—Veamos, entretanto, qué tiempo hace—dijo el tabernero, que se consideraba como personalmente interesado en aquella proposición—. ¡Pero si, sigue lloviendo a cántaros!—agregó en seguida de abrir la puerta.
—Pues bien, yo no soy hombre que le tenga miedo a la lluvia—dijo el herrador—. Hará mal efecto cuando el juez Malam sepa que se nos ha hecho una denuncia a gentes honorables como nosotros, y que no hicimos nada para atenderla.
El tabernero fue de la misma opinión, y después de haber pedido el asentimiento de los presentes y de haber repetido debidamente una pequeña ceremonia conocida en el alto clero con el nombre de «Nolo episcopari» (no quiero ser obispo), consintió en aceptar el refrigerante honor de ir a casa del señor Kench. Pero, con gran espanto del herrador, la proposición que él hiciera de ser suplente de constable levantó una objeción de parte del señor Macey. Aquel viejo oráculo, que pretendía conocer la ley, declaró que ningún médico podía ser constable, que ese hecho le había sido transmitido por su padre.
—Y usted es médico, me parece, aunque no sea usted más que médico veterinario; porque una mosca es una mosca, aun cuando sea un tábano—dijo para terminar el señor Macey, algo maravillado por su sagacidad.
Un violento debate se produjo con este motivo. El herrador, por supuesto, no quería renunciar a su título de médico, pero sostenía que un médico podía ser constable si quería, que el sentido de la ley era sencillamente que no se le podía obligar a ser constable si no lo deseaba. El señor Macey consideró esta interpretación como un absurdo, visto que la ley no podía tener más diferencias con los médicos que con las demás personas. Agregó que si estaba en la naturaleza de los médicos el desear menos que los demás mortales el ser constable, ¿cómo era que el señor Dowlas deseaba tanto proceder en aquella calidad?
—Yo no deseo desempeñar el papel de constable—replicó el herrador, dominado por aquel razonamiento implacable—. Nadie puede decir que eso me importa, si se ha de hablar sinceramente. Pero si ha de haber celosos y envidiosos a propósito de esta diligencia acerca del señor Kench con un tiempo semejante, que vaya el que quiera, no me haréis ir a mí, yo os lo aseguro.
Sin embargo, mediante la intervención del tabernero, todo se arregló. Así es que el pobre Silas, escoltado por sus dos compañeros y provisto con unas ropas viejas, salió de nuevo bajo la lluvia, pensando en las largas noches que aun faltaban por transcurrir, no como aquellos que ansían descansar, sino como los que veían esperando la mañana.
Cuando Godfrey Cass volvió de la fiesta de la señora Osgood, a media noche, no lo sorprendió mucho el saber que Dunsey no había vuelto a la casa. Quizá no habría vendido aRelámpagoesperando otra ocasión; quizá, a causa de la niebla de la tarde, había preferido refugiarse en la posada delLeón Rojode Batterley, para pasar allí la noche, si la cacería lo había retenido en las cercanías, porque no era muy probable que se sintiera muy contrariado por dejar a su hermano en la incertidumbre. El espíritu de Godfrey estaba muy absorbido por los atractivos y maneras de Nancy para con él, demasiado lleno de exasperación contra sí mismo y contra su suerte—exasperación que no dejaba nunca de producirse en él, a la vista de aquella joven—, para que pensara mucho enRelámpagoy en la conducta probable de Dunstan.
A la mañana siguiente toda la aldea fue sorprendida por la historia del robo.
Godfrey, como todos los demás, pasó el tiempo en recoger y discutir las noticias y en ir a visitar las canteras. La lluvia había hecho desaparecer toda probabilidad de distinguir los pasos; pero un examen minucioso del sitio había hecho descubrir, en dirección opuesta a la aldea, una caja de yesca medio enterrada en el lodo y que contenía un eslabón y un pedernal.
No era la caja de yesca de Silas, porque la única que hubiera poseído nunca estaba aún, sobre un estante, en su casa. La opinión generalmente aceptada, fue que la caja encontrada en el foso tenía alguna relación con el robo. Una pequeña minoría sacudía la cabeza y daba a entender que aquél no era un robo respecto del cual pudieran arrojar mucha luz las cajas de yesca.
En cuanto al de maese Marner parecía singular, y se habían conocido casos en que un hombre, después de haberse causado a sí mismo algún daño, había después requerido al juez para buscar al autor. Pero cuando se asediaba a esas gentes preguntándoles los motivos de su opinión y el provecho que tales falsos pretextos podían proporcionarle a maese Marner, se contentaban con menear la cabeza como antes y hacían observar que no siempre se estaba en aptitud de saber qué es lo que algunas personas consideran un beneficio; además, todo el mundo tenía el derecho de tener su opinión motivada o no, y el tejedor, como nadie lo ignoraba, no tenía el cerebro muy sano.
El señor Macey, bien que tomara la defensa de Marner contra toda sospecha de superchería, ponía también en ridículo la idea de la caja de yesca. En verdad, la reputaba como una sugestión bastante impía, tendiente a insinuar que todo debía de ser obra de manos humanas y que no había ningún poder sobrenatural capaz de hacer desaparecer las guineas sin tocar los ladrillos. Sin embargo, se volvió contra el señor Tookey con bastante violencia cuando aquel suplente adicto, viendo que aquella interpretación de los hechos sentaba particularmente a un chantre de parroquia la llevó más lejos aún, preguntándose si era razonable hacer una encuesta sobre un robo cuyas circunstancias eran tan misteriosas.
—Como si no hubiera nada más—terminó diciendo el señor Tookey—que aquellas cosas que los jueces y los constables están en aptitud de descubrir.
—No vayáis ahora, Tookey, más allá de donde se debe—repuso el señor Macey, inclinando la cabeza hacia un costado, en señal de reprobación. Así es cómo procedéis siempre: si yo arrojo una piedra y doy en el blanco, pensáis que hay algo mejor que hacer y tratáis de tirar otra vez más allá de la mía. Lo que he dicho iba contra la caja de yesca; no he dicho nada contra los jueces y los constables; porque han sido nombrados por el rey Jorge y le sentaría mal a un funcionario parroquial estallar en invectivas contra el soberano.
Mientras estas discusiones tenían lugar en el grupo que se encontraba frente a la taberna delArco Iris, una deliberación más importante tenía lugar en el interior bajo la presidencia del señor Crackenthorp, el pastor, asistido por el squire Cass y otras personalidades de la parroquia. Se le acababa de ocurrir al señor Snell—que era, como lo hizo observar, un hombre habituado a coordinar los hechos—el relacionar con la caja de yesca, que en calidad de suplente del constable había tenido él mismo la honrosa distinción de encontrar, con ciertos recuerdos de un buhonero. Este había entrado en su taberna para beber algo haría cosa de un mes, y había declarado positivamente que llevaba una caja de yesca que le servía para encender su pipa. Había en aquello, sin duda, una pista para seguir. Y como la memoria, cuando está debidamente impregnada en los hechos comprobados, es algunas veces de una fecundidad sorprendente, el señor Snell recobró gradualmente la viva impresión del efecto que la fisonomía y la conversación del buhonero habían producido en él. La mirada de aquel hombre estaba llena de una cierta expresión que había chocado de un modo desagradable al sensible organismo del señor Snell. Seguramente que nada de particular había salido de su boca—no, nada, excepto la frase relativa a la caja de yesca—; pero lo que un hombre dice, no es lo que vale, lo importante es cómo lo dice. Además tenía un color moreno exótico que anunciaba su poca honradez.
—¿Llevaba aros en las orejas?—preguntó el señor Crackenthorp, que tenia algún conocimiento de las costumbres extranjeras.
—Bueno... esperad... veremos—respondió el señor Snell como un somnámbulo dócil que quisiera realmente no equivocarse, si fuera posible.
Después de haber distendido los ángulos de su boca y contraído los ojos—se hubiera dicho que trataba de ver los aros—, pareció renunciar al esfuerzo y dijo:
—Recuerdo que llevaba en su caja aros para vender; es, pues, natural suponer que también los usara. Pero como recorrió casi todas las casas de la aldea, quizá alguna persona se los haya visto en las orejas, bien que yo no pueda afirmar eso.
El señor Snell tenía razón al suponer que alguna otra persona se acordaría de los aros en las orejas; porque, prosiguiendo la pesquisa en la parroquia, se hizo saber, con una energía cada vez más viva, que el pastor deseaba ser informado si el buhonero usaba aros, y se estableció una corriente de opinión de que era muy importante que el hecho fuera dilucidado. Naturalmente que todos los que oyeron la pregunta y que no se habían formado ninguna imagen exacta del buhonero «sin aros», se lo representaron inmediatamente «con aros» en las orejas, más o menos grandes, según el caso. La imagen fue muy pronto tomada por un recuerdo vivo. En consecuencia, la esposa del vidriero, mujer de buenas intenciones y que no era aficionada a mentir y cuya casa era una de las más ordenadas de la aldea, se mostró dispuesta a declarar que, tan cierto como que había de comulgar para la próxima Navidad, que había visto unos grandes aros, de la forma del creciente de la luna nueva, en las dos orejas del buhonero. Al mismo tiempo Juana Oates, la hija del zapatero—niña dotada de una imaginación muy viva—, afirmaba no sólo que los había visto, sino que se había estremecido de horror, como se estremecía todavía al hablar de eso.
