La cena, que comenzara temprano en la Casa Roja, había terminado, y la fiesta había llegado en ese momento en que la misma timidez se convierte en alegría natural, el momento en que los señores que tienen conciencia de sus extraordinarios talentos acaban por dejarse persuadir de que deben bailar un «hornpipe».
Era también la hora en que el squire prefería hablar en voz alta, repartir rapé y palmear las espaldas de los invitados a seguir sentado frente a la mesa de «whist». Esta preferencia exasperaba al tío Kimble que, estando siempre alegre en las horas de los negocios serios, se ponía grave y hasta violento cuando se trataba de jugar y beber aguardiente. Barajaba entonces los naipes antes de la jugada de su adversario con una mirada irritada y recelosa, y volvía un triunfo pequeño con un aire de aversión inexpresable como si en el mundo en que tales cosas se producen no valiera más echarlo todo al diablo... Cuando la fiesta había llegado a ese grado de libertad y animación, era costumbre que los servidores, después de haber terminado el servicio pesado de la cena, tuvieran su parte de diversión y vinieran a mirar el baile, de modo que las piezas del fondo de la casa quedaban solitarias.
Dos puertas ponían en comunicación el vestíbulo del salón blanco. Se las había dejado abiertas las dos para tener aire; pero la del fondo estaba obstruida por los servidores y los vecinos del pueblo; sólo la primera había quedado libre. Bob Cass ejecutaba las figuras de un «hornpipe». Muy orgulloso con la agilidad de su hijo, el squire declaró repetidas veces que Bob era exactamente lo que había sido él en su juventud, con un tono de voz que implicaba que aquella habilidad era el rasgo supremo de mérito en la mocedad. Se encontraba en el centro de un grupo que se había situado frente al ejecutante, bastante cerca de la primera puerta. Godfrey estaba inmediato, no para admirar el talento de su hermano, pero sí para no perder de vista a Nancy, que estaba sentada en el grupo cerca del señor Lammeter. Se mantenía apartado porque quería evitar las bromas paternales del squire sobre la belleza de la señorita Nancy y sobre el matrimonio en general, bromas que probablemente iban a volverse cada vez más explícitas. Además tenía la perspectiva de bailar otra vez con ella cuando terminara el «hornpipe». Mientras tanto le era muy agradable a Godfrey el poderle dirigir a Nancy largas miradas sin ser observado por nadie.
Entretanto, al alzar los ojos, después de una larga mirada, su vista encontró un objeto que en aquel momento le hizo estremecer tanto como si fuera una aparición de ultratumba. Era realmente una aparición de esa vida oculta y situada como un pasaje obscuro tras de una fachada adornada con elegancia que recibe la luz del sol y las miradas de los honorables visitantes. Era su propia hija en los brazos de Silas Marner. Tal fue su impresión inmediata e indudable, bien que no hubiera visto a su hija desde hacía varios meses. Pero en el momento en que comenzaba a concebir una vaga esperanza de que quizás se había equivocado, el señor Crackenthorp y el señor Lammeter, sorprendidos por aquella extraña visita, ya se habían adelantado hacia Silas. Godfrey se les reunió en seguida, incapaz de permanecer quieto y sin recoger la menor palabra. Trataba de dominarse; sin embargo, tenía conciencia de que, si era observado, no dejarían de notar su agitación y la palidez de sus labios.
Pero en aquel momento todos los que estaban en la entrada de la sala tenían los ojos fijos en Silas. El propio squire se había puesto de pie y le preguntaba con acento irritado:
—¿Qué pasa? ¿Qué significa esto? ¿Por qué entráis aquí de esa manera?
—He venido a buscar al doctor; necesito ver al doctor—le dijo Silas—; ante todo, al señor Crackenthorp.
—¿Qué sucede, Marner?—dijo el pastor—. El doctor está aquí; pero antes decid tranquilamente para qué lo necesitáis.
—Es para una mujer—contestó Silas con voz baja y casi sin resuello, precisamente en el momento en que Godfrey se le acercaba—. Está muerta, me parece... muerta entre la nieve... en las canteras... cerca de mi puerta.
Godfrey sintió que el corazón le latía con violencia. Había en aquel momento un terror en su alma: era que la mujer no estuviera realmente muerta; terror culpable, huésped demasiado odioso para que encontrara refugio en el alma buena de Godfrey. Pero la naturaleza de ningún hombre puede protegerlo contra los malos deseos, cuando su dicha depende de la duplicidad.
—Bueno, bueno—dijo el señor Crackenthorp—, salid al vestíbulo. Yo voy a ir a buscar al doctor. Ha encontrado, una mujer en la nieve y cree que está muerta—agregó en voz baja al squire—. Vale más hablar de esto lo menos posible; molestaría a las damas. Decidles solamente que una pobre mujer sufre del frío y hambre. Voy a buscar a Kimble.
Entretanto, las damas se habían adelantado ya curiosas por saber qué habría podido llevar allí al solitario tejedor en circunstancias tan extrañas e interesándose por la preciosa criatura. Esta, medio atraída y medio alarmada por la brillante iluminación y la numerosa sociedad, fruncía el ceño y se cubría la cara a su alrededor, hasta que el fruncimiento de cejas, contraídas por un contacto o una palabra de cariño, le hiciera ocultar su rostro con nueva resolución.
—¿Qué criatura es ésa?—dijeron varias damas a la vez, entre otras Nancy Lammeter, que se dirigía a Godfrey.
—No lo sé; creo que es la hija de una pobre mujer que han encontrado entre la nieve—fue la respuesta que Godfrey se arrancó del corazón con terrible esfuerzo.
—Al fin y al cabo, ¿estoy cierto?—se apresuró a decirse a sí mismo, para tranquilizar su conciencia.
—Entonces haríais bien en bajar la criatura aquí—dijo la excelente señora Kimble, vacilando, sin embargo, en poner en contracto las ropas manchadas de la niña con su bata de raso—. Voy a decirle, a una de las sirvientas que venga a tomarla.
—No, no, no puedo separarme de ella; no puedo darla—dijo Silas bruscamente—. Vino espontáneamente hacia mí; tengo el derecho de guardarla.
Esta proposición de sacarle la criatura había sido dirigida a Silas sin que él la esperara absolutamente, y aquellas palabras, pronunciadas bajo la influencia de la impulsión fuerte y brusca, fueron casi como una revelación que se hizo a sí mismo. Un minuto antes no tenía ninguna intención precisa respecto a la criatura.
—¿Habéis oído nunca cosa semejante?—le dijo la señora Kimble, algo sorprendida, a su vecina.
—Ahora, señoras, os ruego que me dejéis pasar—dijo el doctor Kimble, saliendo de la sala de juego, bastante fastidiado por la interrupción; pero estaba avezado por el largo ejercicio de su profesión a obedecer a los llamados desagradables, aun cuando había bebido con exceso.
—Qué fastidio, Kimble, el tener que salir en éste momento, ¿eh?—dijo el squire—. Bien podía haber ido a buscar a vuestro ayudante, el aprendiz... ¿Cómo se llama?
—¿Hubiera podido? ¡pero para qué decir que hubiera podido!—gruñó el tío Kimble, apresurándose a salir junto con Marner, seguido por el señor Crackenthorp y por Godfrey.
—¿Queréis buscarme un par de zapatos gruesos, Godfrey? Pero, esperad... que vaya alguien corriendo a Casa de Winthrop a buscar a Dolly; es la mejor mujer que puede darse. Ben estaba aquí antes de la cena, ¿se ha marchado ya?
—Sí, señor—me he cruzado con él—dijo Marner—; pero no tuve tiempo de detenerme a decirle otra cosa sino que iba en busca del doctor, y él me respondió que éste estaba en casa del squire. Me eché entonces a correr, y como al llegar no encontré a nadie en los fondos de la casa, me dirigí donde la sociedad estaba reunida.
La niña, cuya atención no era ya distraída por el brillo de las luces y las caras sonrientes de las damas, se puso a llorar y a llamar «ma-ma», bien que se prendiera siempre de Marner, que parecía haberse captado por completo su confianza. Godfrey había vuelto con el calzado. Al oír los gritos de la niña su corazón se oprimió, como si alguna fibra íntima se hubiera tendido con fuerza.
—Voy a ir—dijo precipitadamente, impaciente por moverse un poco—, voy a ir a buscar esa mujer, a la señora Winthrop.
—¡Oh! ¡bah! mandad a otra persona—dijo el tío Kimble, que se apresuró a salir con Marner.
—Hacedme saber si puedo ser útil para algo, Kimble—dijo el señor Crackenthorp.
Pero el doctor ya estaba demasiado lejos para que pudiera oírlo.
También Godfrey había desaparecido. Había ido rápidamente a buscar su sombrero y su sobretodo, conservando sólo la presencia de espíritu necesaria para darse cuenta de que no debía pasar por un insensato; pero se lanzó a caminar en la nieve sin preocuparse de su calzado de baile.
Minutos después se dirigía rápidamente a las canteras en compañía de Dolly. A la vez que pensara que era muy natural que ella misma desafiara el frío y la nieve a fin de ir a hacer una obra de misericordia, aquella mujer estaba, sin embargo, muy afligida al ver a un joven que se mojaba los pies por obedecer una impulsión semejante.
