Chapter 2

Del mismo modo, con el socialismo se hará más extensa e intensa la cultura popular, desaparecerán los analfabetos, todo ingenio tendrá como desenvolverse y consolidarse libremente; pero no por eso desaparecerán los idiotas y los imbéciles por condición patológica hereditaria, {37} por más que también tenga benéfica influencia preventiva y alejadora sobre las degeneraciones congénitas (enfermedades comunes, delincuencia, locura, neurosis), la mejor organización económica y social, unida a la guía cada vez más clarovidente de la biología experimental, y por lo tanto de las más frecuentes abstenciones personales de procreación en los casos de enfermedad hereditaria.

Vale decir, en conclusión, que también en el régimen socialista —aunque en proporciones infinitamente menores— habrá siempre vencidos en la lucha por la vida, bajo la forma de débiles, de enfermos, de locos, de neuróticos, de delincuentes, de suicidas, y por consiguiente que el socialismo no niega la ley darwiniana.

Pero con la inmensa superioridad de que las formas epidémicas o endémicas de la degeneración humana, física y moral, serán completamente suprimidas con la eliminación de su fuente principal, que es la miseria física, y por lo tanto moral, de los más.

Así pues, aunque la lucha por la vida continúe siendo la eterna fuerza propulsora de la existencia social, se desenvolverá en formas cada vez menos brutales y más humanas o intelectuales, y por ideales cada vez más elevados, es decir, {38} de perfeccionamiento fisiológico y psíquico, sobre la base fecunda del pan cuotidiano para el cuerpo y para la mente, asegurado a todos los hombres.

* * *

A propósito de la «lucha por la vida» es preciso no olvidar otra ley del darwinismo natural y social, a la que algunos socialistas han dado excesiva y unilateral importancia, mientras que, por el contrario, muchos individualistas la han condenado a erróneo olvido: hablo de la ley de solidaridad entre los seres vivientes o de la misma especie, como entre los animales que viven en sociedad por la abundancia del común alimento (herbívoros) o también entre especies diversas, por ese fenómeno que los naturalistas llaman hoy de simbiosis, de acuerdo en la vida.

Es excesivo afirmar que en la naturaleza y en la sociedad la única ley imperante sea la lucha por la vida, como es excesivo decir que esa ley no rige para la humanidad. La verdad positiva es que la lucha por la vida es también ley eterna en el mundo humano, aunque se atenúe en las formas y se eleve en los ideales; pero al lado suyo, y más que ella, como determinante progresivamente eficaz de la evolución social, está la ley de la solidaridad o cooperación entre los seres vivientes.

{39} En las mismas sociedades animales, la ayuda mutua contra las fuerzas naturales adversas o contra especies vivas enemigas, tiene manifestaciones constantes y cada vez más intensas, que se desarrollan más en la especie humana, comenzando por las mismas tribus salvajes; y máxime en aquellas que, por condiciones favorables del ambiente, o sea por seguridad y abundancia de medios de subsistencia, presentan el tipo industrial o pacífico de sociedad humana, antes que el militar o batallador que demasiado predomina (justamente por la falta de seguridad e insuficiencia de los medios de vida) en la humanidad primitiva y en las fases de la civilización menor o regresiva; aunque, como lo ha demostrado Spencer, ese tipo tienda continuamente a ser sustituido por el tipo industrial.

Por eso, para permanecer en el mundo humano, mientras en los albores de la evolución social el predominio pertenece más a la ley de la lucha por la vida que a la ley de la solidaridad, a medida que la división del trabajo y por ella la connecesidad entre las partes crece en el organismo social, la lucha se atenúa y se transforma, y la ley de solidaridad y de cooperación adquiere un imperio progresivamente intenso y extenso. Y todo esto, siempre por la razón fundamental que {40} indicó Carlos Marx y que constituye su verdadero y grande descubrimiento científico, es decir, por la seguridad o inseguridad de las condiciones de existencia, y en primer término, entre ellas, la seguridad de la alimentación.

Tanto en la vida de un individuo como en la de varios individuos o de varias sociedades, puede comprobarse que cuando los medios de alimentación, base física de la existencia, están asegurados, la ley de solidaridad predomina sobre la de lucha, y viceversa. El infanticidio y el parricidio se consideran acciones no sólo lícitas sino debidas en el mundo salvaje, si la tribu vive en islas donde los alimentos escasean (Polinesia, etc.) y se convierten en acciones inmorales y delictuosas en los continentes donde el alimento es más abundante y seguro. Así del mundo actual, la falta de seguridad en el pan de cada día para la mayor parte de los hombres, recrudece y embrutece también las manifestaciones de la lucha por la vida, o de la «libre competencia» como dicen los individualistas.

Apenas la propiedad colectiva asegure a cada hombre las condiciones de existencia, prevalecerá indudablemente la ley de solidaridad.

Lo que hoy sucede en pequeño y por excepción en la familia que, mientras sus negocios {41} marchan bien y tiene asegurado el pan cuotidiano, se halla en perfecto acuerdo y pronta a la mutua benevolencia, para dejar que intervengan el desacuerdo y la lucha, apenas la miseria asoma, sucede también en grande en la sociedad entera, y sucederá como regla constante en cualquier mejor organización futura.

Tal será la conquista, y tal, lo repito, es la interpretación más completa y más fecunda que debe darse con el socialismo a las inexorables leyes naturales descubiertas por el darwinismo.

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La tercera y última objeción del raciocinio haeckeliano, mientras es exacta en sus términos técnicamente biológicos y darwinianos, carece de base en la aplicación que de ella quisiera hacerse en el campo social contra el socialismo.

Se dice: la lucha por la vida asegura la supervivencia de los mejores y de los más aptos, y sigue por lo tanto un procedimiento aristocrático de selección individualista antes que la democrática nivelación colectivista del socialismo.

Comencemos, una vez más, por precisar bien {42} en qué consiste la famosa selección natural, fruto innegable de la lucha por la vida.

La expresión repetida por Haeckel y por tantos otros de «supervivencia de los mejores y más aptos» debe ser corregida en el sentido de suprimir la palabramejores. Esto representa un resto de aquella teología por la cual se admitía en la naturaleza y en la historia un punto final a que alcanzar mediante un mejoramiento continuo.

Por el contrario el socialismo, y más aún la teoría de la evolución universal, ha excluido todofinalismodel pensamiento moderno y de la interpretación de los fenómenos naturales: la evolución comprende también la involución y la disolución. Puede ser, y es, que en el resultado final, comparando los dos extremos del camino de la humanidad, se halle que realmente hubo una mejoría poderosa; pero de cualquier manera, esta no va en línea recta ascendente, si no, como dice Goethe, siguiendo una espiral, con ritmos parciales de progreso y de regreso, de evolución y de disolución.

Cualquier ciclo de evolución, tanto en la vida individual como en la vida colectiva, lleva consigo los gérmenes del correspondiente ciclo de disolución; y viceversa, con la putrefacción de la {43} forma ya agotada, se prepara en el laboratorio cierno nuevas evoluciones y nuevas formas de vida.

Por eso en el mundo social humano cada fase de civilización lleva consigo y desarrolla siempre los gérmenes de su propia disolución, de la que evoluciona una nueva fase de civilización —cambiando más o menos de asiento geográfico— en el ritmo eterno de la humanidad viviente. Las antiguas civilizaciones hieráticas del Oriente se disuelven y resurgen en el mundo greco-romano, reemplazado después por la civilización feudal y aristocrática de la Europa Central, disuelta a su vez por los excesos a que había llegado, como las civilizaciones anteriores, la sucede la civilización burguesa, más desarrollada en el mundo anglo-sajón. Pero ésta siente ya los calofríos de la fiebre de disolución, mientras nace y evoluciona la civilización socialista, que se esparcirá en mayor extensión del mundo que cada una de las civilizaciones anteriores.

