LOS SUBTERRANEOS DE ROMA.
En Roma suspende y maravilla la ciudad que sobre la tierra se eleva; pero suspende y maravilla tambien la ciudad que en las entrañas de la tierra se esconde. Sobre aquellos muros mece el viento la hiedra y el jaramago; descubre la conciencia el ideal y la fe de otros siglos. Bajo aquellos muros, donde las sombras se espesan, donde la frialdad y la humedad de la noche se eternizan; por las cuevas y las grutas abiertas en las profundidades del suelo podrán correr ahora solamente los fuegos fatuos, producto de tantos huesos como allí amontonaron los tiempos; más han corrido en otros dias, solemnes para el espíritu humano, las ideas que vivificaron la conciencia de la humanidad y que esclarecieron y realzaron sus altares. Yo me dirigia con religioso respeto á los sitios consagrados por la veneracion de tantas generaciones; yo me dirigia con el espíritu henchido por multitud de ideas. Las campiñas romanas invitan á meditar sobre la fragililidad de los poderes más fuertes y sobre la inania de las mayores y más respetadas majestades terrestres.
De aquel pueblo, que llenaba el mundo, no se encuentra ni la sombra. De aquellas instituciones, que sostuvieron sobre sí el peso de tantos siglos, no se ven ni los restos. Algunos muros, algunos arcos, algunas columnas, inscripciones borrosas, sepulcros destrozados, mutiladas estatuas semejan los restos de un gran naufragio, los despojos de una inmensa tempestad. Yo comprendo allí, entre tantos destrozos, el misticismo que de algunas almas se apodera; el desprecio de este frágil mundo, en que todo se pierde, y se gasta, y se consume; la aspiracion al descanso de la muerte; la impaciencia generosa por la posesion de lo infinito en otro mundo ménos incierto y más duradero.
Yo mismo, que tengo las ideas de mi tiempo, que creo en la perennidad del Universo, que miro la muerte, no como el aniquilamiento, sino como la renovacion; yo mismo sentíame inclinado á ciertas melancólicas reflexiones, y me imaginaba oir, ya la trompeta del juicio sonando sobre los orbes desquiciados, ya las lamentaciones de los profetas gimiendo sobre las destrozadas ciudades.
Yo veia en los montes Apeninos, sembrados de ruinas, en las cordilleras de sepulcros diseminados por todas partes, en los arcos interrumpidos de los gigantescos acueductos, en las torres medio destrozadas como si las hubiera un rayo profundamente herido y desquiciado, en todos aquellos fragmentos de obras medio pulverizadas, algo de las grandes visiones apocalípticas, los restos de planetas esparcidos por las espaldas de los ángeles exterminadores en la soledad del espacio. La figura del tierno apóstol, que las artes plásticas han idealizado en las edades modernas; eternamente jóven como los dioses antiguos; elocuentísimo como los oradores helenos; semita que hablaba el lenguaje de Platon, y ponia el Verbo engendrado á la sombra del Pireo, entre los dogmas fundamentales del cristianismo; esta figura, que el Renacimiento ha realzado en sus cuadros y en sus estatuas, yo la veia allá, en Pátmos, entre el coro de las islas griegas, cuyos horizontes sonrien como la mirada de las sirenas; á la vista del azul Mediterráneo, henchido siempre de espíritu pagano y entonando en sus ondas, sembradas de corales, el antiguo himno clásico; yo veia esa figura ideal, mística como la oracion, dulce como la esperanza; yo la veia en el momento de recoger todas las iras de su raza proscripta, y trazar en el último apocalípsis el castigo de la prostituta Babilonia, miéntras los ángeles buenos y los ángeles malos combatian rudamente en losaires, y las piedras chocaban con las piedras en los planetas, y los muertos andaban buscando, roto el sudario y entreabierta la sepultura, sus carnes en las ruinas amontonadas, en el barro amasado con lágrimas y sangre, para presentarse al último juicio que ha de escuchar en el momento supremo de la boca de su Eterno Juez todo el Universo.