—Haríais mucho mejor en volveros, señor—dijo Dolly con compasión respetuosa—. No tenéis para qué tomar frío. Pero os diría que de paso le dijerais a mi marido que venga; está en elArco Iris, creo; si es que os parece que no ha bebido demasiado para poder ser útil. En ese caso, la señora Snell podría mandarnos a su pequeño sirviente para hacer los mandados, pues probablemente habrá que ir a buscar algo a casa del médico.
—No; ahora que he salido no me volveré; voy a quedarme aquí afuera—dijo Godfrey, cuando llegaron frente a la posada de Marner—. Podéis venir a decirme si puedo servir para algo.
—En verdad, señor, que sois muy bueno; tenéis un corazón tierno—dijo Dolly, dirigiéndose hacia la puerta.
Godfrey estaba demasiado penosamente preocupado para sentir algún remordimiento por aquel elogio inmerecido. Iba y venía sin darse cuenta de que se hundía hasta los tobillos en la nieve. No tenía conciencia de nada, a no ser de la agitación febril causada por su incertidumbre respecto a lo que pasaba en la choza y de la influencia que cada uno de los desenlaces tendría sobre su destino futuro. No; no estaba por completo sin conciencia de otra cosa más. En lo profundo de su corazón y medio sofocado por el deseo apasionado y el temor, estaba el sentimiento de que no debía esperar aquellos desenlaces, que tendría que aceptar las consecuencias de sus actos, reconocer a su mísera esposa y devolver sus derechos a su hija abandonada. Sin embargo, no tenía bastante valor moral para encarar la posibilidad de renunciar voluntariamente a Nancy. Tenía sólo bastante conciencia y corazón para estar constantemente atormentado por la debilidad que le impedía ese renunciamiento. Y en aquel instante su espíritu se libertaba de toda traba y se exaltaba con la perspectiva imprevista de verse libre de su larga esclavitud.
—¿Habrá muerto?—decía la voz que predominaba en su corazón sobre las demás—. Si ha muerto me podré casar con Nancy; entonces, seré una buena persona en el porvenir y no tendré más secretos. En cuanto a la criatura, se cuidará de ella de un modo o de otro.
Pero en medio de esta visión se presentaba la otra alternativa:
—Vive, quizá; en este caso, ¡pobre de mí!
Godfrey no supo jamás cuánto tiempo transcurrió hasta que se abrió la puerta de la choza y salió el doctor Kimble. Se adelantó hacia su tío. Acababa de prepararse para dominar la emoción que no dejaría de sentir, cualesquiera que fuesen las noticias que iba a saber...
—Os estaba esperando, puesto que vine hasta aquí—dijo anticipándose al doctor.
—¡Bah! es un absurdo que hayáis salido; ¿por qué no mandasteis uno de los sirvientes? No hay nada que hacer... está muerta... muerta desde hace varias horas, creo.
—¿Qué clase de mujer es?—dijo Godfrey, sintiendo que la sangre le subía a la cara.
—Una mujer joven, pero demacrada, con largos cabellos negros. Alguna vagabunda... toda cubierta de harapos; tiene, sin embargo, en un dedo una alianza. Mañana van a llevarla al asilo de los pobres. Bueno, vamos.
—Deseo verla—dijo Godfrey—. Creo que ayer vi una mujer como ésa. Os alcanzaré dentro de un minuto o dos.
El señor Kimble siguió su camino y Godfrey se volvió a la choza. Sólo echó una mirada sobre el rostro inanimado que descansaba sobre la almohada, rostro que Dolly había arreglado de un modo conveniente. Pero se le grabó de tal modo aquella última mirada lanzada sobre la esposa detestada que, diez y seis años después, cada uno de los rasgos de la fisonomía marchita estaba aún presente en su espíritu, cuando contó en todos sus detalles la historia de aquella noche.
Se volvió inmediatamente hacia la estufa, donde Silas Marner estaba meciendo a la niña. Ahora estaba muy tranquila, pero no dormía. Estaba sólo apaciguada por la sopa azucarada y por el calor. Sus ojos habían tomado esa expresión serena que nos da a los humanos de más edad, presa de agitaciones interiores, un cierto respeto mezclado de terror cuando estamos en presencia de una criatura. Tal es el sentimiento que experimentamos al contemplar alguna belleza tranquila y majestuosa del cielo y de la tierra, un planeta que brilla apaciblemente, un rosal en plena floración o bien la bóveda formada por los árboles encima de un sendero silencioso. Los ojos azules, muy abiertos, miraban los de Godfrey sin ninguna timidez ni signo de reconocerle. La criatura no podía hacer ningún llamado visible ni inteligible a su padre, y éste se encontró bajo la impresión de una extraña mezcla de sentimientos; de un conflicto de pesares y de alegrías viendo en aquel pequeño corazón que no respondía con ningún latido a la ternura medio celosa del suyo, mientras que los ojos azules se alejaban de los de él y se fijaban en la extraña cara del tejedor. Habiéndose inclinado mucho Marner para mirarlos, la pequeña mano se puso a tirarle la mejilla flácida y a deformarla con delicia.
—¿Vais a llevar mañana la niña al asilo de los pobres?—preguntó Godfrey, hablando con toda la indiferencia que le era posible.
—¿Quién ha dicho eso?—respondió Marner bruscamente—. ¿Me obligarán a llevarla?
—¡Cómo! ¿vos querríais guardarla... un viejo soltero como vos?
—Hasta que me demuestren que tienen el derecho de quitármela, la guardaré—dijo Marner—. La madre ha muerto y supongo que no tiene padre: está sola en el mundo. Mi plata se fue a dar no sé dónde... No sé nada... Casi ni sé dónde estoy.
—¡Pobre criatura!—dijo Godfrey—. Dejadme que os dé algo para comprarle ropas.
Acababa de llevarse la mano al bolsillo y de sacar media guinea. La colocó en la mano de Silas y se apresuró a salir de la choza para alcanzar al señor Kimble.
—No; esa mujer no es la que encontré—dijo cuando se le reunió—. La niña es preciosa; parece que el viejo la quiere guardar; es extraño en un avaro como él. Le he dado una bagatela para ayudarlo. No es probable que la parroquia se empeñe en querer quitársela.
—No; sin embargo, hubo un tiempo en que yo se la hubiera disputado a Marner; pero ahora es demasiado tarde. Si la niña se cayera sobre el fuego, vuestra tía es demasiado gruesa para socorrerla; no podría más que quedar sentada y gruñir como una cerda asustada. Pero, ¡qué loco sois, Godfrey, en salir así con medias y zapatos de baile, vos, uno de los elegantes de la fiesta y de una fiesta que se da en vuestra casa! ¿Qué significan estos arranques? ¿Se ha mostrado cruel la señorita Nancy y queréis contrariarla estropeando vuestros carpines?
—¡Oh! todo ha sido desagradable para mí esta noche. Estaba harto de saltar en el baile y de mostrarme amable y de soportar exigencias a propósito de los «hornpipes». Y todavía tenía que bailar con la señorita Gunn—dijo Godfrey aprovechando el subterfugio que su tío le había sugerido.
Las escapatorias y las mentiras inocentes causan en los corazones que ambicionan conservarse puros una mortificación igual a la que causan a un gran pintor los toques falsos que sólo su ojo sabe descubrir. Pero son tan livianos como un simple adorno una vez que los actos se han vuelto mentirosos.
Godfrey reapareció en el salón blanco con los pies secos, y, puesto que hay que decir la verdad, con un sentimiento de alivio y de alegría, sentimiento demasiado intenso para que los pensamientos dolorosos pudieran combatirlo. Porque, ¿no podía ahora arriesgarse cuantas veces se le presentara la ocasión de decirle las cosas más tiernas a Nancy Lammeter, prometerle, así como él mismo, que sería siempre lo que ella quisiera? No había algún peligro de que su finada esposa fuera reconocida. No era una época de activas pesquisas y de grandes rumores públicos; y, en cuanto al acta de su casamiento, estaba muy lejos, escondida en páginas que nadie hojeaba; que nadie, excepto él, tenía interés en consultar. Dunsey, si reaparecía, sería capaz de traicionarlo; pero se podía comprar el silencio a Dunsey.
Y cuando los acontecimientos resultan tanto más felices para un hombre cuanto mayor ha sido la razón para tenerlos, ¿no es ésa una prueba de que su conducta ha sido mucho menos censurable de lo que hubiera podido parecer de otro modo? Cuando somos bien tratados por la suerte, se nos ocurre naturalmente la idea de que no estamos del todo exentos de mérito; y que es razonable que la usemos bien en nuestro favor, sin echar a perder la feliz coyuntura. ¿Dónde estaría, por otra parte, para Godfrey, la utilidad de confesarle su pasado a Nancy y alejar de él la felicidad, más aún, de alejar la felicidad de Nancy, porque tenía, casi la certeza de ser amado? En cuanto a la criatura, velaría porque se la cuidara, haría todo por ella, excepto reconocerla. Quizá así fuera igualmente feliz en la vida, puesto que nadie podía decir cómo se desenvolverían las cosas, y, ¿se necesita otra razón más? pues bien, que el padre sería mucho más feliz si no confesaba la paternidad.
