LOS PASIONALES

LOS PASIONALES

Paco elMetralla, un jovenzuelo de mediana estatura, enteco, amarillo, de mirada cínica, muy compuesto, con su traje flamante, sus botas de caña, su corbatita de nudo y su gorrilla inglesa, va con paso resuelto y marchoso Torrecilla del Leal abajo. A poco, atraviesa la calle de Zurita, tuerce por la de la Fe y viene a dar con la del Salitre, frente por frente a la iglesia de San Lorenzo, simpática parroquia enclavada en el riñón del Madrid castizo y jaranero.

Está anocheciendo. El chulillo detiénese en la última esquina. Sus miradas iracundas e inquisitivas, se dirigen a un frontero obrador de plancha, cuya luz ya se ha encendido, y en el que trabajan, sofocadas, alegres y dicharacheras unas cuantas mocitas de garbo.

Paco pasa y repasa por delante del obrador,dejándose ver.

Al reparar en él, se hace un enojoso silencio entre las bulliciosas muchachas; y una de ellas, la más desenvuelta y garbosa, dice con sincera acritud, sacando una plancha del anafre y arrimándosela a la mejilla:—Ya está ahí ese mosca.

—Pos ahora verás—exclama la maestra, y cierra violentamente la puerta vidriera del obrador.—¡Miá que es pelma el niño!—añade iracunda.—Pero ¿qué se habrá creído ese chulo de baile?

Más excitado por el incidente, retorna el bullicio entre aquella alborotadora y femenina juventud, y la voz entonada y firme de una mocita destaca esta copla, llena de punzante ironía:

“Me he cansao de quererte,búscate otra,o aguarda a San Isidrosi quierestontas.”

“Me he cansao de quererte,búscate otra,o aguarda a San Isidrosi quierestontas.”

“Me he cansao de quererte,búscate otra,o aguarda a San Isidrosi quierestontas.”

“Me he cansao de quererte,

búscate otra,

o aguarda a San Isidro

si quierestontas.”

Paco, plantado en la esquina, calcula por la indirecta la hostilidad con que es recibido, y al terminar la copla tira con rabia la colilla contra el suelo, haciendo estallar en chispas la lumbre del cigarro, y masculla amenazador:—¡Maldita siá!... ¡Pa que no vayas a la Casa de Socorro esta noche!... No tendría yo lacha. Tú saldrás.

Pasea por la acera con paso desigual y nervioso; se estira la visera de la gorra, se zarandea el chaleco, se afirma el pantalón. Al fin, decidido a esperar, se recuesta en la esquina.

A poco, un nuevopersonaje, Gumersindo, elChulo de Postas, menos joven, pero peor encarado y más cínico que elMetralla, le pone la mano en el hombro cariñosamente.

——

Gumer.—¡Gachó, tú de puntalito!

Paco(Secamente.)—Hola.

Gumer(Mirando con guasa a lo alto.)—Oye, ¿pero es que amenaza ruina esta medianería?

Paco(Con ira.)—Lo que amenaza ruina es que esta noche no duermo yo en mi casa, Gumer.

Gumer.—¿Y eso lo das como novedá?

Paco.—Es que no se lo paso; ¡mialás!... ¡Que la pincho, por mi salú!

Gumer.—Pero, ¿quiés cordinar, ninchi, a ver si te cojo el hilo?

Paco.—Na, hombre... la Nieves.

Gumer.—¿Qué t’ha hecho?

Paco.—Una tontería... ¡Pa diez años de cárcel!

Gumer.—Es una niña de pronóstico. Te lo tengo advertido. En fin, vuelca el talego.

Paco.—Verás qué rica. Pos na: que después de ocho meses de relaciones, que me ha tenío hecho una oveja, sacándola a paseos ycinescuando l’ha dao la gana y haciéndola el favor de llevarla a mi diestra; después de tenerme sacrificao, que me dice “no mires a ninguna”—y tengo que mirar de reojo;—despuésque me compra una corbata y me la tengo que poner aunque no me guste... ¡y encima—y esto es lo más horrible—que me he gastao con ella un dineral!...

Gumer.—¿Sobre cuánto?

Paco.—Pos tóo lo que me ha dao en los ocho meses pa que se lo guardara y tres pesetas mías.

Gumer.—¡Qué bárbaro! ¡Estáis echando a perder a las mujeres!

Paco.—Bueno; pos después de esa conduzta modelo—tóo por los cuatro cochinos duros semanales que gana, que me cuesta un triunfo sacárselos,—la llevo el sábado al baile de Provisiones, porque me dijo que quería perfeccionarse en eltuesten, y porque al entrar me distraigo media hora en el guardarropa con laPiñones, va, se atufa, se mete en el salón y se me pone a bailar con elPetaca.

Gumer.—¡Arrea!... ¡Con lo postinoso que es ese pa las mujeres!

Paco.—¡Carcula!

Gumer.—Te sentaría peor que el escabeche pasao.

Paco.—Como que la saqué a la calle y la pegué una bofetá que la salté un diente.

Gumer.—¡Y pué que lo tomara a mal!

