CUADRO TERCERO

CUADRO TERCERO

Lugar donde se encuentra situada la Plaza de Toros de Tetuán, cuya fachada se ve al foro, unida al Merendero de «El Cubanito».

Son practicables la puerta de la plaza, la del patio de caballos y la del merendero, en cuya terraza habrá algunas mesas rodeadas de banquetas.

Es por la tarde, una tarde radiante de primavera, en la que se celebra una corrida, cuyo anuncio se verá pegado en las paredes de la plaza.

Al levantarse el telón aparecen cuatro golfos mirando por las rendijas de la puerta de la plaza.

Uno de rodillas, otro empinándose sobre las puntas de los pies, otro de pie, y el último tumbado mirando por debajo de la puerta. Dos cocheros sentados ante una de las mesas del merendero, toman unos quinces. Una vendedora junto a un pequeño tabanque con “cacahuets” y naranjas, dormita tristemente.

De la plaza, de vez en cuando, sale un griterío infernal de indignación, con que el público castiga la torpeza de un torero.

Suenan palmas de chunga, monótonas, acompasadas, burlonas; sobresalen voces agudas: “¡Al corral! ¡Maleta! ¡Asesino! ¡Pincha ratas!”Todo el público, con voces acompasadas:“¡Al corral! ¡Al corral!”Vuelven a escucharse silbidos, suenan trompetillas infamantes, un cencerro golpeado con un palo. Risas, voces atipladas: “¡Ay, qué miedo!... ¡que se mude!... ¡Fenómeno!”

En un silencio, La Josefa sale por la izquierda, se acerca a la plaza, escucha, mira también por las rendijas de la puerta, y oyendo los denuestos y los gritos del público contra el pobre matador, sonríe y se aleja. Desaparece por el fondo.

Música

Sole(Aparece por la puerta de los corrales, demudada, temblorosa, con un mantoncito de crespón negro y con dos o tres claveles cayéndosele del pelo. Trae en la mano un par de banderillas adornadas con muy mal gusto. Dos corchos van clavados en los arponcillos. Lloriquea, y, a cada grito que se oye en la plaza da un salto cómicamente atemorizada. Grito en la plaza y susto.)—

¡Ay!... Santa Maríapor poco me muero.Ese hombre no sirvepara torear.Catorce estocadasle atizó al primero,y al segundo toroveinte mal contás.Al tercero, ahora,lo estaba pinchando,y al treinta pinchazole dijo una voz:“Oiga,cocinero,¿le está usté mechando,o es que va a dejarlepara colador?”Ese mismo torole dió una embestida,y subió tan altoque me figuré,que si San Antoniole ve, le convida,ya que estaba un paso,a tomar café.

¡Ay!... Santa María

por poco me muero.

Ese hombre no sirve

para torear.

Catorce estocadas

le atizó al primero,

y al segundo toro

veinte mal contás.

Al tercero, ahora,

lo estaba pinchando,

y al treinta pinchazo

le dijo una voz:

“Oiga,cocinero,

¿le está usté mechando,

o es que va a dejarle

para colador?”

Ese mismo toro

le dió una embestida,

y subió tan alto

que me figuré,

que si San Antonio

le ve, le convida,

ya que estaba un paso,

a tomar café.

(Grito en la plaza.)

——

¡Ay!... Y luego un tío,con una trompeta,daba unas notitasque... ¡vaya con Dios!Y otro le decía:“Deja la muleta,que pa cuando salgasnecesitas dos.”Yo traje a la plazaestas banderillaspa que se lucieraponiendo un buen par;y ahora estoy con ellasque... tengo cosquillas,y por no pincharmeno me puó rascar.

¡Ay!... Y luego un tío,

con una trompeta,

daba unas notitas

que... ¡vaya con Dios!

Y otro le decía:

“Deja la muleta,

que pa cuando salgas

necesitas dos.”

