LA GRAN CIUDAD.

LA GRAN CIUDAD.

Sin duda es Nápoles hoy la primera entre las ciudades de Italia por su numerosa poblacion, por sus grandes dimensiones, y una de las primeras entre las ciudades de Europa. Cuando se la mira desde alguna altura, cuando apénas se advierte el espacio que la separa de los pueblos circunvecinos, la creeis por su extension una ciudad como Lóndres. Los ojos se engañan tanto, que comparado el recuerdo de París mirado desde el Panteon y la vista de Nápoles mirada desde el Pausilipo, Nápoles parecíame mayor, mucho mayor, que París, por una de esas ilusiones ópticas á que tanto contribuyen la luz y el cielo del Mediodía.

Siempre recordaré mi llegada á la hermosísima capital de las antiguas Dos Sicilias. En la emigracion el menor contratiempo os apesadumbra y os irrita. El disgusto se convierte en pena, la pena se acrecienta con la nostalgia. Os parece que todo el género humano debe aborreceros, puestoque os aborrece vuestra patria; que toda sociedad debe rechazaros, puesto que os rechaza la sociedad donde habeis nacido. Cuando veis un ciudadano que habla de los asuntos de su nacion en medio de los suyos; un padre ó un hijo que entran en el hogar y departen con su familia, os creeis el más desgraciado de los mortales y os imaginais que vuestros huesos van á quedar solitarios y olvidados en extraña tierra. Sobre todo, si el gobierno, si la policía de la nacion, donde esperais asilo, os molestan, lo sentís doblemente y os preguntais á vosotros mismos reconviniéndoos con acritud: «si de todas maneras habia de ser perseguido, ¿por qué, por qué abandoné la patria?»

Yo me encontraba en Roma completamente consagrado á la meditacion y al estudio. Para mí en aquella ciudad sólo eran las ruinas interesantes y las obras de arte que entre las ruinas se levantan. Evité toda sociedad casi por completo, y consumí el tiempo en los museos, en las iglesias, en las catacumbas, en el mundo de lo pasado. Cada dia encontraba algo nuevo de puro viejo, y enlazaba estos descubrimientos con mis leyes históricas, á la manera que el naturalista corrobora sus clasificaciones y sus series con el descubrimiento, ya de nuevos, ya de repetidos ejemplares. Hallábame tranquilo en la ciudaddonde todo gran dolor puede tener refugio por lo mismo que puede tener consuelo. La desolacion de su campiña se armonizaba con la desolacion de mi alma. El olvido que el espectáculo de tantas ruinas procuraba al corazon lacerado, no podia encontrarse, no se encontraba realmente en ninguna otra ciudad del mundo.

Cuántas veces pensé desasirme de los lazos que pudieran atar mi vida á París, el centro de mi destierro, y quedarme allí en muda contemplacion de los monumentos, en comercio con las artes, en estudio incesante de la historia. Es verdad que mis ideas filosóficas y mis ideas políticas no podian ser aceptas al gobierno á la sazon imperante; mas ¿qué podia contra este gobierno un desgraciado, sin patria, sin hogar, sin familia, sin relaciones en aquella sociedad, decidido á oponer á los propios dolores el olvido, y consagrado á estudiar las instituciones muertas, enterradas en la tumba de aquella necrópolis tan triste como mi propio corazon?

Asaltado me hallaba por estos pensamientos una mañana de primavera, cuando entra en mi modesta habitacion, despavorido, un camarero de la fonda de Minerva, y á boca de jarro y sin darme los buenos dias me dirige esta pregunta:

—¿Por qué me ha ocultado usted su valer?

—¿Mi valer? Nada tenía que ocultar, porque nada valgo en el mundo.

—¿Su importancia?

—No importo nada.

—Usted es un hombre célebre.

—¡Yo célebre! ¡Bah! ¿Tiene usted ganas de mofarse de mí? le pregunté.

—He impedido que la policía llegára hasta su cuarto.

—¡La policía!

—Sí, la policía se hubiera ya encarado con usted si yo no le digo que le comunicaria á usted sus órdenes.

—¿Qué órdenes?

—La órden de dejar inmediatamente Roma.

—¿Por qué causa?

—Han dado muchas.

—Pero ¿no puedo saber cuáles?

