LA BENEVOLENCIA.
El ser buena es una ganga;para ser feliz ser buena.
El ser buena es una ganga;para ser feliz ser buena.
El ser buena es una ganga;para ser feliz ser buena.
El ser buena es una ganga;
para ser feliz ser buena.
Luis Eguilaz.
(La Cruz del matrimonio.)
I.
I.
I.
¡Oh vírgen celeste, suave, pura, amable, tan adorada y tan digna de serlo! ¡Oh dulce y modesta benevolencia! ¡Quién no te acogerá en su seno! ¡Quién no te dará un blando asilo en su alma! ¡Quién no querrá hacer de tí la compañera de su vida!
Bajo tu blanco velo se cobijan todos los desdichados, y tu grata sonrisa borra todos los defectos: en vano la intolerancia te muestra su torva y adusta faz; serena y apacible, tú le muestras tu tranquila mirada y grata sonrisa.
Puede decirse que tú haces más bien que la caridad; porque ésta sólo alivia las grandes desgracias y tú endulzas las mil amarguras de la vida.
II.
II.
II.
No hay nada que más se tema, y por consiguiente que ménos se ame, que una persona excesivamente rigorista: un hombre de carácter duro é intratable inspira temor, y se desea estar siempre léjos de él; pero si estos defectos recaen en una mujer, la hacen insoportable y causan su eterna desgracia.
Es natural suponer en la mujer un carácter dulce, apacible y blando, un corazon tierno y sencillo, y gran flexibilidad de voluntad; nadie se admira de que una mujer sea excesivamente tímida y dócil, pero á lo que nadie puede acostumbrarse es á ver á una mujer dura é intolerante.
La que se halle dotada de estos hirientes defectos no conocerá nunca la amistad, ni acaso el amor.
La benevolencia es la llave que abre todos los corazones, y parece tan natural en la mujer como el perfume en la flor. ¿No sería extraño que una bella rosa exhalase miasmas pútridos?
Tan extraña me parece una mujer intolerante y malévola.
¡Cuántas veces ha conquistado una amistad eterna una sola palabra indulgente!
¡Cuántas el rencor ha caido deshecho como nube de verano ante una dulce y confiada sonrisa! Hay pocas personas y pocas acciones que merezcan ser miradas con rigor y calificadas con dureza: áun en el fondo de los crímenes se ocultan casi siempre grandes y aterradoras desgracias.
Una de las reglas más seguras de la buena educacion es darse por ofendido en sociedad las ménos veces posible; el ofenderse, ademas de demostrar mal carácter, humilla al enojado; la verdadera dignidad hace imposible hasta el pensamiento de que se le falte, y quita la susceptibilidad ridícula, dejando la noble é inquebrantable fortaleza con que debe rechazarse siempre el verdadero insulto.
III.
III.
III.
Es imposible llevar nada en la vida con un rigor extremado, porque es imposible que los que nos rodean lleguen á la perfeccion que nosotros mismos no podemos alcanzar.
La tolerancia, la benevolencia, son necesarias no sólo con la sociedad y con nuestros amigos, sino hasta con la propia familia.
Exigir que un hombre abrumado con los cuidados de la vida sea siempre afable é indulgente, galante, cariñoso y lisonjero, es una utopia que nunca llegará á verdad, es una ilusion que jamas podrá verse realizada.
Nadie nace perfecto: el carácter tiene sus alternativas, como las tiene el corazon: como el mar tiene sus mareas, como el cielo sus nubes: toda persona que siente mucho es desigual, porque la variedad de sus impresiones se refleja en el exterior si no tiene gran dominio sobre sí misma.
La benevolencia es, pues, uno de los ejes sobre que gira la felicidad humana; cuando alguna accion desagrada, es necesario ponerse en el lugar del que nos ofendió y preguntarnos:
¿Qué hubiera yo hecho en su caso? Con su educacion y en sus circunstancias especiales, ¿hubiera hecho otro tanto?
Este exámen de sí mismo trae, á no dudarlo, la indulgencia.
Á no haber mucha benevolencia, tampoco lograrémos nunca tener amigos: es preciso tomar á las personas con sus defectos y sin la pretension de corregirlas: por el contrario, hay que excusar estos defectos por el recuerdo de las buenas cualidades: apénas habrá una persona que no sea apreciable por alguna sobresaliente y bella dote de corazon ó de carácter.
Las personas más intolerantes y más rígidas aprecian y admiran á las benévolas y corteses.
Hace poco tiempo oí yo decir á una persona que era más que intolerante, maldiciente:
--El Sr. N.... es sumamente apreciable y tiene la más distinguida educacion, porque jamas habla mal de nadie.
IV.
IV.
IV.
La murmuracion, ese vicio que tan arraigado se halla en la sociedad, y áun en los círculos más elevados y escogidos, es enemiga mortal de la benevolencia, y la que hace alarde de ella demuestra, no sólo malos sentimientos, sino tambien mala educacion.
El tocado, la figura, los modales, las costumbres de las personas á quienes tratan, ofrecen incesante pasto á la murmuracion de algunas mujeres, y no pocas veces me he preguntado yo si serán tan dichosas que la escasez de sus propios cuidados les haga pensar tanto en los ajenos.
Las que así viven, las que de eso se ocupan, deben tener un corazon muy seco, una cabeza muy vacía y una casa muy mal arreglada.
La felicidad y el buen órden de una familia exigen una atencion constante y grande cuidado.
¿Cómo pensará en lo que le concierne quién sólo se ocupa de investigar y de censurar lo que hacen los demas?
Es de todo punto imposible combinar el deseo de saber y de criticar vidas ajenas, con el cuidado de la propia.
La benevolencia trae consigo una dulce paz y una inefable quietud, porque no habiendo amargura en el alma es segura la dicha.
¡Hacer bien! ¡Qué grata ocupacion!
¡Pensar bien! ¡Qué noble empleo de la inteligencia!
Disculpar, amar, consolar; ¡qué tres cosas tan dulces y tan fáciles!
Cuando nos creemos ofendidos, olas de amargura invaden el ánimo, y la sed de la venganza es como la túnica de Neso, que abrasaba al que la llevaba consigo.
Una mujer que adoraba á su marido fué no sólo olvidada de éste, que se aburrió de ella, sino perjudicada en sus intereses, casi arruinada por él.
--¿Por qué le sufres eso? le preguntaba un dia una amiga suya, indignada de verla soportar con paciencia uno de los ultrajes más duros que puede sufrir una mujer.
--Porque le amé, respondió la pobre ofendida.
--¿Y hoy le amas?
--Ya no.
--¿Por qué dejas que te arruine?
--Porque le amé.
--Si á lo ménos dijeras que áun le quieres, tendriais disculpa en tu debilidad.
--Pero mentiria: ya no le quiero; y no obstante, le quise tanto, que el recuerdo de aquel amor basta para que le perdone.
--Lo que tú buscas siempre es motivo para no acusarle.
--Es verdad.
--Y cuando no encuentras motivo, hallas pretexto.
--Tambien es cierto: y al obrar así, miro por mi tranquilidad: no me aconsejes la desesperacion negra, sombría y desolada: déjame para alivio la benevolencia, esa suave hija del cielo que cobija mi sueño con sus alas, que hace dulces lágrimas de los raudales de mi amargo llanto: siendo indulgente y generosa, soy ménos infeliz.