The Project Gutenberg eBook ofSocialismo y ciencia positiva (Darwin-Spencer-Marx)This ebook is for the use of anyone anywhere in the United States and most other parts of the world at no cost and with almost no restrictions whatsoever. You may copy it, give it away or re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included with this ebook or online atwww.gutenberg.org. If you are not located in the United States, you will have to check the laws of the country where you are located before using this eBook.Title: Socialismo y ciencia positiva (Darwin-Spencer-Marx)Author: Enrico FerriTranslator: Roberto Jorge PayróRelease date: March 4, 2017 [eBook #54282]Most recently updated: October 23, 2024Language: SpanishCredits: Produced by Pedro Silvio Vivono*** START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK SOCIALISMO Y CIENCIA POSITIVA (DARWIN-SPENCER-MARX) ***
This ebook is for the use of anyone anywhere in the United States and most other parts of the world at no cost and with almost no restrictions whatsoever. You may copy it, give it away or re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included with this ebook or online atwww.gutenberg.org. If you are not located in the United States, you will have to check the laws of the country where you are located before using this eBook.
Title: Socialismo y ciencia positiva (Darwin-Spencer-Marx)Author: Enrico FerriTranslator: Roberto Jorge PayróRelease date: March 4, 2017 [eBook #54282]Most recently updated: October 23, 2024Language: SpanishCredits: Produced by Pedro Silvio Vivono
Title: Socialismo y ciencia positiva (Darwin-Spencer-Marx)
Author: Enrico FerriTranslator: Roberto Jorge Payró
Author: Enrico Ferri
Translator: Roberto Jorge Payró
Release date: March 4, 2017 [eBook #54282]Most recently updated: October 23, 2024
Language: Spanish
Credits: Produced by Pedro Silvio Vivono
*** START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK SOCIALISMO Y CIENCIA POSITIVA (DARWIN-SPENCER-MARX) ***
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BUENOS AIRESIMPRENTA DE «LA NACIÓN» SAN MARTÍN 3441895
PáginasEl traductor a los lectores argentinos…………………………VPrefacio………………………………………………….XXI
Primera parte. Darwinismo y socialismo.I. Virchow y Haeckel en el Congreso de Munich. Las tres pretendidascontradicciones entre darwinismo y socialismo…………………..3II. La igualdad de los hombres……………………………….10III. Los vencidos en la lucha por la vida……………………..26IV. La supervivencia de los más aptos…………………………41V. Socialismo y creencias religiosas………………………….51VI. El individuo y la especie………………………………..57VII. La «lucha por la vida» y la «lucha de clase»………………64
Segunda parte. Evolución y socialismo.VIII. La tesis ortodoxa y la tesis socialista ante la teoría científica de la evolución…………………………………..87 IX. La ley de regresión aparente y la propiedad colectiva……….94
{IV}X. La evolución social y la libertad individual……………….102XI. Evolución, revolución, rebelión, violencia personal. Socialismo yanarquía………………………………………………….121
Tercera parte. Sociología y socialismo.XII. El limbo estéril de la sociología……………………….153 XIII. Marx completa a Darwin y a Spencer. Conservadores y socialistas …………………………………………………………156
Obras citadas por el autor………………………………….171
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He aquí un libro que debe ser leído por cuantos se ocupan o preocupan de la cuestión social, por más que sólo sea un trabajo de polémica y propaganda, sin grandes pretensiones científicas ni largos desarrollos complementarios de las ideas en él expuestas.
Tiene otros méritos: es accesible a todas las inteligencias sin exigir preparación especial; da una clarísima explicación de lo que es el socialismo marxista; echa a rodar las conjeturas infundadas y las interesadas calumnias; rebate con éxito las objeciones que se hacen a éste y que muchas veces tienen todo el aspecto de sentencias inapelables; desvanece los temores que despierta en ciertos espíritus la creencia de que el socialismo marchará a la conquista de su ideal político con las armas en la mano, y demuestra de una manera clara, terminante y fructífera, que este movimiento que se inicia en el mundo entero, no es el espasmo epiléptico de una humanidad enferma, sino la marcha gradual, acusada por síntomas a veces sobresaltados, de una evolución inevitable y lógica, que podrá prolongarse, pero que llegará necesariamente a su fin.
{VI} Importa que estas ideas —que no son creadoras delhecho, sino derivadas de él y por él inspiradas—, tengan amplia difusión entre nosotros; el problema planteado tan categóricamente en Europa no puede dejarnos en la indiferencia, desde que sabemos cuán poderoso influjo ejerce aquí la evolución europea, cuya repercusión trajo la revolución de 1810, efecto indirecto pero innegable de la de 1789, y que ha seguido produciendo otros efectos reflejos que se acentuarán cada vez más.
Hemos podido observar, sin embargo, que en la mayoría de los argentinos —hasta entre los inteligentes y estudiosos— la idea del socialismo se refiere siempre al embrión romántico de principios de siglo, y permaneciendo en estado de nebulosa, se asocia al nombre de Blanc, de Proudhon, de Fourier, de Saint-Simon, se confunde con el comunismo, y viene a ser una amalgama informe de individualismo, socialismo y anarquía, sin que se siga siquiera con mediana atención la evolución poderosa y progresista que en él se efectúa a partir de Carlos Marx.
La propaganda ardiente y a veces calumniosa de sus adversarios, el sentimentalismo utópico de la mayoría de sus adeptos, la poca difusión de las obras socialistas en este país, las mayores facilidades y seguridades de vida que suelen encontrarse aquí, son otras tantas causas de esa indiferencia y de esa ignorancia, que hace encogerse de hombros a los más, diciéndose que no ha llegado el momento de preocuparse de la cuestión social.
La lectura de este trabajo del sociólogo italiano {VII} desvanecerá necesariamente este falso concepto que se tiene del socialismo, al presentar, con sólida argumentación y numerosos datos ilustrativos, un cuadro exacto de la situación actual de la evolución en el viejo mundo, los progresos realizados, la estrecha vinculación que el socialismo tiene con la ciencia positiva, etc., haciendo que el libro, de polémica en su propósito principal, sea al mismo tiempo de propaganda clara y eficaz.
Sin embargo, el lector tropezará con observaciones y afirmaciones que, exactas en el medio en que actúa el autor y para el cual escribe, cesan de serlo en este país y en otros países americanos, o pierden de su fuerza por no estar generalizadas las causas que las provocan: por ejemplo en las partes en que se refiere al enriquecimiento rápido, a las dificultades de la juventud para ilustrarse, al celibato forzoso del soldado, etc., etc., y que para aplicarse a nosotros tienen que ser modificadas hasta tal punto que se hace necesaria una observación personal y directa del medio, las costumbres, los habitantes, etc. Salvo estos puntos en que el lector tiene que juzgar con el criterio de Europa, suponiéndose en medio de sus viejas sociedades, el resto del libro generaliza, y sus premisas y conclusiones son perfectamente adaptables a nuestro país. Y aún más: esas observaciones hoy discutibles vendrán a ser perfectamente exactas más tarde, cuando haya ejecutado su completa evolución el capitalismo industrial, comercial y territorial que tan rápidamente nos invade.
Hemos querido hacer notar esto, por cuanto la {VIII} apariencia de inexactitud de algunos párrafos inaplicables al medio en que vivimos, pero reflejo de la verdad en el viejo mundo, daría asidero a la crítica, ya superficial ya malévola, proporcionando armas decisivas al parecer a los que asisten con desconfianza o temor al desarrollo y a la difusión de la idea socialista.
Y esta idea tiene que hacer mayor camino cada vez, aumentando de día en día el número de sus prosélitos, en razón del aumento del proletariado. Hace algunos años, el socialismo no tenía entre nosotros sino pocos partidarias aislados. Las cosas cambian rápidamente, y en este momento existen en Buenos Aires cinco agrupaciones socialistas, a saber: Centro Socialista Obrero, Centro Universitario Socialista, Fascio dei Lavoratori, Les Egaux y Vorwärts que acaba de inaugurar un hermoso edificio construido por su cuenta.