—Dicen que los libros escritos y publicados por usted se hallan en el Índice.

—Es verdad; pero si todos los autores cuyos libros se hallan en el Índice no pueden habitar esta literaria Roma, en verdad os digo que seréis visitados por pocos literatos contemporáneos.

—Dicen que usted es amigo de Garibaldi, de Mazzini.

—Es verdad.

—Tiene usted mucho valor.

—¿Por qué?

—Por venir á Roma con tales antecedentes.

—Pero debo aseguraros que ninguna idea política me ha traido á Roma. Usted pudo observar que ni he recibido ni he hecho ninguna visita.

—Pues áun dicen más.

—¿Qué dicen?

—Que está usted condenado á muerte.

—Y en garrote vil.

—Por revolucionario.

—Por liberal, por demócrata.

—Ya sabe usted, me dijo con misterio, las relaciones cordialísimas que hay entre el gobierno de los cardenales de Roma y el gobierno de los Borbones de España. Es de temer que estando usted condenado á muerte en España, esta policía romana le coja, le aprese, le lleve á Civita-Vecchia, y le entregue á la fragata militar anclada en el puerto. Y lo ahorcarán á usted.

—¡Qué idea tiene usted de este cristiano gobierno! le dije con extrañeza. Es bien imaginario ese peligro.

—Pero el peligro real, efectivo, es el que usted corre de dar con su cuerpo en la cárcel si no sale de Roma por el primer tren.

—¡La cárcel! Todavía la hubiera sufrido con resignacion en mi patria. La idea de que estaba entre los mios, la idea de que la merecia comoconspirador, acaso dulcificáran mis dolores. Pero la cárcel aquí me aterra. ¿Á qué hora sale el primer tren?

—Á las diez.

—¿Qué hora es?

—Las nueve y media.

—¿Para dónde sale?

—Para el Mediodía.

—No estoy apercibido ni preparado; pero no importa.

Llamé á mis compañeros de viaje, un propietario mejicano y dos jóvenes españoles que estudiaban en el colegio de Bolonia, y que recorrian durante las vacaciones de Pascuas Italia, encarguéles mi equipaje, partíme en uno de aquellos cochecillos que no corren, sino vuelan, á la estacion; tomé un billete, y me empaqueté en mi wagon con la guía del viajero en una mano y el periódico de Roma en la otra.

Al partir el tren bordeamos la Vía Apia y descubrimos el sepulcro de Cecilia Metella. Estos grandes monumentos me inspiraron tristes reflexiones. Un desterrado, un condenado á muerte por el crímen de profesar ciertas ideas políticas, ¿no es una ruina más entre tantas ruinas, no es una sombra más entre tantas sombras, no es un muerto más entre tantos muertos? Ninguna inquietud debia engendrar en este poder inmenso,cuyo nombre invocan millones de seres todos los dias al pié de los altares en toda la redondez del planeta. Me arrojan, no sólo de mi patria, sino de aquella ciudad que parece tener el eterno derecho de asilo. Á un cadáver no se le niegan en el mundo, no, cuatro pasos de tierra, y se le niegan á un vivo. Para distraerme de estas melancólicas reflexiones convertí los ojos al periódico, y encontré la siguiente noticia: «El Papa ha ofrecido Roma al Rey de Hannover, destronado y proscripto, porque Roma es un asilo, un refugio eterno para todos los desgraciados.» Una sardónica sonrisa corrió por mis labios, y mi saliva tomó toda la amargura de la hiel. Con estos tristes pensamientos dejé la ciudad de las eternas tristezas.

