LA CASA.
I.
I.
I.
¡Dulce palabra, que consuela de todas las penas! ¡Oásis de la vida, retiro santo de la mujer, albergue grato del hombre! ¡Cuánto debemos estimarte todos los que sabemos lo que es amar y sentir!
¡Mi casa!El que tiene siquiera con el pan diario, debe contar como la primera, como la más suave y grata de todas las felicidades, el poder pronunciar estas palabras.
La casa debe ser el santuario de la mujer y el sitio donde debe hallarse mejor que en otro alguno; y sin embargo, vemos mujeres que pasan su vida de fiesta en fiesta y que apénas entran en su hogar más que para comer y dormir.
Yo las compadezco profundamente, y siempre que las veo recuerdo una triste historia que voy á referir á mis lectoras.
II.
II.
II.
Una jóven muy bonita y muyá la moda, casó hará unos tres años con un hombre á quien amaba; era él inteligente, pero ambicioso, y conocia perfectamente la gran frivolidad de su mujer.
Á los tres meses de haberse casado, la miraba como á uno de los hermosos cuadros que componen su soberbia galería de pinturas.
La esposa no disponia de los intereses de la casa, ni en la parte más pequeña; no salia casi nunca con su marido; cuando éste teníaspleen, ó algun disgusto, se encerraba en su cuarto; cuando estaba alegre se iba á comer con sus amigos; fuerza es decir que en cambio la dejaba salir siempre que queria, le daba la más ámplia libertad, y no bien manifestaba deseo de poseer un traje nuevo, un aderezo, un rico encaje, lo tenía en su guardaropa ó en su joyero.
--¡Qué mujer tan feliz, decian sus amigas; en tanto que fué soltera se divirtió cuanto quiso; hizo un soberbio casamiento, y ahora vive como una reina!
Así juzga el mundo casi siempre.
La jóven frívola y ligera, que sólo pensaba poco ántes en teatros, bailes y paseos; la gentil amazona, que recorria las alamedas de la fuente Castellana seguida de una nube de adoradores, habia empezado á reflexionar en el aislamiento y soledad de su casa.
Su cabeza estaba vacía; pero su corazon, bueno y amante, comprendió que no ocupaba el sitio que era suyo, ni en su hogar, ni en el cariño y consideracion de su marido.
No era su amiga ni su compañera; erauna cosabonita, á la que se cuidaba como á las porcelanas de sus consolas; era una figura mecánica, como el autómata jugador de ajedrez, que á gran precio habia comprado su marido en Alemania.
III.
III.
III.
Un dia, la pobre jóven fué á buscar á su marido, y al ir á hablarle prorumpió en lágrimas.
--¿Qué tienes? le preguntó aquél. ¿Deseas un traje nuevo? Tendrás dos. ¿Un nuevo carruaje? Lo estrenarás mañana.
--¡No, no deseo nada de eso! exclamó la pobre esposa; ¡lo que deseo es tu cariño!
--¿Qué motivos de queja tienes de mí?
--¡No soy tu amiga! ¡Voy sola á todas partes! ¡No me confias tus penas! ¡No tengo en tu casa, en fin, el sitio que corresponde á tu esposa!
--¡Bah! respondió el marido; guarda el sitio que tienes, pues no sabrias estar en otro.
--¡Pues qué! exclamó ella exasperada; ¿me niegas toda sensibilidad, toda inteligencia?
--Desde que te conocí te he visto bajo el aspecto más frívolo; no me casé contigo para que dividieses las penas y las fatigas de la vida, sino porque eras bonita y queria verte siempre.
--¡Ah! exclamó la jóven levantando su rostro pálido de dolor y de cólera; ¡yo soy una cosa bonita que compraste, pero tu amor y todo tu tiempo lo das á otra mujer! ¡sé tus indignos devaneos, y no he de callar más tiempo!
El silencio sucedió á estas palabras.
--No quiero negarte lo que ya sabes, repuso el marido despues de algunos instantes; pero consuélate, esa mujer es tan fea como bella eres tú, y ademas te lleva algunos años.
--¿Qué te cautiva entónces en ella?
--Su elevada inteligencia, su conversacion encantadora, su profunda sensibilidad; cosas son éstas que jamas he pensado hallar en tí; la intimidad del alma, la simpatía de las ideas con otro sér, constituyen una necesidad irresistible para el hombre, y el que halla vacío y frio su hogar, va á sentarse en otro, donde encuentra lo que en el suyo le falta.
Desde aquel dia la jóven esposa quiso probar á su marido que podia partir con él el peso de la existencia. Dedicóse á embellecer su casa, y retirada en ella, cambió del todo su método de vida; leia, se perfeccionaba en la música, se acostumbraba á pensar, y fué, en fin,un almaque halló el camino de la de su marido, del cual prevenia todos los deseos.
La maternidad vino á estrechar sus lazos, porque Dios, todo bondad y misericordia, deja siempre un rayo de consuelo áun en medio del mayor dolor.
Su marido ha llegado á entender que tiene en su casa algo más que un mueble como los otros; él tambien se ha aficionado á las tranquilas dulzuras del hogar, desde que, en vez de hallarlo solitario, lo encuentra guardado por su bella esposa; y él, que con tan ruda franqueza le habló, encuentra ahora un placer infinito en alumbrar con los rayos de su propio talento esa inteligencia, ofuscada por las nieblas de la materialista y frívola sociedad.
Ya es la amiga, la compañera y el único amor del hombre á quien unió su destino, que es la mayor y quizá la única felicidad positiva de la mujer que ha nacido con un corazon bueno y sensible.
IV.
IV.
IV.
¡La casa! ¡El hogar!
¿Dónde se descansa mejor, dónde se halla mayor satisfaccion y un bienestar más dulce?
Id á las fiestas más espléndidas del mundo, y será raro el que no volvais á vuestra casa con el cuerpo y el espíritu igualmente fatigados; pero en la dulce tranquilidad de vuestra casa, jamas estaréis solos: los muebles, los libros, el piano, el periódico que os trae las más lindas novedades de la moda, el pajarito que canta en su jaula, el ramo que os da su perfume, todos estos objetos os parecen, y con razon, otros tantos amigos que os sonrien y os aman: allí no hay decepciones, allí no hay envidia ni maledicencia; allí todo es paz, calma, armonía y reposo; allí, desde la sagrada imágen que escucha vuestros ruegos, hasta las macetas de vuestro balcon, todo os es querido, como queremos cuanto vive de nuestros cuidados.
La mujer que no se halla bienen su casa, será en vano que busque la dicha en el ruido y las fiestas; porque en el mundo y entre su más espléndido bullicio, el alma huérfana está tan aislada como en las más vastas soledades, como en los más espantosos desiertos.