II

Ilustración ornamentalIILAS COÉFORAS

Ilustración ornamental

LAS COÉFORAS

(Aparecen ORESTES y PÍLADES.)

ORESTES

Letra H

Hermes, habitador de los profundos, tú que tienes fijos los ojos en los malvados a cuyos golpes cayó mi padre, acorre a quien necesitado te invoca; sé conmigo. Por fin volví de mi destierro y ya estoy en mi patria. Postrado al pie de este monumento, ¡oh padre mío! yo te llamo. Aquí estoy, padre; óyeme, escúchame...

· · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · ·

Ínaco, que me crió, llevó las primicias de mis cabellos; recibe tú en este otro rizo la ofrenda de mi dolor. ¡Yo no estaba presente, padre mío, cuando moriste; yo no pude llorar sobre tus restos; yo no pude tomarlos en mis brazos y darles sepultura!

(Aparecen por las puertas del palacio las esclavas de CLITEMNESTRA llevando en sus manos las libaciones que se han de ofrecer en el túmulo de Agamemnón. Detrás ELECTRA, cerrando el cortejo.)

(La procesión avanza lentamente.)

¿Qué veo? ¿Qué procesión de mujeres es ésa que aquí se encamina, todas vestidas de luto? ¿Qué pensar? ¿Qué nueva calamidad habrá caído sobre esta casa? ¿Será que traen esos fúnebres obsequios para aplacar los manes de mi padre? No puede ser otra cosa. A lo que me parece ver, con ellas viene también mi hermana Electra. ¡Sí! ¡Harto la reconozco en su tristeza profunda! ¡Oh Zeus, que vengue yo la muerte de mi padre! ¡Sé conmigo en este empeño! — Apartémonos a un lado, Pílades, y averigüe yo al fin qué buscan estas mujeres con tales rogativas.

(ORESTES y PÍLADES se retiran al baño.)

CORO

Enviada de palacio salgo a ofrecer estos fúnebres obsequios. Mis manos hieren mis senos con recios golpes en señal de dolor; mis mejillas desgarradas por los surcos que en ellas han abierto mis uñas, manan sangre; mi alimento es gemir toda mi vida; y estos enlutados linos que me cubren acompañan mi llanto, gimiendo tristes al verse hechos jirones por mi amargo duelo.

Media noche era por filo: todo dormía en palacio. Cuando he aquí que a deshora se aparece el Terror; los cabellos erizados, respirando venganza y anunciando sueños temerosos. Del fondo de esa mansión sale su voz terrible; llénalo todo de espanto, y cae en el gineceo con atronadora pesadumbre. Los intérpretes de los sueños, poniendo por fiadores a los dioses, afirman que los manes de los muertos tiemblan de cólera y claman contra los asesinos.

Y por conjurar los males que amenazan, ¡oh Tierra! ¡oh Tierra! aquí tienes la ofrenda ingrata con que me manda presurosa una mujer impía. ¡Miedo me da que palabras tales salgan de mis labios! Una vez que la sangre cayó en el suelo, ¿con qué se redimirá? ¡Ay, hogar de desdichas! ¡Ay, desolación del palacio de mis reyes! ¡Ay, tinieblas densísimas, jamás visitadas del sol y a los humanos aborrecibles, que envolvéis esta morada desde que su señor fué muerto!

Aquella veneración sin igual que causaba nuestro rey; que a todos imponía; que a todos subyugaba; que no había lengua que no la confesase, ni pecho que no la sintiese, no existe ya hoy. ¡Hoy todos tiemblan! — ¡Ser feliz; este es el dios de los mortales, y más que su dios! pero de pronto la justicia cae sobre ellos y los sorprende en medio del día; de un golpe descarga sobre su cabeza todos los males que con tardo paso había ido acumulando a la luz incierta del crepúsculo, y en un instante los sepulta en sempiterna noche.

La alma tierra sorbe la sangre que vertió el crimen; pero allí queda seca clamando venganza, y nada hay que la borre. Pesa el castigo sobre el culpable, y le acaba y apura en un tormento sin fin. No hay poder de hombres que haga florecer de nuevo la virginidad atropellada. Todos los ríos del mundo que juntaren sus aguas, no serían parte tampoco para purificar mano que manchó el crimen.