Paco.—¿Que si lo tomó?... Que me dijo que habíamos acabao.

Gumer.—¡Qué graciosas! Toas lo mismo. De seguida quién acabar... y el hombre que ya tié arreglaos sus gastos al jornal que le gana una mujer, que se chinche ¿verdá?

Paco.—Yo, de primeras, lo tomé por un dicho de esos de cuando una cosa les da coraje; pero, chiquillo, que nada... que ha estao dos días dándome esquinazo sin venir a planchar; y el jueves pos vino acompañá de un tío municipal que tiene; que no me quise arrimar, porque yo con el Ayuntamiento no tengo valor pa nada.

Gumer.—Haces bien.

Paco.—Y, por último, ayer, pa celebrar el santo de la maestra, se fueron de juergueo al Partidor, al ventorro delCuevas.

Gumer.—Lo he sabido.

Paco.—De que me lo noticiaron, voy y me encamino pa allí con Pepe elRosca. Lleguemos... ¡y no quiás saber!... Miro y me la encuentro agarrá a un panoli, a la vera de un manubrio, y bailándose otrotuesten.

Gumer.—¡Rediez, cuántotuesten!

Paco.—¿No es pa quemarse?

Gumer.—¡Pa tener hollín!

Paco.—De que los guilé me dió un vuelco el corazón, y me voy pa ellos, y metiéndoles así la mano por entre los dos pa detenerlos, le digo a él: “¿Me permite usted una vuelta con la socia?” “Pa Carnaval”, me contesta el tío, y siguen girando.

Gumer.—¡Qué boceras!

Paco.—Me quedé helao. Vuelven a pasar, secundo la petición, y me dice que me presente a concurso. Hasta que yo, harto de chuflas, me arranco a él de mala forma y, dándole un manotazo en el hombro, le digo: “¿Pero es que ha heredao usté a esta joven, pollo?” “Sí, señor; me la ha dejao un tío.” “Pues a mí me la va a dejar un primo”; y agarro del brazo a Nieves, y tiro de ella, y va él entonces, arrima su cara a la mía y me estornuda a un milímetro cuadrao de mis narices... y, ¡chiquillo, qué bofetá!

Gumer.—¿Le diste?

Paco.—Viceversa.

Gumer.—¡Él a ti!

Paco.—Que me cogió la acción. Pero cómo me dejaría este carrillo de dormido, que hasta la quinta bofetá no se me empezó a desperezar.

Gumer.—¿Te sopló leña?

Paco.—Sí: pero tú ya me has visto en pelea... ¡Me cegué, me fuí pa él, metí mano, abrí la chaira, le tiré dos viajes!...

Gumer.—¿Y qué?

Paco.—Na, que le vi correr pa la Casa e Socorro y dije: “Le he matao”... pero luego me enteré que es hijo del conserje, y, como vive allí, iba por una estaca. Total, que si no se me llevan hay una desgracia.

Gumer.—¿En tu familia?

Paco.—U en la suya. Y escuso decirte, Gumer, que desde que esa mujer me ha hecho esa ación indecorosa yo no duermo...

Gumer.—¿No tiés dónde?

Paco.—Ni vivo... ni como.

Gumer.—Lo creo.

Paco.—Porque, claro, de repente te ves sin cariño...

Gumer.—Y sin veinte pesetas semanales. Si me ha pasao a mí la mar de veces.

Paco.—Por eso te digo; tú ¿qué harías en mi caso, Gumer? Aconséjame.

Gumer.—Hombre, la cosa es grave; porque, claro, tú no te vas a poner a trabajar ahora a la edaz que tienes.

Paco.—Ni lo sueñes. Voy a cumplir los veintitrés. La edad del aprovechen.

Gumer.—Por eso te digo que el asunto es complicao; pero, en fin, te voy a dar una leción que si me llaman a domicilio llevo cinco pesetas por ella.

Paco.—Venga.

Gumer.—Pues atiende. La Nieves, con su proceder asqueroso, te holla dos cosas: te holla tu pundonor y te holla el puchero.

Paco.—Que son casi tres ollas.

Gumer.—Clavao. Por lo tanto, si quiés quedar como un hombrito, la aguardas esta noche, y de que salga la llamas y la planteas elpoblemaen esta forma: “Apreciable nincha: U sigues las relaciones amorosas con un servidor, u te doy dos tajos en el rostro. A escoger.” ¿Que te dice que sí? pues, dominada ya por el miedo, haces cuenta que te has comprao una burra; ¿que se emperra en que no? pues tiras de navajita y la cortas la cara. Ni más ni menos.

Paco(Con cierto estupor.)—¡Gachó! Pero, ¿y si me llevan a la cárcel?

Gumer.—¡Amos, quita,manús! Estás en primaria. Aquí me tiés a mí, que hepedricaocon elejemplo. Por una cosa parecida a la tuya le dí yo dos tajos a la Enriqueta.

Paco.—Ya m’acuerdo.

Gumer.—¿Y qué me pasó?... Pues que, como era delito pasional, a los dos mesesasolvido.