Por otra parte, a fin de arrojar más luz sobre esta pista de la caja de yesca, se recogió en las diferentes casas todos los artículos comprados al buhonero y se los llevó a la taberna delArco Irispara ser expuestos allí públicamente. En fin, la convicción general en la aldea fue que, a fin de poner en claro la cuestión del robo, era preciso hacer muchas cosas en elArco Iris. Además, ningún marido tenía necesidad de excusarse con su esposa para ir a aquella taberna, a tal punto se había convertido aquel sitio en la escena de rigurosos deberes públicos.
Qué decepción—y quizás también qué indignación—se manifestó al saber que Silas Marner, interrogado por el squire y el pastor, había respondido que no había conservado ningún recuerdo del buhonero, salvo que éste se había allegado a su choza, pero sin entrar en ella. Se había alejado inmediatamente, cuando Silas, entreabriendo la puerta, le dijo que no necesitaba nada. Tal había sido la declaración del tejedor.
Sin embargo, Silas se aferraba fuertemente a la idea de que el buhonero era el culpable probablemente por la única razón que ésta le presentaba la imagen clara de un sitio en que podía estar su oro, después de haber sido quitado del escondite: le parecía verlo ahora en la caja del buhonero.
Todas las gentes de la aldea hicieron notar con cierta irritación que todo el mundo, salvo una criatura ciega como Marner, hubiera visto al hombre merodeando por allí. En efecto, ¿cómo explicaría que hubiese dejado su caja de yesca en el foso, al lado de la choza, si no hubiese andado vagando por allí? Sin duda alguna, había hecho sus observaciones al ver a Marner en la puerta. Todo el mundo podía darse cuenta—con sólo verlo—que el tejedor era un avaro medio loco. Era sorprendente que el buhonero no lo hubiese asesinado. Muchas y muchas veces se había descubierto que la gente de esa especie, con aros en las orejas, eran asesinas. No hacía tanto tiempo que uno de esos individuos había sido juzgado, para que no hubiera gentes que lo recordaran.
Es cierto que habiendo entrado Godfrey Cass en la taberna delArco Irisdurante una de las frecuentes repeticiones que daba el señor Snell de su deposición, hizo poco caso del testimonio del tabernero. Declaró que él mismo le había confiado un cortaplumas al buhonero, y que éste le había parecido ser un tipo alegre, a quien le gustaba chancear. Según él, todo lo que decían de la mirada atravesada de aquel hombre no tenía sentido. Pero en la aldea aquellas palabras fueron consideradas como el habladero irreflexivo de un joven, pues no era sólo el señor Snell quien había encontrado que había algo de raro en la persona del buhonero. Por el contrario, había por lo menos media docena de testigos que estaban prontos para dirigirse al juez Malam para llevarle pruebas mucho más convincentes que ninguna de las que el tabernero podía dar. Era de desear que el señor Godfrey no fuera a Tarley a fin de echar agua fría sobre lo que el señor Snell había dicho delante del juez de esa aldea, e impedir de ese modo que el magistrado librara una orden de arresto. Se le sospechaba que tenía esta intención cuando se le vio partir por la tarde a caballo y en la dirección de Tarley.
Pero en aquel momento el interés que a Godfrey le inspiraba el robo se había desvanecido en presencia de su ansiedad creciente respecto de Dunstan y deRelámpago. No se iba a Tarley sino a Batterley, porque se sentía incapaz de permanecer más tiempo en esta incertidumbre a ese respecto. La posibilidad de que Dunstan le hubiese hecho la mala pasada de marcharse conRelámpago, para volver al cabo de un mes, después de haber perdido su precio en el juego o de haberlo disipado, de otra manera, era un temor que lo importunaba todavía más que la idea de un accidente desgraciado. Ahora que el baile de la señora Osgood había pasado; estaba furioso por haberle confiado su caballo a Dunstan. En lugar de tratar de calmar sus temores, los alentaba con esta idea supersticiosa e inherente a cada uno de nosotros de que cuando más se espera el mal resueltamente, menos probable es que suceda; así fue que cuando oyó que se acercaba un caballo al trote y vio que un sombrero sobrepasaba la cerca más allá del codo del sendero, le pareció que su conjuro había tenido éxito. Sin embargo, no bien estuvo el animal a la vista, su corazón se oprimió de nuevo, porque no eraRelámpago. Y momentos después se dio cuenta de que el caballero no era Dunstan, sino Bryce, que detuvo su montura para conversar con él. La fisonomía de aquél no anunciaba nada de nuevo.
—¿Qué trae, señor Godfrey, qué suerte la de su hermano, maese Duncey, verdad?
—¿Qué queréis decir?—replicó vivamente Godfrey.
—¿Cómo? ¿No ha vuelto todavía a su casa?—dijo Bryce sorprendido.
—¿A casa? no. ¿Qué ha sucedido? Hablad pronto. ¿Qué hizo de mi caballo?
—¡Ah! bien pensaba yo que era siempre vuestro, bien que él dijera que se lo habíais cedido.
—¿Lo hizo rodar y lo mancó?—dijo Godfrey, rojo de cólera.
—Peor todavía—dijo Bryce—. Imaginaos que yo me había comprometido a comprarle el caballo por ciento veinte libras esterlinas, un precio loco, pero siempre me había gustado ese caballo. ¡Y no va y lo ensarta! ¡Precipitarse por encima de una cerca en que había postes de hierro, en la cima de su talud que tenía un foso delante! Hacía mucho tiempo que el caballo estaba muerto cuando se lo descubrió. Desde entonces Dunsey no ha vuelto a la casa, ¿verdad?
—¿A casa? no—replicó Godfrey—, y haría bien en no volver. ¡Qué imbécil soy, me lleve el diablo! Debiera de haber sabido que las cosas iban a concluir así.
—Pues bien, para deciros la verdad—continuó Bryce—, después de cerrado el trato se me ocurrió la idea de que vuestro hermano había podido montar el caballo para venderlo sin que vos lo supierais, porque no creí que fuera suyo. Yo sabía que maese Dunsey hacía de las suyas algunas veces. Pero, ¿adónde puede haber ido? No se lo ha vuelto a ver en Batterley. No se debe haber hecho daño, porque no tenía más remedio que marcharse a pie.
—¿Daño?—dijo Godfrey amargamente.—Jamás se hará daño; ha nacido para hacerlo a los demás.
—¿Y vos lo habíais autorizado realmente para vender el caballo?—preguntó Bryce.
—Sí, quería deshacerme de él; siempre tuvo la boca algo dura para mí—respondió Godfrey, cuyo orgullo se sobresaltaba al pensar que Bryce adivinaba que la necesidad lo había obligado a separarse de su montura—. Iba a ver qué ha sido deRelámpago; me imaginaba que había sucedido alguna desgracia. Ahora voy a retroceder—agregó, haciendo volver la cabeza al caballo, con el deseo de poder librarse de Bryce, porque comprendía que la gran crisis de su vida, crisis tanto tiempo tornada, estaba próxima—. Venís a Raveloe, ¿verdad?
—No, ahora no—dijo Bryce—. Dirigiéndome a Flitton hice esta vuelta con la idea de que no sería malo que entrara de paso en vuestra casa, para deciros todo lo que sabía respecto al caballo. Supongo que maese Dunsey no ha querido mostrarse antes de que la mala noticia se hubiera disipado un poco. Quizá haya ido a hacerle una visita a la posada de lasTres Coronas, cerca de Whithbridge; sé que le gusta esa casa.
—Es muy posible—dijo Godfrey distraídamente.
Después, sacudiendo su preocupación, agregó, esforzándose por mostrarse indiferente:
—Hemos de oír hablar de él muy luego, podéis estar seguro.
—Bueno, éste es mi camino—dijo Bryce, sin que lo sorprendiera ver que Godfrey estaba bastante abatido—. Bueno, me despido haciendo votos porque pueda traeros mejores noticias otra vez.
Godfrey puso su caballo al paso. Se imaginaba la escena en que tendría que confesárselo todo a su padre, escena que comprendía era ya inevitable. Tenía que hacer la revelación relativa al dinero al otro día por la mañana. Suponiendo que ocultara el resto, como Dunstan no tardaría en volver, si éste se veía obligado a soportar la violencia de la cólera del padre, lo contaría todo por despecho, aunque no sacara de eso ningún provecho.
Existía todavía otro medio para conseguir el silencio de Dunstan y aplazar el mal día: Godfrey podía decirle a su padre que él mismo había gastado el dinero que le había entregado Fowler. Como nunca había cometido semejante falta, el asunto se disiparía después de un poco de tormenta. Pero era incapaz de resolverse a eso. Comprendía que al darle el dinero a Dunstan había cometido un abuso de confianza apenas menos culpable que el de haber gastado él mismo el dinero en su provecho... Sin embargo, había entre esos dos actos una diferencia que le hacía ver al segundo como tan odioso, que la idea de acusarse de él era insoportable.