En Raveloe hubo en esa semana el entierro de una persona pobre; y en la callejuela Kench, en Batterley, se supo que la madre de la criatura rubia, la mujer de cabellos negros que había ido recientemente a vivir allí, se había marchado. No se hizo ninguna otra observación particular con motivo de la desaparición de Molly de la vista de los hombres. Pero esta muerte no llorada, que, para la suerte de la humanidad, parecía tan insignificante como la caída de una hoja de estío, estaba cargada con la fuerza del destino para ciertas almas que conocemos, y debía crear las alegrías y las tristezas de toda la vida.
La resolución de Silas Marner de guardar la hija de la «vagabunda» fue un acto que no sorprendió menos a la gente de la aldea que el robo de su dinero, y las conversaciones versaron con frecuencia sobre este asunto. Al cambio de los sentimientos del público a su respecto, que debía a su desgracia, a las sospechas y a la aversión que se habían transformado en una piedad bastante despreciativa para un ser aislado y débil de espíritu como aquél, venía ahora a agregarse una simpatía más activa, principalmente por parte de las mujeres. Las buenas madres, que sabían el trabajo de conservar a las criaturas sanas y lindas; las madres indolentes, que conocían el fastidio de ser molestadas, cuando se cruzaban los brazos o se rascaban los codos por las predisposiciones de los chicos, que sólo empiezan a mantenerse firmes en las piernas, se tomaban el mismo interés que hacer conjeturas. Se preguntaban cómo se las iba a componer un hombre solo con una criatura de dos años en los brazos y estaban igualmente dispuestas a sugerirle a Marner buenos consejos. Las buenas madres le hablaban, sobre todo, de lo que sería preferible que hiciera y las madres indolentes le decían con insistencia lo que no conseguiría nunca hacer.
Entre las buenas madres, Dolly Winthrop era aquella cuyos buenos servicios aceptaba Silas de mejor grado porque se los prestaba sin ostentación. Silas le había mostrado la media guinea de Godfrey y le había preguntado cómo podría arreglarse para comprarle ropas a la criatura.
—¡Ah! maese Marner—dijo Dolly—, no tenéis necesidad de comprarle más que un par de zapatos; tengo las enaguas que Aarón llevaba hace cinco años, y no valdría la pena emplear el dinero en comprar ropas de criatura, porque la niña—que Dios la bendiga—va a crecer como la hierba en el mes de mayo, podéis estar cierto.
El mismo día, Dolly llevó un paquete y extendió delante de Marner las ropitas una por una en su orden natural de sucesión. La mayor parte estaba zurcida y remendada, pero muy limpita y agradable, como las plantas que comienzan a crecer. Esto sirvió de introducción a una gran ceremonia practicada con agua y jabón, de la que la criatura salió revestida con una nueva belleza. Sentada en seguida en las rodillas de Dolly la niñita comenzó a jugar con los pies, a acariciarse las manitas o a golpearlas la una contra la otra, pareciendo haber hecho varios descubrimientos en sí misma que expresaba por medio de sonidos alternados el «gug, gug, gag» y de «ma-ma», no era el grito de la necesidad ni el del malestar. Bebé se había acostumbrado a pronunciar, sin esperar a que se le respondiera con una palabra o un gesto de cariño.
—Nadie podría creer que los ángeles sean más lindos en el cielo—dijo Dolly, acariciándola y besándole los rizos rubios—. ¡Y decir que estaba cubierta con esos harapos sucios y que su pobre madre murió de frío! Pero está Aquel que cuidó de ella y la trajo a vuestro umbral, señor Marner. La puerta estaba abierta y ella entró pasando por la nieve, como un petirrojo muerto de frío y de hambre. ¿No me dijisteis que la puerta estaba abierta?
—Sí—dijo Silas con aire pensativo—, sí; la puerta estaba abierta. El dinero se me fue no sé dónde, y esta niña me vino no sé cómo.
Marner no le había dicho a nadie que ignoraba cómo había entrado la niña. Retrocedía ante las preguntas que podrían conducir al hecho que él mismo suponía, es decir, que había sido presa de una de sus crisis.
—¡Ah!—dijo Dolly con dulce gravedad—, es como la noche y la mañana, el sueño y la vigilia, la lluvia y la cosecha; una cosa se va, la otra viene, y nosotros no sabemos ni cómo ni cuándo. Podemos trabajar con tesón, luchar y sufrir; pero nuestra labor es bien insignificante al fin y al cabo; las grandes cosas vienen y se van sin esfuerzo de nuestra parte; sí, no cabe dudarlo. Sin embargo, yo creo que hacéis bien en quedaros con la criatura, maese Marner, puesto que os ha sido enviada, aunque haya personas que no sean de este parecer. Os incomodará un poco quizá mientras sea pequeña; pero yo vendré con gusto y la cuidaré en vuestro lugar. Siempre dispongo de un rato todos los días; porque, cuando se madruga, el reloj parece detenerse a eso de las diez antes de que llegue el momento de ir a buscar las provisiones. De modo que, os lo repito, vendré a cuidar a la niña en vuestro lugar, con mucho gusto.
—Muchísimas gracias...—dijo Silas vacilando un poco—. Os agradeceré mucho que me digáis lo que debo hacer.
Después, mientras se inclinaba hacia adelante para mirar a la niña—no sin un poco de celos—, y ésta echaba la cabeza contra el brazo de Dolly y observaba de lejos a Silas con satisfacción, el tejedor agregó con aire inquieto:
—Pero deseo atender yo mismo a la niña. De otro modo podría querer más a otra persona y no acostumbrarse a mí. He estado acostumbrado a hacer todo en mi casa; puedo aprender, aprenderé.
—¡Ah! seguramente—dijo Dolly con voz suave—. He visto hombres muy hábiles para atender las criaturas. Los hombres son casi siempre torpes y testarudos—que Dios los ayude—; sin embargo, cuando no están ebrios no carecen de sentimientos, aunque no sepan poner vendas ni sanguijuelas: son demasiado bruscos e impacientes. Fijaos, primero se pone esto sobre el cuerpo—prosiguió Dolly, tomando una camisita y poniéndosela a la niña.
—Sí—dijo Marner dócilmente, mirando de muy cerca, a fin de iniciar sus ojos en los misterios.
Después, la nena le tomó la cabeza entre sus bracitos y le puso sus pequeños labios contra el rostro, haciéndole caricias.
—Ya lo veis—dijo Dolly con el tacto delicado de una mujer—, a vos es a quien quiere más. Quiere que la toméis sobre las rodillas, estoy segura. Vamos, linda, vamos. Tomadla, maese Marner; ponedle las ropitas; después podréis decir que hicisteis todo lo preciso por ella, desde su principio.
Marner la tomó sobre las rodillas, temblando con una emoción misteriosa para él, emoción causada por algo desconocido que comenzaba a apuntar en su existencia.
Sus pensamientos y sus sentimientos eran tan confusos que, si hubiera tratado de expresarlos, sólo hubiese podido decir que la niña le había venido en lugar de su dinero—que su oro se había vuelto una criatura. Tomó las ropas de manos de Dolly y, bajo su dirección, se las puso a la niña. Esta interrumpió entonces, naturalmente, sus ejercicios gimnásticos.
—¡Ya lo veis! os desempeñáis a maravilla, maese Marner—dijo Dolly—; sin embargo, ¿qué vais a hacer cuando estéis obligado a permanecer sentado en vuestro telar? Porque se va a volver más movediza y traviesa de día en día, seguramente, que Dios la bendiga. Es una suerte que tengáis este hogar elevado en vez de una parrilla; el fuego está así menos a su alcance; sin embargo, si tenéis algo que pueda derramarse o romperse o lastimarle los dedos, en seguida tratará de agarrarlo, y es razonable que estéis advertido.
Silas, quedando algo perplejo, reflexionó un instante.
—La ataré al pie del telar—dijo por fin—; la ataré con una faja larga y sólida.
—Bueno, quizá eso baste, porque es una niña, porque es más fácil persuadir a las niñas que se queden quietas que a los varones. Yo sé cómo son éstos; he tenido cuatro—sí, cuatro, sábelo Dios—, y si se los ocurriera atarlos se agitarían y gritarían como los cerdos cuando se les pone un anillo en el hocico. Pero os traeré mi sillita con unos retazos de tela colorada y otros chiches para que pueda jugar con ellos. Se sentará y les hablará como si estuvieran vivos. ¡Ah! si no fuera un pecado querer ver los hijos de otro modo que como son—que Dios los bendiga—, hubiera deseado que uno de ellos fuera mujer; y decir que hubiera podido enseñarle a zurcir, a remendar, a tejer y muchas otras cosas. Pero, en fin, podré enseñarle eso a esta niña cuando sea más grande, ¿no es cierto, maese Marner?
—Pero será mía y no de otros—dijo Marner con bastante vivacidad.
