LA ISLA DE CAPRI.
Dos veces he visitado á Capri en mi vida: una vez por la primavera de 1868, y otra vez por el estío de 1875. Durante este larguísimo intervalo cogí en más de una ocasion la pluma para bosquejar mis emociones, mis recuerdos, mis ideas, y la solté desesperando de igualar jamas al maravilloso cuadro original donde se mezcla tanta gracia con tanta grandeza. En deliciosa mañana bajaba desde la fonda llamada Sirena, en Sorrento, á las playas por una de esas galerías abiertas en la roca viva, merced al trabajo de los romanos, y contemplando las atrevidas bóvedas, las ciclópeas paredes, los tortuosos recodos, las ámplias escaleras y las subterráneas vías, exclamaba á cada paso, que no extrañaban ya las empresas mitológicas de Hércules ni la apertura del gaditano Estrecho, ni las columnas puestas por límites al mundo, pues un pueblo relativamente moderno daba el aspecto de montañas á sus monumentos y abria á su arbitrio los senos de latierra como si guardára en su hogar el fuego primitivo ó tuviera en sus manos la fuerza creadora, algo semejante al genio mismo de la Naturaleza.
Despues de haber recorrido aquellas cavernas, aunque circula libremente el aire en sus espacios y no falta en verdad la luz, respirais mejor bajo el claro cielo y á orillas del mar. Los marineros nos aguardaban solícitos en una barca, y nos recibian con esos gratos saludos propios de esta clase eminentemente expansiva y social, sobre todo en nuestras regiones meridionales. Miéntras unos apercibian los remos, y otros aparejaban las velas, y éstos recogian lonas y redes, y aquéllos desamarraban los cables, dos entonaban á porfía laMandolinata, esa suavísima cancion parthenopea que reproduce todo el gozo y toda la inquietud de estos griegos tendidos sobre sus lechos de rosas á las faldas de ese Vesubio, en cuya cima resuella eternamente la muerte. Conforme íbamos costeando la ensenada sorrentina y recorriendo casi hasta el cabo Minerva, último extremo de la bahía de Nápoles, destacábase en el mar la isla de Capri, comparada por Juan Pablo Richter á una esfinge, y por Gregorovius á un antiguo sarcófago. En efecto, el declive de su longitud desde Occidente á Oriente; la altísima eminencia del Solaro y sus aristas semejantes á graciosas estrías arquitectónicas; el córte de sus caprichosas playas; los esponjosos y oscuros escollos cincelados por las blancas, férvidas espumas; las escarpadas dunas, en cuyas cimas se abrazan las vides con los olivos y en cuyos piés se abren temerosas cavernas; el prodigioso esmalte dado á todos los objetos por el reflejo de la luz en las aguas; la trasparente superficie del mar y la clara bóveda del cielo, entre cuyos resplandores parece flotar la isla aérea y eteriforme como un templo de cristal azul engarzado sobre una estrella de oro; todas estas bellezas indecibles os trasportan á las regiones de la poesía y de la magia, en cuanto abrazais con la vista y con el pensamiento uno de los clásicos paisajes gratos á los antiguos poetas y á los antiguos dioses, pero, sobre todo, el paisaje de Capri.
No olvidaré jamas este dia. Serena la mañana, espléndido el horizonte, dormido el mar, fresco y cariñoso el aire; las ciudades del golfo dibujándose inciertamente en el éter como neréidas fabulosas, y Sorrento perdiéndose á nuestra espalda en la meseta de sus abruptas rocas, ceñidas de azahar, miéntras surgia cada vez más encantadora á nuestros ojos, Capri, con sus montañas ceñudas y sus alegres verjeles, con sus rosáceas dunas y sus negras cavernas, con sus blancos pueblos, ora agrupados al borde de las playas,ora suspensos en la falda de las montañas, y sus ruinas bruñidas por el sol y dispersas en las inaccesibles alturas; con las cúpulas de sus iglesias y los techos de sus cabañas; con sus labradores cavando en los huertos plantados sobre los abismos, y sus marineros recogiendo el copo lleno de peces en la ensenada; con sus escollos que parecen vomitados por erupciones volcánicas, y sus blancas casas, sobre cuyos pintorescos terrados se tienden fresquísimas guirnaldas; con aquella doble vida del campo y del mar, en que se mezclan las algas con las flores, las emanaciones salinas con los aromas silvestres, la nota dulcísima de la alondra con el grito agudo de la gaviota, á manera que en la poesía de Homero, de Teócrito y de Virgilio.
Á las diez del dia nos acercábamos ya al término de nuestro viaje, y la isla parecia desierta. ¡Grata y serena soledad! Proyectábase sobre el mar la luz con esplendor indecible. Las aguas miraban al cielo, como unos ojos enamorados miran á otros ojos en cuya retina encuentran el amor correspondido. Por toda la inmensa extension caia á plomo el sol, ya cercano á su zenit. Pero en el sitio donde estaba nuestra barca, al Norte de la isla, se extendia la sombra espesa de los altos montes. Así el Mediterráneo lucia con azul tan claro que tiraba al ópalo, y nuestra zonase teñía de azul tan oscuro que tiraba á violeta. Ningun pincel, ni siquiera el pincel de Pablo Verones, mojado en los matices de las lagunas venecianas, podria trasladar al lienzo aquella fiesta de colores; aquel cielo de un esplendor incomparable, aquellos léjos de rosados tintes donde nadaban los blancos pueblos, aquellos puntos de luz producidos por los rayos solares al quebrarse en la rizada superficie de las aguas, aquel violáceo tono del Vesubio brillando en sus cimas y en sus faldas como si estuviera cuajado de oscura y deslumbradora pedrería, aquella nube de humo despedida por el cráter y disipada en los aires como una gasa; aquella zona de azul oscuro en que nosotros estábamos, juego mágico de las sombras inexplicable por la humana palabra y en cuya contemplacion nos abismábamos como si fuese el comienzo de un mundo ideal guardado por un genio desconocido en el fondo de los mares.
