LA MODESTIA.

LA MODESTIA.

I.

I.

I.

No hay ninguna de las grandes virtudes que admiramos por las heroicas acciones que producen, que tenga el encanto de esta dulce y cándida virtud.

El valor, la generosidad, la abnegacion, el sacrificio llevado á sus límites más elevados y más sublimes, admiran: pero la modestia cautiva y atrae con un poder indecible.

Como todas las virtudes suaves, ésta es más propia de la mujer que del hombre, y más necesaria en ésta que en aquél.

La modestia tiene la belleza y el dulce aroma de las violetas: la modestia, como estas flores, se oculta con ese suave é inimitable rubor de la inocencia; pero su perfume la descubre, y hace que sean admirados sus encantos y su gracia, hasta por los más indiferentes.

La modestia es el mayor encanto de nuestro sexo, ó, mejor dicho, el complemento de sus encantos; puede compararse á esos diáfanos y blancos velos que las mujeres echan sobre su rostro para parecer más bellas. Y así como esos velos ocultan los leves defectos del semblante, encubriéndolos vagamente, y hacen resaltar todas las perfecciones de la que los usa, del mismo modo la modestia disimula todos los defectos del carácter y hace resaltar todas las bellas cualidades.

No hay falsa modestia.

La mujer que, sin poseerla, pretende hacer alarde de ella, no conseguirá más que ponerse en ridículo. Porque la modestia es tan suavemente humilde, que ni se apercibe de su propia belleza, ni se toma el trabajo de mostrarse. Se la adivina, como á la violeta, por su aroma. Se la busca, y, una vez encontrada, se la contempla con arrobamiento y se la ama.

La modestia es dulcemente majestuosa; altiva con suavidad, amable y encantadora, como todas aquellas prendas que tienen su base en la excelencia y bondad del corazon.

Una mujer que no haga alarde de lo que vale es una cosa tan rara, ó al ménos se considera tan escasa, atendida la vanidad que se achaca á nuestro sexo, que, con razon, se la contempla con admiracion y simpatía.

¿Y sabeis lo que es simpatía?

Es uno de los más dulces lazos del género humano. Es el término que separa el cariño de la indiferencia. En las mujeres, así como en los hombres, es el primer eslabon de la cadena de la amistad. Entre un hombre y una mujer es el primero de la cadena del amor.

Los lazos de la simpatía son fuertes y durables: son gratos, expansivos, libres de toda sujecion, porque la simpatía no nace de las leyes del deber, ni nace de la gratitud, ni es esclava de las exigencias de la sociedad.

La simpatía es espontánea, brota en el corazon como brota una madreselva en las tapias de un huerto ó de un patio.

La simpatía y la modestia jamas se separan, sobre todo en la mujer: porque la simpatía que ésta inspira es casi siempre emanada ó nacida de su modestia.

II.

II.

II.

La modestia tiene dos manifestaciones.

Modesta es la mujer que en su porte, en su traje y en sus modales, conserva aquella dulce dignidad que le impide todo movimiento indecoroso ó poco conveniente.

Y modesta es la que ningun alarde hace de su mérito, la que le deja adivinar ó que se descubra sólo por su propio brillo.

Sea cualquiera de estas dos formas la que tome la modestia, cautiva siempre.

La alabanza propia envilece, ha dicho un sabio, y esto lo vemos confirmado todos los dias.

El mérito de una persona, por grande que sea, es despreciado si ésta hace de él una ridícula ostentacion, ó si mira con desden el de los demas.

Y este desprecio hácia la altanería es inherente á la naturaleza humana.

Cada uno de los mortales tiene su dignidad, que es muy peligroso hollar, y á falta de dignidad, existe en todos un sentimiento invencible de amor propio.

Por eso las personas modestas son tan simpáticas y tienen tantos amigos.

Aunque la simpatía es espontánea, casi nunca es inmotivada, y una persona dulce y modesta despertará muchas más simpatías que una vana y altanera.

Á la mujer modesta se le concede mérito de buena voluntad, por lo mismo que ella parece desconocerlo.

Á la que exige homenajes se le niegan hasta las atenciones más comunes, porque, fuerza es confesarlo, en nuestro sexo predomina la envidia; y por eso dije en otro capítulo que la mujer que ha nacido privilegiada por las dotes intelectuales, tiene que hacerse perdonar esta ventaja por su dulzura y suavidad.

Lo mismo que dije tocante á la belleza intelectual, digo ahora respecto de la hermosura física.

La que se envanece con ella, la que exige admiracion, léjos de obtenerla, únicamente conseguirá que se le niegue todo mérito; ó si se le concede, lo que es todavía peor, que se la rebaje con alguna calumnia, inventada por la envidia y la maledicencia.

La modestia es casi siempre un puerto seguro contra todos estos peligros; porque la modestia es tan benignamente dulce y bella, que ni exige homenajes ni ofende á nadie.

III.

III.

III.

La modestia impone deberes, que quizá parecerán muy arduos á las jóvenes cuya educacion haya hecho que los desconozcan: porque es muy cierto que la modestia la inculca una buena madre en el carácter de sus hijas desde su más tierna edad.

La modestia prohibe las posturas indecorosas, los modales desenvueltos, los trajes cuya hechura exagerada dé lugar á la crítica por llamar excesivamente la atencion.