—No pretendo ser irreprochable—se decía—; pero, sin embargo, no soy un pillo; por lo menos estoy resuelto a contenerme. Prefiero soportar las consecuencias de mi propia conducta y no hacer creer que soy el autor de un acto que nunca habría cometido. Jamás se me hubiera ocurrido gastar ese dinero para divertirme... sólo cedí a una tortura.
Durante todo el resto del día, Godfrey, salvo algunas fluctuaciones accidentales, permaneció firmemente resuelto a confesárselo todo al padre y aplazó la historia de la pérdida deRelámpagohasta el día siguiente, a fin de que sirviera de introducción a un asunto más importante. El viejo squire estaba acostumbrado a ver qué Dunstan se ausentara con frecuencia de la casa; así es que no pensó que valiera la pena de hacer una observación respecto de la desaparición de su hijo y de la del caballo.
Godfrey se repitió muchas veces que si dejaba escapar aquella ocasión favorable para confesarlo todo, jamás se le presentaría otra; y hasta la revelación podría producirse de una manera más odiosa que por la perversidad de Dunstan, si la otra se presentaba ella misma, como ya lo había amenazado con hacerlo Godfrey.
Entonces, para prepararse para la escena que iba a tener lugar, trató de imaginarla; resolvió mentalmente cómo pasaría la confesión de la debilidad en que había incurrido dándole el dinero a Dunstan al hecho que éste lo tenía tan agarrado, que había tenido que renunciar a hacérselo largar, como además tendría que proceder con su padre para que éste se preparara para algo muy grave antes de revelarle el hecho mismo.
El viejo squire era un hombre implacable; tomaba resoluciones durante una cólera violenta y no había medio de hacérselas abandonar, ni aun cuando esa cólera se hubiera disipado. Así son las lavas ardientes de los volcanes que se endurecen y forman una roca cuando se enfrían. Como muchos hombres inflexibles y violentos dejaba que el mal creciera al favor de su propia negligencia, hasta que se accediera con una fuerza que lo exasperaba. Entonces se volvía de un rigor feroz, y su dureza se tornaba inexorable. Ese era su sistema con los arrendatarios; los dejaba atrasarse en sus pagos, descuidar las cercas, reducir su material y su ganado, vender la paja y hacer todo lo que no debían; después, cuando estaba escaso de dinero a causa de su indulgencia, tomaba contra ellos las medidas más severas y se volvía sordo ante sus súplicas. Godfrey sabía todo eso y lo comprendía tanto más cuanto que había tenido el fastidio de ser testigo de los accesos de cólera brusca e implacable de su padre, accesos ante los cuales su irresolución habitual lo privaba de toda simpatía. Pero no criticaba la indulgencia culpable que los precedía; esa indulgencia le parecía bastante natural. Sin embargo, como Godfrey lo pensaba, apenas había una probabilidad de que el orgullo de su padre consideraba aquel casamiento desde un punto de vista que lo inclinara a mantenerlo secreto, antes que echar a su hijo y hacer hablar de la familia en el país, a diez leguas a la redonda.
Tal fue el aspecto bajo el cual Godfrey consiguió encarar las cosas hasta media noche. En seguida se durmió, pensando que ya había deliberado bastante consigo mismo. Pero, cuando despertó en la obscuridad de la mañana apacible, encontró que le era imposible recordar sus ideas de la noche precedente. Se hubiera dicho que estaban en exceso fatigadas y no podían volver a ser reanimadas para un nuevo trabajo. En lugar de argumentos en favor de una confesión, era incapaz ahora de representarse otra cosa que las deplorables consecuencias que aquella acarrearía. Entonces volvió el antiguo temor del deshonor—el antiguo horror de pensar en levantar una valla infranqueable entre él y Nancy—, su antigua inclinación a contar con las probabilidades capaces de serle favorables y evitarle una denuncia.
Porque, al fin y al cabo, ¿impediría con sus actos personales las esperanzas que da el ayer? Se había puesto a considerar la víspera su situación desde un falso punto de vista. Estaba furioso contra Dunstan, y no había pensado más que en una ruptura completa de su convenio mutuo.
Lo más cuerdo que podía hacer era tratar de atenuar la cólera de su padre contra Dunsey, y conservar lo más posible las cosas en su antiguo estado. Si Dunstan no volvía hasta dentro de algunos días—y Godfrey suponía que aquel pícaro tenía bastante dinero en el bolsillo como para poder prolongar su ausencia bastante tiempo—, todo podría disiparse.
Godfrey se levantó y se desayunó más temprano que de costumbre, pero se quedó en el pequeño salón artesonado hasta que sus hermanos menores acabaran de desayunarse y salieran. Esperaba a su padre, quien siempre hacía un paseo con el mayordomo antes de almorzar. Nadie comía a la misma hora por la mañana en la Casa Roja. Era siempre el último, a fin de dar a un apetito bastante débil mayores probabilidades, antes de ponerlo a prueba. Hacía casi dos horas que la mesa estaba guarnecida con platos suculentos esperando su llegada.
El squire Cass era un sexagenario alto y corpulento. Sus cejas crespas y la mirada bastante dura de sus ojos parecían no estar en armonía con su boca caída y su energía. Su persona tenía las trazas de una negligencia habitual y su traje estaba mal cuidado. Sin embargo, había en el aire del viejo squire algo que lo distinguía de los agricultores de la parroquia. Estos eran quizá, bajo todo respecto, tan refinados como él, pero se habían arrastrado penosamente por el camino de la vida con la conciencia de estar en la vecindad de hombres que les eran superiores. Les faltaba, por lo tanto, esa posesión de sí mismos, esa autoridad de la palabra y ese empaque que distinguen al hombre que considera a las personas que les son inferiores como tan apartadas de sí, que no tienen que hacer con ellas menos que con el Gran Turco.
El squire había estado acostumbrado toda su vida, a recibir el homenaje de todas las gentes de la parroquia y a pensar que su familia, sus copas de plata y todo lo que le pertenecía era lo más antiguo y lo mejor; y como no frecuentaba nunca a la burguesía de esfera más elevada que la suya, su opinión no admitía cotejo.
Al entrar en la pieza, echó una mirada sobre su hijo y le dijo:
—¡Cómo es eso, señor! ¿Tampoco vos habéis almorzado?
No cambiaron ninguno de esos saludos amables de la mañana, no porque hubiera entre ellos alguna enemistad, sino porque la flor suave de la cortesía no prosperaba en residencias como la Casa Roja.
—Sí, mi padre, he almorzado; pero os esperaba para hablaros.
—¡Ah! bueno—repuso el squire, dejándose caer pesadamente en su sillón y hablando con una voz pesada y catarrienta, lo que era considerado en Raveloe como una especie de privilegio de su rango, mientras cortaba un trozo del buey y se lo daba al perro corredor que había entrado con él—. Llamad para que me traigan mi cerveza, ¿queréis? Los negocios de vosotros los jóvenes son generalmente vuestros placeres personales; pero, si vosotros tenéis prisa por realizarlos, a los demás no les pasa otro tanto.
La vida del squire era tan ociosa como la de sus hijos; sin embargo, era una ficción mantenida por él y su contemporáneos en Raveloe que la juventud era exclusivamente el período de la locura y que su vieja cordura era un espacio continuo de sufrimiento que el sarcasmo dulcificaba. Antes de volver a hablar, Godfrey esperó que la cerveza fuera servida y la puerta vuelta a cerrar. Durante este tiempo, rápido el perro corredor consumió tajadas del buey en cantidad suficiente como para formar la comida de un pobre en día de fiesta.
—Ha ocurrido un maldito accidente conRelámpago—comenzó diciendo—; sucedió anteayer.
—¡Cómo! ¿Se ha mancado?—dijo el squire, después de beber un trago de cerveza—. Pensaba que sabíais montar mejor, señor. Jamás he estropeado un caballo en mi vida. Si lo hubiese hecho, en balde hubiera pedido otro, porque mi padre no estaba tan dispuesto para desatar los cordones de su bolsa como otros padres que yo conozco. Pero es preciso que éstos cambien de tono, es imprescindible. A causa de las hipotecas y de los pagos retrasados, estoy tan falto de dinero como un mendigo. Y ese tonto de Kimble dice que los diarios hablan de pago. Si eso sucediera, el país no podría sostenerse: los precios se vienen abajo como las pesas de un asador, y jamás conseguiré que se me paguen los atrasos, ni aunque haga vender todo lo que esos individuos poseen. Y ese maldito Fowler... no quiero tolerar más tiempo su morosidad; le he dicho a Winthrop que vaya hoy mismo a verlo a Cosc. Ese bribón mentiroso me prometió entregarme sin falta el mes pasado cien libras esterlinas. Se aprovecha de que ocupa una granja apartada y piensa que lo voy a perder de vista.
El squire acabó de despachar su discurso tosiendo e interrumpiéndose; pero, sin embargo, sin hacer pausas bastante largas que pudiesen servirle de pretexto a Godfrey para volver a hablar. Este vio que su padre tenía la intención de eludir todo pedido pecuniario motivado por la desgracia ocurrida aRelámpago. Además adivinó que el tono de insistencia empleado por el squire al hablar del poco dinero de que disponía y de los deudores morosos debía de producir en su espíritu la disposición menos favorable para escuchar las confesiones de su hijo. Sin embargo, era preciso que prosiguiera ahora que había comenzado.