¡Qué contraste entre la campiña de Nápoles y la campiña de Roma! Ésta es la unidad y aquélla la variedad; ésta lo sublime y aquélla lo bello; ésta la majestad y aquélla la gracia; en Roma se oye el cántico unísono de un lamento parecido al uniforme salmo de los profetas bíblicos, y en Nápoles el coro de las antiguas divinidades griegas. Pero si el contraste entre campiña y campiña es grande, es mayor aún el contraste entre ciudad y ciudad. Digan lo que quieran todos los enemigos jurados de la Roma pontificia, parecióme, en comparacion de Nápoles, una ciudad austera, austerísima. Por lo ménos reinan en Roma la tristeza yel silencio. Sus habitantes visten colores oscuros. Sus rostros tienen cierta solemne tristeza, como cuadra á una raza reina y destronada. Los innumerables conventos, la muchedumbre de frailes, las capillas que por todas partes se levantan, las imágenes que ornan las esquinas, denotan que el pueblo romano es un pueblo sometido á la teocracia; miéntras que los gritos de las calles de Nápoles, las vociferaciones contínuas, la infinidad de corrillos, la alegría universal, los bailes en un lado, los conciertos al aire libre en otro, la inmensa concurrencia á los aguaduchos y á los cafés, denotan que estais en ciudad civil, donde la vida es como contínua fiesta. Ya no hay la multitud de estampas religiosas que en otro tiempo. Á la imágen del Señor han sustituido la imágen de Garibaldi. Adorar es la necesidad de Nápoles, adorar fervientemente, y sea cualquiera el objeto de sus adoraciones; adorar á gritos, á manotadas, en medio de la algazara y del estrépito, con la exaltacion propia de los temperamentos nerviosos, y con el fanatismo que acompaña á las pasiones meridionales encendidas por el calor intensísimo del clima. Hay algo del Vesubio, algo de sus ardores, algo de sus erupciones, algo tambien de sus veleidades en la movible y ardiente naturaleza de los napolitanos, de estos griegos degenerados, que viven con la sonrisa en los labios, al borde siempre de la muerte; amenazados por el volcan de rigores iguales á los rigores que enterraron á Herculano y Pompeya.

Muchas veces, cuando yo discurria por las calles de las grandes poblaciones del Norte y observaba su recogimiento y su silencio, pensaba lo que sería una poblacion como Lóndres, como París, situada en las regiones meridionales de Europa. ¡Qué mar embravecido, tanta gente bajo nuestro cielo! ¡Qué rumor se levantaria de las calles! Una ciudad del Mediodía es una selva del trópico. En su seno late vida tal y tanta, que en vano buscariais entre las brumas de Lóndres y de París. Yo nunca he oido desde las alturas de Montmartre ó del cementerio de Lachaise, al anochecer, los rumores que he oido desde las alturas del Retiro á la misma hora. Cualquiera diria que Madrid es una ciudad mayor que París. Pues en comparacion de Valencia, en comparacion de Sevilla, Madrid es una ciudad silenciosa. ¡Qué noches las noches de Sevilla! ¡Los niños juegan y gritan, los mozos cantan y puntean la guitarra, las familias acomodadas oyen el piano al fresco del patio, entre macetas de aromáticas plantas y surtidores de murmuradoras aguas! ¡Qué dias los dias de fiesta en Valencia, sobre todo por la estacion de verano! ¡Las campanas al vuelo, las músicas discurriendo por las calles, los tamboriles y las dulzainas dando el compas á las danzas, el morterete que estalla en estruendos semejantes á cañonazos; latraca, una hilera interminable de petardos por los suelos, y los cohetes voladores á manojos por los aires!

Pues bien, yo os digo que Sevilla y Valencia son ciudades silenciosas en comparacion de Nápoles. Bien es verdad que Nápoles tiene seiscientos mil habitantes. Mas no consiste la diferencia en la mayor poblacion, no. Nuestro temperamento meridional está refrenado por nuestra gravedad española. Hay hasta en los pueblos más meridionales de España algo del recogimiento y de la silenciosa religiosidad árabe. Ni los andaluces ni los valencianos manotean, accionan, gritan como las gentes de Nápoles. Son nuestros campesinos, en medio de sus fiestas y de sus bromas, graves como españoles; son los napolitanos locuaces como griegos. ¡Qué baraunda de ciudad! Cuánto más se apropiaba al estado de mi ánimo Roma con todas sus grandes sublimidades; el Miserere de Pallestrina; los paseos por la Vía Apia bordada de sepulcros; las contemplaciones contínuas de las campiñas desoladas; la meditacion filosófica sobre las piedras desnudas, entre las ruinas del Coliseo, bajo los brazos de la Cruz.

