Ilustración ornamentalLOS SIETE SOBRE THEBAS
Ilustración ornamental
Aparece ETEOCLES, el CORO y PUEBLO.
ETEOCLES
Letra C
Ciudadanosde Cadmo: menester es que en la ocasión hable quien vela por la república, sentado en la popa de la ciudad, timón en mano, y sin rendir los ojos al sueño. Porque si salimos con bien se dirá: ¡un dios lo hizo!; pero si, lo que no suceda, sobreviene un desastre, sólo Eteocles será el infame que andará en coplas entre los ciudadanos, y contra él irán los ayes y clamores. ¡Líbrenos de ello Zeus, defensor, y haga con la ciudad de los cadmeos según su nombre! Hora es esta de que vosotros todos, el que aún no ha llegado a la flor de la mocedad, y el que ha tiempo que salió de ella, y el que sustenta un cuerpo lleno de vigorosa lozanía, cada cual, cuidadoso como debe, defienda la ciudad y las aras de los dioses patrios, porque jamás sean privados de sus honores; y a loshijos, y a la tierra madre, amorosa nodriza que tomando sobre sí toda la fatiga de vuestra infancia, os criaba cuando de niños os arrastrabais por su propicio suelo, como a quienes habíais de ser sus habitadores fieles, que la han de cubrir con sus escudos en este trance. Hasta el presente día sin duda que algún dios se inclina a nosotros benigno. Asediados, durante ese tiempo, gracias a los dioses, las más veces nos ha sido la lucha favorable. Pero hoy, el adivino, ese pastor de las aves, que sin ayuda del fuego pesa en su oído y ánimo con no engañoso arte los agoreros signos; ese dueño de los augurios nos anuncia que anoche se juntaron los Aqueos, y determinaron el ataque decisivo contra la ciudad. Ea, pues, lanzaos a las almenas y a las entradas de las torres; corred, armaos de todas armas, poblad las defensas, manteneos firmes en las plataformas de los baluartes, y apostados en las avenidas tened buen ánimo, y no temáis a una turba de extranjeros. El dios, que lo ha comenzado bien, lo acabará. Por mi parte he enviado espías y exploradores del campo. Espero que no han de perder la jornada, y en oyéndoles no seré tomado de sorpresa.
ESPÍA
Eteocles, óptimo príncipe de los cadmeos, torno de allá trayéndote nuevas ciertas del campo; yo mismo he sido espectador de los sucesos. Siete caudillos, hombres impetuosos, desollaron un toro sobre un herrado escudo; mojan luego sus manos en la sangre de la taurina víctima, y juran por Ares, por Enio y por Febo, ávido de matanza, asolar la ciudad, y devastar la fortaleza de Cadmo, a morir empapando en su sangre esta tierra. Después con aquellas mismas sangrientas manos cuelgan del carro de Adrasto lascaras prendas que han de ser en el hogar memoria para sus hijos, y las lágrimas salen hilo a hilo de sus ojos, pero ni un ¡ay! de su boca. Antes sus almas de hierro, ardiendo en coraje, respiran muerte como leones que olfatean la sangre. Y no se ha de tardar perezosa la prueba de estos hechos, porque los he dejado echando suertes, a fin de que cada cual mueva su hueste contra la puerta que los dados le señalen. Por tanto, escoge al punto los guerreros más esforzados de la ciudad, y apóstalos en las avenidas de las puertas, que ya el ejército argivo, todo él armado, se acerca a toda prisa, y avanza entre nubes de polvo, y la blanca espuma salpica el llano, desprendida en gotas del agitado resuello de los corceles. Tú, pues, asegura la ciudad como prudente patrón de esta nave, antes que los vientos de Ares se suelten impetuosos. Ya ruge la terrestre onda de los sitiadores. Pronto, aprovecha cuanto más antes la ocasión de la defensa. Yo seguiré todo el resto del día con ojo vigilante y fiel, y sabedor tú con puntualidad de lo que ocurra de puertas afuera, estarás a salvo de todo golpe.
ETEOCLES
¡Oh Zeus! ¡oh Gea! ¡oh vosotros, dioses tutelares de la ciudad! ¡Oh Maldición y formidable Erinna de mi padre! ¡no queráis hacer presa de enemigos, y entregar a todo devastador estrago, y arrasar hasta los cimientos ciudad donde corre el habla de Hélade y hogares en que se alzan vuestras aras! ¡Jamás esta libre tierra ni la ciudad de Cadmo sufran el yugo de la servidumbre! Sed nuestro baluarte. Vuestra como nuestra es la causa porque abogo. Así lo espero, que en la buena fortuna es cuando una ciudad hace honor a los dioses.