Íbamos á las Catacumbas, é íbamos entre montones de ruinas. La desolacion del paisaje no era, sin embargo, tan grande como la tristeza del alma. Desterrados, errantes, sin patria, nuestro pensamiento y nuestro corazon tenian tambien, guardaban tambien ruinas como aquel inmenso y volcánico suelo de las grandes desolaciones. Todo recordaba la muerte. Hubiéramos creido hallarnos en esferas, más que terrestres, infernales, si la naturaleza, con el rocío matinal que descendiera de los aires, con la verde hierba que se levantaba entre las junturas de las piedras, con las flores primaverales que coronaban la hierba, con las mariposas que se mecian sobre las flores, con las hojas tiernas recien brotadas de las yemas, con los nidos cincelados ya entre el follaje, no hubiera querido recordarnos en tibia mañana de Abril la perennidad de la vida y la eterna alegría de sus espléndidos festines.
¡Oh naturaleza! Inmóvil en medio del movimiento, una en medio de la variedad; empapada en el éter que la penetra por todos sus poros, y que forma como su atmósfera, como su espíritu; bajo la sucesion contínua de seres orgánicos que cambian y se trasforman, permanente é inmodificable; sujeta á la muerte y eterna; sujeta al límite é infinita; difundida en la inmensidad del espacio y concretada en seres orgánicos; desde los astros que irradian su luz por las esferas, á las flores que empapan con sus aromas los aires; desde los gases impalpables que se desvanecen, á las sólidas cordilleras que mezclan con sus ventisqueros, donde la nieve blanquea, sus volcanes, donde reluce el fuego central; desde la nebulosa que lleva en gérmen orbes infinitos, á los grandes y gigantescos mundos, ya cansados de bogar por los espacios; desde el grano de arena que la onda remueve, á las últimas estrellas de la Vía Láctea, cuyo resplandor tarda veinte mil siglos en llegar hasta nosotros, pobres desterrados adheridos á este pequeño planeta; en todo ese círculo, cuyo centro se halla, como dice la sabiduría moderna, en todas partes, y cuya circunferencia en ninguna, ¡ah! no sucede el aniquilamiento total ni de una sola molécula; no existe, no, la nada; sombra de nuestro pensamiento, aprension de nuestra poquedad, fantasma de nuestros sentidos, idea sin realidad, que las tristes limitaciones de nuestralógica y la incurable imperfeccion de nuestro lenguaje nos ha obligado á poner en el eterno océano de la vida. Es verdad que algunos astros se han apagado en nuestro sistema solar, como faunas y flores enteras han desaparecido en nuestra corteza terrestre; pero ni se ha extinguido el calor de la vida universal, ni ha cesado el crecimiento y el progreso de más perfectos organismos. Entremos, pues, en estas cavernas de ruinas, con el pensamiento puesto en la idea de lo infinito y el corazon puesto en la esperanza de la inmortalidad.
La más visitada de las catacumbas es la catacumba de San Sebastian; y la más digna de estudio detenido es la catacumba de San Calixto. Á unas cuatro millas hácia el Oriente de Roma, entre la Vía Apia y la Vía Ardeatina, bajo montones de escombros donde se encuentran toda clase de restos despedazados, junto á bosquecillos de cipreses que aumentan la tristeza y la solemnidad del paisaje, enciérrase la más vasta y la más bella de las necrópolis cristianas, refugio de los perseguidos, vivero de los mártires, descanso de los muertos, templo de los vivos, asamblea de aquellos audaces innovadores, que traian una nueva luz á la historia y un nuevo ideal á la vida. Yo aconsejo á todos cuantos me leyeren que no vayan á contemplar estos sitios, sagrados portantos conceptos, sin llevarse los libros, y sobre todo los planos, del célebre arqueólogo católico Rossi. Así como el explorador de los bosques de América, de la tierra del porvenir, penetra, de su cortante hacha armado, en aquellas selvas inexploradas, y derriba los árboles, y ahuyenta los reptiles, y arranca las enredaderas, y crea habitacion á la familia, espacio al trabajo, este arqueólogo, explorador de un mundo subterráneo, se sumerge en las sombras, en el asilo de las aves nocturnas, bajo vacilantes bóvedas, entre laberintos de grutas, expuesto á ser aplastado por un desplome de las frágiles paredes, á perderse para siempre en cualquier recodo de aquellas ciudades de tumbas, en aquel infierno de palpables tinieblas, confundiendo su esqueleto con los muertos que ha intentado arrancar al silencio de triste é ingratísimo olvido.
