ESCENA VII
FelicianayAcacio.Luego,Antoñita.
Feliciana(Desolada.)—¡Dios mío; pero es posible que ni reflexiones, ni amenazas, curen a este hombre de su ceguera!... ¿Y cómo voy a consentir yo que este loco, trastornao por el consejo de unos cuantos guasones, nos lleve a la miseria y a la perdición?... (Llorando.) ¡Dios mío! ¡Dios mío! (Se sienta junto al velador ocultando la cara con el pañuelo con que seca sus lágrimas.)
Acacio(Con pena.)—¡Pobre mujer!... ¡Y eso que no sabe la metá de la metá! ¡Qué dramas! ¡Amos, que yo no puedo ver esto! Una mujer traspasá por el dolor, una barbería traspasá por setecientas pesetas y un servidor traspasao... al arroyo en cuanto venga el otro amo. Si yo tuviese valor se lo relataba todo. Porque, ¿qué hago yo en la calle? Nada, que se lo digo. Allá voy. (Acercándose y con voz temblorosa.) Se... se... señá Feliciana.
Feliciana.—¿Qué te pasa?
Acacio.—Que vaya, que quió que lo sepa usté todo; que el señor Prudencio, a espaldas de usté y con objeto de allegar recursos pa irse con la Antoñita a París, le ha traspasao al señor Román, (Feliciana se levanta.) por setecientas pesetas, el presente salón con tóos los enseres, menos usté y yo, que seremos las vítimas.
Feliciana(Aterrada.)—¡Jesús! ¿Qué dices?
Acacio.—Lo que usté oye,ceporbe.
Feliciana.—¡Dios mío!... ¿pero es posible?
Acacio.—Ceporbe. Se lo juro a usté por la memoria de mi santa madre que está en el pueblo.
Feliciana(Exaltadísima.)—¡Basta! ¡Te creo! ¡Ese loco es capaz de todo!... ¡Me temía esto! ¡Ay, si nopuedo evitarlo, nos ha perdío pa siempre! (Como tomando una resolución repentina.) ¡Acacio, la gorra, ponte la gorra!
Acacio.—¿Y qué hago?
Feliciana.—Ponte la gorra y vete corriendo a la ebanistería de mi hermano y le dices: Señor Leovigildo, de parte de la señá Feliciana que vaya usté a la barbería en seguida pa una cosa mu grave. Vuela.
Acacio.—Comprendido. Un momento. (Entra primera izquierda y sale en seguida.)
Feliciana.—¡Quién sabe si todavía podremos evitar esta ruina! ¡Corre por Dios, Acacio! (Vase Acacio foro.) ¡Virgen del Carmen! ¡Qué locura! ¡Ay, Dios mío, que yo no sé lo que me pasa! Pero güeno; no hay que amilanarse; pa estas ocasiones es el carácter. ¿Traspasar el salón, eh?... ¡Ni a pedazos, ni con el Juzgao, ni hecha harina me sacan de aquí! ¡Lo juro! Y en este mismo instante se han acabao los toreros y las divetes... pero pa siempre.
Antoñita(Dentro, cantando.)
Retírate por Dios, Pepito...Retírate por Dios, que grito...
Retírate por Dios, Pepito...Retírate por Dios, que grito...
Retírate por Dios, Pepito...Retírate por Dios, que grito...
Retírate por Dios, Pepito...
Retírate por Dios, que grito...
Feliciana(Que se exalta más al oir a su hija.)—¡Sí, canta, canta... so gamberra! ¡Ya te daré yo a ti Pepito! (Llamando.) ¡Antoñita! ¡Antoñita!
Antoñita(Dentro.)—¡Madre!
Feliciana.—Ven aquí, sal.
Antoñita.—Estoy ensayando.
Feliciana.—Sal, rica, sal, que te voy a dar unrepaso.
Antoñita(Saliendo.)—Oiga usté, madre, ya he cogido un cambio de tono pa darle más picardía, misté. (Cantando.)
Retírate por Dios...
Retírate por Dios...
Retírate por Dios...
Retírate por Dios...
Feliciana(Furiosa.)—¡Retírate de mi vista o te desuello, so tunanta!
Antoñita(Huyendo atemorizada.)—¡Uy, por Dios! ¿pero qué es eso?
