EL SANTUARIO DE MONTSERRAT.
Á MI QUERIDA AMIGA LA DISTINGUIDA POETISADOÑA ANTONIA DIAZ DE LAMARQUE.I.
Á MI QUERIDA AMIGA LA DISTINGUIDA POETISADOÑA ANTONIA DIAZ DE LAMARQUE.I.
Á MI QUERIDA AMIGA LA DISTINGUIDA POETISA
DOÑA ANTONIA DIAZ DE LAMARQUE.
I.
Al dedicar un recuerdo al célebre santuario de las montañas de Cataluña, á nadie mejor que á tí, mi amada Antonia, hubiera podido dirigirme: á tí, que tantas veces me has instado en tus cartas para que escribiera algo acerca de mis viajes, y á quien he prometido hacerlo: sin embargo, no me agradezcas la presente, porque necesitaba escribírtela para aliviar mi corazon de una emocion profunda, y para hablarte del asilo más grandioso que posee en la tierra la Reina de los Cielos, la Madre Celestial, que tanto amamos tú y yo.
Poco despues de las once de una calurosa mañana de Julio, salimos de Barcelona y tomamos el camino de Monserrat, adonde llegamos á eso de las siete de la tarde[1].
Durante dos horas, y á pesar de ir sentada en la delantera del carruaje, mis ojos no descubrian más que altísimos montes.
En el centro de éstos se eleva el Monserrat, el cual, segun la opinion de todos los viajeros célebres que han escrito sus impresiones y recuerdos,no tiene igual ni semejanza en todo el orbe.
Su altura piramidal es de 1.300 varas, y por lo maravilloso de su forma diríase, al mirarle desde alguna distancia, que es una ciudad inexpugnable, rodeada de un cinturon de fuertes torres, y que sólo la mano de Dios puede destruir.
¡Oh, Antonia mia! Cuando me vi al pié del inmenso monte, consagrado por la presencia de la Vírgen Madre de Dios, que ha hecho de él su palacio; cuando en derredor mio vi aquellas enormes peñas, suspendidas al parecer en los aires y prontas á desprenderse; cuando vi la cúspide del Montserrat tocando á las nubes, tan diáfanas y movibles que parecian el manto del Señor, mi corazon tembló dentro del pecho y humillé la frente confundida, no sólo de mi pequeñez, sino de la pequeñez humana.
En la falda de la gran montaña se eleva el santuario como un puerto de paz y de esperanza.
La guerra con todos sus horrores ha pasado por aquel sagrado recinto, incendiando y destruyendo cuanto ha hallado á su paso; pero las ruinas, que en todas partes son tristes, respiran allí una augusta y melancólica grandeza.
Adivínase sin trabajo lo que sería el santuario ántes que los soldados franceses arrojasen en él las teas del incendio: yo vi aquellos majestuosos restos á la melancólica luz de la luna, y me arrodillé y oré, pareciéndome que á traves de las arruinadas paredes veia el semblante de ese Dios todo amor, todo grandeza y misericordia.
El fuego ha consumido las esculpidas puertas y ha ennegrecido las gruesas paredes de piedra.
Cascadas de hiedra silvestre se precipitan por las derruidas ventanas, como ingratas hijas que huyen del techo paternal porque es triste, ó bien como cautivas jóvenes que buscan aire y sol.
Las fugitivas están, sin embargo, cubiertas de campanillas blancas y azules, como si quisieran llevar consigo en la partida todas sus joyas.
No podria, no sabria, Antonia mia, decirte, aunque quisiera, hasta qué extremo me conmovió la vista de aquel verdor lujoso, de aquella loca lozanía entre lo triste y solitario de las sagradas ruinas.
Parecíame oir sonoras carcajadas de alegría entre las notas de un canto funeral.
Creia ver jóvenes vestidas de rosa y blanco, entre una cohorte de enlutadas y afligidas ancianas.
Pero á medida que rezaba el consuelo descendia á mi alma.
Pensaba en que Dios coloca siempre la alegría junto al dolor, y que quizá sin aquella hiedra cubierta de flores, el espectáculo hubiera sido demasiado tétrico y desconsolador para mi alma.
En el ala de la derecha del santuario se halla la hospedería: los monjes dan allí la más cristiana y cariñosa hospitalidad: cada viajero tiene su cuarto; algunos domésticos cuidan del aseo y servicio de las habitaciones, y por la noche se ve á los religiosos, envueltos en sus largos mantos negros, pasar por los claustros para informarse de si los visitadores de aquellas santas soledades están bien asistidos.
En la cima de una roca, que desde el camino parece inaccesible, está situada la iglesia, servida por los monjes y por algunos niños de familias pobres, á los cuales se les proporciona una educacion religiosa y gratuita.
