de bronce, levantada en una plaza de Bolonia, fué convertida por los boloneses en pieza de artillería. Llamábanla Juliana, y la disparaban contra el Papa. Solamente le quedaba para su gloria la Capilla Sixtina. Apoyado en su báculo, el Papa entraba á interrumpir, impacientar, apresurar al artista. Miguel Ángel dejaba caer un tablon á sus piés.—«¿Sabes que si llega á darme en la cabeza me mata?»—gritó el Pontífice.—«Todo lo evitára Vuestra Santidad con no venir á distraerme»—le contestaba el pintor. Julio II aprende la leccion y se va. Pero á los pocos dias, cuando más entregado está Miguel Ángel á su furia creadora, aparece el Papa.—«¿Cuándo acabarás?»—le pregunta.—«Cuando podré»—contesta Miguel Ángel, encubriendo sus figuras con espeso velo negro que envolvia toda la bóveda.

Otra vez se empeña Julio II en ver las figuras, agitado de impaciencia. Miguel Ángel se opone. Sube el Papa á duras penas la escala del tablado. Miguel Ángel se coloca entre las pinturas y el Papa. Hay algunos autores que dicen haber en tal ocasion y con tal motivo dejado caer su báculo sobre las costillas del pintor. Indudable es que un dia apaleó á su camarero por haber dicho que Miguel Ángel era, como todos los artistas, medio loco. En este conflicto descendió el pintor de su tablado, arrojó los pinceles, fuése á su casa, ensilló su caballo y partióse de Roma. Pero enamorado perdidamente de su obra, que comenzaba á salir del cáos, se volvió para concluirla. Bien es verdad que el Papa lo hubiera preso en el camino, ó hubiera declarado la guerra á la ciudad que lo retuviera sin su consentimiento soberano, como en otro tiempo estuvo á punto de declarársela á Florencia, en la cual, huyendo de su cólera, se habia el artista refugiado.

Por fin apareció, sí, apareció aquella obra-siglo, aquella obra-humanidad. El Renacimiento habia encontrado su símbolo. Es la Edad del gran crecimiento del hombre. Por la brújula ha crecido en el mar, por la imprenta ha crecido en el tiempo, por el descubrimiento de América ha crecido en el planeta, por la filosofía ha crecido en el espíritu, por la reaparicion de las artes clásicas ha crecido en la historia, por el telescopio va á crecer en el cielo, por todo en el seno de Dios. ¿Quereis ver cuánto ha crecido? ¿Quereis tener la medida de su nueva estatura? Pues comparad las figuras tétricas, rígidas, estrechas de pecho, flacas, desmayadas, que ha dejado Fra Angellico en Florencia como el testamento de la Edad Media, con las figuras atrevidas, atléticas, gigantescas, hercúleas, que ha dejado Miguel Ángel en la Capilla Sextina, glorificacion del Renacimiento.

Imaginaos un grande trecho plano, iluminado por doce ventanas, y dividido de las paredes colaterales por una cornisa. El tiempo, la humareda del incienso, de los cirios, le han dado un tono crepuscular que aumenta sus misterios. No parecen pinturas: segun la fuerza de encarnacion, segun lo saliente del dibujo, segun el relieve de las formas, parecen esculturas. Es la apoteósis del cuerpo humano regenerado. Por los frisos de la cornisa, y sobre las ventanas, ya tendidos, ya de pié, ya en actitudes y en posiciones inverosímiles, aquellos atletas vigorosos, desnudos, de nervios vibrantes como las cuerdas de un arpa, y de fibras endurecidas por los ejercicios de la gimnasia; jóvenes hermosísimos, que han combatido por Roma en los campos de batalla ó que han dado la vuelta al circo guiando la cuadriga en los juegos olímpicos de Grecia; renacidos al calor de esta nueva primavera del espíritu, á la evocacion de este genio extraordinario de Miguel Ángel, que convierte las piedras en hombres; y escalando audaces las cimas de la Roma católica, cual si fuera su antiguo Olimpo, á fin de celebrar, con la embriaguez de su nueva y no esperada vida, la propia resurreccion y la resurreccion de sus dioses, de sus filósofos, de sus poetas, de su patria en los cielos del arte.

