LA BELLA FLORENCIA.

LA BELLA FLORENCIA.

Un aleman me decia este verano, con poco respeto en verdad á mi entusiasta amor patrio, que así como sólo hay dos naciones en la historia de la Europa antigua—Grecia y Roma—sólo hay dos naciones en la historia de la Europa moderna—Alemania é Italia—porque ésta ha traido el pontificado y aquélla el Imperio; ésta el arte y aquélla la ciencia.

En vano le mostraba yo el poderío de Inglaterra, su comercio abrazando el orbe, sus naves dominadoras de las olas, el espectáculo de sus libertades en contínuo crecimiento, y el sentido práctico que ha llevado á la vida y á la ciencia; en vano le recordaba que Francia fué el verbo de la civilizacion moderna, que su palabra ha desatado las tempestades, pero tambien ha encendido la luz, que la levadura democrática por ella mezclada á nuestro sér ha penetrado hasta en los duros huesos de sus enemigos los alemanes; en vano le hablaba de España, de nuestro sueloprovidencialmente destinado á ser el anillo entre el Océano y el Mediterráneo, entre el viejo y el nuevo continente, de nuestra raza sintética que tiene cualidades del semita y del indo-europeo como del germano y del latino á un mismo tiempo, de nuestro cielo que ha engendrado los pintores más realistas como Velazquez y los poetas más idealistas como Calderon, de nuestro pueblo que ha escrito en la fantasía el poema del Romancero y en el espacio el poema de la guerra por la Independencia; de nuestro genio que, como Dios, ha creado un mundo. El aleman continuaba diciéndome: desengañaos, no hay más que dos naciones en la historia moderna; Alemania, que nos ha dado la filosofía é Italia, que nos ha dado el arte.

Dejé con su tema al loco sin recordar ni Averroes, ni Abelardo, ni Santo Tomás, ni Vives, ni Descártes, ni Pereira, ni Raimundo Lulio en demostracion de que tambien tenemos nosotros los latinos filosofía, y me consagré á contemplar algunas dias esta Italia de la cual debo pronto separarme para volver á mi hogar y á mi patria. Su geografía os revela en seguida su grandeza. Colgada de los Alpes que la coronan de nieves diamantinas y de celestes lagos; atravesada por caudalosos rios que siembran en sus venas asombrosa fecundidad, tendida entre el mar Tirreno y el mar Adriático que la refrescan con sus ondasy con sus brisas y le dan seguros puertos para las naves del Oriente y del Occidente de Europa; estrecha, larga, brillante como una espada cuyo pomo penetra en el corazon de nuestro continente y cuya extrema punta, se acerca al continente africano; unida por el coro de sus islas, por Sicilia, á Grecia, al mar de la Jonia, al Asia; y por Cerdeña, al Occidente, á Francia, á las Baleares; cercana á las Galias, cercana á las tribus germánicas, cercana á Viena, y á París, y á Constantinopla, y á Ginebra, no hay duda; esta península habia sido destinada en las leyes de la naturaleza, en los secretos de la Providencia, á civilizar el mundo.

Pero entre todas sus ciudades ocupa lugar preminente Florencia. No busqueis aquí el espacio amplísimo, el carácter moderno, el ruido y la animacion de Milan; no busqueis la voluptuosa hermosura de esa bacante de las ciudades, ébria de goces, tendida sobre su campo de mil colores, ardiente como sus volcanes, de esa ciudad que se llama Nápoles; no busqueis la oriental poesía de Venecia con sus lagunas que reverberan en mil matices la luz, con sus mares que os cantan el himno clásico de las playas helenas, con sus islas sembradas de jardines, con sus edificios de mármoles y de mosaicos que parecen edificios de corales y de cristal de roca, teñidos por el íris delAsia: Florencia es grave, severísima, austera, como conviene á una ciudad etrusca. Sus piedras de construccion enormes, colosales, sin ningun pulimento, parecen rocas amontonadas; sus largas galerías de columnas oscuras, de bóvedas severas, parecen claustros; sus palacios coronados de almenas, con sus torres y sus castillos fuertes, parecen fortalezas; sus iglesias parecen panteones; sus blancas estatuas, resaltando sobre estos fondos de sombras, parecen muertos revestidos con el albo inmaculado sudario de la inmortalidad y de la gloria.

