XI

En la reunión de familia en casa del squire Cass celebrada ese día, nadie habló de Dunstan—nadie sentía la ausencia, y temía que fuera a ser larga. El doctor y su mujer, el tío y la tía Kimble, estaban presentes.

La conversación anual de la fiesta de Navidad tuvo lugar sin ninguna omisión. Alcanzó su punto culminante cuando el señor Kimble contó lo que había visto y oído en la época en que estudiaba medicina en los hospitales de Londres, treinta años atrás, no omitiendo las anécdotas notables concernientes a su profesión, que había recogido entonces. En seguida vinieron las partidas de los naipes con la mala suerte tradicional de la tía Kimble para hacer parejas; después la irascibilidad del tío Kimble a propósito del «trick» en el «whist». Cuando no estaba de su parte, no se lo explicaba sin hacer una inspección general de todas las bazas para asegurarse de que habían sido hechas de acuerdo con los verdaderos principios. El todo estaba acompañado por el fuerte olor de los grogs humeantes.

Pero la reunión del día de Navidad era puramente una reunión familiar que no representaba la fiesta brillante por excelencia de la estación de la Casa Roja. Esta era el gran baile de la víspera del día del Año Nuevo que hacía la gloria de la hospitalidad del squire, como había hecho la de la hospitalidad de los antepasados del squire desde tiempo inmemorial. Esa era la ocasión en que todos los miembros de la sociedad de Raveloe y de Tarley—ya fueran antiguas relaciones separadas por largos caminos llenos de zanjas, ya fueran relaciones enfriadas por disidencias relativas a la posesión de terneras escapadas, o ya las relaciones establecidas por una condescendencia intermitente—, contaban encontrarse y conducirse según las conveniencias recíprocas. Esa era la ocasión en que las bellas damas que iban a caballo mandaban de antemano cajas que contenían algo más que sus trajes del baile. La fiesta, en efecto, no debía durar sólo una noche, como las mezquinas diversiones de la ciudad, en que todas las provisiones de boca son puestas de una sola vez en la mesa, y en que la lencería es insuficiente. La Casa Roja estaba aprovisionada como para resistir un sitio. En cuanto a los colchones de pluma disponibles, prontos para ser tendidos en el suelo, eran tan numerosos como podía esperárselo en una familia que había matado gansos durante muchas generaciones.

Godfrey Cass suspiraba por esa víspera del día de Año Nuevo con la impaciencia loca e irreflexiva que lo volvía medio sordo a las importunidades de su compañera, la ansiedad.

—¡Oh! no volverá quizá a casa antes de la víspera de Año Nuevo—respondía Godfrey—. Entonces estaré sentado al lado de Nancy, bailaré con ella y he de obtener, quiéralo ella o no, alguna dulce mirada.

—Pero hay alguien que necesita dinero—decía la ansiedad con voz más fuerte—; ¿cómo vas a conseguirlo sin vender el alfiler de diamantes de tu madre? ¿Y si no puedes obtenerlo?

—Puede que ocurra algún acontecimiento que facilite las cosas. De todos modos, hay para mí un placer que está próximo: Nancy viene al baile.

—Es cierto, pero suponte que tu padre lleve las cosas a tal punto que te veas obligado a comprometerte con ella y tener que dar las razones.

—Corta tu lengua y no me mortifiques. Puedo ver los ojos de Nancy tales como me mirarán y ya siento su mano en la mía.

Sin embargo, la ansiedad siguió hablando, bien que fuera en medio de la ruidosa reunión de Navidad; se negó a callar por completo, ni aun con mucha bebida.

Algunas mujeres, lo confieso, no aparecerían ventajosamente si cabalgaran a la grupa, vestidas con un abrigo de viaje color marrón y la cabeza cubierta con un sombrero de castor también color marrón, cuya copa se parece a una pequeña cacerola.

En efecto, un vestido que recuerda la hopalanda de un cochero, y que ha sido cortado en un pequeño retazo de paño con el cual no se han podido cortar capuchas en miniatura, no es muy aparente para ocultar los defectos de las formas. Por otra parte, el marrón no es un color apropiado para hacer resaltar vivamente las mejillas pálidas. Era un triunfo tanto más grande la belleza de la señorita Nancy Lammeter aparecer del todo seductora en semejante traje, cuando sentada a la grupa sobre un cojín, tras de su padre alto y derecho, ella le tomaba la cintura con uno de sus brazos y miraba hacia abajo, con ansiedad vigilante, los charcos de agua, cubiertos por una nube traidora que lanzaba salpicaduras formidables bajo los golpes de los cascos deDobbin. Un pintor la hubiera preferido quizá en uno de esos momentos en que ella no tenía conciencia de sí misma; pero sin duda que esas mejillas habían alcanzado su más alto grado de contraste con la tela marrón de que iba revestida, cuando llegó a la puerta de la Casa Roja y vio a Godfrey Cass dispuesto para ayudarla a bajar del caballo. Hubiera deseado que su hermana Priscila hubiese ido a la grupa detrás del sirviente al mismo tiempo que ellos, porque entonces se hubiera arreglado para que el señor Godfrey bajara a Priscila primero. En ese intervalo ella hubiera convencido a su padre de que la diera la vuelta hasta el apeadero, en lugar de dirigirse al pie de la escalera. Es muy penoso, cuando se le ha dado a entender claramente a un joven que se tiene la resolución de no casarse con él, por más que él deseara esa unión, verlo seguir, sin embargo, teniendo atenciones especiales. Y además, ¿por qué no tenía siempre las mismas atenciones, si realmente eran sinceras de su parte, en vez de mostrarse tan incoherente como lo era el señor Godfrey Cass? Procedía a veces como si no quisiera hablarla, y no se ocupaba de ella durante varias semanas; después, de repente, casi le hacía de nuevo la corte. Además, era bien evidente que no le profesaba verdadero afecto; de otro modo no dejaría que las gentes dijeran lo que decían de él. ¿Suponía acaso que la señorita Nancy Lammeter podía ser conquistada por cualquiera, squire o no, que llevara mala vida? No era eso lo que estaba acostumbrada a ver en la persona de su padre, el hombre más sobrio y bueno de los alrededores, cuyo único defecto era ser algo brusco y arrebatado, de cuando en cuando, si las cosas no eran hechas en el acto.

Todos estos pensamientos atravesaron rápidamente el espíritu de la señorita Nancy en su orden habitual, entre el momento en que se advirtió al señor Godfrey Cass de pie en la puerta, y aquel en que llegó junto a él. Felizmente, el squire también salió a recibirles y dirigió ruidosos saludos al padre de Nancy. Se vio entonces protegida en cierto modo por aquel ruido, envolviéndose en él su confesión y su descuido de toda regla conforme con la etiqueta, cuando los vigorosos brazos del joven la ayudaban a bajar del caballo, pareciendo juzgarla ridículamente pequeña y liviana. Había las mayores razones, además, para entrar en la casa cuanto antes, pues la nieve comenzaba a caer, amenazando con un viaje desagradable a los invitados que estaban aún en camino. Estos constituían una pequeña minoría, porque ya la tarde comenzaba a declinar y no tardarían en llegar las damas que venían de mayores distancias. Tenían que ataviarse y estar prontas antes del té, que se tomaría temprano, y que debía animarles para el baile.

Cuando la señorita Nancy entró, hubo por toda la casa un murmullo de voces, que se confundió con el ruido de un violín que estaba preludiando en la cocina. Pero la llegada de los Lammeter tenía evidentemente tan preocupadas a las gentes, que se asomaron a la ventana para verles llegar. En efecto, la señora Kimble, que hacía los honores de la Casa Roja en estas grandes ocasiones, vino al vestíbulo a recibir a la señorita Nancy y la llevó a los altos. La señora Kimble era la hermana del squire y la mujer del doctor, doble dignidad con la cual su diámetro estaba en razón directa. Así es que como un viaje al primer piso la fatigaba bastante, accedió al pedido de la señorita Nancy de que le permitiera dirigirse sola hacia el cuarto azul, donde habían sido colocadas las cajas de las señoritas Lammeter cuando llegaron por la mañana.