(Vanse ETEOCLES, el ESPÍA y el PUEBLO.)
CORO
¡Ay que temo que habré de lamentar grandes dolores! El ejército ha dejado ya el campo y avanza con fiera acometida. Hacia aquí corre innumerable vanguardia de gente de a caballo. Esa nube de polvo que se cierne en el aire, me lo está anunciando, mensajero mudo, pero bien cierto e infalible. El fragor de la tierra, sacudida por los equinos cascos, se levanta de entre el polvo, y se acerca, y vuela, y brama a modo de victorioso torrente que con estruendo del alto monte se derrumba. ¡Oh dioses, oh diosas! apartad de nosotros el mal que nos asalta. Las haces cubiertas de sus lucientes escudos se lanzan con precipitada furia sobre la ciudad, prontas a la acometida; su vocear domina las murallas. ¿Qué dios nos defenderá? ¿Qué diosa será en nuestro socorro? ¿Ante cuál de estos simulacros de los dioses me postraré en súplica? ¡Oh bienaventurados, que ocupáis esos espléndidos tronos, llegó el momento de abrazarnos a vuestras imágenes! — ¿A qué es tardar gimiendo tanto? — ¿Oís o no oís el choque de los escudos? ¿Cuándo pensaremos en ceñirnos velos y coronas, y elevar nuestras súplicas, si ahora no?... Siento un estrépito. ¡Ay que no es el golpe de una sola lanza! — ¿Qué harás, oh Ares, antiguo señor de este pueblo? ¿Harás traición a una tierra que es tuya? ¡Oh dios de casco de oro, contempla, contempla la ciudad a quien tanto amor tuviste algún día! — Dioses tutelares de la patria, acudid todos, acudid; echad una mirada sobre este aterrado coro de vírgenes que os suplican temerosas de la esclavitud. En torno a la ciudad una ola de guerreros de ondeantes penachos hierve mugidora, hinchada por el aliento de Ares. — ¡Oh Zeus, padre sumo, defiéndenos de ser presa de nuestros enemigos! Porque los Argivos rodean laciudad de Cadmo, y con ellos el terror de las marciales armas. Los frenos que sujetan las equinas bocas dicen con lúgubre son: ¡muerte! Siete hombres audaces que se señalan entre todo el ejército por sus ricas armaduras, blandiendo sus lanzas, amenazan las siete puertas, cada cual la que la suerte le ha deparado. — Hija de Zeus, potestad amiga de los combates, ¡oh Palas! sé el salvaguarda de la ciudad. — Y tú, creador del caballo, Poseidón, señor que dominas los mares con el tridente azote de los marinos peces, líbranos, líbranos de estos terrores. — Y tú, Ares, ¡ay de mí! guarda la ciudad que lleva el nombre de Cadmo, y haz ostentación de tu alianza. — Primera madre de nuestro linaje, Cipris, ven en nuestra defensa. De tu sangre nacimos, a ti llegamos ahora clamando, a ti con súplicas, que sin duda escucharán tus oídos de diosa. — Numen tutelar, Matador de lobos, por nuestros lastimosos clamores, sé el matador de esos lobos de nuestros enemigos. — ¡Oh virgen hija de Latona, ármate bien de tu arco, propicia Artemisa! — ¡Ah, ah, que oigo en derredor de los muros el estruendoso rodar de los carros! — ¡Augusta Hera! En los cubos de las ruedas rechinan pesadamente los ejes oprimidos. ¡Propicia Artemisa! — ¡Ah, ah! El aire brama enfurecido, azotado por las lanzas. ¿Qué te espera que padecer, ciudad nuestra? ¿Qué será de ti? ¿Qué fin te depararán los cielos en estas desventuras? — ¡Ay, ay! — Una granizada de piedras viene sobre las almenas de las torres. — ¡Oh propicio Apolo! Retumba en las puertas el estrépito del golpeado cobre de los escudos. ¡De Zeus venga el piadoso término rematador del combate! — Y tú, que habitas enfrente de la ciudad, Onca, bienaventurada señora, defiende esta tu morada de las siete puertas. — ¡Oh deidades prepotentes; excelsos dioses y diosas, custodios de las torres de esta tierra, noentreguéis la ciudad al hierro de un ejército que habla una lengua extraña! Escuchad, escuchad los justos ruegos de unas vírgenes que os tienden las manos suplicantes. Dioses amigos, rodead la ciudad, protegedla; mostrad cómo la amáis. Velad por los públicos sagrados ritos; velad por ellos, defendedlos. Haced memoria de las fiestas abundosas en víctimas, que con voluntad pronta este pueblo os consagra.
