CASANDRA
Digo que vas a ver la muerte de Agamemnón.
CORO
Cállate, infeliz, y cierra tu boca.
CASANDRA
Mas no por callar habrá remedio alguno contra lo que os he anunciado.
CORO
Cierto que no, si es que hubiere de suceder; mas ojalá nunca jamás suceda.
CASANDRA
Tú haces súplicas; pero ellos se aprestan a matar.
CORO
¿Y qué hombre habrá que cometa ese crimen?
CASANDRA
Muy torpe andas, en verdad, para entender mis oráculos.
CORO
Sí, no comprendo qué maquinación es esa que se ha de consumar.
CASANDRA
Pues yo sé bastante bien la lengua griega.
CORO
También la saben los oráculos de Pythio, y sin embargo son difíciles de entender.
CASANDRA
¡Ay! ¿qué fuego es este que llega hasta mis entrañas? ¡Oh dolor! ¡Apolo Licio! ¡Ay, ay de mí! ¡Infeliz que yo soy! Esa misma leona de dos pies, que yace con el lobo en ausencia del generoso león, me dará muerte. Como quien confecciona venenosas hierbas, ella está afilando el puñal para herir al esposo, y tanto se gloría de que ha de satisfacer su rencor y me ha de dar el pago, y a él la muerte por haberme traído. ¿A qué guardar ya estas insignias para mi propio escarnio; este cetro, y estas ínfulas de profetisa que ciñen mi cuello? Yo te haré pedazos antes de morir.(Arroja el cetro.)Anda en mal hora y caed en el polvo.(Arroja las ínfulas.)Este es el pago de vuestros servicios. Enriqueced a otra y no a mí con vuestros tesoros de maldición. Helo ahí, Apolo; tú me despojas de mis vestiduras de profetisa. Tú me veías con estos ornamentos, y así todo hecha la burla de los míos, que eran unos a odiarme los insensatos. ¡Y cómo sufría que me motejasen de loca y vagabunda, cual mendiga hambrienta y miserable que va de plaza en encrucijada diciendo la buena ventura. Y ahora, dios profeta, después que me hiciste tu sacerdotisa, me arrastras a tan fiero trance de muerte! En lugar del ara de mi padre, me espera un tajo de carnicero donde seré degollada con cruel golpe, y correrá mi sangre humeante. Mas, gracias a los dioses, no quedará nuestra muerte sin venganza. Vendrá a su vez el que nos ha de vengar; un hijo que matará a su madre, y castigará el asesinato de su padre. Hoyanda errante y fugitivo y desterrado de su patria; pero él volverá para dar cima a la total perdición de los suyos. Porque los dioses hicieron solemne juramento de que le ha de traer la sombra de su padre muerto y tendido en tierra. ¿A qué llorar así al entrar en esa casa? Yo contemplé antes la desolación de Ilión, y ahora aquellos que conquistaron mi patria son a su vez sentenciados por los dioses. Entraré, sí; sufriré mi destino. Tendré valor para morir. Puertas del Hades, ya os veo. Yo os saludo. ¡Así reciba golpe tan certero, que entre arroyos de sangre me dé súbita muerte, y sin estremecerme siquiera cierre mis ojos!
CORO
¡Oh infelicísima y sapientísima mujer, mucho es lo que nos has revelado! Pero si de cierto sabes tu muerte, ¿cómo con firme paso te encaminas al ara, tan animosa como becerrilla a quien los dioses llevan al sacrificio?
CASANDRA
No hay huír posible, amigos. Nada haría con retardarlo.
CORO
Pero a lo menos la muerte cuanto más tarde es mejor.
CASANDRA
Ha llegado el día; huírle sería de bien poco provecho.
CORO
Tu temeridad te pierde. Considéralo.
CASANDRA
¡Nunca tales cargos se le hacen al dichoso!
CORO
Si fuera a morir con gloria... entonces cualquier mortal pudiera graduarlo de ventura.
CASANDRA
¡Ay de ti, oh padre! ¡Ay de tus generosos hijos!
CORO
¿Qué es eso? ¿Qué temor es ese que te hace retroceder?
CASANDRA
¡Oh, oh!
CORO
¿Por qué gritas así? ¿Qué te espanta?
CASANDRA
Despide esa casa aliento de sangre y muerte.
CORO
¿Cómo? Será el perfume de los sacrificios que se están haciendo en el hogar.
