CUADRO PRIMERO

CUADRO PRIMERO

La escena representa un trozo de la Ronda de Valencia. A la izquierda, y en primer término, en un chiscón, construído con tablas pintadas y techumbre de zinc, hay establecida una barbería de quince céntimos y «cara al sol». A los lados de la puerta, sillones para los servicios; en una mesita pequeña, útiles de afeitar, como navajas, bacías, etc. Sobre la puerta un letrero mal pintado que diga:Salón de Barbería. No se azmiten propinas.En el mismo lado y colocada de izquierda a derecha hasta mitad de la escena, se verá la valla de un solar quecontinúa en ángulo hasta cerca del foro. Próxima a este ángulo y frente al público, la valla tiene una puerta practicable. Entre la barbería y la valla hay espacio para una calle. A la derecha, en primer término, una taberna de pobre aspecto con puerta practicable. En la calle y frente a la puerta, dos mesas, y alrededor, banquetas. Sobre la puerta un letrero que dice:Vinos. Cerca del foro queda un espacio a manera de plaza, formado por las casas de la derecha y la valla del solar que da frente a estos términos, y en este espacio, desemboca una calle bastante ancha. El foro lo constituyen casas y solares. Es de día; un día de invierno de sol muy claro.

Quintina, Eustasia, Señá Rosa, Vecina 1.ª, una Niña, Señor Régulo, el Pinturas, Liborio, Chico 1.º y 2.º

Al levantarse el telón aparecen todas estas personas en la forma siguiente. Quintina, la señá Rosa y Vecina 1.ª, sentadas junto a la valla del solar. Quintina y la señá Rosa cosen al sol, puestos en la cabeza los pañuelos formando pantalla. La Vecina 1.ª peina a una niña que estará sentada en el suelo entre las piernas de su madre. Eustasia, un poco más lejos, lava ropa en un barreño sostenido sobre un cajón. Liborio, sentado en el suelo y apoyada la espalda en la valla, lee un periódico. El señor Régulo, a la puerta de la barbería, pasa por la badana varias navajas de afeitar. El Pinturas trata de obligar a un perrito a que se sostenga sobre las patas traseras. Chico 1.º y 2.º, en la parte derecha del foro, vuelan una cometa que se ve remontarse por las bambalinas.

Eustasia(Dando jabón a la ropa y restregándola luego, canta un tiento.)

¡Ay, ayayay, ay, ayayay! ¡Ay, ayay!...¡El día que yo te vea... ay, ay, el día!...

¡Ay, ayayay, ay, ayayay! ¡Ay, ayay!...¡El día que yo te vea... ay, ay, el día!...

¡Ay, ayayay, ay, ayayay! ¡Ay, ayay!...¡El día que yo te vea... ay, ay, el día!...

¡Ay, ayayay, ay, ayayay! ¡Ay, ayay!...

¡El día que yo te vea... ay, ay, el día!...

Liborio(A Eustasia, dejando de leer y confidencialmente.)—¡Chits!... ¡Eustasia!... Daría los noventa y pico de años que me restan de existencia por ser enagua.

Eustasia.—¡Caramba! ¿sí?... ¿Y con qué ojeto?

Liborio.—Pa tener el gusto de que me echase usté a la colada.

Eustasia.—¡Caray, qué rico! (Cantando.)

¡Ay, ayayay, ay, ayayay, ay!...

¡Ay, ayayay, ay, ayayay, ay!...

¡Ay, ayayay, ay, ayayay, ay!...

¡Ay, ayayay, ay, ayayay, ay!...

Rosa.—¿Pero se pué saber qué es lo que te duele, hija?

Eustasia.—¿Que qué me duele? (Mirando a Liborio.) Un divieso... que me ha salido aquí al lao.

Régulo.—Pues belladona con él.

Eustasia.—Estos me los suele reventar mi marido.

Liborio(Escamado y separándose un poco.)—¡Repringue!

Régulo.—¡Que te mejores!

Eustasia(Al ver que Liborio se ha separado.)—¡Ya nos vamos aliviando, ya!

Niña(La que se peina, casi llorando.)—¡Pero madre!...

Vecina 1.ª—¡Calla, recondená!

Niña.—¡Si es que m’arranca usté el cabello!

Vecina 1.ª—¡Pues no le llama cabello a esto y paece el pelote d’un sofá!

Rosa.—Dame una hebra, Quintina.

Quintina(Dándole una hebra de hilo.)—Tome usté, señá Rosa.

Liborio.—¿Y cómo anda de istrución ese perro, Pinturas?

Pinturas.—Ya sabe el ejercicio. Ahora le estoy educando pa monecipal.

Eustasia.—¡Qué gracia! ¿Y qué le enseñas?

Pinturas.—A andar despacio y a pararse en las esquinas.

Régulo.—Tóo el manual.

Liborio.—¡Já, já! (Riendo.) ¡Tié salero!

Eustasia(Cogiendo el lebrillo de la ropa.)—¡Vaya, me voy a tender!

Liborio.—Y yo. (Se tiende en el suelo, apoya la cabeza en una piedra y sigue leyendo.)

Eustasia(Amenazándole con la pala.)—¡Gracioso! (Vase por la puerta del solar.)

DichosySeñor Metodio(guardia de Orden Público).Sale por la calle de la derecha.

Metodio.—Salú, vecindario... Buenos días, Régulo. (Yendo hacia la barbería y quitándose la teresiana.)

Régulo.—¡Hola, señor Metodio!...

Metodio.—Afeitarme en un vuelo, que voy de servicio.

Régulo.—Al vapor. Deje usté el armamento. (Cuelga el sable que se quita Metodio donde éste colgó la teresiana y procede rápidamente al afeitado.)