Además de la publicación de libros, folletos y artículos de los socialistas europeos, que toman incremento cada vez mayor, aparecen dos periódicos socialistas que tienen su existencia asegurada:Vorwärtsfundado en 1886 yLa Vanguardiaen 1893, aparte de otras numerosas publicaciones de vida efímera, y de las que suele hacerLa Naciónde artículos y correspondencias de De Amicis, Reclus, Liebknecht, etc.
Pero otro síntoma señala claramente la evolución que se efectúa, y son las treinta y cuatro sociedades gremiales y de resistencia que hoy existen —entre las que figura una de mujeres— que cuentan con numerosos asociados y que sin duda no tardarán en adherirse al socialismo como pasa con lasTrade Unionsinglesas.
Y decimos que este movimiento se irá acentuando, {IX} porque todo se encarga de precipitar la evolución, hasta en esta misma ciudad, cuya gran masa de población ignora aún la idea socialista: desde la mayor unificación de los capitales, o sea el aumento de la propiedad individual, hasta el inesperado crecimiento del número de los asalariados en sus diversos nombres y categorías . . . ¿Qué importa para su realización que un fenómeno sea observado o no? ¿Acaso los gérmenes necesitan para su desarrollo del microscopio del sabio? ¿El mundo se ha detenido en su evolución progresiva por la indiferencia medieval? Si la causa existe ¿el no advertirla puede impedir sus efectos?
Sin detenerse a considerar hechos que ya no son aislados aunque sean insignificantes en relación a los análogos que se producen en Europa, y complaciéndose en la observación de los que triunfan, es decir, de las excepciones, se olvida generalmente que hay una enorme masa de población que puede calcularse en mucho más de la mitad del total que vive de un salario más o menos mezquino.
El censo que se prepara —si no sufre los usuales olvidos y enmendaturas para que todo aparezca muybonito—, va a proporcionar datos bien curiosos y reveladores sobre el estado actual de las clases pobres. Mientras nos llega, para presentarnos, aun sin querer, un cuadro verdaderamente desolador de las provincias, no es inútil recorrer las páginas del censo de la capital levantado en 1887, tomando como buenas las primeras cifras, pues los mismos detalles presentan discordancias incomprensibles en los diversos capítulos de la obra en que se repiten.
{X} Por ese censo sabemos que sobre 423.996 habitantes, 38.904 eran empleados de comercio, 75.622 obreros, y 73.598 individuos dedicados alservicio personal. Contábanse también entonces 9137 empleados públicos y 1499 maestros . . . Es decir 198.760 individuos asalariados, fuera de muchos miles más cuya vida era dedependenciaabsoluta o relativa . . . Las circunstancias han variado, y después de la «crisis de progreso», muchos miembros de la clase media han descendido un escalón, yendo a engrosar el número de los asalariados, sea en una, sea en otra de las múltiples formas que asume el Proteo-jornal, mientras que ha continuado la inmigración, aunque en menor escala, y con la depreciación del papel moneda hemos asistido al fenómeno del encarecimiento de la vida con la baja de los salarios y el alza de los artículos de primera necesidad, desde el pan hasta la habitación. De tal modo que se ha hecho más difícil la existencia de los asalariados y al mismo tiempo ha aumentado su número . . .
Un diario argentino que se reputa serio y que leen las clases pobres, suponiendo en él una tendencia amplia que no tiene, se ocupa hace tiempo de estas cuestiones, y alarmado por la paralización de algunas industrias, que dejan sin trabajo a numerosos obreros, viene repitiendo que hacen falta consumidores y que, por consiguiente, hay que fomentar la inmigración del proletario productor . . . No nos detendremos a refutar esta enormidad, desprovista hasta de apariencias de sentido común; citamos el caso porque demuestra que hasta en este país, que aparece como privilegiado, la {XI} cuestión está planteada en términos análogos a los europeos, aun cuando se inicie apenas.
El simple examen de las cifras y de los apuntes que acabamos de exponer, teniendo en cuenta el enorme aumento de la población que hoy pasa de 600.000 habitantes, basta para darse cuenta de que la idea del socialismo tiene yacausa—aunque el efecto no se haya resentado en formas ostensibles y categóricas—, desde que —como lo demuestra Ferri en las páginas que van a leerse— se trata de una cuestión económica, aunque esté íntimamente ligada a la política.
Muchos son los síntomas precursores de un gran movimiento futuro: la fundación de las agrupaciones ya citadas, la propaganda cada vez mayor, las huelgas recientes reivindicando las 8 horas de trabajo y el aumento de salarios, etc., etc., como efecto; la carestía enorme de los alquileres, la depreciación de la moneda papel, la falta de trabajo en algunas industrias que se derrumbarían sin los derechos prohibitivos a pesar del precio del oro, y el individualismo industrial y territorial cada vez más acentuado, como causa.
No es esto un cuadro imaginario, y estamos satisfechos de poder ofrecer aquí el testimonio de un observador que no puede tacharse de apasionado —el doctor Francisco Latzina— quien en un estudio sobre loslatifundios{[Nota al pie:]La Nación, núm. 7648, de 17 Marzo 1895, «La calamidad de los latifundios.»} decía lo siguiente, refiriéndose a nuestro país:
«La concentración de la tierra en pocas manos {XII} progresa con movimiento acelerado, e implica la degradación de los pequeños propietarios al papel de arrendatarios o peones. Esta misma tendencia de concentración de los capitales, reduce al artesano independiente a jornalero, al bolichero a peón, al pequeño comerciante a empleado de un negocio grande, y a las personas que han sido independientes en el régimen antiguo, a la dependencia de las grandes empresas.»
Esto no es metafísica; viene de la observación directa de los hechos, y otros escritores como E. Quesada, Lallemant, etc., han parado mientes en ello antes de ahora. Y no hay que demostrar —porque salta a la vista—, la agravación rápida del mal, agravación que resulta de nuestro sistema monetario y del proteccionismo a la industria que favorece a los menos en detrimento de los más, cuya vida se encarece en términos alarmantes, así como del drenaje de intereses enormes que van al extranjero, etc., etc.
Claro es que este estado de cosas se irá acentuando con el aumento de población y por la inevitable tendencia absorbente de los grandes propietarios territoriales.
Lo mismo que con el territorio, lo mismo que con la industria está sucediendo con el comercio. Las grandes casas como la Ciudad de Londres, el Progreso, etcétera, que cuentan con capitales crecidos y con los más variados artículos, realizando diariamente ventas importantísimas que les permiten competir con ventaja en el mercado, están siendo la sombra del manzanillo para el pequeño comercio, que tiene que vender más caro en razón de que no introduce directamente sus {XIII} mercaderías, de que siempre paga algo más a los intermediarios, y de que sus ventas son en menor escala. Muchos de los pequeños comerciantes son, pues, absorbidos, y no es extraño verlos ir a servir a esas mismas casas que indirectamente, en apariencia, han causado su ruina.
Pero esto pasa generalmente desapercibido, quizá porque no haya tomado aún los resueltos contornos que en Europa.
Para el no observador puede aún ser aplicable a la República Argentina la célebre frase de Pangloss, a pasar de la vida semisalvaje de los jornaleros criollos de nuestras provincias, de cuyo trabajo se abusa, y de las privaciones del obrero, que en las ciudades comienza ya a verse obligado a vivir en montón, en infectos tugurios.
La situación de los trabajadores argentinos en las provincias no puede ser más abyecta: descalzos, casi sin ropas, ignorantes hasta el grado sumo, no alcanzan muchas veces a ganar una mensualidad de diez pesos que gastan en alcohol, embriagándose y riñendo muy a menudo en luchas sangrientas, sin otra causa positiva que la borrachera y la ignorancia. En algunas provincias hemos podido ver estancias en que trabajaban tribus de indios reducidos, sin salario alguno, casi desnudos, por el trozo de carne de sus comidas y algunos vasos de aguardiente los días de fiesta. Pero aquellos que han salido de la vida salvaje no tienen una existencia mucho mejor, y viven miserables, no sólo en las estancias, sino en los ingenios, y en todas las industrias enriquecedoras de sus amos, que ostentan en {XIV} Buenos Aires o en las capitales de provincia el lujo que les proporciona elsupertrabajoobtenido en su beneficio de la ignorancia y la semiesclavitud de sus peones y obreros.
