ESCENAS XVI y XVII
(SalePaulo,de ermitaño, con cruz y rosario.)
Paulo.Con esta traza he queridoprobar si este hombre se acuerdade Dios, a quien ha ofendido.Enrico.¡Que un hombre la vida pierda,de nadie visto ni oído!Galván.Cada mosquito que pasame parece que es saeta.Enrico.El corazón se me abrasa.¡Que mi fuerza esté sujeta!¡Ah fortuna, en todo escasa!Paulo.¡Alabado sea el Señor!Enrico.¡Sea por siempre alabado!Paulo.Sabed con vuestro valorllevar este golpe airadode fortuna.Enrico.¡Gran rigor!¿Quién sois vos, que ansí me habláis?Paulo.Un monje, que este desierto,donde la muerte esperáis,habita.Enrico.¡Bueno, por cierto!Y ahora, ¿qué nos mandáis?Paulo.A los que al roble os atarony a mataros se apartaronsupliqué con humildadque ya que con tal crueldadde daros muerte trataron,que me dejasen llegara hablaros.Enrico.¿Y para qué?Paulo.Por si os queréis confesar,pues seguís de Dios la fe.Enrico.Pues bien se puede tornar,padre, o lo que es.Paulo.¿Qué decís?¿No sois cristiano?Enrico.Sí soy.Paulo.No lo sois, pues no admitísel último bien que os doy.¿Por qué no lo recibís?Enrico.Porque no quiero.Paulo.(Aparte.)(¡Ay de mí!Esto mismo presumí.)¿No veis que os han de matarahora?Enrico.¿Quiere callar,hermano, y dejarme aquí?Si esos señores ladronesme dieren muerte, aquí estoy.Paulo.(Ap.) (¡En qué grandes confusionestengo el alma!)Enrico.Yo no doya nadie satisfacciones.Paulo.A Dios, sí.Enrico.Si Dios ya sabeque soy tan gran pecador,¿para qué?Paulo.¡Delito grave!Para que su sacro amorde darle perdón acabe.···············Mira que eres pecador,hijo.Enrico.Y del mundo el mayor,ya lo sé.Paulo.Tu bien espero.Confiésate a Dios.Enrico.No quiero,cansado predicador.Paulo.Pues salga del pecho mío,si no dilatado ríode lágrimas, tanta copia,que se anegue el alma propia,pues ya de Dios desconfío.Dejad de cubrir, sayal,mi cuerpo, pues está mal,según siente el corazón,una rica guarniciónsobre tan falso cristal.···············Colgad ese saco ahí,para que diga, ¡ay de mí!:“En tal puesto me colgóPaulo, que no merecióla gloria que encierro en mí.”Dadme la daga y la espada;esa cruz podéis tomar;ya no hay esperanza en nada,pues no me sé aprovecharde aquella sangre sagrada.Desatadlos.Enrico.Ya lo estoy,y lo que no he visto creo.Galván.Gracias a los cielos doy.Enrico.Saber la verdad deseo.Paulo.¡Qué desdichado que soy!···············Enrico.Esta novedad me espanta.Paulo.Yo soy Paulo, un ermitaño,que dejé mi amada patriade poco más de quince años,y en esta oscura montañaotros diez serví al Señor.Enrico.¡Qué ventura!Paulo.¡Qué desgracia!Un ángel, rompiendo nubesy cortinas de oro y plata,preguntándole yo a Diosqué fin tendría: “Repara(me dijo), ve a la ciudad,y verás a Enrico (¡ay, alma!),hijo del noble Anareto,que en Nápoles tiene fama.Advierte bien en sus hechosy contempla en sus palabras,que si Enrico al Cielo fuere,el Cielo también te aguarda;y si al Infierno, el Infierno.”Yo entonces imaginabaque era algún santo este Enrico;pero los deseos se engañan.Fuí allá, vite luego al punto,y de tu boca y por famasupe que eras el peor hombreque en todo el mundo se halla.Y ansí, por tener tu fin,quíteme el saco, y las armastomé, y el cargo me dieronde esta foragida escuadra.Quise probar tu intención,por saber si te acordabasde Dios en tan fiero trance;pero salióme muy vana.Volví a desnudarme aquí,como viste, dando al almanuevas tan tristes, pues yala tiene Dios condenada.Enrico.Las palabras que Dios dicepor un ángel, son palabras,Paulo amigo, en que se encierrancosas que el