I

Ilustración ornamentalIAGAMEMNÓN

Ilustración ornamental

AGAMEMNÓN

Aparece el ATALAYA puesto en vela en el terrado de palacio.Al comenzar la acción es todavía noche cerrada.

ATALAYA

Letra P

Pidoa los dioses que me libren de este penoso trabajo, de esta guardia sin fin que estoy haciendo en lo alto del palacio de los Atridas, todo el año alerta como un perro, contemplando las varias constelaciones de los astros de la noche, brillantes reyes que lucen en el dilatado éther, y marcan a los mortales el invierno y el verano; cuándo se ponen, y cuándo hacen su salida. Ahora, como siempre, estoy esperando la señal de la hoguera, el esplendente fuego que nos ha de traer la nueva de la toma de Troya; que así lo manda el duro corazón de una mujer imperiosa y dominante, que la está aguardando. Llega la noche, mas no viene con ella el reposo a mi lecho húmedo de rocío. Jamás le visitan los sueños; en vezdel sueño, el terror es quien se sienta a mi cabecera y no me deja cerrar los ojos a un tranquilo descanso. Y si quiero cantar o tararear buscando remedio contra el sueño que me acomete, entonces rompo en lágrimas, lamentando los infortunios de esta casa, que ya no se ve en la prosperidad que la tenía aquel su amo de otros tiempos. ¡Ojalá venga por fin el dichoso instante que me vea libre de esta fatiga! ¡Ojalá aparezca en medio de las sombras el fuego de la buena nueva! — ¡Ah! ¡ah! ¡Salve, oh lucero de la noche, que anuncias la luz de un claro y nuevo día, y a la ciudad de Argos le das la señal de regocijados y festivos coros en celebración de un feliz suceso! Sí, no hay duda; en verdad te lo digo, esposa de Agamemnón; que en seguida saltes del lecho, y que en todo el palacio se levante jubiloso himno que salude esta luz venturosa. Tomada es Ilión. Esa luminaria encendida lo está anunciando. Yo mismo seré, yo, quien daré comienzo al preludio, y guiaré los coros de la fiesta; yo, que voy a llevar la dicha a mis señores; que esta hoguera ha sido para mí una jugada redonda. ¡Así me sea dado ver la vuelta de mi Rey a su casa, y estrechar su mano querida entre mis manos! Lo demás lo callo: un enorme buey pesa sobre mi lengua. A poder hablar, bien claramente se explicaría este palacio. Por lo que hace a mí, de buen grado hablaría con quien me entendiera; para los que no, como si nada supiese.

(Vase.)

(Sale el CORO. Comienza a alborear.Al aparecer CLITEMNESTRA en escena es ya de día.)

CORO

Este es el décimo año ya después que los dos poderosos competidores de Príamo, el rey Menelao y Agamemnón, aquel invencible par de Atridas, a quieneshonró Zeus por igual, dándoles a los dos trono y cetro, movieron de esta región poderosa armada argiva de mil naves, que apoyase con la fuerza su demanda. Del fondo de su generoso pecho lanzaron grito de guerra como altaneros buitres que al ver arrebatados sus polluelos, lanzan un ay de dolor, y azotando el aire con los remos de sus alas, vuelan en precipitados giros alderredor del nido desierto, donde ya no se guarece aquella cría, dulce y perdido objeto de sus cuidados. Pero así como no falta un dios, que oiga desde su excelso trono el gemido de dolor que lanzan las tristes aves; o ya Apolo, o Pan, o el mismo Zeus, y envíe una Erinna vengadora que al cabo y al fin castigará la maldad de los impíos violadores, así también Zeus, poderoso amparador de la hospitalidad, envió contra Alexandro a los hijos de Atreo por causa de una mujer que tantas veces mudó de marido, y por ella puso entre Danaos y Troyanos grandes y fieras luchas, donde los cuerpos de los combatientes se rendirán a la fatiga, y los más fuertes tocarán con sus rodillas el polvo de la tierra, y a los primeros encuentros saltarán en astillas las robustas lanzas. De cualquier modo que sea, hoy sucede lo que tenía que suceder; lo que está decretado se cumple; y ya ni lamentos, ni lágrimas, ni libaciones serán poderosas a calmar la implacable ira de las deidades a quienes no son aceptos sacrificios de fuego.

En tanto, nosotros, privados de seguir la generosa expedición por causa de esta vieja y despreciable carne que ya no puede pagar su tributo, permanecemos aquí, sustentando en un báculo nuestras fuerzas flacas como las de la infancia. Igual es la lozanía que retoza en un penco demasiado mozo, que la del viejo; ni en la una ni en la otra tiene su imperio Ares.

Cuando el verdor de los años se ha marchitado ya, la vejez decrépita, seca y sin hojas va haciendo su camino sobre sus tres pies, sin más fuerzas que un niño, y arrastrándose con incierto paso a modo de un sueño que anduviese vagando en pleno día.

Pero, hija de Tíndaro, reina Clitemnestra, ¿qué sucede? ¿qué novedad es ésta? ¿qué has sabido tú, que así te mueve a ordenar esos sacrificios que estoy viendo por todas partes? Las ofrendas levantan su llama en las aras de todos los dioses patronos de la ciudad; de los del cielo y los del infierno; de los que guardan nuestros campos como de los que presiden nuestra ágora. Aquí y allá y acullá se enciende brillante llama y llega hasta el cielo fomentada por el suave y puro aceite de las libaciones, traídas del lugar más retirado y secreto de la regia morada. Dime lo que puedas y te sea lícito decirme; calma esta mi ansiedad, que ora me llena de tristes pensamientos, ora a la vista de esos sacrificios da acogida a la esperanza alegre, que domina mi congojoso cuidado y la tristeza que devora mi corazón.

Sea dueño a lo menos de celebrar el feliz prodigio que señaló la partida de nuestros príncipes; que los dioses me convidan a que lo celebre, y me inspiran este cántico, y todavía no es tal la edad que no me preste fuerzas para ello. Aquel prodigio, digo, que sucedió cuando los dos poderosos reyes de los Aqueos, juntando sus robustos cetros para una misma empresa, marcharon contra el reino de Teucro al frente de toda la juventud de la Hélade, lanza en mano y prontos a la venganza. A este punto, dos reinas de las aves se aparecen a los reyes de la armada helena, no lejos del palacio, y a la mano que blande la lanza. Era la una negra y la otra blanca por el lomo, y acababan de devorar en la dilatada y espléndida región delos cielos a una liebre preñada, muerta con todos sus gazapillos cuando ya tocaba al término de su fugitiva carrera. ¡Celébralo, celébralo con tristes cánticos; pero que venza por fin la buena fortuna!

El avisado y prudente adivino del ejército observó aquellas dos rapaces aves que devoraban su presa, y reconoció en ellas a los dos belicosos Atridas, príncipes y caudillos de la expedición; e interpretando el prodigio soltó la voz a semejantes razones: Al cabo de tiempo llegará esta empresa al término que se propone; la ciudad de Príamo será tomada, y el destino entregará al pillaje todas las riquezas atesoradas por un pueblo en el recinto de sus torreados muros. Si no es que antes lo cubre todo de tinieblas la cólera divina, y rompe el freno que con vuestras armas teníais forjado para Troya. A lo que anuncia el portento de esos alados canes del padre Zeus, que han inmolado a ese tímido y triste animal con los hijuelos que aún llevaba en sus entrañas, la casta Artemisa mira a esta casa con airados ojos. Banquetes como el de las águilas son aborrecibles a la diosa. ¡Celébralo, celébralo con tristes cánticos; pero que venza por fin la buena fortuna!

No lo dudéis; la bella diosa, que con tanto amor mira por los tiernos cachorrillos del león invencible, y que tiene sus complacencias en los hijuelos de las fieras de los montes, que aún van colgados de los pechos de sus madres, quiere que se cumpla lo anunciado por el prodigio de esas águilas, lo cual, puesto que nos es favorable, pero también encierra algo que es de infeliz agüero. ¡Oh, Peán salvador, yo te invoco! Que no suscite Artemisa contra los Griegos vientos contrarios que los detengan en su larga navegación, ni nos compela a un sacrificio harto diferente de éste; sacrificio excecrable, donde no habrá festines;artífice impío de crímenes entre los que son de una misma sangre, y que no perdonará ni la reverencia de un esposo. El rencor esperará en vela dentro del hogar, envuelto en el manto de la astucia, y siempre acompañado del pensamiento de la venganza de una hija, y al fin un día se alzará otra vez terrible. Tal dijo Calcas con ocasión de las agoreras aves que se aparecieron al partir de la armada, presagiando males a este regio palacio a la vez que grandes bienes. Acompaña con tus voces al adivino; celébralo, celébralo con tristes cánticos, pero que venza por fin la buena ventura.