Aquellos que gusten del estruendo, corran, corran á Nápoles. Las aceras están llenas de trastos, de tiendas y de talleres ambulantes, de gentes durmiendo que parecen, por lo inertes, muertas. Mil organillos, arpas, violines, os atruenan los oidos. Nubes de titiriteros, funámbulos, prestidigitadores con sus correspondientes coros de extáticos curiosos, embarazan á cada instante el paso. Los trabajadores cantan ó disputan á voces. Los ociosos, cuando no tienen con quien hablar, hablan solos y á gritos. Los cocheros ó carreteros que pasan, vociferan como energúmenos, chasquean el látigo en todas direcciones, levantan huracanes de polvo y de ruido. Cada mula lleva centenares de cascabeles y de campanillas. Los carruajes crujen como si de intento los construyeran crujientes. Los vendedores de periódicos, y en general todos los vendedores ambulantes, vocean de la más descompasada manera. Cada mercader, á la puerta de su tienda, al frente de su puesto, os hace pomposo programa oral de sus ricas mercancías, y se proponen todos que las tomeis por fuerza. El vendedor de escapularios, sin pararse en vuestra religion ni en vuestro orígen, os arroja su amuleto al cuello, miéntras el limpia-botas, importándole poco que esté vuestro calzado sucio ó luciente, lo embadurna con su betun, bien ó mal de vuestro grado. El ramilletero, que lleva manojos de rosas y de flores de azahar, os adorna el sombrero, los ojales, los bolsillos, sin pedirosni vénia ni permiso. El horchatero sale con su vaso rebosante á la acera y os lo arrima á los labios. Aún no habeis logrado libertaros de sus importunidades, cuando viene otro importuno con su fruta de sarten calentita y chorreando aceite, á pediros que comais por fuerza. Los niños, acostumbrados á la mendicidad, aunque su gordura y su placidez indiquen el mayor bienestar, se os agarran á las rodillas y no os dejan dar un paso como no les deis una moneda. El pescador se acerca con traje color de alga, descalzo, arremangado el pantalon, cubierta la cabeza de su gorro catalan, la camisa azul desabrochada, abriendo las ostras, los mariscos, y presentándolos cual si le hubierais dado ese encargo. El cicerone se echa á andar delante de vosotros y desplega su elocuencia esmaltada de innumerables palabras de todas las lenguas, y llena de anacronismos y despropósitos históricos y artísticos. Si le rechazáis, si le decís que son inútiles sus servicios, apercibíos á oir las infinitas sirtes donde correis peligro de perder la bolsa ó la vida por no haber escuchado sus consejos ni atendido á su pasmosa ciencia. No creais que os eximís de todos estos importunos yendo en coche. Yo no he visto jamas gente más lista para saltar á los carruajes, colgarse á las portezuelas, seguir como agarrados á la trasera, al pescante, á cualquier parte, por másque intenteis desviarlos. Pues no digo nada si teneis aire de viajero recien llegado, y se empeñan los cocheros de plaza en que habeis de adoptar su vehículo. En medio segundo os veis rodeados de coches que andan en torno vuestro como culebras, áun á riesgo de aplastaros, y cuyos automedontes, hablando todos á un tiempo en coro desconcertado é infernal, os ofrecen llevaros al Pausilipo, á Bayas, á Puzzoli, á Castellamare, á Sorrento, á Cúmas, al fin del mundo.

Los domingos son dias de verdadero vértigo. Parece que se han vuelto los habitantes de la ciudad, todos sin excepcion alguna, dementes. Yo no he visto andar en ninguna parte tan de prisa. Yo no he oido un campaneo tan ruidoso. Yo no pienso volver á encontrarme en medio de un aquelarre tan continuado. Proporcionalmente, ninguna ciudad de Europa, ninguna, tiene el número de carruajes que Nápoles. Suelen dar las carretelas de lujo una vuelta al pié de las hermosas colinas de las afueras y entrar por el Pausilipo á Chiaja. Imposible concebir mayor riqueza ni mayor número de elegantísimos trenes. Á los muchos de la aristocracia napolitana se unen los muchos que gastan los viajeros riquísimos, habituados á visitar la ciudad y á permanecer en ella durante la primavera y el invierno. Pero el carruaje que tiene que ver y áun que oir es el carruaje del pueblo en domingo. Es la antigua calesa madrileña, todavía más ligera. Los caballos, bastante flacos de suyo, van enjaezados vistosamente. Cintas, lazos, flores, bandera tricolor, campanillas resonantes, cascabeles innumerables, arreos bordados de lanas ó sedas vistosísimas, hasta grandes pañuelos de gasa los envuelven. El cochero no es nunca uno solo. Van dos ó tres haciendo gestos, dando saltos como acróbatas por el circo. En el carruaje, en el pescante, en la trasera, caballeros sobre el jaco matalon, colgados del estribo, tendidos por el respaldo, en equilibrios inverosímiles, en posiciones atrevidas y peligrosas van más de veinte hacinados, y todos gritan, y todos se mueven cual si todos bailáran. Despues de haber visto pasar seguidos unos cuantos, repletos, henchidos, acompañados de aquel ruido infernal, teneis vértigos, de atronados los oidos, de mareada la cabeza, como si hubierais rodado, á manera de peonza, en vals infernal.

