LA RISA DEL PUEBLO
Pasadas las Ventas, en la carretera de Alcalá, antes de encontrar el camino del Este, sobre un altozano, hay una casa humilde, taller de cantería, donde se trabaja para el inmediato cementerio.
Es la tarde de un domingo. Los sillares yacen silenciosos al pie de los sombrajos. No golpea sobre ellos con su son alegre el pico de los canteros. Unas cuantas gallinas escarban afanosas en el estiércol, y varios chiquillos juegan y alborotan dejándose resbalar por la cuesta de un desmonte próximo.
A la derecha, borroso por la niebla de la tarde fría y gris, se ve el cementerio con su enorme vastedad erizada de cruces; y más allá diseminados en la lejanía, los barrios de Doña Carlota, Pueblo Nuevo y Zafra; los caseríos míseros de La Elipa y Puente de Vallecas; y más lejos aún, los tejares del Olivar de Perales. Suburbios tristes, yermos, que circundan Madrid como mendigos que acosan a un viejo hidalgo.
Bonifacio Menéndez, el maestro cantero, sentado a la puerta de la casa, echa un pitillo y lee un periódico. LaseñáAngustias, su mujer en serio, canturrea trajinando dentro del hogar. Primitivo y elSardina, dos próceres del riñón del Avapiés, con pañuelos de luto al cuello y las cachabas colgadas del antebrazo, bajan lentos, tristes, silenciosos, del camino del cementerio. Al ver al señor Bonifacio se detienen, y uno de ellos grita desde la carretera:
Primitivo.—Adiós, canterito.
Bonifacio. (Dejando de leer y mirando por encima de las gafas.)—¡Atiza, qué pareja de pollos! (A su mujer.) Atiende, tú.
La Angustias. (Que se asoma a la puerta.)—¡Virgen!... ¡Vaya un par de banderillas de lujo!
Bonifacio.—Pero, ¿de dónde salís tan enlutaos?
El Sardina. (Muy serio.)—De la Negrópolis.
Primitivo.—Venimos de inumanizar a Saturnino, el de la Bastiana.
La Angustias.(Asombrada.)—¿S’ha muerto?
El Sardina.—Del todo. En cinco días. Ayer la diñó.
Bonifacio.—¿Y qué ha sido?
Primitivo.—Pos un paralís local que le cogió tó el cuerpo y parte de la cadera.
La Angustias.—¡Buena estará la pobre viuda!
El Sardina.—¡Carcúlate!... Una chica soltera, sin costumbre de estas cosas... pues está que no la deja un ataque que no la coja otro.
Primitivo.—En la cama la hemos dejao con uno, que los gritos se oían en la Arganzuela.
Bonifacio.—Pero pasar si queréis, galanes.
El Sardina.—¿Dais algo?
La Angustias.—Las buenas tardes y un taburete.
Primitivo.—No es pa repartir invitaciones.
El Sardina.—¿No tendrías un buchito de cualisquier cosa pa un dolor de muelas que trae aquí micólega?
Bonifacio.—¿Sus haría triple anís?
El Sardina.—¡Digo!... Mejor que el Polo.
Bonifacio.—Pues adentro, pirandones.
El Sardina.—Hale, Primi.
(Suben, se sientan; la Angustias saca unas copas y un frasco de aguardiente y la visita bebe, fuma y charla.)
El Sardina. (A Bonifacio.)—¿Y tú por qué eres tan pigre, que no bajas por allá abajo de cuándo en cuándo?
Bonifacio.—Hombre, no me apaño a ir, la verdá. Le pilla a uno un destierro. ¡Tú sabes la distancia!
Primitivo.—Como que hay que echar merienda.
Bonifacio.—¿Y que hay denuvotéspor aquellos andurriales?
El Sardina.—Pues que tu compadre elPintaoya no tié la taberna en la cae del Amparo.
La Angustias.—¿La traspasó?
El Sardina.—De parte a parte. Por mil doscientasbeatasy un juego de alcoba bastante viejo.
Bonifacio.—¿Y s’ha quedao sin na?