Y sin embargo, Florencia tiene tambien muchas joyas, muchas preseas de arquitectura armoniosa, muchos monumentos que cantan. Tiene la logia de Orcagna, donde se reunia este pueblo de artistas á departir sobre los hechos políticos, verdadero museo al aire libre, como una plaza de Aténas, con esculturas que han venido de la antigua Grecia, con grupos como el robo de las Sabinas de Juan de Bolonia, que acusan todo el furor y todo el ímpetu de una raza de atletas; con estatuas como el Perseo de Cellini, que es la efigie verdadera de la victoria del Renacimiento. Tiene elcampaniledel Giotto, la torre que Cárlos V queria poner bajo un fanal, torre semejante á un juguete de joyería abierta por sus altas ojivas y sus menudas columnas al aire y á la luz, cincelada como un vaso de oro y plata, resaltando con sus mármoles de varios matices, junto á la rotonda de Santa María de las Flores, como incomparable columna que no acabais jamas de mirar y de admirar, por lo ligera, por lo graciosa, por lo aérea. Tiene, finalmente, aquellas puertas de Guiberti, que no podeis comprender cómo se han cincelado en la Edad Media, por el friso de flores y de aves que parecen brotar del seno mismo de la naturaleza; por la perfeccion del dibujo, que parece pertenecer á la edad rafaélica; por la amplitud de las perspectivas, que creeriais fondos y horizontes de los cuadros venecianos; por la agrupacion de los personajes y de las figuras, que son obras de la madurez del juicio refrenando á la impetuosidad de la inspiracion; por aquellas estatuitas, tan serenas, tan armoniosas, tan bellas, que llevan en su frente la alborada de un nuevo dia del espíritu humano, y en sus labios el vagido anticipadísimo de un nuevo mundo engendrándose en las próvidas entrañas de los futuros tiempos.

Pero, aparte de estos monumentos, Florencia es ciudad de un gusto austerísimo, del cual podeis formaros idea con sólo recordar los caractéres capitales de la arquitectura toscana. Sus palacios no tienen pórticos, sus columnas no tienen adornos, sus piedras no tienen aquella blancura de marfilque tienen las piedras de la catedral de Milan, y mucho ménos aquellos colores de íris que ostentan los edificios de Venecia, con escalinatas de mármol, paredes de ladrillo-rosa, columnas y chapiteles de jaspe, mosaicos de cristales al aire libre, cúpulas y torres coronadas por estatuas de bronce con aureolas de oro. Aquí todo es grave, sencillo, sólido, majestuosísimo, sobrio, y al mismo tiempo elegante. Diríase que ni Roma, ni Grecia, ni los lombardos, ni los godos, ni los franceses, ni los alemanes, ni los españoles, ni todas las irrupciones desatadas sobre su privilegiado suelo han podido arrancar las hondas raíces del antiguo genio etrusco.