Guardaos bien de caer por gusto en aquellos carruajes. Aunque los hayais alquilado para vosotros solos, los que van de un punto á otro con alguna prisa, los cansados y fatigados, los que quieren correr en piés ajenos, como si la calesa fuera propiedad comun, la asaltarán, la poseerán como en pleno derecho, os acompañarán, pasando y repasando en ejercicios gimnásticos á vuestrolado, sin haceros ningun daño ni inferiros ningun agravio, ántes diciéndoos mil gentilezas, resueltos á ser vuestros compañeros, como si toda la vida os hubieran conocido. La subida al Vesubio es temible por estas gentes. Si no llevais guía, contad con sus dicterios, con sus emboscadas, con sus silbidos é injurias, imposibilitados de hallar quien os señale una senda, quien os saque de un mal paso. Siempre me acordaré del pobre inglés sin guía que encontré cerca del cráter. Parecia un Ecce-Homo. Pero si usais guías, ya podréis creeros un maniquí verdadero. Os entregan un jaco que no podeis ni arrear ni parar á vuestro arbitrio. Llegados á cierto sitio, cuatro ó cinco se apoderan de cada uno de vosotros. Éste os echa una cuerda á la cintura, el otro os coge el brazo derecho, el de más allá el izquierdo; empléanse en fingir que quitan piedras del camino, en tirar de vuestro cuerpo como de un fardo, en desriñonaros con apariencia de sosteneros, hasta que llegados á la cima, despues de haberos consentido escaso reposo, pintándoos los riesgos de morir como Plinio, os arrojan en carrera vertiginosa desde el cráter, por una ladera toda cubierta de cenizas, como alma que se lleva el demonio á los profundísimos infiernos.

Y cuenta que, despues de haberse establecido el régimen constitucional, despues de haber penetrado las ideas y con las ideas las costumbres modernas, han desaparecido aquellos tradicionales lazzaronis que vivian casi desnudos sobre la arena, al sol, sustentándose de la corta pesca y de la larga limosna. La idea de que el pueblo no sea trabajador en Nápoles paréceme una idea falsísima. Gritan, cantan, gesticulan, vociferan, disputan, pero trabajan y trabajan con afan. Lo que hay, en medio de tanta luz, al influjo de aquella hechicera naturaleza, educados por la hermosura de los varios paisajes, sostenidos por la atencion de sus conciudadanos, como hijos naturales de la griega Parthenope, muchos poetas sin cultura que improvisan versos espontáneos cual la flora de los bosques y las selvas, muchos oradores que hablan con inimitable elocuencia del sentimiento y de la pasion. Las fuerzas no se agotan en esta eterna primavera. La sensibilidad no se gasta jamas en esta vida de emociones. Son sobrios como los antiguos griegos. Un puñado de higos, unas rebanadas de melon, pepinos, tomates y pimientos crudos, mariscos salados, forman la base de su alimento. Ignoro si serán ciertas las observaciones de un escritor inglés, el cual se queja mucho de que la patata ha disminuido la inteligencia de los pueblos meridionales haciéndolos linfáticos. Yo recuerdo en mi familia una vieja criada que murió hace tiempo en nuestro hogar, á losnoventa años, y que no quiso nunca comer patatas. Nuestro inglés le hubiera dado un premio, pues dice que esa fécula no es como los guisantes, como las habas, alimentos cargados de fósforo y aptos por ende al desarrollo de la vida cerebral, y que debe ser restaurado como en tiempo de Pitágoras, el cual encarecia las habas y las recomendaba como alimento casi religioso. Yo puedo decir que el pueblo de Nápoles tiene una gran sobriedad, y no es dado en ninguna manera ni al vino ni á los licores. Si un dia faltára la nieve ó el agua fresca, habria en Nápoles una verdadera revolucion. Parécense en esto á sus padres los antiguos griegos. Una de las más hermosas odas pindáricas tiene bellísima y lírica introduccion consagrada al agua.