Yo traje a la plaza

estas banderillas

pa que se luciera

poniendo un buen par;

y ahora estoy con ellas

que... tengo cosquillas,

y por no pincharme

no me puó rascar.

(Nuevos gritos en la plaza.)

¡Ay!... Ahora dan voces.¿Qué dicen? “Cabestros”.¿Es a él o es al toropa echarle al corral?Yo llevo rezadosdos mil padrenuestros.

¡Ay!... Ahora dan voces.

¿Qué dicen? “Cabestros”.

¿Es a él o es al toro

pa echarle al corral?

Yo llevo rezados

dos mil padrenuestros.

(Grito y susto.)

¡Ay!... ¡Ahora le llaman!...¡Le llaman morral!

¡Ay!... ¡Ahora le llaman!...

¡Le llaman morral!

(Grandes gritos en la plaza. Echando a correr asustadísima hace mutis por donde salió.)

Se abre la puerta de la plaza y salen elseñor Tobías,descompuesto, con la corbata deshecha, despeinado, el sombrero en la mano. Le trae sujeto por un brazo un jovenPolicía;le siguen dosGuardiasde seguridad y tres o cuatroIndividuoscon la cabeza vendada, dos,Mujeresy unHombre.Salen vociferando todos.

Hablado

Vendados.—¡A la cárcel!

Mujeres.—¡Granuja!... ¡Fuera!

Policía.—¡Eche usté adelante!

Tobías(Golpeando el suelo con el bastón.)—¡Pero por qué me se detiene a mí, que me se especifique!

Policía.—Porque ha golpeado usté a la gente.

Tobías.—No, señor. ¿De dónde? Lo que hay es que aquí, los denunciantes, han dirigido a la familia del matador, que es amiga mía, un insulto con música delVen y ven, y eso no se lo aguanta un servidor ni al alcalde de barrio.

Policía.—¡A la Comisaría!

Tobías.—Pero, señor; si yo no he faltao a nadie; y si no que lo diga aquí la señora pareja, que ha sido testiga del cuplé.

Guardia1.º—¡Usté ha agredido al señor!

Tobías.—¿Servidor? ¡Miopía es lo que se padece, guardia! Que yo estaba quieto; pero aquí, la parte contraproducente, se ha puesto de una forma que si yo no les agredo, me agreden, y a mí no hay quien me agreda.

Policía.—Eche adelante y menos música.

Tobías.—Güeno, después de tóo estoy satisfecho. Me llevo una rondalla. ¡Has ejercido, palasán! (Vanse izquierda. Se escucha dentro una bronca definitiva. Gritos, insultos, ruidos de cencerro. Cesa poco a poco el escándalo. Empieza a salir la gente por las puertasde la plaza, que se abren. La charanga ejecuta un pasodoble.)

Espectador 1.º—¡Que se l’han echao al corral, pobre chico!

Espectador 2.º—¡Bien hecho!

Espectador 3.º—¡Si eso es una torera!... (Siguen.)

Espectador 4.º—¡Anda y que lo maten! (Salen dos chulas con el mantón al hombro y comiendo cacahués.)

Chula 1.ª—¡Amos, miá que habernos traído pa esto!

Chula 2.ª—Paecéis de pueblo.

Hortera 1.º—Pos a mí me habían dicho que era un torero que se comía los toros.

Chula 1.ª—Por medios kilos. (Sigue saliendo gente.)

Chula 2.ª—Si no me gustan lostorraés, hago la tarde. (Vanse por la izquierda.)

BernabéyVigudí.El último sale cojeando por la puerta de caballos.

Bernabé.—Oye, Vigudí, tú que eres el único que has quedao en condiciones de moverte haz el favor de decirle al chico del merendero que nos busque un coche y que arrimen, que hasta la jardinera se nos ha ido.

Vigudí.—¡Qué Labullitas, señor Bernabé! ¡Maldita sea su casta!