Es verdad. Los pueblos que atraviesan el desierto bajo un cielo de bronce, sobre una tierra abrasada; en la uniformidad de los infinitos inmóviles océanos de arenas, deben afirmar y confirmar la idea de la unidad de su Dios creador; pero aquí, en el seno de esta contínua primavera que junta las flores con los frutos; en los reflejos de estos horizontes, cuya rica variedad es incomparable; en la orgía de estos colores que descomponen todos los matices de la luz; entre estas movibles olas, entre los juegos y arabescos de las sombras; entre las estelas del agua y los espejismos del aire; en las refracciones de los rayos solares y en la reverberacion de los nocturnos astros; en las guirnaldas de espumas, en la palpitacion contínua de ese movible seno, á cada instante aparecen las sirenas y neréidas del antiguo mar, cuna eterna de la religion pagana, sirenas y neréidas dibujando su cuerpo de alabastro en las espumas, sus negras cabelleras en las algas, sus palpitaciones amorosas en la rizada superficie, y sus huellas en los surcos de luz sobre la celeste inmensidad, donde brotan con los múltiples vapores múltiples ideas, y con las múltiples ideas innumerables dioses.
Acercámonos á tierra sin cansarnos de contemplar el conjunto de colores, el azul clarísimo de las aguas apartadas, el azul oscuro de las aguas cercanas, el tono violeta de las montañas y de las dunas, las tintas de primaveral vegetacion rica en toda suerte de flores. Varios chiquillos nadaban como tritones y nos pedian que les echáramos cuartos al agua, por cuya consecucion luchaban allá en el fondo, como los peces por su alimento. Como nuestra embarcacion seguia á la gruta Azul, tuvimos que trasbordarnos. Innumerables barcas nos circuian, y en ellas jóvenes marinos ofreciéndonos sus servicios y saludándonos con la palabra: ¡Felicidad! Una de estas barcas iba dirigida por hermosísima capriota de ojos negros y cabellos rubios como la Salomé del Ticiano, y que, desnudos los brazos y desnudos los piés, mal envuelta en traje de vistosa indiana, y bien peinada, con las trenzas recogidas sobre la nuca y traspasadas por una aguja de plata, remaba, empleando el mismo empuje y la misma celeridad de consumado marinero, sin que tanto esfuerzo le quitára aliento para entonar la cancion entónces al uso,La Bella sorrentina. Preferimos, como era natural en nuestra galantería española, esta barca tan hermosamente tripulada, y encaminámonos al muelle, de cuyas toscas piedras nos separaban algunas brazadas de mar y algunos movimientos de remo. Pero la llegada fué horrible: los mendigos nos asaltaban; los muchachos nos recogian nuestro equipaje, disputándoselo como si les perteneciera á ellos en vez de pertenecer á nosotros; las muchachas nos arrojaban á las manos pedazos de coral, conchas pintadas, piedrecillas de las ruinas, pidiéndonos en cambio dinero; los mozos de los diversos albergues se disputaban nuestras personas, como los pilludos de la playa nuestras maletas; este marinero nos presentaba sus robustos brazos para subir la empinada cuesta, aquel gañan su bíblico asno ó su jaco matalon; y todos nos cortaban el paso con vocerío infernal, como si se hubieran propuesto compensarnos con el disgusto producido por horribles gestos, agudos gritos y groseros asaltos, del encanto experimentado al abordar á la encantadora isla. Por fin pudimos desasirnos de todos ellos y trepar alegremente por los agrios senderos, entre áloes y nopales del Oriente, admirando aquellas casas parecidas á los aljibes árabes y que nos recordaban nuestras casas de Elche, con sus escaleras de madera en lo exterior, sombreadas de parras para subir al terrado cubierto de macetas, en las cuales florecen olorosos geranios.
Capri orna la parte oriental de la incomparable bahía parthenopea, y se avecina al cabo de Minerva. Su largo es de tres millas, su ancho de una y media, su circuito de nueve. Las montañas tienen tan abruptos y tan agrios costados que diríanse cortadas á pico, y dos mezquinas calas abrigan á las barcas de los contrarios vientos, pues casi todas sus rocas salen del mar á guisa de lisas paredes, y la privan por tanto de hospitalarias costas. La tierra vegetal se conserva con dificultad y á duras penas se acrecienta. Arrástranla al mar las lluvias; espárcenla por el aire los huracanes. Al fecundo elemento, donde las raíces se agarran y la vida vegetal brota y se nutre,suceden peñas desnudas, frias, estériles, como duros metales. Así los campos griegos, cantados por los antiguos poetas á causa de su amenidad y de su hermosura, han sido arrastrados al mar y se han trocado en áridos desiertos. Conmueven profundamente los cuidados que toman estos buenos isleños por preservar su tierra vegetal de todo cuanto pudiera perderla ó disiparla; los muros que levantan, los setos que fabrican, las hierbas que siembran, las excavaciones que ahondan, el arte y el culto con que guardan esos átomos donde el jugo de la savia se encierra. Veríaislos agitarse y conmoverse como si les arrancáran una parte de su sér, cuando las ráfagas vienen á estrellarse en su peñon y á elevar en los giros de sus torbellinos espesas nubes de polvo. Así, jamas siembran el escaso trigo producido por sus campos arrojándolo sobre el surco, sino abriendo para cada grano un agujerito que luégo tapan á fin de defenderlo contra el viento.