Otra de las analogías que tiene el napolitano con el griego es la vida al aire libre. La perla no está unida á su concha, el espíritu á su organismo, la idea artística á su forma, como el napolitano á su ciudad. Apénas emigra. Necesita, para vivir, de aquella bahía, de aquellos muelles, de la sonrisa de aquel cielo, de la música de aquellos mares, hasta de las amenazas del Vesubio. El dia que volviese el volcan á encontrarse como se encontraba en tiempos de la República romana, extinto, creeria Nápoles que le faltaba algo para la vida, el sordo mugir en los oidos, la contínuaerupcion en los ojos, la nube blanquecina de humo en los cielos, el reflejo de la gigantesca antorcha en las tranquilas aguas. Así la naturaleza y el hombre se abrazan y en sus abrazos se confunden. Mucha miseria hay en Nápoles y muchos pobres. Pero no causa la miseria en Nápoles el pesar que causa la miseria en Lóndres. Un pobre de Lóndres lleva raidas, remendadas, mugrientas las vestiduras desechadas por las altas clases; un pobre de Nápoles, si apénas lleva vestido, tampoco lo necesita, abrigado por aquel aire tibio, bruñido por aquel sol vivificador. Un pobre de Lóndres necesita bebidas espirituosas, carne abundante, carbon para calentar su vivienda. Un pobre de Nápoles vive de los frutos que da el campo, de los peces que guarda el mar, vida fácil y sóbria. Al uno le están cerrados todos los grandiosos espectáculos de la ciudad, el club aristocrático, el teatro, los saraos de la nobleza, las expansiones contínuas donde se entra por altas cantidades, miéntras que al otro nadie puede quitarle la fiesta por excelencia de su tierra, la vista de los Apeninos, la erupcion contínua del Vesubio, el collar de colinas volcánicas que rodea como un aderezo de diamantes negros su ciudad, la florida y espesísima vegetacion, el mar celeste, el cielo cargado con su rocío de estrellas, la música de la onda en la playa, las islas que sacan su cabeza entre losesmaltes y los celajes del divino Mediterráneo.

Otra cosa he notado en Lóndres y en Nápoles. No hay pueblo donde la libertad haya echado tantas raíces como en el pueblo inglés, y no hay pueblo donde las clases sociales sean tan diversas y estén por tan profundos abismos separadas. Cuando veis uno de aquellos conductores de ómnibus, asentado con tanta solemnidad sobre su pescante, os parece ver en la majestad del continente, en la gravedad del aire, el primero de los lores sobre su saco de lana, presidiendo aquella cámara alta, que sólo ha tenido su igual ó su semejante en el antiguo Senado Romano. Y sin embargo, si la fisiología, si la naturaleza no señalan diferencias entre los aristócratas y los plebeyos, ¡cuántas, cuán grandes señalan las leyes! En cambio el plebeyo napolitano es plebeyo en toda la extension de la palabra; plebeyo por su orígen, plebeyo por su naturaleza, plebeyo por sus costumbres; y sin embargo, impone su voluntad, su opinion á los aristócratas, con los cuales se confunde por una mezcla felicísima de ligereza, de gracia y de dignidad personal, nacida del sentimiento íntimo de que en aquella naturaleza un hombre, por poco que trabaje, se basta siempre á sí mismo.

