El derecho de castigar, simple función de defensa en la humanidad primitiva, tiende a serlo de nuevo desprendiéndose de toda pretensión teológica de justicia retributiva, superpuesta por la ilusión del libre albedrío al fondo natural de la defensa, pero deshojado ahora por las observaciones típicas sobre el delito como fenómeno natural y social, que demuestran que es absurda {98} e imposible la omnisciente pretensión, del legislador o del juez, de pesar y medir «la culpa» del delincuente y equilibrar el castigo, en lugar de limitarse a segregar, temporal o perpetuamente del consorcio civil, a los individuos inaptos para él, como se hace con los locos o los atacados de enfermedades infecciosas.
Con el matrimonio pasó lo mismo: su fácil disolución en la humanidad primitiva cedió poco a poco a las imposiciones absolutas de la teología y del espiritualismo, que creen que el «libre albedrío» puede ligar eternamente el destino de una persona con un monosílabo pronunciado en momentos de tan inestable equilibrio psíquico como el período del noviazgo y de las bodas. Pero luego se impone la vuelta a la forma espontánea y primitiva del consentimiento, y la unión matrimonial, con el uso siempre creciente y cada vez más fácil del divorcio, retorna a sus orígenes, saneando la familia, que es la célula social.
Así es también con la organización de la sociedad, en la que el mismo Spencer ha tenido que reconocer la tendencia fatal de un regreso al primitivo colectivismo, después de la apropiación primero familiar y en seguida individual de la tierra —como lo ha demostrado él mismo— ha llegado a sus últimos extremos, tanto que en {99} algunos países (leyTorrens) la tierra se ha convertido en una especie de propiedad mueble, transmisible como una acción cualquiera de cualquier sociedad anónima.
He aquí, en efecto, a título de documento, lo que escribe elindividualistaSpencer:
«A primera vista parece poderse deducir que la propiedad de la tierra, a título absoluto, por parte de los particulares, deba ser el estadodefinitivoque está llamado a realizar el industrialismo. Sin embargo, aunque el industrialismo haya tenido hasta ahora por efecto la individualización de toda esta propiedad,puede discutirse que desde ahora se haya arribado al estado definitivo.
»En un tiempo se reconocían derechos de propiedad sobre seres humanos, y ahora no se admiten ya. Hace algunos siglos se hubiera podido creer que el principio de la propiedad del hombre sobre el hombre, estaba en camino de establecerse de un mododefinitivo. Sin embargo, en época más avanzada de su curso, la civilización, derribando aquel procedimiento, ha destruido la propiedad del hombre sobre el hombre. De una manera análoga, en época más avanzada aún, podrá suceder quetenga que desaparecer la propiedad privada de la tierra».
{100} Y, por otra parte, este proceso de socialización de la propiedad, aunque ahora parcial y accesorio, es, sin embargo, tan evidente y continuo que sería negar lo innegable, sostener que la dirección económica y por lo tanto jurídica de la organización de la propiedad, no vaya en el sentido de una preponderancia cada vez mayor de los intereses y de los derechos de la colectividad sobre los del individuo; preponderancia que evidentemente se convertirá por una fatal evolución, en una sustitución completa en cuanto a la propiedad de la tierra y de los medios de la producción.
* * *
Así, pues, lo repetimos, la tesis fundamental del socialismo marcha de perfecto acuerdo con esa ley sociológica de regresión aparente cuyas razones naturales señalaba muy bien Loria, diciendo que la humanidad primitiva extrae de las primeras impresiones de la naturaleza circunstante, las líneas fundamentales y más sencillas de su pensamiento y de su vida; después, con el progreso de la inteligencia y la complicación creciente por ley de evolución, se tiene un desarrollo analítico de los principales elementos contenidos en los primeros gérmenes de cualquier institución; y una vez realizado este desarrollo analítico y a menudo antagónico, de un exceso al otro, de {101} los elementos particulares, la humanidad misma, llegada a un alto grado de evolución, recompone en una síntesis final esos varios elementos, y vuelve al primitivo punto de partida.
A esto, sin embargo, agrego yo que ese regreso a la forma primitiva no es una repetición pura y simple. Y he ahí por qué se dice ley de regresiónaparente, y he ahí por qué la objeción de un «retroceso a labarbarieprimitiva» es infundada. No es una repetición pura y simple sino la terminación de un ciclo, de un gran ritmo —como decía también recientemente Asturaro—, que no puede dejar de llevar consigo los efectos y las conquistas, irrevocables en lo que tienen de vital y de fecundo, de la larga evolución anterior; y es, por lo tanto, muy superior en la realidad objetiva y en la conciencia humana a aquel primitivo embrión.
El curso de la evolución social no está representado por el círculo cerrado que, como la serpiente mordiéndose la cola del símbolo antiguo, cierre los términos de un porvenir mejor, sino que, por el contrarío, y según la imagen de Goethe, se figura con una espiral que parece volver sobre sí misma y que, por el contrario, avanza y se eleva sin cesar.
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{102}
Esta última observación sirve aquí para examinar también la segunda contradicción que, se afirma, existe entre el socialismo y la teoría de la evolución, diciendo y repitiendo en todos los tonos, que el socialismo será una nueva forma de tiranía y que suprimirá todos los beneficios de la libertad fatigosamente conquistada por nuestro siglo a costa de tantos martirios y sacrificios.
He dicho ya, hablando de las desigualdades antropológicas, como, por el contrario, el socialismo asegurará a todo hombre las condiciones de existencia humana y la base más libre y completa de su propia personalidad.
Aquí me basta recordar otra ley, establecida por la teoría científica de la evolución para demostrar en general (porque no es tarea de esta monografía entrar en pequeños detalles) cómo esa pretendida supresión de la parte viva y fecunda de la libertad personal y política, se toma sin razón como consecuencia del advenimiento del socialismo.
La siguiente es una ley de la evolución natural ilustrada porArdigó mejor que por cualquier otro:
{103} Toda fase subsiguiente de la evolución natural y social no destruye, no borra las manifestaciones vitales y fecundas de las fases precedentes, sino que las continúa en lo que tienen de vital mientras elimina, sin embargo, sus manifestaciones aberrantes o patológicas.
En la evolución biológica, las manifestaciones de la vida vegetal no borran los primeros albores de la vida que se encuentran en la cristalización de los minerales, como las manifestaciones de la vida animal no borran las de la vida mineral y vegetal; y la forma humana de la vida no borra las formas y los eslabones anteriores de la gran serie de los vivientes, sino que las formas últimas viven, por el contrario, en cuanto son el resultado de las formas primitivas, y coexisten con éstas.
Así sucede en la evolución social: y esta es, justamente, la interpretación que el evolucionismo científico da a las Edades Medias, que no borran las conquistas de las anteriores civilizaciones, sino que por el contrario las conservan en su parte vital, y las fecundan en un periodo de sosiego para el renacimiento de nuevas civilizaciones.
Y esta ley que domina por entero el grandioso desarrollo de la vida social, rige igualmente {104} el destino y la parábola de cada institución social.
La sucesión de una a otra fase de evolución social elimina, es cierto, las partes no vitales, los productos patológicos de las instituciones anteriores; pero conserva, vigoriza y desarrolla las partes sanas y fecundas, elevando cada vez más el nivel físico y moral de la humanidad.
Así, por ese procedimiento natural, el gran río de la humanidad salido de las selvas vírgenes de la vida salvaje, se ha extendido majestuoso en los períodos de la barbarie y en la presente civilización, que es, sin duda, superior por muchos conceptos, a las fases precedentes de la vida social, pero que por otros está emponzoñada con los productos virulentos de su propia degeneración, como lo he recordado a propósito de la selección social al revés.
Así, por ejemplo, es verdad que los trabajadores del período actual de civilización burguesa, tienen, en resumen, una existencia física y moral superior a la de los siglos pasados; pero, sin embargo, es innegable que su condición económica deasalariados libres, es peor bajo muchos aspectos, que la anterior condición deesclavosen la antigüedad, desiervosen la Edad Media.
