III

Ilustración ornamentalIIILAS EUMÉNIDES

Ilustración ornamental

LAS EUMÉNIDES

La escena representa el exterior del templo de Delfos.

LA PITONISA(que aparece en el pórtico del templo.)

Letra S

Seanpara la Tierra mis primeras preces, mis primeros actos de adoración: ella fué, antes que ningún otro dios, quien pronunció aquí sus oráculos. Después para Themis, que según cuentan, sucedió a su madre en este profético templo. Sentóse en él la tercera otra Titánida, hija de la tierra, Febe; por voluntad de Themis, que no por fuerza ninguna. Febo, al nacer, recibiólo de Febe, como regalo que ella quiso hacerle en su nacimiento, y con él aquel nombre tomado de su madre. El dios deja el lago de la isla Delos y su riscoso suelo; aborda a las costas dePalas, de los navegantes visitadísimas, y por fin llega a esta comarca donde se asienta el Parnaso. Los hijos de Hefestos le acompañan con gran veneración; allánanle el camino, y le van abriendo paso por una tierra agreste, hasta entonces nunca cultivada. Luego que llegó, el pueblo entero y Delfos, que era el rey que a la sazón le gobernaba, ríndenle singularísimos honores. Zeus le infunde el divino arte, y le sienta en este trono profético, que él es el cuarto a ocupar. Desde entonces, Loxias es el profeta de su padre Zeus. Comiencen, pues, por estos dioses mis oraciones. Pero además, reciba sobre todos homenaje de adoración la diosa Palas, cuya imagen se ostenta frente a este templo; sean también veneradas las Ninfas que pueblan la hueca peña Coricia, lugar de las aves deseado, y para los dioses apacible retiro; sin que deje de recordar a Bromio, que en aquella región tiene su morada, y de ella lanzó sus bacantes contra Pentheo y le dió la muerte de una fiera. Por último, invoquemos a la fuente del Plisto, y al poderoso Poseidón, y a Zeus, altísimo y omnipotente, y vamos a sentarnos en el trono de sus profecías. Al pasar estos sagrados umbrales, ¡quieran los dioses mostrarse conmigo más amigos que nunca! Si hay algunos helenos que vengan a consultar al oráculo, acérquense por el orden que la suerte les designe, que así lo manda la ley; y yo en mis oráculos sólo me guío de la voluntad del dios.(Entra en el templo y al punto vuelve a salir despavorida.)¡Horrendo, horrendo de contar, horrendo de ver lo que me arroja del templo de Loxias! Ni puedo dar un paso, ni tenerme en pie; apoyada en mis manos voy arrastrándome como puedo, que las piernas se niegan a llevarme. Vieja con miedo, nada: igual que un niño. Llegaba yo,pues, arrastrando al sagrario del templo, donde cuelgan tantas coronas, cuando en la piedra misma, que ocupa el ombligo de la tierra, me veo un hombre en ademán suplicante, que, a no dudar, tiene sobre sí algún nefando sacrilegio. Sangre destilan sus manos; sangre la espada que empuña con la una de ellas, mientras que en la otra ostenta lozano ramo de oliva, piadosamente coronado con largas cintas de blanquísimo vellón. En esto no me engaño; desde luego salta a la vista. Pero delante de este hombre, sentadas en las gradas del altar, duerme extraña caterva de mujeres... ¿De mujeres dije? No, sino de Gorgonas. Mas tampoco se parece su figura a la de las Gorgonas... Yo las he visto pintadas alguna vez, que arrebataban a Fineo los manjares: con todo, éstas no tienen alas. Están vestidas de negro, y son por extremo horrendas: con sus ronquidos despiden ponzoñoso aliento, que no deja acercárseles; de sus ojos se destilan lágrimas de sangre que espantan, y todo su arreo y compostura es tal, que no es para tolerado ni ante estatuas de dioses, ni en moradas de hombres. Gente de este linaje no la vi jamás, ni es posible que tierra ninguna se gloríe de haberlas criado, sin que tenga que llorar desastres. Pero de lo que se siga, a Loxias toca cuidar como prepotente señor de esta santa casa; pues que él es médico divino y profeta, e intérprete de agüeros y prodigios, y quien toda otra casa purifica.