Pero yo, forzada por los dioses a vivir en ciudad donde no nací; yo, arrancada de casa de mis padres y reducida a vivir en esclavitud; yo, ¿qué he de hacer? Justas o injustas las acciones de los que me mandan como amos desde la aurora de mi vida, tengoque bajar la cabeza y dominar el odio y la venganza de mi corazón; tengo que ocultar bajo este velo las lágrimas que me arranca el malaventurado destino de mis señores, y mis penas, y el terror que hiela mi alma.

ELECTRA

¡Oh fieles siervas de esta casa! ya que me acompañáis en estas preces, acudidme con vuestro consejo. ¿Qué diré yo al derramar estas funerarias libaciones? ¿De qué palabras valerme que sean aceptas a mi padre? ¿Con qué súplicas dirigirme a él? ¿Es que he de decirle: aquí tienes el presente con que al esposo bien amado me envía su cara esposa, mi madre...? Jamás tendré valor para ello. ¡No encuentro qué decir cuando haya de verter sobre el túmulo de mi padre la fúnebre ofrenda! ¿Diréle si no: según es ley entre hombres, págales sus coronas a los malvados que te las dedican en la moneda que merecen sus maldades?... ¿O más bien me llegaré en silencio, y de espaldas, ¡como mi padre fué asesinado! sin honores ningunos, a modo de quien hace sacrificio expiatorio, derramaré las libaciones, y así que la tierra se las haya bebido, luego al punto, arrojando de mí la copa, me alejaré sin volver los ojos...? Aconsejadme, amigas, pues que en ese palacio vosotras y yo tenemos unos mismos odios. No me ocultéis vuestro pecho; a nadie temáis, que libre o esclavo no hay mortal que se exima de los decretos del destino. Habla, si tienes algo mejor que aconsejarme.

CORO

Pues que lo mandas, ante ese túmulo de tu padre, que como una ara reverencio, te diré de corazón mi sentir.

ELECTRA

Habla, pues, y siempre con ese respeto por delante.

CORO

Al derramar estas libaciones sobre el túmulo de tu padre ruega piadosa por los que le amaron.

ELECTRA

¿Y a quiénes podría llamar sus amigos?

CORO

Desde luego a ti, y después a todo el que odie a Egisto.

ELECTRA

¿Entonces, por mí y por ti habré de elevar mis preces...?

CORO

Ya que me has comprendido, párate a reflexionar.

ELECTRA

¿Hay alguien todavía que pudiese yo asociar a nosotros?

CORO

Ausente y todo como está, acuérdate de Orestes.

ELECTRA

¡Oh, y qué bueno y acertado es tu consejo!

CORO

Por último, trae a tu memoria el horrendo asesinato; pide para sus autores...

ELECTRA

¿Qué pedir? Ilumina mi ignorancia. Explícate.

CORO

Que dios u hombre venga sobre ellos...

ELECTRA

¿Un juez o un vengador?

CORO

Di sin más hablar: cualquiera que a su vez les dé muerte.

ELECTRA

Pero ¿crees tú que sin impiedad podré pedir tal a los dioses?

CORO

Pues ¿cómo no ha de ser justo volver mal por mal a un enemigo?

ELECTRA

¡Oh altísimo embajador de los dioses superiores e inferiores; Hermes, que habitas lo profundo, escúchame! Dígnate ser embajador de mis súplicas; haz que sean oídas de las deidades infernales, que tienen fijos los ojos en los que vertieron la sangre de mi padre. Que también las acepte benigna esta tierra, madre universal que pare y cría todas las cosas y vuelve a albergarlas en su omnifecundo seno. Y yo, derramando estas libaciones en honor de los muertos, te invoco a ti, padre mío. Ten piedad de mí y de mi amado Orestes. Que algún día seamos restituídos en nuestro hogar. ¡Errantes andamos ahora, y vendidos por la misma que nos parió, que ha puesto en tu lugar a Egisto, el cómplice de tu muerte! Yo estoy aquí como una esclava; Orestes, desposeído de su hacienda, vive en destierro, y ellos, los muy insolentes, se solazan a sus anchas con el fruto de tusafanes. Que vuelva Orestes en hora feliz; yo te lo ruego. Y a mí, padre, escúchame también; haz que sea yo más honesta que mi madre, y más piadosa de manos. Tal te pedimos para nosotros, y para tus enemigos, que te les aparezcas como tu propio vengador. Ven, haz justicia; da muerte a tus matadores. ¡Vaya para ellos esta maldición en medio de mis votos de ventura! Pero a nosotros, envíanos desde el profundo, padre, los bienes que te imploramos, con ayuda de los dioses y de la Tierra y de la Justicia vencedora. Ahí tienes mis preces, que acompaño con estas libaciones. Cumplid vosotras los venerandos ritos; cantad el Peán de los muertos y esparcid sobre el túmulo las flores de vuestro llanto.