Bernabé.—¡Anda, hijo! (Sacan en hombros por la puerta principal a un torero. La gente le aplaude.)

Vigudí.—Y sacan al Herrerito en hombros; ¿oye usté?

Bernabé.—Déjalo. Es nuestra desgracia. Anda. (Vase Vigudí por el fondo izquierda. Cesa la música y acaba de desfilar el público.)

BernabéyValentina,que sale por la puerta de la plaza

Valentina(Con ansiedad.)—¡Bernabé, Bernabé!

Bernabé.—¡Valentina!

Valentina.—¿Cómo está Paco?

Bernabé.—¿Cómo quiés queestea?... Magullao, sofocao, llorando. ¡Hecho una lástima por dentro y por fuera! La Virgen de la Paloma no ha querío oirte.

Valentina.—¿Pero crees tú que por un Padrenuestro tenemos derecho a que nos lo arreglen tóo?... No es poco milagro que salga vivo. Confórmate.

Bernabé.—Pué que digas la verdá. ¡Qué tardecita! Calla, ahí lo sacan.

Valentina.—¡Pobre chico! ¡Qué compasión!

Dichos, Paco, Telaraña,elZipilín, Sole. (Puerta de caballos).Al finalVigudí.

Sale Paco apoyado en los hombros del Telaraña y el Zipilín. Detrás la Sole. Paco trae todo el calzón roto, la corbata deshecha, la pechera desgarrada, despeinado, la coleta suelta, las medias sucias de tierra. Además lleva vendada la pantorrilla derecha. Cojea. Los compañeros de cuadrilla vienen poco más o menos que él.

Bernabé.—¿Cómo estás, hijo?

Paco(Abrazándole y llorando amargamente.)—¡Ay, padre de mi alma, qué mal he quedao!

Bernabé.—¡Amos, hijo; por Dios, no te apures!

Paco(Abrazando a su compañero.)—¡Ay, Zipilín de mi vida, qué mal he quedao!

Zipilín.—Consólate, que ya me verás en casa la región glútea.

Paco.—¿Por qué habré salío yo esta tarde de lila, padre?

Valentina.—¡Pero qué tié que ver la ropa!

Paco.—¡Sí, señora, sí; que hay colores sombrones... y siempre que he salío de lila me han catao!

Bernabé.—No hagas caso. Ya ves, éste va de verde manzana y de poco le mondan.

Paco(Llorando y mordiéndose los dedos de ira.)—¡Echarme a mí un toro al corral!... ¿A mí?... ¡Maldita sea! ¡Yo no aguanto esta vergüenza! ¡Yo me quiero cortar la coleta! ¡Darme unas tijeras!

Valentina.—Amos, Paco; ten reflexión y serénate, caray, que ahora no estás pa cortarte nada.

Paco(Abrazándola.)—¡Ay, señá Valentina, qué mal he quedao!

Valentina.—Has quedao entero, que no es poco. Lo demás ya se arreglará. Árnica y reflexión.

Bernabé.—No pués tener más que un consuelo, hijo; que toas las veces has entrao por derecho, y hasta cuando te ha cogido el toro y te ha zamarreao rompiéndote la taleguilla de arriba abajo, el público te ha hecho una ovación. Algo habrá visto el público.

Sole.—¡Ya lo creo que ha visto! ¡Como que dende donde yo estaba, toas las señoras nos hemos tenío que tapar los ojos!

Zipilín.—Y el torito ese te lo han echao al corral porque no me has hecho a mí caso; si no, ¿de dónde?

Paco.—Pero, ¿qué iba yo a hacer?

Zipilín.—¿Pero no oíste cuando yo te dije: anda vivo, que ese toro se acuesta?

Paco.—¡Yo que había de oirte! ¿Crees tú que con un toro con el que llevo media hora de faena, si yo veo que se acuesta, no le canto hasta la nana, hombre?

Bernabé.—A más que el chico ya no sabía lo que se hacía.