En efecto, elesclavoantiguo era propiedad {105} absoluta del patrono, del hombrelibre, y estaba condenado a una vida casi bestial; pero entretanto el patrono tenía interés, por lo menos, de asegurarle el pan cuotidiano, puesto que el esclavo formaba parte de su patrimonio, como los bueyes y los caballos.
Y el siervo de la gleba en la Edad Media, tenía en compensación ciertos derechos de costumbre, que lo arraigaban a la tierra y le aseguraban cuando menos —excepto en los casos de escasez— el pan de cada día.
Por el contrario, el asalariado libre del mundo moderno, está siempre condenado a un trabajo inhumano por su duración y calidad (y al cual se debe justamente la parcial reivindicación socialista de lasocho horas, que cuenta ya muchas victorias y está destinada a un triunfo seguro); pero no teniendo ninguna relación jurídica permanente ni con el propietario capitalista ni con la tierra, carece de toda seguridad de tener el pan cuotidiano, porque el propietario no tiene ya interés en alimentar y sostener a los trabajadores de su fábrica o de su campo, puesto que no sufre diminución alguna en su patrimonio, ni por su muerte ni por sus enfermedades, gracias a la fuente inagotable de proletarios que la falta de trabajo le ofrece en el mercado.
{106} Y he ahí cómo —no porque los propietarios de hoy sean más perversos que los de la antigüedad, sino solamente porque también los sentimientos morales son productos de la condición económica— si en el establo se enferma un buey, el propietario o su administrador llama al veterinario inmediatamente, para evitar la pérdida de un capital; mientras que si se enferma el hijo del boyero no se da tanta prisa para llamar el médico.
Verdad es que puede existir, como excepción más o menos frecuente, un propietario de buen corazón que desmienta esta regla, máxime cuando vive en contacto cuotidiano con los trabajadores; como no se niega que el espíritu de beneficencia tenga manifestaciones frecuentes y más o menos ruidosas —aun fuera delcharity sport— por parte de las clases ricas que así también atenúan la voz interna del desagrado moral que la invade, pero la regla inexorable es ésta: en la forma de industrialismo moderno el trabajador ha conquistado la libertad política de voto, de asociación, etc. (de que se le deja gozar mientras no demuestre hacer uso de ella para formar un partido de clase que se encamine al punto substancial de la cuestión social), pero ha perdido la seguridad del pan y del domicilio cuotidiano.
El socialismo quiere llegar a esa seguridad para {107} todos los hombres —y demuestra su matemático positivismo con la sustitución de la propiedad social a la propiedad individual de los medios de producción— pero no por esto el socialismo ha de suprimir todas las conquistas útiles y realmente fecundas de la presente y de las anteriores fases de civilización.
Véase un ejemplo característico: la invención de tantas máquinas industriales y agrícolas, que es una aplicación genial de la ciencia a la transformación de las fuerzas naturales, y que por lo tanto, no debería ser sino fecunda en bienes —elevando el trabajo a dignidad humana, desde la abyección y postración de trabajo bestial— ha ocasionado y ocasiona, sin embargo, la miseria y la ruina de millares de trabajadores que, por reducción de personal sustituido por el trabajo de las máquinas, son inevitablemente condenados a las torturas de la desocupación, o a la ley de hierro del salario mínimo, que apenas basta para no morir de hambre aguda.
Y la primera e instintiva reacción de esos desventurados ha sido y es, en muchos casos, destruir las máquinas, maldiciéndolas como instrumento de perdición inmerecida y sangrienta.
Pero destruir las máquinas sería, realmente, un regreso puro y simple a la barbarie, y el {108} socialismo no lo quiere, el socialismo que representa una fase más elevada de la civilización humana.
Así es, entonces, que el socialismo es el único que da a la dolorosa dificultad una solución que no puede darle el individualismo económico, que continúa siempre aplicando nuevas máquinas, porque tal es la tendencia irresistible del capitalista.
Y la solución es que las máquinas se constituyan en propiedad colectiva o social. Entonces es evidente que su único efecto será disminuir la suma total de trabajo y de esfuerzo muscular para producir una suma dada de artículos, y por lo tanto se disminuirá la parte diaria de trabajo de cada obrero, y su existencia se elevará cada vez más a la dignidad de criatura humana.
Este efecto se produce ya parcialmente, por ejemplo, en aquellos lugares donde diversos pequeños propietarios se unen en sociedad para la adquisición, de una trilladora a vapor, por ejemplo y se la prestan por turno. Si se unieran también a los pequeños propietarios, en grande y fraternal cooperación, los obreros y los labradores (y esto sucedería sólo cuando la tierra fuese de propiedad social) y las máquinas fueran, por ejemplo, de propiedad municipal, como lo son las {109} bombas de incendio y se cediesen para el uso sucesivo de los trabajos campestres, es evidente que esas máquinas no producirían ninguna repercusión dolorosa y de miseria, sino que serían bendecidas por todos los hombres, por el mero hecho de ser propiedad colectiva.
Como el socialismo representa una fase más elevada de la evolución humana, no eliminaría, pues, de la fase presente, sino los productos infecciosos del excesivo individualismo económico actual, que crea por una parte los millonarios o los arrendatarios que se hacen millonarios en pocos años robando los dineros públicos —en una forma más o menos prevista por el Código Penal— y por otra parte, forma una acumulación gangrenosa de miserables criaturas en las bohardillas infectas de las grandes ciudades, o en las cabañas de paja y barro, que copian a las cabañas australianas en la Basilicata, en el Agro Romano o en el valle del Po.
Ningún socialista consciente ha soñado jamás en negar los grandes méritos de la burguesía para con la civilización humana, o de deslucir las páginas de oro por ella escritas en la historia del mundo civil con las epopeyas nacionales y las maravillosas aplicaciones de la ciencia a la industria y a los comercios ideales y mercantiles entre los pueblos.
{110} Esas son conquistas irrevocables del progreso humano, y el socialismo no sueña renegar de ellas ni suprimirlas, y tributa la justa admiración agradecida a lospioneersgenerosos que las han iniciado y realizado. Del mismo modo, por ejemplo, ni soñaría en destruir o en negar su admiración a un cuadro de Rafael o a una estatua de Miguel Ángel, sólo porque éstos transfiguraron y eternizaron con el arte las leyendas religiosas.
Pero el socialismo ve en la presente civilización burguesa, llegada a su pendiente final, los síntomas dolorosos de una disolución irremediable, y afirma que es necesario librar al organismo social delvirusinfeccioso, no limitándose a la curación sintomática e individualista de este o aquel quebrado, de este o aquel funcionario corrompido, de este o aquel empresario ladrón . . . sino llegando a la raíz del mal, a la fuente innegable de la infección virulenta. Cambiando radicalmente de régimen —con la sustitución de la propiedad social a la individual— es necesario renovar las fuerzas sanas y vitales de la sociedad humana para que pueda elevarse a una fase más alta de civilización, en la que no podrán unos pocos privilegiados vivir la vida del ocio, del lujo, de la orgía en que hoy viven, y tendrán que someterse a una existencia laboriosa y más modesta, pero {111} en que la inmensa mayoría de los hombres elevará la suya propia, a dignidad serena, tranquila seguridad, simpática y alegre fraternidad, en lugar de los dolores, de las ansias, de los rencores presentes.
* * *
Así, opóngase la banal objeción de que el socialismo suprimirá toda libertad, objeción demasiado repetida por aquellos que bajo la capa del liberalismo político ocultan las tendencias más o menos conscientes del conservatismo económico.
Esta repugnancia que sienten muchos en nombre de la libertad —hasta de buena fe—, no es más que el efecto de otra ley de la evolución humana, que Heriberto Spencer formulaba diciendo: todo progreso realizado es un obstáculo a los progresos venideros.
Tendencia psicológica natural, que podría llamarse fetichista, es la que se niega a considerar el ideal logrado y el realizado progreso como un simple instrumento antes que como un ídolo y a tomarlos como un punto de partida para otros ideales y para otros progresos antes que detenerse en la adoración fetichista de un punto de arribo que agote todo otro ideal, toda otra aspiración.