Primitivo.—Ca, hombre. Ahora ha puesto un bar en la Glorieta y lo ha titulao el “Bar Quito”... que me creo que es un chiste.
La Angustias.—¡Mi madre, qué tontería!
El Sardina.—Dice que, al mismo tiempo que rótulo, esretrúcanoy s’hará popular.
Bonifacio.—¿Sigue tan chirigotero?
Primitivo.—¡Uf... es morirse de risa entrar en aquel establecimiento! Allí van elBerruga, Paco elChalana, Sisto elCurial, Mariano elPajero... ¡la jovialidaz de Embajadores!
El Sardina.—¡Los amos de la gracia!
La Angustias.—¡Menudos peines!
Bonifacio.—Aquello será una función cómica.
Primitivo.—Más que un teatro. Entras y te esgarras a reir.
El Sardina.—Hay días que nos tronzamos. Cuéntale, pa que vea, el chiste que se le ocurrió ayer alChalana.
Primitivo.—¡Chiquillo, nos revolquemos!
Bonifacio.—A ver.
Primitivo.—Pues nos preguntó que en qué se parecía San José a un melón de cuelga.
La Angustias.—¡Mi madre, qué raro!
Bonifacio.(Estupefacto.)—¿Y en qué se parece?
Primitivo.(Muerto de risa.)—¡En que tienePepitas!
El Sardina.(Riendo a todo reir.)—¡Pepitas!... ¡Ja, ja, ja!... ¡Fíjate!... ¡Pepitas!... Claro, San José... de Pepes, Pepitas.
Bonifacio.(Dudando.)—Pos no m’acaba a mí de hacer una gracia loca, la verdá.
La Angustias.—¿Loca...? Ni atontolinada siquiera. Menuda gansá. Amos, que paece mentira que padres de familia, cargaos de miseria y de hijos, se entretengan en esas tontunas.
El Sardina.—Pos poquito que nos reímos.
Primitivo.—Y pué que lo de anoche tampoco os haga gracia.
Bonifacio.—¿Qué fué?
Primitivo.—Na, que como enfrente del bar la calle hace mucha cuesta y la acera es estrechita, fué elBerrugay a la plancha del alcantarillao, que es de plomo, la dió de jaboncillo, y no pasaba un transeunte que no resbalase y se diese una costalada.
El Sardina.—Y no sus quiero decir ca talegazo la juerga que s’armaba en el bar.
Bonifacio.—¡Pero qué cachos de brutos!
Primitivo.—¡Brutos porque nos divertimos!...
La Angustias.—¡Valiente diversión!
El Sardina.—No vamos a ser como vosotros, que yo no sé si de hacer lápidas u qué, sois una familia más triste que un responso.
Primitivo.—Tenéis una formalidaz que acongoja.
La Angustias.—¿Pos qué querías, mirarnos por detrás y encontrarte con un chascarrillo, como en las hojas d’almanaque?
El Sardina.—Yo, a ti que eres de Cadalso de los Vidrios, hija de un cochero de funeraria, hermana de un calavera, y que encima te llamas Angustias, no te voy a pedir que seas un parque de Recreos. Pero éste... ¡Amos, que paece mentira que haiga nacido en el Portillo de Embajadores, que es la cuna del chirigoteo madrileñista!
Primitivo.—No paeces hijo de Madrid, Bonifacio.
Bonifacio.—¡Alto allá! ¡Yo soy más hijo de Madrid que vosotros!
El Sardina.—No chilles, que te se va a espantar el macho.
Bonifacio.—Y na más. ¡Y las cosas con pruebas, que es lo que vale!
Primitivo.—¡Pero si tú eres más serio que una corbata negra!...
Bonifacio.—Yo soy como me sale del bolsillo. Lo que tiene es que ca uno vive según los prencipios que l’han dao. Vosotros, ¿en qué sus habéis divertido siempre? Pues yo te lo diré. De chicos, en iros porlas mañanas con los tiradores a matar pájaros a la Moncloa, por las tardes a la pedrea y por las noches, con las estacas, a perseguir gatos por el barrio. Total, a disfrutar haciendo daño. Luego, de mocitos, a correr de calle en calle, atormentando aGaribaldiu a cualisquiera vieja borracha, a tocarles la chepa a los jorobaos y a burlaros de los cojos. A gozar con el dolor del prójimo.