CASANDRA
No; diríase que es el hedor de los sepulcros.
CORO
A lo que tú dices, no son perfumes de Siria los de esa casa.
CASANDRA
Pero vamos ya. Lloraré en ese palacio mi muerte y la muerte de Agamemnón. — Basta ya de vida. — ¡Ay huéspedes míos! No tiemblo sin razón como el pajarillo a la vista del zarzal. Dad testimonio de ello cuando yo sea muerta; cuando una mujer pague mi vida con suvida, y un hombre expíe con su sangre la sangre del infeliz esposo de una mala esposa. Venid en lo que os pide quien por toda hospitalidad va a recibir la muerte.
CORO
¡Oh infeliz! Lloro el destino que te anuncian los dioses.
CASANDRA
Una sola palabra: todavía quiero lamentar mi muerte una sola vez. ¡Oh Helios! por esos tus rayos que no volveré a ver más, yo te pido que mis odiosos asesinos reciban de mis vengadores el pago de la fácil muerte de una esclava indefensa.
(Entra en el palacio de Agamemnón.)
CORO
¡Oh condición de las cosas humanas! Prósperas, cualquiera sombra os pone en huída; adversas, el frote de una esponja húmeda basta para borrar vuestra imagen. Olvido que entre todas las desdichas es la más digna de ser lamentada.
Jamás se sacian de felicidad los mortales. Ninguno hay que os cierre las puertas de esos ricos alcázares, que las gentes señalan con el dedo por su magnificencia, y os rechace diciendo: no entréis ahí. Y bien, he ahí a Agamemnón, a quien concedieron los bienaventurados que conquistase la ciudad de Príamo, y volviese colmado de honores por los dioses; pues si ahora tiene que pagar la sangre en otro tiempo vertida; si su muerte ha de satisfacer por otras muertes; si han de consumarse sangrientas venganzas, ¿cuál será el mortal que en oyendo esto pueda jactarse de haber nacido con buena estrella?
AGAMEMNÓN(Dentro.)
¡Ay de mí que me hirieron de muerte!
PRIMER SEMICORO
¡Callad! ¿Quién clama? ¿Quién es muerto?
AGAMEMNÓN
¡Ay de mí, otra vez segundaron el golpe!
SEGUNDO SEMICORO
Se consumó el crimen. Ese gemido, a lo que parece, es del Rey. Tratemos pues entre nosotros cómo tomar alguna acertada resolución.
PRIMER SEMICORO
Yo os diré mi dictamen. Llamemos a los ciudadanos a palacio pidiendo socorro.
SEGUNDO SEMICORO
Pues a mí me parece que cuanto antes caigamos sobre los matadores espada en mano para sorprenderlos en su crimen.
PRIMER SEMICORO
Lo mismo pienso yo. Fuerza es hacer algo. No es ocasión ésta de dilaciones.
SEGUNDO SEMICORO
Pero bueno es examinarlo. Por tales comienzos se anuncian los que intentan tiranizar a un pueblo.
PRIMER SEMICORO
Nosotros pasamos el tiempo en estas dudas; ellos marchan con firme planta hacia su futuro encumbramiento, y no dejan dormir su mano.
SEGUNDO SEMICORO
No encuentro qué aconsejaros. Andar en consejos es de quien puede poner por obra alguna resolución.
PRIMER SEMICORO
Otro tanto digo yo; mal podremos con palabras resucitar al muerto.
SEGUNDO SEMICORO
¿Y seremos los matadores de nuestra propia vida cediendo a que nos manden los que han manchado ese palacio?
PRIMER SEMICORO
No; eso es intolerable. Morir sería mejor. La muerte es más dulce que la tiranía.
SEGUNDO SEMICORO
¿Mas por la prueba de esos lamentos, diremos ya que ha perecido nuestro Rey?
PRIMER SEMICORO
Veámoslo por nuestros propios ojos, y entonces hablaremos como se debe; que uno es imaginárselo y otro saberlo a ciencia cierta.
SEGUNDO SEMICORO
Todo viene en apoyo de esa resolución. Sepamos con certeza qué es del Atrida.
(Ábrense las puertas del palacio y aparece CLITEMNESTRA. Más al fondo, tendidos en el suelo, los cuerpos de AGAMEMNÓN y de CASANDRA.)
