LOS POBRES
Almas piadosas, corazones magnánimos, que cedéis ante la demanda plañidera del mendigo que os tiende en la calle la mano escuálida, seguidme. Venid conmigo a los inmundos rincones de un Madrid lamentable y mísero, artimañoso y agenciero, que, por fortuna desconocéis, y escuchad estos edificantes y verídicos diálogos.
Estamos en el Campillo de Gilimón. Es una tarde clara y fría, de cielo azul y sol espléndido.
Dos vecinas, laseñá GalayPetra la Bizca, acaban de dirimir sus diferencias a mordiscos, golpes y arañazos, entre injurias soeces, ante un público desarrapado y jubiloso. Terminado el jollín se retiran las beligerantes, seguidas de sus partidarios, a reparar desperfectos. Va cesando poco a poco el tumulto.
Junto a la tapia del hospital de la Orden Tercera quedan acurrucadas, tomando el sol, dos viejas andrajosas, laseñá Libraday laseñá Justa; próximo a ellas, elseñor Celipe el Chinas, viejo también, sentado en un cajón, deshace unas colillas y lía un cigarro. ElPendingue(afilador) se ocupa en buir unas cuchillas de zapatero. Algo más lejos, unos chiquillos juegan con gran alboroto.
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Justa.—¿Y por qué ha sío la zurra?
Librada.—Y diga usté que muy bien da que ha estao.
Justa.—Pero, ¿tenía motivos la Bizca?
Librada.—¡Digo!... como que la Gala la debe dos quincenas del alquiler de los chicos. Un abuso.
Justa.—¡Ah! ¿Pero le tenía alquilás las creaturas?
Librada.—Hace mes y medio. Por seis reales diarios. Una peseta el mayorcito y cinco gordas el chavea. Que es regalao, porque hay que ver lo que vale ese niño pa pedir.
Justa.—Tengo oído que es una alhaja.
Librada.—Como que no hay noche que no se retire con sus tres pesetas corridas. Pero se lo merece; es un lince. Le suelta usté en la cá Alcalá, ve a una señorita de esas muyantravéscon un señorón delevosa, y ya le tiene usté agarrao a los faldones diciéndole al caballero: “Señorito, una limosna, por la salú de la señorita, que es muy guapa. Ya la podía usté comprar un coche, con esos ojos que tiene. Cómpreselo usté, ande usté.” Hasta que le miran; se echan a reir; el señorito dice: “¡Qué granuja!...” La señorita: “¡Es muy mono!” Y no hay pareja que no le apoquine de dos a tres perras.
Justa.—¡Vaya un vivales de creatura!
Librada.—¡Pos y el mayorcito!
Justa.—¿El jorobeta?
Librada.—Jorobeta y tóo lo que usté quiera, hija, pero es un portento. Ese coge una cestita, una botella vacía, se para en una esquina de tránsito, se echa al suelo, rompe a llorar amargamente que su alma se la arrancan, y cuando tiene corro hay que oirle: “¡Ay, mi pobre madre!... ¡Ay, después de cuarenta y ocho horas que no comemos!... ¡Ella, que va y me da dos pesetas pa traer aceite, y voy y las pierdo! ¡Ay, que yo no vuelvo a mi casa, con mi pobre padre enfermo como está!... ¡Ay, un día que podía alimentarse!...” Y misté, la gente se conmove de oir a la creatura aquellos lamentos, hacen unaporrata... y no hay llorera que no le suba al chaval de cinco a seis reales.
Justa.—Pos diga usté que esos dos niños son dos minitas.
Librada.—Dan más que una casa empeños. ¿Y sabe usté de mendigantas la que también se saca lo suyo?
Justa.—¿Cuála?
Librada.—Doña Encarnación, la de la cae San Bernabé.
Justa.—Doña Encarnación..., doña Encarnación... No caigo.
Librada.—Hija, paece usté tonta. Esa que pide de luto, con manto largo, que lleva la cara tapá, que paece que la sale la voz de una cisterna.
Justa.—¡Ah, sí!... ¿Y esa dice usté que saca?...
Librada.—Como que no se deja cortar un deo por seis mil pesetas.
Justa.—Bueno; pero es que esa he sentío decir que tira al gran mundo.
Librada.—Pide na más que en las iglesias de señorío, a las salidas de losvermusesu en loscinesyfives cloquesde moda. Su martinganla es que en cuantito que ve a una señora se arrima y la dice con voz que lo oiga toa la gente de alrededor: “Señora marquesa, me hallo famélica; agradecería a vuecencia un pequeño óbolo.”
Justa.—¿Qué es óbolo?
Librada.—No sé; pero debe ser una cosa cara, porque siempre que lo dice la dan más de veinte céntimos.
Justa.—¿Y cómo conoce a los títulos?
Librada.—No, si lo de marquesa lo dice al tuntún; pos ahí está la gracia. A lo mejor le llama vuecencia a un ama de cría.
Justa.—Hija, lo que saben algunas.
Librada.—Esa lo trae de casta. Ha sío una señorona en sus prencipios. Diga usté que no se emborrachara, y ya quisieran más de cuatro sus modales. A mí me tié dicho que es hija de un hacendao de Chinchón.