Pero aquí se acaban las reminiscencias clásicas. El resto de aquel techo no ha tenido precedente, no ha tenido consiguiente. Queda ahí como los primeros versículos de la Biblia, en la conciencia humana; como las aisladas cimas del Sinaí, del Calvario, del Capitolio, en las llanuras de la Historia. Son las sibilas y los profetas. Venidas las sibilas de Délfos, de Cúmas, de Eritrea, de Libia, despues de haber recogido en las encinas de Dodona, en las orillas del Egeo y del Tirreno, por las grutas del Pausilipo, ó por los golfos de Corinto y de Bayas, las profecías, las esperanzas, las promesas de redencion que los poetas han dejado caer de sus versos, y de sus discursos los filósofos; venidos los profetas del desierto, del Carmelo, de las grutas de Jerusalen, de los bosques primitivos del Líbano, despues de haber recogido las esperanzas consoladoras de aquella raza de sacerdotes; se juntan en la Capilla Sixtina como dos coros titánicos, para con sus fuerzas sostener el techo donde resaltan maravillosamente en cuadros, únicos por su grandeza, todas las alegorías y todas las tragedias de la Biblia; el cáos sumergido en sus sombras; la primera luz amaneciendo pura sobre las aguas serenas; Adan dormido aún completamente en el sueño de la materia; Eva recien creada, despertándose ya en el éxtasis del amor, encantada por el florecimiento de la vida que respira y absorbe delirante de alegría; el primer pecado que se desliza en la tierra, desposeida del paraíso, y el primer dolor que se desliza en el pecho desposeido de la inocencia; el diluvio, arremolinando sus verdosas aguas de hiel atravesadas por el relámpago y henchidas por el huracan sobre las cimasdonde los últimos hombres se agarran para salvarse en el estertor de la desesperacion; el sacrificio de Noé sobre las montañas, en señal de la perpetuidad de la naturaleza y de la salvacion de la especie; todo agrupado, todo reunido, titanes, sibilas, profetas, tempestades, huracanes, diluvios, en torno de aquella gigantesca, sublime figura del Eterno, que irradia el pensamiento de su frente, la accion de sus manos, dominando aquellas criaturas con su mirada centelleante, en señal de que las anima y las vivifica á todas con su creador aliento.

Pero despues de examinado el conjunto, descended á las particularidades. ¡Qué sobrenaturales son cada una de aquellas figuras! No se comprende cómo las frágiles fuerzas del hombre han llegado á tanto. He visto en muda contemplacion á muchos artistas, dejar caer los brazos con desaliento, menear la cabeza con desesperacion, como diciendo: jamas repetirémos esto. Las ideas madres que Goethe veia en las cavernas tejiendo las fibras de la vida, y las vestiduras de las formas para todos los seres, no son tan sublimes como esas sibilas. Los gigantes de la Biblia y de la poesía clásica no son tan altos como esos profetas. Isaías está leyendo el libro de los destinos del mundo. Su cerebro parece la curva de una esfera celeste, una urna de ideas, como las cimas de lasaltas montañas son las urnas de cristal de donde bajan los grandes rios. El Ángel lo llama y vuelve lentamente la cabeza al cielo sin abandonar el libro, como suspenso entre dos infinitos. Jeremías viste el sayal del penitente, cual conviene al profeta perdido en las cercanías de Jerusalen. Sus labios vibran á la manera que la trompeta de los conquistadores. Su barba desciende enroscada sobre el pecho como una tromba. La cabeza está inclinada como la copa de un cedro herido por el rayo. En sus ojos entornados braman océanos de lágrimas. Las manos aparecen fuertes, pero hinchadas de sostener las piedras vacilantes del santuario. Se ve que le rodean las quejas y las elegías de los hijos de Israel, cautivos á la orilla del extranjero rio, el lamento prolongadísimo de la señora de las naciones, solitaria y desolada como viuda. Ezequiel está furioso. Su espíritu lo posee. Habla con sus visiones como si fuera presa de un delirio divino. Monstruos invisibles deben agitar las potentes alas en su oido, y producir, segun escucha, un bramar tempestuoso como el ruido del oleaje oceánico. El viento marino hincha su manto como si fuera una vela. Daniel está completa, absolutamente absorbido en escribir, como que tiene que contar al mundo los castigos de los tiranos y las esperanzas de los buenos; los castigos de Nabucodonosor convertido de dios enbestia; los castigos de Baltasar, asaltado por la muerte en medio del festin donde ofrece á sus concubinas el vino orgiástico en las copas robadas al santo templo; los castigos de los cortesanos de Darío devorados en la fosa por los hambrientos leones; tras cuyos castigos pasarán setenta semanas de años, al cabo de las cuales, segun anuncio de Gabriel, vendrá un humilde varon, vestido de blanco lino, el cual despertará con su palabra los muertos acostados en el polvo de los siglos, y hará brillar con nuevos resplandores el firmamento. Jonás está espantado, como saliendo del seno del mar para ir al seno del desierto, á ver morir la grande ciudad de Nínive. Zacarías es el más viejo de todos. Parece que se cae, como si bajo sus piés se desgajára el suelo al sacudimiento del terromoto anunciado en la última de sus profecías.

Lo más admirable de aquellas figuras colosales que nunca os cansais de admirar, es que no solamente son decoraciones de una sala, adornos de una capilla, sino hombres, sí, hombres que han padecido nuestros dolores; que se han clavado las espinas de la tierra; que tienen la frente surcada por las arrugas de la duda y el corazon traspasado por el frio del desengaño; que han asistido á los combates donde mueren los pueblos y á las tragedias donde se consumen tantas generaciones; que ven caer sobre sus cabezas la nieblade la muerte y quisieran preparar con sus manos una nueva sociedad; que tienen los ojos gastados, casi ciegos, de mirar contínuamente el movible y cambiante espejismo de los tiempos, y las carnes quemadas por el fuego de las ideas; que llevan sobre sus crispados nervios el peso de sus almas grandiosas, y sobre sus almas el peso, todavía más grave, de sus aspiraciones irrealizables, de sus ensueños imposibles, de sus luchas sin victorias, de sus deseos por lo infinito sin ninguna satisfaccion sobre la tierra.