¡Cuántas veces la esponjosa toba llovia su menuda lluvia de arena sobre la frente de aquel hombre! ¡Cuántas veces un alud de piedras, de ladrillos, rodaba hasta sus plantas y le envolvia en espesas nubes de polvo, que embargaban toda respiracion á sus fatigados pulmones! ¡Cuántas veces perdia el derrotero en aquel inmenso laberinto, el norte en aquel océano de tinieblas, y se imaginaba haber perdido tambien toda salida, y haber topado con segura muerte por sed, porhambre! Pero á la incierta luz de mortecina lámpara, minero audaz del espíritu humano, buzo de los abismos del tiempo, leia la inscripcion trazada quince siglos ántes por uno de aquellos sectarios, que acababan de recoger en el Circo Máximo los despojos humanos, y confiarlos á la tierra, entre oraciones, cuyos ecos áun se oyen allí; entre lágrimas, cuyos vapores todavía no se han desvanecido en aquella atmósfera bendita.
Lo primero que pasma, cuando á los subterráneos se desciende, es el gigantesco trabajo empleado por los que abrieron, sin tener los medios mecánicos y químicos de nuestra civilizacion, aquellas ciudades subterráneas. Aunque se haya dicho que las catacumbas fueron abiertas en las canteras, su carácter especial, sus galerías sobrepuestas, pues hay hasta cinco pisos de tumbas; su disposicion, que tiene cierta regularidad, revelan un plan, perfectamente concebido y madurado, al cual se sometia y subordinaba la edificacion de estas celdillas, donde los grandes elaboradores del nuevo dogma depositaban la miel de sus ideas, que habia de alimentar á tantas generaciones. Hasta la naturaleza del suelo se estudiaba con detenimiento y con verdadera ciencia. Evitábanse las arcillas y gredas, las marismas, todo terreno que conservára fácilmente las aguas, y se cavaban los templos y los sepulcros en latoba granular, volcánica, más fuerte, más consistente, ménos accesible á la humedad, forjada por el fuego creador, y apta á todo género de construcciones duraderas. Mas era necesario preservar aquellos asilos, no solamente de los ataques de la naturaleza, sino tambien de las cóleras de los hombres.
