LXXXIV

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T ornadaTresCortes armara el rey,todas tres á una sazón,las unas armara en Burgos,las otras armó en León,las otras armó en Toledo,donde los hidalgos son,para cumplir de justiciaal chico con el mayor.Treinta días da de plazo,treinta días, que más non,y el que á la postre vinieseque lo diesen por traidor.Veinte y nueve son pasados,los condes llegados son;treinta días son pasados,y el buen Cid no viene, non.Allí hablaran los condes:—Señor, dadlo por traidor.—Respondiérales el rey:—Eso non faría, non,que el buen Cid es caballerode batallas vencedor,pues en todas las mis Cortesno lo había otro mejor.—Ellos en aquesto estandoel buen Cid allí asomócon trescientos caballeros:todos fijosdalgo son,todos vestidos de un paño,de un paño y de una color,si no fuera el buen Cid,que traía un albornoz;el albornoz era blanco,parecía emperador,capacete en la cabeza,que relumbra como el sol.—Dios vos mantenga, buen rey,y á vosotros sálveos Dios,que non fablo yo á los condes,que mis enemigos son.—Allí dijeron los condes,fablaron esta razón:—Nos somos fijos de reyes,sobrinos de emperador;¿merescimos ser casadoscon fijas de un labrador?—Allí hablara el Cid,bien oiréis lo que fabló:—Convidáraos yo á comer,buen rey, tomástelo vos,y al alzar de los mantelesdijistes esta razón:Que casase yo mis fijascon los condes de Carrión.Diéraos en respuestacon respeto y con amor:Preguntarélo á su madre,su madre que las parió,preguntarlo he yo á su ayo,al ayo que las crió.Dijérame á mí el ayo:Buen Cid, non lo fagáis, non,que los condes son muy pobres,y tienen gran presunción;mas por non contradeciros,buen rey, ficéralo yo.Treinta días duraron las bodas,que non quisieron más, non.Cien cabezas yo matarade mi ganado mayor;de gallinas y capones,buen rey, non lo cuento, non.

T ornada

TresCortes armara el rey,

todas tres á una sazón,

las unas armara en Burgos,

las otras armó en León,

las otras armó en Toledo,

donde los hidalgos son,

para cumplir de justicia

al chico con el mayor.

Treinta días da de plazo,

treinta días, que más non,

y el que á la postre viniese

que lo diesen por traidor.

Veinte y nueve son pasados,

los condes llegados son;

treinta días son pasados,

y el buen Cid no viene, non.

Allí hablaran los condes:

—Señor, dadlo por traidor.—

Respondiérales el rey:

—Eso non faría, non,

que el buen Cid es caballero

de batallas vencedor,

pues en todas las mis Cortes

no lo había otro mejor.—

Ellos en aquesto estando

el buen Cid allí asomó

con trescientos caballeros:

todos fijosdalgo son,

todos vestidos de un paño,

de un paño y de una color,

si no fuera el buen Cid,

que traía un albornoz;

el albornoz era blanco,

parecía emperador,

capacete en la cabeza,

que relumbra como el sol.

—Dios vos mantenga, buen rey,

y á vosotros sálveos Dios,

que non fablo yo á los condes,

que mis enemigos son.—

Allí dijeron los condes,

fablaron esta razón:

—Nos somos fijos de reyes,

sobrinos de emperador;

¿merescimos ser casados

con fijas de un labrador?—

Allí hablara el Cid,

bien oiréis lo que fabló:

—Convidáraos yo á comer,

buen rey, tomástelo vos,

y al alzar de los manteles

dijistes esta razón:

Que casase yo mis fijas

con los condes de Carrión.

Diéraos en respuesta

con respeto y con amor:

Preguntarélo á su madre,

su madre que las parió,

preguntarlo he yo á su ayo,

al ayo que las crió.

Dijérame á mí el ayo:

Buen Cid, non lo fagáis, non,

que los condes son muy pobres,

y tienen gran presunción;

mas por non contradeciros,

buen rey, ficéralo yo.

Treinta días duraron las bodas,

que non quisieron más, non.

Cien cabezas yo matara

de mi ganado mayor;

de gallinas y capones,

buen rey, non lo cuento, non.


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