(Sale ETEOCLES.)
ETEOCLES
Yo os pregunto, ganado insufrible, ¿es esto mostrarse pronto a hacer bien a la ciudad, y salvarla, y dar aliento a sus asediados defensores? ¿Es esto? ¡caer ante las imágenes de los dioses tutelares, y gritar, y vocear, ralea aborrecida de los sabios! Jamás, ni en la mala ni en la buena fortuna, viva yo bajo un mismo techo con gente mujeril; que como ella domine, ¡qué intolerable petulancia! mas si algo teme, no hay peste como ella para su casa y pueblo. Ahora, con este gritar y este correr de un lado a otro, ponéis cobarde desaliento en el ánimo de los ciudadanos, y ayudáis a maravilla las armas de los de afuera. Nosotros mismos nos destruimos aquí adentro. He ahí lo que puedes sacar de vivir con mujeres. Mas si alguien no se sujetare a mis órdenes, hombre o mujer o lo que quiera que sea, contra ellos se dictará sentencia de muerte, y no habrá cómo escapen de ser apedreadas por el pueblo en público suplicio. Pues que al hombre tocan las cosas de afuera, no se entrometa la mujer en esto; estése dentro de casa, y no haga daño. ¿Oís, o no oís? ¿hablo con sordas por ventura?
CORO
¡Oh amado hijo de Edipo! Temí oyendo el estruendoso rodar de los carros, y el girar rechinante delcubo de las ruedas, y el gemir de esos frenos, hijos del fuego; timones que rigen las hípicas bocas, sin dormir jamás.
ETEOCLES
¡Y qué! ¿Acaso huyendo de la popa a la proa es como el piloto encontrará camino de salvación cuando fluctúe entre las ondas la combatida nave?
CORO
Dirigíame yo corriendo a los antiguos simulacros de los bienaventurados, puesta en ellos mi confianza, cuando llegó hasta mí el fragor de la funesta tempestad que a modo de apretada nieve caía sobre las puertas, y entonces con el terror elevé a los dioses mi voz suplicante, por que tiendan su auxilio sobre la ciudad.
ETEOCLES
Orad por que los muros resistan el empuje de los sitiadores.
CORO
Pues en verdad que de los dioses depende.
ETEOCLES
Mas también es común sentencia, que ciudad tomada los dioses la abandonan.
CORO
En mi vida me abandonen estos dioses, ni vea yo la ciudad entrada por asalto, y abrasada su gente por el fuego enemigo.
ETEOCLES
Con invocar a los dioses no vayas a resolver en mi daño, mujer; que, como dice el proverbio, la obediencia al que manda es madre del buen suceso que salva.
CORO
Razón tienes; pero más alta potestad es la de los dioses, que muchas veces levanta al desvalido de entre sus males, y desvanece la densa niebla de dolor que se tendía delante de sus ojos.
ETEOCLES
A los hombres toca, cuando los enemigos intentan atacar, ofrecer sacrificios a los dioses, y consultar los oráculos; a ti callar y permanecer dentro de casa.
CORO
Gracias a los dioses habitamos hoy una ciudad que no ha sido tomada, y nuestras torres rechazan a la impetuosa muchedumbre enemiga. ¿Qué hay de odioso y reprensible en esto que digo?
ETEOCLES
No te niego que honres al linaje de los inmortales; pero de modo que no vuelvas pusilánimes a nuestros defensores. Permanece serena, y no hagas extremos de dolor.
CORO
Oí de improviso estrepitoso tumulto, y trémula y aterrada me refugié en esta acrópolis, venerando sagrario de nuestros dioses.
ETEOCLES
Pues ahora, si oís hablar de muertos y heridos, no los recibáis con sollozos, que con esa carnicería de hombres se alimenta Ares.
CORO
¡Oigo el relinchar de los caballos!
ETEOCLES
Si lo oyes, haz como si no oyeses.
CORO
Gime la fortaleza estremecida en sus cimientos como si los enemigos la rodeasen.
ETEOCLES
Sobre estos negocios basta con que yo determine.
CORO
Estoy temblando; crece en las puertas el estrépito.
ETEOCLES
¿No callarás? Guárdate de decir palabra en Thebas.
CORO
¡Oh consejo altísimo de los dioses, no entregues estos baluartes!
ETEOCLES
¡Noramala! ¿No podréis sufrir en silencio?
CORO
¡Que no me vea yo en la esclavitud, dioses de mi patria!
ETEOCLES
Tú misma, tú nos harás esclavos, a mí, y a ti, y a la ciudad entera.
CORO
Omnipotente Zeus, vuelve tu rayo contra los enemigos.