—Es algo más grave; el caballo se ensartó en un poste y se mató—dijo en seguida que su padre se detuvo y comenzó a comer—. Pero no tenía la intención de pediros que me comprarais otro; sólo pensaba en que no me sería posible reembolsaros con el precio deRelámpagocomo me proponía. Dunsey lo llevó a una cacería para venderlo, y después de haber cerrado el trato con Bryce por ciento veinte libras esterlinas, siguió la traílla y dio algunos saltos insensatos, uno de los cuales despachó al caballo. Sin esa circunstancia, os hubiera entregado cien libras esterlinas esta mañana.
El squire había dejado el cuchillo y el tenedor y miraba a su hijo fijamente y con estupefacción. Su espíritu no era bastante sutil como para adivinar qué causa había podido causar aquella extraña inversión de las relaciones entre el padre y el hijo que importaba aquella intención de Godfrey de darle cien libras esterlinas.
—La verdad es, mi padre... lo siento mucho... que hice muy mal. Fowler pagó como dijo las cien libras esterlinas. Me las entregó cuando fui allá, el mes pasado. Pero Dunsey me atormentó tanto para que le diera ese dinero que se lo facilité porque esperaba entregároslo en seguida...
El squire, que se había puesto rojo de cólera antes de que su hijo hubiese acabado de hablar, consiguió más que expresar con dificultades:
—¿Vos le dejasteis el dinero a Dunsey, señor? ¿Y desde cuándo sois tan íntimo con vuestro hermano que os veáis obligado a asociaros con él para disponer de mi dinero? Estáis en camino de volveros un pícaro. Os digo que no toleraré esto. Echaré a la calle toda vuestra secuela y me volveré a casar. Quisiera, señor, que os acordarais de que mi propiedad no es un bien inalienable. Desde la época de mis bisabuelos, los Cass pueden disponer de sus tierras como mejor les parece. No olvidéis eso, señor. ¿Le entregasteis el dinero a Dunsey? ¿Y por qué se lo entregasteis? Tiene que haber en esto una mentira.
—No hay ninguna mentira, mi padre—prosiguió Godfrey—. Yo no hubiera gastado el dinero para mí; pero Dunsey me presionó tanto que hice la tontería de entregárselo. Pero yo tenía la intención de entregároslo, que él me lo devolviese o no. Eso es todo. Nunca pensé en apropiarme ese dinero. Jamás me habéis sorprendido haciéndole una mala partida a mi padre.
—¿Dónde está Dunsey, entonces? Por qué os estáis aquí hablando. Id a buscar a Dunsey, os digo, y que explique por qué necesitó ese dinero y qué hizo de él. Se arrepentirá. Lo arrojaré a la calle. He dicho que quería hacerlo y lo haré. No me volverá a faltar. Id a buscarle.
—Dunsey no ha vuelto, mi padre.
—¿El qué? ¿Se ha roto el pescuezo entonces?—dijo el squire mostrándose algo descontento con la idea de que, si así era, no podría poner en práctica sus amenazas.
—No, no se ha hecho daño, creo, porque el caballo fue encontrado muerto, y Dunsey debió poder marcharse a pie. Supongo que pronto lo volveremos a ver. No sé dónde está.
—¿Y por qué tuvisteis que darle mi dinero? Respondedme a esto—continuó el padre, atacando de nuevo a Godfrey, puesto que no tenía a Dunsey a su alcance.
—La verdad, mi padre, es que no sé—respondió Godfrey con vacilación.
Era aquél un débil subterfugio, pero a Godfrey no le gustaba mentir, y como sabía que ninguna duplicidad puede prosperar mucho tiempo sin la ayuda de palabras falsas, no tenía a su disposición ningún efugio imaginado de antemano.
—¿Que no lo sabéis? Yo voy a deciros por qué ha sido, señor. Habéis hecho de la vuestra, y para eso comprasteis su silencio—dijo el squire con una penetración brusca.
Godfrey se estremeció. Sintió que su corazón palpitaba con violencia al ver que su padre casi había adivinado. Esta alarma repentina le impulsó a hacer un paso más, una impulsión muy ligera basta para eso cuando se está en un plano inclinado.
—Pues bien, sí, mi padre—prosiguió; y trataba de hablar en tono fácil y despreocupado—; había un pequeño asunto entre Dunsey y yo; no tiene ninguna importancia más que para él y para mí. No vale la pena de mezclarse en las locuras de los jóvenes... eso no os hubiera perjudicado en nada, mi padre, y yo no hubiese tenido la mala suerte de perder aRelámpago. Hoy os hubiera entregado el dinero.
—¡Locuras! ¡Bah! Sería tiempo que acabaran las vuestras. Quisiera convenceros, señor, de que es preciso realmente ponerles término—dijo el squire frunciendo las cejas y lanzándole a su hijo una mirada irritada—. Vuestras proezas no son tales que me permiten conseguir dinero. Mirad, mi abuelo tenía sus caballerizas llenas de caballos; su mesa era también una buena mesa—y en tiempos peores que el nuestro—, a lo que yo sé al menos. Yo podría hacer otro tanto si no tuviera cuatro ganapanes que se me prenden como sanguijuelas. Yo he sido un padre demasiado bueno para con todos vosotros, eso es lo que hay. Pero en adelante voy a tener las riendas cortas.
Godfrey permaneció silencioso. No es probable que fuera muy penetrante en sus juicios; sin embargo, siempre había comprendido que la indulgencia de su padre no era bondad, y había suspirado vagamente por alguna disciplina que dominara su debilidad vagabunda y secundar sus mejores intenciones. El squire comió el pan y la carne rápidamente, bebió un buen sorbo de cerveza, y luego, volviendo la espalda a la mesa, prosiguió:
—Será tanto peor para vos, sabedlo; más os valiera que tratarais de ayudarme y conservar lo que tenemos.
—Pues bien, mi padre, a menudo me he ofrecido para tomar la gestión de los negocios, pero vos sabéis que siempre interpretasteis mal esto, y que parecisteis creer que deseaba suplantaros.
—No me acuerdo de vuestros ofrecimientos ni de haberlos interpretado mal—dijo el squire, cuyos recuerdos consistían en ciertas impresiones vivas que los detalles no habían modificado—; lo que yo sé es que en cierta época pareció que pensabais en casaros, y yo no traté de cerraros el camino como algunos padres lo habrían hecho. No me agradaría más veros casar con la hija de Lammeter que con cualquier otra. Supongo que si os hubiera dicho no, hubierais persistido en vuestra intención; a falta de contradicción habéis cambiado de parecer. Sois como una veleta; heredasteis de vuestra pobre madre. Jamás tuvo carácter. Es verdad que eso no le hace falta a una mujer si su marido es un hombre como debe ser, pero esa cualidad le sería muy necesaria a la vuestra, porque apenas tenéis la voluntad necesaria para hacer caminar a las dos piernas en la misma dirección. Esa joven no ha dicho definitivamente que no os aceptaba, ¿verdad?
—No—dijo Godfrey, sintiendo que un vivo sonrojo le subía a la cara y sintiéndose molesto—; pero no creo que guste de mí.
—¡Qué no creéis! ¿Por qué no habéis tenido el valor de preguntárselo? ¿Siempre deseáis vos casaros con ella? Esta es la cuestión.
—No deseo casarme con otra—respondió Godfrey, de un modo evasivo.
—Pues bien, entonces, dejadme hacer el pedido en vuestro lugar, si no tenéis valor para hacerlo vos mismo, y asunto concluido. No es probable que Lammeter vea con malos ojos que su hija se case en mi familia, me parece. En cuanto a la linda muchacha, no ha querido aceptar a su primo y no veo que otro pretendiente hubiera podido soplaros la dama.
—Preferiría dejar las cosas tranquilas, si así os place, mi padre—prosiguió Godfrey asustado—. Creo que está un poco enojada conmigo en este momento y desearía hablarle yo mismo. De estas cosas es necesario ocuparse personalmente.
—Pues entonces hablad y ocuparos, y tratad de cambiar de conducta. Eso es lo que necesita hacer un hombre cuando piensa en casarse.
—No veo cómo me sería posible hacerlo ahora, mi padre. No querréis establecerme en una de vuestras granjas, supongo, y no creo que ella consintiera en venir a vivir en esta casa junto con todos mis hermanos. Aquí se lleva una vida muy distinta de aquella a que está acostumbrada.
—¿Que no consentiría en venir a vivir en esta casa? No me digáis eso. Preguntádselo y veremos—repuso el squire con una risa breve e irónica.
—Preferiría dejar las cosas quietas por el momento, mi padre—dijo Godfrey—. Espero que no trataréis de precipitar las cosas diciendo cosa alguna.