El clima es dulcísimo, tibio el invierno, fresco el verano. Fuera de la parte que mira á Nápoles, y donde está la llamada Marina, abierta y expuesta al Norte, el resto de las regiones habitables de la isla recibe seguro abrigo de las altas montañas. Por aquel territorio montuoso y pedregosísimo; ¡cuántos valles alegres y de indecible deleite! En cualquier arruga del terreno, ódeclive dulce, ó umbría plácida; en el recodo de los cabos, en las ligeras planicies de las estrías, en las rotondas de las cimas, en la espina dorsal de los montes, la vegetacion brota váriamente á guisa de canastillos de frutos y de flores que se hubieran dado allí al olvido. Las naranjas y los limones brillan y huelen á porfía entre las brillantísimas verdes hojas. El oscuro olivo se entrelaza con las claras vides. Las frondosas moreras producen frutillas de un sabor agridulce incomparable, y hojas para alimentar en alguna cantidad los gusanos de seda. Entre moreras y naranjos, alzándose airosas sobre los cactus de los áloes y los nopales, vense las higueras, cuyos higos compiten ciertamente con los higos de Esmirna. El vino es de corta cantidad, pero de larga reputacion. En Nápoles suelen falsificarlo, pues la isleta no da tanto como pide el gusto, ni siquiera como consumen sus sobrios moradores. La próvida atencion y cuidado de amigos que, á Dios gracias, tenemos en todas partes, nos procuraron gustar, así el tinto como el blanco, y los encontramos deliciosísimos. ¡Dios mio! ¡Cuán próvida es la agricultura en las regiones meridionales, y cuán vária! Yo no quisiera ser labrador, por ejemplo, en la bien cultivada Normandía, donde sólo se cogen las cosechas de heno y de trigo, y sólo se tienen algunas escasas frutas ymuchos y buenos ganados. Desde el punto y hora en que concluís la siega, ya nada teneis que hacer. Para el pastoreo basta con los frescos prados y con tres ó cuatro pastores. En el Mediodía no sucede así; para cada mes hay su trabajo y su cosecha. Ya se abre el surco y se siembra el trigo; ya se poda y se cava la viña. En el hogar, bajo la grande chimenea, las ramas inútiles de los olivos, los haces de sarmientos, los rebujos de la aceituna, brillan y chisporrotean durante las largas veladas del invierno. Apénas llega Febrero, cuando os da la Providencia el cardo y otras hortalizas. En Marzo florece el almendro, y Abril colora las rojas cerezas que semejan flores. ¡Cuántas frutas de Mayo, azucaradas y sabrosísimas! El azahar os embriaga. Los albaricoques, las perillas, las primeras brevas os alimentan. Ya viene el trabajo de cuidar los gusanos de seda y el placer de verlos hilar sus plateadas hebras. Ya se abre la gomosa almendra y se desprende sobre el campo. La siega es temprana y da vagar bastante para las otras ocupaciones campestres. Apénas se acaba la siega, cuando empieza la recoleccion de los otros frutos. Aquí se cosecha la almendra, allá la nuez y la avellana, más allá la sandía y el melon de las viñas se ven bajar á las playas mujeres en coro que llevan sobre la cabeza los cestos circulares cargados deuvas para la pasa. Junto á los racimos de ámbar, sobre largos cañizos, los verdinegros higos, todos endulzados á los rayos del sol. Ya comienza la vendimia y se oye por todas partes el cántico de los que pisan en el lagar y se perciben los vapores del mosto. Ya viene el maíz, cuyas largas mazorcas se amontonan junto al trigo en los altos graneros. Ya se prensa el aceite que sazona la comida y alimenta la lámpara. Esta tierra no se cansa jamas de producir. Estos habitantes viven á la contínua en faenas del campo. Su atmósfera tibia y su campiña fecunda, les ofrecen delicias indecibles en ejercicios moralizadores y sanos. ¡Campos queridos de la luz, en vuestro seno, y sólo en vuestro seno, se celebran verdaderamente las nupcias del espíritu con la Naturaleza!
En la isla de Capri, meridional por excelencia, os dan los pájaros un concierto y os perfuman las flores. ¡Cómo deleita oir, al rumor de las ondas estrellándose en las cavernas, y pareciendo con su tono unísono á solemne acompañamiento de una orquesta invisible, el arrullo de la tórtola y de la paloma, el gorjeo de los jilgueros, el agudo cántico del mirlo, la oda de la alondra al sol en las alturas, y la endecha amorosa del ruiseñor en la enramada! ¡Cómo os animan y os alientan las picantísimas emanaciones marinas confundidas con el aroma del lentisco que huele á selva;del tomillo, que calma los nervios y endulza los aires; de la salvia, que despide como inefable incienso; del mirto, cuyas esencias os despiertan ideas poéticas, viendo al mismo tiempo los pinos salir casi de las aguas con sus copas vibrantes, la zarza-rosa entrelazarse con el áloe, el almendro y el limonero resaltar entre los olivos y las hayas y las encinas en armoniosos y suavísimos contrastes! Una dama inglesa que con nosotros venía, y que llevaba en una mano su cartera de dibujo y en otra mano su álbum de botánica, nos iba enseñando las flores más preciadas y diciéndoles el nombre más científico: elthymo, de suave olor; lapasserina hirsuta, que busca la aridez y el calor; lascilla marítima, que se mece dulcemente en las moles ruinosas; lacineraria, con sus florecillas de oro; laorque piramidal, y otras muchas de tejidos tan multiformes y tan numerosos como no puede idearlos jamas el pensamiento.