Chico 1.º(Dejando al Chico 2.º el hilo de la cometa y viniendo furioso ante la taberna.)—¡Señá Lorenza, señá Lorenza, dígale usté a Donisio que no tire piedras a la cometa, que va a cobrar! (Cae una piedra y da en el periódico que lee Liborio.)

Liborio(Incorporándose furioso.)—¡Pero, chico! (Mirando hacia la derecha.) ¡A ver si te estás quieto, que más dao en el folletín! (Cae otra piedra entre las vecinas.)

Rosa(Asustada.)—¡Rediez!... ¡qué cantazo!

Quintina(Indignada.)—¡Pero señá Lorenza, que sigue con las piedras!...

Lorenza(Saliendo con calma de la taberna.)—¡Ay, hija, ni que fueran ustés de porcelana! ¡Jesús!... (Al chico.) ¡Donisio... no tires, hijo, que vas a romper un cacharro!

Liborio.—Guasitas encima, ¿eh?

Donisio(Que sale huyendo por la derecha de loschicos de la cometa, que la recogieron a su tiempo.)—¡Madre! ¡madréee... que me pegan! (Donisio es un pequeñuelo que va en mangas de camisa, lleva tirantes y fuera de los calzones el faldón de la camisa.)

Lorenza.—¡Hala pa dentro, mala pécora! (Lo entra en la taberna dándole azotes.)

Dichosy unCarretero

Se oye próximo el rodar de un carro, ruido de colleras y dos o tres trallazos.

Carretero(Dentro.)—¡Riá, mula! ¡Riá, condenada! ¡Mula! ¡Sooó! ¡Generala! ¡Sooó! (Saliendo sucio de harina hasta la exageración, con la boina casi blanca y cara y manos enharinadas.) ¡Güen día!... ¿Hay quienafaite?

Pinturas.—Pase, caballero; pase y asiéntese, que se le va a servir de seguida.

Carretero.—¿Andem’asiento? (Empieza a sacudirse la boina contra una rodilla, y luego se golpea la ropa levantando una terrible polvareda de harina. Tosen todos los que hay en escena.)

Pinturas.—¡Recoles!... (Tosiendo.) ¡Ejem!... ¡ejem! Aquí... asiéntese aquí. (Le ofrece un sillón.)

Régulo(Tosiendo.)—¡Ejem!... ¡Chits!... Oiga, buen amigo, no sacuda más, que ha desperdiciao usté dos libretas, lo menos.

Carretero(Sentándose.)—¡Maldita siá lá!... Si se pone uno que...

Pinturas(Al maestro.)—Paño.

Régulo(Dándole el paño.)—A ese con verduguillo y sin repaso.

Pinturas(Pone el paño al carretero y le quita la boina.)—Dejaremos la boina aquí. (La cuelga.)

Carretero.—¡Oye, tú, a verandela dejas, no me lavanquitar!

Pinturas.—¡Caballero, este salón es de confianza!

Carretero.—Lo digo porque, no vas a pensarte, el otro día en la Ronda Segovia m’apandaron una a listas, recién estrená.

Pinturas(Dándole jabón.)—Aquí no semos de esos. (Tose.) ¡Ejem! ¡ejem! ¿Y esa harinita que acarrea usté, escandialu centeno?

Carretero.—Es pa cataplasmas.

Pinturas.—¡Bullanguerillo! (Le da más jabón.)

Metodio(Al señor Régulo.)—El bigote déjamelo a lo kaiser.

Carretero(Al escuchar un inquieto cascabeleo de colleras, se vuelve furioso hacia la derecha y dice dando un grito terrible.)—¡Coronela!

Pinturas(Asustado y dando un salto.)—¡Mi madre! ¿Qué pasa?

Carretero.—¡Aguarda, hombre! (Incorpórase y mira hacia donde ha dejado el carro.) ¡Maldita siá! ¡Coronelááá! (A gritos.) ¡Ay, Granaíto, Granaíto, que te voy a hacer polvo!

Pinturas.—¿Más polvo?

Carretero(Se levanta rápidamente, coge el látigo que habrá dejado apoyado en la pared y echa a correr con el paño puesto y la cara llena de jabón.)—¡Siooó, mula! (Se oyen trallazos.) ¡Machooó!... ¡Perro! ¡Maldita sea tu casta, ladrona! (Se oye ruido de colleras.) ¡Siooó! ¡Mala sangre! ¡Asesinooó! (Vuelve y deja el látigo) ¡Amos, hombre; esa perra, ca vez que la engancho en varas, m’atolondra el macho!

Pinturas.—¿Es coqueta?

Carretero.—¡Burro! (A Pinturas.) (No es a ti.) (Alto.) ¿Tú también? ¡ay, si güelvo, si güelvo! (A Pinturas.)Afaita.

Pinturas(Afeitando.)—¿Y qué, ha visto usté cómo anda eso de la política?

Carretero.—¡Política! Quita, hombre, a mí tóo loque no sea la República ¡agua limón! (Metodio se vuelve y le mira.) Y vengan palos, y cortar caezas, y colgar gente rica. (Metodio vuelve a mirarle.)

Pinturas.—Sí, vamos, usté tira a lademagogogía.

Carretero.—¡Natural! ¡Y ajuera ladrones, y abajo los empleaos, y a destripar guindillas! Créeme a mí.

Metodio(Con la cara llena de jabón.)—¡Oiga usté, mi amigo!

Carretero(Con la cara llena de jabón, también.)—¿Qué pasa?

Metodio.—Que como siga usté rebuznando a ese tenor, le acabamos a usté de afeitar en la Delegación.

Carretero.—¿D’andeha salío esa voz aflautada?

Metodio.—De Metodio Lagunilla, agente de primera afezto a la Zona norte.

Carretero.—Pus pa otro día se afeita usté con kepis, porque así enjabonao no se le nota a usté la autoridaz.

Metodio.—Se usan gafas.

Carretero.—Se usan narices postizas. Acaba, chico. (Por lo bajo.) ¡Nos ha matao el tío guinda éste!