—Haré lo que me plazca—replicó el squire—, y os haré ver que yo soy quien manda; de otro modo podéis marcharos de esta casa e ir a buscar morada en otra parte. Id a ver a Winthrop y decidle que no vaya a lo de Cass y que me espere... ordenad que me ensillen mi caballo. ¡Ah! esperad; tratad de vender la vieja jaca de Dunsey y de entregarme ese dinero; ¿habéis oído? Ya no mantendrá más caballos a mi costa. Y si sabéis dónde se ha metido—vos lo sabéis sin duda—, podéis decirle que no se dé el trabajo de volver a la casa. Que se haga mozo de cuadra y gane con qué vivir. Ya no me pesará más encima.
—No sé, padre, dónde está, y si lo supiera no me correspondería a mí decirle que no vuelva más—dijo Godfrey dirigiéndose hacia la puerta.
—Que el diablo os confunda, señor; no os quedéis ahí perdiendo tiempo e id a decir que me ensillen mi caballo—prosiguió el squire, tomando una pipa.
Godfrey salió, dándose apenas cuenta si estaba más tranquilo por haber terminado la entrevista sin haber modificado su posición, o más inquieto al pensar que se había enredado aún más en los subterfugios y los artificios. Lo que había pasado con motivo del pedido de la mano de Nancy le había causado al joven una mera alarma: el temor de que el squire fuera a deslizarle al señor Lammeter, de sobremesa, algunas palabras que fueran capaces de ponerlo a él, Godfrey, en la necesidad absoluta de renunciar a Nancy en el momento mismo que parecía estar a su alcance. Recurrió entonces a su refugio ordinario, a la esperanza de algún golpe imprevisto de la fortuna, de alguna coyuntura favorable que le ahorraría consecuencias penosas y hasta perjudicaría su falta de sinceridad, convirtiéndola en prudencia.
En lo que concierne a contar con algún tiro de dados de la fortuna, apenas puede decirse que Godfrey fuera de la vieja escuela. La casualidad favorable es el Dios de todos los hombres que siguen sus propias impulsiones, en lugar de obedecer una ley en la cual no creen. Si un hombre distinguido de nuestra época consigue una posición que tiene vergüenza de hacer conocer, su espíritu buscará todas las salidas imaginables capaz de librarlo de los resultados que esa posición deja prever. Si gasta más de lo que tiene, si evita el trabajo honesto y resuelto que proporciona su salario, en seguida se pone a soñar en la posibilidad de encontrar un bienhechor, un tonto a quien sabrá halagar, a fin de poder usar su influencia en su favor, en imaginarse un estado de espíritu posible en alguna persona probable que todavía no ha dado señales de aparecer. Si descuida las obligaciones de su empleo, echa inevitablemente su ancla al azar, con la esperanza de que aquello que no ha hecho no tendrá la importancia supuesta. Si traiciona la confianza de un amigo, adora esa misma complejidad sutil que llama al azar, que le da esperanza de que ese amigo no lo sabrá jamás. Si abandona un honrado oficio para buscar las distinciones de una profesión a la que nunca ha sido llamado por la naturaleza, su religión es infaliblemente el culto de una casualidad favorable, en la que cree como en un poderoso, creador del éxito. El mal principio rechazado por esta religión es el orden natural de la sucesión de las cosas, de acuerdo con el cual las semillas producen una cosecha de su especie.
El juez Malam era considerado, naturalmente, en Tarley y en Raveloe, como un personaje de vasta inteligencia, visto que era capaz de sacar sin pruebas conclusiones mucho más profundas que las que se podían esperar de sus vecinos que no eran magistrados.
No era posible que semejante hombre descuidara el indicio de la caja de yesca.
Así, pues, se dio comienzo a una pesquisa que tenía por objeto un buhonero: nombre desconocido, cabellos negros y crespos, color moreno de un extranjero, mercader de cuchillería y bisutería que llevaba en un cajoncito, y grandes aros en las orejas.
Pero, ya sea que las diligencias de las pesquisas se hicieron con demasiada lentitud, ya sea que aquella filiación conviniera a tan grande número de buhoneros que no fuera posible hacer una elección entre ellos, lo cierto es que transcurrieron las semanas y no se obtuvo más resultado concerniente al robo, que el cese gradual de la agitación que había causado en Raveloe.
La ausencia de Dunstan Cass fue apenas objeto de una observación: ya antes, a causa de un disgusto con su padre, se había marchado, quién sabe a dónde. Al cabo de seis semanas había vuelto a su antiguos cuarteles sin encontrar oposición, y tan fanfarrón como antes. Su propia familia, que esperaba aquel desenlace con la única diferencia que esta vez el squire estaba resuelto a prohibirle la vuelta a los mencionados cuarteles, no aludía nunca a su ausencia, y, cuando su tío Kimble y el señor Osgood la notaron, el hecho de que había matado aRelámpagoy cometido ofensa contra su padre, bastó para impedir que causara sorpresa.
Relacionar el hecho de la desaparición de Dunsey con el robo ocurrido el mismo día era cosa que estaba muy lejos del curso ordinario de los pensamientos de todos, aún de los de Godfrey, que tenía mejores razones que nadie para saber de qué cosas era capaz su hermano. No recordaba que Dunsey y él hubieran hablado nunca del tejedor desde hacía doce años, época de su infancia, en que se divertían burlándose de él.
Además, su imaginación encontraba siempre una coartada para Dunstan; se lo imaginaba siempre en algún escondrijo en armonía con los gustos que le conocía, y hacia el cual debía haberse dirigido después de haber abandonado aRelámpago. Lo veía viviendo a expensas de las relaciones fortuitas y pensando en volver a la casa para divertirse en mortificar a su hermano mayor como antes.
Aun cuando una persona de Raveloe hubiera sido capaz de relacionar los dos hechos antedichos, dudo que una combinación tan injuriosa para la honorabilidad hereditaria que tenía un monumento mural en la iglesia y copas de plata tan venerables, no hubiera permanecido secreta a causa de su tendencia malsana. Pero lospuddingsde Navidad, la carne de cerdo cocida y especiada y la abundancia de licores espirituosos precipitan la originalidad del espíritu en el camino de la pesadilla y son grandes preservativos contra la peligrosa espontaneidad del espíritu.
Cuando se habló del robo en la taberna delArco Irisy fuera de allí, en la buena sociedad la balanza siguió oscilando entre la explicación racional basada en la caja de yesca y en la teoría de un misterio impenetrable que ponía las pesquisas en ridículo. Los partidarios de la creencia en la caja de yesca y de un buhonero consideraban a sus adversarios como una colección de gentes crédulas de cerebro desequilibrado que teniendo la vista perturbada, se imaginaban que todos veían como ellos; y los que estaban por lo inexplicable, se limitaban a dar a entender que sus antagonistas eran unos volátiles dispuestos a cantar antes de encontrar grano; verdaderas espumaderas en cuanto a capacidad y cuya clarividencia consistía en suponer que no había nada tras de la puerta de una granja porque no podían ver a través de ellas. Por lo tanto, bien que esta controversia no sirviera para poner en claro el robo, descubrían ciertas opiniones verdaderas o importantes, pero que no tenían nada que ver con el asunto.
Entretanto, mientras que la pérdida que así había sufrido servía para activar la débil corriente de la conversación de Raveloe, al pobre Silas lo consumía la desesperación que le causaba aquella privación de que sus vecinos hablaban a sus anchas. Cualquiera que lo hubiese observado antes de la desaparición del oro, hubiera podido figurarse que un ser tan desgastado y marchito tendría apenas la fuerza de soportar alguna magulladura o que no sería capaz de sufrir algún debilitamiento sin sucumbir en seguida.
En realidad, su vida había sido una vida ardiente, ocupada por un fin inmediato que lo separaba de la inmensidad desconocida y triste; su vida había sido tenaz y, bien que el objeto alrededor del cual las fibras de su vida se habían entrelazado, fuese una cosa aislada e inerte, ese objeto daba satisfacción a la necesidad de Marner de tener una afección cualquiera. Pero ahora la separación protectora estaba destruida, suprimido el sostén. Los pensamientos de Silas no podían seguir girando en el antiguo círculo. Se encontraba desorientado por un vacío parecido al que la hormiga laboriosa encuentra cuando se ha desmoronado la tierra en el sendero que conduce a su nido. El telar estaba allí, y el tejido y el dibujo creciente de la tela; pero el brillante tesoro del escondite ya no estaba bajo sus pies; la perspectiva de palparlo y de contarlo no existía ya; la noche no tenía ya sus visiones de delicias para calmar los deseos ardientes de aquella pobre alma. La idea del dinero que ganaría con el trabajo del momento no le proporcionaba ninguna satisfacción, porque aquella imagen mezquina no hacía más que recordarle de nuevo su infortunio; y esas esperanzas habían sido aplastadas con demasiada violencia por el brusco golpe para que su imaginación se detuviera en la idea de ver acumularse su nuevo tesoro con aquel pequeño comienzo.
Aquel vacío estaba colmado por su dolor. Mientras estaba ocupado en tejer, gemía con frecuencia, muy quedo, como un alma en pena: era seña de que su pensamiento había vuelto al abismo abrupto, a las horas inertes de la noche. Y durante esas horas, sentado junto a la soledad de su triste fuego, apoyaba los codos en las rodillas, se apretaba la cabeza entre las manos, y gemía aún más despacio, como si tratara de no ser oído.