Hubiera sido difícil encontrar un dormitorio en la casa, en el que las mujeres no estuvieran ocupadas en cumplimentarse y en prepararse. El atavío de cada una estaba más o menos adelantado, y se proseguía en un espacio reducido por las camas suplementarias tendidas en el suelo. La señorita Nancy, al entrar en el cuarto azul, tuvo que hacer una pequeña reverencia ceremoniosa a un grupo de seis damas. Hacia una parte había dos que eran nada menos que las señoritas Gunn, las hijas del negociante en vinos de Lytherley, vestidas a la última moda, con las faldas más ceñidas y las batas más cortas de talle. Las estaba examinando la señorita Ladbrook—de los Prados Viejos—con una vergüenza fingida no exenta de una contrariedad secreta. La señorita Ladbrook comprendía que las señoritas Gunn debían considerar su falda como de una amplitud exagerada; pero, en cambio, no era sensible que las señoritas Gunn estuvieran desprovistas de la sensatez que les hubiera indicado la conveniencia de no ajustarse tanto a la moda. Por otra parte, estaba la señora Ladbrook, que de cofia y con un turbante en la mano hacía una reverencia y sonreía con dulzura, diciendo: «De ningún modo; yo esperaré»; a otra dama que se hallaba en la misma posición que ella y que atentamente le ofrecía la precedencia frente al espejo.

Pero apenas la señorita Nancy hizo su reverencia, una dama de cierta edad se adelantó. El fichú de muselina extremadamente blanco de aquella dama y la papalina que cubría sus bucles de cabellos grises y lacios, formaba un contraste chocante con los trajes de raso amarillo y los tocados aparatosos de sus vecinas. Se acercó a la señorita Nancy con mucha afectación y le dijo lentamente, con voz aguda y suave:

—Espero, sobrina, que estéis en buena salud.

La señorita Nancy besó respetuosamente la mejilla de su tía, y respondió con igual afectación de amabilidad:

—En muy buena salud, mi tía, y espero que vos estéis lo mismo.

—Gracias, mi sobrina; mi salud se conserva por ahora. ¿Cómo está mi cuñado?

Estas preguntas y estas respuestas respetuosas no cesaron hasta que se hubo averiguado que todos los Lammeter estaban en tan buena salud como de costumbre, lo mismo que los Osgood; además, la sobrina Priscila debía seguramente de estar por llegar, y que no era muy agradable viajar a la grupa con tiempo de nieve, bien que una capa de viaje abrigara mucho. Entonces, Nancy fue presentada a los visitantes de su tía, la señora Gunn. Estos fueron anunciados como las hijas de una dama conocida de la señora Lammeter, bien que ellas mismas no se hubieran resuelto nunca a hacer un viaje a aquellos parajes. Quedaron tan sorprendidas de encontrar una fisonomía y maneras tan encantadoras en un sitio apartado de la campaña, que empezaron a sentir cierta curiosidad por saber qué traje se pondría Nancy después que se quitara el abrigo. La atención de la señorita Nancy estaba siempre fija en la cortesía y moderación que se observaba siempre en sus maneras. Se puso a observar que las señoritas Gunn tenían más bien facciones groseras y que la idea de ponerse trajes escotados como los suyos hubiera podido ser atribuida a la vanidad si tuviesen lindos hombros. Sin embargo, teniendo semejantes hombros, había que suponer sensatamente que aquellas señoritas no lo hacían por el deseo de exhibirlos, sino más bien a causa de una obligación que no era incompatible con el buen sentido y la modestia.

Tenía la convicción al abrir la caja que contenía su traje que ésa sería la opinión de la señora Osgood, porque el espíritu de la señorita Nancy se parecía de un modo extraordinario al de su tía. Todo el mundo decía que era una cosa sorprendente, puesto que el parentesco procedía por el lado del señor Osgood; y bien que la forma ceremoniosa de sus saludos no lo hubiera hecho suponer, había un afecto, una admiración recíproca entre la tía y la sobrina. Ni aun la negativa de la señorita Nancy de aceptar la mano de su primo Gilberto Osgood—simplemente a causa de que era su primo—no había enfriado absolutamente la preferencia que había determinado a la señora Osgood, a pesar del gran disgusto que aquella negativa le había causado, a dejarle a Nancy varias alhajas de familia, cualquiera que fuese la esposa futura de su hijo.

Tres damas se retiraron muy luego; pero no las señoritas Gunn, que el deseo de la señora Osgood de esperar a su sobrina, les diera motivo para quedarse, a ver el traje de aquella belleza rústica. Hubo para ellas un verdadero placer, desde el momento en que se abrió la caja en que todo olía a alhucema y hojas de rosas, hasta que el pequeño collar de corales quedó ceñido a su fino cuello blanco. Todas las cosas pertenecientes a la señorita Nancy eran de una limpieza y de una pureza delicadas: ni un solo pliegue dejaba de tener su razón de ser; ni la más pequeña pieza de sus ropas carecía de la blancura que se supondría debía tener; hasta los alfileres de su almohadilla estaban clavados según un modelo de que tenía la prolijidad de no apartarse; y, en cuanto a su misma persona, daba la idea de una elegancia tan invariable y exquisita como la de un pequeño pájaro.

Es cierto que sus cabellos obscuros estaban cortados en la nuca como los de un muchacho, y estaban dispuestos adelante en cierto número de bucles chatos que se apartaban mucho de su rostro. Pero no había peinado que no hiciera encantadores el cuello y las mejillas de Nancy. Cuando por fin apareció completamente vestida, con su traje de seda cruzada color plata, con su cuello de encajes, su collar y sus pendientes de coral, las señoritas Gunn no encontraron nada que criticarle, a no ser sus manos.

Estas tenían las huellas dejadas por la fabricación de la manteca, del queso y aun de alguna otra tarea más grosera. La señorita Nancy no se avergonzaba, por su parte, de esto. En efecto, a la vez que se vestía, la joven contaba a su tía cómo habían hecho su hermana Priscila y ella para poner sus ropas en las cajas la víspera, porque esa mañana tenían que amasar, y limpiar la casa. Era, pues, conveniente que dejaran además una buena provisión de fiambres para los sirvientes. Al terminar estas observaciones, la señorita Nancy se volvió también hacia las señoritas Gunn a fin de evitar la falta de cortesía de no dirigirse a ellas al mismo tiempo.

Las señoritas Gunn sonrieron con tiesura y pensaron que era lástima que aquellas personas ricas de la campaña que tenían medios de comprar tan ricos trajes—en verdad, el encaje y la seda de Nancy eran de gran precio—fueran criadas en la completa ignorancia y la vulgaridad. La señorita Nancy, decía, en efecto,descote, porescote,naguasporenaguasyhaigaporhaya, faltas que chocaban necesariamente a los oídos jóvenes que frecuentaban la buena sociedad de Lytherley. Estas hablaban lo mismo en la intimidad de la familia, pero pocas veces decíanhaigadelante de los extraños. La señorita Nancy, en verdad, nunca había visto más escuela que la de la maestra Tedman. Sus conocimientos de la literatura profana no iban más allá de los versos que había bordado en una gran tapicería, bajo el pastor y la pastora; y para arreglar una cuenta tenía que hacer la resta quitando chelines y medios chelines metálicos y visibles de un total metálico y visible. Apenas hay en nuestros días una sirvienta que no sea más instruida de lo que estaba la señorita Nancy. Sin embargo, ésta tenía las cualidades esenciales de una joven bien educada: un gran amor por la verdad, un sentimiento delicado del honor de sus actos, deferencias para con los demás y costumbres personales refinadas. Pero por temor de que estas cualidades no bastan para convencer a las bellas gramáticas, de que los sentimientos de Nancy se parecían nada a los suyos, agregaré que era un poco orgullosa y exigente, y tan constante en su aferramiento en una opinión errónea como en su afecto por un supirante infiel.

La inquietud de Nancy por su hermana Priscila, que había llegado a ser bastante intensa en el momento en que se prendía el collar de corales, cesó felizmente al ver entrar a aquélla de carácter alegre; entró con una cara vivamente coloreada por el frío y la humedad. Después de las primeras preguntas y los primeros saludos, Priscila se volvió hacia Nancy y la contempló de pies a cabeza; después la hizo dar media vuelta para convencerse de que, vista de espaldas, estaba igualmente irreprochable.

—¿Qué pensáis de estos vestidos, tía Osgood?—dijo Priscila, mientras Nancy la ayudaba a quitar la saya.

—Muy hermosos, en verdad, sobrina—respondió la señora Osgood, acentuando ligeramente el tono ceremonioso que usaba de ordinario.

Siempre había considerado a su sobrina Priscila como demasiado ordinaria.