En muchas provincias la ignorancia es, por decirlo así, fomentada por el capital, pues tiene la emancipación del obrero que, sabiendo algo, se negaría a la cuasi esclavitud actual.
Así en las antiguas Misiones, donde los trabajadores suelen vivir de mandioca y naranjas como en el Paraguay. Así en la misma provincia de Buenos Aires donde el gaucho, más apto, para las tareas de la ganadería, y sólo por ser gaucho, tiene mucho menor salario que el obrero europeo . . .
Esto no nos lo dicen los anteriores censos ni nos lo dirá el que se prepara, porque su compilación tiene siempre un propósito político más o menos consciente, y la estadística no se usa para mostrar males, sino para equilibrar fuerzas electorales o para aumentar el crédito exterior con riquezas que suelen no existir y poblaciones que amenudo sólo han sido engendradas por el cerebro del estadígrafo político. Ya daríamos ejemplos si no temiéramos extendernos demasiado.
Entretanto, y olvidándolo todo, se repite:
«No hay por qué pensar en el socialismo. No estamos en Europa donde escasean los medios de vida; aquí cualquiera se hace rico.»
Quizás la proporción de los que se enriquecen sea mayor aquí que en otras partes; pero una simple mirada a nuestro rededor nos demostrará que se trata de {XV} un pequeño tanto por mil, mientras que el resto continúa esclavizado al capital, más poderoso y más absorbente cada vez.
Lo que hay, sí, es que, todavía hoy, los remedios se presentan más fáciles que en el viejo mundo, porque aquí —donde se aplica a Spencer, vendiendo los ferrocarriles— hay aún mucha tierra fiscal improductiva, que podría servir de base para una evolución, acelerada por el impuesto a la renta, a los terrenos baldíos a las herencias, etc., etc., que necesariamente se realizará más tarde en medio de mayores sacudimientos que darán inmenso relieve a Rivadavia y su previsora ley de enfiteusis. Aquél profundo observador previó, en efecto, lo que iba a pasar, algo de lo que está pasando y mucho de lo que no ha pasado todavía, y es lástima que sus lecciones se hayan olvidado en estas épocas en que aún se espera una renovación de la «crisis de progreso» quenuncase repetirá en la misma forma, porque cada día se irán acentuando más las diferencias de clase que ya se diseñan tanto, así como el capitalismo absorbente y el derrumbe ya iniciado de las clases medias que van descendiendo escalón por escalón hasta que lleguen al proletariado y reaccionen entonces entrando de lleno en la lucha de clase.
Cabe observar aquí lo que ha pasado con los centros agrícolas de la provincia de Buenos Aires, con las colonias de Santa Fe, cuya gran parte está aún en manos de empresarios que se enriquecen, etc. etc., y lo que pasa en los territorios nacionales como en el Neuquén, por ejemplo, donde muchos labradores no pueden colonizar porque inmensas zonas, las mejores {XVI} y más feraces, están desde años atrás en poder de concesionarios que las dejan improductivas esperando una oportunidad feliz que les permita especular con el mayor valor de la tierra, artificialmente provocado, puesto que no habiendo sido trabajada no puede calcularse qué producto dará, único medio de señalar su valor real y positivo.
En este territorio —para no citar otros— hay un concesionario que posee, él solo,cuatrocientas leguas, que arrienda para pastoreo, sin haber hecho una construcción ni haber cumplido con ninguna de las prescripciones de la ley; otro encumbrado concesionario hace lo mismo contrescientas leguas, en que nada ha puesto y cuyos arrendamientos cobra, contándose por docenas los posesores de lotes detreinta y dosleguas, que en esos vastos y feraces terrenos no se han cuidado de levantar ni un rancho.
Y esto, poco más o menos, ocurre en todos los territorios condenados así a convertirse en puntos improductivos o a ser bombas aspirantes de lo que produzcan los trabajadores.
A pesar de las lecciones recibidas, el mal parece no tener remedio, tan generalizado está.
Pregúntese a los especuladores en tierras de Bahía Blanca y otras comarcas semiestériles o que exigen mucho esfuerzo para la producción, qué beneficio general o particular produjo a la larga la suba de los terrenos; pregúntese a los territorios más fértiles, qué beneficio les han traído los propietarios de grandes feudos abandonados y casi eriales mientras viene {XVII} —que no vendrá sino con la producción— el mayor valor de la tierra . . .
¿Dónde nos llevaría un examen aparentemente prolijo de todos los inagotables aspectos de la cuestión? . . . El prólogo rompería sus proporciones, para tomar las del libro, las delin folio, aquí donde no suelen resolverse con este criterio sino con el escolástico, todos los problemas económico-sociales, de tal manera que cuanto se dijese en este sentido sería nuevo e incitaría a grandes desarrollos hasta al escritor mediocre. Pocos, bien pocos —sobrarían para contarlos los dedos de una mano— son los que se libran de la lógica de factura, con premisas falsas o variables, del capitalismo, y pueden lanzarse a la observación directa de los hechos, sacados los anteojos de todos colores del prejuicio y de la tradición . . .
Así no se mira por su lado positivo nuestra dependencia del capital europeo, invertido en ferrocarriles, industrias, bancos, empréstitos —temas fecundos, y el último sobre todo, de muchos libros por escribir— cuyos productos e intereses, dobles y triples de los que rigen en el viejo mundo, no se invierten aquí, ni mejoran la situación de obreros y trabajadores, sino que vuelven al punto de partida del capital, a hacer más fácil la vida del que lo arriesgó, como es lógico, natural yjustoen el sistema actual . . .
Y sin embargo, se sueña con muchas cosas, a las que debería haber dado golpe de muerte la frase fundada en cifras que en un informe al ministro de hacienda, doctor Terry, para acompañar su conocidamemoria{XVIII} al Congreso sobre la conversión, lanzó el doctor Francisco Latzina y que nosotros recogemos aquí:
«El oro a la par es la ruina de la agricultura y de todas las industrias, y el agio a un tipo inferior de 300, significa lainsolvencia del gobiernorespecto de sus acreedores a oro».
¡Qué atolladero! Y lo más curioso es el sitio en que ha sido presentado a la pública atención, malbaratando el utópico andamiaje del ministro.
Se ve, pues, si hay o no tela en que cortar, si nos detuviéramos a examinar los males de que padecemos, incurables en el sistema económico actual.
Pero terminemos aquí estas líneas, que no pretenden sino dar una ligera idea del camino que el socialismo tiene que hacer entre nosotros.
Nuestros millonarios habrán sufrido a causa de la crisis natural e inevitable, una merma en su capital absoluto con la baja de la tierra, la depreciación de la moneda etc., etc., pero nadie que pare mientes en ello podrá negar que su capital relativo ha aumentado por la ley que Ferri expone de que los ricos se hacen más ricos y los pobres más pobres cada vez. Y algunos aún no habrán experimentado ni esa disminución absoluta, como los que colocaron su dinero en propiedades muebles que fueran susceptibles de convertirse siempre en oro.
Mientras tanto, las clases medias que vivieron fácilmente en aquel período de fiebre —que no ha de olvidar ninguno de los que lo han presenciado, y que a pesar de todo nos ha dejado adquisiciones que nadie {XIX} nos puede quitar—, ven cada vez más dificultada su existencia, y si no aciertan todavía con el remedio, los observadores tienen que ver en esas amargas penalidades de hoy, el punto de partida de una evolución inevitable, que tanto puede venir, como repercusión, del movimiento europeo, cuanto —a la larga— de los mismos gérmenes existentes en nuestro país.
Roberto J. Payró.
Mientras escribo la segunda edición de un ensayo ya antiguo sobreSocialismo y criminalidad(Turín, 1883) en el que, siguiendo la evolución progresiva de mi pensamiento científico, he de completar las ideassociológicasde entonces con las ideassocialistasde hoy; quiero publicar este trabajo, el que ha sido, en parte, la conferencia dada en Milán el 1º de Mayo del año que corre.