Yo quisiera definir estas figuras. Por lo que más en ellas se acerca á la humanidad, por la forma, por el organismo, son verdaderamente sobrehumanas. Todos esos seres gigantescos y extraordinarios que las várias cosmogonías han creido ver salir de la primera feracidad del planeta recien creado en la expansion de su vida, habian de tener esa colosal estatura. Pero por lo que hay en ellas de espiritual, de permanente, todas son humanas, todas hijas de esos dos elementos de nuestra vida, que tantas grandezas han producido: la aspiracion á lo infinito y el dolor de la realidad, contra la cual se estrella el alma, al querer esparcirse en lo invisible, en lo inmenso, en lo misterioso, volviendo á caer sobre su reducido lecho de barro con un horrible estremecimiento y un prolongado gemido.

Pero donde veo el espíritu humanitario, reconciliador, universal, del siglo décimosexto, es en esas sibilas del paganismo alzadas al nivel de los profetas, puestas ahí á su lado, repitiendo la misma idea, anunciando la misma verdad, como dos coros apartados, cuyas voces y cuyos cánticos se encuentran confundidos en el cielo.

No de otra suerte, en el laboratorio de los aires, se confunden la electricidad venida de diferentes montañas, los vapores exhalados por lejanos mares.

¡Cuán apartados nos hallamos de aquellos primeros iconoclastas, que destrozaban las bellas estatuas de los dioses, creyéndolas efigies del demonio! ¡Cuán léjos de aquel espíritu estrecho que condenaba la antigua historia, por creerla podrida! Las sibilas son los oráculos del paganismo. Cuando el dia espira, cuando las pléyades salen del mar, cuando las olas recamadas de fosforescentes resplandores mueren tranquilas en la arena; bajo el árbol lleno de misterios, sobre la piedra dorada por los siglos; vestidas con una túnica tan blanca como las nubes benéficas, coronadas de verbena; el ara encendida delante, el ídolo alzado á su espalda, el pueblo inmóvil á su alrededor, las cítaras de las vírgenes sonando en sus oidos, los ojos en el cielo y la mano en el corazon, delirante el alma, agitados los nervios; las sibilas dicen sus oráculos secretos en versos misteriosos,recogidos sobre hojas fugaces, confiados á veces á merced del viento, y descubren así los misterios del porvenir, y arrancan así por fuerza el feto del hecho venidero á las entrañas de las edades futuras, todavía dormidas en el abismo de la eternidad.

San Agustin ha leido los libros misteriosos de estas mujeres. En su entusiasmo, hace lo que Miguel Ángel ha hecho; las coloca en la ciudad de Dios. Ellas han predicho la venida de Cristo.Pertinent ad civitatem Dei, exclama. Son aquellas mismas que delante del César, segun una leyenda piadosa, se arrancaron la corona de la frente y descendieron mudas del marmóreo altar, porque habia nacido el esperado por las naciones y se habian cumplido las promesas de los siglos. Virgilio mereció que San Jerónimo, despues de haber saludado la cuna de Cristo en Belen, saludára su sepulcro en el Pausilipo.

Mereció más; mereció que San Agustin lo citára entre los testigos de mayor excepcion á favor del Cristianismo, entre los genios que han ahuyentado sus dudas y han fortalecido su fe.

«No creeria tan fácilmente esto, si ántes no lo hubiera anunciado un poeta nobilísimo en lengua romana.» Mereció más; que el mayor poeta de la Edad Media exclamára, invocándolo:

Per te poeta fuí, per te cristiano.

Per te poeta fuí, per te cristiano.

Per te poeta fuí, per te cristiano.

Y todo por haber repetido Virgilio el oráculo de la sibila de Cúmas: la venida de un niño misterioso, por cuya presencia se cambiaria el órden de los siglos y perderia la naturaleza sus males, el leon su fiereza, la serpiente su veneno, los campos sus espinas, el trabajo su fatiga; y sin necesidad de ser por el sudor regados, henchiríanse de vida los campos, producirian las vides sus racimos, los trigos sus espigas, los árboles sus frutas, coronándose de lirios las colinas, tiñéndose de los matices del íris los vellones de los corderos, embotándose el aguijon de las abejas, que depositarian espontáneamente su miel en los labios, como las vacas destilarian su leche en los odres; y el Universo, á manera de un árbol mecido por una brisa celeste, entonaria un cántico sublime que pusiera en olvido la música de Lino, la flauta de Pan y las melodías de Orfeo, por ser el himno incomunicable de la nueva edad de justicia.