—Sí, naturalmente, tenéis el derecho de guardarla si sois para ella un padre y la criáis como conviene. Sin embargo—agregó Dolly llegando a un punto que había resuelto tocar de antemano—, tenéis que criarla como los hijos de las gentes bautizadas, llevarla a la iglesia y hacerle aprender el catecismo. Mi pequeño Aarón puede repetirlo perfectamente; os reza el credo y lo demás así como los mandamientos, lo mismo que si fuera un niño del coro. Eso es lo que tenéis que hacer, maese Marner, si queréis cumplir con vuestro deber para con esta huerfanita.
El pálido rostro de Marner se sonrojó súbitamente bajo la influencia de aquella nueva ansiedad. Su espíritu estaba harto preocupado, tratando de darle una explicación definida a las palabras de Dolly, para que pensara en contestarle.
—Creo—agregó la buena mujer—que esta pobre criatura no ha sido nunca bautizada y es conveniente advertir al pastor. En caso de que no tengáis nada que observar le hablaré de eso hoy mismo al señor Macey. Porque si la criatura acabara mal por una razón o por la otra y vos no hubierais cumplido con vuestro deber para con ella, maese Marner—si descuidarais de hacerla vacunar u omitierais cualquier otra cosa para preservarla del mal—, eso vendría a ser una espina en vuestro lecho mientras estuvierais de este lado del sepulcro. Yo no creo que le sea fácil a ningún hombre el poder descansar tranquilo en el otro mundo, si no ha llenado su deber para con las criaturas infortunadas que le han tocado en suerte sin haberlas pedido.
La propia Dolly estaba dispuesta a guardar silencio durante un tiempo, porque aquellas palabras brotaban de las profundidades de su sencilla creencia y estaba ansiosa por saber si producirían en Silas el efecto deseado. Este estaba confuso e inquieto, porque aquellas palabras de Dolly de que «la niña no había sido bautizada» no tenían sentido claro para él. No conocía más que el bautismo de los adultos y nunca había oído hablar del bautismo de los niños.
—¿Qué quieren decir vuestras palabras de que la niña no ha sido nunca bautizada?—dijo al fin con timidez—. ¿Las personas no serán buenas con ella si no hace eso?
—¡Dios mío! ¡Dios mío, maese Marner!—dijo Dolly con el tono dulce de la compasión—, ¿no habéis tenido nunca padre ni madre que os hayan enseñado a rezar y que hay palabras buenas y buenas cosas para preservarnos del mal?
—Sí—dijo Silas en voz baja—; sé muchas cosas a ese respecto, a lo menos sabía muchas. Pero nuestros hábitos son diferentes: mi país queda muy lejos de aquí.
Se detuvo unos instantes; después agregó con tono más firme:
—Sin embargo, deseo hacer todo lo posible en favor de la criatura. Todo lo que sea conveniente para ella y que juzguéis sea bueno, no dejaré de conformarme a ello, si vos queréis decírmelo.
—Pues bien, entonces, maese Marner, voy a pedirle al señor Macey que le hable al pastor; y tendréis que decidiros por un nombre, porque será preciso dárselo a la niña cuando se la bautice.
—El nombre de mi madre era Hephtsiba—dijo Silas—, y mi hermanita llevaba su nombre.
—Pero es un nombre difícil de pronunciar—dijo Dolly—, y no estoy segura que sea un nombre de bautismo.
—Es un nombre que se encuentra en la Biblia—dijo Silas, volviéndole a la memoria sus antiguas ideas.
—Entonces no tengo ninguna razón para oponerme—repuso Dolly algo asustada por los conocimientos de Silas en este capítulo—; sin embargo, qué queréis, yo soy poco instruida y me cuesta comprender las palabras. Mi marido dice que yo ando siempre como si diera una en el clavo y tres en la herradura—eso es lo que dice, porque es muy sutil—, que Dios lo ayude. Pero no sería cómodo llamar a vuestra hermanita con un nombre tan difícil de pronunciar cuando no teníais nada importante que decirle, me parece a mí, ¿no es cierto, maese Marner?
—La llamábamos Eppie—respondió Silas.
—Pues bien, siempre que no sea malo acortar el nombre sería mucho más cómodo. Entonces, voy a marcharme, maese Marner, y hablaré del bautismo antes de la noche. Os deseo mucha suerte y tengo confianza en que así será, si cumplís con vuestro deber para con la pequeña huérfana... Además, hay que pensar en hacerla vacunar. En cuanto al lavado de sus ropitas, no tenéis que dirigiros sino a mí, porque puedo hacer eso sin esfuerzo cuando preparo la lejía. ¡Ah! querido angelito. Me permitiréis que traiga a mi pequeño Aarón uno de estos días; le mostrará el carrito que su padre le ha fabricado y el perrito negro y blanco que está criando.
La niña fue, pues, bautizada, habiendo decidido el pastor que un doble bautismo era el riesgo menos grande que se podía correr. Con este motivo, Silas, después de vestirse lo más limpio y elegante que pudo, apareció por primera vez en la iglesia y tomó parte en las prácticas que sus vecinos consideraban como sagradas.
Le era imposible, según todo lo que veía y oía, identificar su antigua fe con la religión de Raveloe. Si hubiera sido capaz de ello en lo pasado, hubiese sido bajo la influencia de un sentimiento intenso, pronto a vibrar con simpatía antes que por medio de una comparación de frases y de ideas; pero ahora, desde hacía ya muchos años, aquel sentimiento se había adormecido.
No tenía una noción clara al respecto del bautismo de los niños y de la frecuentación de la iglesia, a no ser lo que Dolly le había dicho que eso sería bueno para la niña. De este modo, a medida que las semanas formaban meses, la niña creaba sin cesar vínculos nuevos entre la existencia de Marner y de las personas que siempre había evitado hasta entonces para aislarse de un modo más completo. Contrariamente al oro, que no tenía necesidad de nada y que tenía que ser adorado en una soledad por completo secreta, oculto a toda luz, sordo al canto de los pájaros, que no se estremecía al son de ninguna voz humana, Eppie era una criatura cuyas necesidades eran infinitas, y sus deseos siempre eran crecientes.
Era una criatura que amaba y buscaba la luz del sol, el ruido y los movimientos de la vida, que todo lo ensayaba teniendo fe en las alegrías nuevas, y que hacía nacer la bondad en los ojos de todos los que la miraban. El oro había confinado los pensamientos de Silas en un círculo siempre igual y que no conducía a ninguna parte más allá de sus propios límites; Eppie, criatura formada de cambios y esperanzas, obligaba ahora a sus pensamientos a ir hacia adelante. Ella los arrastraba muy lejos de aquel objeto a que se dirigían siempre antes y los llevaba hacia nuevas cosas que debían venir con los años futuros, cuando la joven hubiese aprendido a comprender qué padre abnegado había sido Silas para ella.
La niña hacía buscar a Marner las imágenes de ese porvenir en los vínculos y las obras caritativas que unían entre sí a las familias de sus vecinos. El oro lo había obligado a prolongar cada vez más su trabajo, los ojos y los oídos cerrados a todas las cosas que no fueran la monotonía de su telar y la uniformidad de su tejido. Pero Eppie lo distraía de su trabajo, haciéndole considerar todas las interrupciones como momentos de felicidad. Su vida nueva despertaba los sentidos de Silas a punto de reanimar la alegría de éste, aun a la vista de las viejas moscas adormecidas por el invierno que salían con esfuerzo arrastrándose al sentir los primeros rayos del sol de primavera. La niña reavivaba la alegría del tejedor, porque ella misma era alegre.
Cuando el sol se hizo más vivo prolongándose más el día y los botones de oro esmaltaban la pradera, se podía ver a Silas—sea a mediodía, sea al declinar la tarde, en el momento en que las sombras de los cercos se alargaban—, se podía ver a Silas que salía de su casa con la cabeza descubierta, llevando a pasear a Eppie más allá de las canteras, a los sitios en que crecían aquellas flores. Se detenía cerca de alguna loma favorita que le permitía sentarse, mientras que Eppie iba titubeando a recoger los botones de oro, interpelando a las criaturas aladas que murmuraban felices encima de sus pétalos brillantes y atrayendo continuamente la atención de «papá» cuando le traía su cosecha. Después prestaba oído al canto brusco de algún pájaro, y Silas aprendía a divertirla, haciéndole seña de callarse, a fin de que pudieran escuchar, a la espera de los acentos que iban a recomenzar. Y cuando volvían, ella alzaba los hombros y reía gorjeando su triunfo. Sentados de este modo entre el follaje, Silas se puso de nuevo a recoger las plantas que le eran antes familiares. Al ver las hojas con sus contornos y nervaduras inmutables en el hueco de su mano, sintió renacer una multitud de recuerdos que rechazaba con timidez. Sus pensamientos buscaban entonces refugio en el pequeño mundo de Eppie, el cual sólo pesaba ligeramente en su cerebro debilitado.
A medida que el espíritu de la niña crecía en saber, el espíritu de Silas crecía en recuerdos; a medida que la vida se desarrollaba, el alma del tejedor, largo tiempo aletargada en una fría y estrecha prisión, se desarrollaba también, y, toda trémula, volvía a una plena conciencia de sí mismo.
Era una influencia que iría adquiriendo fuerza con cada nuevo año transcurrido.