CORO

¡Salid, lágrimas; salid, mortales gemidos; salid por nuestro asesinado señor! Caed sobre este su túmulo, baluarte de los buenos, y contra la odiosa impiedad de los malvados conjuro formidable. Ya corren las libaciones. ¡Escúchame, oh venerado señor mío; escucha la triste voz que sale de las tinieblas de mi alma! ¡Ah, ah, ah! ¡Ay de mí! ¿Quién será el esforzado varón cuyo poderoso brazo dé libertad a nuestra casa? ¿Qué Ares escita la acorrerá, ora venga armado del curvo arco de voladoras flechas, ora caiga sobre los culpables empuñando bien esgrimida espada?

ELECTRA

Ya bebió la tierra nuestras libaciones. Ya las tiene mi padre. (Reparando en el rizo que dejó Orestes.) ¿Pero qué novedad es ésta? Mirad lo que ocurre.

CORO

¡Habla ya! ¡Me ha dado un salto el corazón...! ¡Estoy temblando!

ELECTRA

Acabo de ver sobre el túmulo un rizo de cabellos.

CORO

¿De algún hombre acaso? ¿De alguna doncella de calidad?

ELECTRA

Cualquiera podría imaginárselo sin gran trabajo.

CORO

Y ¿cómo? Más vieja soy que tú; pero si no te explicas...

ELECTRA

Nadie más que yo se lo hubiese cortado aquí.

CORO

No; a sus enemigos era a quienes tocaba ofrecerle la cabellera en señal de duelo.

ELECTRA

Sí, pero este rizo... bien lo veis, se parece todo...

CORO

¿A qué cabellos? Deseando estoy que acabes.

ELECTRA

A los míos. El parecido está a la vista.

CORO

¿Será por ventura secreto obsequio de Orestes?

ELECTRA

¡Muchísimo se parece a sus rizos...!

CORO

Mas ¿cómo se hubiera atrevido a venir aquí?

ELECTRA

Se cortó el rizo y lo envió como ofrenda a su padre.

CORO

¡Otra causa de lágrimas para mí, y no menos desconsolada; si es que jamás ha de poner el pie en este suelo!

ELECTRA

¿Y para mí? Un mar de amargura inunda y agita mi corazón. Diríase que dardo agudísimo me ha traspasado de parte a parte. Abrasadas y dolorosas lágrimas se agolpan a mis ojos, y sin que las pueda contener, me caen hilo a hilo al contemplar esos cabellos. Porque ¿cómo imaginarme que este rizo pertenece a ninguno de la ciudad? Y la homicida no pudo ser que viniese a ofrecerle su propia cabellera... No, no pudo ser mi madre, que desmiente este nombre con el odio impío que abriga contra sus hijos. Cómo pueda decir yo y afirmar que esa ofrenda es del más amado de los hombres, de Orestes... yo no lo sé, y sin embargo, me dejo acariciar de la esperanza. ¡Ay! ¡Que no tuviese este rizo la clara voz de un mensajero y me sacase de estas ansias y perplejidades! Que entonces, a saber yo de cierto que había sido cortado de cabeza enemiga, yo le arrojaría de mí; pero si era de aquel que es de mi sangre, conmigo lloraría, conmigo vendría a honrar y reverenciar la tumba de mi padre. Invoquemos a los dioses, que ven en qué borrascoso mar fluctúa la nave de nuestra alma. Y si de ello ha de salir un salvador, que esta menuda semilla eche raíz profunda. — ¡Otro indicio! ¡Y aquí no hay duda! Son pisadas e iguales a las que marcan mis pies. Mirad: dos huellas diferentes; esa es de algún compañero de viaje y estala suya. El talón, los dedos, el contorno del pie, todo lo mismo que el mío. ¡Qué desfallecimiento! ¡qué angustia siente mi alma!