—Me veo obligada a usar el mismo traje que Nancy, aunque tengo cinco años más que ella, y eso me hace parecer amarilla. No quiere tener nunca una cosa sin que yo tenga otra exactamente igual; desea que nos crean gemelas. Yo le digo que las personas van a considerar esto como una debilidad de mi parte imaginándome que me pondrá bonita el usar ropas que a ella le sientan bien. Porque yo soy fea, no cabe duda, tengo las facciones de la familia de mi padre. Pero a mí eso qué me importa, ¿y a vosotras?

Priscila en ese momento, sin cesar de hablar, se volvió hacia las señoritas Gunn. Estaba demasiado preocupada por el placer de hablar para darse cuenta de que su candor no era apreciado.

—Hay bastantes flores para atraer a las mariposas; las mujeres bonitas alejan a los hombres de nosotras. Tengo mala opinión de ellos, señorita Gunn; no sé si vosotras la tendréis buena. Y en cuanto a atormentarse y mortificarse a propósito de lo que piensan de una y amargarse la vida pensando en lo que hacen cuando no están a vuestro lado, como siempre le digo a Nancy, es una locura en que ninguna mujer debiera incurrir si tiene un buen padre y un buen hogar. Que deje eso para las que no tienen fortuna y no saben cómo salir de apuros. Así es que yo siempre digo, el señor Haz-tu-gusto es el mejor marido y el solo a que deseo obedecer. Yo sé que no es agradable cuando se ha estado acostumbrado a vivir holgadamente y a cuidar los barriles de cerveza, así como otras cosas parecidas, el ir a meter las narices en casa ajena o sentarse sola a la mesa, delante de un cogote de carnero o de un jarrete de buey. Pero, a Dios gracias, mi padre es sobrio. Es probable que vivirá mucho, y hay un hombre sentado junto al fuego, poco importa que esté chocho; no tiene por qué abandonar su puesto.

La forma cuidadosa con que Priscila se pasaba la falda por la cabeza, sin despeinar sus bucles lisos, obligó a la señora a suspender su rápido examen de la vida humana. La señora Osgood aprovechó la coyuntura para ponerse de pie y decir:

—Bien, sobrina, vosotras nos seguiréis. Las señoritas Gunn han de estar deseosas de bajar.

—Hermana mía—le dijo Nancy a Priscila cuando estuvieron solas—, habéis ofendido sin duda alguna a las señoritas Gunn.

—¿Por qué, hija mía?—respondió Priscila bastante alarmada.

—Les habéis preguntado si no les importaba ser feas; decís las cosas con demasiada crudeza.

—¡Dios mío, es cierto! Se me escapó sin pensarlo, y gracias al Cielo que no dije algo más. Yo no puedo vivir entre personas que temen la verdad. Pero en cuanto a ser fea, miradme un poco con este traje de seda color plata. Ya os había dicho lo que iba a suceder. Parezco tan amarilla como una caléndula. Cualquiera diría que habéis querido hacer de mí un espantapájaros.

—No, Priscila; no habléis así. Yo os pedí y rogué que no eligierais esa seda si hubiera otra que os conviniera más. Quería que fueseis vos la que escogiera, bien lo sabéis—respondió Nancy con vivo deseo de justificarse.

—¡Vamos, vamos! niña; vos sabéis que esta tela os agradaba y teníais buenas razones para ello, puesto que vuestro rostro es del color de la crema. Estaría bueno que llevarais lo que a mí me sentara bien. Lo que no apruebo es vuestra idea de que me vista como vos. Pero hacéis de mí lo que queréis. Así ha sido siempre, desde cuando comenzasteis a caminar. Cuando queríais ir hasta el fin del campo, ibais, y no había qué pensar en castigaros, porque siempre parecíais tan graciosita e inocente como una malva.

—Priscila—dijo Nancy con suave voz, al ceñir el cuello de su hermana, tan distinto al de ella, un collar de corales exactamente igual al suyo—, os aseguro que estoy dispuesta a ceder en todo lo que es razonable; pero, ¿quiénes deben de vestirse iguales a no ser dos hermanas? ¿Querríais que cuando salimos no pareciéramos de la misma familia, nosotras, nosotras que no tenemos madre ni otra persona en el mundo? Yo no haré sino lo que sea conveniente, aunque tenga que ponerme un vestido amarillo color canario, y preferiría que fuerais vos la que eligierais y me dejarais llevar lo que os place.

—¡Ya estáis otra vez con el mismo tema! No cambiaríais de tono aunque hablarais la semana entera. Va a ser muy divertido ver cómo manejaréis a vuestro marido si no alza nunca más la voz que una caldera de agua hirviendo. A mí me agrada ver llevar a los hombres de las narices.

—No habléis así—dijo Nancy sonrojándose—. Bien sabéis que no tengo la intención de casarme.

—¡Oh! ¡No tenéis absolutamente la intención de hacer esa tontería!—dijo Priscila doblando el vestido que acababa de quitarse y colocándolo en la caja—. ¿Para quién habría trabajado yo entonces, cuando muera nuestro padre, si se os pone en la cabeza quedaros solterona, porque ciertas personas no son mejores de lo que debieron ser? Ya se me está agotando la paciencia a vuestro respecto, viéndoos siempre empollando un huevo huero, como si no hubiera otros en el mundo. Conque no se case una de las dos hermanas basta, y yo haré honor al celibato, porque Dios me puso en el mundo para eso. ¡Vamos! ahora podemos bajar. Estoy realmente tan bien entrazada como puede estarlo un espantajo. Ahora que me he puesto los aros no me falta nada para asustar a los cuervos.

Cuando las dos señoritas Lammeter entraron al salón de recepción, el que no hubiera conocido el carácter de cada una de ellas hubiera podido sin duda suponer que la razón que había inducido a Priscila, de acciones vulgares, retaca y mal hecha, a vestir un traje igual al de su linda hermana, era su ciega vanidad o la maliciosa ocurrencia de Nancy para realzar de ese modo su singular belleza física.

Pero la alegría inconsciente y la excelente naturaleza de Priscila, así como su buen sentido, pronto hubieran hecho desaparecer la primera de estas sospechas; mientras que la calma modesta de la conversación y de las maneras de Nancy anunciaban claramente un espíritu exento de todo artificio reprochable.

Para el té los sitios de honor fueron reservados a las señoritas Lammeter, junto a la cabecera de la mesa principal, en el salón artesonado. Aquella pieza parecía entonces tener una frescura agradable, con sus decoraciones de follaje procedentes de la vegetación abundante del antiguo jardín.

Nancy sintió entonces una agitación interior que no pudo dominar la firmeza de su propósito al ver adelantarse al señor Godfrey Cass para conducirla a su sitio colocado entre el suyo y el del señor Crackenthorp; mientras que Priscila fue invitada del otro lado, entre su padre y el squire. Nancy no podía pensar sin alguna emoción que el pretendiente a que había renunciado era el joven que ocupaba más alto rango entre las personas de la parroquia, encontrándose en su casa, en un salón venerable y único que la experiencia de aquella joven representaba el apogeo de la grandeza, salón en que ella, la señorita Nancy, podría ser un día la dueña de casa, y pensaba que hablando de ella la llamarían la señora Cass, la esposa del squire.

Estas particularidades realzaban ante sus ojos el drama de su corazón y reforzaban la energía con que se decía que la posición más deslumbradora no la decidiría a aceptar por marido un hombre cuya conducta demostraba el poco caso que hacía de su propia reputación. Pero agregaba que «no amar más que una vez y amar siempre» era la divisa de una mujer sincera y pura, así es que ningún hombre tendría jamás el derecho de destruir las flores secas que conservaba y conservaría siempre como un tesoro por el amor de Godfrey Cass. Y Nancy era capaz de sostener en las circunstancias más penosas la palabra que se daba a sí misma. Nada, a no ser un sonrojo hesitante, traicionó la emoción causada por los pensamientos que se agolpaban a su espíritu, cuando aceptó sentarse junto al señor Crackenthorp, porque era instintivamente tan exacta y hábil en todos sus actos y sus lindos labios se cerraban con una firmeza tan tranquila, que le hubiera sido difícil parecer agitada.

El pastor no tenía la costumbre de dejar disipar un sonrojo encantador sin hacer un cumplimiento oportuno. No era nada orgulloso ni aristocrático. Era sencillamente un hombre de grandes ojos sonrientes, de rasgos poco caracterizados y cabellos grises, cuyo mentón estaba sostenido por las numerosas vueltas de una amplia corbata blanca. Aquella corbata parecía eclipsar todas las otras partes de su persona, y, por decirlo así, comunicar un relieve particular a las observaciones que hacía; así es que considerar su amenidad independientemente de esa parte de su traje hubiera importado un esfuerzo de abstracción penoso si no peligroso.