La verdad es que la historia, en su moderna universalidad, ha destruido muchos odios. Los romanos y bárbaros, que peleaban como enemigos eternos, con furor, en el fin de las edades antiguas, eran hermanos, hijos de una misma raza. Y esos profetas de Jerusalen, esos incansables lectores del porvenir, esos invencibles enemigos de los tiranos, lo mismo que esas sibilas misteriosas, vagando por las arenas de la Libia, por las ruinas de Persia, por los mares de Jonia, por las grutas de Cúmas, apareciendo en las cimas del Archipiélago griego y en el cabo Miseno como almas sin cuerpo para decir ideas sin forma; los filósofos que desde la gran Grecia han pasado el Pireo y desde el Pireo han corrido á Alejandría, sembrando entre el Oriente y el Occidente una estela de ideas que ha sido un semillero de mundos, lo mismo que los sublimes y oscuros misioneros no comprendidos de la Roma imperial, que han pasado de las catacumbas á los circos, dejando con la sangre de sus venas el reguero inmortal que ha fecundado la fe; todos, durante muchos siglos enemigos, todos mútuamente desconocidos, todos apartados por abismos y por odios, todos se han unido en lo infinito, y han formado nuestro espíritu, y encendido nuestra conciencia religiosa.

¡Qué sublimes son esas sibilas de la Sixtina! El pensamiento y la mirada vuelan de una en otra sin acertar á fijarse. Paréceme que son las madres de las ideas, las formas de las cosas eternas. Cualquiera diria que tienen atravesado entre sus dedos el hilo de la vida universal, y que están tejiendo la trama de la naturaleza. Son la Pérsica, la Eritrea, la Délfica, la Líbica, la de Cúmas. Si buscais sus genealogías, encontraréis el Dante,encontraréis Platon, encontraréis Isaías, encontraréis Esquilo; son de esa raza. Si buscais sus parientes por el mundo moderno, los tendréis en algunos personajes de Shakspeare, en algunos pensamientos de Calderon, en algunas escenas de Corneille. Son de ese temple.

Leed todos los tratados de lo sublime, y á duras penas acertaréis á comprender ese concepto. Es difícil de explicar un escalofrío que sólo se siente dos ó tres veces en la vida; una idea que sólo tiene media docena de ejemplos en la historia. Pero levantad los ojos á la bóveda de la Sixtina: ahí está lo sublime, ahí la desproporcion entre nuestro débil sér y las fuerzas infinitas de una idea que nos agobia, que nos anonada bajo su inconmensurable grandeza. Eso es lo sublime; un goce en una pena.

Tú, Pérsica, en la vejez que te agobia, se conoce cómo el mundo en su cuna te ha confiado sus secretos y te ha dicho sus vagidos, y cómo ántes de morir te inclinas, abrumada por el trabajo y por los años, á escribir un poema cíclico en las hojas de tu libro de bronce. Tú, Líbica, vienes corriendo, como si la arena del desierto encendido te quemára los piés, á traernos una idea recogida en el espacio donde todas las ideas se han tranformado como larvas misteriosas. Tú, Eritrea, eres jóven como Grecia, bella como unade las sirenas de tu archipiélago, cantora como la tierra de los poetas, ondulante como los mares de que nacieron los dioses, y amiga de la luz, atizas la inmortal lámpara que está á tu lado, y á cuyo resplandor vendrá como una mariposa la conciencia humana. Tú, Délfica, eres vírgen como Ifigenia inmolada por los reyes; tú llevas el beso de Apolo en los labios, la sombra del laurel en la frente, la inmortalidad del genio en el pecho alzado, como para entonar un cántico armonioso, que se oirá hasta el fin de los siglos. Tú, Sibila de Cúmas, dejas tu caverna, y allí donde las montañas se cincelan más escultóricamente, donde los aires se cargan de aroma, donde el mar Tirreno más se embellece, en el golfo de Bayas, mirando la griega Parténope hermosísima y ébria como una bacante reclinada sobre su mullido cojin de pámpanos, modulas dulcemente la melodía de la esperanza. ¿Sois de carne, sois mujeres, habeis sentido la voluptuosidad, el amor, ó sois los arquetipos de las cosas, las ideales del arte, las sombras de esas musas que todos los poetas invocan y que ninguno ha visto sino á traves de sueños irrealizables, las formas várias de la eterna Eva, que ya se llama Safo, ya Beatrice, ya Laura, ya Victoria Colonna, ya Eloisa, y que está de pié en la cuna y en el sepulcro de todas las edades, sonriéndonos con la esperanza, despertándonos aldeseo, y huyendo á nuestros brazos como una ilusion que se desvanece en lo infinito?

Este techo de la Capilla Sixtina inspirará eternamente ensueños poéticos. Uno de los mayores literatos de Europa dice que ha empleado treinta años en estudiarlo. Cuando Miguel Ángel acababa de pintarlo, no podia mirar hácia abajo sin que inmediatamente se le oscurecieran los ojos. Tenía necesidad de llevar alzada la cabeza siempre y mirar hácia arriba. El objeto de su vista se encontraba en el cielo. Hácia allá, hácia el cielo tambien se dirigia su alma, henchida de inspiraciones infinitas, y por lo mismo de infinitos dolores.