Darwinista y spenceriano convencido, me propongo probar como el socialismo marxista —el único que tenga método y valor científicamente positivo, y por lo mismo el único que ahora inspira y dirige con unidad a los socialistas demócratas de todo el mundo civil— no es sino el complemento práctico y fecundo en la vida social de esa moderna revolución científica, preparada en los siglos pasados por la renovación italiana del método experimental en todos los ramos del saber humano, y ejecutada y disciplinada en nuestros días por las obras de Darwin y de Spencer.
Verdad es que Darwin, y sobre todo Spencer, se han quedado a la mitad del camino de las últimas {XXII} conclusiones de orden religioso- político-social, que derivan de sus indestructibles premisas de hecho.
Pero ese episodio personal que no puede detener el inevitable progreso de la ciencia regenerada y de sus consecuencias prácticas —en formidable acuerdo con las más dolorosas necesidades de la vida contemporánea—, no hace, por otra parte, sino evidenciar más la justicia histórica que debe recaer sobre la obra científica y política de Carlos Marx, en quien se completa la gran trinidad renovadora del pensamiento científico moderno.
* * *
El sentimiento y la idea son las dos inseparables fuerzas propulsoras de la vida individual y colectiva.
El socialismo, que hasta hace pocos años estaba a merced de las fluctuaciones vivaces pero indisciplinadas, y por lo tanto no concluyentes, del sentimiento humanitario, ha encontrado en la obra genial de Marx y de los que la han desarrollado y completado, su brújula científica y política. Esta la razón de sus conquistas cuotidianas en todas sus manifestaciones de la vida sentimental e intelectual.
La civilización, al mismo tiempo que representa el desenvolvimiento complicado, fecundo y bello de las energías humanas, es también unvirusde terrible poder infeccioso. Al lado de los esplendores del trabajo artístico, científico, industrial, acumula los productos gangrenados del ocio, de la miseria, de la locura, del delito, del suicidio físico, y de ese suicidio moral que se llama el servilismo.
{XXIII} El pesimismo —síntoma doloroso de la vida sin ideales, y en gran manera efecto de agotamiento o de degeneración del sistema nervioso— preconiza el aniquilamiento final como cesación del dolor.
Nosotros, por el contrario, tenemos fe en la eterna «virtud medicinal de la naturaleza»; y el socialismo representa justamente ese íntimo hálito de vida nueva y mejor que libertará a la humanidad —aunque sea con un proceso febril— de los productos virulentos de la fase presente de la civilización, para conservar y rejuvenecer en una fase ulterior, las energías sanas y fecundas en bien para todos los humanos.
Roma, Junio de 1894.
Enrique Ferri.
{1} PRIMERA PARTE. DARWINISMO Y SOCIALISMO.
{3}
El 18 de Septiembre de 1877, en el congreso de naturalistas de Munich, Ernesto Haeckel, el famoso embriólogo de Jena, pronunció un elocuente discurso en defensa y como propaganda del darwinismo, que atravesaba entonces por su época más aguda y tempestuosa de polémica y de lucha.
Pocos días después, Virchow, el gran patólogo —que aunque milite ya en el partido parlamentario «progresista» es bastantemisoneísta, tanto en la política como en la ciencia— combatía enérgicamente la teoría darwiniana de la evolución orgánica, contra la cual, con agudísima previsión, lanzaba el grito de alarma y el anatema político, diciendo que «el darwinismo conduce directamente al socialismo».
Protestaron de seguida los darwinistas capitaneados por Oscar Schmidt y por Haeckel; y para {4} que a tanta oposición de índole religiosa, filosófica y biológica levantada entonces contra el darwinismo, no se agregara también esta grave preocupación política, sostuvieron que, por el contrario, la teoría darwiniana estaba en abierta y absoluta contradicción con el socialismo.
«Si los socialistas fuesen pillos (escribía el profesor Oscar Schmidt en elAuslandde 27 de Noviembre de 1877), harían todo lo posible por sofocar en el silencio la teoría de la sucesión, porque esa doctrina proclama altamente que las ideas socialistas son inaplicables».
«En efecto, agregaba Hseckel, no hay doctrina científica que declare más abiertamente que la teoría darwiniana, que la igualdad de los individuos a que tiende el socialismo es un imposible, y que esa quimérica igualdad está en contradicción absoluta con la necesaria desigualdad de hecho que en todas partes existe entre los individuos.
»El socialismo pide para todos los ciudadanos derechos iguales, iguales deberes, bienes iguales e iguales goces; la teoría de la herencia establece, por el contrario, que la realización de estas aspiraciones es pura y simplemente imposible; que, en las sociedades humanas como en las animales, ni los derechos, ni los deberes, ni la propiedad, {5} ni los goces de todos los individuos asociados, son ni podrán nunca ser iguales.
»La gran ley diferencial enseña que, tanto en la teoría general de la evolución, cuanto en su parte biológica o teoría de la herencia, la variedad de los fenómenos surge de una unidad originaria, la diferencia de las funciones de una identidad primitiva, la complejidad del organismo de una sencillez primordial. Las condiciones de existencia son, desde el ingreso a la vida, desiguales para todos los individuos. Agréganse las cualidades hereditarias, las disposiciones innatas más o menos desemejantes, ¿cómo, pues, podrían ser iguales en todas partes, nuestras tareas en la vida y sus resultados consiguientes?
»Cuanto más desarrollada está la vida social, más importancia adquiere el gran principio de la división del trabajo, y la existencia duradera del estado exige más que sus miembros se dividan los deberes tan varios de la vida; y puesto que el trabajo que debe ser realizado por los individuos, así como el consumo de fuerza, de ingenio, de medios, etc., que demanda, difieren en el más alto grado, es natural, también, que la recompensa de ese trabajo sea proporcionalmente desigual.
»Estos son hechos tan sencillos y evidentes, {6} que todo hombre político, inteligente y culto, debería, según me parece, preconizar la teoría de la herencia y la doctrina general de la evolución, como el mejor contraveneno para las absurdas utopías igualitarias de los socialistas.
»¡Y es el darwinismo o teoría de la selección, lo que en su denuncia ha tomado Virchow como blanco, más que el transformismo o teoría de la herencia, siempre confundida con aquélla! El darwinismo es todo menos socialista.
»Si se quiere atribuir tendencias políticas a esta doctrina inglesa —lo que es lícito— esas tendencias no podrían ser sino aristocráticas, nunca democráticas, y menos socialistas.
»La teoría de la selección enseña que en la vida de la humanidad, como en la de las plantas y de los animales, siempre y en todas partes sólo una débil minoría arriba a vivir y a desarrollarse; la inmensa mayoría, por el contrario, sufre y sucumbe más o menos prematuramente. Innumerables son los gérmenes de todas las especies vegetales o animales, y los individuos jóvenes que no florecen; pero el número de los que tienen la suerte de desarrollarse hasta su completa madurez, y alcanzan al final de su existencia, es hasta cierto punto insignificante.
»La cruel y despiadada «lucha por la vida», {7} feroz en toda la naturaleza animada, y que tiene naturalmente que serlo, esa eterna e inexorable competencia de todo cuanto vive, es un hecho innegable. Sólo el número escaso de los electos, de los más fuertes y de los más aptos, está en condiciones de sostener victoriosamente esa competencia; la gran mayoría de los competidores desgraciados debe perecer necesariamente.
»Que se deplore esa fatalidad trágica, está bien; pero no se puede ni negarla ni variarla. ¡Todos son los llamados; pocos son los elegidos!
»La selección, laelecciónde estos elegidos está necesariamente ligada a la derrota o a la pérdida del gran número de seres que son sobrevividos. Por eso, otro hombre de ciencia inglés ha llamado al principio fundamental del darwinismo "la supervivencia de los más aptos, la victoria de los mejores".