Los sonidos infantiles que agitaban el corazón de Silas se articularon y reclamaron respuestas más precisas; las formas y los ruidos se tornaron más claros para los ojos y los oídos de Eppie; y hubo cosas nuevas que le pidió a «papá» con tono imperativo que observase y le explicase. Además, cuando Eppie cumplió tres años desplegó el lindo talento de hacer travesuras o de encontrar medios ingeniosos para causar molestias, talento que proporcionaba mucho ejercicio, no sólo a la paciencia de Silas, sino también a su ciencia y sagacidad.
En estas ocasiones, el pobre Marner se veía puesto en conflictos por las exigencias incompatibles del deber y del cariño. Dolly Winthrop le decía entonces que los castigos le harían bien a Eppie, y que no era posible educar una criatura si ciertas partes blandas y que no corren ningún riesgo por esto, no le escocían de cuando en cuando.
—Además, podríais hacer otra cosa, maese Marner—agregó Dolly con aire pensativo—, y sería encerrarla alguna vez en la carbonera. Fue así como he procedido con Aarón, porque era tan débil para con mi niño menor, que no podía soportar la idea de castigarlo. No tenía alma para dejarlo más de un minuto en la carbonera, pues era lo bastante para tiznar por completo al niño, de modo que había que lavarlo y vestirlo de nuevo. Eso le hacía tanto bien como el látigo, podéis creerme. Pero dejo a vuestra conciencia la tarea de decidir, maese Marner, porque tenéis que elegir una cosa o la otra—el látigo o la carbonera—; de otro modo se va a volver tan voluntariosa que no habrá medio de dominarla.
Silas quedó convencido de la triste verdad de esta última observación; pero su energía de carácter, lo abandonó ante las dos únicas especies de castigos que le proponían. No sólo le era penoso castigar a Eppie, sino que temblaba de estar en desacuerdo con ella un solo momento, temiendo que fuera a disminuir el afecto que ella le tenía. Si un Goliat afectuoso se encariña por una criatura delicada y teme tirar del vínculo que a ella lo une, y teme, sobre todo, que se rompa ese vínculo, decidme, os ruego, ¿cuál será el amo de los dos? Era evidente que Eppie, con sus pequeños pasos vacilantes, hacía vacilar a su gusto a su papá Silas cualquier día en que las circunstancias favorecieran su travesura.
Por ejemplo; él había elegido una ancha faja de lienzo a fin de atar a Eppie a su telar cuando estaba muy ocupado. Aquella faja formaba un cinturón alrededor del talle de la criatura y era bastante larga para que ésta pudiera llegar hasta su pequeño lecho y sentarse en él, pero era lo bastante corta como para que Eppie no ensayara alguna ascensión peligrosa. Ahora bien, una mañana Silas estaba más atareado que de costumbre porque estaba armando una pieza en el telar, y tuvo que recurrir para esto a las tijeras. Este instrumento, gracias a una advertencia especial de Dolly, había estado siempre cuidadosamente fuera del alcance de Eppie. Sin embargo, su ruido peculiar tuvo una atracción particular para su oído, y, después de haber espiado los resultados de aquel ruido, sacó la consecuencia filosófica de que la misma causa debía producir el mismo efecto.
Silas se había sentado en su telar y el ruido del aparato había recomenzado; pero dejó las tijeras en un punto que el tránsito de Eppie podía alcanzar. Entonces, como un ratón que acecha el momento oportuno, salió furtivamente de su rincón, se apoderó de aquel objeto y volvió dando traspiés hasta su cama, alzando los hombros como para ocultar su hurto. Tenía una intención decidida en lo que concernía al uso de las tijeras. Después de haber cortado la faja de tela de un modo irregular, pero eficaz, se dirigió en dos segundos hacia la puerta abierta adonde la llamaba el brillo del sol, mientras, que el pobre Silas la creía más preciosa que de costumbre. Fue sólo cuando volvió a necesitar las tijeras que lo sorprendió la terrible realidad. Eppie se había escapado sola, quizás se había caído en la cantera. Silas, agitado por el temor más grande que podía asaltarlo, se precipitó hacia afuera gritando: «¡Eppie!», y corrió rápidamente hacia el espacio sin cerco, explorando las cavidades secas en que hubiera podido caer e interrogando en seguida con los ojos asustados la superficie lisa y rojiza del agua. Gotas frías de sudor le mojaron la frente. ¿Cuánto tiempo haría que había salido? Le quedaba una esperanza: que se hubiera deslizado a través de la cerca para ir a las praderas, donde tenía la costumbre de llevarla a dar una vuelta. Pero la hierba estaba alta y no había medio de descubrir si Eppie estaba allí, sino buscándola atentamente, lo que hubiera sido un delito en el plantío del señor Osgood. Sin embargo, había que resignarse; así es que el pobre Silas, después de haber sondeado bien con la mirada los alrededores de las cercas, atravesó la hierba, creyendo, con su vista corta, distinguir a Eppie tras de cada mata de acedera roja, viéndola continuamente alejarse a medida que se aproximaba. Buscó en vano en la pradera; entonces, salvó el cerco y se encontró en la propiedad vecina. Fijó la vista con una última esperanza en un pequeño estanque que el verano había secado en parte, dejando un ancho borde de lava viscosa. Era allí, sin embargo, que Eppie estaba sentada, conversando animadamente con su zapatito que le servía de balde para acarrear agua a la huella profunda de una pata de caballo, mientras que su pequeño pie desnudo estaba cómodamente apoyado en un cojín de lodo verdoso. Un ternero de cabeza roja la observaba, indeciso y alarmado, a través del cerco opuesto.
Había en aquello, tratándose de una criatura bautizada, un caso indiscutible de aberración que exigía un tratamiento severo, pero Silas, dominado por la alegría convulsiva de haber hallado su tesoro, no supo hacer otra cosa más que cargar a Eppie vivamente y cubrirla de besos entrecortados por sollozos. Fue sólo después de llevarla a la casa y de haber procedido al lavatorio necesario que se acordó de la necesidad de castigar «para que la niña se acordara». La idea de que podía escapar de nuevo y hacerse daño lo impulsó a realizar un acto extraordinario y por primera vez se determinó a recurrir a la carbonera, pequeña alacena situada junto al hogar.
—Mala, mala Eppie—comenzó a decir Silas de pronto, teniéndola sobre las rodillas y mostrándole que tenía los pies y las ropas cubiertos de barro—; mala, que cortó la faja y se fue. Ahora Eppie tiene que entrar en la carbonera porque es mala. Papá va a encerrarla en la carbonera.
Medio creía que aquellas palabras producirían una impresión bastante fuerte para que Eppie se pusiera a llorar. En vez de esto se puso a brincotear en las rodillas de Marner como si éste le propusiera una novedad agradable. Viendo que era necesario recurrir a los extremos, la metió en la carbonera y cerró la puerta temblando de que empleara una medida excesiva. Durante el primer momento no oyó nada; pero en seguida oyó un pequeño grito:
—¡Abe, abe!
Y Silas la hizo salir, diciendo:
—Ahora, Eppie va a ser buena; de otro modo va a ir a la carbonera, al rincón negro.
El telar permaneció silencioso largo rato esa mañana porque hubo que lavar a Eppie y ponerle ropas limpias; sin embargo, era de esperar que este castigo tendría un efecto duradero y ahorraría tiempo en el porvenir. Quizá, sin embargo, hubiera sido preferible que Eppie llorara algo más.
En una media hora estuvo limpia, habiendo Silas vuelto la espalda para ver qué haría con la faja de lienzo; la tiró al suelo, pensando que Eppie se quedaría quieta el resto de la mañana sin que fuera preciso atarla. Se volvió en seguida para sentar a la niña en su sillita cerca del telar, cuando ésta se le apareció con la cara y las manos tiznadas otra vez, y diciendo:
—¡Eppie e la carbonera!
Este completo fracaso de la pena disciplinaria de la carbonera destruyó la confianza que tenía Silas en la eficacia de los castigos.
—Lo tomaría siempre a broma—le dijo a Dolly—si no la castigo, y soy incapaz de hacerlo, señora Winthrop. Las mortificaciones que me causa las puedo soportar y no tiene malas costumbres, de las que no puede librarse algún día.
—Sí, es cierto en parte, maese Marner—dijo Dolly con simpatía—, y si no tenéis las fuerzas de resolveros a impedir que toque los objetos asustándola, es preciso que os arregléis de modo que no queden a su alcance. Así es como tengo que hacer con los perritos que mis chicos siempre están criando. Hagáis lo que hagáis, esos animales siempre mordisquean y roen; y lo mordisquean y lo roen todo, hasta la cofia del domingo, si está colgada a su alcance. Para ellos tanto da, que Dios los ayude. Es la dentición lo que los pone así, eso es.
De modo que Eppie fue criada sin castigos, soportando en cambio el peso de sus fechorías su padre Silas. La choza de piedra se convirtió para ella en un dulce nido acolchado con el plumón de la paciencia; y en el mundo que estaba más allá de aquella morada, tampoco conoció miradas severas ni responsos.