hombre no alcanza.No dejara yo la vidaque seguías, pues fué causade que quizá te condenesel atreverte a dejarla.Desesperación ha sidolo que has hecho, y aun venganzade la palabra de Dios,y una oposición tiranaa su inefable poder;y al ver que no desenvainala espada de su justiciacontra el rigor de tu causa,veo que tu salvacióndesea; mas ¿qué no alcanzaaquella piedad divina,blasón de que más se alaba?Yo soy el hombre más maloque naturaleza humanaen el mundo ha producido;···············mas siempre tengo esperanzaen que tengo de salvarme,puesto que no va fundadami esperanza en obras mías,sino en saber que se humanaDios con el más pecador,y con su piedad se salva.Pero ya, Paulo, que has hechoese desatino, trazade que alegres y contentoslos dos en esta montañapasemos alegre vida,mientras la vida se acaba.Un fin ha de ser el nuestro:si fuere nuestra desgraciael carecer de la Gloriaque Dios al bueno señala,mal de muchos, gozo es;pero tengo confianzaen su piedad, que siemprevence a su justicia sacra.Paulo.Consoládome has un poco.Galván.Cosa es, por Dios, que me espanta.Paulo.Vamos donde descanséis.Enrico.(Ap.) ¡Ay, padre de mis entrañas!Una joya, Paulo amigo,en la ciudad olvidadase me queda; y aunque temoel rigor que me amenaza,si allá muero, he de ir por ella,pereciendo en la demanda.Un soldado de los tuyosirá conmigo.Paulo.Pues vayaPedrisco, que es animoso.Galván.Yo me quedo en la montañaa hacer tu oficio.Pedrisco.Yo voydonde paguen mis espaldaslos delitos que tú has hecho.Enrico.Adiós, amigo.Paulo.Ya bastael nombre para abrazarte.Enrico.Aunque malo, confianzatengo en Dios.Paulo.Yo no la tengocuando son mis culpas tantas.···············
Paulo.
Con esta traza he querido
probar si este hombre se acuerda
de Dios, a quien ha ofendido.
Enrico.
¡Que un hombre la vida pierda,
de nadie visto ni oído!
Galván.
Cada mosquito que pasa
me parece que es saeta.
Enrico.
El corazón se me abrasa.
¡Que mi fuerza esté sujeta!
¡Ah fortuna, en todo escasa!
Paulo.
¡Alabado sea el Señor!
Enrico.
¡Sea por siempre alabado!
Paulo.
Sabed con vuestro valor
llevar este golpe airado
de fortuna.
Enrico.
¡Gran rigor!
¿Quién sois vos, que ansí me habláis?
Paulo.
Un monje, que este desierto,
donde la muerte esperáis,
habita.
Enrico.
¡Bueno, por cierto!
Y ahora, ¿qué nos mandáis?
Paulo.
A los que al roble os ataron
y a mataros se apartaron
supliqué con humildad
que ya que con tal crueldad
de daros muerte trataron,
que me dejasen llegar
a hablaros.
Enrico.
¿Y para qué?
Paulo.
Por si os queréis confesar,
pues seguís de Dios la fe.
Enrico.
Pues bien se puede tornar,
padre, o lo que es.
Paulo.
¿Qué decís?
¿No sois cristiano?
Enrico.
Sí soy.
Paulo.
No lo sois, pues no admitís
el último bien que os doy.
¿Por qué no lo recibís?
Enrico.
Porque no quiero.
Paulo.
(Aparte.)(¡Ay de mí!
Esto mismo presumí.)
¿No veis que os han de matar
ahora?
Enrico.
¿Quiere callar,
hermano, y dejarme aquí?
Si esos señores ladrones
me dieren muerte, aquí estoy.
Paulo.
(Ap.) (¡En qué grandes confusiones
tengo el alma!)
Enrico.
Yo no doy
a nadie satisfacciones.
Paulo.
A Dios, sí.
Enrico.
Si Dios ya sabe
que soy tan gran pecador,
¿para qué?
Paulo.
¡Delito grave!
Para que su sacro amor
de darle perdón acabe.
···············
Mira que eres pecador,
hijo.
Enrico.
Y del mundo el mayor,
ya lo sé.
Paulo.
Tu bien espero.
Confiésate a Dios.
Enrico.
No quiero,
cansado predicador.
Paulo.
Pues salga del pecho mío,
si no dilatado río
de lágrimas, tanta copia,
que se anegue el alma propia,
pues ya de Dios desconfío.