Paco.—Pero aquello fué la suerte que tú tienes.

Gumer.—Y la de todos. Por un arrebato pasional le quitas el reló a un amigo y es atenuante.

Paco.—¿Estás seguro?

Gumer.—¿Cómo seguro?... Acuérdate de lo mío.

Paco.—Pero tú estuviste en la cárcel.

Gumer.—Porque se diztó indebidamente auto de prisión. El juez que me atropelló con el auto.

Paco.—Lo que pasa con todos los autos.

Gumer.—Pero, muchacho, se vió la vista causa, y como la seda. ¡Me tocó un Jurao!...

Paco.—¿Bueno?

Gumer.—Ni escogido. El señor Pepe, elBocas; Quintín, elChurrero; el señor Serapio, elOrejas; Custodio el de la Leoncia; Valentín elZapa... tóos amigos.

Paco.—Pero, ¿cómo estaban allí esos tíos?

Gumer.—Sí, hombre; es que a los caballeros les gusta que haiga Jurao, pero no quién ir, ¿sabes? y cuando les toca, pos, pa no molestarse, delegan por las cinco pesetas en una colección de sustitutos, del comercio de esta corte, que vagan por los pasillos de las Salesas a lo que cae. Y, claro, yo que me vi con la mar de conocidos en el Tribunal popular, compuesto en su mayoría de elemento vinatero, pues dije: “Sois míos”; y alecionao por el defensor, a la primera pregunta del fiscal empecé a llorar a lágrima viva y a decir que los celos me habían puesto una venda sanguinolenta en los ojos, que la navaja me se había venido sola a la mano y que al cometer el delito me pasó una cosa pasional por el cranio, que yo no sabía si estaba jugando a la brisca o dando puñalás.

Paco.—¡Vaya un raspa!

Gumer.—Y a tóo esto, yo, venga de sollozos, llamándole a la Enriqueta “ser querido”, “arcángelde mi juventud”, “primer amor de mi existencia”... y dando convulsiones y diciéndole al relator que me hiciese el osequio de pegarme un tiro en la nuez, que yo no podía vivir después de haber atentao contra aquella mujer “amada y fraudulenta”.

Paco.—¡Chiquillo, es que tú también te usas unas frases!

Gumer.—Hombre, la solenidá era pa ello. Resumen: que si ves el cuadro, la hincas. El público era un puro sollozo; los juraos hicieron charco de tanta lágrima, y el presidente del Tribunal yo creí que se arcidentaba. Gracias que empezó a roncar.

Paco.—¿Se quedó dormido?

Gumer.—Como una rosca. Total: veredizto de inculpabilidaz, sentencia asolutoria, la Enriqueta lisiada pa toa su vida y yo con un cartelito entre las damas desde que salí de la cárcel, que aquí me tienes, vestido, calzao, fumao, comido, bebido, ecétera, ecétera... Porque, dime tú, después de aquello, ¿qué desgraciada le niega a un servidor cinco duros, aunque tenga que sacárselos al Ayuntamiento?

Paco.—¡Gachó, qué suerte!

Gumer.—Táztica ymonocle. (Señalándose el ojo derecho.)

Paco.—Eres el Hizdemburge del Sombrerete.

Gumer.—Me has tañao. Por eso te digo, Paco, que sigas mis huellas con la Nieves. U te se somete con jornal y todo, u la pinchas; no seas primo.

Paco.—Sí, estoy resuelto. Tiés razón. (Mirando hacia el obrador.) Calla, que salen.

Gumer.—¡Camará, cuántas vienen!

Paco.—La rodean las compañeras.

Gumer.—Que se han maliciao algo; pero no le hace. Llámala aparte y se lo dices. Conque salú y suerte, ninchi, que yo me voy. (Vase calle abajo, huyendo de la quema.)

Paco(Un poco pálido, acercándose al grupo de muchachas que ha salido del obrador.)—Nieves.

Nieves.—Me llamo.

Paco.—Haz el osequio de venir.

Nieves.—No me dejan en casa.

Paco.—Nieves, que estoy ciego.

Nieves.—Cómprate un perro.

Las risas de las compañeras excitan a Paco, que coge a Nieves de un brazo y la hace bajar violentamente de la acera, mientras, lívido y tembloroso, saca una navaja. Sin darle tiempo a abrirla, aquel enjambre de mocitas bravías cae sobre él y le desarman, le tiran al suelo y, con llaves, bolsos de mano y puños cerrados, le dan una paliza de órdago a la grande y le dejan en tierra sangrando por boca y narices, entre la rechifla de la gente del barrio, enterada del suceso.

Un guardia de Orden público, que se acerca al escándalo, se lleva a pescozones alMetralla.

Guardia.—Echa pa alante, vividor de mujeres.

Paco.—Guardia, que ha sido por celos... que soy un pasional...

Guardia.—¡Cállate ya, so golfo! La culpa de lo que hacéis la tié el Jurao y na más que el Jurao. Que fuera yo el que sentenciara estas cosas, y ya veríais... ¡¡Os echaba cinco años de presidio por granujas y diez por pasionales!!

TELÓN


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