La modestia exige esa delicada reserva, de que ya he hablado, y que aconseja á la mujer salir poco de su casa y no prodigarse demasiado en público.

La modestia exige que toda jóven ignore, ó al ménos aparente ignorar, todo aquello que su edad y estado le prohiben saber.

Por más que halague á una jóven, por la viveza de su carácter, esa reputacion dechistosaque se concede á otras, debe preferir la demodesta.

Confundir lagraciacon elchistees un error lamentable. Lagraciaes inseparable de la modestia. Elchistesienta bien algunas veces al hombre, pero jamas á la mujer, porque es consecuencia de la desenvoltura.

He visto muy de cerca á algunas jóvenes, que apénas habian salido de la infancia, y tenian ya en la conversacion ciertas libertades, inocentes en un principio, pero que eran aplaudidas como otras tantas gracias.

Aquellas licencias iban creciendo poco á poco mucho más de lo conveniente, mas los padres y hermanos exclamaban sin cesar:

--¡Qué chistes tan oportunos! ¡Qué sal!

Y la sal y la gracia se convirtieron al fin en una desenvoltura repugnante, en una maledicencia insoportable, y en una absoluta falta de pudor y de delicadeza.

¿Cómo era posible que estas mujeres no estuviesen rodeadas de enemigos?

Quizá, sin más faltas que suschistesy susal, han perdido su reputacion por la venganza de los que han sido ofendidos con su maledicencia, ó blanco de suschispeantesburlas.

La que ansía la reputacion de chistosa será muy fácil que adquiera la de maldiciente, porque de la sátira á la murmuracion es tan rápido el declive, que no basta la débil inteligencia de la mujer para que la conduzca por él sin despeñarla.

La madre que ambicione la felicidad de su hija, hágale entender, desde que su tierna inteligencia lo permita, que es mejor pasar por mujer modesta que por mujer vivaz y chistosa. Á estas últimas se las teme. Las primeras son casi siempre simpáticas ó, al ménos, se juzgan inofensivas.

La modestia llegará á serles natural si la buena educacion les hace comprender su belleza; porque si bien es cierto que la modestia nace con la criatura, no lo es ménos que ésta pueda adquirirla aunque haya nacido destituida de ella.

Si á una niña en vez de aplaudirle los modales desenvueltos de que use, se le afean aconsejándole otros más dulces y templados, es indudable que dejará los primeros para no hacerse odiosa y despreciable. Si se le enseña á hablar poco y oportunamente, á no criticar á nadie y á cuidar de sus propias acciones y decoro, seguramente que no charlará sin tino cayendo en la murmuracion, escollo inevitable cuando se habla mucho. Si se le dice que la gracia es la moderacion, la dulzura, la templanza, la modestia en fin, no hará alarde de descaro ni de chistes poco convenientes en su edad. Por último, si se conserva en su alma esa flor delicada que se llama pudor, no la veréis nunca con la mirada oblícua de la hipocresía, ni con esa otra descocada que vende el fatal¿qué se me da á mí?, cáncer de nuestra sociedad y de la virtud de la mujer.

IV.

IV.

IV.

La verdadera gracia, la gentil coquetería, la distincion en los modales son inseparables de la modestia, y por lo tanto, la mujer más destituida de atractivos personales puede ser encantadora si es modesta.

Pocas, muy pocas nacen completamente hermosas, y así la mujer debe buscar todo aquello que realza sus gracias personales; porque esto, léjos de ser una falta, es un homenaje á la Providencia, puesto que se manifiesta estimacion hácia las ventajas y los dones que nos ha concedido.

La exageracion en el traje y en el peinado casi nunca sienta bien, sea cualquiera la figura y facciones de la que la use.

La modestia impide que llamemos la atencion, y por eso evita casi siempre el ridículo.

El buen gusto no es el uso de los adornos pomposos, de los colores fuertes, de las formas extraordinarias en los vestidos; por el contrario, en el tocado y adorno de una mujer de buen gusto preside casi siempre una gran sencillez, y la sencillez es uno de los preceptos de la modestia.

Ademas, la modestia no sólo se acomoda á todas las fortunas, sino que embellece las posiciones más medianas.

El lujo de los pobres es la limpieza, como dijo el malogrado Sué.

Si á una limpieza exquisita se reune el buen gusto y esa coquetería propia del hogar doméstico y necesaria en la mujer, ésta se hará admirar en todas partes.

Vosotras, madres respetables, que por la medianía ó escasez de vuestra fortuna sufrís tanto con las privaciones de vuestras hijas; vosotras que, al contemplar con orgullo su belleza, llorais de sentimiento por no poder adornarla segun vuestro deseo; creedme, si son modestas y virtuosas, vuestras hijas alcanzarán más simpatías con su sencillez que las opulentas damas que carecen de esta amable cualidad.

El mundo, es verdad, rinde vasallaje á la opulencia, pero sólo rinde culto á la virtud; aplaude los talentos brillantes, el fausto, todo aquello, en fin, que deslumbra; pero al mismo tiempo trata de empañar esos talentos con los tiros de la envidia.

Unicamente ama y estima verdaderamente á la modestia, porque la modestia es la base de muchas virtudes; y semejante á una perfumada diadema que adorna una cabeza herida, recrea con su celestial aroma á la sociedad, encubriendo los defectos de quien la posee.


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