¿Conocéis algun pueblo moderno que haya sostenido por sí solo un teatro? Aquella intuicionestética de los pueblos en el siglo décimoquinto y décimosexto que creaba por sí misma un teatro y le infundia sus ideas, sus sentimientos, no existe ya en Europa. El teatro español nació, como el teatro griego, en una carreta, que iba de feria en feria, de fiesta en fiesta, seguida del pueblo; carreta sagrada como la de Théspis, sobre la cual flotaba el númen del pueblo. Poco á poco, desde que murió Lope, desde que se apagaron las centellas sobrenaturales del genio de Calderon y del genio de Shakspeare, el teatro dejó de ser el Auto religioso, dejó de ser el drama popular, para pasar á ser engendro de leyes académicas, sabroso pasto de aristocracias literarias. Hasta la guerra de los clásicos y de los románticos, en que éstos fingian representar el espíritu del pueblo, aquel espíritu que engendró los poemas homéricos y el romancero, no conmovió al pueblo, no llegó jamas á pasar de los folletines, de las revistas, de los bastidores y de las butacas. Pero Nápoles tiene su teatro, su teatro donde se ha ejercido en todo tiempo, hasta en los tiempos más nefastos, acre censura sobre las costumbres, y á veces sobre la política.

Es verdad que este teatro no puede tener carácter alguno literario, como escrito y representado en el dialecto local. Dialectos han sido las lenguas neo-latinas, dialectos del latin. Pero untrabajo de seis siglos llevado á término por genios de primer órden, sin darles la perfeccion absoluta del latin, les ha dado gran sabor literario, les ha convertido en lenguas clásicas. Este pobre dialecto napolitano ¡ah! jamas podrá aspirar á tanto. El protagonista de su teatro será siempre el pobre polichinela, primo hermano del Pasquino de Roma. Pero en su modestia, en su humildad indicará que hay amor á la literatura, amor á la vida y á la accion dramática en el pueblo que lo sostiene, y que gusta de sus salpimentadas alusiones, algunas veces verdaderamente aristofanescas. Cuando yo asistí á sus representaciones criticaban amargamente esos patriotas, que toman á Roma en el café, de silla á silla, entre sorbo y sorbo de granita, pero nada hacen por Roma y por Italia, ni en los comicios electorales ni en los campos de batalla. Aparte la política, sólo sostenida por alusiones, el drama versaba sobre costumbres populares y relacion de estas costumbres con la pasion de las pasiones, con el amor. De todos modos, era de ver cómo aquel pueblo seguia anheloso, extático, su propia imágen reflejada en la escena.

Tanto allí como en el gran teatro de San Cárlos, uno de los mayores y más hermosos del mundo, noté la parte que toma aquel público en los espectáculos. Su temperamento nervioso estalla á cada instante en manifestaciones tumultuosas, así de censura como de aplauso. El público es allí un actor, un verdadero actor. Su voz, y si no su voz su acento, su murmullo, acompaña á los actores como las olas del Pireo acompañaban al coro de la tragedia griega. Al mismo á quien ha aplaudido arriba con delirio, lo silba dos notas ó dos versos más abajo, sin piedad, con verdadero encarnecimiento. Una actriz sentiríase allí desairada si no atruenan sus oidos tempestades de aplausos, si no amenazan aplastarla lluvias de flores. Durante la representacion entera, la curiosidad del pueblo está viva y atenta. Con su indiferencia no conteis, no. Es un pueblo que ama ó aborrece. El crepúsculo de la crítica daña á su franca naturaleza de artista. Por eso ha sentido tanto. Y como ha sentido tanto, por eso ha cantado á su vez tanto y tan bien. Creedlo, cuando alguna vez os lleguen hasta el corazon tal romanza de Bellini, tal preludio de Cimarosa, tal aire de Passiello, hay en esas cadencias algun eco de la cancion griega, que el marinero entona en la isla de Capri, en el promontorio de Sorrento, al pié del Vesubio; como en las serenatas de Schubert y de Mozart hay algo de la cancion andaluza, y en la cancion andaluza algo del acento de la sublime cantata árabe, acompañada por el viento del desierto.

Y sin embargo, en mis observaciones de la ciudad que los griegos llamaron sirena, algo hay que me disgusta: el exceso de alegría ruidosa en su conversacion, el exceso de movimiento en sus gestos, el exceso de vértigo en sus bailes, el exceso de acompañamiento de los más discordes instrumentos en sus canciones y en sus tarantelas. Y muchas veces fatigado me subia á la cartuja á ver el cielo y el Mediterráneo, y á pensar en cómo se pierden y se desvanecen necesariamente las variedades de pueblos y de razas en la inmensidad de lo infinito.


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