¡Oh, Zeus, quien quiera que tú seas, yo te invoco con este nombre, si con él te agrada de ser invocado! Porque bien considerado todo en mi mente, para arrojar de mí el peso de estas vanas inquietudes, no hallaré en verdad quien con Zeus pueda compararse.

El primero que fué grande en el mundo, aquel dios que estaba rebosando fuerza, y al cual nadie se resistía, nada podría mandar hoy: fué antes; ya nada es. El que vino después de él, encontró quien le venciese, y feneció. Mas quien de corazón celebre a Zeus con jubiloso himno de triunfo, llegará al colmo de la sabia prudencia.

A aquel dios que encamina a los mortales a la sabiduría, y dispuso que en el dolor se hiciesen señores de la ciencia. Hasta en el sueño mismo el penoso recuerdo de nuestros males está destilando sobre el corazón, y aun sin quererlo nos llega el pensar con cordura. Don del dios, que sentado en augusto trono rige con diestra vigorosa la nave de nuestros destinos.

El venerable caudillo de la armada aquea, que jamás se alzó contra adivino ninguno, cede resignado al viento de las desdichas que le amagan. Cuando heaquí que la imposibilidad de navegar viene a poner en consternación al ejército aqueo, retenido enfrente de Calcis en las tempestuosas costas de Aulide, cuyas aguas turbulentas amenazan aniquilar las naves. Soplan los vientos del Estrimonio; los vientos que traen la arribada funesta, y el hambre, y el ningún abrigo contra el inminente naufragio, y la dispersión de los navegantes; vientos que no perdonan ni cascos ni jarcias; que alargan crueles la hora de la partida, y a la sazón secan y consumen la flor de los Argivos. Entonces el adivino, anunciando la voluntad de Artemisa, reveló a los caudillos un remedio más terrible que la tempestad misma, y tal, que al oírle los Atridas, hirieron la tierra con sus cetros, y no pudieron contener las lágrimas. — ¡Desdicha fiera no obedecer!, exclamó el augusto príncipe dando una gran voz; ¡pero fiera desdicha también inmolar a mi hija, a la alegría de mi casa, y que las manos de un padre se manchen con la sangre de una tierna virgen, derramada sobre el ara de Artemisa! ¿Cuál de estos dos caminos estará libre de males? ¿Cómo ser yo desertor de la armada? ¿Cómo separarme de esta empresa? Pues que es justo que ellos deseen con ansia el sacrificio de esta sangre virginal, que ha de calmar los vientos... ¡ojalá sea para bien!

Pero una vez que siente sobre sí el yugo de la necesidad, que trastorna su mente y le inspira una nueva resolución cruel, criminal e impía, múdase su ánimo y arrójase a la más bárbara hazaña que imaginarse puede. ¡Que así hace temerarios a los mortales la locura funesta, consejera de ignominias y primera fuente de todos nuestros males! Atrevióse, pues, a ser el sacrificador de su hija, en favor de una guerra que iba a vengar la afrenta de una mujer, y por primera víctima propiciatoria de la armada.

Llevados del ansia de pelea, en nada tuvieron los caudillos ni la florida juventud de la doncella, ni las súplicas y clamores con que llamaba a su padre. Él mismo, hecha ya la deprecación a los dioses, manda a los ministros del sacrificio que la levanten en alto como a una cabritilla, y con entera resolución la pongan sobre el ara, bien envuelta en sus vestiduras y con el rostro mirando al cielo; él también, que con los apretados nudos de una mordaza detengan en los labios de la hermosa víctima la execración que va a lanzar contra los suyos.

Pero ella, dejando caer al suelo el velo rojo que cubre su frente, lanza de sus ojos una mirada que hiere a sus sacrificadores con el dardo de la compasión. Ofrécese ante ellos resplandeciente y bella como hermosa pintura; parece que quiere hablarlos como en otro tiempo, cuando tantas veces cantaba con dulce voz en los espléndidos festines, con que Agamemnón agasajaba a sus guerreros, aquella casta virgen, honor y contento de la felicísima vida de su padre.

Lo que sucedió después, ni lo vi, ni hablaré de ello; pero las predicciones de Calcas jamás dejan de cumplirse. Enseña la justicia con sus golpes a que comprendan los mortales lo que vendrá sobre ellos en lo porvenir. Mas lejos de mí saber lo que más tarde ha de pasar. Tanto manda llorar de antemano nuestro destino. Hora vendrá que se presente a nuestros ojos claro como la luz del día. ¡Que tengan buen suceso estas cosas, según es el deseo de los que somos el único muro que defiende hoy esta tierra de Apis!

(Sale CLITEMNESTRA.)

Heme aquí, Clitemnestra, rindiendo homenaje de veneración a tu potestad; que así es justo que se honre a la esposa del príncipe cuando la ausencia del esposo dejó el trono vacante. ¿Qué te mueve a ofreceresos sacrificios? ¿Es alguna nueva feliz? ¿Es por ventura tan sólo la esperanza de un buen suceso? Bien de voluntad lo sabría; mas si callares, yo acataré tu resolución.

CLITEMNESTRA

¡Ojalá que del seno de la noche nazca la aurora de un venturoso día, como dice el proverbio! Apercíbete a recibir una alegría que supera todas las esperanzas: los Argivos son dueños de la ciudad de Príamo.

CORO

¿Qué dices? ¡Apenas si me atrevo a dar fe a tus palabras!

CLITEMNESTRA

Que Troya es de los Aqueos. ¿No lo he dicho claro?

CORO

La alegría me enajena y hace asomar mis lágrimas.

CLITEMNESTRA

Sí; bien están publicando tus ojos los afectos del corazón.

CORO

¿Pero tienes algún testimonio cierto de esta ventura?

CLITEMNESTRA

Lo hay. ¿Y cómo no? ¡A no ser que algún dios me engañe...!

CORO

¿Acaso será que rindas, crédulo, culto a las visiones de los sueños?

CLITEMNESTRA

No soy yo quien toma por verdades las ilusiones de la mente dormida.

CORO

Quizá te llenó cualquier rumor prematuro.

CLITEMNESTRA

¿Es que para ti tengo tan poco juicio como una chicuela?

CORO

¿Mas cuándo ha sido destruída la ciudad?

CLITEMNESTRA

Yo te lo diré. En esta misma noche de cuyo seno ha nacido esta luz que nos alumbra.

CORO

¿Y qué mensajero pudo traer tan pronto la noticia?

CLITEMNESTRA

Hefestos, que envió desde el monte Ida el fulgor resplandeciente de sus rayos. De lumbre en lumbre ha llegado hasta aquí el fuego mensajero. — Del Ida al promontorio de Hermayo en Lemnos; de esta isla recíbele la alta cumbre del Atos, y la cima consagrada a Zeus se alumbra con la tercera vivísima llama, que sube, y se yergue, y salva con poderoso salto las anchas espaldas del mar, y corre presurosa, y se presenta como un sol dorando las empinadas rocas de Macisto y anunciándoles la regocijada nueva. — Y no anda perezoso el atalaya, ni se deja vencer imprudentemente del sueño, sino que luego acude a lo que le toca, y hace la señal; la luz de los encendidos sarmientos llega a las corrientes del Euripo, y avisa desde lejos a los atalayas del Messapio, y ellos ponenfuego a un montón de secas zarzas y llevan más allá las señales. El vivo resplandor de la hoguera, en ningún modo se amortigua; pasa de un salto la llanura del Asopo, semejante a clarísima luna, y hace que se enciendan sobre las cimas del Citerón nuevas lumbres mensajeras. El guarda allí apostado no se niega a trasmitir la luz a los que están más lejos, antes enciende hoguera más viva aún que todas las ya dichas, la cual salva la laguna Gorgopis, llega al monte Egiplacto y obliga a cumplir las órdenes de modo que no falte el fuego. Encienden, pues, una gran lumbre; la llama, con poderoso ímpetu, suelta su roja cabellera; traspone el alto promontorio del estrecho Sarónico, y despidiendo rayos de luz pasa más allá, hasta que toca en el monte Aracneo, atalaya vecina a nuestra ciudad. De aquí, en fin, vino a esta morada de los Atridas aquella luz, cuyo primer padre fué la hoguera que brilló sobre el Ida. Tales fueron las señales que yo hice disponer de modo que por su orden pasasen de unos en otros: el primero de ellos y el último, el primero que dió la señal y el último que la recibió, ambos son los vencedores en esta carrera. Lo que te he dicho no es sino lo que mi esposo me anuncia y certifica desde Troya.