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No es, pues, exacto decir que la selección natural determinada por la lucha por la vida asegura la supervivencia de losmejores; la verdad es que asegura la supervivencia de los másaptos.

{44} Y la diferencia es grandísima, tanto en el darwinismo natural como en el social.

Indudablemente: la lucha por la vida determina la supervivencia de los individuos más adaptados al ambiente y al momento histórico en que viven.

Ahora bien, en el campo biológico natural, el libre juego de las fuerzas y de las condiciones cósmicas, determina precisamente una elevación de las formas vivas, desde el microbio al hombre.

En el campo humano, entretanto, de aquello que Spencer llama la cooperación superorgánica, la interferencia de otras fuerzas y de otras condiciones, determina a veces una selección al revés, disolutiva, que es siempre la supervivencia de los másaptosen un ambiente especial y en un momento histórico, pero que resiente justamente las condiciones viciadas —si lo son— de ese ambiente mismo.

Tal es la cuestión de las «selecciones naturales» que también interpretan inexactamente, de primera impresión, algunos socialistas y no socialistas, en el sentido de negar toda aplicabilidad de las teorías de Darwin a la sociedad humana.

Es sabido, en efecto, como se ha viciado la selección natural en la humanidad civil, con el {45} concurso de la selecciónmilitar,matrimonialy sobre todoeconómica.

El celibato que se impone hoy a los soldados, ejerce evidentemente una influencia perniciosa sobre la raza humana, porque deja en el hogar a los más débiles en la procreación, mientras expone a los jóvenes más sanos a la esterilidad transitoria, y, en las grandes ciudades, a los peligros de la sífilis, desgraciadamente no tan transitoria.

Así el matrimonio, perjudicado como está en la civilización presente por los intereses económicos, efectúa por regla general una selección sexual al revés, porque las mujeres defectuosas o degeneradas pero con buena dote, encuentran marido más fácilmente que las más robustas, del pueblo o burguesas, que están, sin dote, condenadas a esterilizarse en el celibato, o a perderse en la prostitución más o menos dorada.

En la vida social compleja es, pues, innegable la influencia de las actuales condiciones económicas, por las que el monopolio de la riqueza asegura a sus posesores el triunfo en la lucha por la vida, de tal modo que los ricos, aunque menos robustos, gozan de más larga existencia que los mal alimentados; mientras que por el trabajo inhumano, diurno y nocturno, impuesto a los hombres adultos y por el más desastroso {46} todavía que impone a las mujeres y a los niños el capitalismo moderno, se degradan cada vez más las condiciones biológicas de la gran masa de los proletarios.

A esto se agrega también ahora la selección moral al revés, por medio de la cual el capitalismo, en la lucha trabada con el proletariado, favorece la supervivencia de los serviles, mientras persigue y trata de extinguir a los individuos de carácter, menos dispuestos a soportar el juego de la actual organización económica.

La primera impresión determinada por la comprobación de estos hechos, conduce a negar que la ley darwiniana de la selección natural tenga aplicabilidad y valor alguno en el mundo humano.

Pero he sostenido y sostengo que esas selecciones sociales al revés, no sólo no contradicen la ley darwiniana, sino que constituyen un argumento ulterior en favor del socialismo, que, por ese lado, reclama precisamente, y determinará sin duda, un funcionamiento más benéfico de la misma ley inexorable de la selección natural.

En efecto, la ley darwiniana no es «la supervivencia de losmejores»; es solamente la de los «másaptos».

Ahora, es evidente que hasta los efectos {47} degenerativos producidos por la selección social, y especialmente por el más amplio campo de acción continua, en la organización económica actual, confirman hoy y siempre la supervivencia de los más adaptados a este mismo orden económico.

Si los vencedores en la lucha por la vida son los peores y los más débiles, no quiere decir que la ley darwiniana no encuentre aplicación; significa sólo que el ambiente está viciado, y en él, por lo tanto, sobreviven los que están más adaptados a él.

Así como en mis estudios de psicología criminal he tenido que comprobar muy a menudo que en las cárceles o en el mundo criminal quedan vencedores los delincuentes más feroces o más astutos, justamente porque son los másadaptadosa ese ambiente viciado; así en el individualismo económico moderno vence quien menos escrúpulos tiene, y la lucha por la vida favorece a quien está más adaptado a un mundo en que el hombre vale por lo que tiene (sin que importe cómo lo ha tenido) y no por lo que es.

La ley darwiniana de la selección funciona, pues, en el mundo humano también; y el error de los que lo niegan proviene de confundir el actual ambiente y momento histórico (que toma el {48} nombre deburguéscomo el de la edad media se llamófeudal) con la historia entera de la humanidad, y no ver por lo tanto, que los innegables y desastrosos efectos de la actual selección social al revés, no son más que la confirmación de la ley darwiniana de la «supervivencia de losmás aptos». La observación popular expresa ese hecho con el refrán dela botte da il vino che ha(la bota da el vino que tiene) y la observación científica lo explica con las necesarias relaciones biológicas entre un ambiente determinado y los individuos que nacen, luchan y sobreviven en él.

Pero esto, justamente, constituye un argumento decisivo en favor del socialismo. Salvándose el ambiente de los vicios que hoy lo enturbian a causa del desenfrenado individualismo económico, se corregirán también, necesariamente los efectos de la selección natural y social. En un ambiente física y moralmente sano, serán también sanos los individuos, más aptos y por lo mismo sobrevivientes.

La victoria en la lucha por la vida estará verdaderamente asegurada entonces a quien tenga mayores y más fecundas energías físicas y morales, y por lo tanto la organización económica colectivista, asegurando a cada hombre los {49} medios de subsistencia, deberá mejorar necesariamente la raza humana en lo físico y en lo moral.

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Pero se añade: aunque se admite que el socialismo y la selección darwiniana marchan de acuerdo ¿no se ve que la supervivencia de los más aptos constituye un procedimiento aristocrático individualista que va contra la nivelación socialista?

Tenemos la respuesta, por una parte en la observación hecha más atrás sobre la libertad asegurada por el socialismo a todos los individuos —y no sólo a pocos privilegiados o afortunados como ahora— para afianzar y desarrollar su propia personalidad. El efecto de la lucha por la vida será entonces, verdaderamente, la supervivencia de los mejores, justamente porque en un ambiente normal la victoria está asegurada a los individuos más normales. Y entonces el darwinismo social no hará sino continuar y hacer más fecundo en bienes el darwinismo natural.

Pero, por otra parte, y contra la afirmación de una indefinida selección aristocrática, es preciso recordar otra ley natural que viene a completar ese ritmo de acciones y reacciones que determina justamente el equilibrio de la vida.

Es necesario agregar a la ley darwiniana de {50} las desigualdades naturales, la correlativa e inseparable de ella, que después de Morel, Lucas, Galton, De Candolle, Ribot, Spencer, Madame Royer, Lombroso, etc., fue puesta en su mayor evidencia por Jacoby.

La misma naturaleza que hace de la «selección» y de la elevación aristocrática una condición de progreso vital, restablece en seguida el equilibrio con una ley niveladora y democrática.

«De la inmensidad humana surgen individuos, familias, razas que tienden a elevarse sobre el nivel común; trepan por las alturas escarpadas, llegan a la cumbre del poder, de la riqueza, de la inteligencia, del genio, y una vez llegados se precipitan abajo y desaparecen en los abismos de la locura o de la degeneración. La muerte es la gran niveladora; aniquilando todo cuanto se eleva, democratiza la humanidad».

Todo lo que tiende a constituir un monopolio de las fuerzas naturales, choca contra la ley suprema de la naturaleza que ha dado a todo viviente el uso y la disposición de los agentes naturales: el aire y la luz, como el agua y la tierra.