Y este hombre, con una sensibilidad tan viva, con un carácter tan áspero, con un pensamiento tan extraordinario y tempestuoso, ha vivido en el tiempo de los cambios más bruscos, de los contrastes más fuertes, en que el espíritu humano pasa de tristes desmayos á vida exuberante, de sombríos eclipses á súbitas iluminaciones, de la penitencia á la orgía, del sensualismo á la fe; inclinándose ya de un lado ya de otro, como si estuviera ébrio.

Imaginaos un cuerpo trasladado súbitamente de la zona tórrida al polo, del abismo al cielo, de la cima de una montaña al abismo, de la mar tempestuosa á un lecho mullido; y quizas no tendréis idea de los saltos que ha dado el alma de Miguel Ángel por las contradicciones de su tiempo. El Luzbel de la Biblia, pasando de la naturaleza angélica á la naturaleza diabólica, y el Luzbel de Orígenes, volviendo de la naturaleza diabólica á la naturaleza angélica, podrian dar una idea lejana de las trasformaciones súbitas por que pasaron aquel siglo y aquel hombre empapado en los torrentes de su siglo.

No es una division arbitraria ésta de las edades. La historia es como el calendario del espíritu; en cien años varían las ideas radicalmente, cambian de esencia y de aspecto las sociedades. En cien años se renuevan los átomos de un pueblo con la renovacion de las generaciones. Cada siglo es una grande personalidad cincelada por los siglos anteriores. La espada es muchas veces un cincel que obedece á una conciencia, á un espíritu desconocido. Todos los siglos tienen una fisonomía y una idea. Pero el siglo que llena Miguel Ángel con su larga vida es el más contradictorio de todos los siglos. Si á cada minuto amaneciera y anocheciera, acaso tendríamos en la naturaleza una imágen del tiempo de Miguel Ángel, es decir, del tiempo en que acaba la Edad Media y empieza la Edad Moderna.

Cae Constantinopla, pero la hereda Venecia engrandecida y en todo su apogeo, nave empavesada que arroja un cable en el Adriático para tener unida Europa al Oriente. Renacen los antiguos dioses, revelando en sus cuerpos de mármol todos los secretos del arte, y arden las obras de los artistas en hogueras atizadas por un pueblo de monjes sobre la plaza de Florencia. El Perugino conserva todavía los penitentes macerados en los claustros, y el Hércules Farnesio se eleva en el suelo romano para mostrar toda la pujanza de la vida antigua. Escribe su sensual obra Ariosto, en que los héroes danzan como en brillante carnaval, y sueñan los platónicos de Florencia con las ideas puras, con las esencias misteriosas, con el cielo oculto tras del sepulcro, y el Dios oculto tras del mundo. Invoca Savonarola, ese Francisco de Asís de la política, los santos y los ángeles; recomienda el ayuno y la penitencia, restaura la imitacion de Jesucristo; é invoca Maquiavelo el demonio, llama á los traidores, recomienda el dolo, el crímen, el asesinato, restaura la imitacion de los césares. Toma el pueblo florentino por jefe al Crucificado, miéntras el pueblo romano toma á César Borgia, hermoso como el vicio, pero infame, traidor, manchado con la sangre de su hermano y de su cuñado, que salta á su frente y á la frente del Papa, perdido en neronianas cenas, reproduciendo los delitos eróticos de Heliogábalo unidos á las matanzas y á los envenenamientos de Tiberio. Parece que los partidos se van como sombras, y vienen los franceses por el Norte á sostener á los güelfos, y los españoles por el Mediodía á sostener á los gibelinos. Parece que el poder político de los papas y el poder político de los emperadores se acaba, y el Pontificado renace más fuerte con Julio II, y el Imperio renace más brillante con Cárlos V. Vuelve á restaurarse la autoridad espiritual de la Edad Media por las artes y los artistas, que sostienen sobre sus alas el Vaticano, convertido por Leon X en Olimpo, cuando se oye la voz de Lutero, que hiela súbitamente la sangre en las venas de Roma. Por todas partes se sublevan los plebeyos para salvar las repúblicas ó renovarlas, y por todas partes se restauran las monarquías. Las artes que Miguel Ángel queria unir á la libertad son el anillo funesto, el brillante talisman con que los tiranos adormecen á los pueblos. Los patriotas buscan un Bruto, y encuentran apénas un Lorencino.

Por eso Miguel Ángel no ha querido concluir su busto del defensor de la república romana en la indigna Florencia, entregada á los Médicis. Es aquella edad el Filipos de los municipios que van cayendo en el polvo con su propio puñal en el pecho. La desgracia de Queronea se repite cien veces, y mueren cien Aténas sobre la tierra italiana empapada de sangre. Ancona entrega sus fortalezas para que la liberten de las amenazas de los turcos, y cae bajo la tiranía de los frailes. Los papas se convierten todos en gibelinos, desmintiendo su historia. La España, que ha arrojado á los judíos y á los moriscos por servir á Roma, saquea á Roma. Las siete mil revoluciones que ha habido en Italia desde el siglo décimo al décimosexto; los catorce millones de cadáveres caidos en los campos de batalla, producen el cáos.—¿Comprendeis ahora por qué el Moisés de Miguel Ángel mira su tiempo con tanto desden?—¿Comprendeis por qué en la Sixtina se queja con tan desgarradores lamentos su colosal Jeremías?