CORO

¡Oh, mujer! lo primero de todo rindamos tributo de adoración a los dioses. Pero quisiera estar oyendo de continuo esa asombrosa nueva; que tuvieses a bien repetírmela.

CLITEMNESTRA

Sí, dueños son hoy de Troya los Aqueos. Imagínome ya estar oyendo las encontradas voces que resuenan en la ciudad. Echad vinagre y aceite en un mismo vaso, y veréis cómo no se juntan amorosos; cómo serechazan. Así también suenan distintos y encontrados los gritos que en tan diversa fortuna lanzan vencidos y vencedores. Aquí están abrazados con los cuerpos de sus esposos, de sus hermanos y de sus padres, las mujeres y los niños, que ya no podrán ni siquiera llorar con libertad el triste destino de aquellos a quienes más amaron en el mundo. — Allí, los vencedores, después de la fatiga de la pelea y de una noche sin reposo, acosados del hambre, apercíbense a hacer la comida de la mañana con los manjares que la ciudad les ofrece. No hay orden ni rangos; cada cual se acomoda donde la suerte le depara, y así ocupan las casas de la cautiva Troya, y se ponen, por fin, al abrigo del sereno de la noche y de las inclemencias del cielo. — ¡Y cómo que son felices con poder dormir la noche entera sin centinelas que los guarden! Veneren piadosos a los dioses tutelares de la ciudad tomada; respeten sus templos, y no sufrirán después de la victoria la suerte de los vencidos. ¡Ojalá no se deje vencer nuestro ejército de la avaricia, ni entre en deseo de lo que no le es lícito codiciar; que para volver a sus hogares sanos y salvos, aún les queda por andar la mitad de la jornada! Y si pecaren contra los dioses pudiera suceder que a su vuelta, la sangre de los vencidos se alzase contra ellos; cuando no sobrevinieren nuevos males. Ahí tienes todo lo que yo, como mujer, puedo decir. ¡Que sea acabada su dicha y sin revés que la turbe; que no les deseo menos que la posesión de largos bienes!

CORO

Generoso es tu pecho, mujer, y has hablado como pudiera un hombre prudente. En cuanto a mí, oídas tus palabras, que no dejan lugar a duda, voy al punto a hacer piadosa oración a los dioses; que no merecemenos la recompensa que han tenido nuestros trabajos.

(Vase CLITEMNESTRA.)

¡Oh, Zeus soberano! ¡Oh cara noche, que tan grande gloria nos deparaste, y tendiste red espesísima sobre los muros de Troya de modo tal, que ni el grande ni el pequeño, ninguno pudiera escapar de aquel lazo de esclavitud y muerte que los aprisionó a todos! Yo te adoro, Zeus poderoso, que velas por los fueros de la hospitalidad; hacedor de estas grandes cosas, que ya de antes habías tendido el arco contra Alexandro. No se disparó el dardo antes de tiempo, ni vanamente se perdió más allá de los astros.

Ya pueden decir que este golpe es castigo de Zeus; bien han podido conocerlo. Él comenzó esta obra, y él también la consumó. Hay quien dice que los dioses no se dignan cuidarse de los hombres que pisotean el honor de las cosas santas; pero el que así habla es un impío. Algún día se manifiestan los dioses a los hijos de aquellos hombres soberbios que sólo respiraban guerra e inquietud, y vivieron hinchados con la pompa de una opulencia sin medida. Viva yo libre de males, y tan sólo con lo que basta al varón prudente. No son baluarte las riquezas para quien en el tedio de la hartura derriba con pie sacrílego el ara santa de la justicia. Él será borrado de entre los hombres.

Arrástrale la funesta confianza que el delito engendra, madre y consejera de maldades. No hay salvación para él. Su crimen no permanece oculto en la sombra; antes, cual lumbre que brilla con siniestros fulgores, muéstrase a los ojos de todos. Como moneda de mala ley que con el uso y roce se ennegrece, así el hombre es por fin apreciado en lo que vale. Niño que corre tras el vuelo de un pájaro, al cabo ve que sólo ha conseguido arrojar indeleble afrenta sobre su patria. Nohay dios que escuche sus preces, y el inicuo, que causó tantos males, es borrado de sobre la haz de la tierra. Así Paris, que recibido en el hogar de los Atridas, deshonró la mesa de la hospitalidad con el rapto de una esposa.

Osada ella, con audacia jamás vista, salva ligera las puertas de la ciudad. Déjale a su patria chocar de lanzas y de escudos, y armamentos de naves. A Ilión llévale en dote total y lastimosísima ruina. ¡Ay, casa! clamaban los adivinos de palacio con tristes lamentos; ¡ay, casa! ¡ay, príncipes! ¡ay, lecho nupcial! ¡ay, desaconsejados pasos de la afición amorosa! Ahí está el esposo que ella abandonó; ahí está, que se le puede ver; silencioso, sin honra; pero sin que ni una injuria salga de sus labios, ni se haya alterado la dulce tristeza de su semblante. Vencido del deseo de aquella esposa, que huyó al otro lado de los mares, diríase que es un espectro que reina en esos palacios. La gracia de las hermosas estatuas que se la representan, le es desabrida y aborrecible; que toda su hermosura se pierde en aquellos ojos sin expresión y sin pupilas.

Vienen las sombras de la noche, y asáltanle con tristes apariencias que le traen vanísima alegría. Vana, sí, porque cuando se imagina que está contemplando su bien, al punto escápasele de entre las manos, y la visión desaparece con alada planta por los ligeros caminos del sueño. Tales son los dolores que hacen su habitación en el hogar de este palacio; tales son, y aun otros que con mucho les superan. Mas donde quiera se enseñorea el dolor; un dolor que oprime los corazones. En cada hogar de donde salió un heleno para la guerra. Sí, ¡que son muchas las desdichas que hieren nuestra alma! Cada cual recuerda bien a quién dió su despedida; mas en vez de hombres, urnasy cenizas, he ahí todo lo que volverá a nuestros hogares.

Porque Ares, que vuelve cadáveres por hombres, y durante la pelea tiene en sus manos la balanza, envíanos desde Ilión, en vez de aquellos a quienes tanto amamos, el triste y lacrimosísimo polvo de sus cenizas, recogido de la ardiente hoguera; todo lo que de ellos queda, bien holgado en una urna funeraria.

Y se llora a los nuestros; y se bendice su memoria; a éste por diestro en el combate, a aquél porque cayó con honra en la fiera matanza por causa de una mujer ajena. Esto se murmura en voz baja, y dentro del pecho hierve dolorosa cólera contra los Atridas que todo lo provocaron. Los otros yacen allá, en honrados sepulcros, al pie de los muros de Ilión. La tierra enemiga guarda en su seno a sus dominadores.

Grave cosa es que un pueblo airado dicte sentencia; que al fin la maldición popular es deuda que se paga. Esta angustia, que no me deja un instante, me está diciendo que algo se oculta entre las sombras. No escapan a la mirada de los dioses los que han derramado torrentes de sangre. Andando el tiempo, las negras Erinnas, con precipitado vuelco de fortuna, hunden en las tinieblas al afortunado que menospreció la justicia; su fuerza toda se aniquila, y él desaparece sin dejar huella. De temer es ser aplaudido y envidiado. El rayo de Zeus hiere entonces los ojos, y ciega y derriba. Una dicha no envidiada, esto es lo que prefiero. Ni llegue yo jamás a ser destructor de ciudades, ni me vea jamás esclavo, y sujeto al arbitrio de otro.

Mas la alegre nueva del fuego mensajero ha atravesado veloz toda la ciudad. Si es verdad, ¿quién lo sabe? ¿No será quizá engaño de los dioses? ¿Quién tan niño y falto de seso que deje que su corazón seencienda con las noticias de ese fuego repentino, para que después tenga que sufrir el desengaño? Propio es del gobierno de la mujer celebrar victorias antes de sabidas. Es la condición femenil pronta a creerlo todo, y llenarse luego con ello. Gloria que tiene a la mujer por pregonero, es de corta vida y pronto se desvanece.