A pesar de la dificultad de llevarla al mismo tiempo que el hilo y el tejido, Silas la conducía casi siempre consigo cuando tenía que ir a las granjas. No quería dejarla en casa de Dolly Winthrop, bien que ésta estuviera siempre dispuesta a guardarla. La pequeña Eppie, de cabellos crespos, la niña del tejedor, se volvió, pues, un tema de interés para los habitantes de varias casas apartadas, lo mismo que para las de la aldea. Hasta aquí se había tratado a Marner casi como si fuera un gnomo o un brujo útil, como si fuera un ser extravagante e incomprensible que no era posible mirar sin una mezcla de sorpresa o de aversión.
Siempre se deseaba cambiar con él los saludos y ajustar los tratos lo más pronto posible; pero al mismo tiempo se procedía con él de un modo propiciatorio, y a veces haciéndole un regalo de carne de cerdo o de productos del jardín, porque sin su ayuda no había medio de hacer tejer lino. Pero ahora Silas encontraba rostros francos y sonrientes y se le hablaba con tanto placer como a una persona cuyas satisfacciones y pesares podrían ser comprendidos. En todas partes tenía que sentarse y hablar de la niña, y siempre se estaba dispuesto a dirigirle palabras de interés.
—¡Ah, maese Marner! tendréis suerte si le da temprano un ligero sarampión, o si no; en verdad que pocos hombres solteros hubieran adoptado una criatura como ésta; pero supongo que el tejer os hace más diestro que a los hombres que trabajan en el campo. Sois casi tan hábil como una mujer, porque el tejer viene después del hilar.
Dueños y dueñas de casa, sentados en anchos sillones de cocina, observaban desde allí los acontecimientos y meneaban la cabeza a propósito de lo difícil que era criar los niños. Sin embargo, si llegaban a tocar los brazos y las piernas rollizos de Eppie tenían que reconocer su notable dureza y le decían a Silas que si salía buena—lo que no era posible saber—, sería muy bueno que tuviera a su lado una joven seria que se ocupara de él cuando estuviera demasiado viejo para poder trabajar.
Las sirvientas se entretenían en llevarla a que viera las gallinas y los pollos o a recoger algunas cerezas en el huerto. Y los niños y las chiquillas se le acercaban lentamente, con movimientos prudentes, y las miradas fijas—como perritos que avanzan hociquito contra hociquito hacia otro compañero—hasta que la atracción alcanza el punto en que los suaves labios se ofrecen para recibir un beso. Ninguna criatura tenía miedo de acercarse al tejedor cuando Eppie estaba a su lado. La presencia de Marner ya no tenía nada de repulsiva, ni para los jóvenes ni para los viejos, porque la niña había conseguido atarle de nuevo al mundo entero. Había entre él y Eppie un amor que los confundía en un solo ser, y había amor entre la niña y el mundo, desde los hombres y las mujeres que tenían para ella palabras y miradas de padre y de madre, hasta las caccinelas rojas y los guijarros redondos.
Silas se puso a considerar la existencia de Raveloe, desde empunto de vista exclusivo de Eppie. Quería proporcionarle a su hija todo lo que se consideraba un bien en la aldea; y escuchaba con docilidad, a fin de llegar a entender mejor lo que era esa vida, de la que había permanecido alejado durante cinco años, como si hubiera sido una cosa extraña con la que no pudiera tener nada de común. Así procede el hombre que tiene una planta preciosa a la que quiere dar asilo y alimento, en un suelo nuevo para ella: piensa en la lluvia, en el sol, en todas las influencias con relación a su pupila. Trata de conocer asiduamente todo lo que pudiera serle útil, sea para satisfacer las necesidades de las raíces penetrantes, sea para proteger la hoja y el botón contra la agresión peligrosa. El empeño de atesorar había sido por completo destruido por Marner desde que perdiera el oro que acumulaba durante tanto tiempo. Las monedas que había ganado en seguida le parecían tan inútiles como piedras aportadas para terminar una casa bruscamente sepultada por un temblor de tierra. El sentimiento de la pérdida que había sufrido era para él un peso demasiado grave para que las antiguas fruiciones de la satisfacción se despertaran otra vez al contacto de las monedas nuevamente adquiridas. En adelante algo había venido a reemplazar su tesoro, algo que, dando a sus ganancias un fin creciente, arrastraba siempre hacia adelante, más allá del dinero, sus esperanzas y sus alegrías.
En los antiguos días había ángeles que venían a tomar a los hombres por las manos y los alejaban de la ciudad de la destrucción. Ahora ya no vemos mensajeros alados, pero, sin embargo, los hombres son todavía conducidos lejos de la destrucción inminente; una mano les toma la suya y los conduce suavemente hacia una tierra apacible y resplandeciente, de suerte que no miran más tras de sí, y esa mano puede ser la de un niño.
Había una persona—se la adivinará sin esfuerzo—que más que cualquiera otra observaba con viva, con secreta solicitud el desarrollo próspero de Eppie, bajo la influencia de los cuidados del tejedor. Esa persona no se atrevía a hacer nada que diera a suponer que tenía interés especial por la hija adoptiva de un pobre hombre y no el que debía esperarse de la bondad de un joven squire, al que un encuentro fortuito sugería la idea de gratificar con un pequeño presente al pobre viejo mirado por todos con benevolencia. Pero esa persona se decía que llegaría el día en que podría hacer algo por aumentar el bienestar de su hija sin exponerse a las sospechas. Entretanto, ¿lo mortificaba mucho la imposibilidad en que estaba de darle a aquella niña sus derechos de nacimiento? No sabría decirlo. Eppie era bien atendida. Sería feliz probablemente como lo son a menudo las gentes de humilde condición, más feliz quizá que las que son criadas en el lujo.
Aquel famoso anillo que pinchaba al príncipe toda vez que olvidaba sus deberes para entregarse al placer, yo me pregunto si lo pinchaba vivamente cuando partía para la caza, o bien si le hacía entonces una leve picadura y no lo hería en carne viva sino cuando la cacería había terminado hacía tiempo y la esperanza, replegando las alas, miraba hacia atrás y se convertía en placer...
En cuanto a Godfrey, sus mejillas y sus ojos estaban ahora más brillantes que nunca. Tenía propósitos tan decididos que su carácter parecía haberse vuelto firme. Dunsey no había reaparecido; se creyó por la generalidad que se había enrolado voluntario o que se había ido al extranjero, nadie tenía la idea de pedirle datos precisos a una familia honorable sobre un asunto tan delicado. Godfrey había dejado de ver la sombra de Dunsey atravesada en su camino, y este camino lo conducía entonces directamente hacia la realización de sus deseos predilectos, los deseos que más largo tiempo había acariciado.
Todo el mundo decía que el señor Godfrey había tomado el buen camino y era bastante fácil adivinar cómo acabarían las cosas, pues pocos eran los días de la semana en que no se le veía dirigirse a caballo a las Gazaperas. El propio Godfrey, cuando le preguntaron bromeando si ya estaba fijado el día, sonreía con la sensación agradable de un pretendiente que hubiera podido responder «sí» si así lo hubiera querido. Se sentía transformado, libre de la tentación y la visión de su vida futura se le aparecía como una tierra prometida por la que no tenía necesidad de combatir. Se veía en el porvenir con toda felicidad concentrada alrededor de su hogar, mientras que Nancy le sonreía y él jugara con los niños.
Y aquella otra criatura sin sitio en la morada paterna, no la abandonaría. Velaría por que fuese feliz. Ese era su deber de padre.
Era un hermoso día de otoño, diez y seis años después que Silas Marner había descubierto su nuevo tesoro ante el hogar de su choza. Las campanas de la vieja iglesia de Raveloe repicaban alegremente anunciando que había terminado el oficio de la mañana. Por la puerta abovedada de la torre iban saliendo lentamente, detenidos por los saludos y preguntas amistosas, los más ricos feligreses que habían considerado aquella hermosa mañana del domingo muy apropiada para ir a la iglesia. Era costumbre habitual en esa época que los miembros más importantes de la congregación fueran los primeros que salieran. Mientras tanto, sus vecinos de condición más humilde esperaban y miraban llevándose la mano a las cabezas inclinadas, o haciendo reverencias para saludar a todo mayor contribuyente que se volvía para mirarlos.
En la primera fila de esos grupos de gentes bien vestidas que avanzaban hay algunos personajes que reconoceremos a despecho del tiempo, cuya mano ha pasado sobre todas ellas. Ese hombre de cuarenta años, alto y rubio, no tiene rasgos muy distintos de los de Godfrey Cass a los veintiséis años; sólo está algo más grueso y ha perdido la expresión indefinible de la juventud, pérdida que se manifiesta aun cuando la vista se mantenga brillante y no hayan aparecido todavía las arrugas. Quizás esta linda mujer que no es más joven que él y que se apoya en su brazo esté más cambiada que su marido; el encantador sonrojo que antes coloreaba constantemente sus mejillas quizás no reaparezca más que momentáneamente bajo la influencia del aire fresco de la mañana o de alguna gran sorpresa.
Sin embargo, para aquellos que gustan tanto más de la fisonomía humana cuanto mejor se lee en ella la experiencia de la vida, la belleza de Nancy ofrece un interés mayor. A menudo el alma llega al completo desarrollo de su bondad cuando la vejez la ha recubierto con una fea envoltura; es por esto que la mirada no basta para adivinar la excelencia de un justo. Pero los años no han sido tan crueles para con Nancy. Su boca roja pero tranquila y la mirada límpida y franca de sus ojos pardos, dicen ahora que su naturaleza ha sufrido y ha conservado sus más nobles cualidades. También su traje, de una elegancia graciosa y de una pureza delicada, es más expresivo ahora que las coqueterías de la juventud no intervienen para nada.