Sin embargo, no estaba tan completamente abandonado en su desgracia. La aversión que había inspirado siempre a los vecinos se había disipado en parte, gracias al huevo aspecto en que su infortunio lo había presentado. En lugar de un hombre dotado con más habilidades de las que las gentes honestas pueden poseer, y, lo que es más grave, nada dispuesto a usarlas como buen vecino, ahora era evidente que Silas no tenía siquiera bastante habilidad para conservar lo que le pertenecía. Se hablaba generalmente de él como de una pobre criatura bien quebrantada, y ese alejamiento para con su prójimo, que se había atribuido en un principio a su mala voluntad y a la peor de las relaciones, era actualmente considerado como una simple locura.
Esa vuelta a mejores sentimientos se manifestaba de distintas maneras.
El aire estaba impregnado con el olor de la cocina de Navidad, y era la estación en que las sobras del cerdo y de la morcilla sugieren la caridad a las familias acomodadas. Las desgracias que le habían sucedido a Silas lo colocaban en primera fila en los espíritus de las dueñas de casas tales como la señora Osgood. También el señor Crackenthorp, al mismo tiempo que advertía a Silas que probablemente su dinero le había sido quitado porque pensaba demasiado en él y no iba nunca a la iglesia, reforzaba su doctrina regalándole unos pies de cerdo; medio excelente de disipar los prejuicios mal fundados que existen sobre la reputación del clero. Los vecinos que sólo podían dar consuelos, se mostraban inclinados no sólo a saludar a Silas y discutir con bastante detención su infortunio cuando lo encontraban en la aldea, sino que iban también a verlo en su choza y le hacían repetir todos los detalles del robo en el sitio en que había sido cometido. Después trataban de alentarlo, diciéndolo: «Qué tal, maese Marner, no sois más desgraciado que los otros pobres, al fin y al cabo; y si llegarais a quedar imposibilitado, la parroquia os daría socorro».
Supongo que una de las razones porque somos incapaces de consolar al prójimo con palabras, es que nuestras intenciones se corrompen a pesar nuestro antes de pasar por nuestros labios. Podemos mandar morcillas y patas de cerdo sin darles el sabor de nuestro egoísmo; pero el lenguaje es una corriente que casi siempre tiene el gusto del cauce impuro por que corre. Había una porción razonable de bondad en el corazón de las gentes de Raveloe, pero ejercían esa bondad con la franqueza torpe de la embriaguez, empleando las formas en que menos se revelan la amabilidad y el disimulo.
El señor Macey, por ejemplo, fue una noche expresamente para decirle a Silas que los acontecimientos recientes le habían dado la ventaja de que se lo considerara con más fervor un hombre cuya opinión no se había formado a la ligera. Con este fin, así que hubo unido sus pulgares, comenzó la conversación diciendo:
—¡Vamos! Maese Marner, vamos, no tenéis para qué permanecer ahí sentado y gimiendo. Es mejor para vos que hayáis perdido vuestro dinero que el que lo hubieseis conservado valiéndoos de viles medios. Yo pensé en un principio, cuando vinisteis acá, que no erais mejor de lo preciso. Erais mucho más joven de lo que sois ahora; pero siempre habéis sido una criatura pálida y azorada, pareciéndoos en cierto modo a un ternero de cabeza blanca, si me es lícito expresarme así. Sin embargo, uno puede equivocarse. No es solamente el demonio el que ha hecho todos los seres de aspecto raro. Quiero referirme a los sapos y otras alimañas parecidas, porque con frecuencia son inofensivas; y hasta son útiles para destruir los insectos. Algo parecido acontece con vos, al menos por lo que puedo apreciar, bien que lo que concierne a vuestro conocimiento de la plantas y las drogas apropiadas para restablecer la respiración, si las habéis traído de un país apartado, hubierais podido mostraros un poco más generoso. Y si esos conocimientos habían sido adquiridos donde no se debía hacerlo, nada os impedía que compensarais esto yendo a la iglesia regularmente. En efecto, los niños que la bruja de Tarley hechizaba, los vi bautizar más de una vez y recibir el agua bendita tan bien como los demás. Y así tiene que ser, considerando que si el demonio desea hacer un poco de bien para poder descansar, si me es lícito expresarme así, ¿quién tiene que poner reparos a esto? Tal es mi opinión. Hace cuarenta años que soy chantre de esta parroquia, y yo sé que cuando el pastor y yo denunciamos la cólera celeste el miércoles de ceniza, no se pronuncia ningún anatema contra aquellos que desean ser curados sin médico, diga lo que quiera el doctor Kimble. Por consiguiente, maese Marner, como os lo decía hace un momento, las cosas tienen tantas vueltas, que os ocurren, como acaba de sucederme, que sois arrastrado hasta el último capítulo del libro de oraciones antes de volver al asunto; mi opinión es que no debéis desalentaros. En cuanto a imaginarse que sois un personaje maligno y que hay más ciencia en vuestra cabeza de la que podríais revelar, no soy absolutamente de ese parecer, y eso es lo que les repito a los vecinos. Vosotros pretendéis—les digo—que maese Marner habría forjado un cuento; pues bien, eso es absurdo, en verdad. Se requeriría realmente un hombre inteligente para inventar una historia como ésa; y, además, la noche que vino a la taberna parecía más asustado que una liebre.
Durante este discurso sin dilación, Silas había permanecido inmóvil en su primera actitud, apoyando los codos en las rodillas y oprimiéndose la cabeza entre las manos. El señor Macey se detuvo, no dudando que había sido escuchado. Esperaba alguna apreciación como respuesta; pero Marner permaneció silencioso. Tenía la impresión de que el anciano quería serle agradable, y tenía a su respecto intenciones de buen vecino; desgraciadamente aquella bondad caía sobre Silas como los rayos del sol sobre el hombre miserable; sintiendo que estaba muy lejos de él, no tenía ánimo para gozarla.
—Vamos, maese Marner, ¿no tenéis qué responder, a esto?—dijo al fin el señor Macey con un tono lentamente impasible.
—¡Ah!—respondió Marner con lentitud, sacudiendo la cabeza entre las manos—, os doy las gracias, os doy las gracias con todo corazón.
—Sí, sí, ciertamente, estaba seguro de que me daríais las gracias—dijo el señor Macey—, y soy de opinión que... A propósito, ¿tenéis ropa que vestir los domingos?
—No—dijo Marner.
—Eso pensaba—dijo el señor Macey—. Ahora dejadme aconsejaros que os proporcione un traje. Tookey es un hombre diablo, pero se ha hecho cargo de mi sastrería, y lo he habilitado con algún dinero. Os hará un traje completo, barato y fiado. Entonces podréis venir a la iglesia y ser algo sociable con vuestros vecinos. ¡Cómo! ¿ No me habéis oído decir amén desde vuestra llegada a este pueblo? Os recomiendo que no perdáis tiempo, porque será algo deplorable cuando Tookey me reemplace por completo. Puede muy bien que pasado otro invierno no tenga más fuerzas para estar de pie junto al órgano.
Dicho esto, el señor Macey hizo una pausa, esperando quizás algún signo de emoción por parte de su interlocutor. Viendo que Marner no decía nada, prosiguió:
—Y en cuanto al dinero para el traje completo, debéis ganar con vuestro telar una libra esterlina por semana, maese Marner, y todavía sois joven, me parece, aunque parezcáis muy agobiado. Pero no debíais, tener veinticinco años cuando vinisteis a estableceros aquí, ¿verdad?
Silas se estremeció ligeramente cuando el señor Macey tomó aquel tono de interrogación, y respondió con suavidad:
—No lo sé, no lo podría decir con exactitud; ¡hace de eso tanto tiempo!
Después de recibir semejante respuesta, no es de extrañar que el señor Macey hiciera notar más tarde, en la velada delArco Iris, que Marner tenía la cabeza perdida, y que no sabía probablemente cuándo era domingo, lo que demostraba que era más pagano que muchos perros.
Además del señor Macey, otra persona que consolaba a Silas fue a verlo con el corazón lleno de los mismos pensamientos. Era la señora Winthrop, la mujer del carretero.
Los habitantes de Raveloe no iban a los oficios con regularidad escrupulosa. Quizá hubiera sido difícil encontrar a alguien en la parroquia que no pensara que los fieles que frecuentaban la iglesia todos los domingos del calendario, manifestaban un deseo ávido de estar bien con el Cielo, y de obtener indebidamente una ventaja sobre sus vecinos, un deseo de ser mejores que el común de los mortales, implicando éste una cierta censura para las gentes que, habiendo tenido como ellos padrinos y madrinas, poseían derecho igual al servicio fúnebre. Al mismo tiempo era cosa entendida que todos, excepto los sirvientes y los jóvenes, debían recibir el sacramento de la eucaristía en una de las grandes fiestas. El propio squire Cass comulgaba en Navidad; mientras que los que eran considerados buenos cristianos, iban a la iglesia más a menudo, pero con moderación, sin embargo.