CLITEMNESTRA
Si antes dije todas aquellas cosas, según pedía la ocasión, no me avergonzaré ahora de decir lo contrario. Pues, si no, el que prepara la ruina de un enemigo,a quien parece amar, ¿cómo podría envolverle en la red de su perdición, de modo que ni con el más poderoso salto se desenredase? Era esto para mí la decisión de una contienda ha mucho meditada. Aunque al cabo de tiempo, por fin llegó. Aquí estoy en pie y serena, en el mismo lugar donde le maté; junto a mi obra. De manera lo hice, y no he de negarlo, que ni pudiese huír, ni defenderse de la muerte. Envolvíle como quien coge peces, en la red sin salida de rozagante vestidura, para él mortal. Dos veces le hiero; lanza dos gemidos, y cae su cuerpo desplomado. Ya en tierra, le doy un tercer golpe más, que ofrezco en reverencia de Hades, guardián de los muertos en la mansión del profundo. Así caído, estremécese por última vez; da su espíritu, y de las anchas heridas salta impetuosa la hirviente sangre. Las negras gotas del sangriento rocío me salpican y alégrame no menos que la lluvia de Zeus alegra la mies al brotar de la espiga. Esto es todo, tal como ha sucedido. Ahora, ancianos de Argos, podéis alegraros, si es que queréis. Yo por mí me glorío de mi obra. A ser lícito hacer libaciones sobre un cadáver, justas, justísimas serían en esta ocasión. — Este hombre había llenado la copa de los enormes y execrable crímenes de su casa, y a su vuelta él mismo la ha apurado.
CORO
Me pasma la insolencia atrevida de tu lengua. ¡Así te jactas de hablar contra tu esposo!
CLITEMNESTRA
Me tratáis como una mujer sin consejo, pero yo os lo digo con el corazón bien sereno, para que lo sepáis. — Alábame o vitupérame, si quieres; me es igual. Este es Agamemnón, mi esposo(señalando al cadáver), muertopor esta mi mano derecha. La obra es de hábil artífice. Tales son los hechos.
CORO
¡Oh mujer! ¿qué mala ponzoña criada en la tierra o en las corrientes del mar tomaste tú, que así te precipitó a ese horrendo crimen, y a ponerte a las maldiciones de un pueblo? Lo has derribado, lo has degollado; pero tú vivirás desterrada de nuestra ciudad; blanco del odio implacable de los ciudadanos.
CLITEMNESTRA
¡Tú ahora me sentencias a destierro, y a llevar sobre mí el odio y las maldiciones de los ciudadanos, y nada tienes que decir contra este hombre que, mientras abundaban en los rebaños las ovejas de rico vellón por aplacar los vientos thracios inmoló a su propia hija, al fruto amadísimo de mi vientre, sin tener su vida en más de lo que pudiera haber tenido la de una res! ¿Por ventura no era justo que le hubieses desterrado a él en pago de su sacrílego crimen? Pero sabes lo que he hecho, y entonces eres juez riguroso. Pues bien, yo te digo que me amenaces, como quien por igual está apercibida a todo. Luchemos. Si tú me vences, tú quedarás por mi dueño; mas si el cielo dispone lo contrario, tarde habrás aprendido a saber vivir con prudencia.
CORO
Rebosa soberbia tu corazón y arrogancia tus palabras, como si la vista de tu sangrienta obra te sacase de ti y te enloqueciese. En tu rostro se ostenta la mancha de una sangre que ha de ser vengada. Hora llegará que, privada de los tuyos, pagarás sangre con sangre.
CLITEMNESTRA
Pues oye ahora mi sagrado juramento. Por la justicia, que vengó la muerte de mi hija; por Ate, por Erinis, con cuyo auxilio he degollado a este hombre, te juro que no espero que el temor ponga su pie jamás en estos alcázares, mientras Egisto encienda el fuego de mi hogar, y me guarde el amor que siempre me ha tenido; que él es el fuerte escudo de mi confianza. ¡Ahí tenéis tendido a ese hombre que fué mi afrenta, y el contento de las Criseidas allá en Ilión! Ahí lo tenéis, a él y a esa cautiva(señalando el cadáver de Casandra), a esa intérprete de agüeros y prodigios; a su concubina que tan fiel le fué en partir con él su lecho y los trabajos de la navegación. Ninguno de los dos ha llevado cosa que no mereciera. Cayó él según sabéis, y ella, después de cantar como un cisne sus endechas funerarias, cayó también, y yace ahí junto a su amante. ¡Sabroso contento que colma los gustos de mis amores!