El señor y la señora Godfrey Cass—todo otro título más elevado expiró en los labios de la gente de Raveloe el día en que el viejo squire fue a unirse con sus mayores, y en que su herencia fue repartida entre sus hijos—se volvieron para ver llegar a un hombre alto y anciano y a una mujer sencillamente vestida que estaban más atrás, habiendo observado Nancy que debían esperar a «papá con Priscila». Ahora todos doblan por un sendero más estrecho que atraviesa el cementerio y conduce a una pequeña puerta situada frente a la Casa Roja. No los seguiremos porque en este momento quizás haya otras personas en esa congregación que sale de la iglesia que nos agradaría volver a ver, ciertas personas que no se encontrarán probablemente entre las vestidas con elegancia, y que puede que no sea tan fácil reconocer como al dueño y la dueña de la Casa Roja.
Sin embargo, no es posible equivocarse respecto a Silas Marner. Como sucede con las personas que han sido miopes en su juventud, sus grandes ojos negros parecían haber adquirido una vista más larga, tienen una mirada menos vaga y más simpática.
Todo el resto de su persona atestigua, en cambio, una constitución muy debilitada por el lapso de diez y seis años. Sus espaldas encorvadas y sus cabellos blancos le dan casi el aire de un anciano, bien que no tenga más que cincuenta y cinco años. Pero la flor más fresca de la juventud está a su lado: una rubia jovencita, de diez y ocho años, de rostro hoyuelado, que en vano ha tratado de alisar y recoger sus rizos bajo el ala de su sombrero obscuro. Aquellos rizos ondulan con tanta obstinación como un pequeño arroyo bajo la brisa de marzo y se escapan de la peineta que se empeña en recogerlos detrás de la cabeza. Eppie no deja de estar mortificada por esto, porque ninguna joven de Raveloe tiene cabellos parecidos a los suyos y se imagina que los cabellos tienen que ser lacios. No le gusta dar qué decir ni aun en las más pequeñas cosas, y por eso ved con qué esmero ha envuelto su libro de oraciones en su pañuelo floreado.
Ese joven de buena planta que viste un traje nuevo de fustán, que camina detrás de ella, no está bien al cabo de esta cuestión de los cabellos cuando Eppie se la propone. Piensa quizá que puede ser que los cabellos lacios sean preferibles, pero no desea que los de Eppie sean de otro modo. Ella adivina que alguien se adelanta detrás de ellos, alguien que piensa en ella de un modo particular y que apela a todo su coraje para ponerse a su lado así que penetren en la callejuela. De otro modo, ¿por qué parecería algo intimidada y cuidaría de no volver la cabeza mientras que le murmuraba a su padre Silas breves frases relativas a los que estaban y a los que no estaban en la iglesia y a la belleza del fresco rojo de la montaña que se asoma tras del muro del presbiterio?
—Me gustaría mucho, papá, que nosotros también tuviéramos un jardín con margaritas dobles; como el de la señora Winthrop—dijo Eppie cuando entraron en la callejuela—. Lo malo es que dicen que eso exigiría mucho trabajo para cavar y traer tierra buena... y vos no lo podríais hacer, ¿verdad, papá? En todo caso no me gustaría que lo hicierais, porque sería un trabajo demasiado penoso para vos.
—No creáis eso, hija mía. Si deseáis tener un jardincito, yo me ocuparé estas largas tardes en cercar un pequeño retazo de tierra inculta, como para que tengáis un cantero o dos de flores. Además, me será fácil remover un poco de tierra por la mañana antes de ponerme al trabajo. ¿Por qué no me dijisteis antes que deseabais tener un jardincito?
—Yo podría puntiaros esa tierra, maese Marner—dijo el joven con traje de fustán que se había puesto al lado de Eppie y se mezcló en la conversación sin ceremonias—. Será para mí una distracción, cuando haya terminado mi tarea o en cualquier otro momento perdido, cuando escasee el trabajo. Os traeré tierra del jardín del señor Cass. Me lo permitirá de buen grado.
—¡Oh Aarón, hijo mío! ¿habíais estado allí?—dijo Silas—. No os había advertido, porque cuando Eppie me habla de algo me abstraigo por completo en lo que dice. Pues bien, sí, si vos me vais a ayudar a cavar, tanto más pronto le haremos un pequeño jardín.
—Entonces, si os parece bien, yo vendré esta tarde a las Canteras. Resolveremos qué terreno conviene cercar y mañana me levantaré una hora más temprano que de costumbre para dar comienzo al trabajo.
—Pero a condición, papá, que me prometáis no cavar—dijo Eppie—; porque yo no os hubiera hablado de-esto—agregó con una expresión reservada y traviesa—si la señora Winthrop no me hubiese dicho que Aarón tendría la bondad de...
—Podíais saber eso sin que mi madre os lo dijera—interrumpió Aarón—; maese Marner creo que también sabe que estoy dispuesto a prestarle mi ayuda de buena gana. No me querrá desairar quitándome esta tarea de entre las manos.
—Bueno, entonces, papá, vos no trabajaréis en el jardín hasta que sea muy fácil—dijo Eppie—, y vos y yo nos pondremos a trazar los canteros y hacer agujeros y a poner plantas en ellos. Las Canteras se volverán un sitio mucho más alegre cuando tengamos algunas flores, porque a mí se me ocurre que las flores pueden vernos y comprender lo que decimos. Y yo desearía tener un poco de romero, de cardamomo y de tomillo; esas plantas huelen bien; pero creo que alhucemas no hay más que en los jardines de los burgueses.
—No es una razón para que no tengáis vos, porque puedo traeros gajos de cualquier planta; estoy obligado a cortar muchas cuando podo y tengo que tirarlas casi todas. Hay un gran cantero de alhucema en la Casa Roja: a la señora le gusta mucho.
—Está bien—dijo Silas con gravedad—, siempre que no nos dediquéis demasiado tiempo o que no pidáis en la Casa Roja nada que tenga algún valor. El señor Cass ha sido tan bueno con nosotros haciéndonos construir la nueva pieza de la choza y dándonos camas y otros objetos, que no podría soportar la idea de molestarle por productos de su jardín o cualquier otra cosa.
—No; no le molestaréis—dijo Aarón—. ¿No hay un jardín en la parroquia donde se pierde una porción de cosas por falta de quien las utilice? Yo me digo algunas veces que nadie carecería de víveres si se sacara mejor partido de la tierra, y si una cosa fuera lo que fuera encontrara una boca para comerla. El trabajar en el jardín hace pensar sin duda en esto. Pero es preciso que me vuelva, porque, si no, mi madre estará inquieta con mi ausencia.
—Traedla con vos esta tarde, Aarón—dijo Silas—, ha de tener algo que indicarnos para que las cosas se hagan mejor.
Aarón se fue y ascendió hacia la aldea, mientras que Eppie y Silas siguieron por el sendero solitario bajo la bóveda de las encinas.
—¡Oh papaíto!—comenzó Eppie cuando estuvieron solos, tomando y oprimiendo los brazos de Silas a la vez que saltaba a su alrededor para darle un beso—. ¡Oh mi papá viejo! ¡qué contenta estoy! Creo que no nos faltará nada cuando tengamos un pequeño jardín; y yo sabía que Aarón nos lo trabajaría—prosiguió con aire malicioso y de triunfo—; lo sabía muy bien.
—Sois en realidad una gatita muy bribona—dijo Silas, cuya fisonomía respiraba la felicidad tranquila de la vejez, coronada por el amor—; pero vais a quedar en una gran deuda con Aarón.
—¡Oh, no, absolutamente!—dijo Eppie, riendo y loqueando—; eso le va a gustar mucho.
—Vamos, vamos, dejadme llevar vuestro libro de oraciones, pues lo vais a dejar caer, saltando de ese modo.
Eppie se dio cuenta de que su conducta era observada; sin embargo, el observador no era más que un benévolo burro que pacía con una traba atada a la pata, un asno apacible que no criticaba desdeñosamente las debilidades humanas, y que, por el contrario, se felicitaba cuando se lo admitía a compartirlas haciéndose rascar cuando podía. Eppie, a fin de complacerlo, no dejó de darle esta muestra vulgar de atención, lo que dio el desagradable resultado que se vieran acompañados por el asno que los siguió penosamente hasta la puerta de su habitación.
Pero el ruido de un ladrido agudo en el interior de la choza en el momento en que Eppie ponía la llave en la cerradura, cambió las intenciones del animal, y, sin más invitaciones, se marchó cojeando. El ladrido agudo era el signo de la acogida animada que les preparaba un ratonero negro inteligente. El perro, después de bailar alrededor de las piernas de su amo de un modo desordenado, se precipitó haciendo un barullo desagradable hacia un pequeño gato atigrado que estaba escondido bajo el telar; después volvió de un salto, dando otro ladrido agudo, como diciendo: «He cumplido con mi deber con esta débil criatura». Mientras tanto, la honorable mamá del gatito, sentada en la ventana, se calentaba al sol su pecho blanco y volvía la cabeza con aire dormido, esperando recibir caricias pero nada dispuesta a darse el menor trabajo para obtenerlas.