Dejad de cubrir, sayal,
mi cuerpo, pues está mal,
según siente el corazón,
una rica guarnición
sobre tan falso cristal.
···············
Colgad ese saco ahí,
para que diga, ¡ay de mí!:
“En tal puesto me colgó
Paulo, que no mereció
la gloria que encierro en mí.”
Dadme la daga y la espada;
esa cruz podéis tomar;
ya no hay esperanza en nada,
pues no me sé aprovechar
de aquella sangre sagrada.
Desatadlos.
Enrico.
Ya lo estoy,
y lo que no he visto creo.
Galván.
Gracias a los cielos doy.
Enrico.
Saber la verdad deseo.
Paulo.
¡Qué desdichado que soy!
···············
Enrico.
Esta novedad me espanta.
Paulo.
Yo soy Paulo, un ermitaño,
que dejé mi amada patria
de poco más de quince años,
y en esta oscura montaña
otros diez serví al Señor.
Enrico.
¡Qué ventura!
Paulo.
¡Qué desgracia!
Un ángel, rompiendo nubes
y cortinas de oro y plata,
preguntándole yo a Dios
qué fin tendría: “Repara
(me dijo), ve a la ciudad,
y verás a Enrico (¡ay, alma!),
hijo del noble Anareto,
que en Nápoles tiene fama.
Advierte bien en sus hechos
y contempla en sus palabras,
que si Enrico al Cielo fuere,
el Cielo también te aguarda;
y si al Infierno, el Infierno.”
Yo entonces imaginaba
que era algún santo este Enrico;
pero los deseos se engañan.
Fuí allá, vite luego al punto,
y de tu boca y por fama
supe que eras el peor hombre
que en todo el mundo se halla.
Y ansí, por tener tu fin,
quíteme el saco, y las armas
tomé, y el cargo me dieron
de esta foragida escuadra.
Quise probar tu intención,
por saber si te acordabas
de Dios en tan fiero trance;
pero salióme muy vana.
Volví a desnudarme aquí,
como viste, dando al alma
nuevas tan tristes, pues ya
la tiene Dios condenada.
Enrico.
Las palabras que Dios dice
por un ángel, son palabras,
Paulo amigo, en que se encierran
cosas que el hombre no alcanza.
No dejara yo la vida
que seguías, pues fué causa
de que quizá te condenes
el atreverte a dejarla.
Desesperación ha sido
lo que has hecho, y aun venganza
de la palabra de Dios,
y una oposición tirana
a su inefable poder;
y al ver que no desenvaina
la espada de su justicia
contra el rigor de tu causa,
veo que tu salvación
desea; mas ¿qué no alcanza
aquella piedad divina,
blasón de que más se alaba?
Yo soy el hombre más malo
que naturaleza humana
en el mundo ha producido;
···············
mas siempre tengo esperanza
en que tengo de salvarme,
puesto que no va fundada
mi esperanza en obras mías,
sino en saber que se humana
Dios con el más pecador,
y con su piedad se salva.
Pero ya, Paulo, que has hecho
ese desatino, traza
de que alegres y contentos
los dos en esta montaña
pasemos alegre vida,
mientras la vida se acaba.
Un fin ha de ser el nuestro:
si fuere nuestra desgracia
el carecer de la Gloria
que Dios al bueno señala,
mal de muchos, gozo es;
pero tengo confianza
en su piedad, que siempre
vence a su justicia sacra.
Paulo.
Consoládome has un poco.
Galván.
Cosa es, por Dios, que me espanta.
Paulo.
Vamos donde descanséis.
Enrico.
(Ap.) ¡Ay, padre de mis entrañas!
Una joya, Paulo amigo,
en la ciudad olvidada
se me queda; y aunque temo
el rigor que me amenaza,
si allá muero, he de ir por ella,
pereciendo en la demanda.
Un soldado de los tuyos
irá conmigo.
Paulo.
Pues vaya
Pedrisco, que es animoso.
Galván.
Yo me quedo en la montaña
a hacer tu oficio.
Pedrisco.
Yo voy
donde paguen mis espaldas
los delitos que tú has hecho.
Enrico.
Adiós, amigo.
Paulo.
Ya basta
el nombre para abrazarte.
Enrico.
Aunque malo, confianza
tengo en Dios.
Paulo.
Yo no la tengo
cuando son mis culpas tantas.
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