Metodio(A Régulo.)—¿Y que tenga uno que aguantar esto?

Régulo.—No haga usté caso, señor Metodio, en estos salones hay que oir toa clase de ditirambos.

Pinturas(Acabando con el carretero.)—Pa servir a usté.

Carretero(Levantándose.)—¡Está esto güeno! (Mira al guardia con ira, mientras saca de la faja una bolsa de cuero y deslía el cordón que la cierra.) ¡Te digo que si uno no mirara!... ¡Así degollasen a la!... ¡Lástima de!... ¿Qué se debe?

Pinturas.—Quince céntimos.

Carretero.—¡Maldita siá! (Dando los quince céntimos.) En paz. (Liando la bolsa y guardándola.) ¡Y luego que silibertá, y si pimientos morrones! (Coge el látigo, se acerca a la pared y en vez de descolgar su boina coge la teresiana de un manotón.) ¡Miá tú a mí el esbirro éste!

Metodio.—¿Eh? que ha cogido usté mi teresiana.

Carretero(Soltándola encima de la mesa.)—¡Rediezla, pues eso me faltaba, irme con tonterías en la caeza! ¡Me caso hasta en!... (Dando trallazos y voces.) ¡Riá, Coronela! ¡Huesque! ¡Ladrona! ¡Granaíto! ¡Ay, qué macho, qué macho! ¡Mala sangre! ¡Arreeé! (Se oye alejarse el carro y se oyen las voces del Carretero que se pierden a lo lejos.)

Régulo(Acabando.)—Servidor, señor Metodio.

Metodio.—Bueno, ¿y qué haces cuando te tropiezas con undevocionariode esos?

Régulo.—Hacer la vista gruesa, es lo que coge.

Metodio.—Hay que tener más pacencia... (Vase foro izquierda. El señor Régulo vase con Pinturas a la barbería. Durante la escena anterior, se han marchado la Quintina, Vecina 1.ª y la Niña, y luego Liborio, quedando sólo la señá Rosa.)

Señá Rosay elSeñor Balbino

(El señor Balbino, es un tipo de verdulero ambulante; sale por la izquierda con un borriquillo que lleva un serón cargado de frutas y hortalizas.)

Balbino(Pregonando.)—¡Pimientos coloraos d’asar! ¡A treinta, tomates! ¡Como la grana, tomates! ¡Parroquianitas, que son de moda! ¡A treinta, tomates!

Voz(Dentro.)—¡Verdulero!

Balbino(Contestando.)—¡Perroquiana!

Voz.—¿Los da usté a veinte?

Balbino(En voz alta.)—Aguárdate que consulte. (Al burro.) ¿Los damos a veinte, Catalino? (En voz alta.) Dice mi socio que no hay negocio. (Pregonando.) ¡Como la grana son! ¡Como la grana son!

Rosa.—Adiós, Balbino.

Balbino.—Hola, señá Rosa, ¿pero toavía anda usté pol mundo?

Rosa.—Y el rato que me queda, hijo.

Balbino.—Así sea.

Rosa.—¿Y vienes por la manduca?

Balbino.—A ver. He visto bostezar aCatalinoy he dicho las doce y cuarto y nos hemos venío pa acá en busca dellunche. (Descarga el serón con las verduras y lo pone junto a la taberna y le coloca al burro en el cuello el saco del pienso.)

Rosa.—Siempre estás de güen humor, hijo.

Balbino.—¿Yo? Yo no. El que es feliz es misocio. Aquí lo tié usté; tié tres cargos, cuadrúpedo, industrial y verdulero, pus entavía le queda tiempo pa sus asuntos particulares con una burra vecina. Místelo; nos queremos como hermanos. Hace cinco años que nos hemos juntao bajo la razón social de Balbino Verdolaga y Compañía, y menos en las algarrobas en tóo lo demás vamos a medias; pues aún no hemos tenío el más ligero disgusto. ¿Qué le falta a este burro pa ser una persona?... ¡Darme un par de coces! Y no lo espero, ¿verdáCatalino?

Rosa.—¿Qué dice?

Balbino.—¿Dice que si usté gusta?

Rosa.—Gracias, hijo.

Balbino.—¡Ande come uno comen dos, no sea usté niña!

Rosa(Levantándose y marchándose.)—¡Anda y que te dé el viento, guasón! (Vase.)

Balbino.—Usté se lo pierde. (Mira el reloj.) ¡Cuánto tarda la Lucila! Voy a avisar que nos preparen la comida. (Mete al burro por la calle de la derecha y entra él en la taberna.)

Señor Manfredo.Luego,Balbino.

(Manfredo, que es un viejo desastrado que se dedica a pasear anuncios, sale por la izquierda llevando en alto y sujeto por un palo un gimnasta de músculos atléticos, pintado en un lienzo en actitud de sostener dos enormes pesas en las que se leen las palabras: “Fuerza”, “Robustez”, “Hermosura”, “Virilidad” y a los pies de la figura un letrero que dice:Bola, 10, Gran Gimnasio.)

Música

Manfredo

Quien quiá serun señorde podery vigory adquirirrobustez,puede irBola diez.Me alquilé para anunciarcomo ustedes pueden ver,mi misión es paseary exhibirme por doquiery aunque no expreso el ruborque esta exhibición me da,digo para mi interior:¡Ay, mamá! ¡Ay, mamá!Cuántas tonteríashacen los mortalescuando necesitantres o cuatro reales.Yo he visto a un banqueroque quebró en Leónbailando guajirasen un callejón.

Quien quiá ser

un señor

de poder

y vigor

y adquirir

robustez,

puede ir

Bola diez.

Me alquilé para anunciar

como ustedes pueden ver,

mi misión es pasear

y exhibirme por doquier

y aunque no expreso el rubor

que esta exhibición me da,

digo para mi interior:

¡Ay, mamá! ¡Ay, mamá!