ETEOCLES
¡Oh Zeus, y qué casta nos has regalado! ¡las mujeres!
CORO
Míseras como los hombres cuya ciudad es tomada.
ETEOCLES
¿Otra vez andáis abrazando esas estatuas, y augurando males?
CORO
Falta ya de alientos, el terror se lleva tras sí mi lengua.
ETEOCLES
Si me otorgases una corta merced que yo te demandara...
CORO
Dila cuanto antes, y así la sabré pronto.
ETEOCLES
Que calles, ¡infeliz! y no atemorices a nuestros amigos.
CORO
Me callo. Sufriré con los demás lo que está decretado.
ETEOCLES
Prefiero ese modo de hablar a aquellas tus palabras de antes. Pero apártate de esas estatuas, y ruega por lo que importa más que todo: que los dioses peleen en nuestra ayuda. Escucha ahora mis votos, y depuesto el temor del enemigo, respóndeme cantando el sagrado Peán, jubiloso himno henchido de guerreras esperanzas; estilo de la patria Hélade; compañía de los sacrificios; aliento del soldado. Yo hago votos a los dioses tutelares de nuestra ciudad, y a los que habitan y cuidan nuestros campos, y a los que vigilany presiden nuestra pública Ágora, y a la fuente Dircea, sin que exceptúe las aguas del Ismeno; digo, que hago voto, si alcanzamos próspero suceso, y la ciudad se salva, de enrojecer las aras de los dioses con la sangre de las ovejas, e inmolar en su honor taurinas víctimas, y colgar en sus santas moradas los trofeos y las vestiduras de nuestros invasores y los enemigos despojos, que ostenten las gloriosas señales de nuestras lanzas. Tales votos como éstos has de hacer tú a los dioses; pero no con gemidos, y vanos y broncos ayes. Así no evitarías mejor lo que esté decretado. Pero marcho a disponer con toda diligencia otros seis adalides, y yo iré de séptimo, que apostados en las avenidas de las siete entradas de los muros, haremos cara a los enemigos antes que vuelvan apresurados los espías, y sus nuevas corran veloces, y con lo apretado de la necesidad lo enciendan todo.
(Vase.)
CORO
Procuro obedecerte; pero el temor no deja que descanse mi pecho. Como paloma criadora, que a la vista del dragón se agita en el mísero nido, y tiembla por sus polluelos, así las ansias, que hacen habitación en mi alma, aumentan mis terrores. — El ejército todo viene derecho en apretadas haces hacia nuestras torres. ¿Qué va a ser de mí? De todas partes arrojan sobre nuestros soldados una granizada de asperísimas piedras. Dioses hijos de Zeus, haced todo esfuerzo en defensa de la ciudad y ejército de Cadmo. ¿Por qué otro suelo mejor cambiaríais este suelo, si abandonaseis esta tierra de profundos y henchidos surcos, y el agua Dircea, la más saludable entre cuantas buenas de beber envía Poseidón, el que entre sus brazos abarca la tierra, y los hijos de Tetis? Enviad, pues,dioses tutelares de mi patria, contra los que están fuera de muros la espantable derrota, perdición del soldado que hace arrojar las armas; dad el triunfo a los thebanos, y por nuestras lastimeras súplicas permaneced por siempre en vuestros ricos tronos para ser los defensores de Thebas.
Miserable cosa sería que una tan antigua ciudad fuese precipitada en el Hades. Que por permisión de los dioses se viese esclava, hecha presa de las armas enemigas, afrentosamente asolada por el aqueo, y vuelta en cenizas inertes. Que las mujeres ¡ay de mí! jóvenes y ancianas fuésemos llevadas por fuerza de las crenchas de nuestros cabellos a modo de yeguas, y desgarradas nuestras túnicas. Y en la desierta ciudad resonarían los apagados ayes de los cautivos moribundos. Ya antes de que suceda tan funesta desdicha se llena de terror mi alma.
Y bien de llorar sería para las delicadas doncellas dejar sus casas por un camino odioso, ya agostadas por bárbara fuerza, que arrebató los frutos verdes aún, antes que un legítimo hymeneo los gozase. ¡Qué por más dichoso tengo a quien muere, que no a éstas sin ventura! ¡Ay de mí, que ciudad entrada luego padece muchos infelicísimos males! Los unos haciendo cautivos a los otros, y dándoles muerte, y llevando a todas partes el incendio; la ciudad entera toda ella envuelta e infestada de humo; mientras el domador de los pueblos, Ares, atropella toda piedad, y sopla enfurecido.