—¡Ah! señorita Nancy—dijo, haciendo girar la cabeza dentro de aquella corbata y sonriendo agradablemente al mirar a la joven—, si alguien llegara a pretender que este invierno es riguroso, yo le diría que he visto florecer las rosas la víspera de año nuevo; decidme, Godfrey, ¿no sois de mi misma opinión?

Godfrey no respondió y evitó el mirar a Nancy con fijeza; porque bien que aquellos personalismos elogiosos fueran considerados como de muy buen gusto en la vieja sociedad de Raveloe, el amor reverente tiene una urbanidad particular que enseña a los hombres cuya instrucción es defectuosa bajo otros respectos.

Pero al squire lo apenó que su hijo se mostrara un festejante tan infeliz. A aquella hora avanzada del día estaba siempre de mejor humor del que le vimos en el almuerzo, y se sentía muy satisfecho al cumplir con el deber, hereditario en su familia, de mostrarse protector ruidoso y jovial. La gran tabaquera de plata estaba en servicio positivo, y, de tiempo en tiempo, era ofrecida invariablemente a todos sus vecinos, cualquiera que fuese el número de veces que ya hubiesen rechazado aquel favor.

Hasta aquí el squire no había dado la bienvenida de un modo señalado más que a los jefes de familia a su llegada; pero siempre, a medida que avanzaba la tarde, su hospitalidad irradiaba con más amplitud, hasta que golpeaba las espaldas de los invitados más jóvenes y manifestaba la particular satisfacción que le proporcionaba su presencia. Creía firmemente que éstos debían de sentirse dichosos de vivir en una parroquia que contaba con un hombre tan cordial como el squire Cass que los invitaba a su casa y los quería bien. Aun en aquella primera fase de su humor jovial era natural que deseara suplir las imperfecciones de su hijo mirando y hablando por él.

—Sí, sí—comenzó a decir, presentando su tabaquera al señor Lammeter, que por segunda vez inclinó la cabeza e hizo seña con la mano para rechazar obstinadamente el ofrecimiento del squire—, sí, nosotros los viejos bien podemos desear ser jóvenes esta noche al ver el ramo de muérdago suspendido, en el salón blanco. Es cierto que la mayor parte de las cosas han retrogradado en estos últimos treinta años. El país periclita desde que nuestro rey Jorge III cayó enfermo. Pero cuando miro a la señorita Nancy, aquí presente, comienzo a creer que las jóvenes conservan sus encantos. Que me ahorquen si recuerdo haber visto belleza que le sea comparable, aun en la época en que yo era un guapo mozo, dicho sea esto sin ofenderos, señora—agregó, inclinándose hacia la señora Crackenthorp, sentada a su lado—; a vos ni os conocía cuando erais joven como la señorita Nancy aquí presente.

La señora Crackenthorp, pequeña mujer que pestañeaba un ojo y agitaba continuamente sus encajes, sus cintas y su cadena de oro, volviendo la cabeza a derecha e izquierda, haciendo así ruidos reprimidos que se parecían mucho al gruñido de un cerdo de la India cuando contrae el hocico y monologa ante cualquier reunión, la señora Crackenthorp, digo, pestañeó entonces y continuó agitándose al volverse hacia el squire; después, por fin, respondió:

—¡Oh, no; no me ofendéis!...

Aquel cumplimiento expresivo dirigido por el squire a Nancy, fue considerado por todos, menos por Godfrey, como un acto de diplomacia; y el padre de aquella joven se irguió un poco más, mirándola a través de la mesa con seria satisfacción. Aquel anciano, grave y regular en sus actos, no iba a comprometer en un ápice su dignidad, mostrándose henchido de orgullo ante la idea de una unión entre su familia y la del squire. Le halagaba todo honor tributado a su familia; sin embargo, era preciso que viera un cambio bajo todos respectos antes de acordar su consentimiento. Su cuerpo flaco, pero robusto, y su rostro de rasgos acentuados que parecía no haber sido nunca encendido por los excesos, formaban un contraste chocante, no sólo con la persona del squire, sino con los propietarios de Raveloe en general, lo que estaba de acuerdo con su dicho favorito: «que la raza primaba la dehesa».

—La señorita Nancy se parece de un modo sorprendente a su finada madre; ¿no es cierto, doctor Kimble?—dijo la gorda señora de este apellido buscando con los ojos por todas partes a su marido.

El doctor Kimble—los boticarios de campaña gozaban antiguamente de aquel título sin la sanción de un diploma—, hombre esbelto y ágil corría de un extremo a otro de la pieza con las manos en los bolsillos. Se hacía agradable a sus clientes del bello sexo con la imparcialidad de un hombre de su posición, y en todas partes era el bien venido en su calidad de doctor por derecho hereditario. No era uno de esos boticarios desgraciados que van en busca de una clientela a las localidades nuevas y que gastan todo su haber en hacer morir de hambre a su único caballo; por el contrario, era un hombre de posición acomodada, tan capaz de sostener una mesa superabundante como el más rico de sus clientes.

Desde tiempo inmemorial, el doctor de Raveloe era un Kimble. Kimble era esencialmente un apellido de doctor, así es que era difícil imaginar en esta triste realidad que el Kimble actual no tenía hijo, y que, por lo tanto, su clientela podría ser transmitida un día a un sucesor que llevara el incongruente apellido de Taylor o de Johnson. Pero, en tal caso, los vecinos más razonables de Raveloe llamarían al doctor Blick de Flitton, lo que sería más natural.

—¿Me habéis hablado, querida?—dijo el digno doctor dirigiéndose rápidamente al lado de su mujer.

Sin embargo, como si previera que ella estaría demasiado jadeante para repetir la observación que acababa de hacer, prosiguió inmediatamente:

—¡Ah! señorita Priscila, vuestra presencia reaviva el gusto de este superfino pastel de cerdo. Hago votos porque la hornada esté lejos de agotarse.

—En verdad, lo está, doctor—respondió Priscila—; sin embargo, garantizo que la próxima será tan buena como ésta. Mis pasteles de cerdo no salen buenos por casualidad.

—No sucede así con vuestras curas, ¿verdad, Kimble? Sólo salen bien, ¿es cierto?, cuando los enfermos se olvidan de tomar vuestros remedios—dijo el squire que consideraba a la medicina y a los médicos como muchos hombres lealmente religiosos consideran a la iglesia y al clero.

Saboreaba una burla dirigida contra los doctores y su ciencia cuando estaba en buena salud, pero reclamaba su auxilio con impaciencia así que sentía algo. Golpeó la tabaquera y echó una mirada a su rededor con aire de triunfo.

—¡Ah! en verdad que tiene espíritu sutil, mi amiga Priscila—prosiguió el doctor, prefiriendo atribuir el chiste a una dama antes que reconocer la ventaja que al hacerlo había tomado el squire sobre su cuñado—. ¡Deja a un lado un poco de pimienta para sazonar la conversación; por eso es que no la hay en exceso en sus platos! Aquí tenéis a mi mujer que, por el contrario, nunca tiene la respuesta en la punta de la lengua; desgraciadamente, si llego a ofenderla no deja de quemarme la garganta con pimienta al otro día, o si no me da cólicos con legumbres refrescantes. Es una venganza atroz.

Y al decir esto, el ágil doctor hizo una mueca expresiva.

—¿Habéis oído nunca cosa semejante?—dijo la señora Kimble riendo de muy buen humor por encima de su doble sotabarba, a la señora Crackenthorp, que parpadeaba de un ojo, meneaba la cabeza y tenía la amable intención de sonreír.

Pero esta intención se perdió en ligeros rezongos y ruidos.

—Supongo, Kimble, que ésa es la especie de venganza adoptada en vuestra profesión si os irritáis contra un enfermo—dijo el pastor.

—Nunca nos enojamos con nuestros enfermos, sino cuando nos dejan—respondió el doctor Kimble—. Y entonces ya no tenemos ocasión de hacerles prescripciones. ¡Ah! señorita Nancy—prosiguió poniéndose de golpe al lado de ella, dando saltitos—, no vayáis a olvidar vuestra promesa. ¡Tenéis que reservarme una pieza, ya lo sabéis!

—¡Vamos, vamos, Kimble; no os apresuréis tanto!—dijo el squire—. Dejad a los jóvenes las oportunidades de triunfar. Aquí está mi hijo Godfrey que os arrojará el guante si os apoderáis de la señorita Nancy. La ha invitado para la primera pieza, estoy seguro. ¿No es cierto, señor? ¿Qué me decís?—continuó, echándose hacia atrás para mirar a Godfrey—. ¿No le habéis pedido a la señorita Nancy que os acompañe para abrir el baile?

