SENSIBILIDAD Y SENSIBLERIA.

SENSIBILIDAD Y SENSIBLERIA.

I.

I.

I.

¿No os ha llamado la atencion alguna vez, lectoras mias, la errada manera con que generalmente se juzgan en el mundo, no sólo las acciones, sino hasta los sentimientos?

Raras, rarísimas veces se da á las cosas el nombre que les corresponde, y esa terribleopinion pública, á que tanto y con tanta razon tememos todos, tiene ordinariamente un punto de vista que no puede ser más equivocado.

Se llama, por ejemplo,bondadosa, á una persona que sólo es amable;dulce, á la que no se cuida de que el mundo se desplome;cariñosa, á la que hace algunas zalamerías de rutina, sin pensar jamas en las desgracias ajenas;prudente, á la que deja ofender con una cobardía indigna á un amigo ausente;indulgente, á la que mira con indiferencia los yerros y áun las faltas de las personas que deben serle más amadas, y así se juzga de todo lo demas.

Por lo que toca á la mujer, la opinion pública anda aún más descaminada: la modestia y áun la dignidad se toma muchas veces por escasez de inteligencia, al paso que se da el nombre detalentoá la osadía para hablar de todo, bien ó mal.

Pero dejando las várias equivocaciones que tanto daño hacen al sexo débil, vengamos al asunto que es objeto de este pobre artículo; es decir, á la definicion de una especie que abunda mucho y que merece ser conocida.

Voy á hablar de lassensiblesy de lassensibleras, y quisiera hacerlo de un modo que aquéllas y éstas quedasen en el lugar que les corresponde, para que no se pudieran confundir en adelante como hasta hoy.

II.

II.

II.

La sensibilidad es uno de los más bellos atributos de la mujer, y sin ella puede decirse que no tiene de mujer más que el nombre.

Pero aquella bella y dulce cualidad no se da á conocer por alardes contínuos: una pequeñez la descubre, y acaso ni ella misma sospecha que existe: la sensibilidad es una compasion natural y tierna de las penas y de los dolores de los otros; es el deseo de ayudarlos; es el generoso anhelo de la felicidad ajena: una lágrima es á veces un testimonio irrecusable de la sensibilidad del corazon: el cuidado de los animales indefensos, el cariño que se les profesa lo es tambien: no hay ninguna persona verdaderamente sensible que maltrate á un animal.

Hace pocos dias fuí yo á ver á una jóven muy bella que conozco: su aire de hada, la delicadeza encantadora de sus facciones, la dulzura de su voz y la elegancia de sus modales, hacen de ella, más bien que una mujer, una sílfide: ademas está siempre hablando de su sensibilidad: jamas va á ver un drama, porque se pone mala: las emociones, segun ella dice, la matan, y se queja contínuamente del corazon.

Cuando yo llegué á su casa se me hizo entrar en una pequeña habitacion, donde se hallaba: delante del balcon, y acostada en un canastillo, habia una gata rodeada de cuatro hijuelos que habia dado á luz: la sílfide eligió el de la piel más bonita, y señaló los otros tres á un criado, diciéndole:

--Vaya V. ahora mismo á tirarlos léjos de aquí.

Este rasgo acaso parezca insignificante á muchas personas: ¿qué importa, en efecto, la vida de tres animalillos recien nacidos?

Nada á primera vista; y sin embargo, yo no he podido ya estimar á la delicada persona que decretó la muerte de aquellos infelices bichos, con la sonrisa en los labios, con tan perfecta tranquilidad.

Una mujer sensible puede alumbrar sin palidecer para que corten un brazo á una persona querida, si de esto depende la conservacion de la vida de aquella persona, y no será extraño que al ver á un anciano tenderle una mano en demanda de una limosna prorrumpa en lágrimas.

Una frase de un drama ó de un libro humedece á veces los ojos de una mujer, y (bueno es decirlo en loor suyo) los ojos de un hombre tambien; y sin embargo, acaso esta mujer y este hombre no se habrán sabido desmayar en toda su vida, ni habrán dicho ninguna frase pomposa y estudiada.

Dejemos á las sensibles para acudir á lassensibleras, no sin asegurar ántes que la sensibilidad es silenciosa y se oculta en el misterio y en la sombra.

III.

III.

III.

--¡Oh! ¡Yo soy muy sensible! ¡No puedo pasar por delante de la casa donde viví con mi pobre marido!--decia hace poco tiempo delante de mí una viuda bonita y muy coqueta.