Todo lo que se aleja muy abajo o muy arriba del término medio humano —que varía elevándose de época en época, pero que tiene valor absoluto en cada momento histórico—, no es vivaz, y se apaga.

{51} Tanto el cretino como, el genio, el hambriento como el millonario, el enano como el gigante, son monstruos naturales o sociales, y la naturaleza los hiere inexorable con la degeneración o la esterilidad. Estirpes aristocráticas, dinastías de soberanos, familias de genios artísticos o científicos, prole de millonarios . . . todas siguen la ley común que viene a confirmar las inducciones, igualitarias en ese sentido, de la ciencia y del socialismo.

* * * * *

Así, pues, ninguna de las tres pretendidas contradicciones entre darwinismo y socialismo, afirmadas por Haeckel y repetidas por tantos otros, resiste a un examen más sereno y sincero de las leyes naturales que toman su nombre del de Carlos Darwin.

Pero quiero agregar que el darwinismo no sólo no contradice al socialismo, sino que más bien constituye una de sus premisas científicas fundamentales, como también, según lo veía acertadamente Virchow, que el socialismo no es, por una parte, más que la lógica y vivaz filiación del darwinismo, como por otra parte lo es del evolucionismo spenceriano.

* * *

{52} La teoría de Darwin, quiérase o no, al demostrar que el hombre desciende de los animales, ha dado un grave golpe a la creencia en Dios, creador del universo y del hombre con unfiatespecial. Y es por eso que las más encarnizadas oposiciones y las únicas que sobreviven contra su inducción fundamental, han sido y son promovidas en nombre de la religión.

Cierto es que Darwin no se dice ateo y que no lo es Spencer; y en rigor, tanto la teoría de Darwin como la de Spencer pueden conciliarse con la creencia en Dios, porque se puede admitir que Dios haya creado la materia y la fuerza, y éstas se hayan desenvuelto luego en formas sucesivas, siguiendo el impulso creador inicial. Pero es innegable, sin embargo, que esas teorías que han hecho cada vez más inflexible y universal la idea de la causalidad natural, caen inevitablemente a la negación de Dios, porque contra esa idea queda siempre la pregunta de: —Y a Dios ¿quién lo ha creado? —Y a la respuesta de expediente de que Dios ha existido siempre, se le opone la misma, diciendo que siempre ha existido el universo. —Según la observación de Ardigó, el pensamiento humano no puede concebir que la cadena que va de los efectos a las causas pueda detenerse en un punto dado convencional.

{53} Dios, como decía Laplace, es una hipótesis de que no ha menester la ciencia positiva y que, cuando más, según Herzen, es una X que resume en sí, no ya loincognoscible—como dicen Spencer y Dubois-Reymond— sino todolo que no es conocido todavíapor la humanidad. Y es, por lo tanto, una X variable, que se restringe y retrocede a medida que avanzan los descubrimientos de la ciencia.

Y he ahí por qué la ciencia y la religión proceden en razón inversa, la una debilitándose y atrofiándose tanto cuanto la otra se extiende y refuerza en la lucha contra lo desconocido.

Ahora bien, si éste es uno de los efectos del darwinismo, es evidentísima su repercusión sobre el desarrollo del socialismo.

Suprimida la fe en ultratumba, donde los pobres serían los elegidos del Señor, y la miseria de este «valle de lágrimas» encontraría eterna compensación en el paraíso, es natural que se reavive el deseo de un poco de «paraíso terrestre» también para los miserables y los menos afortunados, que son los más sobre la Tierra.

También fuera del socialismo, Hartmann y Guyau han notado que la evolución de las creencias religiosas se realiza en el sentido de {54} que mientras todas las religiones tienen en sí la promesa de la felicidad, las primitivas admiten la realización de esa felicidad en la vida misma del individuo, de donde las sucesivas la transportaron por exceso de reacción, a ultratumba, y en la fase definitiva esa realización de la felicidad se repone nuevamente en la vida humana, pero no ya en el breve instante de la existencia individual, sino en la permanente evolución de la humanidad entera.

Así, pues, el socialismo también por este lado, se acerca a la evolución religiosa y tiende a sustituirla, porque justamente quiere que la humanidad tenga en sí misma el «paraíso terrestre» sin esperarlo en unmás alláque, cuando menos, es muy problemático.

Y he ahí por qué muchos han notado que el movimiento socialista tiene, por ejemplo, muchos caracteres semejantes a los del primitivo cristianismo, hasta por el ardor de la fe en el que ha desertado del árido campo del escepticismo burgués: tanto que varios hombres de ciencia, hasta no socialistas, como Wallace, Laveleye, De Roberty etc., admiten que el socialismo puede sustituir perfectamente con su fe humanitaria la fe ultraterrestre de las viejas religiones.

Pero las relaciones más directas y eficaces son {55} siempre, sin embargo, las que existen entre el socialismo y la creencia en Dios.

Cierto es que el socialismo marxista, después del Congreso de los socialistas en Erfurt (1891) declara justamente que las creencias religiosas son asunto de la conciencia privada, y que por lo tanto el partido socialista combate toda forma de intolerancia religiosa, sea contra católicos, sea contra judíos, como yo sostuve también en un artículo contra elantisemitismo. Pero esa superioridad de miras no es, en substancia, más que el efecto de la seguridad de la victoria final.

Justamente porque el socialismo sabe y prevé que las creencias religiosas, si no como fenómenos patológicos de la psicología humana, como las calificó Serbi, seguramente como inútiles fenómenos de incrustación moral, están destinadas a atrofiarse ante la divulgación de la cultura naturalista, aunque sólo sea elemental; justamente por eso el socialismo no siente la necesidad de combatir de una manera especial las mismas creencias religiosas, destinadas a perecer. Y eso aunque sepa que una de las fuerzas más poderosas en favor suyo, es justamente la falta o la disminución de la creencia en Dios, por medio de la cual los sacerdotes de todas las religiones y en todas las fases históricas, han sido los más {56} fuertes aliados de las clases dominantes, al mantener a las turbas subyugadas por la fascinación religiosa, como las fieras bajo el látigo del domador.

Y he ahí por qué los conservadores más clarovidentes, aunque sean ateos por su cuenta, lamentan que el sentimiento religioso —ese narcótico preciocísimo— vaya decayendo entre las masas, entendiéndolo ellos, utilitaria y farisaicamente (aunque no lo digan) como un instrumento de dominación política.

Desgraciadamente, sin embargo, —o afortunadamente— el sentimiento religioso no puede restablecerse por decreto de rey ni de presidente de república. Se va extinguiendo, no por culpa de éste o del otro, y sin necesidad de propaganda especial, porque está en el aire que respiramos —preñado de inducciones científicas experimentales— que no encuentre ya las condiciones de existencia que hallaba tan favorables en la ignorancia mística de los siglos pasados.

Y queda así demostrada la directa influencia de la ciencia positiva moderna —que sustituye el concepto de la causalidad natural al del milagro y de la divinidad—, en el desarrollo rapidísimo y en las bases experimentales del socialismo contemporáneo.

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{57}

El segundo punto que demuestra la filiación directa del socialismo científico del darwinismo, está en el diverso modo de concebir al individuo con relación a la especie.

El siglo XVIII se cerraba con la glorificación exclusiva del individuo, delhombre—como entidad por sí estante— y no era, en las obras de Rousseau, más que un benéfico exceso de reacción contra las tiranías política y sacerdotal de la Edad Media.

Es consecuencia directa de este individualismo, el artificialismo político de que he de ocuparme en seguida, al estudiar las relaciones de la teoría de la evolución con el socialismo, y que es común tanto a los gobernantes del sistema burgués cuanto a los anarquistas individualistas, desde que unos y otros creen que la organización social puede cambiarse de hoy a mañana por el golpe mágico de un artículo de ley o por la explosión más o menos homicida de una bomba.