Cuántas tonterías

hacen los mortales

cuando necesitan

tres o cuatro reales.

Yo he visto a un banquero

que quebró en León

bailando guajiras

en un callejón.

——

Ayer tarde me paréen la calle de Alcaláy una joven de buen verque pasó con su mamá,al mirar este Sansónle salió del pecho un ¡ah!y exclamó con timidez:¡Ay, mamá! ¡Ay, mamá!y la madre al verlatan acongojaday tan suspirantey tan colorada,dijo: no hagas caso,que es una ilusión,Siempre se exagerala musculación.Este sansónvale un millón.

Ayer tarde me paré

en la calle de Alcalá

y una joven de buen ver

que pasó con su mamá,

al mirar este Sansón

le salió del pecho un ¡ah!

y exclamó con timidez:

¡Ay, mamá! ¡Ay, mamá!

y la madre al verla

tan acongojada

y tan suspirante

y tan colorada,

dijo: no hagas caso,

que es una ilusión,

Siempre se exagera

la musculación.

Este sansón

vale un millón.

Hablado

Manfredo(Mirando al gimnasta.)—¡Chitsss!... Hercúleo... ¿Vamos a ver si nos fían media copa?... Bueno. (Se dirige a la taberna.)

Balbino(Que sale de ella.)—¡Calle!... (Reparando en Manfredo.) ¡Manfredo!... pero, ¿eres tú?...

Manfredo.—¡Balbino de mi alma!... ¡¡Cuánto me alegro!!

Balbino.—¡No te había conocido! Chico, ¿pero qué es eso que llevas a cuestas?

Manfredo.—¡Unazleta!

Balbino(Mirándolo.)—¡Gachó, qué tío! (Leyendo.) Fuerza, robustez, hermosura,verilidaz... ¿Y tóo eso, qué es?

Manfredo.—Cinco reales. Que me he metido a niñera d’anuncios; los llevo a paseo.

Balbino.—Pues la cosa no es mu pesá que digamos.

Manfredo.—Sin embargo; ¡el Herculitos este tié sus deficultades, no creas!

Balbino.—¿Cuálas?

Manfredo.—Pues mira, primero, la chirigota pública. Ayer sin ir más lejos nos ven dos señoritos y va uno y le dice al otro: ¡Miá qué grupo tan bonito:Sansón y Donlila!Y el pitorreo siempre molesta: Y segunda y prencipal, que como tóo el peso lo llevas arriba, en cuanto te tomas dos copas, te empieza atitubearelazletay de una legua te conocen que has bebido.

Balbino.—¿Por laoscilación?

Manfredo.—Natural. (Deja el gimnasta apoyado en la tapia de la taberna y se sientan.) ¿Y tú qué haces por estos barrios?

Balbino.—Pues náa, chico, que ahora comemos aquí.

Manfredo.—¿Sus habéis mudao?

Balbino.—Arganzuela, decisiete. Hace un mes escaso.

Manfredo.—¿Y tu vástaga?

Balbino.—Dedicá a su comercio. Ya no tardará.

Manfredo.—¿Y tu sobrino?

Balbino.—¿Quién, Serafín? No sé de él.

Manfredo.—¡Repringue! pero, ¿no vive con vosotros?

Balbino.—Hace dos meses. Nos la jugó de puño.

Manfredo.—¡Chico!... ¡No lo hubiá creído! ¡Quéengratetú! Toa la vida a tu lao y de repente...

Balbino(Con tristeza.)—Y lo peor de que nos haiga dejao no es laengratetú, Manfredo...

Manfredo.—Pues, ¿qué es? (Con interés.)

Balbino(Acercándose a su interlocutor y con misterio.)—Lo peor es que con ese motivo estoy atravesando un drama de familia que atufa.

Manfredo.—¡Porra! Pero, ¿es de veras?

Balbino.—¿Que si es de veras? Te quiero como un hermano y te lo voy a contar tóo pa que veas cómo las estoy pasando.

Manfredo.—Me dejasdemudao. Cuenta, cuenta...

Balbino.—Mira, Manfredo, tú ya sabes que respetive al bienestar, mi casa era un eden... ¡Más!... ¡Uneden concert!...

Manfredo.—Me costa.

Balbino.—Ya que mi chica perdió a su madre a los tres años, dije, pues que no eche de menos el cariño que la va a faltar y laquintudupliquéel mío; que tú sabes que ciego por ella y si me pide la luna no se la traigo porque no sé por dónde se sube, que si no, se la bajaba de un cuerno.

Manfredo.—Me siguecostando.

Balbino.—De chiquilla, pa que tuviese con quién juar, recogí a mi sobrino Serafín, como sabes, cuando murió mi cuñada y me lo llevé a casa.

Manfredo.—Acción meritoria.

Balbino.—Pues bien, los chicos, primero con el apego de criarse juntos, después con lo natural que da el roce, pues lo que era una cosa, luego fué otra, y en total, que mi Lucila sepirriópor Serafín, sin que él se diese cuenta, y de pronto, cuando más mochales estaba la chica, va el ganso ese y se nos larga a vivir con una tal Carmen.

Manfredo.—¡Mi madre!

Balbino.—Lo que oyes.

Manfredo.—¿Ella se habrá quedaodesconsoladisma?

Balbino.—¡Carcúlate! Ahora, que ya la conoces, y como ella cree que yo no me he enterao de náa, pues pa no darme el desgusto, la creatura se repudre por dentro y se va a llorar por los rincones; pero delante de mí siempre está con unas risas y unas alegrías que m’hacen más daño que un clavo en las botas.

Manfredo.—Pues vaya una coba triste.

Balbino.—¡Considera! Y yo, la verdad, quisiera una cosa de ti.

Manfredo.—¿Cuála?