»En todo caso, pues, el principio de la selección no es, en manera alguna, democrático; es más bien fundamentalmente aristocrático. Si entonces el darwinismo llevado a sus últimas consecuencias tiene, —según Virchow—, "un lado extremadamente peligroso" para el hombre político, consiste esto, sin duda, en que favorece las aspiraciones aristocráticas.»
* * *
{8} He copiadoin extensoesta argumentación de Haeckel, porque es precisamente —con diverso tono y con expresiones más o menos precisas y elocuentes— la que repiten aquellos adversarios del socialismo que gustan de asumir actitudes científicas y se sirven —para comodidad en la polémica— de las frases hechas que, hasta en la ciencia misma, tienen más curso de lo que parece.
Sin embargo, es fácil demostrar cómo, en este debate, la mirada de Virchow ha sido más segura y más límpida, desde que la historia de los últimos veinte años ha venido a darle plenamente la razón.
Ha sucedido, en efecto, que el darwinismo y el socialismo han progresado juntos con una maravillosa fuerza de expansión, conquistando el uno para su doctrina fundamental la unanimidad de los naturalistas, y continuando el otro en su difusión —tanto en sus aspiraciones generales como en su disciplina política— por todos los poros de la conciencia social, como inundación torrencial de territorios enteros determinada por el aumento diario del malestar material y moral, o como infiltración lenta, capilar, irrevocable en los cerebros más despreocupados y menos serviles del interés personal de la ortodoxa ruindad.
{9} Ahora bien, así como las teorías políticas o científicas son fenómenos naturales como cualesquiera otros y no el adorno caprichoso y efímero del albedrío individual de quien las inicia y las propaga, así también es evidente que si ambas corrientes del pensamiento moderno han podido, juntas, vencer las primeras y más fuertes oposiciones del misoneísmo científico y político, y si juntas aumentan día a día la falange de sus conscientes partidarios, esto significa por sí solo —casi diré por una ley desimbiosisintelectual— que no son ni inconciliables ni contradictorias entre sí.
Pero, por otra parte, los tres argumentos principales a que, en substancia, se reduce el raciocinio antisocialista de Haeckel, no resisten ni a la crítica más elemental de las nociones científicas, ni a la observación más superficial de la vida ordinaria.
1º El socialismo tiende a una quimérica igualdad de todos y de todo, el darwinismo, por el contrario, no sólo comprueba, sino también explica las razones orgánicas de la natural desigualdad de los hombres en sus aptitudes, y por lo tanto, en sus necesidades.
2º En la vida de la humanidad, como en la de las plantas y de los animales, la inmensa mayoría {10} de los nacidos está destinada a sucumbir, porque sólo una pequeña minoría queda vencedora en la «lucha por la vida». El socialismo, por el contrario, pretende que todos deben vencer en esa lucha y nadie debe sucumbir en ella.
3º La lucha por la vida asegura «la supervivencia de los mejores y de los más aptos» y sigue más bien un procedimiento aristocrático de selección individualista, que la democrática nivelación colectivista del socialismo.
* * * * *
La primera de estas objeciones opuestas al socialismo en nombre del darwinismo, carece en absoluto de base.
Si fuese cierto que el socialismo aspira a laigualdad de todos los hombres, nada sería más exacto: el darwinismo lo condenaría irrevocablemente.
Pero aun cuando, todavía hoy, muchos de buena fe, como oyentes que repiten las frases hechas, o de mala fe, por habilidad polemista, sostengan que socialismo es sinónimo de igualdad y de nivelación, la verdad es, por el contrario, que el {11} socialismo científico (es decir, aquel que se inspira en la teoría de Marx y que es el único que hoy merezca ser sostenido o atacado) no niega para nada la desigualdad de los hombres, ni la de los demás seres vivientes, desigualdad innata y adquirida, física y moral.
Sería como decir que el socialismo pretende, por ejemplo, que por decreto del rey o del pueblo se establezca que: «¡De hoy en adelante, todos los hombres tendrán un metro y setenta centímetros de estatura! . . . »
Pero el socialismo es algo más serio y menos fácil de combatir.
Y el socialismo dice:Los hombres son desiguales, pero son hombres.
Y así, aun cuando todo individuo humano nazca y se desarrolle de una manera más o menos distinta de los demás (porque así como en una selva no hay dos hojas idénticas, en todo el mundo no existen dos hombres perfectamente iguales), todo hombre, por el simple hecho de serun hombre, debe tener asegurada una existencia de hombre y no de ilota o de bestia de carga.
Nosotros también sabemos que no todos los hombres pueden llevar a cabo el mismo trabajo, ahora que las desigualdades sociales aumentan las desigualdades naturales; ni lo podrán tampoco {12} bajo el régimen socialista, cuando la organización social tienda, al contrario, a atenuar las desigualdades congénitas.
Siempre habrá quien tenga un cerebro y una musculatura más aptos para la labor científica o artística y quien para un trabajo manual, o de precisión mecánica, o de esfuerzo agrícola, etc.
Pero lo que no debería haber y que no habrá, es hombres que no trabajen nada, y otros que trabajen mucho o muy mal recompensados.
No es esto sólo: el colmo de la injusticia y de lo absurdo es que, ahora, el que no trabaja tiene las recompensas mayores, que le asegura el monopolio individual de la riqueza, acumulable por transmisión hereditaria; riqueza que en el menor número de los casos se debe a los sacrificios de ahorro y de privaciones inhumanas del actual poseedor, o de algún antepasado laborioso; y que casi siempre es fruto secular de espoliaciones por conquista militar, por comercio poco decoroso o por favoritismo de los soberanos; siempre y de todos modos independiente de cualquier esfuerzo, de cualquier trabajo socialmente útil por parte del heredero, a menudo dilapidador veloz en las varias formas del ocio más o menos barnizado de una vida tan vacía cuanto brillante en apariencia.
{13} Y si no se trata de riqueza heredada, se trata de riqueza defraudada. Aparte del mecanismo económico de que hablaré después, revelado por Carlos Marx, y por el cual, aun fuera del fraude, el capitalista o propietario puede acumular normalmente, sin trabajar, una renta o una ganancia; aparte de esto, digo, es un hecho que los patrimonios más rápidamente acumulados o engrosados ante nuestros ojos, no son ni pueden ser fruto del trabajo honrado.
El trabajador realmente honrado, y por lo tanto infatigable y económico, que llega a elevarse de la condición de asalariado a la de jefe de fábrica o empresario, podrá acumular en una larga existencia de privaciones, cuando más algunos miles de liras. Por el contrario, aquellos que sin descubrimientos industriales debidos a su genio, reúnen millones en pocos años, no pueden ser más que negociantes poco escrupulosos, aparte algún caso excepcional de un honrado golpe de fortuna. Y esos son los que —parásitos de los Bancos y los negocios públicos— viven como señores, cubiertos de condecoraciones carnavalescas y de honores oficiales . . . premio a sus buenas acciones.
Y viceversa, los que trabajan, que son la inmensa mayoría, no tienen más recompensa que {14} un alimento y una habitación que bastan apenas para no dejarlos morir de hambre cruel, y cuyos fondines, cuyos desvanes, cuyas callejuelas infectas en las grandes ciudades, o cuyas casuchas en la campaña, no se admitirían ni para caballerizas ni para establos! . . .
Y esto sin agregar los desesperados espasmos de la desocupación forzada, que es uno de los tres síntomas más dolorosos y más crecientes de esaigualdad en la miseriaque se propaga por el mundo económico en Italia y, más o menos, en todas partes.
Hablo del inmenso ejército de losdesocupadosentre los operarios agrícolas e industriales, de losabandonadosentre la pequeña burguesía, de losexpropiadospor impuestos, deudas o usura entre la pequeña propiedad.
No es verdad, pues, que el socialismo pida para todos los ciudadanos una igualdad material y positiva de trabajo y de placeres.
La igualdad puede, solamente, asumir la forma de la obligación de todo hombre a trabajar para vivir, asegurándose a todo individuo las condiciones de existenciahumana, en cambio de la labor dada a la sociedad.