(Vase.)

(Ábrese la escena y aparece el interior del templo. Junto al ara está el mismo dios APOLO; a su lado HERMES, y a sus pies, en ademán suplicante, ORESTES, del modo que le ha pintado la PITONISA. Las ERINNAS le rodean como guardándole; están dormidas.)

APOLO

No, no te entregaré. Cerca de ti o lejos, yo seré tu guarda hasta el fin, y no he de usar de blandurascon tus enemigos. Ahora, ya lo ves, esas furiosas están cogidas; tomólas sueño pesadísimo. Vírgenes abominables y vetustas que después de tantos años guardan su doncellez, pues ni dios, ni hombre, ni siquiera fiera ninguna, querría comunicarlas jamás. Nacieron para el mal; habitan las horrendas tinieblas del Tártaro en las profundidades de la tierra, y de los hombres y de los dioses del Olimpo son por igual aborrecidas. No desfallezcas; pero huye, porque ellas te perseguirán, ya atravieses el dilatado continente, ya en el mar, ya en las islas; por dondequiera que eches tus errantes pasos. Sufre esta fatiga y no desmayes, y en llegando a la ciudad de Palas, póstrate a los pies de la antigua imagen de la diosa y abrázate con ella. Allá tendremos quienes nos juzguen, y no dejaremos de encontrar palabras con qué moverlos, y modo de librarte de todas tus penas, pues que yo te persuadí a dar muerte a tu madre.

ORESTES

Soberano Apolo, bien sabes tú ser justo. Siendo así, por tu justicia, considera la que me asiste y no me abandones. Tu poder basta a salvarme.

APOLO

Acuérdate que el temor no se apodere de tu ánimo.(A HERMES.)Y tú, Hermes, hermano mío, hijo del mismo padre que yo, guárdale, haz con él según tu nombre, guíale en su camino y asístele. Es mi suplicante. Zeus mismo reverencia la piedad que se debe a los proscritos de la justicia, y que para bien de los mortales siempre los acompaña.

(Vanse HERMES y ORESTES. APOLO desaparece en el santuario. Luego al punto ábrese el suelo y surge por escotillón la SOMBRA DE CLITEMNESTRA.)

LA SOMBRA(a las Erinnas que duermen.)

¿Dormís? ¡Hola! ¡sús! ¿A qué es dormir ahora? Entre todos los muertos yo sola soy la despreciada de vosotras. Y en tanto me echan en rostro que maté, y no se perdona para mí afrenta ninguna, y ando errante y avergonzada entre las sombras. Sí, os lo repito; todos son a acusarme como al mayor de los criminales. ¡Y yo, que tan cruelmente fuí tratada por quien debió amarme más; yo degollada por manos parricidas, no tengo ni un solo dios que sienta indignación por mi suerte! Contempla estas heridas; míralas con los ojos del alma, más despiertos aún y perspicaces en el sueño; que a la luz del día parece que es destino de los mortales apenas alcanzar a ver. ¡Qué de veces bebisteis las libaciones sin vino que yo os hacía, sobrias y dulces ofrendas que os deleitaban, y gustasteis los festines que os daba en mi hogar, en aquellas temerosas horas de la noche que ningún otro dios comparte con vosotras! ¡Y todos mis homenajes los veo hollados por vuestros pies! ¡Y él se ha escapado y huye como un cervatillo! De un salto salvó vuestras redes vanas, y ahora se ríe de vosotras en grande. Oíd, ¡es de mi salvación de lo que os hablo! ¡Volved en vuestro acuerdo, diosas subterráneas! ¡Soy yo, Clitemnestra, quien os invoca! ¡soy su sombra!

CORO

¡Joooh, joooh, joooh, joooh!

LA SOMBRA

¿Roncáis? Y él se os escapa, y huye lejos de aquí. ¡Tan sólo mis dioses no escuchan a quien les suplica!

CORO

¡Joooh, jooh, jooh!

LA SOMBRA

¡Ya es demasiado dormir! ¡No compartís mis penas, y Orestes huye; mi asesino, el asesino de su madre!