Para conseguir este fin, buscaban los cristianos la sombra de las leyes. Y la ley romana protegia sobre todo y ántes que todo en el mundo los lugares consagrados á las sepulturas. El suelo que era propiedad de la muerte no tenía el movimiento de la vida. Vendida, legada, donada una propiedad, una finca, ni venta, ni testamento, ni donacion alcanzaban al sepulcro, siempre exceptuado, siempre en poder de las familias que allí guardaban las cenizas de sus deudos. Así podian abrir fosas profundísimas en el suelo, elevar monumentos á las alturas, y con el nombre de áreas adyacentes, unir muchos terrenos anejos al sepulcro, y como el sepulcro, sagrados. Los cristianos aprovechábanse para sus cementerios de estas garantías de las leyes, y señalaban un terreno cualquiera, y abrian galerías subterráneas, y depositaban allí los vasos de su culto, los muertos de su secta y de su familia. Una serie de áreas romanas constituia el núcleo verdadero de las catacumbas. Así, por el respeto supersticioso de lasleyes á la propiedad infiltrábase la oracion libre y el culto á los muertos. Los mismos emperadores que perseguian á los cristianos como creyentes, respetaban á los cristianos como propietarios. La propiedad colectiva, que era la propiedad cristiana de los primeros tiempos, tenía existencia legal en los códigos y amparo eficaz en los tribunales. Si hay confiscaciones como en los reinados de Valeriano y de Diocleciano, son confiscaciones pasajeras, excepcionales, interrumpidas, borradas pronto por una restitucion, que prueba la perennidad del derecho, como la restitucion de Galieno y de Magencio. Y sin embargo, el Imperio persigue las asociaciones ilícitas, y declara asociaciones ilícitas las asociaciones religiosas, que amenazan á la integridad de su vida amenazando á la integridad de sus dogmas. Y Roma, que reconociéndose epílogo y síntesis del mundo antiguo, admite en sus templos todas las divinidades nacidas en el seno de los pueblos asiáticos, Roma rechaza el Dios de los judíos, el Dios de los cristianos, sin duda porque los demas dioses son, como los suyos, dioses de la naturaleza, en tanto que el Dios cristiano y judío es el Dios del espíritu, que viene á sustituir á la verdadera y poderosísima diosa de la tierra, á la diosa Roma. No obstante este ódio, comprobado por tantas persecuciones, respetábase toda asociacionbenéfica que tuviese por objeto enterrar á los muertos, orar por los muertos: no se le preguntaba por su dogma religioso cuando se la veia reunirse para prestar culto á la inmortalidad. Bajo tal respeto á la muerte se anidaban los cementerios y los templos.
Y cuenta que el cementerio cristiano exigia verdadera amplitud. Los romanos quemaban sus muertos, y recogian las cenizas en vasos de mármol ó de pórfido; miéntras los cristianos, que creian, no sólo en la inmortalidad del alma, sino en la resurreccion de la carne tambien, guardaban los cadáveres íntegros en el fondo de las sepulturas. Así las ciudades de los muertos alcanzaban proporciones tan colosales como las ciudades de los vivos. Así bajo los arcos de triunfo, bajo los circos llenos de magnificencia, bajo los templos donde se congregaban los dioses que se creian eternos, bajo los palacios donde reinaban los césares, que se creian omnipotentes; á los cuatro puntos del horizonte, extendíanse verdaderas ciudades de sepulcros, con sus calles, con sus encrucijadas, con sus plazas; ciudades de la muerte, que, sin embargo, avivaban en sus sepulturas un nuevo espíritu, el cual habia de matar á la antigua Roma, y animar sobre sus restos otra civilizacion.