ORESTES(dirigiéndose a ELECTRA.)

Pide a los dioses, a quienes invocas, que se te cumpla así todo lo demás que deseas.

ELECTRA

Pues ¿he alcanzado yo algo de los dioses?

ORESTES

Aquel por quien ha poco rezabas, está delante de tus ojos.

ELECTRA

Y ¿a qué mortal me viste que llamase yo?

ORESTES

Sé que por Orestes apasionadamente suspiras.

ELECTRA

Pero... ¿qué alcanzaron mis ruegos?

ORESTES

Yo soy Orestes. No esperes tener amigo más fiel que yo.

ELECTRA

¡Extranjero! ¿es que quieres tenderme un lazo?

ORESTES

A mí sería a quien me le tendiera.

ELECTRA

¡Quieres burlarte de mis males!

ORESTES

¡Burlárame de los míos a burlarme de los tuyos!

ELECTRA

¡Orestes! ¿Es, pues, Orestes a quien estoy hablando?

ORESTES

¡Me estás viendo y no acabas de conocerme! ¡Tú, que ha un instante, al ver esa prenda de mi amoroso duelo, ese rizo de mis cabellos, tan parecido a los tuyos, y al comparar tus pisadas con mis pisadas, te enajenabas de alegría y ya te imaginabas que me tenías delante de tus ojos! Acerca ese rizo a la melena de donde le he cortado y fíjate bien. Mira esta tela, que labraron tus manos, y las figuras de animales que en ella tejió tu lanzadera... Repórtate y no te alborote la alegría. Ya sé que aquellos que debían amarnos más, son hoy nuestros mortales enemigos.

ELECTRA

¡Oh blanco de mis amorosas ansias! ¡Oh esperanza llorada de un vástago que salvase la casa paterna! ¡Confía en el valor de tu brazo; tú recobrarás la herencia de tu padre! ¡Oh dulce luz de mis ojos, que tienes cuatro partes en mi corazón! Porque a ti debo llamarte mi padre; en ti recae el amor que tuve a una madre, hoy con harta razón aborrecida; en ti el amor de una hermana impíamente sacrificada, y tú fuiste siempre mi hermano fiel, el único que volverá por mi honra. ¡Que la fuerza y la justicia, junto con Zeus, soberano señor de todos los dioses, sean con nosotros!

ORESTES

¡Zeus, Zeus, contempla nuestros males! Mira las crías del águila que han quedado huérfanas. Murió su padre entre las apretadas roscas de espantable víbora,y los desamparados aguiluchos perecen de hambre; que no tienen fuerzas para traer al nido la caza con que su padre los sustentaba. Tal puedes vernos a nosotros, a Electra y a mí; hijos sin padre, ambos arrojados de nuestro hogar. Si tu dejas perecer a estos hijuelos de un padre que tanto te honraba y tan continuos sacrificios te ofrecía, ¿qué otra mano será tan liberal a ofrecerte espléndidos honores? Si de esa suerte dejares perecer los polluelos del águila, ¿tendrías acaso con quien enviar a los mortales tus adorables augurios? Seca de raíz este árbol real, y sus ramas no defenderán ya tus aras en los días de los solemnes sacrificios. ¡Favorécenos! Levanta de su miseria a su grandeza de antes esta casa que parece ya en total ruina.

CORO

¡Oh hijos! ¡oh libertadores del hogar paterno, callad! Cuidado, no os oiga alguien, hijitos, y se le vaya la lengua y lo descubra todo a los que hoy todavía son los amos. ¡Así los vea yo algún día muertos y consumiéndose en abrasada pira!