Por el contrario, la biología moderna ha cambiado radicalmente ese concepto delindividuoy ha demostrado en su campo y en el de la {58} sociología que, por una parte, el individuo no es más que el conjunto de elementos vitales más simples, y por otra parte que el individuo por sí estante (selbstwesendirían los alemanes) no existe, sino que existe sólo en cuanto es parte de una sociedad (gliedwesen).

Todo lo que vive es una asociación; una colectividad.

La mismamónada, la misma célula viviente, que es la expresión irreductible de la individualidad biológica, es un compuesto de diversas partes, cada una de las cuales, a su vez, está compuesta de moléculas, que están compuestas de átomos.

El átomo sólo existe como individuo, pero el átomo es invisible e impalpable, y el átomo no vive.

Todo cuanto vive es una asociación, una colectividad.

Y a medida que se asciende en la serie zoológica hasta el hombre, aumenta más y más la complexidad del compuesto, la federación de las partes.

Porque así como a la metafísica del individualismo corresponde el artificialismo jacobino, unificador y uniformador, así a lapositividaddel socialismo corresponde el concepto del federalismo nacional e internacional.

{59} Como el organismo de un mamífero no es más que una federación de tejidos, de órganos, de aparatos, el organismo de una sociedad no puede ser sino una federación de comunas, de provincias, de regiones, y el organismo de la humanidad una federación de naciones.

Y como sería absurdo concebir un mamífero que debiera mover por ejemplo la cabeza uniformemente con las extremidades y éstas todas juntas, así también es absurda una organización política y administrativa en la que, por ejemplo, la última provincia del norte o de la montaña, debiese tenerlos mismos engranajes burocráticos, la misma red de leyes, los mismos movimientos de la última provincia del sur o de la llanura, por amor a la simétrica uniformidad que es la expresión patológica de la unidad.

Dejando de lado estas consideraciones políticas —según las cuales, como he dicho en otra parte, la única organización posible para Italia como para cualquier otro país, me parece ser la unidad política en el federalismo administrativo—, queda evidenciado que al final del siglo XIX, el individuo como entidad estante por sí, se encuentra destronado en el campo de la biología y en el de la sociología.

{60} El individuo existe; pero sólo en cuanto forma parte de un compuesto social.

Robinson Crusoe —la genuina expresión del individualismo— no puede ser sino una leyenda o un caso patológico.

La especie —esto es, el compuesto social— es la grande, viva y eterna realidad de la vida, como lo ha demostrado el socialismo y como lo confirman todas las ciencias positivas, desde la astronomía hasta la sociología.

Así, mientras al final del siglo XVIII Rousseau decía que sólo el individuo existe, y que la sociedad es un producto artificial del «contrato», y añadía —atribuyendo (como antes Aristóteles al hablar de la esclavitud) carácter humano permanente a las manifestaciones transitorias del momento histórico de putrefacción del antiguo régimen en que él vivió— que la causa de todos los males era la sociedad, pues todos los individuos nacían buenos e iguales; así, por el contrario, al fin del siglo XIX todas las ciencias positivas están acordes en decir que la sociedad, el compuesto, es un hecho natural e invencible de la vida, así en las especies vegetales como en las animales, desde las primeras «colonias animales» (zoófitos), hasta la sociedad de las mamíferos (herbívoros) y del hombre.

{61} Y todo aquello que el individuo tiene de mejor en sí, lo debe justamente a la vida social, por cuanto cada fase de evolución está caracterizada por condiciones patológicas y finales de putrefacción social que son, sin embargo, esencialmente transitorias y preludian fatalmente un nuevo ciclo de renovación social.

Si el individuo pudiera vivir como tal, viviría obedeciendo a una sola de las dos necesidades e instintos fundamentales de la existencia: la alimentación —esto es, la conservación egoísta del organismo propio, mediante esa primordial función que ya Aristóteles señalaba con el nombre dectesis—, de conquista de la comida.

Pero todo individuo debe vivir en sociedad, justamente porque se le impone la segunda necesidad e instinto fundamental de la vida, la reproducción de seres semejantes a él, para conservación de la especie, y de esa vida de relación y reproducción (sexual y social) es que nace precisamente el sentido moral o social, por el cual aprende el individuo no solo aexistirsino acoexistircon sus semejantes.

Puede decirse, pues, que estos dos instintos fundamentales de la vida —pan y amor— llenan una función de equilibrio social en la vida de los animales, y especialmente del hombre.

{62} El amor es, para el mayor número de los hombres, la principal dispersión fisiológica y primera de las fuerzas acumuladas, más o menos abundantes, con el pan cuotidiano, y economizadas en la diaria labor, o que han quedado intactas en la parasitaria ociosidad.

El amor es el único goce que tenga verdaderamente carácter universal e igualitario, tanto que el pueblo lo llama «el paraíso de los pobres», que, precisamente, son empujados por la religión a gozar de él sin limitación alguna —crescite et multiplicamini— porque el agotamiento erótico, sobre todo en el macho, mientras aminora o hace olvidar las torturas del trabajo o del hambre servil, enerva también la energía de la constante organización, y tiene por lo tanto una función útil a la clase dirigente.

Sin embargo, así como a este efecto del instinto sexual corresponde ineludiblemente el otro, de aumento de población, así la inmovilización de un orden social dado, es frustrada justamente por la presión de la población que en nuestro siglo se acentúa por el fenómeno característico delproletariado, y la evolución social procede por lo tanto, inexonerable y fatal.

Volviendo al argumento: de todas maneras es innegable que, mientras al final del siglo XVIII {63} se creía que la sociedad era hecha para el individuo —y de esto podría derivar como repercusión imprevista quizás, que millones de hombres pudiesen y debiesen vivir trabajando y sufriendo a beneficio de unos pocos individuos—, al fin del nuestro las ciencias positivas han demostrado que es el individuo el que vive para la especie, siendo ésta sola la realidad eterna de la vida.

De donde brota evidente toda la dirección del pensamiento científico moderno en el sentido sociológico o socialista, contra el exagerado individualismo, que dejó como herencia el siglo pasado.

Es verdad que la biología demuestra que no debe caerse en el opuesto extremo —en que caen algunas escuelas de socialismo utópico y de comunismo— de no ver después más que la sociedad, para olvidar completamente al individuo. En efecto, es otra ley biológica que la existencia del compuesto es la resultante de la vida de todos los individuos, como la existencia de un individuo es la resultante de la vida de las células de que se compone.

Pero de todas maneras queda demostrado que el socialismo científico que señala el fin de nuestro siglo y será el alba del siglo XX, está en acuerdo perfecto con la dirección del {64} pensamiento moderno, hasta en el punto fundamental del predominio dado a las exigencias vitales de la solidaridad colectiva y social, ante las exageraciones dogmáticas del individualismo, que señala un poderoso y fecundo despertar a fines del siglo pasado, pero que a través de las manifestaciones patológicas de la desenfrenada competencia, toca fatalmente a la explosión «libertista» del anarquismo que predica la acción individual con olvido completo de la solidaridad social y humana.

Y así es como se llega al último punto de contacto y de íntima conexión entre darwinismo y socialismo.

* * * * *

El darwinismo ha demostrado que todo el mecanismo de la evolución animal, consiste en la lucha por la vida entre individuo e individuo de una misma especie, por una parte, y entre especie y especie en el mundo entero de los vivientes por otra.

Así, todo el mecanismo de la evolución social fue reducido por el socialismo marxista a la ley de lalucha de clase, concentrando en ella no sólo {65} la atención como secreto motor y única explicación positiva de la historia humana, sino también el ideal y la rígida norma disciplinaria del socialismo político, substrayéndolo así a todas las incertidumbres elásticas, vaporosas e inconcluyentes del socialismo sentimental.