Así como el salvaje beneficiado por el árbol {112} frutal, adora al árbol por él mismo, no por los frutos que puede darle aún, y lo convierte en un fetiche, en un ídolo intangible, pero que por lo mismo se esteriliza; como el avaro que en el mundo individualista conoce el valor del dinero, concluye por adorar el dinero en sí y por sí, como fetiche y como ídolo, y lo deja sepultado en el cofre, esterilizándolo, en vez de usarlo como instrumento de nuevas ganancias; así el liberal sincero, hijo de la Revolución Francesa, se hace de la libertad un ídolo, término de ella misma, estéril fetiche, en lugar de emplearla como instrumento de nuevas conquistas, como medio de realización de nuevos ideales.
Se comprende que bajo la tiranía política el ideal primero, el más urgente, el febril, fuese la conquista de la libertad y de la soberanía política.
Y nosotros, los recién llegados, estamos por esta conquista agradecidos a los mártires y a los héroes que la han querido al precio de su sangre.
¡Pero la libertad no es y no puede ser el término de sí misma!
¿De qué sirve la libertad de reunión y de pensamiento si el estómago no tiene el pan cuotidiano y millones do individuos tienen paralizada toda fuerza moral por la anemia del cuerpo y del cerebro?
{113} ¿De qué sirve al pueblo tener una parte platónica de la soberanía política con el derecho de voto, si continúa bajo la esclavitud material de la miseria, de la desocupación, del hambre aguda o crónica?
La libertad por la libertad indica un progreso realizado que se opone a los progresos venideros, y es una especie de onanismo político, estéril por sí ante las nuevas necesidades de la vida.
El socialismo responde, por lo tanto, que así como la fase subsiguiente no borra las conquistas de las fases precedentes de la evolución social, así tampoco quiere suprimir la libertad gloriosamente conquistada por el mundo burgués con su revolución de 1789, sino que por el contrario quiere que, conquistando la conciencia de los intereses y de las necesidades de su clase frente a la clase de los capitalistas y propietarios, los trabajadores se sirvan de ella para avanzar hacia una organización social más equitativa y más humana.
Sin embargo, es innegable no sólo que, dada la propiedad individual y por lo tanto el monopolio del poder económico, la libertad dejada a quien no tiene ese monopolio, es un juguete impotente y platónico, sino también que cuando {114} los trabajadores demuestran querer valerse de esa libertad con conciencia clara de sus intereses de clase, los detentadores del poder económico y por lo tanto político, se apresuran a renegar de los grandes principios liberales «los principios del 89» y suprimen toda libertad pública, ¡soñando detener así la marcha fatal de la evolución humana!
Lo mismo puede decirse de una acusación semejante contra los socialistas: que renegarían de la patria en nombre del internacionalismo.
También esto es erróneo.
Las epopeyas nacionales con que la Italia o la Alemania reconquistaron en nuestro siglo la unidad y la independencia, fueron realmente un gran progreso, y estamos agradecidos, lo repetimos, a quien nos ha dado una patria libre.
Pero la Patria no puede convertirse por eso en obstáculo de los progresos venideros, que están indudablemente en la fraternidad de todos los pueblos, sin los odios de nacionalidad, que, o son un residuo de la barbarie, o son barnices que disimulan los intereses del capitalismo que, por su cuenta, sin embargo, ha sabido ejecutar el más estrecho internacionalismo universal.
Como haber dejado atrás la fase de las guerras comunales de Italia, para sentirse hermanos en {115} una misma nación, ha sido un verdadero progreso moral y social, así también lo será transponer la fase de las rivalidades «patrióticas», para sentirse todos hermanos de una misma humanidad.
Que sirva a las clases que están en el poder y que se hallan vinculadas en estrecha liga internacional (el banquero de Londres, con el telégrafo, domina el mercado de Pekín o de Nueva York) tener dividida la gran familia de los trabajadores de todo el mundo o también de la vieja Europa solamente —porque la división de los trabajadores hace posible el poder de los capitalistas— y que esa división se disimule y se mantenga viva, abusando del fondo primitivo y salvaje de los odios contra «el extranjero», todo esto se comprende y se explica claramente con la clave histórica de los intereses de clase.
Pero eso no quita que el socialismo intemacionalista constituya, también bajo ese aspecto, un innegable progreso moral y una fase inevitable de evolución humana.
* * *
Del mismo modo y por la misma ley sociológica no sería exacto decir que el socialismo llegará a suprimir con la propiedad colectiva toda o cualquiera propiedad individual.
{116} Estamos siempre en esto: una fase subsiguiente de evolución no puede borrar todo lo realizado en las fases anteriores, sino que suprime solamente aquellas manifestaciones que no son vitales porque están en contradicción con las nuevas condiciones de existencia de la nueva fase.
Sustituida la propiedad particular con la propiedad social de la tierra y de los medios de producción, es evidente por ejemplo que la propiedad de los alimentos necesarios para el individuo no podrá ser suprimida, como tampoco la de las ropas y objetos de uso personal, que se consumirán en bien exclusivo individual o familiar.
Esta forma de propiedad individual subsistirá siempre, pues, aun en el régimen colectivista, porque es inevitable y perfectamente compatible con la propiedad social de la tierra, de las minas, de las fábricas, de las casas, de las máquinas, de los instrumentos de trabajo, de los medios de transporte.
Como, por ejemplo, la propiedad colectiva de las bibliotecas —que existe y funciona a nuestra vista— no impide a los individuos el uso personal de libros raros o costosos que de otro modo no podrían tener, sino que acrecienta inmensamente su utilidad, en comparación con el mismo libro encerrado y sepultado en la biblioteca privada de {117} un bibliófilo estéril, así la propiedad colectiva de la tierra y de los medios de producción, al acordar a un individuo que deberá vivir trabajando el uso de una máquina, de un utensilio, de un campo, no hará más que centuplicar su utilidad.
Y no se diga que cuando los hombres no tengan lapropiedadexclusiva, acumulable, y transmisible de la riqueza no estarán inclinados a trabajar por la falta del resorte egoísta del interés personal o familiar. Vemos, por ejemplo, también en el mundo individualista presente, que los residuos de propiedad colectiva de las tierras —que fueron tan estudiados desde que Laveleye llamó tan brillantemente sobre ellos la atención de los sociólogos— son cultivados y dan un rédito no inferior a los campos de propiedad privada, aun cuando los comunistas de tales «participaciones» o colectivistas agrarios, no tengan más que el derecho de uso y de goce de los mismos.
Y si algunos de estos residuos de propiedad colectiva —menos alejados del vórtice del individualismo mercantil— van desapareciendo y son mal administrados, el hecho no prueba nada contra el socialismo, porque se comprende que, en el orden económico actual, completamente orientado por el individualismo absoluto, esos {118} organismos no encuentran en nuestro ambiente las condiciones de una existencia posible.
Sería como pretender que un pez viva fuera del agua o un mamífero en una atmósfera privada de oxígeno.
Y he ahí por qué, entre paréntesis, son sencillamente fantásticos todos los famosos experimentos de colonias socialistas, comunistas o anarquistas que algunos intentan implantar aquí o allí como «experimento preventivo del socialismo», sin advertir que tales experimentos tienen fatalmente que abortar desde que habrían de desarrollarse rodeados de un ambiente económico y moral individualista que no les puede consentir las condiciones de desarrollo fisiológico que tendrán cuando toda la organización social se haya orientado colectivamente, es decir, cuando toda la sociedad estésocializada.
Entonces también las tendencias y las aptitudes psicológicas individuales se adaptarán al ambiente y lo reflejarán; desde que es natural que en un ambiente individualista, de libre competencia, en que todo hombre ve en su hermano, si no un adversario, cuando menos un competidor, el egoísmo antisocial tiene que ser la tendencia que fatalmente se desarrolla más, por necesidad del instinto de propia conservación, máxime {119} en estas últimas fases de una civilización lanzada a todo vapor en comparación con el individualismo pacífico y lento de los siglos pasados.