La presencia de aquellos animales que vivían allí felices, no era el único cambio que hubiera ocurrido en el interior de la choza. Ya no había cama en la pieza común y el pequeño espacio estaba bien guarnecido de muebles decentes, todos cuidados y limpiecitos como para agradar a las miradas de Dolly Winthrop. La mesa de encina y la silla de tres pies de la misma madera no eran de lo que podría esperarse de tan pobre habitación. Habían ido de la Casa Roja con el lecho y otros objetos, porque el señor Godfrey Cass, como todos lo decían en la aldea, se mostraba muy bueno para el tejedor. Al fin y al cabo, ¿no era justo que aquellos a quienes sus medios se lo permitían fueran en ayuda de aquel hombre? ¿No había criado una huérfana y no había sido para ella un verdadero padre? Además, habiendo sido despojado de su dinero, no poseía más que lo que ganaba con su trabajo cada semana, y además era una época en que el tejido estaba decayendo, porque se hilaba el lino cada vez menos. En fin, maese Marner ya no era nada joven. Nadie le tenía celos al tejedor porque era considerado como un hombre excepcional que tenía más derecho que otro alguno a la ayuda de los vecinos de Raveloe. La superstición que subsistía a su respecto había tomado un tinte más diferente. El señor Macey, que era ahora un débil anciano de ochenta, y seis años que nunca se le veía sino junto al fuego y tomando el sol en el umbral de su puerta, emitía el parecer de que, cuando un hombre había procedido como Silas con la huérfana, era una señal de que su dinero reaparecería o de que por lo menos el ladrón tendría que dar cuenta de él. No había que dudarlo, porque el señor Macey agregaba que, en lo que le concernía personalmente, sus facultades nunca habían sido más lúcidas.
Silas se sentó entonces y contempló a Eppie con una mirada satisfecha mientras que ella ponía el mantel limpio y colocaba sobre la mesa el pastel de patatas, recalentado lentamente en una terralla bien seca, encima del fuego que se apagaba insensiblemente y según el método prudente empleado el domingo. Era lo que podía reemplazar mejor el horno, puesto que Silas no había consentido nunca que agregaran uno ni tampoco una parrilla a sus exiguas comodidades. Quería a su viejo fogón de ladrillos como había querido a su cántaro de barro negro. ¿No fue delante de aquella hornalla que encontró a Eppie? Los dioses del hogar existen todavía para nosotros. ¡Que toda nueva fe tolere este fetiquismo, si no quiere de otro modo perjudicar sus raíces!
Silas comió más silenciosamente que de costumbre y pronto puso a su lado su tenedor y su cuchillo para seguir con la vista medio distraída a Eppie que jugaba con el ratoneroSnapy con la gata, lo que prolongaba mucho el almuerzo de la joven. Pero aquel espectáculo era muy capaz de contener las ideas vagabundas. Eppie, con las ondulaciones radiantes de sus cabellos, con su mentón y su cuello contorneados, cuya blancura era realzada por su traje de algodón azul obscuro, reía alegremente mientras que el gatito, prendiéndose con las cuatro patas del hombro de la joven, formaba, por decirlo así, el modelo del asa de un jarrón. Al mismo tiempo,Snap, del lado derecho, y la gata del otro, tendían el hocico o las patas hacia un trozo que Eppie mantenía fuera del alcance de los dos.Snapdesistía a intervalos a fin de observar la glotonería de la gata y la futilidad de su conducta, haciendo oír un gruñido ruidoso y desagradable, hasta que la joven, dejándose enternecer, los acariciaba a los dos y les repartía el pedazo.
Por fin, Eppie echó una mirada al reloj de pared e interrumpió el entretenimiento, diciendo:
—Mi papaíto quiere ir a fumar su pipa al sol. Pero antes tengo que levantar la mesa, para que todo esté bien limpio en la casa cuando llegue madrina. Voy a apresurarme... En seguidita va a estar...
Silas se había puesto a fumar en una pipa todos los días durante los dos años que acababan de transcurrir. Los ancianos de Raveloe le habían aconsejado mucho que hiciera uso de aquella cosa excelente, cosa contra los ataques. Esta opinión había sido aprobada por el doctor Kimble, a causa de que no hay inconveniente en aconsejar una cosa que no puede hacer daño, principio que le ahorraba a aquel señor mucho trabajo en el ejercicio de la medicina. A Silas no le agradaba mucho fumar, y lo sorprendía a menudo la pasión de sus vecinos a este respecto; pero un humilde acatamiento a toda cosa considerada como buena, se había vuelto un fuerte hábito en la nueva personalidad que se había desarrollado en él, desde que había encontrado a Eppie junto al fuego de su hogar. Este acatamiento fue la única guía que prestó su apoyo al espíritu desorientado de Silas, mientras que se encariñaba con aquella tierna criatura que le había sido mandada desde las tinieblas adonde se había marchado su oro. Mientras que Marner indagaba lo que era útil a Eppie y tornaba parte en el efecto que toda cosa producía en ella, había acabado por apropiarse las formas de las costumbres y de las creencias, que formaban el molde de la vida de Raveloe. Y como con el despertar de los sentimientos la memoria también se despertaba, comenzó a meditar sobre los elementos de la antigua fe y a mezclarlos a sus nuevas impresiones, hasta recobrar la conciencia de una relación entre el pasado y el presente.
La creencia de una bondad tutelar y la confianza de la humanidad que nacen con toda paz y toda alegría pura, habían producido en él la idea vaga de que algún error, alguna equivocación había arrojado una sombra tenebrosa sobre los días de sus mejores años. Además, se le volvía cada vez más fácil abrir su corazón a Dolly Winthrop; así fue que le comunicó poco a poco a aquella nueva amiga todo lo que podía contar de su juventud. Esta confidencia fue necesariamente una operación lenta y difícil, porque la pobre elocuencia de Silas no era secundada por la facilidad de comprensión de Dolly, a quien su limitada experiencia del mundo exterior no le daba clave alguna de las costumbres extranjeras. A causa de esto, toda idea nueva era un motivo de sorpresa que los hacía detenerse en cada punto de la narración. Sólo fue a fragmentos y con intervalos que le permitieran a Dolly meditar sobre las cosas que había oído, hasta que se le hubieran vuelto bastante familiares, que Silas llegó al fin al punto culminante de su triste historia: la «tirada a la suerte» y el juicio falso que había sido su consecuencia. Tuvo que repetir aquello en varias entrevistas, a propósito de nuevas preguntas hechas por Dolly, sobre la naturaleza de aquel método de descubrir al culpable y de justificar al inocente.
—¿Y vuestra Biblia es la misma que la nuestra, estáis bien seguro, maese Marner? ¿La Biblia que trajisteis de aquella comarca es igual a la que tenemos en la iglesia y a la que le sirve a Eppie para aprender a leer?
—Sí—dijo Silas—; es de todo punto igual; y en la Biblia se «tira la suerte», no lo olvidéis—agregó en tono más bajo.
—¡Oh Dios mío! ¡Dios mío!—dijo Dolly con voz apesarada, como si recibiera malas noticias sobre el estado de un enfermo.
Después permaneció un rato silenciosa, y por último prosiguió:
—Hay gentes instruidas que quizás saben el fondo de todo esto. El pastor lo sabes estoy cierta; pero se necesitan grandes palabras para decir estas cosas, palabras que las gentes humildes no son capaces de comprender. Yo no puedo saber nunca exactamente el sentido de lo que oigo en la iglesia, a no ser el de algunas frases salteadas; pero, sin embargo, yo sé que son buenas palabras, estoy cierta. Lo que os pesa en él corazón, maese Marner, es esto; si Aquel que está en lo alto hubiera hecho su deber para con vos, no os habría dejado nunca arrojar como un ladrón perverso, siendo, como erais, inocente.
—¡Oh!—dijo Silas, que ahora había llegado a comprender la fraseología de Dolly—, eso fue lo que cayó sobre mí como un hierro rojo, porque ya lo veis, nadie me quería, nadie me tenía lástima ni en el cielo, ni en la tierra. Y aquel con quien había vivido diez años y más, desde que éramos niños y que lo compartíamos todo... mi amigo íntimo en quien yo tenía confianza, «alzó el pie contra mí y trabajó en mi ruina».
—¡Oh! pero era un malvado. No creo que haya otro que se le parezca—dijo Dolly—. Sin embargo, estoy muy perpleja, maese Marner; me parece que me acabo de despertar y que no sé si es de día o es de noche. Tengo, por decirlo así, la certidumbre de que se encontraría justicia en lo que os ha sucedido, si se pudiera descubrirla; así como a veces estoy segura de haber puesto una cosa en un sitio, aunque, no consiga dar con él. No teníais por qué desesperaros como lo hicisteis. Pero de esto hablaremos otra vez, porque hay cosas que se me ocurren cuando aplico cataplasmas o pongo sanguijuelas o alguna otra tarea parecida, cosas en que sería incapaz de pensar si estuviera tranquilamente sentada.