Chapter 13

CORO

CORO

La tierra cría multitud de tremendas plagas; los antros del mar están poblados de bestias feroces enemigas de los mortales; los rayos del sol engendran alados monstruos que cruzan los espacios; monstruos que se arrastran por el suelo; furores de hinchadas tempestades: y todo ello se puede pintar.

¿Mas quién podría pintar la osadía de un hombre soberbio y la liviandad de una mujer que por nada se detiene? ¿Quién los desenfrenados deseos de los mortales, del infortunio perpetuamente acompañados?Cuando la pasión amorosa se apodera de la mujer, no es sino furiosa rabia que deja atrás el ciego instinto de monstruos y brutos.

Considere quien sea discreto y deseoso de conocer la verdad, cuán desdichado pensamiento el que tuvo aquella hija de Thestio, verdadera perdición de su hijo, para quemar el rojo tizón que apartó del fuego cuando nació Meleagro, y el cual había de ser la medida de su vida desde que dió el primer vagido al salir del vientre de su madre hasta la fatal postrimera hora.

Y abomine también de aquella cruel Escyla, de quien nos dicen las historias que perdió al hombre que había de serle más caro, vencida de sus enemigos. Rindiéronla los collares de oro de Creta; por los regalos de Minos determinóse desaconsejada la mala hembra a despojar a Niso del cabello de la inmortalidad, mientras se hallaba entregado al sueño; y Hermes se apoderó de Niso.

Pero de todos los crímenes, el más famoso y que gana a todos es el de Lemnio. Dondequiera se le llora y abomina. No hay maldad horrenda que no se diga de Lemnio, como el mayor encarecimiento que de ella pudiera hacerse. Mas las grandezas de los hombres, manchadas por sacrilegio execrable, presto desaparecen con oprobio. Nadie rinde culto a lo que detestan los dioses. — De todos estos crímenes que acabo de traer a la memoria, ¿habrá algo que no haya mentado con razón?

Y después de recordar tan impías maldades, ¿será extraño que yo maldiga un contubernio odioso y las asechanzas puestas por una mujer a un varón esforzado, a un valentísimo guerrero que a sus mismos encarnizados enemigos causaba reverencia? ¿Podréyo mirar jamás con respeto, hogar donde se apagó el sagrado fuego de la familia, ni cetro mujeril y cobarde?

Pero la espada afiladísima de la Justicia pasa algún día de parte a parte el corazón del malvado. No son las leyes que ella dicta suelo que impunemente se pisotea. Quien las quebranta ofende a la majestad de Zeus.

Y tal vez sucede que la Justicia vuelve a afirmarse en su asiento; la Moira forja en su yunque un puñal más y le afila; Erinis, la diosa de los inescrutables designios, hace por fin ostentación de su poder, y da entrada en la casa que manchó el crimen, al nuevo crimen, que nació de la sangre antigua, y ha de ser ahora su vengador.

(Salen ORESTES y PÍLADES y se dirigen al palacio.)

ORESTES(llamando a la puerta.)

¡Muchacho, muchacho! oye que están llamando a la puerta del vestíbulo.(Llama por segunda vez.)Otro golpe más. ¡Muchacho, muchacho! ¿No hay nadie en casa?(Llama por tercera vez.)Vaya el tercer golpe que doy; a ver si sale alguien: si es que la casa de Egisto no se cierra a la hospitalidad.

SIERVO(Abriendo la puerta.)

Ea, bien; ya oigo. ¿De qué tierra es el huésped? ¿De dónde viene?

ORESTES

Di a los señores de la casa que vengo en su busca; que les traigo nuevas. Pero date prisa, porque el caliginoso carro de la noche va apresurando su carrera, y hora es ya que los caminantes echen anclas en hospedaje donde reposen. Que salga el que mande aquí; el ama de la casa. Pero no, estas cosas son mejor para el amo. Con él no tendré reparo ninguno en hablar sin rodeos. De hombre a hombre hay siempre más llaneza y se dice claro lo que se quiere.

(Salen CLITEMNESTRA y ELECTRA.)