CORO
¡Si ya que es muerto aquel nuestro guarda, que tanto amor nos tenía, viniera la muerte con breve paso, y sin que el dolor me asaltase, ni el lecho con enfadosa espera me consumiese, cerrara mis ojos a sempiterno sueño!... ¡Murió a manos de una mujer quien por una mujer pasó tantos trabajos! ¡Perdió la vida a manos de su esposa! ¡Ay, ay, loca Helena! ¡Cuántas y cuántas vidas se perdieron tan sólo por tu causa! Por ti también ha perecido ahora esta vida preciosísima...
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Por ti se ha derramado está sangre sobre aquella otra sangre para la cual no hay olvido ni expiación.La fiera Eris habitaba desde entonces este palacio, y ha sido por fin la ruina de un esposo.
CLITEMNESTRA
No te apesare lo pasado, ni llames sobre ti a la muerte, ni vuelvas tu ira contra Helena, como si ella hubiese sido la perdición de nuestros guerreros; como si sólo ella hubiese hecho que tantos Danaos perdiesen la vida, y nos hubiese traído estos dolores que no se calmarán jamás.
CORO
¡Oh espíritu de maldición que te señoreaste de esta casa y de los dos hijos de Tántalo! El alma de sus mujeres, igual en fiereza a la de sus hombres te ha dado otra victoria con que me oprimes y me desgarras el corazón. ¡Como cuervo carnicero, así esa mujer se yergue insolente junto a ese cadáver y se gloría de celebrar su triunfo!
CLITEMNESTRA
Ahora sí que vas bien en tus juicios; ahora que has mentado al invencible espíritu de maldición de esta raza. Él alimenta en nuestras entrañas esta sed de sangre codiciosa. No se ha cerrado la antigua herida, cuando nueva sangre está corriendo ya.
CORO
¡Verdad dices al confirmar mis razones! ¡Formidable espíritu de odios el que en esta casa hace su habitación! ¡Ay, ay! ¡fieros males, engendrados por un destino cruel, que nunca se sacia! ¡Ah! ¡Permisión es de Zeus, causa suma y hacedor de todas las cosas! Pues ¿qué sucederá entre los mortales en que Zeus no medie? ¿Qué habrá en todos estos crímenes que no esté decretado por los dioses? ¡Oh rey, oh rey! ¿Cómote lloraré yo? ¿Cómo significarte el amor de mi pecho? Ahí yaces en esa tela de araña donde rendiste la vida con impía muerte. ¡Ay de mí! ¡Y en qué lecho tan innoble para un hombre libre, te acabó mano aleve con hierro de dos filos!
CLITEMNESTRA
Tú piensas que es mía esta obra. Pero entonces no digas que yo soy la esposa de Agamemnón. Aquel antiguo y fiero espíritu de venganza que aderezó el cruel festín de Atreo, ese es quien, tomando la apariencia de la mujer del que ahí yace, vengó en un hombre el sacrificio de dos niños.
CORO
¿Y quién habrá que atestigüe que estás inocente de esa muerte? ¿De dónde ha de venir tal testimonio? ¿De dónde? Quizá acuda en tu defensa ese espíritu vengador de los crímenes de los padres; pero la cruel batalla sigue arreciando, y hará correr la sangre a manos parricidas, y llegará a punto que helará de horror al mismo que devoró la carne de sus hijos. ¡Oh rey, oh rey! ¿Cómo te lloraré yo? ¿Cómo significarte el amor de mi pecho? ¡Ahí yaces en esa tela de araña donde rendiste la vida con impía muerte! ¡Ay de mí! ¡Y en que lecho tan innoble para un hombre libre te acabó mano aleve con hierro de dos filos!
CLITEMNESTRA
No sé por qué, muerte tal haya de ser indigna de este hombre. ¿Por ventura no trajo él la desdicha a esta casa con torpe engaño? Inicuo fué con mi lloradísima Ifigenia, con aquella su hija que llevé en mis entrañas; que no diga ahora en los infiernos que padeceinjusticia porque fué muerto a hierro y pagó las que hizo.