Dentro de muros estrépito temeroso; fuera, una valla de picas que a modo de torre inexpugnable encierra a los vencidos. Al bote de lanza de un hombre cae muerto otro hombre. Resuena en el aire el vagido lastimero de los recién nacidos que espiran ensangrentando con su propia sangre el materno pecho que les sustenta.Tras de esto aquel correr codicioso de acá para allá, seguido de su hermano el pillaje. El afortunado, que hizo presa, se encuentra y topa con otro afortunado, rico de despojos, y el apocado, que va con las manos vacías, deseoso de su parte, incita a voces a quien como él va de vacío. Y no la buscan menor ni siquiera igual, sino cada cual mayor que la de los otros. ¿Qué podrá esperarse después de esto?
Derramados por el suelo toda suerte de frutos son dolor de quien se los halla, y amargura de los ojos del ama cuidadosa. Revueltos en confuso montón, corren muchos en sórdidas y vilísimas ondas los regalados dones de la tierra. Las tiernas doncellas esclavas sufren con nuevo dolor, como a un enemigo más poderoso, el servil lecho de quien las logró por su buena fortuna. Su esperanza es que venga la sempiterna noche y les libre de sus lastimosísimos dolores.
PRIMER SEMICORO
¡Oh amigas! he ahí el espía que llega, y según me parece trae alguna nueva del ejército. Bien de prisa viene, y apretando el paso.
SEGUNDO SEMICORO
Y aquí está el rey en persona, el hijo de Edipo, a saber las nuevas que el espía tan oportunamente trae. También a él apenas le deja la prisa fijar la planta en el suelo.
(Salen ETEOCLES y el ESPÍA.)
ESPÍA
A ciencia cierta puedo decirte el estado de los enemigos, y qué puerta le cupo a cada cual en suerte. Ya Tideo brama de furor frente a la puerta Prétida. El adivino no le deja pasar las aguas del Ismeno porque las entrañas de las víctimas no le son favorables;y Tideo, fuera de sí y ansioso de pelear, se desata en voces, como hambriento león en silbos al calor del mediodía y provoca con denuestos al sabio vate hijo de Oídeo, acusándolo de retroceder medroso, con bajeza de ánimo, ante la pelea y la muerte. Y gritando así, sacude el triple penacho; la crinada cabellera hace negra sombra al yelmo, y bajo la trémula mano claman terror las resonantes y cóncavas labores de su broncíneo escudo. En él lleva esta arrogante empresa: un cielo, hecho a cincel, todo encendido por los astros, en medio del cual brilla resplandeciente la luna llena, gloria de las estrellas y ojo de la noche. De esta suerte está a la orilla del río, y salta loco de ufanía con el soberbio aparato de sus armas, y vocea, y llama a combate, no de otro modo que fogoso corcel, en oyendo el són de la corneta, se ensaña con el espumante freno, y quiere lanzarse a la batalla. ¿Quién le opondrás? Una vez que la puerta de Preto sea forzada ¿quién será poderoso a hacerle frente?
ETEOCLES
No me asusto yo de afeites de hombre ninguno; ni los motes hacen heridas, ni muerden penachos y sonoros cobres sin la lanza. Y en cuanto a esa noche que dices hay en el escudo, resplandeciente con los astros del cielo, acaso esa locura pudiera ser profecía para alguno. Por que si cae sobre sus ojos la noche de la muerte, vendrá a ser esa arrogante empresa bien justa, y verdadera, y significativa para su mantenedor, y el agorero de su propia afrenta. Yo pondré contra Tideo por defensor de esa puerta al virtuoso hijo de Astaco, de muy generosa sangre, honrador del trono del honor, y aborrecedor de jactanciosas frases. Tímido sólo para toda acción fea, jamás conoció la cobardía. Trae su estirpe de aquellos hombres nacidosde la siembra de Cadmo, que perdonó Ares, y es de pura raza thebana. Tal es Melanippo. Ahora Ares jugará a los dados la victoria, mas como quiera la ley de la sangre designa a Melanippo para defender de la lanza enemiga a la madre que le parió.
CORO
Así los dioses den ahora a mi mantenedor tan buena fortuna como justicia le asiste al alzarse en armas por la ciudad; pero temo ver el fin sangriento de los que van a morir por los que les son caros.
ESPÍA
Sí, quieran los dioses darle buena suerte. La puerta de Electra tocóle a Capaneo, el cual es otro gigante mayor que el sobredicho, cuya arrogancia no razona a lo humano. Amenaza las torres con estragos que jamás permita la fortuna, y dice que, quiera el cielo o no quiera, que él ha de destruir la ciudad, y que la ira misma de Zeus, que se clavase en el suelo a su paso, no le detendría en su camino. Para él lo mismo se le da de relámpagos y rayos que de los calores del mediodía. Tiene por empresa un hombre desnudo armado de encendida tea, y que dice en letras de oro: “Yo incendiaré la ciudad.” Contra un tal hombre como éste envía... Mas ¿quién le hará cara? ¿Quién esperará sin temblar a hombre que viene tan arrogante?