Godfrey estaba lo más molesto a causa de aquella insistencia significativa respecto de la señorita Nancy. Asustado al pensar qué fin tendría todo aquello cuando su padre, según su costumbre, hubiera dado el ejemplo hospitalario de beber antes y después de la cena, no se le ocurrió cosa mejor que volverse hacia Nancy y decirle lo mejor que pudo:

—No, todavía no se lo he pedido; pero confío que aceptará, si otra persona no se ha presentado ya.

—No, todavía no me he comprometido—contestó Nancy con tranquilidad, aunque sonrojándose. (Si el señor Godfrey fundaba algunas esperanzas en que Nancy consintiera en bailar con él, pronto se iba a desengañar; pero no había razón alguna para que no se mostrara atenta.)

—Entonces, espero que no tendréis ningún motivo para no bailar conmigo—prosiguió Godfrey, comenzando a no darse ya cuenta de que había algo de molesto en aquel arreglo.

—No, ningún motivo—respondió Nancy con frialdad.

—¡Ah! En verdad que tenéis suerte, Godfrey—dijo el tío Kimble—. Pero sois mi ahijado, y por eso no quiero soplaros la dama. Por lo demás, no estoy tan viejo, querida, ¿no es cierto?—prosiguió, volviéndose a saltitos al lado de su mujer—. ¿No os importaría nada que os diera una sucesora, en caso de que desaparecierais, con tal de que antes llorara mucho?

—¡Vamos, vamos, tomad una taza de té y retened vuestra lengua, os ruego!—dijo la alegre señora Kimble, sintiendo cierto orgullo de tener un marido que la reunión debía considerar como de los más hábiles y divertidos.

¡Lástima que fuera tan irritable cuando jugaba a la baraja!

Mientras que aquellas personalidades inofensivas, bien puestas a prueba ya, animaban el té de aquel modo, las notas de un violín se acercaron bastante como para que se las oyera claramente. Entonces los jóvenes se miraron con expresión simpática en que se leía la impaciencia de que terminara la colación.

—Ya está Salomón en el vestíbulo—dijo el squire—, y me parece que toca mi aire favorito: «El pequeño labrador de cabellos rubios». Nos quiere insinuar que no nos damos bastante prisa para oírlo tocar. Bob—agregó dirigiéndose a su tercer hijo, mozo de largas piernas que estaba en el otro extremo de la mesa—, abrid la puerta y decidle a Salomón que entre. Que nos toque aquí una pieza.

Bob obedeció y Salomón entró tocando, porque por nada del mundo quería detenerse a mitad de un aire.

—Aquí, Salomón—dijo el squire con un tono alto y protector—. Aquí, mi viejo. ¡Ah! ya sabía yo que tocabais «El pequeño labrador de cabellos rubios». No hay aire más hermoso.

Salomón Macey, viejecito todavía fuerte, con copiosos cabellos blancos que le descendían casi hasta los hombros, se adelantó hacia el sitio designado. Hizo una profunda reverencia sin dejar de tocar como para hacer comprender que tenía respeto a la reunión pero que respetaba aún más la música. Así que hubo terminado la pieza y bajado el violín, se inclinó de nuevo ante el squire y ante el pastor, diciendo:

—Espero que veo a vuestro honor y vuestra reverencia en buena salud; os deseo larga vida y un buen y feliz año nuevo. Y a vos igualmente, señor Lammeter, y a los demás señores y a las damas y a los jóvenes.

Al pronunciar estas últimas palabras Salomón se inclinaba hacia todos lados con solicitud, temeroso de faltar al respeto que debía. Después se puso inmediatamente a preludiar, y pasó luego a tocar el aire que sabía que el señor Lammeter consideraría como un cumplimiento personal.

—Gracias, Salomón, gracias—dijo el señor Lammeter, cuando el violín se detuvo de nuevo—; tocáis en «las colinas, de lejos, muy lejos». Mi padre me decía siempre que oíamos esa música: «¡Ah, hijo mío, yo también vengo de allende las colinas, de lejos, muy lejos!» Hay muchos aires que no tienen para mí pies ni cabeza; pero ése me habla como el silbido del mirlo. Supongo que eso depende del nombre: el nombre de una pieza dice muchas cosas.

Pero Salomón ardía ya por preludiar de nuevo, y sin tardanza atacó con brío «Sir Roger de Coverley». En seguida se oyó el ruido de las sillas y un murmullo de risas.

—Sí, sí, Salomón, ya sabemos lo que eso significa—dijo el squire poniéndose de pie—. Ya es tiempo de que comience el baile, ¿verdad? Id delante, todos vamos a seguiros.

Entonces Salomón, inclinando sobre el hombro su cabeza blanca y tocando con vigor, se adelantó, seguido del alegre cortejo, hacia el salón en que estaba suspendido un ramo de muérdago.

Una multitud de velas de sebo brillaba en medio de las ramas de brezo cubiertas de bayas. Se reflejaban en los espejos ovalados a la moda antigua, fijado en los tableros blancos, en los que producían un efecto bastante lucido. ¡Extraño cortejo! El viejo Salomón con sus ropas raídas y sus cabellos blancos parecía arrastrar a aquella honesta compañía con los mágicos acentos de su violín; arrastraba a las matronas prudentes, que llevaban tocados en forma de turbantes; a la propia señora Crackenthorp, que tenía la cabeza adornada con una pluma perpendicular cuya punta llegaba al hombro del squire; arrastraba a las bellas jóvenes que pensaban con satisfacción en sus talles cortos y en sus ropas sin pliegues adelante; arrastraba a sus padres corpulentos que vestían chalecos abigarrados y a los hijos rubicundos, en su mayor parte avergonzados y cohibidos, con pantalón corto y frac de largos faldones.

El señor Macey y algunos otros aldeanos privilegiados a quienes se permitía ser espectadores de esas grandes ocasiones, estaban ya sentados en bancos colocados con ese objeto cerca de la puerta. Grandes fueron la admiración y la satisfacción de éstos cuando las parejas se fueron formando para la danza, y el squire y la señora de Crackenthorp abrieron el baile, haciendo vis a vis y dando las manos al pastor y a la señora Osgood.

Así es como debían hacerse las cosas; a este espectáculo es que todo el mundo estaba acostumbrado y la corte de Raveloe parecía renovarse para esta ceremonia. No se consideraba así como una ligereza indecorosa que las personas viejas y las de cierta edad bailaran un poco antes de sentarse a jugar a los naipes; esto era más bien considerado como una parte de sus deberes oficiales. Porque, ¿en qué consistían esos deberes si no era en divertirse en tiempo oportuno; en trocar visitas y saludos tan a menudo como era preciso; en dirigirse recíprocamente viejos cumplimientos con frases tradicionales; en dar bromas bien puestas a prueba para no ofender a nadie; en obligar, hospitalariamente, a los invitados a comer y a beber con exceso, en la casa del vecino, para demostrar que se apreciaban sus manjares?

El pastor daba, naturalmente, el ejemplo de esos deberes sociales; porque a los espíritus de Raveloe no les hubiera sido posible, sin una revelación divina particular, el pensar que un eclesiástico debía ser un pálido momento de las solemnidades del culto en lugar de ser un hombre dotado de defectos razonables, cuya autoridad exclusiva de leer las oraciones y de predicar, de bautizar, casar y enterrar, coexistía necesariamente con el derecho de venderos el terreno para inhumaros, y de percibir el diezmo en especias. Respecto a este último punto había, como es consiguiente, algunas recriminaciones; pero, sin embargo, no llegaban hasta la impiedad. No tenían un significado más profundo que las protestas contra la lluvia; murmuraciones que no iban acompañadas por un espíritu de desconfianza irreligiosa, sino por el deseo de que la plegaria que debía traer el buen tiempo fuera dicha inmediatamente.

Puesto que el pastor bailaba, no había, pues, razón alguna para que ese acto no fuera aceptado como una parte del orden de las cosas, lo mismo que si se tratara del squire. Tampoco la había por otra parte, para que el respeto oficial que el señor Macey debía al pastor, le impidiera someter el modo de bailar de su superior a esa crítica que los espíritus de la penetración extraordinaria son llamados necesariamente a ejercer sobre la conducta de sus semejantes.