Pero en un ambiente donde, por el contrario, y en cambio del trabajo manual o intelectual dado a la sociedad, todo hombre tenga asegurado el pan cuotidiano del cuerpo y de la mente, y se vea substraído, por lo tanto, al ansia diaria de la propia existencia, es evidente que el egoísmo tendrá un número infinitamente menor de estímulos, de ocasiones y de manifestaciones, ante el sentido de la solidaridad, de la simpatía, del altruismo, y ya no será verdad la despiadada máximahomo homini lupusque, confesada o no, envenena tanto nuestra vida presente.
No pudiendo, sin embargo, detenerme más en estos detalles, concluyo el examen de esta segunda pretendida oposición entre la evolución y el socialismo, recordando que la ley sociológica —por la que la fase subsiguiente no borra las manifestaciones vitales y fecundas de las anteriores fases de evolución— da acerca de la organización social que ya está en vías de formación, una idea más positiva de lo que piensan nuestros adversarios, que creen siempre que están ante el socialismo romántico y sentimental de la primera mitad de este siglo.
{120} Y he ahí por qué, en fin, no tiene consistencia alguna esta objeción fundamental que recientemente oponía Tansú al socialismo, en nombre de un eclecticismo sociológico, erudito pero inconcluyente, a pesar del talento y los estudios de aquel eximio filósofo del derecho:
«El socialismo contemporáneo no se identifica con el individualismo, porque asienta como base de la organización social un principio que no es de autonomía del individuo, sino por el contrario, su negación. Si, no obstante, mantiene ideas individualistas que repugnan a ese principio, eso no implica que mude de naturaleza o cese de ser socialismo:significa, solamente, que éste vive de contradicciones.»
Ahora bien, no es que el socialismo, al admitir y hasta ampliar y asegurar, con las condiciones de existencia diaria, el fortalecimiento y el desarrollo de toda individualidad humana, caiga en una contradicción de principio; es que, por el contrario, el socialismo, fase ulterior de civilización humana, no puede suprimir ni borrar lo vital, lo compatible con la nueva forma social que existe en las formas anteriores.
Y, por lo tanto, así como el internacionalismo socialista no está en contradicción con la existencia de la patria porque admite su concepto {121} en lo que tiene de verdad, eliminándole, sin embargo, la parte patológica delchauvinismo, así también el socialismo no vive de contradicciones sino que sigue las leyes fundamentales de la evolución natural cuando conserva y desarrolla la parte vital del individualismo, suprimiendo, sin embargo, sus manifestaciones patológicas por las cuales, como decía Rampolini, se tiene en el mundo moderno un organismo social en que el noventa por ciento de las células están condenadas a la anemia, sólo porque el diez por ciento están enfermas de hiperemia y de consiguiente hipertrofia.
* * * * *
La última y más grave contradicción que muchos creen encontrar entre el socialismo y la teoría científica de la evolución, está en elcómopodrá realizarse prácticamente el socialismo.
Por una parte algunos pretenden que el socialismo debe presentar desde ahora, en todos y en sus más mínimos detalles, el cuadro preciso y simétrico de su positiva organización social. «Dadme una descripción práctica de la nueva {122} sociedad y entonces decidiré si la he de preferir a la presente».
Por otra parte —y como consecuencia de este primer concepto equivocado y artificialista— se cree que el socialismo pretende cambiar la faz del mundo de un día para otro, de tal manera, por ejemplo, que esta noche nos retiremos todos a dormir bajo el régimen burgués para despertarnos mañana en pleno mundo socialista.
Y entonces —se dice— cómo no ver que todo esto choca irremediablemente contra la ley de evolución, cuyas dos ideas fundamentales —que caracterizan justamente la nueva evolución del pensamiento positivo moderno, frente a la vieja metafísica— son precisamente lanaturalidady lagradualidadde todos los fenómenos en cualquier orden de vida universal, desde la astronomía hasta la sociología.
Es innegable que estas dos objeciones tenían mucha razón de ser contra aquello que Engels llamaba el «socialismo utópico», frente al «socialismo científico».
Cuando el socialismo, antes de Carlos Marx, no era más que la expresión sentimental de un humanitarismo tan generoso cuanto careciente de los más elementales principios del positivismo {128} científico, se comprende perfectamente que sus secuaces o defensores cedieran fácilmente a los impulsos del corazón, ya sea en las protestas ruidosas contra las iniquidades sociales evidentes, ya sea en la contemplación sonámbula de un mundo mejor al que la fantasía trataba de dar perfiles determinados, desde laRepúblicade Platón hasta elLooking backward(En el año 2000) de Bellamy.
Y se comprende también mejor que esas construccionesa prioridebían dar asidero a las críticas, en parte erradas, porque son siempre dependientes de las costumbres mentales propias del ambiente moderno, y se olvida que serán distintas en un ambiente diverso, pero fundadas también en gran parte porque la complexidad enorme de los fenómenos sociales hace imposible cualquiera profecia de los detalles insignificantes de una vida social que será más radicalmente diversa de la nuestra que lo que la vida présentelo es de la Edad Media y de la antigüedad, por la razón de que el mundo burgués que ha sucedido a los anteriores, ha dejado la sociedad sobre los mismos puntos cardinales del individualismo; mientras que el mundo socialista tendrá una polarización fundamentalmente distinta.
{124} Esas construcciones anticipadas y proféticas de un nuevo orden social son, por otra parte, el designio genuino de ese artificialismo político y social, en que están embebidos hasta los individualistas más ortodoxos y jacobinos, que creen siempre, como observa el mismo Spencer, que la sociedad humana es una pasta a la que el artículototde una ley cualquiera puede dar una forma más que otra, fuera de las cualidades, tendencias y aptitudes orgánicas y psíquicas, étnicas e históricas de los diversos pueblos . . .
El socialismo continental ha dado muchos ensayos de construcción utópica; pero más ha dado y da el mundo político actual, con el fárrago absurdo y caótico de sus leyes y de sus códigos que (¡á propósito de la libertad! . . .) envuelven a todo hombre desde su nacimiento hasta su muerte y aun antes de que nazca y después de que muera, en una red inextricable de códigos, leyes, decretos, reglamentos, etc., sofocándolo como al gusano de seda en su capullo . . .
Y cada día la experiencia demuestra que nuestros legisladores, embebidos en este artificialismo político y social, no hacen más que copiarse recíprocamente las leyes de los pueblos más diversos según la moda esté por París y por Berlín, y divierten con ellas a sus países, en vez de {125} sacar de esos mismos paises los criterios positivos para adaptarles las leyes, que por eso y como sucede todos los días, siguen siendo letra muerta, puesto que la realidad de las cosas no les permite profundizar sus raíces, y regular y fecundar sus puntos vitales.
En cuanto a construcciones sociales artificiosas, los socialistas podrán repetirá los individualistas:
—¡El que esté sin pecado, que tire la primera piedra!
Pero la respuesta verdadera, irrefutable, es que el socialismo científico representa una fase mucho más avanzada de las ideas socialistas, de acuerdo precisamente con la ciencia positiva moderna, y ha abandonado por completo la fantástica idea de profetizar hoy lo que será la sociedad humana en la nueva organización colectivista.
Lo que el socialismo científico puede afirmar y afirma, con seguridad matemática, es que la dirección, la trayectoria de la evolución humana, marcha en el sentido general indicado y previsto por el socialismo, es decir, en el sentido de una continua y progresiva preponderancia de los intereses y las utilidades de la especie, sobre los intereses y las utilidades del individuo, y por {126} consiguiente en el sentido de la continuasocializaciónde la vida económica y por ella de la vida jurídica, moral y política que de ella dependen.
En cuanto a los detalles nimios del nuevo edificio social, no podemos preverlos, justamente porque ese nuevo edificio social será y es un productonaturalyespontáneode la evolución humana, que está ya en vías de formación y cuyas líneas generales se esbozan ya en embrión, pero no es la construcción inmediata y artificial imaginada en el estudio de un utópico o de un metafísico.