La historia de la vida animal no ha encontrado su explicación positiva sino en la gran ley darwiniana de lalucha por la vida—por la que solamente se pueden determinar las causas naturales del nacimiento, el desarrollo y la extinción de las especies vegetales y animales, desde las épocas paleontológicas hasta hoy—. Así, la historia de la vida humana no ha encontrado su explicación sino en la gran ley marxista de lalucha de clase, para la que los anales de la humanidad primitiva, bárbara y civilizada, dejan de ser un caprichoso y superficial kaleidoscopio de episodios individuales, para convertirse en un drama determinado, grandioso y fatal —consciente o inconscientemente, tanto en los detalles nimios cuanto en las catástrofes gigantescas— por el motor fatal de lascondiciones económicasque son la base física y por consiguiente imprescindible de la vida y de lalucha de clasepor la conquista y conservación de la fuerza económica de que, necesariamente, dependen {66} todas las demás (la fuerza político-jurídico-social).

De este grandioso concepto, que constituye la gloria imperecedera de Carlos Marx —y le señalan en la sociología el puesto que Darwin tiene en la biología y Spencer en la filosofía natural— tendré ocasión de hablar más adelante, al delinear las relaciones que existen entre la sociología y el socialismo.

Por ahora me basta con señalar otra concordancia entre darwinismo y socialismo, consistente en que mientras la expresiónlucha de clasepuede causar una primera impresión de antipatía (que hasta yo confieso haber tenido cuando no había comprendido aún el espíritu científico de las teorías marxistas) encierra, entretanto, en su verdadero significado, la ley primera de la historia humana, y puede por consiguiente ser, ella sola la norma segura para el advenimiento de la nueva fase de evolución humana que el socialismo prevé y apresura.

Lucha de clase quiere decir que la sociedad humana, como cualquiera otro organismo viviente, no es un todo homogéneo, la suma indistinta de un número más o menos grande de individuos, sino por el contrario un organismo viviente, resultante de la agregación de partes {67} diversas y cada vez más diversas, cuanto más alto es el grado de la evolución social.

Así como un protozoo está casi solamente compuesto de gelatina albuminosa, mientras un mamífero está formado por tejidos diversísimos entre sí; así una tribu acéfala de los salvajes más primitivos está solamente compuesta de pocas familias que viven más bien en agregación de pura vecindad material, mientras que una sociedad privilegiada del mundo histórico o contemporáneo se compone de clases diversas entre sí, sea por la constitución fisio-psíquica de los mismos componentes, sea por lo complejo de las costumbres y de las tendencias de su existencia personal, familiar y social.

Estas clases diversas pueden ser rígidamente catalogadas como en la antigua India desde elbraminoalsudra, y también en la Europa de la Edad Media, desde el emperador o el pontífice al feudatario, al vasallo, al artesano; de tal modo que no sea admitido entre una y otra clase el cambio de los individuos que por sólo el azar del nacimiento le pertenecen; o que pueden perder la etiqueta legal, como sucede en Europa y América después de la Revolución Francesa, y admitir por lo tanto, como rara excepción, el cambio y el pase de los individuos de una a otra —como las {68} moléculas químicas en los fenómenos de exósmosis y de endósmosis, o según la expresión de Dumont, por un fenómeno de «capilaridad social»—. Pero siempre, de todos modos, esas varias clases existen como realidad innegable y rebelde a toda nivelación de superficie jurídica, por cuanto persiste la razón fundamental de su variedad.

Carlos Marx es quien, más lúcidamente que cualquier otro, ha indicado, comprobado y confirmado esta razón en el crisol de la observación sociológica, por la diversidad de las condiciones económicas.

Variarán los nombres, las apariencias, los fenómenos de repercusión en cada fase de evolución social, pero siempre el fondo trágico de la vida humana estará en el contraste que existe entre quien tiene el monopolio de los medios de producción —y son los menos— y quien, por el contrario, está desposeído de ellos —y son los más—.

Guerreros y pastores, en la sociedad primitiva, apenas realizada la apropiación, primero familiar y luego individual, de la tierra bajo el colectivismo inicial;patricios y plebeyos;feudales y vasallos;nobles y pecheros;burgueses y proletarios. . . todas estas son indicaciones diversas de un hecho idéntico: el monopolio de la riqueza de un lado, el trabajo productor del otro.

{69} Ahora bien, la gran importancia de la ley marxista —lucha de clase— consiste precisamente en indicar con evidente precisiónen quéestá verdaderamente el punto vital de la cuestión social, ypor qué métodose puede arribar a resolverla.

Mientras la base económica de la vida política, jurídica y moral no se asentó con evidencia positiva, las aspiraciones de los más hacia un mejoramiento social vagaron inciertas entre la reclamación y la conquista parcial de algún instrumentoaccesorio, como libertad de culto, sufragio político, instrucción pública, etc., etc. Y no se niega que tales conquistas hayan sido de grande utilidad.

Pero elsancta sanctorumpermanecía impenetrable siempre a los ojos de la multitud, y el poder económico, al persistir como el privilegio de los menos, hacía que cualquier conquista o concesión quedara edificada en el aire, sin raíces, arrancada del cimiento sólido y fecundo, único que puede dar vida y fuerza perennes.

Ahora que el socialismo —aun antes que Marx, pero no con tanta precisión científica— ha señalado en la apropiación individual, en la propiedad privada, de la tierra y de los medios de producción, el punto vital de la cuestión: ahora el {70} problema está planteado, preciso, claro, inexorable en la conciencia de la humanidad contemporánea.

* * *

¿Cuál es el método de abolir este monopolio del poder económico y su consiguiente serie de dolores, de males, de odios y de iniquidad?

Aquí está el método de lalucha de claseque partiendo del dato positivo de que toda clase tiende a conservar y acrecentar las ventajas y privilegios conquistados, enseña a la clase privada del poder económico, que para llegar a obtenerlo, la lucha (y de las modalidades de esta lucha nos ocuparemos en seguida) debe ser de clase a clase, no de persona a persona.

Odiar, ultrajar, suprimir a este o aquel individuo que pertenece a la clase dominante, no hace adelantar un segundo la solución del problema, y antes bien la retarda por la reacción del sentimiento común contra la violencia personal, desde que ofende el principio derespeto a la persona humanaque el socialismo proclama bien alto para todos y contra todos. Y no coopera a la solución del problema, porque la anormal condición presente (que se ha hecho más aguda), miseria de muchos y satisfacción de pocos, no es efecto de la mala voluntad de este o aquel individuo.

{71} Hasta por ese lado, en efecto, el socialismo está en pleno y completo acuerdo con la ciencia positiva que niega el libre albedrío en el hombre y estudia la actividad humana, individual y colectiva, como el efecto necesariamente determinado por las condiciones de raza y de ambiente.

El delito, el suicidio, la locura, la miseria, no son el fruto del libre albedrío, de la culpa individual, como predica el espiritualismo metafísico; ni es fruto del libre albedrío ni culpa individual del capitalista, si el obrero está mal retribuido, sin trabajo, en la miseria.

Todo fenómeno social es la resultante necesaria de las condiciones históricas y del ambiente; y en el mundo moderno, la facilidad y la frecuencia de las relaciones por todas partes de la tierra, ha hecho más estrecha la dependencia de cada hecho —económico, político, jurídico, moral, artístico o científico— de las condiciones más lejanas y más indirectas de la vida universal.

Dada la organización actual de la propiedad privada, sin limitación de herencia familiar y de acumulación personal; dada la continua y cada vez más completa aplicación de los descubrimientos científicos al trabajo humano de transformación de la materia; dado el telégrafo y el vapor; dado el torrente cada vez más {72} desbordante de las migraciones humanas, es inevitable que la existencia de una familia de labradores, de operarios, o de pequeños comerciantes, etc., ligada a los hilos invisibles pero inexorables de la vida del mundo, por los que la cosecha del algodón, del café o del trigo en los países más lejanos, repercute por todas partes del mundo civil, así como el aumento o la diminución de las manchas solares es un coeficiente de las periódicas crisis agrícolas, e influye directamente sobre el destino de millones de hombres.