La señora Winthrop se contaba entre estas últimas. Era de todo punto una mujer concienzuda y escrupulosa. Ponía tal ardor en cumplir sus deberes, que la vida parecía no presentárselos con tanta frecuencia, cuando no se levantaba a las cuatro y media de la mañana. Eso disminuía, es cierto, las tareas de las horas que seguían, y este inconveniente representaba para ella un problema que constantemente trataba de resolver.
Sin embargo, no tenía el carácter atrabiliario que se supone va necesariamente asociado con tales costumbres. Era una mujer muy suave y bondadosa que buscaba por temperamento todos los elementos más tristes y más serios de la vida para nutrir su espíritu, era la persona en quien se pensaba en Raveloe cada vez que había un enfermo o un muerto en una familia, cuando había que aplicar sanguijuelas y que no se podía conseguir una enfermera.
Mujer servicial, de buen semblante, cutis fresco, tenía los labios siempre ligeramente apretados como si creyera estar en el cuarto de un enfermo en presencia del médico o del pastor. Pero no lloriqueaba nunca; nadie la había visto nunca derramar lágrimas. No se observaba en ella más que una gravedad y una disposición a menear la cabeza y a suspirar de un modo casi imperceptible, como una plañidera que no es parienta del difunto. Parecía sorprendente que Ben Winthrop, que gustaba del jarro de cerveza y de decir chistes, viviera tan de acuerdo con Dolly; pero es que ella aceptaba las ocurrencias y la jovialidad de su marido con tanta paciencia como las demás cosas. Se decía que los hombres son siempre así, hágase lo que se haga, y ante sus ojos las personas del sexo fuerte eran criaturas que al cielo le había placido hacerlas naturalmente fastidiosas, como los gansos y los pavos.
Aquella mujer buena y caritativa no podía dejar de sentirse fuertemente atraída por Silas Marner, ahora que lo veía bajo un aspecto de una persona que sufre. Un domingo por la tarde tomó a su pequeño Aarón consigo y se dirigió a casa de Silas. Llevaba en la mano algunos bizcochos, hechos de pasta liviana y que eran muy estimados en Raveloe. Aarón, un niño de siete años, cuyas mejillas semejaban manzanas y cuyo cuello limpio y almidonado parecía ser el plato que contenía aquellas frutas, tuvo que recurrir a toda audacia de su curiosidad para vencer el temor de que el tejedor de ojos saltones no le fuera a dar algún daño físico. Su aprensión creció mucho cuando, al llegar a las canteras, él y su madre oyeron el ruido misterioso del telar.
—¡Ah! ¡Era como yo lo pensaba!—dijo tristemente la señora de Winthrop.
Tuvieron que golpear con fuerza antes de que Silas los oyera; sin embargo, cuando se asomó a la puerta no demostró ninguna impaciencia como hubiera hecho antes al recibir una visita que no era ni esperada ni solicitada. Antes su corazón era como un cofrecillo cerrado con llave y que contenía un tesoro; pero ahora el cofrecillo estaba vacío, y la cerradura rota. Abandonado en las tinieblas y buscando en ellas sus caminos a tientas, falto por completo de su apoyo, Silas tenía inevitablemente el sentimiento—sentimiento triste, en verdad, y que casi rayaba en la desesperación—de que si algún socorro le llegaba no podía ser sino de afuera. Así es que sentía una ligera emoción de esperanza a la vista de sus semejantes. Tenía una vaga idea de que debía contar con la benevolencia de ellos.
Abrió la puerta enteramente para dejar pasar a Dolly; sin embargo, no le devolvió su saludo más que haciendo adelantar la silla algunas pulgadas para indicarle que podía sentarse. Así que Dolly se sentó, quitó la servilleta que cubría los bizcochos y dijo con la mayor gravedad:
—Maese Marner, ayer hice cocer en el horno estos bizcochos, y están mejores que de costumbre. Venía a pediros que aceptéis algunos si lo tenéis a bien. A mí no me agradan estas cosas, porque lo que prefiero de un extremo del año al otro es un pedazo de pan; pero los hombres tienen un estómago tan caprichoso que necesitan cambiar; sí, necesitan, lo sé; que Dios los ayude.
Dolly suspiró suavemente ofreciéndole los bizcochos a Silas. Este le dio las gracias con bondad y miró el presente muy cerca, distraídamente, porque estaba acostumbrado a examinar así todo lo que tomaba en las manos. Entretanto, los ojos redondos, brillantes y sorprendidos del pequeño Aarón estaban fijos en él; el niño se había parapetado tras de la silla de su madre y desde allí lanzaba sus miradas furtivas.
—Tienen encima impresas unas letras—dijo Dolly—. Yo no sé leerlas y nadie, ni aun el señor Macey sabe exactamente lo que quieren decir; pero tienen un buen significado, puesto que son las mismas que se ven en el tapiz del púlpito, en la iglesia. ¿Qué letras son, Aarón, hijo mío?
Aarón se escondió completamente detrás de su trinchera.
—¡Oh, vamos, no seas malo!—le dijo su madre con suavidad—. Bueno, sean cuáles fueran esas letras, tienen un buen significado. Ben dice que es una marca que se ha usado siempre en su familia desde cuando era niño. Su madre tenía la costumbre de ponerla en los bizcochos, y yo también siempre la he puesto; porque si hay algún bien en ello nos hace falta en el mundo.
—Es I.H.S. (In hoc salus)—dijo Silas.
Ante aquella prueba de saber, Aarón lanzó una nueva mirada furtiva por detrás de la silla.
—Sí, la verdad es que las habéis podido leer fácilmente—dijo Dolly—. Ben me la ha leído muchas veces, pero se me van de la cabeza. Es tanto más sensible cuanto que son buenas letras; de otro modo no estarían en la iglesia. Por eso las pongo en todos los panes y en todos los bizcochos, bien que a veces se borran porque la masa crece, porque, como decía, si podemos conseguir algún bien lo necesitamos en este mundo, os lo aseguro. Espero que os lo proporcionarán, maese Marner. Es con esa intención que os he traído los bizcochos, y ya veis que las letras han salido mejor que de costumbre.
Silas era tan incapaz de interpretar las letras como Dolly; sin embargo, no era posible, al oír las dulces palabras de la señora Winthrop, equivocarse sobre el deseo que tenía de hacer un bien. Respondió, pues, con más sentimiento que antes:
—Gracias, gracias de todo corazón.
Sin embargo, puso a un lado los bizcochos y se sentó distraídamente triste e inconsciente del bien que pudieran hacerle los bizcochos, las letras y hasta la bondad de Dolly.
—¡Ah! Si hay un bien en algo, lo necesitamos—repitió Dolly, que no abandonaba fácilmente una frase útil.
Y continuó hablando mientras miraba a Silas con compasión:
—¿Pero no oísteis las campanas de la iglesia esta mañana, maese Marner? ¿Conque ignorabais que hoy es domingo? Viviendo aquí tan solitario os olvidáis del día que es, me parece; además, con el ruido del telar, no oís las campanas, que, por otra parte, ahora sofoca el aire frío y húmedo que reina.
—Sí, sí, las he oído—respondió Silas, para quien el sonido de las campanas era un simple incidente que no tenía ninguna relación con la santidad del día. No había campanas en el Patio de la Linterna.
—¡Dios mío!—dijo Dolly, deteniéndose antes de seguir hablando—. Es lástima que trabajéis el domingo y que no cuidéis vuestro traje, aunque no vayáis a la iglesia. Si tuvieseis un asado al fuego se comprendería que no pudierais salir, viviendo solo. Pero el horno está ahí cerca. No tendríais más que resolveros a gastar de cuando en cuando una moneda de cuatro peniques para que os asaran la carne, no todas las semanas, por supuesto; a mí mismo no me agradaría eso. Podríais vos mismo llevar vuestra pequeña cena a cocer, porque es razonable tener algún trozo de algo caliente el domingo. Deberíais de tratar que la comida de ese día no fuera igual a la del sábado. Pero ahora se acerca la Navidad, el santo día de Navidad, y si llevarais a asar vuestra cena y si fuéseis a la iglesia para verla adornada con muérdago y follaje, oír el oficio y comulgar en seguida, os sentiríais mucho mejor. Sabríais a qué ateneros y podríais poner vuestra confianza en Aquel que sabe más que nosotros, puesto que habríais cumplido con lo que es el deber de todos.
Esta larga exhortación de todos, que le había costado un extraordinario esfuerzo de palabras, fue pronunciada con el tono dulce y persuasivo con que se trata de conseguir que un enfermo tome su medicina o una taza de caldo que le inspirara repugnancia. Hasta entonces Silas no había sufrido presión tan directamente a propósito de su ausencia de la iglesia. El hecho había sido considerado simplemente como un rasgo del carácter general de su naturaleza extraña, y Marner era demasiado franco y sencillo para eludir el llamamiento de Dolly.
—No, no—dijo—. Yo no sé nada de la iglesia. Nunca he ido a la iglesia.
—¡Nunca!—repuso Dolly, con el tono quedo de la sorpresa.
Entonces, recordando que Silas procedía de un país desconocido, agregó:
—¿Será porque no había iglesia en el país en que nacisteis?
—¡Oh, sí!—dijo Silas con aire meditativo, sentado, según su costumbre, con los codos apoyados en las rodillas y la cabeza entre las manos—. Había iglesia, había costumbres. Era una gran ciudad, pero yo no las conozco; siempre iba a la capilla.