Justa.—Por lo menos, a eso huele toas las mañanas.
Librada.—Tié un habla mu fina; siempre que me ve me llamaescuálida, que no sé lo que es.
Justa.—Algo delicao será.
Librada.—Seguro. Cuando ella lo dice...
Justa.—¿Y usté ya no pide en San Ginés, señá Librada?
Librada.—No, señora; tuve unas palabras con elsacris, y no he güelto. Iba mucha gentuza. Ahora me he conchavao con la Pelitos y nos hemos hecho vergonzantas.
Justa.—¿Y las va a ustés bien?
Librada.—Pos, hija, pa como están las cosas, se va tirandillo. Sino que es mucho aperreo. Porque, un supongamos, viene la vesita de San Vicente a mi casa; pos ya me tié usté pasando tó elmobilarioa cá la Pelitos. Me quedo con un jergón, el baúl viejo, media vela en una botella y una silla inválida; acostamos a Casimiro, el chico de la Onofra, que es una especialidad en toses y quejidos, y presentamos un cuadro que es pa caérsele el corazón a una pantera. Que, otro suponer, va la vesitadomicilariaa cáa la Pelitos: pos me pasa a mí tóos sus trastos, se echa en una manta el señor Cosme, que hace el moribundo que asusta de bien, y raro es el día que no nos dejan, a más del donativo semanal, tres u cuatro pesetas de sumotu.
Justa.—Así se están ustés poniendo el cuerpo de ensalás de escabeche y frascos de vino.
Librada.—¿Y no se lo gana una con lo que tié una que lidiar con esas tías de señoronas, que le piden a usté recibo hasta de una perra chica...?
El señor Celipe.(Terciando en la conversación.)—Y que lo digas... ¡Que hay que ver lo de mala fe que se ha puesto la caridá hoy en día! Un asco. ¡Amos!; la otra tarde, que salí a pedir, me hizo a mí una señorita una ación, que si no hay gente la pego.
Justa.—Pues ¿qué le hizo a usté?
Señor Celipe.—Náa, que le digo en un tono que era pa partir grava de dolorido, y quitándome la gorra y todo: “Señorita, por la salú de sus hijos, deme usté pa un panecillo, que hace cuarenta y ocho horas que no lo pruebo.” Se hace lamagoyay aprieta el paso. “Señorita, que tengo mucha nesecidá. Si no se fía usté, allí hay una tahona. Cómpremelo usté misma.” Y va y dice: “Bueno, venga usté conmigo.” Y vamos y me compra una libreta, salimos a la calley, ¡pasmarse!..., me la parte por la metá antes de dármela.
Librada.—¡Qué pécora!
Justa.—Pa quitarte de revenderla.
Señor Celipe.—Claro, como que es lo que yo pensaba hacer si no me la mutila. ¡Serán sinvergonzonas!
Librada.—Haberla pegao, so primo.
Señor Celipe.—Déjate, que ya la conozco.
Justa.—¿Ylo del pañuelo, va cundiendo, señor Celipe?
Señor Celipe.—Es lo más produtivo, pero ya va en baja.
Librada.—¿Y qué eslo del pañuelo?
Señor Celipe.—Pues náa, un truco que se le ha ocurrío al señorQuintín el Bolas, que es un diantre pa inventar. Nos ha reclutao a siete u ocho conocidos de la Cuesta e las Descargas: nos carateriza de albañiles con un poco de yeso, que paece talmente que acabamos de bajar del andamio, nos lleva a Recoletos, tiende un pañuelo de hierbas en metá del paseo y le dice, señalándonos, a tóo el que pasa: “Grupo de obreros sin trabajo.”
Librada.—¿Y sacaban ustés mucho?
Señor Celipe.—Ha habido día que hemosporrateaoa seis ochenta por barba, descontá la cena, vino y puros. Pero la otra tarde, que íbamos decisiete, tendimos el moquero en la Castellana, y...ñascas. Ni quince céntimos..., y eso que pasó el Presidente del Consejo, que no es que nos diera na, pero animó bastante.
El pendingue. (Cargándose a cuestas el artefacto.)—¡Amos, estoy oyéndoles a ustés y me paece mentira que haiga primos que trabajemos entavía!...
Señor Celipe.—¿Qué te pasa, Pendingue?
Pendingue.—¡Valiente mano de sinvergüenzas! Hacen pero que muy bien en recogerlos a ustés y meterlos en los asilos.
Señor Celipe.—¡Recogernos... jay... jay! ¡Pos no lo han intentao veces!... ¡Si se creerá el alcalde que es hacer compota!...
Librada.—A más, que si no diesen no pediríamos.
Justa.—Esa es la fija. De forma que si quién acabar con la mendicidaz y quieren recoger, que no recojan a los pobres que piden, que recojan a los tontos que dan, que son los culpables.
Señor Celipe.—¡Aplastante!
Pendingue.—¡Oye, pues eso es verdá! Si me lo tropiezo, se lo digo al alcalde. (Vase.)
Señor Celipe.—Y dale dulces... recuerdos.
TELÓN