CLITEMNESTRA

Extranjeros, si es que habéis menester de algo, podéis hablar. Pronta se halla cuanta comodidad debe ofrecer casa como ésta: templados baños; reposo para vuestras fatigas; lecho, y la presencia de rostros amigos. Si es que se trata de negocio de mayor momento, eso toca a mi esposo; se lo comunicaré.

ORESTES

Mi patria es Daulide, en la Fócida. Encaminábame hacia Argos, como me ves que llego, un pie tras otro y llevando a cuestas mi equipaje, cuando se me acercó cierto hombre, que ni yo le conocía ni él me conocía a mí; y después de preguntarme por mi camino y cerciorarse bien del suyo, “Extranjero —me dijo Estrofio el Focense (que así me dió a entender en nuestra plática que se llamaba)—, pues que vas a Argos a tus haciendas, diles a los padres de Orestes como es muerto. Acuérdate de todo; cuidado que no se te olvide. Pregúntales si son de parecer que se envíen las cenizas de él, o que le demos sepultura en la tierra que le acogió y quede en ella por sempiterno huésped. A la vuelta me traes sus órdenes. En tanto, los ámbitos de broncínea urna guardan sus restos, y no les ha faltado tampoco el funerario obsequio de nuestras lágrimas.” Tal me dijo él, y tal digo. No sé si estoy hablando con los parientes y deudos de Orestes; pero justo es que su padre sepa lo que pasa.

ELECTRA

¡Ay de mí! ¡Perdidos somos del todo! ¡Oh maldición que pesas sobre esta casa, sin que haya poder que te ahuyente! ¡Y cómo escudriñas y llegas contu mirada hasta aquellos que parecían fuera de tu alcance y en salvo! ¡Y cómo los heriste de lejos con certera flecha! ¡Infeliz de mí, que me has privado de los que amaba! Ahora Orestes, que con buen consejo había huído de hundir su pie en el cenagoso pantano donde habría hallado la muerte. ¡Aquella esperanza de salvación, que nos prometía para esta casa regocijadas venturas, pintábanos tan sólo vanas apariencias sin realidad!

ORESTES

Bien hubiera querido yo haberme dado a conocer de tan generoso huéspedes, y recibir su hospitalidad con ocasión de felices sucesos. ¿Quién más que un huésped puede desear el bien de su huésped? Mas tengo para mí que habría sido gran maldad no decir a quienes les importa todo lo que hay en suceso como el que me trae, habiéndolo prometido así, y después del acogimiento que me habéis hecho.

CLITEMNESTRA

No por ello será menos digno de ti el que tengas, ni menos tratado como amigo en esta casa. Lo mismo que tú cualquiera otro nos hubiera traído la noticia. Pero tiempo es ya que tengan lo que han menester, huéspedes que se han pasado el día caminando.(Al SIERVO.)Anda con él, y condúcele a la hospedería, y a su compañero, y que allá encuentren cuanta comodidad debe ofrecerles este palacio. Te recomiendo que lo hagas como quien después tendrá que darme cuenta. Nosotros comunicaremos la nueva al señor de esta morada, y pues no nos faltan amigos, con ellos consultaremos sobre el caso.

(Vanse el SIERVO, guiando a ORESTES, y PÍLADES, CLITEMNESTRA y ELECTRA.)

CORO

Ea, pues, compañeras de servidumbre, ¿cuándo hemos de esforzar nuestra voz pidiendo por Orestes? ¡Oh tierra sagrada!, ¡oh sagrado túmulo que descansas sobre el cuerpo de aquel rey que capitaneó tantas naves; escúchanos ahora, auxílianos ahora! Ahora que llegó el trance de que pelee por nosotros la astucia engañosa, y Hermes, desde las nubes donde habita, guíe la espada que ha de terminar la contienda.(El CORO, al sentir pasos, muda de tono y lenguaje; a poco sale GILISSA.)Paréceme que el huésped trama algo malo. Pero mira a la nodriza de Orestes, que viene hacia aquí deshecha en lágrimas. ¿Adónde vas, Gilissa, fuera de casa, arrastrando los tardos pies? Contigo va el dolor; ¡y no un dolor mercenario, ciertamente!