En breve vamos a saber si esas encendidas lumbres, si esa sucesión de hogueras eran verdad, o si a modo de un sueño su regocijada luz vino a engañar nuestra mente. He aquí que diviso un mensajero que llega de la costa, la frente sombreada con el ramo de oliva. Ese árido polvo que se levanta, hermano del lodo, me está notificando que alguien nos trae nuevas del suceso; y no mudo, ni con hogueras de silvestres sarmientos, ni con humos ni lumbres. Sí, sus palabras pondrán colmo a nuestra alegría. Lejos de mí imaginar lo contrario. ¡Ojalá lo que avenga supere nuestras esperanzas! ¡Y recoja el fruto de sus impíos pensamientos quienquiera que hiciese por la ciudad otras súplicas que estas!

(Sale TALTIBIO, mensajero.)

MENSAJERO

¡Oh tierra de Argos! ¡Oh suelo de la patria! Al cabo de diez años vuelvo a ti en este claro día. De tantas esperanzas defraudadas, por fin se me ha logrado una; la que jamás imaginé conseguir. Morir en Argos, y tener mi sepultura en su tierra queridísima. — Salve, pues, ¡oh tierra! ¡salve luz del sol! ¡y tú, Zeus, señor altísimo de esta comarca; y tú, dios Pitio, que ya no dispararás las flechas de tu arco contra nosotros! Sobrado tiempo, oh dios Apolo, nos fuiste contrario en las riberas del Escamandro; sé ahora nuestro salvador, y líbranos de nuevas contiendas. También a vosotrostodos os saludo, dioses tutelares que presidís nuestra Ágora; y a ti, Hermes mensajero, mi patrón, gloria y culto de los mensajeros. Dióscuros, vosotros que acompañasteis nuestra marcha, recibid propicios los restos de nuestro ejército que escaparon de la lanza enemiga. — ¡Oh palacio de mis reyes! ¡Oh techo amado! ¡Oh sagrados altares! ¡Oh dioses saludados por el claro sol de Oriente; si por ventura de antes mirasteis a nuestro rey con serenos ojos, recibidle ahora con agrado después de tan larga jornada! — Porque el rey Agamemnón viene, y trae en sus manos la luz que ha de alumbrar esta obscurísima noche; la vuestra, la nuestra y la de todos. Ea, acoged como es debido al asolador de Troya, que con el azada justiciera de Zeus ha removido hasta el seno mismo de la tierra enemiga. Desaparecieron las aras y templos de sus dioses; la raza entera de un pueblo ha sido aniquilada. Y después que yugo tal echó sobre la cerviz de Troya, torna a vosotros el augusto Atrida, nuestro señor; el varón afortunado, el más merecedor de honores entre cuantos mortales existen hoy sobre la haz de la tierra. No se jactará Paris jamás ni la ciudad, que fué su cómplice, de que la hazaña superó al castigo. Convicto de rapto y robo, perdió la prenda robada, y arruinó la casa de sus padres junto con su propia patria. Con doble pena pagaron su culpa los hijos de Príamo.

CORO

Bien venido seas, enviado del ejército aqueo.

MENSAJERO

Sí que soy bien venido. Ya pueden los dioses mandarme morir; no me negaré a su voluntad.

CORO

¿Te atormentaba la nostalgia de la patria?

MENSAJERO

Sí, tanto que la alegría arranca lágrimas de mis ojos.

CORO

¿Padecíais, pues, como nosotros de ese dulce mal?

MENSAJERO

¿Qué dices? Explícate de modo que yo te entienda.

CORO

De heridas de amor por aquellos que os amaban.

MENSAJERO

¿Es decir, que la ciudad recordaba también con ardiente amor aquel ejército que tanto la echaba de menos?

CORO

Como que afligida el alma, de continuo estaba suspirando.

MENSAJERO

Mas ¿de dónde nació esa cruel tristeza? Habla.

CORO

Tiempo ha que callar es el único remedio de mis males.

MENSAJERO

¿Cómo? ¿Pues había de quién pudieses temer en ausencia de tus reyes?

CORO

Y de suerte, que aquel morir, de que tú hablabas ha poco, sería para mí hoy colmada alegría.

MENSAJERO

Eso puedo decirlo yo que he logrado la dicha deseada. En la carrera de la vida, a las veces los tiemposnos son favorables y a las veces adversos. Fuera de los dioses, ¿quién podrá decir que pasó su vida entera exento de dolores? Pues ¡si yo contase nuestros trabajos, y la falta de toda comodidad y abrigo, y la rareza de las arribadas, y lo duro y desapacible del lecho, y cómo no había hora del día que pasásemos sin gemir y clamar! Y ya en tierra, otra vez nuevas fatigas, mayores aún que las pasadas, porque venía la noche y acampábamos al pie de las murallas enemigas, y el rocío del cielo y la humedad de los prados nos calaban, y perdían nuestros vestidos y erizaban nuestros helados cabellos. ¡Y si alguno pudiese pintar aquellos crudos inviernos que nos deparaba el monte Ida con sus nieves, donde ni las aves del cielo quedaban a vida; o aquella calma sofocante del mediodía en el estío, cuando echados los vientos y serenas las olas, el mar se tendía en su lecho y sesteaba! Mas ¿a qué es lamentarlo? Pasaron aquellos trabajos; pasaron para los que murieron, y de suerte que nunca jamás cuidarán de volver a levantarse. Y en cuanto al que sobrevive, ¿a qué viene que cuente los muertos y se duela de su adversa fortuna? Aun en medio de nuestras desdichas hay muchas cosas que celebrar. Para los que hemos quedado del ejército argivo, el provecho supera al daño, e inclina de su lado la balanza. Justo es que a la luz del sol que nos alumbra se celebre la gloria de los que atravesaron intrépidos tierra y mares: “El ejército argivo vencedor de Troya, colgó estos antiguos y gloriosos despojos en los templos de los dioses de la Hélade.” Y los que tal oigan celebrarán como deben a la ciudad y a los caudillos, y rendirán tributo de honor y gracias a Zeus, cuya es la obra. Ahí tienes todo lo que tengo que decir.

(Sale CLITEMNESTRA.)

CORO

Tus razones me han satisfecho, no te lo negaré, que en los ancianos tiene grande fuerza el deseo de averiguarlo todo. Natural es que lo sucedido interese más que a nadie a este palacio y a Clitemnestra; pero también que a mí me colme de alegría.

CLITEMNESTRA

No hace mucho tiempo que gritaba yo trasportada de gozo; anoche, cuando la llama mensajera nos anunció por primera vez la toma y destrucción de Ilión. Y no faltó entonces quien me increpase, diciéndome: ¡Qué! ¿fiada en esas hogueras te imaginas ya que Troya ha sido destruída? ¡Cierto que es muy del corazón de la mujer el alborotarse luego! Con tales juicios pasaba yo por loca. No obstante, ofrecí sacrificios, y entonces aquí y allá, cada cual por su lado, iba clamando por la ciudad con femenil estilo, y celebrábase la alegre nueva en los templos de los dioses, mientras la fragante llama se iba apagando sobre el consumido cuerpo de la víctima. Ahora, ¿a qué es que tú me cuentes más? De boca del mismo rey voy a saberlo todo. Corro presurosa a fin de recibir a mi esposo venerado con el más grande acogimiento. ¿Qué luz habrá más dulce y clara para una mujer, que abrir la puerta a su marido que por merced de los dioses vuelve salvo del combate? Ve y dile a mi esposo; dile que cuanto antes, que en seguida venga a este su pueblo que le ama, y que en viniendo, que él encontrará en su casa una mujer fiel, la misma de siempre; cual la dejó; una perra para su casa; para él dulce, y para los que mal le quieren, fiera; y así en todo, que en tan larga ausencia no he violado el sello de su fe. Así sé de halagos ni de culpables palabras de otro hombre alguno, como de teñir cobre. Hacer galade tales prendas, cuando se está lleno de verdad, no desdice en mujer de mi sangre.

(Vase.)

CORO

Bien puedes haberlo aprendido, que hermosamente lo expuso ella, y en términos que no pueden dejar duda. Pero dime tú, mensajero, que deseo preguntarte por Menelao. ¿Viene también con vosotros sano y salvo aquel príncipe tan amado de este pueblo?

MENSAJERO

No es posible, amigos, que yo os cuente falsas dichas. No os gozaríais largo tiempo en ellas.

CORO

¡Ah! ¿Cómo hacer que diciéndonos dichas, nos dijeses también verdades? Que dicha engañosa jamás deja de verse tal cual es, y bien pronto.

MENSAJERO

Aquel guerrero ha desaparecido de la armada aquea; él y su nave. Harta verdad digo.