Las montañas de toda la isla divídense en dos principales cuerpos, llamado el uno de Capri y el otro de Ana-Capri. El primer cuerpo puede subdividirse, á su vez, en cuatro alturas principalísimas, si várias por sus formas, iguales por su grandeza. La más elevada es aquella que más se acerca al cabo de Minerva, hácia el Oriente, mirando á Sorrento y á Salerno, donde hoy se saluda y se invoca á Santa María del Socorro, comoen otro tiempo se saludó y se invocó á Jove, cuyo templo aparece todavía por doquier en pasmosos restos y majestuosas ruinas. La segunda altura es la de San Miguel, cónica cual todos los volcanes, ceñida por las piedras de antigua vía romana, y coronada por los pintorescos fragmentos de un palacio de Augusto. La tercera altura tiene en su cima un castillo, en su medio la villa de Capri, á su pié la cala de la marina, por sus costados dos vallecillos de incomparable deleite y alegría. El cuarto collado es aquel que se alza abruptamente del mar y que domina dos risueños valles, cubierto hácia su pié de viñas y olivos, cuyas ramas festonan los restos de Tragáres; desolado y estéril en su cima; rico en su falda de esas hierbas llamadas entre nosotros hinojo marino y ruda silvestre, que dan ardentísimo y embriagador perfume. Un poco más léjos del pié de esta montaña, denominada Tuoro-Grande, surgen del mar tres inmensos escollos aislados, de un color tan vivo, de una forma tan pintoresca, de una ornamentacion tan rica por la multitud de dibujos formados en sus caprichosas piedras, que parecen un templo acuático misteriosamente cuajado de extraños jeroglíficos. Las gaviotas y las águilas se posan por sus alturas; las plantas marinas se mecen por sus grietas; las olas se entrechocan por sus bases, y vistas á una larga distancia, desde el golfo deSalerno ó el cabo de Minerva, esmaltados por un horizonte puro, ceñidos de vapores ligeros en la purpurina atmósfera del mediodía ó en la rosada atmósfera de la tarde, cuando aquellos cielos despliegan como un íris de matices deslumbradores, las tomariais por unas diosas marinas elevándose desde sus grutas de cristal á las cimas del Olimpo. Y todas estas bellezas, todos estos graciosos rompimientos de los montes, todas estas aberturas, entre las cuales juegan las olas con los aires, y se descubren los cielos, encuentran su rudo contraste en la calcárea y árida montaña de Ana-Capri, la más alta y más estéril, cuya cresta toma el nombre de Monte Solaro, cúspide verdadera de la isla.
Por débil que mi paleta sea, por tosco que sea mi pincel, por pálido y desmayado el color, ya os podeis imaginar á Capri, altísimo escollo en medio del Tirreno, con sus montañas calcáreas y sus valles fresquísimos; con sus conos y pirámides en el cielo, y sus grutas y cavernas en las aguas; con sus matices violeta y sus matices azules de una dulzura incomparable; con sus palomas y sus gaviotas, que vuelan juntas en los aires, y el rosal y el hinojo marino, que crecen juntos en las piedras; con los templos de sus dioses caidos y los palacios de sus césares muertos; con los jardines en gradería tapizados de flores y pobladosde pájaros, y las graciosas calas en anfiteatro, pobladas de barcas y tapizadas de redes; con las iglesias de Cristo y de María junto á las aras de Mitra y de Júpiter; bajo guirnaldas de pinos y sobre tapices de espuma; entre la bahía de Parthénope y la bahía de Salerno; el Vesubio encendido y el golfo sereno á su frente, y el mar infinito á su espalda; rodeada de cabos y promontorios de un dibujo clásico; soportando ruinas de una sublimidad religiosa; en aquel eden, cuyos claros horizontes y cuyos cerúleos abismos no tienen, por la magia de la luz, por la armonía de los contornos, por la belleza de los contrastes, rival ninguno en el mundo.
Capreallamaron á la isla griegos y romanos. Segun unos, la etimología del nombre es latina y proviene de las muchas cabras errantes por sus escollos, y segun otros fenicia, é indica la existencia en su seno de dos ciudades. Pero el carácter predominante de Capri es el carácter griego. No se creeria que nacion tan escasa de gente como Grecia dejára generaciones tan numerosas y huellas tan profundas en las costas mediterráneas. Cuando en uno de mis viajes abordé á Ibiza, quedéme maravillado al ver sus mujeres con trajes llenos de reminiscencias dorias. Parecíanse á esas estatuas medio egipcias y medio helénicas que tan claramente señalan la fase de transicion desdeOriente á Occidente en el desarrollo de la cultura. Lo mismo sucede por otras regiones. Sagunto se entregó á las llamas en holocausto á los patrios lares y en ódio al enemigo cartagines. Ardieron sus casas y sus muros; suicidáronse en heroico sacrificio sus habitantes; no quedaron por aquellos espacios ni ruinas; y cuando se va entre sus naranjales y sus olivares cortados por alguna palma, á la orilla de su mar celeste, ó se trepa por su cercana colina para ver los restos del despedazado anfiteatro, á cada paso aparece el reflejo de Grecia, no borrado ni por la dominacion romana ni por la dominacion agarena. En las costas de Cataluña, al Levante, sin necesidad de ser grande observador, nota el viajero la diferencia entre los catalanes originarios de las altas montañas, todos celtas ó celtíberos, y los catalanes originarios de las rientes playas, casi todos griegos. Lo mismo sucede en Capri. La hermosa Grecia brilla sobre sus piedras como los dioses sobre las aras. Esta bahía, llamada por ellos el Cráter, porque tiene realmente el córte de la boca de inmenso volcan, era idónea para herir su genio artístico y para obligarlos á larga residencia. Ochocientos años ántes de Cristo, ya dominaban por estas playas. Las Dos Sicilias componian aquella magna Grecia, en la cual brilló con tanto lustre una parte de la vida griega: los viajes marítimos cantados por Homero despues de cantar la troyana guerra; los gigantes, cantados por Hesiodo, que en el Etna pugnaron audaces con los dioses; el idilio inmortal de Polifemo y Galatea; la escuela filosófica, que tan poderosamente influyera en los progresos de la cultura helénica; la aromosa poesía de Teócrito. Hoy mismo, las palabras usadas en Capri tienen muchas raíces griegas; el tocado de sus hermosas hijas, bajo el cual brillan profundos ojos velados por larguísimas pestañas, tiene el córte griego; y en los robustos isleños, marinos y montañeses á un mismo tiempo, se descubren aquellos atletas célebres en los juegos de Grecia. Á donde quiera que vuelvo los ojos se me aparece la imágen querida de la bellísima nacion. Toco el golfo de Posidonia, habito la bahía de Parthénope, descubro al Oriente la isla de Circe, y al Occidente la gruta de Cúmas; en mis paseos voy hasta Ana-Capri, cuya posicion se designa todavía por una partícula griega; entre los vapores lejanos, dorados por el éter, resalta Poesthum, con sus templos dorios consagrados á Neptuno; y en cada movimiento de las olas se ve tambien moverse, y en cada soplo de las brisas se oye suspirar la sirena que llenára de escollos y de encantos con su magia todos los mares de Grecia.