ETEOCLES
Ventaja sobre ventaja. La lengua es el verdadero acusador de los vanos pensamientos de los hombres. Capaneo amenaza, pronto a hacer lo que dice, y menosprecia a los dioses, y suelta su lengua con necia alegría, y, mortal como es, lanza a voces arrebatadas palabras que llegan hasta el mismo Zeus. Pero confíoque ha de venir sobre él, y con razón, el ignífero rayo, y nada semejante a los ardores del sol de mediodía. Tan baladrón y todo, contra él está designado un hombre que arde en coraje, el impetuoso Polifónte, defensa bastante del puesto con el favor de su patrona Artemisa y de los demás dioses. Dime otro de los destinados por la suerte para las restantes puertas.
CORO
Perezca quien se gloría lanzando tan terribles amenazas contra la ciudad. Que el golpe del rayo le destruya antes que invada mis hogares, y me arroje con lanza soberbia de mi virginal retiro.
ESPÍA
Voy, pues, a decir a quien señaló en seguida la suerte para otra de las puertas. Salió la tercer jugada del cobrizo fondo del yelmo, y fué para Eteoclo, a quien toca llevar su gente sobre la puerta de Neis. Él entonces hace revolverse a las yeguas, que relinchan impacientes bajo el freno, codiciosas de volar a las puertas. Los férreos bocados silban con rudo estilo, cubiertos del resuello espumoso que se exhala de las dilatadas narices. El escudo que lleva está pintado con nada humilde adorno: un hombre armado, que va subiendo los peldaños de una escala arrimada a una torre enemiga que quiere destruir; el cual vocifera estas palabras escritas: “Ni el mismo Ares podrá arrojarme de esta torre.” Envía también contra éste un hombre que sea capaz de apartar de Thebas el yugo de la esclavitud.
ETEOCLES
He aquí a quien puedo enviar, y pienso que con alguna fortuna: a Megareo, hijo de Creonte, del linajede los hombres sembrados. Ya partió a su puesto. No ostentan sus manos pomposos alardes; pero no retrocederá por temor a estrepitosos relinchos de caballos fogosos, antes bien o morirá, pagando así a la patria la deuda de su crianza, o se apoderará de los dos hombres y de la ciudad del escudo, y alhajará con estos despojos la casa de su padre. Cuéntame las baladronadas de otro; di, y no omitas palabra alguna.
CORO
Pido a los cielos ¡oh defensor de mis hogares! que seas afortunado en tu empresa, y que les sea contraria a nuestros enemigos. Como ellos con enfurecido ánimo se desatan en amenazas insolentes contra la ciudad, así los mire airado Zeus justiciero.
ESPÍA
El cuarto, a quien corresponde la puerta de Atenea Onca, es el gigante de Hippomedonte, de desaforada estatura, que viene a nosotros con grandes voces. Como comenzase a voltear un enorme disco que trae, quiero decir, el círculo de su escudo, temblé de miedo; no diré lo contrario. Y no era ningún torpe el grabador de empresas que cinceló en él este asunto: Tifón arrojando por la igniespirante boca la negra humareda, ágil hermana del fuego. Y todo alrededor de la honda cavidad del disco, está todo él incrustado de entrelazadas madejas de serpientes. En cuanto a Hippomedonte, da jubilosos alaridos de guerra, y lleno del furor de Ares corre a la lucha arrebatado y loco como una bacante, y despidiendo terror de sus ojos. Fuerza es guardarse bien de la acometida de un tal enemigo, que ya su arrogancia ha llevado el terror a aquella puerta.
ETEOCLES
Ante todo, Palas Onca, que asiste en la ciudad vecina a esa puerta, perseguirá con su odio la insolencia de ese hombre, y le rechazará de sus polluelos como a dragón dañoso. Además el adversario que se le ha elegido es el insigne hijo de Enopo, Hiperbio, que está deseoso de probar su suerte en este trance de fortuna. Y nada hay que tacharle ni en la apostura, ni en el valor, ni en el arreo de las armas. Con razón los ha juntado Hermes, porque irán enemigo contra enemigo, y llevarán en sus escudos dioses enemigos. Pues si Hippomedonte tiene a Tifón respirando llamas, en el escudo de Hiperbio está sentado Zeus, firme y reposado, con el rayo ardiente en la diestra; y nadie vió todavía a Zeus vencido de vencedor alguno. ¡Y he aquí cuánto vale la amistad de los dioses! nosotros estamos con los vencedores; ellos con los vencidos, porque si Zeus pudo más en la pelea que Tifón, así es natural que suceda ahora con los dos contrarios. Zeus que está en el escudo de Hiperbio, será su salvador según reza la empresa.