CORO

¿Es que a vista de todos vosotros se retiró de Ilión, o quizá que alguna tempestad, que os afligió a todos, le arrebató lejos de la armada?

MENSAJERO

Como un buen flechero así diste en el blanco. Con sólo una palabra has mentado todo un gran desastre.

CORO

¿Vive? ¿Es muerto? ¿Se dice algo de él en la flota?

MENSAJERO

Nadie lo sabe de modo que pueda decir algo cierto; nadie sino Helios, que alimenta la tierra.

CORO

¿Y cómo vino sobre la armada? ¿y cómo se calmó esa tempestad, que tú dices, desencadenada por la ira de los dioses?

MENSAJERO

No es lícito profanar un fausto día contando malas nuevas. Hoy tan sólo es dado honrar a los dioses. Cuando un mensajero, triste el rostro, llega a una ciudad a anunciarle espantables desastres; la rota y pérdida de todo un ejército, herida que por igual traspasa a toda la república; y la muerte de tantos guerreros, que dejaron huérfanas sus casas, caídos bajo el doble azote de Ares, cruel pareja que con hierro de dos filos va sembrando el estrago; cuando ese hombre llega abrumado con el peso tal de infortunios, razón es que cante el Peán de las Erinnas. Pero yo, afortunado mensajero de hazañas y triunfos, que llego a esta ciudad cuando se halla entregada al regocijo de su dicha, ¿cómo habré de mezclar males con bienes pintando la borrasca que la cólera de los dioses desencadenó contra los aqueos? El fuego y el mar, con ser de antiguo enemigos implacables, conjuráronse ahora, y bien mostraron su fidelidad destruyendo entrambos la mísera armada de los argivos. En medio de la noche surgen todos los horrores de las olas embravecidas. Empujadas por los vientos de Tracia chocan las naves las unas contra las otras. Con bárbara furia clávanse los espolones, y entre torbellinos de viento y torrentes de agua, se abren y se hunden, arrebatadas por el vértigo del fiero pastor de tanto estrago. Así que asomó la clara luz del sol, vimos el mar Egeo sembrado de cadáveres de guerreros aquivos, y de restos de naves. Por lo que hace a nosotros, sin duda algún dios que se puso al timón de nuestra nave, que no hombreninguno, la sacó de allí ilesa, y nos salvó. Pues la fortuna salvadora tomó asiento en ella, y la encaminó de suerte que en las arribadas ni las olas alborotadas la inquietaron, ni encalló en los escollos de las costas. Mas luego que salimos de aquella mortal y negra noche de mar a la clara luz del día, no osábamos creer en nuestra ventura, y un nuevo dolor vino a cebarse en nuestras almas, al contemplar aquella flota desecha y reducida a cenizas. Y en tanto, si algunos son todavía vivos, nos tendrán por muertos, y ¿cómo no? Igual suerte tememos nosotros que hayan tenido ellos... ¡Mejor lo haga nuestro destino! Sobre todo, espera que Menelao ha de venir, y el primero. Si él vive aún; si todavía los rayos del sol le alumbran; si Zeus le ha guardado, no queriendo que todavía se extinga su linaje, esperemos aún, que hemos de verle entrar en su casa. Y tú, ten por cierto que al escuchar lo que acabo de referir, has estado oyendo la verdad.

CORO

¿Quién pudo darle nombre tan verdadero? ¿Quién sino alguno de esos seres invisibles que saben de antemano lo que ha de suceder en los varios azares de la fortuna? El cual dirigiendo certero nuestra lengua hizo que llamásemos Helena, a aquella ocasión de discordias a quien su esposo hubo de recobrar a lanzadas. — Tal fué en verdad; perdición de armadas; perdición de hombres; perdición de ciudades. Dejó los ricos y delicados velos de su tálamo e hízose a la mar favorecida de las auras del poderoso Céfiro. Multitud de hombres embrazan sus escudos y siguen la perdida huella de los fugitivos, como cazadores que persiguen la pista, y por fin abordan a las frondosas riberas del Símois a empeñar sangriento combate.

La cólera de los perseguidores logró su intento, y lanzó contra Ilión una verdadera alianza, una alianza de desdichas. Pasaron años; pero ellos vengaron el ultraje hecho a la mesa de un huésped, y a Zeus vengador del hogar ofendido, en aquellos que a voces y sin rebozo habían celebrado el himno que los deudos de Paris cantaron en honor de sus bodas. En cambio, ahora la antigua ciudad de Príamo ha aprendido un himno nuevo; un himno de lágrimas. Y gime con grandes ayes; y llama a Paris el funesto desposado. Ella, que tanto ha que está pasando una vida de crueles dolores, y que por último tiene que sufrir la sangrienta y desastrada muerte de sus ciudadanos.

Cierto hombre crió un león que había de ser la perdición de su casa. Cachorrillo recién arrancado de las tetas de su madre, a los principios de su vida se criaba manso. Era el amor de los niños y el regocijo de los viejos. Paseábale su amo por la ciudad, llevándole en brazos como a un recién nacido, y él halagaba con sus ojos la mano amiga, y meneaba blandamente la cola, cuando el hambre le apretaba. Mas así que se hizo crecido sacó los viejos instintos paternos, y pagó el cuidado de su cría, aderezándose sin orden de nadie, festín de ovejas fieramente despedazadas por sus garras. La casa queda anegada en sangre, y de nada sirve el dolor de sus moradores para evitar el espantable sangriento estrago. Es un ministro de la muerte que se ha criado en aquella casa por disposición del cielo.

No de otro modo pudiera yo decir que entró Helena en la ciudad de Ilión. Serena el alma, como un mar sin ondas; hermosa, que fuera gala de la más espléndida opulencia; con un mirar de ojos que dulcemente hería. Era una rosa de amor que punzaba los corazones. Peroconsúmanse por fin las funestas bodas, y luego decae de todo aquel encanto, y ya no es sino enfado del hogar donde se sienta; compañera temerosa; Erinna que hará derramar lágrimas a los esposos, y que viene contra los hijos de Príamo, lanzada por Zeus vengador.

Dice un antiguo adagio que ha mucho tiempo que corre entre los hombres: “Jamás fué infecunda la dicha de un mortal cuando llegó a su colmo, ni murió sin hijos: la buena fortuna tiene por descendencia un mal sin remedio.” — Otro es, sin embargo, mi sentir. La impiedad engendra posteridad numerosa; pero toda de su raza. Engendrar dichas es síno de la casa del justo.

Sí, en la del malvado, tarde o temprano, cuando llega la hora decretada, una vieja culpa engendra otra culpa nueva. La nueva retoña a su vez, y sus renuevos son: horror a la luz; espíritu de iniquidad invencible y obstinado; audacia impía; negros infortunios; perdición de las más altivas casas; hijos todos que son la imagen de sus padres.

Pero la justicia resplandece en el ahumado hogar del pobre, y premia una vida honesta y honrada. Apartando los ojos aléjase de los alcázares que cubrió de oro una mano manchada, y se encamina a la santa mansión del bueno. Jamás rinde culto al poder del rico notado de infame. A cada cual le da siempre el fin merecido.

(Sale AGAMEMNÓN en un carro con pompa y aparato real. Detrás de él CASANDRA en otro carro, donde vienen los despojos de Troya.)

Ea, ya estáis aquí, ¡oh rey! ¡oh destructor de Troya! ¡oh hijo de Atreo! ¿Cómo te saludaré yo? ¿Con qué honores te rendiré acatamiento de modo que ni pase de los términos de lo que se te debe, ni tampoco te falte en nada? Los más de los hombres van siempremás allá de lo justo y antes que ser estiman parecer. Prontos a llorar a toda hora con los desdichados, la herida de su pena no llega jamás al corazón. Alegres con los alegres, componen a aquel tenor su rostro, y hácense violencia por sacarle una forzada sonrisa. Mas el buen pastor, que conoce su ganado, nunca se engaña. No se le oculta la verdadera expresión de los ojos del lisonjero que con mentido amor alardea de una amistad que finge. Por lo que a mí hace, no te negaré que te noté de imprudente sobremanera, y de hombre que no pensabas con seso cuando por causa de Helena sacaste de aquí la armada arrastrando a nuestros guerreros con obligada resolución a recibir la muerte. Mas ahora que la empresa se llevó a feliz término, son dulces las penas sufridas, y para ti sólo hay amor de corazón; bien que el tiempo y la experiencia te harán conocer qué ciudadanos han vivido en justicia y quiénes la han conculcado.