ORESTES

No me hará traición, no, el oráculo del poderoso Loxias que me manda arrostrar este peligro. Él me hablaba con voz formidable; él hacía arder más y más la cólera en mi pecho, y me anunciaba que me asaltarán crueles infortunios si no busco a los matadores de mi padre, y no les doy igual muerte que a él le dieron, y no me revuelvo hecho un toro contra los que me despojaron de mi hacienda. Que entonces yo seré quien tendrá que pagar los infortunios de esa ánima querida, sufriendo largos y acerbos males. Y a mi pueblo le predijo todas las plagas de la tierraen satisfacción de las deidades irritadas; y a mí que la lepra invadiría mis carnes, y devoraría con hambrientas mandíbulas mi recia complexión de otro tiempo, y enfermaría mis cabellos, y los volvería blancos. “Otros golpes descargarán sobre ti las Erinnas, suscitadas por la sangre paterna —añadió—. En medio de la oscuridad verás centellear los ojos de tu padre y revolverse airados en sus órbitas. Y te herirá el dardo que desde el fondo de las tinieblas que habitan, disparan contra los suyos los que cayeron a impío golpe y no alcanzaron venganza. Y la rabia furiosa, y los vanos terrores de la noche te agitarán y te llenarán de pavor; y huirás de tu patria, siempre perseguido tu apestado cuerpo por acerado azote. Porque con estos tales ninguno partiría su copa; ninguno les haría lugar en sus libaciones; recházaseles hasta de las aras. Nadie daría abrigo al objeto visible de la cólera de un padre; nadie se hospedaría con él bajo un techo. Abominado de todos, sin un amigo, poco a poco se va consumiendo, y por fin, acaba en aquella crudelísima miseria.” Justo es que yo crea en estos oráculos; y cuando no creyera, todavía mi obra había de ponerse en ejecución. ¡Son muchos los incentivos que para ello se juntan! La orden de un dios; el duelo desconsolado de un padre, y la pobreza que me estrecha. ¿Ha de vivir este pueblo, el más glorioso entre todos los pueblos de la tierra, el que con inaudito esfuerzo destruyó a Troya, ha de vivir así a la voz de dos mujeres? Porque él tiene corazón mujeril, y si no, pronto se ha de ver.

CORO

¡Oh poderosas Moiras! ¡Ea, cúmplase lo que es justo, con ayuda de Zeus! La justicia reclama su deuda y grita con voz formidable: Páguese la afrentacon la afrenta; la muerte con la muerte. Ya lo dice sentencia antiquísima: quien tal hizo que tal pague.

ORESTES

¡Oh padre, padre infeliz! ¿Qué te diría yo? ¿Qué pudiera yo hacer que llegara desde este suelo a las profundas mansiones donde moras, y te restituyese de las tinieblas a la luz? ¡Mas presentes y honores se llaman aquí los lamentos; uno son para los antiguos señores de esta casa; para los Atridas!

CORO

Hijo, el fuego con sus voraces mandíbulas no logra aniquilar los afectos de los muertos. Después de la muerte estalla también su cólera. La víctima lanza lastimeros ayes, y su matador aparece a los ojos de todos. Los desgarrados y continuos lamentos de un padre, de aquel que te engendró, reclaman justa venganza.

ELECTRA

¡Escucha también mis lacrimosos gemidos, oh padre! Al pie de este túmulo están tus dos hijos llorándote con tristes endechas. Aquí están los dos, suplicantes; los dos igualmente desterrados, y acogidos a tu sepultura. ¿Qué bien habrá para ellos? ¿Dónde irán que el mal no les asalte? ¿Acaso no es invencible el rigor de su desdicha?

CORO

Pero que el cielo quiera, y él dispondrá más regocijadas voces; y en vez de cantos funerarios el Peán triunfal que restituya en sus regios alcázares al nuevo amigo que se nos acaba de juntar.

ORESTES

¡Y si hubieses perecido, oh padre, delante de Ilión, al golpe de licio hierro, legando a tu casa la gloria y labrando a tus hijos vida feliz que se llevase las miradas de todos...! Al otro lado del mar tendrías honrado túmulo, menos triste para los tuyos que este donde yaces.

CORO

Hasta bajo la tierra sería amado e insigne, y augusto señor de los héroes que hallaron gloriosa muerte en los campos de Troya, y ministro de las potentes deidades subterráneas; pues que en vida fué rey de cuantos recibieron del Hado cetro con que tener a los hombres en obediencia.