Laigualdad entre los hombressegún el socialismo —como decíaMalon— debe entenderse por lo tanto en un doble sentido relativo.
{15} 1º Que todos los hombres, como tales, tengan aseguradas las condiciones de existencia humana.
2º Que, por consiguiente, los hombres sean iguales en elpunto de partidade la lucha por la existencia, para que cada uno desarrolle libremente su personalidad, en igualdad de condiciones sociales.
* * *
Ahora, el niño que nace sano y robusto, pero pobre, tiene que sucumbir en la competencia con el niño nacido débil, pero rico.
Esta es precisamente la radical e inmensa transformación que no sólo pide el socialismo, sino que indica y prevé como evolución ya comenzada en la humanidad presente —y necesaria, fatal, en la humanidad próxima futura—.
Transformación que consiste en la conversión de la propiedad privada o individual de los medios de producción, es decir, de la base física de la vida humana (tierra, minas, casas, fábricas, máquinas, instrumentos de trabajo, medios de transporte) en propiedad colectiva o social, según los métodos y procedimientos de que debo ocuparme más adelante.
Entretanto, queda demostrado que la primera objeción del raciocinio antisocialista no tiene consistencia alguna, sencillamente porque parte {16} de una premisa que no existe: es decir, supone que el socialismo moderno afirma y quiere una quimérica igualdad física y moral de todos los hombres, en que el socialismo científico y positivo no sueña siquiera.
Por el contrario, el socialismo afirma que esta desigualdad entre los hombres (que en una organización social mejor deberá atenuarse inmensamente, suprimiendo todos los defectos orgánicos y físicos que la miseria viene acumulando de generación en generación) no podrá desaparecer todavía, precisamente por las razones que el darwinismo ha descubierto en el misterioso mecanismo de la vida y en la sucesión sin fin de los individuos y de las especies.
En cualquiera organización social, como quiera que se imagine, siempre habrá hombres altos y bajos, débiles y fuertes, sanguíneos y nerviosos, más o menos inteligentes, en quienes prevalezca la musculatura o el cerebro; es bien que así sea, y además es inevitable.
Y es bien que así sea porque de la variedad y desigualdad de las aptitudes individuales, nace espontáneamente esa división del trabajo que el darwinismo señala como una ley, tanto de la fisiología individual como de la economía social.
{17} Todos los hombres deben vivir trabajando: pero cada uno debe hacer el trabajo que responda mejor a sus aptitudes, para evitar desperdicios perjudiciales de fuerza y también para que el trabajo no repugne, y hasta llegue a ser placentero y necesario como condición de salud física y moral.
Los hombres que han dado a la sociedad el trabajo que responde mejor a sus aptitudes innatas y adquiridas, son igualmente meritorios porque concurren por igual a esa solidaridad de labor por la que se determina justamente la vida del conglomerado social y, solidariamente, la de cada individuo.
El campesino que labra la tierra hace un trabajo más modesto en apariencia pero no menos necesario, útil y meritorio que el del obrero que construye una locomotora o del ingeniero que la perfecciona o del hombre de ciencia que lucha contra lo desconocido en un gabinete de estudio o en un laboratorio.
Lo esencial es que todos trabajen en la sociedad, así como en el organismo individual todas las células realizan sus diversas funciones, más o menos modestas en apariencia —por ejemplo entre las células nerviosas y las musculares y óseas— pero funciones y trabajos biológicos {18} igualmente necesarios y útiles para la vida del organismo entero.
Y como en el organismo biológico ninguna célula viva está sin trabajo, sino que toma su nutrición de la recompensa material en cuanto trabaja, así en el organismo social ningún individuo debe vivir sin trabajo, en cualquier trabajo que sea.
Y he aquí, ahora, cómo se desvanecen muchas de las dificultades artificiales que al socialismo oponen sus adversarios.
—¿Quién lustrará los botines bajo el régimen socialista? pregunta Richter en aquel libro suyo tan linfático que llega a la grotesca suposición de que, en nombre de la igualdad social, «el Gran Canciller» de la sociedad socialista, se vea obligado, antes de ocuparse de la cosa pública, a lustrarse los zapatos y a remendarse la ropa! De veras que si los adversarios del socialismo no tuviesen mejores argumentos, sería perfectamente inútil la discusión.
—Pero todos querrán hacer los trabajos menos fatigosos y más agradables —se dice con mayor apariencia de seriedad.
Y bien, volvemos a contestar que lo misma sería referirse desde ahora a un decreto que dijese:
{19}Desde hoy en adelante todos los hombres nacerán pintores o cirujanos.
Pero, justamente las variedades antropológicas de temperamento y de carácter son las que distribuirán, sin necesidad de regularización monacal (otra infundada objeción contra el socialismo), las diversas tareas intelectuales y manuales.
Decidle a un campesino de constitución mediana que vaya a estudiar la anatomía o el código penal; por el contrario, decid a quien tenga más desarrollado el cerebro que los músculos, que vaya a arar en vez de observar con el microscopio: uno y otro preferirán el trabajo para el cual estén mejor dispuestos.
Tampoco será tan grande el desorden de las profesiones como muchos lo indican fantásticamente, cuando la sociedad está ordenada según el régimen colectivista. Suprimidas las industrias de mero lujopersonal—que tantas veces representa un indecoroso sarcasmo a la miseria de los más— la suma y la variedad de los trabajos se adaptará gradualmente, es decir, naturalmente, a la fase de la civilización socialista, como corresponde ahora a la fase de la civilización burguesa.
En el régimen socialista, cada cual tendrá {20} mayor libertad de consolidar y aplicar sus aptitudes propias, y no sucederá como ahora, que por falta de medios pecuniarios muchos campesinos y ciudadanos y pequeños burgueses, dotados de natural inteligencia, permanecen atrofiados, y se ven obligados a ser labradores, obreros o empleados, cuando podrían dar a la sociedad un trabajo diferente y más fecundo, como más adaptado a sus cualidades particulares.
Lo esencial está únicamente en que tanto el labrador como el profesional que dan su trabajo a la sociedad, tengan por ella aseguradas las condiciones de una existencia digna de seres humanos. Así será también suprimido el indigno espectáculo de que, por ejemplo, una bailarina sólo con sus piruetas, en una noche, gane lo que un hombre de ciencia o un profesional recibe en todo un año de trabajo, cuando no encarna a la miseria de levita.
Las bellas artes vivirán bajo el régimen socialista, porque el socialismo quiere que la vida sea dulce para todos —y no, como ahora, para algunos privilegiados— y dará por lo tanto, grande, maravilloso impulso a todas las artes, aboliendo el lujo privado, pero favoreciendo el esplendor de los edificios y de las reuniones públicas.
Pero, entretanto, serán más respetadas las {21} proporciones de la recompensa asegurada a cada uno en razón de los trabajos realizados. Proporciones que también se disminuirán, disminuyendo el tiempo de trabajo en razón de su rudeza o de su peligro; así, si un campesino pudiera trabajar siete u ocho horas diarias al aire libre, un minero debería trabajar tres o cuatro. En efecto, cuando todos trabajen y se hayan suprimido muchos trabajos improductivos, la suma total de cuotidiana labor, repartida entre los hombres, será mucho menos pesada y más soportable (con la mejor alimentación y habitación y con la distracción asegurada) de lo que hoy lo es por aquellos que trabajan y que son tan mal recompensados; mas no hay que considerar esto sólo, sino también que los progresos de la ciencia aplicada a la industria, harán cada vez menos fatigosa la labor humana.
Por eso el trabajo mismo será buscado espontáneamente por todos, a pesar de la falta de salario o remuneración acumulable como riqueza privada; justamente porque el hombre sano, normal y bien alimentado, así como huye de un irabajo excesivo y mal recompensado, así también huye del ocio, sintiendo una verdadera y propia necesidad fisiológica y psíquica de diaria ocupación correspondiente a sus aptitudes.
{22} Lo vemos, en efecto, diariamente en la clase ociosa que busca en las varias formas, más o menos fatigosas, delsport, cómo sustituir el trabajo productivo, justamente como necesidad fisiológica para evitar los perjuicios del ocio absoluto y del aburrimiento.