NODRIZA

La que manda ha dado orden de llamar a Egisto, que venga cuanto antes a ver a los huéspedes para que hable con ellos y averigüe él mejor la nueva que traen. Delante de los criados ha puesto ella el rostro triste, queriendo ocultar la alegría que lo sucedido le causaba; pero mal de su grado la retozaba en los ojos. Bien le ha venido la nueva que le dieron los huéspedes, harto cierta, y para esta casa infelicísima que pone colmo a su desventura. Pues cuando lo oiga aquél y lo averigüe ¡cómo se le alegrará el alma! ¡Ay, desdichada de mí! ¡Cuántas terribles calamidades se conjuraron de antiguo contra la mansión de Atreo, y afligieron mi corazón; pero dolor como éste nunca jamás le padecí! Todos los otros males había ido llevándolos en paciencia; pero mi Orestes, el dulce cuidado de mi alma, que de recién nacido le tomé de los brazos de su madre, y le crié; aquel cuyoslloros hacíanme levantar de noche, y andar paseándole sin cesar de un lado a otro... ¡Tantas incomodidades y fatigas; todo padecer en vano y sin fruto! Porque a un niño que no tiene uso de razón, fuerza es criarle como quien cría a una bestezuela. Y ¿cómo no? Conforme a lo que pide su condición. Un niño de mantillas nada dice; que tenga hambre; que tenga sed; que tenga ganas de orinar. Vientre de niño a nadie pide licencia. Sin duda ninguna, ya lo conocía yo; pero muchas veces me engañaba, y entonces había que ser lavandera de sus pañales. De esta suerte, el batanero y la nodriza tenían el mismo oficio. Entrambas cargas eché sobre mí al recibir el niño de su padre. Y ahora, ¡desdichada que yo soy! oigo que es muerto. Pero vamos en busca de ese hombre, que ha sido la perdición de esta casa. ¡Con qué gusto escuchará la nueva!

CORO

¿Con qué aparato manda ella que venga?

NODRIZA

¿Cómo has dicho? Repítelo, para que lo entienda mejor.

CORO

Si con guardias o solo.

NODRIZA

Manda que traiga consigo sus gentes de armas.

CORO

No digas tal a ese tirano aborrecido. Pon el rostro alegre por que te escuche sin temor, y dile que venga él solo y cuanto antes. En este aviso se oculta nuestra dicha.

NODRIZA

¿Por ventura es que piensas bien de las nuevas que acabamos de recibir?

CORO

¿Y si Zeus mudase los males en bienes?

NODRIZA

Y ¡cómo! Orestes, que era la esperanza de esta casa, ha muerto.

CORO

Todavía no. Y para pensar así, cierto que no es necesario ser gran adivino.

NODRIZA

¿Qué dices? ¿Sabes tú algo en contra de lo que se cuenta?

CORO

Anda y da tu recado, y haz lo que te mandan. Deja a los dioses que ellos cuiden de lo que es suyo.

NODRIZA

Voy, pues, y seguiré tu consejo. ¡Hagan los dioses que suceda lo mejor!

(Vase.)

CORO

Zeus, padre de los dioses del Olimpo, escucha mis ruegos. ¡Que vea yo que dan cima a su empresa los que están deseosos del bien! Justicia te piden mis clamores, ¡oh Zeus! ¡Guarda a Orestes!

Ea, constitúyele en su palacio frente a frente a sus enemigos. Engrandécele, que él te pagará de buen grado con duplicadas y triplicadas ofrendas en acción de gracias.

Contempla al huérfano de aquel varón que tantoamaste, cómo va marchando uncido al carro de la desgracia, y pon medida a su desenfrenada carrera. ¿Quién le verá caminar con firmes y asentados pasos hasta tocar el término de sus males?

Dioses que habitáis esas ricas estancias, custodios del hogar, escuchadnos; sed con nosotros. Ea, ea; paguen las justicias de hoy la sangre que se derramó ayer; pero cumplida esta obra de justicia, que la muerte no engendre ya más muertes en esta casa.

