EL TRABAJO.
I.
I.
I.
En medio de todas las amarguras, de todas las penas de la vida, Dios nos ha dado un amigo, un consolador, un refugio; amigo fiel que nunca engaña, consolador incansable y lleno de abnegacion, refugio seguro y jamas asaltado por las tempestades.
El trabajo.
Dios nos lo impuso como castigo y como ley: mas nos dió tambien en él un inmenso beneficio, á la manera que un padre pone en un rincon del encierro donde ha confinado á su hijo travieso, un alimento sano y nutritivo que sostenga sus fuerzas.
Las diversiones que el mundo ofrece son impotentes para calmar los grandes dolores, para consolar las penas del corazon; el que es verdadera y profundamente desgraciado, se halla solo con su desconsuelo en medio de la multitud; sólo ve tinieblas en su interior y en derredor suyo; la alegría de los demas le fatiga y le parece un insulto; en el egoismo de su dolor quisiera que la naturaleza entera estuviese de luto, y se cree con derecho para exigirlo; su amargura es terrible, inagotable, desolada; mas si llega á recurrir al trabajo, si halla valor para vencer su pena durante algun tiempo y busca á aquel fiel amigo, está salvado.
Verdad es que las primeras horas le costarán un esfuerzo supremo; verdad es que durante algun tiempo desmayará, y el desaliento invadirá de nuevo su espíritu como una ola negra; mas poco á poco el trabajo le irá calmando y se irá insinuando como un amigo dulce y firme á la vez, que le infundirá ánimo y confianza.
El trabajo hace las veces de la familia de que se carece; del amor que se perdió en el vacío del cansancio ó en la amargura de los desengaños; de los hijos que duermen en el sepulcro; de la fortuna que ha naufragado; de todos los bienes de la vida; llena no sólo el tiempo sino el pensamiento, y las horas vuelan rápidas cuando el dolor las hacía eternas.
II.
II.
II.
Os voy á referir lo que yo misma he visto, pues el precepto sin el ejemplo no convence gran cosa.
Conocí á una mujer muy bella y que poseia una fortuna más que regular; su marido la amaba, y era madre de dos hijos que adoraban los dos.
Todas sus amigas envidiábamos á aquella mujer; en su casa sólo habia delicias; la paz, la alegría, moraban allí; era un compuesto de risas de niños, músicas, flores, lujo y aromas; la mesa, espléndida, atraia amables y risueños amigos; la magnificencia de su salon, amigas bellas y elegantes; cada uno hallaba en aquella casa lo que preferia, así es que todos se apresuraban á ir á ella.
Por las noches se reunia una concurrencia tan numerosa como escogida; se cantaba, se leian versos, se tomaba té, se hablaba de arte y de todo lo que es bello y agradable. Luisa, que así se llamaba mi amiga, vivia en un cielo; así deciamos cuantas personas la tratábamos.
Cuando pasaba con su marido y sus hijos, recostada en un soberbio carruaje por las anchas calles de la Fuente Castellana, todos decian:
--Ahí va la mujer más dichosa de Madrid.
De repente la vimos enflaquecer, y sus mejillas perdieron el bello matiz de rosa; parecia triste y preocupada, pero á nadie confió el secreto de su pena, que permaneció guardado en su pecho.
Pocos dias despues de esta mudanza, empezó á correr un rumor extraño.
Se decia que el esposo de Luisa hacía la córte á una amiga de su esposa, muy á la moda y muy elegante, aunque de escasa fortuna.
Una noche Luisa fué al teatro con su marido y algunas personas llegaron á saludarla. Así que estuvo acompañada, le dijo aquel que iba á salir un instante y que volvia; la funcion terminó y Luisa esperaba aún á su esposo. Tomó su coche y volvió sola á su casa.
Le esperó toda la noche en vano: no volvió.
III.
III.
III.
El esposo y la amiga habian huido juntos, llevándose toda la fortuna.
Sólo se salvó el dote de Luisa, que era corto, pues su marido se habia casado con ella por amor y no por miras interesadas.
--¿Qué se han hecho de tantas amigas y tantos amigos como yo tenía?--me preguntaba un dia Luisa,--todos han desaparecido con mi felicidad y mi opulencia; desde que vivo en esta modesta casa, á nadie veo.
--Te quedan tus hijos,--le dije,--no te quejes ni eches de ménos lo que tan poco vale.
Luisa se resignaba abrazando á los dos niños. De repente fué el mayor atacado de viruelas malignas; contagióse el segundo, y en el término de quince dias los perdió á los dos.
Entónces aquella pobre alma cayó en la más negra desesperacion.
--Trabaja,--le dije un dia,--ó te matarás.
--¡Trabajar!--exclamó con amargura,--¿para qué? ¿para quién?
--Para distraerte.
--¿Piensas que el coser ó el bordar me distraerá?
--No hablo del trabajo mecánico; ocupa tu pensamiento; traduce para un editor; y con lo que te dé, socorre á los que tienen ménos que tú: eso te producirá dos bienes: la distraccion y el poder aliviar la desgracia.
Luisa siguió mi consejo; la soledad de sus dias se los hacía eternos; su dicha habia huido como el humo, para no volver.
Sabía el inglés y el frances y se puso á traducir.
Cuando se cansaba de este trabajo, tomaba una obra de tapicería y copiaba de los dibujos que se venden para este fin, pinturas y paisajes enteros, con una facilidad y belleza sorprendentes.
Así la combinacion de los colorea y detalles ocupaba su imaginacion, tanto como su mano.
Luisa sabía dibujar con perfeccion, y utilizaba su talento dibujando con su aguja.
De todo esto sacaba algun dinero y socorria algunas desgracias.
Lo que no hubieran alcanzado las diversiones y las distracciones del mundo, lo consiguieron el trabajo y la ocupacion contínua.
Luisa se consoló poco á poco de la injusticia de su suerte, y dejó de pensar en los amigos ingratos y egoistas, en las amigas que la explotaban sin amarla, y que huyeron de su lado el dia de la desventura; pensaba en sus hijos, que le guardaban un sitio en el cielo, y se ocupaba de aliviar las desgracias ajenas, que es el solo medio de ser dichoso en el mundo.
Un dia supo que su marido, arruinado por la mujer á la que todo lo habia sacrificado, se hallaba miserable y careciendo de recursos. Luisa le envió todos los que tenía, y redobló su trabajo.
Su marido, avergonzado, conmovido, quiso salir de la abyeccion en que estaba, é imitó su noble ejemplo; buscó trabajo á su vez, lo encontró y fué á llamar á la puerta de su mujer.
--No hablemos del pasado,--le dijo ésta,--yo no me acuerdo de nada; me hallas honrada como me dejaste; trabajemos juntos.
Así se hizo; Luisa siguió traduciendo y bordando; su marido aceptó un modesto destino, y en breve un agradable y tranquilo bienestar reemplazó á su pasada opulencia.
Un hijo ocupó el lugar de los que habian volado al cielo, y fué para los esposos un nuevo lazo. Este niño, educado para el trabajo, será algun dia uno de los grandes artistas de quien nuestra patria se envanecerá con más justicia.