La comunidad de estos niños se llamaEscolanía, y su habitacion, situada en el interior del Monasterio, tiene sobre la puerta un cuadro encantador, que representa á la Vírgen cobijando bajo su manto á algunos niños casi desnudos.
Enfrente de la iglesia se extienden cordilleras de montes inmensos, cubiertos de flores y medio ocultos en las horas de la tarde, entre las brumas que descienden del cielo hasta los picos más elevados.
Para tí cogí un pequeño ramo de aquellas flores; ya las has visto, son pobres de colores y humildes; pero las guarda la Vírgen de las montañas, y me parecen consagradas por su presencia.
La iglesia es espaciosa y sencilla: toda su magnificencia, los dorados y mármoles con que tantos reyes y príncipes cristianos la enriquecieron en el pasado siglo, han desaparecido: ahora está blanca y pobre, como la casta Vírgen que ha depuesto sus galas para vestir el ropaje de la pureza y de la humildad.
En el altar mayor está la hermosa imágen: es muy morena, así como el niño que tiene sentado sobre sus rodillas; aunque todos los historiadores están discordes acerca de la procedencia de esta imágen, la opinion más válida y admitida asegura que es la misma que trajo á España el apóstol San Pedro, obra de San Lúcas, y escondida cuando la invasion de los árabes en las peñas de Monserrat por el godo Gregorio y por Pedro, obispo de Barcelona.
II.
II.
II.
Corria el año del Señor 880 cuando se oyeron coros celestes y se vieron resplandores extraños en la montaña: era el anochecer de un sábado cuando advirtieron este prodigio unos pastores: llegada la noticia á Gundemaro, obispo de Vich, pasó con el clero y muchos fieles al lugar de los prodigios; y despues de vencer muchas dificultades y peligros, á causa de lo escabroso del monte, hallaron una pequeña cueva cavada en la roca, y dentro de ella una hermosa imágen de María, con el niño Jesus en los brazos, que exhalaba y exhala aún hoy una fragancia exquisita.
Tomóla en los brazos el santo Obispo, para conducirla en procesion á una iglesia donde fuese venerada con el decoro debido; pero á los pocos pasos la sagrada imágen quedóse inmóvil y sin poder ninguna fuerza humana separarla de aquel sitio.
En él, pues, se le edificó una capilla, que poco despues se convirtió en monasterio de religiosas de la órden de San Benito, por disposicion y voto del conde Vifredo, elVelloso, del cual fué abadesa su hija la jóven y bella Riquilda.
Poco despues el Conde de Barcelona, sucesor de Vifredo, sustituyó monjes de San Benito, traidos del convento de Santa María de Ripoll, por cuanto era tanta la afluencia de peregrinos al sagrado monte, que no podian darles las religiosas hospitalidad con el decoro debido.
No quiero acabar esta carta, mi querida Antonia, sin hablarte de laBaranda de los monjes, extensa galería, á la cual se pasa por el interior del monasterio, y que está guardada por tres colosales estatuas de religiosos.
Esas impasibles y mudas figuras de piedra, eternos guardadores del monasterio, eternos testigos de sus glorias y de su devastacion, sobre cuyas calvas cabezas pasan los años y las tempestades, á cuyos piés vuelan las águilas sobre el abismo, me han inspirado un respeto en que entra tambien el terror.
¡Cuánto pudieran decir aquellas heladas bocas, si un milagro del que todo lo puede las abriera!
¡Cuántos imponentes espectáculos habrán contemplado aquellos ojos sin luz!
Ellos han visto subir al santuario á los Reyes Católicos, con su hijaJuana la Loca; á la emperatriz Isabel, esposa de Cárlos V; á Felipe II, que estuvo en él cuatro veces; á sus hijas las infantas Catalina é Isabel; á Felipe III; á Maximiliano II; á D. Juan de Austria; á Cárlos III; á Cárlos IV; á Fernando VII y á Isabel II.
No pueden los límites de una carta reseñar detenidamente á Monserrat; muchas deberia dirigirte para ello; pero como quieres que te escriba sobre otros asuntos, me contento con darte en este una ligera idea del más grande de todos los santuarios del mundo cristiano.
El fuego, como si fuera el eterno enemigo de las santas montañas, ha vuelto á invadirlas hace algunos años; tú lo sabes tambien, pues la prensa toda dió cuenta de ese espantoso siniestro, que atribuyeron á una mano aleve; ya los religiosos iban á sacar de la iglesia la sagrada imágen para ponerla á salvo de las llamas: Barcelona entera, Manresa y todas las poblaciones inmediatas, acudieron llenas de agonía á agruparse en la hora del peligro en derredor del palacio solitario de María, y sus esfuerzos lograron felizmente extinguir el fuego.
Si hubo culpables ¡Dios los perdone en su misericordia infinita! Ni tú ni yo sabemos llamar anatemas sobre las cabezas de los extraviados.
Adios, Antonia mia, te abrazo con el corazon.