El problema difícil consistirá, después, enproporcionarla recompensa del trabajo hecho por cada uno. Y es sabido que el colectivismo adopta la fórmula:
«A cada uno en relación con el trabajo realizado»
mientras que el comunismo adopta la otra:
«A cada uno según sus necesidades».
Nadie podrá decirá prioricómo será resuelto este problemaen sus detalles prácticos; pero esta imposibilidad de profetizar el porvenir en sus detalles, se opone sin razón al socialismo para tratarlo de irrealizable utopía. Nadie habría podido profetizará priori, en el alboreo de ninguna civilización, sus desenvolvimientos sucesivos, según lo diré después, al hablar de los métodos de renovación social.
Lo que, en cambio, podemos decir con plena seguridad, por las inducciones más acertadas de la psicología y de la sociología, es esto:
{23} Es innegable, como lo reconoció también Carlos Marx, que esta segunda fórmula —que para algunos es lo que distingue al anarquismo (teórico y platónico) del socialismo— representa un ideal ulterior y más complicado. Pero es también innegable que, de todas maneras, la fórmula del colectivismo representa una fase de evolución social y de disciplina individual que deberá necesariamente preceder a la del comunismo.
¡No hay que creer que con el socialismo la humanidad vaya a realizar completamente todos los ideales posibles, y que después no le quede nada que desear ni que conquistar! . . .
La posteridad estaría condenada al ocio y la vagancia si pretendiéramos agotar todos los posibles ideales humanos.
El individuo o la sociedad que no tienen ya un ideal por qué combatir, están muertos o moribundos. La fórmula del comunismo podrá, pues, ser un ideal ulterior que conquistar, cuando el colectivismo haya llegado a su completa acción por los procedimientos históricos de que me ocuparé más adelante.
Pero, por ahora, volviendo a Darwin, queda, pues, eliminada la pretendida contradicción entre el socialismo y el darwinismo, a propósito de la igualdad de todos los hombres en que no sueña {24} el socialismo y que tampoco quiere, darwinianamente.
Así se contesta también a la repetidísima objeción de que el socialismo quiere sofocar y suprimir la personalidad humana bajo la uniforme capa de plomo de la colectividad, reduciendo al individuo a la función monástica de una de tantas abejas de la colmena social.
Es precisamente lo contrario.
En efecto, es evidente que la atrofia y la pérdida de tantas personalidades que podrían surgir con mucha mayor ventaja propia y de los demás, ocurren ahora, en la actual organización burguesa, en que cada hombre —salvo raras excepciones de las individualidades más sobresalientes— cuenta por lo quetieney no por lo que es.
El que nace pobre —claro que sin tener la culpa— puede haber salido de la naturaleza siendo un genio artístico o científico, pero si no tiene patrimonio propio que le facilite el modo de triunfar en las primeras batallas por la vida y de completar su cultura, o si el pastor Giotto no tiene la suerte de encontrarse con el rico Cimabue . . . entonces esa inteligencia tiene que ir a apagarse en la inmensa cárcel de los asalariados, y la misma sociedad pierde tesoros de fuerza intelectual.
En cambio, el que nace rico, sin que en ello {25} tenga parte, puede ser un microcéfalo o un fatuo cualquiera; pero está cierto de que llegará al escenario del teatro social, y que todos los serviles serán para él pródigos en elogios y caricias, y sólo porquetienedinero, creerá ser diferente de lo quees.
Por el contrario, con la propiedad colectiva, es decir, bajo el régimen socialista —teniendo cada individuo aseguradas sus condiciones de vida— el trabajo diario no servirá sino para sacar a luz las aptitudes especiales, más o menos geniales de cada hombre, y los años mejores y más fecundos de la vida no serán, así, consumidos como ahora en la conquista desesperada, espasmódica y envilecedora del pan de cada día.
En el socialismo tendrán todos, con la seguridad de una existencia humana, la verdadera libertad de desarrollar y manifestar su propia personalidad física y moral, tal como se tuvo al nacer, en la infinita variedad y desigualdad antropológica, que el socialismo no niega pero que quiere ver mejor encaminada hacia el libre y fecundo desenvolvimiento de la vida humana.
* * * * *
La segunda contradicción que se señala entre socialismo y darwinismo es, que mientras por el darwinismo se demuestra cómo la inmensa mayoría de los nacidos —entre las plantas, los animales, los hombres— está destinada a sucumbir, porque sólo una pequeña minoría queda vencedora en la «lucha por la vida», por el socialismo se pretende al contrario que todos triunfen de esa lucha y nadie sucumba en ella.
Varias son las respuestas que pueden darse.
La primera es que en el mismo campo biológico de la lucha por la vida, la desproporción entre los individuos nacidos y los sobrevivientes va atenuándose progresivamente según se pasa de los vegetales a los animales y de los animales al hombre.
Además, esa ley de desproporción decreciente entre «llamados» y «elegidos» sirve también para las diversas especies de un mismo orden natural.
En efecto, en el orden vegetal, cada individuo genera cada año un número desmesurado de semillas, de las que sólo sobrevive una parte {27} infinitesimal. En el orden animal, disminuye el número de los que nacen de cada individuo, y aumenta el número de los sobrevivientes. En el orden humano, entretanto, es mínimo el número de nacidos que cada individuo puede generar, pero sobrevive la mayor parte.
No es esto sólo; en el orden vegetal como en el animal y en el humano, las especies inferiores y más sencillas, las razas y las clases menos elevadas, son las que tienen en sus individuos mayor abundancia generadora y más rápida generación en cambio de menor longevidad en los individuos.
Un helecho produce millones de esporos y vive poco tiempo, mientras que una palmera da pocas docenas de semillas por año, y tiene vida secular.
Un pez produce muchos millares de huevos, mientras que el elefante y el chimpancé tienen pocos hijos y viven muchos años.
Entre los hombres, las razas salvajes son más prolíficas y tienen escasa longevidad, mientras que las razas civilizadas tienen escasa natalidad y longevidad mayor.
De modo que, aun permaneciendo en el terreno exclusivamente biológico, es evidente que la proporción de los vencedores en la «lucha por la {28} vida» aumenta cada vez más sobre el total de los nacidos, según se pasa de los vegetales a los animales, de los animales a los hombres, y según se vaya de la especie o variedad inferior a las razas o variedades superiores.
La misma férrea ley de la lucha por la vida, va, pues, disminuyendo la hecatombe de los vencidos, tanto cuanto se elevan complicándose y perfeccionándose las formas de esa misma vida.
Sería, pues, un error oponer, sin más razón, el socialismo a la ley darwiniana de la selección natural, tal como se manifiesta en las formas primitivas de la vida, sin tener en cuenta su continua atenuación al pasar de los vegetales a los animales, de los animales al hombre, y en la misma humanidad, de las razas primitivas a las razas más adelantadas.
Así, pues, representando el socialismo una fase de progreso ulterior en la vida de la humanidad, no puede en manera alguna oponérsele una interpretación tan grosera e inexacta de la ley darwiniana.
* * *
Cierto es que los adversarios del socialismo han abusado de la ley darwiniana o mejor dicho de esa interpretación «brutal», para intentar una justificación a la moderna competencia {29} individualista, que demasiado a menudo se convierte en una forma disimulada de antropofagia, y hace propia del estado social presente, aquella condición delhomo homini lupusque Hobbes colocaba por el contrario en el supuesto estadonaturaldel hombre, antes del contrato de convivencia social.
Pero el abuso de un principio científico no es la prueba de su falsedad, pues más bien sirve de aguijón para precisar más su índole y sus términos, y obtener su más exacta y completa aplicación práctica, como estoy haciéndolo en esta explicación de perfecta armonía entre socialismo y darwinismo.
He ahí por qué, en la primera edición de miSocialismo y criminalidad, he sostenido que la lucha por la vida es ley innata de la humanidad, como de todos los seres vivientes, aunque cambie y se atenúe continuamente en sus formas.
