CUALIDADES Y DEFECTOS.

CUALIDADES Y DEFECTOS.

I.

I.

I.

Mis amadas lectoras--pues yo no me atrevo á hablar á los hombres acerca de mis opiniones--mis amadas lectoras, ¿no habeis notado alguna vez que hay personas insufribles en el trato íntimo, y á las que, sin embargo, la sociedad aclama como modelo de todas las virtudes?

Para que entendais lo que os pregunto, os voy á citar un ejemplo.

Conozco yo una madre y una hija en contínua y perfecta disidencia en el interior de su casa, á pesar de juzgarlas todo el mundo, como vulgarmente se dice, unidas por el más tierno afecto.

Así debia ser, y por eso se cree así: la madre es una señora jóven áun, de un talento más que regular, de perfecta educacion, de trato dulce y agradable, distinguida y simpática á todos.

La hija es una criatura bella, modesta, afectuosa, de condicion amorosa, blanda y benévola naturalmente; todos sus hermanos han muerto, y ella ha llegado á ser el único amor y la sola compañía de su madre.

Yo oigo decir en torno suyo:

--¡Qué felices deben ser!

--¡Cuánto se aman!

--¡Esa jóven no se casará jamas, por no separarse de su madre!

--¡Si esa madre perdiera á su hija, se moriria!

De todas estas opiniones sólo la última encierra acaso una verdad; es posible que si esta madre perdiese á su hija, sucumbiese al dolor de haberla perdido.

Y sin embargo, es imposible imaginarse una vida más amarga que la que llevan estas dos pobres mujeres, que no pueden sufrirse la una á la otra.

¿No os parece esto horrible, lectoras mias, sobre todo cuando sucede entre madre é hija?

Pues áun es más horrible, cuando la extrema y contínua diversidad de opiniones tiene lugar en el matrimonio.

¡Y la tiene tantas veces, tantas... que causa espanto el saberlo y áun el adivinarlo!

No obstante, repito lo que dije al empezar; casi siempre estas personas insufribles para la vida íntima, pasan por modelos de virtud y de moralidad entre las gentes que las tratan poco.

Demostrada la llaga, veamos si podemos adivinar lo que la ocasiona, y cuál es el remedio que la conviene.

II.

II.

II.

En mi pobre opinion de mujer, creo que para la vida interior ó de familia, es mucho mejor tener un solo vicio que muchos defectos.

En primer lugar, un vicio puede curarse; una fuerte sacudida moral, una desgracia originada por ese mismo vicio, suelen ser el cauterio de la llaga; pero de los defectos nadie se cura jamas, pues casi siempre los creemos cualidades relevantes.

Refiriéndome de nuevo á la madre y á la hija de quienes ya he hablado, puedo asegurar que las dos tienen la culpa del malestar en que viven, y del completo y triste desacuerdo á que han llegado.

La madre quiere que su hija sea perfecta.

La hija quiere, á su vez, que su madre sea una madre modelo.

Cayendo en la manía comun, llama la madre á sus exigencias de perfeccionAMOR, y la hija las llamaTIRANÍA.

Ambas carecen de la más amable de las cualidades: de la que es el copito de algodon en rama, dulce, suave y blando, que iguala todas las sinuosidades del carácter y todos los lados salientes de las situaciones: carecen de benevolencia; han llegado á no entenderse, que es la mayor de las desgracias en la intimidad de la familia.

Esos dos pobres seres viven juntos y está cada uno de ellos solo, ¡eternamente solo!

¡Dios mio! ¿Qué sacrificio puede parecer penoso si precave el llegar á tan horrible estado? ¿Y qué es un poco de tolerancia, comparada con las ventajas y la paz que trae consigo?

¡Prudencia, Justicia, Fortaleza y Templanza! ¡Adorables virtudes, que el cielo ha señalado como cardinales y primeras! ¡Vosotras sois las cuatro fuertes columnas en las que descansa todo el edificio de la paz doméstica! ¡Vosotras dais la dicha y la paz al hogar, la calma á la conciencia y la tranquilidad al alma!

La prudencia calla y tolera los defectos ajenos, pensando en los propios.

La justicia mide las circunstancias atenuantes de lo que da impulso á las acciones, que á primera vista parecen culpables.

La fortaleza perdona las injurias despues de soportarlas con valor.

La templanza contiene los movimientos descompuestos de la ira, y derrama un bálsamo exquisito en el alma herida.

¡Oh, nobles virtudes! ¡Sed siempre las santas compañeras de mi débil sexo! ¡Sed siempre los ángeles guardadores de la mujer!

III.

III.

III.

No sé qué deplorable flaqueza nos impele siempre á ver en cada uno de nuestros defectos una cualidad.

Las personas muy mezquinas, se creeneconómicasyarregladas.

Las dominantes, se juzgan llenas de abnegacion hácia las otras.

Las oficiosas,serviciales.

Las aduladoras,amablesycariñosas.

Las despilfarradoras y manirrotas,generosas.

Las maldicientes,listas, contoneándose muy huecas con esta idea.

«¡El que me la pegue á mí!...»

He visto á un hombre muy cobarde y villanamente insultado, que, preguntado por un hermano suyo que por qué no pedia satisfaccion de aquella ofensa, contestó:

--Yo soy un hombre prudente que me debo á mis hijos: éstos me necesitan.

--¡Más necesitan el honor que tú les quitas con tu cobardía! exclamó irritado su hermano.

Así cegados los ojos de nuestra razon, en vez de combatir nuestros defectos como á enemigos, los acariciamos y cuidamos como á cualidades relevantes que nos ensalzan.

IV.

IV.

IV.

El motivo, el grande y triste motivo de que algunas personas muy elogiadas por todos y muy dignas de serlo, sean insoportables para la vida íntima, es la poca atencion que ponemos en estudiarnos cada uno, evitando todo lo que puede molestar á los demas: es la falta de cuidado en corregir los defectos del carácter, esos defectos que hacen la vida más amarga que un vicio por arraigado que esté: el ánsia de perfeccion ajena, que es lo que se llama intolerancia; el descuido de la propia; el egoismo; la murmuracion; la costumbre de exagerar y áun de mentir; el hábito de impacientarse por poca cosa, todo esto constituye un conjunto insoportable, y que convierte en víctimas á los que viven en derredor nuestro.

Nada hay comparable á la dicha de la paz y de la alegría doméstica; el que se halla mal en su hogar, en vano será que vaya á buscar fuera la felicidad: no puede hallarla: por eso quiero que todos nuestros esfuerzos, lectoras mias, tiendan á conservarla y que empleemos todas las delicadezas y todas las ternuras que nos son propias, para que reinen en el seno de la familia la dulce concordia, la grata avenencia, la hermosa unidad de las voluntades y de los corazones.


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