Lo que verdaderamente hay de gracioso en Florencia es la campiña. Bajo todos aspectos me parece admirable. No tiene la riqueza vegetal de nuestras vegas de Valencia, de Granada y de Murcia. No veis el nopal gigantesco, ora cargado de amarillas flores, ora de grandes frutos, y siempre erizado de espinas, que mezcla sus pesadas hojarascas con el agudo y bronceado cactus del áloe, sobre el cual se levanta una especie de áureo candelabro de várias ramas terminadas por flores semejantes al girasol puesto hácia arriba, mirando al cielo. No veis mezclados, confundidos, los naranjales con los granados, de blancas y olientes flores los unos, de rojas flores los otros, que danuna fiesta á los ojos, sobre todo si entre ellos se lanza erguida á lo infinito la palmera del desierto con su sombría y severa corona y sus racimos de ámbar. Aquí la vegetaciones ménos lujosa, pero no ménos bella. Junto al oscuro olivo, el claro moral; junto al verde pino de gigantesca copa, el negro cipres formando melancólicas pirámides; junto al umbroso y esférico castaño cargado de erizos, el gallardo álamo de Lombardía soportando el feston de sus parras entrelazadas en caprichosas é interminables guirnaldas; al pié del secular nogal, ciruelos, perales, albaricoqueros, melocotoneros; por todas partes verjeles sin término, viñedos sin número, jardines floridos en todo tiempo, una vegetacion que convida con su gracia y con su alegría á la felicidad de respirar y de vivir. Pero esta vegetacion fuera uniforme si estuviese, como la espléndida y viciosa de Lombardía, tendida en espaciosísima llanura. Aquí el terreno es quebrado; las montañas de Umbría con sus matices de azul oscuro al Este, las cordilleras del Apenino al Oeste, en las cuales predomina el matiz morado; por el fondo los valles del Arno á cuyas dos orillas se elevan como un grandioso intercolumnio, en forma de rotondas y de pirámides, arquitecturales colinas separadas por verdes y floridas cañadas, que riegan varios arroyuelos, pero colinas todas graciosas, rientes, llenos sus costados de granjas, de quintas, de jardines, de huertos, y sus cimas coronadas por iglesias, monasterios, palacios, torres, castillos, que medio muestran y medio esconden sus muros entre bosques de cipreses y de pinos, los cuales con sus fuertes contrastes en el color y en el dibujo dan al paisaje indescriptible armonía.

Sobre las bellezas naturales de estos montes y de estas colinas resplandecen las bellezas históricas en Toscana. Ahí está, en montecillo cónico, al Nordeste, sobre verjeles y jardines, la celda del místico pintor que trazaba sus vírgenes de rodillas y que habia visto y oido por un milagro de fe en los arreboles de su inspiracion santísima, los ángeles del cielo. Regada por estas fecundas aguas del Arno se levanta la casa paterna de aquel genio extraordinario que fué ingeniero y matemático y pintor y arquitecto y físico y geólogo y escultor y médico y filósofo, como si el espíritu humano, ese mar infinito, se hubiera subido á una sola cabeza. Ahí se descubre, entre colinas umbrosas donde las flores brotan á millares, el delicioso jardin nunca bastante alabado en que el gran satírico, el comentador del Dante, viendo á sus piés Florencia entregada á todos los horrores de la peste, se entregó al placer, á la risa; y fundó entre beso y beso, trago y trago, carcajada y carcajada, acompañado de dos corosde bellas damas y cumplidos caballeros, en su centon de cuentos inmortales, aunque obscenos, la prosa italiana. En estas arenas trazaba sus figuras, sus bocetos primeros, el niño misterioso, el pastor inspirado, que llamaban de consuno la naturaleza y la historia desde su profunda oscuridad á entrar en el cielo del arte, á ser el padre de la pintura cristiana, á desceñir las vírgenes y los santos de la angosta túnica bizantina. En la nieve que caia sobre estos jardines amontonada por los muchachuelos florentinos durante sus ruidosos juegos modelaba las colosales figuras que habian de indicar en los caminos del progreso la transfiguracion de la humanidad el escultor del David y del Moises y de la Noche. En las encrucijadas oscuras de esas calles florentinas, en los largos muros de esas pesadas casas, se dibujaba la sombra siniestra de aquel que tenía en su mente todas las promesas del cielo, en su corazon todos los dolores del infierno, en su sér, único y solitario en las edades, sin que le abrumára, el peso colosal de la epopeya católica. El bronce de las puertas de Florencia señala el perfeccionamiento de la escultura; el yeso de sus altares, resplandecientes de colores y matices varios, cielos del espíritu, espacios de la humana creacion, señalan el perfeccionamiento de la pintura. Á la sombra de estos pinos, al rumor de estas aguas, al pié de estas colinas, el genio de la antigüedad sacudió el sueño de quince siglos y reanudó el hilo interrumpido de la historia y restituyó sus olvidados derechos á la naturaleza convirtiendo en hombres los penitentes de la Edad Media. En sus pórticos, en sus intercolumnios, coronada por sus laureles, reanimada por su luz y por su color, se elevó de nuevo al cielo el alma de Platon destilando la miel del Hibla para contrastar el acíbar que habian mezclado á nuestro pan los horrores del feudalismo y de la teocracia. En su genio flexible, en su agudeza ática, en su finura incomparable, en su historia dramática cual ninguna, encontró aquel escritor, de todos los políticos maldecido y de casi todos aprovechado, las profundas observaciones sobre las desgracias y las penas y las calamidades sociales. Sus piedras, amontonadas por el genio de la arquitectura, sustituyen á la mística ojiva el triunfal arco romano. Sus monumentos ven las agitaciones de una democracia tempestuosa y serena al mismo tiempo, con rasgos de héroe y temperamento de artista, una democracia como la democracia ateniense, capaz de vencer en el gimnasio, en el combate, en el taller y en la escuela. En su seno se juntaron por un momento la Iglesia de Occidente con la Iglesia de Oriente como si hubiera logrado la moderna Florencia resucitar el poder de la antigua Roma y restaurar á lo ménos la unidad moral de la moderna Europa. En sus plazas se oye todavía la voz del fraile que logró fundar una república sin más gobierno que el invisible gobierno de Cristo. En sus altísimas torres se dibuja la colosal figura de aquel genio que reveló al mundo los secretos del cielo, que probó con el péndulo el movimiento del planeta, que escrudiñó con el telescopio las estrellas, y que vino á morir bajo el trasparente cielo de Florencia y á tener en el seno de esta ciudad única, el sepulcro de sus huesos y el templo de su gloria. Aquí, aquí, el jóven sublime, el Dios inmortal de las formas plásticas, el que revistió á la figura humana con la belleza griega, volviendo de la Umbría su cuna, de Siena, su segunda escuela, dejó para siempre los terrores místicos que daban rigidez á sus figuras, entró de lleno en el regazo de la humanidad y de la naturaleza, engendrando en su cerúleo pensamiento esas vírgenes, realizacion maravillosa del tipo eterno de la hermosura perfecta.