¡Oh habitador de la insondable sima, haz que Orestes se vea restituído en el palacio de Agamemnón, y que su padre, a través de las tinieblas que le envuelven, pueda contemplar a su hijo libre y todo resplandeciente de gloria!

Venga también en su favor el hijo de Maya y préstele justo auxilio que encamine la empresa a feliz suceso. Queriendo él, ya mostrará secretas trazas, y con palabras obscuras tenderá ante los ojos de los enemigos noche de espesísimas tinieblas, que toda la luz del día no será parte a despejar.

Entonces, salvos ya, ofrecerán estos palacios las preseas de sus ricos tesoros, y en vez de lamentos, elevaremos nosotras por toda la ciudad al són de la cítara, femenil y regocijado canto de triunfo. Esta victoria será para mí el colmo de la dicha; para los que amo, el fin de sus males.

Y tú, ¡valor, cuando llegue el momento de obrar! Ella te gritará: ¡hijo! Respóndela tú con las palabras de tu padre; cumple sus mandatos, y consuma el tremendo castigo.

Ármate en tu corazón del valor de Perseo. ¡Que los que habitan las profundidades de la tierra conozcan que los amas; que los que viven aún, en vez de tu amor sientan tu implacable odio. Lleva a esamansión el sangriento castigo; mata al asesino de tu padre!

(Sale EGISTO.)

EGISTO

Han mandado que me llamen, y acudo en seguida al aviso. Me dicen que ciertos extranjeros, que acaban de llegar, traen nuevas nada agradables; que ha muerto Orestes. Sería esto un golpe más para esta casa, y nuevo manantial de temores, sobre la otra muerte que de antes nos punzaba y remordía. ¿Cómo saber con toda certeza si es verdad? ¡Acaso serán voces de mujeres medrosas, que vuelan mucho y luego mueren, y nada! ¿Podrías decirme tú algo que me diese luz sobre lo que ocurre?

CORO

Sí, lo hemos oído; pero entra en palacio y entérate de los extranjeros. Nada hace valer una nueva como que por nosotros mismos la hayamos comprobado.

EGISTO

En fin, quiero ver al mensajero y averiguar si estaba presente cuando Orestes murió, o es que cuenta vagos rumores que él ha oído. Yo le veré, y a mí no me engañan mis ojos.

(Vase.)

CORO

¡Zeus, Zeus! ¿Qué diré yo? ¿Por dónde comenzar mis plegarias, mis suplicantes clamores? ¿Con qué palabras acabaré que expresen todos mis buenos deseos? Pronto van a bañarse en sangre las matadoras espadas. O la raza de Agamemnón perece con total ruina, o dueño Orestes y poseedor de las grandesriquezas de sus padres, hará encender fuegos y luminarias por festejar la libertad cobrada y la autoridad legítima restituída. Tan grande batalla se apercibe a sustentar el generoso Orestes, solo él contra sus dos enemigos. ¡Que obtenga la victoria!

EGISTO(dentro.)

¡Ay, ay de mí!

CORO

¡Ea, ea, firme! ¿Cómo habrá sido? ¿Qué pasará ahí dentro? Todo se acabó. Apartémonos de ahí. Que aparezcamos inocentes de esas desdichas. No hay que dudar; la lucha ha terminado.

SIERVO(asomando en el fondo del vestíbulo,y acompañando sus palabras con la acción que expresan.)

¡Desdichado de mí! ¡Desdichado de mí, una y mil veces! Muerto es mi señor. ¡Desdichado de mí, diré otra vez; y más que nadie desdichado! Egisto no existe ya. Pero, abrid las puertas del gineceo; ¡corriendo! ¡Descorred esos cerrojos! Menester sería aquí un hombre joven y forzudo. No para socorro del muerto, ¿a qué ya? ¡Hola, hola! Grito a sordos. Hablar en vano y sin provecho; están dormidos. ¿Dónde estará Clitemnestra? ¿Qué hace? Temo que su cabeza corre gravísimo peligro de caer al golpe de la venganza.

(Sale CLITEMNESTRA.)

CLITEMNESTRA

¿Qué es eso? ¿Por qué armas este alboroto en palacio?

SIERVO

Los muertos matan a los vivos.