Nótase una diferencia entre las catacumbasdel sigloIy las catacumbas de los otros siglos; del sigloIIIpor ejemplo. Aquéllas eran más hermosas y estaban más ornamentadas. Empleábanse en el sigloIlos mármoles con frecuencia; los estucos brillantes, los colores vivos, los relieves artísticos, los frescos dignos de figurar junto á los frescos de Pompeya, las inscripciones clásicas con retumbantes y nobiliarios nombres de familias aristocráticas, los sarcófagos monumentales, todo construido, todo hermoseado por aquellos artistas, un poco paganos, es verdad, que llevaban todavía en sus pinceles y en su cincel artísticos todos los jugos de las inspiraciones clásicas; pero que representaban el tránsito de un término á otro término de las ideas, y de una época á otra época de la historia. Así es la vida. Las revoluciones más trascendentales se apartan tímidamente de su orígen y se agarran á las instituciones mismas que van á destruir. La Iglesia, aunque nace bajo la maldicion de la sinagoga, recoge y consagra los libros, usa y difunde el lenguaje de la sinagoga. El cristianismo, aunque crece entre las persecuciones de los paganos, copia sus símbolos y santifica sus artes. La filosofía, aunque huye y se aparta de las ciencias teológicas, consagra muchos de sus apotegmas y encierra las fórmulas racionalistas en la terminología de las antiguas escuelas. Los pintores místicos dela Edad Media tienen su progenie en los pintores de las catacumbas. Aquí está la brillantísima genealogía de Cimabue y de Fra Angellico. Aquí la paloma, que servia en la antigua pintura para acompañar á Vénus, sirve para anunciar, con su ramo de olivo en el pico, la promesa de la resurreccion. Quizá no esté tan bien dibujada, tan bien cincelada como la serena paloma griega que ha construido su nido entre los mirtos, los lentiscos, y que ha acompañado con sus arrullos los himnos de los templos helenos; pero en cambio ha pasado bajo las blancas alas de la paloma cristiana, por todo su cuerpo demacrado, el relampaguear sublime de nuevo espiritualismo. Así es el alma humana. Cree el sentido comun que se ha transformado, que ha crecido por súbitas y milagrosas revelaciones, cuando se ha transformado, cuando ha crecido por un trabajo interior, perseverante, eterno, que ha elaborado lentamente las nuevas creencias, los nuevos dogmas; alimento de tantas generaciones, atribuido en los arrebatos del corazon y de la fantasía á milagros de los profetas, de los ángeles, de los reveladores, no de otra suerte que el artista, el poeta, atribuye á la sonrisa de la casta Musa, escondida en los pliegues del aire, en los arreboles del cielo, la inspiracion que á raudales brota de su propia alma.
Pero, como las catacumbas de los tiempos apostólicos son más bellas y más ricas que las catacumbas de los tiempos posteriores, cuando ya se habia difundido el cristianismo, yo no puedo atribuirlo á lo que lo atribuye el Conde de Richemont en su erudito libro sobre la primitiva arqueología cristiana; yo no lo atribuyo á que las clases más nobles pertenecieran á la religion más nueva. No. La historia desmiente este aserto. La fuerza misma de la asociacion cristiana obró las maravillas de las primeras catacumbas. Los artistas, que pertenecen siempre á lo pasado por la poesía de los recuerdos, á lo porvenir por la poesía de las esperanzas, fueron tocados en el corazon por la nueva fe, y expresaron sus sentimientos en la soledad de las catacumbas. La misma insignificancia de la secta perseguida sirvióle de incontrastable escudo contra los perseguidores. Los primeros césares temian á los estoicos, cuyo sentido humanitario contrastaba la idea fundamental romana, la idea de la superioridad incontestable de la gran ciudad; pero no temian á los cristianos, confundidos con aquellos judíos que trajeran cautivos de la toma de Jerusalen, y que arrojaban con menosprecio á las fiestas del Circo, para que sus combates, sus agonías, sus estertores, su muerte, sirviesen de solaz al hastiado pueblo.
Cuando el cristianismo creció, como en el sigloIII; cuando el número de sus iglesias aterró á los que veian arruinarse en la soledad y en el abandono los paganos templos; cuando coincidieron con estas tendencias de los espíritus á separarse de la antigua fe, tendencias de los pueblos á separarse tambien del antiguo Imperio; cuando entre tantas ruinas morales y materiales se dibujaban como bandadas de cuervos, viniendo á lanzarse hambrientos sobre un cadáver insepulto, las irrupciones de los bárbaros, que ponian espanto con los aullidos de sus gargantas, y la vibracion de sus armas, y la ferocidad de sus instintos; los últimos romanos atribuyeron sus desgracias á los primeros cristianos, los cuales, perseguidos, acosados, como una nueva fuerza más que como una nueva idea, se refugiaron en catacumbas abiertas de prisa, enlazadas con las viejas canteras, sin pinturas ni relieves, porque no eran, no, templos de religiosos, sino madrigueras de fugitivos.