Así sucede tanto en las ciencias sociales cuanto en las ciencias naturales.
Si a un biólogo le dais a observar un embrión humano que tenga sólo pocos días o pocas semanas de desarrollo, no sabrá deciros —por la conocida ley haeckeliana de que el desarrollo de todo embriónindividualreproduce en conjunto las diversas formas de desarrollo de lasespeciesque le han precedido en la serie zoológica— no sabrá deciros, repito, si será macho o hembra, ni mucho menos podrá prever si será un individuo robusto o débil, sanguíneo o nervioso, inteligente o nó.
Sabrá sólo deciros las líneas generales de la {127} evolución futura de ese individuo, dejando al tiempo la tarea de definir natural y espontáneamente —según las condiciones orgánicas hereditarias y las condiciones del ambiente en que vivirá— los detalles variadísimos de su personalidad.
Así puede y debe responder el socialista, justamente como lo hizo Bebel en el Reichstag germánico, contestando con un elocuente discurso a los que querían saber desde ahora, de los socialistas, cómo será en sus detalles el Estado futuro, y que aprovechando hábilmente la ingenuidad de los romanceros socialistas, critican sus anticipadas fantasías artificiales, verdaderas en las líneas generales, pero demasiado arbitrarias en sus detalles.
Lo mismo hubiera sucedido si antes de la Revolución Francesa —que determinó el florecimiento del mundo burgués, preparado y madurado en la evolución anterior— las clases aristocrática y clerical, en el poder entonces, hubiesen dicho a los representantes del tercer estado —burgueses de nacimiento o aristócratas y sacerdotes que abrazaban la causa de la burguesía contra los privilegios de su casta, como el marqués de Mirabeau y el abate Sieyes— hubiesen dicho, repito: «Pero ¿cómo será vuestro mundo nuevo? {128} Dadnos antes su plan preciso y luego decidiremos.»
El tercer estado, la burguesía, no hubiera sabido contestar entonces, ni hubiera podido prever el aspecto de la sociedad humana en el siglo XIX; y, sin embargo, eso no ha impedido que se realizara la revolución burguesa, porque representaba la fase ulterior, natural e inevitable de una evolución eterna, como ahora el socialismo se halla frente a frente con el mundo burgués. Y si ese mundo burgués, nacido hace poco más de un siglo, tiene un ciclo histórico mucho más breve que el mundo feudal (aristocrático-clerical), será solamente porque, habiendo los maravillosos progresos científicos del siglo XIX centuplicado la velocidad de la vida en el tiempo y en el espacio, hacen recorrer ahora a la humanidad civil en sólo diez años, el mismo camino que antes recorría en un siglo o dos de la Edad Media.
La velocidad continuamente acelerada de la evolución humana es justamente otra de las leyes establecidas y confirmadas por la ciencia social positiva.
Y de esas construcciones artificiales del socialismo sentimental es que se ha derivado y se ha radicado la impresión —justa en lo que a ellas {129} respecta— de quesocialismoes sinónimo detiranía.
Es natural: si entendéis el nuevo orden social no como la forma espontánea de la inmanente evolución humana, sino como la construcción artificial que brota del cerebro de un arquitecto social, es imposible que éste se sustraiga a la necesidad de disciplinar el nuevo engranaje con una infinidad de reglamentos y con el poder supremo de una mente directriz, individual o colectiva. Y se comprende entonces cómo semejante organización socialista deja en los adversarios —que sólo ven las ventajas de la libertad en el mundo individualista y olvidan las plagas que lo gangrenan libremente— la impresión de un convento, de una regimentación o cosa semejante.
Y otro producto artificial contemporáneo ha venido también a confirmar esta impresión —el socialismo de Estado— que es fundamentalmente lo mismo que el socialismo sentimental o utópico, y que sólo, como decía Liebknecht en el Congreso de Berlín de 1892 sería «un capitalismo de Estado que agregaría al usufructo económico la esclavitud política». El llamado Socialismo de Estado puede dar pruebas del poder irresistible de sugestión que tiene el socialismo científico y democrático —como demuestran los famosos {130}rescriptosdel emperador Guillermo, convocando a una conferencia internacional— de resolver (hasta con la idea infantil del Decreto) los problemas del trabajo: o sino la famosa encíclicaDe conditione opificumdel habilísimo papa León XIII, que da una en el clavo y otra en la herradura. Pero Rescriptos imperiales y Encíclicas papales —ya que las fases de la evolución ni se suprimen ni se saltan—, no podían sino abortar en pleno mundo burgués, individualista yliberista, al que no disgustaría destrozar el demasiado vigoroso socialismo contemporáneo en el amoroso abrazo del artificialismo oficial y del socialismo de Estado, desde que se ha comprobado en. Alemania y en otras partes, que no bastan contra aquél ni leyes ni represiones excepcionales.
Todo este arsenal de reglamentos y superintendencias no tiene nada que hacer con el socialismo científico que prevé clarísimamente que la dirección del nuevo orden social, necesaria para la administración de la propiedad colectiva, no será en manera alguna más complicada que la que ahora se necesita para la administración del Estado, de las Provincias y de las Comunas, y que por el contrario responderá mucho mejor a las utilidades sociales e individuales como producto natural —y no parasitario— del nuevo {131} organismo social; así como el sistema nervioso de un mamífero y aparato regulador de su organismo, es más complicado que el organismo de un pez o de un molusco, pero sin ninguna sofocación tiránica de la autonomía de los otros órganos y aparatos, hasta las células, en su confederación viviente.
Queda, pues, entendido, que si se quiere refutar seriamente el socialismo, no hay que repetir las acostumbradas objeciones que se refieren al socialismo artificialista y sentimental, que no niego que podrá continuar todavía en la masa nebulosa de las ideas populares, pero que cada día va perdiendo más terreno entre los partidarios conscientes —de origen popular, o burgués, o aristocrático— del socialismo científico que armado por el impulso genial de Carlos Marx de todas las más positivas inducciones de la ciencia moderna, se alza triunfante sobre las añejas objeciones repetidas todavía por nuestros adversarios sólo por costumbre mental, pero que han desaparecida ya de la conciencia contemporánea, junto con el mismo socialismo utópico que las había determinado.
* * *
La misma respuesta sirve para la segunda parte de la objeción relativa a la manera como se realizará el advenimiento del socialismo.
{132} Es consecuencia inevitable y lógica del socialismo utópico y artificialista, pensar que la construcción arquitectónica propuesta por este o aquel reformador, deba o pueda aplicarse de un día para otro por decreto de rey o de pueblo.
Y en este sentido la ilusión utópica del socialismo empírico se halla en oposición con la ley positiva de la evolución y es, por lo tanto, equivocada. Y justamentecomo tal, la combatí en miSocialismo y criminalidad, porque todavía entonces (1883) no se habían divulgado en Italia las ideas del socialismo científico o marxista.
Un partido político o una teoría científica, son también productos naturales que deben pasar por las fases vitales de la infancia y la juventud antes de llegar a su desarrollo completo. Era inevitable, por lo tanto, que antes de ser científico y positivo, el socialismo en Italia y en otros países pasara también por las fases infantiles sea del exclusivismo corporativista (de los trabajadoresmanualesúnicamente) sea del romanticismo nebuloso que, dando a la palabrarevoluciónun significado restringido e incompleto, se ha mantenido siempre en la ilusión de que un organismo social puede cambiarse radicalmente de un día para otro, con cuatro descargas de {133} fusilería, así como un régimen monárquico puede cambiarse en régimen republicano.
Pero cambiar la cáscara política de un orden social es inmensamente más fácil —porque es menos concluyente y menos influyente en el fondo económico de la vida social— que la diferente orientación de esta vida social en su constitución económica.
Los procesos de transformación social son, como por otra parte lo son con otros nombres, los de toda transformación de los seres vivientes: la evolución, la revolución, la rebelión, la violencia personal.