CLITEMNESTRA

¡Ay de mí, bien comprendo el enigma! Matamos con engaños y con engaños perecemos. Déme cualquiera una hacha con qué matar. ¡Pronto! Veamos si vencemos o somos vencidos, ya que hemos llegado a este extremo.

(Sale ORESTES espada en mano.)

ORESTES

A ti te busco ahora; él ya tiene bastante.

CLITEMNESTRA

¡Ay de mí! ¿Has muerto, amadísimo Egisto?

ORESTES

¿Amas a ese hombre...? Pues bien, tú yacerás con él en la misma tumba. Así no le serás infiel ni aun después de muerto.

CLITEMNESTRA

¡Detente, oh hijo! Respeta, hijo de mis entrañas, este pecho sobre el cual tantas veces te quedaste dormido, mientras mamaban tus labios la leche que te crió.

ORESTES

Pílades, ¿qué haré? ¿Huiré con horror de matar a mi madre?

PÍLADES

Y los oráculos de Loxias que te anunció la Pithia, ¿dónde se fueron? ¿Dónde la fe y la santidad de tus juramentos? Ten a todos los hombres por enemigos; a todos sin excepción, mejor que no a los dioses.

ORESTES

Venciste; lo reconozco. Tienes razón. —(A CLITEMNESTRA.)Sígueme; quiero degollarte junto a aquélhombre. En vida le preferiste a mi padre; muere, pues, y duerme con él, ya que a él le amaste, y aborreciste a quien debías amar.

CLITEMNESTRA

Yo te crié; déjame envejecer a tu lado.

ORESTES

¿A mi lado tú....? ¡Tú, la matadora de mi padre...!

CLITEMNESTRA

¡Oh, hijo mío! El Destino fué el autor de ese crimen.

ORESTES

El Destino es también quien dispone tu muerte.

CLITEMNESTRA

¡Hijo de mis entrañas! ¿no temes las maldiciones de la madre que te parió?

ORESTES

Me pariste, sí.... para lanzarme en el infortunio.

CLITEMNESTRA

No en verdad, sino que te puse en manos amigas.

ORESTES

Dos veces fuí vendido; yo, hijo de un hombre libre.

CLITEMNESTRA

Entonces, ¿dónde está el precio que por ti recibí?

ORESTES

Vergüenza me da echártelo en cara siquiera.

CLITEMNESTRA

No te avergüence; pero di también las sinrazones de tu padre.

ORESTES

No acuse a quien anda pasando fatigas la que se está en casa muy descansada.

CLITEMNESTRA

También es triste cosa, hijo, verse una mujer alejada de su marido.

ORESTES

Pero las fatigas del marido deparan el sustento a la mujer, mientras ella se está ociosa en casa.

CLITEMNESTRA

Hijo de mis entrañas, ¿te parece lícito matar a tu madre?

ORESTES

No soy yo quien te mato; eres tú.

CLITEMNESTRA

Repara; guárdate de las perras irritadas que vengarán a una madre.

ORESTES

Y las que vengan a un padre, ¿cómo las huiré si desisto?

CLITEMNESTRA

Aún vivo; pero en vano es que clame; como si clamase al sepulcro.

ORESTES

La suerte de mi padre ha fijado tu suerte.

CLITEMNESTRA

¡Ay de mí, que parí esta serpiente y la crié!

ORESTES

Cierto; presagio fué aquel sueño que despertó tus terrores.

CLITEMNESTRA

· · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · ·

ORESTES

Mataste a quien no debiste; padece ahora lo que no debías.

(Entra en palacio arrastrando tras sí a CLITEMNESTRA.)

CORO

Lloremos la desdichada suerte de los dos; pero ya que el infortunado Orestes llenó la sangrienta medida, prefirámoslo, que al fin la luz de esta casa no se ha extinguido para siempre.

Al cabo de tiempo la Justicia descargó sobre los hijos de Príamo el grave castigo que merecían. También ha descargado por fin sobre la casa de Agamemnón. Un doble león, un doble Ares ha penetrado en ella. El desterrado cumplió hasta el ápice los oráculos pitios; los dioses le alentaron a la empresa, y le sostuvieron con sus consejos.