Feliciana.—Que como te oiga yo rebuznar otra vez u me vuelvas a cantar un tango, es el último día de tu vida, ¡so bribona! ¡Y arza, ahora mismo a ponerte el mantón, que vas a volver en cá la modista!
Antoñita(Con espanto.)—¡Cómo en cá la modista!
Feliciana.—¡Yo, yo te voy a llevar de una oreja! (Todo esto con gran energía.)
Antoñita.—¿Pero está usté loca? ¡Unameso-soplanoquitando hilvanes!... ¡En seguida!... ¡No señora; no, señora, y no, señora!
Feliciana.—¡Ah, sí! ¿Y te vuelves contra mí? ¡Te voy a arrancar la piel, so tunanta, bribona, holgazana! (Persiguiéndola furiosa.)
Antoñita(Huyendo asustada.)—¡Ay, ay, ay! ¡Casildo! (A grandes voces.) ¡Padre! ¡Ay, que me quié pegar! ¡Casildo! ¡Casildo!
DichasyCasildoprimera izquierda, interponiéndose entre las dos
Casildo(Con solemnidad.)—¡Chits! ¡Quietuz!
Feliciana.—¡La mato! (Casildo la contiene.)
Casildo.—¡Parsimonia! ¿Óbice de la reyerta?
Antoñita.—Y tó por no quererse morir una iznorada en esta porquería de casa, entre pelos y navajas, ¡eso es!
Feliciana.—¿Porquería, eh?... ¡Ya te daré yo a ti porquería!
Casildo.—Señora madre... El libre albedrío de los hijos es tan respetable como la...
Feliciana(Rabiosa.)—¿Y qué has hecho tú del mantón que te llevaste anoche, so golfo? ¡Dilo, dilo en seguida!
Casildo.—¡No entremezclemos!
Feliciana.—¿Lo has empeñao, verdá? Lo mismo que los pendientes de la semana pasá y los juegos de cama de hace quince días... ¿Y pa eso quiés la turomaquia? Pa dejar tu casa sin un trapo y vengan borracheras y malas compañías y vagancia y perdición, ¿no es eso? Pues ea (Sujetándole por la solapa.) ¡se acabó el toreo y mañana a la imprenta a ganarte honradamente una peseta! ¡Porque yo quiero! ¿Lo oyes? ¡Porque yo lo mando! (Le zarandea.)
Casildo.—¡Del dicho al hecho hay que tomar el tranvía!
Feliciana(Ya frenética.)—¡El tranvía! ¡Vaya, pues ahora mismo! ¡Ya me se ha llenado a mí el costal de ganas! (Furiosísima.) ¡Lo vas a ver! (De un tocador de la derecha coge unas tijeras.)
Antoñita(Atemorizada.)—¡Pero, madre!
Casildo(Con extrañeza y terror.)—Señora madre...
Feliciana(Frenética.)—¡Córtate esa coleta inmediatamente!
Casildo(Aterrado.)—¡Rediez! ¿Pero qué dice usté? ¿Que me ampute?...
Feliciana.—¡Córtate esa coleta he dicho, o por la sangre de mis venas que te deshago, so granuja! ¡En seguida!
Antoñita(De rodillas, suplicante.)—¡Ay, madre, la coleta no!
Casildo.—¡Que me suelte usté, que no!
Feliciana.—¡Que no! ¡Yo te la cortaré, so vago, tunante, infame! (En un arranque de fiereza le hace inclinarse contra el suelo y le corta la coleta de un tijeretazo.)
Casildo(Durante la lucha.)—¡No, madre! ¡Mi porvenir! ¡Por Dios!
Feliciana(Tirando la coleta al suelo después de cortársela.)—¡Así, fuera porquerías!
Casildo.—¡Rediez! (Tocándose la cabeza y en el colmo del terror.) ¡¡Me la ha cortao!!
Antoñita(Con horror.)—¡Se la ha cortao!
Casildo(Tirado en el suelo y dando un grito desgarrador.)—¡¡Padre!!
DichosyPrudencio
Prudencio(Entra corriendo asustado por los gritos.)—¿Qué pasa?
Casildo(Sentado en el suelo con desaliento y señalando la coleta.)—¡Me la ha cortao!
Antoñita(Señalándola también.)—¡De raíz!
Prudencio(Cogiéndola y con inmenso pavor.)—¿La coleta? ¿Quién?