—El squire es bastante ágil, dado su peso—dijo el señor Macey—, y su manera de golpear con el pie absolutamente notable. Pero el señor Lammeter vence a todo el mundo por su parte. Fijaos bien, yergue la cabeza como un soldado y no es gordo como la mayor parte de los burgueses que entran en años y tienen la pierna bien formada. El pastor no carece de gracia; pero su pierna no tiene nada de notable. Es algo gruesa por demás hacia abajo y sus rodillas podrían juntarse algo más; sin embargo, podría ser peor formado bien que no tenga esa soberbia manera del squire para manejar la mano.

—Habláis de agilidad, mirad entonces a la señora Osgood—dijo Ben Winthrop, que sostenía a su hijo Aarón entre las rodillas—; agita tan ligeramente sus pies que no se puede ver cómo camina; parece que tuviera ruedecitas bajo los pies. No parece haber envejecido un día desde el año pasado. No hay una mujer mejor formada que ella, esté donde esté la que la siga.

—No me preocupa de saber si las mujeres son bien formadas—dijo el señor Macey con cierto desprecio—. No llevan casaca ni pantalón, de modo que no es posible juzgar sus formas.

—Papá—dijo Aarón, cuyos pies estaban ocupados en tamborilear el compás de la música—, ¿cómo se sostiene esa pluma tan larga en la cabeza de la señora Crackenthorp? ¿Tendrá un agujerito para meterla como en mi volante?

—Cállate, niño, cállate. Así es como se visten las damas, sí en verdad—respondió el padre, que agregó, sin embargo, a media voz, dirigiéndose al señor Macey—. La verdad es que eso le da un aspecto singular. Casi se parece a una botella de cuello corto con una gran pluma adentro. Ahí tenéis, a la fe mía, al joven squire que comienza a bailar con la señorita Nancy. Esa sí que está a vuestro gusto. Parece un ramo de rosa y blanco. Nadie imaginaría que pudiera haber otras tan bonitas. No me sorprendería que un día llegara a ser la señora de Cass, al fin y al cabo. Ninguna joven sería más digna de eso, porque sería una linda pareja. No podéis tener nada que observar a la figura del señor Godfrey, os apuesto dos peniques, en verdad.

El señor Macey contrajo los labios, inclinó más todavía la cabeza hacia un costado y sus pulgares se pusieron a girar con un movimiento rápido, mientras que sus ojos seguían a Godfrey a través del baile. Por último resumió su opinión:

—Es bastante bien hacia abajo; pero sus espaldas son demasiado redondas. Y en cuanto a esas ropas que encarga al sastre de Flitton, son de un corte bastante pobre para ser pagadas el doble.

—¡Ah! señor Macey, vos y yo somos dos—dijo Ben, ligeramente indignado por aquella crítica meticulosa—. Cuando tengo delante de mí un jarro de cerveza, me gusta beberlo y hacerle bien a mi estómago, en lugar de oler el líquido y de mirarlo con los ojos muy abiertos para ver si no tengo algo que observarle a su fabricación. Quisiera que me mostraseis un joven más apuesto que maese Godfrey; un joven más robusto o que tuviera mejor cara que él cuando está despierto y de buen humor.

—¡Bah!—dijo el señor Macey, provocando a criticar con más severidad—. Todavía no ha tomado su verdadero color; está más o menos como un pastel cocido a medias. Tengo idea de que tiene el cerebro un poco débil, si no, ¿por qué se dejaría engañar por ese pícaro de Dunsey, a quien nadie ha visto últimamente, y por qué lo dejó matar a ese lindo caballo de caza de que todos hacían elogios? Y durante un tiempo siempre andaba buscando a la señorita Nancy y después todo se desvaneció, por decir así, como el olor de la sopa cuando se enfría. Yo no procedía así, yo, en los tiempos en que hacía la corte.

—¡Ah! quizá la señorita Nancy se haya retirado, y no os sucedió eso con vuestra novia.

—Seguramente—respondió el señor Macey con aire significativo—. Antes de decir «cric», yo tenía mucho cuidado de saber si ella diría «crac», y sin andar con rodeos, además. Yo no iba a abrir la boca como un perro para cazar moscas y luego cerrarla sin atrapar nada.

—Pues me parece que la señorita Nancy se está mostrando menos insensible con él—prosiguió Ben—, porque el señor Godfrey no parece tan desalentado en este momento. Veo que la va a llevar a sentarse, ahora que la danza ha terminado. Me parece realmente que eso se llama cortesía.

La razón por la cual Godfrey y Nancy habían salido del baile no era tan tierna como Ben se lo imaginaba. A causa de la aglomeración de las parejas, le había ocurrido un ligero accidente al vestido de Nancy. La falda, que era bastante corta de adelante para dejar ver el tobillo, era bastante larga por detrás como para caer bajo el peso majestuoso del pie del squire. Este accidente había ocasionado la rotura de algunos puntos en el talle de Nancy, así como una gran agitación en el espíritu de su hermana Priscila, como una inquietud seria en el de Nancy. Nuestro pensamiento puede absorberse en los conflictos del amor, pero rara vez llega esto a punto de hacerlo casi insensible a un cambio general de las cosas.

Nancy, apenas ejecutada la figura que bailaba con Godfrey, le dijo a éste sonrojándose profundamente que se veía obligada a ir a sentarse hasta que Priscila pudiera reunírsele; porque las dos hermanas ya habían cambiado una frase en voz baja y una mirada significativa.

Ninguna razón menos urgente que aquella hubiera sido capaz de determinar a Nancy a darle a Godfrey aquella ocasión de estar solo con ella. En cuanto a Godfrey, se sentía tan feliz, estaba tan sumido en el olvido bajo el encanto prolongado de la contradanza que acababa de bailar con Nancy, que la confusión de la joven le dio bastante audacia como para querer llevarla directamente, sin pedirle permiso, al pequeño salón de al lado en que las mesas de juego estaban preparadas.

—¡Ah! no, gracias—dijo Nancy fríamente, así que se dio cuenta a donde la llevaba—. Voy a esperar aquí hasta que Priscila pueda venir a buscarme. Siento haceros salir del baile y causaros una molestia.

—Pero allí estaréis completamente sola—respondió el astuto Godfrey—. Voy a dejaros allí hasta que llegue vuestra hermana.

Dijo aquellas palabras con acento indiferente.

Era una proposición agradable y exactamente lo que Nancy deseaba; entonces, ¿por qué se sintió algo ofendida de que el señor Godfrey se la dirigiera?

Entraron, y ella se sentó en una de las sillas contra las mesas de juego, considerando aquella posición como la más decente y la más inaccesible que pudiera escogerse.

—Gracias, señor—dijo la joven inmediatamente—. No quiero causaros más molestias. Siento que os haya tocado una compañera de tan poca suerte.

—Es una maldad de vuestra parte—dijo Godfrey, permaneciendo de pie junto a ella, sin manifestar la menor intención de partir—que deploréis el haber bailado conmigo.

—¡Oh! no, señor, no tengo la intención de decir nada malo—replicó Nancy coqueteando y linda hasta hacer perder la cabeza—. Cuando los caballeros tienen tantas distracciones, una pieza de baile es bien poca cosa para ellos.

—Vos sabéis bien que no es así. Vos sabéis que bailar una pieza con vos me interesa más que todos los otros placeres del mundo...

Hacía tiempo, mucho tiempo, que Godfrey no había expresado algo tan positivo. Nancy se estremeció. Pero su dignidad natural y su repugnancia instintiva a dejar traslucir ninguna emoción, la permitieron permanecer completamente tranquila en su silla. Solamente que fue en un tono algo más indeciso que dijo:

—No, realmente, señor Godfrey, no lo sé, y tengo muy buenas razones para pensar lo contrario; sin embargo, si es cierto, no deseo saberlo.

—¿No me perdonaréis entonces jamás, Nancy? ¿No tendréis nunca una buena opinión de mí, suceda lo que suceda? ¿No pensáis que el presente pueda llegar a rescatar el pasado aun cuando yo me corrigiese por completo y renunciara a todo lo que os desagrade?

Godfrey apenas tenía conciencia de que aquella ocasión inesperada de hablar con Nancy y a solas lo había puesto fuera de sí; y un sentimiento ciego se había apoderado de su lengua.

Nancy experimentó realmente una agitación extrema ante la posibilidad que sugerían las palabras de Godfrey. Sin embargo, la misma fuerza de aquella emoción que estaba en peligro de encontrar demasiado violenta, reanimó todo el imperio que la joven tenía sobre sí.