CORO
La casa de mis reyes se hunde, y yo, perdida mi razón, no sé qué hacer, ni adónde vuelva mis cuidados. Me aterra oír el fragor de la lluvia de sangre en que se va a anegar esta morada. Ya no cae gota a gota. A cada nuevo crimen afila el destino en la piedra de otro crimen el hierro de la justicia.
PRIMER SEMICORO
¡Oh tierra, tierra! ¡Ojalá me hubieses recibido en tu seno, antes que ver a mi rey teniendo por lecho ese argentado baño! ¿Quién le sepultará? ¿Quién cantará sus endechas? ¿Te atreverás tú a hacerlo, tú, matadora de tu esposo? ¿Te atreverás tú a ofrecer a su ánima, en satisfacción de tus enormes e inicuas maldades, el odioso tributo de tu llanto?
SEGUNDO SEMICORO
¿Y quién será el que suelte la dolorida voz a cantar el elogio fúnebre de este varón divino, con el llanto en los ojos y la sinceridad en el corazón?
CLITEMNESTRA
No te tocan a ti esos cuidados. A nuestras manos cayó; a nuestras manos murió; nosotros le sepultaremos. No le acompañarán lamentos de los suyos...
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Pero a la orilla del rápido río de los dolores, su hija Ifigenia le saldrá al encuentro, como es natural, toda regocijada, y le echará los brazos, y le llenará de besos.
CORO
A un ultraje responde con otro ultraje. Difícil de dirimir es la contienda. El que quita la vida a otro pierde a su vez la vida; el que mata, sufre la pena de su delito. Mientras exista Zeus, subsistirá que quien tal haga, que tal pague. Así es la ley. ¿Y quién podría arrancar de ese palacio la semilla de maldición? Que de tal modo ha arraigado en esta raza, que ya son una misma cosa.
CLITEMNESTRA
Verdad dices; tus palabras son un oráculo. Mas con ser tan dura esa ley, juro por el espíritu de los Plistenidas, que desde luego quiero quedar sometida a ella. Salga de aquí ese mal espíritu; salga de esta morada, y en adelante lleve la afición a otra raza con esas muertes suicidas. La más pequeña porción de nuestros bienes bastará a darme yo por contenta con tal que lograse arrojar de este palacio esa furiosa locura de mutuos homicidios.
(Sale EGISTO.)
EGISTO
¡Oh alegre luz del día de la venganza! Ahora ya puedo decir que hay dioses vengadores que desde lo alto echan una mirada acá, a la tierra, sobre los crímenes de los mortales. Ahora, que estoy viendo a ese hombre ¡brinco de mis ojos! tendido, y envuelto en ese manto, que tejieron las Erinnas, en pago de las maquinaciones que urdió la mano de su padre. Su padre, Atreo, el rey de esta tierra, el que desterró de su casa y de su patria a Tiestes, a mi padre; y para decirlo más claro aún, a su propio hermano, ¡después de disputarle el imperio! Un día, el infeliz Tiestesvuelve a su hogar, póstrase suplicante, y se le da seguro de la vida y de que su muerte no ha de ensangrentar el suelo de sus antepasados. Allí fué.(Señalando a donde yace Agamemnón.)El padre de ese hombre, el impío Atreo, con más diligencia que amor, finge entonces que regocijado quiere dar un día de festín en honor de su huésped, y por todo manjar ¡preséntale a mi padre la carne de sus hijos! Siéntanse a sendas mesas los convidados. Atreo, puesto a la cabecera de la estancia, hace menudos trozos los dedos de los pies y manos infantiles, y manda ofrecer los desfigurados despojos a mi padre, el cual, luego al punto los toma, y sin conocerlos come de aquel plato, que ya ves que había de ser mortal para esta raza. Comprende él por fin la inicua maldad, lanza un ¡ay! lastimero, y cae en tierra vomitando la sangrienta vianda, y llamando sobre los Pelópidas los más fieros rigores del destino. En su furor derriba con el pie la mesa del festín, y pide con justas maldiciones que así perezca, la raza entera de Plistenes. He aquí por qué veis muerto a ese hombre. Yo he sido el justiciero maquinador de su muerte; yo, el tercer hijo de mi desventurado padre, que junto con él fuí arrojado de aquí, en mantillas aún. Me hice hombre, y la justicia me volvió a traer. Bien que ausente a la sazón que ese hombre moría, yo he sido quien me he apoderado de él; yo el zurcidor de toda la trama. ¡La muerte misma sería para mí hermosa después que le he visto cogido en la red de mi venganza!