Una especie mineral, vegetal, o animal, puede pasar en el ciclo de su existencia por estos mismos procesos de transformación.
Desde que el primer núcleo de cristalización, o el germen, o el embrión aumenta gradualmente en estructura y en volumen, tenemos un proceso gradual y continuo deevoluciónal que, de un modo ú otro debe suceder un proceso derevoluciónmás o menos prolongado, representado por ejemplo por el destacamiento completo del cristal de la masa mineral circundante, o por ciertas fases revolucionarias de la vida vegetal o animal, como por ejemplo el momento de la reproducción sexual, etc.; y así puede {134} presentarse cualquier momento derebelión, es decir de violencia individual asociada, como sucede tan frecuentemente entre las especies animales que viven en sociedad; y puede suceder también laviolencia personalaislada como en las luchas por la conquista del alimento o de la hembra, entre animales de la misma especie, etc.
En el mundo humano se repiten los mismos procesos, entendiéndose porevoluciónla transformación diaria casi desapercibida pero continua e inevitable; porrevoluciónel período crítico y resolutivo, más o menos prolongado, de una evolución arribada a su extremo; porrebeliónla violencia parcialmente colectiva, que estalla por la provocación de esta o de aquella circunstancia particular en un punto y en un momento dado, y porviolencia personal, la tentativa de un individuo contra uno o varios individuos y que puede ser: o el efecto de un arrebato de pasión fanática, o la explosión de instintos criminales, o la manifestación de desequilibrio mental —con vinculaciones a las ideas más en boga en un momento dado, político o religioso—.
Ahora, la primera observación que hay que hacer es ésta: que mientras la evolución y la revolución pertenecen a la fisiología social, la rebelión y la violencia personal son, por el contrario, síntomas de patología social.
{135} Verdad es que todos son procesos naturales y espontáneos desde que, según el concepto de Virchow, renovador en gran parte de la biología moderna, la patología no es más que la continuación de la fisiología, y hasta los síntomas patológicos tienen o deberían tener gran valor diagnóstico para las clases que están en el poder, que en toda época histórica, así en los momentos de crisis política como en los de crisis social, no saben idear otro remedio que la represión personal, guillotinando o encarcelando, y figurándose haber curado con eso la enfermedad constitucional y orgánica que trabaja al cuerpo social.
Pero es de todos modos irrefutable que los procesos normales —y por eso más fecundos y más seguros aun cuando en apariencia sean más lentos y menos eficaces—, de transformación social, son la evolución y la revolución, entendida esta última en el sentido exacto y positivo de fase última de una evolución anterior, y no convirtiéndola en sinónimo de una rebelión tumultuosa y violenta como por lo común se piensa equivocadamente.
En efecto, es evidentente que al finalizar el siglo XIX, Europa y América se encuentran ya en un período de revolución preparada por la {136} anterior evolución fecundada por la misma organización burguesa, y continuada por el socialismo primero utópico y después científico, por la cual no sólo estamos ahora en ese período crítico de vida social que Bagehot llamaba «la edad de la discusión» sino que se advierte ya aquello que Zola, en su maravillosoGerminal, llamó el estallido del armazón político-social, por todos los síntomas que casi con la mismas palabras describe Taine en suAncien Régime, narrando los veinte años anteriores a 1789. Síntomas por los cuales —produciéndose aquí y allí por las grietas del terreno social, fugas parciales de vapores y gases volcánicos— se tiene indicio de que toda la corteza terrestre se rinde a la presión de una revolución interna, contra la cual de nada valdrán las medidas represivas sobre esta o aquella grieta, mientras que podrían ser eficasísimas y fecundas en bienes todas las sabias leyes de reforma y previsión que, aun cooperando al presente, hicieran menos doloroso «el parto de la nueva sociedad», como decía Marx.
Y he aquí por qué, entendidas en este sentido positivo, la evolución y la revolución se presentan como los procesos más fecundos y más seguros de metamorfosis social.
Justamente porque la sociedad humana es un {137} organismo natural y viviente, como cualquier otro no puede sufrir transformaciones inmediatas y de improviso, como lo imaginan aquellos que sostienen que se debe recurrir solamente, o en precedencia a la rebelión o a la violencia personal para la realización de un nuevo orden social. Sería como pretender que un niño o un joven pudieran llenar en un día una evolución biológica dada —aunque sea en el período revolucionario de la pubertad— para convertirse inmediatamente en adulto.
Se comprende, sin embargo, que el desocupado, bajo los espasmos del hambre o en el agotamiento cerebral por la falta de alimentación, o en los ensueños de la ignorancia, pueda imaginarse que dando un puñetazo a un guardia de seguridad, o arrojando una bomba, o haciendo una barricada o un motín, se acercará a la realización de un ideal de menor iniquidad social.
Y aun fuera de este caso, se comprende que la fuerza impulsiva del sentimiento, al prevalecer en ciertos hombres, pueda empujarlos por generosa impaciencia a cualquier tentativa, aunque sea real y no imaginaria como las que han presentado siempre las policías de todos los tiempos y de todos los lugares, a la represión de los tribunales —para secundar la manía o el terror {138} pánico de los que sienten escapárseles de las manos el poder político o económico—.
Pero la táctica del socialismo científico, especialmente en Alemania por la influencia más directa del marxismo, ha abandonado por completo estos viejos métodos del romanticismo revolucionario, que repetidos tantas veces han abortado siempre y son por eso, en sustancia, menos temidos por las clases dominantes porque son leves sacudimientos localizados contra una fortaleza que tiene todavía consistencia más que suficiente para quedar victoriosa de ellos, y asegurarse con la victoria del momento el retardo de la evolución, mediante la selección eliminadora de los adversarios más audaces y más fuertes.
El socialismo marxista es revolucionario en el sentido científico de la palabra, y se desenvuelve ahora en plena revolución social, porque nadie negará que el final del siglo XIX señala la fase crítica de la evolución burguesa lanzada a todo vapor, más en otras partes que en Italia, por el camino del capitalismo individualista.
Y el socialismo marxista tiene la franqueza de decir, por boca de sus representantes más cultos, a la gran falange dolorosa del proletariado moderno, que no tiene la varita mágica para {139} cambiar el mando de un día para otro cómo se cambian las decoraciones de teatro al levantar el telón; pero dice también, con el fatídico grito de reunión que Marx lanzaba al mundo de los trabajadores:¡Uníos, proletarios del mundo entero!, dice que la revolución social no puede llegar a su término si antes no se ha madurado en la conciencia de los trabajadores mismos, con la visión clara de sus intereses de clase y de su fuerza inmanente cuando están unidos, y no con la creencia de poder despertar un día en pleno régimen socialista, sólo porque permaneciendo inertes y divididos 364 días del año se les pusiera en la cabeza el 365º, entregarse a cualquier rebelión o a cualquier violencia personal.
Esta es la psicología que yo llamo «terno a la lotería», por la que justamente, los trabajadores y todos los heridos por la miseria, sueñan —sin hacer nada por constituirse en partido consciente de clase—, en poder un bello día ganar el terno a la lotería de la revolución social, así como se dice, les cayó el maná del cielo a los judíos.
El socialismo científico demuestra, pues, cómo la potencia transformadora va menguando de uno a otro proceso: a medida que de la evolución se pasa a la revolución, de ésta a la rebelión y de ésta a la violencia personal. {140} Justamente porque se trata de una transformación de la sociedad entera en su base económica y por lo tanto en sus organizaciones jurídicas, políticas y morales, por eso también el proceso de transformación es más eficaz y adaptado cuanto mássocialy menosindividuales.
Los partidos individualistas son también personalistas en la lucha diaria, el socialismo, por el contrario, es colectivista en esta misma, porque sabe que el orden actual no depende de éste o de aquel individuo, sinó de la sociedad entera. Y he ahí por qué, en el hecho opuesto, labeneficencia, siendo, aunque generosa, necesariamente personal o parcial, no puede ser un remedio a la cuestión social y por lo tanto colectiva, de la distribución de la riqueza.