Tal es aún mi pensamiento, contra el de algunos socialistas que creyeron mejor vencer esa objeción opuesta en nombre del darwinismo, afirmando que en la humanidad la «lucha por la vida» es una ley que debe perder todo valor y toda aplicación una vez realizada la transformación que el socialismo desea. La señalaban, pues, como una ley que, tiránica dominadora de todos {30} los seres, desde el microbio hasta el mono antropoide, debería extinguirse y caer inerte a los pies del hombre, como si él no fuese un eslabón indisoluble de la gran cadena biológica.
Yo, por el contrario, sostuve y sostengo que la lucha por la vida es ley inseparable de la existencia, y por lo mismo, de la humanidad; pero que, siendo siempre ley inmanente y continua, va transformándose en su contenido y atenuándose en sus formas.
En la humanidad primitiva, la lucha por la vida casi no se distingue de la que sostienen los demás animales: es la lucha brutal por el alimento cuotidiano o por la hembra —desde que hambre y amor son las dos necesidades fundamentales y los dos polos de la vida— y esa lucha se traba con sólo la fuerza muscular. En una fase ulterior, se agrega la lucha por la supremacía política (en el clan, en la tribu, en la aldea, en la comuna, en el estado) y se combate cada vez menos con los músculos, cada vez más con el cerebro.
En el período histórico, la humanidad greco-latina combate por la igualdadcivil(abolición de la esclavitud); vence, mas no reposa, porque la vida es lucha; la humanidad de la Edad Media lucha por la igualdadreligiosa, y la conquista, pero no se detiene; al terminar el pasado siglo, {31} lucha por la igualdadpolítica. Y ahora la humanidad lucha por la igualdadeconómica, no en el sentido de igualdad material y absoluta, sino en el más positivo, que he explicado antes; y todo hace prever, con seguridad matemática, que esta lucha también se terminará para ceder su lugar a nuevas conquistas y a ideales nuevos para nuestros sucesores.
Y con el cambio sucesivo del significado o de los ideales de la lucha por la vida, continúa la progresiva atenuación de los métodos de lucha, que de violenta y muscular se torna más pacífica e intelectual, a pesar de las regresiones atávicas o las manifestaciones psico-patológicas de las violencias personales del individuo contra la sociedad y de la sociedad contra el individuo.
Sobre esta concepción mía —que recientemente ha tenido espléndida demostración en la obra genial de Novicow, quien ha desmentido, sin embargo, la lucha sexual—, sobre esta concepción, digo, volveré más ampliamente en el capítulo que trata delPorvenir moral de la humanidad, en la segunda edición deSocialismo y criminalidad.
Por ahora bástame agregar una respuesta a la objeción antisocialista: no sólo disminuye siempre la desproporción entre nacidos y sobrevivientes, sino que también la misma «lucha por {32} la vida» cambia de significado y se atenúa en sus modalidades a cada fase sucesiva de la evolución biológica y social.
Así, pues, el socialismo puede afirmar muy bien que deben asegurarse a todos los hombres las condiciones de una existencia de hombre —a cambio del trabajo dado a la colectividad—, sin tropezar por eso contra la ley darwiniana de la supervivencia de los vencedores en la lucha por la vida, y desde que es necesario interpretarla y aplicarla exactamente en sus varias manifestaciones a la vida progresiva de la humanidad, en relación a las épocas primitivas de ésta y en relación al orden inferior de vivientes vegetales y animales.
* * *
Por otra parte, el mismo socialismo, científicamente comprendido, no impide y no puede impedir que haya siempre en la humanidad vencidos en la lucha por la vida.
Este argumento se refiere más directamente a las relaciones entre socialismo y criminalidad, porque justamente los que sostienen que la lucha por la vida es ley caduca de la humanidad, afirman en consecuencia que eldelito(forma anormal y antisocial de la lucha por la vida, así como eltrabajoes la forma normal y social) {33} deberá desaparecer de la Tierra, y por eso se cree encontrar cierta contradicción entre el socialismo y las doctrinas de la antropología criminal sobre el delincuente nato, que también se derivan del darwinismo.
Reservando para otro lugar el más amplio desarrollo de esta cuestión, puedo, entretanto, resumir así mi pensamiento de antropólogo criminalista y de socialista al mismo tiempo:
Ante todo, la escuela criminal positiva se ocupa de la vida presente, y su mérito es incontestable por haber aplicado el método experimental al estudio del fenómeno criminal, deduciendo de él lo absurdo e hipócrita de los actuales sistemas penales basados en el concepto del libre albedrío y de la culpa moral, y aplicados en las cárceles de sistema celular, que llamé y llamo «una de las aberraciones del siglo XIX», para sustituirle por la simple segregación de los individuos inaptos para la vida social por condiciones patológicas congénitas o adquiridas, permanentes o transitorias.
Pero decir que con el socialismo desaparecerán todas las formas del delito, es una afirmación inspirada por generoso idealismo sentimental, mas no fundada en rigurosa observación científica.
{34} La escuela criminal positiva demuestra que el delito es un fenómeno natural y social —como la locura y el suicidio— determinado por la anormal constitución orgánica y psíquica del delincuente, junto con las influencias del ambiente físico y del ambiente social. Factores antropológicos físicos y sociales concurren siempre unidos indisolublemente a determinar cualquier delito, del más leve al más grave —como pasa en resumen con todo acto humano—; sólo que para cualquier delincuente y para cualquier delito es diversa la intensidad determinante de cada orden de factores.
Por ejemplo: en el asesinato cometido por celos o por alucinación, la acción más poderosa pertenece al factor antropológico, sin que por eso pueda excluirse la acción del ambiente físico y del ambiente social. Por el contrario, en el delito contra la propiedad, o también contra las personas, por furor de muchedumbre amotinada, o por alcoholismo, etc., la intensidad mayor es del ambiente social, sin que por eso pueda excluirse la influencia del ambiente físico y del factor antropológico.
El mismo raciocinio —completando el examen de la objeción antisocialista hecha en nombre del darwinismo— puede repetirse para las {35} enfermedades comunes, aunque, por otra parte, el delito pertenece también a la patología humana.
Cualquier enfermedad aguda o crónica, infecciosa o no, grave o ligera, es la resultante de la constitución antropológica del individuo y de las influencias del ambiente físico y social. Solamente que en las diversas enfermedades varía la intensidad determinante de las condiciones personales o del ambiente; la tisis o la cardiopatía por ejemplo, son enfermedades que dependen en grandísima parte de la constitución orgánica individual, aunque concurriendo a ella la complicidad del ambiente; pero la gota, o el cólera, o el tifus, o la caquexia palustre etc., dependen, por el contrario, de las condiciones sociales y físicas del ambiente más que de otra cosa. He ahí por qué la tisis hace estragos hasta entre las gentes acomodadas y, por lo tanto, bien alimentadas y mejor alojadas; mientras que el cólera hace el máximum de víctimas entre los mal alimentados, es decir, entre los pobres.
Es, entonces, evidente que con el régimen socialista de la propiedad colectiva que asegura a cada hombre las condiciones de existencia de hombre, disminuirán muchísimo, y quizá desaparezcan —con la ayuda de los continuos descubrimientos científicos y de la progresiva {36} previsión higiénica— las enfermedades determinadas en gran parte por las condiciones del ambiente y por la insuficiente alimentación y abrigo contra la intemperie; pero no por eso desaparecerán las enfermedades por traumatismo, la locura, las pulmonitis, etc.
Lo mismo debe decirse del delito: suprimida la miseria y las inicuas desigualdades de condiciones económicas, seguro es que por la falta directa del estímulo del hambre, aguda y crónica, por la indirecta influencia benéfica, física y moral de la mejor alimentación, y por la falta de ocasiones de abusar del poder o la riqueza, disminuirán muchísimo y desaparecerán esos delitos en gran parte ocasionales y que toman su mayor intensidad determinante del ambiente social. Pero, sin embargo, no desaparecerán, por ejemplo, los atentados contra el pudor por inversión sexual patológica, o los homicidios por epilepsia, o los hurtos por degeneración psicopatológica etc., etc.