--¡Ah! ¡Sacadme, sacadme de esta casa! gritaba otra jóven á quien tambien conozco, ¡no quiero estar en ella durante la agonía de mi padre!

--Y sin embargo, mi querida sobrina, objetó una hermana del que agonizaba, ¡tu padre moriria más tranquilo si pudiera verte hasta el último instante!

--¡Oh! ¡Pero yo sufriria horriblemente!

La anciana señora se encogió de hombros, y una amarga sonrisa entreabrió sus labios.

La hija salió de la casa, conducida por una amiga que elogiaba susensibilidad, y el padre murió sin el consuelo de fijar su última mirada en los ojos de su hija.

Cualquiera podria pensar que aquella jóven ha deplorado el no haber recibido el último abrazo de su padre; pero nada de eso: se creyó en su derecho huyendo de un espectáculo que la hacía padecer.

En cambio, estas personas que nada sienten, que por nada se conmueven, padecen de convulsiones, desmayos, síncopes y risas nerviosas, en tales términos, que su salud está siempre quebrantada, y que es preciso mimarlas de contínuo y sin descanso.

Lassensiblerascreen que todo se les debe de justicia: yo he escrito una novela tituladaEl Sol de invierno, en la que pinté una de esas mujeres monstruos de egoismo con cara de ángel, y algunas de la especie se han visto retratadas allí con sobrada fidelidad, lo que no es extraño, porque el retrato estaba tomado del natural y estudiado en sus detalles.

En este libro, Gertrúdis á los veinticinco años ve partir á su marido á Cuba, y no llora por no estropear sus bellos ojos, pues tiene que asistir al siguiente dia á un baile: confia despues la educacion y el cuidado de sus hijas á una aya, porquele hacen sufrir horriblementelas dos niñas con los cuidados que exigen: doce años despues es una de las mujeres más á la moda de Madrid, y la llamanTulita, gastando su caudal en mantener parásitos y amigas íntimas, que contemplan su sensibilidad y la llenan de mimos: y diez años más tarde se convierte en santurrona, pasándose las mañanas en oir misas y las tardes en rezar trisagios, dejando á sus hijas que pasen á su vez el tiempo como mejor les parezca, y evitándose cuidados quele hacen sufrir mucho.

Este retrato es el de muchassensibleras, de voz melosa y plañidera, de gestos sentimentales, y que en el fondo de su alma no aman ni estiman á nadie, ni reconocen otro deber que el de mirar por sí mismas y cuidar su extrema impresionabilidad.

Muchas de esas señoras no saben si su marido tiene disgustos, ni á qué hora sale de casa, ni á la que vuelve: ignoran si sus hijos estudian, y si sus hijas leen libros peligrosos: son tan sensibles que se ahorran toda clase de cuidados.

--¡Oh! decia hace pocos dias delante de mí una sensiblera: ¡no hay nada mejor en el mundo que aproximarse todo lo posible á la piedra! ¡Para conseguirlo trabajo yo todo lo imaginable!

--Pero ¿y los goces del sentir? le preguntó una persona de su familia, riéndose por adelantado de la respuesta que iba á darle.

--¡Oh! ¡Sentir es el castigo de la humanidad! ¡Sólo el que no siente es feliz!

--¿Entónces los chopos y los alcornoques son muy dichosos, segun tú?

--¡Alcornoque quisiera yo ser!

--¡Y lo eres! murmuró la otra dama con una burlona y graciosa sonrisa.

IV.

IV.

IV.

¿Habeis visto alguna carta de una sensiblera?

¡Qué estilo tan romántico!

¡Qué profusion de exclamaciones!

¡Cuánto! ¡Ah! ¡Oh! ¡Ay!

¡Qué lacrimosas frases!

¡Qué períodos tan tiernos, tan exagerados, para decir la cosa más trivial y más pequeña!

El tormento que esas personas imponen es irresistible: es preciso amarlas mucho, porque, segun dicen, para ellasel amor es la vida; y hay que compadecerlas de contínuo por sus males imaginarios.

La sensibilidad verdadera, por el contrario, es pudorosa y reservada; se explica casi siempre por una lágrima furtiva, y enjugada ántes de que nadie se aperciba de su aparicion.

Una mujer verdaderamente sensible se desmaya y grita pocas veces; pero es fácil que se muera de dolor con la sonrisa en los labios, y haciendo la dicha, miéntras viva, de cuantos la rodean.


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