AGAMEMNÓN

Justo es que ante todo te salude, ciudad de Argos; y a vosotros, dioses de mi patria, que me habéis ayudado en mi vuelta, y en la justicia que he hecho en la ciudad de Príamo. No atendieron los dioses a discursos para juzgar la causa. Sin que uno siquiera discrepase echaron en la urna de la sangre voto de destrucción y muerte contra Ilión. Tan sólo la esperanza acercó su mano a la urna del perdón, ninguna otra la ocupó con su voto. Todavía el humo hace ver de todas partes el lugar donde se alzó la ciudad tomada. Todavía ruge allí y se enseñorea el huracán desencadenado de la desolación, y al morir las humeantes cenizas lanzan de sí con sus postreros alientos los tesoros del pueblo vencido. Demos gracias a los diosespor tales beneficios, recordándolos con eterna memoria. Feliz suceso tuvo el lazo de perdición que tendimos a nuestros enemigos; por una mujer Ilión ha quedado reducida a cenizas. El monstruo argivo salió del vientre de un caballo, armado de su fuerte escudo, y de un salto poderoso lanzóse sobre la ciudad a la hora que las Pléyades caminan a su ocaso. El hambriento león salva de una arremetida sus torres y bebe la sangre real, y regálase con ella hasta saciarse. Ahí tenéis mi primer pensamiento y mis primeras palabras que yo debía a los dioses. Y por lo que hace a lo que tú piensas, bien lo oí y lo guardo en la memoria, y digo lo mismo que tú y en ello me tienes completamente de tu lado. Pocos hombres son de condición tal, que celebren la buena fortuna del amigo sin envidiarla. El mortal veneno de la envidia va infiltrándose en el corazón del que padece de este achaque, y hácele que se doblen sus dolores. Siente sobre sí el peso de sus propios males, que le ahoga, y angústiase a la vez, contemplando la dicha ajena. Bien puedo hablar así, porque lo sé de propia experiencia; que he visto bien en el espejo de la vida que aquellos que parecían amigos míos tan adictos, no eran sino vana apariencia de una sombra. Tan sólo Odiseo, Odiseo que se había embarcado contra su gusto, ya que se unió a mí, siempre estuvo dispuesto a llevar conmigo la carga y marchar adelante. Ora que sea muerto, ora que viva aún, así debo declararlo. Lo demás que mira al gobierno de la ciudad y al culto de los dioses, ya lo trataremos en pública asamblea de todos los ciudadanos: allí proveeremos cómo lo bien ordenado se mantenga y perpetúe largo tiempo; mas lo que pida remedio, ya lo curaremos nosotros resueltamente con el fuego y el hierro, y probaremos a ahuyentar de aquítoda dañada pestilencia. Pero entremos en nuestro palacio, en nuestro hogar, y ante todo saludaré con mi diestra, y rendiré adoración a los dioses que me llevaron a tan lejas tierras, y después guiaron mi retorno. La victoria me siguió entonces; ¡que por siempre viva a nuestro lado!

(Sale CLITEMNESTRA.)

CLITEMNESTRA

Ciudadanos venerables, honor de Argos, que estáis reunidos aquí: no me sonrojaré de mostrar en vuestra presencia el amor que siento por mi esposo. Con los años también la apocada timidez desaparece. De mí lo aprendí, que no de otras, la angustiosa vida que voy a pintaros; tan larga, cuanto lo fueron los años que pasó éste en Ilión. Ante todo, ¡qué horrenda desdicha para una mujer morar en la casa desierta, sola y separada de su marido! ¡Y luego, de continuo estar oyendo rumores siempre odiosos! Viene uno y trae una mala nueva; viene otro y propala otra aún peor. A haber recibido este hombre tantas heridas como la fama corrió aquí por Argos, bien pudiera decir que estaba más agujereado que una red de mallas. Pues si hubiese sido muerto tantas veces como se dijo en la ciudad, podría jactarse de que era un segundo Gerión con tres cuerpos, que había usado tres túnicas acá en vida; y no quiero hablar de la que se viste debajo de tierra, y que bajo cada una de estas tres formas había muerto una vez. Por causa de estas voces, siempre siniestras, en más de una ocasión vinieron manos extrañas a desatar mi cuello, a pesar de mi resistencia, el lazo con que hubiese querido quitarme la vida. ¡Ahí tienes también por qué no se halla a mi lado, según era razón, nuestro hijo Orestes, caraprenda de tu fe y de la mía! No te asombre; tu fiel amigo y aliado Estrofio el Focense le está educando. Hízome comprender el mal que por entrambas partes me amenazaba; los peligros que tú corrías en Ilión, y el riego de un alboroto popular que derribase el Consejo y entronizase la anarquía; que es condición humana pisotear más y más al caído. Esta es la razón; no imagines que hay en ello engaño. En cuanto a mí, aquellos raudales de lágrimas, que brotaban de mis ojos, secáronse ya; no queda ni una gota. ¡Cuánto padecieron mis ojos en aquellas largas noches de desvelo! ¡Cuánto he llorado por tu amor aquellas encendidas señales, para mí siempre frustradas! Y si por ventura dormía, el tenue rumor de las alas de un mosquito, que zumbase a mi oído, hacíame despertar sobresaltada, y entonces veía venir sobre ti males mayores que los que me representaba el sueño. Mas después de haber sufrido todos estos dolores, ahora ya, libre el alma de penas, te puedo decir: esposo mío, que aquí estás, tú eres para mí el perro de este establo; el cable salvador de la nave, firme columna de esta alta techumbre; lo que el hijo único para un padre; tierra que se aparece a los navegantes contra toda esperanza; día hermosísimo a los ojos después de la tormenta; manantial de agua viva para el sediento caminante. ¡Qué dulce es haber escapado ya de todo peligro! Merecedor eres de que te salude con estos elogios, y no haya en mi presencia quien se atreva a afearlo. ¡Sobradas desdichas hemos padecido antes! Amado mío, apéate ya de ese carro; mas no pongas en el suelo, oh rey, la planta que ha hollado a la devastada Ilión. Esclavas, ¿cómo tardáis en hacer vuestro oficio y cubrir de alfombras su camino? Al punto tiéndase de rica púrpura el camino que ha de seguir hasta la mansiónque ya no esperaba recibirle. Que se le haga el acogimiento que pide la justicia. Lo demás que el destino tiene decretado, queda a mi cuidado vigilante, que lo dispondrá a su hora con el ayuda de los dioses.

AGAMEMNÓN

Hija de Leda, guarda de mi casa, cierto que tu discurso se asemejó a mi ausencia; largamente has hablado. Mas si es que en justicia merezco yo esas alabanzas, tal honor debía venir más bien de los extraños. Por otra parte, no me trates muellemente a lo mujer, ni me recibas a estilo de rey bárbaro con voces descompasadas, y serviles adoraciones. No quieras hacer odiosa mi entrada en la ciudad, tendiendo a mi paso espléndidas alfombras. Hónrese a los dioses con esos homenajes, que a ellos les son debidos; ¡pero un mortal caminar sobre rica y bordada púrpura! Jamás podría yo hacerlo sin temblar. Como a hombre, y no como a dios, quiero que se me honre. La fama publica ya mi gloria sin necesidad de lujosos estrados; y, en fin, la modestia es el dón más precioso de los dioses. Dichoso tan sólo se puede llamar a aquel que acaba su vida en serena bienandanza. Si en todo obrase yo como ahora, bien podía esperar un fin afortunado.

CLITEMNESTRA

No te opongas a lo que es mi voluntad.

AGAMEMNÓN

Ten por seguro que no quebrantaré mi resolución.

CLITEMNESTRA

¿Por ventura hiciste voto de obrar así, temiendo a los dioses?

AGAMEMNÓN

Al anunciar mi resolución sé bien por qué lo hago.

CLITEMNESTRA

A dar cima a lo que tú has alcanzado, ¿qué te parece a ti que hubiese hecho Príamo?

AGAMEMNÓN

Paréceme que sin dudar habría hecho su entrada sobre alfombras.

CLITEMNESTRA

Déjate de tímidos respetos a la censura de los hombres.

AGAMEMNÓN

¡Es tan poderosa la voz del pueblo...!

CLITEMNESTRA

No es digno de envidia el que no es envidiado.

AGAMEMNÓN

Ni propio de una mujer andar deseosa de disputa.

CLITEMNESTRA

Pero sí le sienta bien al afortunado dejarse vencer.

AGAMEMNÓN

En fin, ¿qué, en tanto estimas tú la victoria en esta contienda?

CLITEMNESTRA

Cede a mis ruegos. Déjame de buen grado esta victoria.