ELECTRA

No, no; tampoco eso, padre; tampoco que hubieras fenecido al pie de los muros de Ilión entre tantos otros como cayeron bajo las enemigas lanzas; ni que junto con ellos hubieses hallado a las orillas del Escamandro honrada sepultura; sino que tus matadores hubieran muerto entonces con la misma muerte que después te dieron a ti, y que tú hubieses sabido su fin desastrado, lejos de estos lugares, y libre de la desgracia que lloramos ahora.

CORO

Pedir tal, hija, es pedir más que oro, más que las colmadas dichas hiperbóreas. El dolor habla por ti. Pero vuestros ayes penetraron al fin en las mansiones del Hades; los que habitan el seno de la tierra se han estremecido con violenta sacudida, y apréstanse a acudir en vuestra ayuda. Las manchadas manos de los impíos dominadores encienden el odio de la víctima; ese odio más vivo aún en el corazón de sus hijos.

ELECTRA

Como un dardo me han traspasado tus palabras. ¡Zeus, Zeus, que haces surgir de los abismos profundos el castigo que con tardo, pero seguro golpe, abate la osadía de los malvados, haz que así suceda también en favor de mi padre!

CORO

¡Ojalá llegue a cantar jubiloso himno de muerte sobre los cuerpos ensangrentados y sin vida de un hombre y una mujer! Porque ¿a qué ocultar este pensamiento que acude a mi mente y la llena? Mal que me pesara, asoma a mi rostro la ira, y el odio cruel y acerbo que se alberga en mi corazón.

ORESTES

¿Cuándo tenderá Zeus sobre ellos su diestra omnipotente? ¡Ay de mí! ¿Cuándo abatirás sus cabezas, y harás ante nuestro pueblo completa ostentación de tu poder? ¡Justicia contra los inicuos pido! ¡Diosas que veláis por el honor de los muertos, escuchadme!

CORO

Es ley. Las gotas de sangre, que cayeron en el suelo, reclaman otra sangre. El crimen da grandes voces. Acude, Erinis, y en venganza de las primeras víctimas ve amontonando calamidad sobre calamidad.

ELECTRA

¿Dónde estáis, dónde estáis, potestades subterráneas? Tremendas maldiciones de los muertos, ved lo que resta de los Atridas; contemplad a estos infelices que no se pueden valer, ultrajados, y desposeídos de su casa.

CORO

Mi corazón se estremece cada vez que oigo tus lamentos. Cúbrese el alma de horrenda negrura, y la esperanza me abandona, cuando el valor y la confianza volvían a renacer; cuando divertía mis dolores, y esperaba que había de amanecer para nosotros un día feliz.

ORESTES

Entonces, ¿qué podremos decir? ¿Diremos los males que nos hace padecer una madre? ¡Ay, que quiere templarnos; pero estos dolores no se calman jamás! Como lobo hambriento, así es de implacable la ira que mi madre encendió en mi alma.

CORO

¿He podido hacer extremos de dolor como una ariana, ni mostrar mi duelo a estilo de plañidera cissia? ¿Acaso me viste tú corriendo de aquí para allá, e hiriendo mi cuerpo a puño cerrado con repetidos golpes, arriba y abajo, en la cabeza y en el pecho, menudeándolos con toda prisa y sin darme punto de reposo? ¿Oíste tú resonar mi cabeza dolorida al choque de mis puños?

ELECTRA

¡Ay enemiga y despiadada madre! ¡Tú te atreviste con inaudita resolución a darle sepultura como a un enemigo, sin que al rey le acompañasen sus ciudadanos, ni al esposo cortejo de piadosas lágrimas!

ORESTES

¡Válgame el cielo, qué de ultrajes! Pero en verdad que, con ayuda de los dioses y de mi mano, ha de pagar los ultrajes que hizo a mi padre. Después que yo le dé muerte, ¡aunque yo muera!

ELECTRA

Para que lo sepas. Pues todavía hizo más. Ella mutiló su cuerpo, y así de maltratado fué como le dió sepultura, deseosa de hacerte la vida más amarga aún. Ahí tienes los ultrajes que padeció nuestro padre.

ORESTES

¡Conque tal fué la miserable suerte de mi padre!