Esa ciudad de Nápoles, que está enfrente, se ha llamado siempre Sirena. Esta misma Capri esuna sirena que seduce con su gracia y con sus cánticos. Sirenas se llaman las islas esparcidas por estos mares desde el cabo Minerva hasta la ensenada de Amalfi. ¡Y quién pudiera dudarlo mirando este cielo resplandeciente; este mar, de un azul indescriptible realzado por la áurea luz; estas cordilleras, en las cuales se mezcla el fuego con la nieve; estas montañas, entre doradas y purpúreas; estos jardines, que bajan en graderías desde las sierras á las playas, todos estos encantos capaces de esparcir y comunicar universal alegría! Cuando se ven esas islas, ora desde el camino de Salerno, ora desde el cabo de Minerva, surgir en formas tan graciosas sobre la superficie del agua tan celeste, no podeis dudar de que atrajeran y encantáran con el eco de sus olas repetido por las sonoras cavernas á los navegantes, adormeciéndolos y como petrificándolos con las seducciones y con los hechizos de estos voluptuosos parajes.
Así, todo evoca en la isla, todo cuanto veis, la remota antigüedad griega. El aire que respirais es aquel céfiro blando con que Minerva henchia las velas enviadas en busca del errante Ulíses. Las piedras que tocais son restos de las aras por donde corria la sangre de los toros negros en holocausto al númen del blanco Neptuno. Por estas riberas se tendió mil veces la hospitalaria piel sobre la cual asentaban los griegos á sus huéspedes despues de la comida para mostrarles los horizontes y los mares. Islas así serian las islas descritas en la Odisea homérica. Me parece que veo á Nestor coronando con hojas de oro recien forjadas la frente de la crasa ternerilla y ofreciéndola en sacrificio á los dioses despues de haberla empolvado con la harina sagrada. Un escollo así deberia ser aquella Ortygia donde la Aurora lloró con lágrimas de luz á su amante Orion, muerto á los invisibles dardos de Diana. Entre estas aguas sacaria la blonda cabeza Leucothea, ofreciendo al inmortal náufrago homérico el puerto de sus brazos. Estas columnas rotas evocan el recuerdo del palacio de Alcinoo, desde cuyos pórticos se veian las flotas griegas, y entre cuyas columnas resonaba el rumor del pueblo en asamblea mezclado con el rumor de la ola en movimiento, y el cántico de Demodoco celebrando la guerra de Troya, mezclado con el cántico de la brisa trayendo el aliento de las neréidas. Ahí está, ahí, á mi frente, la isla de la hechicera Circe, tan hermosa de rostro como de voz, hija de los amores del Sol con oceánica ninfa. En el fondo de deleitoso valle se alzaba su palacio, fabricado todo él de piedras preciosas, y guardado por los lobos y leones, mansos como perros cuando no los azuzaba la maga. De sus ventanas salia aquella voz sin ejemplo, la cual derramaba porlas venas con sus cantares un calor sin igual. Allí entraron los compañeros de Ulíses, torpes é indiscretos, y fueron trasformados en cerdos, miéntras el astuto hijo de Itaca, provisto de la planta dada por Mercurio, cuyas raíces eran negras como el carbon, y cuyas flores albas como la nieve, convirtió á la reina hechicera en su concubina y su esclava. Por aquí se oia la endecha seductora de las sirenas. Su voz hacía resplandecer los cielos, serenarse los mares, henchirse de voluptuosos aromas los aires, resonar con música incomunicable los escollos y las riberas. Los navegantes se dejaban arrastrar por tanta calma, por tanto deleite, por los acordes que salian de las ondas, por los coros que acompañaban estos acordes, por los ojos seductores que brillaban como estelas, por el blanco voluptuoso cuerpo que se dibujaba en el cristal de las aguas, y desaparecian para siempre en el fondo, sin que jamas devolvieran las sirenas su presa. Así Ulíses tapó con cera los oidos de sus tripulantes, y se hizo atar él mismo con fuertes cuerdas á la altísima entena para conjurar la seduccion de las seductoras voces. Pero más léjos, y en este mismo mar, se alzaban frente á frente los dos montes llamados Scila y Caríbdis. Las olas de Anfitrite se estrellan á sus piés con horribles mugidos, y las aves del cielo, las mismas palomas que llevan la ambrosía á Júpiter, no se arriesgan jamas á pasar sobre sus cimas. Los dioses las llaman en su lenguaje incomunicable á los hombres, las rocas errantes. Si algun navío se acerca, se rompe en mil pedazos, y tablas y tripulacion desaparecen súbitamente entre las ondas henchidas de huracanes y las tempestades henchidas de rayos. Solamente los Argonáutas pasaron por allí directamente amparados del poder de Júpiter. Scila es tan alto que ninguna humana vista ha alcanzado su cresta cubierta de negras nubes y ninguna flecha de arquero ha llegado hasta la gruta que mira hácia el Erebo; y Caríbdis alimenta una higuera selvática, bajo cuyas hojas se guarece el genio de aquel paraje, que se sorbe las olas y las naves. Estos escollos, estas cimas, estos abismos, estos cabos y estos promontorios se hallan ilustrados por el inmortal poema de la navegacion, la Odisea, que sucedió á la Iliada, al inmortal poema de la guerra.