AGAMEMNÓN

Pues que así te place, que me desaten luego al punto este calzado, que va sufriendo servil el peso de mis pies. No quiero que ninguno de los dioses lance sobre mí desde los altos cielos una mirada de odio, alverme caminando sobre esas alfombras de púrpura. Grande vergüenza sería para mí enviciar mi cuerpo, hollando con mi planta la opulencia de esos ricos tejidos a subidísimo precio comprados. Y basta de esto. — Recibe bondadosa a esta extranjera.(Señalando a CASANDRA.)Propicios miran los dioses, desde la cumbre donde moran, al que sabe mandar con dulzura; que nadie se somete de voluntad al yugo de la esclavitud. Esta cautiva, que me acompaña, es la flor escogida para mí entre multitud de riquezas; el presente que me ha hecho el ejército. — Y pues mudé de resolución por complacerte, vamos, y entremos en palacio pisando púrpuras.

CLITEMNESTRA

Ahí está el mar donde se forma el manantial perenne y abundoso de la púrpura preciosísima con que se tiñen estas alfombras: y ¿quién habrá que piense en agotarle? Además, señor, gracias a los dioses, nuestra casa abunda en tales tesoros, y nunca supo lo que es pobreza. Y ¡cuántos ricos tapices no hubiese hecho voto de destrozar bajo mis pies a haberme dicho los oráculos que este era el precio de tu salvación y de tu vuelta, alma querida! Que mientras viven las raíces, las ramas florecen y suben hasta lo alto de la casa, y con la sombra de sus ojos la guarecen de los ardores de la canícula. Y vuelto tú al hogar, tu sola presencia, amo y señor de esta casa, es rayo de sol que abriga en el invierno; frescor suave que refrigera cuando Zeus hace cocer el vino en el seno de la verde uva. ¡Zeus! ¡oh Zeus, por quien todas las cosas llegan a su fin, haz que se cumplan mis votos; vela porque se consume lo que ya tienes decretado!

(Vanse AGAMEMNÓN y CLITEMNESTRA.)

CORO

¿Por qué este triste y tenaz presentimiento que asalta mi corazón, y le llena de adversos presagios? ¿Qué voz es esta adivina, que contra mi voluntad y sin razón alguna resuena en mi alma, que no la puedo desechar como se desecha obscuro sueño, ni hacer que la confianza firme tome posesión de mi pecho? Y sin embargo, pasó ya largo tiempo desde que nuestras naves echaron las amarras en la playa arenosa, y nuestros guerreros se lanzaron contra Ilión.

Estoy viendo su vuelta, la estoy viendo con mis propios ojos; yo mismo he sido testigo de ella, y con todo, el alma, llevada de natural inspiración, canta dentro del pecho un triste himno que la lira no acompaña: la canción de Erinna, y no quiere entregarse confiada a la dulce esperanza. No es traidor el corazón, y esta agitación y angustia que le ahogan, son anuncios ciertos de lo que tiene que suceder. ¡Permita el cielo que me engañe y que no se cumplan mis temores! Triste fin tiene la salud más robusta; que de continuo está aguijando la enfermedad, que vive vecina, pared por medio de ella. El destino del hombre marcha derecho y sin tropezar hasta que se estrella en invisible escollo. Así el prudente que teme por sus riquezas arroja con tino parte de la carga, y ya no se pierde toda su hacienda por sobra de peso, ni la nave se sumerge. Y en resolución, los dones abundosos, que Zeus hace brotar cada año con mano liberal del surco de la tierra, son remedio seguro contra el hambre.

Pero ¿qué encanto será poderoso a hacer volver atrás la negra sangre, que por herida mortal se escapó del pecho de la víctima, una vez que cayó sobre la tierra? Ya en otro tiempo detuvo Zeus en la mitad desu camino a aquel sabio que poseía el arte de restituir de la muerte a la vida. ¡Ah! si a dicha no hubiesen ordenado los dioses que mi destino fuera refrenarme y callar, ya habría hecho el corazón impaciente que mi lengua revelase todo lo que en él se encierra; mas ahora el alma dolorida tiene que gemir en la obscuridad, y abrasarse en vanos deseos sin ninguna esperanza de hacer nada provechoso.

(Sale CLITEMNESTRA.)

CLITEMNESTRA

Entra tú también. Contigo hablo, Casandra. ¿Qué has de hacer ya? Zeus te ha destinado benigno para que asistas con nuestras numerosas esclavas al pie de las aras domésticas en las sagradas lustraciones. Baja de ese carro y depón tu orgullo. También del hijo de Alcmena dicen que allá en otro tiempo pasó por ser vendido, y cedió a la fuerza, y se resignó a sufrir el yugo. Y cuando la necesidad nos traiga a esta desgracia, todavía es grande beneficio dar con amos de antiguo acostumbrados a la opulencia; pues los que tuvieron buena cosecha sin esperarla, esos siempre fueron crueles con sus esclavos, y nada equitativos ni legales. Entre nosotros tendrás todo lo que es debido.

CORO(a CASANDRA.)

Bien claro acaba de hablarte. Si no estuvieses cogida en esa red fatal obedecerías, si es que obedecías; e igual podrías también no obedecer.

CLITEMNESTRA

Si ya no es como las golondrinas que tienen un habla bárbara e ignorada, mis razones habrán penetrado en su ánimo, y me obedecerá.

CORO

Síguela. Te ha dicho lo mejor que pudieras oír en el trance en que te hallas. Levántate y baja de ese carro.

CLITEMNESTRA

No tengo ahora vagar para esperarte aquí a la puerta, que ya están prontas allá dentro junto al hogar, las ovejas que han de ser sacrificadas a los dioses, en acción de gracias por un beneficio que no esperamos jamás. — Conque tú si has de obedecer, no tardes, y si es que desconoces la lengua y no entiendes mis palabras, a lo menos respóndame tu mano por señas como hacen los bárbaros.

CORO

Bien se está viendo que la extranjera necesita de intérprete para explicarse. Parece una bestia brava recién cogida.

CLITEMNESTRA

Sí, ella está loca, y sólo atiende a su loco consejo. Acaba de dejar su patria, recién conquistada, y viene aquí cautiva, y no aprenderá a sufrir el freno hasta que no desfogue la sangrienta espuma de su cólera. Pues no más hablarla para que me desprecie.

(Vase.)

CORO

En mí puede más la compasión, y no me deja airarme con ella. ¡Anda, infeliz, deja ese carro; cede a la necesidad, y prueba por primera vez el yugo!

CASANDRA

¡Oh cielos! ¡Oh tierra! ¡Apolo! ¡Apolo!

CORO

¿A qué clamas a Loxias con esos ayes? No es él de condición de escuchar lamentos.

CASANDRA

¡Oh cielos! ¡Oh tierra! ¡Apolo! ¡Apolo!

CORO

Y otra vez vuelve a gemir y a llamar al dios, que no acude jamás a las lágrimas.

CASANDRA

¡Apolo! ¡Apolo que me has traído hasta aquí, y eres mi perdición; segunda vez me pierdes con total ruina!

CORO

Diríase que está vaticinando sus propios males. Esclava y todo, el numen divino habita en su alma.

CASANDRA

¡Apolo! ¡Apolo que me has traído hasta aquí, y eres mi perdición! ¡Ah! ¿Adónde me llevas tú? ¿Bajo qué techo?

CORO

Bajo el de los Atridas. Yo te lo digo, si es que no lo sabes. No podrás decir nunca que falté a la verdad.

CASANDRA

¡Techo aborrecido de los dioses, testigo de innumerables crímenes! ¡Lazos suicidas! ¡Esposo degollado! ¡Suelo todo cubierto de sangre!

CORO

Como una perra fina así tiene el olfato la extranjera. Sigue la sangrienta pista de algún crimen, y ya le encontrará.

CASANDRA

¡Ahí están los testimonios en que me fundo; esos niños degollados a pesar de sus ayes lastimeros; esas carnes asadas que devora un padre!

CORO

Ya había llegado a nosotros la fama de tus vaticinios, cierto; mas no tenemos ahora necesidad de profecías.

CASANDRA

¡Oh cielos! ¿Qué es lo que se está meditando? ¿Qué nueva maldad es esta que se prepara bajo ese techo? Crimen grande, muy grande, odiosísimo contra la propia sangre; crimen que no tendrá reparación alguna. ¡Está muy lejos el socorro!

CORO

No entiendo ninguno de estos vaticinios. Los otros sí los conozco, que toda la ciudad los publica a voces aún.

