Chapter 4

CORO

CORO

¡Qué sabio que era, qué sabio el primero que en su mente pensó, y con su lengua proclamó, que casarse entre iguales es el mejor partido, y que quien vive de sus manos no ha de codiciar bodas ni con el regalado de la fortuna ni con el ensoberbecido de su linaje!

Jamás, jamás, oh Moira, me vea yo en el lecho de Zeus. Jamás me una por esposa a ninguno de los celestiales. Me estremece ver a la casta virgen Io tan fieramente atormentada por Hera con las crueles penas de un correr sin descanso.

Una boda igual nada de temible tiene para mí; no la temo. Pero ¡que jamás se fije en mí la inevitable mirada de un dios poderoso! ¡Luchar sin lucha; camino sin salida! No sé qué sería de mí, porque no alcanzo cómo había de esquivar la resolución de Zeus.

PROMETHEO

Y con todo ello ese Zeus, aun cuando de ánimo tan arrogante, todavía alguna vez ha de ser humilde. Un hymeneo se dispone a celebrar que ha de derribarlo del poder, y derrumbar su trono, y desaparecerle de los que ahora le contemplan. Entonces se cumplirá en sus ápices la imprecación que lanzó su padre Cronos al caer de su secular imperio. Y contra este desastre, fuera de mí, ninguno de los dioses podría mostrarle remedio cierto. Yo lo sé y de qué modo. Asiéntese ahora en su trono muy sosegado y seguro; confíese en el tronante estampido que retumba en las alturas; vibre en su diestra el rayo igniespirante; que todo ello de nada le servirá para no haber de caer conignominiosa e irreparable caída. Tal contendiente va a buscarse, invencible monstruo que encontrará un fuego más poderoso que el rayo, y un estampido que asorde el trueno, y hará saltar hecha astillas la lanza de Poseidón, el tridente, azote que alborota el mar y sacude la tierra. Cuando se estrelle contra su desgracia entonces aprenderá cuánto va de imperar a ser esclavo.

CORO

Sin duda haces predicciones de tus deseos para con Zeus.

PROMETHEO

Lo que ha de cumplirse, y yo deseo, eso es lo que predigo.

CORO

Y ¿acaso es de esperar que a Zeus le venza alguien?

PROMETHEO

Y aún han de abrumar su cerviz trabajos más pesados que estos míos.

CORO

¿Cómo no temes soltar esas palabras?

PROMETHEO

¿Y qué habrá que haga temer a quien por su sino no puede morir?

CORO

Mas pudiera enviarte Zeus aflicciones más dolorosas que éstas.

PROMETHEO

Hágalo pues. Todo lo espero.

CORO

Sabios los que doblan su rodilla ante Adrastea.

PROMETHEO

Ruega, reverencia, adula siempre al que manda. Para mí Zeus menos que nada me importa. Haga, mande como quiera en este breve tiempo; que no imperará mucho sobre los dioses. Mas he aquí a su correo, al ministro del nuevo tirano. De seguro que viene a anunciarme alguna cosa nueva.

(Sale HERMES.)

HERMES

A ti, engañador lleno de hiel; pecador contra los dioses, que entregas sus honores a los héroes de un día; a ti, ladrón del fuego, a ti es a quien me dirijo. Padre manda que digas qué bodas son esas por las cuales ha de caer del imperio. Y esto sin enigmas, antes explicándolo punto por punto. No me obligues a segundo viaje, Prometheo, que bien ves que no es con estos modos como Zeus se ablanda.

PROMETHEO

Gravemente hablado está el discurso y lleno de arrogancia como del ministro de los dioses. Nuevos sois; como nuevos mandáis, y creéis habitar fortaleza que el dolor no ha de asaltar nunca. Pues ¿no sé yo de dos tiranos que han caído de ella? Y todavía he de ver el tercero, al que ahora manda, y bien pronto, y con mayor ignominia. ¿Parécete que tiemblo a los nuevos dioses; que menguado he de bajarme a ellos? Muy lejos estoy de eso. Vuelve pies atrás por el camino que viniste, pues nada de lo que quieres averiguar has de saber.

HERMES

Con esos fieros te acarreaste ya esta desgracia.

PROMETHEO

Ten por cierto que no trocaría yo mi desdicha por tu servil oficio; que juzgo por mejor servir a esta roca que no ser dócil mensajero de Zeus tu padre. Así es razón que con ultrajes se responda a quien nos ultraja.

HERMES

Paréceme que te recreas con tu presente fortuna.

PROMETHEO

¡Que me recreo! ¡Que no viera yo recrearse así a todos mis enemigos! Y a ti entre ellos.

HERMES

Pues qué, ¿a mí también me culpas de tus infortunios?

PROMETHEO

En una palabra; yo abomino a todos esos dioses que colmados por mí de beneficios, tan inicuamente me pagan.

HERMES

Ya veo que grave dolencia te hace perder la razón.

PROMETHEO

Adolezca yo si es dolencia odiar a los enemigos.

HERMES

Dichoso, serías intolerable.

PROMETHEO

¡Ay de mí!

HERMES

Palabra es esa que Zeus no conoce.

PROMETHEO

Pero el tiempo va envejeciendo y enseñándolo todo.

HERMES

Y sin embargo todavía no has aprendido tú a ser prudente.

PROMETHEO

Cierto, que entonces no te dirigiera yo la palabra, siervo.