CORO

¡Oh, oh, oh, oh!

LA SOMBRA

¿A qué esos gritos? ¿Dormís aún? ¿Qué, no te levantarás al punto? ¿Qué otra cosa tienes que hacer más que perseguir a los culpados?

CORO

¡Oh, oh, oh, oh!

LA SOMBRA

El sueño y la fatiga se conjuraron para señorearse de ellas. Estas horrendas serpientes perdieron toda su furia.

CORO

¡Oh, oh, oh!(redoblados y agudos: en sueños.)¡Cógele, cógele, cógele! ¡ten cuidado!

LA SOMBRA

En sueños persigues tu presa, y ladras como perro que va tras la pista sin rendirse al cansancio. Ea, pues, ¿qué haces? ¡levanta! no te dejes vencer de la fatiga. Mira el mal que te avino por ceder al sueño. Así te duelan en el alma mis justas reprensiones; que ellas sirven de aguijón al pundonoroso. Arroja sobre mi asesino tu ensangrentado aliento; que el fuego que arde en tus entrañas, le abrase y le consuma. Persíguele; que él se sienta morir al ver a su perseguidor segunda vez sobre sus huellas.

(Húndese. Las Furias van despertando según indica el texto. Una vez en pie, cada cual por su lado y alborotadas corren. Su traje y apostura conforme a lo que ha dicho la Pithia. Acaso también con antorchas encendidas en las manos.)

CORO

¡Despierta, que te llamo; despierta tú y despierta a ésa! ¡Duermes! ¡Arriba! Sacude el sueño. ¡Sepamos si soñábamos sueños o realidades!

¡Ay, ay! ¡oh rabia! ¡Perdidas somos, amigas! ¡Tanto pasar: y todo en vano! ¡Oh dolor! ¡Qué cruel calamidad, qué insufrible desdicha pesa sobre nosotras! La fiera se escapó de las redes y ha huído. Dejéme rendir del sueño y perdí la presa. ¡Ay, hijo de Zeus, tú has sido el astuto ladrón! ¡Tú, dios mozo, que has puesto bajo tus pies a estas antiguas diosas, dando oídos piadosos a las súplicas de un impío que sólo tuvo crueldad para la que le parió! ¿Tú eres un dios, y hurtas a mi venganza al que mató a su madre? ¿Habrá quién diga que esto es justicia?

Yo he oído en sueños amargas quejas que venían sobre mí. Como aguijón bien empuñado por el auriga, así me han herido el corazón y las entrañas. Todavía siento el hielo del terror que me ha causado el azote de aquel fiero verdugo.

¡Ahí está lo que hacen estos dioses nuevos con su reinar fuera de los términos de la justicia! Ya podéis ver ese trono, ombligo de la tierra, todo él goteando sangre de arriba abajo, desde que quiso sufrir la horrenda mancha del crimen.

Dios Profeta, tú has contaminado este sagrado recinto, acogiendo en tus aras el crimen impuro; tú le incitaste; tú le llamaste; tú atendiste a los humanos con desprecio de lo divino; tú hollaste las antiguas leyes.

Tú has sido malo para mí; pero él no se escapará. Así se esconda debajo de la tierra, que no ha de verse libre. Él trajo sobre sí la maldición del cielo; pues hasta en el abismo sentirá caer sobre su cabeza el golpe de la venganza.

(Sale APOLO.)

APOLO

Sal al punto de este templo: yo lo mando. Libra de tu presencia este profético recinto, no sea que te alcance la veloz y alada serpiente de mi áureo arco y tengas que vomitar en tu dolor, entre torrentes de negra espuma, la sangre humana que has chupado. — No es a esta mansión donde tú puedes acercarte, sino al lugar de las sangrientas justicias; allí donde se cortan cabezas, y se arrancan ojos, y se degüella, y se provocan abortos, y se castra, y se descuartiza, y se apedrea, y se pone a los reos en el espantable tormento de la estaca, sin compasión a sus lastimeros gemidos. ¿No oís, aborrecidas de los dioses, cuáles fiestas os contentan? Harto lo dice vuestra catadura: la caverna de sangriento león es la morada que te está bien habitar, que no manchar con tu impura planta estos proféticos lugares. ¡Marchad; corred los campos a la ventura, rebaño sin pastor; pues que ganado como vosotras no habría dios que quisiera pastorearle!