CASANDRA

¡Ah, desdichada! ¿Cómo te atreves a consumar ese crimen? Vas a hacer entrar en el baño al esposo que comparte tu lecho; le vas a lavar tú misma, y... ¿Cómo decir lo demás? Ello ha de suceder bien pronto. ¡Ya tiende la mano sobre su víctima una y otra vez!

CORO

Nada comprendo. Envueltos esos oráculos en enigmas, no acierto a descifrarlos.

CASANDRA

¡Ah, ah, oh dolor! ¿Qué es eso que se ve ahí? ¿Es alguna red del Hades? Sí, una red; la túnica que le acompañaba en el lecho; el instrumento de su muerte. Legión desordenada de Erinnas, nunca hartas de la sangre de esta raza, romped en regocijados alaridos de triunfo por ese sacrificio execrable.

CORO

¿Qué Erinna es esa cuyas maldiciones llamas sobre este palacio? Pónenme miedo tus palabras. Agólpase mi sangre al corazón, como si herida con mortal golpe viera ya ponerse ante mis ojos la postrera y desmayada luz de la vida. ¡Ay! ¡Y cómo viene presuroso el infortunio!

CASANDRA

¡Ah, ah! ¡Mira, mira! ¡Separa al toro de la vaca! — Ya cogió en las mallas de esa túnica, al generoso animal de negros cuernos; ya le hiere; ya cayó él en el baño lleno de agua. — Ahí tienes, yo te lo anuncio, el crimen alevoso que va a consumarse en sus ondas.

CORO

No me atrevería yo nunca a jactarme de sagaz en la interpretación de los oráculos, mas paréceme que en todo esto se encierra algún mal. Y ¿cuándo oráculo alguno anunció bienes a los hombres? Siempre estas antiguas artes, a fuerza de infortunios, nos enseñaron a temer.

CASANDRA

¡Ay de mí, infeliz! ¡Ay, destino mío adverso, que vengo a gemir y llorar sobre mi propia desventura! ¿A qué trajiste hasta aquí a esta desdichada sino a morir contigo? ¿A qué más que a morir?

CORO

Divino furor enajena tu alma, y en desacorde y nunca usado estilo cantas tus propios infortunios. No de otra suerte canoro ruiseñor deja escapar sus quejas del pecho acongojado, sin darse punto de reposo, y llora una vida siempre nueva en males, y dice entre lágrimas: ¡Itis, Itis!

CASANDRA

¡Ah, ah! ¡La suerte del arpado ruiseñor! A él siquiera vistiéronle los dioses el cuerpo de ligeras plumas, y le dieron una vida dulce y exenta de llanto; pero a mí, la muerte a hierro de dos filos es lo que me espera.

CORO

¿Qué arranques de furor divino son esos que te asaltan de repente? ¿A qué tus vanas angustias? ¿Por qué con agudos acentos y gritos de maldición celebras temerosos sucesos? ¿Por dónde sabes tú los caminos de esos siniestros oráculos?

CASANDRA

¡Oh bodas de Paris, bodas funestas para todos los suyos! ¡Oh Escamandro! ¡Oh río de mi patria! ¡No ha mucho que a tus orillas veía yo cómo iba espigando mi mocedad, y ahora, a lo que veo, bien pronto anunciaré mis vaticinios en las riberas del Cocyto y el Aqueronte!

CORO

Demasiado claro es lo que acabas de hablar: un recién nacido lo entendería. Cruel dolor desgarra mi alma. Quebrántame oír el triste lamentar de tu desventura.

CASANDRA

¡Oh trabajos! ¡Oh trabajos sufridos por una ciudad que al fin había de ser arrasada! ¡Oh sacrificios que ofrecía mi padre por la salvación de nuestros muros! ¡Ganados de nuestras praderas degollados a miles! ¡Y cuán de ningún remedio servisteis para que Ilión no padeciese la calamidad que le ha acabado! Yo misma,que me siento encendida por el soplo divino, bien pronto caeré también bajo igual golpe.

CORO

Todavía prosigues en tu triste historia. Algún mal espíritu, que te es contrario, se apoderó de ti y te fuerza a romper en lastimeros ayes de dolor y muerte. Pero no alcanzo adónde van tus palabras.

CASANDRA

Y con todo ello, ya no mirará más el oráculo a través de velos a modo de recién desposada. El aparecerá todo resplandeciente, y se lanzará, respirando furor, hacia el sol que nace. A la luz del día una calamidad más grande aún que esta de ahora lo inundará todo, semejante a la onda que se encrespa e inunda la ribera. Pero basta de advertiros por enigmas. Dad testimonio de la finura de mi olfato, y de que sé correr bien derecha tras la pista de las maldades que se cometieron aquí en lo antiguo. Un coro hay que hace su habitación bajo este techo, y jamás le abandonará; tropa de hermanas, de Erinnas, que a una voz cantan desapacible y temerosa canción de maldiciones. Cobran nuevos bríos bebiendo sangre humana, y permanecen en este palacio sin que haya quien sea poderoso a alejarlas de él. Fijas en esta casa como en su natural asiento, celebran con himno de muerte el primer crimen que engendró tantos crímenes, o ya lanzan airados gritos de execración contra el impío que violó el lecho de su hermana. ¿Erré por ventura, o dí en el blanco como buen flechero? ¿Soy acaso una embaucadora que va de puerta en puerta fingiendo embelecos? Da testimonio de la verdad con que te hablo; jura antes de nada que yo conozco bien las antiguas maldades de este palacio.

CORO

Y ese juramento con toda su virtud y firmeza, ¿en qué podría remediarnos? Pero te admiro, pues criada más allá del mar, en ciudad extraña, así hablas de nuestras desdichas como si hubieses estado presente.

CASANDRA

Apolo, dios de las profecías, me concedió este dón.

CORO

Dios como es, ¿también él se sintió herido de amor?

CASANDRA

En otro tiempo rubor me hubiera causado decirlo.

CORO

Sí, que la felicidad de ordinario nos hace desdeñosos.

CASANDRA

Pero me acometía de tal manera, y ardía por mí en amor tan encendido...

CORO

¿Qué, cumplisteis con lo que pide la ley de amor...?

CASANDRA

Prometíme a Loxias por suya, mas no lo cumplí.

CORO

¿Poseías ya entonces el divino arte?

CASANDRA

Sí, ya vaticinaba a los míos todos sus infortunios.

CORO

¿Y cómo escapaste del rencor de Loxias?

CASANDRA

Después de mi engaño, nadie creyó más en mis palabras.

CORO

Pues a nosotros parécenos que tus oráculos merecen fe.

CASANDRA

¡Ay de mí! ¡oh desventura! ¡otra vez esta cruel fatiga, este espíritu profético que se apodera de mi mente, y me atormenta con siniestros anuncios! ¿No veis ahí, sentados en esa casa, a esos niños que semejan la aparición de un sueño? Los mismos que les debían amor les dieron muerte. ¡Vedlos ahí que aparecen sustentando en sus manos miserabilísima carga; su propia carne, sus entrañas, su corazón, manjar que gustó su mismo padre! Pero alguien medita su venganza; yo os lo afirmo; un león cobarde, guarda infiel de la casa, que se revuelca en el lecho conyugal, y está acechando la vuelta de mi dueño. ¡Ay de mí, que es mi dueño; que me veo forzada a sufrir el yugo de la esclavitud! Y el capitán de la armada, el destructor de Ilión, ¡no ve cuán fiero destino le prepara a traición con sus largas arengas y sus dulces sonrisas esa perra aborrecible! A tanto se atreverá. La mujer será homicida de su marido. ¿Qué nombre daría yo a ese monstruo venenoso? ¿La llamaré víbora? ¿la llamaré Escila, habitadora de los escollos y perdición de los navegantes? ¿la llamaré madre y ministro del Hades que respira odio implacable contra todos los suyos? ¡Y cómo la muy atrevida y malvada mujer brincaba y gritaba de contento cual si hubiese vencido en la pelea! ¡No parecía sino que se regocijaba con el feliz retorno de su esposo! Después de esto, si todavía no se me cree, ¿qué hacer? Lo que ha de ser, ello vendrá. Bien pronto presenciarás el suceso, y te moverás a lástima de mí y me llamarás adivina demasiado verdadera.

CORO

Bien he reconocido horrorizada, el festín donde Tiestes comió la carne misma de sus hijos; y apodérase de mí el temor oyendo relación tan verdadera, que nada tiene de inventado. Pero lo demás lo oigo, y me pierdo en mil imaginaciones, sin saber dónde irá a parar todo ello.


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