Cuando contemplo las formas arquitectónicas de Capri, realzadas con los toques maravillosos de alba luz, fínjome aquel archipiélago griego, compuesto por legiones de islas, antiguas cunas de diosas y poetas, extendidas entre dos continentes como para servir de templo á las nupcias del genio de Europa con la tierra de Asia, y adivino las nieves perpétuas de Thesalia, los valles floridos de Lidia, las montañas abrasadas portempestades eternas, las colinas sonrientes de amor y de gracia, descubriendo todos aquellos parajes henchidos con la imágen de Homero. Y oigo el susurro del arroyo, en cuyos bordes naciera, á la sombra de copudo plátano, entre las endechas de un coro de ruiseñores y los himnos de una procesion griega, sobre el sitio mismo en que espirára Orfeo; y miro con los ojos del alma al viejo divino, pobre como la poesía, ciego como el amor, desconocido de su patria como el genio, alargando la trémula mano á recoger una limosna en pago del cántico bellísimo dotado de la inmortalidad; y me apeno al recuerdo de aquel pueblo cimeo que negó sus hogares á quien debia darle gloria; y renuevo las peregrinaciones de region en region, de gente en gente, de isla en isla, por donde deja una huella de luz en el suelo, una armonía inextinguible en los aires, una idea religiosa en las conciencias, una sonora cuerda de artística inspiracion en los corazones; y le sigo con el pensamiento, como con el recuerdo, por Phocea, Cliso, Samol, escuchando repetir al niño que va á la escuela, y á la jóven que vuelve de la fuente, sus magistrales hexámetros; y me lo figuro circuido de sus hijas, en el ocaso de la vida, próximo á concluir sus últimos cánticos, y obligando á cuantos tienen ojos y ven, á que le digan cómo resplandece el sol poniente en la cima delOlimpo; cómo se dibujan los cabos de la Jonia; cómo se doran las múltiples islas del archipiélago; cómo extienden sus alas sedosas las palomas y sus velas de lino las naves; cómo se hermosea todo, porque él ya oye como todo canta; y asisto á su muerte en las sonoras playas pobladas por su genio de dioses, á su transfiguracion en la mente de Grecia, á su apoteósis en la religion de la Humanidad.
Y la brisa que sopla en mis oidos, y la ola que muere á mis piés, y la gaviota que vuela sobre mi cabeza, y el mar que me rodea por todas partes, recuérdanme cómo Homero, despues de haber escrito en la Iliada el poema de la guerra, escribió en la Odisea el poema de la navegacion. Todas esas imágenes preciosas, la enamorada Calipso, ha hechicera Circe, la seductora Sirena, la modesta Nausicaa, la próvida Leucothea, son personificaciones de los escollos, de las sirtes, de las colinas, de las alternativas de alegría y angustia en la vida marítima, de los trabajos y de los placeres indecibles en las navegaciones larguísimas. Homero, despues de haber cantado los orígenes de su patria en la guerra, quiso tambien cantar los progresos de su patria en el trabajo y, sobre todo, en la navegacion, que debia darle tan preciosas colonias y extender por el mar Mediterráneo reflejos y reverberaciones de Grecia. La buena Penélope, rodeada de seductores y constante á su marido, retrata la mujer del marino que yo he visto tantas veces en nuestras costas valencianas, fidelísima á la memoria del ausente, encerrada en el hogar como en una tumba, ajena á todas las alegrías y á todas las fiestas; casi siempre de rodillas ante la Vírgen, estrella de los mares, pidiéndole su amparo; con el pensamiento puesto en el abismo insondable y la esperanza en el Dios misericordioso; los labios llenos de promesas y las promesas de ex-votos; casada, y en las tristezas, y en los duelos, y en la soledad de las viudas. Así como Homero, el poeta del Oriente europeo, escribe la epopeya de la navegacion mediterránea, Camoens, el poeta del Occidente europeo, escribe la epopeya de la navegacion oceánica. Todas las expediciones anteriores á la navegacion, cantadas por nuestro poeta peninsular, ó son navegaciones guerreras como las normandas, ó son navegaciones semi-mitológicas como las de Marco Polo. El marino veneciano me parece, respecto á Vasco de Gama, como Jason y los Argonáutas respecto á Ulíses y sus compañeros de empresas. En el poema de Camoens han crecido la tierra y el hombre, sin que hayan menguado la poesía y el arte. El mar es mayor que en los poemas homéricos; pero tambien es mayor la fuerza que lo sujeta. El poeta será inmortal como Homero, porque representará tanto el espíritu de su pueblo como el genio de su siglo, y como Homero desgraciado, porque no se puede llevar una corona tan gloriosa sin que toda ella esté ceñida de penetrantes y agudísimas espinas. Todos los redentores sudan sangre. La Odisea y las Lusiadas aguardan el tercer poema que ha de completar cielo tan maravilloso: el poema que cante la penetracion de nuestra mirada y de nuestro telescopio en los abismos infinitos del cielo, como la penetracion de nuestras sondas en los abismos infinitos del Océano; el vapor de las nubes, vago como las nieblas, ligero como el rocío, indeciso como los ensueños, recogiéndose en las grandes máquinas y superando las corrientes como las mareas, y las olas como los vientos; Hércules, que ha ido á la tierra de las Pirámides, y con la fuerza del genio y del trabajo ha roto los istmos y ha confundido los mares; el Prometeo, que ha lanzado entre el nuevo y el viejo continente, entre Europa y América, el misterioso lazo de alambre por el cual corre el rayo de los dioses, ya en manos de los hombres, llevando de uno á otro mundo la palabra con la rapidez del pensamiento; todo este esplendentísimo semillero de nuevas tierras y nuevos cielos en arte y en poesía.