HERMES

¿No piensas decir nada de lo que padre desea?

PROMETHEO

Y en verdad que debiéndole tanto debería corresponder al beneficio.

HERMES

¿Te burlas de mí como si fuese un niño?

PROMETHEO

Pues que, ¿no eres tú un niño, y aun más cándido todavía, si esperas que has de saber algo de mí? No hay tormento ni artificio con que Zeus me reduzca a hablar si antes no suelta estas afrentosas cadenas. Por tanto, que caiga sobre mí la llama abrasadora y la nieve de cándidas alas; que rujan los truenos habitadores de las entrañas de la tierra; que todo se conmueva y se confunda todo, que nada me doblará para que declare a manos de quién ha de caer Zeus de su tiranía.

HERMES

Considera tú si eso puede remediarte.

PROMETHEO

De antes está todo ello visto y determinado.

HERMES

Ante los males presentes resuélvete, temerario, resuélvete a pensar cuerdo una vez siquiera.

PROMETHEO

En vano me importunas exhortándome; como si hablases a las ondas del mar. Que jamás se te ponga en mientes que por temor a sentencias de Zeus me he de hacer de ánimo femenil y he de tenderle las manos como una mujer, suplicando a ese aborrecidísimo que me suelte de estas cadenas. Lejos de mí eso.

HERMES

Mucho he hablado, lo sé, y que hablaré en vano, porque tu corazón no se mueve ni ablanda con ruegos, antes como potro recién puesto al yugo, así tú tascas el freno, y te resistes violento, y forcejeas contra las riendas. Pero en vano sacas fuerzas de tu necio consejo; menos que nada puede la pertinacia del desaconsejado. Considera qué tempestad y grande ola de males caerá sobre ti sin remedio de no rendirte a mis razones. Hará padre saltar en pedazos esa áspera cumbre con la fulmínea llama en medio del estampido del trueno, y sus despojos cubrirán tu cuerpo y te estrecharán con pesados y roqueros brazos. Después de largo espacio de tiempo volverás a la luz; pero el can alado de Zeus, el águila carnicera vendrá a ti, convidado importuno, todos los días, y voraz te arrancará la carne a pedazos, y se cebará con el negro manjar de tus hígados. Y no esperes el fin de este suplicio hasta que un dios no se preste a substituirte en tus trabajos, y quiera bajar a la obscura morada de Hades y a las caliginosas profundidades del Tártaro. Con que así, determina. No es esto fingida baladronada, sino dicho muy de veras; que la boca de Zeus no sabe decir mentira, y todas sus palabras se cumplen. Mira bien, pues, en derredor tuyo, y reflexiona, y no tengas nunca la arrogancia por mejor que la prudencia.

CORO

Parécenos que Hermes no habla fuera de propósito, pues que te exhorta a deponer tu pertinacia y seguir la sabia cordura. Escúchale; que es vergonzoso para un sabio aferrarse en su falta.

PROMETHEO

Ese ha vociferado su embajada a quien ya la sabía. Pero en que un enemigo padezca malamente bajo el poder de su enemigo, no hay afrenta. ¡Caiga, pues, sobre mí el afilado rizo del fuego; conmuévase el éther con el estampido del trueno y el huracán de los vientos desatados; que la tormenta sacuda la tierra en la raíz misma de sus hondos cimientos; que invadan las olas del mar con bárbara furia los celestes caminos de los astros; que arrastre mi cuerpo el irresistible torbellino de la necesidad hasta el fondo del negro Tártaro! ¡Como quiera no podría darme la muerte!

HERMES

¡Esas son las palabras y razones que es posible oír de los mentecatos! ¿Qué le falta a tu demencia? ¿Por ventura a tratarte mejor se calmarían tus furores? Pero a lo menos vosotras, que os doléis de sus miserias, alejaos de estos lugares al punto. El horrendo rugir del trueno os dejaría atónitas.

CORO

Dime, aconséjame cualquiera otra cosa, y serás obedecido; pero esas palabras que has pronunciado no las puedo tolerar. ¿Cómo? ¡Tú me mandas rendir culto a la cobardía! En los males que haya de padecer, con él quiero entrar a la parte; que yo aprendí a odiar a los traidores, y no hay ruindad que más me repugne que esa.

HERMES

Pues acordaos de lo que a tiempo os he advertido, y cuando os asalte el mal no acuséis a la fortuna, ni digáis jamás que Zeus os hirió con improviso golpe. En verdad que no, sino vosotras mismas, que a ciencia cierta, y no a deshora ni con cautela, seréis cogidas por vuestra locura en la red del infortunio, de la cual nadie se desenvuelve.

(Vanse HERMES y las OCEÁNIDAS.)

PROMETHEO

Ya las palabras son obras. La tierra se agita, y el eco del trueno ruge en sus hondas entrañas; y las inflamadas vueltas del rayo fulguran en el aire; y el polvo se levanta en revuelto torbellino, y los ímpetus todos de los vientos se desatan, y en encontrados soplos se chocan en porfiada pelea; y el mar y el aire se encuentran y confunden. Contra mí a no dudar, y de parte de Zeus, viene esta furia poniendo espanto. ¡Oh deidad veneranda de mi madre!, ¡oh éther, que haces girar la luz común para todos, viéndome estáis, cuán sin justicia padezco!

Viñeta ornamental


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