En este grandioso concepto científico de la «unidad de las fuerzas físicas», según la expresión del padre Secchi, o de la solidaridad universal ¿cómo puede admitirse aún el concepto mezquino e infantil del libre albedrío y del individuo como causa de los fenómenos humanos?

Si un socialista tuviese la idea —aun con miras de beneficencia— de fundar un taller industrial para dar trabajo a los desocupados, y produjese un artículo abandonado por la moda o por la necesidad del consumo general, se vería evidentemente obligado a quebrar, a pesar de sus intenciones filantrópicas, por el decreto mudo pero inevitable de las leyes económicas.

O si un socialista quisiese dar a los obreros de su establecimiento un salario doble o triple {73} que el corriente, tendría sin duda alguna la misma suerte, por la misma inexorable aplicación de las leyes económicas, porque tendría que vender sus mercaderías con pérdida, o que guardarlas en sus almacenes, sin venderlas mientras su precio —en igualdad de clase— fuese superior al del mercado.

Se vería reducido a la quiebra, y el mundo no le daría otro consuelo que llamarloun buen hombre, palabra que en la actual fase de «moralidad mercantil» tiene doble sentido.

Aparte, pues, de las relaciones personales más o menos cordiales entre capitalista y obrero, su respectiva condición económica está fatalmente determinada por la ley delsupertrabajocon la que Marx explica irrefutablemente cómo el capitalista puede acumular riquezas sin trabajar, sólo porque el obrero produce en cada jornada de trabajo un equivalente de riqueza superior al salario recibido, demasía de producto que naturalmente va a beneficio gratuito del capitalista, aun cuando se le quisiese deducir el salario de un trabajo suyo intelectual de dirección técnica y administrativa.

La tierra abandonada al sol y a la lluvia, no produce por sí sola ni trigo ni vino. Los minerales no salen por sí solos de las entrañas de la tierra.

{74} La producción de la riqueza no se efectúa sino por una transformación de la materia trabajada por la labor humana. Y sólo porque el campesino cultiva la tierra, el minero extrae los minerales, el obrero mueve las máquinas, el químico hace experimentos en su gabinete, el ingeniero inventa etc., etc., es que el propietario o el capitalista, sin haber hecho nada para heredar su patrimonio, y sin fatiga alguna si permaneceausentede su propiedad, puede tener cada año asegurado un producto que otros producen para él a cambio de pan escaso y miserable vivienda, envenenados las más de las veces por los miasmas de los arrozales o de los pantanos, por el gas de las minas o de los talleres, sin lograr nunca una existencia digna de criaturas humanas.

Y hasta en el régimen de la perfecta medianería —que se muestra como una fórmula de socialismo práctico— queda siempre que preguntar por qué milagro el propietario, que no trabaja, ve llegar a su casa el trigo, el aceite y el vino en cantidad suficiente para vivir con comodidad, mientras que el medianero da cada día su trabajo para arrancar a la Madre Tierra el alimento para sí y para los otros.

Lo que hay de menos doloroso en la {75} medianería es la seguridad tranquila de llegar a fin de año sin los espasmos de la desocupación a que están condenados los trabajadores adventicios de la campaña y de la ciudad. Pero, en substancia, el problema queda sin alteración y siempre hay uno que vive bien sin trabajar, porque diez viven mal, trabajando.

Tal es el engranaje de la propiedad privada y tales sus efectos, fuera y contra la misma voluntad de los individuos.

Así, resulta vana y estéril toda tentativa contra este o aquel individuo: lo que hay que cambiar es la orientación de la sociedad, lo que hay que abolir es la propiedad individual, no con larepartición, como vulgarmente se dice, y que sería forma más aguda y más mezquina de propiedad privada, mientras que un año después, persistiendo esa orientación individualista, se volvería alstatu quo, sólo en beneficio de los más pillos y de los menos escrupulosos.

Pero la abolición de la propiedad privada o individual, sustituyéndola la propiedad colectiva y social de la tierra y de los medios de producción; sustitución que, por otra parte, mientras no puede hacerse por decreto, de hoy a mañana, como algunos nos acusan de querer, se va realizando de día en día, de hora en hora en forma directa y en forma indirecta.

{76} En forma directa: porque la civilización señala una continua sustitución de propiedades y funciones sociales, a las que antes eran propiedades y funciones individuales. Los caminos, los correos, los ferrocarriles, los museos, la iluminación urbana, la instrucción, etc., etc., que hasta hace pocas decenas de años eran propiedades o funciones privadas, se han hecho propiedades o funciones sociales; y sería absurdo pensar que este procedimiento directo de socialización deba detenerse justamente ahora, en vez de acelerarse progresivamente, como se va acelerando todo en la vida moderna.

En forma indirecta: como último efecto del individualismo económico que tomó el nombre deburgués, de los bravos lugareños que en la Edad Media vivían en los burgos sometidos al castillo feudal y a la iglesia parroquial —símbolos de la clase entonces dominante— y que preparados por un trabajo fecundo y consciente y por las condiciones históricas que cambiaron la orientación económica del mundo (como el descubrimiento de América) hicieron su revolución al final del siglo XVIII, conquistando con ella el poder, y escribiendo páginas de oro en la historia del mundo civil con las epopeyas nacionales y con los milagros de la ciencia aplicada a la industria . . . {77} pero que describen ahora la parábola descendente y presentan síntomas evidentes de una disolución sin la cual, por otra parte, no sería posible la inauguración de una nueva fase social.

El individualismo económico, llevado a sus últimas consecuencias, determina necesariamente la centralización progresiva de la propiedad en un número cada vez más restringido de personas. El «millonario» es palabra nueva, propia del siglo XIX, y expresa en proporciones más evidentes este fenómeno que George reducía a la ley histórica del individualismo económico, por la cual los ricos se hacen cada vez más ricos, y los pobres más pobres.

Ahora, es evidente que cuanto más restringido es el número de los detentadores de la tierra y de los medios de producción, tanto más fácil se hace su sustitución —con o sin indemnización personal— por parte de un solo propietario que es la sociedad y que no puede ser más que ella.

La tierra es la base física del organismo social. Es, por lo tanto, absurdo que pertenezca a pocos individuos y no a toda la colectividad social, como sería absurdo que perteneciese al monopolio de pocos propietarios, el aire que respiramos.

Y esta es la intención suprema del socialismo.

{78} Pero, es evidente que no se puede llegar a eso, tomando como punto de mira a este o aquel propietario, a este o aquel capitalista.

Ese es también un medio individualista de lucha, que está destinado a permanecer estéril o que por lo menos exige un desparramo inmenso de fuerzas para obtener escasos resultados parciales y provisionales.

Por eso es que cuando veo a los hombres políticos afanarse con protestas diarias o anecdóticas, en una lucha personalista —a la que, por otra parte, las asambleas y el público se acostumbran y amoldan por su misma monótona continuidad—, me parece ver a un higienista extravagante que quisiera hacer habitable un pantano, matando a tiros y uno por uno los mosquitos, en vez de proponerse como método y objetivo, el completo saneamiento de toda la zona miasmática . . .

¡Nada, pues, de luchas o violencias personales! Lucha de clase, en el sentido de dar a la inmensa clase de los trabajadores de cualquier arte o profesión, la conciencia de estas verdades fundamentales y por lo tanto de sus propios intereses de clase, contrapuestos a los intereses de la clase que retiene el poder económico, para llegar con la organización consciente a la conquista {79} de ese poder económico, por medio de los demás poderes públicos que la civilización actual ha asegurado a los pueblos libres.