Balbino.—Que t’aguardes, y cuando venga la chica, yo me largo ahí dentro, y a ver si túpuéssacarla con maña su verdadero sentir. No sea que me haga algún disparate que me amargue.

Manfredo.—No lo creo; pero en fin, déjamela a mí, que yo la hablaré. (Se oyen risas lejanas.)

Balbino.—¡Calla!... ¡Ella viene! Ya está ahí.

Manfredo.—¡Y cómo se ríe!

Balbino.—Lo de siempre. ¡La pobrecilla, pa engañarme!...

DichosyLucila

Lucila(Sale por la izquierda con una cesta llena de juguetes baratos, y atado al asa un hilo con globitos de colores. Viene riéndose exageradamente y mirando atrás.)—¡Já, já, já! ¡Qué gracia! ¡El demonio del hombre! (A su padre.) ¡Hola, agüelo!

Balbino.—¿Pero qué te pasa, tarambana?

Lucila.—¡Náa... calle usté, que vengo partía de risa! ¡Já, já, já! ¡Qué salao!

Manfredo.—¿Pero qué t’ha sucedío pa ese jolgorio?

Lucila.—¡Quite usté, señor Manfredo! ¡La graciaelmundo! Un señor viejo que m’ha preguntao que cuánto quería por losjuetescon escaparate y tóo.

Balbino.—¿Y tú qué has dicho?

Lucila.—Que veinticinco años y un bigote rubio.

Balbino.—¿Y qué t’ha contestao?

Lucila.—Que no llevaba suelto, y le he añadío que pa gaitas ya las vendo yo. ¡Já, já! ¡Qué salero!

Manfredo.—¡Eres el demonio!

Balbino.—¿Y has vendío mucho?

Lucila.—¿Vender?... ¡Ganas! Dende que ha salío el futu-bul se están poniendo las creaturas que no siendo a coces no saben a qué juar. ¡El mejor día agarro yo elbazar, le pego un puntapié yfutu-bul! En toa la mañana no he vendío más que Don Nicanor tocando el tambor, a una señora gruesa, yDon Genarosaludando a una estitutriz, que como era francesa no ha entendío el saludo y me lo quería devolver. Total: entre la señora y la estitutriz, dos perras. Se lleva una perra el Ayuntamiento, conque le queda a usté otra pa mantención, ropa limpia y ladridos... ¡Usté verá el negocio!

Balbino.—¡Pa echarutomóvil! Vaya, voy a avisar que nos calen la sopa. (Vase a la taberna.)

Lucila.—Sí, que traigo gazuza, padre.

Lucila, Manfredo.LuegoBalbino.

Manfredo (Aparte.)—¡A ver si se me franquea! (Hace señas de inteligencia a Balbino, que se asoma con disimulo tras la puerta de la taberna. Alto a Lucila.) Oye, ya m’ha dicho tu padre que sus habéis mudao.

Lucila.—Sí, señor, en la cae la Arganzuela. Tenemos un chalete lujosísimo, con vistas a la mar... a la mar de solares.

Manfredo.—Ya iré a veros.

Lucila.—Pues vaya usté pronto, que está la escalera pa caerse. ¿Y l’habrá dicho a usté también que Serafín nos hizo rabona, eh?

Manfredo.—Eso m’ha contao. Y que se fué con una tal Carmen.

Lucila(Con tristeza.)—Sí, señor. Mañana precisamente hace dos meses, mire usté.

Manfredo.—¿Tú habrás tenido el primer disgusto?

Lucila.—¡Hombre... sí que lo sentí, porque le tenía una miaja de ley, pero náa más! Ahora que... ¡lo que son las cosas de la Providencia!... ¿A que no sabe usté lo que he sabío esta mañana, señor Manfredo?

Manfredo.—¿Qué has sabido?

Lucila.—¡Pues que Serafín y la Carmen han tarifao ya!

Manfredo.—¡Rediez!

Lucila.—¡Y de mala manera! Me he encontrao al cojo Changa, ese amigote suyo, y me lo ha contao tóo. Al mes de vivir juntos, la madre lo echó a la calle; creo que no congeniaban. Al menos eso dicen ellas. Pero la verdá de la cosa es que la Carmen no le quería, y se ha encaprichao, según dicen, con el señor Valeriano, el pollero, que tié guita larga, y ha dejao al otro por puertas.

Manfredo.—¡Buen castigo! ¿Tú te habrás alegrao de ole?

Lucila.—¿Yo? ¿Por qué me voy a alegrar?

Manfredo.—¿Que por qué?... ¡Porque sí! No disimules; porque tú quiés a Serafín hasta donde se pué querer.

Lucila(Sorprendida.)—¿Yo? ¡Qué tontería! ¿Quién se lo ha dicho a usté?

Manfredo.—Un pajarito que tóo lo sabe: la experencia. ¡Tú le quieres, no lo niegues!

Lucila.—¡Hombre... quererle, claro!... Algo.

Manfredo.—¡Mucho!

Lucila.—Es natural... ¡Toa la vida a su lao!... Que cuidarle cuando se ponía malo... que reirme con sus bromas... que adivinarle los gustos... Y un año y otro, siempre juntos... pues, claro, aunque una sea un perro... se toma cariño.

Manfredo.—Es que tú l’has tomao un poquito más que cariño.

Lucila(Vacilando.)—¡Tanto como eso no, pero he pasao malos ratos, sí, señor; pa qué le voy a usté a engañar! Pero no se lo diga usté a mi padre, ¿eh?

Manfredo.—¡Descuida, mujer!

