LXXVIII

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A ornadaAlcielo piden justiciade los Condes de Carriónambas las fijas del Cid,doña Elvira y doña Sol.Á sendos robles atadasdan gritos que es compasión,y no las responde nadiesino el eco de su voz.El menosprecio y la afrentasienten, que las llagas non;que es dolor á par de muerteen la mujer un baldón.Tal fuerza tiene consigola verdad y la razón,que hallan en los montes gentes,y en las fieras compasión.Á los lamentos que hacenpor allí pasó un pastor,por donde no puso piécosa humana si ahora non.Danle voces que se acerque,y él no osa de pavor,que son hijos de ignoranciael empacho y el temor.—Por Dios te rogamos, home,que hayas de nos compasión,así tus ganados vayansiempre de bien en mejor;nunca les falten las aguasen el estío y el calor,las hierbas no se les sequencon la helada y con el sol;tus tiernos fijuelos veascriados en bendición,y peines tus blancas canassin dolencia ni lesión,que desates nuestras manos,pues que las tuyas no soncomo las que nos ataron,de malicia y de traición.—Estando en estas palabrasel buen Ordoño llegóen hábito de romerode orden del Cid su señor:prestamente las desatadisimulando el dolor.Ellas que lo conocieronjuntas lo abrazan las dos;llorando las dice:—Primas,secretos del cielo soncuya voz y cuya causaestá reservada á Dios.No tuvo la culpa el Cid,que el Rey se lo aconsejó;mas buen padre tenéis, dueñas,que vuelva por vueso honor.

A ornada

Alcielo piden justicia

de los Condes de Carrión

ambas las fijas del Cid,

doña Elvira y doña Sol.

Á sendos robles atadas

dan gritos que es compasión,

y no las responde nadie

sino el eco de su voz.

El menosprecio y la afrenta

sienten, que las llagas non;

que es dolor á par de muerte

en la mujer un baldón.

Tal fuerza tiene consigo

la verdad y la razón,

que hallan en los montes gentes,

y en las fieras compasión.

Á los lamentos que hacen

por allí pasó un pastor,

por donde no puso pié

cosa humana si ahora non.

Danle voces que se acerque,

y él no osa de pavor,

que son hijos de ignorancia

el empacho y el temor.

—Por Dios te rogamos, home,

que hayas de nos compasión,

así tus ganados vayan

siempre de bien en mejor;

nunca les falten las aguas

en el estío y el calor,

las hierbas no se les sequen

con la helada y con el sol;

tus tiernos fijuelos veas

criados en bendición,

y peines tus blancas canas

sin dolencia ni lesión,

que desates nuestras manos,

pues que las tuyas no son

como las que nos ataron,

de malicia y de traición.—

Estando en estas palabras

el buen Ordoño llegó

en hábito de romero

de orden del Cid su señor:

prestamente las desata

disimulando el dolor.

Ellas que lo conocieron

juntas lo abrazan las dos;

llorando las dice:—Primas,

secretos del cielo son

cuya voz y cuya causa

está reservada á Dios.

No tuvo la culpa el Cid,

que el Rey se lo aconsejó;

mas buen padre tenéis, dueñas,

que vuelva por vueso honor.


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