Habiamos ido desde las catacumbas de San Sebastian á las catacumbas de San Calixto. En las primeras nos condujo rápidamente un fraile, guiándonos, vela en mano y largo recitado en labio, por aquellas cavernas. En las segundas nos acompañó un guía laico, mucho más instruido y mucho ménos presuroso, cuyas noticias parecianmás bien aprendidas en experiencia propia que en ajenas recitaciones. La oscuridad era grande, completo el silencio. Pareciamos descendidos de las tempestades superiores de la vida á las espesas sombras de la muerte. Nos internábamos, y nos internábamos mucho. Si la luz que nos guiaba se hubiera extinguido, ¡cómo saliéramos nosotros del abismo! Y sin embargo, ¡qué reposo! ¡Qué especie de tranquilidad en aquella region de la muerte! Los fugitivos que allí se escondieron dominaron al mundo. Las ideas que allí se plantáran cubrieron con su benéfica sombra, por espacio de muchos siglos, los altares, los templos; alimentaron con su calor las conciencias; sostuvieron el corazon humano con sus esperanzas.
¡Quién, al ver las dos sociedades, no hubiera dicho que la subterránea estaba destinada á desaparecer, y la superior, la que al aire y á la luz se esperezaba en el placer y en el vicio, destinada, por su falso brillo, por su poder aparente, por la fuerza que fingia, por los cortesanos que la cercaban, á durar siglos de siglos! Arriba los césares, el Senado ceñido de laureles, el ejército, en cuyas armaduras relumbraba el sol de las batallas; los sacerdotes, que eran oráculo de lo pasado y nuncios de lo porvenir; los cortesanos en legiones innumerables, los esclavos en la ergástula, los gladiadores en el circo, los arcos de triunfo, los monumentos colosales, los obeliscos, testigos de tantos siglos y despojos de tantas batallas; miéntras que abajo sólo habia sectarios oscuros, débiles, soñando con una redencion moral en medio del envenenamiento de las costumbres, teniendo por toda fuerza sus oraciones, por toda victoria sus martirios. Arriba los templos eran magníficos, rodeados de prados y jardines, donde cantaban en pajareras várias aves innumerables; precedidos de vestíbulos de mármol; ornados de maravillosas estatuas, debidas al cincel que trasmitiera á las inertes frias piedras todo el calor, toda la vida del alma; convertidos en museos de antigüedades por la conservacion de las espadas que esgrimieran los primeros héroes, y de los trofeos que encontráran, así en las ciudades como en los campos, los primeros conquistadores; miéntras que abajo, en las sombras, junto á estos milagros del arte, junto á estas maravillas de la historia, el sombrío templo cristiano, abierto como las madrigueras de las alimañas salvajes, ornado sólo por algunas humildes figuras, que simbolizan el dolor, amenazado por la crueldad del despotismo, avivada y recrudecida en las embriagueces de la orgía.
¡Quién hubiera dicho que habian de triunfar estos humildes sectarios! Asombra ver cómo seburlaban de ellos los más aplaudidos escritores de la antigüedad. Luciano ha dejado entre sus inmortales escritos la carta burlesca sobre un mártir cristiano llamado Peregrino. Este desdichado se figuraba que era inmortal, y que, por ende, habia de vivir perpétuamente. Despreciaba, en consecuencia de esta fe, los tormentos y pedia la muerte. Como el sofista crucificado habia persuadido á los suyos de que todos los hombres deben tenerse por hermanos, ponian sus bienes en comun, y, víctimas de la ignorancia, caian en manos de los más codiciosos ó de los más hábiles. Coronaban todas sus insensateces con la magna insensatez de morir en las llamas. De tan acerba manera juzgaba á los renovadores del mundo un escritor de talento, un filósofo de elevadas ideas, un satírico de primer órden. Y eso que sentia el hielo de la muerte discurrir por las venas de la antigüedad. Y eso que los dioses del pagano culto y los filósofos de la griega ciencia merecian todas sus despiadadas burlas. Y eso que debia sentir en el fondo de su alma conturbada la necesidad de la renovacion.