—Me sentiría muy feliz al ver en cualquier persona un cambio favorable, señor Godfrey—respondió con un cambio de tono apenas sensible—; pero más valdría, sin embargo, que ese cambio no fuera necesario.

—Sois muy cruel, Nancy—dijo Godfrey contrariado—. Podríais alentarme a volverme mejor. Me siento muy desgraciado; pero vos no tenéis corazón.

—Creo que tienen menos los que comienzan por proceder mal—respondió Nancy, dejando percibir de pronto y a pesar suyo un pequeño rasgo de indignación.

Godfrey quedó encantado con aquel leve arranque. Hubiera querido continuar para que Nancy se irritara contra él; era una tranquilidad y una firmeza tan exasperantes. Pero al fin y al cabo todavía no le era indiferente.

La entrada de Priscila, que se precipitó diciendo: «¡Dios mío! Dios, veamos, hija, qué tiene ese vestido», le quitó a Godfrey la esperanza de una querella.

—Supongo que ahora debo irme—le dijo a Priscila.

—A mí me es igual que os vayáis o que os quedéis—le respondió aquella franca señorita, a la vez que buscaba algo con precipitación en el bolsillo.

—Y vos, ¿deseáis que me vaya?—dijo Godfrey, mirando a Nancy, que estaba de pie junto a Priscila.

—Como gustéis—dijo Nancy, tratando de recobrar toda su frialdad, bajando atentamente la vista hacia el ruedo de su falda.

—Entonces, prefiero quedarme—prosiguió Godfrey, con la determinación irreflexiva de conseguir aquella noche tanta felicidad como pudiera, sin preocuparse del mañana.

Mientras Godfrey Cass bebía a grandes sorbos el dulce brebaje del olvido en presencia de Nancy y perdía voluntariamente todo recuerdo del vínculo secreto que en otros momentos lo obsesionaba y atormentaba, llegando hasta exasperarlo en medio de los rayos sonrientes del sol, su esposa se adelantaba a pasos lentos e inciertos, a través de las callejuelas cubiertas de nieve de Raveloe, llevando una criatura en los brazos.

Aquel viaje de la víspera del Año Nuevo era un acto de venganza premeditada que su corazón siempre había alimentado desde el día en que Godfrey, en un acceso de cólera, le había dicho que antes preferiría morir a reconocerla por su mujer. Debía haber una gran fiesta en la Casa Roja la víspera del Año Nuevo, ella lo sabía; su marido sonreiría y le sonreirían. Escondería la existencia de ella en el rincón más obscuro de su corazón. Pero ella iría a turbar, su felicidad; iría cubierta de harapos sucios, con su rostro demacrado que antes no cedía en belleza a ninguno; iría con su hijo, que tenía los ojos y los cabellos de su padre, a declararle al squire que era la mujer de su hijo mayor.

Pocas veces los miserables pueden dejar de considerar su situación como un mal que le es infligido por aquellos cuya miseria es menor. Molly sabía que si vestía harapos sucios no era por culpa de la negligencia de su marido, sino del demonio Opio, del que era esclava en cuerpo y alma, y sólo un resto de amor materno hacía que no sacrificara por completo al monstruo la vida de su hijo hambriento. Ella lo sabía muy bien, y, sin embargo; en los momentos en que su miserable conciencia no estaba amodorrada, el sentimiento de sus necesidades y de su degradación se transformaba continuamente en acritud contra Godfrey. El vivía en la holgura, él, y si sus derechos de esposa fueran reconocidos, ella también viviría rodeada de comodidades. La convicción de que Godfrey estaba arrepentido de su casamiento y que sufría pensando cómo poderlo romper, apuraba el rencor de Molly.

Las reflexiones sanas que impulsan al culpable a censurarse interiormente no acuden con bastante energía, aun en el aire más puro y ante las mejores lecciones del cielo y de la tierra. ¿Cómo era posible que esas delicadas mensajeras de alas blancas pudieran llegar hasta la celda emocionada del corazón de aquella mujer, celda habitada sólo por recuerdos tan poco nobles como los de una moza de posada que sueña en su paraíso de antaño con sus cintas color de rosa y con las bromas de los señores?

Había partido temprano, pero se había retrasado en el camino. Su indolencia la disponía a creer que la nieve dejaría de caer si esperaba bajo un abrigo caliente. Se había detenido más tiempo del que pensaba, y ahora que la noche la había sorprendido en las largas callejuelas rugosas y cubiertas de nieve, ni siquiera el ardor de la venganza podía impedir que su coraje desmayara.

Eran las siete. En aquel momento no estaba muy lejos de Raveloe, pero aquellos senderos monótonos no le eran bastante familiares para saber qué próximo estaba el término de su viaje. Tenía necesidad de consuelo, pero no conocía más que uno; el demonio familiar oculto en su seno. Sin embargo, vaciló un momento antes de llevar a sus labios el resto que le quedaba de aquella substancia negra.

En ese instante el amor materno alzó su voz; antes un doloroso estado de conciencia que el olvido; antes la continuación del sufrimiento causado por la laxitud, que el amodorramiento de los brazos que la imposibilidad de seguir oprimiendo y sintiendo la preciosa carga. Algunos segundos más tarde Molly arrojó algo; no era la materia negra, era un frasco vacío. Prosiguió su camino bajo una nube negra que se desgarraba, por donde surgía de tiempo en tiempo la luz de una estrella que se velaba rápidamente porque se había levantado un viento glacial desde que dejara de caer la nieve. Pero Molly seguía caminando adormeciéndose cada vez más a cada paso que daba, oprimiendo al niño contra su seno con la inconsciencia cada vez mayor.

Lentamente y a su manera el demonio cumplía su obra. El frío, y la fatiga le iban en ayuda. Muy luego Molly sólo sintió un deseo supremo e irresistible que le veló por completo el porvenir: el deseo imperioso de extenderse en el suelo y dormir. Había llegado en un sitio en que sus pasos ya no eran guiados por las cercas de las callejuelas, y vagó al azar, incapaz de distinguir ningún objeto a pesar de la inmensa capa blanca que la rodeaba y la creciente luz de las estrellas. Se dejó caer contra una mata aislada de retama. Era una almohada bastante blanda, y el lecho de nieve era también bastante suave. No se dio cuenta de la frialdad de aquella cama. No se preocupó de si la criatura despertaría y llamaría a su madre llorando. Sin embargo, los brazos seguían ejerciendo su presión instintiva y la pequeña criatura continuaba durmiendo tan tranquilamente como si estuviera mecida en una cuna guarnecida de encajes.

Por último llegó el anonadamiento completo; los dedos perdieron su fuerza; los brazos se distendieron. Entonces la pequeña cabeza rodó del seno en que estaba apoyada y los ojos azules se dilataron contemplando la fría luz de las estrellas. Primero la criatura exhaló el pequeño grito plañidero de «ma-ma», e hizo un esfuerzo para refugiarse en el brazo y el seno en que descansaba. De pronto, en que el pequeño ser rodaba de las rodillas de la madre, húmedas de nieve, una viva luz que reflejaba la blancura del suelo, atrajo su mirada. Con esa rapidez de transición característica en la infancia, su espíritu fue inmediatamente absorbido por la vista de aquella cosa brillante y animada que corría hacia ella sin alcanzarla nunca. Era preciso que atrapara aquella cosa brillante y animada. En un instante la pequeña criatura se deslizó con los pies y las manos y en seguida tendía una de aquéllas tratando de asir los rayos de luz. Pero los sutiles rayos no quisieron dejarse aferrar y la pequeña cabeza se alzó para ver de dónde venían. Salían de un sitio muy brillante; entonces, el pequeño ser siguió sobre sus piernecitas y avanzó titubeando por la nieve, arrastrando tras de sí el chal en que había estado envuelto, mientras que su sombrero abollado caía a su espalda; así avanzó titubeando hacia la puerta abierta de la choza de Silas Marner, dirigiéndose derecho, al hogar caliente, en el que había un fuego vivo de leñas y astillas. El fuego había recalentado la vieja bolsa—el sobretodo de Silas—extendido sobre los ladrillos para que se secase. La criatura, acostumbrada a quedar sola largas horas sin que su madre reparase en ella, se sentó en el saco y extendió sus manecitas frente a la llama, llena de gusto, balbuceando y diciéndole largos discursos inarticulados al alegre fuego, como un patito recientemente nacido que comienza a encontrarse bien al sol. Entretanto, el calor no tardó en producir un efecto somnífero; la linda cabecita de cabellos rubios cayó sobre la vieja bolsa y los ojos azules fueron velados por sus párpados semitransparentes.