¿No os habeis detenido algunas veces á contemplar en la historia el destino de las ciudades? La materia cósmica se halla extendida, espaciada, difusa en la inmensidad. Pero algunos puntos, algunos núcleos la reunen, la condensan, y en soles, en mundos, en aerolitos, en cometas, la irradian, la revelan, como diciendo: «Hé ahí laluz.» Así están las ideas en la conciencia humana, esparcidas, espaciadas, difusas, impalpables, y algunas ciudades las recogen, las condensan y hacen con las ideas lo que los astros con la luz, revelarlas, difundirlas, embellecerlas. Babilonia es la ciudad de la astrología y de la magia; Jerusalen es la ciudad de Dios; Aténas es la ciudad de la filosofía y del arte; Tiro es la ciudad del trabajo y del comercio; Roma es la ciudad de la política y del derecho; Alejandría es la ciudad que une la teología judaica con la ciencia griega para llevar el filtro de todas las ideas al seno del cristianismo; Aquisgran es la ciudad del Imperio carlovingio; Córdoba es la ciudad que revela en la noche de la teocracia la antigua filosofía y las nuevas verdades, el aristotelismo y la química; Ausburgo es la Nicea del protestantismo germánico; Ginebra la escuela religiosa de los republicanos del Nuevo-Mundo; Washington, nacida ayer, la estrella de la democracia universal; París, á pesar de su ancianidad y de sus viejas tradiciones, la capital de la Revolucion.