La catástrofe de las catástrofes se aproximaba despues que Miguel Ángel habia concluido la bóveda de la Capilla; se aproximaba el saco de Roma por los españoles y los alemanes al mando del condestable Borbon. El hambre se cebaba en los españoles, desposeidos de sus pagas; la furia religiosa en los alemanes, enemigos del Papa. El general de éstos llevaba al cuello una cadena para colgar la cabeza del Sumo Sacerdote católico el dia que entrára en la ciudad que él llamaba sacrílega Babilonia. El Condestable deseaba dar una terrible leccion á Clemente VII, enemigo de su nuevo amo el emperador Cárlos V. Roma, restaurada por ochenta años de trabajos artísticos,revestida de mármoles, pintada por Rafael y sus discípulos, cubierta de estatuas que surgian como por encanto de las ruinas, enriquecida por Leon X con todas las preseas del Renacimiento; hartada por los pueblos que iban como peregrinos á besar sus sandalias de bronce, á orar en sus religiosos sepulcros, en sus admirables templos; llena de palacios construidos por una aristocracia poderosa, reconquistaba su antigua grandeza y brillaba entre los tributos del espíritu con la misma gloria con que brilló en otro tiempo entre los despojos del mundo. Esta riqueza tentaba así á los españoles como á los alemanes, todos guerreros de profesion, y por consiguiente amigos todos del saqueo, que era entónces la gran cosecha de la espada.

Así en vano se pactó una tregua. Aquellos veinticinco mil hombres, italianos aventureros, españoles por profesion soldados, alemanes protestantes, se dirigian á Roma como el hambre voraz de las legiones de Atila, de esos cuervos lanzados por el polo sobre el cadáver de la Roma antigua. Era una mañana de Mayo de 1527. El Condestable pide paso para Nápoles; el Papa lo niega. Á esta negativa sucede el asalto. Los españoles vacilan, pero su generalísimo el Condestable arrima con sus propias manos la escala terrible al muro de la Ciudad Santa. Un arcabuzazo lo mata.Él, en la agonía, se cubre el cuerpo con una capa española para que no lo conozcan sus soldados y no desmayen un punto en la empresa. Los españoles entran por los muros que avecinan á San Pedro, los alemanes por la puerta del Santo Espíritu, los italianos por la puerta de San Pancracio, como tres torrentes que van á confundirse en el mismo lecho. El Papa apénas tiene tiempo de ir del Vaticano á San Angelo entre una lluvia de balas, y Pablo Jovio le arroja su muceta violácea para que las albas vestiduras pontificales no sirvan de blanco á los arcabuces enemigos. Parecia que se levantaban sobre la ciudad Genserico y Alarico, los godos y los vándalos. Aquí la pelea cuerpo á cuerpo; allá el incendio; en todas partes la matanza y el saqueo. Los unos cortaban los dedos de los vencidos para arrancarles los anillos; los otros violaban sobre el altar las vírgenes consagradas al Señor. Algunos abrian heridas en los vientres de las romanas para saciar de aquella original y sangrienta manera sus inmundos apetitos. Muchas doncellas se arrojaban avergonzadas en brazos de sus padres y de sus hermanos, pidiéndoles á gritos la muerte para libertarse de tanta vergüenza. La noche exacerbaba la sangrienta bacanal. Al resplandor de las antorchas los saqueadores descolgaban los cuadros; arrojaban en los sacos las alhajas; profanaban los santuarios buscando sus ricas pedrerías; celebraban la victoria bebiendo vino en los cálices; abofeteaban y escupian á los cardenales; remataban sus cascos guerreros con las mitras; envolvian á sus cantineras en el manto de las Vírgenes; pronunciaban sermones ridículos, alzándose erguidos sobre montañas de muertos y heridos, muchos de los cuales áun palpitaban; hacian procesiones fantásticas, colgando cabezas al cuello, y poniendo orejas cortadas á los burros en las caras acribilladas de los sacerdotes, y echando á los piés de las imágenes corazones y entrañas humeantes; carnaval espantoso, cuyo horror aumentaban la granizada de los mosquetes, el crujido de las ruinas, el chisporroteo del incendio, el suspiro de los voluptuosos, la carcajada de los ébrios, las maldiciones de los vencedores, las súplicas de los vencidos, el siniestro alentar de los fugitivos, el estertor de los moribundos y el silencio de los muertos, desnudos sobre las piedras ahumadas y sangrientas, como si aquella noche fuera la última noche de Roma, como si aquellas negras horas fueran las siniestras horas de los ángeles exterminadores del mundo.