ELECTRA

Y yo vivía en un rincón, despreciada, puesta a todo vil trato y arrojada del hogar como perro que muerde. Más prontas estaban las lágrimas que las risas, y así y todo tenía que sonreírme por ver de ocultar mi continuo y dolorido llanto. Graba en el alma lo que acabas de oír; que mis palabras penetren tus oídos y lleguen a la serena región del pensamiento. Lo que sucedió, ya lo sabes; lo que debe suceder, pregúntaselo a tu odio. Es necesario llegar al fin con ánimo inalterable.

ORESTES

¡Yo te invoco, padre! ¡Padre, sé con los que te amaron!

ELECTRA

¡Yo también te llamo con mis lágrimas!

CORO

Y todo este coro acompaña esas voces con sus voces. Óyenos. Vuelve a la luz. Sé con nosotros contra tus enemigos.

ORESTES

¡Acuda la fuerza a la fuerza; la justicia a la justicia!

ELECTRA

¡Oh dioses, que se ejecute vuestra justa sentencia!

CORO

Al oíros, el pavor se apodera de mí. Mas lo que decretó el Destino hace tiempo que está amenazando. Roguemos por que al fin se cumpla.

¡Oh ingénita desventura de esta familia! ¡Oh cruel y horrendo azote de la culpa! ¡Oh duelos acerbísimos y lacrimosos! ¡Oh dolores desconsolados! ¡Cómo arraigasteis en esta casa! ¡No venís de lejos; no os trajeron extraños! Unos contra otros los Atridas son los que encienden estas sangrientas discordias. Tal es el himno de las diosas subterráneas.

Oíd nuestros ruegos, dioses inferiores; mostraos propicios a estos hijos; ayudadlos y dadles la victoria.

ORESTES

Padre, a quien fué negado morir como muere un rey, hazme dueño y señor de tu palacio: yo te lo pido.

ELECTRA

Y yo también necesito de ti, padre, tanto como él, si he de escapar de la muerte y he de dársela a Egisto con golpe certero.

ORESTES

Y así podríamos ofrecerte los banquetes acostumbrados entre los mortales. Donde no, tú serás el menospreciado y sin honores ningunos, entre tantos otros manes como se regalan con el oloroso perfume de los sacrificios consagrados a los muertos.

ELECTRA

Y el día de mis bodas traeré yo de la casa paterna ricos dones que ofrecerte del caudal de mi herencia; y antes que todo será esta tumba el venerado objeto de mi culto.

ORESTES

¡Oh tierra! Vuélveme el padre que guardas en tu seno, por que presencie la pelea.

ELECTRA

¡Oh Perséfone, danos completa victoria!

ORESTES

Padre, acuérdate del baño en que fuiste muerto.

ELECTRA

Y acuérdate de la red en que te envolvieron.

ORESTES

¡No te cogieron en grillos de cobre, padre!

ELECTRA

Sino en vergonzosa y traidora envoltura.

ORESTES

A estas afrentas, ¿despertarás, padre?

ELECTRA

¿Levantarás tu cabeza querida?

ORESTES

Envía, pues, a la justicia a pelear por los tuyos, o dales a tus matadores igual muerte que a ti te dieron, si es que vencido quieres ser vencedor a tu vez.

ELECTRA

Padre, escucha mis postreros clamores. Mira a estos hijuelos cómo rodean tu sepulcro. Apiádate de tu hija y de tu hijo.

ORESTES

No dejes que se extinga la descendencia de los Pelópidas, y así no habrás muerto ni aun después de tu muerte.

ELECTRA

Sí, que son los hijos la gloria de su padre, que le salvan de que muera con él su nombre; bien así como corchos que mantienen a flote la red y no la dejan irse a fondo.

ORESTES

Óyenos; por ti son estos lamentos. Al atender nuestras preces, a ti mismo te salvas.

CORO

No seré yo quien desapruebe vuestras prolijas lamentaciones. Debidas eran en honor de ese túmulo, y de un infortunado a quien nadie había llorado aún.(A ORESTES.)Por lo demás, pues que estás resuelto a ello, razón es que ya obres, y pruebes fortuna.