Celebrad con jubiloso himno de triunfo la terminación de los males que afligían a la regia morada, y el rescate de sus tesoros usurpados por aquellos dos infames que tuvieron tan desastrada muerte.

Con engaños asaltó el castigo a quienes vencieron con engaños. La santa hija de Zeus, respirando odio mortal contra nuestros enemigos, tomó de la mano al vengador y le guió en la pelea. ¡Razón tenemos los mortales para darle el nombre de Justicia!

Sucedió según lo predijo Loxias Parnasio, el dios que habita el centro de la tierra: pasó tiempo; pero lajusticia llegó, y arrastró al abismo a la mujer que la había ultrajado, valiéndose de sus mismas artes. También lo divino tiene leyes por qué regirse; modo de ley es que no pueda ayudar a los malos. Adoremos el poder que gobierna los cielos. Por fin vemos la luz.

Ya cayó el freno que oprimía a estas casas. Ea, pues, ¡levantaos! Sobrado tiempo habéis yacido ahí, siempre humilladas. Pero el tiempo todo lo vence. Pronto se volverán tus pórticos de tristes, alegres, cuando la expiación haya purificado tu hogar de las manchas que lo afeaban. Entonces, aquellas que en este palacio habían hecho su habitación, se alejarán, y la fortuna pondrá buen rostro a los que antes llorábamos de tanto ver y oír. Por fin, por fin vemos la luz.

(Ábrense las puertas del palacio y aparece ORESTES con el ramo de los suplicantes en la mano. En el fondo se ven los cuerpos de EGISTO y CLITEMNESTRA.)

ORESTES

Contemplad a los dos tiranos de nuestra ciudad; a los asesinos de mi padre; a los que arruinaron mi casa. Bien se entendían mientras estuvieron sentados en el trono; mas todavía sigue su amorosa alianza, como se puede presumir de la suerte que han tenido. ¡Fieles se mantuvieron a sus juramentos! Juraron dar muerte desastrada a mi padre y morir juntos, y lo han cumplido religiosamente.(Mostrando el velo en que fué envuelto Agamemnón.)Vosotros, que oísteis hablar de aquel crimen, contemplad también el artificio que les sirvió de grillos y esposas con que mi desdichado padre quedase sujeto de pies y manos. Poneos en círculo y desplegadlo bien, y mostrad la red en que fué cogido varón tan insigne. Que aquelPadre, no el mío, sino Helios que lo ve todo, contemple las impías maldades de mi madre, porque si soy acusado alguna vez, pueda dar testimonio de la justicia con que la dí muerte. No hablaré de la de Egisto. Él sufrió el castigo que impone la ley al que atropella la honestidad. Pero ella, que imaginó aquel odioso atentado contra el hombre cuyos hijos llevó en su seno; carga entonces dulce, y ahora, ya lo veis, por su desgracia, aborrecida; ella, ¿qué te parece? Era una murena, una víbora; tan sólo su contacto, que no ya su mordedura, bastaba a emponzoñar. Tal era de procaz y malvado su instinto. ¡Jamás esposa como ella habite bajo mi techo! ¡Permitan los dioses primero que muera sin hijos!

CORO

¡Ay, ay, crímenes miserables!(Contemplando el cuerpo de CLITEMNESTRA.)¡Horrenda muerte has tenido!(Viendo a ORESTES, que comienza a dar señales de turbación.)¡Ay cielos! ¡También para el que sobrevive comienza a dar frutos la desdicha!

ORESTES

¿Hízolo o no lo hizo ella? — Hable por mí este velo, ensangrentado por la espada que la dió Egisto. Pasó el tiempo; pero la mancha de la sangre quedó aquí e hizo que se perdiesen los variados matices de este rico tejido. ¿Qué nombre le daré que le cuadre? ¿Le llamaré lazo de coger fieras, o sábana mortuoria en que envolver el cuerpo para la tumba? Trampa, red, grillos; todo esto a la vez pudieras llamar a este velo. A lograrlo un ladrón de esos que se pasan la vida engañando a los viajeros y robándoles sus caudales, ¿a cuántos no diera muerte con un artificio como él, y cuántos felicísimos golpes no maquinaraen su ánimo? ¡Contigo hablo, velo parricida! Presente estás a mis ojos, y al verte, ya me alabo; ya rompo en gemidos, y me duelo del crimen, y del castigo, y de mi raza entera, y siento sobre mí el peso de esta desdichada victoria que me mancha.