Florencia, que ha vivido durante largos años entre tempestades de ideas y combates homéricos en su inquieta democracia; y ha puesto el cincel en las manos de Andres de Pisa y de Guiberti para que esculpieran las puertas del nuevo paraíso; y ha dado á Lúcas de la Robla el dulce crepúsculo dehelenismo y de cristianismo para que en él brillaran sus lucientes figuras de porcelana; y ha revelado la anatomía del cuerpo humano y la fecundidad de la naturaleza á Donatello; y ha llevado en sus entrañas, sin estallar, al Titan de las artes, al sublime Miguel Ángel; y ha cincelado el oro recien traido del Nuevo-Mundo con el mágico estilete de Benvenuto; y ha inspirado á Brunelleschi, el cual puso montañas sobre montañas, como los antiguos cíclopes, para crear la severa arquitectura moderna; y ha sido escuela á un tiempo de Cimabue, el último de los bizantinos, y de Giotto, el primero de los pintores, y templo donde Fra Angélico dibujó sus vírgenes y sus ángeles nacidos de una inspiracion sin mancha y dotados de una vida sin pecado, y academia donde tienen altares desde las graciosas figuras del Sarto hasta las colosales de Fra Bartolomeo; y ha prestado al Dante sus terrores, al Boccacio su risa, al Sansovino su armonía, á Maquiavelo sus cóleras, á Pico de la Mirandola su saber, á Rafael su perfeccion, á Marsilio Ficino su elocuencia platónica, á Savonarola su inspiracion, á Leon X su culto por las artes, á Galileo su luz, bien puede decirse que es y será eternamente la madre de la civilizacion moderna, la ciudad por excelencia del Renacimiento.

Los que estudian superficialmente la historiaatribuyen las grandezas de Florencia á la dinastía de los Médicis. No saben sin duda que los Médicis recogen los frutos de la República como recoge Octubre la cosecha cuyas flores ha pintado Mayo y cuyas frutas han madurado Julio y Agosto. Los genios de las grandes épocas históricas han sido todos forjados al fuego de la libertad en el seno de la República. Augusto ha dado nombre á una época ilustre; pero Ovidio, Propercio, Virgilio, Horacio, Tito Livio habian nacido y se habian criado en las agitaciones de la República romana. La cosecha de Augusto es la literatura de la decadencia latina, la literatura que debe optar entre la abyeccion ó la muerte. Luis XIV da su nombre á otro siglo; pero Corneille y Bossuet y Molière pertenecen á las grandes y republicanas guerras de la Fronda. Perícles habrá podido denominar una centuria; pero nadie duda que la madre fecunda de los genios de aquella centuria fué la República de Grecia. Los mismos hombres extraordinarios de fines del siglo décimoquinto y principios del siglo décimosexto en España, Colon, Hernan-Cortés, Pizarro, El Cano, Cisnéros, Garcilaso de la Vega, Gonzalo de Córdoba no pertenecen á los tiempos de la monarquía absoluta; pertenecen unos á las repúblicas, otros á los municipios democráticos, otros á las guerras feudales, otros á las tumultuosas córtes, otrosal período revolucionario de las comunidades, todos á la agitacion de la libertad, que es la misma agitacion de la vida. Cuando el absolutismo se ha apoderado bien de las conciencias, vienen los conceptualistas, los barrocos, los churriguerescos, los historiadores de la historia augusta; aquí Gracian, allá Marini, en todas partes la decadencia y la muerte.

Así, cuando Miguel Ángel vió que se iba la libertad, anunció con su cincel sobre un sepulcro que venía la Noche. Y por todas partes, por todas, se vió, se tocó, se palpó la decadencia. Ya no se alzan los palacios de la Señoría del Podestá, de Pitti, de Strozzi, palacios maravillosos de comerciantes; son palacios teatrales, grandes, pero destituidos de toda inspiracion, lejanas imitaciones de Versálles. San Gallo es el único arquitecto notable que pueden oponer los siervos á todas las innumerables legiones de arquitectos de la República. Y lo que decimos de la arquitectura decimos de la pintura. En cuanto se funda definitivamente la monarquía absoluta pierde su originalidad, su inspiracion, su brillo, y se hace servil, imitadora, rutinaria, vana y amanerada; se deslumbra y muere. Y la escultura tiene que buscar penosamente extranjeros á Italia, como Juan de Bolonia, para sostenerse un momento; pero caen sobre ella las universales tinieblas y desfallece ymuere tambien. La República le dió su inspiracion á Florencia y con la República se extinguió este númen divino que ha dado alma á la civilizacion moderna.

La historia del arte es tambien la historia de la libertad.


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