Pues aquellos fanáticos en creencias, supersticiosos por temperamento, recluidos en tinieblas, creyentes en el sofista crucificado; los predicadores insensatos, los sectarios apasionados, los débiles, los pobres, los ignorantes, eran, despuesde todo, los llamados á despertar, esparciendo la llama viva del espiritualismo sobre su frente, al mundo ébrio y corrupto, que emponzoñaba con sus orgías y con sus vicios, no solamente la conciencia humana, sino la misma naturaleza material.
¿Qué fuerza tenian, qué fuerza? ¿Armas? Su palabra. ¿Riquezas? Su fe. ¿Poder? El de su resignacion al sufrimiento. ¿Legiones? Las legiones de los mártires. ¿Propiedad? La de sus tumbas. Lo que tenian realmente, era una fuerza que es incontrastable, un arma que no se mella nunca, una riqueza que no se pierde, una propiedad que no se acaba: la misteriosa luz sin noche y sin ocaso, el vívido fuego que vivifica y no quema, el alma inmortal de la naturaleza, el motor de la sociedad, el aire en que perpétuamente respiran las almas; la idea, uniendo á ella el sentimiento, que ha recibido de los cielos el dón de los milagros; la fe viva, profunda, en esa idea. Los vencidos vencieron, los proscriptos reinaron, los muertos fueron dispensadores de la vida, los débiles domaron con sus manos, traspasadas por los clavos de la cruz, la salvaje fiereza de los bárbaros, y su ideal maldecido se transformó en el sagrado lábaro de una nueva vida.
Imposible que estas reflexiones no asalten y no posean con fuerza á cuantos vayan por aquel inmenso laberinto de calles subterráneas. Son los surcos donde se plantaron los gérmenes de las ideas cristianas. Allí estuvieron largo tiempo, guardados de la persecucion, como la semilla del trigo bajo los hielos del invierno. Allí brotaron á la luz. Los mártires de una idea progresiva resucitan siempre. La obra que construyen no se interrumpe, aunque lo parezca á nuestra mezquina vista, incapaz de abrazar en su conjunto, como el Universo material, el Universo moral. Nosotros, ajenos á toda enemiga contra ninguna de las ideas que han contribuido á la educacion de la humanidad, hijos de este siglo eminentemente sintético, mirábamos y admirábamos enternecidos el lugar donde se fraguó la gran revolucion moral contra los excesos del sensualismo antiguo. Los signos epigráficos, las figuras medio borradas, los jeroglíficos esculpidos en las piedras tumulares, las imágenes sagradas de aquellos tiempos nos trasportaban á su tempestuoso seno. Parecíanos oir la salmodia religiosa medio reprimida por el terror; ver la llegada de los que traian los restos de los mártires recien cogidos en el espoliario del Circo, para depositarlos en las urnas, y alzar al pié de estas urnas el pequeño altar donde ardia la mística lámpara. Ya pintados al fresco, ya esculpidos en las piedras, veiamos el pescado milagroso, que representaba alSalvador; las áncoras, símbolos de la esperanza; el cayado y el odre del buen pastor; el cordero resignado al holocausto; la nave de la Iglesia desafiando todas las tempestades; la viña mística, cuyos racimos y cuyos sarmientos llenaban la tierra; la mujer divina deslizándose sobre las aguas del mar con su niño entre los brazos y la estrella sobre la frente; la cena en que se repartia el pan eucarístico entre los primitivos cristianos, cena frugal, alimento del alma, protesta viva contra las orgías del Imperio; la resurreccion de Lázaro, saliendo rejuvenecido, hermoseado, de su sepulcro, merced al Verbo divino, que cayera sobre sus huesos y lo despertára á la nueva vida, como la doctrina evangélica al Viejo Mundo.