CORO

Soberano Apolo, escúchame a tu vez ahora. No has sido tú cómplice en este crimen, sino quien lo has hecho todo, como solo y único autor.

APOLO

¿Qué dices?... Explícate más.

CORO

Tu oráculo dió por respuesta a tu huésped que matase a su madre.

APOLO

Respondíle que vengase a su padre. Bien, ¿y qué?

CORO

Después te constituíste en su amparo cuando aún estaba caliente la sangre.

APOLO

Y le mandé que buscase asilo en mi templo.

CORO

¡Y a nosotras, que le perseguimos, nos llenas de injurias!

APOLO

Porque el llegaros a este templo os está vedado.

CORO

Pero este es nuestro oficio.

APOLO

¡Qué honor es ese!... ¡Jáctate de tu honrado ministerio!

CORO

Nosotras arrojamos de dondequiera que habiten hombres, a los que derraman la sangre de su madre.

APOLO

¿Y qué? El que mata a la mujer que dió muerte a su marido...

CORO

A lo menos la que tal hizo no derramó su propia sangre.

APOLO

¡Así tienes tú por cosa vil y para nada la fe y los juramentos de Zeus y Hera, augustos patronos del himeneo! Y no sale de tus labios más honrada la diosa Cipris, por quien tienen los mortales los más regalados gustos. Es el lecho nupcial, donde quiso el Destino juntar a los esposos, más sagrado que un juramento, y guárdale la justicia. Si te muestras clemente con los esposos que uno a otro se quitan la vida, para no tomar venganza ni airarte siquiera por ello, niego que en justicia puedas perseguir a Orestes. ¡Arrebatada de cólera te veo para lo uno; muy blanda y sosegada para lo otro! Pero la diosa Palas sentenciará este juicio.

CORO

Jamás dejaré de perseguir a ese hombre.

APOLO

Persíguele, pues, y cánsate más todavía.

CORO

No ofendas con tus palabras los honores de mi oficio.

APOLO

Honores tales, si me los dieras, ¡a buen seguro que yo los recibiese!

CORO

Verdad. Sobrada gloria tienes ya junto al trono de Zeus. Pero la sangre de una madre me arrastra. Yo pediré venganza contra ese hombre y le perseguiré como el cazador a su presa.

APOLO

Y yo acorreré a mi suplicante y le salvaré. Entregar a un suplicante, pudiendo defenderle, crimen es que provoca su cólera, por igual temible a mortales y dioses.

(Retírase al interior del Santuario. El CORO deja también la escena. Mutación escénica.)

Exterior del templo de Atena Polías en la acrópolis de Atenas. Frontera al templo la estatua de la diosa.

ORESTES(que aparece postrado a los pies de la estatua en ademán suplicante.)

Augusta Atena, a ti vengo. Loxias es quien me manda. Acoge piadosa a un homicida que ya no necesita purificarse por su delito; cuyas manos ya no gotean sangre, sino que borró el reato de su culpa con la recia fatiga de tantas casas extrañas como conoció; de tantos caminos y jornadas como caminó. Igual atravesé tierras que mares; y ahora, fiel a las órdenes del oráculo de Loxias, me acerco, oh diosa, a tu templo y a tu imagen. Aquí haré descanso; aquí esperaré mi sentencia.

(Sale el CORO y se esparce por la orquesta. ORESTES permanece en ellogeum.)