Paco.—El público me ha vuelto loco, padre.

Bernabé.—Tóos gritándole: “Mójate los dátiles”; “Entra por uvas, melón, que es una pera”.

Paco.—Dátiles, uvas, melón y tirándome naranjas. Que si no hubiese sido más que fruta nominal, menos mal.

Bernabé(Con amargura.)—¡En fin, l’han lograo! ¡Qué se le va a hacer!

Valentina.—Déjalos. Triste alegría.

Vigudí(Que vuelve.)—Ya está ahí el coche.

Bernabé.—Amos, hijo, despacito. (Lo llevan con precaución.)

DichosyEncarna,primera izquierda

Encarna(Saliendo.)—¡Paco! ¡Paco!

Paco.—¡Encarna!

Encarna.—¡Paco de mi alma! (Se abrazan.)

Paco(Llorando.)—¡Ay, Encarna de mi vida, qué mal he quedao!...

Valentina.—Pero, ¿cómo estás aquí? ¿Qué has hecho, Encarna?

Encarna.—Escaparme de con mi padre. Correr a vuestro lao. ¿Qué tienes, Paco? ¿Estás herido?

Paco.—No... Seis esquimosis, dos frazturas conminutas y un puntazo...

Encarna.—¿Grave?

Paco.—No; lo voy a tener que pasar de pie.

Encarna.—Pero, ¿dónde lo tienes?

Paco.—¿No te digo que lo voy a tener que pasar de pie?

Bernabé.—¡Pero, oye, Encarna, márchate, por Dios!... Que si te encontraran aquí, creerían que nosotros...

Encarna.—Que crean lo que quieran, señor Bernabé. Yo sin Paco, sin Valentina, sin ustés, me muero de tristeza. ¡Yo no vuelvo a mi casa!

Dichos,Hilario,Aquilino,Cosme,fondo izquierda

Hilario(Con indignación.)—¿Veis? ¡Lo que yo decía! ¡aquí con ellos!... ¡Maldita siá!

Encarna(Adelantando valientemente.)—¡Sí, padre; aquí... con ellos!

Hilario.—¿Quién te ha mandao venir aquí?

Encarna.—Mi corazón.

Hilario.—Pero ¿qué te han dao esa gente?

Encarna.—Alegría, cariño, ilusión pa vivir. Eso me han dao.

Hilario.—Amos a casa. (Cogiéndola de un brazo.)

Encarna.—¡Sin ellos, en jamás! (Soltándose.)

Hilario.—Pero, ¿es que los prefieres a tu padre?

Encarna.—No, señor; los prefiero a tóos juntos, como estábamos antes que la envidia nos hubiese envenenao la felicidad. ¡La envidia negra, la envidia triste!

Hilario.—¡No ha sío la envidia, ha sío la verdá!

BernabéyValentina(A un tiempo y con igual energía.)—Ha sío la envidia.

Hilario.—¡La verdá!

Los dos.—¡La envidia! (Cuando Bernabé e Hilario están a punto de acometerse, se interpone Sole, llorosa, temblando.)

Sole.—¡Señor Hilario, por Dios, no se pongan ustés así! Y, vaya: yo no sé si hago bien u hago mal, pero yo le voy a decir a usté una cosa que me la arrancan del corazón, pero yo se la digo.

Hilario.—¿Qué me vas a decir?

Sole.—Que sí, señor; que tóo lo que ha pasao ha sío una ceguera de la envidia. (Baja avergonzada la cabeza.)

Hilario.—¿Qué estás diciendo?

Sole.—Cuando yo se lo digo a usté... (Se arrodilla a sus pies.)

Valentina.—¿Lo oyes? ¿Lo estás oyendo?

Hilario.—Pero tú...

Sole(Con tristeza.)—No me hagan ustés hablar más.

Valentina.—Basta. Levanta, hija; no hace falta que pa defendernos acuses a la persona que más tiés que querer.