No puedo yo entrar en las controversias artísticas que han suscitado los eruditos fundadores de la arqueología cristiana. No puedo decir si, como quiere M. Raul Rochette, estas pinturas se han inspirado en el arte antiguo, ó si han espontáneamente nacido de la nueva fe, como quieren el caballero Rossi y su erudito comentador frances, que en otro lugar he citado. Hame sucedido como á éste; no he visto el cielo que veia Ozanan en los ojos de las orantes. No he visto ni siquiera la expresion espiritual de las tablas de la Edad Media en los frescos de las catacumbas. He visto que los rostros tienen algo de la impasibilidadinconmovible de la pintura antigua. Pero se observa que el arte no está en la serenidad clásica, en aquella compenetracion de la forma y del fondo, que le daba un carácter olímpico. Algunas gotas de plomo derretido han abrasado aquellas carnes. Algunos relámpagos de un ideal infinito han pasado por aquellos ojos. Las formas se retuercen de dolor, y los labios suspiran de nostalgia. Son las larvas misteriosas de donde saldrán, en la sucesion de los siglos, los ángeles de Fiessole, los mártires de Fra Bartolomeo, las Concepciones de Murillo, las Vírgenes de Rafael. Así el pintor que contempla estas figuras simbólicas, puede ver en ellas, extasiado, los primeros blasones de la genealogía del arte moderno, de ese arte pictórico en que hemos superado á los antiguos.
Pero ¡ah! cristianos ó filósofos, adictos á lo pasado ó adictos á lo porvenir, hombres de fe ó de ciencia, cuando penetrais en aquellos abismos, cuando caeis en aquellas tinieblas, cuando columbrais los borrosos frescos ó palpais los sacros relieves, sentís discurrir por vuestras venas un estremecimiento de terror, como el que produce siempre la contemplacion de lo sublime. En mí confieso que todos los sentimientos y todos los recuerdos de la infancia se levantaban como en tropel y me poseian, como si la primera fe áun estuviese viva. Recordaba yo la humilde iglesia demi lugar con sus fiestas religiosas; la Vírgen-Madre entre nubes de incienso y acentos del órgano; las procesiones que salian á bendecir los campos en las mañanas de Mayo, cuando las amapolas alzaban sus corolas entre los trigos, y las zarzas se cubrian de rosillas; el cántico de las letanías, repetido por innumerables voces; los acentos de la campana, difundidos en los aires, llamando á la oracion, miéntras los últimos resplandores del dia espiraban sobre las crestas de los montes, y las primeras estrellas de la tarde nacian en la inmensidad de los desiertos cielos.
Mas cuando estos sentimientos del corazon dejaban espacio á las ideas, yo veia el poder de una nueva creencia, que aparece en momentos propicios, en el momento de una muerte irremisible de la antigua fe. Este sentimiento no os deja ni un momento cuando vagais por aquellos subterráneos, cuando á vuestros mismos ojos pareceis cadáveres ambulantes en aquellos inmensos panteones. La oscuridad, la lobreguez, el silencio, si por mucho tiempo se prolongan, os fatigan, os hielan, os petrifican. Necesitais el aire tibio, la luz, la luz sobre todo. Así, cuando salimos de las catacumbas, y respiramos en la atmósfera de la campiña latina, y contemplamos el sol centelleando en las nieves del Apenino, y olimos el aroma de las hierbas humedecidas, de las floresrecien brotadas, y escuchamos el piar de los pajarillos que abrian sus gargantas en los nidos al alimento y á las caricias maternales, miéntras las golondrinas subian á los cielos y el ruiseñor gorjeaba en las vecinas enramadas, no pudimos ménos de bendecir á la Naturaleza, que ofrece un teatro eterno á todas las tragedias, y páginas infinitas á todas las epopeyas de la historia.