Lucila.—Pues los he pasao; porque yo que sé lo que es querer, he visto que ella no le quería y él cáa vez más loco. A una palabra suya iba de cabeza, y en cambio mis consejos y misavertencias, náa... Como si soplase usté al sol pa enfriarlo: inútil. Pero el querer es así: loco, y hay que aguantarse. Ya ve usté, yo era todo por su bien, sin interés denguno... (Se le saltan las lágrimas,) y ella en cambio, le desprecia... pus se ha ido con ella, y es que la vida tié esas cosas... ¡Ay! ¡Si yo me hubiese podido hacer más chiquita, más chiquirritita de lo que soy... y me hubiese podido esconder en el corazón de esa mujer, entonces sí que le hubiera querido, señor Manfredo, entonces sí que le hubiera querido! (Llora.)

Manfredo(Conmovido.)—¡Me caso en el gimnasta! ¡Maldita sea mi suerte!

Lucila(Secándose las lágrimas.)—(¡Chito! ¡Calle usté! ¡Mi padre!)

Balbino.—Ya está la sopa, tú.

Lucila.—Vamos.

Balbino.—Oye, (Observándola.) ¿pero qué es eso? ¿Llorabas?...

Lucila.—¿Yo?... ¡Quite usté, hombre! ¿Llorar? (Ríe.) ¡Já, já! ¡qué gracia!... Pues precisamente le estaba diciendo al señor Manfredo, que estoy mu contenta porque ca día está usté más arriscadete y más guapo. ¡Como que unas señoras me lo querían coger anteanoche pa una tómbola!... ¡Misté qué ojos más ladrones... y misté qué nariz! ¿Usté ha visto una alcachofa más bonita en su vida?

Balbino.—¡No seas niña, Lucila, y no desimules!

Lucila.—¡Bendito sea mi padre! ¡Ele! ¡Esto sí que se quiere de veras en el mundo, señor Manfredo! ¡Él pa mí, yo pa él, sin coba, ni paripé... siempre juntos los dos! (Le abraza.) ¡mi agüelete!... ¡Ele! (Quiere reir y llora.)

Balbino.—¿Lo ves, lo ves cómo lloras?

Lucila.—Bueno, ¿y qué? Aunque llore, ¿qué? Es de alegría, señor. También se llora de alegría. Hay días que llueve con sol, ¿verdá usté?... (Empujando asu padre.) ¡Eche usté pa alante, so gitanazo! ¡Já, já! ¡Místelo, tié la esbeltez del talego! (Abrazándole.) ¡pues no quiero yo na a este tío viejo!

Balbino.—¡Pero lloras, lloras!

Lucila(Llorando francamente.)—¡De alegría... de alegría! ¡Si es de alegría, señor!

Balbino(A Manfredo.)—¿Estás viendo? ¡Maldita sea!... (Entran abrazados en la taberna.)

Manfredo(Furioso, cogiendo el gimnasta.)—¡Mecachis hasta en!... ¡Después de ver esto, hoy te va a pasear a ti tu señora agüela! (Se lo echa al hombro y sale corriendo por detrás del solar.)

SerafínyLadislao

Salen por la derecha. Vienen mirando hacia atrás como ocultándose de alguien.

Serafín(Azorado.)—¿Es la Carmen?

Ladislao.—Sí, es ella. Se ha parao en la tienda de telas con una mujer.

Serafín.—La esperaré aquí.

Ladislao.—Bien hecho. Y atiende, Serafín; espero que quedes como unhombrito; duro con esa golfa, y que no te ablande el cariño que l’has tenido.

Serafín.—No tengas cuidao. Lo que no la diga, será porque no me deje la rabia.

Ladislao.—Piensa que esa mujer te ha tomao de pito en tales términos... que te puede utilizar un serenoimpugnemente; y piensa que por su culpa estás siendo elhazme de reirde la sociedad.

Serafín.—Lo he pensao tóo, y que no me quiera y me deje por otro es lo que me importa. Lo demás, ¡a mí qué!

Ladislao(Furioso.)—¿Cómo que a ti qué?... ¿Y elhonor?... ¿Y la guapeza de un hombre tirá por los suelos?... ¿Y la befa social?... ¿Son fruslerías? Ten denidaz.

Serafín.—¡Lo que tengo es que no puedo vivir sin ella, y hay que arreglarlo sea como sea!

Ladislao.—Por la tremenda. Créeme a mí. La mujer es un ser fútil y veleta que compará con nosotros no vale el pan que come. Ahora tú procede.

Serafín.—¡Chist! ¡Cállate! Ya viene.

Ladislao.—Pues ahí estoy. A ver esas agallitas. (Se oculta junto a la barbería.)

SerafínyCarmen

Carmen sale por la derecha y va a seguir y marcharse por la izquierda hasta que la detiene Serafín.

Serafín(Estoy temblando, no sé si de coraje u de qué.) (Alto a Carmen.)—¡Carmen!

Carmen(Volviéndose sorprendida.)—¡Tú!

Serafín.—Yo, sí, señora.

Carmen.—Bueno, ¿y qué quieres?

Serafín.—Dos palabras.

Carmen.—Vengan y que no sean más.

Serafín.—Mucha prisa llevas.

Carmen.—Regular. Conque, ¿qué hay? Acaba.

Serafín(Titubeando.)—Náa... que yo... que yo no puedo estar así más tiempo.

Carmen(Con frialdad.)—Pues cambia de postura.

Serafín.—Miá, Carmen, no te burles, que vengo muy en serio. ¿Tú es que quieres mi perdición?

Carmen.—De ti no quiero nada, ni eso; ya lo sabes.

Serafín(Exaltado.)—Entonces, ¿por qué me has engañao?

Carmen.—Y dale molino. La engañá he sido yo, Serafín; te lo he dicho cincuenta veces; yo, que creí que la simpatía que te tuve podría ser cariño, que luego he visto que no y que prefiero ser franca a ponerte en ridículo. Me lo debías de agradecer.

Serafín.—¡Carmen, piensa lo que dices!

Carmen.—Estas cosas del querer no se piensan, chico; se sienten u no se sienten, y en paz. Conque me alegro verte bueno... (Intenta irse.)