Sole(Enternecida.)—¡Señá Valentina!

Valentina.—No hay nada que defienda a la gente mejor que la verdá.

Hilario.—Y si tóo era mentira, ¿por qué no has venío tú a defenderte?

Valentina.—Porque no me hacía falta. Honrada he sido siempre. Creerme honrada es hacerme justicia. Si tú no me la quiés hacer, no me la hagas. Las mujeres como yo, esa justicia no la piden de limosna.

Hilario.—Eso es orgullo.

Valentina.—No sé lo que será.

Hilario.—¿Y quién me prueba que tóo era mentira?

Valentina.—Lo que acabas de oir a esta criatura. Mi vida siempre clara, el cariño de tu hija.

Encarna.—Si yo hubiese visto en ella lo más mínimo contra mi padre, ¿cómo la iba a haber querido?

Aquilino.—Hilario, son veinticinco años de afezto. ¿Quiés creerme, aunque soy municipal?

Hilario.—¿Qué me vas a decir?

Aquilino.—Que abras los ojos a la luz.

Encarna.—Sí, padre; toavía pué arreglarse tóo.

Paco.—Tóo menos mi reputación.

Sole.—¡Señor Hilario!... (Suplicante.)

Cosme.—Amos, ¡un rasgo, Hilario!

Hilario.—Que haga lo que guste... Que venga. Ya hablaremos.

Valentina.—Voy o no voy. Lo que tú quieras.

Hilario.—Cuando no he querido, es de tanto que he querido. Ya lo sabes.

Encarna.—¡Padre!... (Los abraza y los aproxima.)

Bernabé(Con amargura.)—Bueno; ustés s’han arreglao. Está mu bien. Pero nosotros estamos demás. Que lo de los Labullas lo tengo yo clavao en el corazón. (Paco da un suspiro muy hondo.) Ámonos, monumento malograo.

Aquilino.—Perdónalo, Bernabé. Ha tenío una venda en los ojos.

Paco.—Sí; pero por tener él una venda, fíjese usté la que tengo yo. (Enseñando la de la pierna.)

Bernabé.—Doce metros. (Inician el mutis.)

Valentina.—¡Alto! ¡Quietos aquí! A obedecerme. Y oye una condición, Hilario.

Hilario.—Tú dirás.

Valentina.—Que mañana tóo el mundo a casa. Aquel arroz que quedó en pie, se comerá, si Dios quiere. Tú torearás Bobadillas, y si entonces quedas mal, a seguir en tu oficio. Luego os casaréis. Nosotros al trabajo, al cariño; tóo como antes. No le cedo a la envidia ni el canto de un duro.

Sole.—Y a mí no me echarán ustés del lavadero, ¿verdá, señá Valentina?

Valentina.—¡Quiá hija, ni lo sueñes! Soy buena, pero no tanto. Tú tiés que ganarte allí una peseta pa llevársela a tu madre. Que no hay peor castigo pa un envidioso que tener que vivir del bien que ha querido destrozar.

Bernabé.—¡Olé, eres Agustina de Aragón y Cascorro tóo en una pieza!

Valentina.—¡Soy una madrileña honrada, dilo de una vez!

Vigudí(A Hilario.)—¿Convidará usté a árnica?

Hilario.—Y a más os doy un duro por cada chichón.

Paco.—Se arruina.

Valentina(Al público.)—

Y al fin vencida la envidia,quien de ella triunfó, os demandaque al terminar el saineteperdonéis sus muchas faltas.

Y al fin vencida la envidia,quien de ella triunfó, os demandaque al terminar el saineteperdonéis sus muchas faltas.

Y al fin vencida la envidia,quien de ella triunfó, os demandaque al terminar el saineteperdonéis sus muchas faltas.

Y al fin vencida la envidia,

quien de ella triunfó, os demanda

que al terminar el sainete

perdonéis sus muchas faltas.

TELÓN


Back to IndexNext