El Sardina.—Hombre, esas son cosas de la juventud.
La Angustias.—Cosas de cafres... Si tuviás tú un hijo con joroba, ¿te gustaría que se rieran de él? ¿No te morirías de pena? Pues ca vez que veas a un lisiao piensa que te está oyendo su madre.
Primitivo.—Amos, Angustias, no te pongas macabra.
La Angustias.—¡Oye, eso de macabra se lo dices a tu suegra!
Primitivo.—¡No es ningún insulto, señor!
La Angustias.—Por si acaso.
Bonifacio.—Y luego, ya de hombres, ¿a qué le llamáis vosotros diversión? Pos a ver destripar caballos en los toros. A marcharse en patrulla armando bronca por los bailes de los merenderos; a acosar por las calles a mujeres indefensas con pellizcos y gorrinerías; a escandalizar en los cines y a insultar a las cupletistas. ¿Y eso es alegría, y eso es chirigota, y eso es gracia...? Eso es barbarismo, animalismo y bestialismo. Y hasta que los hijos del pueblo madrileño no dejen de tomar a diversión todo lo que sea el mal de otro... hasta que la gente no se divierta con el dolor de los demás, sino con la alegría suya... la risa del pueblo será una cosa repugnante y despreciable. Bonifacio Menéndez, ris ras, rubricao.
La Angustias.—Chócate, Boni, que has estao súper.
Primitivo.—Bueno, bueno... (Él y El Sardina se levantan.) Esta Cuaresma te vas a las Carboneras, te pones un bonete, te encaramas al púlpito, y el padre Calpena es un gorrión a tu lao.
Bonifacio.—Pero ¿es que no os he convencido...?
El Sardina.—¡Qué nos vas a convencer!... Lo que tiene es que yo no te desenvuelvo ahora mismo dosteorías pa pelarte al rape porque nos están esperando; que si no...
Primitivo.—Es verdá, chiquillo; no m’acordaba. (Mirando el reloj.) Anda, que son las cuatro y media.
Bonifacio.—Pero ¿ande vais tan corriendo?
El Sardina.—Al solar de Vítor elMengue, que ha organizao unas carreras de cojos, que va a ser morirse de risa.
Bonifacio.(Con asombro.)—¡Carreras de cojos!...
Primitivo.—Na, que ha comprometío al cojoTranca, a Natalio elPatapaloy a dos u tres cojos más y hacen carreras pa batir el récor de las dos vueltas con muletas y sin ellas. El premio son doce docenas de pájaros fritos y seis frascos de Morapio, que sufraga Indalecio el de la Corrala.
El Sardina.—¿Por qué no te vienes? Verás qué risa.
Bonifacio.(Sonriendo.)—Hombre, mira; ves, eso tiene gracia... ¡Carreras de cojos!... Y dices que pájaros fritos... (Vacila.)
Primitivo.—Tira pa alante. Verás qué tarde pasamos.
Bonifacio.(Se levanta.)—Oye, Angustias, mira, yo voy a acercarme con éstos... No tardo.
La Angustias.—Pero ¿serás capaz de ir...? ¡Tú a divertirte con unos desgraciaos!... ¡Pero no estabas diciendo que si el salvajismo, que si!...
Bonifacio.—Mujer, uno conoce las cosas... Pero, después de tóo, ¿qué culpa tengo yo de que haiga cojos ni de que me gusten los pájaros fritos...? Es el fatalismo humano. Siéntate, que no tardo.
Los tres hombres se alejan riendo. Por el desgarrón de una nube morada brilla un rayo de sol que inunda el lejano cementerio de luz amarilla. La mujer ve alejarse a los hombres, que ríen, y se dibuja en sus labios una sonrisa extraña.
La Angustias.(Sentándose a la puerta de su casa.)—¡Qué hombres!... Será que la vida es así. ¡Conoce uno que no se debe de reir del mal de otro, y como si no!... (Encogiéndose de hombros.) Bueno.
TELÓN