CORO

¡Ea! aquí tenemos una señal del paso de nuestro hombre, y bien clara. Sigue los avisos de ese mudo delator. Como perro que va tras la pista de herido cervatillo, así nosotras por estas gotas de sangre reconocemos sus huellas. Llego rendida de fatiga yjadeante de tanto correr tras de este hombre. No hay lugar de la tierra que no haya recorrido yo; sin tener alas, de un vuelo he salvado el mar, no menos ligera que una nave; siempre persiguiéndole. Mas ahora no hay duda; él se oculta en alguna parte no lejos de aquí, porque el olor a sangre humana me sonríe. Mira, mira otra vez; mira mejor; escudriña por todos lados, no sea que a hurto de nosotras escape sin castigo el que mató a su madre.(Reparando en ORESTES.)Hele allí, que otra vez logró asilo; hele allí abrazado a la imagen de la inmortal diosa. Pretende que su acción sea juzgada: no ha lugar a juicio. Una vez derramada la sangre de una madre, ya no vuelve a sus venas; caliente aún, apenas cae en el suelo la absorbe la tierra y desaparece. Fuerza es, pues, que sufras la pena de tu delito; que yo chupe toda la sangre de tus miembros; que yo me cebe en esa roja bebida, que nadie sino yo osara beber, y que después de haberte consumido en vida, te arrastre a los infiernos. Allí verás a todos los demás mortales que fueron culpables como tú; a los que pecaron contra los dioses; a los que profanaron el sagrado de la hospitalidad; a los que no honraron a sus padres con piedad de hijos: a cada cual sufriendo la pena que mereció por su pecado. Que Hades, el poderoso juez que habita las mansiones infernales, toma estrecha cuenta a los hombres, y no hay acción que no escriba en el libro de memorias de su pensamiento, al cual nada se oculta.

ORESTES

Aleccionado por mis males sé no pocos modos de expiar un delito, y cuándo se debe hablar y cuándo callar. A la sazón, yo debo alzar mi voz; que así me lo ordena sabio maestro. Ya se secó la sangreque había en mi mano; ya se adormeció; ya está lavada la mancha de mi parricidio. Todavía estaba reciente cuando me purifiqué de ella, inmolando en el ara del dios Febo los puercos expiatorios. Decir aquí todos los hombres con quienes he comunicado sin que mi presencia les trajese mal alguno, largo discurso pediría. El tiempo al par que envejece va borrando todas las cosas. Hoy ya sin impiedad y con pureza de labio puedo invocarte, ¡oh Atena! reina augusta de esta comarca; ¡ven en mi auxilio! Y sin guerra me ganarás a mí, y ganarás la tierra y pueblo de Argos; que te seremos siempre fieles, y tus aliados y auxiliares en toda empresa. Ea, pues, ora que en los líbicos campos, junto a las riberas del Tritón donde naciste, estés peleando por los tuyos a los ojos de todos o envuelta en celeste nube; ora que a modo de esforzado caudillo hagas alarde y muestra de tus huestes en las llanuras de Flegra; estés dondequiera, ven a mí. Eres diosa, y por lejos que estés me oyes. ¡Ven, y sálvame de mis males!

CORO

Ni Apolo ni el poder de Atena podrán salvarte de perecer miserablemente abandonado; sin saber jamás qué es alegría; consumido y exangüe; sombra viviente, hecha pasto de las Furias. ¡Nada respondes y desdeñas hablar, tú que me estás consagrado, que has sido criado para mí!... Pues en vida me has de servir el manjar regalado de tus carnes: ni siquiera serás degollado sobre el ara. Ahora vas a oír el himno que a mí te encadena.

Ea, pues, formemos nuestro coro. Ocasión es ésta de hacer resonar nuestro horrendo cántico. Digamos la suerte que destina nuestro tribunal a cadauno de los mortales. Nosotras nos complacemos en ser rectos jueces. El que conserva la pureza de sus manos, no tiene que temer nuestra cólera, y su vida se pasará en paz. Mas para los malvados, como ese hombre, que tratan de ocultar sus manos ensangrentadas, para estos somos testigos incorruptibles; vengadoras de la sangre de sus víctimas, que los perseguimos hasta acabarlos.

¡Oh Noche! ¡Oh madre! ¡Madre, que me pariste para castigo de vivos y muertos, escúchame! El hijo de Latona me ha deshonrado, arrebatándome la presa que debía pagar la sangre de una madre. ¡Caiga siquiera sobre esa víctima que me está consagrada, este mi canto; canto de delirio, de locura, de furor; himno de las Erinnas, que encadena las almas; que no se acompaña jamás de los dulces conciertos de la lira; himno que seca y consume a los mortales!