CORO

No hay mortal que pueda asegurarse una felicidad perpetua. Hoy éste, mañana aquél, todos han de encontrarse con el dolor.

ORESTES

Mas para que lo sepáis... Porque ni yo sé dónde irá esto a parar. Como caballos desbocados que se lanzan fuera de la carrera, así mis pensamientos se desmandan y alborotan y me arrastran, mal que me pese. Ya oigo la voz del terror que se levanta en mi corazón. Ya el corazón se estremece enfurecido. Pero mientras sea dueño de mí, todavía yo afirmaré ante vosotros, amigos míos; yo proclamaré que si maté a mi madre, no fué sin justicia. Ella se manchó con la sangre de mi padre; ella se hizo blanco del aborrecimiento de los dioses. Apolo fué el principal autor de mi obra, yo os lo digo; Apolo, que alentó mi audacia y me anunció, por boca del oráculo pitio, que esta acción no se me imputaría a delito; mas a qué retroceder... No os diré la pena. No habría flechero tan hábil que pudiese alcanzar con sus flechas a lo espantoso de tales horrores. Y ahora, ya lo estáis viendo, armado con este ramo, que coronan listones de lana, me encamino al templo que marca el ombligo de la tierra, sagrado lugar donde arde, sin extinguirse jamás, el rutilante fuego de Loxias. Allí me lavaré de la sangre de mi madre: Loxias me ha prohibido volverme a otro altar que al suyo. Vosotros, Argivostodos, cuando sea hora, atestiguar por mí de los terribles desastres que pesaron sobre los míos; que yo, desterrado de mi patria, viviré errante, y en vida y después de muerto dejaré memoria de esta triste hazaña.

CORO

Pues que obraste en justicia, no cierres tu boca ante los que te acusen; ni rompas en maldiciones después que has vuelto su libertad a toda la ciudad de Argos, cortando valeroso la cabeza a esas dos serpientes.

ORESTES

¡Ah, ah! Vedlas, esclavas: ¡ahí están! ¡parecen las Gorgonas! ¡Sus vestiduras son negras! ¡En sus cabellos se enroscan multitud de serpientes! Ya no podría yo permanecer aquí ni un instante más.

CORO

¿Qué imágenes son esas que te trastornan, oh hijo el más cariñoso para su padre? Serénate; no te dejes vencer tan pronto del terror.

ORESTES

No son imaginaciones; son realidades horrendas. Son las perras furiosas que vienen a vengar a mi madre. ¡Harto lo sé!

CORO

Su sangre, caliente aún en tus manos, es lo que pone terror en tu alma.

ORESTES

¡Soberano Apolo! su número aumenta; de sus ojos destilan horrenda sangre.

CORO

Una purificación queda para ti. Abrázate al ara de Loxias, y él te hará libre de tus tormentos.

ORESTES

¡Vosotras no las veis, pero yo sí las veo! ¡Me persiguen! ¡No, no puedo estar aquí!

(Huye despavorido.)

CORO

¡Que tengan buen suceso tus desventuras! ¡Que el dios eche sobre ti mirada amiga, y te guarde en los peligros!

He ahí la tercera tempestad que se desencadenó sobre el alcázar de nuestros reyes. Los mismos de su linaje la han movido. Comenzaron por el horrendo banquete que se ofreció al desdichado Tiestes. Vino después el desastrado fin de aquel valeroso rey que acaudilló a todos los Aqueos: asesináronle en el baño. Y ahora, ¿cómo llamaré a esto último? ¿mi salvación o mi ruina? ¡Cuándo se saciará, cuándo se calmará, cuándo se adormecerá siquiera el encono de la desgracia!

Viñeta ornamental


Back to IndexNext