Aunque pueda preverse que la clase dominante de todos los países, antes de ceder restringirá las libertades públicas que para ella eran inocuas cuando las usaban los trabajadores no constituidos en partido de clase, sino distraídos o hipnotizados en seguimiento de otros partidos políticos, tan radicales en las cuestiones accesorias cuanto profundamente conservadores en la cuestión fundamental de la organización económica y de la propiedad.

Lucha de clase, pues. Lucha de clase a clase.

Y lucha, se comprende, con los métodos de que hablaré en seguida, al ocuparme de los cuatro modos de transformación social: evolución, revolución, rebelión, violencia personal.

Pero, entretanto, lucha de clase en el sentido darwiniano, repitiéndose en la historia humana el drama grandioso de la lucha por la vida entre especie y especie, sin relajarse en el pugilato salvaje e insignificante de individuo a individuo.

* * *

Detengámonos en este punto, aunque el mismo argumento de las relaciones entre darwinismo y {80} socialismo podría ir más lejos, siempre en el sentido de eliminar toda pretendida contradicción entre una y otra corriente del pensamiento científico moderno, y de confirmar, por el contrario, el más íntimo, natural e indisoluble acuerdo.

Por eso, la aguda previsión de Virchow responde exactamente al paralelo histórico de Juan Jacoby.

«En el mismo año en que apareció el libro de Darwin (1859), de una dirección enteramente distinta hacia el mismo objetivo, dábase empuje a un importantísimo desarrollo de la ciencia social, por medio de un trabajo que permaneció mucho tiempo desconocido, trabajo que tiene por títuloCrítica de la economía política, por Carlos Marx, y que fue precursor de la obraEl capital.

»Lo que el libro de Darwin sobre elOrigen de las especieses para el génesis y la evolución de la naturaleza inconsciente llegando hasta el hombre, lo es la obra de Marx para el génesis y la evolución de la comunidad de los individuos humanos, de las naciones y de las formas sociales de la humanidad».

Y he ahí por qué la Alemania contemporánea, que ha sido el campo más fecundo para el desarrollo de las teorías darwinianas, lo es también {81} para la propaganda consciente, disciplinada, inconmovible, de las ideas socialistas.

Y he ahí por qué, justamente, en Berlín, en las vidrieras de las librerías de propaganda socialista, las obras de Carlos Darwin tienen su puesto de honor junto a las de Carlos Marx.

{83}

{85}

Aun ante la teoría de la evolución universal que —fuera de este o aquel detalle más o menos discutible— representa verdaderamente la orientación vital del pensamiento científico moderno, se ha creído razonable afirmar que contradice substancialmente las teorías y los ideales prácticos del socialismo.

Pero aquí hay error evidente.

Si por socialismo se entiende esa complicación fluctuante de aspiraciones sentimentales que muchas veces se ha cristalizado en las utópicas creaciones artificiales de un nuevo mundo humano, que por un golpe de varita mágica debía sustituir de un día para otro al viejo mundo en que vivimos, entonces es perfectamente cierto que la teoría científica de la evolución condena los prejuicios y las ilusiones del artificialismo político, reaccionario o revolucionario, pero romántico siempre.

{86} Pero la desgracia de nuestros adversarios está en que el socialismo actual es muy diferente del que precedió a la obra de Marx: y fuera del sentimiento animador de protestas contra las iniquidades presentes y de la aspiración de un porvenir mejor, nada tiene de común con aquel en su estructura lógica y en sus mismas inducciones, sino la visión clara, matemáticamente exacta, (en fuerza justamente de las teorías de la evolución) de la final organización social, basada en la propiedad colectiva de la tierra y de los medios de producción.

Esto se hará evidente en el examen de las tres pretendidas contradicciones principales que, según se afirma, existen entre el socialismo y el evolucionismo científico.

Entretanto es imposible no ver, desde ahora, la filiación directa del socialismo marxista, también, del evolucionismo científico, cuando se piensa que aquél no es, justamente, más que la aplicación lógica y consecuente de la teoría evolucionista en el campo económico.

* * * * *

{87}

En resumen ¿qué dice el socialismo? Que el mundo económico presente no puede ser inmutable y eterno, sino que por el contrario representa una fase transitoria de la evolución social, a la que debe suceder una fase ulterior y un mundo diferentemente organizado.

Que esta diversa organización venidera deba realizarse en sentido colectivista o socialista —o también individualista— es lo que resulta como conclusión última y positiva del estudio ya hecho sobre las relaciones entre darwinismo y socialismo.

Entretanto es necesario establecer aquí, que esa afirmación fundamental del socialismo —fuera de los detalles de la futura organización social de que hablaré más adelante— es coherente con la teoría experimental del evolucionismo.

¿Cuál es, pues, la contradicción substancial entre la economía política ortodoxa y el socialismo? Esto: que la economía política ha sostenido y sostiene que las leyes económicas por ella analizadas e ilustradas acerca de la producción y la {88} distribución de la riqueza sonleyes naturales. . . no, sin embargo, en el sentido de que sean leyes determinadas naturalmente por las condiciones del organismo social (lo que sería exacto) sino en el sentido de que sonleyes absolutas, es decir propias de toda la humanidad en todo tiempo y lugar, y por consiguiente inmutables en sus puntos principales aunque susceptibles de modificaciones parciales y accesorias en sus expresiones de detalle.

El socialismo científico sostiene, por el contrario, que las leyes establecidas por la economía política clásica, desde Adam Smith en adelante, son leyes propias del actual momento histórico de la humanidad civil, y que por lo tanto son leyes esencialmenterelativasal instante en que fueron analizadas, y como ya no responden a la realidad de las cosas si se quieren hacer extensivas, por ejemplo, a la remota antigüedad histórica y más aún a los tiempos prehistóricos, no pueden representar una inmutable petrificación del porvenir social.

Ahora, de estas dos tesis fundamentales, la tesis ortodoxa y la tesis socialista ¿cuál es la más acorde con la teoría científica de la evolución universal?

La respuesta no es dudosa.

{89} La teoría de la evolución —cuyo genial creador ha sido verdaderamente Heriberto Spencer— desenvolviendo y fecundando en el terreno sociológico la dirección relativista ya señalada de la escuela histórica tanto del derecho como de la economía política (que era parcialmente heterodoxa), ha dado al pensamiento humano esta imprescindible brújula: que todo cambia, que el presente —tanto en el orden astronómico como en el biológico, como en el sociológico— no es más que la resultante de las transformaciones precedentes, naturales, necesarias e incesantes, mil veces milenarias, y que, en consecuencia, así como el presente es distinto del pasado, así también el porvenir será sin duda alguna distinto al presente.

Así, el spencerismo no ha hecho más que dar una provisión verdaderamente maravillosa de pruebas científicas en todos los ramos del saber humano, a los dos pensamientos abstractos de Leibnitz y de Hegel, de que «el presente es hijo del pasado, pero padre del porvenir» y de que «Nada es, pero todo llega»; lo que, desde Lyell la geología había, sobre todo, demostrado maravillosamente, sustituyendo al concepto tradicional de los cataclismos imprevistos, el concepto científico de la gradual y diaria transformación de la tierra.

{90} Verdad es que el enciclopédico saber de Heriberto Spencer es deficiente en economía política, o por lo menos no ha dado en ese terreno pruebas tan completas como en las ciencias naturales; pero eso no impide que el socialismo, después de todo, no sea otra cosa, en su concepto animador, que la aplicación lógica de la teoría científica de la evolución natural, al orden de los fenómenos económicos.

Justamente por esto es que Carlos Marx, primero (en 1859) con laCrítica de la economía política(y también con el famosoManifiestode 1847, escrito por él y Engels, casi diez años antes de losPrimeros principiosde Spencer, y maravilloso por su potencia y por su lucidez de síntesis) y después con elCapital(1867) ha venido a completar en el campo social la revolución científica provocada por Darwin y Spencer.