Serafín(Sujetándola.)—Aguarda, miá que voy a hacer una barbaridad, Carmen.

Carmen.—No lo creo.

Serafín.—Miá que tú no sabes cómo te quiero; miá que estoy en ridículo, y miá que lo sé todo; porque tú me has dejao por otro.

Carmen.—¡Mentira!

Serafín.—Y ahora tiés prisa pa ir a buscarle.

Carmen.—¡Mentira!

Serafín.—Verdá; y es el señor Valeriano el pollero.

Carmen.—Bueno, y últimamente, ¿qué? ¿No soy libre? Ese u otro, alguno tié que ser; porque monja no querrás que me meta. Conque suelta...

Serafín.—No te suelto... no... ¡Tú te vienes conmigo!

Carmen.—Vaya, Serafín, no te pongas pelma, y déjame...

Serafín.—Pues vente.

Carmen.—¡Ni arrastrá! Suéltame o grito.

Serafín(Exasperado.)—¿Qué gritas?... ¡Maldita sea, no sé como no te ahogo!

Carmen.—¡Ay!... (Luchando por desasirse.) ¡Suelta, granuja!... ¡Guardias!

Serafín.—¡Calla! ¡calla!

Carmen(Llorando.)—¡Déjame!... ¡Suelta!... ¡Guardias! (Empieza a asomarse gente a las puertas.)

Dichos, señá Antoniayseñor Valerianopor la izquierda

Antonia.—¡Carmen! ¡Carmen!

Carmen(Soltándose de Serafín.)—¡Madre! (Se abraza a ella.)

Antonia.—¿Pero qué es eso?... ¿Es ese golfo?... ¿Qué te hacía ese golfo?

Carmen.—No, nada; si no era nada.

Antonia.—¿Pero otra vez a atosigarte? Quita... (Queriendo soltarse.) deja... déjame que lo lisie, ¡ladrón, sinvergüenza, granuja!

Serafín.—¡Usté tié la culpa de tóo!

Antonia(Gritando.)—¿Pero es que no nos vas a dejar en paz, so randa?... ¡so vago!... ¡Que maldita sea la hora que te conocimos!... ¡Dilo! ¡dilo! (Pausa.)

Valeriano(Que ha quedado en último término, adelanta con cachaza y le dice a Carmen en voz baja, casi al oído.)—Que no escandalice.

Antonia.—¡Habla, so chulo sinvergüenza, habla!

Carmen.—Madre, por Dios, no escandalice usté, que se asoma gente. (Se van asomando más vecinos por esquinas, puertas y ventanas.)

Antonia.—¿Y qué?... (A grito pelado.) ¿Y qué que escandalicemos? ¡Mejor! Así se enterará tóo el mundo, que no, que no, y que no lo quieres, no señor... ¡por granuja! ¡por golfo! ¡Eso es!... (A todos.) ¡Sí, señores, ya lo saben ustés!...

Serafín(Amenazador.)—¡Si no fuá usté una mujer!...

Antonia.—Pos si no fuera yo una mujer, ya hace tiempo que llevarías tú las narices con medias suelas: que por eso has abusao, so gallina; pero se acabó la ganga... Ya hay un hombre que nos defiende... ¡Uno!...¡Ahí lo tienes!... ¡Atrévete ahora! (Señala a Valeriano.)

Valeriano(Al oído de Antonia.)—¡No me ponga usté en ridículo!

Serafín.—Ya he visto a ese señor, sí señora; y sé cómo se llama y todo: don Nadie.

Valeriano(Va hacia él con calma.)—Creo que hace usté mal en faltarme, joven.

Serafín.—Lo dicho, está dicho.

Antonia.—¡Vale más que tú, cien mil veces!

Serafín.—¡Mentira!

Valeriano.—Con sosiego. (Vuelve hacia Serafín.)

Carmen(Intentando detenerlo.)—¡Por Dios, Valeriano!

Valeriano(Al oído.)—No me pego con obleas. (A Serafín.) Esclarecido pollo. Esa joven y su respetable y distinguida madre...

Balbino(Que está asomado con Lucila a la puerta de la taberna, tose.)—¡Ejem! ¡ejem!

Valeriano(Siempre en su voz.)—¡Tolú! Quedan desde este momento bajo mi salva... guardia; con lo cual quiero decir que el camino de su domicilio para usté desde hoy, es una senda erizada de cosco... rrones. Punto. En la brevedaz está la claridaz.

Antonia.—¡Mu bien dicho!

Serafín.—¡A mí, Prim!

Valeriano.—Sin embargo, medite. (A los vecinos.) Y esto se ha arrematao, curioso vecindario. (Saludando a todos con el sombrero.) De ustés afeztísimos. (A Carmen y Antonia.) Caminen.

Antonia.—Toma quina. (Vanse los tres izquierda.)

Serafín(Dando un puñetazo en una mesa y sentándose violentamente.) ¡Maldita siá!

Lucila.—¡Bribonas! ¡Infames!... ¡Serafín!

Balbino.—¡Chist! Nosotros ni pío. Se lo tiene ganao. Adentro. (Entran en la taberna.)

Vecina 1.ª (Con sorna a Eustasia, que está a la puerta del solar.)—Oye, Ustasia, ¿has visto qué fresco... que qué fresco hace?

Eustasia.—Éntrate no te costipes, chica.

Vecina1.ª—¡Ja jay! (Ríe. Los vecinos se retiran sonriendo con burla y comentando en voz baja el ridículo de Serafín.)

Serafín, Ladislao,que sale de su escondite

Ladislao, cuando ya se han ido todos, sale como disparado y furioso del sitio donde se ocultaba, va hacia Serafín, que habrá quedado de bruces sobre la mesa en que se apoyó, y levanta la estaca como para sacudirle un palo en la cabeza, deteniéndola luego en el aire. Le mira, después con desprecio y escupe.