Íbamos en mañana deleitosa de Junio, por mar dormido como sereno lago, á la sombra de lasgrandes dunas, desde la marina de Capri á la gruta azul, celeste laguillo de una claridad y de una trasparencia indecibles, formado por las aguas del mar dentro de una cueva calcárea, accesible sólo en barca y por una estrechísima abertura. La memoria de semejante maravilla se habia perdido para siempre. La tradicion contaba que griegos y romanos conocieron una gruta, donde cabian muchas personas, formada toda por inmenso trozo de nácar, y en cuyo seno se refugiáran, estando allí como dormidas y en sopor, las ninfas y neréidas, despues que las ahuyentó el hisopo cristiano con sus gotas de agua bendita al exorcizar los mares. Todo un prelado, escribiendo á otro prelado, aseguraba haber sido ésta la caverna donde el infeliz pescador Glauco se asiló despues de su trasformacion en pez, y donde conmovió á los dioses en tan alto grado con sus lloros y con sus súplicas y sus elegías, que les obligó á volverle súbitamente la forma humana, dejando por esta transfiguracion en el cristal de esas aguas sus azuladas escamas. Algunos suponen que un historiador de principios del siglo decimoséptimo trae indicios de la isla. Goethe hubiera deseado verla, porque el gran pagano, el sacerdote último de la antigüedad clásica, adoraba todo cuanto podia recordarle el paganismo. Novalis imagina cierto arte místico y naturalista á un tiempo, el cual se inspiraba en una canora sirena, cuya habitacion era esta gruta de cristal, donde se encerraba como la abeja en el cáliz de la flor. Un jóven que la escuchára, repetia sus cánticos impregnados de idealista pantheismo al par que de sensuales placeres. Y cuantos poetas oian aquel eco amortiguado deseaban escuchar la cancion poética en su orígen, beber en la fuente de esa poesía, é iban por la noche desolados en pos de la gruta, que despedia misteriosos sonidos sin revelarse nunca á los anhelantes ojos de tantos privilegiados mortales. Todos sabian que era una flor azul misteriosa; pero ninguno acertaba á encontrarla. Y anegábanse y morian, como nos anegamos y nos morimos en la vida, viendo la perfeccion, la ventura, la idealidad en los léjos del horizonte y sin poder jamas abrazarlas, anegábanse oyendo el cántico que salia del seno de la roca y sin alcanzar á ver la hermosísima ninfa.
Las historias y tradiciones locales eran todavía más terribles. Contaban que la caverna se henchia de espíritus malignos, que en el seno de sus aguas nadaban monstruos marinos, que almas en pena se disolvian por el fósforo de sus estelas, que fantasmas diabólicos erraban sobre sus bóvedas, que horribles brujas tenian allí sus sábados en contubernio con los demonios, que cuantos mortales entraban perdian la vida, chupada por los vestiglos, y perdian el alma, lanzada á los infiernos. Los sacerdotes disuadian á las gentes de pasar por aquel lugar maldecido de Dios y tan terrible como los antiguos escollos de Scila y de Caríbdis. Se necesitaba entónces mucho valor y poca aprension para hacer lo que hicieron sus cuatro descubridores; para acercarse á la embocadura de aquel extraño averno. Y un posadero con un marino de Capri, y un pintor con un poeta de Alemania, se arriesgaron á la empresa y dieron prontamente con la magia. El pintor entró á nado. Cuando estuvo dentro, cuando se posesionó de aquel mundo sobrenatural, no sabía qué decir de alegría y de admiracion Parecíale haber descubierto otra nueva tierra, y en esta tierra nuevo mar, de un color y de un reflejo indecibles. Salia para cerciorarse de que todo el Mediterráneo de fuera no cambiaba de color, y volvia á entrar dando gritos de asombro. Aún se conserva en cierto albergue de Capri la relacion primera de este feliz hallazgo. Escrita por el poeta Kopisch, á ruegos del pintor Fries y del posadero Pagano y del marino Angelo, todos descubridores, encarece las supersticiones que cerraban el ingreso, la audacia necesaria para desafiarlas, la condicion precisa de un mar sereno, la posibilidad probable de una entrada en barquilla, el peligro que se corre de no poder salir á la menor alteracion de las ondas, lo estrecho de la entrada, lo encantador del sitio, el inverosímil juego de la luz, el matiz cerúleo de la superficie, el fosfórico resplandor de los líquidos abismos, el reflejo sobre las paredes y las techumbres, el tibio dia de aquella mansion de hadas donde diríase que están forjando por mandato de los dioses antiguos, para oponerlo al mundo moderno, una tierra pagana y tiñendo para deslumbrar nuestros ojos cristianos unos cielos olímpicos.