CORO
Yo confío que quien lleva en el escudo y pone enfrente de Zeus una figura que le es odiosa, el cuerpo de un dios sepultado bajo la tierra, imagen por igual aborrecida de los hombres y de los eternos dioses, que ha de dejar su cabeza en nuestras puertas.
ESPÍA
Que sea así. Pero voy a hablar del quinto, que está apostado en la puerta del Bóreas, junto al sepulcro del divino hijo de Zeus, Anfión. Jura por la lanza que sustenta, y que lleno de arrogancia tiene en más veneración que a un dios, y la quiere más que a las niñasde sus ojos, que a despecho de Zeus ha de asolar la ciudad de Cadmo. Quien así vocifera es un hombre de hermoso rostro, casi niño, aún no salido de la mocedad, retoño de una madre habitadora de las selvas. Apenas apunta en sus mejillas el ligero bozo, que con la edad crece y se torna espesa barba; pero de niño sólo tiene rostro y nombre. Allá está retándonos, con la fiereza en la mirada y la crueldad en el corazón. Y tampoco éste se llega a nuestras puertas sin alardear de jactancioso. Juega un ancho y broncíneo escudo, que defiende en redondo su cuerpo, y en él lleva la figura de la afrenta de nuestra ciudad; la Esfinge carnicera, hecha de bulto y con primoroso arte claveteada, y toda resplandeciente. Bajo sus garras tiene un Cadmeo, de modo que contra él vengan la mayor parte de nuestros dardos. Mas no parece que el árcade Parthenopeo viene a hacer tráfico de la guerra, y deshonrar el término de una larga jornada. Extranjero educado en Argos, este tan valeroso guerrero, por pagar a los Argivos los cuidados de su crianza, amenaza ahora nuestras torres con estragos que jamás cumplan los dioses.
ETEOCLES
¡Si alcanzasen de los dioses para sí lo que contra nosotros piensan con esas sus impías vanidades! ¡A buen seguro que no pereciesen todos con entera y miserabilísima ruina! También para ese, que tú dices el Arcade, hay un hombre nada jactancioso, pero cuya mano sabe lo que hay que hacer; Actor, hermano del que he nombrado antes, el cual no dejará que una vana lengua sin obras corra suelta dentro de nuestros muros para aumento de nuestras desdichas, ni que entre jamás quien ostenta en el enemigo escudo la imagen de una fiera, el más aborrecido de los monstruos,que cuando se halle puesta a la espesa nube de dardos que sobre ella irán de la ciudad, se revolverá acusadora contra quien la lleva. Con la voluntad de los dioses, saldrán verdades mis palabras.
CORO
Tus razones penetran hasta el fondo de mi pecho; pero los cabellos se me erizan de horror al oír las soberbias amenazas de esos hombres impíos y arrogantes. ¡Así hagan los dioses que perezcan en esta tierra!
ESPÍA
El sexto, de quien hablaré al punto, es Anfiareo el adivino, varón prudentísimo, y en el combate por extremo valeroso. Apostado frente a la puerta Homolois, ahora maldice a Tideo el violento; ahora clavando airado sus ojos en ese tu hermano, desdichado juguete del destino, parte en dos su nombre por afrenta, y le grita: “¡Polinices, homicida, perturbador de la república, autor de todos los males de Argos, evocador de las Erinnas, ministro de la Muerte, y para Adrastro consejero de estas maldades! ¡Cierto, prosiguen sus labios, que tal hazaña será agradable a los dioses, y para los que nos sucedan hermosa de contar y de oír! ¡Arrojar sobre la patria un ejército extraño, y asolar la ciudad de tus padres y los templos de los dioses de tu propia tierra! ¿Qué sentencia habrá que haga enmudecer la causa de una madre? ¡Cómo ha de estar jamás de tu parte la patria entregada por obra tuya al hierro enemigo! Adivino de mi propia suerte, bien sé que he de quedar sepultado en este suelo, y le he de fecundar con mis despojos. Peleemos, sin embargo, que no temo muerte deshonrosa.” Así dice el adivino, jugando un escudo todo de cobre, bien forjado, pero en cuyo centro nocampea empresa alguna. No quiere parecer el mejor, sino serlo, cuidadoso de coger los frutos del hondo surco que la sabiduría abrió en su mente, del cual brotan las cuerdas resoluciones. Aconséjote que contra este hombre despaches adversarios diestros y valerosos; que es temible el que venera a los dioses.