En la cuestión política que deja intacta la base económico-social, se comprende cómo el destierro de Napoleón III o de D. Pedro II puede instaurar una república. Pero esa transformación superficial no tocará al fondo de la vida social y el Imperio Alemán o la monarquía italiana son socialmente burgueses como la República Francesa o los Estados Unidos; porque a pesar de las diferencias de barnizpolíticopertenecen a la misma faseeconómico-social.
Por eso es que los procesos: evolución y {141} revolución, los únicos completamente sociales o colectivos, son los más eficaces, mientras que la rebelión parcial y mucho más la violencia personal no tienen en sí más que una alejadísima energía de transformación social, y por el contrario encierra tanta parte anti-social y anti-humana, despertando los instintos primitivos de la sangre y del fratricidio, y junto a lapersonadel herido ofenden al mismo principio en que se creen inspirados: el principio del respeto a la vida humana y de la solidaridad.
Poco importa hipnotizarse con las frases de la «propaganda de hecho» o de la «acción inmediata».
Como se sabe, los anarquistas que son individualistas o «amorfistas», admiten como medio de transformación social laviolencia personal, que va del homicidio al hurto hasta entre compañeros, y que no es, entonces, evidentemente, más que un barniz político dado a instintos criminales que no es posible confundir con el fanatismo político que es un fenómeno muy diverso y común a los partidos extremos y románticos de todas las épocas. Y sólo el examen positivo de cada caso particular puede, con ayuda de la antropología y de la psicología, decidir si el autor de esta o aquella violencia personal es un {142} delincuente nato, un delincuente loco o un delincuente por pasión y fanatismo político.
En efecto, he sostenido siempre y sostengo hoy, que el «delincuente político» de quien algunos querrían hacer una categoría especial, no constituye una variedad antropológica, sino que puede pertenecer a cualquiera de las categorías antropológicas de delincuentes comunes y especialmente a una de estas tres: o delincuentenatopor tendencia congénita, o delincuenteloco, o delincuente por impulso depasiónfanática.
La historia del pasado y la de esta misma época nos ofrece ejemplos evidentes.
Así como en la Edad Media las creencias religiosas preocupaban la conciencia universal y daban color a los excesos criminales o dementes de muchos desequilibrados, o también determinaban realmente casos de «santidad» más o menos histérica, así al finalizar nuestro siglo, las cuestiones político-sociales que preocupan con mayor violencia la conciencia universal —que se exalta también con el mayor contagio universal producido por el periodismo con su granréclame— son las que dan color a los excesos criminales o dementes de muchos desequilibrados, o determinan también casos de fanatismo en hombres verdaderamente honestos pero hiperestésicos.
{143} Y las cuestiones político-sociales en su forma extrema asumida en cada momento histórico, son naturalmente las que tienen con mayor intensidad esa energía sugestiva. Sesenta años ha, en Italia, era elmazzinianismoo elcarbonarismo; hace veinte años elsocialismo; ahora elanarquismo. . .
Y así se comprende cómo se han cometido violencias personales en todo tiempo y según el color del tiempo . . . Orsini, por ejemplo, figura entre los mártires de la revolución italiana.
Ahora, aparte de los juicios inevitablemente erróneos dictados por la emoción del momento, la decisión sobre cada caso deviolencia personal, no debe ser sino el fruto de un examen fisio-psíquico sobre su autor, como para cualquier otro delito.
Orsini fue un delincuente político por impulso de pasión. Entre los anarquistas bombardeadores o apuñaleadores de nuestros días, puede encontrarse tanto el delincuente nato —que disfraza sin embargo su congénita carencia de sentido moral o social con el barniz político— cuanto el delincuente loco o matoide, que refiere su desequilibrio mental a las ideas políticas del momento, así como puede encontrarse también el delincuente porpasiónpolítica, verdaderamente {144} convencido y bastante normal, en quien se determina el acto violento sólo por el falso concepto (qué el socialismo combate) de una posible transformaciónsocialmediante la violenciapersonal.
Sea como sea, trátese de delincuente nato o loco, o también de delincuente político por impulso pasional, no deja de ser verdad que laviolencia personal, adoptada por los anarquistas individualistas, al mismo tiempo que es el producto lógico del individualismo llegado a los extremos y lo es por lo tanto de la actual organización económica llegada a sus extremos —con el relativo «delirio del hambre» aguda o crónica— es el medio menos eficaz y más antihumano de transformación social.
Pero, además de los anarquistas individualistas, o amorfistas, o autonomistas, hay también los anarquistas comunistas.
Estos repudian laviolencia personalcomo medio ordinario de transformación social (y hace poco lo declaraba, entre otros, Merlino en su opúsculoNecesidad y base de un acuerdo); sin embargo estos anarquistas comunistas disienten del socialismo marxista, no sólo en elidealúltimo, sino también y sobre todo en elmétodode transformación social, que combatiendo a los socialistas marxistas como «legalitarios» y {145} «parlamentaristas», sostienen que el medio más eficaz y seguro de transformación social es larebelión.
Con estas afirmaciones que responden demasiado bien a la nebulosidad de los sentimientos e ideas de una crecidísima parte de los trabajadores y a la impaciencia de su situación miserable, podrán tener un inconsciente influjo momentáneo; pero su acción tiene que ser transitoria como espuma en el agua, así como el estallido de una bomba puede producir cierta momentánea emoción, pero no hace avanzar un paso la evolución de las conciencias hacia el socialismo, mientras que por el contrario determina una reacción del sentimiento, en gran parte sincera, pero también hábilmente fomentada y usada como pretexto de represión.
Decir a los trabajadores que deben rebelarse contra las clases que tienen el poder, sin preparación no sólo de medios materiales sino también de solidaridad y de conciencia moral, es más bien servir los intereses de esas clases dominantes, porque tienen la seguridad de la victoria material, puesto que la evolución no está madura y la revolución no está pronta.
Por eso, a pesar de todas las mentiras interesadas, se ha visto en los recientes movimientos {146} de Sicilia, que allí dónde el socialismo estaba más avanzado no han ocurrido ni violencias personales ni rebeliones, como entre los labriegos de Piana dei Greci, educados en el socialismo consciente por Nicolás Barbato; mientras que esos movimientos convulsivos se han presentado o fuera de la propaganda socialista como rebelión contra las vejaciones y lascomunasmunicipales, o allí donde la propaganda socialista menos consciente fue ultrapasada por los impulsos del hambre y de la miseria.
La historia enseña que los países donde las rebeliones han sido más frecuentes, son aquellos cuyo progreso social está menos avanzado; justamente porque las energías populares se agitan y se despedazan en esos excesos febriles y convulsivos, y alternándose con períodos de enervación y de desconfianza —a que responde la teoría budista de laabstención del voto, tan cómoda para los partidos conservadores— no representan ninguna continuidad de esa acción consciente, en apariencia más lenta y menos eficaz, pero en realidad la única que sepa realizar esos que parecen los milagros de la historia.
Y por eso el socialismo marxista de todos los países ha proclamado que el medio principal de transformación social debe serla conquista de los{147}poderes públicos(en las administraciones locales y en los parlamentos), como uno de los efectos de la organización consciente de los trabajadores en un solo partido de clase; mientras que a medida que se haga más intensa y extensa esa organización, otros serán sus efectos, verdaderamente revolucionarios en el sentido positivo ya explicado. Cuánto más progrese en los países civilizados la organización política de los trabajadores, tanto más verán realizarse, por evolución fatal, la organización socialista de la sociedad, primero con las concesiones parciales pero cada vez más amplias de la clase capitalista a la clase trabajadora (ejemplo elocuente: la ley de las8 horas) y después la transformación completa de la propiedad individual en propiedad social.
Que esta transformación integral que, preparándose por evolución gradual, se acerca al momento crítico y resolutivo de la revolución social, pueda después realizarse con o sin el concurso de los demás medios de transformación —rebelión y violencia personal— es lo que nadie puede profetizar.