CORO
Egisto, la insolencia en el crimen no me intimida.
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Tú te alabas de haber muerto a ese hombre por tu propia voluntad; de haber ideado tú solo este asesinatomiserable; pero, óyelo bien, tu cabeza no escapará de la justicia; las maldiciones de un pueblo te condenarán, y serás apedreado.
EGISTO
¿Tú, pobre remero, que ocupas el último banco de la nave; tú hablas así a los que se sientan al timón y mandan la maniobra? ¡Viejo como eres, ya verás tú si es difícil aprender a la edad en que se debe saber! Las cadenas, y los tormentos del hambre son médicos infalibles y excelentísimos, que sanan el juicio de los viejos y le hacen que aprenda. Al ver lo que estás viendo, ¿no acabarás de abrir los ojos? No des golpes contra el aguijón, no sea que al herirlo te lastimes.
CORO
¡Ah mujerzuelas! ¿así te estabas tú quieto en casa esperando la vuelta de nuestros guerreros, y en tanto manchabas el lecho de ese caudillo valeroso, y junto con esto te apercibías a darle muerte?
EGISTO
Palabras son esas que te harán llorar. Tu lengua es bien contraria a la de Orfeo. Atraía él con su voz todas las cosas y las alegraba; pero tú las concitas y llevas contra ti con esos insensatos ladridos. Ya aparecerás más manso cuando yo te sujete.
CORO
¡Cómo! ¡Que tú has de ser mi rey, el rey de los Argivos! ¡Tú, que después de haber tramado la muerte de este varón generoso, no tuviste valor de dársela por tu propia mano!
EGISTO
Porque claro está que a la mujer tocaba engañarle. Yo era enemigo antiguo, y por tal sospechoso...
Mas dueño de sus tesoros, ya probaré a hacerme señor de la ciudad, y al que no obedezca ya le unciré al yugo, y le domaré como a potro lucio y vicioso que se resiste al freno. El hambre y la obscuridad harán con él habitación desapacible y le pondrán blando.
CORO
¡Cobarde! ¿Por qué no le mataste tú mismo? ¡Sino que una mujer le mató; una mujer oprobio de esta tierra y de los dioses patrios! Mas por ventura todavía ve Orestes la luz del sol, y esté donde quiera, él vendrá con feliz suceso y os matará a entrambos.
EGISTO
Pues que parece que te apercibes a decirlo y hacerlo, presto verás...
CORO
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EGISTO
Ea, pues, a mí mis guardias; llegó la hora.
CORO
¡Ea, al aire los aceros, y en guardia cada cual!
EGISTO
Desenvainado está el mío; no temo morir.
CORO
¿Hablas de morir? Acepto tu palabra. Tú la muerte; nosotros la victoria.
CLITEMNESTRA
¡Oh el más querido de los hombres, no más; no causemos otros males! Sobrados son ya los sucedidos para que cojamos de ellos una tristísima mies. Basta ya de muertes; no más ensangrentarnos. Anda adentro tú; y vosotros, ancianos, marchad cada cual a vuestra casa, antes que tengáis que sentir algún desastre. Lo que hemos hecho tenía que suceder. Y si con esto el Destino se da por contento de calamidades, todavía después de haber recibido de su cólera golpes tan terribles, pudiéramos tenerlo a dicha. Tal os advierte una mujer, si es que os dignáis escucharla.
EGISTO
¿Así han de desatar contra mí su lengua insolente en esa lluvia de ultrajes, y con palabras como ellas han de tentar a la fortuna...? De cuerdos y avisados es respetar siempre y dondequiera al que manda.
CORO
No sería de Argivos adular a un malvado.
EGISTO
Algún día te castigaré yo; aún no es tarde.
CORO
No será ello, si el cielo quiere volvernos aquí a Orestes.
EGISTO
Ya sé yo que los desterrados se alimentan de esperanzas.
CORO
¡Anda, llénate hollando la justicia, puesto que puedes!
EGISTO
Te aseguro que me darás satisfacción de tu loca insolencia.
CORO
Ensánchate y cacarea como gallo junto a su gallina.
CLITEMNESTRA
No hagas caso de esos vanos ladridos. Tú y yo somos los amos de este palacio, y lo pondremos todo en orden.
Viñeta ornamental