Dolly, muy perpleja al oír aquella expresión nueva, no se atrevió a llevar más lejos sus preguntas por temor de que la palabra capilla significara algún antro de maldad. Después de un instante de reflexión, dijo:
—Pues bien, maese Marner, nunca es demasiado tarde para cambiar de conducta. Si nunca habéis frecuentado la iglesia, no os imagináis el inmenso bien que os haría el ir a ella. Yo me siento más a mi gusto y más feliz que nunca cuando voy a oír las oraciones y los cánticos en homenaje y gloria de Dios, que el señor Macey entona, y las buenas palabras que pronuncia el señor Crackenthorp, principalmente los días de comunión. Si me ocurre alguna contrariedad siento que la puedo soportar, porque he ido a buscar ayuda donde debía. Yo me he abandonado a Aquel a quien debemos todos abandonarnos en fin, y si hemos hecho nuestro deber, no hay que creer que Aquel que está allá arriba vale menos que nosotros y no hará el suyo.
La exposición que hizo la pobre Dolly de la sencilla teología de Raveloe hirió los oídos de Silas sin que entendiera palabra; en efecto, ninguna de aquellas frases podía evocar un recuerdo de la religión que había practicado, y su espíritu quedaba del todo desconcertado. Marner permaneció silencioso. No se sentía dispuesto a dar su asentimiento a la parte del discurso que comprendía por completo: la recomendación de ir a la iglesia. En verdad, Silas estaba tan poco acostumbrado a hablar, excepto para hacer preguntas y dar las respuestas breves indispensables para la negociación de sus pequeños negocios, que las palabras no se le ocurrían con facilidad si no eran solicitadas por un objeto determinado.
Pero ahora el pequeño Aarón, que se había acostumbrado a la presencia del terrible tejedor, se había colocado junto a su madre, y Silas, pareciendo verlo por primera vez, trató de rehuír las muestras de bondad de Dolly ofreciéndole al niño una parte de los bizcochos. Aarón retrocedió un poco y se frotó la cabeza contra el hombro de su madre. Sin embargo, pensó que el bizcocho valía la pena que se extendiera la mano para obtenerlo.
—¡Ah! ¡Aarón!—dijo Dolly tomándolo sobre las rodillas—; no necesitáis comer bizcochos por ahora. Tiene un apetito maravilloso—agregó con un ligero suspiro—, maravilloso, Dios lo sabe. Es el menor y lo mimamos de un modo deplorable; porque ya sea yo, ya sea su padre, es preciso absolutamente que uno de los dos lo tenga bajo sus ojos, absolutamente.
Acarició la cabeza de Aarón, pensando que la vista de aquel amor de niño debía de hacerle bien a maese Marner; pero éste, sentado al otro lado del hogar, no veía el rostro rosado, de rasgos bien acusados, más que como la bola obscura de dos pequeños puntos negros en la superficie.
—Y tiene una voz como la de un pájaro—prosiguió Dolly—; sabe cantar un canto de Navidad que su padre le ha enseñado. Para mí es un signo de que será bueno el que haya podido aprender tan ligero un aire religioso. Vamos, Aarón, paraos y cantadle vuestra canción a maese Marner, vamos.
Aarón, por toda respuesta, se frotó la frente contra el hombro de su madre.
—¡Oh! eso está mal—dijo Dolly con suavidad—. Hay que levantarse cuando mamá lo manda, y dadme un bizcocho para que os lo tenga, hasta que hayáis concluido.
No le repugnaba a Aarón lucir sus talentos, aun delante de un ogro, siempre que se sintiera en seguridad. Por lo tanto, después de algunos ademanes de falsa vergüenza, consistentes principalmente en restregarse los ojos con las manos y en mirar a Marner por entre los dedos para ver si éste deseaba ardientemente oírlo cantar, se dejó al fin poner erguida la cabeza. Entonces se paró detrás de la mesa, de la que sólo sobresalía a partir del cuello. Parecía así una cabeza de querubín libre de la traba del cuerpo. Por fin, con la voz clara de un pájaro comenzó la siguiente melodía, cuyo ritmo era martillado y laborioso:
Que Dios os de paz, alegres gentileshombres,Que nada os espante,Porque Jesucristo, vuestro Salvador,Vino al mundo para Navidad.
Dolly escuchaba con aire piadoso, dirigiéndole miradas a Marner con cierta confianza de que aquellos acentos contribuirían a atraerlo a la iglesia.
—Esto es lo que se llama música de Navidad—dijo cuando Aarón hubo acabado y volvió a entrar en posesión de su bizcocho—. No hay música que esté a la altura de la música de Navidad... Y ya podéis imaginaros lo que debe ser eso en la iglesia, maese Marner, con el acompañamiento del órgano y el coro. No se puede dejar de creer que ya se está en un mundo mejor. No quisiera hablar mal de éste, visto que Aquel que nos ha puesto en él sabe algo más que nosotros; pero cuando se piensa en la embriaguez y en las riñas, así como en las enfermedades y en las angustias de los moribundos—cosas que he visto tantas y tantas veces—, complace oír hablar de una mansión más feliz. El niño canta bien, ¿no es verdad, maese Marner?
—Sí, muy bien—respondió Silas distraídamente.
El canto, con su ritmo martillado, había resonado en sus oídos como una música extraña, completamente distinta de la del himno, y no podía de ningún modo producir el efecto que Dolly esperaba. Pero Silas quería demostrarle que estaba agradecido y lo único que se le ocurrió fue ofrecerle otro bizcocho a Aarón.
—¡Oh, no! muchas gracias, maese Marner—dijo Dolly, conteniendo las manos prontas a Aarón—. Ahora es preciso que nos volvamos a casa. Por consiguiente le digo hasta la vista, maese Marner. Si alguna vez os sentís con algún mal interior, que no os permita trabajar, yo vendré a hacer un poco de limpieza y os buscaré un poco de alimento, con toda buena voluntad. Pero os pido y os ruego que dejéis de tejer el domingo; eso es malo para el alma y para el cuerpo. El dinero que se consigue así es un mal lecho de reposo en los últimos momentos, si no se disipa como la escarcha quién sabe dónde. Disculpad que me haya tomado esta libertad con vos, maese Marner, porque os quiero bien en verdad. Aarón, haced vuestra reverencia.
Silas le dijo hasta la vista a Dolly, y le dio las gracias cordialmente abriendo la puerta. Sin embargo, a pesar suyo se sintió aliviado cuando ella se hubo marchado, satisfecho de poder volver a tejer y gemir a su gusto. Aquella manera simple de comprender la vida y el bienestar por medio del cual Dolly había tratado de alentar a Silas, no era para él más que un ruido lejano de objetos desconocidos que su imaginación era incapaz de representarle. Las fuentes del amor al prójimo y de la fe en el amor divino no se habían abierto todavía, y su alma era como un pequeño arroyo desecado. No había más que una débil diferencia, y es que el débil surco trazado en la arena estaba bloqueado, y el agua corría al azar hacia tenebrosos obstáculos.
Y así es que, a pesar de las palabras honradas y persuasivas del señor Macey y de Dolly Winthrop, Silas pasó el día de Navidad en la sociedad comiendo su cena con el corazón entristecido, bien que le hubiera sido ofrecida por una buena vecina. Por la mañana miró la helada negra que parecía oprimir cruelmente cada rama de hierba, mientras que el viento hacía rizar la charca roja, helada a medias. Pero al llegar la noche la nieve se puso a caer y le veló hasta aquella lúgubre perspectiva, encerrándolo estrechamente con su pena concentrada. Y durante toda la velada permaneció sentado en su choza despojada de su tesoro, no preocupándose de cerrar los postigos ni la puerta, oprimiéndose la cabeza entre las manos y gimiendo, hasta que lo tomó el frío y le advirtió que su fuego no era más que una ceniza gris.
Nadie en este mundo, excepto él, sabía que Silas era el mismo hombre que habiendo amado antes a su prójimo con tierno afecto había tenido confianza en una bondad invisible. Aun para sus ojos, aquella experiencia de la vida pasada se había vuelto algo obscura.
Entretanto, en la aldea de Raveloe las campanas repicaban alegremente y la iglesia estaba más llena que durante el resto del año por fieles cuyos rostros bermejos aparecían en medio de las profusas ramas de un verde obscuro—fieles preparados para un oficio más largo que el de costumbre, gracias a un almuerzo perfumado de tostadas y cerveza. Aquellas verdes ramas, el humo y la plegaria que no se oían más que en Navidad, y hasta el Credo de San Anastasio—que sólo se distinguía de los otros en que era más largo y tenía virtud excepcional, puesto que no se le leía más que en ciertas ocasiones—producían un vago sentimiento de que algo grande y misterioso se había realizado para ellos allá en el cielo, y aquí abajo en la tierra, algo que se apropiaba con su presencia. Después los fieles de rostros bermejos se volvieron a su casa a través del frío negro y picante, sintiéndose libres, durante el resto del día, de comer, de beber y de regocijarse, usando sin temor de aquella libertad cristiana.