La desolacion de Roma no tiene igual. Clemente VII comió en su prision carne de caballo y de asno. Los cadáveres se vengaron de sus inmoladores sembrando la peste. Cuando todavía no estaba Roma repuesta de este siniestro terror, que llenó casi toda la segunda mitad del siglo, entraba por sus puertas Miguel Ángel á concluir su trabajo, á llenar con otra obra maestra la Capilla Sixtina, á dejar sobre el muro del centro elJuicio Universal. Todo le inspiraba esta gran tragedia; la muerte de la libertad en su patria, la nueva ruina de Roma, los triunfos de la reforma sobre una parte del género humano, los triunfos del tiempo sobre su vida, de la vejez sobre sus fuerzas, del dolor sobre su alma. Cuando estaba trazando su gigante obra, mil veces creyó morir. Como cayera del andamio, abriéndose una herida en la pierna, se encerró en su casa resuelto á no salir sino para el sepulcro. Uno de sus amigos, médico, fué á verle; llamó, y como no le contestára, asaltó la casa como un ladron, y logró arrancarlo á su melancolía.

La suerte de Italia es una de las heridas que lleva en el corazon, y por consiguiente una de las inspiraciones de su conciencia. La lectura del Dante le anima y le sostiene, esa lectura apocalíptica. Posee un ejemplar de ancho márgen, y en él dibuja las visiones esculturales inspiradas por las visiones poéticas. Al traves de tres siglos el poema del Dante aviva el Juicio Universal de Miguel Ángel, como el poema de Homero avivó las tragedias de Esquilo. El cuerpo humano, el organismo,ántes de él desconocido y poco estudiado, es el principal elemento de sus inspiraciones plásticas.

No ve en el Universo sino el hombre. Su antropomorfismo no es armonioso como el griego; es un antropomorfismo gigantesco. Sus hombres han crecido tanto como las ideas. De aquí cierto menosprecio por la hermosura en su serenidad inmortal, y cierto desenfreno por lo sublime. Cuando jóven, cambiaba sus figuras por cadáveres. Doce años vivió estudiando, analizando los muertos. Una vez se inficionó de la podredumbre, y estuvo á punto de morir en este trabajo de arrancar lo sublime al esqueleto arrojado como cosa inútil en el mundo.

Sus profundos estudios en la forma humana se ven ahí, en ese cuadro, en ese poema. Todos los dolores han sacudido esos cuerpos crispados, agitadísimos. Y todos los cuerpos están desnudos. Miguel Ángel se atreve á tanto en la Capilla Sixtina, cuando comenzaba la reaccion contra el Renacimiento, cuando la hipocresía iba á recoger el sudario de la Edad Media para amortajar de nuevo á la Naturaleza. No puede imaginarse el escándalo que este atrevimiento produjo en aquel mundo ya alejado de los semipaganos dias de Leon X. El Aretino, que no vacilaba en mostrar al desnudo todas las inmundicias morales, se indigna contra aquella casta desnudez del arte.Biagio, maestro de ceremonias de Paulo III, conjura al pintor de parte del Pontífice para que encubra sus figuras, y no muestre tan real y tan completamente la naturaleza humana.—Decidle al Papa, le responde Miguel Ángel, que en cuanto corrija Su Santidad el mundo, será cosa de pocos minutos corregir las pinturas. Y en castigo pinta á su interlocutor con orejas de asno en lo más profundo del Infierno. Biagio corre á quejarse á Paulo III de la afrenta infligida á su respetable persona.—Me ha puesto en el cuadro, dice, llorando como un niño, trémulo como un viejo. Pido á Vuestra Santidad que me saque de allí.—Pero ¿dónde te ha puesto?—En el Infierno, Señor, en el Infierno, exclama compungido.—Si estuvieras en el Purgatorio, le contesta el Papa, te sacára; pero yo no tengo poder alguno en el Infierno.

Es imposible resumir cuanto se ha dicho sobre este fresco. La escuela académica reinante en el siglo pasado, y tan parecida al clasicismo híbrido y enojoso de muchos críticos literarios que se asustan de toda grandeza porque aplasta su irremediable pequeñez, lo ha tratado como un mamarracho. Escritor hay que llama á esta grande obra una coleccion de ranas. Trescientas figuras desnudas, medio vestidas algunas más tarde por Volterra, á quien le valió esa profanacion artística el nombre de Braghetone; trescientas figuras desnudas se elevan en un cuadro mural de cincuenta piés de alto y cuarenta de ancho. Al pronto cuesta gran trabajo comprenderlo. Se necesita mirarlo con la misma atencion con que se necesita oir una sinfonía de Beethoven. El profano al arte concluirá al cabo de algun tiempo indudablemente por sentir y admirar, y absorberse en la contemplacion profunda de aquella maravilla del genio. El artista no debe imitarlo, porque hay ciertas personalidades en la historia, hay ciertos estilos en la literatura y en el arte, cuya individualidad es tan poderosa, cuya estatura es tan alta, cuyo centro de gravedad tan lejano de la esfera de gravitacion general, que seguirlos produce vértigos, é imitarlos expone á peligrosas caidas. Entrad en San Pedro despues de haber visitado las figuras de Miguel Ángel, y encontraréis en la estatuaria colosal, violenta, hinchada, de mal gusto, los estragos que en las medianías ha hecho la imitacion del genio único y cuasi sobrehumano de Miguel Ángel, que debe permanecer para asombro de los siglos como el Dante, como Shakspeare, como Calderon, allá en su inaccesible soledad.