Feliciana(Empuñando valientemente las tijeras.)—¡¡Yo!!
Prudencio(Aterrado.)—¡Ah! ¡¡Tú!! ¡¡¡Tú!!! ¿Pero tú sabes lo que has quitado de la cabeza a tu hijo, so imbécil?
Feliciana.—¡Una tontería! (Con desprecio.)
Prudencio(Frenético.)—¡Ea! ¡Esta bestialidad colma la medida! Y puesto que te opones bárbaramente a que tus hijos lleguen a la gloria que Dios les destina, me los llevo de aquí. ¡Nos vamos de esta casa! ¡No aguanto más!
Dichos, LeovigildoyAcaciode la calle;Parroquiano2.º
Acacio(Que entra corriendo.)—¡Aquí está, aquí está su hermano de usted!
Feliciana.—Leovigildo, Leovigildo, ven, escucha...
Leovigildo(Entrando.)—Lo sé todo. Silencio. Me lo ha contao Acacio en el camino. (A Prudencio.) ¿Pero, qué has hecho, so insensato? ¿Pero es de veras que has traspasao la barbería?
Prudencio.—¡Sí, señor! ¡La he traspasao porque estoy cumpliendo un sacrosanto deber! (Enseñándole la coleta.) ¡En cambio, mira la mutilación bárbara que le ha hecho ese cernícalo a este monumento! (Enseñándole la cabeza de Casildo.)
Leovigildo.—¿Y le llamas monumento a una cebolleta?
Antoñita.—¡La cebolleta lo será usté!
Casildo.—¿Qué dirá el Ciruqui? (Con voz llorosa.)
Leovigildo.—¡Prudencio, vuelve en ti, reflexiona!
Prudencio.—No tengo na que reflexionar. Nos vamos de esta casa. Estoy decidido.
Antoñita.—Sí, señor; vámonos.
Casildo.—Nos vamos.
Feliciana(A Leovigildo.)—¿Pero estás oyendo?
Prudencio.—Y conste, que te echarán de la barbería.
Feliciana(Con furia.)—¡No hay quién!
Leovigildo.—No la echarán, porque yo desharé el traspaso devolviendo al señor Román las setecientas pesetas.
Prudencio.—Haz lo que gustes. Mandaremos por laropa. ¡Hijos míos, la gloria nos llama! Yo os llevaré a ella. Vámonos de aquí.
Antoñita.—¡Madre, no sea usté tonta y véngase usté a la gloria!
Feliciana.—¡Prudencio, por Dios, mira lo que haces!... ¡Mira que si sales por esa puerta!...
Prudencio.—¡Es mi deber! ¡Adiós pa siempre!
Antoñita.—¡Adiós, madre!
Casildo.—¡Qué dirá el Ciruqui! (Vanse los tres foro.)
Feliciana(Llamándolos acongojada.)—¡Prudencio!... ¡Hijos!
Leovigildo(Sujetándola.)—¡Quieta!
Feliciana(Llorando amargamente.)—Pero, ¡si se van!
Leovigildo(Con energía.)—¡Deja que se vayan! ¡Muérdete el corazón, pero tú aquí, a conservar la libreta! ¡Es tu deber serio y honrao! ¡Que se vayan! Pué que sea mejor; así probarán dónde está la verdá, si en las ilusiones tontas, o en el trabajo humilde y verdadero. ¡Y poquitas lágrimas!
Feliciana.—Es verdá. Tiés razón. Ellos lo quieren; ¡que Dios los ampare! (Sin dejar de sollozar.)
Parroquiano2.º (Entrando.)—¿Me pueden afeitar?
Feliciana.—Sí, señor. Acacio, afeita a este caballero.
Acacio.—Pase aquí. (El Parroquiano se sienta en el tocador de la izquierda y Acacio le afeita.)
Leovigildo.—Y tú, a tu trabajo, como si tal cosa. Voy a hablar con el señor Román. Vuelvo en seguida.
Feliciana.—Gracias, Leovigildo. Pero, ¡esos hijos!... ¡ingratos!... ¡sin mí!... (Llorando.)
Leovigildo.—Adentro, a lo tuyo, y calma. (La lleva hasta primera izquierda.) ¡Hasta luego! (Vase foro. Acacio queda afeitando al parroquiano y limpiándose las lágrimas.—Cae el telón pausadamente.)