ETEOCLES
¡Ah destino, que asocias a un hombre justo con los más impíos de los mortales! ¡Cierto que en toda empresa nada hay peor que la mala compañía, y su fruto es bien desabrido! El campo de la maldad rinde por cosecha la muerte. Embárquese el bueno con navegantes malvados y puestos a toda mala obra, y perecerá con toda aquella ralea aborrecida de los dioses. O que el justo viva entre hombres inhumanos y olvidadizos de los dioses, y se hallará cogido en la misma red que ellos, y como ellos caerá, y con razón derribado por el divino azote que alcanzará a todos. He aquí ahora este vate; hablo del hijo de Ecleo; varón prudente, bueno, justo y piadoso; profeta insigne, confundido mal de su voluntad con estos hombres impíos y procaces, que hacen tan larga expedición para haber de volverse huyendo; pues Zeus mediante, con ellos sufrirá la misma funestísima suerte. Imagínome que no ha de atacar las puertas; no por cobardía ni por flaqueza de ánimo, mas porque sabe que ha de perecer en lucha. Si es que de algún fruto tienen que ser para él los oráculos de Loxias, el cual ha por costumbre siempre callar o decir verdad. No obstante, contra él pondremos un hombre que guardará la puerta; al esforzado Lasthenes, que no da cuartel; en el entendimiento anciano; en el cuerpo mozo y de bríos; en el mirar pronto; y nada tardo de manos para llevarlas a la siniestra y tirar de la desnuda lanza. Encuanto a la victoria... sólo el cielo puede darla a los hombres.
CORO
Escuchad, dioses, nuestras justas plegarias, y haced que la victoria sea de la ciudad. Volved los desastres de la guerra contra los invasores de nuestro suelo. ¡Que Zeus los arroje de nuestras torres, y los aniquile con su rayo!
ESPÍA
Diré, en fin, el que viene sobre la séptima puerta: es tu propio hermano. ¡Qué de maldiciones echa contra la ciudad, y qué desdichas le promete! Que en asaltando nuestras torres; luego que se haga proclamar en la comarca a voz de pregón, y que entone el triunfal Peán, celebrador de nuestra ruina, que correrá a encontrarse contigo; y que, o te matará, aunque muera sobre tu mismo cuerpo, o que si vives, que se ha de vengar de ti con un deshonroso destierro como aquel con que tú le afrentaste. Tales amenazas lanza a voces el arrebatado Polinices, e invoca a los dioses gentilicios de la tierra patria porque miren a sus súplicas. Y tiene un escudo recién forjado, de hermosa hechura, encima del cual lleva un doble emblema esculpido con todo arte. Es una mujer que va guiando grave y serena a un hombre hecho de oro, al parecer soldado; la cual dice, al tenor de la leyenda: “Yo soy la Justicia: y volveré del destierro a este hombre; y tendrá la ciudad patria, y la posesión de la casa de sus padres.” Esto es lo que trazan nuestros enemigos. Tú ahora ve a quién piensas despachar contra Polinices. Porque jamás tendrás que reprender a este hombre por sus noticias, pero tú sólo eres quien ha de entender de regir la nave de la ciudad.
ETEOCLES
¡Oh raza mía de Edipo, digna de llanto, por los dioses enloquecida y por los dioses grandemente odiada! ¡Ay de mí, que al fin se cumplen hoy las maldiciones de mi padre! Mas no es hora esta de llorar y dolerse; no salgan de aquí más insoportables lamentos. Polinices, merecedor del nombre que tienes, yo te digo que pronto veremos cómo se cumplen tus emblemas y si las letras de oro del escudo, tan vanas como tu orgullo necio, te restituyen en la ciudad. Porque, si la Justicia, esa virgen hija de Zeus, acompañase tus obras y pensamientos, por ventura pudiera suceder así. Pero ni cuando saliste del obscuro seno de tu madre, ni en la niñez, ni en la mocedad, ni al cerrar la barba, nunca jamás te creyó digno ni de mirarte. Y no pienso que ha de ponerse de tu lado para oprimir a la patria; que no haría verdadero su nombre, sino antes falsísimo, si asistiese a quien por condición está pronto a toda mala obra. En esta confianza, yo iré a encontrarme con él; yo mismo. ¿Y qué otro con más justicia que yo? Yo iré contra él; príncipe contra príncipe, hermano contra hermano, enemigo contra enemigo. Trae cuanto antes las crépidas de campaña, la lanza y el escudo para las piedras.
(Vase el ESPÍA.)