La Moira, que nada deja por castigar, señalóme esta suerte por decreto irrevocable. A aquellos mortales insensatos que se hacen reos y autores de crimen, yo les he de servir de cortejo hasta que desciendan a las mansiones infernales, y todavía no se han de ver libres de mí ni con la muerte. ¡Caiga, pues, sobre esa víctima, que me está consagrada, este mi canto; canto de delirio; de locura, de furor; himno de las Erinnas, que encadena las almas; que no se acompaña jamás de los dulces conciertos de la lira; himno que seca y consume a los mortales!

Luego que nacimos quedó fija nuestra suerte. Nuestras manos no debían de llegar jamás a los inmortales. Nuestros banquetes no habían de tener a ninguno de ellos por convidado. Las cándidas vestiduras de la alegría estaríanos para siempre vedadas. Nuestro destino era arruinar las casas dondeAres en traidora guerra de familia arma a deudos contra deudos. ¡Oh! Sobre quien a tal se atreve, sobre ese nos lanzamos, apenas derrama la sangre, y le perseguimos, y por fuerte que él sea, le hacemos desaparecer.

Nosotras nos afanamos por quitar de este cuidado a los dioses; confirmen, pues, ellos la inmunidad de nuestros juicios; no quieran sujetarlos a apelación.

No ha de comunicar Zeus con una raza odiosa que está goteando sangre, a la cual jamás tuvo por merecedora de su presencia. De un salto caigo sobre el criminal y le atajo por lejos que esté: mis pies chocan pesadamente contra sus piernas cansadas de tan larga huída; flaquea él y sucumbe sin remedio. No hay debajo del cielo gloria de mortal tan altiva que yo no la derribe miserablemente en tierra al acercarme a él con impetuoso salto, envuelta en mis negras vestiduras, y que no desaparezca pisoteada por mis pies enemigos.

Loco y ciego con su culpa cae el malvado y no sabe que cae. ¡Tal niebla tiende sobre él su crimen! Su morada queda envuelta en tinieblas oscurísimas que la fama pregonará con lastimeras voces.

Así es, y así será. En el idear, hábiles; en el conseguir, seguras; en la memoria de las maldades, firmes y severas; en nuestros juicios, para todo mortal incorruptibles; nosotras marchamos por los caminos que nos marcó la suerte: caminos sin honores, y de los dioses y de la luz del sol nunca visitados, donde por igual se pierden y despeñan los vivos y los muertos.

¿Qué mortal habrá que no sienta reverencia temerosa al oír de mis labios el ministerio que me confiaron los decretos de la Moira y la voluntad de los dioses? Dignidad antigua y no despreciable ni singloria, aunque tenga su asiento en las caliginosas mazmorras del sol nunca esclarecidas.

(Aparece en el aire la diosa ATENA en un carro.)

ATENA

De lejos oí una voz que me imploraba; desde las riberas del Escamandro donde tomaba posesión de la tierra que me dedicaron los príncipes y caudillos Aqueos en absoluto y perpetuo dominio: porción magnífica de los ricos despojos de la guerra y para los hijos de Teseo recompensa selectísima. De allí vengo con presuroso e incansable paso. No hube menester de alas: tendí al viento mi égida haciendo gemir los aires, y uncí a este carro mis poderosos corceles. — Extraña gente es la que se ofrece a mis ojos aquí reunida, la cual cierto que no me espanta; pero me asombra. ¿Quién podéis ser? A todos vosotros me dirijo; a ese peregrino que está abrazado a mi imagen, y a vosotras, que ni os asemejáis a casta ninguna de criaturas, ni los dioses os vieron jamás entre las diosas, ni tenéis figura humana. — Mas echar a uno en cara su deformidad ni es justo ni piadoso.

CORO

Con una palabra lo sabrás todo, hija de Zeus. Somos hijas de la lúgubre Noche; en las mansiones subterráneas nos llaman las Imprecaciones.

ATENA

Conozco vuestro linaje y vuestro nombre.

CORO

Pues ahora sabrás cuál es mi ministerio.