La Naturaleza no entra para nada en el cuadro; Miguel Ángel solamente la ha tomado el aire y la luz. No se ven los mundos rodando como pavesas por los espacios, ni el sol tiñéndose de color sanguíneo, ni los montes desgajándose, ni el mar airado evaporándose en las trompas de una tempestad infinita, no; en el aire azul, en el aire pasa la terrible escena ocupada sólo por cuerpos humanos y por nubes celestes, y sobre unas y sobre otros la cólera de Dios.

Sí, todo parece airado, todo espantoso en aquel cuadro, como si nadie se salvára; de tal manera domina el terror á los demas sentimientos. En primer término la barca de Caronte sobre un rio plomizo, y á la izquierda el resplandor siniestro del Purgatorio. Encima los muertos que se despiertan al són de la trompeta, rompen las losas de sus tumbas, rasgan sus sudarios, sacuden el polvo de sus esqueletos casi desnudos y el sueño de sus ojos casi vacíos. De la esfera de los muertos se levantan muchos que ya han cobrado el movimiento, y que lo ejercen con violencia para dirigirse, agitados por la incertidumbre, á escuchar el fallo inapelable, llevando sobre las espaldas el peso más ó ménos grave de sus obras. Entre aquellos veloces caminantes hay unos que ya se desesperan, hay otros que ruegan, hay algunos que confian, hay varios que mútuamente se sostienen y se socorren. Á la derecha de Cristo brilla un grupo de mujeres ya salvas, que todas entonan un coro, y entre las cuales hay una sublime, unamadre que acaba de oir la sentencia de su hija, y la estrecha extática en sus brazos, deteniéndola, asegurándola en la salud eterna, cual si no diera crédito á su dicha. Junto á las mujeres pasan grupos de ángeles que parecen recibir, segun lo tristes, en sus caras una lluvia de lágrimas, arrastrada por el viento. Bajo los ángeles, los bienaventurados, muchos de los cuales se reconocen, despues de tantos siglos, y se abrazan sobre las cimas de la ciudad eterna. En el centro, Jesus irritado, que maldice, que condena, que castiga, sin escuchar los ruegos de su madre, separándose de los condenados, y sin querer ni siquiera mirarlos, por no iluminar con sus ojos el eterno suplicio. Adan está á su lado en su vejez sublime para resumir la humanidad como Cristo resume el cielo. Pero donde se muestra el genio de Miguel Ángel en toda su grandeza, es en aquella inmensa catarata de condenados, que caen heridos por la terrible sentencia, tristes unos como hojas secas, desesperados otros y retorciéndose cual si contra su eterna suerte pudieran rebelarse, ya mordiéndose los puños, ya arrancándose el cabello, ya aterrados á la vista de las llamas que los aguardan, ya presa de un delirio; todos en los más atroces dolores físicos y morales; titanes llenos de vida y de carne y de sangre, como para ofrecer abundante pasto á los tormentos; titanesque roncan y maldicen y denuestan y escupen horrores de sus bocas, y luchan con las serpientes enroscadas en sus cuerpos, y buscan en el aire una nube donde reposar, y caen produciendo un escalofrío terrible, como si oyerais el primer contacto de sus carnes con el plomo derretido en las llamas eternas.

No se puede sostener mucho tiempo la atencion concentrada en lo sublime. Cuando se siente de véras una idea grande, os sacude los nervios y os surca el cerebro como una chispa eléctrica. Yo sentia latir fuertemente las sienes, como si fueran á reventar las venas hinchadas por el torrente de pensamientos gigantescos desprendidos de aquella Capilla que abraza, desde la Creacion hasta el Juicio Universal, toda la vida humana. Necesitaba aire, y salí á respirarlo al campo romano, sobre cuyas ruinas tendia á la sazon admirablemente Abril su verdor alegre como una esperanza. Pero cuando volví la cabeza, en el azul de los cielos se dibujaba todavía una obra magnífica, sobre la cual extiende tambien sus alas el alma de Miguel Ángel; se dibujaba la rotonda de San Pedro, que parecia, dorada por los últimos rayos del sol poniente, un templo elevándose á lo infinito, para decir á Dios que la eternidad prometida á Roma por los dioses antiguos habia sido realizada en la Edad Antigua por sus tribunos ypor sus héroes, fortalecida en la Edad Media por sus pontífices y sus doctores, y salvada en la Edad Moderna por el genio, que levantó allí aquella cúpula como la cima de la historia, como la corona del espíritu, como la tiara del mundo.


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