Pero, ¿dónde se encontraba Marner en el momento en que aquella extraña visita acudía a su hogar? Estaba en la choza, pero no había visto a la criatura. Durante las pocas semanas que habían transcurrido desde que se cometiera el robo, había tomado la costumbre de abrir la puerta y de mirar de tiempo en tiempo hacia afuera, como si pensara que su plata había de volverle de un modo o de otro, o que algunos indicios, algunas noticias de su tesoro se encontraran misteriosamente en marcha y fueran susceptibles de ser apercibidos de los esfuerzos de su mirada o la intención de su oído. Era principalmente al caer la noche cuando no estaba ocupado con su telar, que se ponía a repetir aquel acto maquinal, al que hubiera sido incapaz de asignar un fin determinado y que no podía ser comprendido sino por aquellos que han sentido el dolor enloquecido de verse separados del objeto supremamente amado. En el crepúsculo de la tarde, y aun después, cuando la noche no era obscura, Silas miraba la breve perspectiva que rodeaba las canteras. Velaba y escuchaba atentamente, no con esperanza, pero sí con un deseo inquieto e irresistible.

Esa mañana, algunos de sus vecinos le habían dicho que era la víspera del Año Nuevo y que era preciso que esa noche velara para oír tocar la partida del año viejo y la llegada del nuevo, porque eso daba suerte y podría hacer volver su dinero. Aquélla no era más que una broma amistosa de los vecinos de Raveloe, para divertirse un poco de las singularidades medio insensatas de un avaro. Eso habría contribuido quizás a poner a Silas en un estado de agitación mayor que de costumbre. Desde el comienzo del crepúsculo abrió las puertas varias veces, pero para volverlas a cerrar inmediatamente cada vez al ver que toda perspectiva era velada por la caída de la nieve. Sin embargo, la última vez que la abrió ya no nevaba y las nubes se separaban de cuando en cuando. Permaneció largo rato de pie observando y escuchando. Había entonces realmente algo en el camino, que se adelantaba hacia él, pero no pudo distinguir nada. La calma y la sábana inmensa de nieve y sin huellas parecían estrechar su soledad y su deseo inquieto rozaba en la desesperación. Entró de nuevo y tornó el pestillo de la puerta con la mano derecha para cerrar. No cerró; lo detuvo, como ya le había sucedido desde la desaparición de su tesoro, la varilla invisible de la catalepsia. Permaneció como una estatua tallada, con los ojos dilatados por la visión, manteniendo la puerta abierta, incapaz para resistir, sea al bien, sea al mal, que pudiera entrar en su casa.

Cuando Marner volvió en sí, prosiguió la acción suspendida y cerró la puerta, inconsciente de la ruptura de la ilación de sus ideas, inconsciente de que hubiera ocurrido ningún cambio, a no ser que la luz del día se había obscurecido y que se sentía helado y desfallecido. Se imaginó que había permanecido largo tiempo mirando hacia fuera. Se volvió hacia el hogar, en que los dos troncos de leña habían caído separándose y no esparciendo más que un fulgor rojizo y dudoso, y luego se sentó en su silla junto al fuego.

Tras de un rato, al agacharse a atizar las astillas, le pareció que sus ojos turbios veían en el suelo, delante del hogar, algo que tenía la apariencia de oro. ¡Del oro!—su oro—devuéltole tan misteriosamente como le había sido robado. Entonces sintió que su corazón se ponía a latir con violencia, y durante algunos instantes fue incapaz de avanzar la mano para tomar el oro recuperado. El montón de oro parecía brillar y crecer bajo su mirada agitada. Se inclinó por fin y tendió la mano hacia adelante, pero en lugar de las monedas duras de contorno familiar y resistente, sus dedos encontraron rizos sedosos y cálidos. En su extrema sorpresa Silas se dejó caer de rodillas y agachó profundamente la cabeza para examinar la maravilla: era una criatura dormida, una linda criatura regordeta, con la cabeza toda cubierta de rizos rubios y sedosos. ¿Era posible que fuera su hermanita que le volviera en su sueño, su hermanita que él había llevado en brazos durante un año, antes de que muriera, cuando él mismo sólo era un niño sin medias ni zapatos? Tal fue la primera idea que se le ocurrió a Silas, estupefacto de sorpresa. Sin embargo, ¿era aquello un sueño? Se puso de pie, aproximó los tizones, y echando encima algunas virutas y hojas secas consiguió levantar llama, pero la llama no hizo desaparecer la visión: no hizo más que iluminar más distintamente la pequeña forma regordeta de la criatura, así como sus miserables ropas. Se parecía mucho a su hermanita. Silas se dejó caer desfallecido en la silla, bajo el doble golpe de una sorpresa inexplicable y de un torrente rápido de recuerdos. ¿Cómo y cuándo había podido entrar aquella criatura? El no había salido más allá de la puerta. Pero junto con aquella pregunta, y apartándola casi por completo, nacía en su alma la visión de su antigua casa y la de las viejas calles que conducían al Patio de la Linterna. Y aquella visión contenía otra; la de los pensamientos que había tenido cuando ocurrieron aquellas escenas lejanas. Aquellos pensamientos le parecían extraños hoy, tal sucede con las antiguas amistades que es imposible hacer revivir. Sin embargo, tenía una vaga idea de que aquella criatura era en cierto modo un mensajero que le llegaba de aquella vida del tiempo antiguo. Aquel pequeño ser reanimaba fibras que habían permanecido insensibles en Raveloe; antiguos estremecimientos de ternura, antiguas impresiones del temor respetuoso causado por el presentimiento de que algún poder presidía su destino; porque su imaginación no se había desprendido todavía del sentimiento misterioso producido en él por la presencia brusca de la criatura, no habiendo supuesto ninguna causa ordinaria y natural que hubiera podido producir el suceso.

Pero un grito se hizo oír frente al hogar. Marner se inclinó para tomar la criatura sobre sus rodillas. Esta se agarró a su cuello y lanzó con una fuerza cada vez mayor esos gritos inarticulados, mezclados con la palabra «ma-ma» por medio de los cuales los niños expresan su perplejidad al despertar. Silas la oprimió contra su corazón, y profirió casi inconscientemente voces cariñosas para calmarla. Al mismo tiempo le ocurrió que una parte de su sopa, que se había enfriado junto al fuego moribundo, podría servir de alimento a la criatura, con tal que hiciera calentarla un poco.

Tuvo mucho que hacer durante la hora siguiente. La sopa, endulzada con un poco de azúcar procedente de una antigua provisión que se había abstenido de usar para él, detuvo los gritos de la pequeña, hizo alzar los ojos azules hacia Silas y contemplarlo con una larga mirada tranquila cuando le puso la cuchara en la boca. En seguida se deslizó de las rodillas de Marner al suelo y se puso a andar de aquí para allá, a pasitos cortos, pero titubeando tan graciosamente que Silas se levantó de golpe para seguirla, de miedo que fuera a golpearse contra algo que le hiriera. Pero sólo cayó sentada, y allí, con la cara llorosa y mirando a Marner; se puso a tirar de los zapatitos como si le hicieran daño. El tejedor volvió a tomarla en las rodillas. Sin embargo, sólo fue un rato después que al espíritu lento del solterón Silas se le ocurrió que eran los zapatos mojados los que causaban el dolor de la criatura, apretándole los tobillos recalentados. Le quitó los zapatos con dificultad y Bebé se ocupó inmediatamente con delicia del misterio de sus zapatitos, todavía nuevos para ella, invitando a Marner, con muchas carcajadas alegres y sofocadas, a que considerara él también el misterio. Los zapatos mojados le sugirieron, por fin, a Silas, la idea de que Bebé había caminado en la nieve. Esta circunstancia le recordó que no había pensado en ningún medio natural para hacer entrar o traer la criatura en la casa. Bajo la impresión de este nuevo pensamiento, y sin detenerse a formar conjeturas la tomó en los brazos y se dirigió hacia la puerta. En seguida que la abrió, la pequeña repitió de nuevo el grito de «ma-ma», que Silas no le había oído hasta el momento en que el hambre la despertó. Agachándose pudo distinguir las huellas de los pequeños pies en la nieve inmaculada, y siguió su rastro hasta las matas de retama. «¡Ma-ma!», repitió la criatura varias veces, echándose hacia adelante, como para escapar de los brazos del tejedor antes de que éste, que tenía un arbusto por delante, viera que había allí un cuerpo humano, cuya cabeza estaba profundamente hundida entre las ramas y a medias recubierta por la nieve levantada por el viento.


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