ATENA

Lo sabré si me lo explicáis.

CORO

Nosotras arrojamos a los homicidas de toda habitación de hombres.

ATENA

Y entonces ¿dónde acabará para el matador su huír?

CORO

Donde jamás imperó la alegría.

ATENA

Y ¿a huída tal condenas tú a este hombre, acosándolo con roncos gritos?

CORO

Él fué bastante osado para matar a su madre.

ATENA

¿No le forzaría acaso el temor a alguna airada potestad que le amenazara?

CORO

Y ¿qué fuerza hay tan poderosa que arrastre a matar a una madre?

ATENA

Aquí hay dos partes; hasta ahora no he oído más que a una.

CORO

Es que él no deferiría a mi juramento y tampoco quiere prestarlo.

ATENA

Y tú quieres más oír hablar de justicia, que no practicarla.

CORO

¿Cómo? Explícate, que no te faltará saber para ello.

ATENA

Digo, que la injusticia no vence por juramentos que se hagan.

CORO

Ea, pues examina la causa y falla en justicia.

ATENA

¿Remitís, pues, a mí el fallo de esta causa?

CORO

Y ¿cómo no? Nadie más que tú merece este honor, y por tal te acatamos.

ATENA

¿Qué tienes tú que contestar a esto, extranjero? Dime tu patria, tu linaje y tus aventuras, y luego excúlpate de la acusación, si es verdad que fiado en la justicia de tu causa has venido a ampararte de mi templo e imagen y pides con piadosas súplicas, cual otro Ixión, la expiación de tu delito. Responde a todas mis preguntas de modo que yo quede bien informada.

ORESTES

Soberana Atena, ante todas cosas te libraré de ese grave cuidado que revelan tus últimas palabras. No vengo a ti menesteroso de expiación, ni me abracé a tu imagen con las manos manchadas por el crimen. Yo te daré prueba cierta de ello. La ley reduce a silencio al matador mientras la sangre de tierna víctima no le purifique de su mancha. Tiempo ha que así expié mi delito, y corrí casas extrañas y tierrasy mares. Sobre esto, pues, desecha todo cuidado. En cuanto a mi linaje, al punto vas a saberlo. Soy de Argos; a mi padre Agamemnón bien le conociste, que él fué el capitán de la armada griega, y con su ayuda arrasaste no ha mucho la ciudad de Ilión. Vuelto a su casa, halló la muerte, y no con gloria, sino que mi madre con negras entrañas le mató, envolviéndole en la red de traidor artificio. Testigo es aquel baño donde corrió su sangre. Yo estaba huído hacía tiempo, mas por fin volví de mi destierro, y maté a la que me parió; no he de negarlo ahora. Pagó con su muerte la muerte de mi amadísimo padre. Cómplice mío fué Loxias, que me anunció grandes males de no castigar a los autores del crimen; con que puso acicates a mi voluntad. Decide tú si obré en justicia o no. A ti remito la causa: cualquiera que sea la sentencia, yo la acato.

ATENA

El caso es más grave de juzgar que cuantos imaginaron nunca los hombres. Tampoco me es lícito a mí conocer en una causa de muerte donde tan enconados se hallan los ánimos. Sobre todo porque bien que perpetrador de un crimen, tú has llegado a mi templo suplicante y purificado y sin ofenderle con tu presencia; y así he de acogerte en mi ciudad como a quien no tengo que hacer cargo ninguno. Por otra parte, éstas no son tan blandas de condición que si salen vencidas en juicio no derramen después sobre esta tierra el veneno de sus corazones; que sería triste e incurable daño. El trance es tal, que yo no podría sin ofensa ni retener aquí a entrambas partes ni tampoco despedirlas. Mas ya que aquí llegaron las cosas, yo elegiré jueces del crimen, y los ligaré conjuramento, y constituiré tribunal que dure para siempre. Vosotros reunid los testimonios y pruebas que habéis de traer a la causa y todos los medios de defensa. Así que haya elegido los mejores de mis ciudadanos, con ellos vendré, y ellos sentenciarán en justicia sin apartarse un punto del juramento que prestaren.

(Vase.)


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