Mientras el viejo pensamiento metafísico concebía la moral, el derecho, la economía, como la combinación de leyes absolutas y eternas según el modo platónico de pensar, y limitando su observación al mundo histórico, sin usar otro instrumento de indagación que la lógica fantasía del filósofo, inoculaba en el cerebro de tantas generaciones ese concepto del absolutismo de las leyes naturales, debatiéndose en el dualismo {91} de la materia y del espíritu; la ciencia positiva, por el contrario, llegando a la síntesis grandiosa delmonismo, es decir, de la única realidad fenoménica —materia y fuerza inseparables e indestructibles— desarrollándose de una manera continua, de forma en forma según normas relativas al tiempo y al lugar, ha cambiado radicalmente la orientación del pensamiento moderno justamente en el sentido de la evolución universal.

Moral, derecho, política, no son más que superestructuras más que reparaciones de la estructura económica, y varían con ésta de un paralelo a otro, de un siglo a otro siglo.

Esta es la grande, la genial intuición de Carlos Marx en laCrítica de la economía políticade la que más adelante examinaré la parte que se refiere a la fuente única de las condiciones económicas, pero de la que importa ahora señalar lo referente a su continua e irrefrenable versatilidad, desde el mundo prehistórico al mundo histórico y en las varias épocas de éste.

Normas de la moral, creencias religiosas, sanciones jurídicas de leyes civiles o penales, organización política, todo cambia y todo está en relación con el ambiente histórico y telúrico en que se observa.

Asesinar a sus padres es el mayor de los {92} delitos en Europa y en América; matarlos es, por el contrario, una acción obligatoria y santificada por la religión en la isla de Sumatra, así como el canibalismo es lícito en el centro del Africa y lo fue en la Europa y en la América prehistóricas.

La familia que apenas se forma transitoriamente (como entre los animales) en el comunismo sexual primitivo, se organiza en la poliandria y elmatriarcadoallí donde los escasos alimentos exigen un escaso aumento de población, pero pasa a la poligamia y al patriarcado cuando está donde esa razón económica fundamental no domina tiránicamente, para asumir por último en el mundo histórico la forma monogámica que es, sin duda, la mejor y la más adelantada, aun cuando necesite ser libertada del convencionalismo absolutista del vínculo indisoluble y de la prostitución disfrazada y legalizada (por razones económicas) que la manchan en el mundo actual.

¿Y sólo la constitución de la propiedad debe continuar eterna, inmutable, en esta corriente oceánica de instituciones sociales y de reglas morales, sujetas a continuas y profundas evoluciones y transformaciones?

¡Sólo la propiedad debe permanecer imperturbable e inalterable en su forma de {93} monopolio privado de la tierra y de los medios de producción! . . .

Esa es la absurda pretensión de la ortodoxia económica y jurídica, con la única concesión a las irresistibles comprobaciones de la teoría evolucionista (hecha por los progresistas o radicales tanto en la ciencia como en la política), de que puedan variarle los ornamentos accesorios, atemperarle losabusos, pero quedando siempre intangible el principio de que unos pocos individuos puedan apropiarse la tierra y los instrumentos de producción, necesarios a la vida de todo organismo social, que debería así permanecer eternamente bajo el dominio más o menos eterno de esos detentadores de la base física de la vida.

Basta exponer así, en su límpida precisión, las dos tesis fundamentales —la ortodoxa del derecho y de la economía práctica y la heterodoxa del socialismo económico y científico—, para decidir sin necesidad de más este primer punto de controversia: que en todos los casos la teoría de la evolución está de acuerdo perfecto e irrefutable con las inducciones del socialismo, mientras que, por el contrario, contradice las afirmaciones contrapuestas delinmovilismoeconómico y jurídico.

* * * * *

{94}

Pero —dicen los adversarios— aun admitiendo que el socialismo, al invocar una transformación social, esté de acuerdo aparentemente con la teoría evolucionista, no se desprende de eso que sus conclusiones más precisas —entre las que figura la fundamental de la sustitución de la propiedad social o la propiedad individual— sean apoyadas por la misma teoría. Nosotros, por el contrario —se dice— sostenemos que justamente contra esa teoría científica chocan diametralmente esas conclusiones, y en consecuencia son, por lo menos, utópicas y absurdas.

Y la primera contradicción que se señala entre socialismo y evolucionismo, consistiría en que la vuelta a la propiedad colectiva de la tierra sería al mismo tiempo la vuelta a las edades primitivas y salvajes de la humanidad, y el socialismo, por lo tanto, sería en efecto una transformación, pero al revés; es decir, contra la corriente de la evolución social, que del primitivo colectivismo territorial ha llegado a la presente propiedad individual, índice de la adelantada civilización. El socialismo, por consiguiente, representaría en ese caso un regreso a la barbarie.

{95} También esta objeción tiene una parte de verdad que es innegable: la afirmación de que la propiedad colectiva (por lo menos, en las apariencias externas) será una vuelta hacia la primitiva organización social. Pero, la conclusión que de ahí se deriva, es absolutamente errónea y anticientífica, porque olvida una ley menos comúnmente observada pero no por eso menos verdadera y positiva que la evolución social.

Es una ley sociológica que un médico francés de mucho ingenio, muerto ya desgraciadamente, (Dramard) no ha hecho más que señalar a propósito de algunas afinidades entre transformismo y socialismo, y de la que me he ocupado reconociéndole toda su verdad e importancia, aun antes de inscribirme en el socialismo militante, en las páginas 420-424 de la tercera edición de miSociología criminal(1892) y sobre la que he insistido nuevamente en mi polémica con Morselli, a propósito del divorcio.

Esa ley de regresión aparente demuestra que es un hecho constante la vuelta de las instituciones sociales a las formas y a los caracteres primitivos.

Antes de presentar algunos ejemplos evidentes, quiero demostrar que Cognetti De Martiis, desde 1881, demostraba conocer intuitivamente {96} y de un modo vago esa ley sociológica, porque su libro sobre lasFormas primitivas en la evolución económica(Turín 1881), tan notable por la abundancia, precisión y seguridad de sus datos positivos —aunque no llegara a conclusión alguna después de la riqueza de su análisis sociológico— se cerraba en las últimas líneas con una vaga referencia a la posible reaparición, en la futura evolución económica, de las formas primitivas que señalan el punto de partida.

Y recuerdo también que cuando, en la universidad de Bolonia, asistía a las lecciones de Carducci, varias veces le he oído indicar que en las formas y en el fondo de la literatura, el progreso último no es muchas veces más que la reproducción del fondo y de las formas de la literatura primitiva, greco-oriental; así como, en resumen, la teoría moderna del monismo, que es el alma misma de la evolución universal y que representa la última y definitiva disciplina positiva del pensamiento humano frente a la realidad del mundo, después del brillante vagabundear de la metafísica, no hace más que volver a los conceptos de los filósofos griegos y de Lucrecio, el gran poeta naturalista.

Pero también en el orden de las instituciones sociales son demasiado evidentes y numerosos {97} los ejemplos de este regreso a las formas primitivas.

Ya hablé de la evolución religiosa según Hartmann, por la cual, en las épocas infantiles de la humanidad, la felicidad se creía accesible en la existencia individual, después en la vida de ultratumba, y ahora tiende a volver a colocarla en la misma humanidad, pero en la serie de las generaciones por venir.

Así Spencer (Sociología, III, capítulo V) señalaba en política que la voluntad de todos —elemento soberano de la humanidad primitiva— cede paso a paso su lugar a la voluntad de uno solo y en seguida de pocos (por medio de diversas aristocracias: militares, de nacimiento, de profesión, de dinero) y tiende por último a volver a hacerse soberana con el procedimiento de la democracia (sufragio universal, referéndum, legislación directa popular, etc.)


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