Serafín(Levantando la cabeza y mirando a Ladislao.)—¿Has oído?

Ladislao(Se sonríe, se acerca a él, y casi en su oído imita el balido de un cordero.)—¡Béee!

Serafín(Levantándose descompuesto.)—¡Ladislao!

Ladislao(Muy serio.)—¡Béee!

Serafín(Con rabia.)—¿Y qué quiés decir con eso?

Ladislao.—Que te lotraduzgan.

Serafín.—¿Qué me quiés decir, contesta? ¡Y no me vuelvas más loco de lo que estoy!

Ladislao.—Serafín, has quedao a la altura de un cacahué apaisao.

Serafín.—¿Y qué quiés que haga, dímelo?... ¿Qué voy a hacer?

Ladislao(Con energía.)—Después de la chunga de que eresvírtima, no tiés más que dos caminos: u vengarte u rifar el bigote.Ozta.

Serafín.—¡Ladislao!

Ladislao.—En seco. Piensa en el choteo de tóo el mundo; en que los vecinos se te han pitorreado; y sobre tóo, en que esa y ese a estas horas se están columpiando con tu mansedumbre.

Serafín.—¡Eso es verdá! En eso tiés razón.

Ladislao.—Cuando una moza le hace a un hombre lo que esa te ha hecho a ti, el hombre tié derecho a todo... ¡a todo!

Serafín.—¿Qué quiés decir?... (Se asoman a la taberna Balbino y Lucila.)

Ladislao.—Que pa un sujeto de vergüenza es más dizno un grillete que un cencerro. Ya lo sabes. Conque si quiés recuperar mi estimación, hoy se toman los dichos el Guitarrero y la Isabel; La Carmen y el señor Valeriano son los padrinos; a las doce y media pasará por aquí la comitiva pa ir a la Vicaría; pues bien, vente aquí a esa hora, espéralos, y a la una ponme un Besa tu mano dende la delegación u dende la Casa de Socorro. De lo contrario ya sabes el piropo que te aguarda en la historia. ¡Béee!

Serafín(Desesperado.)—¡Es verdá!... ¡Adiós! (Le alarga la mano.)

Ladislao(Rechazándola con el bastón.)—No, la manita no. ¡Cuando ladenifiques!

Serafín.—¡Por éstas, que me las pagan! (Vase corriendo por la derecha.)

Ladislao.—¡Anda con ellos! (Se sienta.) Náa, que está visto; hombres que tengan vergüenza no quedamos en el mundo arriba de siete.

Ladislao, señor BalbinoyLucila,de la taberna

Balbino(Acercándose a Ladislao de puntillas y acercándose a su oído.)—¡Béee!

Ladislao(Asustándose.)—¡Canario!

Lucila(Por el otro lado.)—¡Béee!

Ladislao.—¿Pero qué es esto?

Lucila.—Que te balamos. (Sentándose a su lado.)

Balbino(Sentándose también.)—Y de esos siete que tienen vergüenza déjalo en media docena.

Lucila.—Pa que sea cuenta redonda.

Ladislao.—¿Quién sobra?

Balbino.—¡Tú!

Ladislao.—¿Yo?

Lucila(Imitando el balido.)—¡Síiii!

Ladislao.—Señor Balbino, si es broma...

Balbino(Levantándose.)—Ven aquí, obelisco de lamorralidaz, diosaCimbelesdel honor: y tú que precipitas a una perdición a un pobre chico que le ves amargao de un desengaño, dime... ¿Aonde tiés enterrao el cadáver del que se fué a vevir con tu mujer y encima te rompió un brazo?... ¡Contesta!

Lucila.—¡Es una pregunta suelta!

Ladislao.—¡Señor Balbino, lo mío era otra cosa! Me engañó mi mujer y fué con un amigo, pero yo tenía un hijo.

Lucila.—Y no sabías de quien era... la culpa... ¿verdá?

Balbino.—¿Y aonde están los restos del que luego la puso una churrería, y del monecipal que la usufructuó tres meses, y del que la mantiene ahora?, ¿dónde? ¿Es en lanegrópolisdel Este, por un casual?...

Lucila.—¡Contesta rico, no te cortes, que semos de confianza!...

Ladislao.—Lo mío fué una desgracia.

Balbino.—¿Una desgracia?... ¡Béee!

Ladislao.—¡Hombre, si se pone usté así!...

Lucila.—¿Y tú le niegas la mano a un hombre honrao?... ¡Béee!

Ladislao.—¡Si no fueran ustés un viejo y una chica!... (Furioso.)

Los dos.—¡Béee!

Ladislao.—¡Maldita siá! (Vase rápido izquierda.)

Balbino.—¡Adiós, sopulcro!

Lucila.—¡Canalla... novedá!

Los dos.—¡Sinvergüenza!

Balbino.—¡Va servido!

Lucila(Apurada. Con amargura.)—Y ahora, padre, ¡por Dios! Corra usté. Traiga usté a Serafín.

Balbino.—¡Miá, hija, que si nos metemos nosotros, van a creer!...

Lucila(Suplicante.)—¡Hágalo usté por mí! ¡Es pa quitarle de una perdición pa toa su vida!

Balbino.—Miá que está muy cegao y que me expongo a un desaire.

Lucila.—No, padre, no le hace. Búsquelo usté. Hay que salvarlo y que piensen lo que quieran.

Balbino.—Tiés razón. Yo daré con ese loco. Pero tú me aguardas ahí dentro. Sin salir pa náa. Sin meterte con nadie.

Lucila.—Sí, señor, palabra. Ahí quieta espero.

Balbino.—Pues adentro. No tardo.

Lucila.—¡Por Dios, tráigalo usté! (Entra Lucila en la taberna.)

Balbino.—¡Ojalá lo encuentre! (Vase corriendo derecha.)


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