En esto, nos acercábamos á más andar á la caverna. Las sombras de la duna caian espesamente sobre nosotros y prestaban al mar un azul profundo que tiraba á violeta. Hácia el costado donde se abria la gruta, en la peña, el sol daba de lleno. Desde léjos nos parecia imposible poder penetrar en aquel sitio. Y verdaderamente, sólo una barca estrechísima, en cuyo seno teniais que tenderos y acurrucaros, pasaba como un pez entre los bordes angostos de la roca. Pero en cuanto ya habiais pasado, ¡qué singular maravilla! Bogais sobre un lago de turquesas líquidas; abrís en la superficie un surco de ópalo; veis en el hondo abismo una claridad semejante á la claridad de la luna llena; respirais un aire fresco cargado de emanaciones marinas; descubrís paredes y bóvedas blancas como el alabastro y azuladas por reflejos celestes como los cambiantes producidos porlas diamantinas estrías; notais que todos los objetos fuera del agua están negros como el azabache pulido, y todos los cuerpos dentro del agua argentados como las matutinas estrellas; vuestra propia barca y vosotros mismos como formados de espesas sombras, y los marinerillos que se arrojan al agua y que os siguen de cerca, como si tuvieran los cuerpos enteros de cristal de roca, miéntras las cabezas se ennegrecen y se asemejan á cabezas de oscuro bronce antiguo; y os creeis en realidad trasladados desde esta tierra nuestra á las grutas, donde las ondinas y las neréidas y las sirenas pintan las conchas, componen las fosfóricas estelas, guardan las perlas, amasan el nácar; engarzan los corales y producen todas las maravillas del mar.
Naturalmente, para ver el fenómeno se necesita que el dia esté límpido, el agua serena, el sol ántes del meridiano, pues la clara luz, recogida á la puerta por las aguas, penetra con una dulzura celeste en esta mansion de encantos indecibles. Mas el silencio que allí reina; el alejamiento del mundo; la nitidez de las aguas; el hechizo de la luz; las gotas destiladas por los remos que brillan; la superficie tersa como un metal precioso en extraña infusion; los abismos trasparentes cual un cielo clarísimo; la reverberacion azul en las bóvedas blancas; el color oscuro de las barcasmezclado con el color alabastrino de los nadadores; las centellas y las estelas parecidas al chispear de los astros; las perlas y los diamantes líquidos que cada movimiento derrama sobre las ligeras ondulaciones; aquel dia tibio como un crepúsculo jamas visto; aquella noche que se condensa y se espesa por várias aperturas; aquella magia alejada completamente de la realidad; cuanto os rodea, presta al sitio el aspecto de una especie de planeta que se está formando y surgiendo como isla de nácar iluminada en otras esferas desemejantes de las nuestras por mágico sol, cuyos rayos tibios y dulces como los rayos de la luna, tuvieran sobre éstos un más celeste y más hermoso resplandor.
Al salir, mi mente inquieta se trasportaba á bien lejanos tiempos. ¿Será éste el sitio donde se mojó el Amor cantado en su oda tercera por Anacreonte? El rapaz quiso ver si la humedad habia aflojado su arco, y probó, y pudo cerciorarse, hiriendo al mismo huésped que le albergára, cuán léjos despedia la aguda flecha, y cuán certero daba el mortal golpe. Lo cierto es que en el rumor de la salada onda, en el choque de los ligeros remos con las aguas, en el aleteo de las frescas brisas, en el arrullo de la paloma mezclado con la vibracion de las henchidas lonas, en el chirrido de la cigarra acompañado del grito de la gaviota,en todo cuanto se oia, resonaba, como si hasta los escollos y los promontorios fuesen misteriosas arpas, el cántico inmortal de la antigua Grecia. Podia repetirse aquí el coro consagrado á Edipo, ciego en los valles de Colonna. Esta es la más deliciosa region del mundo; los ruiseñores invisibles cantan en coro desde árboles cuyos frutos nada tienen que temer ni del sol ni del frio; los dioses de la naturaleza pasan por sus campiñas cargados unas veces de espigas y otras de racimos, y pasan por sus ondas, siempre cargadas de perlas, seguidos los unos de ninfas, cuyas frentes coronan la verbena y la hiedra, los otros de neréidas, cuyas frentes coronan las algas y los corales; el rocío hace florecer los narcisos de pintadas guirnaldas y el azafran de áureas y purpurísimas hebras; el laurel crece junto al olivo y los hombres aprenden lo mismo el arte de fecundar la tierra, que el arte de someter los mares. Eurípides puede repetir aquí el canto de sus cíclopes; Teócrito sus idilios impregnados de rosada miel. La muchacha que pasa descalza por los altos riscos seguida de su cabra, y lanzándonos con gracioso ademan algunas palabras de griega melodía, es acaso la amorosa Amarílis que se inclinaba á la entrada de las cavernas para oir el cántico de los pastores, y que huia diligente á su amor y á sus caricias. El pescador de la playa es elmismo pescador antiguo; en su cabaña de juncos y hojas secas; sobre su lecho de algas; rodeado de espuertas, y filetes, y cebos varios, y anzuelos; con una barca llena de redes á su frente y un monton de maromas y corchos á su espalda; el traje azul como la ola amorosa, y el gorro colorado como el sol poniente; sin llave que le guarde ni perro que le defienda; soñando hasta en las breves noches del estío con su copo cargado de lucientes peces. Y cuando habiamos apartado los ojos de la playa y los habiamos puesto en los umbrosos valles, y veiamos á los muchachuelos trepar por los árboles, ó gatear por los riscos en busca de un nido, involuntariamente nos acordábamos de aquel pajarero cantado por Bion y Mosco, el cual untó de liga las ramas de los árboles para cazar el Amor, y un anciano le dijo: «Chiquillo, no aceches á tal edad ese bicho, que cuando seas mayor verás cómo viene por sí mismo á posarse largo tiempo sobre tu atormentado corazon.» Y tanta poesía sólo tiene una sombra, sólo tiene una mancha; la sombra del despotismo, la mancha del recuerdo de Tiberio. ¡Bendita libertad! ¡Maldito cesarismo!