ORESTES

Será. Pero no irá fuera de camino, que yo pregunte: ¿a qué envió estas libaciones? ¿Por qué esta tardía reparación de un mal que no la tiene? ¿Para qué estos presentes miserables a un muerto que no se curará de ellos? No acierto a imaginarme que se pueda ella esperar. Tan sólo sé que tales regalos son mucho menores que su culpa. Todas las libaciones del mundo, derramadas por la sangre de un solohombre, trabajo perdido. Este es mi sentir. Mas si sabes qué pueda ello ser, dímelo, que lo deseo.

CORO

Lo sé, hijo, porque estaba presente. Llena de sobresalto con las terribles apariencias, que en la callada noche venían a turbar su sueño, la impía mujer me envió con estas ofrendas funerarias.

ORESTES

¿Conoces tú ese sueño, de modo que puedas explicármelo?

CORO

Según dijo ella, parecióle que había parido un dragón.

ORESTES

¿Y qué fin y remate tuvo la apariencia?

CORO

Teníale envuelto en pañales como a un niño, cuando he aquí que el monstruo recién nacido sintió hambre, y entonces, soñando, ella misma le puso al pecho.

ORESTES

¡Cómo! ¿Y no la hirió el pecho el horrendo monstruo?

CORO

Como que junto con la leche sacó sangre.

ORESTES

No en vano la envió su esposo ese sueño.

CORO

Despierta ella entonces toda despavorida y pidiendo socorro. A las voces de la reina, mil antorchas,apagadas en la hora del descanso, vuelven a encenderse y disipan la obscuridad. Luego al punto envía estos fúnebres obsequios, esperanzada en que han de ser remedio certísimo de sus males.

ORESTES

¡Oh tierra natal! ¡oh tumba de mi padre, haced que sea yo el cumplidor de ese sueño! A lo que se me alcanza, él viene bien con mi destino. Si la serpiente salió del mismo seno de donde salí; si fué envuelta en mis propios pañales, y se agarró voraz a los pechos que me criaron, y sacó de ellos leche y sangre, razón tuvo la que tal soñó, para lanzar grito de angustia temerosa. Quien amamantó a un horrendo monstruo, de mala muerte debe morir. Yo seré la serpiente; yo la mataré como el sueño anuncia. Habla: te hago juez de la interpretación del prodigio.

CORO

¡Suceda como lo dices! Pero explícales a tus amigos cómo vas a ejecutarlo.

ORESTES

Pronto está dicho. Que Electra vuelva adentro; nosotros quedamos para obrar; vosotras, quietas, y no hacer nada. Sólo encarezco que se calle lo que he trazado y vais a oír. Con engaños mataron a aquel varón insigne: con engaños mueran ellos, y en iguales lazos cogidos, según predijo ya Loxias, el soberano Apolo, adivino a quien nadie halló falaz todavía. Disfrazado de extranjero, y con todo el equipaje de un caminante, yo me llegaré a las puertas del vestíbulo, acompañado de este amigo, de Pílades, como de un huésped y compañero de armas dela casa. Ambos hemos de hablar la lengua Parnésida, imitando el acento focense. A buen seguro que ninguno de los porteros nos reciba con buenas entrañas, cuando el genio del mal reina en ese palacio. Así, pues, aguardaremos que cualquiera pase por delante de la casa y diga en viéndonos: ¿Por qué cerráis la puerta a quien os pide hospitalidad? ¿Está dentro Egisto? ¿Sabe lo que pasa? Y como llegue yo a pasar de los umbrales, ora que me le encuentre sentado en el trono de mi padre, ora que venga a mí a hablarme cara a cara y a escudriñarme con los ojos, tenedlo por cierto, antes que pueda decir: “¿de dónde bueno, extranjero?” le dejo sin vida, y envuelto en el rápido lazo de mi espada. No padecerá Erinis necesidad de sangre. Hay que apurar la tercera copa.(A ELECTRA.)Tú, pues, observa bien lo que pase en casa, porque todo venga a nuestro intento.(Al CORO.)A vosotras os recomiendo que tengáis la lengua y sepáis hablar o callar, según pida el caso. Este(a PÍLADES)cuidará de lo demás, cuando mi espada vaya a terminar la lucha.

(Vanse ORESTES y PÍLADES. ELECTRA entra en palacio.)


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