Nuestra sincera aspiración es que la revolución social se realice cuando esté madura la evolución, pacíficamente, como tantas otras {148} revoluciones que se han hecho en paz, sin derramar una gota de sangre: ejemplo: la Revolución inglesa que precedió un siglo con elBill of Rightsa la Revolución francesa; como la Revolución italiana hecha en Toscana en 1859; como se hizo la Revolución brasileña, con el destierro del emperador D. Pedro en 1892.
Y es evidente que la más difundida cultura del pueblo y su organización consciente en partido de clase bajo la bandera del socialismo, no hacen sino aumentar las probabilidades de esa aspiración nuestra, y desvanecer también las añejas previsiones de un período dereaccióndespués del advenimiento del socialismo, que sólo tendrían razón de ser si el socialismo fuese todavía utópico en sus medios de acción, en lugar de ser, como es, la fase natural y espontánea y por lo tanto inevitable e irrevocable, de la evolución humana.
¿Y dónde comenzará esta revolución social?
Estoy firmemente convencido que mientras los pueblos latinos, como meridionales, tienen mayor facilidad para las rebeliones sobresaltadas y pueden lograr transformaciones puramentepolíticas, los pueblos septentrionales, alemanes o anglo-sajones, están más dispuestos a la disciplina tranquila pero inexorable de la verdadera {149} revolución, como fase crítica de anterior evolución orgánica y gradual, único proceso eficaz de una transformación verdaderamentesocial.
Y es en Alemania o en Inglaterra donde el mayor desarrollo del individualismo burgués acelera fatalmente sus inconvenientes y por lo tanto la necesidad del socialismo, es allí donde probablemente se realizará la gran metamorfosis social, iniciada ya también en todas partes, y de allí se propagará por la vieja Europa, como al fin del siglo pasado partió de Francia la señal de la revolución política y burguesa.
* * *
Queda, pues, una vez más demostrada la profunda diferencia que existe entre socialismo y anarquismo —que a nuestros adversarios y a la prensa servil agrada presentar confundidos a los ojos velados por la emoción o por la ignorancia— y queda de todos modos demostrado que el socialismo marxista representa una armonía vital y una continuación fecunda de la ciencia positiva, justamente porque ha hecho de la teoría de la evolución la savia y la sangre de sus propias inducciones y señala por lo tanto la fase verdaderamente vivaz y definitiva —y en consecuencia la única que desde ahora sobrevivirá en {150} la conciencia de la democracia colectivista— de ese socialismo que hasta hace poco había permanecido fluctuando en las nebulosidades del sentimentalismo, sin la brújula infalible del pensamiento científico renovado por las obras de Darwin y de Spencer.
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{153}
Fenómeno verdaderamente extraño en la historia del pensamiento, después de la primera mitad del siglo XIX, fue el siguiente:
La profunda revolución científica determinada por el darwinismo y el spencerismo había invadido, renovándolas con nueva juventud, todas las ramas de las ciencias físicas, biológicas y psicológicas; pero llegada al terreno de las ciencias sociales no había hecho más que encrespar superficialmente las ondas del tranquilo lago ortodoxo de la ciencia social por excelencia: la economía política.
Es verdad que por iniciativa de Augusto Comte —obscurecido en parte por los nombres de Darwin y de Spencer, pero que indudablemente fue uno de los cerebros más grandiosos y fecundos de nuestra época—, es verdad que por su iniciativa se creó una ciencia nueva: la sociología, {154} que hubiera debido ser con la historia natural de las sociedades humanas, el glorioso coronamiento del nuevo edificio científico levantado por el método experimental. Y no niego que la sociología en la parte de pura anatomía descriptiva del organismo social, haya traído grandes y fecundas novedades a la ciencia contemporánea, ramificándose también en varias sociologías especiales, uno de cuyos resultados más útiles y más vivos es la sociología criminal, creada por la escuela positiva italiana.
Pero cuando se abordaba la cuestión político-social, la nueva ciencia de la sociología era atacada por una especie de sueño hipnótico, y permaneciendo suspendida en un limbo incoloro e inodoro, permitía que los sociólogos fueran, tanto en economía pública como en política, ya conservadores, ya radicales, según su capricho y sus tendencias personales.
Y mientras la biología darwinista con el estudio de las relaciones entre el individuo y la especie, y la misma sociología evolucionista, al determinar en la sociedad humana los órganos y las funciones de un verdadero organismo viviente, reducían al individuo, en el organismo social a la proporción relativa de una célula en el organismo animal, Heriberto Spencer se declaraba {155} anglicanamente individualista, hasta el anarquismo teórico más absoluto.
Era por lo tanto inevitable una estagnación de la producción científica de la sociología, después de las primeras observaciones originales de anatomía social descriptiva y de historia natural de las sociedades humanas. La sociología representaba así una detención del desarrollo en el pensamiento científico experimental, porque sus cultores, consciente e inconscientemente, se retraían de las conclusiones lógicas y radicales que la revolución científica moderna debía llevar inevitablemenle al campo social —que es el que interesa más, si el positivismo quiere hacer la ciencia por la vida, antes que detenerse en la formula onanista de la ciencia por la ciencia—.
E1 fácil secreto de este fenómeno extraño, no sólo consiste, como apuntaba Malagodi, en que la sociología se encuentra en el período delanálisiscientífico, antes de llegar a lasíntesis, sino sobre todo en que las consecuencias lógicas del darwinismo y del evolucionismo científico, aplicadas al estudio de la sociedad humana, conducen inevitablemente al socialismo, como lo he demostrado en estas páginas.
* * * * *
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Sin embargo, el mérito de haber dado expresión científica a estas aplicaciones lógicas del experimentalismo científico en el terreno de la economía social, aunque envuelta en un fárrago de detalles técnicos y de fórmulas en apariencia dogmáticas —como por otra parte ocurre en losPrimeros Principiosde Spencer en que los luminosos párrafos sobre laevoluciónestán envueltos por la niebla de las abstracciones sobre el tiempo, el espacio, lo incognoscible, etc.— pertenece a Carlos Marx. Y su obra científica ahogada hasta hace pocos años por una especie de conspiración del silencio de parte de la ciencia ortodoxa, resplandece ahora con luz inextinguible y lo coloca incontestablemente junto a Carlos Darwin y Heriberto Spencer, completando la trinidad de la revolución científica que agita en los extremecimientos de una nueva primavera intelectual, el pensamiento civil de la segunda mitad del siglo XIX.
Son especialmente tres las ideas geniales con que Carlos Marx completaba la revolución {157} provocada por la ciencia positiva en el terreno de la economía política.
El descubrimiento de la ley de lasupervalía, en que, sin embargo, prevalece un carácter técnico —como explicación positiva de la acumulación de la propiedad privada desligada del trabajo—, sobre lo que no hay que insistir, pues se ha dado una idea elemental en las páginas anteriores.
Las otras dos teorías marxistas, son de mucho mayor interés para nuestras observaciones generales sobre el socialismo científico, porque dan verdaderamente la clave segura e infalible de todos los secretos de la vida social.
Aludo a la idea expresada desde 1859 en laCrítica de la economía política, de que el fenómeno económico es la base y la condición de toda manifestación humana y social; y que por lo tanto, la moral, el derecho, la política no son más que fenómenos derivados del factor económico, según las condiciones de cada pueblo en cada fase de la historia y en cada zona de la Tierra.
Y esta idea, que responde a la gran ley biológica por la cual la función es determinada por el órgano y por la que cada hombre es tal como resulta de las condiciones innatas y adquiridas {158} de su organismo fisiológico, viviendo en un ambiente dado, así como puede darse una extensión verdaderamente biológica a la famosa frase «dime como comes y te diré quien eres» —esta idea genial que realmente desarrolla ante nuestros ojos el grandioso drama de la vida humana, no ya como la caprichosa sucesión de los grandes hombres en el escenario del teatro social, sino como la resultante de las condiciones económicas de cada pueblo— ha sido, después de algunas aplicaciones parciales de Thorold Rogers, tan poderosamente explicada por Aquiles Soria que creo inútil agregarle nada mío.